La mayor parte de los estudios publicados en las últimas
décadas sobre el tema de la construcción de identidades
nacionales, algunos de ellos convertidos tan rápidamente
en clásicos como los de Ernest Gellner o Eric Hobsbawm 1,
han tomado sus ejemplos de Estados recientemente formados,
post-coloniales o post-revolucionarios, que necesitaron
socializar a sus ciudadanos en una nueva “comunidad imaginaria”.
Fueron estas nuevas estructuras políticas las más necesitadas
de legitimación y, por tanto, las que tuvieron que inventar,
en el sentido más estricto del feliz término acuñado por
Eric Hobsbawm y Ralph Samuel2, banderas, fiestas nacionales y ceremonias
patrióticas, así como tuvieron que erigir altares “nacionales”
–monumentos, museos, academias, bibliotecas- donde venerar
una cultura sacra hasta entonces desconocida. A la vez,
por medio de un sistema educativo generalizado, en muchos
casos estatal, justificado en principio por la necesidad
de combatir el analfabetismo, impusieron la lengua adoptada
por el Estado como oficial, haciendo desaparecer los dialectos
locales o los idiomas hablados por los inmigrantes, y grabaron
en las tiernas mentes infantiles que el sacrificio por la
patria constituía una actitud moral superior al egoísmo
individual.
Similares
procesos de etnicización fueron necesarios también en los
Estados pre-existentes, en las viejas monarquías europeas
(tan viejas que se remontaban, en varios casos, a finales
de la Edad Media) que quisieron sobrevivir
y adaptarse a las condiciones de legitimidad del mundo contemporáneo.
Historiadores como Eugen Weber o Charles Tilly han estudiado
el caso francés3, sin duda el proceso de este tipo más logrado, donde la construcción
e implantación de un fuerte sentido de identidad común fue
una política constante a partir de la tradición jacobina,
impuesta principalmente por medio del sistema escolar y
el servicio militar; fue éste un proceso en el que, a la
vez que se expandían los derechos políticos y los servicios
públicos, se erradicaban costumbres y lealtades locales
que habían resistido el paso de los siglos. También en Inglaterra,
a partir de finales del siglo XVIII y, sobre todo, durante
el XIX, se inventaron las tradiciones nacionales
[2]. Tras las revoluciones liberales, en resumen, aquellas venerables
monarquías se vieron obligadas a vestirse de “naciones”
para ser aceptadas por sus hasta entonces súbditos, ahora
ciudadanos. Todas, en mayor o menor grado, intentaron esta
operación de trasmutación, pero no todas lo consiguieron
con la misma eficacia que Francia o Inglaterra. El imperio
de los Habsburgo, el otomano, el zarista, los Estados papales
o la república veneciana son ejemplos de actores de primera
fila en la política europea durante más de un milenio que
no supieron adoptar un ropaje nacional y desaparecieron.
Y
aquí reside el interés del caso español. España, como escribió
Juan Linz en 1973, es un caso de construcción estatal temprana
combinada con una “nacionalización” o integración político-cultural
incompleta4. Con la expresión “construcción estatal
temprana” se refiere este autor, obviamente, a la monarquía
creada por los Reyes Católicos, que abarcó toda la Península Ibérica
excepto Portugal, es decir, que se estableció sobre unos
límites casi coincidentes con los del actual Estado español.
Este es un dato político básico que proyecta su sombra sobre
todo el proceso posterior: la existencia de un Estado –una
monarquía, tenderían a matizar hoy los historiadores, dadas
las diferencias entre sus rasgos estructurales y los de
un Estado moderno- dotado de una estabilidad sorprendente
si se piensa en la volatilidad de otras fronteras europeas.
Aunque consideremos éste el dato básico que inicia el proceso,
de ningún modo debe entenderse por ello que, al asentarse
en sus tronos Fernando e Isabel, “España” fuese un concepto
completamente novedoso. Las naciones
son identidades modernas, “inventadas”, en el sentido descrito,
en las épocas moderna y contemporánea –sobre todo, en esta
última-, pero no inventadas a partir de la nada. Si los constructores de las identidades modernas no saben o no pueden
utilizar datos culturales previos al servicio de sus proyectos
políticos, éstos están irremediablemente destinados al fracaso.
Como ejemplo de la dificultad de una invención completamente
artificial de este tipo, basta recordar la “Padania”
de Umberto Bossi.
En
el caso que nos ocupa, el término “Hispania”, y su sucesor
España, se había venido utilizando ampliamente desde las
Edades Antigua y Media, aunque en un sentido meramente geográfico
e incluyendo siempre a Portugal. No parece que durante el
medio milenio de dominación
romana –ni, por supuesto, antes- se generase una conciencia
de identidad cultural o política específicamente “hispana”,
diferente a otras regiones europeas o provincias del imperio.
Entre los siglos V y VII sí comienzan a surgir, en las historias
particulares de los pueblos germanos invasores, algunas
expresiones de identidad y orgullo específicamente “hispanos”,
obra de obispos como Orosio, Hidacio o San Isidoro. Este
último, en su Historia Gothorum, incluye un hermoso
Laus Hispaniae, en el que conecta las gestas bélicas
de un grupo humano, los godos, con la belleza y fecundidad
incomparables del territorio hispano. Tales expresiones
se repetirían en los reinos cristianos medievales, en parte
por el interés de éstos en justificar su existencia, y su
lucha contra los musulmanes, gracias a su supuesta continuidad
con el reino visigodo y en parte por el interés de los propios
cronistas, monjes u obispos, por idealizar la situación
iniciada con Recaredo debido a una conexión especialmente
afortunada, y supuestamente providencial, entre el catolicismo,
la monarquía y una identidad colectiva que se describe como
“española”. Obviamente, sin embargo, aquel mito goticista
(aunque, al reaparecer en épocas muy posteriores, fuera
utilizado ya en un sentido plenamente nacional) no tenía
nada que ver con el nacionalismo contemporáneo, sino con
la legitimidad de las monarquías y de la Iglesia.
