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El Antiguo Régimen
La
revolución del mundo hispánico
El constitucionalismo hispánico
Los primeros regímenes americanos
Los retos en la construcción de las naciones
La tradición de Cádiz en la América Septentrional
Los conflictos en la América Meridional
Las nuevas naciones
La independencia de la América española no fue un movimiento
anticolonial, sino parte tanto de una revolución
política así como de la disolución de un
sistema político mundial. Este fenomeno constituyó parte
del proceso de transición de las sociedades del Antiguo
Régimen a los estados nacionales modernos. La forma
en la cual ese proceso tomó lugar en las diferentes
regiones afectó a las nuevas naciones hispánicas que
emergieron de las guerras de independencia, entre las
que se contaba a
la misma España. Este
ensayo se centrará en los aspectos políticos y constitucionales
del proyecto formativo de la nación. Pero, es importante
tener en consideración que los nuevos países hispánicos
se encontraban sumergidos en una serie de cambios tanto
sociales como económicos que los aquejaban y que, con
frecuencia, impidieron la creación de regímenes estables
y prósperos. Además, los nuevos estados hispánicos competían
individualmente en un difícil, y en ocasiones hostil,
ambiente internacional que continuamente retrasaba la
consolidación de las nuevas estructuras políticas.
La
transformación del Antiguo Régimen a los estados naciones
fue la culminación de varias décadas de cambios institucionales,
económicos, políticos e ideológicos. Si bien las ideas,
estructuras y prácticas políticas cambiaron con rapidez
vertiginosa después de 1808, gran parte del Antiguo
Régimen quedó intacto. La naturaleza de las relaciones
sociales, económicas e institucionales cambió lentamente;
los nuevos procesos, al igual que las nuevas instituciones
liberales, a menudo se entretejían con prácticas y tradiciones
ya arraigadas. No hubo una ruptura drástica con el pasado,
puesto que el Antiguo Régimen y el nuevo liberalismo
se entremezclaron durante dicho proceso.
Para
entender la formación de las nuevas naciones es necesario
examinar la naturaleza del Antiguo Régimen. Las transformaciones
ocurridas durante los últimos años del siglo XVIII y
principios del siglo XIX dieron lugar al proceso de
independencia. De la misma manera, la gran revolución
política y la lucha prolongada iniciada en 1808 tuvieron
efectos profundos y directos en la sociedad emergente.
Las naciones no existían antes de la independencia,
sino que fueron creadas. Los nuevos países no fueron
constituidos arbitrariamente; sino que eran un reflejo
de las instituciones, tradiciones y prácticas del pasado.
El proceso de la construcción de la nación fue complejo;
las condiciones locales determinaron el rumbo y la medida
del proceso de transformación. La gente y las regiones
del Nuevo Mundo estaban en desacuerdo tanto con las
fronteras de las nuevas naciones como con las estructuras
gubernamentales. En América seis países –México, Las
Provincias Unidas en el Centro de América, Colombia,
Perú, Chile y las Provincias del Río de la Plata—emergieron
inicialmente de cuatro virreinatos. Tres de las nuevas
naciones, Las Provincias del Río de la Plata, Colombia
y Las Provincias Unidas en el Centro de America, más
tarde se fragmentaron cuando grupos regionales y locales
impusieron su vision particular de las fronteras nacionales
y de las estructuras de gobierno. Unicamente el antiguo
virreinato de la
Nueva España permaneció intacto como
la nación mexicana. Las nuevas divisiones representaban
un rechazo a los ajustes territoriales hechos durante
el siglo XVIII, tales como la creación de los virreinatos
de Nueva Granada y del Río de la Plata, y un regreso
a la identificación con las audiencias tradicionales
o reinos como componentes básicos de la nación.
[^
SUBIR]
El
Antiguo Régimen
A finales del siglo XVIII, las posesiones de la
Monarquía Española en América constituían
una de las estructuras políticas más imponentes del
mundo. Su territorio, que comprendía la mayor parte
del hemisferio occidental se extendía a lo largo de
toda la costa del Pacífico, desde el Cabo de Hornos
en el sur hasta Alaska en el norte. La costa oriental
la compartía con Brasil en América del Sur, con la Honduras
británica en América Central y con Los Estados Unidos
y Canadá en América del Norte, países cuyo territorio
se limitaba a pequeñas franjas de tierra en la costa
atlántica. En el Caribe, la Monarquía Española
poseía las islas principales. Las Indias españolas
–generalmente llamadas América en el siglo XVIII-
también incluían a las Filipinas y a otras islas en
el Pacífico.
Integrada originalmente por dos virreinatos, el de la
Nueva España y el de Perú, la América
española fue subdividida posteriormente por la corona
cuando estableció los virreinatos de Nueva Granada y
del Río de la Plata en 1739 y 1776 respectivamente;
pero las unidades territoriales más duraderas fueron
aquellas cuya circunscripción fue administrada por las
audiencias, a las que con frecuencia se daba el nombre
de reinos. Con excepción de las audiencias de Nueva
España, tales demarcaciones se transformaron en las
naciones nuevas de Hispanoamérica. Nueva España contaba
con dos audiencias, la de México y la de Guadalajara. Las Filipinas,
las cuales de alguna manera eran una dependencia de
la Nueva España, disfrutaban
de su propia audiencia, Manila. Las otras audiencias
de la América española las conformaban Guatemala en
América Central, Santa Fe de Bogotá en Nueva Granada,
Caracas en Venezuela, Quito, Charcas en el Alto Perú,
Lima en Perú, Santiago en Chile, Buenos Aires en el
Río de la Plata y Santo Domingo en el Caribe. A pesar
de que Cuzco había obtenido una audiencia en 1787, ésta
no había existido el tiempo suficiente para consolidar
la propia identidad de la región cuando se logró la independencia. El área
subsecuentemente pasó a formar parte de la República
de Perú.
La estructura política fundamental del Antiguo Régimen
la constituía el ayuntamiento o cabildo. Los ayuntamientos
de América, los cuales se fundamentaban en las tradiciones
romanas-hispanas, funcionaban como capitales de provincia;
poseían la voz y voto de su provincia, la cual estaba
fomada por los pueblos y aldeas dependientes. En dichos
ayuntamientos existía un sentido de patriotismo, una
identificación hacia la
localidad. La identificación regional
se vio fortificada por la introducción del sistema de
intendencias a finales del siglo XVIII. El intendente
era un gobernador provincial quien con frecuencia trabajaba
con las élites locales y con otros grupos para fomentar
el bienestar social y económico de la intendencia y
así contribuía de manera inadvertida al crecimiento
del patriotismo o localismo.
[2] El regionalismo del ayuntamiento-provincia,
aunque importante, permaneció inactivo como fuerza política
durante el Antiguo Régimen. Sin embargo, éste habría
de emerger con un gran poder durante la independencia
y en los inicios del período nacional. En muchas ocasiones,
los ayuntamientos no sólo ratificaron sus derechos tradicionales,
sino que también reclamaron soberanía e independencia
como capitales provinciales. Estas corporaciones definieron
los intereses regionales e insistieron en formar confederaciones
de provincias iguales, de este modo confrontaban a las
capitales de sus naciones, las cuales generalmente preferían
gobiernos centrales o unitarios
Para fines analíticos, las posesiones españolas de América
pueden dividirse en cuatro áreas generales: en primer
lugar, las regiones principales--la parte central de
la Nueva España, Guatemala,
Nueva Granada, Quito, Perú y El Alto Perú--, las cuales
contaban con economías muy complejas que incluían la
agricultura comercial, la industria (es decir, obrajes
dedicados a la manufactura de textiles y otros productos
de naturaleza artesanal), así como zonas mineras de
importancia. En segundo lugar, las regiones dedicadas
fundamentalmente a la agricultura, que abastecían a
las regiones principales más desarrolladas y que incluían
partes de Nueva Galicia y el Bajío en la
Nueva España, algunas de América Central,
Chile y Río de la Plata. En tercer lugar, las regiones
tropicales, especialmente Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo,
Venezuela, Guayaquil y las partes costeras de Nueva
Granada y de Perú, que se caracterizaban por dedicarse
a la agricultura de plantación destinada por lo general
a un mercado de exportación, ya fuera de Europa o en
América misma (Guayaquil y Venezuela, por ejemplo, encontraron
el mercado principal para su cacao en la Nueva España). La Nueva España poseía también
regiones tropicales de importancia, Veracruz, Yucatán
y la tierra caliente del Pacífico, si bien éstas se
hallaban integradas a la más amplia economía del virreinato.
