|
Introducción
Estabilidad y crisis
Modelo Político
La continuidad histórica del liberalismo
Introducción
Ya a mediados del siglo diecinueve se hablaba, tanto
dentro como fuera de Chile, del país austral como una
“República Modelo”. Con ello se quería significar un
país que se destacaba en términos comparativos por su
estabilidad institucional, social y política. Importa
entonces, indagar cuáles son los fundamentos de tal
percepción. En varios sentidos, se puede decir que ésta
es acertada, en cuanto a que luego de obtenida la independencia
del país (1818), y de una breve y confusa etapa que
vio extremos políticos como la dictadura de Bernardo
O’Higgins (1818-1823), y una serie de experimentos liberales
con ribetes federalistas en lo que resta de la década,
Chile entró en un largo período que la historiografía
denomina como “Portaliano” debido a su inspirador y
arquitecto, Diego Portales. Este período comienza con
una guerra civil en 1830, se institucionaliza con la
Constitución de 1833, sufre las primeras reformas importantes
en las décadas de 1870 y 1880, para terminar su ciclo
con el surgimiento de la república parlamentaria luego
de la revolución de 1891.
Durante este período, el
país sufrió otras tres guerras civiles (1851, 1859 y
1891), y dos guerras internacionales contra Perú y Bolivia,
la primera contra la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839),
y la segunda contra los mismos países, pero conocida
como la Guerra del Pacífico (1879-1883). Hay una tercera
“guerra”, contra España, pero ésta no involucró el movimiento
de tropas y se redujo al bombardeo español del puerto
de Valparaíso. Estas convulsiones, combinadas con una
percepción de Chile como país “modelo” generan algunas
preguntas importantes: 1) en qué sentido puede hablarse
de la estabilidad de Chile? 2) en qué medida se puede
adjudicar tal estabilidad a un modelo específico de
desarrollo político? Y, 3) en qué medida puede observarse
una continuidad histórica entre el origen de Chile como
nación independiente hasta la actualidad? Este ensayo
buscar responder a estas tres preguntas claves del desarrollo
nacional, y explicar el papel que tuvo el liberalismo
en tal proceso.
[^
SUBIR]
Estabilidad y crisis
Importa señalar que los enfrentamientos
civiles e internacionales del período formativo de la
nación fueron breves y no llegaron a destruir, o siquiera
amenazar seriamente, los cimientos del sistema político
instaurado luego de la independencia. Además, no cuestionaron
la legitimidad del sistema republicano constitucional,
si bien, en el caso de los enfrentamientos civiles,
éstos eran expresión de un anhelo por liberalizarlo.
En el caso de los conflictos internacionales, estos
contribuyeron a afianzar un sentimiento de nacionalidad
más que a debilitarlo. Ellos proporcionaron un ideario
y una simbología patriótica que penetró profundamente
en las capas populares, como se puede constatar en las
festividades que hasta la fecha generan sentimientos
de pertenencia a la nación, como la Canción deYungay,
y la celebración del 21 de Mayo y de su héroe Arturo
Prat, para mencionar los símbolos principales de cada
una de estas guerras.
En cuanto a los enfrentamientos
civiles, las revoluciones de 1851 y de 1859 fueron fundamentalmente
reacciones ante el enorme poder de la presidencia para
instalar a sus sucesores. Aunque ambas tuvieron ciertos
ribetes regionalistas (Concepción, en el sur, en el
caso de la primera, y tanto norte como sur en el caso
de la segunda), el problema central era la prolongación
sin modificaciones del régimen de Portales bajo la
resistida figura de Manuel Montt, el gran actor político
de las décadas de mediados de siglo. La guerra civil
de 1891, por su parte, fue la culminación del tenso
equilibrio que existía entre el Congreso y el poder
ejecutivo, en la cual el poder presidencialista inaugurado
por la Constitución de 1833 fue finalmente derribado
(aunque resurgiría más tarde, en el siglo XX).
