Introducción
El desafío del nacionalismo
La fascistización del nacionalismo
Eclipse y retorno del nacionalismo
Introducción
Los
editores de la Encyclopedia of Modern Separatist Movements
publicada por la editorial norteamericana ABC-CLIO en el año
2000 escribían en la primera línea de la Introducción al libro:
“De Kosovo a Cachemira, de Irlanda del Norte a Nigeria, la mayoría
de conflictos hoy en el mundo son conflictos étnicos sobre el
territorio”. La afirmación, hecha antes de que otros conflictos
(terrorismo islámico, guerras de Afganistán e Irak) acaparasen
la atención del mundo, era en aquel momento cierta. En el año
indicado, 2000, el nacionalismo era, en efecto, fuente de problemas
políticos de innegable, pero distinta, complejidad y difícil
resolución (a menudo, si bien no necesariamente, acompañados
de violencia) en regiones tan dispares y diferentes como Oriente
Medio, el País Vasco y Cataluña, Irlanda del Norte, Escocia
y Gales, Chechenia, Chipre, Cachemira, Sri Lanka, Indonesia,
Quebec, Córcega, Georgia y el Kurdistán. La disolución de la
Unión Soviética en 1991 y de Yugoslavia a partir de 1992 había
dado lugar a la creación de veinte nuevas naciones; las guerras,
un total de cinco, que estallaron en los Balcanes tras la desaparición
de Yugoslavia por enfrentamientos entre los antiguos estados
federales de la región (Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina,
Macedonia...), o por reivindicaciones y aspiraciones nacionalistas
de los mismos o por conflictos étnico-nacionalistas en su interior,
habían provocado la muerte de unas 300.000 personas.
El
nacionalismo continuaba siendo, por tanto, una realidad y un
problema histórico de amplia significación. Era además, como
dijera Orwell en unas “Notas sobre el nacionalismo” que escribió
en octubre de 1945, un tema inmenso. Primero, por nacionalismo
habría que entender muchas cosas: procesos de construcción de
estados nacionales; teorías regionalistas o independentistas;
reivindicaciones etno-nacionales y etno-lingüísticas; sentimientos
de pertenencia a una nación o nacionalidad; doctrinas políticas
basadas en la exaltación de la idea de patria y en la movilización
emocional de masas; movimientos o partidos políticos explícitamente
nacionalistas. Segundo, en su conocido ensayo sobre el concepto
de “nacionalidad” que escribió en 1862, en el que debatía algunas
de las ideas y tesis del patriota italiano Mazzini, Lord Acton
(1834-1903), el historiador inglés, puso ya de relieve, cuando
el nacionalismo era aún una fuerza liberadora y democrática
y no habían aparecido sus desviaciones integristas, totalitarias,
imperialistas y xenofóbicas, la naturaleza contradictoria del
nacionalismo. Acton veía al nacionalismo oscilar entre dos ideas
que a él se le antojaban opuestas e irreconciliables: entre
la teoría política de la libertad y el principio de la unidad
nacional. Acton estaba en lo cierto. La teoría moderna de la
libertad se fundamentaría en valores cívicos, en los derechos
del individuo y del ciudadano, las libertades civiles, la ausencia
de toda coerción, y en la afirmación del pluralismo; el nacionalismo,
en los derechos colectivos (de pueblos, naciones, nacionalidades),
en la nación, la nacionalidad y la etnicidad como valores supremos
y absolutos, y en la visión de la comunidad nacional como una
realidad homogénea y unida, propia y distinta, cuya realización
sería un derecho histórico y una exigencia irrenunciable. Ciertamente,
la fuerza y vigencia del nacionalismo se derivarían, probablemente,
de su capacidad como elemento de cohesión social y de la importancia
de los sentimientos de grupo como factor de vertebración de
la sociedad; pero el nacionalismo sería también, muchas veces,
una forma de hacer política y, por tanto, una estrategia de
poder.
El desafío del nacionalismo
En cualquier caso, en las últimas décadas del siglo
XIX y primeros veinte años del siglo XX, el nacionalismo experimentaría
una importante transformación: fue entonces cuando se transformó
en un hecho de masas. Ello tendría múltiples consecuencias,
y ante todo dos: la proliferación de movimientos nacionalistas
en toda Europa y la irrupción definitiva del nacionalismo en
Asia y África; la cristalización del nacionalismo como principal
factor de desestabilización de la política europea.
Primero, desde los últimos
años del siglo XIX, con Maurras, Barrès y Acción Francesa,
en Francia; con D’Annunzio, Marinetti y el futurismo, Corradini
y la Asociación Nacionalista Italiana, en Italia; y con Treitschke,
H.S Chamberlain, la Liga Pangermánica, la Sociedad Colonial
Alemana, la Liga Naval y grupos y organizaciones similares,
en Alemania (y Austria), el nacionalismo se definió como la
principal alternativa ideológica al liberalismo. Bajo su inspiración
y liderazgo, el nacionalismo devino una doctrina autoritaria,
anti-democrática y anti-parlamentaria, un nacionalismo de la
derecha, que cifraba la política en la exaltación del estado
y de la nación y que, en el caso alemán, incorporaba, además,
ideas de superioridad racial y anti-semitas y una especie de
irracionalismo mesiánico y biológico sobre el destino singular
de las razas germánicas. En Francia, el nacionalismo mantuvo
vivo el revanchismo anti-alemán –tras la derrota francesa en
la guerra franco-prusiana de 1870--y erosionó la legitimidad
de la III República, el régimen político del país de 1870 a
1940; en Italia, abanderó el irredentismo contra Austria, que
aún retenía importantes territorios italianos, debilitó el sistema
liberal y preparó el clima para la entrada del país en la I
Guerra Mundial y para el fascismo de la posguerra (1919-22);
en Alemania, glorificó el prusianisno y el militarismo, la disciplina,
el orden, el conformismo colectivo y la obediencia al poder
que marcaron al II Reich (1870-1918), y dio cobertura al giro
alemán desde 1897 hacia una política mundial. En 1900, en los
tres países en cuestión, nacionalismo era sinónimo de nacionalismo
de la derecha: luego, en palabras de Anthony D. Smith, el nacionalismo
sería componente esencial de todos los movimientos de la ultraderecha
europea de los años 1920-40.
