Fundación José Ortega y Gasset

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Circunstancia. Año VIII - Nº 21 - Enero 2010

Artículos

LA CLAVE ESTÁ EN BERLÍN. INTERPRETACIÓN HISTÓRICA DE LA CAÍDA DEL MURO, VEINTE AÑOS DESPUÉS (1989-2009)

Guillermo Á. Pérez Sánchez

Resumen-Palabras clave / Abstract-Keywords


“… esto no se puede comparar con la llamada RDA…”

Brigitte Reimann, Los hermanos

I. A modo de introducción: Berlín, en la Europa del Este.
II. La construcción del socialismo en Alemania Oriental.
II.1. La crisis de 1953: el estallido de la contestación social.
III. La evidencia de unfracaso: el sistema comunista de la RDA a la defensiva, III.1. La crisis de 1961: La construcción del Muro de Berlín.
III.2. El principio del fin: la RDA en la encrucijada.
IV. El colapso final de 1989: la RDA, paradigma de Estado fallido.
IV.1. La caída del Muro de Berlín.
IV.2. Hacia la reunificación de Alemania: “¡Somos un solo pueblo!”.
V. A modo de conclusión: Berlín, en el centro de la Europa unida.

Notas. Referencias Bibliográficas.


I. A modo de introducción: Berlín, en la Europa del Este

         Con la capital del Reich como clave fundamental en el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, la situación central de Alemania en el Viejo Continente terminó por fijar las zonas de influencia al Oeste y al Este bajo control de los vencedores. Al impulsar la URSS la sovietización de todos los países en su zona de influencia, surgió una nueva realidad geopolítica: Europa del Este, y Berlín dividido su símbolo.

         Europa del Este estaba considerada, dentro de las previsiones de Stalin, como una especie de “cordón defensivo o de seguridad”, la frontera del imperio soviético. La división y polarización entre el Este y el Oeste se consumó durante los primeros años de posguerra, cuando las relaciones entre los vencedores se deterioraron irremisiblemente ante la actitud desplegada por la Unión Soviética en su zona de influencia. A partir de este momento esa media Europa fue transformada en un “espacio satelizado” bajo el control absoluto del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). De este modo, el primer proceso revolucionario de la postguerra en la Europa del Este fue consumado por los comunistas entre 1945 y 1948. Cuando se produjo la reacción occidental ya había caído sobre estos países el “telón de acero”. En palabras de Václav Havel, lo que se produjo a partir de ese momento, y durante las cuatro décadas del sistema socialista, fue “la destrucción gradual del espíritu humano, de la dignidad humana básica, el vivir la vida en estado de perpetua humillación”.

         El proceso de creación del bloque soviético fue justificado por los teóricos comunistas como la única respuesta posible a la nueva política de Estados Unidos en Europa esbozada por el secretario de Estado norteamericano, James F. Byrnes, en la ciudad alemana de Stuttgart, en septiembre de 1946, al declarar que la paz y bienestar “no pueden comprarse al precio de la paz y bienestar de otra nación” y que los Estados Unidos permanecerían en Europa —en Alemania, en Berlín— el tiempo que fuera necesario.  En efecto, la evolución de los acontecimientos hizo que la doctrina de “contención del comunismo” (o doctrina Truman) presentada en 1947 comenzara a aplicarse a raíz del bloqueo de Berlín impuesto por los soviéticos (de la primavera de 1948 a la primavera de 1949), lo que demostró a los europeos occidentales el firme compromiso de la potencia norteamericana con su causa.

II. La construcción del socialismo en Alemania Oriental

         En función de los acuerdos de los años bélicos y posteriores a la guerra aprobados por las potencias aliadas, Alemania fue dividida, y en el sector más oriental la URSS comenzó a edificar su peculiar sistema de dominación[I]. Gracias al apoyo del Ejército Rojo, los comunistas alemanes comenzaron a colaborar con las autoridades de ocupación soviéticas en la reorganización del país e impulsaron la unificación con los socialistas, formando el Partido de Unificación Socialista (SED)[II]. El siguiente paso consistió en poner en marcha la socialización de la economía con la centralización de todos los sectores productivos y la confiscación de la grandes propiedades agrarias. Al mismo tiempo, los soviéticos —después del fracaso en el bloqueo de Berlín— promovieron la construcción de un nuevo “Estado obrero y campesino” —la República Democrática de Alemania (RDA)— que se constituyó el 7 de octubre de 1949 (el 23 de mayo de ese mismo año, en la zona occidental había sido creada la República Federal —RFA—)[III]. A partir de este momento con los comunistas del SED —con Walter Ulbricht al frente— controlando todos los resortes del nuevo Estado, la RDA siguió rápidamente el camino trazado para el resto de las democracias populares. El proceso de centralización del poder y la eliminación de la disidencia[IV] fue paralelo a las colectivizaciones agrarias, al impulso de la industria pesada y a la aplicación de los planes económicos dirigidos desde el aparato estatal.

         Al poco tiempo de la creación de la República Democrática de Alemania salió a la luz pública el alto precio que se estaba cobrando la política socializadora y represiva del régimen comunista[V], en este sentido la función desempeñada por el Partido —y su policía política: la Stasi— fue crucial[VI]. La hegemonía de los comunistas dentro del SED se logró pronto, ya que les resultó muy fácil desplazar a los socialdemócratas para, con posterioridad, represaliarlos y lograr la unidad ideológica y de acción requerida. Lo anterior impulsó el exilio de alemanes orientales hacia el oeste; así, entre 1949 y 1952, unas setecientas mil personas —según listados todavía incompletos— habían abandonado el “paraíso” de la Alemania del Este. Las consecuencias económicas del éxodo pronto se dejaron sentir en el país, sobre todo si se tiene en cuenta la cualificación laboral de los exiliados, que buscaban en el oeste elevar su nivel de vida[VII].

