Introducción
Las redes
intelectuales centroamericanas de las generaciones de 1910 y
1920
El imaginario de nación y la formación de la identidad nacional
en las redes intelectuales centroamericanas
Las influencia del espiritualismo nacionalista y
de Salvador Mendieta y Alberto Masferrer
Alberto Masferrer y la formulación de la nación étnico-cultural
y social
El ideal unionista y regeneracionista de Salvador Mendieta
Las corrientes eugenésicas y la exclusión de los indígenas de
la nación: Miguel Ángel Asturias, Federico Mora y Carlos Samayoa
Chinchilla
El proyecto de nación eugenésica en Miguel Ángel Asturias,
Carlos Samayoa Chinchilla y Federico Mora
Introducción.
En Centroamérica, especialmente en Guatemala,
Nicaragua y El Salvador, en los últimas décadas han sido escasos
los esfuerzos que se han dedicado a reconstruir la historia
intelectual y cultural de este periodo, entre otras razones
porque la polarización entre historiadores, politólogos o filósofos
-al analizar este periodo de forma unilineal y dogmática, no
han permitido realizar un ejercicio de inmersión profunda en
esta época y enfocarla bajo una perspectiva cultural e interdisciplinaria
[1]
Nos interesa por tanto analizar la complejidad
de este periodo histórico, rico para Centroamericana, (1910-1940),
y poner de relieve la importante participación de las élites
intelectuales en la formación de la opinión pública, la enorme
relevancia de las nuevas corrientes laicas de pensamiento espiritualista,
especialmente de la teosofía y el vitalismo, y su enfrentamiento
con el positivismo y el marxismo. También queremos dejar constancia
de que la gran hibridación del pensamiento de esto autores,
provocó que muchos de los conceptos y términos utilizados en
esa época, iban a cambiar sustancialmente en pocos años de significado
y de contenido, y es enormemente difícil distinguir la raíz
y la procedencia ideológica de los mismos.
Estos
temas nos parecen relevantes para la historiografía centroamericana,
porque muestran un modelo sui generis de Centroamérica
y explican por qué durante un período como éste, en el que otras
repúblicas latinoamericanas se replanteaban un modelo de nación
más incluyente, de valorización del pasado prehispánico y trataban
de buscar nuevos símbolos de identificación nacional, en Centroamérica
las élites vinculadas al positivismo proyectaron un modelo de
nación eugenésica, con escasas incorporaciones de los sectores
subalternos a la ciudadanía, especialmente con permanentes intentos
de exclusión de los indígenas; y por qué las élites centroamericanas,
vinculadas a las corrientes espiritualistas y vitalistas, propusieron
en cambio un modelo de nación étnico-cultural, que valorizaba
el pasado amerindio e intentaba buscar mecanismos de inclusión
de los indígenas y de las mujeres.
Las
redes intelectuales centroamericanas de las generaciones de
1910 y 1920
A estas redes intelectuales les unía una
serie de problemas, comunes a toda la región, que giraban en
torno a la coyuntura política de dictaduras en varios países
centroamericanos, de luchas por la soberanía popular frente
a la ofensiva del imperialismo, especialmente en Nicaragua,
y al fracaso del proyecto liberal, que no había logrado aquellas
reformas económicas, políticas y sociales que habían sido alcanzadas
en otras repúblicas, como Argentina, Chile y México. Esta capa
de intelectuales buscaban la regeneración moral del individuo
y de la sociedad para evitar el retorno al caudillismo y las
dictaduras. En esa línea intentaban imaginar una nación de ciudadanos
iguales ante la ley, en donde se reconocían, respetaban y toleraban
las diversidades de raza, credo, cultura y género. En este
sentido abogaban por una ciudadanía incluyente y más participativa
de los indígenas, mestizos y mujeres.
Los intelectuales de 1910, tanto en Guatemala
como en el Salvador y Nicaragua, estaban bajo la influencia
de lo que hemos llamado el “nacionalismo espiritualista” que
se oponía a muchos de los principios del positivismo, entre
ellos el de la jerarquización racial. Imbuidos por la teosofía,
muchos de ellos pertenecían a las redes teosóficas o heliosóficas,
consideraban iguales todas las razas y consideraban que era
en la sociedad donde se producía el proceso de degeneración.
Esa igualdad “espiritual” o “de origen” es lo que les llevaba
a pensar que los hombres y las mujeres tenían los mismos derechos
y obligaciones y habían de ser incorporados como ciudadanos
o ciudadanas en igualdad de condiciones que los demás. Abogaban
por el acceso a la educación, al trabajo y al sufragio universal
sin restricciones de género o cultura. El decálogo de Alberto
de Masferrer, el Mínimum Vital, es un buen ejemplo de
esta filosofía de vida que se englobaba en las corrientes de
pensamiento vitalista centroamericano.
En el ámbito cultural estaban muy influidos
por Rodó y el modernismo, rechazaban las injerencias culturales
y políticas foráneas, especialmente las norteamericanas, y consideraban
que había que buscar los valores propios de la identidad latinoamericana,
volver la mirada a las culturas ancestrales y alcanzar la identidad
americana. El sueño bolivariano de la “Gran América”, “Nuestra
América”, resurgía en pensadores como José Martí, Rubén Darío,
Máximo Soto Hall, Salvador Mendieta o Alberto Masferrer.
Estas redes intelectuales, en la búsqueda
de un pasado común, fueron indigenófilas e incluso en algunos
casos mestizófilas, cuando trataban de fundir ambas razas en
una “raza cósmica”, síntesis de las anteriores. Su ideario unionista
constituía otro de los rasgos fundamentales, que fueron reforzando
mediante encuentros y promoviendo uniones regionales o continentales,
en las que se manifestaba además una hostilidad a las tiranías
y se impulsaba la incorporación de colectivos excluidos del
sufragio, como las mujeres y los indígenas.
El
proyecto unionista, a juicio de García Giráldez, fue en gran
parte un movimiento de reacción contra la corriente liberal
transformada en política científica, contra el positivismo y
el materialismo. Este movimiento social y político se caracterizaba
por el ideal regenerador del individuo y la sociedad, que cuestionaba
el modelo de nación liberal y la forma caudillista y autoritaria
de gobernar, planteaban un modelo unionista de nación centroamericana,
a través de un sistema federal de gobierno. Su instrumento de
acción fue el Partido Unionista, fundado en 1899 y refundado
en 1919 en Guatemala sobre premisas laicas, democráticas e incluyentes
y basado en los principios continentales de la Patria Grande
de José Cecilio del Valle
[2]
Estas
redes sociales unionistas y espiritualistas representaron el
nuevo prototipo de intelectuales de la época, como un grupo
de profesionales, vinculado al ámbito de la cultura, el periodismo,
la universidad y los ateneos, que consideraba que su función
social era denunciar las injusticias y arbitrariedades provocadas
por las guerras y, como colectivo independiente, consideraba
que debía cumplir una nueva misión histórica. El afán regeneracionista
de los intelectuales en su sociedad, esta nueva función de agentes
transformadores de la realidad social, de testigos presenciales
de la injusticia y de formadores de opinión pública, a través
de la narrativa del discurso, emergió a raíz de la crisis finisecular.
[3]
Sin
embargo los intelectuales de la “Generación del 20” estaba influida
por el liberalismo decimonónico
y el positivismo spenceriano en su vertiente racialista. El
triunfo de gobiernos dictatoriales en todo Centroamérica en
la década de 1930 y el asesinato de Augusto Sandino en Nicaragua
reforzaron los regímenes dictatoriales y produjeron como reacción
un retorno de los intelectuales al positivismo y a las corrientes
eugenésicas. La influencia del nacional-socialismo se dejó sentir
en la cultura política de esta década y muchos de los intelectuales,
que apoyaron las dictaduras de 1930, estaban influidos por
el fascismo italiano y el nazismo alemán. Incluso algunos de
ellos se manifestaron partidarios de las tesis del exterminio
de judíos, chinos o indígenas. En cuanto al modelo de nación
y nacionalidad, eran partidarios de la homegeneización nacional
y del blanqueamiento racial por eugenesia, frente a los autores
anteriores que habían abogado por una “nacionalidad positiva”
con la incorporación plena de los indígenas y las mujeres a
la nación.
En
este artículo queremos analizar las corrientes contrapuestas
que convivieron a lo largo de la primera mitad del siglo XX
y pugnaron por la hegemonía del espacio público a lo largo
de cuatro décadas: el positivismo spenceriano, las teorías
raciales del momento, el espiritualismo vitalista y la teosofía.
Estas corrientes propusieron nuevas alternativas para la integración
o incorporación de los indígenas y las mujeres, imaginaron diferentes
modelos de nación, plantearon proyectos diferentes más o menos
incluyentes e integradores y propusieron formas de redención
y regeneración, también diversos para los sectores subalternos,
especialmente los indígenas y las mujeres.
[4]
El imaginario de nación y la formación de la identidad nacional
en las redes intelectuales centroamericanas.
Pretendemos
analizar el imaginario de nación de estas redes intelectuales
y trazar cuál fue el modelo hegemónico que se impuso a lo largo
de las décadas del Veinte y Treinta; así como cuáles fueron
los espacios públicos y los temas que alimentaron el debate.