Segundo,
para muchas minorías étnicas y nacionalidades sin estado –enclavadas
en los imperios otomano, ruso y austro-húngaro, y también, casos
de Irlanda, Cataluña, País Vasco y Galicia, en el Reino Unido
y España —, a las que el nacionalismo daría sentimiento e idea
de nación, el nacionalismo era, por el contrario, una forma
de liberación, el derecho de los pueblos a su autogobierno,
una defensa de la identidad, una política de libertad. Desde
más o menos 1880, aunque con numerosos antecedentes, el despertar
de las nacionalidades provocó la primera gran etapa de movilización
étnico-secesionista de la política europea. Con el ascenso del
nacionalismo irlandés, que reivindicaba y reafirmaba la identidad
etno-cultural irlandesa, esto es, una Irlanda irlandesa, gaélica
y católica (lo que excluía a anglo-irlandeses y protestantes),
Irlanda se convirtió desde 1885 en el primer problema de la
política británica y en un factor de división en Irlanda del
Norte (donde contra el nacionalismo católico se afirmaría un
fuerte movimiento unionista protestante), problema que culminaría
con el fallido levantamiento armado de Pascua de 1916 en Dublín
de sectores del nacionalismo radical. En España, la aparición
a finales del siglo XIX y principios del XX de movimientos nacionalistas
en Cataluña, País Vasco y Galicia –cuyo fundamento último era
el propio particularismo lingüístico, histórico y cultural de
dichas regiones y que aspiraban o a la plena autonomía dentro
de España, casos catalán y gallego, o a la soberanía propia
y distinta, caso vasco—terminaría por cambiar la política. Obligó
con el tiempo –pues inicialmente los nacionalismos catalán,
vasco y gallego fueron minoritarios en sus propias regiones—a
modificar la estructura territorial del Estado; primero, con
la creación de la Mancomunidad de Cataluña en 1914, un régimen
de semi-autonomía regional; luego, en 1931, proclamada la II
República, con la concesión de autonomía política a Cataluña
(1932) y País Vasco (1936).
En tercer lugar, etnicidad, religión y territorialidad
complicaron el problema de las nacionalidades en Austria-Hungría,
Rusia e Imperio Otomano. Las nacionalidades (serbios, eslovenos,
checos, polacos; húngaros, croatas, eslovacos, rutenos) destruyeron
el imperio austro-húngaro como entidad política y administrativa
operativa: el sistema fue incapaz de integrarlas ordenada y
satisfactoriamente en el entramado constitucional y parlamentario.
La Rusia zarista respondió a los nacionalismos (minoritarios
en Ucrania y las regiones bálticas; amplio en Polonia y en regiones
del Caúcaso; inexistente en Asia central) con la represión y
la rusificación sistemáticas: no tuvo respuesta ante el nuevo
nacionalismo polaco -–católico, etnicista, popular—nacido en
las últimas décadas del siglo XIX, el mayor problema territorial
del imperio. Carente de estructura estatal propiamente dicha,
integrado por numerosos grupos étnicos y religiosos, en permanente
crisis política, financiera y militar desde el siglo XIX (independencia
de Grecia, Serbia, Rumania, Bulgaria, etcétera), el Imperio
Otomano se desvertebró territorialmente. La respuesta más consistente
a la crisis del imperio fue el nacionalismo turco, la reestructuración
del imperio como un estado nacional moderno (Turquía) unificado
y centralista. La revolución militar de1908, que quiso imponer
cambios constitucionales y parlamentarios, fue ya, precisamente,
una revolución nacional turca. El turquismo de las nuevas autoridades
provocó, sin embargo, malestar en los territorios árabes del
imperio, donde ya había aparecido (en Siria, en Líbano) un incipiente
nacionalismo árabe y un amplio debate intelectual y religioso
sobre el papel del Islam en la vida moderna y ante la penetración
de occidente en Argelia, Túnez, Egipto y Marruecos. La revolución
turca generó, además, preocupación y temor en toda la región
balcánica; en 1908, Austria-Hungría se anexionó Bosnia-Herzegovina,
provincia otomana que administraba desde 1878. Entre 1911 y
1913, Turquía fue tres veces a la guerra, contra Italia (por
Libia), y contra los otros países balcánicos (Grecia, Bulgaria,
Serbia) por Macedonia y otros territorios: perdió Libia, Albania
(independiente en 1913) y todos sus territorios europeos.
Por
último, desde principios del siglo XX, y en algún caso, como
la India, desde antes, el nacionalismo irrumpió definitivamente
en Asia y África, como revelaban hechos como la guerra de los
boers (1898-1902) en África del Sur, la victoria de Japón
sobre Rusia en 1905, las revoluciones nacionales de Persia (1906),
Turquía (1908) y China (1911) –o fuera de Asia y África, la
revolución mexicana de 1910--, la resistencia al avance colonial
europeo en puntos de Asia y África, el mismo debate en el mundo
islámico sobre arabismo, islamismo y modernidad (sobre el despertar
de la nación árabe, por usar el título de un libro de 1905)
y, si se quiere, la aparición del sionismo en 1896, o la agitación
por la autonomía y el autogobierno que se fue extendiendo por
la India desde la creación del Partido del Congreso en 1885.