El
comienzo de la
Edad Moderna no sólo fue el momento de
la unificación de los reinos peninsulares a cargo de los
Reyes Católicos, sino también el del acceso de la nueva
monarquía hispana, heredada por los Habsburgo, a la
supremacía europea. Esta supremacía se logró en parte
por la habilidad diplomática y militar de los propios Fernando
e Isabel, pero se debió también en parte a azares sucesorios
y al afortunado descubrimiento colombino. En todo caso,
fue un hecho inesperado, al tener su base en unos reinos,
los hispánicos, ni muy ricos, ni poblados ni, sobre todo,
dotados de experiencia en política internacional, pues hasta
entonces habían permanecido en una situación relativamente
marginal en Europa. No es de extrañar que, alrededor
de aquellos sorprendentes éxitos diplomáticos y militares,
se creara un halo carismático, no sólo a favor de la dinastía
sino también de ese grupo humano, los “españoles”, que acumulaban
triunfos sobre sus enemigos exteriores y que, por otra parte,
vivían un período de gran creatividad cultural, expresado
sobre todo por el teatro y la novela en castellano y la
pintura del llamado Siglo de Oro.
Al
mencionar los factores culturales que se añadieron a la
unificación y el predominio político de la monarquía hispánica
es imposible no recordar en lugar preeminente su identificación
con el catolicismo contrarreformista. El historiador y antropólogo
Benedict Anderson ha conectado el surgimiento de las identidades
prenacionales al comienzo de la Edad Moderna con la Reforma Protestante
y la expansión de la imprenta
[3].
Según Anderson, la popularización de este último invento
favoreció la difusión de libelos y la pugna ideológica,
pero a la vez creó zonas unificadas, con miles de familias
leyendo la palabra de Dios en una misma versión e idéntica
lengua. De ahí el origen de unas culturas y estereotipos
comunitarios, cuyo reflejo es ya patente en las obras de
Erasmo o Bodino [4],
que con el tiempo serían nacionales. Aunque todas las guerras
de religión fueron internas, civiles, se presentaron como
enfrentamientos con entes colectivos externos, enemigos
de “nuestra forma de ser”.
El
caso español no puede responder exactamente al modelo de
Anderson, ya que en las sociedades católicas las autoridades
eclesiásticas vedaron la lectura de la Biblia en lengua
vernácula. Pero eso no quiere decir que no se generara también
en la monarquía hispánica una fuerte identidad religiosa,
en paralelo con las inequívocas posiciones pro-papistas
adoptadas por los monarcas Habsburgo. Por otra parte, al
tratarse de un territorio de frontera, que en la Edad Media
se había caracterizado por la mezcla de razas y culturas,
se produjo otro fenómeno de enorme impacto, y trágicas consecuencias,
que por fuerza tuvo que generar también identidad colectiva:
la limpieza étnica. Los propios Reyes Católicos expulsaron
u obligaron a la conversión a judíos y musulmanes, y en
los dos reinados siguientes los descendientes de aquellos,
conversos o moriscos, fueron marginados por medio de los
llamados “estatutos de limpieza de sangre”. Puede que en
el origen de aquel esfuerzo hubiera un intento de superar
la excentricidad, de hacerse aceptable a aquellos europeos
que se habían sentido clásicamente escandalizados ante un
mundo como el ibérico, “contaminado” de población no cristiana.
Si fue así, la operación resultó fallida, pues los prejuicios
se mantuvieron, y lo español siguió siendo identificado
con la brutalidad y depravación “orientales”, que a finales
del XVI se suponían demostradas por el propio sadismo inquisitorial
contra las minorías disidentes. Medio siglo más tarde, para
el resto del mundo “España” era el país del fanatismo, la
crueldad y la fatuidad aristocrática, con personajes representativos
como el temible inquisidor, los crueles tercios de Flandes,
el conquistador avaricioso y genocida de indios, el Felipe
II parricida, el noble engreído e inútil... Era una imagen
muy negativa, pero también muy fuerte. Tan fuerte como su
contrapartida, la que, tras largas décadas de tensiones,
se había logrado imponer en el interior de la monarquía,
marcada por la ortodoxia católica, la lealtad al rey, el
sentimiento del honor, la antigüedad del linaje y la sangre
“limpia” [5].
Esta identidad generada a lo largo de los siglos de la Edad Moderna
daría lugar a diversos problemas en el futuro. En parte,
por el hecho de que lo que desde fuera se percibía como
“España” no era un reino, sino un complejo agregado de reinos
y señoríos con diferentes leyes, contribuciones e incluso
monedas. En parte también, por la confusión del conjunto
étnico con la institución monárquica en sí misma, así como
por la ausencia de alternativas a la monarquía (la más llamativa,
la nobleza, incapaz de presentarse como conjunto estructurado
y representativo del reino) que tomaran sobre sí la tarea
de construir la identidad colectiva. Pero los problemas
se derivarían sobre todo de las dificultades con que los
ilustrados primero y los liberales después se iban a encontrar
para conciliar aquella identidad cristiano-vieja, nobiliaria
y contrarreformista con su proyecto modernizador (lo cual
les convertiría en fácil blanco de los ataques de los sectores
conservadores como “antipatriotas”) [6].