Ello permitirá comprender el posterior desarrollo histórico
y político de la sociedad y del Estado centroamericano y explicará
cómo se construyeron las identidades colectivas y por qué no
cuajó un proyecto de identidad nacional.
Durante
las primeras décadas del siglo XX, en casi todos los países
del continente americano, por la influencia de los movimientos
sociales e intelectuales de los países vecinos, se estaban diseñando
modos distintos de forjar la patria y de formular la nación.
Es el momento de las grandes aportaciones de Molina Enríquez
y de Justo Sierra en México, de Mariátegui, de Árguedas y De
la Riva Agüero en Perú; de Freire, Torres y Vianna en Brasil;
de Alcides Árguedas en Bolivia; de García Monge y Brenes Mesén
en Costa Rica y, sobre todo, de Alberto Masferrer en El Salvador. [5] En países como Ecuador, Bolivia, Perú, Guatemala o México, las
preguntas que se formulaban con mayor frecuencia eran de esta
naturaleza: los indígenas ¿forman parte de la nación? ¿de qué
nación hablamos y qué nación queremos construir?, ¿ qué tipo
de gobierno es el más apropiado? La respuesta a todo ello implica
conocer los modelos de nación que planteaban las élites intelectuales
en las décadas de 1920 y 1930.
Durante
este período los intelectuales reflexionaban sobre los modelos
de nación y el tipo de gobierno más afín a las sociedades pluriétnicas
y pluriculturales. El primer problema que emerge en los debates
es “el problema del indio”: ¿qué hacer con el indio?, ¿dónde
colocarlo en la configuración de la nación?, ¿qué función debía
desempeñar? Emerge así, no como sujeto histórico, no como actor
principal de la nación, sino como PROBLEMA que no abordado en
el pasado, disimulado o cosificado en el presente, invisibilizado
como ciudadano de pleno derecho y, para muchos, como un grave
problema de difícil o imposible solución.
De
ahí que se considere llegado el momento de buscar soluciones,
dar recomendaciones, sugerir ideas acerca de cuál debe ser su
grado de integración, asimilación o incorporación a la nación.
Por ello, y por la influencia de las teorías racialistas, del
regeneracionismo hispano y de la teosofía, se empiezan a buscar
soluciones para el problema del indio, pero que son en
el fondo reflexiones o imaginarios de lo que puede ser la construcción
de LA NACION.
Muchos
de los intelectuales de la época se lamentaban de la ausencia
de nación, consideraban que el indígena era el responsable de
esta falta de cohesión política social y de escasa conciencia
de una identidad nacional. El clamor por la nación y su incapacidad
de imaginarla y forjarla era un elemento común a todos los autores
que vamos a estudiar.
Nos
ocuparemos en este artículo de los partidarios de las teorías
espiritualistas y teosóficas y de su modelo de nación y de inclusión
de los indígenas en la misma, así como de los partidarios de
las teorías eugenésicas o del exterminio de los indígenas.
Nos centraremos en el análisis del discurso de diversos autores
de las décadas de 1910 y de 1920, tratando de interrogar sus
textos y preguntándoles: ¿a qué se refieren cuando hablan de
nación?,¿cómo la imaginan y la proyectan?, ¿cómo se plantean
la degeneración y regeneración del indio en este contexto de
formación y ampliación de las bases de legitimidad de la nación?
Asi como la búsqueda de una identidad nacional. De las respuestas
en el debate surgieron diferentes fórmulas de nacionalismos
que fueron denominadas como nacionalismos espiritualistas, culturalistas
o positivistas.
Las influencia del espiritualismo
nacionalista y de Salvador Mendieta y Alberto Masferrer
Nos interesa resaltar a estos autores,
nacidos a finales de siglo XIX, su activa participación política
de la década de 1910 como unionistas convencidos, porque lo
consideran el mejor sistema para regenerar la patria y la nación
y para reformar el Estado. Estos autores, aunque eran muy conocidos
en la región, no han sido estudiados bajo la perspectiva de
su pertenencia a las primeras redes teosóficas y heliosóficas
centroamericanas, ni bajo la tupida red de vínculos densos que
mantuvieron en la región y fuera de ella para fundar este movimiento
alternativo, que hemos dado en llamar “tercera vía”.
Su
pertenencia a sociedades teosóficas, su participación en tertulias
y círculos de lectura espiritualistas o espiritistas no es muy
conocida. Por escritos y conversaciones con los autores o sus
familiares hemos podido ir armando esta red social, cuya estructura
era muy extensa y con vínculos más o menos densos, pero con
un núcleo de pensadores central y de pensamiento sólido. Los
mediadores de la red fueron, sin duda: Flavio Guillén y Carlos
Wyld Ospina en Guatemala, Alberto Masferrer en El Salvador,
Salvador Mendieta y Augusto Sandino en Nicaragua.
Quisiéramos
centrar el estudio en tres aspectos básicos: su crítica al
proyecto liberal, al positivismo y materialismo, su idea de
nación y de regeneración social y la búsqueda de un modelo
supranacional que les garantizara la soberanía frente a los
Estados Unidos.
Abordaremos,
en un primer momento, a dos autores centroamericanos, en torno
a los cuales giraron varias redes de intelectuales, vinculadas
a través de espacios de sociabilidad como: las sociedades teosóficas,
los clubes unionistas y los círculos vitalistas. Salvador
Mendieta fundador e impulsor del Partido Unionista de Centro
América, PUCA, cuyo objetivo básico fue la regeneración y la
educación de las sociedades de la región como forma de lograr
la conciliación de las repúblicas centroamericana, y Alberto
Masferrer, artífice del vitalismo centroamericano y uno de los
pocos autores con influencia anarquista y socialista de la región.
Ambos compartían su pertenencia a sociedades teosóficas y heliosóficas,
y lucharon por imponer el proyecto unionista, federalista y
regenerador.
Alberto Masferrer y la formulación de la nación étnico-cultural
y social
Alberto
Masferrer (1868-1932), gran conocedor del socialismo utópico,
del socialismo fabiano, inspirado en las doctrinas de Henry
George, en el vitalismo de Tolstoi y en el anarquismo de Kropotkin,
fue uno de los pensadores más singulares y fecundos de la época
y el único autor centroamericano, a juicio sus biógrafos, influido
por las enseñanzas orientalistas y la teosofía. Era también
un seguidor de Montalvo, de su estilo literario, y se encontraba
muy cercano a pensadores como Anatole France, Chejov, Krishnamurti
o Azorín.
Sin
duda Masferrer es uno de los autores más citados, populares
e influyentes de América Central, como impulsor de la teosofía,
del espiritualismo y especialmente del vitalismo centroamericano,
que quedó plasmado en su obra, breve pero muy difundida, Mínimum
vital, un catecismo laico y social para formar buenos ciudadanos,
mediante la regeneración individual y colectiva de las sociedades
centroamericanas. Masferrer resumía los principios de la doctrina
vitalista en aquellos deberes imprescindibles para cada individuo
que deseara constituirse como ciudadano justo y conseguir que
todos los hombres poseyeran una vida íntegra y digna. [6]
El Minimum vital era una forma de vida, una transformación
de la conciencia individual y colectiva que se plasmaba en las
leyes y en las instituciones y que garantizaba a todos los ciudadanos
un decálogo de derechos y obligaciones, entre los que merecía
destacar: “el derecho al trabajo vital como el fundamento y
la condición indispensable del bienestar común y de la justicia
social, el derecho a la tierra, al agua y a todos los bienes
de la tierra “. [7]
En
la doctrina vitalista adquiría especial relevancia la regeneración
moral del individuo y de la sociedad con el fin de crear una
nueva conciencia continental que fundara “el hombre nuevo”.
Este proceso, que iba del individuo a la sociedad, se plasmó
en un programa político de carácter social, cuya finalidad era
la emancipación del conjunto de la sociedad, especialmente a
las clases subalternas, campesinos, obreros y mujeres, para
que “todo ello contribuya a forjar la patria”.
[8]
Interesa
especialmente profundizar su concepto de nación en su triple
vertiente de: república, región centroamericana y supranacional;
su búsqueda de raíces propias para forjar la identidad nacional.
Rehuía del término “nación”, porque lo consideraba estático
y vacío de contenido y –suponemos- porque respondía al concepto
utilizado hasta la saciedad por los liberales. Prefería, en
cambio, el de Patria -así se llamó al nuevo periódico que dirigió
desde 1927 y en donde volcaba todos sus proyectos de reforma
social y su proyecto nacional y continental. Para Masferrer
la Patria representaba la vida de los salvadoreños que luchaban
por la prosperidad, la cultura, la libertad y la paz. A su juicio,
“el escudo, la bandera, los próceres y los antepasados [...]
la mitología y todo lo demás forma parte del ayer”. [9] Negaba todos aquellos rasgos simbólicos del liberalismo como
referentes apropiados para la construcción de la nación, porque
consideraba que no beneficiaban a los grupos más excluidos en
su acceso a los derechos mínimos, como eran la tierra, el trabajo,
la salud, etc. Es más, cuestionaba la construcción simbólica
de la nación y de la identidad salvadoreña como una abstracción
que no contribuía a mejorar la vida de los trabajadores, campesinos,
niños y mujeres salvadoreñas. Su punto de arranque era el individuo
en concreto más que el concepto abstracto de ciudadano y los
grupos más excluidos, como sujetos inalienables, sobre los que
conformaba la nueva Patria, porque: “De nada sirve mirar
atrás lo que llaman sus glorias y su naturaleza y su civilización
ancestral y sus próceres y su idealismo ya que estos pueblos
han perdido la facultad de hacer, de vivir su propia vida“.