II.1. La crisis de 1953: el estallido de la contestación social

         La contestación interior al sistema del socialismo real no tardó en llegar al nuevo Estado de Alemania Oriental. La primera de las crisis recurrentes estuvo protagonizada por los trabajadores, ya que la política de industrialización a ultranza no era capaz de satisfacer las necesidades primarias de la población; de igual forma, las tensas relaciones entre el poder comunista y las distintas iglesias y la presencia soviética en el país no hicieron más que aumentar el descontento popular durante la primera postguerra.

         Las medidas socializadoras no fueron aceptadas de buen grado por toda la sociedad, y tampoco lograron satisfacer las necesidades crecientes de una población que, hasta finales de los años cincuenta, tuvo que soportar el racionamiento de los productos alimenticios. Como sabemos, la imposición de dicha política socializadora y la represión radical condujo al exilio a cientos de miles de personas (muchas de ellas inscritas en las oficinas de la RFA como refugiados, número que se dispararía al sumar los contingentes de población no registrados pero que huyeron igualmente hacia el oeste de Alemania). Dejando a un lado la imagen negativa en el panorama internacional que este éxodo creaba, las consecuencias económicas para la RDA eran nefastas. De este modo, el 9 de junio de 1953 un comunicado del Comité Central del SED hacía referencia a una serie de errores cometidos por el Partido en la marcha hacia la construcción del socialismo, y aquél se comprometía a tomar una serie de medidas inmediatas en favor de los grupos de población más desfavorecidos a la vez que trataba también de evitar la salida masiva de alemanes orientales hacia la República Federal.

         Sin embargo, ni esta nueva orientación pudo evitar la explosión de huelgas y manifestaciones entre el 16 el 17 de junio de 1953 que, partiendo de Berlín Este, se extendieron por otras zonas de la RDA. Varios edificios del Partido fueron asaltados, vehículos oficiales y símbolos socialistas quemados y, en definitiva, la vida de Berlín y de otros centros industriales del país se vio alterada profundamente. La comandancia soviética hubo de movilizar tropas para apoyar a la policía germano-oriental en la represión del movimiento de protesta. Los principales dirigentes de la revuelta fueron encarcelados y algunos de ellos sometidos a tribunales militares y ejecutados; muchos de los manifestantes detenidos perdieron sus puestos de trabajo. El movimiento de contestación social hizo reflexionar a las autoridades —el 21 de junio, el Comité Central del SED aprobaba un plan de mejora de las condiciones de vida de la población (aumento de jornales, reducción del coste de los productos alimenticios y de primera necesidad, bajada de las tarifas de transporte, mejora de las pensiones)—, pero ya nunca pudieron desprenderse del estigma de la represión armada lanzada contra la población el 17 de junio. Como escribió François Furet, en esos días “se levanta la primera gran rebelión popular contra el comunismo desde la de Kronstadt: la de los obreros de Berlín Oriental, que protestan por el aumento de las normas de producción, que exigen elecciones libres y maldicen al trío Ulbricht-Pieck-Grotewohl. El día 18, la intervención de los tanques soviéticos acaba con la insurrección. El día 19, son condenados a muerte por los tribunales militares soviéticos e inmediatamente ejecutados 19 ‘provocadores’”[VIII].

III. La evidencia de un fracaso: el sistema comunista de la RDA a la defensiva    

III.1. La crisis de 1961: la construcción del muro de Berlín

         El caso de Berlín era paradigmático de las desiguales relaciones entre los dos estados alemanes. De los dos millones de personas que se calcula que pasaban diariamente de un lado a otro de la ciudad a finales de los años cincuenta, más de cincuenta mil trabajaban en la zona occidental pero consumían en el este, lo cual generaba una demanda imposible de abastecer por las autoridades comunistas, y esto sin contar el caos derivado de la circulación de dos monedas distintas. En otro orden de cosas, y como en tantas ocasiones se ha recordado, Berlín Occidental constituía el símbolo más acabado del enfrentamiento entre dos mundos: para el ámbito capitalista, suponía una avanzada democrática en el corazón mismo del bloque soviético; para el ámbito socialista, una gran base militar del imperialismo capitalista.

         Para terminar con todo atisbo de contestación y con el propósito de evitar salidas masivas —la sangría demográfica era incontenible: hasta ese momento casi tres millones de alemanes del este habían abandonado el Estado “de los obreros y campesinos» para refugiarse en la República Federal—, las autoridades estealemanas, apoyadas por Moscú, optaron por romper los vínculos con el oeste y para ello optaron por la vía radical del cierre de la frontera (en clave, conocida como operación “Rosa”)[IX]: el 13 de agosto de 1961 ordenaban levantar el Muro de Berlín.

         Cuando la noche de ese 13 de agosto tropas del ejército y voluntarios del Partido y del Sindicato cerraban los pasos entre los dos sectores berlineses alzando alambradas de espinos y más tarde un muro de cemento a lo largo de más de cuarenta kilómetros, la esperanza de salir del país desapareció para muchos alemanes orientales que pretendían buscar aires de libertad en el “otro lado” de Alemania[X]. Como ha escrito Hans-Joachin Maaz, fundador de la Academia de Psicología Profunda de la República Democrática:

       “La RDA fue el símbolo de una vida amurallada y limitada. Muros, alambre de púas y orden de tirar constituían el marco exterior para que pudieran desfogarse en el interior del país un sistema de educación represivo, estructuras autoritarias en todos los campos de la sociedad, un aparato de seguridad intimidante y un sistema de condicionamiento banal, pero muy efectivo, con premios y castigos, para el sometimiento de un pueblo (…).”[XI]

