LA NACIÓN POST-IMPERIAL. ESPAÑA Y SU LABERINTO IDENTITARIO *
José Álvarez Junto


La mayor parte de los estudios publicados en las últimas décadas sobre el tema de la construcción de identidades nacionales, algunos de ellos convertidos tan rápidamente en clásicos como los de Ernest Gellner o Eric Hobsbawm 1, han tomado sus ejemplos de Estados recientemente formados, post-coloniales o post-revolucionarios, que necesitaron socializar a sus ciudadanos en una nueva “comunidad imaginaria”. Fueron estas nuevas estructuras políticas las más necesitadas de legitimación y, por tanto, las que tuvieron que inventar, en el sentido más estricto del feliz término acuñado por Eric Hobsbawm y Ralph Samuel2, banderas, fiestas nacionales y ceremonias patrióticas, así como tuvieron que erigir altares “nacionales” –monumentos, museos, academias, bibliotecas- donde venerar una cultura sacra hasta entonces desconocida. A la vez, por medio de un sistema educativo generalizado, en muchos casos estatal, justificado en principio por la necesidad de combatir el analfabetismo, impusieron la lengua adoptada por el Estado como oficial, haciendo desaparecer los dialectos locales o los idiomas hablados por los inmigrantes, y grabaron en las tiernas mentes infantiles que el sacrificio por la patria constituía una actitud moral superior al egoísmo individual.

Similares procesos de etnicización fueron necesarios también en los Estados pre-existentes, en las viejas monarquías europeas (tan viejas que se remontaban, en varios casos, a finales de la Edad Media) que quisieron sobrevivir y adaptarse a las condiciones de legitimidad del mundo contemporáneo. Historiadores como Eugen Weber o Charles Tilly han estudiado el caso francés3, sin duda el proceso de este tipo más logrado, donde la construcción e implantación de un fuerte sentido de identidad común fue una política constante a partir de la tradición jacobina, impuesta principalmente por medio del sistema escolar y el servicio militar; fue éste un proceso en el que, a la vez que se expandían los derechos políticos y los servicios públicos, se erradicaban costumbres y lealtades locales que habían resistido el paso de los siglos. También en Inglaterra, a partir de finales del siglo XVIII y, sobre todo, durante el XIX, se inventaron las tradiciones nacionales [2]. Tras las revoluciones liberales, en resumen, aquellas venerables monarquías se vieron obligadas a vestirse de “naciones” para ser aceptadas por sus hasta entonces súbditos, ahora ciudadanos. Todas, en mayor o menor grado, intentaron esta operación de trasmutación, pero no todas lo consiguieron con la misma eficacia que Francia o Inglaterra. El imperio de los Habsburgo, el otomano, el zarista, los Estados papales o la república veneciana son ejemplos de actores de primera fila en la política europea durante más de un milenio que no supieron adoptar un ropaje nacional y desaparecieron.

Y aquí reside el interés del caso español. España, como escribió Juan Linz en 1973, es un caso de construcción estatal temprana combinada con una “nacionalización” o integración político-cultural incompleta4. Con la expresión “construcción estatal temprana” se refiere este autor, obviamente, a la monarquía creada por los Reyes Católicos, que abarcó toda la Península Ibérica excepto Portugal, es decir, que se estableció sobre unos límites casi coincidentes con los del actual Estado español. Este es un dato político básico que proyecta su sombra sobre todo el proceso posterior: la existencia de un Estado –una monarquía, tenderían a matizar hoy los historiadores, dadas las diferencias entre sus rasgos estructurales y los de un Estado moderno- dotado de una estabilidad sorprendente si se piensa en la volatilidad de otras fronteras europeas.

            Aunque consideremos éste el dato básico que inicia el proceso, de ningún modo debe entenderse por ello que, al asentarse en sus tronos Fernando e Isabel, “España” fuese un concepto completamente novedoso. Las naciones son identidades modernas, “inventadas”, en el sentido descrito, en las épocas moderna y contemporánea –sobre todo, en esta última-, pero no inventadas a partir de la nada. Si los constructores de las identidades modernas no saben o no pueden utilizar datos culturales previos al servicio de sus proyectos políticos, éstos están irremediablemente destinados al fracaso. Como ejemplo de la dificultad de una invención completamente artificial de este tipo, basta recordar la “Padania” de Umberto Bossi.

En el caso que nos ocupa, el término “Hispania”, y su sucesor España, se había venido utilizando ampliamente desde las Edades Antigua y Media, aunque en un sentido meramente geográfico e incluyendo siempre a Portugal. No parece que durante el medio milenio de dominación romana –ni, por supuesto, antes- se generase una conciencia de identidad cultural o política específicamente “hispana”, diferente a otras regiones europeas o provincias del imperio. Entre los siglos V y VII sí comienzan a surgir, en las historias particulares de los pueblos germanos invasores, algunas expresiones de identidad y orgullo específicamente “hispanos”, obra de obispos como Orosio, Hidacio o San Isidoro. Este último, en su Historia Gothorum, incluye un hermoso Laus Hispaniae, en el que conecta las gestas bélicas de un grupo humano, los godos, con la belleza y fecundidad incomparables del territorio hispano. Tales expresiones se repetirían en los reinos cristianos medievales, en parte por el interés de éstos en justificar su existencia, y su lucha contra los musulmanes, gracias a su supuesta continuidad con el reino visigodo y en parte por el interés de los propios cronistas, monjes u obispos, por idealizar la situación iniciada con Recaredo debido a una conexión especialmente afortunada, y supuestamente providencial, entre el catolicismo, la monarquía y una identidad colectiva que se describe como “española”. Obviamente, sin embargo, aquel mito goticista (aunque, al reaparecer en épocas muy posteriores, fuera utilizado ya en un sentido plenamente nacional) no tenía nada que ver con el nacionalismo contemporáneo, sino con la legitimidad de las monarquías y de la Iglesia.