[10]
Consideraba necesario buscar otros referentes sociales y espirituales
para construir lo que denominaba “el alma de la nación”,
inclinándose hacia el planteamiento de Renan de la búsqueda
de los valores espirituales y morales de los pueblos, en aquellos
rasgos culturales y sobre todo en el idioma que era lo que
daba unidad a la nación. [11] En la línea de este autor, hablaba de la conciencia colectiva
de la voluntad de forjar una nación como comunidad de cultura,
basada en el concepto de raza que no debía ser en absoluto jerárquico
ni excluyente. Consideraba que la unidad de la nación debía
fraguarse en el ámbito cultural y social y basarse en un proyecto
de vida, que definía como “Mínimum Vital”. En este sentido fue
uno de los precursores de la construcción de la nación étnico-cultural
en América Central.
[12]
Creía
que los salvadoreños y los centroamericanos no formaban una
nación homogénea, como opinaban los liberales,“ [...] Porque,
nótese bien, nosotros no somos, no constituimos, todavía una
patria. Error lamentable el de creer que la temperatura, el
paisaje, la raza, el gobierno, ni aun el idioma bastan para
constituirla. De todos esos lazos el de mayor potencia es el
idioma, no basta, sin embargo, para que un grupo tan grande
como se quiera de hombres, pueda formar una patria. Esta es
sobre todo una creación moral, y su núcleo se encuentra en la
comunidad de aspiraciones sostenidas y perseguidas por el común
esfuerzo. Ahí donde los hombres, sea cual fuere su color, su
origen sus costumbres, persiguen un mismo fin, del cual han
hecho el mas alto objeto de su vida, y para alcanzarlo se avienen
a trabajar, a sufrir, a ayudar, a sostenerse , a confraternizarse,
ahí hay una patria o se halla en capacidad de nacer”.
[13]
Indudablemente,
tanto los elementos o rasgos singularizadores de la nación,
como los símbolos y conceptos de patria y nación, adquirían
un nuevo carácter y una nueva legitimidad más espiritual y
más cultural, si se basaban en la lengua y en la raza y tenían
un carácter más social si se fundaban en la consecución de derechos,
no sólo políticos sino culturales y sociales. Influido por
Renan, consideraba esencial para forjar la nación la voluntad
de destino común: “Entre tanto, ahí, donde hay verdadera patria,
donde un pueblo vive por y para una idea, la conquista no llega
y, si llega, es como las olas cuando asaltan y cubren una roca,
que luego reaparece fuerte e incontestable[...] los salvadoreños,
pocas veces y cada vez por escaso tiempo, hemos sentido la fuerza,
el ardor, la energía que proviene de un ideal común[...] La
primera y ya grande ventaja que nos reportaría el acometer esa
empresa sería la de que tendríamos por primera vez en la
historia, un ideal común, generoso, fuerte y duradero que
vendría a unirnos, a vincularnos, a borrar tantos motivos
de odio y separación que nos han dejado las luchas políticas
y las rencillas religiosas.”
[14]
Como
sus antecesores unionistas y federalistas, Valle, Bolívar, San
Martín, Sucre; o como sus contemporáneos Mendieta, Espinosa
Altamirano, Soto Hall y Rodríguez Beteta, Masferrer creía que
los límites de la nación debían trascender “las fronteras del
territorio para fundar la unidad de la Patria hispano o latinoamericana”;
porque Hispanoamérica se iba a alzar pronto “como una sola Nación
Americana, con dos lenguas únicas, práctica a un tiempo y soñadora,
creyente y activa, justiciera y humanitaria”.
[15] También en la línea de su contemporáneo Mendieta sostenía que:
“El ideal unionista que representa el anhelo de formar en el
centro del continente una gran nación; que representa con Bolívar
el anhelo de convertir a la América ibera en una potencia mundial,
y que con Valle [...] quiere hacer de la humanidad una sola
nación”. [16]
Otra
aportación de Masferrer fue su visión unionista y su conciencia
continental de América con la unión territorial de las repúblicas
centroamericanas. Fue por tanto, como Mendieta, uno de los impulsores
del unionismo que firmaron el Pacto de Unión en 1921, cuyos
principios básicos convergían en el reconocimiento de la Federación
Centroamericana como la única nación soberana e independiente,
cuya soberanía estaba por encima de la de los estados. El tipo
de gobierno había de ser republicano, popular, democrático,
representativo y responsable; y los poderes separados y
limitados. Proponían una nación en la que estuvieran incorporados
los ideales de la tolerancia y la igualdad entre los hombres
y el compromiso del Estado en la protección de las clases más
desfavorecidas y más trabajadoras. Entre las medidas propuestas
por ambos autores se encontraban la de alfabetizar a la población,
para que en un futuro no se viera mermada en sus derechos políticos
por no saber leer ni escribir, como pretendían otros diputados,
que contribuiría a perpetuar las discriminaciones tradicionales.
En
Masferrer el concepto de América Hispana es más supranacional
y en este sentido supera los de Wyld Ospina y Mendieta, al considerar
como Martí, Ugarte, Vasconcelos y Haya de la Torre además que
América tiene una misión que cumplir que otros continentes no
pueden desempeñar o no poseen la capacidad para ello, y ello
se debe a su pluralismo cultural: [17] “ […] con cinco millones de blancos, veinte millones de negros
y veinte de indios y sesenta millones de mestizos y dos millones
de asiáticos, que mezclan sus almas y sus sangres”, que darán
como resultado, “LA NUEVA RAZA DE LA RAZA COSMICA que forjará
la América”. Esta “ nueva raza” creará una nueva conciencia
continental que traerá “la vida nueva, la humanidad nueva” y
forjará a “los hombres nuevos de América”.
[18]
Inspirado
en este espíritu de unidad continental fundó en Guatemala, 1929,
la Unión Vitalista Americana, en la que planteaba desde el principio
el objetivo de esta unión: “Desarrollar en todos los pueblos
de la Unión la conciencia viva de un destino común, el cual
habrá de cristalizar en la creación de una nueva cultura que
traiga a los hombres una verdadera y más amplia justicia, y
una más extensa e intensa cordialidad”. Asimismo añadía que
iba a “Procurar a todos los habitantes de Hispanoamérica la
satisfacción íntegra de sus necesidades primordiales, según
la define la doctrina del MINIMUN VITAL”. Este proyecto de 29
puntos proponía una unión continental de la América hispanoparlante,
en la línea de los forjadores de la patria continental o de
la patria grande -Bolívar, Valle- y de sus contemporáneos Ugarte,
Martí, Mistral y Vasconcelos.
[19]
Uno
de los documentos inéditos que publicó en Quetzaltenango fueron
los “mandamiento unionistas”, un decálogo sobre cuáles deberían
de ser las virtudes morales de un buen unionista. Entre sus
recomendaciones figuraban tres principios que nos parecen dignos
de mención por su relación con la profunda vocación unionista
y federalista de Masferrer, que se desligaba del binomio liberal
y conservador, al plantear lo que he dado en llamar, la tercera
vía: la implantación de un Estado social de derecho.
El
punto octavo de los mandamientos unionistas dice: “No serás
liberal, ni conservador, sino que unionista. Porque la necesidad
perentoria es hacer la unión. Porque si no la hacemos pronto
se apoderarán de nosotros, y después no habrá ni conservadores,
ni liberales sino súbditos de un poder extraño, a quien, cuando
más, se le dejará el uso de su propio idioma. Cuando hayamos
consolidado la unión entonces, será tiempo de ver si somos liberales
o conservadores”. [20]
En
cuanto a la creación de valores y a la regeneración moral de
las sociedades centroamericanas y una denuncia al imperialismo
norteamericano. La influencia del regeneracionismo hispano de
librepensadores de la época, como Pi y Margall, es bastante
clara en párrafos como los siguientes: “Debemos cultivar la
tolerancia como la raíz central de toda unión, y el respeto
como la condición esencial e ineludible de toda libertad, de
toda cultura. Porque si no eres tolerante, no tienes respeto,
se abrirán abismos entre tu y tus conciudadanos: el odio dividirá
a las gentes, y la división traerá la ruina. El odio trajo a
Nicaragua los filibusteros de Walker; el odio aconsejó la venta
del canal; el odio comprometió el golfo de Fonseca. La hora
crítica en que vivimos, es el fruto del odio entre las fracciones
nicaragüenses a quienes negaron la falta de respeto y tolerancia”. [21]
Por
ultimo hace un recordatorio de lo que representa “ La Patria
Centroamericana” para los unionistas: debe de ser una patria
de todos y para todos, una patria incluyente que amplíe la ciudadanía,
donde estén representados todos los grupos sociales, especialmente
los obreros, los campesinos y las mujeres, porque de ellos es
la patria, son ello los que constituyen “una verdadera nacionalidad”.