Apenas hay espacio en esta ponencia para hablar del siglo
XVIII, etapa interesante de transición hacia el conflictivo
período de la revolución liberal. Digamos solamente que
la sustitución de la dinastía Habsburgo
por los Borbones, y el deseo de rectificar el curso decadente
de la era anterior, dio lugar a un giro político bastante
radical que tomó como modelo a la Francia de Luis XIV. Se
hicieron esfuerzos por centralizar el poder y homogeneizar
jurídica y políticamente del territorio, a la vez que la
propia monarquía iba pasando paulatinamente a presentarse
como “reino de España” (un reino que, al desprenderse de
los territorios flamencos e italianos y aceptarse como hecho
consumado la independencia portuguesa, se identificó cada
vez más con lo que hoy entendemos por tal nombre). El fomento
de las “luces”, por otra parte, con objeto de modernizar
la sociedad y hacer que creciera la economía y, con ella,
los recursos del erario real, se vinculó con la intención,
por primera vez explícita, de construir una identidad cultural
colectiva ligada al Estado, y que por tanto puede empezar
a llamarse ya pre-nacional. Las Reales Academias serían
el ejemplo más evidente de este esfuerzo cultural, y hay
múltiples y muy elocuentes testimonios, en terrenos tales
como la historia o la literatura, de esta nueva conciencia
que anuncia la era nacional. Pero hay también testimonios
de otro tipo, como los avances en el terreno de los símbolos:
la bandera roja y gualda, establecida por Carlos III como
“bandera nacional” para la marina de guerra,
o la
“Marcha de Granaderos”, compuesta también en aquel reinado y que acabaría
siendo “Marcha Real” e himno nacional, son claros embriones
del futuro proceso de nacionalización.
Si
la “invención de la tradición” fuera tan fácil como dan
a entender algunos teóricos actuales, el proyecto ilustrado
hubiera triunfado, porque disponía de todas las bazas en
su poder (para empezar, de la baza ganadora en época de
absolutismo, como era el apoyo real). Pero aquel temprano
nacionalismo de los ilustrados se encontró con dificultades
derivadas, sobre todo, del casi imposible engarce de su
proyecto modernizador con las tradiciones heredadas. Para
lograr sus objetivos, los reformistas borbónicos se veían
obligados a rectificar o eliminar muchos hábitos y creencias
populares muy arraigados, pero culpables, para cualquier
mente ilustrada, de la decadencia anterior. Los círculos
conservadores no dejarían de usar esta contradicción para
acusar a los reformistas de antipatriotas o enemigos de
la “tradición”.
Este
obstáculo con que se enfrentaron los ilustrados no haría
sino agravarse con sus sucesores liberales, privados ya
del apoyo regio. Pese a desaparecer al comienzo mismo del
siglo XIX la figura del monarca ilustrado, para dar paso
a su opuesto, aquella centuria pareció comenzar de una forma
que sólo podía considerarse positiva desde el punto de vista
de la construcción nacional: con una guerra que, por mucha
que fuera su complejidad, quedó registrada en la memoria
de las generaciones siguientes como un movimiento popular,
espontáneo y unánime contra un invasor extranjero.
A continuación se sucedieron, además, seis u ocho décadas
en las que los creadores de cultura se dedicaron a reformular
la historia, la literatura, las artes e incluso las ciencias
en términos nacionales, de forma muy semejante a lo que
se estaba haciendo en otros países europeos. En el interior
parecía, por tanto, irse creando, sin aparentes problemas,
una sólida identidad española, en sentido ya plenamente
nacional, es decir, tal como la definía la Constitución
gaditana: como el pueblo depositario de la soberanía política
sobre este rincón del universo.
En
el exterior, a la vez, el romanticismo hacía cambiar la
imagen procedente de los tiempos de la “Leyenda Negra”.
Frente a la agresividad del mundo protestante temprano,
y frente a los desprecios y burlas de los ilustrados hacia
el país “decadente” y ridículo, los viajeros ingleses o
franceses del XIX, sin cambiar el contenido de sus descripciones,
variaban por completo su valoración, que pasaba a ser admirativa.
Un rápido repaso a los textos de Lord Byron, Victor Hugo,
Gautier o Mérimée, o una ojeada a los grabados de Gustavo
Doré, permite constatar la imagen oriental y arcaizante
de España (alrededor del flamenco, el taurinismo, las procesiones,
las ejecuciones por garrote vil, el alhambrismo) en la que
se complacen los románticos. El país seguía siendo visto
como muy atrasado, en relación con Europa, pero la nueva
sensibilidad romántica valoraba ahora el atraso, considerado
fidelidad a la propia identidad; nadie negaba que la intolerancia
religiosa siguiera imperando en la Península, pero bajo
tal intolerancia los observadores detectaban una profundidad
y sinceridad de creencias ante las que no podían por menos
de admirarse, frente al “escepticismo” y “materialismo”
que creían dominante en las sociedades de donde ellos provenían.
Nadie, por tanto, ni fuera ni dentro, dudaba hacia 1850
de que existiera una “forma de ser” española, un carácter
que figuraba entre los cinco o seis más marcados de Europa.
Y, sin embargo, el siglo XX recibió del XIX una identidad
nacional problemática. Sobre las posibles causas de esta
orientación relativamente fallida del proceso de construcción
nacional versarán las restantes páginas de este artículo.
El
primer dato que debe anotarse fue, sin duda, la debilidad
política y económica del Estado. Política, porque fue un
sistema en perpetuo cambio (de absolutismo a liberalismo,
de monarquía a república; dentro de la monarquía, de una
dinastía a otra, y, dentro de la república, de unitaria
a federal) y, por tanto, con una legitimidad constantemente
cuestionada. Cualquiera que fuera la situación, siempre
había importantes sectores de la opinión que no se sentían
representados por quienes ocupaban el poder. ¿Cómo elaborar
símbolos políticos compartidos por todos? Todos los símbolos
fundamentales de la comunidad -bandera, himno, fiesta nacional-
tenían en la España del XIX dos o tres versiones, correspondientes
a las diferentes facciones políticas.
A
ello se añadían las penurias financieras de la monarquía. Cargada con una deuda pública que venía de las guerras de finales del XVIII
y se había agravado con los conflictos napoleónico y carlista,
la mayor preocupación de cualquier ministro de Hacienda
a lo largo del siglo fue cómo pagar los intereses de esa
deuda para el año siguiente. En tal situación, era imposible
crear servicios públicos, carreteras, hospitales, escuelas.
El Estado no podía moldear de forma profunda ni duradera
la vida social. Y no sólo por falta de recursos. La enseñanza,
terreno crucial para la nacionalización de la sociedad,
se abandonó en manos de la Iglesia en buena medida porque
los gobernantes conservadores pensaban que la religión seguía
siendo el lazo social esencial.
Un
problema que quizá esté en la raíz de la debilidad del proceso
nacionalizador español en el siglo XIX es que carecía de
objetivos definidos. Los nacionalismos son construcciones
culturales que pueden servir para múltiples objetivos políticos:
la modernización de la sociedad o, por el contrario, la
preservación de tradiciones heredadas frente a la modernidad;
la formación de unidades políticas más amplias o, al revés,
la fragmentación de imperios multiétnicos en unidades más
pequeñas que se independizan; el fortalecimiento del Estado,
por medio de su expansión frente a Estados vecinos o rivales,
o por la asunción de áreas y competencias que previamente
le eran ajenas... En el caso español, durante los primeros
treinta años del XIX, la potenciación de la identidad nacional
corrió a cargo de los liberales revolucionarios y estuvo
vinculada a su proyecto modernizador. Pero éste era un proyecto
minoritario, que ante el cúmulo de obstáculos que se le
enfrentaron se hallaba, hacia las décadas centrales del
siglo, empantanado. Algo semejante ocurrió en otras sociedades
europeas, y el pacto entre los sectores liberales (capas
intelectuales y profesionales y burguesía comercial e industrial)
y las antiguas oligarquías o restos nobiliarios no fue,
en absoluto, un fenómeno exclusivo de España. Pero, hacia
el fin de siglo, en esos otros países se había encontrado
un objetivo que acompañaba o sustituía a la revolución liberal
como pretexto o acicate para el impulso nacionalizador:
la expansión imperial. Y tampoco la construcción de un imperio
era un proyecto posible para la débil monarquía española
de aquel período. Ni funcionó como objetivo la Unión Ibérica, pese a ser un ideal acariciado durante largo tiempo por círculos
minoritarios, tanto en España como en Portugal. Ni se podía
pensar en movilizar al país alrededor de la reclamación
de un territorio irredento, como Gibraltar, dada la incontestable
superioridad militar de los ingleses en el momento.
Al
revés que el resto de las monarquías europeas, la española
había iniciado la Edad Contemporánea
perdiendo la casi totalidad de su imperio americano, lo
que la relegaría a una posición irrelevante en el complicado
y competitivo tablero europeo de los siglos XIX y XX. Porque,
pese a la decadencia de los últimos Habsburgo, lo que desde
fuera -y, cada vez más, desde dentro- se llamaba “España”
había seguido siendo una potencia europea de considerable
relieve hasta finalizar la Edad Moderna,
como prueba su participación en todas las contiendas europeas
de alguna importancia. A partir del final del ciclo napoleónico,
sin embargo, dejó radicalmente de participar en ellas. En
un período de tan frenética actividad europea como fue el
siglo XIX y primera mitad del XX, el Estado español se vio
obligado a mantener una actitud pasiva, de “recogimiento”,
según el célebre eufemismo de Cánovas.
Lo
que se enseñaba, en definitiva, a los niños españoles para
fomentar su orgullo nacional en ese período eran glorias
pretéritas, aparentemente renovadas hacía poco con la guerra
contra Napoleón, pero sin incitación a ninguna empresa nueva.
Ello explica que tanta inestabilidad interna y tanta ausencia
de protagonismo internacional se impusieran sobre las exhibiciones
retóricas en torno a Numancia o las Tres Carabelas y que,
en la práctica, circulara una imagen muy negativa de la
propia identidad colectiva. Los grabados de la prensa satírica
del XIX reflejan quizás con mayor elocuencia que ninguna
otra fuente una España representada de forma auto-conmiserativa:
como madre crucificada o enferma de muerte, desesperada
ante las perpetuas peleas de sus hijos o desangrada por
políticos sin escrúpulos; acompañada en ocasiones por su
clásico león, pero ahora cabizbajo y exangüe. No es una
imagen triunfal, como las que se elaboran en la Francia
o Inglaterra del momento. Más bien recuerda a una Virgen
Dolorosa, tan típica del imaginario católico, abrumada por
la muerte de su Hijo. Mucho antes de que la guerra cubana
se iniciara, se detectaba así un ambiente lúgubre que no
estaba tan lejos del que luego emergió con el “Desastre” [7].
Esta
nueva guerra, la de Cuba,
dejó definitivamente al descubierto la vacuidad de las glorias
recitadas en los libros de historia nacional. Aunque la
guerra comenzó también con una retórica disparatada (los
advenedizos yanquis, desconocedores de nuestras gestas históricas,
se atreven a retar al invencible pueblo español...), su
desarrollo fue humillante: en dos breves batallas navales,
mero ejercicio de tiro al blanco por parte de los buques
norteamericanos, fueron hundidas las dos escuadras españolas
de las Filipinas y de Cuba. Tras aquel espectáculo, las
mentes pensantes españolas se entregaron a un ejercicio
de autoflagelación colectiva. El “Desastre” generó una enorme
literatura sobre el llamado “problema español”. Pero, a
la vez, se observó una considerable pasividad popular, lo
que fue interpretado en aquel momento como un síntoma más
de la “degeneración de la raza”. Hoy podemos intuir que
fue el resultado lógico de aquel siglo XIX en el que no
se había “nacionalizado a las masas” por medio de escuelas,
ni fiestas, ni símbolos nacionales (bandera, himno, monumentos,
nombres de calles) [8].
