El Antiguo Régimen
La revolución del
mundo hispánico
El constitucionalismo hispánico
Los primeros regímenes americanos
Los retos en la construcción de las naciones
La tradición de Cádiz en la América Septentrional
Los conflictos en la América Meridional
Las nuevas naciones
La independencia de la América española no fue un movimiento
anticolonial, sino parte tanto de una revolución política
así como de la disolución de un sistema político mundial.
Este fenomeno constituyó parte del proceso de transición de
las sociedades del Antiguo Régimen a los estados nacionales
modernos. La forma en la cual ese proceso tomó lugar en las
diferentes regiones afectó a las nuevas naciones hispánicas
que emergieron de las guerras de independencia, entre las que
se contaba a
la misma España. Este
ensayo se centrará en los aspectos políticos y constitucionales
del proyecto formativo de la nación. Pero, es importante
tener en consideración que los nuevos países hispánicos se encontraban
sumergidos en una serie de cambios tanto sociales como económicos
que los aquejaban y que, con frecuencia, impidieron la creación
de regímenes estables y prósperos. Además, los nuevos estados
hispánicos competían individualmente en un difícil, y en ocasiones
hostil, ambiente internacional que continuamente retrasaba la
consolidación de las nuevas estructuras políticas.
La transformación
del Antiguo Régimen a los estados naciones fue la culminación
de varias décadas de cambios institucionales, económicos, políticos
e ideológicos. Si bien las ideas, estructuras y prácticas políticas
cambiaron con rapidez vertiginosa después de 1808, gran parte
del Antiguo Régimen quedó intacto. La naturaleza de las relaciones
sociales, económicas e institucionales cambió lentamente; los
nuevos procesos, al igual que las nuevas instituciones liberales,
a menudo se entretejían con prácticas y tradiciones ya arraigadas.
No hubo una ruptura drástica con el pasado, puesto que el Antiguo
Régimen y el nuevo liberalismo se entremezclaron durante dicho
proceso.
Para entender
la formación de las nuevas naciones es necesario examinar la
naturaleza del Antiguo Régimen. Las transformaciones ocurridas
durante los últimos años del siglo XVIII y principios del siglo
XIX dieron lugar al proceso de independencia. De la misma manera,
la gran revolución política y la lucha prolongada iniciada en
1808 tuvieron efectos profundos y directos en la sociedad emergente.
Las naciones no existían antes de la independencia, sino que
fueron creadas. Los nuevos países no fueron constituidos arbitrariamente;
sino que eran un reflejo de las instituciones, tradiciones y
prácticas del pasado. El proceso de la construcción de la nación
fue complejo; las condiciones locales determinaron el rumbo
y la medida del proceso de transformación. La gente y las regiones
del Nuevo Mundo estaban en desacuerdo tanto con las fronteras
de las nuevas naciones como con las estructuras gubernamentales.
En América seis países –México, Las Provincias Unidas en el
Centro de América, Colombia, Perú, Chile y las Provincias del
Río de la Plata—emergieron inicialmente de cuatro virreinatos.
Tres de las nuevas naciones, Las Provincias del Río de la Plata,
Colombia y Las Provincias Unidas en el Centro de America, más
tarde se fragmentaron cuando grupos regionales y locales impusieron
su vision particular de las fronteras nacionales y de las estructuras
de gobierno. Unicamente el antiguo virreinato de la
Nueva España permaneció intacto como la nación
mexicana. Las nuevas divisiones representaban un rechazo a
los ajustes territoriales hechos durante el siglo XVIII, tales
como la creación de los virreinatos de Nueva Granada y del Río
de la Plata, y un regreso a la identificación con las audiencias
tradicionales o reinos como componentes básicos de la nación.
El Antiguo
Régimen
A finales del siglo XVIII, las posesiones de la
Monarquía Española en América constituían una
de las estructuras políticas más imponentes del mundo. Su territorio,
que comprendía la mayor parte del hemisferio occidental se extendía
a lo largo de toda la costa del Pacífico, desde el Cabo de Hornos
en el sur hasta Alaska en el norte. La costa oriental la compartía
con Brasil en América del Sur, con la Honduras británica en
América Central y con Los Estados Unidos y Canadá en América
del Norte, países cuyo territorio se limitaba a pequeñas franjas
de tierra en la costa atlántica. En el Caribe, la Monarquía Española
poseía las islas principales. Las Indias españolas –generalmente
llamadas América en el siglo XVIII- también incluían
a las Filipinas y a otras islas en el Pacífico.
Integrada originalmente por dos virreinatos, el de la
Nueva España y el de Perú, la América española
fue subdividida posteriormente por la corona cuando estableció
los virreinatos de Nueva Granada y del Río de la Plata en 1739
y 1776 respectivamente; pero las unidades territoriales más
duraderas fueron aquellas cuya circunscripción fue administrada
por las audiencias, a las que con frecuencia se daba el nombre
de reinos. Con excepción de las audiencias de Nueva España,
tales demarcaciones se transformaron en las naciones nuevas
de Hispanoamérica. Nueva España contaba con dos audiencias,
la de México y la de Guadalajara. Las Filipinas,
las cuales de alguna manera eran una dependencia de la Nueva España, disfrutaban
de su propia audiencia, Manila. Las otras audiencias de la América
española las conformaban Guatemala en América Central, Santa
Fe de Bogotá en Nueva Granada, Caracas en Venezuela, Quito,
Charcas en el Alto Perú, Lima en Perú, Santiago en Chile, Buenos
Aires en el Río de la Plata y Santo Domingo en el Caribe. A
pesar de que Cuzco había obtenido una audiencia en 1787, ésta
no había existido el tiempo suficiente para consolidar la propia
identidad de la región cuando se logró la independencia. El área
subsecuentemente pasó a formar parte de la República de Perú.
La estructura política fundamental del Antiguo Régimen la constituía
el ayuntamiento o cabildo. Los ayuntamientos de América, los
cuales se fundamentaban en las tradiciones romanas-hispanas,
funcionaban como capitales de provincia; poseían la voz y voto
de su provincia, la cual estaba fomada por los pueblos y aldeas
dependientes. En dichos ayuntamientos existía un sentido de
patriotismo, una identificación hacia la
localidad. La identificación regional se vio
fortificada por la introducción del sistema de intendencias
a finales del siglo XVIII. El intendente era un gobernador
provincial quien con frecuencia trabajaba con las élites locales
y con otros grupos para fomentar el bienestar social y económico
de la intendencia y así contribuía de manera inadvertida al
crecimiento del patriotismo o localismo.
[2] El regionalismo del ayuntamiento-provincia,
aunque importante, permaneció inactivo como fuerza política
durante el Antiguo Régimen. Sin embargo, éste habría de emerger
con un gran poder durante la independencia y en los inicios
del período nacional. En muchas ocasiones, los ayuntamientos
no sólo ratificaron sus derechos tradicionales, sino que también
reclamaron soberanía e independencia como capitales provinciales.
Estas corporaciones definieron los intereses regionales e insistieron
en formar confederaciones de provincias iguales, de este modo
confrontaban a las capitales de sus naciones, las cuales generalmente
preferían gobiernos centrales o unitarios
Para fines analíticos, las posesiones españolas de América pueden
dividirse en cuatro áreas generales: en primer lugar, las regiones
principales--la parte central de la Nueva España, Guatemala,
Nueva Granada, Quito, Perú y El Alto Perú--, las cuales contaban
con economías muy complejas que incluían la agricultura comercial,
la industria (es decir, obrajes dedicados a la manufactura de
textiles y otros productos de naturaleza artesanal), así como
zonas mineras de importancia. En segundo lugar, las regiones
dedicadas fundamentalmente a la agricultura, que abastecían
a las regiones principales más desarrolladas y que incluían
partes de Nueva Galicia y el Bajío en la
Nueva España, algunas de América Central, Chile
y Río de la Plata. En tercer lugar, las regiones
tropicales, especialmente Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo,
Venezuela, Guayaquil y las partes costeras de Nueva Granada
y de Perú, que se caracterizaban por dedicarse a la agricultura
de plantación destinada por lo general a un mercado de exportación,
ya fuera de Europa o en América misma (Guayaquil y Venezuela,
por ejemplo, encontraron el mercado principal para su cacao
en la Nueva España). La Nueva España poseía también
regiones tropicales de importancia, Veracruz, Yucatán y la tierra
caliente del Pacífico, si bien éstas se hallaban integradas
a la más amplia economía del virreinato. Las Filipinas, aunque
era también una región tropical dependenciente de la
Nueva España, poseía un lugar privilegiado
en la economía del reino porque servía como intermediario entre
el comercio que se hacía con Asia. Por último se encontraban
las regiones fronterizas, como las Provincias Internas de Nueva
España, la parte sur de Chile y del Río de la Plata, la Banda Oriental y Paraguay, que
servían como amortiguadores entre las regiones pobladas y los
indios nómadas, así como entre las demás monarquías europeas.
La diversidad
económica de las regiones de la América española favoreció también
el surgimiento de los diversos sectores sociales. En 1800 la
América española, incluyendo a las Filipinas, contaba aproximadamente
con una población de 13,6 millones de habitantes, casi la mitad
de los cuales eran residentes de la Nueva España. Aunque
la población de la América española era multirracial, la clase,
más que el origen étnico, se hizo más importante en las regiones
desarrolladas a finales del siglo XIII. Las áreas principales
incluían en su composición importantes grupos urbanos--una variada
élite compuesta por funcionarios del gobierno, eclesiásticos,
profesionistas, comerciantes, terratenientes, mineros y otros
empresarios--, lo mismo que un sector muy variado integrado
por artesanos y obreros. Estas regiones contaban también con
un campesinado muy complejo--predominantemente indio, pero en
donde además había mestizos, criollos, negros y castas--que
incluía a pequeños propietarios, arrendatarios, trabajadores
acasillados, jornaleros y aldeanos corporativos. Los indios,
quienes constituían la mayoría de la población de las regiones
principales, vivían en aldeas comunales localizadas en las repúblicas
de indios, las cuales les proveían tanto de privilegios
especiales como de obligaciones, entre los que se incluía el
tributo. Aquellos que abandonaban las repúblicas se integraban
al resto de la sociedad y dejaban de ser "indios"
para pasar a ser considerados como mestizos. En los centros
urbanos, la población fue definiéndose cada vez más en términos
de clase social y no por su ascendencia racial.