Advierte y recomienda que se respeten los derechos humanos
básicos de “el proletario y el obrero, cuyo trabajo es la raíz
de la vida social, tienen por lo menos el derecho de alimentarse
bien, abrigarse bien, y de habitar un techo sano. Porque si
no logramos satisfacer ese minimun irreductible de su
necesidad, nos verán como explotadores, y pensarán que no tienen
que armar una patria que para ellos es madrastra y no madre.
Porque Centroamérica debe ser una patria en que todos sus hijos
se sientan ligados, no por abstracciones, sino por vínculos
positivos y esenciales”.
[22]
El
unionismo para Mendieta, Masferrer, Wyld Ospina y muchos otros
nacionalistas espiritualistas, fue un movimiento social y político
que trataba de reconstruir la nación sobre bases republicanas,
democráticas, para realizar la justicia, promover el bienestar
general, libre e independiente en el campo internacional. Se
planteaba además como lucha contra el caciquismo, representado
por los dictadores locales centro o latinoamericanos; como antiimperialismo
y en este sentido sentían como propia, la batalla por la soberanía
nacional de Sandino y, con mayor o menor grado de intensidad,
consideraban prioritaria una unidad continental de todos los
pueblos de América Latina. Defendían la federación como la práctica
de la doctrina unionista en un partido cívico y educativo, el
Partido Unionista, que apoyaba la “economía socialista y el
sistema de gobierno conocido como “federalismo autóctono”, con
una división territorial y normas administrativas que corrigieran
los graves y trascendentales errores de la Federación de 1824.
Así la autonomía regional se había de mover dentro de su propia
órbita, sin roces con la unidad nacional que debía ser vigorosamente
mantenida y extendida. [23]
El
ideal unionista y regeneracionista de Salvador Mendieta
Por
su parte Salvador Mendieta fue sin duda el líder unionista más
relevante de los que hemos estudiado. Realizó sus primeros estudios
en el colegio de Granada, Nicaragua, pero se vínculo enseguida
a las redes unionistas guatemaltecas, que se empezaron a fraguar
en su estancia en el Instituto Nacional Central de Varones de
Guatemala en 1892. Allí conoció el regeneracionismo krausista
y entró en contacto con algunas obras clásicas que serían de
una gran influencia. Indudablemente conocía la obra de Joaquín
Costa, Mallada y Macías Picavea, y muchas de sus temáticas afloran
en su pensamiento y en principal obra, La enfermedad de
Centroamérica. [24] Asimismo se consideraba en deuda con
El libro del hombre de bien de Benjamín Franklin, que
había sido fundamental para elaborar su pensamiento educativo
regenerador.
Fundó
el Partido Unionista de Centro-América en Guatemala en 1919,
a través del cual luchó por la unión centroamericana como un
"hijo muy amante de Centro América" lo haría por su
"madre abnegada", estableciendo vínculos materiales
y espirituales con otros unionistas de la región, [25] constituyendo así el fragmento de red
unionista originario, muchos de cuyos miembros iban a tomar
posteriormente senderos diversos y paralelos.
Tras
la firma del Pacto de Unión (1921) iba a ser nombrado, en abril
de 1921, primer diputado por Guatemala a la Asamblea Nacional
Constituyente de Tegucigalpa, junto a Masferrer, Marroquín Rojas
y otros, participando así en la elaboración de la Constitución
Federal de 1921. [26] Pero a partir de 1924 se dedicó de lleno
a la lucha unionista de la Nicaragua “transaccionista”.
Sus
redes se extendieron a numerosos países hispanoamericanos en
unos espacios de sociabilidad heterogéneos, como la Sociedad
Colombina Onubense (España), a la Sociedad Hispano-Americana
(Chicago), al periódico Nuevo Mundo del Centro Cultural
de la Asociación Latina de Jóvenes; al Ateneo de Madrid, y
fue también delegado en el Congreso Bolivariano de Panamá (junio
1926).
A
juicio de García Giráldez, el regeneracionismo de Mendieta y
de los unionistas planteaba una visión cósmica del ser humano,
con una actitud esperanzadora que se contraponía a la visión
pesimista y trágica de sus homólogos españoles. Se proponía
como un pensamiento renovador, con una propuesta de pacto para
toda la región hispanoamericana fundamentado en otras bases
como eran las de la solidaridad supranacional. En este imaginario
de centralidad cósmica, la federación centroamericana de naciones
representaba la mejor forma de gobierno para la región. En este
sentido unionismo y federalismo eran sinónimos. El pacto que
establecía la unión, como el pacto federal, derivaba de un acuerdo
entre centro y periferia, sin que ésta renunciara a la pérdida
de su entidad política ni a su soberanía. Mientras persistiera
este imaginario, unionistas y federalistas caminarían juntos;
pero cuando prevaleció la idea unionista en clave centralizadora
fue cuando se produjo la escisión entre los federales de la
periferia y los unionistas centralizadores capitalinos, como
resultado de un choque entre instituciones formalmente liberales
y un movimiento social innovador que reivindicaba la individualidad,
regenerada ya, y su capacidad de autogobierno.
[27]
¿Cuál
era su visión de la Patria centroamericana? Para Mendieta, el
unionismo era un proyecto regenerador, frente a la crisis
ideológica del momento, representaba una propuesta de resurgimiento
de una mentalidad afirmativa; era la negación y el agotamiento
del sistema precedente y la emanación de nuevos valores. Denunciaba
el positivismo spenceriano y los intereses sociales subyacentes
que habían impedido, impedían o retrasaban su realización.
Era una crítica del sistema socio-político existente -de los
partidos políticos tradicionales y del juego parlamentario-
por su incapacidad para erradicar los males del propio carácter
nacional: la apatía por el trabajo, la ignorancia, la desunión
y la falta de recursos económicos.
Del
análisis de la realidad
nacional afloraban los obstáculos de carácter endógeno y se
explicaban los exógenos, para la difícil tarea de crear la nación
centroamericana: el caciquismo y los caciques; la incultura
de las “masas”; la falta de comunicación y la escasez de recursos
económicos. Este último elemento era, para Espinosa Altamirano,
el único elemento que impedía la unión hispanoamericana, porque
con los demás ya se contaba: la misma evolución histórica y
social, la misma lengua, igual raza, las mismas leyes del determinismo
social y un porvenir similar. El factor económico además era:
“la verdadera razón por la que se unen los hombres y los pueblos.
Para crear espíritu nacional no bastan los lirismos políticos
y literarios; es necesario crear vínculos económicos que son
los que verdaderamente afectan a los hombres”. [28] De los impedimentos de carácter exógeno,
los más relevantes eran no sólo el imperialismo norteamericano,
sino la indiferencia iberoamericana ante la propuesta centroamericana,
[29] sobre todo la que manifestaban México,
Brasil, pero también de Costa Rica.
[30]
Los
unionistas desplegaron el ataque contra las fuerzas políticas
internas de cada una de las repúblicas, contra los partidos
políticos tradicionales, a quienes acusaban de haberse replegado
a los intereses locales y extranjeros y de haber vaciado de
contenido las reformas más avanzadas del s. XIX. Iban más allá,
los responsabilizaban de no avanzar en la estrategia de búsqueda
de consenso con la sociedad. No negaban el contenido transformador
de algunas de las reformas liberales, sobre todo las que habían
modernizado el sector público en Centroamérica, porque se proponían
crear un modelo de sociedad más apropiado a los tiempos. El
problema era que los liberales centroamericanos habían claudicado
ante la política intervencionista estadounidense, eran víctimas
de sus luchas intestinas por el poder –sólo aspiraban a quitárselo
el uno al otro- y ello había acarreado la pérdida de la propia
independencia y el sometimiento al extranjero. Pero las prioridades
eran sobre todo: derribar al tirano liberal, Estrada Cabrera,
para iniciar la unión, el proyecto de regeneración social que
habían ideado "unos cuantos escogidos caballeros reuniéronse
en la ciudad de Guatemala y acogiéndose al estandarte unionista-
que representa el más alto exponente moral y político de Centro-América-
resolvieron emprender en el acto y a todo trance la cruzada
heroica de acabar con el despotismo asiático que avergonzaba
a Guatemala, y obtenido ese primer objeto consagrarse al restablecimiento
de la rota unidad política de Centro-América". [31]
Mendieta
se planteaba la forma de gobierno de la nación centroamericana
de acuerdo con su historia y el carácter nacional, pero predominando
aquella que llevara a la unión pactada. En las páginas de El
Unionista, El Ciudadano, El Comercio Unionista,
La Patria se leen las razones a favor o en contra de
las posiciones que defienden El Liberal Federalista
o La Federación. En algunos artículos se subraya la aportación
común a la unión de todas las tendencias ideológicas y se reivindica
a sus mártires como patrimonio de todos los partidos y hombres,
como patriotismo, esperanza fraternal o sentimiento colectivo
del corazón ciudadano, que consiguió unir a las muchedumbres
en las conquistas de las causas nobles y generosas, quienes
no hubieran dudado, de sentirse engañadas, en rebelarse con
santa ira. Como un modo de construir la nación :"Hagamos
patria, esto es, trabajemos sólo por ella y para ella, desprendiéndonos
de aberraciones de discordia",
[32] que luchaba contra las facciones de poder, locales e individuales,
aguzadas por la invasión extranjera, que habían fraccionado
a Centroamérica en pequeñas repúblicas e, incluso a Hispanoamérica,
le habían quitado su peso internacional, y que como habían conformado
el pesimismo del alma colectiva del pueblo centroamericano,
decían Mendieta, Masferrer y Bonilla.