Un país que puede resistir tales
embates y mantener al mismo tiempo su modelo político
tiene sin dudas algunos otros antecedentes favorables
que deben considerarse en cualquier análisis de su desarrollo
a largo plazo. En primer lugar, debe tenerse en cuenta
la ubicación geográfica del país, no sólo en tanto ser
una parte remota y no necesariamente importante del
imperio español, sino que además estar caracterizada
por ciertas peculiaridades: es prácticamente una isla,
con el Océano Pacífico por un lado, la Cordillera de
los Andes por el otro, el árido desierto por el norte,
y la frontera indígena por el sur. La mayor parte de
la población colonial y republicana se concentra en
un radio relativamente pequeño en torno al valle central,
con límites en Copiapó hacia el norte, y el río Bío
Bío en el sur. Es una población que va homogeneizándose
a través de los siglos de contacto con la población
Mapuche (o Araucana, como se denominaba antes), y que
se caracteriza por una gran movilidad. Este último factor
es de suma importancia, dado que el regionalismo acendrado
de otros países, determinado en muchos sentidos por
realidades económicas y geográficas, no establece raíces
duraderas en Chile. Los campesinos del valle central
encuentran oportunidades en la zona minera del norte
durante el período intermedio entre cosecha y siembra;
la ubicación costeña del país permite el traslado de
la población de un extremo a otro con relativa facilidad
(especialmente a partir del siglo XIX), y las zonas
más productivas del país se complementan unas a otras
con sus recursos: el carbón y la mano de obra del sur
para las necesidades del norte; la agricultura del valle
central que suple tanto las necesidades internas como
las de exportación; la economía cada vez más monetaria
del norte para el consumo de Santiago y del valle central,
y la expansión creciente del Estado que va paulatinamente
incorporando las regiones al sistema administrativo
nacional durante el siglo diecinueve.
Importa mencionar también ciertas
ausencias, como la esclavitud, que siempre representó
un porcentaje mínimo de la población y que fue rápidamente
abolida con la independencia. También, una población
indígena pequeña, aunque belicosa, que si bien fue paulatinamente
asimilándose a la cultura primero española y luego chilena,
no padeció el derrumbe de sus instituciones, la catástrofe
demográfica y la implementación masiva del sistema de
encomiendas, como en los casos mexicano y peruano. El
sistema colonial típico de las regiones centrales del
imperio español en América no se reprodujo exactamente
en Chile, a lo que además debe agregarse la poca importancia
administrativa y económica que tuvo el país hasta avanzado
el siglo XVIII. De este modo, de haber un “legado colonial”
en Chile, fue ciertamente menos poderoso que en otros
lugares del imperio. Todo ello permite que la construcción
de una nación independiente tenga menos dificultades
en Chile que en aquellos países en que el peso del regionalismo,
la exclusión de las etnias (como la prolongación de
la esclavitud), y el poder del aparato administrativo
colonial dieron lugar a otras realidades.
[^
SUBIR]
Modelo Político
La independencia de Chile, como
en el resto de la América Hispana, fue precipitada por
la invasión napoleónica de España. Al igual que en otras
partes del continente, el primer paso fue la formación
de juntas al estilo peninsular, las que fueron derivando
más y más hacia una posición claramente separatista.
Chile recibió un primer golpe a sus afanes de independencia
desde el Virreinato del Perú, pero logró finalmente
obtenerla en los campos de batalla en 1818, con el Ejército
Libertador de José de San Martín. El primer gobierno
nacional, el de Bernardo O’Higgins, se caracterizó por
una mezcla de políticas liberalizantes (abolición de
títulos nobiliarios, un cierto grado de libertad religiosa)
y medidas dictatoriales que generaron suficiente oposición
como para forzar su abdicación en 1823. En los siguientes
años, de 1823 a 1830, se implementan una serie de experimentos
gubernamentales de carácter liberalizante que contienen
algunos rasgos federalistas tales como la creación de
asambleas provinciales con miembros electos en diferentes
regiones del país. Ante esta experimentación reacciona
Diego Portales y sus fuerzas políticas conservadoras
centralizantes, pero es de singular importancia señalar
que el modelo político implementado luego de la guerra
civil de 1830 es fundamentalmente un modelo republicano.