Las Filipinas, aunque era también una región tropical
dependenciente de la
Nueva España, poseía un lugar privilegiado
en la economía del reino porque servía como intermediario
entre el comercio que se hacía con Asia. Por último
se encontraban las regiones fronterizas, como las Provincias
Internas de Nueva España, la parte sur de Chile y del
Río de la Plata, la Banda Oriental y Paraguay, que
servían como amortiguadores entre las regiones pobladas
y los indios nómadas, así como entre las demás monarquías
europeas.
La
diversidad económica de las regiones de la América española
favoreció también el surgimiento de los diversos sectores
sociales. En 1800 la América española, incluyendo a
las Filipinas, contaba aproximadamente con una población
de 13,6 millones de habitantes, casi la mitad de los
cuales eran residentes de la Nueva España. Aunque
la población de la América española era multirracial,
la clase, más que el origen étnico, se hizo más importante
en las regiones desarrolladas a finales del siglo XIII.
Las áreas principales incluían en su composición importantes
grupos urbanos--una variada élite compuesta por funcionarios
del gobierno, eclesiásticos, profesionistas, comerciantes,
terratenientes, mineros y otros empresarios--, lo mismo
que un sector muy variado integrado por artesanos y
obreros. Estas regiones contaban también con un campesinado
muy complejo--predominantemente indio, pero en donde
además había mestizos, criollos, negros y castas--que
incluía a pequeños propietarios, arrendatarios, trabajadores
acasillados, jornaleros y aldeanos corporativos. Los
indios, quienes constituían la mayoría de la población
de las regiones principales, vivían en aldeas comunales
localizadas en las repúblicas de indios, las
cuales les proveían tanto de privilegios especiales
como de obligaciones, entre los que se incluía el tributo.
Aquellos que abandonaban las repúblicas se integraban
al resto de la sociedad y dejaban de ser "indios"
para pasar a ser considerados como mestizos. En los
centros urbanos, la población fue definiéndose cada
vez más en términos de clase social y no por su ascendencia
racial.
Si bien en términos generales las regiones dedicadas
a la producción agrícola se asemejaban a las áreas principales
en su organización social, su estructura era mucho más
sencilla como resultado de una economía menos compleja
y de una población más reducida. Dominadas por una importante
fuerza de trabajo que incluía grupos considerables de
negros y castas, así como un contingente menor compuesto
por indios, mestizos y criollos, las zonas tropicales
contaban también con un componente urbano comparable
al de las ciudades de las áreas principales aunque más
restringido. En muchos aspectos, la sociedad rural de
las zonas del trópico era menos diferenciada que la
de las regiones principales. Debido a que las regiones
tropicales eran habitadas mayormente por negros, tanto
esclavos como libres, y por castas –gente de ascendencia
africana—las tensiones emergieron entre ellos y los
blancos, particularmente después de la Revolución haitiana.
Las regiones periféricas o fronterizas se distinguían
por el agudo contraste entre los grupos asentados, formados
en su mayoría por mestizos, y los "indios bárbaros",
por lo general nómadas. De población muy reducida, en
ellas las diferencias sociales eran menores que en las
zonas del trópico.
[3]
A pesar de que formaban parte de la
misma Monarquía y que poseían la misma
cultura política, los reinos americanos mantenían poca
comunicación entre ellos, excepto si eran vecinos, y,
con frecuencia, sus intereses entraban en conflicto.
Eran americanos, pero la patria, la nación o la América
de la que ellos hablaban era su patria particular.
Esta realidad debilitó su capacidad de actuar en forma
collectiva vis a vis con España o con otros países.
Como la Gazeta de Buenos Ayres hacía notar con
respecto a la
Nueva España: "con aquel pueblo
no tenemos más relaciones que con la Rusia o la Tartaria
… ¿Cómo conciliaríamos nuestros intereses con los del
Reyno de México? Con nada menos se contentaría éste
que con tener estas provincias en clase de colonias".
[4]
[^
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La
revolución del mundo hispánico
La gran revolución política del mundo hispánico comenzó
en 1808 cuando Napoleón Bonaparte se apoderó de la Corona
española y se la obsequió a su hermano José. La invasión
francesa de España y el derrumbe de la Monarquía desencadenaron
una serie de acontecimientos que culminaron con el establecimiento
de un gobierno representativo en el mundo hispánico.
Tras los sucesos de mayo de 1808, el primer impulso
que se dio en España fue de carácter centrífugo; esto
es, se formaron juntas regionales con el fin de gobernar
las distintas provincias, la cuales invocaron el principio
hispánico que afirmaba que en ausencia del rey la soberanía
recaía en el pueblo. Miguel Artola bien acertó al escribir:
"El resultado más transcendental de los sucesos
que han tenido por escenario a España entera y por protagonista
a todos los españoles, es el sentimiento de reasunción
de la soberanía del pueblo, puesto en relieve en todos
los escritores del momento." [5]
Los pueblos de América también se mostraron unánimes
en su oposición a los franceses. La amenaza externa
dio mayor relieve a los factores que los unían. Como
recordó más tarde Simón Bolívar: "El hábito de
la obediencia; un comercio de intereses, de luces, de
religión; una recíproca benevolencia; una tierna solicitud
por la cuna y la Gloria de nuestros padres; en fín,
todo lo que formaba nuestra esperanza nos venía de España.
De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno." [6] Debido a que todas
las áreas de la Monarquía española poseían la misma
cultura política, todos los grupos, incluyendo a los
de América, justificaron sus acciones a base de parámetros
semejantes y bajo términos casi idénticos. Argumentaban
que a raíz del encarcelamiento del rey, la soberanía
revertía al pueblo.
Los americanos habían propagado también el concepto
de la Constitución "no escrita". De acuerdo
con esta interpretación los americanos derivaban sus
derechos a partir de un acuerdo, un pacto, entre el
rey y sus antepasados españoles, quienes al conquistar
el Nuevo Mundo obtuvieron privilegios de la Corona,
entre los que se encontraba el derecho de convocar a
sus propias Cortes. Tal acuerdo, sin embargo, no se
estableció entre América y España, sino entre cada uno
de los reinos de América y el rey. Como afirmó Fray
Servando Teresa de Mier, uno de los defensores más distinguidos
de la tesis de los derechos americanos al referirse
a "nuestras leyes fundamentales":
Lejos de haber pensado nuestros reyes en dejar nuestras
Américas en el sistema colonial moderno de otras naciones,
no sólo igualaron las nuestras con España, sino con
lo mejor de ellas. [Y sostuvo] Es evidente en conclusión:
que por la Constitución dada por los reyes de España
a las Américas, son reinos independientes de ella sin
tener otro vínculo que el rey … el cual, según enseñan
los publicistas, debe gobernarnos como si sólo fuese
rey de ellos…. Cuando hablo del pacto social de los
americanos, no hablo del pacto implícito de Rousseau.
Se trata de un pacto del Reino de la Nueva España con el soberano
de Castilla. La ruptura o suspensión de este pacto …
trae como consecuencia inevitable la reasunción de la
soberanía por la nación …cuando tal ocurre, la soberanía
revierte a su titular original. [7]
La
Gazeta de Buenos Ayres se hizo eco de este punto
de vista cuando aseguró:
Que
disueltos los vínculos que ligaban a los pueblos con
el Monarca, cada provincia era dueña de sí misma, por
cuanto el pacto social no establecía relaciones entre
ellas directamente [entre España y América], sino entre
el Rey y los pueblos. [8]
La
Gazeta de Buenos Ayres no solo apoyó el punto
de vista de Mier, sino que además formuló la pregunta
que más tarde pasaría a ser clave en la disputa sostenida
por las fracciones políticas antagónicas: ¿qué entidades
habían hecho pacto con el rey? Es decir ¿qué entidades
eran soberanas, los reinos según la opinión de Mier,
o las provincias y los pueblos como lo estipulaba la
Gazeta? Las ciudades capitales de los virreinatos
y de las audiencias daban por hecho que eran soberanos,
pero las ciudades provinciales creían lo contrario.