Si bien en términos generales las regiones dedicadas a la producción
agrícola se asemejaban a las áreas principales en su organización
social, su estructura era mucho más sencilla como resultado
de una economía menos compleja y de una población más reducida.
Dominadas por una importante fuerza de trabajo que incluía grupos
considerables de negros y castas, así como un contingente menor
compuesto por indios, mestizos y criollos, las zonas tropicales
contaban también con un componente urbano comparable al de las
ciudades de las áreas principales aunque más restringido. En
muchos aspectos, la sociedad rural de las zonas del trópico
era menos diferenciada que la de las regiones principales. Debido
a que las regiones tropicales eran habitadas mayormente por
negros, tanto esclavos como libres, y por castas –gente de ascendencia
africana—las tensiones emergieron entre ellos y los blancos,
particularmente después de la Revolución haitiana. Las regiones
periféricas o fronterizas se distinguían por el agudo contraste
entre los grupos asentados, formados en su mayoría por mestizos,
y los "indios bárbaros", por lo general nómadas. De
población muy reducida, en ellas las diferencias sociales eran
menores que en las zonas del trópico.
[3]
A pesar de que formaban parte de la
misma Monarquía y que poseían la misma cultura
política, los reinos americanos mantenían poca comunicación
entre ellos, excepto si eran vecinos, y, con frecuencia, sus
intereses entraban en conflicto. Eran americanos, pero la patria,
la nación o la América de la que ellos hablaban era su patria
particular. Esta realidad debilitó su capacidad de actuar en
forma collectiva vis a vis con España o con otros países.
Como la Gazeta de Buenos Ayres hacía notar con respecto
a la Nueva
España: "con aquel pueblo no tenemos más
relaciones que con la Rusia o la Tartaria … ¿Cómo conciliaríamos
nuestros intereses con los del Reyno de México? Con nada menos
se contentaría éste que con tener estas provincias en clase
de colonias".
[4]
La revolución
del mundo hispánico
La gran revolución política del mundo hispánico comenzó en 1808
cuando Napoleón Bonaparte se apoderó de la Corona española y
se la obsequió a su hermano José. La invasión francesa de España
y el derrumbe de la Monarquía desencadenaron una serie de acontecimientos
que culminaron con el establecimiento de un gobierno representativo
en el mundo hispánico. Tras los sucesos de mayo de 1808, el
primer impulso que se dio en España fue de carácter centrífugo;
esto es, se formaron juntas regionales con el fin de gobernar
las distintas provincias, la cuales invocaron el principio hispánico
que afirmaba que en ausencia del rey la soberanía recaía en
el pueblo. Miguel Artola bien acertó al escribir: "El resultado
más transcendental de los sucesos que han tenido por escenario
a España entera y por protagonista a todos los españoles, es
el sentimiento de reasunción de la soberanía del pueblo, puesto
en relieve en todos los escritores del momento." [5]
Los pueblos de América también se mostraron unánimes en su oposición
a los franceses. La amenaza externa dio mayor relieve a los
factores que los unían. Como recordó más tarde Simón Bolívar:
"El hábito de la obediencia; un comercio de intereses,
de luces, de religión; una recíproca benevolencia; una tierna
solicitud por la cuna y la Gloria de nuestros padres; en fín,
todo lo que formaba nuestra esperanza nos venía de España. De
aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno." [6] Debido a que todas
las áreas de la Monarquía española poseían la misma cultura
política, todos los grupos, incluyendo a los de América, justificaron
sus acciones a base de parámetros semejantes y bajo términos
casi idénticos. Argumentaban que a raíz del encarcelamiento
del rey, la soberanía revertía al pueblo.
Los americanos habían propagado también el concepto de la Constitución
"no escrita". De acuerdo con esta interpretación los
americanos derivaban sus derechos a partir de un acuerdo, un
pacto, entre el rey y sus antepasados españoles, quienes al
conquistar el Nuevo Mundo obtuvieron privilegios de la Corona,
entre los que se encontraba el derecho de convocar a sus propias
Cortes. Tal acuerdo, sin embargo, no se estableció entre América
y España, sino entre cada uno de los reinos de América y el
rey. Como afirmó Fray Servando Teresa de Mier, uno de los defensores
más distinguidos de la tesis de los derechos americanos al referirse
a "nuestras leyes fundamentales":
Lejos de haber pensado nuestros reyes en dejar nuestras Américas
en el sistema colonial moderno de otras naciones, no sólo igualaron
las nuestras con España, sino con lo mejor de ellas. [Y sostuvo]
Es evidente en conclusión: que por la Constitución dada por
los reyes de España a las Américas, son reinos independientes
de ella sin tener otro vínculo que el rey … el cual, según enseñan
los publicistas, debe gobernarnos como si sólo fuese rey de
ellos…. Cuando hablo del pacto social de los americanos, no
hablo del pacto implícito de Rousseau. Se trata de un pacto
del Reino de la Nueva España con el soberano
de Castilla. La ruptura o suspensión de este pacto … trae como
consecuencia inevitable la reasunción de la soberanía por la
nación …cuando tal ocurre, la soberanía revierte a su titular
original. [7]
La Gazeta
de Buenos Ayres se hizo eco de este punto de vista cuando
aseguró:
Que disueltos
los vínculos que ligaban a los pueblos con el Monarca, cada
provincia era dueña de sí misma, por cuanto el pacto social
no establecía relaciones entre ellas directamente [entre España
y América], sino entre el Rey y los pueblos. [8]
La Gazeta
de Buenos Ayres no solo apoyó el punto de vista de Mier,
sino que además formuló la pregunta que más tarde pasaría a
ser clave en la disputa sostenida por las fracciones políticas
antagónicas: ¿qué entidades habían hecho pacto con el rey? Es
decir ¿qué entidades eran soberanas, los reinos según la opinión
de Mier, o las provincias y los pueblos como lo estipulaba la
Gazeta? Las ciudades capitales de los virreinatos y
de las audiencias daban por hecho que eran soberanos, pero las
ciudades provinciales creían lo contrario. En la ausencia del
rey, la controversia podría resolverse en el ultimo caso por
la fuerza. El conflicto entre las
capitales nacionales, las cuales pretendían dominar sus respectivos
países, y las capitales provinciales, que a su vez insistían
en la formación de confederaciones igualitarias, se convirtieron,
subsecuentemente, en la pieza clave de las luchas políticas
del siglo decimonónico.
El constitucionalismo hispánico
La desintegración
de la monarquía generó una serie de acontecimientos que paulatinamente
culminaron en el establecimiento de un gobierno representativo
en el mundo hispánico. El primer paso de ese proceso fue la
formación de las juntas de gobierno en España y América, las
cuales invocaron el principio del derecho hipánico de que la
soberanía, en ausencia del rey, recaía en el pueblo. En España
las provincias ratificaron su autonomía al insistir en su derecho
a la soberanía. En tanto
que las provincias peninsulares hicieron fácilmente esa transición,
los reinos americanos afrontaron la oposición de los funcionarios
reales, los europeos residentes en América y sus aliados del
Nuevo Mundo.
La
Junta Suprema Central Gubernativa del Reino,
creada como un gobierno de defensa nacional en septiembre de
1808, realizó los primeros movimientos revolucionarios para
resolver la crisis de la Monarquía. Este órgano
no sólo reconoció los derechos de las provincias de España,
sino que también reconoció las pretenciones de los americanos
quienes sostenían que sus tierras no eran colonias sino reinos,
que constituían partes iguales e integrales de la Monarquía
española y que poseían el derecho de representación en el gobierno
nacional, algo que ninguna otra nación europea le había otorgado
a sus posesiones. [9]
En 1809
los reinos de América llevaron a cabo las primeras elecciones
para representantes para un gobierno de toda la Monarquía española,
la Junta Central. Las largas
y complicadas elecciones para diputados a la Junta Central constituyeron un
considerable paso adelante en la formación de un gobierno representativo
moderno para toda la nación española, como era llamada ahora
la Monarquía. El proceso
electoral --por ejemplo el uso de la terna-- se basaba claramente
en los procedimientos de elección de los organismos corporativos.
La diferencia principal consistía en que los procedimientos
electorales tradicionales eran ajustados a los nuevos propósitos
políticos. Además, el procedimiento reconocía implícitamente
el antiguo derecho putativo de las capitales provinciales americanas
–las ciudades cabezas de partido—a tener representación en los
congresos de las ciudades.
Cuando las
fuerzas españolas se demostraron incapaces de detener la invasión
francesa en la Península, la desacreditada Junta Central
se disolvió en enero de 1810, nombrando en su lugar al Consejo
de Regencia. Algunas provincias españolas y varios reinos de
América se negaron a reconocer la legitimidad del nuevo gobierno.
En el Nuevo Mundo, algunos determinaron que la hora había llegado
para establecer gobiernos autónomos en sus tierras. Juntas
autónomas fueron formadas en el Alto Perú, Quito, Caracas, Buenos
Aires, Santiago de Chile y en varias provincias de Nueva Granada;
además, una insurgencia rural se desencadenó en la parte norte-centro
de la Nueva España. La
decisión del Consejo de convocar a Cortes, sin embargo, dio
solución a las inquietudes de las provincias de España y de
muchas partes del Nuevo Mundo, convenciéndolas de apoyar al
nuevo gobierno. En 1810, la mayor parte de los reinos americanos
llevaron a cabo extensas elecciones, no para una Junta de Gobierno,
sino para un Parlamento de toda la Monarquía española, el cual
tendría el poder para transformar al mundo hispánico. Las Cortes
dieron a los americanos que anhelaban la autonomía una manera
pacífica para obtener el autogobierno. Además los intensos
debates en el Parlamento, ampliamente difundidos por la prensa
en el periodo 1810-1812, influyó significativamente en aquellos
hispanoamericanos que lo apoyaron al igual que aquellos que
se opusieron al nuevo gobierno hispánico.