III.2. El principio del fin: la RDA en la encrucijada

         Las sucesivas crisis de Berlín Este —y los flojos resultados de la actividad económica—, llevaron a los dirigentes del Partido a plantear en 1963 un “nuevo sistema económico”[XII] que, sin olvidar el principio planificador ni el control estatal sobre el proceso productivo, pretendía otorgar mayor decisión a los centros industriales y extender a todos los sectores económicos los incentivos laborales con el objetivo básico de mejorar la productividad. Ello hizo posible que en un primer momento (al finalizar la década de los sesenta) mejoraran los resultados de la actividad económica y también el propio nivel de vida de la población. Así las cosas, el sistema comunista daba la impresión —que resultó ser falsa— de estar asentado en la República Democrática de Alemania. El nuevo hombre fuerte del régimen —una vez desplazado W. Ulbricht— era E. Honecker que, nombrado en 1971 Primer Secretario del Partido, lograba hacerse en 1976 con la presidencia del Consejo de Estado, acumulando en su persona las más altas magistraturas del poder comunista. En estos años, otro de los objetivos primordiales del régimen fue lograr su reconocimiento internacional y la normalización de sus relaciones con la otra Alemania: el 21 de diciembre de 1972 era firmado un Tratado Fundamental entre la República Federal y la República Democrática, en el cual ambos países reconocían sus respectivas soberanías.

         Al mismo tiempo, Honecker, respaldado en el interior por el aparato del Partido, quiso dejar su impronta en la construcción del socialismo en la RDA. Así, alentó la creación de grandes centros industriales (“Combinats”) y reorientó la política de precios oficiales para adecuarlos a las pautas del mercado internacional. Todos estos cambios económicos, sin embargo, no lograron sanear las estructuras productivas, viciadas por la práctica planificadora: el desarrollo extensivo daba muestras de haber llegado al límite de sus posibilidades. Ello produjo el crecimiento vertiginoso de la deuda y un descontento social generalizado que llevaría al finalizar la década de los ochenta a la desintegración del Estado estealemán “de los obreros y campesinos”.

IV. El colapso final de 1989: La RDA, paradigma de Estado fallido

         La contestación al sistema socialista de tipo soviético impuesto en los países de Europa del Este tomó nuevos bríos a mediados de la década de los setenta. Fue precisamente en esos años cuando el bloque soviético empezó a ser considerado en círculos intelectuales y políticos cada vez más amplios de Occidente una nueva “cárcel de los pueblos”. A partir de ese momento la disidencia —futuro embrión de la oposición— fue perfilando toda una serie de reivindicaciones básicas con el objetivo de salir de la crisis económica, recuperar la dignidad social y alcanzar la plena soberanía política, rechazando los planteamientos imperialistas de la URSS. De una u otra manera, dichas reivindicaciones fueron tomando cuerpo en países como Polonia, Hungría, y posteriormente, por efecto en cadena, en la República Democrática de Alemania o en Checoslovaquia. La estrategia de la disidencia varió ostensiblemente con respecto al pasado: ya no se trataba de comunistas reformistas, creyentes en la renovación por medio de la transformación de los partidos comunistas, sino de una nueva ola de disidentes fuera de las estructuras del Partido que, apoyándose en la palanca de los derechos humanos, pretendían sin más la ruptura total con el sistema comunista para construir en su lugar el Estado de Derecho en el cual la sociedad civil fuera la dueña de sus destinos.

         En el desarrollo de los acontecimientos fue de gran importancia la celebración de una “Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa” (CSCE). Tras varios años de reuniones y consultas diplomáticas, la CSCE dio sus frutos al firmar todos los países participantes su Acta Final, en Helsinki el 1 de agosto de 1975. Hasta ahora no se ha resaltado debidamente la trascendencia de esta firma  para el futuro de los países del Europa del Este. En general, hasta la crisis final de los años ochenta los observadores pensaban que sólo había beneficiado a los soviéticos y a sus intereses exclusivos en la zona, al consagrar la división de Europa en función de los acuerdos posbélicos y la vigencia de la doctrina de “soberanía limitada”. Sin embargo, la intelligentsia  disidente percibió en el protocolo final de Helsinki —y en especial en los puntos I (entre otras cosas, sobre límites fronterizos) y VII (sobre Derechos Humanos)— una ventana abierta a la esperanza. En este sentido, el Punto I de dicho protocolo supondría quince años después la justificación formal para consumar el proceso de reunificación de Alemania:

       “En el contexto del derecho internacional, todos los Estados participantes tienen iguales derechos y deberes. Respetarán el derecho de cada uno de ellos a definir y conducir como estime oportuno sus relaciones con otros Estados, de conformidad con el derecho internacional y en el espíritu de la presente Declaración. Consideran que sus fronteras podrán ser modificadas, de conformidad con el derecho internacional, por medios pacíficos y por acuerdo. También tienen el derecho de pertenecer o no pertenecer a organizaciones internacionales, de ser o no ser parte en tratados bilaterales o multilaterales, incluyendo el derecho de ser o no ser parte en tratados de alianza; tienen también el derecho a la neutralidad.”[XIII]

         Así, inesperadamente, las concesiones tácticas hechas para tranquilizar las buenas conciencias occidentales cuando mayor parecía la potencia del bloque soviético, resultaron decisivas para poner en marcha una nueva corriente contestataria que, a finales de los años ochenta, consiguió todos sus objetivos. En esos momentos, el mecanismo económico inspirado en el socialismo de tipo soviético que durante décadas se aplicó en los países de la Europa del Este había fracasado en su empeño modernizador. La situación socioeconómica resultante y la actuación al mismo tiempo de toda una serie de factores internos (los partidos comunistas, la disidencia opositora, las iglesias y la sociedad civil) y externos o “catalizadores” (la Unión Soviética, la Santa Sede y Occidente)[XIV], hizo entrar en crisis terminal al sistema del socialismo real motivando la desaparición de los regímenes comunistas instalados en la zona después de la Segunda Guerra Mundial. En esta comprometida actitud por parte de Occidente de rechazo al sistema soviético, y su clamor ante la ignominia que representaba el Muro de Berlín, destacó el papel desempeñado por el Presidente Ronald Reagan, quien en su visita a Berlín Oeste, en junio de 1987, pronunció las siguiente palabras:

       “¡Secretario General Gorbachov! Si busca usted la paz, si busca la prosperidad para la Unión Soviética y Alemania del Este, si busca la liberación, venga a esta Puerta [la Puerta de Brandenburgo], señor Gorbachov. Abra esta Puerta. Derribe este muro [“Tear down this wall!”], señor Gorbachov.”[XV]

         Desde un punto de vista endógeno el factor catalizador clave, además de de la evolución de la crisis en el propio sistema soviético, resultó ser el Secretario General del PCUS, Mijail Gorbachov, nombrado para el cargo en marzo de 1985, y su “nuevo pensamiento” en política exterior (gracias al cual se pudo dar por enterrada en octubre de 1989 la doctrina de “soberanía limitada”). El máximo dirigente de la URSS se preocupó de explicar con claridad que su país no interferiría en las decisiones de política interior y exterior que adoptasen los países aliados del Pacto de Varsovia. En otras palabras, que la Unión Soviética no volvería a actuar militarmente en la Europa del Este como había sido la norma en el pasado. En las  circunstancias actuales, según Gorbachov, “la estructura de las relaciones políticas entre los países socialistas debe basarse estrictamente en una independencia absoluta”[XVI].

         El desolador panorama económico de Alemania Oriental y la creciente protesta social no iban a encontrar respiro en el centro hegemónico soviético: el programa de cambios estructurales impulsado por Gorbachov pronto afectaría a sus aliados. La gerontocracia de Alemania del Este no parecía dispuesta a seguir la pauta liberalizadora de Moscú en un momento en que, a la vez, las presiones de los países occidentales tomaban también, la misma dirección en este sentido. Para Honecker, la perestroika no tenía viabilidad y sólo generaría el caos. En todo caso, la cerrazón del viejo líder socialista y sus más allegados les impedía hacerse cargo de una realidad que ya les estaba superando.

IV.1. La caída del muro de Berlín

         Si Polonia —sin olvidarnos de Hungría[XVII]— fue considerada clave en el inicio del colapso del socialismo real, la República Democrática de Alemania, por su especial significación en el statu quo entre el Este y el Oeste, contribuyó de manera definitiva al triunfo de las reformas democráticas y al colapso del totalitarismo en el resto de países del antiguo bloque comunista. La ciudadanía de la RDA atravesaba una etapa de desmoralización generalizada en contraste con la República Federal. Los acontecimientos empezaron a complicárseles a las autoridades comunistas al manipular y falsear los resultados de las elecciones municipales del 7 de mayo de 1989[XVIII]. Ante tal estado de cosas, se multiplicaron las peticiones de salida para la Alemania del Oeste y durante el verano de 1989 se produjo el gran éxodo hacia la otra Alemania, a través de Hungría y Austria. Durante todo el año de 1989 salieron de la RDA 343.854 personas[XIX].

         Al mismo tiempo, los sectores más sensibilizados de la población (el embrión de la futura oposición) comenzaron a movilizarse ante lo que ellos consideraban la militarización a ultranza de la sociedad tanto por medio de la aplicación de nuevas leyes represivas (la de 1984 contra los responsables de los desórdenes públicos, entre otras) como el reforzamiento de la “educación patriótica”; la disidencia se mostró firmemente dispuesta a rechazar la política impulsada por el Partido y en concreto la consigna de la “paz armada” invocada constantemente por Erich Honecker. A pesar de las proclamas del régimen comunista, de la fe recalcitrante de los intelectuales más izquierdistas —para los cuales todavía se podía construir el socialismo en tierra alemana—, o del colaboracionismo de algunas confesiones religiosas —el presidente de la Federación de las Iglesias Evangélicas de la República Democrática, Werner Leich, en la celebración del décimo aniversario de los últimos acuerdos firmados con el Estado (conocidos como el modus vivendi) animaba a las autoridades a “crear una sociedad socialista de rostro humano”—, las señales del final de una época comenzaban a ser percibidas[XX]. En las postrimerías de 1988 Radio Libre de Europa  anunciaba que “el final de la era Honecker no podía estar lejano”.

         Dentro de este ambiente de desmoralización generalizada en el que se encontraba la ciudadanía estealemana, comenzaron a surgir grupos de posición de carácter pacifista y ecologista como, por ejemplo, “Iniciativa por la Paz y los Derechos Humanos” creado en 1985 por Gerd Poppe y Wolfgang Templin; o la “Biblioteca del Medio Ambiente” fundada en 1986 en Berlín. Al mismo tiempo,  comenzaron a realizarse en la iglesia de San Nicolás de Leipzig unas plegarias o veladas con carácter semanal, las cuales fueron prohibidas por el régimen. A partir de este momento la Stasi  no cejó en su lucha contra esta mínima oposición bien fuera deteniendo a sus promotores, clausurando sus sedes o censurando todo tipo de publicación contraria a las tesis oficiales, como sucedió en octubre de 1988 con la revista Sputnik. Ello no desanimó a la disidencia, la cual logró institucionalizar las concentraciones semanales de los lunes por la tarde en las principales ciudades del país; y una serie de organizaciones fueron creadas en 1989 con el propósito de forzar la democratización del régimen, aunque todavía en clave socialista. Nos estamos refiriendo, por ejemplo, a “Nuevo Foro”, dirigida por Bärbel Bohle; a “Renovación Democrática”; o también a “Democracia Ahora” impulsada por Ulrike Poppe junto con sus Doce tesis para la democratización de la RDA.