En la ausencia del rey, la controversia podría resolverse
en el ultimo caso por la fuerza. El conflicto entre las
capitales nacionales, las cuales pretendían dominar
sus respectivos países, y las capitales provinciales,
que a su vez insistían en la formación de confederaciones
igualitarias, se convirtieron, subsecuentemente, en
la pieza clave de las luchas políticas del siglo decimonónico.
[^
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El constitucionalismo hispánico
La
desintegración de la monarquía generó una serie de acontecimientos
que paulatinamente culminaron en el establecimiento
de un gobierno representativo en el mundo hispánico.
El primer paso de ese proceso fue la formación de las
juntas de gobierno en España y América, las cuales invocaron
el principio del derecho hipánico de que la soberanía,
en ausencia del rey, recaía en el pueblo. En España
las provincias ratificaron su autonomía al insistir
en su derecho a la soberanía. En tanto
que las provincias peninsulares hicieron fácilmente
esa transición, los reinos americanos afrontaron la
oposición de los funcionarios reales, los europeos residentes
en América y sus aliados del Nuevo Mundo.
La
Junta Suprema Central Gubernativa del
Reino, creada como un gobierno de defensa nacional en
septiembre de 1808, realizó los primeros movimientos
revolucionarios para resolver la crisis de la Monarquía. Este órgano
no sólo reconoció los derechos de las provincias de
España, sino que también reconoció las pretenciones
de los americanos quienes sostenían que sus tierras
no eran colonias sino reinos, que constituían partes
iguales e integrales de la Monarquía española y que
poseían el derecho de representación en el gobierno
nacional, algo que ninguna otra nación europea le había
otorgado a sus posesiones. [9]
En
1809 los reinos de América llevaron a cabo las primeras
elecciones para representantes para un gobierno de
toda la Monarquía española, la Junta Central. Las largas
y complicadas elecciones para diputados a la Junta Central constituyeron un
considerable paso adelante en la formación de un gobierno
representativo moderno para toda la nación española,
como era llamada ahora la Monarquía. El proceso
electoral --por ejemplo el uso de la terna-- se basaba
claramente en los procedimientos de elección de los
organismos corporativos. La diferencia principal consistía
en que los procedimientos electorales tradicionales
eran ajustados a los nuevos propósitos políticos. Además,
el procedimiento reconocía implícitamente el antiguo
derecho putativo de las capitales provinciales americanas
–las ciudades cabezas de partido—a tener representación
en los congresos de las ciudades.
Cuando
las fuerzas españolas se demostraron incapaces de detener
la invasión francesa en la Península, la desacreditada Junta Central
se disolvió en enero de 1810, nombrando en su lugar
al Consejo de Regencia. Algunas provincias españolas
y varios reinos de América se negaron a reconocer la
legitimidad del nuevo gobierno. En el Nuevo Mundo,
algunos determinaron que la hora había llegado para
establecer gobiernos autónomos en sus tierras. Juntas
autónomas fueron formadas en el Alto Perú, Quito, Caracas,
Buenos Aires, Santiago de Chile y en varias provincias
de Nueva Granada; además, una insurgencia rural se desencadenó
en la parte norte-centro de la Nueva España. La
decisión del Consejo de convocar a Cortes, sin embargo,
dio solución a las inquietudes de las provincias de
España y de muchas partes del Nuevo Mundo, convenciéndolas
de apoyar al nuevo gobierno. En 1810, la mayor parte
de los reinos americanos llevaron a cabo extensas elecciones,
no para una Junta de Gobierno, sino para un Parlamento
de toda la Monarquía española, el cual tendría el poder
para transformar al mundo hispánico. Las Cortes dieron
a los americanos que anhelaban la autonomía una manera
pacífica para obtener el autogobierno. Además los intensos
debates en el Parlamento, ampliamente difundidos por
la prensa en el periodo 1810-1812, influyó significativamente
en aquellos hispanoamericanos que lo apoyaron al igual
que aquellos que se opusieron al nuevo gobierno hispánico.
[10] De este modo la revolución hispánica
tuvo profundos efectos a través de toda la Monarquía.
Los diputados de España y América quienes expidieron
la Constitución de la Monarquía española transformaron
el mundo hispánico. La Constitución de 1812 no era
un
documento español; sino que era un estatuto para el
mundo hispánico. De hecho, es poco probable que la Carta
de Cádiz hubiese tomado la forma que tomó sin la participación
de los representantes de Nuevo Mundo. Los diputados
americanos a las Cortes ejercieron un papel central
en la elaboración de la Constitución. Sus
argumentos y propuestas convencieron a algunos españoles
a abrazar cambios sustanciales tanto en América como
en la Península. Algunas
de las importantes reformas liberales que caracterizaron
la Constitución de 1812, como la Diputación Provincial,
son directamente atribuidas a los diputados americanos.
La Constitución de Cádiz fue tanto una Carta americana
como española. Abolió las instituciones señoriales,
la Inquisición, el tributo indígena, el trabajo forzado
–como la mita en Sudamérica y el servicio personal en
España- y afirmó el control de la Iglesia por parte
del Estado. Creó un Estado unitario con leyes iguales
para todas las partes de la Monarquía española, restringió
sustancialmente la autoridad del rey, y confirió a las
Cortes un poder decisivo. Al concederle el sufragio
a todos los hombres, con excepción a aquellos de origen
africano, sin exigir los requisitos de saber leer y
escribir ni los requisitos de la propiedad, la Constitución
de 1812 sobrepasó a todos los gobiernos representativos
existentes, tales como los de la
Gran Bretaña, los Estados Unidos y
Francia, al proveer derechos políticos a la gran mayoría
de la población masculina.
Las
Constitución de la Monarquía Española
aumentó el electorado y, de manera notable, incrementó
la esfera de la actividad política. La
nueva Carta establecía el gobierno
representativo en tres niveles: la ciudad, la provincia
y la Monarquía. Cuando
permitió a las ciudades y pueblos que contaban con mil
o más habitantes formar ayuntamientos, transfirió el
poder político del centro a las localidades, en tanto
que gran cantidad de personas era incorporada al proceso
político.
[11] En América la devolución del poder
a las localidades socavó los acuerdos tradicionales
por medio de los cuales las capitales de los virreinatos
y de las audiencias dominaban al gobierno. Lo anterior
contribuyó a las luchas políticas posteriores que resquebrajaron
varios vireinatos.
Como
se requería en la Constitución, las elecciones se llevaron
a cabo para los ayuntamientos constitucionales, las
diputaciones provinciales y las Cortes. A diferencia
de las elecciones de 1809 para elegir la Junta Central y las de 1810 para
constituir las Cortes, las cuales fueron efectuadas
por los ayuntamientos, las nuevas elecciones constitucionales
de 1812-1813 fueron las primeras de caracter popular
efectuadas en el mundo hispánico. Aunque la élite dominó
el proceso en forma clara, cientos de miles de personas
pertenecientes a las clases media y baja, incluyendo
indios, mestizos, y castas, se comprometieron en la
política de manera significativa e hicieron sentir su
presencia. Lo que es aún más sorprendente es que las
comunidades indígenas –miembros de las antiguas Repúblicas
de indios- también participaron activamente. Irónicamente,
el nuevo sistema político hispánico parece haber sido
más “popular” y “democrático” que la mayoría de los
movimientos insurgentes que por entonces se disputaban
el poder en el Nuevo Mundo. Mientras que por un lado
se efectuaron elecciones relativamente libres en aquellos
lugares dominados por los realistas: Nueva España, Guatemala,
Cuba, Puerto Rico, Quito, Perú y Alto Perú; por el otro
los insurgentes o bien no tuvieron elecciones o las
realizaron pero sin apegarse a una norma “democrática”
o “popular”. [12]
La
primera era constitucional terminó en 1814 cuando Fernando
VII retomó el poder; abolió las Cortes y la Constitución,
restaurando así el absolutismo. Durante los cinco años
siguientes las autoridades reales en el Nuevo Mundo
desmantelaron las nuevas estructuras políticas y, ya
sin las trabas de la Constitución, aniquilaron la mayoría
de los movimientos autónomos. Sólo el aislado Río de
la Plata conservó su autonomía, debido a que se encontraba
más allá del alcance de la debilitada Monarquía
española. La represión de la Corona incitó a la minoría
de la población políticamente activa de América que
favorecía la independencia a actuar en forma decisiva.
Reanudaron las luchas en el Cono Sur y en Venezuela.
Las provincias del Río de la Plata declararon su independencia
en 1816 y crearon las Provincias Unidas en Sudamérica.
Al año siguiente un ejército bajo la dirección del general
José de San Martín invadió Chile por el este. Las fuerzas
realistas fueron derrotadas a mediados de 1818 y la
nueva nación de Chile se creó en ese año. Los republicanos
reanudaron la guerra en Venezuela en 1817 y en el año
de 1819 la marea se había vuelto contra la Monarquía,
cuando una fuerza combinada de neogranadinos y venezolanos
derrotó a los realistas en Boyacá, obligando al virrey
y a otros funcionarios a huir de Bogotá. A finales
de 1819 quedaba muy claro que si Fernando VII deseaba
retener el control de América se vería obligado a enviar
más tropas. Sin embargo, formar una nueva expedición
para reconquistar el Nuevo Mundo sólo podría significar
el aumento del descontento en la
Península. En España los liberales
sacaron ventaja del desencanto con la guerra en América
y finalmente forzaron al rey a restablecer la Constitución
en marzo de 1820. La restitución del orden constitucional
transformó el sistema político hispánico por tercera
vez en una sola década.
La
restauración del gobierno constitucional produjo respuestas
diversas en las regiones americanas, respuestas que
impactarían profundamente en su desarrollo político.
La Nueva España y el reino
de Guatemala entusiásticamente restablecieron el sistema
constitucional. En los meses siguientes, se efectuaron
elecciones para innumerables ayuntamientos constitucionales,
diputaciones provinciales y las Cortes. La inestabilidad
política en la Península durante los últimos doce años,
sin embargo, convenció a muchos de los novohispanos
de que lo más prudente era establecer un gobierno autónomo
al interior de la Monarquía española. Los autonomistas
optaron por una monarquía constitucional. Al respecto,
siguieron dos lineas de acción. Los diputados de la
Nueva España en las Cortes de 1821
propusieron un proyecto para la autonomía del Nuevo
Mundo por el cual se crearían tres reinos americanos
gobernados por príncipes españoles y la Constitución
de 1812 y alíados a la
Península. Al mismo tiempo, los autonomistas
organizaron un movimiento clandestino en la Nueva España el cual proponía
establecer una Monarquía autónoma bajo la Constitución
de 1812. Cuando la mayoría española en las Cortes rechazó
su propuesta para crear reinos americanos autónomos,
los dirigentes de la Nueva España prefirieron
independizarse. México obtuvo su independencia no porque
España hubiera sido derrotada militarmente, sino debido
a que los novohispanos dejaron de seguir apoyando políticamente
a la Monarquía. La América
Central también declaró su independencia y se unió al
nuevo imperio mexicano.
En
Sudamérica la restauración de la constitución hispánica
brindó a los independistas la oportunidad para continuar
sus campañas para liberar al continente. Al contrario
de lo acontecido en la
América Septentrional, en la América Meridional
los insurgentes sí derrotaron militarmente al régimen
español. Dos movimientos en forma de pinzas, uno proveniente
del sur y otro del norte, convergieron en un momento
dado en Perú, así acabando con el dominio de la Monarquía
española en 1825.
Las
dos Américas tuvieron experiencias políticas significativamente
diferentes. Las dos naciones de América Septentrional
experimentaron de lleno la revolución hispánica. Sus
subsecuentes estructuras políticas se basaron en la
Constitución de 1812. La mayor parte de la América Meridional,
por otro lado, estuvo gobernada por regímenes autónomos
durante el periodo constitucional y no participaron
en la revolución hispánica. En consecuencia, las naciones
del sur siguieron diferentes caminos constitucionales.
A pesar de esas variantes, fuerzas similares, tales
como el regionalismo, surgieron en ambas regiones.
[^
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Los primeros regímenes americanos
Los
dirigentes hispanoamericanos tuvieron que enfrentarse
a dos retos fundamentales durante los primeros años
del siglo XIX: determinar las fronteras nacionales y
establecer los gobiernos. Aunque algunas audiencias
subordinadas, tales como la
de Charcas y la
de Quito, exigieron el derecho a gobernarse
a sí mismas mediante la creación de juntas de gobierno
en 1809 y 1810, muchos americanos consideraron los virreinatos
sinónimos de la
nación. Las ciudades capitales de
los virreinatos, México, Santa Fe de Bogotá, Lima y
Buenos Aires, dieron por sentado que ellas pasarían
a ser los centros de los nuevos países. Muchas de ellas,
sobre todo Buenos Aires, confíaban en su fuerza para
imponer su voluntad en las naciones emergentes. De
madera similar, a pesar de que algunos dirigentes favorecían
la formación de repúblicas, la mayoría de los hispanoamericanos,
incluyendo al gran campesinado indígena en las repúblicas
de indios, favorecían las monarquías constitucionales.
Además, muchos civiles preferían el dominio legislativo,
como lo establecía la Constitución de Cádiz y varias
de las Cartas americanas, a diferencia de los militares,
entre los que se encontraba Bolívar, que insistían en
el dominio ejecutivo. Esas divisiones resultarían en
una disputa considerable y retrasarían el proceso de
consolidación nacional durante los primeros años del
siglo XIX.
Durante
el periodo 1810-1814, algunos americanos, así como algunos
de sus contrapartes en la Península, cuestionaron la
legitimidad del Consejo de Regencia y su derecho a hablar
por la nación española. Actuaron bajo el contexto de
un debate de amplia resonancia en toda la Monarquía
española sobre la naturaleza del gobierno, el cual había
surgido desde la caída de la Corona en 1808. Muchas
publicaciones–especialmente las actas de las Cortes
de Cádiz y comentarios sobre los temas discutidos en
aquel parlamento- propagaron un amplio repertorio de
conceptos políticos. Como declarara el licenciado Julián
Castillejos, abogado de la Audiencia de México, “nadie
ignora que en las actuales circunstancias, reside la
Soberanía en los Pueblos. Así lo enseñan infinitos
impresos que nos vienen de la Península." [13]
Algunas
regiones de América, temiendo que España pudiera ser
subyugada completamente por Francia, se movilizaron
para protegerse ellas mismas mediante la creación de
juntas de gobierno bajo el nombre de Fernando VII.
Durante los primeros meses de 1810, Caracas, Buenos
Aires, Santiago de Chile, Quito, las provincias de la Nueva Granada y los grupos en
la
Nueva España que se llamaban la
América mexicana formaron gobiernos autónomos.
Algunos de esos organos redactaron las primeras constituciones
en la América española: Venezuela (1811), Cundinamarca
(1811), Provincias Unidas de la
Nueva Granada (1811), Quito (1812),
y la América mexicana (1814).
Las
Juntas americanas se regían por el mismo principio jurídico
utilizado por sus contrapartes peninsulares. En la
ausencia del rey, la soberanía recaía en el pueblo.
La pregunta que surgía por todas partes era ¿Quién era
el pueblo? En 1808 el término el pueblo se había
aplicado a los representantes de las corporaciones.
Posteriormente, en especial después de la promulgación
de la Constitución de 1812, el término el pueblo se
aplicó al individuo, al ciudadano. La tradición liberal
que surgió en Cádiz, la cual fue adoptada por diferentes
regímenes americanos, se arraigaba en dos nociones de
lo que se denominaba como el pueblo. Una, en el sentido
de la gente, se identificaba con el ciudadano
involucrado en la política popular. Y la otra, en el
sentido de la región, se identificaba
con los derechos e intereses locales. Este último principio
generó una gran polémica por toda América.
Los
primeros regímenes americanos fueron esencialmente pro
monárquicos. Todos los movimientos autónomos comenzaron
por declarar que actuaban en el nombre de Fernando VII
o bien que lo único que buscaban era proteger los derechos
del rey. En el mundo hispánico posterior a 1810, el
término monarquía se refería en realidad a la Monarquía Constitucional.