[10] De este modo la revolución hispánica tuvo
profundos efectos a través de toda la Monarquía.
Los diputados de España y América quienes expidieron la Constitución
de la Monarquía española transformaron el mundo hispánico.
La Constitución de 1812 no era
un documento
español; sino que era un estatuto para el mundo hispánico. De
hecho, es poco probable que la Carta de Cádiz hubiese tomado
la forma que tomó sin la participación de los representantes
de Nuevo Mundo. Los diputados americanos a las Cortes ejercieron
un papel central en la elaboración de la Constitución. Sus
argumentos y propuestas convencieron a algunos españoles a abrazar
cambios sustanciales tanto en América como en la Península. Algunas
de las importantes reformas liberales que caracterizaron la
Constitución de 1812, como la Diputación Provincial,
son directamente atribuidas a los diputados americanos. La
Constitución de Cádiz fue tanto una Carta americana como española.
Abolió las instituciones señoriales, la Inquisición, el tributo
indígena, el trabajo forzado –como la mita en Sudamérica y el
servicio personal en España- y afirmó el control de la Iglesia
por parte del Estado. Creó un Estado unitario con leyes iguales
para todas las partes de la Monarquía española, restringió sustancialmente
la autoridad del rey, y confirió a las Cortes un poder decisivo.
Al concederle el sufragio a todos los hombres, con excepción
a aquellos de origen africano, sin exigir los requisitos de
saber leer y escribir ni los requisitos de la propiedad, la
Constitución de 1812 sobrepasó a todos los gobiernos representativos
existentes, tales como los de la
Gran Bretaña, los Estados Unidos y Francia,
al proveer derechos políticos a la gran mayoría de la población
masculina.
Las Constitución
de la Monarquía Española
aumentó el electorado y, de manera notable, incrementó la esfera
de la actividad política. La
nueva Carta establecía el gobierno representativo
en tres niveles: la ciudad, la provincia y la Monarquía. Cuando
permitió a las ciudades y pueblos que contaban con mil o más
habitantes formar ayuntamientos, transfirió el poder político
del centro a las localidades, en tanto que gran cantidad de
personas era incorporada al proceso político.
[11] En América la devolución del poder a las localidades
socavó los acuerdos tradicionales por medio de los cuales las
capitales de los virreinatos y de las audiencias dominaban al
gobierno. Lo anterior contribuyó a las luchas políticas posteriores
que resquebrajaron varios vireinatos.
Como se
requería en la Constitución, las elecciones se llevaron a cabo
para los ayuntamientos constitucionales, las diputaciones provinciales
y las Cortes. A diferencia de las elecciones de 1809 para elegir
la Junta Central y las de 1810 para
constituir las Cortes, las cuales fueron efectuadas por los
ayuntamientos, las nuevas elecciones constitucionales de 1812-1813
fueron las primeras de caracter popular efectuadas en el mundo
hispánico. Aunque la élite dominó el proceso en forma clara,
cientos de miles de personas pertenecientes a las clases media
y baja, incluyendo indios, mestizos, y castas, se comprometieron
en la política de manera significativa e hicieron sentir su
presencia. Lo que es aún más sorprendente es que las comunidades
indígenas –miembros de las antiguas Repúblicas de indios- también
participaron activamente. Irónicamente, el nuevo sistema político
hispánico parece haber sido más “popular” y “democrático” que
la mayoría de los movimientos insurgentes que por entonces se
disputaban el poder en el Nuevo Mundo. Mientras que por un
lado se efectuaron elecciones relativamente libres en aquellos
lugares dominados por los realistas: Nueva España, Guatemala,
Cuba, Puerto Rico, Quito, Perú y Alto Perú; por el otro los
insurgentes o bien no tuvieron elecciones o las realizaron pero
sin apegarse a una norma “democrática” o “popular”. [12]
La primera
era constitucional terminó en 1814 cuando Fernando VII retomó
el poder; abolió las Cortes y la Constitución, restaurando así
el absolutismo. Durante los cinco años siguientes las autoridades
reales en el Nuevo Mundo desmantelaron las nuevas estructuras
políticas y, ya sin las trabas de la Constitución, aniquilaron
la mayoría de los movimientos autónomos. Sólo el aislado Río
de la Plata conservó su autonomía, debido a que se encontraba
más allá del alcance de la debilitada Monarquía
española. La represión de la Corona incitó a la minoría de
la población políticamente activa de América que favorecía la
independencia a actuar en forma decisiva. Reanudaron las luchas
en el Cono Sur y en Venezuela. Las provincias del Río de la
Plata declararon su independencia en 1816 y crearon las Provincias
Unidas en Sudamérica. Al año siguiente un ejército bajo la
dirección del general José de San Martín invadió Chile por el
este. Las fuerzas realistas fueron derrotadas a mediados de
1818 y la nueva nación de Chile se creó en ese año. Los republicanos
reanudaron la guerra en Venezuela en 1817 y en el año de 1819
la marea se había vuelto contra la Monarquía, cuando una fuerza
combinada de neogranadinos y venezolanos derrotó a los realistas
en Boyacá, obligando al virrey y a otros funcionarios a huir
de Bogotá. A finales de 1819 quedaba muy claro que si Fernando
VII deseaba retener el control de América se vería obligado
a enviar más tropas. Sin embargo, formar una nueva expedición
para reconquistar el Nuevo Mundo sólo podría significar el aumento
del descontento en la
Península. En España los liberales sacaron
ventaja del desencanto con la guerra en América y finalmente
forzaron al rey a restablecer la Constitución en marzo de 1820.
La restitución del orden constitucional transformó el sistema
político hispánico por tercera vez en una sola década.
La restauración
del gobierno constitucional produjo respuestas diversas en las
regiones americanas, respuestas que impactarían profundamente
en su desarrollo político. La Nueva España y el reino
de Guatemala entusiásticamente restablecieron el sistema constitucional.
En los meses siguientes, se efectuaron elecciones para innumerables
ayuntamientos constitucionales, diputaciones provinciales y
las Cortes. La inestabilidad política en la Península durante
los últimos doce años, sin embargo, convenció a muchos de los
novohispanos de que lo más prudente era establecer un gobierno
autónomo al interior de la Monarquía española. Los autonomistas
optaron por una monarquía constitucional. Al respecto, siguieron
dos lineas de acción. Los diputados de la
Nueva España en las Cortes de 1821 propusieron
un proyecto para la autonomía del Nuevo Mundo por el cual se
crearían tres reinos americanos gobernados por príncipes españoles
y la Constitución de 1812 y alíados a la
Península. Al mismo tiempo, los autonomistas
organizaron un movimiento clandestino en la Nueva España el cual proponía
establecer una Monarquía autónoma bajo la Constitución de 1812.
Cuando la mayoría española en las Cortes rechazó su propuesta
para crear reinos americanos autónomos, los dirigentes de la Nueva España prefirieron
independizarse. México obtuvo su independencia no porque España
hubiera sido derrotada militarmente, sino debido a que los novohispanos
dejaron de seguir apoyando políticamente a la Monarquía. La América
Central también declaró su independencia y se unió al nuevo
imperio mexicano.
En Sudamérica
la restauración de la constitución hispánica brindó a los independistas
la oportunidad para continuar sus campañas para liberar al continente.
Al contrario de lo acontecido en la
América Septentrional, en la América Meridional
los insurgentes sí derrotaron militarmente al régimen español.
Dos movimientos en forma de pinzas, uno proveniente del sur
y otro del norte, convergieron en un momento dado en Perú, así
acabando con el dominio de la Monarquía española en 1825.
Las dos
Américas tuvieron experiencias políticas significativamente
diferentes. Las dos naciones de América Septentrional experimentaron
de lleno la revolución hispánica. Sus subsecuentes estructuras
políticas se basaron en la Constitución de 1812. La mayor parte
de la América Meridional,
por otro lado, estuvo gobernada por regímenes autónomos durante
el periodo constitucional y no participaron en la revolución
hispánica. En consecuencia, las naciones del sur siguieron
diferentes caminos constitucionales. A pesar de esas variantes,
fuerzas similares, tales como el regionalismo, surgieron en
ambas regiones.
Los primeros regímenes americanos
Los dirigentes
hispanoamericanos tuvieron que enfrentarse a dos retos fundamentales
durante los primeros años del siglo XIX: determinar las fronteras
nacionales y establecer los gobiernos. Aunque algunas audiencias
subordinadas, tales como la
de Charcas y la
de Quito, exigieron el derecho a gobernarse
a sí mismas mediante la creación de juntas de gobierno en 1809
y 1810, muchos americanos consideraron los virreinatos sinónimos
de la nación.
Las ciudades capitales de los virreinatos,
México, Santa Fe de Bogotá, Lima y Buenos Aires, dieron por
sentado que ellas pasarían a ser los centros de los nuevos países.
Muchas de ellas, sobre todo Buenos Aires, confíaban en su fuerza
para imponer su voluntad en las naciones emergentes. De madera
similar, a pesar de que algunos dirigentes favorecían la formación
de repúblicas, la mayoría de los hispanoamericanos, incluyendo
al gran campesinado indígena en las repúblicas de indios, favorecían
las monarquías constitucionales. Además, muchos civiles preferían
el dominio legislativo, como lo establecía la Constitución de
Cádiz y varias de las Cartas americanas, a diferencia de los
militares, entre los que se encontraba Bolívar, que insistían
en el dominio ejecutivo. Esas divisiones resultarían en una
disputa considerable y retrasarían el proceso de consolidación
nacional durante los primeros años del siglo XIX.