El nacionalismo, en pocas palabras, vendría a dar sentido y
legitimidad a la reacción anti-occidental de muchos pueblos
asiáticos y africanos, integrados en los imperios occidentales:
desde fines del XIX, éstos, o por lo menos, los Imperios británico
y francés, estuvieron de hecho en guerra permanente. En ciertas
regiones, aquella reacción cristalizó en movimientos reformistas
y hasta revolucionarios: la lucha anti-colonial aspiró a veces
a liquidar paralelamente las instituciones, oligarquías, religiones
y costumbres semifeudales y tradicionales anteriores al dominio
colonial. A menudo, sin embargo, el nacionalismo anticolonial
conllevó elementos negativos y antidemocráticos –ambiciones
territoriales, concepciones etnicistas, religiosas y exclusivistas
de la nacionalidad, culto a la violencia, irracionalismos milenaristas
y populistas—que lo condicionarían decisivamente. Así, en Japón
y en parte en China, y también en Turquía, el nacionalismo fue
un movimiento modernizador, reformista y a veces democrático.
Pero sirvió también de fundamento a políticas y reacciones de
carácter militarista y autoritario. El expansionismo militar
de Japón concretamente, evidente ya a finales del siglo XIX
–y que se tradujo en las anexiones de Formosa, parte de las
islas Sajalin, Corea, esta en 1910, y parte de Manchuria, en
el norte de China--, fue la consecuencia casi natural del engrandecimiento
que el país había experimentado desde 1868 y de la exaltación
nacionalista que lo cimentó: militares e ideólogos ultra-nacionalistas
ambicionaban la ilusión de un renacimiento de Asia bajo el liderazgo
militar y espiritual de Japón.
Las contradicciones de los nacionalismos anti-coloniales
emergerían sobre todo después de 1945, a medida que los pueblos
asiáticos y africanos fueran accediendo a la independencia.
En 1914, por retomar el hilo cronológico, el nacionalismo era
ya en casi todo el mundo cuando menos un hecho social y político
significativo. Precisamente, las tensiones generadas por los
nacionalismos balcánicos desde 1885 llevaron en 1914 al mundo
a la guerra. Las guerras balcánicas de 1912 y 1913 antes citadas
crearon el clima propicio: reforzaron a Grecia y Serbia, crearon
una Albania mal definida, humillaron a Bulgaria y Turquía, y
provocaron el creciente temor de Austria-Hungría ante el papel
de Serbia en la región y la desconfianza de Alemania ante el
apoyo de Rusia a Serbia. El detonante fue el atentado de Sarajevo
de junio de 1914: el asesinato del heredero de la corona austro-húngara
por jóvenes nacionalistas serbios. Cuando Austria-Hungría, presionado
por Alemania, responsabilizó a Serbia por los hechos, los mecanismos
de alianzas de las potencias hicieron imposible la localización
del conflicto.
La fascistización del nacionalismo
La I Guerra Mundial (1914-1918), al conllevar la
desaparición de los imperios otomano, austro-húngaro, ruso y
alemán en nombre del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades
en ellos enclavados, y la creación como consecuencia de numerosos
países nuevos (Checoeslovaquia, Yugoslavia, Polonia, Hungría,
Austria, Finlandia, Letonia, Estonia, Lituania, y, como mandatos
o británico o francés, de Siria, Líbano, Irak, Jordania
y Palestina), fue vista como el triunfo de la nacionalidad,
de la pequeña nación, y por ello mismo, como el triunfo de la
democracia. En Gran Bretaña, el independentismo irlandés, el
Sinn Fein, ganó, en Irlanda, las elecciones de 1918 y los parlamentarios
electos proclamaron en Dublín un parlamento irlandés y la independencia
irlandesa; ante la negativa de Londres a todo reconocimiento,
el brazo armado del movimiento independentista, el Ejército
Republicano Irlandés (IRA), desencadenó una violentísima campaña
terrorista que en unos años llevaría al gobierno británico a
negociar: en 1921, Irlanda, salvo el condado del Ulster en
el norte que permaneció dentro del Reino Unido, se constituyó
como el Estado Libre de Irlanda. En España, la proclamación
en 1931 de la II República, un régimen democrático y reformista,
permitió que las regiones particularistas tuvieron derecho a
la autonomía: Cataluña, en 1932; el País Vasco, en 1936.
La
idea de que autodeterminación nacional era igual a triunfo de
la democracia fue, sin embargo, un error. El triunfo de la nacionalidad
se produjo en las peores condiciones históricas posibles. Pronto
se vería que, lejos de avanzar hacia la democracia, el mundo
entraba en la era de las dictaduras: la guerra había creado
las condiciones para el fascismo. El nacionalismo fue un factor
fundamental en todo ello. En Europa, y también en determinados
países latino-americanos y en Japón, fue asumiendo en los años
20 y 30 formas agresivas e intolerantes, identificándose con
ideas de grandeza nacional, expansionismo militar y superioridad
racial (y en Europa central y del este, de antisemitismo), y
con políticas autoritarias, populistas y antiliberales, hasta
culminar en lo que cabe definir como la fascistización del nacionalismo,
ejemplificada por los casos de Alemania, Italia y Japón (en
España: Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, José Antonio Primo
de Rivera y la Falange, el nacionalismo de los militares del
36), pero que impregnó también a nacionalismos de base étnico-lingüística,
como el nacionalismo croata, y a algunos nacionalismos árabes,
y en África, al nacionalismo blanco afrikaner sudafricano,
reorganizado tras la creación del Partido Nacional en 1935.Como
mostraba el estilo para-militar que adoptó (marchas, banderas,
culto al líder, uniformes...), el fascismo no fue, en efecto,
otra cosa que una forma extrema del nacionalismo de la derecha.
Los movimientos fascistas –creados a partir de la aparición
del fascismo en Italia en 1919 y que fueron importantes en Alemania
(nazismo), Austria, Hungría, Rumanía, y Croacia (Ustacha) y
menos pero también, en Bélgica, Francia, España y Finlandia—fueron
movimientos ultranacionalistas, antiliberales, anticomunistas
(y algunos racistas y anti-semitas): “revoluciones” nacionales,
basadas en liderazgos fuertes, la exaltación de la patria y
la destrucción de la democracia.