El comienzo de la Edad Moderna no sólo fue el momento de la unificación de los reinos peninsulares a cargo de los Reyes Católicos, sino también el del acceso de la nueva monarquía hispana, heredada por los Habsburgo, a la supremacía europea. Esta supremacía se logró en parte por la habilidad diplomática y militar de los propios Fernando e Isabel, pero se debió también en parte a azares sucesorios y al afortunado descubrimiento colombino. En todo caso, fue un hecho inesperado, al tener su base en unos reinos, los hispánicos, ni muy ricos, ni poblados ni, sobre todo, dotados de experiencia en política internacional, pues hasta entonces habían permanecido en una situación relativamente marginal en Europa. No es de extrañar que, alrededor de aquellos sorprendentes éxitos diplomáticos y militares, se creara un halo carismático, no sólo a favor de la dinastía sino también de ese grupo humano, los “españoles”, que acumulaban triunfos sobre sus enemigos exteriores y que, por otra parte, vivían un período de gran creatividad cultural, expresado sobre todo por el teatro y la novela en castellano y la pintura del llamado Siglo de Oro.

Al mencionar los factores culturales que se añadieron a la unificación y el predominio político de la monarquía hispánica es imposible no recordar en lugar preeminente su identificación con el catolicismo contrarreformista. El historiador y antropólogo Benedict Anderson ha conectado el surgimiento de las identidades prenacionales al comienzo de la Edad Moderna con la Reforma Protestante y la expansión de la imprenta [3]. Según Anderson, la popularización de este último invento favoreció la difusión de libelos y la pugna ideológica, pero a la vez creó zonas unificadas, con miles de familias leyendo la palabra de Dios en una misma versión e idéntica lengua. De ahí el origen de unas culturas y estereotipos comunitarios, cuyo reflejo es ya patente en las obras de Erasmo o Bodino [4], que con el tiempo serían nacionales. Aunque todas las guerras de religión fueron internas, civiles, se presentaron como enfrentamientos con entes colectivos externos, enemigos de “nuestra forma de ser”.

El caso español no puede responder exactamente al modelo de Anderson, ya que en las sociedades católicas las autoridades eclesiásticas vedaron la lectura de la Biblia en lengua vernácula. Pero eso no quiere decir que no se generara también en la monarquía hispánica una fuerte identidad religiosa, en paralelo con las inequívocas posiciones pro-papistas adoptadas por los monarcas Habsburgo. Por otra parte, al tratarse de un territorio de frontera, que en la Edad Media se había caracterizado por la mezcla de razas y culturas, se produjo otro fenómeno de enorme impacto, y trágicas consecuencias, que por fuerza tuvo que generar también identidad colectiva: la limpieza étnica. Los propios Reyes Católicos expulsaron u obligaron a la conversión a judíos y musulmanes, y en los dos reinados siguientes los descendientes de aquellos, conversos o moriscos, fueron marginados por medio de los llamados “estatutos de limpieza de sangre”. Puede que en el origen de aquel esfuerzo hubiera un intento de superar la excentricidad, de hacerse aceptable a aquellos europeos que se habían sentido clásicamente escandalizados ante un mundo como el ibérico, “contaminado” de población no cristiana. Si fue así, la operación resultó fallida, pues los prejuicios se mantuvieron, y lo español siguió siendo identificado con la brutalidad y depravación “orientales”, que a finales del XVI se suponían demostradas por el propio sadismo inquisitorial contra las minorías disidentes. Medio siglo más tarde, para el resto del mundo “España” era el país del fanatismo, la crueldad y la fatuidad aristocrática, con personajes representativos como el temible inquisidor, los crueles tercios de Flandes, el conquistador avaricioso y genocida de indios, el Felipe II parricida, el noble engreído e inútil... Era una imagen muy negativa, pero también muy fuerte. Tan fuerte como su contrapartida, la que, tras largas décadas de tensiones, se había logrado imponer en el interior de la monarquía, marcada por la ortodoxia católica, la lealtad al rey, el sentimiento del honor, la antigüedad del linaje y la sangre “limpia” [5].

            Esta identidad generada a lo largo de los siglos de la Edad Moderna daría lugar a diversos problemas en el futuro. En parte, por el hecho de que lo que desde fuera se percibía como “España” no era un reino, sino un complejo agregado de reinos y señoríos con diferentes leyes, contribuciones e incluso monedas. En parte también, por la confusión del conjunto étnico con la institución monárquica en sí misma, así como por la ausencia de alternativas a la monarquía (la más llamativa, la nobleza, incapaz de presentarse como conjunto estructurado y representativo del reino) que tomaran sobre sí la tarea de construir la identidad colectiva. Pero los problemas se derivarían sobre todo de las dificultades con que los ilustrados primero y los liberales después se iban a encontrar para conciliar aquella identidad cristiano-vieja, nobiliaria y contrarreformista con su proyecto modernizador (lo cual les convertiría en fácil blanco de los ataques de los sectores conservadores como “antipatriotas”) [6].