Durante
el periodo 1810-1814, algunos americanos, así como algunos de
sus contrapartes en la Península, cuestionaron la legitimidad
del Consejo de Regencia y su derecho a hablar por la nación
española. Actuaron bajo el contexto de un debate de amplia
resonancia en toda la Monarquía española sobre la naturaleza
del gobierno, el cual había surgido desde la caída de la Corona
en 1808. Muchas publicaciones–especialmente las actas de las
Cortes de Cádiz y comentarios sobre los temas discutidos en
aquel parlamento- propagaron un amplio repertorio de conceptos
políticos. Como declarara el licenciado Julián Castillejos,
abogado de la Audiencia de México, “nadie ignora que en las
actuales circunstancias, reside la Soberanía en los Pueblos.
Así lo enseñan infinitos impresos que nos vienen de la Península." [13]
Algunas
regiones de América, temiendo que España pudiera ser subyugada
completamente por Francia, se movilizaron para protegerse ellas
mismas mediante la creación de juntas de gobierno bajo el nombre
de Fernando VII. Durante los primeros meses de 1810, Caracas,
Buenos Aires, Santiago de Chile, Quito, las provincias de la Nueva Granada y los grupos en
la Nueva
España que se llamaban la América mexicana
formaron gobiernos autónomos. Algunos de esos organos redactaron
las primeras constituciones en la América española: Venezuela
(1811), Cundinamarca (1811), Provincias Unidas de la
Nueva Granada (1811), Quito (1812), y la América
mexicana (1814).
Las Juntas
americanas se regían por el mismo principio jurídico utilizado
por sus contrapartes peninsulares. En la ausencia del rey,
la soberanía recaía en el pueblo. La pregunta que surgía por
todas partes era ¿Quién era el pueblo? En 1808 el término el
pueblo se había aplicado a los representantes de las corporaciones.
Posteriormente, en especial después de la promulgación de la
Constitución de 1812, el término el pueblo se aplicó al individuo,
al ciudadano. La tradición liberal que surgió en Cádiz, la cual
fue adoptada por diferentes regímenes americanos, se arraigaba
en dos nociones de lo que se denominaba como el pueblo. Una,
en el sentido de la gente, se identificaba con el ciudadano
involucrado en la política popular. Y la otra, en el sentido
de la región, se identificaba con los derechos
e intereses locales. Este último principio generó una gran polémica
por toda América.
Los primeros
regímenes americanos fueron esencialmente pro monárquicos.
Todos los movimientos autónomos comenzaron por declarar que
actuaban en el nombre de Fernando VII o bien que lo único que
buscaban era proteger los derechos del rey. En el mundo hispánico
posterior a 1810, el término monarquía se refería en realidad
a la Monarquía Constitucional.
En efecto, tras seguir el ejemplo de las Cortes
de Cádiz, las Juntas americanas establecieron regímenes con
legislaturas fuertes y poderes ejecutivos débiles, muchas veces
ejecutivos plurales. Desde su punto de vista, no existía diferencia
entre una monarquía constitucional y una república, excepto
en la manera en que se seleccionaba el ejecutivo. En el primer
caso era heredado y en el segundo elegido. En ambos casos el
poder ejecutivo era el sirviente del legislativo. La preferencia
de los americanos por las monarquías derivó no solo de su propia
experiencia en el mundo hispánico, sino también de su propia
interpretación de la historia occidental. La historia clásica
Antigua parecía sugerir que las repúblicas funcionaban bien
sólo para los estados pequeños. Con la excepción de la extranjera
y protestante nación de los Estados Unidos, la mayoría de las
experiencias republicanas previas parecían negativas. Los herejes,
hostiles al mundo hispánico y a la
Santa Fe, habían establecido la república holandesa.
La reciente república de Francia se había disuelto en la
anarquía. Por otro lado, todas las potencias
europeas eran monarquías. Inglaterra, a pesar de ser protestante,
era el ejemplo de una monarquía constitucional exitosa y, por
ello, era admirada por los dirigentes del Nuevo Mundo, particularmente
en Sudamérica.
[14]
El regionalismo,
expresado por la determinación de las provincias para gobernarse
a sí mismas, demostró ser un obstáculo fundamental en la consolidación
nacional. Los nuevos gobiernos, con la excepción de Paraguay,
no tenían el control de sus tierras y el respeto de sus provincias.
En la mayoría de los casos, con la excepción de la
Nueva España, las guerras civiles surgieron
cuando las ciudades capitales intentaron imponerse ante las
provincias que, a su vez, creían que poseían el derecho de gobernarse
ellas mismas. Esta última tendencia es usualmente conocida como
federalista, pero de hecho, era confederalista
porque las provincias --que seguían el principio hispánico que
en la ausencia del rey la soberanía recaía en el pueblo-- se
consideraban Estados soberanos y autónomos. Después de mayo
de 1808, las provincias de España y América se comportaban como
si fuesen naciones. Formaron confederaciones no como provincias,
sino como Estados independientes porque, como ha señalado José
Carlos Chiaramonte con respecto al Río de la Plata, "lo
que une una confederación son estados independientes, no provincias--en
el uso actual del término provincia." [15]
Algunas
provincias dentro de los reinos americanos no estaban satisfechas
con tener solamente una representación en un gobierno nacional,
es por ello que insistieron en su derecho de formar un gobierno
propio. Dicha idea había sido alentada no sólo por las tradiciones
hispánicas, sino también por las elecciones de 1809 a la Junta Central que establecieron
el principio de la representación provincial. Además la experiencia,
primero de la Junta Central, y después de la
Regencia y las Cortes, hizo popular la noción de que el poder
legislativo debería ser dominante y que el ejecutivo debería
ser un poder dependiente cuya autoridad estuviera limitada a
obedecer los mandatos de la legislatura. Dichas creencias
fueron rechazadas tanto por las ciudades capitales, las cuales
insistían en dominar sus regiones, como por los hombres fuertes
quienes favorecían la supremacía del poder ejecutivo. De este
modo, muchos de los nuevos regímenes esperimentaron conflictos
entre los que favorecían el federalismo y el centralismo y entre
aquellos que preferían el dominio del poder legislativo y del
ejecutivo.
Aunque los
primeros sistemas políticos hispanoamericanos fueron efímeros,
son importantes porque ilustran las tensiones que existían en
el continente, así como la complejidad y continuidad de los
temas que enmarcarían al subsecuente desarrollo constitucional
en el siglo XIX. América Meridional experimentó la mayoría de
los regímenes autónomos. Aunque Venezuela (1811), Cundinamarca
(1812), Paraguay (1813), y la América mexicana (1814) fueron
las primeras en declararse independientes e intentar convertirse
en repúblicas, todas las regiones, inclusive aquellas que reconocían
a Fernando VII como su soberano, insistieron en tener su propio
gobierno. Los casos de los virreinatos del Río de la Plata
y de Nueva Granada ilustran las tensiones entre los poderes
legislativo y ejecutivo, así como el conflicto entre las ciudades
capitales, las cuales pretendían dominar sus virreinatos, y
las provincias, que por su parte buscaban su propia soberanía.
Los habitantes
del virreinato del Río de la Plata, al igual que los de otras
partes de América, estaban profundamente preocupados por los
acontecimientos en España. El 13 de mayo de 1810 llegaron las
noticias de que la
Junta Central se había disuelto tras su huida
a Cádiz. Circularon rumores que todo estaba perdido. En tales
circunstancias, los dirigentes de Buenos Aires llegaron a la
conclusión de no reconocer al Consejo de Regencia en Cádiz porque
el pacto existía entre el Río de la Plata y el rey, y no entre
América y España. Después de mucha discusión y debate, el 25
de mayo, los porteños organizaron una Junta Provisional Gubernativa
de las Provincias del Río de la Plata a nombre de Fernando VII,
la cual juró "conservar íntegra esta parte de América a
nuestro Augusto Soberano el señor Don Fernando VII y sus legítimos
sucesores, y guardar puntualmente las leyes del Reyno."
[16] Al día siguiente, la
Junta Provisional Gubernativa le envió una
circular a las capitales provinciales informándoles de los recientes
eventos, además les pedía que reconocieran el organismo como
gobierno provisional. El 27 de mayo fue dictado un decreto solicitando
a cada capital de provincia elegir diputados para la Junta Provisional Gubernativa
de Buenos Aires. El cambio de nombre del organo gubernativo
señaló claramente que los porteños intentaron controlar al gobierno
del virreinato del Río de la
Plata. Para asegurar su control, la Junta organizó
fuerzas armadas para imponer la autoridad del gobierno provicional
y sus resoluciones en todas las provincias del virreinato. [17]
Las provincias
del Río de la Plata no estaban convencidas de que la
Junta Provicional representaba sus intereses.
Montevideo y la región de su interior, la Banda Oriental, competía con
Buenos Aires por el dominio del comercio marítimo, incluyendo
la exportación de ganado. El aislado Paraguay tenía poco en
común con los porteños. Charcas, que había caído bajo el control
del virrey del Perú después de los movimientos autónomos de
1809 en la Paz y Chuquisca, consideró a Buenos Aires una amenaza.
Los intereses de las provincias del interior del Río de la Plata,
como Córdoba, Salta, Tucumán, Mendoza y San Juan, chocaban con
los de Buenos Aires. Dado que aquellas regiones dependían de
su comercio con el Alto Perú y Chile solicitaron protección
para sus productos, mientras que los porteños insistieron en
el libre comercio.
[18]
Las
provincias del Río de la Plata resentían la insistencia de Buenos
Aires en dominar la región y reaccionaron a los requerimientos
de la Junta Provicional Gubernativa
con sospechas considerables. Aunque algunas votaron para reconocer
ese organismo y eligieron representantes para la Junta Provicional, Montevideo,
Paraguay, Charcas, Córdoba y Salta decidieron apoyar al Consejo
de Regencia en España. El conflicto que dominaría al Río de
la Plata –la lucha entre confederalistas y unitarios—surgió
en 1810. La Junta Provisional respondió
vigorosamente. Esta exilió a muchos funcionarios reales y a
otros españoles descontentos a las Islas Canarias implementando
duras medidas de seguridad y organizando al ejército para someter
a las provincias rebeldes.
Aunque
los porteños que dominaban la
Junta Provisional estaban reacios a compartir
el poder, las divisiones internas entre las facciones moderada
y radical aportaron a los recién llegados delegados de las provincias
que reconocieron a la Junta Provicional la oportunidad
para exponer sus puntos de vista. Al igual que las Cortes hispánicas,
la
fortalecida Junta Provisional reconoció el
deseo de las provincias por autogobernarse al instituir juntas
provinciales bajo el modelo de las españolas. Algunos porteños,
en particular los radicales, se opusieron a otorgarle su autonomía
a las provincias porque temían que esa medida podría dividir
y debilitar al gobierno. Ellos argumentaron que la Junta Provisional funcionaba
mal debido a que su creciente tamaño hizo al organismo poco
manejable. Las noticias de que la expedición militar enviada
para someter al Alto Perú había fallado le dio a los radicales
una oportunidad para reconfirmar el dominio porteño. En septiembre
de 1811, con un masivo apoyo público, los radicales exigieron
la elección de un triunvirato que fungiera como el ejecutivo.
La Junta ampliada podría, después de este hecho, funcionar como
poder legislativo.
El nuevo
ejecutivo se vio rápidamente inmiscuido con la
legislatura. El triunvirato buscó imponer
el orden y la disciplina en el país. Al contrario de lo que
sucedió en España, donde las Cortes triunfaron en su enfrentamiento
con la Regencia, la cual estaba actuando como el ejecutivo,
en Buenos Aires, el triunvirato disolvió la Junta de delagados
provinciales en diciembre de 1811 y, al mes siguiente, abolió
las juntas provinciales. A lo largo de 1812 éste tomó medidas
adicionales para consolidar su poder. Reorganizó la administración
de justicia con el fin de contener lo que consideraba delincuencia
creciente. Introdujo reformas militares, administrativas y financieras
diseñadas con el fin de concentrar el poder en el gobierno nacional.
El régimen impuso nuevos impuestos, abolió el estanco del tabaco,
redujo las tarifas y promovió el comercio exterior. La mayor
parte de las transformaciones favorecían a Buenos Aires, aumentando
así el descontento en las provincias. A pesar de esos cambios,
el nuevo régimen no fue más exitoso que sus predecesores en
someter a las provincias autónomas. Los fracasos militares en
el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental contribuyeron
al desencanto con el gobierno. No obstante, la oposición más
seria surgió con los recién llegados veteranos de guerra de
la Península, entre ellos personajes como José de San Martín
y Carlos María de Alvear que tuvieron poca paciencia ante la
ineficiencia del gobierno civil. El 8 de octubre de 1812 una
coalición dirigida por Alvear y San Martín derrocó al régimen
e instauró un nuevo triunvirato.
La dificultad
que tuvieron los dirigentes del Río de la Plata consistió en
establecer un gobierno capaz de resolver las aspiraciones en
conflicto de Buenos Aires y las provincias. Convocaron una asamblea
constitutiva que se reunió en enero de 1813. El nuevo congreso
tuvo que enfrentar grandes obstáculos. El ejecutivo, dominado
por Buenos Aires, deseaba un gobierno central sólido, mientras
por otro lado las provincias insitían en un sistema confederalista
débil. Por supuesto, José Gervasio Artigas y los respresentantes
de la Banda Oriental,
a quienes no se les concedió ningún escaño en la asamblea, demandaron
una confederación integrada por provincias con derechos iguales.
La asamblea constituyente no longró dar solución al conflicto
entre Buenos Aires y las provincias y como resultado la región
permaneció dividida. Los intereses de los porteños y los de
las otras provincias no coincidían. Las tropas de Buenos Aires
fueron incapaces de aplastar los movimientos regionalistas.
De tal manera que algunos dirigentes de las provincias comenzaron
a deliberar sobre la fomación de coaliciones que no incluyeran
a Buenso Aires. Los dirigentes porteños le hicieron frente
a la creciente crisis fortaleciendo al poder ejecutivo y desarticulando
a la asamblea antes de que se promulgara una Constitución o
se creara un nuevo gobierno. En enero de 1814 designaron director
supremo a Gervasio Antonio Posadas y nombraron a San Martín
comandante del Ejército del Norte.
Aunque existía
un estado de estancamiento en las relaciones entre Buenos Aires
y las provincias, la región se hallaba relativamente a salvo
de las fuerzas realistas. En vista a las extensas conflagraciones
en América, y la localización geográfica periférica de la región,
así como su estatus económico, resultaba poco probable que la
Monarquía volviera a apoderarse del Río de la Plata. Los habitantes de la región
tuvieron tiempo de reagruparse e intentar la fomación de un
gobierno viable.
La anterior
expedición militar de 1810 para recuperar el control del Alto
Perú estableció un patrón de conquista que frustó los esfuerzos
de Buenos Aires por mantener la integridad territorial del virreinato
del Río de la Plata.
Antes de llegar a Charcas, las fuerzas porteñas
tuvieron que tomar Córdoba donde Santiago Liniers, antiguo virrey
y héroe de las primeras victorias en contra de los británicos,
así como el Obispo y otros funcionarios habían organizado la
oposición a la
Junta Provisional. A principios de agosto,
los 1,000 soldados de Buenos Aires habían arrollado Córdoba
y después de hacer prisioneros a algunos dirigentes, incluyendo
a Liniers, los ejecutaron. El ejército porteño avanzó hacia
el norte, subyugando Salta, Tucumán y, finalmente, el altiplano
de Charcas. El 7 de noviembre de 1810, derrotó a las fuerzas
realistas en Suipacha, obteniendo así el control del Alto Perú.
El comandante porteño Juan José Castelli, quien se había graduado
de la Facultad de Leyes de la Universidad de Chuquisaca, regresaba
como el delegado político todopoderoso de la Junta Provisional. En
lugar de liberar a la Audiencia de Charcas, él instituyó un
reino de terror. Como lo había hecho en otras provincias, Castelli
arrestó a las autoridades reales y las ejecutó sin siquiera
llevar a cabo un juicio. Los soldados porteños se comportaron
como ejército conquistador; asaltaron, robaron y mataron ciudadanos
inocentes a voluntad. [19]Dichas atrocidades alienaron al pueblo
del Alto Perú y contribuyeron al subsecuente éxito realista
y a la derrota porteña en el area.
Embriagado
por los triunfos, Castelli creyó que sus fuerzas podrían continuar
su marcha victoriosa sobre montañas hacia Lima en el este.
Pero el 20 de junio, cuando enfrentó a un ejército realista
bien disciplinado en Huachi, cerca de la frontera con Perú,
el "ejercito libertador" de la costa quedó deshecho
y huyó el campo de batalla. En los meses siguientes, el ejército
realista persiguió a los porteños por las tierra bajas tomando
Jujuy y Salta. La lucha violenta por el Alto Perú se prolongó
por más de dos años a medida que los ejércitos porteño y realista
avanzaron y retrocedieron. Los porteños ocuparon las serranías
en dos ocasiones más y en ambos casos actuaron como conquistadores,
saqueando la tierra.
Un estancamiento sobrevino a finales de 1815
en el cual las fuerzas realistas controlaron Charcas y hostigaron
a las provincias norteñas del Río de la Plata, pero ningúno
de los dos bandos penetraba profundamenteen el territorio del
contrario. Las tres invasiones porteñas a Charcas terminaron
con cualquier esperanza de la reunificación del Alto Perú con
el resto del antiguo virreinato del Río de la Plata. En lugar de eso, los saqueos
aumentaron el localismo, especialente entre las comunidades
indias; es decir, las repúblicas de indios. [20]
Al
igual que Charcas, Paraguay se mantuvo fuera del dominio de
Buenos Aires. Siendo esencialmente una región dedicada al ganado
y a la agrícultura, el terrirorio quedó bajo el control de la
ciudad portuaria de Asunción, situada a más de 1,000 millas río arriba. Al saber
del establecimiento de la Junta Provisional de Buenos
Aires, los patricios de Asunción votaron en favor de reconocer
el Consejo de Regencia y mantener las relaciones cordiales con
Buenos Aires. Los porteños respondieron con la fuerza. La Junta Provisional
nombró a Manuel Belgrano para dirigiera una expedición militar
a Montevideo con el fin de imponer la autoridad del gobierno.
Belgrano, a semejanza de lo que hizo Castelli en el Alto Perú,
intentó aplastar la oposición y ejecutar a los principales “rebeldes”.
Los paraguayos, sin embargo, derrotaron al ejército de Belgrano
a principios de 1811. Tras una segunda derrota que resultó
decisiva en Tacuarí el 9 de marzo, los porteños se retiraron
de Paraguay.
Una junta,
que se reunió el 17 de mayo de 1811, declaró la autonomía de
Paraguay tanto de Buenos Aires como de cualquier otra potencia
extranjera. Poco después, el 17 de junio, un Congreso en el
que tuvieron representación todas las regiones de Paraguay se
reunió y estableció una Junta Superior integrada de cinco hombres,
entre ellos el abogado José Gaspar Rodríguez de Francia, popularmente
conocido como el Dr. Francia. A lo largo de los dos años que
la Junta Superior
gobernó Paraguay, Francia fue ganando amplio apoyo popular en
su calidad de dirigente indispensable. Su posición fue en aumento
cuando los porteños rechazaron una propuesta de Paraguay para
establecer una confederación del Río de la Plata en la cual
todas las provincias gozarían de una igualdad completa. Como
resultado de las amenazas tanto de Buenos Aires como de Brasil,
se reunió un Congreso el 12 de octubre de 1813 que proclamó
a Paraguay una república independiente e instituyó un gobierno
integrado por dos cónsules, Francia y Fulgencio Yegros, un estanciero
inculto que delegó sus funciones en su colega. En 1814, Francia
convocó otro Congreso, que lo nombró dictador supremo de la
república por un periodo de cinco años. Dos años después convenció
a la asamblea de que lo nombrara dictador perpetuo y de que
se reuniera sólo cuando el dictador lo demandar. La legislatura
no volvió a reunirse durante más de un cuarto de siglo. Francia,
conocido como el Supremo, mantuvo a Paraguay aislado hasta su
muerte en 1840.
[21]
La Banda Oriental--el actual
Uruguay--fue el tercer territorio en separarse del antiguo virreinato
del Río de la Plata.
Igual que Paraguay, la Banda Oriental compartía una
frontera con Brasil y era una región, esencialmente, dedicada
a la agricultura y la ganadería y que contaba con una prominente
ciudad portuaria, Montevideo. La circular de Buenos Aires por
la que la Junta
Provisional solicitaba el reconocimiento e
invitando al territorio a elegir un diputado a dicha junta,
para llegó a Montevideo el 31 de mayo de 1810. Dos días después,
una junta de notables votó, en cambio, en favor de reconocer
al Consejo de Regencia. La
Banda Oriental no solamente estaba a favor
de los realistas, sino que también estaba dominada por serviles.
A principios de 1811, el general Francisco Xavier Elío arribó
a Montevideo en calidad de virrey del Río de la Plata. De manera inmediata impuso
el orden militar en el interior, insistió que los estancieros
mostraran sus títulos de propiedad, aumentó los impuestos y
buscó la ayuda del vecino Brasil para luchar contra Buenos Aires.
Como era de esperarse, estos actos hicieron que los americanos
de la Banda Oriental se apartaran
y le negaran su apoyo.
José
Gervasio Artigas, un eminente militar criollo que había regresado
de España en 1810 después de combatir contra los franceses,
asumió la dirección de los descontentos orientales, como también
se les conocía a los uruguayos. El 15 de febrero de 1811, cruzó
el río Uruguay en dirección al territorio de Buenos Aires a
fin de buscar ayuda para liberar la Banda Oriental. Al siguiente
día, los estancieros reunieron cerca de 200 gauchos a orillas
del Arroyo Asencio para manifestar su oposición a las fuerzas
realistas; acontecimiento conocido en la historia uruguaya como
el Grito de Asencio. Artigas regresó de la provincia de Entre
Ríos con refuerzos con el fin de encabezar el movimiento al
que pronto se unieron otros orientales. Buenos Aires, por su
parte, también envió a sus tropas. El 18 de mayo, Artigas derrotó
a una considerable fuerza realista en Las Piedras y avanzó hacia
Montevideo. El jefe oriental apremió a los porteños que se unieran
al ataque; mas ellos vacilaron, con lo que dio tiempo a los
realistas a reorganizar sus defensas. Como resultado, éstos
retomaron el control de la ciudad.
El conflicto
tuvo repercusiones internacionales cuando el desesperado virrey
Elío acudió al gobierno portugués en Brasil en solicitud de
ayuda. La Corona portuguesa, la cual había establecido su capital
en Río de Janeiro después de perder contra los franceses en
1807, aprovechó la oportunidad de reafirmar sus demandas sobre
la región enviando un gran ejército para ocupar la Banda Oriental. Artigas
se refugió en Entre Ríos con miles de compatriotas suyos para
escapar del invasor ejército portugués. En tales circunstancias,
Elío se volvió hacia sus enemigos del otro lado del río en busca
de ayuda. El 20 de octubre de 1811, Buenos Aires concretó un
amnisticio por el cual se reconocía la soberanía de Fernando
VII y la unidad de la Nación española. El gobierno de Buenos
Aires, asegurando que permanecería leal a su rey, pidió la ayuda
británica para lograr que los portugueses se retiraran y en
su calidad de aliados, tanto de España como de Portugal, los
británicos se las arreglaron para convencer a los portugueses
de desocupar el territorio a finales de 1812. Montevideo, sin
embargo, permaneció en manos realistas.
El régimen
porteño nuevamente intentó incorporar el territorio a su unión
de provincias. Los dirigentes de la
Banda Oriental, sin embargo, convocaron un
Congreso el 13 de abril, el cual determinó que la región podría
participar en la unión sólo con base en la autonomía total dentro
de la confederación. Lo
anterior resultó inaceptable al gobierno porteño, que excluyó
a los diputados orientales de su Congreso. Más tarde, Artigas
rompió definitivamente con Buenos Aires. Tras un large asedio,
los realistas de Montevideo se rindieron a las fuerzas porteñas
en junio de 1814. Buenos Aires, sin embargo, fue incapaz de
dominar la Banda Oriental debido a que
Artigas controlaba el interior. Ambos bandos lucharon por meses
hasta que, finalmente, los porteños abandonaron Montevideo en
febrero de 1815, iniciando así un periodo de gobierno local
conocido como la Patria Vieja. Aunque era
evidente que los orientales insistían en su autonomía, Buenos
Aires y Brasil continuaron durante años, haciendo intentos por
incorporar la región a sus territorios. Finalmente, gracias
a la mediación británica, el 27 de agosto de 1828, todas las
partes estuvieron de acuerdo en firmar un tratado que reconocía
la independencia de la Provincia Oriental del Uruguay. [22]
El virreinato
del Río de la Plata, el cual había sido establecido en 1776,
no había existido lo suficiente para integrar completamente
sus diversas provincias distantes. Además, tanto Charcas como
Paraguay tenían una larga historia propia que reforzaba su identidad
individual. El Alto Perú mantuvo importantes lazos comerciales,
sociales y culturales con el virreinato del Perú. El aislamiento
de Paraguay de las otras provincias continuó después de que
fueron expulsados los Jesuitas en 1767. Tal vez hubiera sido
possible que la región entera del virreinato del Río de la Plata
permaneciera unificada si se hubiera podido convencer a Buenos
Aires a aceptar la creación de una confederación de provincias
iguales. En lugar de eso, los porteños intentaron imponer su
gobierno por la fuerza, alienando, de ese modo, a las provincias
y alentando la creación de tres naciones independientes, Bolivia,
Paraguay y Uruguay.
El virreinato
de Nueva Granada también se fragmentó como resultado de la crisis
de la Monarquía española. El virreinato, establecido en 1739,
consistía de tres regiones fundamentalmente autónomas: el Reino
de Nueva Granada –la parte central del virreinato, un área que
más o menos corresponde a la actual Colombia--, la Capitanía General
de Venezuela y el Reino de Quito. Cada una de las tres regiones
poseía su propia Audiencia e identidad individual como reino
autónomo y permanecieron separadas mucho después de haberse
formado el virreinato. Cada reino respondió independientemente
a la crisis de 1808 e intentó formar su propio gobierno autónomo.
La experiencia
venezolana destaca el conflicto entre la capital y las ciudades
de provincia, así como la lucha entre los poderes legistativo
y ejecutivo. El 19 de abril de 1810, Caracas estableció una
Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII.
Para reducir la oposición de otras ciudades y provincias, la
Junta Suprema convocó un Congreso, el Cuerpo
Conservador de los Derechos de D. Fernando VII en las Provincias
de Venezuela. Dicho organismo, el cual se reunió el 2 de marzo
de 1811, siguió muchos de los precedentes establecidos por las
Cortes de Cádiz. Se atribuyó toda autoridad y puso en funciones
un poder ejecutivo débil al nombrar un triunvirato cuyos miembros
se alternarían en la presidencia. La oposición de
algunas provincias y la agitación de los radicales jóvenes de
Caracas forzó al Congreso a declarar la independencia el 5 de
julio. Ese parlamento subsecuentemente redactó una Constitución
en la que se nota claramente la influencia de la Carta que entonces
se preparaba en Cádiz. Creó un sistema federal, continuó el
dominio del poder legislativo y retuvo un triunvirato débil
como el ejecutivo. Si bien el documento venezolano decretaba
la igualdad legal para los hombres libres, a diferencia de la
Constitución de 1812, mantenía el privilegio, basado en el requisito
de contar con propiedades, para poder aceder a la ciudadanía
activa.
Aunque muchos
observadores aseguran que la Constitución de Venezuela tuvo
como modelo la Carta de los Estados Unidos, puesto que estableció
un sistema federal, hay poca evidencia para apoyar dicha aserción.
Por el contrario, juristas distinguidos de la época, tales como
Fernando de Peñalver, cuestionaron la eficacia de la Constitución
norteamericana de 1787. En una erudita Memoria revisó
la historia del gobierno desde los tiempos antiguos hasta el
presente. Mientras por un lado Peñalver apoyaba fuertemente
el federalismo, por el otro argumentaba que no se debería seguir
el modelo estadounidense. Siendo conciente de que los estados
pequeños de Nueva Inglaterra estaban amenazando con separarse
de la unión norteña debido al conflicto que éstos tenían con
los estados más grandes del sur, declaró: "Si Norte América,
al constituir su federación, hubiera divido los Estados que
la componen y equilibrado la fuerza de todos ellos, no pronosticarían
los políticos la disolución próxima de su Constitución por la
desigualdad tan grande que hay entre ellos…. Los grandes son
desobedientes a la soberanía de la confederación, y tienen siempre
en peligro la unión". [23] En lugar de adoptar
el modelo estadounidense, la Constitución venezolana, basándose
en la tradición hispánica, cedió una autoridad considerable
a las provincias. Era más confederalista que federalista.
Puesto que
el dominio legislativo y la debilidad del ejecutivo mostraron
su ineficiencia en épocas de crisis, los nuevos regímenes americanos
se dieron cuenta que era necesario otorgarle un poder extraordinario
al ejecutivo en casos de emergencia. Cuando las fuerzas realistas
del Caribe se unieron a las provincias realistas venezolanas
en oposición a la Primera República,
el gobierno de Caracas nombró a Francisco Miranda dictador con
amplio poder civil y militar. La acción se derivó de las prácticas
de la Antigua República
romana. También existía un modelo mas cercano; Miranda ejerció
un poder comparable al de Napoleón Bonaparte en Francia. El
esfuerzo desesperado fue inútil y la República colapsó en Julio
de 1812. El gobierno republicano fue incapaz de derrotar al
desafío realista porque la mayoría de los venezolanos no apoyaba
ni la independencia ni el republicanismo. La caída de la Primera República
señaló el fin de la participación política amplia en Venezuela.
A continuación, la lucha por el dominio político enfrentó a
caudillos despiadados uno contra el otro.
El
colapso del primer gobierno autónomo de Venezuela influenció
significativamente a los dirigentes locales, tales como Simón
Bolívar. Según él, la
Primera República fracasó porque se había adoptado
una Constitución federal débil; porque se había mostrado demasiado
tolerante con las opiniones disidentes; porque las elecciones
populares dieron una gran representación a los débiles y a los
incompetentes y porque el gobierno no logró reclutar una fuerza
militar efectiva y manejar bien la economía.
[24] Dichas observaciones provocaron el desdén
por los gobiernos representantivos civiles. En el futuro, Bolívar
prefirió gobernar como un autócrata asumiendo el título de dictador
en numerosas ocasiones.
Las divisiones
internas fueron muy marcadas en el vecino Reino de Nueva Granada
y provocó formas extremas de confederalismo y del dominio del
poder legislativo. Ahí las provincias se dividieron en dos
coaliciones a lo largo de 1810-1815, un periodo conocido como
la Patria
Boba. Cartagena de las Indias creó un junta
de gobierno a partir de que supo el 8 de mayo de 1810 que la Junta Central Suprema
en España se había disuelto y establecido el Consejo de la Regencia. Otras provincias
siguieron ese ejemplo. La capital del virreinato y del reino,
Santa Fe de Bogotá, intentó reasumir su autoridad el 20 de julio
cuando formó la
Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada. Sin
embargo, muchas provincias se rehusaron a cooperar. Las provincias
de Nueva Granada, cuyos intereses económicos y politicos eran
antagónicos, resintieron los intentos de la capital por dominarlas.
Esto dio como resultado la emergencia de dos coaliciones. Cuando
Cartagena propuso establecer "un gobierno perfecto y federal",
que le otorgaría a cada provincia autonomía e igualdad, [25] Santa Fe convocó
un Congreso en la capital en su esfuerzo por bloquear el impulso
hacia el confederalismo. En marzo de 1811, esa asamblea creó
el Estado de Cundinamarca, y reconoció a "Don Fernando
VII, por gracia de Dios y por la voluntad del pueblo, legítima
y constitucionalmente representado, Rey de los cundinamarqueses."
[26] El Nuevo gobierno estaba integrado por un
cuerpo legislativo fuerte y un ejecutivo débil. Hasta que el
rey pudiese gobernar, un presidente como el vicerregente de
Fernando VII --asociado a dos consejeros-- podría ejercer el
poder ejecutivo. El nuevo estado “centralista” consitía de Santa
Fe de Bogotá y otras provincias de la sierra. Encabezadas por
Cartagena, las otras provincias formaron las Provincias Unidas
de la Nueva Granada,
una confederación de provincias autónomas con un gobierno extremadamente
débil. Se otorgó al Congreso la parte mayor de la autoridad
con que contaba la confederación. El
presidente, "si lo hubiere con atribuciones separadas o…
el Poder Ejecutivo, si se creare," quedaría subordinado
por completo al Congreso de la Confederación. [27] Cada una de las cinco provincias,
las cuales formaban la Confederación, procedieron a escribir
su propia constitución.
A fines
de 1811 había tres bloques políticos contendientes en el Reino
de Nueva Granada: las regiones que se hallaban bajo el dominio
realista, el Estado de Cundinamarca, y las Provincias Unidas
de la Nueva Granada. Una guerra
civil virulenta surgió entre los tres grupos. La mayor parte
del conflicto consistió de la confrontación de los dos estados
autónomos, Cundinamarca y las Provincias Unidas. Después de
años de guerra, Santa Fe de Bogotá fue derrotada por el ejército
de las Provincias Unidas el 12 de diciembre de 1814. Para entonces,
sin embargo, Fernando VII había abolido la Constitución of Cádiz
y enviado un gran ejército bajo las órdenes del mariscal Pablo
Morillo para restaurar el orden en la parte norte de Sudamérica.
Después de una lucha prolongada, las fuerzas realistas derrotaron
a las Provincias Unidas en mayo de 1816.
El Reino
de Quito, el tercer miembro del virreinato de Nueva Granada,
también experimentó un conflicto regional. La capital del reino,
la ciudad de Quito, formó una junta autónoma el 10 de agosto
de 1809, la cual duró hasta diciembre de 1812. Aunque la Junta
de Quito invitó a otras provincias del Reino a unirse al gobierno,
la mayoría se opuso y ayudó a las autoridades reales a subyugar
a los insurgentes. Después de derrotar a la junta autónoma,
el Reinode Quito participó completamente en el Nuevo sistema
constitucional hispánico, el cual reconoció los derechos de
las provincias.
[28]
Las guerras
civiles surgidas por los conflictos entre las capitales nacionales
y provinciales se propagaron no sólo en los virreinatos del
Río de la Plata y de Nueva Granada, sino también en Chile y
en el virreinato del Perú. Esos conflictos llamados federalistas-centralistas
convencieron a los dirigentes, tales como Bolívar, que solo
los gobiernos fuertes unidos podrían lograr la independencia
y establecer el orden en Sudamérica. Fue muy difícil, sin embargo,
que dichas luchas se contuvieran; de tal manera que continuaron
por décadas, afectando profundamente la estabilidad del gobierno
y el desarrollo constitucional en la América española.
Los retos
en la construcción de las naciones
La América Septentrional
y la
América Meridional tuvieron experiencias profundamente
diferentes durante los años 1810-1825. Mientras por un lado
los americanos del norte se abocaron completamente a la trasformación
política del mundo hispánico, por el otro los del sur generalmente
no tuvieron esa experiencia. Solamente las regiones de Sudamérica
bajo el dominio realista durante los dos periodos constitucionales
hispánicos (1810-1814 y 1820-1823)--Quito, Perú, y Charcas,
y algunas partes de Venezuela y Nueva Granada tuvieron elecciones
constitucionales para las Cortes y establecieron diputaciones
provinciales y ayuntamientos constitucionales. Las otras regiones
de Sudamérica, aquéllas controladas por los autonomistas--el
Río de la Plata y Chile así como gran parte de Venezuela y Nueva
Granada-- no tuvieron dicha experiencia constitucional. En
tanto que las Cortes hispánicas habían introducido elecciones
populares, los autonomistas restringieron la representación
a los que sabían leer y escribir y que poseían propiedad. En
un esfuerzo por mantener el orden, los dirigentes de la América Meridional
se empeñaron en formar regímenes oligárquicos. A diferencia
de la Constitución hispánica de 1812, la cual definía a todos
los hombres como españoles, sin importar la raza o la clase
social y otorgaba el sufragio a todos los hombres libres que
no tuvieran ascendencia africana sin los requisitos de propiedad
o alfabetización, la mayoría de los gobiernos en Sudamérica
impusieron el requisito de la alfabetización y la propiedad
y dividieron a sus ciudadanos entre activos y pasivos.
[29] Además los autonomistas de Sudamérica fueron
incapaces de resolver las tensiones entre las ciudades capitales,
que insistían en el centralismo –un fuerte gobierno nacional--
y las provincias, que estaban a favor del confederalismo. Las
dos mitades de América también optaron por diferentes rutas
hacia la emancipación. Mientras
que la
América Septentrional obtuvo su independencia
a través de un compomiso político en el cual los funcionarios
tanto civiles como militares cambiaron de bando y apoyaron la
decisión de separarse de España, los independentistas de América
Meridional se enfrascaron en prolongadas y sangrientas guerras
por derrotar a las autoridades reales.
La tradición
de Cádiz en la América Septentrional
Los dos
países de Norteamérica, México y las Provincias Unidas del Centro
de América, basaban su sistema político en la Constitutión hispánica
de 1812. Los dirigentes de la Nueva España declararon
la independencia en 1821 cuando comprendieron que la madre patria
no les concedería la autonomía que deseaban. La élite novohispana
se proponía gobernar en casa pero a la vez deseaba mantener
fuertes vinculos con España. Establecieron una monarquía constitucional,
el Imperio Mexicano, con el rey español o con un miembro de
la familia real como soberano, y reconocieron la Constitución
hispánica de 1812 y los estatutos promulgados por las Cortes
como leyes nacionales. Los mexicanos recién independizados
siguieron cuidadosamente los precedentes del sistema político
hispánico. También ellos formaron un Consejo de Regencia para
ejercer el poder ejecutivo y una Soberana Junta Provisional
Gubernativa que haría las veces de legislativo hasta que se
reunieran las Cortes mexicanas. Cuando España rechazó su propuesta,
y se enfrentaron con demandas tanto populares como militares,
los dirigentes políticos del país a regañadientes aceptaron
a un nacional, Agustín de Iturbide, como el primer emperador
de la nación. Dentro de poco
tiempo, sin embargo, surgió un conflicto entre el emperador
Agustín I, quien prefería un fuerte poder ejecutivo, y las Cortes
constituyentes, que insistían en el dominio legislativo. Cuando
Iturbide disolvió las Cortes en octubre de 1822, las provincias
se rebelaron, obligándolo a abdicar en marzo de 1823.
Las
provincias de México, gobernadas por diputaciones provinciales
creadas por la Constitución hispánica de 1812, insistieron en
elegir un nuevo congreso constituyente capaz de asegurar la
autonomía provincial. Rechazaron las pretenciones de las Cortes
mexicanas, basadas en las acciones de las Cortes hispánicas,
de que eran el repositorio de la soberanía nacional. En lugar
de eso, las provincias sostenían que ellas eran soberanas y
que habían cedido una parte de su soberanía para crear un gobierno
nacional. Las provincias, las cuales se consideraban a sí mismas
los árbitros de la nación a mediados de 1823, obligaron a las
Cortes mexicanas a convocar elecciones para un nuevo Congreso
Constituyente.
El
Congreso Constituyente, el cual se reunió en noviembre 7 de
1823, tuvo que enfrentar circunstancias muy distintas de las
que había tocado a su predecesor. Dado que las provincias,
algunas de las cuales se autodenominaban estados, habían decidido
que México debía ser una república federal, los debates del
Congreso se centraron en el crucial asunto de quién era soberano:
la nación o los estados. Sobre este punto los diputados se
dividieron en cuatro fracciones: los defensonres extremistas
de los derechos estatales; los que opinaban que sólo la nación
era soberana; los que sostenían que la soberanía debería ser
compartida entre la nación y los estados; y una pequeña minoría
de centralistas quienes deseaban un gobierno altamente centralizado.
No triunfaron ni los defensores de los derechos de los estados
ni quienes apoyaban la soberanía nacional. En lugar de esto,
se llegó a una transacción: la soberanía compartida. No obstante,
los estados obtuvieron un poder considerable de recaudación
de impuestos a expensas del gobierno nacional, que había perdido
aproximadamente la mitad de sus ingresos antiguamente recaudados
por el virreinato. Para compensar dicha pérdida, los estados
acordaron pagarle al gobierno nacional un "contingente"
calculado a base de las posibilidades económicas de cada estado.
Esos recursos fueron inadecuados. La pobreza del gobierno federal
fue un elemento importante en la inestabilidad política que
caracterizó a las primeras décadas del periodo nacional.
El
acuerdo de compartir la soberanía no resolvió el problema de
la división de poderes en el ambito del gobierno nacional.
Después de la abdicación de Iturbide, las Cortes mexicanas habían
establecido un triunvirato llamado el Supremo Poder Ejecutivo,
que debía alternar cada mes la presidencia entre sus miembros.
Aunque las provincias insistieron en la elección de un nuevo
Congreso Constituyente, no se preocuparon por cambiar el Supremo
Poder Ejecutivo, al cual consideraban sirviente de la legislatura. Al seguir las
tradiciones hipánicas, la mayoría de los congresistas creía
que la legislatura debería ser dominante. Pero la dificultad,
que el Supremo Poder Ejecutivo tuvo para sofocar una revuelta
en enero 20 de 1824, demonstró que el ejecutivo plural era demaciado
lento e ineficaz. Finalmente, el Congreso optó por un presidente
y un vicepresidente. No obstante, la creación de un ejecutivo
único no significó que el Congreso hubiera aceptado una presidencia
fuerte. Para preservar la superioridad legislativa, formó un
sistema cuasi parlamentario, haciendo que los secretarios de
Estado fueran responsables ante el Congreso.
La Constitución
mexicana de 1824 seguía el modelo de la Constitución hispánica
de 1812, y no, como frecuentemente se ha asegurado, de la Constitución
de Estados Unidos de 1787. Si la Constitución mexicana poseía
alguna semejanza con una Carta estadounidense, era con la primera Constitución
de dicho país, los Artículos de la Confederación, puesto que
la república mexicana fue confederalista y no federalista.
Secciones enteras de la Constitución mexicana de 1824 fueron
copia textual de la Carta de Cádiz debido a que varios novohispanos
distinguidos, tales como Miguel
Ramos Arizpe y José Guridi y Alcocer, habían
tomado parte en las Cortes de Cádiz y en el Congreso Constituyente
mexicano y habían colaborado en la preparación de las dos constituciones.
Tanto la Constitución hispánica de 1812 como la Constitución
de 1824 establecieron legislaturas poderosas y ejecutivos débiles.
Pero sería
un error considerar a la Constitución de 1824 como una copia
de la de 1812. Los sucesos ocurridos en México, en particular
la afirmación de los derechos de los estados por las antiguas
provincias, forzaron al Congreso Constituyente a elaborar una
Constitución que satisfaciera las circunstancias particulares
de la nación. Los cambios principales
–republicanismo, federalismo y una presidencia—fueron adoptados
para hacer frente a la nueva realidad de México. La monarquía
fue abolida debido a que tanto Fernando VII como Agustín I habían
fracasado como dirigentes políticos. El federalismo surgió
naturalmente de la experiencia previa de la Nueva España. Las
Diputaciones Provinciales creadas, a sugerencia de Ramos Arizpe
por la Constitución de Cádiz, se convertieron en estados. Los
novohispanos distiguidos, quienes habían asumido un papel importante
en las Cortes hispánicas, continuaron promoviendo sus puntos
de vista en la nueva nación mexicana que ellos estaban formando.
La elección
del primer presidente de la nación Guadalupe Victoria
(1824-1828), parecía indicar que la paz y la prosperidad iban
a llegar. Desafortunadamente, dichas expectativas no fueron
satisfechas. Las guerras de independencia habían dañado severamente
la agricultura, el comercio, la industria y minería –así como
la delicada pero compleja infraestructura del país. La nueva
nación no solamente tuvo que reconstruir su destrozada economía,
sino que también tuvo que enfrentar la falta de demanda de sus
productos en el exterior. La crisis económica de la nación
exacerbó las divisiones políticas y favoreció el incremento
de la demagogía. Las elecciones
presidenciales de 1828 ocurrieron en medio de la crisis política.
Después de una intensa campaña, el moderado Manuel Gómez Pedraza
ganó la elección. Renuente
a aceptar los resultados, los radicales organizaron una revuelta
que forzó a Gómez Pedraza a renunciar. Con la desestabilidad
del proceso constitucional en 1828, México entró a un prolongado
periodo de inestabilidad. Entre 1821 y 1848, solamente el Presidente
Victoria completó su periodo presidencial. Su “éxito” es principalmente
atribuido a dos grandes préstamos extranjeros negociados en
1824 y 1825. El decline económico de la nación y el caos político
convenció a muchos de que el país necesitaba un sistema político
más eficiente y más centralizado con un más poderoso jefe del
ejecutivo. Otros, sin embargo, temían que la concentración
del poder político pudiera resultar en una tiranía. Esas divisiones
provocaron las dos guerras civiles federalistas-centralistas,
una en 1832 y otra en 1834-35. Los centralistas ganaron y establecieron
una nueva constitución en 1836, que le otorgó más poder al gobierno
nacional. No obstante, mantuvieron una legislatura fuerte y
un ejecutivo débil. Una segunda Carta centralista, que aumentó
el poder del ejecutivo, fue adoptada en 1842. Sin embargo,
una Constitución más, no podría trasformar a una nación debilitada
por el estancamiento económico y el caos político. En agosto
de 1846, los mexicanos terminaron su experimento con el centralismo,
restaurando la Constitución de 1824.
[30]
La primera
república federal mexicana experimentó un gran localismo y una
intensa participación política que a veces se expresaba a sí
misma en demostraciones masivas, protestas y violencia política.
Sin embargo, virtualmente cada ciudad y cada pueblo en el país
afirmó que el control local no estaba en conflicto con la unidad
nacional. Aunque algunos desafiaban el poder de la ciudad de
México nadie cuestionaba la necesidad de mantener un "centro
de unión". La fuerza de la identidad nacional mexicana
puede juzgarse por el hecho de que a pesar de los amargos conflictos,
la Nación no se fragamentó en varios países como ocurrió en
el centro y el sur de América. México podía haberse quebrantado
en varias naciones debido a que la Nueva España poseía dos
audiencias--México y Guadalajara--y varias jurisdicciones militares,
las lineas de falla por los cuales otras regiones de la América
española se dividieron. Eso no sucedió. Sólo la invasión extranjera
logró desmembrar el antiguo virreinato de la
Nueva España.
[31]
El pueblo
del Reino de Guatemala, igual que el de la Nueva España, estaba decidido
a conseguir su autonomía. La noticia de la independencia de
México convenció a los dirigentes de Chiapas de declarar su
independencia el primero de septiembre de 1821 y unirse al Imperio
mexicano. El 5 de enero de 1822, las otras provincias del Reino
de Guatamala votaron a favor de incorporarse a México. Después
de la abdicación de Iturbide, las provincias centroamericanas,
con la excepción de Chiapas, decidieron establecer su propio
país. El nuevo Congreso mexicano aceptó su decisión y ambos
territorios se separaron pacíficamente. En 1823, el antiguo
Reino de Guatemala se convirtió en una nación independiente
conocida como las Provincias Unidas del Centro de América. Así
como sus contrapartes mexicanas, las provincias de América Central
procedieron a trasformar sus Diputaciones Provinciales en gobiernos
estatales. La Asamblea Nacional Constituyente
Centroamericana creó una república federal que tomaba como base
la Constitución hispánica de 1812, que sus representantes habían
ayudado a crear con anterioridad. Parlamentarios centroamericanos
distinguidos, como Antonio Larrazábal y Florencio Castillo,
habían contribuido a la creación de su herencia política. [32]
La
Constitución centroamericana de 1824, como su contraparte mexicana,
creó una legislatura fuerte y un ejecutivo débil. También fue
una confederación en lugar de una federación. El Presidente
Manuel José Arce, elegido en 1825, buscó dominar la confederación
con la ayuda de la élite guatemalteca. Los cinco estados, Costa
Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, y Nicaragua, pronto
entraron en pugna con el gobierno nacional y, a veces, un estado
se enfrentó a otro. El país casi se desintegró en la guerra
civil conservadora de1826-1829. Aunque el liberal Francisco
Mozarán, quien se las arregló para restaurar el orden, asumió
la presidencia por dos periodos, él no pudo mantener la unión. La federación centroamericana
se desintegró en 1838.
Los conflictos
en la América Meridional
Aunque el
pueblo Hispano parlante de Sudamérica no basó sus gobiernos
directamente en la Constitución hispánica de 1812, no obstante,
la experiencia leg