[33]
La
propuesta de unión que sugería Mendieta dentro del marco de
esta Constitución pactada era una forma de gobierno "medio
federal-medio otra cosa", "algo que existe y algo
nuevo", creada ex-profeso y apropiada al carácter nacional
centroamericano; un gobierno "en parte federativo, en parte
unitario", una forma aún inédita, pero que respondía a
las necesidades del pueblo. Lo importante era que fuera un gobierno
de, por y para el pueblo centroamericano, sin necesidad de imitar
lo ya experimentado, donde evitar recaer en los errores del
pasado.
[34]
La
corriente federalista de los unionistas tenía más peso en los
departamentos que en la capital; los capitalinos la veían con
recelo, porque temían que desuniera lo que a mala pena se había
conseguido aglutinar; los federalistas en cambioe veían en el
centralismo capitalino un intento de neutralizar sus anhelos
de autonomía y la vuelta al dominio metropolitano. Las luchas
entre las élites regionales y entre éstas y el centro habían
obstaculizado la consecución de la nación -república- e iban
a redundar también en el fracaso de la nación- Centroamérica.
Las corrientes eugenésicas y la exclusión
de los indígenas de la nación: Miguel Ángel Asturias, Federico
Mora y Carlos Samayoa Chinchilla.
Nos
centraremos básicamente en tres autores de la Generación del
20 guatemalteca: Samayoa Chinchilla y Miguel Angel Asturias,
aunque haremos referencia a otros como: Federico Mora, Epaminondas
Quintana, César Brañas, Jorge García Granados y Espinosa Altamirano,
con el fin de no creer que fueron exclusivamente dos, los anteriormente
citados, ejemplos aislados, sino que formaba parte del pensamiento
y del imaginario de todo un colectivo de intelectuales.
Carlos
Samayoa Chinchilla, (1899-1978) era uno de los pensadores más
influidos por las tesis racialistas y degenerativas francesas.
Opinaba que “el indio no puede salir de su mundo y como consecuencia
natural, sigue tomando la forma y la sombra por la cosa. Y
este punto es de una importancia básica para esclarecer la cuestión
relativa de incorporarlo a nuestra civilización. Su mente está
cerrada porque su ciclo comprensivo ya dio fin” [...] Esa es
la razón “por la que el indio será siempre indio”, porque “son
pueblos que ya vivieron su vida y llenaron su cometido”.
[35]
Federico
Mora, (1889-1972), connotado doctor y psiquiatra, Ministro de
Educación y autor de innumerables libros, entre otros: Higiene
Psíquica, fascículo primero Eugenesia, ( el libro de los novios), [36] aunque sus planteamientos obedecían a la línea higienista, como
la de Epaminondas Quintana y no a la del determinismo biológico,
no por ello dejaba de admirar a Galton, Ribot y Morel y a todos
los teóricos fundadores de la corriente de degeneracionismo
de la especie humana.
[37] Afirmaba que había una estrecha relación entre la herencia genética
y la psíquica, y para sostenerlo se basaba en las teorías científicas
de su época, de ahí la necesidad de cuidar la higiene mental
del pueblo y vigilar los matrimonios interraciales, donde evitar
la degeneración de la especie. En palabras de Mora, “El aplanamiento
afectivo [...] es evidente en los indios desde los albores de
la existencia: lo traen, pues por transmisión hereditaria de
variaciones paratípicas inducidas por toda una era de servidumbre”. [38]
Dado
que tanto para Mora como para Morel y Magnan, la degeneración
hereditaria era progresiva y patológica, se reproducía a través
de los matrimonios interraciales y se agudizaba con el alcohol
y la trasmisión de enfermedades venéreas, cuando se aplicaban
estas teorías a los indígenas y los mestizos el resultado era
que la degeneración obedecía a una “herencia ancestral”, agravada
a través de varias generaciones de hibridación y mestizaje.
Por ello creía necesario controlar los enlaces consanguíneos
de la población e impedir su reproducción para evitar el proceso
degenerativo. [39]
Este
planteamiento difiere sustancialmente del de la nación homogénea
por vía del mestizaje y de la hibridación cultural. No menciona
en ningún lugar que se pueda alcanzar la homogeneidad por el
proceso de ladinización. Tampoco -como opina Taracena- parece
que exista, en los autores estudiados, un proyecto de nación
ladina ni una propuesta integracionista o asimilacionista como
condición previa a la adquisición de la ciudadanía y la fundación
de la nación. El proyecto de la década del Veinte apunta hacia
otras direcciones: la regeneración por la vía de la educación
y del trabajo en las fincas para llegar a ser buenos mozos colonos
y, sobre todo, la aplicación de la eugenesia, la mejora de
la raza por medio de la higiene o el control de matrimonio mixtos
para unos o de la inmigración europea para otros. [40]
Mi
hipótesis es que no fuimos capaces durante este período de pensar
en un proyecto de nación homogénea,
[41] como otros compatriotas latinoamericanos. Fue la coyuntura
histórica de las dictaduras de Estrada Cabrera y Ubico y la
influencia de los pensadores de la Generación del 20, que estaban
muy condicionados por el positivismo y las corrientes racialistas
de la época, lo que obstaculizó la construcción de un proyecto
de Nación Mestiza. Fue esa repugnancia por el mestizaje, por
el cruce de razas, esa desvalorización de lo mestizo, como raza
inferior, impura o degradada lo que obstaculizó la búsqueda
de soluciones que crearan una conciencia de identidad nacional.
[42]
Los
pensadores que trataron de romper con ese determinismo biológico,
posiblemente influidos por las corrientes teosóficas con otras
fuentes de inspiración neoplatónicas e hinduistas, que manejaban
otros conceptos, como la igualdad y la fraternidad entre las
razas y la valorización de todas las culturas, pensaron que
se podría evitar la degeneración de la raza indígena por medio
de la educación y de la incorporación plena a la ciudadanía
tanto de los indígenas como de las mujeres, pero no fueron escuchados,
sufrieron un fuerte rechazo en su medio y su discurso fue periférico
hasta la década de 1940.
Por
ello no coincido con el planteamiento de Chales Hale, Jeffry
Gould y Darío Euraque, acerca de la construcción mestiza de
Centroamérica, ya que nuestra construcción de la nación ha tenido
siempre un carácter racialista y eugenésico y, a pesar de algunos
esfuerzos en Nicaragua y El Salvador de imaginar un proyecto
mestizo de nación, fue un proyecto frustrado porque, en lo que
se estaba pensando en todos los escritos de la época, desde
Costa Rica hasta Guatemala, era en “blanquear la nación”. Coincido
con Hale y González Ponciano en que Guatemala fue la más incapaz
de elaborar una ideología mestiza porque en dicha ideología
étnica no cabía lo mestizo, ni como identidad ni como proceso,
ni como ideología del Estado nacional. A juicio de Hale, esa
inexistencia del mestizaje o de la identidad mestiza se debió
a que el ladino copó y ocupó dicho lugar y lejos de ser un factor
dinámico, como indicaba Justo Sierra para México, para Guatemala
“ser mestizo ha sido una condición social ambigua, anónima y
transitoria”. [43]
Por
ello nos parece relevante detenernos a analizar cómo se construyó
el estereotipo de la degeneración del indio y de su redención
en los autores vinculados a las corrientes racialistas mencionados
anteriormente.
Miguel Angel Asturias (1899-1974) [44] interpretaba la degeneración de la raza indígena desde otra
óptica. Se preguntaba si los indígenas mejoraban o se degeneraban
con el tiempo y llegaba a la conclusión, por sus estudios fisiológicos,
anatómicos y psicológicos, de que: “En rigor de verdad, el
indio psíquicamente reúne signos indudables de degeneración;
es fanático, toxicómano y cruel”. Considera que por su etiología
“resulta evidente la decadencia de la raza indígena”.
Enumeraba entre las múltiples causas, la mayor parte de
índole económico y social: la mala alimentación, la falta de
higiene, el excesivo trabajo, el casamiento prematuro, las enfermedades,
el alcoholismo; apuntando ya al punto central y núcleo central
de su tesis: la falta de cruzamiento.
Es este punto,
en el que siguiendo a Le Bon, Renan, e Ingenieros, llega a afirmar
que el principal problema de los indios ha sido la falta de
cruzamiento, y afirma: “Los indios se han gastado ellos
mismos, su sangre no ha hecho a través de incontables generaciones,
sino girar en un círculo [...] Hace falta sangre nueva, corrientes
renovadoras que resarzan la fatiga de sus sistemas, vida que
bulla pujante y armoniosa”. Este era –a su juicio- el verdadero
problema “[...] el estancamiento en que se encuentra la raza
indígena, su inmoralidad, su inacción, su rudo modo de pensar,
tienen origen en la falta de corrientes sanguíneas que le impulsen
con vigoroso anhelo hacia el progreso”.