            Apenas hay espacio en esta ponencia para hablar del siglo XVIII, etapa interesante de transición hacia el conflictivo período de la revolución liberal. Digamos solamente que la sustitución de la dinastía Habsburgo por los Borbones, y el deseo de rectificar el curso de­cadente de la era anterior, dio lugar a un giro político bastante radical que tomó como modelo a la Francia de Luis XIV. Se hicieron esfuerzos por centralizar el poder y homogeneizar jurídica y políticamente del territorio, a la vez que la propia monarquía iba pasando paulatinamente a presentarse como “reino de España” (un reino que, al desprenderse de los territorios flamencos e italianos y aceptarse como hecho consumado la independencia portuguesa, se identificó cada vez más con lo que hoy entendemos por tal nombre). El fomento de las “luces”, por otra parte, con objeto de modernizar la sociedad y hacer que creciera la economía y, con ella, los recursos del erario real, se vinculó con la intención, por primera vez explícita, de construir una identidad cultural colectiva ligada al Estado, y que por tanto puede empezar a llamarse ya pre-nacional. Las Reales Academias serían el ejemplo más evidente de este esfuerzo cultural, y hay múltiples y muy elocuentes testimonios, en terrenos tales como la historia o la literatura, de esta nueva conciencia que anuncia la era nacional. Pero hay también testimonios de otro tipo, como los avances en el terreno de los símbolos: la bandera roja y gualda, establecida por Carlos III como “bandera nacional” para la marina de guerra, o la “Marcha de Granaderos”, compuesta también en aquel reinado y que acabaría siendo “Marcha Real” e himno nacional, son claros embriones del futuro proceso de nacionalización.

Si la “invención de la tradición” fuera tan fácil como dan a entender algunos teóricos actuales, el proyecto ilustrado hubiera triunfado, porque disponía de todas las bazas en su poder (para empezar, de la baza ganadora en época de absolutismo, como era el apoyo real). Pero aquel temprano nacionalismo de los ilustrados se encontró con dificultades derivadas, sobre todo, del casi imposible engarce de su proyecto modernizador con las tradi­ciones heredadas. Para lograr sus objetivos, los reformistas borbónicos se veían obligados a rectificar o eliminar muchos hábitos y creencias populares muy arraigados, pero culpables, para cualquier mente ilustrada, de la deca­den­cia anterior. Los círculos conservadores no dejarían de usar esta contradicción para acusar a los reformistas de antipatriotas o enemigos de la “tradición”.

Este obstáculo con que se enfrentaron los ilustrados no haría sino agravarse con sus sucesores liberales, privados ya del apoyo regio. Pese a desaparecer al comienzo mismo del siglo XIX la figura del monarca ilustrado, para dar paso a su opuesto, aquella centuria pareció comenzar de una forma que sólo podía considerarse positiva desde el punto de vista de la construcción nacional: con una guerra que, por mucha que fuera su complejidad, quedó registrada en la memoria de las generaciones siguientes como un movimiento popular, espontáneo y unánime contra un invasor extranjero. A continuación se sucedieron, además, seis u ocho décadas en las que los creadores de cultura se dedicaron a reformular la historia, la literatura, las artes e incluso las ciencias en términos nacionales, de forma muy semejante a lo que se estaba haciendo en otros países europeos. En el interior parecía, por tanto, irse creando, sin aparentes problemas, una sólida identidad española, en sentido ya plenamente nacional, es decir, tal como la definía la Constitución gaditana: como el pueblo depositario de la soberanía política sobre este rincón del universo.

En el exterior, a la vez, el romanticismo hacía cambiar la imagen procedente de los tiempos de la “Leyenda Negra”. Frente a la agresividad del mundo protestante temprano, y frente a los desprecios y burlas de los ilustrados hacia el país “decadente” y ridículo, los viajeros ingleses o franceses del XIX, sin cambiar el contenido de sus descripciones, variaban por completo su valoración, que pasaba a ser admirativa. Un rápido repaso a los textos de Lord Byron, Victor Hugo, Gautier o Mérimée, o una ojeada a los grabados de Gustavo Doré, permite constatar la imagen oriental y arcaizante de España (alrededor del flamenco, el taurinismo, las procesiones, las ejecuciones por garrote vil, el alhambrismo) en la que se complacen los románticos. El país seguía siendo visto como muy atrasado, en relación con Europa, pero la nueva sensibilidad romántica valoraba ahora el atraso, considerado fidelidad a la propia identidad; nadie negaba que la intolerancia religiosa siguiera imperando en la Península, pero bajo tal intolerancia los observadores detectaban una profundidad y sinceridad de creencias ante las que no podían por menos de admirarse, frente al “escepticismo” y “materialismo” que creían dominante en las sociedades de donde ellos provenían.

            Nadie, por tanto, ni fuera ni dentro, dudaba hacia 1850 de que existiera una “forma de ser” española, un carácter que figuraba entre los cinco o seis más marcados de Europa. Y, sin embargo, el siglo XX recibió del XIX una identidad nacional problemática. Sobre las posibles causas de esta orientación relativamente fallida del proceso de construcción nacional versarán las restantes páginas de este artículo.

El primer dato que debe anotarse fue, sin duda, la debilidad política y económica del Estado. Política, porque fue un sistema en perpetuo cambio (de absolutismo a liberalismo, de monarquía a república; dentro de la monarquía, de una dinastía a otra, y, dentro de la república, de unitaria a federal) y, por tanto, con una legitimidad constantemente cuestionada. Cualquiera que fuera la situación, siempre había importantes sectores de la opinión que no se sentían representados por quienes ocupaban el poder. ¿Cómo elaborar símbolos políticos compartidos por todos? Todos los símbolos fundamentales de la comunidad -bandera, himno, fiesta nacional- tenían en la España del XIX dos o tres versiones, correspondientes a las diferentes facciones políticas.

