CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año III - Número 9 - Enero 2006
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LA DECLINACIÓN DEL FEDERALISMO ARGENTINO (1850-1930)
Ezequiel Gallo


Los primeros años
Centralismo, Federalismo y Liberalismo en 1880
Conclusión

Referencias


Los primeros años

            La Argentina declaró su independencia de España entre 1810 y 1816.  La nueva entidad política se denominó Provincias Unidas del Río de la Plata y su configuración territorial era más amplia que lo que hoy denominamos República Argentina. Las primeras décadas que siguieron a la declaración de la Independencia estuvieron signadas por una marcada inestabilidad institucional (guerras de Independencia y civiles, combates en la frontera india y enfrentamientos bélicos con Brasil y luego con Paraguay).  Los gobiernos independientes intentaron implementar los más diversos sistemas políticos, unipersonales o colegiados, presidencialistas o parlamentarios, unitarios o federales, etc.) pero ninguno alcanzó la estabilidad buscada.  Se la alcanzó durante la dictadura personal de Rosas (1835-1852) que gobernó desde la provincia de Buenos Aires.  Durante este largo período el país carecía de instituciones nacionales, verbigracia, ejecutivo, legislativo y judicial.  No existía moneda ni ejército nacional y, desde luego, faltaba una Constitución que rigiera los destinos de la nueva república.

            A la caída de Rosas, sus vencedores se dieron a la tarea de organizar a la nueva nación.  El primer paso fue la sanción de una Constitución en 1853 que estableció las leyes rectoras de la organización política e institucional.  Era una constitución mixta que adoptaba un régimen federal pero con un sesgo centralista; tomado este último de la Constitución unitaria de Chile (1832).  La recepción de este documento no trajo inmediatamente la anhelada pacificación.  Por diez años más el país estuvo dividido por el enfrentamiento armado entre la poderosa provincia de Buenos Aires y el resto reunido en la llamada Confederación Argentina.  En 1862 se logró la unificación de un territorio que todavía seguía convulsionado por levantamientos armados contra el poder central.  Si bien estos fueron derrotados contribuían a una situación de inestabilidad que se  acrecentó por la continuación de la guerra en la frontera india y,  a partir de 1865, por el estallido de la larga guerra con el Paraguay.  En 1880 se produjo el último enfrentamiento bélico regional cuando el gobierno de la Provincia de Buenos Aires se alzó en armas contra el gobierno nacional que finalmente resultó triunfante en la contienda.

            A pesar de los diversos problemas existentes entre 1853 y 1880 se dieron algunos pasos significativos en el Organización nacional.  A partir de 1862 la autoridad central sobrevivió a los distintos alzamientos regionales, se instalaron el Congreso y la Suprema Corte de Justicia y se dictaron los códigos civil, comercial, penal y de procedimientos.  Hacia 1880, también, se pacificó definitivamente la frontera india y se otorgó status definitivo a los nuevos territorios incorporados.

            Pero fue a partir de 1880 que a través de una intensa actividad legislativa se configuró casi definitivamente la organización institucional y se consolidó la unidad nacional: la mayoría de sus leyes tendió a transferir facultades que estaban en manos de gobiernos provinciales hacia el poder central.  Así se federalizó la ciudad de Buenos Aires, se disolvieron las milicias provinciales y se unificó la moneda prohibiendo a las provincias emitir dinero.  A esta medida se añadieron otras en el plano regional, judicial y económico tendientes al mismo fin.  No solo las provincias vieron recortado sus medios de acción.  También la Iglesia Católica vio limitada parte de su influencia con la sanción de las leyes de educación común (1884) y de registro civil (1887).  Toda esta legislación fue parte de un cúmulo de normas que afectaron otros ámbitos, entre las cuales cabe mencionar a la ley de sufragio universal, secreto y obligatorio de 1912.   No es arriesgado afirmar que esta vasta reforma institucional fue uno de los factores que contribuyeron a las altas tasas de crecimiento económico y social que registró la Argentina entre c.1880 a c.1930.  Tal vez el indicador más elocuente de este proceso fue el fuerte crecimiento de la población producto de la llegada de millones de inmigrantes europeos a las playas rioplatenses.  Argentina fue el segundo receptor de inmigrantes después de los Estados Unidos, y por delante de países como Canadá y Australia. 

Las medidas adoptadas provocaron disensos significativos durante el período analizado.  Esos disensos se reflejaron nítidamente durante los debates que condujeron a la federalización de la ciudad de Buenos Aires.  En esa ocasión se expresaron dos opiniones: una de corte centralista expresada por Juan Bautista Alberdi; y otra de contenido federal ortodoxo cuyo más elocuente vocero fue Leandro Alem.