El fascismo llegó al poder en Italia en 1922; en
Alemania, en 1933. Hasta 1940 fueron estableciéndose dictaduras
de un tipo u otro en Hungría, España, Albania, Portugal, Polonia,
Lituania, Yugoslavia, Austria, Letonia, Estonia, Bulgaria, Grecia
y Rumanía, y fuera de Europa, en Argentina, Guatemala, El Salvador,
República Dominicana, Brasil, Nicaragua, Cuba y Honduras. No
todas las dictaduras fueron fascistas, pero fueron regímenes
de regeneración, salvación o unidad nacional, gobiernos
fuertes y de afirmación nacional –de vocación populista en el
caso latino-americano-- que las masas, unas masas cada vez más
nacionalizadas, parecían requerir en época de crisis intensa
y generalizada. La dictadura portuguesa (1926-74) fue un estado
autoritario, corporativo y católico, un régimen nacionalista
y represivo que se apoyó en todo momento en el ejército y en
una siniestra policía política. El régimen del general Franco
en España (1939-1975), establecido tras la guerra civil de tres
años que siguió al levantamiento militar de 1936 contra la II
República, se basó en los principios de orden, autoridad y unidad
de los militares –que derogarían las autonomías catalana y vasca--,
en el pensamiento social de la Iglesia y en las ideas nacionalistas
y fascistas de la Falange y la ultraderecha (unidad de España,
hispanidad, imperio español): se configuró de esa forma como
un estado fuerte, una dictadura militar, y aunque evolucionó
con el tiempo, fue siempre un régimen autoritario (en sus primeros
años: totalitario y fascistizante) y de poder personal. El régimen
de Perón en la Argentina (1945-55) fue la variable argentina
del fascismo, un nacionalismo populista que sirvió de vehículo
de integración y afirmación de la nueva clase obrera argentina
nacida de la inmigración (europea y del interior), previamente
segregada y marginada por el tradicional poder oligárquico del
país.
Las
nuevas naciones del centro y del este de Europa, en cuyo nombre
precisamente se había esgrimido el derecho de autodeterminación,
nacieron condicionadas por el doble peso de la herencia de la
guerra (destrucciones, endeudamiento exterior, inflación, pago
de reparaciones, excombatientes...) y por numerosos problemas
de tipo étnico y fronterizo. La construcción en ellos de estados
nacionales conllevó afrontar gravísimos problemas económicos
y políticos: problemas de vertebración nacional (Polonia, Hungría,
Yugoslavia, Rumania), pleitos fronterizos y reivindicaciones
irredentistas (Hungría, Bulgaria), tensiones inter-étnicas (conflicto
serbio-croata en Yugoslavia, cuestión macedónica en los Balcanes),
existencia de importantes minorías no nacionales, inestabilidad
financiera y reconstrucción económica, y problemas finalmente
de régimen político (monarquía o república, como en los casos
de Hungría y Grecia). En Polonia, Rumania, Lituania y Eslovaquia,
el anti-semitismo fue endémico, precisamente en tanto que componente
esencial de los nacionalismos respectivos. En Yugoslavia, el
enfrentamiento entre la visión federalista del nacionalismo
croata y la concepción unitarista de la nueva Yugoslavia del
nacionalismo serbio, hizo imposible a la larga el gobierno parlamentario.
La violencia terrorista del nacionalismo macedonio pro-búlgaro
golpeó a Yugoslavia y Grecia, pero contribuyó también a la desestabilización
de la propia Bulgaria. Grecia no podría superar la catastrófica
derrota ante Turquía de 1922, desastre que forzó al país a abandonar
definitivamente sus aspiraciones hegemónicas sobre la región
balcánica, y causa de la división nacional entre monárquicos
y republicanos que condicionaría su historia hasta la II Guerra
Mundial. En Polonia, las diferencias sobre el modelo de república
y sobre la misma idea de nación polaca (o nación católica y
homogénea o nación secular y multiétnica) pondrían al país en
más de una ocasión al borde de la guerra civil. El desafío resultaría,
en suma, insuperable. Como se indicó, el centro y el este de
Europa quedarían antes o después, por distintas causas, bajo
formas distintas de dictadura. La nacionalidad, la pequeña nación,
había fracasado precisamente en la misión que se le había encomendado
en 1919: como instrumento de construcción nacional.
La I Guerra Mundial hizo, además, estallar el orden
colonial. A ello contribuyeron de forma inmediata el hecho mismo
de que los principios de autodeterminación y nacionalidad constituyeran
el fundamento del nuevo orden internacional creado tras la guerra,
basado en la Sociedad de Naciones, y la decepción que en el
mundo colonial produjo la ampliación del poder de Gran Bretaña
y Francia en Oriente Medio bajo la forma de mandatos, y sin
duda también, la necesidad de las propias potencias coloniales
de establecer nuevas formas de organización de sus dominios.
A partir de 1919, los poderes coloniales se encontraron,
en cualquier caso, con una creciente oposición cuyo epicentro
fue la India y su símbolo Gandhi, el líder del Partido del Congreso,
y sus grandes campañas de desobediencia civil y resistencia
pasiva contra el dominio británico que se prolongaron hasta
el mismo momento de la independencia en 1947. Oriente Medio
emergió a su vez como un nuevo escenario de tensión. Los mandatos
británico (sobre Irak, Palestina y Transjordania) y francés
(Siria y Líbano), aún decisivos para la creación de dichos territorios
como estados nacionales árabes, no fueron mandatos tranquilos.
Graves disturbios, complicados por conflictos étnicos y religiosos
entre las distintas comunidades religiosas de la zona, estallaron
en Irak (1920), Siria (1925-27) y Palestina (1929, 1936-39),
donde el compromiso británico hecho público en 1917 de crear
un hogar judío supuso un nuevo y especial desafío al Islam (aunque
la población judía, unas 385.000 personas, no llegaba en 1936
ni siquiera al 30 por 100 de la población palestina). En Egipto,
protectorado británico, Gran Bretaña, ante la creciente agitación
nacionalista, optó por dar paso a una monarquía constitucional,
pero reteniendo el control sobre Suez y el Sudán. Messali Hadj
creó en 1927 la primera organización anticolonialista argelina,
la Estrella Norteafricana. En Marruecos, protectorado hispano-francés,
la resistencia anti-española, intermitente desde 1910, escaló
decisivamente desde 1920, cuando Abd-el Krim, jefe de las cabilas
de las montañas del Rif, desencadenó una eficaz guerra de guerrillas,
que sólo pudo ser dominada en 1927 tras una acción militar conjunta
hispano-francesa a gran escala..