A ello se añadían las penurias financieras de la monarquía. Cargada con una deuda pública que venía de las guerras de finales del XVIII y se había agravado con los conflictos napoleónico y carlista, la mayor preocupación de cualquier ministro de Hacienda a lo largo del siglo fue cómo pagar los intereses de esa deuda para el año siguiente. En tal situación, era imposible crear servicios públicos, carreteras, hospitales, escuelas. El Estado no podía moldear de forma profunda ni duradera la vida social. Y no sólo por falta de recursos. La enseñanza, terreno crucial para la nacionalización de la sociedad, se abandonó en manos de la Iglesia en buena medida porque los gobernantes conservadores pensaban que la religión seguía siendo el lazo social esencial.

Un problema que quizá esté en la raíz de la debilidad del proceso nacionalizador español en el siglo XIX es que carecía de objetivos definidos. Los nacionalismos son construcciones culturales que pueden servir para múltiples objetivos políticos: la modernización de la sociedad o, por el contrario, la preservación de tradiciones heredadas frente a la modernidad; la formación de unidades políticas más amplias o, al revés, la fragmentación de imperios multiétnicos en unidades más pequeñas que se independizan; el fortalecimiento del Estado, por medio de su expansión frente a Estados vecinos o rivales, o por la asunción de áreas y competencias que previamente le eran ajenas... En el caso español, durante los primeros treinta años del XIX, la potenciación de la identidad nacional corrió a cargo de los liberales revolucionarios y estuvo vinculada a su proyecto modernizador. Pero éste era un proyecto minoritario, que ante el cúmulo de obstáculos que se le enfrentaron se hallaba, hacia las décadas centrales del siglo, empantanado. Algo semejante ocurrió en otras sociedades europeas, y el pacto entre los sectores liberales (capas intelectuales y profesionales y burguesía comercial e industrial) y las antiguas oligarquías o restos nobiliarios no fue, en absoluto, un fenómeno exclusivo de España. Pero, hacia el fin de siglo, en esos otros países se había encontrado un objetivo que acompañaba o sustituía a la revolución liberal como pretexto o acicate para el impulso nacionalizador: la expansión imperial. Y tampoco la construcción de un imperio era un proyecto posible para la débil monarquía española de aquel período. Ni funcionó como objetivo la Unión Ibérica, pese a ser un ideal acariciado durante largo tiempo por círculos minoritarios, tanto en España como en Portugal. Ni se podía pensar en movilizar al país alrededor de la reclamación de un territorio irredento, como Gibraltar, dada la incontestable superioridad militar de los ingleses en el momento.

Al revés que el resto de las monarquías europeas, la española había iniciado la Edad Contemporánea perdiendo la casi totalidad de su imperio americano, lo que la relegaría a una posición irrelevante en el complicado y competitivo tablero europeo de los siglos XIX y XX. Porque, pese a la decadencia de los últimos Habsburgo, lo que desde fuera -y, cada vez más, desde dentro- se llamaba “España” había seguido siendo una potencia europea de considerable relieve hasta finalizar la Edad Moderna, como prueba su participación en todas las contiendas europeas de alguna importancia. A partir del final del ciclo napoleónico, sin embargo, dejó radicalmente de participar en ellas. En un período de tan frenética actividad europea como fue el siglo XIX y primera mitad del XX, el Estado español se vio obligado a mantener una actitud pasiva, de “recogimiento”, según el célebre eufemismo de Cánovas.

Lo que se enseñaba, en definitiva, a los niños españoles para fomentar su orgullo nacional en ese período eran glorias pretéritas, aparentemente renovadas hacía poco con la guerra contra Napoleón, pero sin incitación a ninguna empresa nueva. Ello explica que tanta inestabilidad interna y tanta ausencia de protagonismo internacional se impusieran sobre las exhibiciones retóricas en torno a Numancia o las Tres Carabelas y que, en la práctica, circulara una imagen muy negativa de la propia identidad colectiva. Los grabados de la prensa satírica del XIX reflejan quizás con mayor elocuencia que ninguna otra fuente una España representada de forma auto-conmiserativa: como madre crucificada o enferma de muerte, desesperada ante las perpetuas peleas de sus hijos o desangrada por políticos sin escrúpulos; acompañada en ocasiones por su clásico león, pero ahora cabizbajo y exangüe. No es una imagen triunfal, como las que se elaboran en la Francia o Inglaterra del momento. Más bien recuerda a una Virgen Dolorosa, tan típica del imaginario católico, abrumada por la muerte de su Hijo. Mucho antes de que la guerra cubana se iniciara, se detectaba así un ambiente lúgubre que no estaba tan lejos del que luego emergió con el “Desastre” [7].

Esta nueva guerra, la de Cuba, dejó definitivamente al descubierto la vacuidad de las glorias recitadas en los libros de historia nacional. Aunque la guerra comenzó también con una retórica disparatada (los advenedizos yanquis, desconocedores de nuestras gestas históricas, se atreven a retar al invencible pueblo español...), su desarrollo fue humillante: en dos breves batallas navales, mero ejercicio de tiro al blanco por parte de los buques norteamericanos, fueron hundidas las dos escuadras españolas de las Filipinas y de Cuba. Tras aquel espectáculo, las mentes pensantes españolas se entregaron a un ejercicio de autoflagelación colectiva. El “Desastre” generó una enorme literatura sobre el llamado “problema español”. Pero, a la vez, se observó una considerable pasividad popular, lo que fue interpretado en aquel momento como un síntoma más de la “degeneración de la raza”. Hoy podemos intuir que fue el resultado lógico de aquel siglo XIX en el que no se había “nacionalizado a las masas” por medio de escuelas, ni fiestas, ni símbolos nacionales (bandera, himno, monumentos, nombres de calles) [8].