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Centralismo, Federalismo y Liberalismo en 1880

            Alberdi y Alem compartían algunos principios.  Ambos adherían a lo que en el siglo XIX se denominaba liberalismo clásico, es decir, eran partidarios de la preeminencia de la sociedad civil sobre el ámbito público y del gobierno limitado.  Ambos estaban influidos por los mismos autores, principalmente los enrolados en el liberalismo francés (Constant, Tocqueville, Guizot y para los años que estamos analizando Laboulaye, un discípulo de los dos primeros y muy influyente en México y la Argentina).  Alberdi, más interesado en temas económicos, compartía, además, las ideas de Adam Smith y de su discípulo francés Jean Baptisle Say; Alem, por su parte, siguiendo a Laboulaye, tenía un marcado interés por autores estadounidenses.

            A partir de estas similitudes es posible encontrar diferencias significativas.  Alberdi pensaba que la violencia y el caos institucional que siguieron a la Independencia eran el fruto del carácter radical que había asumido la ruptura con España.  Fue muy explícito en su análisis del problema “…. es preciso que el nuevo régimen contenga algo del antiguo;  no se andan  de un salto las edades extremas de un pueblo”.

            Esta fue en medida no desdeñable el origen del vacío institucional que se arrastró por décadas después de la Independencia.  Para Alberdi, además, este vacío descansaba sobre otro de raíz socio-económica  caracterizado por la escasa población que en condiciones de atraso material ocupaba un territorio extenso (el desierto en el lenguaje de la época.)

            Alberdi vislumbró que la Constitución de 1853 podía ser una herramienta útil para quebrar ambos vacíos.  Fiel a su cosmovisión evolucionista sostuvo que la solución no podía darse de golpe; por lo tanto, postuló una república posible, sólo en parte de realización inmediata, y de una república verdadera solo alcanzable una vez implementada la primera.

            A partir de estas premisas su pensamiento giró alrededor de las características que debían definir a la república posible. Esta estaba dividida en dos capítulos;  el primero se refería a las libertades civiles (económicas, de culto, de asociación, de prensa, etc.), el segundo analizaba a las libertades públicas o políticas.  Alberdi también fue terminante con respecto a la prioridad temporal que debía  otorgárseles a  ambas:

“No participo del fanatismo inexperimentado, cuando no hipócrita, que pide libertades políticas a manos llenas a pueblos que sólo saben emplearlas en crear sus propios tiranos.  Pero deseo ilimitadas y abundantísimas para nuestros pueblos las libertades civiles, a cuyo número pertenecen las libertades económicas de adquirir, enajenar, trabajar, navegar, comerciar, transitar y ejercer toda industria lícita.”

            No era igual su posición con respecto al mundo político. Cuando Alberdi ponía énfasis en no acelerar el proceso de cambio político lo que tenía in mente era no profundizar en la característica federal que estableció la Constitución de 1853. Por esa razón la misma estableció, por indicación de Alberdi, una limitación importante a las facultades provinciales a través de los poderes especiales que otorgaba el Ejecutivo Nacional y, más específicamente, al Presidente de la República.  Alberdi fue también claro al exponer los antecedentes de esta combinación:

“Esta solución tiene un precedente feliz, y es el que debemos a la sensatez del pueblo chileno, que ha encontrado en la energía del poder del Presidente las garantías pública que la monarquía ofrece al orden y a la paz, sin faltar a la naturaleza del gobierno republicano.  Se atribuye a Bolívar este dicho profundo y espiritual: “Los nuevos estados de la América antes Española necesitan reyes con el nombre de presidentes.  “Chile ha resuelto el problema sin dinastías y sin dictadura militar, por medio de una constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma…” 

            Este dedicado y complejo mecanismo institucional se puso en marcha en 1853 y, con mayor ímpetu, a partir de 1862.  En este primer momento se registraron algunos avances en el plano político y en la vida económica, pero continuó la inestabilidad como fruto de algunos alzamientos regionales.  El último de estos enfrentamientos se produjo en 1880 cuando la provincia de Buenos Aires se levantó en armas contra el gobierno nacional.  El conflicto, que produjo un número muy elevado de víctimas, finalizó con el triunfo de las fuerzas nacionales.

            Al concluir este cruento episodio se levantaron voces muy influyentes solicitando una mayor centralización del poder.  Entre ellas la más activa          y consistente fue la del ya mencionado Juan Bautista Alberdi que solicitó, y luego aplaudió, la federalización de la ciudad de Buenos Aires para debilitar el poder que ostentaba la provincia del mismo nombre.  Percibió rápidamente que el problema que subyacía a la federalización era “ de poder y de gobierno”. y agregó  a renglón seguido: “lo que le falta al gobierno argentino no es una capital, es el poder”

            Esta posición, mayoritaria, fue resistida por quienes se oponían al avance de la centralización y defendían la vieja, pero debilitada, tradición de un federalismo ortodoxo.  En este caso fue Leandro Alem su exponente más calificado.  Su adhesión a los principios del liberalismo clásico fue proclamada más de una vez:

“… en economía como en política, la teoría que levantan los principales pensadores…se puede condensar, y ellos la sintetizan en esta sencilla fórmula: no gobernéis demasiado, o mejor dicho, o mejor expresada la idea: gobernad lo menos posible.  Si, gobernad lo menos posible, porque cuando menos gobierno extraño tenga el hombre más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”              