         Desde comienzos de 1989, los acontecimientos pusieron en evidencia al régimen del SED, el cual sólo fue capaz de actuar a la defensiva de enero a noviembre. Las autoridades del Partido, en su intento de preservar el monolitismo del sistema, se obsesionaron en la persecución de “contrarrevolucionarios” y E. Honecker no cesaba de afirmar la “fuerza inquebrantable del socialismo”, anunciando que “nada ni nadie detendrá su marcha”. En efecto, en un primer momento, el Gobierno comunista no varió sus planteamientos dogmáticos, ni siquiera cuando, con motivo del cuadragésimo aniversario de la República Democrática, el 7 de octubre de 1989, la oposición al régimen expresó su repulsa ante la situación del país y exigía la democratización del mismo. Ésta, durante la primera quincena de octubre, lograba sacar a la calle a la población en las principales ciudades del país: Leipzig, Dresden o el mismo Berlín Oriental; cabe destacar las manifestaciones del 9 y del 16 de octubre, en donde las consignas fundamentales fueron “¡Nos quedamos aquí!” y “¡El Muro debe caer!”. Ante el desarrollo de los acontecimientos fueron los comunistas renovadores los que, con el apoyo tácito de Moscú (recuérdese la advertencia de Gorbachov al máximo dirigente del país en el 40º aniversario de la creación de la RDA: “al que llega demasiado tarde, la vida se lo hace pagar”), obligaron a Honecker el 17 de octubre a abandonar todos sus cargos en el Partido y en el Estado por “motivos de salud”: era reemplazado al frente del Partido por Egon Krenz, el cual se comprometió a impulsar la reforma en las estructuras del régimen.

         Sin embargo, a estas alturas las promesas oficiales, comenzando por una amnistía a los prisioneros políticos o facilidades para poder salir del país, ya no eran suficientes para la vanguardia de la sociedad civil. La oposición al régimen cada vez adquiría más fuerza. Así las cosas, especialmente importante fue la manifestación y concentración del 4 de noviembre en la Alexanderplatz  de la antigua capital imperial: medio millón de personas no cesaron de exigir la construcción del Estado de Derecho, el restablecimiento de las libertades formales de asociación, reunión y expresión y la convocatoria de elecciones libres y democráticas.

         Todas estas acciones estaban prefigurando el futuro de la República Democrática. Sin solución de continuidad, el 7 de noviembre, el Gobierno estealemán encabezado por Willy Stoph presentaban su dimisión, y lo mismo hacía un día después el Politburó en pleno. El 9 de noviembre de 1989 a las siete de la tarde las autoridades anunciaban por medio de Günter Schabowski la apertura del Muro de Berlín  —lo que paulatinamente, a medida que pasaban las horas y comprobarse que era cierto, comenzó a ser celebrado con júbilo por la población—[XXI] y el propio Krenz prometía la celebración de elecciones libres. Unos días después, el 13 de noviembre, Hans Modrow era nombrado Primer Ministro, y un nuevo Gobierno era constituido con la inclusión de personalidades de la oposición democrática; pero ni los buenos oficios reformistas del jefe del ejecutivo lograron detener la descomposición del Estado.

IV.2. Hacia la reunificación de Alemania: “¡somos un solo pueblo!”

         La pérdida del rumbo por parte del Partido y del Gobierno dio alas a la oposición y a toda la sociedad civil en su empeño de terminar con el sistema comunista y con el propio Estado germanooriental. Si los ciudadanos tuvieron en primer momento como objetivo político la reforma de su propio país —“¡Somos el pueblo!” (“Wir sind das Volk!”)—, a partir del 20 de noviembre aspiraban ya a la unidad de toda Alemania: “¡Somos un solo pueblo!” (“Wir sind ein Volk!”). Se había hecho realidad el sueño de Martin Walser, tal como lo expresaba en un artículo publicado en 1988 en Die Zeit  al referirse a su “nostalgia de un Estado alemán reunificado; un sueño que sólo sería posible realizar gracias a un improbable movimiento popular”[XXII].

          Ante el vacío de poder cada vez más evidente, el 1 de Diciembre era abolido el principio constitucional del “papel dirigente” de la sociedad atribuido al Partido Comunista y el SED dejaba de ejercer la dirección de la política del Estado “de los obreros y campesinos”. El 3 de diciembre dimitía Krenz y tres días más tarde todo el Comité Central. A finales de diciembre, el Congreso extraordinario del SED  (ya sólo con un millón escaso de afiliados) abjuraba de la referencia ideológica al marxismo-leninismo y se redefinía como marxista y socialista; la organización tomaba el nombre de Partido del Socialismo Democrático (PDS) y elegía como presidente de la misma a Gregor Gysi, un abogado de talante reformista. Peor suerte corrieron las asociaciones de masas —antiguas correas de transmisión del Partido— como la Confederación Sindical Alemana Libre o la Juventud Alemana Libre que, sin poderse adaptar a los nuevos tiempos, desaparecieron. El régimen del socialismo real en la Alemania del Este había dejado de existir. Por tanto, al terminarse el año 1989, se cerraba el “problema alemán”.

         Rápidamente, las demás fuerzas políticas se reestructuran de cara a un incierto futuro. A finales de diciembre de 1989, Lothar de Maizière, responsable del partido cristianodemócrata en la Alemania Oriental, anunciaba que el gran objetivo de su organización era la reunificación con la República Federal (el 28 de noviembre el canciller Kohl había hecho público en el Bundestag su programa de los “Diez Puntos” para la reunificación, que se resumía en formalizar en primer lugar una Confederación para llegar finalmente a la Federación); por su parte, el Gobierno de Modrow hablaba de una “comunidad contractual”; pero, finalmente, terminaba por ceder ante el empuje de la oposición y el 5 de febrero de 1990 era formado un Gobierno de “responsabilidad nacional” con los principales dirigentes de aquélla, cuyo primer acuerdo fue adelantar la convocatoria de elecciones libres al 18 de marzo.  Ante la evolución de los acontecimientos —especialmente la salida masiva de personas en dirección a la Alemania del Oeste (de 1.500 a 2.000 al día)—  Kohl rectificaba su primer proyecto y pasaba a proponer con carácter de urgencia un plan de unión económica, monetaria y social.