En
Asia, las manifestaciones de descontento y oposición del nacionalismo
anti-colonial se extendieron ahora a Birmania, Ceilán, Indonesia
e Indochina. El nacionalismo nacional siguió siendo, paralelamente,
factor determinante en el cambio histórico del continente. En
Turquía, la derrota en la I Guerra Mundial (el país entró en
la guerra del lado de Alemania y Austria-Hungría), tuvo consecuencias
revolucionarias: tras vencer a Grecia en una nueva guerra, derivada
de la mundial, y abolir el sultanato y el califato (1923), Mustafa
Kemal, secularizó el estado, occidentalizó la sociedad e inició
la industrialización del país. En China, comunistas y nacionalistas
pugnaron por el control y la dirección de la revolución nacional,
una necesidad histórica tras la caída del Imperio en 1911 y
la gravísima crisis de estado que se produjo como consecuencia,
revolución que estalló a partir de 1919 y que no se resolvió
definitivamente hasta el triunfo comunista en 1949. Japón reforzó
sus posiciones internacionales y militares al hilo de la I Guerra
Mundial: aumentó sus derechos en Manchuria, y se aseguró las
posesiones y concesiones que Alemania había tenido en China
y en el Pacífico. Pese a la aparente supremacía de los partidos
políticos y a la naturaleza parlamentaria del sistema político
del país, el Ejército era la clave del poder. Muchos oficiales
jóvenes, afiliados a sociedades secretas ultra-nacionalistas,
creían en la construcción de un imperio militar japonés revolucionario
y nacional-socialista que restaurara todo el poder en el Emperador.
Tres jefes de gobierno fueron asesinados entre 1921 y 1932;
oficiales de la guarnición de Tokio intentaron en 1936 un golpe
de estado, asesinado a varios ex-jefes de gobierno y a conocidas
personalidades de la vida pública. En 1932, tras un atentado
contra soldados de las tropas japonesas allí estacionadas, el
Ejército decidió unilateralmente la ocupación de Manchuria.
Japón creó en la región, pese a la condena internacional, el
estado títere de Manchukuo; en 1936, se adhirió al eje Roma-Berlín
creado por las potencias fascistas; en 1937, tras otro incidente
militar, esta vez en las afueras de Beijing, declaró la guerra
a China. En pocas palabras, Japón, el país que había encabezado
la revuelta de Asia, había derivado hacia una forma de fascismo
militar desde arriba.
El
nacionalismo de la ultra-derecha amenazaba en 1939 la libertad
en el mundo. La creación de Manchukuo sancionó el derecho de
la fuerza. La crisis económica mundial de 1929 y la llegada
de Hitler y el partido nazi (nacional-socialista) al poder en
Alemania en enero de 1933 desestabilizaron el equilibrio europeo:
Hitler significaba el rearme alemán, la unión austro-alemana,
la amenaza sobre los Sudetes checos (región alemana enclavada
en la nueva Checoeslovaquia) y sobre Danzig, ciudad de población
alemana incluida en 1919 como “ciudad libre” dentro de Polonia.
La invasión de Etiopía por la Italia fascista de Mussolini en
1935 –pretextando viejos agravios coloniales e incidentes recientes
entre ambos países-- fue una violación flagrante del derecho
internacional y un golpe definitivo al orden mundial creado
en 1919. Italia y Alemania colaboraron decididamente en la guerra
civil española (1936-39) apoyando abiertamente el levantamiento
del general Franco contra la II República. En marzo de 1939,
ambos países suscribieron un pacto de acero, una alianza
formal para la guerra, al que poco después se incorporó Japón.
El 1 de septiembre de 1939, Hitler, que previamente se había
anexionado Austria y destruido Checoeslovaquia, invadió Polonia:
la guerra así planteada, la II Guerra Mundial, una catástrofe
para la humanidad aún mayor que la primera –y como ésta, provocada
por el nacionalismo-- se prolongó hasta 1945.
Eclipse y retorno del nacionalismo
La II Guerra Mundial (1939-45) desacreditó, parecía
que definitivamente, al nacionalismo, asociado a racismo, anti-semitismo
y a la voluntad de dominio de la Alemania nazi, la Italia fascista
y el Japón militar. Movimientos nacionalistas significados como
los nacionalismos croata, eslovaco y albanés –y otros menos
importantes, como los nacionalismos bretón, alsaciano y flamenco,
y hasta algún sector del IRA irlandés—eran además culpables
o de colaboracionismo con los nazis o de haber formado parte
del orden territorial creado por la Alemania nazi y los países
del Eje.
Desde luego, en 1945, el nacionalismo era en Europa una fuerza
en declive. En efecto, por un lado, en la Europa central y del
éste (Polonia, los estados bálticos, incorporados ahora a la
URSS, la nueva Alemania del Este creada tras la partición del
país, Checoeslovaquia, Yugoslavia, Rumania, Bulgaria, Albania,
Hungría), los nacionalismos parecieron desaparecer, por lo menos
hasta 1989, bajo la hegemonía de la Unión Soviética y de los
regímenes comunistas impuestos por ésta, tras la II Guerra Mundial,
en los países mencionados. Por otro lado, en Europa occidental,
el desprestigio de las ideas nacionalistas y de los nacionalismos
nacionales generaría la aparición del proyecto territorial y
político históricamente más novedoso entre las ideas que aflorarían
en el continente en todo el siglo: la construcción de una Europa
unida y supra-nacional, la construcción de la unidad europea.