Es decir, contiene los rasgos fundamentales del republicanismo
moderno, como la división de poderes, el constitucionalismo,
y el sistema representativo electoral. Importa enfatizar
este aspecto, puesto que este modelo contiene las semillas
de su propia liberalización, en cuanto a que el Congreso
tiene facultades reales de contrapeso (autorización
del presupuesto nacional, interpelación de ministros
de gobierno), y en cuanto a que se legitima el sistema
de elecciones. Estas serán limitadas a ciudadanos “activos,”
es decir con un derecho a voto derivado de la propiedad
y el alfabetismo, pero no existe una exclusión basada
en la raza o el origen social (los guardias civiles
de origen popular, por ejemplo, pueden votar, así como
los artesanos).
El sistema político basado
en la Constitución de 1833 da sin dudas poderes muy
amplios al ejecutivo, como la capacidad de declarar
estados de emergencia y de suspender los derechos constitucionales.
También, el poder de confeccionar las listas de candidatos
al Congreso (que resultan consistentemente electos),
y el de nombrar a los intendentes y gobernadores provinciales.
Este es el sistema que buscarán modificar las fuerzas
liberales (cosa que lograrán paulatinamente), pero todavía
dentro de un esquema republicano constitucional. La
Constitución de 1833 permite la elección del presidente
por dos períodos consecutivos de cinco años, y de hecho
Chile tendrá cuatro presidentes “decenales” entre 1830
y 1870: Joaquín Prieto, Manuel Bulnes, Manuel Montt,
y José Joaquín Pérez. Si bien los dos primeros fueron
militares, quienes le siguieron fueron civiles. Lo importante
es que ésta sucesión mediante elecciones, por un período
de cuarenta años, contrasta fuertemente con los extremos
de dictadura unipersonal o constante cambio de régimen
en los países vecinos, y explica en parte la estabilidad
del sistema chileno. La regularidad de la sucesión presidencial
es también digna de enfatizarse.
La liberalización del régimen “Portaliano”
es una de las grandes claves para comprender la tradición
política chilena. Esta empieza tempranamente, con la
victoria sobre la Confederación Perú-Boliviana en 1839,
a pesar que la guerra ocasionó la muerte de Portales
mismo. El desenlace de este conflicto hizo mucho más
que llevar a su héroe, Manuel Bulnes, a la presidencia,
ya que logró fomentar y afianzar un sentido de nacionalidad
chilena, al mismo tiempo que ayudó a que el nuevo gobierno
estableciera una política de reconciliación (amnistías,
acuerdos con fuerzas opositoras) que promovió un sentido
de lealtad al sistema y que también permitió una mayor
libertad de expresión política. Más de cien diarios
y periódicos circulaban en la década de 1840, tanto
en Santiago como en provincias. Al mismo tiempo, el
debate político en el Congreso podía ser muy crítico
de las medidas gubernamentales, pero sin temor a represalias.
No debe exagerarse el nivel de paz ciudadana, y de hecho
es al cabo del gobierno de Bulnes, y durante el de Manuel
Montt (1851-1861), que estallarán las guerras civiles
mencionadas anteriormente. Pero en ningún momento se
clausuró el congreso o se prohibió la circulación de
la prensa. Esta continuó tan activa como antes, y a
pesar del exilio de algunos líderes políticos, se gestó
en éste período la gran oposición que aceleraría la
liberalización del sistema político chileno. Esto ocurre
cuando las fuerzas conservadoras abandonan su apoyo
a Manuel Montt a raíz de su posición regalista respecto
a la Iglesia Católica, y se alían con sus supuestos
archienemigos liberales para derrotar al gobierno, y
con ello la continuidad del autoritarismo de corte Portaliano,
pero en las urnas. Esta alianza, denominada la Fusión
Liberal-Conservadora se gesta a partir de 1857, y lleva
al gobierno a José Joaquín Pérez, quien puede gobernar
por diez años mediante una política pragmática de alianzas
y acuerdos multipartidistas. Es de aquella época que
data el sistema político chileno multiparditista, presente
hasta la fecha.
Todos estos cambios ocurren en un
clima en que van adquiriendo fuerzas las ideas políticas
liberales, compartidas incluso por las fuerzas conservadoras,
que se distinguen de sus contrincantes sólo en un mayor
énfasis en el orden público, y en una adhesión más estrecha
a la Iglesia Católica. Otros aspectos fundamentales
de la agenda liberal son ampliamente compartidas, como
la apertura comercial, que ya a partir de la década
de 1850 da muestras de gran éxito. También es compartido
el énfasis en la educación, que conlleva precisamente
la ampliación del sufragio y por ende de la representatividad.
El sistema de educación laico es moderado (no excluye
la enseñanza religiosa incluso al interior de las escuelas
fiscales) y se amplía fuertemente durante el curso del
siglo diecinueve. A pesar de algunos conflictos, como
en la década de 1870 en torno a la “libertad de exámenes”,
el papel del Estado en la educación nacional no es cuestionado
por las fuerzas conservadoras, o por la Iglesia misma
(que además tiene y sigue estableciendo sus propias
escuelas). Pero tal vez el ejemplo más importante de
la convergencia de las fuerzas políticas hacia el liberalismo
se encuentra en la adopción del Código Civil (1855,
con fuerza de ley a partir de 1857), obra del gran intelectual
venezolano Andrés Bello, que organiza las leyes en torno
a la propiedad, su circulación, y la seguridad de las
personas, mientras que al mismo tiempo termina con instituciones
como el mayorazgo. El Código Civil es un código moderno,
responsable en gran medida de la asimilación del derecho
civil y su importancia por parte de la ciudadanía. Es
un pilar de orden que asegura la transparencia de las
leyes civiles, mientras que fomenta el desarrollo económico
al facilitar la circulación y acceso a la propiedad.
El consenso liberal va profundizando
los cambios sociales, culturales y políticos. En la
segunda mitad del siglo, se reforma la Constitución
de 1833, permitiéndose mayor libertad religiosa y mayor
inmigración protestante. Se secularizan los cementerios
y se crea el registro civil. Aunque el país permanecerá
culturalmente católico, se rompe ya en el siglo diecinueve
la alianza tradicional entre Iglesia y Estado. La Constitución
de 1925, que reemplaza a la de 1833, termina por separar
estas instituciones sin conflicto. También en el plano
cultural se observa la secularización, con ideas tanto
liberales como positivistas en el periodismo, la historiografía,
la literatura, la educación y el incremento de las festividades
cívicas. En el ámbito político, va atenuándose el presidencialismo
mediante la capacidad cada vez mayor de los partidos
de oposición de elegir a sus representantes, generándose
un Congreso cada vez más fuerte y diversificado, con
una capacidad mayor de representar un electorado en
expansión. Es este sistema el que explica el surgimiento
y crecimiento de los partidos marxistas durante el siglo
XX, que en su momento representaron una de las líneas
políticas más fuertes del continente.
[^
SUBIR]
La continuidad histórica del liberalismo
Existe una tendencia historiográfica,
representada especialmente por el gran historiador chileno
Alberto Edwards, que ve lo mejor de la tradición política
del país en los gobiernos fuertes y en lo que califica
como el “estado en forma”. Pero un análisis de aquellos
gobiernos, como los de Portales, Carlos Ibáñez del Campo
y Augusto Pinochet Ugarte, demuestra que son anómalos
y producto de situaciones coyunturales. La verdadera
tradición política del país, forjada a mediados del
siglo diecinueve, es una tradición multipartidista,
de competición electoral, de cambio constitucional vía
reformas, y de acuerdos pragmáticos entre partidos políticos
de ideologías divergentes. Esto comenzó con la oposición
a Manuel Montt y la inauguración del gobierno de Pérez,
y se sostuvo a lo largo de la historia salvo en los
paréntesis del período 1924-1932, y de 1973-1989. Incluso
aquellos gobiernos civiles que adoptaron lo que el historiador
Mario Góngora denomina “planificaciones globales”, es
decir los gobiernos de Eduardo Frei Montalva (1964-1970)
y Salvador Allende (1970-1973), continuaron, a pesar
de sus fuertes agendas de cambio social, económico y
cultural, operando en un universo político en donde
las diversas fuerzas partidistas buscan llegar a acuerdos,
o forzarlos de ser necesario.
Quizás el ejemplo más claro de las
continuidades políticas inauguradas por el liberalismo
se encuentra en la transición política efectuada hacia
finales de la década de 1980. Tal como a fines del gobierno
de Prieto, y definitivamente como a fines del gobierno
de Manuel Montt, las fuerzas políticas del momento (16
partidos de diversas tendencias ideológicas) lograron
superar las diferencias que los dividían en función
de ciertos acuerdos fundamentales: cómo terminar la
dictadura de Pinochet pacíficamente; cómo continuar
el crecimiento económico al mismo que tiempo que aumentar
el gasto social y reducir la pobreza; como sanar las
heridas de la represión mediante una política de reconciliación,
y como alterar la Constitución de 1980 en un sentido
democrático mediante reformas contempladas en la constitución
misma, o en acuerdos con las fuerzas políticas adversarias.