         Para afrontar las elecciones a la Volkskammer  con ciertas garantías algunos partidos y organizaciones políticas procedieron a establecer una serie de coaliciones electorales. Así, fue formada “Alianza por Alemania” por los cristianodemócratas (CDU y CSU) y Despertar Democrático; “Alianza de los Demócratas Libres” por los partidos liberales (LDP y FDP); y “Alianza 90” por movimientos cívicos. Entre los restantes partidos que acudieron a los comicios estaban también el Partido Socialdemócrata (SPD), Partido del Socialismo Democrático (PDS), Partido Campesino (DBD), Partido Nacional Demócrata (NDPD) o los Verdes.

         En dichas elecciones, la coalición “Alianza por Alemania” dirigida por los cristianodemócratas de De Maizière, obtuvo la victoria con el 48 por ciento de los votos y 195 escaños de 400; por su parte, los socialdemócratas del SPD lograron algo más del 21 por ciento de los sufragios y 87 escaños; los antiguos comunistas —ahora con el nombre de Partido del Socialismo Democrático (PDS)— llegaron al 16 por ciento de los votos y 65 escaños; y los liberales, el 6 por ciento de los sufragios y 21 escaños; “Alianza 90” sólo pudo conseguir el apoyo del 3 por ciento de los electores y 12 escaños; los Verdes y el DBD 8 escaños cada uno de ellos; y el NDPD y otras agrupaciones, 2 escaños respectivamente. En cierto modo, los resultados electorales constituyeron una sorpresa, no tanto por el triunfo de la “Alianza por Alemania” (confirmado en las elecciones locales del 6 de mayo), como por el escaso respaldo que recibió “Alianza 90” teniendo en cuenta el papel desempeñado por los movimientos cívicos en los años clave; también fue muy significativa la derrota del SPD, partido sin vinculación al bloque comunista en la antigua RDA. Sin embargo, dichos resultados demostraron, entre otras cosas, la decisión de los alemanes orientales de caminar decididamente a la reunificación de Alemania que desde el Oeste estaba auspiciando el líder del CDU  y canciller de la República Federal, Helmut Kohl, quien, sin lugar a dudas tenía muy presentes las palabras de Konrad Adenauer:

       “Tendremos que estar alerta si llega ese momento. Si parece inminente y existe una ocasión favorable, no debemos dejarla pasar.”[XXIII]

         El 4 de abril de 1990 quedaba constituido el nuevo Gobierno de la República Democrática encabezado por Lothar de Maizière, el líder de los cristianodemócratas de Alemania del Este. A partir de ese momento, su principal objetivo fue impulsar el proceso de reunificación. Así, el 18 de mayo era firmado el “Tratado Interestatal de Unión Monetaria, Económica y Social” entre la República Democrática y la República Federal cuya entrada en vigor quedaba fijada para el 1 de julio. Sin solución de continuidad, la nueva Cámara de la RDA daba el 23 de agosto el visto bueno a la incorporación de los territorios del antiguo Estado estealemán (reconvertidos en Estados federales el 22 de julio) a la República Federal, ello en virtud del artículo 23 de la Ley Fundamental. Dicho artículo para la reunificación había sido preferido por la mayoría parlamentaria al 146 que, de hecho, hubiera significado la apertura de un proceso constituyente. El 31 de agosto era rubricado en la Kronprinzenpalast de Berlín el “Tratado de Unificación” (“Einigungsvertrag”), que fijaba las “modalidades de transición y de adaptación de los dos sistemas en los campos jurídicos, económicos y sociales”.

         En paralelo con la evolución de los acontecimientos de carácter interno en los dos Estados alemanes, debemos tener en cuenta también el proceso que hizo posible toda una serie de acuerdos internacionales en relación con la unificación de Alemania. La coyuntura favorable por la que pasaron las relaciones exteriores entre las grandes potencias, especialmente en el terreno del desarme —tal como se demostró en la Conferencia de Ottawa de febrero de 1990, de gran trascendencia para Europa—, fue aprovechada de manera magistral por el canciller germano-oriental, Kohl, para obtener garantías de Gorbachov en relación con su plan sobre la futura unificación alemana; el 15 de marzo del mismo año, el jefe del ejecutivo alemán lograba también el pleno apoyo de la Comunidad Económica Europea a sus proyectos [XXIV].

         Todo ello hizo posible que, a partir de la primavera de 1990, el proceso de unificación de Alemania fuera abordado de manera conjunta por las potencias de ocupación y los propios interesados, dando lugar a las negociaciones de la llamada “Conferencia 4+2” (Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, por un lado; y los dos Estados alemanes, por el otro). Estas conversaciones fructificaron rápidamente. En el inicio del verano, 21 de junio, el Bundestag de la República Federal y la Volkskammer de la República Democrática salvaban un importante escollo diplomático al reconocer la actual frontera entre Alemania y Polonia de la línea Oder-Neisse. Con esta demostración de buena voluntad por parte de los legítimos representantes del pueblo alemán, el 17 de julio —después de una reunión entre Kohl y Gorbachov— la URSS ratificaba de los acuerdos de la “Conferencia 4+2”, la cual había aceptado la consumación de la unificación de Alemania, sin que ello supusiera menoscabo de ninguno de sus derechos en cuanto a su libre adscripción a los tratados interestatales: en otras palabras, la Alemania unificada podía encuadrarse dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Finalmente, el 12 de septiembre de 1990 firmaban los cuatro ministros de Asuntos Exteriores de las cuatro antiguas potencias de ocupación, el ministro de Asuntos Exteriores de la República Federal y el jefe de Gobierno de la República Democrática, el “Tratado sobre el Reglamento definitivo de la Cuestión Alemana”, el que devolvía el ejercicio de la plena soberanía a la nueva Alemania unificada. Lo anterior era un hecho consumado el 3 de octubre, fiesta nacional desde entonces, momento en el cual los Länder de la extinta República Democrática quedaban plenamente integrados en la República Federal con el amparo de la Ley Fundamental. El 2 de diciembre de 1990 tenían lugar las primeras elecciones generales en la nueva Alemania unificada.