La desmesurada reacción de las élites, interpretando en términos colectivos y raciales lo que no era sino un fracaso del Estado, se entiende también por las circunstancias hasta aquí expuestas. Por un lado, por el proceso nacionalizador, que a ellos, las élites escolarizadas, sí les había afectado. Por otro, entre los intelectuales de mayor entidad, porque esta crisis nacional coincidió con la del racionalismo progresista que había dominado todo el XIX. De ahí los disparatados planteamientos de un Ganivet, que equipara el problema de España al dogma de la Inmaculada Concepción de María, o las soluciones políticas arbitristas, autoritarias y melodramáticas que tantos otros proponen para regenerar el país. En definitiva, no hay que olvidar que, pese a que apelaran tanto a la modernización o europeización de España, ni siquiera eran unos intelectuales en contacto con el mundo moderno, exceptuando quizás los terrenos estéticos. No conocían el mundo industrial, sino que procedían de clases medias provincianas, básicamente de rentas agrarias, y no sentían afición por los problemas económicos ni por los científicos o técnicos [9]. Sus mayores creaciones fueron literarias, en general a partir de la fusión de la crisis nacional con su crisis de conciencia individual.

            La complicada reacción posterior al 98 fue decisiva para la España del siglo XX. La derrota cubana suscitó una crisis gravísima, no de tipo económico ni político inmediato, sino de conciencia. Todas las fuerzas políticas, y el conjunto de la opinión, se convencieron de que eran inevitables profundas reformas para “regenerar” al país, un término que, desde luego, significaba cosas muy diferentes para los diversos sectores o fuerzas políticas. Tras unos años de desconcierto, aquellas propuestas complicadas, críticas y contradictorias de la generación del 98 se fueron viendo sustituídas por un “casticismo” más sencillo y optimista. Fueron los años de José María Salaverría o Eduardo Marquina [10]. Fue la nueva fase de la guerra de África, a partir de 1920, en la que surgieron los únicos himnos patrióticos que alcanzaron popularidad, como “Banderita, tú eres roja” o “Soldadito español”. Fue el festival españolista de Primo de Rivera, con banderas o cuadros histórico-nacionales reproducidos en los sellos de correos, insignias para la solapa o cubiertas de turrones. Es significativo que el dictador invocara siempre a la nación, y no al rey, como símbolo de la unión y de la legitimidad política.

            Esta reacción nacionalizadora era excesivamente tardía y se topaba con dos tipos de problemas. El primero era que las élites modernizadoras se sentían ya atraídas por ideales nuevos, ajenos, o incluso incompatibles, con el esfuerzo nacionalizador español. Por un lado había surgido con gran fuerza el mito de la revolución social, la construcción de una sociedad justa e igualitaria por medio de la colectivización de bienes; y los intelectuales y las élites descontentas tendían a sentirse atraídas por el socialismo, o incluso el anarquismo, y a partir de 1917 por el comunismo. Por otro lado, desde el comienzo de siglo iban ganando fuerza los nacionalismos alternativos al español, y en especial el catalanismo ejercía gran atractivo sobre las élites culturales barcelonesas.

El segundo tipo de problemas fue que la participación del Estado en la tarea nacionalizadora seguía siendo todavía escasa. El propio rey inauguró con gran pompa, como monumento principal de su reinado, el Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles. Y España se abstuvo de intervenir en la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento más importante del primer tercio de siglo. Lo cual ahorró millones de vidas y benefició grandemente a la economía, pero hubo intelectuales y políticos –desde Unamuno a Azaña, pasando por Lerroux- que fueron partidarios de intervenir porque veían en ella la única vía para la nacionalización de la sociedad, tarea que consideraban imprescindible para afianzar el Estado y modernizar el país.

Sin embargo, y pese a no participar en aventuras bélicas, la obsesión por la “regeneración” de España hizo que todo el primer tercio del siglo XX fuera una época de muy fuertes cambios modernizadores. Diferentes partidos y regímenes, desde el conservador Maura al anticlerical Canalejas, y desde la monarquía parlamentaria hasta la dictadura de Primo, coincidieron en construir carreteras, pantanos, escuelas, tal como había pedido Joaquín Costa. Quizá nada resuma mejor la transformación del país que su intensa urbanización. Millones de campesinos abandonaron el mundo rural y se integraron en una España urbana que se duplicó entre 1900 y 1930, y en la que emergió una cultura laica, moderna, emancipada de clérigos y caciques. Fue este inicio del despegue modernizador, más que una opresión o una miseria seculares e insoportables, el que explica los resultados electorales de abril de 1931 y las tensiones políticas de la década iniciada entonces.

Con la II República, pareció haber triunfado al fin el proyecto modernizador y el nacionalismo laico y liberal, herencia del siglo XIX. Considerando la pedagogía clave de la transformación, el nuevo régimen volcó sus esfuerzos en la creación de escuelas y la formación de maestros. Sus gobernantes estaban motivados sin duda por un impulso patriótico, ya que deseaban la transformación del país para ponerlo en condiciones de competir con sus vecinos europeos. Pero resurgió el clásico problema de las élites modernizadoras españolas, obligadas a imponer cambios que atentaban contra sentimientos y tradiciones seculares, y en particular el catolicismo. Cambios necesarios, en muchos casos, pero prescindibles en otros, como los de la bandera, el himno o la fiesta nacional, producto del sectarismo y la falta de habilidad de los nuevos dirigentes, y que restaron capacidad integradora a un régimen convertido en partidista.

