CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año III - Número 9 - Enero 2006
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EL NACIONALISMO EN EL SIGLO XX
Juan Pablo Fusi Aizpúrua


Introducción

El desafío del nacionalismo

La fascistización del nacionalismo

Eclipse y retorno del nacionalismo


Introducción

Los editores de la Encyclopedia of Modern Separatist Movements publicada por la editorial norteamericana ABC-CLIO en el año 2000 escribían en la primera línea de la Introducción al libro: “De Kosovo a Cachemira, de Irlanda del Norte a Nigeria, la mayoría de conflictos hoy en el mundo son conflictos étnicos sobre el territorio”. La afirmación, hecha antes de que otros conflictos (terrorismo islámico, guerras de Afganistán e Irak) acaparasen la atención del mundo, era en aquel momento cierta. En el año indicado, 2000, el nacionalismo era, en efecto, fuente de problemas políticos de innegable, pero distinta, complejidad y difícil resolución  (a menudo, si bien no necesariamente, acompañados de violencia) en regiones tan dispares y diferentes como Oriente Medio,  el País Vasco y Cataluña, Irlanda del Norte, Escocia y Gales, Chechenia, Chipre, Cachemira, Sri Lanka, Indonesia, Quebec, Córcega, Georgia y  el Kurdistán. La disolución de la Unión Soviética en 1991 y de Yugoslavia a partir de 1992 había dado lugar a la creación de veinte nuevas naciones; las guerras, un total de cinco, que estallaron en los Balcanes tras la desaparición de Yugoslavia por enfrentamientos entre los antiguos estados federales de la región (Serbia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia...), o por reivindicaciones y aspiraciones nacionalistas de los mismos o por conflictos étnico-nacionalistas en su interior, habían provocado la muerte de unas 300.000 personas.

El nacionalismo continuaba siendo, por tanto, una realidad y un problema histórico de amplia significación. Era además, como dijera Orwell en unas “Notas sobre el nacionalismo” que escribió en octubre de 1945, un tema inmenso. Primero, por nacionalismo habría que entender muchas cosas: procesos de construcción de estados nacionales; teorías regionalistas o independentistas; reivindicaciones etno-nacionales y etno-lingüísticas; sentimientos de pertenencia a una nación o nacionalidad; doctrinas políticas basadas en la exaltación de la idea de patria y en la movilización emocional de masas; movimientos o partidos políticos explícitamente nacionalistas. Segundo, en su conocido ensayo sobre el concepto de “nacionalidad” que escribió en 1862, en el que debatía algunas de las ideas y tesis del patriota italiano Mazzini, Lord Acton (1834-1903), el historiador inglés, puso ya de relieve, cuando el nacionalismo era aún una fuerza liberadora y democrática y  no habían aparecido sus desviaciones integristas, totalitarias, imperialistas y xenofóbicas, la naturaleza contradictoria del nacionalismo. Acton veía al nacionalismo oscilar entre dos ideas que a él se le antojaban opuestas e irreconciliables: entre la teoría política de la libertad y el principio de la unidad nacional. Acton estaba en lo cierto. La teoría moderna de la libertad se fundamentaría en  valores cívicos, en  los derechos del individuo y del ciudadano, las libertades civiles, la ausencia de toda coerción, y en la afirmación del pluralismo; el nacionalismo, en los derechos colectivos (de pueblos, naciones, nacionalidades), en la nación, la nacionalidad y la etnicidad como valores supremos y absolutos, y en la visión de la comunidad nacional como una realidad homogénea y unida,  propia y distinta, cuya realización sería un derecho histórico y una exigencia irrenunciable. Ciertamente, la fuerza y vigencia del nacionalismo se derivarían, probablemente, de su capacidad como elemento de cohesión social y de la importancia de los sentimientos de grupo como factor de vertebración de la sociedad; pero el nacionalismo sería también, muchas veces, una forma de hacer política y, por tanto, una estrategia de poder.

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El desafío del nacionalismo

En cualquier caso, en las últimas décadas del siglo XIX y primeros veinte años del siglo XX, el nacionalismo experimentaría una importante transformación: fue entonces cuando se transformó en un hecho de masas. Ello tendría múltiples consecuencias, y ante todo dos: la proliferación de movimientos nacionalistas en toda Europa y la irrupción definitiva del nacionalismo en Asia y África; la cristalización del nacionalismo como principal factor de desestabilización de la política europea.

Primero, desde los últimos años del siglo XIX, con Maurras, Barrès y Acción Francesa, en Francia; con D’Annunzio, Marinetti y el futurismo, Corradini y la Asociación Nacionalista Italiana, en Italia; y con Treitschke, H.S Chamberlain, la Liga Pangermánica, la Sociedad Colonial Alemana, la Liga Naval y  grupos y organizaciones similares, en Alemania (y Austria),  el nacionalismo se definió como la principal alternativa ideológica al liberalismo. Bajo su inspiración y liderazgo, el nacionalismo devino una doctrina autoritaria, anti-democrática y anti-parlamentaria, un nacionalismo de la derecha, que cifraba la política en la exaltación del estado y de la nación y que, en el caso alemán, incorporaba, además, ideas de superioridad racial y anti-semitas y una especie de irracionalismo mesiánico y biológico  sobre el destino singular de las razas germánicas. En Francia, el nacionalismo  mantuvo vivo el revanchismo anti-alemán –tras la derrota francesa en la guerra franco-prusiana de 1870--y erosionó la legitimidad de la III República, el régimen político del país de 1870 a 1940; en Italia, abanderó el irredentismo contra Austria, que aún retenía importantes territorios italianos, debilitó el sistema liberal y preparó el clima para la entrada del país en la I Guerra Mundial y para el fascismo de la posguerra (1919-22); en Alemania, glorificó el prusianisno y el militarismo, la disciplina, el orden, el conformismo colectivo y la obediencia al poder que marcaron al II Reich (1870-1918), y dio cobertura al giro alemán desde 1897  hacia una política mundial. En 1900, en los tres países en cuestión, nacionalismo era sinónimo de nacionalismo de la derecha: luego, en palabras de Anthony D. Smith, el nacionalismo sería componente esencial de todos los movimientos de la ultraderecha europea de los años 1920-40.

Segundo, para muchas minorías étnicas y nacionalidades sin estado –enclavadas en los imperios otomano, ruso y austro-húngaro, y también, casos de Irlanda, Cataluña, País Vasco y Galicia, en el Reino Unido y España —,  a las que el nacionalismo daría sentimiento e idea de nación, el nacionalismo era, por el contrario, una forma de liberación, el derecho de los pueblos a su autogobierno, una defensa de la identidad, una política de libertad. Desde más o menos 1880, aunque con numerosos antecedentes, el despertar de las nacionalidades provocó la primera gran etapa de movilización étnico-secesionista de la política europea. Con el ascenso del nacionalismo irlandés, que reivindicaba y reafirmaba la identidad etno-cultural irlandesa, esto es, una Irlanda irlandesa, gaélica y católica (lo que excluía a anglo-irlandeses y protestantes), Irlanda se convirtió desde 1885 en el primer problema de la política británica y en un factor de división en Irlanda del Norte (donde contra el nacionalismo católico se afirmaría un fuerte movimiento unionista protestante), problema que culminaría con el fallido levantamiento armado de Pascua de 1916 en Dublín de sectores del nacionalismo radical. En España, la aparición a finales del siglo XIX y principios del XX de movimientos nacionalistas en Cataluña, País Vasco y Galicia –cuyo fundamento último era el propio particularismo lingüístico, histórico y cultural de dichas regiones y que aspiraban o a la plena autonomía dentro de España, casos catalán y gallego, o a la soberanía propia y distinta, caso vasco—terminaría por cambiar la política. Obligó con el tiempo –pues inicialmente los nacionalismos catalán, vasco y gallego fueron minoritarios en sus propias regiones—a modificar la estructura territorial del Estado; primero, con la creación de la Mancomunidad de Cataluña en 1914, un régimen de semi-autonomía regional; luego, en 1931, proclamada la II República, con la concesión de autonomía política a Cataluña (1932) y País Vasco (1936).

En tercer lugar, etnicidad, religión y territorialidad complicaron el problema de las nacionalidades en Austria-Hungría, Rusia e Imperio Otomano. Las nacionalidades (serbios, eslovenos, checos, polacos; húngaros, croatas, eslovacos, rutenos) destruyeron el imperio austro-húngaro como entidad política y administrativa operativa: el sistema fue incapaz de integrarlas ordenada y satisfactoriamente en el entramado constitucional y parlamentario. La Rusia zarista respondió a los nacionalismos (minoritarios en Ucrania y las regiones bálticas; amplio en Polonia y en regiones del Caúcaso; inexistente en Asia central) con la represión y la rusificación sistemáticas: no tuvo respuesta ante el nuevo nacionalismo polaco -–católico, etnicista, popular—nacido en las últimas décadas del siglo XIX, el mayor problema territorial del imperio. Carente de estructura estatal propiamente dicha, integrado por numerosos grupos étnicos y religiosos, en permanente crisis política, financiera y militar desde el siglo XIX (independencia de Grecia, Serbia, Rumania, Bulgaria, etcétera), el Imperio Otomano se desvertebró territorialmente. La respuesta más consistente a la crisis del imperio fue el nacionalismo turco, la reestructuración del imperio como un estado nacional moderno (Turquía) unificado y centralista. La revolución militar de1908, que quiso imponer cambios constitucionales y parlamentarios, fue ya, precisamente, una revolución nacional turca. El turquismo de las nuevas autoridades provocó, sin embargo, malestar en los territorios árabes del imperio, donde ya había aparecido (en Siria, en Líbano) un incipiente nacionalismo árabe y un amplio debate intelectual y religioso sobre el papel del Islam en la vida moderna y ante la penetración de occidente en Argelia, Túnez, Egipto y Marruecos. La revolución turca generó, además, preocupación y temor en toda la región balcánica; en 1908, Austria-Hungría se anexionó Bosnia-Herzegovina, provincia otomana que administraba desde 1878. Entre 1911 y 1913, Turquía fue tres veces a la guerra, contra Italia (por Libia), y contra los otros países balcánicos (Grecia, Bulgaria, Serbia) por Macedonia y otros territorios: perdió Libia, Albania (independiente en 1913) y todos sus territorios europeos.

Por último, desde principios del siglo XX, y en algún caso, como la India, desde antes, el nacionalismo irrumpió definitivamente en Asia y África, como revelaban hechos como la guerra de los boers (1898-1902) en África del Sur, la victoria de Japón sobre Rusia en 1905, las revoluciones nacionales de Persia (1906), Turquía (1908) y China (1911) –o fuera de Asia y África, la revolución mexicana de 1910--, la resistencia al avance colonial europeo en puntos de Asia y África, el mismo debate en el mundo islámico sobre arabismo, islamismo y modernidad (sobre el despertar de la nación árabe, por usar el título de un libro de 1905) y, si se quiere, la aparición del sionismo en 1896, o la agitación por la autonomía y el autogobierno que se fue extendiendo por la India desde la creación del Partido del Congreso en 1885. El nacionalismo, en pocas palabras, vendría a dar sentido y legitimidad a la reacción anti-occidental  de muchos pueblos asiáticos y africanos, integrados en los imperios occidentales: desde fines del XIX, éstos, o por lo menos, los Imperios británico y francés, estuvieron de hecho en guerra permanente. En ciertas regiones, aquella reacción cristalizó en movimientos reformistas y hasta revolucionarios: la lucha anti-colonial aspiró a veces a liquidar paralelamente las instituciones, oligarquías, religiones y costumbres semifeudales y tradicionales anteriores al dominio colonial. A menudo, sin embargo, el nacionalismo anticolonial conllevó elementos negativos y antidemocráticos –ambiciones territoriales, concepciones etnicistas, religiosas y exclusivistas de la nacionalidad, culto a la violencia, irracionalismos milenaristas y populistas—que lo condicionarían decisivamente. Así, en Japón y en parte en China, y también en Turquía, el nacionalismo fue un movimiento modernizador, reformista y a veces democrático. Pero sirvió también de fundamento a políticas y reacciones de carácter militarista y autoritario. El expansionismo militar de Japón concretamente, evidente ya a finales del siglo XIX –y que se tradujo en las anexiones de Formosa, parte de las islas Sajalin, Corea, esta en 1910, y parte de Manchuria, en el norte de China--, fue la consecuencia casi natural del engrandecimiento que el país había experimentado desde 1868 y de la exaltación nacionalista que lo cimentó: militares e ideólogos ultra-nacionalistas ambicionaban la ilusión de un renacimiento de Asia bajo el liderazgo militar y espiritual de Japón.

Las contradicciones de los nacionalismos anti-coloniales emergerían sobre todo después de 1945, a medida que los pueblos asiáticos y africanos fueran accediendo a la independencia. En 1914, por retomar el hilo cronológico, el nacionalismo era ya en casi todo el mundo cuando menos un hecho social y político significativo. Precisamente, las tensiones generadas por los nacionalismos balcánicos desde 1885 llevaron en 1914 al mundo a la guerra. Las guerras balcánicas de 1912 y 1913 antes citadas crearon el clima propicio: reforzaron a Grecia y Serbia, crearon una Albania mal definida, humillaron a Bulgaria y Turquía, y provocaron el creciente temor de Austria-Hungría ante el papel de Serbia en la región y la desconfianza de Alemania ante el apoyo de Rusia a Serbia. El detonante fue el atentado de Sarajevo de junio de 1914: el asesinato del heredero de la corona austro-húngara por jóvenes nacionalistas serbios. Cuando Austria-Hungría, presionado por Alemania, responsabilizó a Serbia por los hechos, los mecanismos de alianzas de las potencias hicieron imposible la localización del conflicto.

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La fascistización del nacionalismo

La I Guerra Mundial (1914-1918), al conllevar la desaparición de los imperios otomano, austro-húngaro, ruso y alemán en nombre del derecho a la autodeterminación de las nacionalidades en ellos enclavados, y la creación como consecuencia de numerosos países nuevos  (Checoeslovaquia, Yugoslavia, Polonia, Hungría, Austria, Finlandia, Letonia, Estonia, Lituania, y, como mandatos o británico o francés, de Siria, Líbano, Irak, Jordania y Palestina), fue vista como el triunfo de la nacionalidad, de la pequeña nación, y por ello mismo, como el triunfo de la democracia. En Gran Bretaña, el independentismo irlandés, el Sinn Fein, ganó, en Irlanda, las elecciones de 1918 y los parlamentarios electos proclamaron en Dublín un parlamento irlandés y la independencia irlandesa; ante la negativa de Londres a todo reconocimiento, el brazo armado del movimiento independentista, el Ejército Republicano Irlandés (IRA), desencadenó una violentísima campaña terrorista que en unos años llevaría al gobierno británico a negociar: en 1921, Irlanda,  salvo el condado del Ulster en el norte que permaneció dentro del Reino Unido, se constituyó como el Estado Libre de Irlanda. En España, la proclamación en 1931 de la II República, un régimen democrático y reformista, permitió que las regiones particularistas tuvieron derecho a la autonomía: Cataluña, en 1932; el País Vasco, en 1936.

La idea de que autodeterminación nacional era igual a triunfo de la democracia fue, sin embargo, un error. El triunfo de la nacionalidad se produjo en las peores condiciones históricas posibles. Pronto se vería que, lejos de avanzar hacia la democracia, el mundo entraba en la era de las dictaduras: la guerra había creado las condiciones para el fascismo. El nacionalismo fue un factor fundamental en todo ello. En Europa, y también en determinados países latino-americanos y en Japón, fue asumiendo en los años 20 y 30 formas agresivas e intolerantes, identificándose con ideas de grandeza nacional, expansionismo militar y superioridad racial (y en Europa central y del este, de antisemitismo), y con políticas autoritarias, populistas y antiliberales, hasta culminar en lo que cabe definir como la fascistización del nacionalismo, ejemplificada por los casos de Alemania, Italia y Japón (en España: Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, José Antonio Primo de Rivera y la Falange, el nacionalismo de los militares del 36),  pero que impregnó también a nacionalismos de base étnico-lingüística, como el nacionalismo croata, y a algunos nacionalismos árabes, y en África, al nacionalismo blanco afrikaner sudafricano, reorganizado tras la creación del Partido Nacional en 1935.Como mostraba el estilo para-militar que adoptó (marchas, banderas, culto al líder, uniformes...), el fascismo no fue, en efecto, otra cosa que una forma extrema del nacionalismo de la derecha. Los movimientos fascistas –creados a partir de la aparición del fascismo en Italia en 1919 y que fueron importantes en Alemania (nazismo), Austria, Hungría, Rumanía, y Croacia (Ustacha) y menos pero también, en Bélgica, Francia, España y Finlandia—fueron movimientos ultranacionalistas, antiliberales, anticomunistas (y algunos racistas  y anti-semitas): “revoluciones” nacionales, basadas en liderazgos fuertes, la exaltación de la patria y la destrucción de la democracia.

El fascismo llegó al poder en Italia en 1922; en Alemania, en 1933. Hasta 1940 fueron estableciéndose dictaduras de un tipo u otro en Hungría, España, Albania, Portugal, Polonia, Lituania, Yugoslavia, Austria, Letonia, Estonia, Bulgaria, Grecia y Rumanía, y fuera de Europa, en Argentina, Guatemala, El Salvador, República Dominicana, Brasil, Nicaragua, Cuba y Honduras. No todas las dictaduras fueron fascistas, pero fueron regímenes de regeneración, salvación o unidad nacional, gobiernos fuertes y de afirmación nacional –de vocación populista en el caso latino-americano-- que las masas, unas masas cada vez más nacionalizadas, parecían requerir en época de crisis intensa y generalizada. La dictadura portuguesa (1926-74) fue un estado autoritario, corporativo y católico, un régimen nacionalista y represivo que se apoyó en todo momento en el ejército y en una siniestra policía política. El régimen del general Franco en España (1939-1975), establecido tras la guerra civil de tres años que siguió al levantamiento militar de 1936 contra la II República, se basó en los principios de orden, autoridad y unidad de los militares –que derogarían las autonomías catalana y vasca--, en el pensamiento social de la Iglesia y en las ideas nacionalistas y fascistas de la Falange y la ultraderecha (unidad de España, hispanidad, imperio español): se configuró de esa forma como un estado fuerte, una dictadura militar, y aunque evolucionó con el tiempo, fue siempre un régimen autoritario (en sus primeros años: totalitario y fascistizante) y de poder personal. El régimen de Perón en la Argentina (1945-55) fue la variable argentina del fascismo, un nacionalismo populista que sirvió de vehículo de integración y afirmación de la nueva clase obrera argentina nacida de la inmigración (europea y del interior), previamente segregada y marginada por el tradicional poder oligárquico del país.

Las nuevas naciones del centro y del este de Europa, en cuyo nombre precisamente se había esgrimido el derecho de autodeterminación, nacieron condicionadas por el doble peso de la herencia de la guerra (destrucciones, endeudamiento exterior, inflación, pago de reparaciones, excombatientes...) y por numerosos problemas de tipo étnico y fronterizo. La construcción en ellos de estados nacionales conllevó afrontar gravísimos problemas económicos y políticos: problemas de vertebración nacional (Polonia, Hungría, Yugoslavia, Rumania), pleitos fronterizos y reivindicaciones irredentistas (Hungría, Bulgaria), tensiones inter-étnicas (conflicto serbio-croata en Yugoslavia, cuestión macedónica en los Balcanes), existencia de importantes minorías no nacionales,  inestabilidad financiera y reconstrucción económica, y problemas finalmente de régimen político (monarquía o república, como en los casos de Hungría y Grecia). En Polonia, Rumania, Lituania y Eslovaquia, el anti-semitismo fue endémico, precisamente en tanto que componente esencial de los nacionalismos respectivos. En Yugoslavia, el enfrentamiento entre la visión federalista del nacionalismo croata y la concepción unitarista de la nueva Yugoslavia del nacionalismo serbio, hizo imposible a la larga el gobierno parlamentario. La violencia terrorista del nacionalismo macedonio pro-búlgaro golpeó a Yugoslavia y Grecia, pero contribuyó también a la desestabilización de la propia Bulgaria. Grecia no podría superar la catastrófica derrota ante Turquía de 1922, desastre que forzó al país a abandonar definitivamente sus aspiraciones hegemónicas sobre la región balcánica, y causa de la división nacional entre monárquicos y republicanos que condicionaría su historia hasta la II Guerra Mundial. En Polonia, las diferencias sobre el modelo de república y sobre la misma idea de nación polaca (o nación católica y homogénea o nación secular y multiétnica) pondrían al país en más de una ocasión al borde de la guerra civil. El desafío resultaría, en suma, insuperable. Como se indicó, el centro y el este de Europa quedarían antes o después, por distintas causas, bajo formas distintas de dictadura. La nacionalidad, la pequeña nación, había fracasado precisamente en la misión que se le había encomendado en 1919: como instrumento de construcción nacional.

La I Guerra Mundial hizo, además, estallar el orden colonial. A ello contribuyeron de forma inmediata el hecho mismo de que los principios de autodeterminación y nacionalidad constituyeran el fundamento del nuevo orden internacional creado tras la guerra, basado en la Sociedad de Naciones, y la decepción que en el mundo colonial produjo la ampliación del poder de Gran Bretaña y Francia en Oriente Medio bajo la forma de mandatos, y sin duda también, la necesidad de las propias potencias coloniales de establecer nuevas formas de organización de sus dominios.

A partir de 1919, los poderes coloniales se encontraron, en cualquier caso, con una creciente oposición cuyo epicentro fue la India y su símbolo Gandhi, el líder del Partido del Congreso, y sus grandes campañas de desobediencia civil y resistencia pasiva contra el dominio británico que se prolongaron hasta el mismo momento de la independencia en 1947. Oriente Medio emergió a su vez como un nuevo escenario de tensión. Los mandatos británico (sobre Irak, Palestina y Transjordania) y francés (Siria y Líbano), aún decisivos para la creación de dichos territorios como estados nacionales árabes, no fueron mandatos tranquilos. Graves disturbios, complicados por conflictos étnicos y religiosos entre las distintas comunidades religiosas de la zona, estallaron en Irak (1920), Siria (1925-27) y Palestina (1929, 1936-39), donde el compromiso británico hecho público en 1917 de crear un hogar judío supuso un nuevo y especial desafío al Islam (aunque la población judía, unas 385.000 personas, no llegaba en 1936 ni siquiera al 30 por 100 de la población palestina). En Egipto, protectorado británico, Gran Bretaña, ante la creciente agitación nacionalista, optó por dar paso a una monarquía constitucional, pero reteniendo el control sobre Suez y el Sudán. Messali Hadj creó en 1927 la primera organización anticolonialista argelina, la Estrella Norteafricana. En Marruecos, protectorado hispano-francés, la resistencia anti-española, intermitente desde 1910, escaló decisivamente desde 1920, cuando Abd-el Krim, jefe de las cabilas de las montañas del Rif, desencadenó una eficaz guerra de guerrillas, que sólo pudo ser dominada en 1927 tras una acción militar conjunta hispano-francesa a gran escala..

En Asia, las manifestaciones de descontento y oposición del nacionalismo anti-colonial se extendieron ahora a Birmania, Ceilán, Indonesia e Indochina. El nacionalismo nacional siguió siendo, paralelamente, factor determinante en el cambio histórico del continente. En Turquía, la derrota en la I Guerra Mundial (el país entró en la guerra del lado de Alemania y Austria-Hungría),  tuvo consecuencias revolucionarias: tras vencer a Grecia en una nueva guerra, derivada de la mundial, y abolir el sultanato y el califato (1923), Mustafa Kemal, secularizó el estado, occidentalizó la sociedad e inició la industrialización del país. En China, comunistas y nacionalistas pugnaron  por el control y la dirección de la revolución nacional, una necesidad histórica tras la caída del Imperio en 1911 y la gravísima crisis de estado que se produjo como consecuencia, revolución que estalló a partir de 1919 y que no se resolvió definitivamente hasta el triunfo comunista en 1949. Japón reforzó sus posiciones internacionales y militares al hilo de la I Guerra Mundial: aumentó sus derechos en Manchuria, y se aseguró las posesiones y concesiones que Alemania había tenido en China y en el Pacífico. Pese a la aparente supremacía de los partidos políticos y a la naturaleza parlamentaria del sistema político del país, el Ejército era la clave del poder. Muchos oficiales jóvenes, afiliados a sociedades secretas ultra-nacionalistas, creían en la construcción de un imperio militar japonés revolucionario y nacional-socialista que restaurara todo el poder en el Emperador. Tres jefes de gobierno fueron asesinados entre 1921 y 1932; oficiales de la guarnición de Tokio intentaron en 1936 un golpe de estado, asesinado a varios ex-jefes de gobierno y a conocidas personalidades de la vida pública. En 1932, tras un atentado contra soldados de las tropas japonesas allí estacionadas, el Ejército decidió unilateralmente la ocupación de Manchuria. Japón creó en la región, pese a la condena internacional, el estado títere de Manchukuo; en 1936, se adhirió al eje Roma-Berlín creado por las potencias fascistas; en 1937, tras otro incidente militar, esta vez en las afueras de Beijing, declaró la guerra a China. En pocas palabras, Japón, el país que había encabezado la revuelta de Asia, había derivado hacia una forma de fascismo militar desde arriba.

El nacionalismo de la ultra-derecha amenazaba en 1939 la libertad en el mundo. La creación de Manchukuo sancionó el derecho de la fuerza. La crisis económica mundial de 1929 y la llegada de Hitler y el partido nazi (nacional-socialista) al poder en Alemania en enero de 1933 desestabilizaron el equilibrio europeo: Hitler significaba el rearme alemán, la unión austro-alemana, la amenaza sobre los Sudetes checos (región alemana enclavada en la nueva Checoeslovaquia) y sobre Danzig, ciudad de población alemana incluida en 1919 como “ciudad libre” dentro de Polonia. La invasión de Etiopía por la Italia fascista de Mussolini en 1935 –pretextando viejos agravios coloniales e incidentes recientes entre ambos países-- fue una violación flagrante del derecho internacional y un golpe definitivo al orden mundial creado en 1919. Italia y Alemania colaboraron decididamente en la guerra civil española (1936-39) apoyando abiertamente el levantamiento del general Franco contra la II República. En marzo de 1939, ambos países suscribieron un pacto de acero, una alianza formal para la guerra, al que poco después se incorporó Japón. El 1 de septiembre de 1939, Hitler, que previamente se había anexionado Austria y destruido Checoeslovaquia, invadió Polonia: la guerra así planteada, la II Guerra Mundial, una catástrofe para la humanidad aún mayor que la primera –y como ésta, provocada por el nacionalismo-- se prolongó hasta 1945.

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Eclipse y retorno del nacionalismo

La II Guerra Mundial (1939-45) desacreditó, parecía que definitivamente, al nacionalismo, asociado a racismo, anti-semitismo y a la voluntad de dominio de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Japón militar. Movimientos nacionalistas significados como los nacionalismos croata, eslovaco y albanés –y otros  menos importantes, como los nacionalismos bretón, alsaciano y flamenco, y hasta algún sector del IRA irlandés—eran además culpables o de colaboracionismo con los nazis o de haber formado parte del orden territorial creado por la Alemania nazi y los países del Eje.

Desde luego, en 1945, el nacionalismo era en Europa una fuerza en declive. En efecto, por un lado, en la Europa central y del éste (Polonia, los estados bálticos, incorporados ahora a la URSS, la nueva Alemania del Este creada tras la partición del país, Checoeslovaquia, Yugoslavia, Rumania, Bulgaria, Albania, Hungría), los nacionalismos parecieron desaparecer, por lo menos hasta 1989, bajo la hegemonía de la Unión Soviética y de los regímenes comunistas impuestos por ésta, tras la II Guerra Mundial, en los países mencionados. Por otro lado, en Europa occidental, el desprestigio de las ideas nacionalistas y de los nacionalismos nacionales generaría la aparición del proyecto territorial y político históricamente más novedoso entre las ideas que aflorarían en el continente en todo el siglo: la construcción de una Europa unida y supra-nacional, la construcción de la unidad europea. La unidad europea, puesta en marcha por un pequeño núcleo de seis países con la aprobación en 1951 del Plan Schuman sobre el carbón y el acero y con  la entrada en vigor en 1958 del tratado de Roma, nació efectivamente como alternativa al nacionalismo y la guerra. En el año 2000, la Unión Europea era una realidad histórica integrada ya por quince estados y 330 millones de habitantes (y se preveía una pronta incorporación de otros diez países, todos ellos del este de Europa, una vez caído el comunismo en 1989), con multitud de competencias y poder de intervención en numerosas materias, grandes recursos financieros, un Banco Central y una moneda, el euro, comunes, y aduanas exteriores, políticas agrarias, de pesca y transportes igualmente comunes, bajo la dirección de un Consejo Europeo, una Comisión ejecutiva y un Parlamento de elección directa: aun con limitaciones, Europa era una construcción supra-nacional y democrática en marcha.

Pero el eclipse del nacionalismo fue un hecho sólo europeo. La II Guerra Mundial destruyó también el orden colonial y precipitó la desintegración de los imperios coloniales europeos. En 1945, el nacionalismo era en Asia y África, en lo que se llamaría “el tercer mundo”, la principal fuerza de transformación. El hecho decisivo fue la independencia de la India (dividida en dos estados: India y Pakistán) que se produjo en 1947, una vez que Gran Bretaña llegara unánimemente a la convicción de que el mantenimiento del imperio resultaba imposible. Tras India y Pakistán, y con ellos Sri Lanka, otros países proclamaron de forma casi inmediata la independencia: Birmania, Indonesia, Libia; en 1956, Sudán, Túnez, Marruecos; en 1958, Ghana y Malasia. Diecisiete países accedieron a la independencia en 1960; otros cuarenta, entre 1960 y 1980. La descolonización fue, pues, una de las mayores revoluciones de la historia. Cambió el equilibrio internacional; generó la aparición de nuevos poderes regionales (Egipto, India) y de nuevas regiones económicas; implicó una gigantesca transferencia de poder a las nuevas naciones y a las nuevas elites asiáticas y africanas; transformó, en muchos casos de forma sustantiva, la estructura económica y política de los países independizados.

Pero la descolonización distó mucho de ser un proceso ordenado y gradual: lejos de traer la paz, estuvo marcada decisivamente por la violencia y la guerra. La partición en 1947 de la India costó la vida en enfrentamientos étnicos y religiosos a unas 250.000 personas. Las guerras de independencia de Indochina (1945-54) y Argelia (1954-62), resultado de la determinación de Francia de reconvertir de alguna forma su imperio y reafirmarse así como potencia tras la humillación de su capitulación ante Alemania en 1940, fueron terribles: 77.000 soldados franceses y unos 250.000 guerrilleros vietnamitas murieron en Indochina; 27.000 franceses y entre 100.000 y un millón de argelinos, en Argelia. Miles de personas murieron también en Kenya durante la rebelión étnico-nacionalista del Mau-Mau en los años 50; miles más en el Congo, en la serie de crisis desatadas por la independencia en 1960. Con la proclamación del estado de Israel en 1948 y la negativa de los estados árabes a reconocer su existencia, contra el acuerdo de la ONU de dividir Palestina en dos estados, uno árabe y otro israelí, Oriente Medio, región de gran valor estratégico y de excepcional significación espiritual y religiosa, se transformó en un foco permanente de inestabilidad y guerra: un total de cinco guerras convencionales a gran escala estallarían entre los estados árabes e Israel entre 1948 y 1973, provocadas en general por aquellos (Egipto, Siria, Irak,...); 700.000 árabes palestinos marcharían en 1948 de sus tierras en Palestina, como refugiados.

Además, los procesos de descolonización, lejos de equivaler a libertad y democracia,  desembocaron a menudo, y en muchos casos muy pronto, en violencia y opresión: regímenes militares, dictaduras de partido único, gobiernos de poder personal, revoluciones nacionalistas autoritarias. Al menos, tras la descolonización y hasta el fin del siglo XX,  en África sólo Tanzania y Kenya (y Botswana) tuvieron una evolución comparativamente tranquila y se constituyeron como sociedades abiertas y no autoritarias. En Asia y Oriente Medio, la democracia sólo pareció estabilizarse, además de en el nuevo Japón creado después de la guerra, en la India, aun con considerables problemas, en Israel –convertido tras su victoria en  la guerra de 1967 desencadenada por Egipto y Siria en un país de ocupación sobre Gaza y Cisjordania--, y con interrupciones, en Turquía. En Sudáfrica, la victoria en las elecciones de 1948 del nacionalismo blanco afrikaner dio paso a la creación de un régimen de segregación racial y supremacía blanca (apartheid), que duraría, merced entre otras cosas a la represión, hasta 1989. El África negra empezó igualmente mal. Los nuevos países eran más meras expresiones geográficas que naciones modernas; la idea territorial africana se basaba más en etnias, clanes, tribus y linajes que en la idea europea del estado-nacional. Los nuevos dirigentes africanos tuvieron que inventarse la nación: en esas circunstancias, liderazgo fuerte y unidad política, o lo que vino a ser lo mismo, poder personal y partido único (si no, el ejército) de base étnica, emergieron como los fundamentos  del nuevo estado. En el mundo islámico, la revolución egipcia de 1952, que derribó la monarquía y llevó al poder al coronel Nasser –revolución que sacudió a todos los países árabes--, hizo pensar que panarabismo y socialismo árabe, ideas básicas del nasserismo y de otros movimientos relativamente afines o coincidentes como el baasismo iraquí y sirio, podrían ser la llave para la integración de Islam y modernidad, y la respuesta a la crisis moral e histórica que para el Islam supuso la creación del estado de Israel en 1948. Violentas revoluciones militares se produjeron como consecuencia, a partir de finales de los años 50, en Irak, Siria, Sudán, Libia y Yemen; Siria, Irak y Argelia adoptaron desde los años 60, como antes el Egipto de Nasser, modelos económicos basados en capitalismo de estado, nacionalizaciones, industrialización a gran escala y reformas agrarias. El socialismo árabe sería un fracaso; los regímenes revolucionarios de los países citados fueron dictaduras de partido único basadas en el ejército, sistemas duramente represivos. Veinte, treinta, cincuenta años después de la revolución de 1952, ningún país árabe –ni las monarquías tradicionales, ni las repúblicas revolucionarias—habían resuelto el dilema entre Islam y modernidad, el conflicto entre la idea de estado-nacional y la propia tradición islámica, e Israel seguía obsesionado la conciencia islámica de todos los pueblos árabes.

El nacionalismo seguía siendo, por tanto, una realidad: estaba en la raíz, como acaba de quedar dicho, de algunos de los más espinosos problemas internacionales de la posguerra: guerras de independencia, conflicto árabe-israelí. El nacionalismo se había asociado, además, a descolonización y a movimientos de liberación nacional y/o anti-imperialistas, de acuerdo con la base teórica que les dio el libro Los condenados de la tierra (1961) de Frantz Fanon.

Significativamente, el nacionalismo reaparecería en la propia Europa en las últimas décadas del siglo bajo dos grandes categorías: a) como etno-nacionalismo, según el término acuñado por Walker Connor en 1967, o  nacionalismos de minorías, en la Europa desarrollada y próspera de la Unión Europea (y fuera de Europa, en Canadá: Quebec), con particular incidencia en Irlanda del Norte, Escocia y Gales, Bélgica (nacionalismo flamenco), Córcega y España, donde el resurgimiento bajo la dictadura de Franco de los nacionalismos regionales vasco, catalán y gallego llevaría a partir de 1975, con la restauración de la democracia, a la creación de un nuevo tipo de Estado, basado en la autonomía política de las regiones; y b) como reivindicaciones nacionales, declaraciones de independencia, formación de nuevos estados, en la Europa del este tras el colapso del comunismo en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética y de Yugoslavia.

Para muchos observadores, como el citado Connor, el etno-nacionalismo europeo no era otra cosa que nacionalismo a secas, cuya reaparición sólo podía sorprender a quienes desconocían la fuerza emocional del nacionalismo. El IRA norirlandés, que reapareció a partir de 1969, reabría en efecto la cuestión irlandesa, aparentemente cerrada en 1921: planteaba la integración plena y definitiva del Ulster, de Irlanda del Norte, en la República de Irlanda. ETA, la organización independentista vasca creada en 1959 y que desde 1968 optó por la lucha armada, aspiraba a la integración en un estado vasco independiente de los territorios vasco-españoles, vasco-franceses y Navarra. El nacionalismo extremista corso planteaba la independencia de Córcega. El nacionalismo catalán quería la construcción de la nación catalana dentro de España, pero de una España entendida como un estado plurinacional donde la nación catalana tuviera el mismo rango que la propia España. Pese a que el apoyo electoral que tuvieron los partidos nacionalistas fue en muchos casos relativo, si no menor (por ejemplo: en Escocia, Gales, Córcega o Galicia), los países europeos no fueron indiferentes al ascenso del etno-nacionalismo. La Constitución española de 1978 reconoció el derecho de nacionalidades y regiones a la autonomía; Cataluña, País Vasco (Euskadi) y Galicia tuvieron desde 1980 un amplísimo grado de autogobierno gestionado, en los casos catalán y vasco, por los partidos históricos del nacionalismo. Bélgica se transformó a partir de 1970 en un estado federal integrado por tres comunidades diferenciadas, Flandes, Valonia y Bruselas-capital. Escocia y Gales tuvieron desde 1999 parlamentos y gobierno propios. El problema fue otro. Por tratarse de nacionalismos que surgían en estados plenamente consolidados durante siglos, y en nacionalidades o regiones claramente pluralistas, los nacionalismos occidentales de fines del siglo XX fueron nacionalismos divisivos. En Irlanda del Norte y País Vasco especialmente (y menos así, en Escocia, Córcega y Cataluña), y fuera de Europa en Quebec, el etno-nacionalismo fue un factor de división política y de polarización interna, un conflicto interno en la propia comunidad tanto como un conflicto entre el nacionalismo y el estado respectivo (Reino Unido, España, Canadá), tanto más así en los dos primeros casos indicados cuanto que el IRA nor-irlandés y la ETA vasca refundarían, respectivamente, los nacionalismos católico nor-irlandés y vasco sobre la violencia y el terrorismo (3.000 muertos en Irlanda del Norte entre 1969 y 1997; unos 1.000, en el País Vasco, entre 1968 y 2.000).

Guerras y conflictos inter-étnicos de extrema gravedad asolarían a partir de 1989 los procesos de independencia y secesión de los nuevos estados balcánicos y ex-soviéticos. En Yugoslavia, el resurgimiento a la muerte en 1980 de Tito, el dirigente comunista que había mantenido unido el país desde 1945, de las aspiraciones  nacionales de las repúblicas federales que lo integraban (Eslovenia, Croacia, Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina, Macedonia), más el ascenso del nacionalismo serbio de Slobodan Milosevic como nueva alternativa unitaria tras el colapso del comunismo en 1989, desembocaron en un amplio conflicto inter-étnico que condujo a la desintegración del país en 1991-92, y a la guerra: como quedó dicho al principio, unas 300.000 personas murieron en las cinco guerras (guerras entre los antiguos estados yugoslavos, guerras entre las distintas minorías étnicas en el interior de aquellos) que estallaron en los Balcanes a partir de la fecha indicada, que provocarían además la intervención internacional, de la OTAN, la organización de defensa de los países occidentales creada en 1949, que intervendría militarmente, para detener a los serbios, en Bosnia-Herzegovina en 1995 y en Kosovo (Serbia) en 1999. El comunismo, el patriotismo soviético, fracasó igualmente como instrumento de vertebración nacional en la Unión Soviética, en la URSS, el gigantesco estado federal y multinacional nacido de la revolución de 1917. Las reformas que a partir de 1985 intentó el último líder del régimen, Gorbachov, reabrieron la cuestión nacional: primero, en Kazajstán; enseguida en las repúblicas bálticas, Letonia, Estonia y Lituania que, tras el triunfo de partidos nacionalistas en las elecciones de 1990, proclamaron la independencia; luego, en Ucrania, Armenia, Georgia y en la propia Rusia, proceso que se precipitó tras el fracaso del golpe de estado que dirigentes de la línea dura comunista intentaron en agosto de 1991 contra Gorbachov, y que se materializó cuando en diciembre de ese año los nuevos presidentes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania acordaron la disolución de la URSS. La pasión nacionalista estallaría enseguida en varios de los nuevos países (quince) creados, y provocaría, ya en los 90, violentos conflictos: en Georgia, tras la aparición de movimientos nacionalistas en las regiones de Osetia y Abjazia; en Armenia y Azerbaiyán, enfrentadas por el enclave de Nagorni-Karabaj; en Moldavia; y en Chechenia, a cuya declaración de independencia,  la nueva Rusia postcomunista respondió con operaciones militares a gran escala, primero en 1995 y luego en 1999, que dejaron miles de muertos y propiciaron la escalada del terrorismo checheno. 

 Cabría, pues, extraer al menos dos grandes conclusiones de carácter general: 1) que el nacionalismo fue en el siglo XX, como ya lo había sido en el siglo XIX, una fuerza de transformación y cambio probablemente más poderosa que lo que pudieron haberlo sido las transformaciones económicas, la conflictividad social y aún el progreso científico y tecnológico, factores tenidos usualmente por instrumentos esenciales del cambio histórico; 2) que los nacionalismos (porque, en efecto, la variedad de los mismos obligaría a proponer muchas y muy distintas tipologías: nacionalismos liberales y cívicos, y nacionalismos autoritarios; nacionalismos religiosos; étnicos; lingüísticos; tribales; mesiánicos; nacionalismo abierto y nacionalismo cerrado; nacionalismo nacional, de Estado, y nacionalismo de nacionalidad, de minorías...) serían en ese mismo siglo causa de importantes y a menudo violentos conflictos, con consecuencias casi siempre decisivas y muchas veces --las dos guerras mundiales, por ejemplo--, aciagas.

Parece revelador lo ocurrido en la propia Europa:  cuando terminaba el siglo XX, la cuestión nacional, que se pensaba desaparecería en una Europa cada vez más “europeísta”, supra-nacional  e integrada, volvía a generar, como acabamos de mencionar y como señalaba el historiador francés François Furet en un periódico británico en agosto de 1991, fanatismo y masacres. Acton dejó ya dicho en su ensayo citado al principio, que la “nacionalidad” no aspiraba ni a la libertad ni a la prosperidad, sino que, si le era necesario, sacrificaba ambas a las necesidades imperativas de la construcción nacional.

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Resumen:
El ensayo plantea que: 1) el nacionalismo fue en el siglo XX, como ya lo había sido en el siglo XIX, una fuerza de transformación y cambio probablemente más poderosa que lo que pudieron haberlo sido las transformaciones económicas, la conflictividad social y aún el progreso científico y tecnológico, factores tenidos usualmente por instrumentos esenciales del cambio histórico; 2) los nacionalismos (porque, en efecto, la variedad de los mismos obligaría a proponer muchas y muy distintas tipologías: nacionalismos liberales y cívicos, y nacionalismos autoritarios; nacionalismos religiosos; étnicos; lingüísticos; tribales; mesiánicos; nacionalismo abierto y nacionalismo cerrado; nacionalismo nacional, de Estado, y nacionalismo de nacionalidad, de minorías...) han sido en ese mismo siglo causa de importantes y a menudo violentos conflictos, con consecuencias casi siempre decisivas y muchas veces --las dos guerras mundiales--, aciagas.

Palabras clave:
Nacionalismo, Estado, autoritarismo, minorías, etnicidad, Europa, xenofobia, imperialismo, liberalismo, instituciones, religión, territorialidad, democracia, autodeterminación, autonomía, fascismo, guerra, conflicto, descolonización, poder, descentralización.

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Abstract:
The essay outlines the following: 1) Nationalism in the 20th century, as in the 19th century, was a force behind transformation and change. The effects were probably even more powerful than the outcome of economic transformations, social conflict or scientific/technological progression, underlying factors that are usually perceived as essential instruments to historical change; 2) nationalisms in this century (because, in effect, the diversity of nationalisms requires the consideration of a number of different typologies: liberal and civic nationalism, authoritarian nationalism; religious nationalism; ethnic, linguistic, tribal, Messianic, open and closed nationalism; national nationalism, of a State, national nationalism, of a minority…) have been the cause of significant and numerous violent conflicts with outcomes that were almost always decisive and often times-the two World Wars for example-devastating.

Key Words:
Nationalism, State, authoritarianism, minorities, ethnicity, Europe, xenophobia, imperialism, liberalism, institutions, religion, territoriality, democracy, self-determination, autonomy, fascism, war, conflict, decolonialization, power, decentralization.

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© 2006 Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset

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