[45]
Samayoa Chinchilla lo expresa en otros términos: el indígena
tiene una incapacidad psicológica para evolucionar porque “no
ha podido evadirse de su mundo mental [...] son pueblos milenarios
cuyas energías primitivas, por una u otra causa se agotaron
y todo esfuerzo por volverles a su antigua vida seria vano”.
Es esa la causa por la que “el indio será siempre indio” y su
redención sólo será posible, “[...] cuando su vieja sangre tenga
oportunidad de mezclarse con representante de la raza blanca”.
[46]
Siguiendo
esta línea de pensamiento, Asturias considera que, “El indio
no pudo, ni ha podido, ni podrá incorporarse de golpe a la
cultura avanzada que tiene la minoría”, puesto que se ha producido,
“una degeneración permanente de la raza indígena, lo que le
impide acceder al progreso y a la civilización moderna”.
[47]
Federico Mora, en un artículo titulado, “Nuestro modo de ser”,
planteaba las reformas que debería de hacer el hombre guatemalteco
por medio de la higiene, de la moral por la educación y “de
la raza por medio de la eugenesia”.
[48] Para este autor, indudablemente la mezcla entre español, raza
superior, y el indígena, raza inferior, produjo una degeneración
racial en el mestizo y provocó un grave lastre a “nuestra civilización”
y contribuyó a la incorporación de una herencia progresiva de
patologías propias del guatemalteco, “[...] venga por donde
viniere la inferioridad biológica del mestizo con relación a
sus ancestros, el hecho es que esa inferioridad existe y
plantea el mas arduo problema para el sociólogo y para el hombre
de Estado”. [49] Sin embargo para Mora, esta degeneración histórica y hereditaria
era reversible, a través de la aplicación de la eugenesia y
de medidas higiénicas y educativas; de ahí la necesidad de aplicar
desde el Estado un buen proyecto eugenésico para toda la población
que frenase el proceso degenerativo de la población indígena
y mestiza en general.
Más significativa nos parece la descripción de Asturias de los
caracteres psicológicos del indígena, que, en algunos rasgos
-como la facilidad de imitar- considera que son propios de
las razas inferiores. El estereotipo que describe se aleja
de la tipología común de otros autores de la época, pero no
por ello deja de estar teñida de prejuicios raciales y sociales.
Para Asturias, el indio, “es de suyo feo, la nariz y
la boca anchas, los labios gruesos, las comisuras hacia abajo,
los pómulos salientes, el ojo oblicuo amortiguado [...] y añade,
“ El cabello es de firme color negro, espinudo, como le llaman
vulgarmente, y se extiende con toda regularidad sobre la cabeza
abundando hacia delante, a la altura del frontal. Recuerda
una brocha.”
[50]
Esta
construcción del estereotipo del indígena guatemalteco se convirtió
en hegemónica durante las dictaduras de Estrada Cabrera y de
Ubico, funcionó como un hábil mecanismo de justificación ideológica
de la aplicación de la ley de mandamientos, la ley de vagancia
y toda la reglamentación para excluir a los indígenas del
voto y de la participación política contribuyó a reforzar todo
un sistema de dominación excluyente, autoritario y patriarcal,
es decir un sistema dictatorial basado en lo que César Brañas
denominaba “la cultura del blanco”. Todo ello generó un imaginario
de nación eugenésica, mientras que en el resto de América Latina
se estaba pensando en la nación homogénea o mestiza.
[51]
El proyecto de nación eugenésica en Miguel Ángel Asturias,
Carlos Samayoa Chinchilla y Federico Mora
Estamos
entendiendo por nación eugenésica, el imaginario de nación que
se proyectó a principios del siglo XX, en algunas sociedades
latinoamericanas, en donde los factores biológicos, la herencia
genética y medioambiental tuvieron una enorme influencia en
la formación de identidad, la personalidad y la nación. La superioridad
de la raza blanca y de la civilización occidental explicaba
por sí solas la inferioridad cultural, política y biológica
del resto de los grupos sociales y de los países no europeos.
Dado que la causa de la inferioridad era genética, ni la educación
ni la historia podrían redimir o regenerar a las razas inferiores,
únicamente la mezcla con inmigrantes europeos. [52]
Los casos de Miguel Ángel Asturias, Carlos Samayoa Chinchilla
y Federico Mora resultan más emblemáticos que los de otros autores
de la Generación del 20, pero son producto de la época.
Resulta
un rasgo común, en Asturias como en Samayoa Chinchilla, Roger
de Lys y Epaminondas Quintana, lamentar la ausencia de un sentimiento
nacional y la incapacidad de los guatemaltecos de construir
una nacionalidad única. En la primera parte de la tesis de
Asturias, la idea central acerca de cómo debería estar formulada
esta nacionalidad, en qué términos y sobre todo, con qué actores
sociales, indica el lugar donde se menciona al mestizo o ladino
como posible sujeto histórico de la nación guatemalteca, mientras
que el indio poco o nada tiene que aportar.
[53]
Las
propuestas de estos intelectuales muy influenciados por el pesimismo
propio de los teóricos del racialismo y el degeneracionismo,
es que sólo no se podía retrasar la degeneración del indio ni
conseguir la homogeneidad racial, cultural y lingüística de
un país como Guatemala, que contaba con grandes porciones sociales
de civilización decadente y cultura retrasada, la única solución
era el exterminio o la eugenesia. [54]
Ni
siquiera son partidarios del mestizaje, a pesar de que conocían
el modelo mexicano y habían estudiado que “[...] el cruzamiento
es más factible cuando se encuentran pueblos que poseen un grado
de civilización parecida”. Los presupuestos racialistas de este
autor le llevaban a asegurar: “los días del indio están contados
porque son pueblos que ya vivieron su vida y llenaron de cometido
y cumplieron su misión”. Terminaba afirmando: que, “el indio
será siempre indio, porque el alma de su raza ya murió, porque
carece de energía a causa de su mala alimentación, el maíz y
porque es irredimible por naturaleza. Su determinismo pone punto
final con esta frase: “[...] dime lo que comes y te diré lo
que será tu descendencia”. [55]
Este
determinismo psicológico- social les llevaba a pensar que, aunque
al indígena se le educara en Europa como a “un gentelman”,
de vuelta a su ambiente “[...] se encasillaría de nuevo a la
manera india porque en el fondo jamás ha dejado de serlo: no
por su color, ni por la señales determinantes físicas de la
raza, sino porque, a pesar de todo no ha podido evadirse de
su mundo mental”. [56]
En
un párrafo muy esclarecedor, similar al de Samayoa Chinchilla,
Miguel Ángel Asturias comenta por qué los indígenas no pueden
constituir la base sobre la que descanse la nación: “[...]
Sociedades que presentan anomalías tan profundas en su desarrollo,
que se les ve caminar en sentido de menos; cuyo malestar moral
y desconcierto económico son extremas; sin conciencia jurídica
y faltas de salud intelectual y moral, no pueden ser la base
sobre la que descanse el futuro de una Nación, que, como Guatemala,
aspira justamente a caminos de perfeccionamiento que la llevan
a vivir una realidad mejor”. [57]
Para
Federico Mora, la degeneración progresiva y hereditaria del
indio y del mestizo había que atajarla a través de la eugenesia
y de la prevención o prohibición de matrimonios interraciales.
“Todo país debería de tomar en cuenta, para su política de migración
el hecho de que el problema no estriba solamente en recibir
extranjeros, sino en introducir en la raza por medio de ellos
un fermento rejuvenecedor y una legítima ventaja biológica”. [58]
Estos
autores, como otros muchos de su generación, se inclinaron claramente
por la eugenesia biológica y la mejora de la raza a través de
la fusión con sangres nuevas que revitalizasen la sangre indígena.
Lo exponía Carlos Samayoa Chinchilla en los siguientes términos:
“ Se trata de una raza agotada y de ahí que para salvarla, antes
de una reacción económica, psicológica o educacional, haya necesidad
de una reacción biológica ¡vida, sangre, juventud, eso hace
falta al indio!”.
[59]
Miguel
Ángel Asturias escribía también a este propósito: “Hágase con
el indio lo que con otras especies animales cuando presentan
síntomas de degeneración. El ganado vacuno importado la primera
vez a la Isla de Santo Domingo, por Colón, en su segundo viaje
experimentó grandes decaimientos. Para mejorar el ganado hubo
necesidad de traer nuevos ejemplares [...] ¿Cabe preguntar,
por qué no se traen elementos de otra raza vigorosa y más apta
para mejorar a nuestros indios?”. [60]
Estas
propuestas eran comunes en los años de 1930 y 1940 en todo América
Latina. La Sociedad Eugénica mexicana se ocupaba de establecer
matrimonios eugénicos entre indígenas y mestizos para incorporar
a los indígenas a la vida nacional y en la editorial de la revista
Eugenesia, son constante los argumentos a favor de la
“ higiene racial” para impulsar una mejora de la raza, la economía
y la cultura. [61]
Al
igual que para Samayoa Chinchilla, para Asturias, esta solución
eugenésica representa un remedio heroico, una solución radical
que resuelva de raíz el problema indígena y que, “lleve al afianzamiento
de las libertades y a la formación de la nacionalidad guatemalteca”.