Todo ello facilitó la movilización de una oposición anti-republicana que adoptaría como consigna la defensa de las tradiciones y creencias, en especial religiosas. La Guerra Civil de 1936-1939, en la que culminó aquel intento de cambio político, fue, entre otras cosas, un conflicto entre las dos versiones de la nación que venían del XIX: la liberal, laica y progresista, y la católico-conservadora. Fue un conflicto muy complejo, en el que hubo aspectos internacionales (tropas y armamento proporcionados por Hitler, Mussolini y Stalin), aspectos sociales (lucha de clases), culturales (la España laica contra la católica), diversas concepciones de la estructura estatal (tensiones centro-periferia), enfrentamiento entre la España urbana y la rural... La propaganda de ambos bandos simplificó toda esta maraña en términos nacionalistas: “España” luchaba contra sus enemigos exteriores. Tanto Franco como la República pretendían repeler una “invasión extranjera” e invocaban a Numancia o el Dos de Mayo como precedentes de su lucha. Obviamente, quienes acabaron ganando esta batalla propagandística, y apropiándose del adjetivo “nacional”, fueron los franquistas [11].

Durante la Guerra, y en especial a partir de su finalización, se inició, por fin, una intensísima etapa de nacionalización de masas. La España autárquica de los años cuarenta se vio sometida a un verdadero diluvio propagandístico en términos patrióticos: fiestas nacionales, cruces de los caídos, desfiles, himnos, campamentos juveniles, películas, hasta tebeos infantiles... Pero, de nuevo, era demasiado tarde y, sobre todo, aquella campaña de nacionalización carecía de capacidad –y de voluntad- integradora. En la nueva España sólo cabía lo católico-conservador. Había serias inten­ciones de borrar de la historia (y del presente, por medio del pelotón de fusilamiento) a todo intelectual heterodoxo, lo cual incluía a un Pérez Galdós entre los ya fallecidos o a la práctica totalidad de las generaciones del 98 o del 27 entre los todavía vivos. Era excesivamente sectario. En segundo lugar, aquella forma de implantar una identidad nacional era dema­siado brutal, impuesta por la fuerza: se humilló a catalanes católicos y conservadores con los “no hables como un perro” o “habla la lengua del imperio”. En tercero, toda esta mitología nacionalista se mezclaba con la propaganda del régimen; al final de la saga de pérdidas y recuperaciones nacionales, aparecía siempre el Caudillo como redentor del país frente a la última y más reciente amenaza, la del bolchevismo y el separatis­mo. No hay que olvidar que el “¡Arriba España!” se veía inevitablemente acompañado de un “¡Viva Franco!”. Medio país, al menos, se sentía ajeno a aquel conjunto de mitos y símbolos, aunque no pudiera expresarlo.

            A la presión nacionalizadora de tipo totalitario típica de la primera fase del régimen franquista se añadieron los límites intelectuales que, tanto sobre el régimen como sobre la oposición, imponía el planteamiento mismo de los problemas políticos del país en términos de “carácter” o “esencia nacional”. Hasta casi un cuarto de siglo después de terminada la guerra siguió produciéndose, tanto entre los intelectuales del interior como entre los exiliados, una considerable literatura sobre el llamado “problema español” en términos raciales y esencialistas. La intensidad del planteamiento nacionalista se detecta incluso en la propaganda difundida por los propios “maquis” o guerrilleros antifranquistas, donde abundan los llamamientos a favor de la lucha por “la reconquista de España, mi patria, independiente y libre...”, o los ataques contra Franco por ser agente al servicio del imperialismo germano. “¡Español!”, termina alguna de estas proclamas, “Tus compatriotas te esperan. La liberación nacional de ti lo exige. [...] Se ama o no se ama a España [...] Piensa en tu Patria sojuzgada y envilecida. Piensa en España, en sus sufrimientos...” [12]

Si esto era así en el terreno de la lucha armada, en el intelectual no se quedaban atrás. Como venían haciendo desde 1898 hasta finales de los años cincuenta, poetas e intelectuales –tanto del interior como del exilio- siguieron cultivando todo un género literario sobre el llamado “problema de España”, que conectaba con la literatura del XVII sobre la decadencia y la del 98 sobre el “fracaso” español, a lo que se sumaba ahora el cainismo racial demostrado por la Guerra Civil. El tema aparece de manera casi obsesiva en la creación literaria, con desgarrados cantos a una España mítica y mística, madrastra devoradora de sus hijos, “miserable y aún bella entre las tumbas grises...”, como escribe Cernuda. En el terreno ensayístico, fue célebre la polémica desarrollada en el exilio entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. Para todos ellos, la pregunta fundamental seguía siendo: ¿a qué se debe el fracaso español ante la modernidad? Y la culpa se trasladaba, como es propio de todo planteamiento nacionalista, hacia el exterior: no en el espacio, en este caso, sino en el tiempo. Para unos tenía que ver con las guerras civiles romanas, en parte desarrolladas en territorio ibérico, o con la belicosidad cristiana de la Reconquista. Ortega, en los años veinte, había culpado a los visigodos, a su incapacidad de renovar y vigorizar la civiliza­ción romana, creando un feudalismo potente, con “minorías rectoras”. Frente a él, Albornoz defendía a los visigodos, pero no dudaba de que un “homo hispanus” había existido desde la noche de los tiempos, anterior desde luego a la invasión romana. Américo Castro, con mayor sentido histórico, negaba la posibilidad de llamar “españoles” a los iberos o a los visigo­dos. Para él, la “morada vital” española se había formado en la Edad Media, con la convi­vencia de tres razas y religiones. Pero la represión de esa libertad medieval en los siglos modernos había hecho que las élites españolas vivieran en un constante “desvi­vir­se”, conflictivo y agóni­co. Con lo que Castro acababa elaborando también una especie de esencia nacional que explicaba desde el terrorismo anarquista a los nacionalismos periféricos o la Guerra Civil [13].