La
desmesurada reacción de las élites, interpretando en términos
colectivos y raciales lo que no era sino un fracaso del
Estado, se entiende también por las circunstancias hasta
aquí expuestas. Por un lado, por el proceso nacionalizador,
que a ellos, las élites escolarizadas, sí les había afectado.
Por otro, entre los intelectuales de mayor entidad, porque
esta crisis nacional coincidió con la del racionalismo progresista
que había dominado todo el XIX. De ahí los disparatados
planteamientos de un Ganivet, que equipara el problema de
España al dogma de la Inmaculada Concepción de María, o las soluciones políticas arbitristas, autoritarias y
melodramáticas que tantos otros proponen para regenerar
el país. En definitiva, no hay que olvidar que, pese
a que apelaran tanto a la modernización o europeización
de España, ni siquiera eran unos intelectuales en contacto
con el mundo moderno, exceptuando quizás los terrenos estéticos.
No conocían el mundo industrial, sino que procedían de clases
medias provincianas, básicamente de rentas agrarias, y no
sentían afición por los problemas económicos ni por los
científicos o técnicos [9].
Sus mayores creaciones fueron literarias, en general a partir
de la fusión de la crisis nacional con su crisis de conciencia
individual.
La complicada reacción posterior al 98 fue decisiva para
la España del siglo XX. La derrota cubana suscitó una crisis
gravísima, no de tipo económico ni político inmediato, sino
de conciencia. Todas las fuerzas políticas, y el conjunto
de la opinión, se convencieron de que eran inevitables profundas
reformas para “regenerar” al país, un término que, desde
luego, significaba cosas muy diferentes para los diversos
sectores o fuerzas políticas. Tras unos años de desconcierto,
aquellas propuestas complicadas, críticas y contradictorias
de la generación del 98 se fueron viendo sustituídas por
un “casticismo” más sencillo y optimista. Fueron los años
de José María Salaverría o Eduardo Marquina [10].
Fue la nueva fase de la guerra de África, a partir de 1920,
en la que surgieron los únicos himnos patrióticos que alcanzaron
popularidad, como “Banderita, tú eres roja” o “Soldadito
español”. Fue el festival españolista de Primo de Rivera,
con banderas o cuadros histórico-nacionales reproducidos
en los sellos de correos, insignias para la solapa o cubiertas
de turrones. Es significativo que el dictador invocara siempre
a la nación, y no al rey, como símbolo de la unión y de
la legitimidad política.
Esta reacción nacionalizadora era excesivamente tardía y
se topaba con dos tipos de problemas. El primero era que
las élites modernizadoras se sentían ya atraídas por ideales
nuevos, ajenos, o incluso incompatibles, con el esfuerzo
nacionalizador español. Por un lado había surgido con gran
fuerza el mito de la revolución social, la construcción
de una sociedad justa e igualitaria por medio de la colectivización
de bienes; y los intelectuales y las élites descontentas
tendían a sentirse atraídas por el socialismo, o incluso
el anarquismo, y a partir de 1917 por el comunismo. Por
otro lado, desde el comienzo de siglo iban ganando fuerza
los nacionalismos alternativos al español, y en especial
el catalanismo ejercía gran atractivo sobre las élites culturales
barcelonesas.
El
segundo tipo de problemas fue que la participación del Estado
en la tarea nacionalizadora seguía siendo todavía escasa.
El propio rey inauguró con gran pompa, como monumento principal
de su reinado, el Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de
los Ángeles. Y España se abstuvo de intervenir en la Primera Guerra Mundial,
el acontecimiento más importante del primer tercio de siglo.
Lo cual ahorró millones de vidas y benefició grandemente
a la economía, pero hubo intelectuales y políticos –desde
Unamuno a Azaña, pasando por Lerroux- que fueron partidarios
de intervenir porque veían en ella la única vía para la
nacionalización de la sociedad, tarea que consideraban imprescindible
para afianzar el Estado y modernizar el país.
Sin
embargo, y pese a no participar en aventuras bélicas, la
obsesión por la “regeneración” de España hizo que todo el
primer tercio del siglo XX fuera una época de muy fuertes
cambios modernizadores. Diferentes partidos y regímenes,
desde el conservador Maura al anticlerical Canalejas, y
desde la monarquía parlamentaria hasta la dictadura de Primo,
coincidieron en construir carreteras, pantanos, escuelas,
tal como había pedido Joaquín Costa. Quizá nada resuma mejor
la transformación del país que su intensa urbanización.
Millones de campesinos abandonaron el mundo rural y se integraron
en una España urbana que se duplicó entre 1900 y 1930, y
en la que emergió una cultura laica, moderna, emancipada
de clérigos y caciques. Fue este inicio del despegue modernizador,
más que una opresión o una miseria seculares e insoportables,
el que explica los resultados electorales de abril de 1931
y las tensiones políticas de la década iniciada entonces.
Con
la II República,
pareció haber triunfado al fin el proyecto modernizador
y el nacionalismo laico y liberal, herencia del siglo XIX.
Considerando la pedagogía clave de la transformación, el
nuevo régimen volcó sus esfuerzos en la creación de escuelas
y la formación de maestros. Sus gobernantes estaban motivados
sin duda por un impulso patriótico, ya que deseaban la transformación
del país para ponerlo en condiciones de competir con sus
vecinos europeos. Pero resurgió el clásico problema de las
élites modernizadoras españolas, obligadas a imponer cambios
que atentaban contra sentimientos y tradiciones seculares,
y en particular el catolicismo. Cambios necesarios, en muchos
casos, pero prescindibles en otros, como los de la bandera,
el himno o la fiesta nacional, producto del sectarismo y
la falta de habilidad de los nuevos dirigentes, y que restaron
capacidad integradora a un régimen convertido en partidista.
Todo
ello facilitó la movilización de una oposición anti-republicana
que adoptaría como consigna la defensa de las tradiciones
y creencias, en especial religiosas. La Guerra Civil
de 1936-1939, en la que culminó aquel intento de cambio
político, fue, entre otras cosas, un conflicto entre las
dos versiones de la nación que venían del XIX: la liberal,
laica y progresista, y la católico-conservadora.
Fue un conflicto muy complejo, en el que hubo aspectos internacionales
(tropas y armamento proporcionados por Hitler, Mussolini
y Stalin), aspectos sociales (lucha de clases), culturales
(la España laica contra la católica), diversas concepciones
de la estructura estatal (tensiones centro-periferia), enfrentamiento
entre la España urbana y la rural... La
propaganda de ambos bandos simplificó toda esta maraña en
términos nacionalistas: “España” luchaba contra sus enemigos
exteriores. Tanto Franco como la República pretendían repeler
una “invasión extranjera” e invocaban a Numancia o el Dos
de Mayo como precedentes de su lucha. Obviamente, quienes
acabaron ganando esta batalla propagandística, y apropiándose
del adjetivo “nacional”, fueron los franquistas [11].
Durante
la Guerra, y en especial a partir de su finalización, se
inició, por fin, una intensísima etapa de nacionalización
de masas. La España autárquica de los años cuarenta se vio
sometida a un verdadero diluvio propagandístico en términos
patrióticos: fiestas nacionales, cruces de los caídos, desfiles,
himnos, campamentos juveniles, películas, hasta tebeos infantiles...
Pero, de nuevo, era demasiado tarde y, sobre todo, aquella
campaña de nacionalización carecía de capacidad
–y de voluntad- integradora. En la
nueva España sólo cabía lo católico-conservador.
Había serias intenciones de borrar de la historia (y del
presente, por medio del pelotón de fusilamiento) a todo
intelectual heterodoxo, lo cual incluía a un Pérez Galdós
entre los ya fallecidos o a la práctica totalidad de las
generaciones del 98 o del 27 entre los todavía vivos. Era
excesivamente sectario. En segundo lugar, aquella forma
de implantar una identidad nacional era demasiado brutal,
impuesta por la fuerza: se humilló a catalanes católicos
y conservadores con los “no hables como un perro” o “habla
la lengua del imperio”. En tercero, toda esta mitología
nacionalista se mezclaba con la propaganda del régimen;
al final de la saga de pérdidas y recuperaciones nacionales,
aparecía siempre el Caudillo como redentor del país frente
a la última y más reciente amenaza, la del bolchevismo y
el separatismo. No hay que olvidar que el “¡Arriba España!”
se veía inevitablemente acompañado de un “¡Viva Franco!”.
Medio país, al menos, se sentía ajeno
a aquel conjunto de mitos y símbolos, aunque no pudiera
expresarlo.
A la presión nacionalizadora de tipo totalitario típica
de la primera fase del régimen franquista se añadieron los
límites intelectuales que, tanto sobre el régimen como sobre
la oposición, imponía el planteamiento mismo de los problemas
políticos del país en términos de “carácter” o “esencia
nacional”. Hasta casi un cuarto de siglo después de terminada
la guerra siguió produciéndose, tanto entre los intelectuales
del interior como entre los exiliados, una considerable
literatura sobre el llamado “problema español” en términos
raciales y esencialistas. La intensidad del planteamiento
nacionalista se detecta incluso en la propaganda difundida
por los propios “maquis” o guerrilleros antifranquistas,
donde abundan los llamamientos a favor de la lucha por “la
reconquista de España, mi patria, independiente y libre...”,
o los ataques contra Franco por ser agente al servicio del
imperialismo germano. “¡Español!”, termina alguna de estas
proclamas, “Tus compatriotas te esperan. La liberación nacional
de ti lo exige. [...] Se ama o no se ama a España [...]
Piensa en tu Patria sojuzgada y envilecida. Piensa en España,
en sus sufrimientos...” [12]
Si
esto era así en el terreno de la lucha armada, en el intelectual
no se quedaban atrás. Como venían haciendo desde 1898 hasta
finales de los años cincuenta, poetas e intelectuales –tanto
del interior como del exilio- siguieron cultivando todo
un género literario sobre el llamado “problema de España”,
que conectaba con la literatura del XVII sobre la decadencia
y la del 98 sobre el “fracaso” español, a lo que se sumaba
ahora el cainismo racial demostrado por la
Guerra Civil. El tema aparece de manera casi obsesiva en la creación literaria, con
desgarrados cantos a una España mítica y mística, madrastra
devoradora de sus hijos, “miserable y aún bella entre
las tumbas grises...”, como escribe Cernuda.
En el terreno ensayístico, fue célebre la polémica desarrollada
en el exilio entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. Para
todos ellos, la pregunta fundamental seguía siendo: ¿a
qué se debe el fracaso español ante la modernidad? Y la
culpa se trasladaba, como es propio de todo planteamiento
nacionalista, hacia el exterior: no en el espacio, en este
caso, sino en el tiempo. Para unos tenía que ver con las
guerras civiles romanas, en parte desarrolladas en territorio
ibérico, o con la belicosidad cristiana de la Reconquista. Ortega, en
los años veinte, había culpado a los visigodos, a su incapacidad
de renovar y vigorizar la civilización romana, creando
un feudalismo potente, con “minorías rectoras”. Frente a
él, Albornoz defendía a los visigodos, pero no dudaba de
que un “homo hispanus” había existido desde la noche de
los tiempos, anterior desde luego a la invasión romana.