En efecto, tras seguir el ejemplo de
las Cortes de Cádiz, las Juntas americanas establecieron
regímenes con legislaturas fuertes y poderes ejecutivos
débiles, muchas veces ejecutivos plurales. Desde su
punto de vista, no existía diferencia entre una monarquía
constitucional y una república, excepto en la manera
en que se seleccionaba el ejecutivo. En el primer caso
era heredado y en el segundo elegido. En ambos casos
el poder ejecutivo era el sirviente del legislativo.
La preferencia de los americanos por las monarquías
derivó no solo de su propia experiencia en el mundo
hispánico, sino también de su propia interpretación
de la historia occidental. La historia clásica Antigua
parecía sugerir que las repúblicas funcionaban bien
sólo para los estados pequeños. Con la excepción de
la extranjera y protestante nación de los Estados Unidos,
la mayoría de las experiencias republicanas previas
parecían negativas. Los herejes, hostiles al mundo hispánico
y a la Santa
Fe, habían establecido la república
holandesa. La reciente república de Francia se había
disuelto en la
anarquía. Por otro lado, todas las
potencias europeas eran monarquías. Inglaterra, a pesar
de ser protestante, era el ejemplo de una monarquía
constitucional exitosa y, por ello, era admirada por
los dirigentes del Nuevo Mundo, particularmente en Sudamérica.
[14]
El
regionalismo, expresado por la determinación de las
provincias para gobernarse a sí mismas, demostró ser
un obstáculo fundamental en la consolidación nacional.
Los nuevos gobiernos, con la excepción de Paraguay,
no tenían el control de sus tierras y el respeto de
sus provincias. En la mayoría de los casos, con la
excepción de la
Nueva España, las guerras civiles surgieron
cuando las ciudades capitales intentaron imponerse ante
las provincias que, a su vez, creían que poseían el
derecho de gobernarse ellas mismas. Esta última tendencia
es usualmente conocida como federalista, pero
de hecho, era confederalista porque las provincias
--que seguían el principio hispánico que en la ausencia
del rey la soberanía recaía en el pueblo-- se consideraban
Estados soberanos y autónomos. Después de mayo de 1808,
las provincias de España y América se comportaban como
si fuesen naciones. Formaron confederaciones no como
provincias, sino como Estados independientes porque,
como ha señalado José Carlos Chiaramonte con respecto
al Río de la Plata, "lo que une una confederación
son estados independientes, no provincias--en el uso
actual del término provincia." [15]
Algunas
provincias dentro de los reinos americanos no estaban
satisfechas con tener solamente una representación en
un gobierno nacional, es por ello que insistieron en
su derecho de formar un gobierno propio. Dicha idea
había sido alentada no sólo por las tradiciones hispánicas,
sino también por las elecciones de 1809 a la Junta Central que establecieron
el principio de la representación provincial. Además
la experiencia, primero de la Junta Central, y después de la
Regencia y las Cortes, hizo popular la noción de que
el poder legislativo debería ser dominante y que el
ejecutivo debería ser un poder dependiente cuya autoridad
estuviera limitada a obedecer los mandatos de la legislatura. Dichas creencias
fueron rechazadas tanto por las ciudades capitales,
las cuales insistían en dominar sus regiones, como por
los hombres fuertes quienes favorecían la supremacía
del poder ejecutivo. De este modo, muchos de los nuevos
regímenes esperimentaron conflictos entre los que favorecían
el federalismo y el centralismo y entre aquellos que
preferían el dominio del poder legislativo y del ejecutivo.
Aunque
los primeros sistemas políticos hispanoamericanos fueron
efímeros, son importantes porque ilustran las tensiones
que existían en el continente, así como la complejidad
y continuidad de los temas que enmarcarían al subsecuente
desarrollo constitucional en el siglo XIX. América Meridional
experimentó la mayoría de los regímenes autónomos.
Aunque Venezuela (1811), Cundinamarca (1812), Paraguay
(1813), y la América mexicana (1814) fueron las primeras
en declararse independientes e intentar convertirse
en repúblicas, todas las regiones, inclusive aquellas
que reconocían a Fernando VII como su soberano, insistieron
en tener su propio gobierno. Los casos de los virreinatos
del Río de la Plata y de Nueva Granada ilustran las
tensiones entre los poderes legislativo y ejecutivo,
así como el conflicto entre las ciudades capitales,
las cuales pretendían dominar sus virreinatos, y las
provincias, que por su parte buscaban su propia soberanía.
Los
habitantes del virreinato del Río de la Plata, al igual
que los de otras partes de América, estaban profundamente
preocupados por los acontecimientos en España. El 13
de mayo de 1810 llegaron las noticias de que la
Junta Central se había disuelto tras
su huida a Cádiz. Circularon rumores que todo estaba
perdido. En tales circunstancias, los dirigentes de
Buenos Aires llegaron a la conclusión de no reconocer
al Consejo de Regencia en Cádiz porque el pacto existía
entre el Río de la Plata y el rey, y no entre América
y España. Después de mucha discusión y debate, el 25
de mayo, los porteños organizaron una Junta Provisional
Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a
nombre de Fernando VII, la cual juró "conservar
íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano
el señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores,
y guardar puntualmente las leyes del Reyno."
[16] Al día siguiente, la
Junta Provisional Gubernativa le envió
una circular a las capitales provinciales informándoles
de los recientes eventos, además les pedía que reconocieran
el organismo como gobierno provisional. El 27 de mayo
fue dictado un decreto solicitando a cada capital de
provincia elegir diputados para la Junta Provisional Gubernativa
de Buenos Aires. El cambio de nombre del organo gubernativo
señaló claramente que los porteños intentaron controlar
al gobierno del virreinato del Río de la
Plata. Para asegurar su control, la
Junta organizó fuerzas armadas para imponer la autoridad
del gobierno provicional y sus resoluciones en todas
las provincias del virreinato. [17]
Las
provincias del Río de la Plata no estaban convencidas
de que la
Junta Provicional representaba sus
intereses. Montevideo y la región de su interior,
la Banda Oriental, competía con
Buenos Aires por el dominio del comercio marítimo, incluyendo
la exportación de ganado. El aislado Paraguay tenía
poco en común con los porteños. Charcas, que había
caído bajo el control del virrey del Perú después de
los movimientos autónomos de 1809 en la Paz y Chuquisca,
consideró a Buenos Aires una amenaza. Los intereses
de las provincias del interior del Río de la Plata,
como Córdoba, Salta, Tucumán, Mendoza y San Juan, chocaban
con los de Buenos Aires. Dado que aquellas regiones
dependían de su comercio con el Alto Perú y Chile solicitaron
protección para sus productos, mientras que los porteños
insistieron en el libre comercio.
[18]
Las
provincias del Río de la Plata resentían la insistencia
de Buenos Aires en dominar la región y reaccionaron
a los requerimientos de la Junta Provicional Gubernativa
con sospechas considerables. Aunque algunas votaron
para reconocer ese organismo y eligieron representantes
para la Junta Provicional, Montevideo,
Paraguay, Charcas, Córdoba y Salta decidieron apoyar
al Consejo de Regencia en España. El conflicto que dominaría
al Río de la Plata –la lucha entre confederalistas y
unitarios—surgió en 1810. La Junta Provisional respondió
vigorosamente. Esta exilió a muchos funcionarios reales
y a otros españoles descontentos a las Islas Canarias
implementando duras medidas de seguridad y organizando
al ejército para someter a las provincias rebeldes.
Aunque
los porteños que dominaban la
Junta Provisional estaban reacios a
compartir el poder, las divisiones internas entre las
facciones moderada y radical aportaron a los recién
llegados delegados de las provincias que reconocieron
a la Junta Provicional la oportunidad
para exponer sus puntos de vista. Al igual que las Cortes
hispánicas, la
fortalecida Junta Provisional reconoció
el deseo de las provincias por autogobernarse al instituir
juntas provinciales bajo el modelo de las españolas.
Algunos porteños, en particular los radicales, se opusieron
a otorgarle su autonomía a las provincias porque temían
que esa medida podría dividir y debilitar al gobierno.
Ellos argumentaron que la Junta Provisional funcionaba
mal debido a que su creciente tamaño hizo al organismo
poco manejable. Las noticias de que la expedición militar
enviada para someter al Alto Perú había fallado le dio
a los radicales una oportunidad para reconfirmar el
dominio porteño. En septiembre de 1811, con un masivo
apoyo público, los radicales exigieron la elección de
un triunvirato que fungiera como el ejecutivo. La Junta
ampliada podría, después de este hecho, funcionar como
poder legislativo.
El
nuevo ejecutivo se vio rápidamente inmiscuido con la
legislatura. El triunvirato buscó
imponer el orden y la disciplina en el país. Al contrario
de lo que sucedió en España, donde las Cortes triunfaron
en su enfrentamiento con la Regencia, la cual estaba
actuando como el ejecutivo, en Buenos Aires, el triunvirato
disolvió la Junta de delagados provinciales en diciembre
de 1811 y, al mes siguiente, abolió las juntas provinciales.
A lo largo de 1812 éste tomó medidas adicionales para
consolidar su poder. Reorganizó la administración de
justicia con el fin de contener lo que consideraba delincuencia
creciente. Introdujo reformas militares, administrativas
y financieras diseñadas con el fin de concentrar el
poder en el gobierno nacional. El régimen impuso nuevos
impuestos, abolió el estanco del tabaco, redujo las
tarifas y promovió el comercio exterior. La mayor parte
de las transformaciones favorecían a Buenos Aires, aumentando
así el descontento en las provincias. A pesar de esos
cambios, el nuevo régimen no fue más exitoso que sus
predecesores en someter a las provincias autónomas.
Los fracasos militares en el Alto Perú, Paraguay y la Banda Oriental contribuyeron
al desencanto con el gobierno. No obstante, la oposición
más seria surgió con los recién llegados veteranos de
guerra de la Península, entre ellos personajes como
José de San Martín y Carlos María de Alvear que tuvieron
poca paciencia ante la ineficiencia del gobierno civil.
El 8 de octubre de 1812 una coalición dirigida por Alvear
y San Martín derrocó al régimen e instauró un nuevo
triunvirato.
La
dificultad que tuvieron los dirigentes del Río de la
Plata consistió en establecer un gobierno capaz de resolver
las aspiraciones en conflicto de Buenos Aires y las
provincias. Convocaron una asamblea constitutiva que
se reunió en enero de 1813. El nuevo congreso tuvo
que enfrentar grandes obstáculos. El ejecutivo, dominado
por Buenos Aires, deseaba un gobierno central sólido,
mientras por otro lado las provincias insitían en un
sistema confederalista débil. Por supuesto, José Gervasio
Artigas y los respresentantes de la
Banda Oriental, a quienes no se les
concedió ningún escaño en la asamblea, demandaron una
confederación integrada por provincias con derechos
iguales. La asamblea constituyente no longró dar solución
al conflicto entre Buenos Aires y las provincias y como
resultado la región permaneció dividida. Los intereses
de los porteños y los de las otras provincias no coincidían.
Las tropas de Buenos Aires fueron incapaces de aplastar
los movimientos regionalistas. De tal manera que algunos
dirigentes de las provincias comenzaron a deliberar
sobre la fomación de coaliciones que no incluyeran a
Buenso Aires. Los dirigentes porteños le hicieron frente
a la creciente crisis fortaleciendo al poder ejecutivo
y desarticulando a la asamblea antes de que se promulgara
una Constitución o se creara un nuevo gobierno. En
enero de 1814 designaron director supremo a Gervasio
Antonio Posadas y nombraron a San Martín comandante
del Ejército del Norte.
Aunque
existía un estado de estancamiento en las relaciones
entre Buenos Aires y las provincias, la región se hallaba
relativamente a salvo de las fuerzas realistas. En vista
a las extensas conflagraciones en América, y la localización
geográfica periférica de la región, así como su estatus
económico, resultaba poco probable que la Monarquía
volviera a apoderarse del Río de la Plata. Los habitantes de la región
tuvieron tiempo de reagruparse e intentar la fomación
de un gobierno viable.
La
anterior expedición militar de 1810 para recuperar el
control del Alto Perú estableció un patrón de conquista
que frustó los esfuerzos de Buenos Aires por mantener
la integridad territorial del virreinato del Río de
la Plata.
Antes de llegar a Charcas, las fuerzas
porteñas tuvieron que tomar Córdoba donde Santiago Liniers,
antiguo virrey y héroe de las primeras victorias en
contra de los británicos, así como el Obispo y otros
funcionarios habían organizado la oposición a la
Junta Provisional. A principios de
agosto, los 1,000 soldados de Buenos Aires habían arrollado
Córdoba y después de hacer prisioneros a algunos dirigentes,
incluyendo a Liniers, los ejecutaron. El ejército porteño
avanzó hacia el norte, subyugando Salta, Tucumán y,
finalmente, el altiplano de Charcas. El 7 de noviembre
de 1810, derrotó a las fuerzas realistas en Suipacha,
obteniendo así el control del Alto Perú. El comandante
porteño Juan José Castelli, quien se había graduado
de la Facultad de Leyes de la Universidad de Chuquisaca,
regresaba como el delegado político todopoderoso de
la Junta Provisional. En
lugar de liberar a la Audiencia de Charcas, él instituyó
un reino de terror. Como lo había hecho en otras provincias,
Castelli arrestó a las autoridades reales y las ejecutó
sin siquiera llevar a cabo un juicio. Los soldados
porteños se comportaron como ejército conquistador;
asaltaron, robaron y mataron ciudadanos inocentes a
voluntad. [19]Dichas atrocidades alienaron al pueblo
del Alto Perú y contribuyeron al subsecuente éxito realista
y a la derrota porteña en el area.
Embriagado
por los triunfos, Castelli creyó que sus fuerzas podrían
continuar su marcha victoriosa sobre montañas hacia
Lima en el este. Pero el 20 de junio, cuando enfrentó
a un ejército realista bien disciplinado en Huachi,
cerca de la frontera con Perú, el "ejercito libertador"
de la costa quedó deshecho y huyó el campo de batalla.
En los meses siguientes, el ejército realista persiguió
a los porteños por las tierra bajas tomando Jujuy y
Salta. La lucha violenta por el Alto Perú se prolongó
por más de dos años a medida que los ejércitos porteño
y realista avanzaron y retrocedieron. Los porteños ocuparon
las serranías en dos ocasiones más y en ambos casos
actuaron como conquistadores, saqueando la
tierra. Un estancamiento sobrevino
a finales de 1815 en el cual las fuerzas realistas controlaron
Charcas y hostigaron a las provincias norteñas del Río
de la Plata, pero ningúno de los dos bandos penetraba
profundamenteen el territorio del contrario. Las tres
invasiones porteñas a Charcas terminaron con cualquier
esperanza de la reunificación del Alto Perú con el resto
del antiguo virreinato del Río de la Plata. En lugar de eso, los saqueos
aumentaron el localismo, especialente entre las comunidades
indias; es decir, las repúblicas de indios. [20]
Al
igual que Charcas, Paraguay se mantuvo fuera del dominio
de Buenos Aires. Siendo esencialmente una región dedicada
al ganado y a la agrícultura, el terrirorio quedó bajo
el control de la ciudad portuaria de Asunción, situada
a más de 1,000 millas río arriba. Al saber
del establecimiento de la Junta Provisional de Buenos
Aires, los patricios de Asunción votaron en favor de
reconocer el Consejo de Regencia y mantener las relaciones
cordiales con Buenos Aires. Los porteños respondieron
con la fuerza. La Junta Provisional
nombró a Manuel Belgrano para dirigiera una expedición
militar a Montevideo con el fin de imponer la autoridad
del gobierno. Belgrano, a semejanza de lo que hizo
Castelli en el Alto Perú, intentó aplastar la oposición
y ejecutar a los principales “rebeldes”. Los paraguayos,
sin embargo, derrotaron al ejército de Belgrano a principios
de 1811. Tras una segunda derrota que resultó decisiva
en Tacuarí el 9 de marzo, los porteños se retiraron
de Paraguay.
Una
junta, que se reunió el 17 de mayo de 1811, declaró
la autonomía de Paraguay tanto de Buenos Aires como
de cualquier otra potencia extranjera. Poco después,
el 17 de junio, un Congreso en el que tuvieron representación
todas las regiones de Paraguay se reunió y estableció
una Junta Superior integrada de cinco hombres, entre
ellos el abogado José Gaspar Rodríguez de Francia, popularmente
conocido como el Dr. Francia. A lo largo de los dos
años que la
Junta Superior gobernó Paraguay, Francia
fue ganando amplio apoyo popular en su calidad de dirigente
indispensable. Su posición fue en aumento cuando los
porteños rechazaron una propuesta de Paraguay para establecer
una confederación del Río de la Plata en la cual todas
las provincias gozarían de una igualdad completa. Como
resultado de las amenazas tanto de Buenos Aires como
de Brasil, se reunió un Congreso el 12 de octubre de
1813 que proclamó a Paraguay una república independiente
e instituyó un gobierno integrado por dos cónsules,
Francia y Fulgencio Yegros, un estanciero inculto que
delegó sus funciones en su colega. En 1814, Francia
convocó otro Congreso, que lo nombró dictador supremo
de la república por un periodo de cinco años. Dos años
después convenció a la asamblea de que lo nombrara dictador
perpetuo y de que se reuniera sólo cuando el dictador
lo demandar. La legislatura no volvió a reunirse durante
más de un cuarto de siglo. Francia, conocido como el
Supremo, mantuvo a Paraguay aislado hasta su muerte
en 1840.
[21]
La Banda Oriental--el actual
Uruguay--fue el tercer territorio en separarse del antiguo
virreinato del Río de la
Plata. Igual que Paraguay, la Banda Oriental compartía una
frontera con Brasil y era una región, esencialmente,
dedicada a la agricultura y la ganadería y que contaba
con una prominente ciudad portuaria, Montevideo. La
circular de Buenos Aires por la que la
Junta Provisional solicitaba el reconocimiento
e invitando al territorio a elegir un diputado a dicha
junta, para llegó a Montevideo el 31 de mayo de 1810.
Dos días después, una junta de notables votó, en cambio,
en favor de reconocer al Consejo de Regencia. La
Banda Oriental no solamente estaba
a favor de los realistas, sino que también estaba dominada
por serviles. A principios de 1811, el general Francisco
Xavier Elío arribó a Montevideo en calidad de virrey
del Río de la Plata. De manera inmediata impuso
el orden militar en el interior, insistió que los estancieros
mostraran sus títulos de propiedad, aumentó los impuestos
y buscó la ayuda del vecino Brasil para luchar contra
Buenos Aires. Como era de esperarse, estos actos hicieron
que los americanos de la Banda Oriental se apartaran
y le negaran su apoyo.
José
Gervasio Artigas, un eminente militar criollo que había
regresado de España en 1810 después de combatir contra
los franceses, asumió la dirección de los descontentos
orientales, como también se les conocía a los uruguayos.
El 15 de febrero de 1811, cruzó el río Uruguay en dirección
al territorio de Buenos Aires a fin de buscar ayuda
para liberar la Banda Oriental. Al siguiente
día, los estancieros reunieron cerca de 200 gauchos
a orillas del Arroyo Asencio para manifestar su oposición
a las fuerzas realistas; acontecimiento conocido en
la historia uruguaya como el Grito de Asencio. Artigas
regresó de la provincia de Entre Ríos con refuerzos
con el fin de encabezar el movimiento al que pronto
se unieron otros orientales. Buenos Aires, por su parte,
también envió a sus tropas. El 18 de mayo, Artigas
derrotó a una considerable fuerza realista en Las Piedras
y avanzó hacia Montevideo. El jefe oriental apremió
a los porteños que se unieran al ataque; mas ellos vacilaron,
con lo que dio tiempo a los realistas a reorganizar
sus defensas. Como resultado, éstos retomaron el control
de la ciudad.
El
conflicto tuvo repercusiones internacionales cuando
el desesperado virrey Elío acudió al gobierno portugués
en Brasil en solicitud de ayuda. La Corona portuguesa,
la cual había establecido su capital en Río de Janeiro
después de perder contra los franceses en 1807, aprovechó
la oportunidad de reafirmar sus demandas sobre la región
enviando un gran ejército para ocupar la Banda Oriental. Artigas
se refugió en Entre Ríos con miles de compatriotas suyos
para escapar del invasor ejército portugués. En tales
circunstancias, Elío se volvió hacia sus enemigos del
otro lado del río en busca de ayuda. El 20 de octubre
de 1811, Buenos Aires concretó un amnisticio por el
cual se reconocía la soberanía de Fernando VII y la
unidad de la Nación española. El gobierno de Buenos
Aires, asegurando que permanecería leal a su rey, pidió
la ayuda británica para lograr que los portugueses se
retiraran y en su calidad de aliados, tanto de España
como de Portugal, los británicos se las arreglaron para
convencer a los portugueses de desocupar el territorio
a finales de 1812. Montevideo, sin embargo, permaneció
en manos realistas.
El
régimen porteño nuevamente intentó incorporar el territorio
a su unión de provincias. Los dirigentes de la
Banda Oriental, sin embargo, convocaron
un Congreso el 13 de abril, el cual determinó que la
región podría participar en la unión sólo con base en
la autonomía total dentro de la confederación. Lo
anterior resultó inaceptable al gobierno porteño, que
excluyó a los diputados orientales de su Congreso.
Más tarde, Artigas rompió definitivamente con Buenos
Aires. Tras un large asedio, los realistas de Montevideo
se rindieron a las fuerzas porteñas en junio de 1814.
Buenos Aires, sin embargo, fue incapaz de dominar la Banda Oriental debido a que
Artigas controlaba el interior. Ambos bandos lucharon
por meses hasta que, finalmente, los porteños abandonaron
Montevideo en febrero de 1815, iniciando así un periodo
de gobierno local conocido como la Patria Vieja. Aunque era
evidente que los orientales insistían en su autonomía,
Buenos Aires y Brasil continuaron durante años, haciendo
intentos por incorporar la región a sus territorios.
Finalmente, gracias a la mediación británica, el 27
de agosto de 1828, todas las partes estuvieron de acuerdo
en firmar un tratado que reconocía la independencia
de la Provincia Oriental del Uruguay. [22]
El
virreinato del Río de la Plata, el cual había sido establecido
en 1776, no había existido lo suficiente para integrar
completamente sus diversas provincias distantes. Además,
tanto Charcas como Paraguay tenían una larga historia
propia que reforzaba su identidad individual. El Alto
Perú mantuvo importantes lazos comerciales, sociales
y culturales con el virreinato del Perú. El aislamiento
de Paraguay de las otras provincias continuó después
de que fueron expulsados los Jesuitas en 1767. Tal
vez hubiera sido possible que la región entera del virreinato
del Río de la Plata permaneciera unificada si se hubiera
podido convencer a Buenos Aires a aceptar la creación
de una confederación de provincias iguales. En lugar
de eso, los porteños intentaron imponer su gobierno
por la fuerza, alienando, de ese modo, a las provincias
y alentando la creación de tres naciones independientes,
Bolivia, Paraguay y Uruguay.
El
virreinato de Nueva Granada también se fragmentó como
resultado de la crisis de la Monarquía española. El
virreinato, establecido en 1739, consistía de tres regiones
fundamentalmente autónomas: el Reino de Nueva Granada
–la parte central del virreinato, un área que más o
menos corresponde a la actual Colombia--, la Capitanía General
de Venezuela y el Reino de Quito. Cada una de las tres
regiones poseía su propia Audiencia e identidad individual
como reino autónomo y permanecieron separadas mucho
después de haberse formado el virreinato. Cada reino
respondió independientemente a la crisis de 1808 e intentó
formar su propio gobierno autónomo.
La
experiencia venezolana destaca el conflicto entre la
capital y las ciudades de provincia, así como la lucha
entre los poderes legistativo y ejecutivo. El 19 de
abril de 1810, Caracas estableció una Junta Suprema
Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Para
reducir la oposición de otras ciudades y provincias,
la Junta
Suprema convocó un Congreso, el Cuerpo
Conservador de los Derechos de D. Fernando VII en las
Provincias de Venezuela. Dicho organismo, el cual se
reunió el 2 de marzo de 1811, siguió muchos de los precedentes
establecidos por las Cortes de Cádiz. Se atribuyó toda
autoridad y puso en funciones un poder ejecutivo débil
al nombrar un triunvirato cuyos miembros se alternarían
en la presidencia. La oposición de
algunas provincias y la agitación de los radicales jóvenes
de Caracas forzó al Congreso a declarar la independencia
el 5 de julio. Ese parlamento subsecuentemente redactó
una Constitución en la que se nota claramente la influencia
de la Carta que entonces se preparaba en Cádiz. Creó
un sistema federal, continuó el dominio del poder legislativo
y retuvo un triunvirato débil como el ejecutivo. Si
bien el documento venezolano decretaba la igualdad legal
para los hombres libres, a diferencia de la Constitución
de 1812, mantenía el privilegio, basado en el requisito
de contar con propiedades, para poder aceder a la ciudadanía
activa.