Todo ello fue logrado sin las tensiones que desestabilizaron
el gobierno democrático argentino, por ejemplo, que
había empezado en los 80 con señales aún más auspiciosas
que las de Chile.
Lo importante a señalar es que este
logro de la transición política chilena de la dictadura
a la democracia no fue un ejemplo singular o excepcional,
sino que el retorno a una vieja manera de hacer política
en el país, una política inaugurada por aquellos liberales
que decidieron aliarse con sus rivales conservadores
(o aquellos conservadores que superaron sus reticencias
anti-liberales) para eliminar los rasgos más autoritarios
del período Portaliano. Esta tradición es la que caracteriza
plenamente la historia del país, y se explica por la
instauración y profundización de las ideas liberales
en un momento clave del desarrollo histórico de la nación.
Estas ideas pudieron guiar
a las fuerzas políticas en la dirección de un equilibrio
entre orden y libertad, que es la esencia misma del
liberalismo, al menos en su aspecto político. Este equilibrio
no es ni puede ser permanente, ya que la historia del
país está repleta de ejemplos en que se impone el orden
a expensas de la libertad, o que se busca mayor libertad
mediante la alteración del orden público, en ocasiones
a través del enfrentamiento armado. Pero la tradición
política chilena, aquella que ha proporcionado la estabilidad
tal vez más prolongada de la historia del continente,
es aquella que ha evitado el conflicto mediante acuerdos
políticos. Se trata de aquella tradición que ha encontrado
el punto medio entre libertad y orden, autonomía local
e inserción internacional, y que proporciona las bases,
quizás, para que se logre aquel otro gran aspecto del
liberalismo, la expansión o al menos protección de los
derechos civiles en un mundo en constante cambio.
[^
SUBIR]
Resumen:
Este ensayo examina los orígenes de la tradición
política chilena y el papel que en ésta
tuvo el liberalismo mediante su influencia en la creación
de las instituciones republicanas. Chile poseía
algunas ventajas, como la ubicación y características
geográficas, la ausencia de regionalismos fuertes,
y diferencias raciales no muy pronunciadas. Por lo
menos desde una perspectiva comparada, la independencia
trajo consigo un significativo grado de consenso en
torno a las ventajas de un gobierno representativo,
las elecciones, y la competición política.
El ensayo concluye que la tradición política
chilena, al contrario de algunas versiones historiográficas,
no es autoritaria, sino más bien un largo y
continuo esfuerzo por establecer coaliciones políticas
viables e impulsar el desarrollo democrático.
El auge de liberalismo en Chile en el siglo diecinueve
proporcionó las bases fundamentales para un
sistema multi-partidista cuya convergencia hacia posiciones
centristas subsiste hasta el día de hoy.
Palabras Clave:
Liberalismo, Institucionalidad Republicana, Política,
Iglesia Católica, Código Civil, Secularización,
Historiografía, Transiciones desde el Autoritarismo.
[^ SUBIR]
Abstract:
This essay examines the foundations of the Chilean
political tradition by looking at the influence of
liberalism on the establishment of republican institutions
in the country. It argues that Chile possessed some
built-in advantages, such as geographical location,
absence of deep regional cleavages, and less-marked
ethnic divisions. At least in comparative perspective,
independence from the Spanish empire brought a fair
degree of consensus on the advantages of representative
government, regular elections, and strong political
competition. The essay concludes that the Chilean
political tradition, contrary to some historiographical
interpretations, is not an authoritarian one, but
rather a long and continuous effort to establish working
political coalitions and foster gradual democratic
development. The ascendancy of liberalism in the nineteenth
century provided the basic features of a multi-party
system and a convergence toward centrist politics
that survives to this day.
Key Words:
Liberalism, Republican Institutions, Politics,
Catholic Church, Civil Code, Secularization, Historiography,
Transitions since Authoritarianism.
[^
SUBIR]
|