El anacronismo de tales planteamientos resultó patente tras la II Guerra Mundial, cuando los excesos nazis desprestigiaron de manera fulminante las teorías raciales, y era casi surrealista que en plena era atómica se debatiera con tanto ardor entre Princeton, California y Buenos Aires sobre si la responsabilidad de la Guerra Civil española debía recaer sobre los visigodos o sobre la represión inquisitorial. Finalmente, hacia finales de los años 1950 se produjo una reacción, tanto desde el interior de España como desde el exterior. Intelectuales más jóvenes (como Francisco Ayala, Maravall o Caro Baroja) denunciaron la irrelevancia de estos debates alrededor de lo que calificaron de “mito de los caracteres nacionales”; frente a lo que no dejó de replicar airadamente Salvador de Madariaga [14].

Curiosamente, cuando las discusiones sobre esencia de España empezaban a resultar obsoletas, la obsesión por la identidad renació en la Península bajo la forma de los nacionalismos periféricos. Especial éxito tuvieron el catalanismo y el vasquismo como fuerzas de oposición al último franquismo, pero a ellos se añadió, en los años de la transición, un verdadero festival de identidades locales o regionales que se distanciaban de lo español. No sólo en Galicia, Andalucía, Baleares o Canarias, sino incluso en la Rioja, Cantabria o Murcia, zonas donde nunca había existido conciencia nacionalista, se explotaron todos los rasgos culturales de tipo diferencial con objeto de conseguir ventajas en el proceso de descentralización política que se abría. Todas las fuerzas políticas buscaban distanciarse del franquismo, y una de las maneras de hacerlo era buscar antepasados culturales que permitieran proclamarse nacionalidad oprimida por “España”. Y es que, a medida que habían pasado los años, el régimen franquista se había ido asociando con la imagen de “atraso” o “excepcionalidad” política europea, al menos entre las generaciones jóvenes, y en especial entre quienes viajaban o conseguían mantener algún contacto con el mundo exterior. Y fundida con el régimen se hallaba la exaltación de la identidad nacional, consiguiendo hacer olvidar que había existido un españolismo liberal. Esta identificación de lo español con la dictadura, el subdesarrollo y la brutalidad, frente a la democracia y la modernidad representadas por Europa, era especialmente fuerte en las zonas industrializadas, y más cercanas a Francia, como Cataluña o el País Vasco.

La Constitución de 1978 ha reconocido, por fin, la diversidad cultural de España y ha establecido un régimen descentralizado, cuasi-federal, basado en las “comunidades autónomas”, sentando en su artículo segundo la soberanía sobre una identidad un tanto ambigua: una España de unidad “indisoluble”, compatible con la existencia de unas “nacionalidades” en su interior. En definitiva, la identidad nacional española se está redefiniendo, alrededor de la lealtad al sistema constitucional y el reconocimiento de la diversidad cultural del país. Todo ello dentro de un proceso general de redefinición de las identidades colectivas en el mundo entero, enfrentado ahora con problemas radicalmente nuevos, como la globalización cultural y económica o la “guerra de civilizaciones”, que han alterado los planteamientos clásicos del nacionalismo.

Paradójicamente, este largo recorrido histórico nos lleva, pues, a concluir que, en el caso que nos ocupa, el factor decisivo no es el peso de la historia, especialmente el de la historia más antigua. Los conflictos actuales, lejos de proceder de agravios o reivindicaciones que se remonten a la noche de los tiempos, se han originado en un pasado relativamente reciente: los problemas políticos del siglo XIX; y, mucho más cerca aún y más importante, el franquismo. Y nuevos fenómenos acaecidos dentro y fuera del país en las últimas décadas han alterado radicalmente los conflictos identitarios. Piénsese en las reformas democráticas de los setenta, que han dotado al régimen político actual de una legitimidad desconocida por cualquiera de sus antecesores; el crecimiento económico, que viene de los sesenta pero no ha dejado de continuar en los años siguientes, y ha hecho sentir, por fin, a los españoles que pertenecen a una nación moderna, “normal” en Europa; la pertenencia misma a la Unión Europea y a otras instituciones u organismos supranacionales, que han reforzado también la legitimidad del Estado; o los nuevos fenómenos migratorios, con oleadas de magrebíes o latinoamericanos que, lógicamente, deberán alterar los cleavages o líneas divisorias entre sectores culturales en el país... No parece posible que, tras tanto cambio, los conflictos culturales y los sentimientos de identidad colectiva puedan mantenerse en sus tradicionales planteamientos nacionalistas.

Notas


* El presente texto fue publicado en una primera versión en Historia Mexicana (Octubre-Diciembre, 2003) vol. LIII, nº 2, pp. 447-468. Se pidió permiso a El Colegio de México para su reproducción en la Revista Circunstancia..

1 Gellner, E., Nations and Nationalism, Oxford, Blackwell, 1983; Hobsbawm, E., Nations and Nationalism since 1780, Cambridge U.P., 1990 (trad. esp., Barcelona, Crítica).