La propuesta de Asturias como la de Samayoa Chinchilla apuntan
en la misma dirección “Para resolver el problema actual del
indio, al par que abrir escuelas, se necesita transfundir sangre
nueva en sus venas [...] Sangre nueva, he ahí la divisa”.
Las corrientes eugenésicas tuvieron una larga tradición en Centroamérica,
contrariamente a lo argumentado por Palmer y otros autores guatemaltecos
de que solo emergieron en Costa Rica, nuestras investigaciones
comprueban lo extendido de estas corrientes en toda la región. [62]
El
planteamiento racialista y paretiano de que la ciencia, la
fuerza física y la inteligencia son cualidades propias de la
raza blanca y la base para la formación de las élites políticas
modernas, quedaba plenamente justificada, y ¡por qué no!, si
se adaptaba perfectamente a las necesidades de un país gobernado
por una oligarquía de criollos, que se consideraban blancos
y sin mezcla de sangre, un país que se incorporaba a la economía
cafetalera, que necesitaba abundante mano de obra barata y que
precisaba un nuevo lenguaje de dominación, “el racialismo” y
un nuevo modelo de nación: la nación eugenésica. A esta nación,
no pueden ni deben incorporarse los indígenas, hace falta un
blanqueamiento, una mejora genética de la especie antes de pensar
en incorporarlos como una matriz cultural propia a la nación.
Sin lugar a dudas son múltiples las soluciones apuntadas por
la Generación de 1910 y de 1920, pero el proyecto de nación
eugenésica surge claramente vinculado a las dictaduras de Estrada
Cabrera y de Ubico, a las élites de poder y a las élites intelectuales
de la Generación del 20 quienes, en un porcentaje representativo,
apostaron por el blanqueamiento de la nación y la regeneración
del indio mediante el cruzamiento eugenésico, estas corrientes
de pensamiento han seguido vigentes hasta nuestros días.
A
modo de reflexión final nos preguntamos, ¿de qué modelo de nación
hablaban los autores estudiados: de un modelo de nación racial,
basado exclusivamente en la raza como elemento constitutivo?
o ¿ de una nación cultural que, como opinaba Renan, incorporaba
la raza, la lengua, la religión, la geografía y sobre todo un
pasado y un linaje común?
[63] o ¿ se referían a un modelo de nación cívico-político basado
en un territorio, una legislación, una economía y una educación
común y en la incorporación de todos sus habitantes a los derechos
plenos de ciudadanía? [64]
A nuestro juicio y por las investigaciones realizadas en los
últimos años, [65] los intelectuales de la generación de 1910 y de 1920 hablaban
de dos modelos contrapuestos: los partidarios del nacionalismos
espiritualista o vitalista, encabezados por la
figura de Masferrer y otros autores de la Generación de 1910,
como Fernando Juárez Muñoz, Carlos Wyld Ospina, Flavio Guillén,
Rafael Arévalo Martínez y Salvador Mendieta, basaban su imaginario
en un concepto político y social de nación, en el que los derechos
cívico-políticos de todos los ciudadanos estuvieran representados,
pero también hubiera cabida para sus derechos culturales. Plantean
un modelo más incluyente y participativo donde los derechos
sociales y las bases de la nación no sean determinadas únicamente
por las leyes, la educación y los derechos de ciudadanía, para
lograr una homogeneización, sino por el respeto y la tolerancia
de sus derechos específicos y por la adquisición de derechos
sociales, entre los que destaca el derecho a la tierra.
Sin
embargo logró imponerse el discurso hegemónico de los autores
de la Generación del 20, como Samayoa Chinchilla, Federico Mora
y Miguel Angel Asturias, y otras voces que abogaban por la
teoría de la eugenesia o del exterminio como: Espinosa Altamirano,
César Brañas, Roger de Lys o Víctor Soto. Estos fundamentaban
las bases de legitimidad de la nación en el factor racial, eugenésico,
en donde ésta se forja por la fusión de sangres y el cruzamiento
con razas superiores, a través de la homogeneización racial
y el blanqueamiento. Ello supone poner énfasis en un modelo
de nación étnicamente blanca, con hegemonía de la cultura blanca
u occidental. Una nación en donde los ancestros comunes, no
deben ser los españoles y los mayas, sino los alemanes o los
austriacos y en donde las élites blancas criollas y ladinas
deben conducir los destinos de la nación. Este proyecto eugenésico,
que se convirtió en hegemónico durante el período de Ubico,
supuso una necesidad de asegurar el vínculo entre raza y nación,
a poder ser "blanca por definición".
En
este segundo período la nación como problema o tema de interés
político, dejó de ser objeto de preocupación, ya no aparecía
ligada a la inclusión e incorporación del indígena; dejaba de
ser un problema, no era ya ni siquiera una preocupación, tal
vez porque durante los años de férrea dictadura ubiquista se
acabó por aceptar tácitamente su inexistencia; o simplemente
porque cundió la frustración y la desesperanza acerca de su
viabilidad; o quizá porque los intentos del vitalismo, el unionismo
y el espiritualismo habían fracasado sin haber alcanzado el
modelo de federación centroamericana; o, en fin, porque las
utopías socialistas de incorporar a los indígenas y mujeres
a la ciudadanía se habían visto totalmente frustradas por la
dictadura.
En
este período (1931-1944), el Estado salió tan fortalecido que
vació de sentido a la nación; la preocupación por el indígena
dejó de vincularse a la nación y pasó a cuestionarse “la incógnita
del indio actual”. Se manifestaba entonces la curiosidad acerca
de cómo y en qué había “degenerado”, o simplemente el interés
puramente científico y taxonómico de arqueólogos y antropólogos,
que buscaban los vestigios de su pasado histórico y lo acabaron
convirtiendo en el principal sujeto de estudio e interés. Así
“el fantasma del indio” resurgió como problema: se desconocía
su cultura y sus idiomas, se conocía escasamente su pasado;
pero a la vez las élites intelectuales eran incapaces de mentalizarse
y de relacionar su pasado con su presente.
Este
hecho resultaba contradictorio y chocante, desde el momento
en que, por una parte, la dictadura ubiquista había convertido
al indígena en un ciudadano dócil, obediente y en un campesino
trabajador y, por otra, se iba descubriendo toda la riqueza
y esplendor de la civilización maya con los hallazgos arqueológicos
y antropológicos que ponían en tela de juicio una visión tan
lineal y simplista como la que consideraba al “indio degenerado
y sin historia”.
[66]
Para
el ubiquismo ya no era necesario “regenerar al indio”, la dictadura
ya lo había logrado a través del trabajo forzoso; ahora había
que redimirlo o civilizarlo porque si hubo un tiempo en que
formaba parte de una gran civilización, ahora había que esclarecer
qué pasó históricamente, cuáles fueron las causas de su atraso
y degeneración presentes. [67]
Los
términos de este debate difieren sustancialmente del anterior
de Nuestro Diario, en 1929, que se reflejaron con un
eco importante en El Tiempo, Orientación, El Liberal Progresista
y otros diarios espiritualistas, en donde la preocupación por
incorporar al indígena partía de una premisa esencial y vital:
la necesidad de reconocer en el indígena parte de la identidad
de la nación y de valorar su cultura como elemento sustancial
para la construcción de la nación. [68]
La
preocupación de los vitalistas y espiritualistas se ligaba a
la necesidad de reformular y conformar una nación más incluyente
y participativa, buscaba nuevos elementos culturales y espirituales
que constituyeran un sujeto colectivo -“el pueblo” o “el espíritu
del Pueblo”, en términos de Tolstoi, Renan y Unamuno respectivamente-
o el “alma de la nación”, en términos de Masferrer. Estos nuevos
referentes iban unidos a la concesión de derechos sociales,
y la recuperación de su pasado histórico que permitieran la
conformación de una nación cultural con valores propios. [69]
Sin
embargo, durante la dictadura de Jorge Ubico se razonaba al
contrario: ¿para qué necesitamos la nación si ya tenemos
un estado autoritario y centralista que suple ese vacío? Ya
no era necesario “chapinizar” a Guatemala ni nacionalizar a
la nación, mediante un proceso de búsqueda de referentes culturales
propios; ni siquiera, para defender la soberanía, había que
recurrir a las reivindicaciones sociales y a la emancipación
económica y política de la nación, como una década antes habían
propuesto los espiritualistas: Masferrer, Morales Asturias,
Mendieta, Samayoa o Recinos. Ya no era preciso ensanchar los
límites de la nación ni hacerlos coincidir con el Estado, cuando
existía ya un Estado fuerte y centralista que solucionaba todos
los problemas de los súbditos-ciudadanos; si se había redimido
ya al indio por medio del trabajo forzoso, no era necesario
homogeneizar la nación ni regenerarlo mediante su plena incorporación
a la ciudadanía. “El nacionalismo positivo, la verdadera nacionalidad
o la formación de la Patria”, propuestas comunes de Carlos
Wyld Ospina, Fernando Juárez Muñoz, Salvador Mendieta y Alberto
Masferrer, ya no tenían sentido en el periodo de las dictaduras
férreas en toda la región centroamericana, en un momento en
el que el indígena reaparecía en el imaginario colectivo simplemente
como “un lastre”, “una sombra del pasado” o “una rémora para
nuestro progreso y desarrollo”. [70]
Frente
a lo que sucedía en Perú o en México, [71] en Guatemala en esta etapa se hablaba de “blanquear la nación”,
de exterminar al indígena o de establecer políticas eugenésicas
que lo sacasen de la decadencia. El indígena ya no era sujeto
de regeneración, pasaba a ser sujeto pasivo, en flagrante degradación
e incapaz de salir de ella, porque, “su energía se ha agotado”,
su vida había dejado de tener sentido y sólo vegetaba. [72]
Resulta
lógico pensar que gran parte de la configuración del pensamiento
racista guatemalteco y de su incidencia en la opinión pública
terminó por calar profundamente en el imaginario de la sociedad
letrada e ilustrada del país y no sólo en su imaginario racista,
sino en la falsa percepción de sí mismos como “blancos por oposición
al indígena”; blancos por genética, blancos por cultura, blancos
por educación, en suma, blancos por definición. Durante este
periodo -a nuestro juicio- se exacerbó el racismo y se conformó
un Estado sin nación; durante esta época buena parte de las
élites intelectuales guatemaltecas volvieron a creer que podían
construir un Estado sin nación y una nación sin indios. Buena
parte de los guatemaltecos, que se consideraban criollos o ladinos,
decidieron al fin convertirse en “blancos” y crearon una imagen
distorsionada de su identidad étnica, negándose una vez más
a construir un proyecto de identidad nacional.
A
nuestro juicio en este momento histórico y cultural se impuso
el racismo como ideología oficial, soterrando todas aquellas
voces que abogaban por otras posiciones incluyentes e integradoras.
Estos debates en la opinión pública se produjeron a lo largo
de la década de 1930 y que hemos analizado en otro artículo, [73] calaron profundamente en el imaginario de las élites y del
pueblo en general y generaron una mentalidad y una ideología
racista que ha perdurado hasta nuestros días. Todas aquellas
voces que en 1920 abogaban por la incorporación plena a la ciudadanía,
por la tolerancia y el respeto a otras culturas o por la formación
de una verdadera nacionalidad, vinculando el problema de los
indígenas y de las mujeres a la formación de la nación guatemalteca,
fueron sepultadas, reprimidas o alejadas del país.
Este
nuevo discurso de dominación se impuso como hegemónico durante
un largo período y no desaparece del imaginario racista de las
élites de poder hasta la actualidad, no resulta casual que en
mi encuesta sobre el imaginario de las élites de poder en Guatemala
en 1980, las soluciones eugenésicas o del exterminio del indígena
representen un porcentaje del 15% de la muestra y que en la
actualidad formen parte de la opinión pública en la prensa nacional,
sobre todo durante la consulta popular sobre el referéndum constitucional
[74].
*
Este artículo forma parte de un proyecto de investigación,
financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, Las
redes intelectuales iberoamericanas y la proyección del hispanismo
y el regeneracionismo en el espacio americano (BHA2001-0683,
2001-2004). Parte de su contenido ha sido publicado en el
libro de Marta E Casaús y Teresa García Giráldez, Las redes
intelectuales centroamericanas: un siglo de imaginarios nacionales
(1820-1920), Guatemala F & G Editores, 2005.
[1]
El período, que va de 1920 a 1945, es la época entreguerras
en donde hay una gran respuesta de movimientos pacifistas
y de emergencia de movimientos espiritualistas de origen neoplatónico
e hinduista; en donde la teosofía y el espiritismo jugaron
un importante papel en la formación de las élites latinoamericanas.
Véase, E. Devés Valdés, “La red de pensadores latinoamericanos
de los años 1920”, en Boletín Americanista, Universidad
de Barcelona, nº 49, pp. 67-81. Para Devés Valdés esta red
intelectual se pensó en buena parte en categorías procedentes
de la teosofía y tuvo influencia en pensadores de gran relieve,
como Vasconcelos, Mariátegui, Haya de la Torre y Mistral.
[2] Marta E Casaús y Teresa García Giráldez, Las redes intelectuales
centroamericanas: un siglo de imaginarios nacionales (1820-1920),
Guatemala, F&G Editores, 2005.
[4] Nos interesa conocer las influencias que ejercieron otros pensadores
latinoamericanos, como José Vasconcelos, José Ingenieros,
Gabriela Mistral, Manuel Gamio, Joaquín García Monge y Alberto
Masferrer; así como de los pensadores europeos que citan,
como Unamuno, Martínez Sierra, Anatole France, Romain Rolland,
Henry Barbusse, Lev Tolstoi, Le Bon, y Renan y con sus colegas
guatemaltecos. Cuáles eran las relaciones interpersonales,
el conocimiento de sus obras y el porqué de sus citas mutuas;
la participación en revistas, periódicos y consejos editoriales.
[5] Thomas Skidmore, Racial ideas and social policy in Brazil,
1870-1940, en Graham, ed. The idea of race Latinamérica....op cit; Elías J. Palti. Imaginación
histórica e identidad nacional, Argentina y Brasil, siglo
XX, Paper, Washington, LASA, 1985 y Octavio Ianni, Raça
y Nacçiao,...op cit, sobre Brasil, de José María Arguedas
para Perú, La formación de una cultura nacional Indoamericana
en Perú y de Alcides Arguedas, La Raza de Bronce, Madrid,
CSIC, 1988; para Bolivia, Marta Irurozqui, La armonía
de las desigualdades, élites y conflicto de poder en Bolivia
1880-1920, Madrid, CSIC y CBS,1994.
[6] El Minimum Vital de Masferrer
es una filosofía de vida, pero también un derecho primario
y absoluto de todos los individuos que conforman la sociedad;
es “la nación organizada como una gran familia, en que se
atiende a la función CAPITAL PRIMARIA DE PROCURAR LA VIDA
A TODOS SUS MIEMBROS”. A. Masferrer, El Minimum Vital,
en, Ensayos, El Salvador ,CONCULTURA, 19996. p
61 y sigs
[7] La Patria, 20 de diciembre de 1928.
p. 167.
[8] A nuestro juicio estos autores pueden situarse,
en términos políticos, entre el espiritualismo anarquizante,
el comunalismo, el colectivismo agrario y el socialismo fabiano.
Se definía vitalistas en su búsqueda de satisfacer las necesidades
mínimas de la VIDA como el derecho de todo hombre y mujer
al trabajo, la alimentación, la tierra, la educación y la
justicia. Véase, Alberto Masferrer, Ensayos, San Salvador,
CONCULTURA, 19996
[9] Diario,Patria, “ Patria”, 27 de abril, 1928..
[10] Diario, Patria, 27 de abril 1928. Véase las similitudes
con la revista guatemalteca de Vida, en las editoriales
de los números, 19-9-1925, 17 –10-1925 y 17-7-1926. En los
que se enfatiza la necesidad de buscar nuevos referentes sociales
y espirituales para la construcción de una verdadera o auténtica
nacionalidad.
[11] Creía que lo verdaderamente estable y significativo en las
naciones no era el suelo ni la sangre, sino el concepto de
“vida social y vida espiritual basado en la unidad del idioma,
que expresa y resume todo lo demás y que sirve como sello
a la entidad que de ellos resulta”. En A. Masferrer, Diario,
Patria, “La Misión de América”, 1 de octubre,1928.
[12] La emergencia de los nacionalismos europeos y el debate sobre
la conformación de las naciones en Europa incide directamente
en América Latina y Centroamérica no escapa de la reflexión
acerca del origen y de las bases de legitimidad de las naciones
centroamericanas. Sin duda, por el carácter espiritualista
de nuestros autores y por la enorme influencia de pensadores
europeos de esta índole, el modelo de nación que está influyendo
en nuestros pensadores es el de la nación con énfasis en lo
étnico-cultural y Herder, Renan y Mazzini fueron los autores
más citados. F. Chabod, La idea de Nación, México,
FCE,1987. A. Smith, La identidad Nacional, Madrid,
Trama,1997; para América Latina, M. Quijada, “¿ Qué Nación?...”,.op.
cit.
[13] En Alberto Masferrer, Leer y Escribir, Guatemala, Tipografía
nacional,1929, p: 36
[15] La Patria, 2 de octubre 1928.
[16] Mendieta, S., La enfermedad de Centro-América. Tomo I. Descripción
del sujeto y síntomas de la enfermedad, Barcelona, Tip.
Maucci, 1934, pp: 307-308. Mendieta cita a Masferrer y a Valle
como personalidades ejemplares del unionismo.
[17] Este discurso hispanófilo y latinófilo se enfrentó con el
eugenésico del positivismo y fue común a muchos autores latinoamericanos,
como Bulnes, Gamboa y Aragón. A raíz de la guerra de Cuba
en 1898, se dieron origen al panhispanismo y al imperialismo
militante.