Américo Castro, con mayor sentido histórico, negaba la posibilidad
de llamar “españoles” a los iberos o a los visigodos. Para
él, la “morada vital” española se había formado en la
Edad Media, con la convivencia de tres
razas y religiones. Pero la represión de esa libertad medieval
en los siglos modernos había hecho que las élites españolas
vivieran en un constante “desvivirse”, conflictivo y agónico.
Con lo que Castro acababa elaborando también una especie
de esencia nacional que explicaba desde el terrorismo anarquista
a los nacionalismos periféricos o la Guerra Civil
[13].
El
anacronismo de tales planteamientos resultó patente tras
la II Guerra Mundial, cuando los excesos nazis desprestigiaron de manera fulminante las
teorías raciales, y era casi surrealista que en plena era
atómica se debatiera con tanto ardor entre Princeton, California
y Buenos Aires sobre si la responsabilidad de la Guerra Civil
española debía recaer sobre los visigodos o sobre la represión
inquisitorial. Finalmente, hacia finales de los años 1950
se produjo una reacción, tanto desde el interior de España
como desde el exterior. Intelectuales más jóvenes (como
Francisco Ayala, Maravall o Caro Baroja) denunciaron la
irrelevancia de estos debates alrededor de lo que calificaron
de “mito de los caracteres nacionales”; frente a lo que
no dejó de replicar airadamente Salvador de Madariaga [14].
Curiosamente,
cuando las discusiones sobre esencia de España empezaban
a resultar obsoletas, la obsesión por la identidad renació
en la Península bajo la forma de los nacionalismos periféricos.
Especial éxito tuvieron el catalanismo y el vasquismo como
fuerzas de oposición al último franquismo, pero a ellos
se añadió, en los años de la transición, un verdadero festival
de identidades locales o regionales que se distanciaban
de lo español. No sólo en Galicia, Andalucía, Baleares o
Canarias, sino incluso en la Rioja, Cantabria o Murcia,
zonas donde nunca había existido conciencia nacionalista,
se explotaron todos los rasgos culturales de tipo diferencial
con objeto de conseguir ventajas en el proceso de descentralización
política que se abría. Todas las fuerzas políticas buscaban
distanciarse del franquismo, y una de las maneras de hacerlo
era buscar antepasados culturales que permitieran proclamarse
nacionalidad oprimida por “España”. Y es que, a medida que
habían pasado los años, el régimen franquista se había ido
asociando con la imagen de “atraso” o “excepcionalidad”
política europea, al menos entre las generaciones jóvenes,
y en especial entre quienes viajaban o conseguían mantener
algún contacto con el mundo exterior. Y fundida con el régimen
se hallaba la exaltación de la identidad nacional, consiguiendo
hacer olvidar que había existido un españolismo liberal.
Esta identificación de lo español con la dictadura, el subdesarrollo
y la brutalidad, frente a la democracia y la modernidad
representadas por Europa, era especialmente fuerte en las
zonas industrializadas, y más cercanas a Francia, como Cataluña
o el País Vasco.
La
Constitución de 1978 ha
reconocido, por fin, la diversidad cultural de España y
ha establecido un régimen descentralizado, cuasi-federal,
basado en las “comunidades autónomas”, sentando en su artículo
segundo la soberanía sobre una identidad un tanto ambigua:
una España de unidad “indisoluble”, compatible con la existencia
de unas “nacionalidades” en su interior. En definitiva,
la identidad nacional española se está redefiniendo, alrededor
de la lealtad al sistema constitucional y el reconocimiento
de la diversidad cultural del país. Todo ello dentro de
un proceso general de redefinición de las identidades colectivas
en el mundo entero, enfrentado ahora con problemas radicalmente
nuevos, como la globalización cultural y económica o la
“guerra de civilizaciones”, que han alterado los planteamientos
clásicos del nacionalismo.
Paradójicamente,
este largo recorrido histórico nos lleva, pues, a concluir
que, en el caso que nos ocupa, el factor decisivo no es
el peso de la historia, especialmente el de la historia
más antigua. Los conflictos actuales, lejos de proceder
de agravios o reivindicaciones que se remonten a la noche
de los tiempos, se han originado en un pasado relativamente
reciente: los problemas políticos del siglo XIX; y, mucho
más cerca aún y más importante, el franquismo. Y nuevos
fenómenos acaecidos dentro y fuera del país en las últimas
décadas han alterado radicalmente los conflictos identitarios.
Piénsese en las reformas democráticas de los setenta, que
han dotado al régimen político actual de una legitimidad
desconocida por cualquiera de sus antecesores; el crecimiento
económico, que viene de los sesenta pero no ha dejado de
continuar en los años siguientes, y ha hecho sentir, por
fin, a los españoles que pertenecen a una nación moderna,
“normal” en Europa; la pertenencia misma a la Unión Europea
y a otras instituciones u organismos supranacionales, que
han reforzado también la legitimidad del Estado; o los nuevos
fenómenos migratorios, con oleadas de magrebíes o latinoamericanos
que, lógicamente, deberán alterar los cleavages o
líneas divisorias entre sectores culturales en el país...
No parece posible que, tras tanto cambio, los conflictos
culturales y los sentimientos de identidad colectiva puedan
mantenerse en sus tradicionales planteamientos nacionalistas.
Notas
* El presente texto fue
publicado en una primera versión en Historia
Mexicana (Octubre-Diciembre, 2003) vol. LIII,
nº 2, pp. 447-468. Se pidió permiso a El Colegio de México
para su reproducción en la Revista Circunstancia..
1 Gellner,
E., Nations and Nationalism, Oxford, Blackwell,
1983; Hobsbawm, E., Nations and Nationalism since 1780,
Cambridge U.P., 1990 (trad. esp., Barcelona,
Crítica).