La unidad europea, puesta en marcha por un pequeño núcleo de
seis países con la aprobación en 1951 del Plan Schuman sobre
el carbón y el acero y con la entrada en vigor en 1958 del
tratado de Roma, nació efectivamente como alternativa al nacionalismo
y la guerra. En el año 2000, la Unión Europea era una realidad
histórica integrada ya por quince estados y 330 millones de
habitantes (y se preveía una pronta incorporación de otros diez
países, todos ellos del este de Europa, una vez caído el comunismo
en 1989), con multitud de competencias y poder de intervención
en numerosas materias, grandes recursos financieros, un Banco
Central y una moneda, el euro, comunes, y aduanas exteriores,
políticas agrarias, de pesca y transportes igualmente comunes,
bajo la dirección de un Consejo Europeo, una Comisión ejecutiva
y un Parlamento de elección directa: aun con limitaciones, Europa
era una construcción supra-nacional y democrática en marcha.
Pero
el eclipse del nacionalismo fue un hecho sólo europeo. La II
Guerra Mundial destruyó también el orden colonial y precipitó
la desintegración de los imperios coloniales europeos. En 1945,
el nacionalismo era en Asia y África, en lo que se llamaría
“el tercer mundo”, la principal fuerza de transformación. El
hecho decisivo fue la independencia de la India (dividida en
dos estados: India y Pakistán) que se produjo en 1947, una vez
que Gran Bretaña llegara unánimemente a la convicción de que
el mantenimiento del imperio resultaba imposible. Tras India
y Pakistán, y con ellos Sri Lanka, otros países proclamaron
de forma casi inmediata la independencia: Birmania, Indonesia,
Libia; en 1956, Sudán, Túnez, Marruecos; en 1958, Ghana y Malasia.
Diecisiete países accedieron a la independencia en 1960; otros
cuarenta, entre 1960 y 1980. La descolonización fue, pues, una
de las mayores revoluciones de la historia. Cambió el equilibrio
internacional; generó la aparición de nuevos poderes regionales
(Egipto, India) y de nuevas regiones económicas; implicó una
gigantesca transferencia de poder a las nuevas naciones y a
las nuevas elites asiáticas y africanas; transformó, en muchos
casos de forma sustantiva, la estructura económica y política
de los países independizados.
Pero la descolonización distó mucho de ser un proceso
ordenado y gradual: lejos de traer la paz, estuvo marcada decisivamente
por la violencia y la guerra. La partición en 1947 de la India
costó la vida en enfrentamientos étnicos y religiosos a unas
250.000 personas. Las guerras de independencia de Indochina
(1945-54) y Argelia (1954-62), resultado de la determinación
de Francia de reconvertir de alguna forma su imperio y reafirmarse
así como potencia tras la humillación de su capitulación ante
Alemania en 1940, fueron terribles: 77.000 soldados franceses
y unos 250.000 guerrilleros vietnamitas murieron en Indochina;
27.000 franceses y entre 100.000 y un millón de argelinos, en
Argelia. Miles de personas murieron también en Kenya durante
la rebelión étnico-nacionalista del Mau-Mau en los años 50;
miles más en el Congo, en la serie de crisis desatadas por la
independencia en 1960. Con la proclamación del estado de Israel
en 1948 y la negativa de los estados árabes a reconocer su existencia,
contra el acuerdo de la ONU de dividir Palestina en dos estados,
uno árabe y otro israelí, Oriente Medio, región de gran valor
estratégico y de excepcional significación espiritual y religiosa,
se transformó en un foco permanente de inestabilidad y guerra:
un total de cinco guerras convencionales a gran escala estallarían
entre los estados árabes e Israel entre 1948 y 1973, provocadas
en general por aquellos (Egipto, Siria, Irak,...); 700.000 árabes
palestinos marcharían en 1948 de sus tierras en Palestina, como
refugiados.
Además,
los procesos de descolonización, lejos de equivaler a libertad
y democracia, desembocaron a menudo, y en muchos casos muy
pronto, en violencia y opresión: regímenes militares, dictaduras
de partido único, gobiernos de poder personal, revoluciones
nacionalistas autoritarias. Al menos, tras la descolonización
y hasta el fin del siglo XX, en África sólo Tanzania y Kenya
(y Botswana) tuvieron una evolución comparativamente tranquila
y se constituyeron como sociedades abiertas y no autoritarias.
En Asia y Oriente Medio, la democracia sólo pareció estabilizarse,
además de en el nuevo Japón creado después de la guerra, en
la India, aun con considerables problemas, en Israel –convertido
tras su victoria en la guerra de 1967 desencadenada por Egipto
y Siria en un país de ocupación sobre Gaza y Cisjordania--,
y con interrupciones, en Turquía. En Sudáfrica, la victoria
en las elecciones de 1948 del nacionalismo blanco afrikaner
dio paso a la creación de un régimen de segregación racial
y supremacía blanca (apartheid), que duraría, merced
entre otras cosas a la represión, hasta 1989. El África negra
empezó igualmente mal. Los nuevos países eran más meras expresiones
geográficas que naciones modernas; la idea territorial africana
se basaba más en etnias, clanes, tribus y linajes que en la
idea europea del estado-nacional. Los nuevos dirigentes africanos
tuvieron que inventarse la nación: en esas circunstancias, liderazgo
fuerte y unidad política, o lo que vino a ser lo mismo, poder
personal y partido único (si no, el ejército) de base étnica,
emergieron como los fundamentos del nuevo estado. En el mundo
islámico, la revolución egipcia de 1952, que derribó la monarquía
y llevó al poder al coronel Nasser –revolución que sacudió a
todos los países árabes--, hizo pensar que panarabismo y socialismo
árabe, ideas básicas del nasserismo y de otros movimientos relativamente
afines o coincidentes como el baasismo iraquí y sirio, podrían
ser la llave para la integración de Islam y modernidad, y la
respuesta a la crisis moral e histórica que para el Islam supuso
la creación del estado de Israel en 1948. Violentas revoluciones
militares se produjeron como consecuencia, a partir de finales
de los años 50, en Irak, Siria, Sudán, Libia y Yemen; Siria,
Irak y Argelia adoptaron desde los años 60, como antes el Egipto
de Nasser, modelos económicos basados en capitalismo de estado,
nacionalizaciones, industrialización a gran escala y reformas
agrarias. El socialismo árabe sería un fracaso; los regímenes
revolucionarios de los países citados fueron dictaduras de partido
único basadas en el ejército, sistemas duramente represivos.