Para Alem estos principios estaban íntimamente ligados al federalismo, única valla capaz de oponer resistencia al avance del poder central.  También fue claro al respecto:

“Pero si en sus manos tiene (el Estado Nacional) y centraliza la mayor suma de los elementos vitales y de fuerzas eficaces, la república dependerá de su buena o mala intención, de su buena o mala voluntad, de las pasiones y tendencias que lo impulsan.  La dictadura sería inevitable siempre que un mal gobernante quisiera establecerla, porque no habría otra fuerza suficiente para controlarlo y contenerlo en sus desvíos”

            Esta posición fue derrotada en 1880 y a partir de allí se incrementó paulatinamente la centralización del poder por más que la constitución siguió proclamando el régimen federal.  La ampliación de la democracia en 1916 no atenuó esta tendencia, más bien la amplio considerablemente.  Tan temprano como en 1910 Rodolfo Rivarola podía sostener con bastante verosimilitud que el federalismo argentino tenía todos los costos de tan complejo sistema y casi ninguno de sus beneficios.

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Conclusión

            Los liberales argentinos, como Alberdi, tuvieron la nada sencilla tarea de crear y organizar un estado nacional y, al mismo tiempo, limitarlo. Este último objetivo se intentó, al estilo estadounidense, a través de dos caminos: en el plano nacional equilibrando al ejecutivo, con el legislativo y judicial, y en el territorial limitando al poder nacional con provincias que debían mantener una parte no desdeñable de sus funciones originales. Como se ha visto, este último camino se desdibujó rápidamente.  Mientras subsistió el primero, la Constitución mixta no fue un obstáculo para el rápido crecimiento económico y social del país.  Cuando ya bien entrado el siglo XX comenzó a deteriorarse el papel del poder legislativo y, especialmente, del judicial Argentina entró en un cono de sombras en el que  todavía se debate. No ha sido, desde luego, esta la única razón de la ya larga declinación del país, pero pienso que ocupa su lugar de privilegio entre los factores que han tenido, y tienen, mejor gravitación. 

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Referencias

            Las citas de Alberdi y Alem en Ezequiel Gallo: “Liberalismo, Centralismo y Federalismo. Alberdi y Alem en el 80”,  Investigaciones y Ensayos, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, 1996.

            Pueden, además, consultarse los textos de Tulio Halperín Donghi, Proyecto y Construcción de una Nación en el desierto argentino (1846-1880), Buenos Aires, 1995; Natalio Botana y Ezequiel Gallo, De la República Posible a la República Verdadera, (1880-1910), Buenos Aires, 1997; y Tulio Halperin Donghi, Vida y Muerte de la República verdadera (1910-1930), Buenos Aires, 1999.

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Resumen:
El ensayo plantea que los liberales argentinos tuvieron la tarea de crear y organizar un estado nacional y, al mismo tiempo, limitarlo. Este último objetivo se intentó, al estilo estadounidense, a través de dos caminos: en el plano nacional equilibrando al ejecutivo, con el legislativo y judicial, y en el territorial limitando al poder nacional con provincias que debían mantener una parte no desdeñable de sus funciones originales. Este último camino se desdibujó rápidamente. Mientras subsistió el primero, la Constitución mixta no fue un obstáculo para el rápido crecimiento económico y social del país. Cuando ya bien entrado el siglo XX comenzó a deteriorarse el papel del poder legislativo y, especialmente, del judicial Argentina entró en un cono de sombras en el que todavía se debate. No ha sido, desde luego, esta la única razón de la ya larga declinación del país, pero pienso que ocupa su lugar de privilegio entre los factores que han tenido, y tienen, mejor gravitación.

Palabras clave:
Liberalismo, Nación, federación, República, territorio, constitución, Argentina, América Latina, patria, ciudadanía, provincias, elecciones, sufragio, Alberdi, Alem, Rosas, Rivarola, Smith, Constant, Tocqueville, Buenos Aires, territorio, gobierno, dictadura, democracia.

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Abstract:
The essay states that Argentine liberals were responsible for building and organizing a national state, and at the same time, were responsible for limiting its role. This last objective was attempted by applying the US model in two ways: on a national level they balanced the executive, along with the legislative and judicial branches, and on a territorial level they limited central power by creating provinces that retained a significant degree of their original functions. This last attempt fell apart rapidly. As the first attempt to establish balanced powers was put into practice, the Mixed Constitution was not an obstacle for the rapid economical and social growth of the country. Well into the 20th century, the role of the legislative branch began to deteriorate and the judicial branch of Argentina fell into a vicious routine that even today consists of constant debate. Obviously this is not the only reason for the current and extensive decline of the country, but I do believe that it is an extremely influential factor that contributed to its fall.

Key Words:
Liberalism, Nation, federation, Republic, territory, constitution, Argentina, Latin America, native land, citizenship, provinces, elections, suffrage, Alberdi, Alem, Rosas, Rivarola, Smith, Constant, Tocqueville, Buenos Aires, territory, government, dictatorship, democracy.

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