2 Hobsbawm,
E., y Ranger, T., The Invention of Tradition. Cambridge
U.P., 1983.
3 Weber, E.,
Peasants into Frenchmen. The Modernization of Rural
France, 1870-1914, Stanford U.P., 1976; Tilly, Ch. The Formation of National States in Western
Europe, Princeton U.P., 1975.
[2]
Hobsbawm y Ranger, The Invention..., cit.; para
el caso alemán, v. Mosse, G., The Nationalization of
the Masses. Political Symbolism and Mass Movements in
Germany from the Napoleonic Wars Through the Third Reich. N.Y.,
Fertig, 1975.
4 Linz,
Juan J., "Early State-building and late Peripheral
Nationalism against the State: The Case of Spain",
en Eisenstadt, S. N., y Rokkan, S., eds., Building
States and Nations, Londres, Sage, 1973, vol. 2, pp.
32-112.
[3]
Anderson, B., Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread
of Nationalism, N.
York: Verso, 1983
(2ª ed., expandida, 1991).
[4]
Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura,
cap. IX; Jean Bodin, Los seis libros
de la República, V, cap. I.
[5] Álvarez Junco, J., "España:
El peso del estereotipo", Claves de Razón Práctica,
48 (1994), pp. 2-10.
[6]
Álvarez Junco, J., “Identidad heredada y construcción nacional. Algunas propuestas sobre
el caso español, del Antiguo Régimen a la Revolución liberal”.
Historia y Política, nº 2, 1996, pp. 123-146.
[7]
Álvarez Junco, J., Mater Dolorosa. La idea de
España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001, caps.
X-XII.
[8]
Álvarez Junco, J., “La nación en duda”, en Juan Pan-Montojo
(coord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo,
Madrid, Alianza, 1998, pp. 405-475.
[9]
Litvak, Lily: A Dream of Arcadia. Anti-Industrialism in Spanish Literature. U. of Texas
Press, 1975.
[10]
Salaverría, J. M., La afirmación española. Estudios
sobre el pesimismo español y los tiempos nuevos, Barcelona,
Gustavo Gili, 1917; de Eduardo Marquina,
múltiples poemas y célebres obras de teatro, como En
Flandes se ha puesto el sol; son también los años
del Emoción de España, de M. Siurot, La Patria
española, de E. Solana, y, poco después, la Defensa
de la Hispanidad, de R.de Maeztu.
[11]
Álvarez Junco, J., “El nacionalismo español como
mito movilizador. Cuatro guerras”, en Cruz, R., y Pérez
Ledesma, M., eds., Cultura y Movilización en la España
contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, pp. 35-67.
[12]
Cfr. Nueva Historia, Septiembre 1977 (Año
I, nº 6), número monográfico dedicado a los maquis o guerrilleros
antifranquistas.
[13] Castro, A., La realidad histórica
de España, 1954 (3ª ed., México, Porrúa, 1966) u Origen,
ser y existir de los españoles, Madrid, Taurus, 1959;
Sánchez Albornoz, C., España, un enigma histórico,
Buenos Aires, Edhasa, 1960. De Ortega y Gasset, J., España
invertebrada, 1921, reed. en Madrid, Revista de Occidente,
1959.
[14] Ayala, F., Razón del mundo.
La preocupación de España. México, Univ. Veracruzana,
1960; o España, a la fecha, Buenos Aires, Sur,
1965 (pp. 99-125: “El problema de España”). Caro
Baroja, J., El mito del carácter nacional. Meditaciones
a contrapelo, Madrid, Seminarios y Ediciones, 1970;
o Las falsificaciones de la historia (en relación con
la
de España),
Barcelona, Seix Barral, 1992. Maravall, J. A.., “Sobre
el mito de los caracteres nacionales”, Revista de Occidente,
1963 (2ª ép., nº 3), pp. 257-276; Madariaga, S. de, “Sobre
la realidad de los caracteres nacionales”, Revista
de Occidente, 1964 (2ª ép., nº 16), pp. 1-13.
Resumen:
El ensayo plantea, tras realizar un recorrido por
las interpretaciones de la historia de España,
que el factor decisivo para la construcción de
la identidad nacional no radicó en el peso de la
historia, y menos especialmente en la historia antigua.
Se explica que: a) los conflictos actuales --lejos de
proceder de agravios o reivindicaciones que se remonten
a la noche de los tiempos-- se han originado en un pasado
relativamente reciente; b) los nuevos fenómenos
acaecidos dentro y fuera de España en las últimas
décadas del siglo XX han alterado radicalmente
los conflictos identitarios; y c) no parece, en consecuencia,
posible defender que los conflictos culturales y los sentimientos
de identidad colectiva puedan mantenerse en sus tradicionales
planteamientos nacionalistas.
Palabras clave:
Nacionalismo, identidad, patria, historia, región,
autodeterminación, Estado, España, territorio,
reinos, monarquía, república, política,
guerra, federación, Constitución, unidad,
elites, descentralización.
Abstract:
This essay, a trip through time that depicts the interpretations
of Spanish history, suggests that the decisive factor
in building a national identity is not weighted on history,
and far less on the interpretation of ancient history.
It goes on to explain that: a) current conflicts do not
stem from offenses or political claims that arise in the
distant past, yet actually have origins from a past that
is relatively recent; b) recent phenomena that have taken
place in and outside of Spain at the end of the 20th century
have radically altered these identity conflicts; and c)
consequently, it does not seem possible to defend the
idea that cultural conflicts and feelings of collective
identity will be viewed with the same traditional nationalistic
thoughts.
Key Words:
Nationalism, identity, native land, history, region, selfdetermination,
State, Spain, territory, kingdoms, monarchy, republic,
politics, war, federation, Constitution, unity, elites,
decentralization