Veinte, treinta, cincuenta años después de la revolución de
1952, ningún país árabe –ni las monarquías tradicionales, ni
las repúblicas revolucionarias—habían resuelto el dilema entre
Islam y modernidad, el conflicto entre la idea de estado-nacional
y la propia tradición islámica, e Israel seguía obsesionado
la conciencia islámica de todos los pueblos árabes.
El nacionalismo seguía siendo, por tanto, una realidad:
estaba en la raíz, como acaba de quedar dicho, de algunos de
los más espinosos problemas internacionales de la posguerra:
guerras de independencia, conflicto árabe-israelí. El nacionalismo
se había asociado, además, a descolonización y a movimientos
de liberación nacional y/o anti-imperialistas, de acuerdo con
la base teórica que les dio el libro Los condenados de la
tierra (1961) de Frantz Fanon.
Significativamente,
el nacionalismo reaparecería en la propia Europa en las últimas
décadas del siglo bajo dos grandes categorías: a) como etno-nacionalismo,
según el término acuñado por Walker Connor en 1967, o nacionalismos
de minorías, en la Europa desarrollada y próspera de la Unión
Europea (y fuera de Europa, en Canadá: Quebec), con particular
incidencia en Irlanda del Norte, Escocia y Gales, Bélgica (nacionalismo
flamenco), Córcega y España, donde el resurgimiento bajo la
dictadura de Franco de los nacionalismos regionales vasco, catalán
y gallego llevaría a partir de 1975, con la restauración de
la democracia, a la creación de un nuevo tipo de Estado, basado
en la autonomía política de las regiones; y b) como reivindicaciones
nacionales, declaraciones de independencia, formación de nuevos
estados, en la Europa del este tras el colapso del comunismo
en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética y de Yugoslavia.
Para muchos observadores, como el citado Connor,
el etno-nacionalismo europeo no era otra cosa que nacionalismo
a secas, cuya reaparición sólo podía sorprender a quienes desconocían
la fuerza emocional del nacionalismo. El IRA norirlandés, que
reapareció a partir de 1969, reabría en efecto la cuestión irlandesa,
aparentemente cerrada en 1921: planteaba la integración plena
y definitiva del Ulster, de Irlanda del Norte, en la República
de Irlanda. ETA, la organización independentista vasca creada
en 1959 y que desde 1968 optó por la lucha armada, aspiraba
a la integración en un estado vasco independiente de los territorios
vasco-españoles, vasco-franceses y Navarra. El nacionalismo
extremista corso planteaba la independencia de Córcega. El nacionalismo
catalán quería la construcción de la nación catalana dentro
de España, pero de una España entendida como un estado plurinacional
donde la nación catalana tuviera el mismo rango que la propia
España. Pese a que el apoyo electoral que tuvieron los partidos
nacionalistas fue en muchos casos relativo, si no menor (por
ejemplo: en Escocia, Gales, Córcega o Galicia), los países europeos
no fueron indiferentes al ascenso del etno-nacionalismo. La
Constitución española de 1978 reconoció el derecho de nacionalidades
y regiones a la autonomía; Cataluña, País Vasco (Euskadi) y
Galicia tuvieron desde 1980 un amplísimo grado de autogobierno
gestionado, en los casos catalán y vasco, por los partidos históricos
del nacionalismo. Bélgica se transformó a partir de 1970 en
un estado federal integrado por tres comunidades diferenciadas,
Flandes, Valonia y Bruselas-capital. Escocia y Gales tuvieron
desde 1999 parlamentos y gobierno propios. El problema fue otro.
Por tratarse de nacionalismos que surgían en estados plenamente
consolidados durante siglos, y en nacionalidades o regiones
claramente pluralistas, los nacionalismos occidentales de fines
del siglo XX fueron nacionalismos divisivos. En Irlanda del
Norte y País Vasco especialmente (y menos así, en Escocia, Córcega
y Cataluña), y fuera de Europa en Quebec, el etno-nacionalismo
fue un factor de división política y de polarización interna,
un conflicto interno en la propia comunidad tanto como un conflicto
entre el nacionalismo y el estado respectivo (Reino Unido, España,
Canadá), tanto más así en los dos primeros casos indicados cuanto
que el IRA nor-irlandés y la ETA vasca refundarían, respectivamente,
los nacionalismos católico nor-irlandés y vasco sobre la violencia
y el terrorismo (3.000 muertos en Irlanda del Norte entre 1969
y 1997; unos 1.000, en el País Vasco, entre 1968 y 2.000).
Guerras
y conflictos inter-étnicos de extrema gravedad asolarían a partir
de 1989 los procesos de independencia y secesión de los nuevos
estados balcánicos y ex-soviéticos. En Yugoslavia, el resurgimiento
a la muerte en 1980 de Tito, el dirigente comunista que había
mantenido unido el país desde 1945, de las aspiraciones nacionales
de las repúblicas federales que lo integraban (Eslovenia, Croacia,
Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina, Macedonia), más el ascenso
del nacionalismo serbio de Slobodan Milosevic como nueva alternativa
unitaria tras el colapso del comunismo en 1989, desembocaron
en un amplio conflicto inter-étnico que condujo a la desintegración
del país en 1991-92, y a la guerra: como quedó dicho al principio,
unas 300.000 personas murieron en las cinco guerras (guerras
entre los antiguos estados yugoslavos, guerras entre las distintas
minorías étnicas en el interior de aquellos) que estallaron
en los Balcanes a partir de la fecha indicada, que provocarían
además la intervención internacional, de la OTAN, la organización
de defensa de los países occidentales creada en 1949, que intervendría
militarmente, para detener a los serbios, en Bosnia-Herzegovina
en 1995 y en Kosovo (Serbia) en 1999. El comunismo, el patriotismo
soviético, fracasó igualmente como instrumento de vertebración
nacional en la Unión Soviética, en la URSS, el gigantesco estado
federal y multinacional nacido de la revolución de 1917. Las
reformas que a partir de 1985 intentó el último líder del régimen,
Gorbachov, reabrieron la cuestión nacional: primero, en Kazajstán;
enseguida en las repúblicas bálticas, Letonia, Estonia y Lituania
que, tras el triunfo de partidos nacionalistas en las elecciones
de 1990, proclamaron la independencia; luego, en Ucrania, Armenia,
Georgia y en la propia Rusia, proceso que se precipitó tras
el fracaso del golpe de estado que dirigentes de la línea dura
comunista intentaron en agosto de 1991 contra Gorbachov, y que
se materializó cuando en diciembre de ese año los nuevos presidentes
de Rusia, Bielorrusia y Ucrania acordaron la disolución de la
URSS. La pasión nacionalista estallaría enseguida en varios
de los nuevos países (quince) creados, y provocaría, ya en los
90, violentos conflictos: en Georgia, tras la aparición de movimientos
nacionalistas en las regiones de Osetia y Abjazia; en Armenia
y Azerbaiyán, enfrentadas por el enclave de Nagorni-Karabaj;
en Moldavia; y en Chechenia, a cuya declaración de independencia,
la nueva Rusia postcomunista respondió con operaciones militares
a gran escala, primero en 1995 y luego en 1999, que dejaron
miles de muertos y propiciaron la escalada del terrorismo checheno.
Cabría,
pues, extraer al menos dos grandes conclusiones de carácter
general: 1) que el nacionalismo fue en el siglo XX, como ya
lo había sido en el siglo XIX, una fuerza de transformación
y cambio probablemente más poderosa que lo que pudieron haberlo
sido las transformaciones económicas, la conflictividad social
y aún el progreso científico y tecnológico, factores tenidos
usualmente por instrumentos esenciales del cambio histórico;
2) que los nacionalismos (porque, en efecto, la variedad de
los mismos obligaría a proponer muchas y muy distintas tipologías:
nacionalismos liberales y cívicos, y nacionalismos autoritarios;
nacionalismos religiosos; étnicos; lingüísticos; tribales; mesiánicos;
nacionalismo abierto y nacionalismo cerrado; nacionalismo nacional,
de Estado, y nacionalismo de nacionalidad, de minorías...) serían
en ese mismo siglo causa de importantes y a menudo violentos
conflictos, con consecuencias casi siempre decisivas y muchas
veces --las dos guerras mundiales, por ejemplo--, aciagas.
Parece
revelador lo ocurrido en la propia Europa: cuando terminaba
el siglo XX, la cuestión nacional, que se pensaba desaparecería
en una Europa cada vez más “europeísta”, supra-nacional e integrada,
volvía a generar, como acabamos de mencionar y como señalaba
el historiador francés François Furet en un periódico británico
en agosto de 1991, fanatismo y masacres. Acton dejó ya dicho
en su ensayo citado al principio, que la “nacionalidad” no aspiraba
ni a la libertad ni a la prosperidad, sino que, si le era necesario,
sacrificaba ambas a las necesidades imperativas de la construcción
nacional.
Resumen:
El ensayo plantea que: 1) el nacionalismo fue en el siglo
XX, como ya lo había sido en el siglo XIX, una fuerza
de transformación y cambio probablemente más
poderosa que lo que pudieron haberlo sido las transformaciones
económicas, la conflictividad social y aún el
progreso científico y tecnológico, factores
tenidos usualmente por instrumentos esenciales del cambio
histórico; 2) los nacionalismos (porque, en efecto,
la variedad de los mismos obligaría a proponer muchas
y muy distintas tipologías: nacionalismos liberales
y cívicos, y nacionalismos autoritarios; nacionalismos
religiosos; étnicos; lingüísticos; tribales;
mesiánicos; nacionalismo abierto y nacionalismo cerrado;
nacionalismo nacional, de Estado, y nacionalismo de nacionalidad,
de minorías...) han sido en ese mismo siglo causa de
importantes y a menudo violentos conflictos, con consecuencias
casi siempre decisivas y muchas veces --las dos guerras mundiales--,
aciagas.
Palabras clave:
Nacionalismo, Estado, autoritarismo, minorías, etnicidad,
Europa, xenofobia, imperialismo, liberalismo, instituciones,
religión, territorialidad, democracia, autodeterminación,
autonomía, fascismo, guerra, conflicto, descolonización,
poder, descentralización.
Abstract:
The essay outlines the following: 1) Nationalism in the 20th
century, as in the 19th century, was a force behind transformation
and change. The effects were probably even more powerful than
the outcome of economic transformations, social conflict or
scientific/technological progression, underlying factors that
are usually perceived as essential instruments to historical
change; 2) nationalisms in this century (because, in effect,
the diversity of nationalisms requires the consideration of
a number of different typologies: liberal and civic nationalism,
authoritarian nationalism; religious nationalism; ethnic,
linguistic, tribal, Messianic, open and closed nationalism;
national nationalism, of a State, national nationalism, of
a minority
) have been the cause of significant and numerous
violent conflicts with outcomes that were almost always decisive
and often times-the two World Wars for example-devastating.
Key Words:
Nationalism, State, authoritarianism, minorities, ethnicity,
Europe, xenophobia, imperialism, liberalism, institutions,
religion, territoriality, democracy, self-determination, autonomy,
fascism, war, conflict, decolonialization, power, decentralization.