V. A modo de conclusión: Berlín, en el centro de la Europa unida

         Cuarenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial y del comienzo de la Guerra Fría, el statu quo  de una Europa dividida en dos zonas irreconciliables comenzó a resquebrajarse. Con la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, se produjo el colapso del socialismo real que durante más de cuatro décadas sojuzgó a los pueblos de la Europa del Este sovietizado. Con la desaparición de los regímenes socialistas los países de la antigua Europa Este, por primera vez en libertad después de 1945, acometieron la extraordinaria tarea de transformación de sus estructuras políticas, económica y sociales (la Triple Transición).

         En función de la evolución de los acontecimientos que se estaban produciendo en esa parte del Viejo Continente, Václav Havel comentó certeramente que “el proceso de integración europea no se detendrá con la reunificación de Alemania; debe continuar, porque sólo entonces Europa será un lugar seguro para Alemania. Y sólo entonces será Alemania un lugar seguro para Europa”. A partir de ese momento, todos los países de Europa central y suroriental comenzaron a debatirse entre un pasado traumático y un presente difícil, aunque cargado de esperanzas. La clave iba a estar en que estos pueblos de existencia tan agitada fueran capaces de encontrar, con la ayuda de los demás pueblos europeos, la melodía apropiada para construir su futuro de paz, justicia, bienestar y libertad. En este sentido, ante la nueva situación creada en Europa, el Consejo Europeo celebrado en Dublín el 28 abril de 1990 anunció su propósito —y lo cumplió— de facilitar el acercamiento entre las Comunidades Europeas y los países de la antigua Europa del Este.

         A raíz de la reunificación alemana, en los los territorios de la antigua RDA coincidió cabalmente la transición a la democracia parlamentaria y a la economía de mercado con los momentos de la ruptura con el sistema comunista. Desde diciembre de 1990 los avatares por los que discurrió la vida de los alemanes del este estuvieron indisolublemente soldados a los de sus compatriotas del oeste en una nueva Alemania unida, libre, soberana y democrática. Para los restantes países del antiguo bloque soviético el proceso iba a durar más tiempo, pero no se eternizó. La desintegración de la URSS en diciembre de 1991 facilitó sin duda la consolidación de su proceso de Triple Transición y su paulatino acercamiento a la Europa comunitaria. Con la consumación del cambio político-institucional entre 1989 y 1991 se abrió para todos ellos una nueva etapa histórica en la que se produjo la consolidación del sistema democrático-parlamentario y la modernización económica y social, homologándose a los países democráticos de Europa Occidental; y junto a lo anterior optaron decididamente por integrarse en las Comunidades Europeas (además de vincularse a la Alianza Atlántica). El proceso llegó a buen puerto el 1 de mayo de 2004. En ese momento se incorporaron a la Unión Europea Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría —además de Eslovenia y los tres estados del Báltico: Estonia, Letonia y Lituania—. Y concluyó con la adhesión el 1 de enero de 2007 de Bulgaria y Rumania.

          El retorno de Europa a los países del Este debe ser considerado como un hecho de trascendental importancia en la historia del mundo después de la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Esta fecha representa sin lugar a dudas el momento clave que anunció el crepúsculo matutino —parafraseando a Ortega, pionero y decano del ideal europeísta— de una nueva Europa unida, y Berlín en su centro geográfico. En el vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín es de justicia resaltar la trascendencia de aquel acontecimiento verdaderamente histórico, no sólo para Alemania y para Europa en su conjunto sino también para toda la sociedad internacional.


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Notas

[I] Sobre la “cuestión alemana” interpretada desde la zona oriental, véase Furet (1995: 452-456).

[II] “En la Ópera Estatal de Berlín Oriental, el 21 y 22 de abril de 1946 miles de delegados votaron formalmente a favor de la fusión de los partidos. Más de la mitad de los miembros del nuevo SED (Partido de Unificación Socialista)  procedían de la socialdemocracia”. Taylor (2009: 85).

[III] Una visión de conjunto en Díez Espinosa y Martín de la Guardia (1998).

[IV] “Según dicen los estudios realizados tras la caída del Muro de Berlín en 1989, las autoridades soviéticas de ocupación habían encarcelado en su zona, entre 1945 y 1950, a 122.000 personas, de las cuales 43 murieron encarceladas y 756 fueron condenadas a muerte. La dirección del SED ejerció, motu propio, una represión que afectó a 40.000 ó 60.000”. Bartosek (1998: 456).

[V] Sobre la represión radical ejercida durante los años de vigencia de la RDA, véase Neubert (2002).

[VI] “Después de la caída del Muro los medios alemanes dijeron de Alemania del Este que había sido ‘el Estado-espía más perfecto de todos los tiempos’. En total la Stasi tuvo 97.000 trabajadores, más que suficientes para vigilar un país de 17 millones de personas. Pero también disponía de más de 173.000 confidentes repartidos entre la población. Se estima que en el Tercer Reich de Hitler hubo un agente de la Gestapo por cada 2.000 ciudadanos, y en la URSS, un agente de la KGB por cada 5.830 personas. En la RDA había un agente o un confidente de la Stasi por cada 63 personas. Si incluimos a los confidentes ocasionales, algunos estiman que había una proporción de un informante por cada 6,5 ciudadanos”. Funder (2009: 69-70).

[VII] Dicho exilio se refleja con todo su dramatismo en Reimann (2008).

[VIII] (1995: 507).

[IX] Taylor (2009: 206).

[X] Pero no para todos, aunque lo pagaron caro. Como señala Taylor, “según las cifras de la Stasi, [sólo] entre el 13 de agosto y el 31 de diciembre de 1961 fueron arrestados un total de 3.041 personas como consecuencia de sus intentos fallidos por escapar a Berlín Occidental. La mayoría de ellas (2.221, un 73% del total) lo habían intentado a pie. Otras 335 (el 11%) intentaron huir por tren, 244 (el 8%) con vehículos motorizados, 114 (el 4%) por mar, el Báltico, 96 (un 3%) nadando por ríos, canales o lagos, y 31 (un 1%) arrastrándose a través de las cloacas”. (2009: 350-351).

[XI] Cit. en Martín de la Guardia y Pérez Sánchez (1995 b: 110).

         “El muro sería a la larga una propaganda catastrófica para el Este. Cada día de su existencia fue como si vociferase una sencilla declaración condenatoria: ‘En Berlín, nosotros los comunistas entablamos una competencia directa con el capitalismo y perdimos.” Taylor (2009: 342).

[XII] Ello coincidió, paradójicamente, con la visita que el Presidente Kennedy realizó, en junio de ese mismo año, a Berlín Occidental, considerada “una especie de faro de la libertad”. Allí, ante medio millón de personas pronunció un discurso del que se recuerda especialmente aquello de “Ich bin ein Berliner”. Pero lo realmente importante fue que en su alocución, “Kennedy atacó a quienes no veían diferencia entre ambos sistemas y preconizaban que los demócratas debían ‘trabajar junto a los comunistas’, o aquellos que aseguraban que el comunismo era malo pero producía benéficos resultados económicos. Kennedy prosiguió con un ataque al muro, calificándolo como ‘la muestra más obvia y clara de los fracasos del sistema comunista’. Al final (…) volvió a pronunciar las famosas frases: ‘Todos los hombres, vivan donde vivan, son ciudadanos de Berlín. Por tanto, en calidad de hombre libre, me enorgullezco de pronunciar estas palabras: Ich bin ein Berliner’”. Cit. en Taylor (2009: 395-396).

[XIII] Cit. en Martín de la Guardia y Pérez Sánchez (1995 b: 207).

[XIV] Véase Pérez Sánchez (1999: 6-9).

[XV] Cit. en Taylor (2009: 453).

[XVI] (1990: 152). Una visión de conjunto en Martín de la Guardia y Pérez Sánchez (1995 a).

[XVII] De hecho, fue en Hungría en donde el 2 de mayo de 1989 comenzó a desmantelarse el “telón de acero” que la separaba de Austria. Una delegación de Autoridades húngaras y austriacas entregaron al Presidente George Bush —de visita en Alemania Occidental— un trozo de alambre de espino de dicha frontera. Al recibir el presente, Bush comentó: “Hagamos que Berlín sea lo siguiente”. Cit. en Taylor (2009: 459).

[XVIII] “Las listas únicas presentadas por el Partido obtuvieron oficialmente el 98,85 por ciento de los sufragios, con una participación del 98,78 por ciento del censo electoral. Los observadores de los derechos civiles constataron importantes irregularidades.” Gonin y Guez (2009: 71). Para una visión de conjunto de los acontecimientos desarrollados desde finales de los años ochenta al otoño de 1990, véase Meyer (2009).

[XIX] Eguiagaray (1991: 157).

[XX] “Desde el acuerdo de 1978 pactado con el régimen, la Iglesia, sobre todo en Berlín, donde la dirección de la diócesis era bastante tolerante, daba asilo a ‘grupos disidentes de base’. Las parroquias debían controlar y moderar a sus feligreses, a cambio de lo cual el Estado se comprometía a no intervenir físicamente en los lugares de culto.” Gonin y Guez (2009: 71).

[XXI] Sobre lo acontecido en esas horas tan tensas del 9 de noviembre, véase Taylor (2009: 480-487) y Gonin y Guez (2009: 307-320).

         “La gran paradoja del muro de Berlín es que termina como empezó. Se construyó porque la gente quería irse y se destruye porque la gente seguía queriendo irse. No ha servido para nada más que para la crueldad y para la infamia.” Martí Font (1999: 17).

[XXII] Lo que aconteció, en palabras de Diego Íñiguez Hernández, fue “una genuina revolución liberal, que culminó el 9 de noviembre de 1989 con la caída del Muro, o en marzo de 1990 con las elecciones a la única y breve Asamblea Popular democrática. ‘No habría sido posible la reunificación sin una RDA democrática, ni una RDA democrática sin las protestas populares alemanes del Este’, ha escrito Klaus-Dietmar Henke.” (2009: 55-56).

[XXIII] Cit. en Gonin y Guez (2009: 167).

[XXIV] Según Taylor, “Mitterrand prometió su apoyo a Kohl para una Alemania reunificada, pero a un alto precio, consistente en una mayor integración europea. Esto significaba, en concreto, el sacrificio del todopoderoso marco alemán y la introducción de una moneda europea única”. (2009: 495).


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Referencias Bibliográficas

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Resumen:
Con la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, se produjo el colapso del socialismo real que durante más de cuatro décadas sojuzgó a los pueblos de la Europa del Este sovietizado. Con la desaparición de los regímenes socialistas los países de la Europa Central, Suroriental y Báltica, por primera vez en su historia después de cuarenta años de totalitarismo comunista, acometieron la extraordinaria tarea de transformación de sus estructuras políticas, económica y sociales (la Triple Transición) para homologarse a los países democráticos de Europa Occidental; y junto a lo anterior optaron decididamente por integrarse en las Comunidades Europeas, además de vincularse a la Alianza Atlántica.

Palabras clave:
Guerra Fría, Telón de Acero, Europa Oriental, Alemania, Comunismo, Muro de Berlín, Transición, Unión Europea.

Abstract:
On the 9th of November, 1989, the fall of the Berlin Wall caused the collapse of real socialism that for over four decades subdued the people of Eastern Europe who were under soviet influence. As a result of the disappearance of the socialist system, the Central, South-eastern and Baltic European countries, for the first time in their history after forty years of communist totalitarianism, undertook the extraordinary task of changing their political, economical, and social structures (the Triple Transition) in order to be on a level with the democratic countries of Western Europe. In addition, they decidedly opted for their integration into the European Community, besides joining the Atlantic Alliance, NATO.

Keyswords:
Cold War, Iron Curtain, Eastern Europe, Germany, Communism, Berlin Wall, Transition, European Union.

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