Aunque
muchos observadores aseguran que la Constitución de
Venezuela tuvo como modelo la Carta de los Estados Unidos,
puesto que estableció un sistema federal, hay poca evidencia
para apoyar dicha aserción. Por el contrario, juristas
distinguidos de la época, tales como Fernando de Peñalver,
cuestionaron la eficacia de la Constitución norteamericana
de 1787. En una erudita Memoria revisó la historia
del gobierno desde los tiempos antiguos hasta el presente.
Mientras por un lado Peñalver apoyaba fuertemente el
federalismo, por el otro argumentaba que no se debería
seguir el modelo estadounidense. Siendo conciente de
que los estados pequeños de Nueva Inglaterra estaban
amenazando con separarse de la unión norteña debido
al conflicto que éstos tenían con los estados más grandes
del sur, declaró: "Si Norte América, al constituir
su federación, hubiera divido los Estados que la componen
y equilibrado la fuerza de todos ellos, no pronosticarían
los políticos la disolución próxima de su Constitución
por la desigualdad tan grande que hay entre ellos….
Los grandes son desobedientes a la soberanía de la confederación,
y tienen siempre en peligro la unión". [23] En lugar de adoptar
el modelo estadounidense, la Constitución venezolana,
basándose en la tradición hispánica, cedió una autoridad
considerable a las provincias. Era más confederalista
que federalista.
Puesto
que el dominio legislativo y la debilidad del ejecutivo
mostraron su ineficiencia en épocas de crisis, los nuevos
regímenes americanos se dieron cuenta que era necesario
otorgarle un poder extraordinario al ejecutivo en casos
de emergencia. Cuando las fuerzas realistas del Caribe
se unieron a las provincias realistas venezolanas en
oposición a la Primera República,
el gobierno de Caracas nombró a Francisco Miranda dictador
con amplio poder civil y militar. La acción se derivó
de las prácticas de la Antigua República
romana. También existía un modelo mas cercano; Miranda
ejerció un poder comparable al de Napoleón Bonaparte
en Francia. El esfuerzo desesperado fue inútil y la
República colapsó en Julio de 1812. El gobierno republicano
fue incapaz de derrotar al desafío realista porque la
mayoría de los venezolanos no apoyaba ni la independencia
ni el republicanismo. La caída de la Primera República
señaló el fin de la participación política amplia en
Venezuela. A continuación, la lucha por el dominio
político enfrentó a caudillos despiadados uno contra
el otro.
El
colapso del primer gobierno autónomo de Venezuela influenció
significativamente a los dirigentes locales, tales como
Simón Bolívar. Según él, la
Primera República fracasó porque se
había adoptado una Constitución federal débil; porque
se había mostrado demasiado tolerante con las opiniones
disidentes; porque las elecciones populares dieron una
gran representación a los débiles y a los incompetentes
y porque el gobierno no logró reclutar una fuerza militar
efectiva y manejar bien la economía.
[24] Dichas observaciones provocaron el
desdén por los gobiernos representantivos civiles.
En el futuro, Bolívar prefirió gobernar como un autócrata
asumiendo el título de dictador en numerosas ocasiones.
Las
divisiones internas fueron muy marcadas en el vecino
Reino de Nueva Granada y provocó formas extremas de
confederalismo y del dominio del poder legislativo.
Ahí las provincias se dividieron en dos coaliciones
a lo largo de 1810-1815, un periodo conocido como la
Patria Boba. Cartagena de las Indias
creó un junta de gobierno a partir de que supo el 8
de mayo de 1810 que la Junta Central Suprema
en España se había disuelto y establecido el Consejo
de la Regencia. Otras provincias
siguieron ese ejemplo. La capital del virreinato y
del reino, Santa Fe de Bogotá, intentó reasumir su autoridad
el 20 de julio cuando formó la
Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada.
Sin embargo, muchas provincias se rehusaron a cooperar.
Las provincias de Nueva Granada, cuyos intereses económicos
y politicos eran antagónicos, resintieron los intentos
de la capital por dominarlas. Esto dio como resultado
la emergencia de dos coaliciones. Cuando Cartagena propuso
establecer "un gobierno perfecto y federal",
que le otorgaría a cada provincia autonomía e igualdad, [25] Santa Fe convocó
un Congreso en la capital en su esfuerzo por bloquear
el impulso hacia el confederalismo. En marzo de 1811,
esa asamblea creó el Estado de Cundinamarca, y reconoció
a "Don Fernando VII, por gracia de Dios y por la
voluntad del pueblo, legítima y constitucionalmente
representado, Rey de los cundinamarqueses."
[26] El Nuevo gobierno estaba integrado
por un cuerpo legislativo fuerte y un ejecutivo débil.
Hasta que el rey pudiese gobernar, un presidente como
el vicerregente de Fernando VII --asociado a dos consejeros--
podría ejercer el poder ejecutivo. El nuevo estado “centralista”
consitía de Santa Fe de Bogotá y otras provincias de
la sierra. Encabezadas por
Cartagena, las otras provincias formaron las Provincias
Unidas de la
Nueva Granada, una confederación de
provincias autónomas con un gobierno extremadamente
débil. Se otorgó al Congreso la parte mayor de la autoridad
con que contaba la confederación. El
presidente, "si lo hubiere con atribuciones separadas
o… el Poder Ejecutivo, si se creare," quedaría
subordinado por completo al Congreso de la Confederación. [27] Cada una de las cinco provincias,
las cuales formaban la Confederación, procedieron a
escribir su propia constitución.
A
fines de 1811 había tres bloques políticos contendientes
en el Reino de Nueva Granada: las regiones que se hallaban
bajo el dominio realista, el Estado de Cundinamarca,
y las Provincias Unidas de la Nueva Granada. Una guerra
civil virulenta surgió entre los tres grupos. La mayor
parte del conflicto consistió de la confrontación de
los dos estados autónomos, Cundinamarca y las Provincias
Unidas. Después de años de guerra, Santa Fe de Bogotá
fue derrotada por el ejército de las Provincias Unidas
el 12 de diciembre de 1814. Para entonces, sin embargo,
Fernando VII había abolido la Constitución of Cádiz
y enviado un gran ejército bajo las órdenes del mariscal
Pablo Morillo para restaurar el orden en la parte norte
de Sudamérica. Después de una lucha prolongada, las
fuerzas realistas derrotaron a las Provincias Unidas
en mayo de 1816.
El
Reino de Quito, el tercer miembro del virreinato de
Nueva Granada, también experimentó un conflicto regional.
La capital del reino, la ciudad de Quito, formó una
junta autónoma el 10 de agosto de 1809, la cual duró
hasta diciembre de 1812. Aunque la Junta de Quito invitó
a otras provincias del Reino a unirse al gobierno, la
mayoría se opuso y ayudó a las autoridades reales a
subyugar a los insurgentes. Después de derrotar a la
junta autónoma, el Reinode Quito participó completamente
en el Nuevo sistema constitucional hispánico, el cual
reconoció los derechos de las provincias.
[28]
Las
guerras civiles surgidas por los conflictos entre las
capitales nacionales y provinciales se propagaron no
sólo en los virreinatos del Río de la Plata y de Nueva
Granada, sino también en Chile y en el virreinato del
Perú. Esos conflictos llamados federalistas-centralistas
convencieron a los dirigentes, tales como Bolívar, que
solo los gobiernos fuertes unidos podrían lograr la
independencia y establecer el orden en Sudamérica.
Fue muy difícil, sin embargo, que dichas luchas se contuvieran;
de tal manera que continuaron por décadas, afectando
profundamente la estabilidad del gobierno y el desarrollo
constitucional en la América española.
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Los
retos en la construcción de las naciones
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