2 Hobsbawm, E., y Ranger, T., The Invention of Tradition. Cambridge U.P., 1983.

3 Weber, E., Peasants into Frenchmen. The Modernization of Rural France, 1870-1914, Stanford U.P., 1976; Tilly, Ch. The Formation of National States in Western Europe, Princeton U.P., 1975.

[2]   Hobsbawm y Ranger, The Invention..., cit.; para el caso alemán, v. Mosse, G., The Nationalization of the Masses. Political Sym­bolism and Mass Movements in Germany from the Napoleonic Wars Through the Third Reich. N.Y., Fertig, 1975.

4 Linz, Juan J., "Early State-building and late Peripheral Nationalism against the State: The Case of Spain", en Eisenstadt, S. N., y Rokkan, S., eds., Building States and Nations, Londres, Sage, 1973, vol. 2, pp. 32-112.

[3] Anderson, B., Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, N. York: Verso, 1983 (2ª ed., expandida, 1991).

[4] Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, cap. IX; Jean Bodin, Los seis libros de la República, V, cap. I.

[5] Álvarez Junco, J., "España: El peso del estereotipo", Claves de Razón Práctica, 48 (1994), pp. 2-10.

[6] Álvarez Junco, J., “Identidad heredada y construcción nacional. Algunas propuestas sobre el caso español, del Antiguo Régimen a la Revolución liberal”. Historia y Política, nº 2, 1996, pp. 123-146.

[7] Álvarez Junco, J., Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2001, caps. X-XII.

[8] Álvarez Junco, J., “La nación en duda”, en Juan Pan-Montojo (coord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo, Madrid, Alianza, 1998, pp. 405-475.

[9]   Litvak, Lily: A Dream of Arcadia. Anti-Industrialism in Spanish Literature. U. of Texas Press, 1975.

[10] Salaverría, J. M., La afirmación española. Estudios sobre el pesimismo español y los tiempos nuevos, Barcelona, Gustavo Gili, 1917; de Eduardo Marquina, múltiples poemas y célebres obras de teatro, como En Flandes se ha puesto el sol; son también los años del Emoción de España, de M. Siurot, La Patria española, de E. Solana, y, poco después, la Defensa de la Hispanidad, de R.de Maeztu.

[11] Álvarez Junco, J., “El nacionalismo español como mito movilizador. Cuatro guerras”, en Cruz, R., y Pérez Ledesma, M., eds., Cultura y Movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, pp. 35-67.

[12] Cfr. Nueva Historia, Septiembre 1977 (Año I, nº 6), número monográfico dedicado a los maquis o guerrilleros antifranquistas.

[13] Castro, A., La realidad histórica de España, 1954 (3ª ed., México, Porrúa, 1966) u Origen, ser y existir de los españoles, Madrid, Taurus, 1959; Sánchez Albornoz, C., España, un enigma histórico, Buenos Aires, Edhasa, 1960. De Ortega y Gasset, J., España invertebrada, 1921, reed. en Madrid, Revista de Occidente, 1959.

[14] Ayala, F., Razón del mundo. La preocupación de España. México, Univ. Veracruzana, 1960; o España, a la fecha, Buenos Aires, Sur, 1965 (pp. 99-125: “El problema de España”). Caro Baroja, J., El mito del carácter nacional. Meditaciones a contrapelo, Madrid, Seminarios y Ediciones, 1970; o Las falsificaciones de la historia (en relación con la de España), Barcelona, Seix Barral, 1992. Maravall, J. A.., “Sobre el mito de los caracteres nacionales”, Revista de Occidente, 1963 (2ª ép., nº 3), pp. 257-276;  Madariaga, S. de, “Sobre la realidad de los caracteres nacionales”, Revista de Occidente, 1964 (2ª ép., nº 16), pp. 1-13.

Resumen:
El ensayo plantea, tras realizar un recorrido por las interpretaciones de la historia de España, que el factor decisivo para la construcción de la identidad nacional no radicó en el peso de la historia, y menos especialmente en la historia antigua. Se explica que: a) los conflictos actuales --lejos de proceder de agravios o reivindicaciones que se remonten a la noche de los tiempos-- se han originado en un pasado relativamente reciente; b) los nuevos fenómenos acaecidos dentro y fuera de España en las últimas décadas del siglo XX han alterado radicalmente los conflictos identitarios; y c) no parece, en consecuencia, posible defender que los conflictos culturales y los sentimientos de identidad colectiva puedan mantenerse en sus tradicionales planteamientos nacionalistas.

Palabras clave:
Nacionalismo, identidad, patria, historia, región, autodeterminación, Estado, España, territorio, reinos, monarquía, república, política, guerra, federación, Constitución, unidad, elites, descentralización.

Abstract:
This essay, a trip through time that depicts the interpretations of Spanish history, suggests that the decisive factor in building a national identity is not weighted on history, and far less on the interpretation of ancient history. It goes on to explain that: a) current conflicts do not stem from offenses or political claims that arise in the distant past, yet actually have origins from a past that is relatively recent; b) recent phenomena that have taken place in and outside of Spain at the end of the 20th century have radically altered these identity conflicts; and c) consequently, it does not seem possible to defend the idea that cultural conflicts and feelings of collective identity will be viewed with the same traditional nationalistic thoughts.

Key Words:
Nationalism, identity, native land, history, region, selfdetermination, State, Spain, territory, kingdoms, monarchy, republic, politics, war, federation, Constitution, unity, elites, decentralization


 

2006 Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset