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¿Límites de
la solidaridad social y del poder del Estado?
Las guerras culturales
Un nuevo modo de regulación internacional
Conclusión
Bibliografía
Desde finales de los años 70,(1) mundialización, ciudadanía y diferencias de historia
y de cultura componen una trilogía según dos presentaciones
contradictorias de la importancia creciente de transacciones
financieras y de producción de bienes por las redes
internacionales más que nacionales. Según una interpretación,
esta mundialización tiene efectos benéficos. Restablece
la ley de la concurrencia entre los individuos, las
empresas y los Estados; antepone la libertad de acción
económica y cultural y la regla de asignación de lugares
según el mérito; reduce el papel demasiado costoso y
amplio del Estado en las esferas económica y social
y anuncia una era de nuevo crecimiento económico. Según
otra interpretación, esta mundialización sella el triunfo
de la lógica del mercado y su impregnación de la vida
colectiva, social, cultural y política; debilita el
poder de los estados nacionales, reduce el sentido de
la vida en común, vuelve irrisorio el ejercicio democrático
y ciudadano y aviva los particularismos regionales y
comunitarios. Estos dos esquemas de explicación tienen
en común la presentación de la nueva forma de expansión
capitalista como un proceso lineal conducido por el
mercado. Sin embargo, este proceso no es unidimensional,
los actores en la escena de la mundialización son numerosos,
su poder desigual, y sus interacciones, a diversas escalas.
Intervienen multinacionales, economías nacionales, continentales
y regionales, organizaciones estatales e internacionales,
categorías sociales y relaciones políticas y culturales
muy diferentes, e interesarse por un solo aspecto de
sus relaciones proviene de un “fundamentalismo”, como
dice Robertson.
La mundialización de los intercambios contribuye de
hecho a transformar las dinámicas que han asegurado
una relativa estabilidad social a las sociedades occidentales
desde la posguerra. Al producir nuevas desigualdades
económicas, lleva a interrogarse sobre el papel del
Estado providencia como actor de la solidaridad colectiva
así como sobre la definición de la ciudadanía como precepto
igualitario; al acentuar la apertura de fronteras, la
extensión de las comunicaciones y el acceso a los mercados
exteriores, merma los vínculos entre los Estados centrales
y las economías regionales y activa los conflictos nacionales
históricos; al hacer más neta la percepción de una creciente
diferenciación social y cultural, cuestiona la ciudadanía
como categoría agrupadora de individuos de cualquier
historia y cultura y reduce el imaginario homogeneizante
de la nación; finalmente, participa de una mutación
de las relaciones internacionales y de la consolidación
de una ética de los derechos del hombre que limita el
poder de control de los individuos por los Estados.
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¿Límites
de la solidaridad social y del poder del Estado?
La
transformación del mercado de trabajo y el aumento de
las desigualdades económicas
Abundan las constataciones sobre el aumento de las desigualdades
socioeconómicas y el estancamiento, incluso el declive,
del poder de compra de categorías salariales en los
últimos veinte años (entre otros Bihr y Pfefferkon,
1995; Cline, 1997; Atkinson, 1998; Fox Piven y Cloward,
1998; Yalnizyan, 1998; Friedman, 1998). En 1994, se
contabilizaron 60 millones de pobres sobre 300 millones
de habitantes en los Estados Unidos, y 52 millones sobre
300 millones de habitantes en la Unión Europea, representando
el Reino Unido el caso más significativo: 13,9 millones
en una población de 60 millones (Petrella, 1997). La
proporción de asalariados pobres se ha casi duplicado
en quince años en los países de la OCDE a causa de la
aceptación del trabajo a tiempo parcial, a falta de
empleo a tiempo completo, así como de la multiplicación
de los empleos interinos o temporales mal pagados (Bureau
of Labour Statistics, 1997: cuadro A-7; Concialdi y
Pontieux, 1997; Robert, 1998).
Esta mutación del mercado de trabajo ha creado una nueva
jerarquía de ocupaciones que permite hablar de economías
duales. Desde los años 60, los empleos en demanda y
en alza en las economías occidentales son empleos terciarios,
de los cuales el 40% corresponde a los llamados “de
elite” o profesionales(2)
y, fuertemente remunerados, requieren al menos una escolaridad
universitaria de dos a tres años, el dominio de la aplicación
de las tecnologías informáticas, una forma de creatividad
permanente y el análisis de las informaciones. Estos
empleos están relacionados con la creación de nuevos
productos y la gestión y no serán suprimidos en el futuro
por la creciente informatización de las tareas. Una
segunda categoría de empleos, que sí pueden verse reducidos
por la informatización, dependen directamente de los
anteriores, siendo sus detentores los ejecutores subalternos
de los profesionales. Finalmente, una tercera categoría
comprende los empleos cualificados, estables pero amenazados
de descalificación por los cambios tecnológicos y la
competencia de los mercados de mano de obra menos costosa
(empleos de ejecución en la industria y el comercio),
así como los empleos no cualificados, débilmente remunerados
y precarios, pues están sometidos a la incertidumbre
de la demanda, y son poco productores de plusvalía.
En Estados Unidos, la fosa entre los tres tipos de empleo
no hace sino aumentar desde 1979 (Carnevale y Rose,
1998).(3)
¿La
mundialización única culpable?
Las causas y los efectos sociales de esta transformación
del mercado de trabajo son percibidos de formas diferentes.
Una corriente llamada neoliberal considera la mutación
de la estructura de los empleos como el producto de
los cambios tecnológicos (robotización, informatización)
y del fin de las políticas proteccionistas; prevé una
evolución similar a la desencadenada por la revolución
industrial, a finales del siglo XIX, cuando la mecanización
de la producción suprimió unos empleos y creó otros
en un número equivalente, si no superior, dada la necesidad
de nuevas maquinarias e infraestructuras. Cree que se
está produciendo un proceso parecido cuando una parte
de la mano de obra industrial es enviada al paro y el
sector de servicios crece en proporción al número de
necesidades individuales no satisfechas. De forma que
considera positivos los efectos de la nueva concurrencia
internacional pues permiten la eliminación de sectores
y de unidades de producción poco productores de plusvalía
y aumentarán, a largo plazo, los beneficios de las empresas
y las rentas de los individuos, y, concluye, los Estados
no deberían obstaculizar esta evolución sino más bien
favorecerla respondiendo a las necesidades de las empresas
sometidas a la nueva concurrencia internacional que
necesitan una mayor flexibilización del trabajo y una
reducción de las cargas sociales. Según este punto de
vista, la protección social debe estar sometida a los
imperativos de la rentabilidad financiera de las unidades
de producción y a los ingresos, variables, del Estado.
Una segunda corriente afirma que el desplazamiento de
los empleos hacia el sector terciario no sería tal,
pues la producción del número de servicios integra actualmente
tecnologías reductoras del tiempo de trabajo y de empleo
(finanzas, banca, seguros, gestión). Algunos hablan
de un paro masivo por venir (Club de Roma) e, incluso,
de una sociedad sin trabajo (Rifkin, 1995). Otros defienden
la promoción de una economía social, solidaria o de
proximidad (Laville, 1994), creadora de empleo y que
responda a las necesidades sociales no cubiertas por
el mercado en razón de su débil rentabilidad (guarda
de niños, asistencia a las personas mayores, alfabetización,
asistencia escolar, protección del medio ambiente, servicios
de interés local y comunitario). Una última corriente
(Barber, 1996; Bourdieu, 1998; Ramonet, 1997; Petrella,
1996) invoca el poder de las firmas internacionales
financieras e industriales que anula la capacidad de
intervención igualadora de los Estados, reduciendo su
soberanía e imponiéndoles un modelo similar de gestión
económica(4). Demanda un control y una tasación de las actividades
de estas firmas que permita mantener las políticas de
redistribución (impuesto Tobin sobre las transacciones
financieras internacionales, por ejemplo).
Numerosos economistas ven en los cambios tecnológicos
reductores del tiempo de trabajo (Marchand, 1992; Rigaudiat,
1993; Krugman, 1998), en el aumento de la competencia
de los mercados de mano de obra nacionales (Friedman,
ídem) y en la mutación estructural de los mercados
del empleo (Carnevale y Rose, 1998) procesos cuyos efectos
sociales desigualitarios podrían haber sido y podrían
ser atenuados por los Estados. En efecto, si la mundialización
soporta los cambios de la producción y el empleo concentrando
las actividades de altas tecnologías y la plusvalía
en las economías occidentales y marginalizando la mano
de obra menos cualificada, también transforma los mercados
del consumo. Las clases medias ya no son el mercado
de base de las economías nacionales y es más rentable
y más importante el papel de la demanda internacional
que el de la demanda interior. De donde las políticas
sociales de la postguerra, concebidas como complementarias
de las políticas de relanzamiento de los mercados nacionales,
han perdido su eficacia(5),
aunque estos hechos hayan sido conocidos; no han sido
ni son definidas nuevas políticas de redistribución
de la renta, a pesar de conocer los efectos del envejecimiento
de la población y de los cambios tecnológicos sobre
los costes sociales del empleo. De ello se derivan las
consecuencias sociales y las crecientes desigualdades
conocidas a pesar del importante aumento de la productividad,
cerca del 30% desde hace más de veinte años (Krugman,
ídem), y del incremento de la rentabilidad desde
hace diez años (Castells, 1998: 113).
Además, cuando desde los años 80 se asiste a una reorientación
más que a una reducción del papel del Estado en materia
social, si tenemos en cuenta el porcentaje similar o
mayor de los gastos sociales en los presupuestos públicos,
los autores (Frieden, 1991; Sassen, 1996) muestran en
qué medida las multinacionales dependen de las políticas
nacionales y en qué medida participan los Estados activamente
en la mundialización económica con sus políticas de
inversiones, de flexibilidad del mercado de trabajo,
de innovación tecnológica, de fiscalidad, de privatización
y de ayuda a las megafusiones y a las grandes empresas.
Los economistas rechazan, por otra parte, la afirmación
según la cual la mundialización económica anula la capacidad
de acción particular de cada Estado (Krugman, íbid.:
Boyer y Drache, 1996; Bairoch, 1996; Cohen, 1996; Daguzan,
1998). Si bien ciertas tecnologías son efectivamente
difundidas a escala mundial, no existe, según ellos,
una forma óptima, neoliberal, americana del capitalismo
que abarca el mundo, sino que siguen existiendo varias
formas de capitalismo (renano, francés, japonés, brasileño,
etc.). A este respecto, Friedman (1998, por aparecer)
propone un análisis de la mundialización como una contracción
de la dominación de los polos soviético y occidental
como resultado de la disgregación de la Unión Soviética
y de la multiplicación de los nuevos centros de acumulación
de capital, asiáticos principalmente. Un declive semejante
significa, según él, el fin de la hegemonía político-cultural
de estos dos polos cuyas ideologías ya no son centros
de referencia política (comunismo o universalismo abstracto)
ni modelos de integración jerárquica e imperial (modelo
soviético) o nacional (Estados occidentales). Concebida
así, la mundialización genera una multiplicación de
los modelos estatales, ilustrada por la consolidación
y el fuerte dirigismo económico de los Estados del Asia
del este, mientras se esgrime la pérdida de soberanía
de los estados.
Por otra parte, fuera de toda argumentación económica,
afirmar que las intervenciones públicas están sometidas
en adelante a una internacional financiera deriva de
una concepción de los Estados como instancias de defensa
de los intereses y de la expresión de todos los
ciudadanos, y no se ve entonces de qué manera se puede
dar cuenta del empobrecimiento de unas categorías sociales
y del enriquecimiento de otras desde hace veinte años.
Un
nuevo “contrato social”
A pesar del peso de las decisiones políticas tomadas
o dejadas de tomar desde los años 70, y no únicamente
de la mundialización de los intercambios y de la producción,
para explicar el crecimiento de las desigualdades, se
señala con frecuencia la dificultad financiera evidente
de los Estados providencia para asumir el coste social
de la mutación del mercado de trabajo a causa de los
fallos descritos a menudo por sus adversarios en los
años 60: no tener en cuenta el límite posible de la
imposición tributaria de las categorías acomodadas,
retroceso de la autonomía y de la libertad de los individuos,
aumento de su dependencia del Estado, necesidad de la
responsabilización de cada uno en su condición social
(Donzelot, 1984; Hirschman, 1991). Y las organizaciones
políticas de orientación socialdemócrata conciben de
una nueva forma las desigualdades sociales, definiendo
a las poblaciones de riesgo en función de su incapacidad
para manifestar una solvencia económica y social sin
necesidad de fondos públicos. Así se argumenta el plan
de reforma del Estado providencia de los trabajadores
británicos que, según los términos del secretario de
Estado para la reforma social que lo presentó en marzo
de 1998, establecerá una nueva forma de relación entre
el Estado y los individuos: el Estado debe luchar contra
la pobreza y el ciudadano debe trabajar para asegurar
su subsistencia, pues “es preciso sacar a los individuos
de la pobreza y de un estado de dependencia para conducirlos
hacia un sentido de la dignidad y de la independencia”
(De Beer, 1998). Según este espíritu, se solicita de
los individuos en situación de paro, de precariedad
de empleo y de déficits de aprendizaje, familiares u
otros, la responsabilidad de la inserción social, espíritu
que ilustran los programas de “itinerario de inserción”
para los jóvenes desempleados (Québec, Francia, Gran
Bretaña, municipalidades italianas), o las restricciones
de acceso al seguro de desempleo (Canadá, Estados Unidos).
En efecto, comenta Mead (1997): “Es preciso establecer
un nuevo contrato social según el cual los pobres, sobre
todo los jóvenes, obtendrán una ayuda pública si hacen
algo por ellos mismos, ya sea la promesa de continuar
en la escuela o dejar de utilizar drogas.” Comienzan
a utilizarse, especialmente en Estados Unidos, nociones
tales como la educación de los más desfavorecidos para
ser útiles socialmente y la implicación activa de las
comunidades locales (asociaciones de barrio) en la vida
económica y en la resolución de las dificultades sociales
de sus miembros. En ausencia de una tal implicación
de los individuos, se invoca más la incapacidad e irresponsabilidad
que conduce al alejamiento de la vida social, que la
pobreza económica o marginalización social. Se opera
de esta manera un cambio en la concepción de lo que
se venía llamando desde la postguerra justicia social.
Una
ciudadanía activa y responsable
Las políticas sociales de la postguerra constituían
un punto de anclaje para la vinculación de los individuos
a la colectividad que forman, así como para su sentido
de pertenencia societal. La transformación de estas
políticas y el aumento de las desigualdades pulverizan
la idea de solidaridad y lleva a los gobiernos a plantearse
la necesidad de nuevas formas de activación de los vínculos
entre los miembros de una sociedad y entre éstos y el
Estado. La solidaridad y la justicia social ya no son,
como en los años 50-70, la base segura de estos vínculos.
La noción de ciudadanía responsable se convierte en
la clave para revitalizar el vínculo societal. El deber
de responsabilidad social no solo se le exige de forma
apremiante a los más desfavorecidos, también se le solicita
al conjunto de individuos que se sitúan en la esfera
de gastos del Estado, y a las empresas (higiene de la
vida personal, ética del trabajo, reivindicaciones categoriales).
Desde hace una década, en América del Norte y en Europa
occidental (Francia y Gran Bretaña sobre todo), los
discursos gubernamentales hablan de cohesión social,
de vínculo social y de ciudadanía responsable, o sea,
de la necesidad de ver a los individuos adquirir una
autonomía de acción con respecto al Estado, de implicarse
en la vida colectiva y desarrollar un sentido de vida
en común y hasta un sentido de pertenencia a su sociedad
(Berger, 1998; Commissariat, 1997; OCDE, 1997; Gobierno
de Canadá, Patrimonio canadiense, 1997; Cámara de los
Comunes de Canadá, 1991; Senado de Canadá, 1993; Nasse,
1992; Senado de Australia, 1991; Commissión on Citizenship,
1990). Y el Estado canadiense es uno de los más activos
a la hora de tratar de hacer arraigar un sentido de
pertenencia colectiva societal, dada la debilidad de
su construcción nacional (Bourque y Duchastel, ver artículo
en este volumen), las críticas provenientes de la derecha
política canadiense sobre los efectos de división de
la política multiculturalista y el nacionalismo quebequés
y las reivindicaciones autóctonas. Desde principios
de los años 90, además de la igualdad, de la libertad
y del respeto de la pluralidad cultural, de la identidad
y de la dignidad de cada uno, valores que subyacen a
la ciudadanía canadiense desde hace veinte años, el
Estado quiere promover nuevos valores comunes, los contactos
interétnicos, la responsabilidad y la participación
cívicas de todos con objeto de afianzar una identidad
común y una lealtad a Canadá de todos los residentes
(Gobierno de Canadá, Patrimonio canadiense, 1997).
Estos discursos gubernamentales muestran en primer lugar
una preocupación por los procesos susceptibles de crear
un sentimiento de comunidad entre los miembros de una
sociedad (Thomas, 1997; Jenson, 1998; Helly, 1999).
Se nutren de preguntas: ¿cómo movilizar a los ciudadanos
en favor de las transformaciones estructurales económicas,
sociales y culturales en curso, en un periodo de retroceso
de la legitimidad de la ideología igualitarista y de
su encarnación, el Estado providencia, cuando parece
manifestarse un creciente desinterés por la vida política?
¿Cómo fomentar la noción de responsabilidad social y
de pertenencia colectiva a fin de que los ciudadanos
no se conciban como simples consumidores y reivindicadores
de derechos y de servicios gubernamentales y adquieran
la conciencia de estar vinculados por deberes y obligaciones?
Las instancias gubernamentales occidentales se interrogan
sobre las nuevas formas de intervención creadoras de
semejante conciencia y, por ahora, sólo los programas
de educación ciudadana y la incitación a más implicación
social parecen crear consenso, mientras que los mecanismos
productores de desigualdades sociales no parecen ser
una prioridad (Jenson, 1998; Bernard, 1999).
Cuando la mayor parte de los gobiernos occidentales
se preocupan de la cohesión social, existe desde los
años 80 un debate en sociología y en filosofía política
sobre los fundamentos de la ciudadanía (Kymlicka y Norman,
1994) y del vivir en común. La literatura anglófona
en esta materia habla de sense of common good(6)
, la literatura francófona habla más bien de exclusión,
de desafiliación social y de ruptura del vínculo social
bajo la presión del paro y de la precariedad(7).
En cuanto al interés de sociólogos y politólogos por
la participación asociativa y política como escuela
de ciudadanía, no data de los años 90, pero se ha incrementado
en ese periodo.
La
expansión de la ideología de los derechos individuales
La cuestión de la definición del “buen ciudadano” y
del civismo como condición de la actualización del ideal
democrático fue planteada por los primeros teóricos
del liberalismo político y del republicanismo. Las virtudes
útiles para la democracia eran para los liberales (Locke,
Mill, Smith, Tocqueville, Montesquieu) la moderación
de opiniones y de contestaciones, la tolerancia, la
imparcialidad, la empatía o capacidad para admitir puntos
de vista diferentes, el interés por la vida política
y pública. Los revolucionarios franceses y los republicanos
franceses y americanos creían, por su parte, en la necesidad
de una movilización permanente de los ciudadanos bajo
la forma de una participación efectiva en los debates
políticos y en el voto, de la manifestación de un sentido
de los deberes y de una adhesión, de un patriotismo
con relación al Estado y a las instituciones públicas.
El debate sobre las cualidades del ciudadano ha evolucionado
también desde la postguerra, teniendo dos consecuencias.
Desde los años 50, pero sobre todo en los años 70, se
ha puesto un fuerte acento en la protección de los derechos
individuales como resultado de las exacciones contra
los oponentes políticos y las minorías, de los desplazamientos
de las poblaciones, del holocausto, y también de la
guerra fría y de la lucha ideológica anticomunista.
A este efecto han sido firmados numerosos acuerdos internacionales.
Por otra parte, los Estados occidentales han ampliado
los derechos sociales de los ciudadanos. A partir de
estas mutaciones, la ciudadanía es concebida por sus
portadores como el disfrute de las libertades fundamentales
y de los derechos sociales, la obediencia a las leyes
y el pago de impuestos, pero no como comportando otros
deberes con respecto a los conciudadanos (Conover et
al., 1991; Glendon, 1991; Heater, 1990). También,
a partir de los años 70, los Estados occidentales han
concedido los derechos sociales a los no ciudadanos
para responder a las necesidades de inserción de ciertas
categorías de inmigrados. La unión entre ciudadanía
y nacionalidad se ha hecho menos necesaria, hecho que
explica en parte el ascenso de la extrema derecha xenófoba
y, sobre todo, una pérdida de eficacia simbólica de
la ciudadanía como fundamento de una pertenencia societal
particular.
Durante los años 60-70(8) se han formulado críticas hacia una concepción “pasiva” de la
ciudadanía que se generaliza en favor de esta extensión
de los derechos y que conduce a la indiferencia de los
ciudadanos con relación a la vida común y pública y,
al igual que los gobiernos occidentales, los autores
se interrogan actualmente acerca de cómo fomentar una
implicación activa y responsable de los ciudadanos en
la vida colectiva y/o un sentido de pertenencia societal,
dos propósitos que plantean la cuestión de la eventual
necesidad de virtudes ciudadanas.(9) La mundialización alimenta estos
interrogantes pues, para ciertos expertos de las instancias
públicas, obliga a reducir la dependencia de los individuos
del Estado y a revitalizar las organizaciones de la
sociedad civil mientras que, para otros, escapa al control
de muchos ciudadanos y acentúa su alienación con relación
a la política y a la defensa de sus intereses particulares.
Las
formas de la participación social
Un estudio comparativo sobre la eficacia de los gobiernos
regionales italianos que data de los años 70 (Putnam
et al., 1976/1993), constituye el eje de las
propuestas de una corriente de orientación liberal que
antepone el concepto de capital social que en adelante
designa fundamentalmente la inserción en las redes.
Este estudio mostraba, según sus autores, que cuanto
más densa era la afiliación de los ciudadanos a las
organizaciones privadas (asociaciones, clubes, iglesias)
y a la vida política, más eficaz era el funcionamiento
de estos gobiernos y más elevado el nivel de tolerancia
de los individuos y su adhesión a la idea de igualdad.
De ello se concluye actualmente que cuanto más fuerte
es la participación social, cívica y política de los
individuos, más desarrollan éstos un sentido de sus
intereses comunes y una confianza de unos con respecto
a los otros. En efecto, las relaciones cara a cara entre
los ciudadanos, de otra forma anónimos y ajenos los
unos a los otros, obligaría a una responsabilidad de
las palabras pronunciadas y de los actos realizados
así como a la toma en consideración del interlocutor,
al contrario de las emisiones de televisión o de radio
en las cuales los oyentes pueden hacer declaraciones
sin nombrarse. Las nociones de trust (confianza),
y de connectedness (disposición en red) se han
convertido en los indicadores de la aparición de la
noción de interés colectivo, y la inserción en las redes
y organizaciones de la sociedad civil en un factor principal
de formación de un vínculo societal. Igualmente se deduce
de este estudio que una ayuda financiera pública al
universo asociativo, la promoción del valor de la ayuda
mutua y la creación de un cuerpo de animadores sociales
podría contrarrestar la tendencia de las generaciones
nacidas después de los años 50 a una débil implicación
y responsabilización en su medio, tendencia, debemos
precisar, cuyas pruebas empíricas y sociológicas no
han sido jamás presentadas si no es por algunas referencias
a la aparición de la televisión, al crecimiento de su
influencia y a la baja afiliación a las asociaciones
nacionales más conocidas de los Estados Unidos(10)
(Putnam, 1996).
Según esta corriente, el tercer sector y el mundo asociativo
con vocación social son escuelas de ciudadanía, pues
son los lugares donde se forma la idea de responsabilidad
colectiva y, si son subvencionados por el Estado, permitirían
la multiplicación de colaboradores entre el sector público
y el privado para gestionar los “problemas sociales”,
principalmente locales. De este modo, constituyen elementos
importantes de la gestión de las desigualdades por su
oferta de ayuda a los individuos que muestran dificultades
de inserción (trabajadores precarizados, jóvenes delincuentes,
familias sin recursos, nuevos inmigrantes, etc.). Estas
hipótesis han conducido, en los Estados Unidos, a la
adopción de programas federales que delegan en las instancias
de la sociedad civil la gestión de las desigualdades
en los barrios pobres de las grandes aglomeraciones,
(11) y se ha conferido a las organizaciones locales la gestión de
los déficits sociales de zonas urbanas desfavorecidas,
con un menor coste para el Estado. En Francia, la política
municipal se aproxima a este modo de gestión confiada
a las asociaciones locales muy débilmente financiadas
por el Estado y bajo su control, y dedicadas a contener
los problemas sociales de los “barrios difíciles”. Ocurre
lo mismo con los programas implantados en otros países
europeos. Por ejemplo, el gobierno laborista prevé crear
las Education action zones en donde empresarios,
comerciantes y otros residentes serían animados a interesarse
por la vida local, crear homework clubs y guarderías
para reducir el absentismo escolar y las dificultades
de las familias monoparentales sin medios. Paralelamente,
en los barrios del norte de Londres, se ha trasladado
toda la responsabilidad de la gestión financiera a las
escuelas y se ha organizado la colaboración entre escuelas,
policía y servicios municipales para reducir la tasa
de criminalidad, de degradación del hábitat y de delincuencia.
Power (1997), que ha estudiado intervenciones similares
en cinco países, estima que en el caso londinense, la
responsabilización de los gestores locales y residentes
ha permitido la mejora del estado del parque inmobiliario
y la calidad de vida de los habitantes de estos barrios,
así como ha evitado los costes de realojamiento de estos
últimos en otras zonas. Con esta misma hipótesis de
base, se ha desarrollado también en los Estados Unidos
una izquierda llamada social que pretende utilizar las
redes locales como un “capital social” para descentralizar
las agencias públicas en nombre de la “democratización”
y del empowerment (potenciación) de sus clientelas
(Pierson, 1991; Davies, 1996). No podemos dejar de interrogarnos,
siguiendo a Plant (1991) y a Rustin (1991), acerca de
los efectos igualitarios y duraderos de este tipo de
intervenciones.
Otra corriente insiste, por su parte, en otra función
de la participación asociativa y política como escuela
de ciudadanía. No ve aquí simplemente la base de un
sentido de pertenencia y de responsabilidad colectiva
útil para la cohesión social de las sociedades democráticas,
sino un modo de control de los poderes económicos y
estatales. Walzer y Barber comparten una tesis comunitarista:
la libertad individual se ejerce siempre en contextos
particulares (Walzer, 1980: 12-13), pues un individuo
se construye en interacción, hace elecciones y formula
juicios según el entorno social y cultural específico
que conoce, y no simplemente según un cálculo racional,
como quiere la tesis liberal clásica. Los intereses
y las decisiones de un individuo dependen más bien de
sus vínculos sociales, entre ellos con su comunidad
de vida, teniendo en cuenta que se constituye como persona
en y con relación a esta comunidad concreta e histórica.
De este enraizamiento sociohistórico y comunitario inevitable
del individuo se extraen conclusiones referidas a la
formación de una representación del vínculo colectivo.
El liberalismo político es criticado por anteponer los
intereses individuales y categoriales, no permitir la
expresión de un sentido comunitario y llevar a los ciudadanos
a encerrase en una torre de marfil, fuera de toda preocupación
por los otros, mientras que la democracia representativa,
delegada, destruye el significado primigenio de la ciudadanía,
la participación en las decisiones y no proporciona
sino una ilusión de vida en común, en ausencia de un
control real del conjunto de los ciudadanos sobre las
fuerzas económicas y la burocracia estatal. Por lo que
no queda sino un fundamento del sentido de vida en común,
de la participación efectiva en las decisiones de una
comunidad de vida. Para Walzer, las organizaciones locales
aparecen como los lugares en donde se forja la noción
de obligaciones y responsabilidad mutuas y el sentido
cívico. Asociaciones, sindicatos, iglesias, clubes y
toda organización en el lugar de residencia o en el
trabajo son el terreno donde se cultiva esta forma de
participación que crea un sentido del bien común y da
una realidad al vínculo político, ciudadano. Es preciso
recuperar las atribuciones que el Estado se ha dado
en la gestión local y que pertenecen a la sociedad civil,
y este restablecimiento permitirá contrarrestar las
fuerzas del mercado y de la mundialización generadoras
de atomización y de egoísmo entre los individuos. Para
Barber (1984: capítulo 8; 1996: 226), hay ante todo
que reinventar espacios de participación para los ciudadanos
ordinarios, no privilegiados y no incluidos en las redes
profesionales del poder (lobbystas, políticos). De esta
forma se reducirá el control de las instituciones nacionales
(Parlamento, sindicatos, grandes empresas) por estos
grupos de interés y se respetará el ejercicio de la
soberanía ciudadana de cada cual, único que hace creíble
y legitima los poderes del Estado. En caso contrario,
la democracia representativa no es mas que una confiscación
del poder de los ciudadanos, confiscación que McWorld
(1996) o el poderío de las multinacionales y de los
mercados financieros acentúa. Los ciudadanos, en efecto,
ya no eligen la dirección y la finalidad de las acciones
de su Estado, institución que sigue siendo la única
depositaria de su derecho y de su capacidad de gobernarse.
Los individuos deben así, según Barber, ser educados
en su papel de ciudadanos mediante programas de civismo
dispensados en la escuela pública, educación que reforzará
su participación en el debate público, en el sentido
de aprendizaje de la confrontación y de la controversia
en el seno de asambleas locales y de foros a escala
regional y nacional. Pudiendo estas instancias constituir
otros tantos cuerpos legislativos, permitirán que se
instale una “democracia fuerte” o participatory democraty
(1996: 237) y un sentido de comunidad no ya consensual
o conformista sino amistoso pues construido sobre el
conflicto, la diferencia y el desacuerdo. Ésta transformará
a individuos solitarios y egoístas en ciudadanos responsables
que aceptan discutir sus desacuerdos y que toman conciencia
de la superioridad de las cuestiones colectivas sobre
sus preocupaciones individuales. Quedarían, no obstante,
excluidos de estas instancias los niños, los criminales
que han abandonado el principio del debate político
y los inmigrados no ciudadanos que no disponen del derecho
de voto y deben adquirir la capacidad y el deseo de
participar (1984: 228).
No hay, en principio, otra cosa que objetar a estas
propuestas, que postulan una función cívica o ciudadana
de la participación activa, sino que las asociaciones
o las asambleas del pueblo locales no son necesariamente
escuelas de virtud cívica, que pueden ser escuelas de
conformismo, de autoritarismo y de intolerancia, lugares
de aislamiento voluntario de la vida de la colectividad
o, incluso, lugares en donde tienen lugar coaliciones
de intereses egoístas. Sobre este punto, Walzer (1992:
106-107) y Barber (1984: 227) retienen el principio
del respeto obligado de las libertades individuales
por todo foro popular y asociación y dejan suponer intervenciones
correctivas del Estado para reformar las asociaciones
o asambleas demasiado autoritarias o desigualitarias.
La democratización pretendida conduciría, pues, a una
corrección “ciudadana” por el Estado del espíritu y
las actividades de organizaciones de la sociedad civil.
Nos podemos también preguntar porqué sería más fácilmente
alcanzado el consenso y fomentado un sentido del interés
común a escala local que a escala de los parlamentos
nacionales, a menos que admitamos el fuerte control
social que implica todo cara a cara frecuente en el
seno de comunidades de vida, siempre expuestas al poder
de las mayorías culturales, morales o políticas. De
hecho, al igual que la corriente que apoya el concepto
de capital social, estos dos autores invocan el control
social que pesa sobre todo individuo por parte de personas
que frecuenta asiduamente, un control que le lleva
a respetar la palabra dada o las responsabilidades con
que ha sido investido.
Finalmente y sobre todo, ya sean de espíritu liberal
o republicano, estas demandas de reactivación de un
sentido de pertenencia colectiva y del vínculo ciudadano
a través de una participación activa en las organizaciones
de la sociedad civil o en las asambleas populares, se
inscriben en una constatación implícita. Lo político
se habría convertido en un lugar en donde los ciudadanos
se enfrentan solo en función de sus intereses inmediatos,
corporativistas, económicos, comunitarios, culturales
y se habría desmoronado el sentido de unidad de la sociedad;
lo político ya no sería la esfera de la negociación
pacífica y razonada de las tensiones sociales, como
consecuencia de los efectos atomizantes del mercado.
Bastaría con reagrupar a los individuos en nuevas unidades
de cooperación en el seno de su medio de vida para que
se formara su sentido del interés general. Semejante
concepción se basa en la idea de la cohesión posible
de toda comunidad de vida, si no de toda sociedad estatalizada,
y en una definición de la ciudadanía como una categoría
unificadora e igualitaria. Participa de la ideología
del consenso democrático, dice Rancière (1995: 158-159,
artículo de este volumen), y reposa en la idea de una
colectividad una y llena de iguales. Desde Locke, la
tradición liberal quiere que exista una capacidad de
discusión abierta entre individuos igual de libres,
discusión que aseguran los parlamentos, los tribunales
y el respeto de las libertades fundamentales, como la
de expresión, y discusión que lleva a una neutralización
de los conflictos de intereses entre los individuos.
Cada cual, según un cálculo racional, no puede, en efecto,
dejar de admitir que su interés bien entendido implica
una renuncia. La tradición republicana no difiere casi,
insistiendo simplemente más en la renuncia de los ciudadanos
a sus intereses personales en nombre de la igualdad.
Sin embargo, como los conflictos de intereses se reproducen
y se expresan sin cesar en un régimen democrático, el
bien común parece más bien la capacidad de reconocer
la permanencia e inevitabilidad de las disensiones que
la de armonizar racionalmente puntos de vista opuestos
(Mouffe, 1993). Además, si la organización de la vida
política en democracia se quiere debate, deliberación
y formación de consenso acerca de los modos de gestión
de la vida en sociedad, lo político, es decir la relación
con el poder, no lo es. El principio de igualdad de
cada uno con respecto al otro no ha sido jamás respetado
sino a partir de reclamaciones, a veces violentas, y
aquellos que solo poseen la libertad y la igualdad como
cualidades, y no la riqueza, el poder o la influencia,
se encuentran no solo desposeídos sino borrados de la
escena democrática (Rancière, 1995). Lo político significa
litigio sobre la cuestión de la igualdad y la práctica
real de la ciudadanía, un acto “de ruptura de la lógica
de la dominación según la cual los unos tienen vocación
para gobernar y los otros para obedecer”; lo político
no existe sino cuando un grupo hace la demostración
de la injusticia que conoce, situándose en posición
de igualdad con aquellos a quienes esa injusticia no
afecta (ídem: 85). Este fue el caso de las mujeres
que plantearon la cuestión de saber si el trabajo doméstico
o la maternidad eran un asunto privado o social, de
los negros americanos que se declararon ciudadanos en
toda regla o de los proletarios que mostraron a lo largo
del siglo XIX y más tarde su ausencia en la definición
del bien común en las sociedades democráticas.
Según esta concepción de lo político como reparto estructuralmente
desigual del poder, hablar de una comunalidad de los
ciudadanos parece una falacia en tanto no sean abordados
los fundamentos de la desigualdad social y política,
y la denegación de la igualdad en el ejercicio del poder
no parece poder resolverse mediante la responsabilización
de los ciudadanos de sus condiciones de vida locales
o mediante una democracia conversacional. Semejante
proyecto se deriva simplemente, para Rancière, de la
administración de las tensiones sociales.
[^
SUBIR]
Las
guerras culturales
Es el tercer aspecto de la mundialización de la economía
y de las comunicaciones, a menudo invocado para poner
al día sus efectos desestabilizadores sobre la ciudadanía
y la legitimidad y soberanía de los Estados: la destrucción
de la homogeneidad cultural de las sociedades nacionales.
Los efectos de la mundialización parecen de hecho ser
otros, pues la cultura es una cuestión política.
El
fin de las culturas populares
La expansión de mercados de productos culturales controlados
por multinacionales, principalmente americanas, ha dado
lugar a la noción, que ilustra Barber, de una amenaza
contra las culturas populares nacionales (TV, cine,
música). Esta noción de amenaza se apoya en la idea
de una superioridad estética, moral y educativa de estas
culturas que queda por demostrar, y lo que parece estar
en juego es más la función política de adhesión que
el contenido. Parece también estar anclada en postulados
contestados por los antropólogos.
En primer lugar, según constataciones empíricas y sociológicas,
la nueva cultura de masas no afecta por el momento más
que a una pequeña parte, sobre todo periurbana y desfavorecida,
de la población del planeta (10%; Warnier, 1999), y
no parece que vaya a extenderse mucho dadas las condiciones
de vida de las poblaciones rurales africanas, asiáticas
y latinoamericanas. Además, la lógica del mercado conduce
a la multiplicación de productos culturales cada vez
más diversificados para crear o satisfacer las expectativas
de clientelas cada vez más diferenciadas.
Por otra parte, la tesis de una cultura de masas mundializada
recubriendo el planeta y destruyendo uno de los vectores
del agrupamiento nacional postula una pasividad y una
alienación total de los individuos expuestos a su difusión.
Sin embargo, todo consumo de productos culturales, como
toda práctica cultural, participa de una construcción
de sentido anclada socialmente. ¿Tiene realmente el
mismo significado Rambo para un insurgente tamul de
Sri Lanka, un cuadro del partido comunista chino, un
habitante de las favelas de Río, un residente de un
guetto negro o un cuadro blanco de Chicago? Una práctica
cultural sigue estando anclada en lugares y categorías
sociales, al tiempo que los espacios de construcción
de sentido entran cada vez más en contacto y se multiplican
bajo el efecto de la internacionalización de las migraciones,
de los mercados de la información y de las redes de
comunicación, que la heterogeneidad de los espacios
culturales parece crecer más que decrecer y la variedad
de sus implantaciones y de sus interacciones facilitar
sus anclajes a escalas diversas, transnacionales, nacionales,
locales, macro o microregionales (Featherstone, 1990;
Featherstone, Lash y Robertson, 1995; Hannerz, 1997;
Castells, 1998; Laïdi, 1998); son prueba de ello la
reafirmación de la diáspora, la formación de redes inmigradas,
de grupos de interés y de movimientos políticos transnacionales,
el avance del nacionalismo y de las ideas de cosmopolitismo
o de mestizaje cultural que describe Bibeau en este
volumen. Las ideologías nacionales o ciudadanas parecen
más “amenazadas”, contestadas de hecho, por otras dinámicas
que por una cultura popular planetaria de la imagen
y del sonido.
El
avance de las contestaciones nacionalistas
La idea de aldea global parece un tanto paradójica si
se observan los efectos de la mundialización de los
mercados como dinámica que contribuye a la afirmación
de las regiones. El acceso a mercados de mayor escala,
continentales y mundiales, reduce la dependencia de
las economías regionales con relación a los mercados
nacionales y a los Estados centrales, programados para
captar todos los recursos y distribuirlos. Favorece
el desarrollo de las regiones, que pueden articularse
más fácilmente a los mercados internacionales, y la
puesta en cuestión del dirigismo económico de los Estados
centrales, los cuales, además, anteponen a menudo la
noción de subsidiaridad para incrementar la eficacia
de las intervenciones públicas. En este sentido, la
mundialización económica permite la puesta en cuestión
de la estructura piramidal y centralizadora de los estados
y de sus burocracias. Ofrece nuevas posibilidades y
nuevos argumentos a las reivindicaciones nacionalistas
históricas y a las demandas de descentralización, de
autonomía administrativa y de secesión. Por ejemplo,
el partido independentista escocés, Scottish National
Party (SNP), sostiene que los ingresos provenientes
de la exportación del petróleo extraído en el mar del
Norte pertenecen a la nación y al Estado escocés y discute
el trazado de fronteras marítimas entre Escocia e Inglaterra.
Ante el aumento de influencia electoral de este partido,
el gobierno laborista ha concedido una autonomía administrativa
a Escocia y el derecho a estar representada en las instancias
europeas. Un análisis de J. Parizeau, aparecido en Le
Devoir del 3 de septiembre de 1998, ilustra también
este nuevo contexto (Helly y Schendel, en prensa):
Cuando
René Lévesque dejó el Partido Liberal en 1967 para crear
lo que sería el Partido quebequés, la realización de
la soberanía era considerada, con razón, peligrosa.
En esta época, al igual que hoy, Quebec vendía fuera
de sus fronteras casi la mitad de lo que producía. Su
mayor mercado con mucho era entonces el resto de Canadá.
Era también el único mercado al que tenía acceso sin
obstáculos (a fin de cuentas la línea Borden no estaba
muy lejos). Los derechos de aduana se habían elevado
por todas partes, las cuotas eran numerosas. Si Canadá
hubiese decidido tratar a un Québec soberano como trataba
a Estados Unidos, nos hubiésemos encontrado entre dos
murallas comerciales…
También, prosigue Parizeau, René Lévesque propuso una
soberanía que comportaba una asociación económica con
Canadá, con la utilización de la misma moneda y una
negociación con Canadá para la cual se solicitó un mandato
en el referéndum de 1980. Pero la respuesta de Canadá
fue el rechazo y fue necesario encuadrar el debate sobre
la negociación de la que Parizeau expone el marco:
La
primera cuestión abordada fue la de la moneda. Se había
asustado tanto a los quebequeses con la “piastra de
Lévesque” y otros chistes que llegó el momento de terminar
con ello. Por otra parte, la evolución de los mercados
monetarios en el mundo de hoy hubiese hecho aleatoria
la creación de una nueva moneda en un clima hostil.
Mantendríamos pues el dólar canadiense. Somos sus copropietarios
y nadie puede quitárnoslo […] La segunda cuestión tenía
que ver con el mantenimiento de la libre circulación
de bienes, servicios y personas en el espacio económico
canadiense […] El proyecto de libre cambio llegó a punto.
Si Québec formaba parte de él, a través de Canadá, sería
protegido como país independiente por los Estados Unidos
contra el intento de represalias comerciales ejercidas
sobre él por los canadienses enfurecidos […] El proyecto
de acuerdo de libre cambio entre las tres Américas acabó
con las esperanzas de aquellos federalistas que llamarían
al aplastamiento de Québec si se producía la separación.
Estas decisiones relativas al libre cambio y a la moneda
no arreglaban ni mucho menos todo. Pero, al menos, el
proyecto de realizar la soberanía de Québec dejaba de
ser una especie de actuación de trapecio sin red, a
merced del primer empujón malintencionado.
La dinámica de apertura de las fronteras en que consiste
la mundialización, así como la interpretación economicista
de la vida social a la que ha dado lugar, ofrecen dos
argumentaciones a las reivindicaciones regionalistas
o secesionistas. Arraigo local de las dinámicas económicas,
subsidiaridad, democratización, tutelas, sistemas de
perecuación y centralización limitadores del crecimiento
económico y la integración en los mercados no nacionales
son argumentos tan invocados actualmente por los movimientos
regionalistas de orientación política muy diversa como
el derecho de reproducir una especificidad histórico-cultural
(Padua, Gales, Escocia, País Vasco y Cataluña, Flandes,
Québec, Córcega, regionalismo transalpino franco-italiano).
Considerar que estos movimientos contestatarios generan
una fragmentación social y nacional nociva, exige demostrar
que no corresponden a un proceso de democratización
y de distribución más equitativa de los recursos entre
regiones y entre individuos. Cahen (1994) recuerda a
este propósito que hace treinta años los movimientos
nacionalistas eran considerados como contestaciones
democráticas del centralismo estatal, modos de desarrollo
económico desiguales e historias de tutela colonial,
mientras que actualmente se hace con frecuencia burla
de ellos como residuos de cosmogonías tribales, etno-culturales,
que ponen en cuestión el principio universalista ciudadano,
y son condenados como promotores de disturbios violentos
según una amalgama que no tiene en cuenta su orientación
política y sus modalidades de acción. Movimientos autonomistas
o secesionistas pacifistas (báltico, escocés, catalán
español, quebequés, esloveno), insurrecciones armadas
(irlandesa, vasca) y conquistas guerreras en nombre
de una pureza étnica (Croacia, Serbia) llegan a pertenecer
a un universo parecido de destrucción del vínculo ciudadano,
la yihad (Barber, 1996). Pero valorizar a los
estados centrales existentes en nombre del principio
universalista ciudadano no constituye un argumento en
tanto no se demuestre el carácter antidemocrático de
las contestaciones independentistas y no se ponga en
evidencia una diferencia en el modo de movilización
de los “nacionales” (Herzfeld, artículo aquí incluido).
Moore describe en este volumen los reveses y las dificultades
del pensamiento liberal para hacer frente a las demandas
secesionistas y al temor de fragmentación de los Estados
existentes que plantea el aumento de la reivindicaciones
independentistas en el seno de las sociedades occidentales,
y no solo en el antiguo imperio soviético. ¿El respeto
de los miembros de las minorías nacionales y el derecho
a la autodeterminación, reconocido desde 1919 por las
potencias occidentales y reafirmado por las Naciones
Unidas, significa no solo el derecho a la autonomía
gubernamental regional sino también el derecho a la
secesión? El derecho internacional no permite responder
afirmativamente a esta cuestión, pero hay un autor,
Buchanan(1995), que ha intentado dar una respuesta.
Desde su punto de vista, solo existen dos situaciones
legítimas de secesión: la recuperación del control del
territorio que una minoría cultural ha ocupado históricamente
y que le ha sido sustraído por la fuerza; y una ilegalidad
clamorosa de trato socio-económico a través de impuestos,
políticas o programas que sitúan en abierta desventaja
a una tal minoría. En cuanto a la secesión demandada
por cualquier otra razón, como la preservación de una
cultura, sería admisible en un sistema liberal si se
dieran cinco condiciones (355-364). Es imposible otra
solución que no sea la secesión. La cultura en cuestión,
y las instituciones y la base material que la soportan(12),
constituyen una contribución, un enriquecimiento, a
la vida de los miembros de la minoría y no comportan
ninguna amenaza y ninguna negación de derechos y de
libertades para estos o para otros, debiendo ser aniquilada,
a los ojos de Buchanan, toda cultura racista, de odio
o no liberal. Otras condiciones: esta cultura y estas
instituciones deben encontrarse en peligro, ser viable
el territorio del futuro Estado soberano, ser económicamente
viable y el Estado que se verá dividido por una secesión,
o cualquier otro Estado o población, no tener derecho
sobre este territorio. Como no existe ningún tribunal
internacional o cláusula en las constituciones de ningún
Estado que regule la validez de las pruebas a aportar,
Buchanan habla de una moral de la secesión.
Igualdad
y diversidad cultural
Hay otro aspecto de la contestación del Estado y de
la nación al que contribuye la mundialización económica,
teniendo en cuenta la acentuación de las desigualdades
sociales que genera, pero también, y no es un factor
secundario, la reorientación de las políticas que privilegian
la responsabilidad individual en su condición social.
Índice de ello es el cambio de perspectiva de la cuestión
de la diferenciación cultural de las sociedades occidentales.
En efecto, toda puesta en cuestión del papel igualitario
del Estado conlleva una contestación de sus programas
en favor de categorías sociales particulares, y toda
interrogación sobre los fundamentos de un sentido de
pertenencia societal conduce a un cuestionamiento sobre
las otras formas de pertenencia colectiva. Por lo que
no puede dejar de estar al orden del día el tema de
la fragmentación social y nacional por las minorías
culturales.
Actualmente, la diferenciación cultural de las sociedades
civiles occidentales, ya esté relacionada con las minorías
salidas de la inmigración, nacionales, religiosas, lingüísticas,
raciales, femeninas, homosexuales o cualquier otro grupo
particular, no se incluye en los debates públicos y
universitarios sobre la justicia social, sino en los
debates sobre los fundamentos de un sentido de pertenencia
(Kymlicka y Norman, inédito: introducción). Una viñeta
irónica de Rancière (1995) ilustra la mutación: en 1970
se hablaba en Francia de trabajadores inmigrados, en
1997 se habla de inmigrados y de extranjeros. Friedman
(1998) estima, por su parte, que el debilitamiento de
los mecanismos de integración de los Estados occidentales
conduce a una “nacionalización” de las sociedades, de
la que la “etnificación” de los inmigrados es una manifestación
y en absoluto el fundamento.
Durante los años 1950-1970, la atención se dirigía a
las desigualdades socio-económicas producidas por las
estigmatizaciones culturales y a su carácter sistémico,
no aleatorio, inscrito en la estructura de las ocupaciones
y de las rentas, y que no parecía deber desaparecer
como resultado de la evolución de las mentalidades.
Según el espíritu del Estado providencia de acordar
compensaciones para paliar las desigualdades, se establecieron
programas de acceso a la igualdad (affirmative action)
en favor de las minorías femeninas, raciales, lingüísticas
(francófonos de Canadá), en la enseñanza superior y
el mercado de los empleos públicos y a veces privados.
A pesar de su utilidad manifiesta en Estados Unidos,
en donde fueron aplicados a una escala más importante
que en cualquier otro país (Bowen y Bok, 1998), (13)
estos programas constituyen actualmente un lugar
de debate político y electoral. Son tachados de discriminatorios
para los hombres blancos y considerados causas de guerras
culturales. Su función igualitaria es puesta en duda
o considerada cumplida y su abolición por las instituciones
universitarias es frecuente. Son igualmente considerados
como factores de división social en Canadá por el Partido
de la Reforma, pero vista su menor eficacia en este
país, no representan apenas un motivo de debate y conflicto
político.
Las controversias en torno a estos programas han tratado
(Glazer, 1983; Walzer, 1982)(14),
y tratan aún hoy, sobre el riesgo de multiplicación
de las demandas de reparación y de grupos de interés
y de clientelas que cobran de los presupuestos del Estado.
Young (1989, 1990) es conocido por haber respondido
a estas críticas. En nombre de la justicia social, argumentó
(1990: 40) que solo los individuos que soportan una
forma de exclusión o de marginación en nombre de marcadores
culturales (negros, hispanos, mujeres, homosexuales,
autóctonos) podían optar a las medidas de reparación
y que era fácil definirlos y rechazar las reivindicaciones
de individuos que demandaban un trato especial en virtud
simplemente de una diferencia cultural. Dumouchel expone
en este volumen otra crítica dirigida a estos programas:
acordar derechos en función de rasgos “naturales” tales
como la pertenencia sexual, cultural, nacional o lingüística
conduce a una despolitización de las relaciones de poder,
pues los ciudadanos obtienen derechos sin relación a
su peso y su capacidad de acción en la escena política,
y semejante intervención estatal está “destinada a crear
inmensos resentimientos”. Nos podemos preguntar si la
actual reacción contra la discriminación positiva en
Estados Unidos tiene que ver con la concesión de derechos
a negros, mujeres e hispanos sin relación con su capacidad
de acción política durante los años 60-70, cuando las
reivindicaciones y las movilizaciones en favor de la
igualdad de derechos de negros y mujeres eran fuertes.
Quizás nos podamos preguntar mejor si no estamos asistiendo
actualmente a una nueva lucha entre estas categorías
sociales al amparo de la reestructuración del mercado
de trabajo que afecta a fracciones de las clases medias,
blancas principalmente, disminuye sus medios financieros
y reduce su acceso a las instancias de enseñanza, los
medios de movilidad social.
Por otra parte, la estigmatización cultural no conlleva
únicamente efectos de desigualdad socioeconómica o de
representación política para los individuos que la sufren.
Participa de su no reconocimiento como miembros de pleno
derecho de la sociedad (Bibeau, art. aquí incluido)
y de una interpretación de la historia nacional en favor
de ciertos grupos (Lamoureux, art. en este volumen).
La tesis liberal del carácter privado y personal de
la cultura ha tenido eficacia mientras podían imponerse
los valores y actitudes de mayorías culturales y la
idea de igualdad de oportunidades. Pero en las sociedades
actuales, en donde las desigualdades parecen poco legítimas
y se reproducen con fuerza, en donde las diferenciaciones
sociales inducen una multiplicidad así como una nueva
jerarquía de los modos de vida y de los valores, y en
donde, finalmente, se pone al acento en los derechos
y libertades individuales y en la comunicación (Semprini,
1997), (15) ¿qué queda de esta eficacia a los ojos de los individuos? Un
acuerdo sobre los principios universalistas de una ciudadanía
activa y responsable es difícil que sostenga la idea
de igualdad entre los individuos; y la afirmación de
la neutralidad cultural del Estado parece más bien contribuir
al marcaje simbólico negativo de dichos portadores de
diferencias culturales y a su alienación con relación
al Estado y a la sociedad. No es sorprendente pues la
reedición de los discursos gubernamentales sobre la
necesidad de cohesión social o de vínculo social.
La reflexión universitaria sobre la relación entre igualdad,
libertad y pluralidad cultural e histórica es importante
desde los años 80. Según la concepción del arraigo social
e histórico inevitable de todo individuo que proclama
la escuela comunitarista, y que retoman numerosos
autores liberales, el Estado y la definición de la ciudadanía
no pueden atenerse a la afirmación según la cual la
pertenencia a un grupo y la orientación cultural son
asuntos personales. En efecto, se afirma, la pertenencia
a una cultura influye de forma crucial en el bienestar
de los ciudadanos; les procura el inventario de opciones
a partir de las cuales deciden el curso de su vida,
constituye el anclaje de su auto-identificación y la
garantía de una pertenencia segura. Es pues un bien
primario como la libertad en la medida en que permite
al individuo determinar sus propios fines y favorece
su autonomía. Distintos autores ilustran esta concepción
·
La igualdad
compleja: Para Walzer, la pertenencia cultural no
puede ser silenciada, pues es constitutiva de las personas
y es un valor fundador, pues somos iguales en razón
de una particularidad: somos productores de cultura;
construimos y habitamos universos de sentido (1983:314).
La omisión por el contrato político liberal de las experiencias,
apegos y valores ligados a un sentido de pertenencia
a un grupo racial, cultural, religioso hace irreal todo
sentido de vida en común fuera de esas cualidades abstractas
compartidas que son las libertades y los derechos, cuando
los poderes económicos privados y la lógica del mercado
constituyen una amenaza para estos derechos y libertades.
Walzer critica (1983) la tesis liberal de la igualdad
simple según la cual cada uno debe beneficiarse de los
bienes de forma igual, pues ningún bien, principalmente
el dinero, puede imponerse en una sociedad como instrumento
de intercambio. Defiende la tesis de la igualdad compleja
o la aplicación de principios diferentes según el dominio
de que se trate (mercado de trabajo, escuela, cultura),
ya que respetar a los individuos como portadores de
cultura implica principios de justicia elaborados a
partir de la comprensión de lo que son los bienes sociales
(social goods) a sus ojos. Pero como no existe
ninguna posibilidad de jerarquizar los universos culturales,
no se puede hacer justicia si no es respetando las creaciones
particulares de los individuos. En consecuencia, en
tanto la identidad étnica sea un valor para segmentos
de la población americana, su respeto debe estar asegurado
por el Estado bajo la forma de ayuda a las organizaciones
étnicas, enseñanza de la historia de las minorías, respeto
de sus calendarios de fiestas y facilitación del aprendizaje
de sus lenguas originales (1995). Glacer (1995:10),
por su parte, afirma que cuando los ciudadanos de lengua
materna española en Estados Unidos o los francófonos
en Canadá buscan la protección de sus derechos lingüísticos,
no demandan algo que no hayan ya adquirido los hablantes
anglófonos.
·
Las políticas
del reconocimiento: Tailor, teórico de las políticas
del reconocimiento, afirma en una entrevista reciente
(Ancelovici y Dupuis, 1997: 25-26) que la democracia
exige que la mayoría tome muy en serio la identidad
ciudadana, más importante que la identidad cultural,
porque aquella es una condición de la democracia y lleva
implícito que todos estamos unidos por una identidad
de base común. Pero, añade, la buena marcha de una democracia
y la legitimidad de un estado suponen un interés y una
participación en la vida colectiva y política que no
pueden existir más que si los individuos se identifican
con su país, se sienten responsables de él y pueden
afirmarse como personas o grupos particulares. La autoestima
de cada ciudadano depende de la aceptación de su cultura
por la sociedad y, si ésta opone resistencia o rechazo,
están amenazados la dignidad y el respeto de sí mismo
de cada ciudadano y el Estado debe intervenir para asegurar
su reconocimiento por todos. Taylor cita el caso de
los amerindios y de los quebequeses francófonos que
se sienten ignorados en Canadá, y el de los negros en
Estados Unidos. Según él, la condición de un interés
por la vida en común es la apropiación de la sociedad
por los individuos a través del reconocimiento de los
relatos y los escenarios que considera primordiales
(moral, religión, familia, por ejemplo). Estando estos
relatos construidos o heredados a través de una comunidad,
es inevitable el reconocimiento de los apegos comunitarios.
También cree, a propósito del nacionalismo quebequés,
que el federalismo canadiense es un modo válido, pues
el relato canadiense que institucionaliza la política
del multiculturalismo permite la multiplicidad de los
relatos y “tiene la ventaja de poner cosas en común
y de crear un espacio más abierto a las identidades
complejas”, “siendo este sistema una identidad compleja
[múltiple] en sí mismo. Se puede ser canadiense y quebequés,
manitobense y canadiense. No son identidades diferentes
sino estructuradas diferentemente (lengua, historia)”
(ídem: 29-30). Pero si esta definición no conviene
a la mayoría o a las minorías olvidadas, hay que inventar
otra, el federalismo asimétrico, por ejemplo, o aceptar
la secesión de Québec.
A estas soluciones, que ilustran el dilema del pensamiento
liberal frente a los movimientos regionalistas, que
plantean no solo una diferencia de historia y de cultura
sino una relación de poder desigual, los autores de
este volumen (Bourque y Duchastel) oponen otra. La principal
dinámica de la ciudadanía particularista, plural, canadiense,
es la negación de la nación histórica quebequesa, y
solo sería válido la creación de un estado canadiense
multinacional, y no simplemente multicultural, y el
otorgamiento subsiguiente a Québec de todos los poderes
necesarios para permitirle la reproducción de su especificidad
institucional y lingüística.
·
Los
temores: Han sido planteadas numerosas objeciones
a propósito de la política multiculturalista canadiense
y, de manera más general, de toda institucionalización
pública del respeto de particularidades culturales de
grupos minoritarios. Norman examina algunos en este
volumen, y nosotros presentaremos otros cuatro. En sus
documentos sobre la necesidad de una lealtad de todos
hacia el Estado, el gobierno canadiense parece reproducir
un recelo hacia la voluntad de ver a la ciudadanía y
los valores comunes constituir el vínculo colectivo
valorado por todos. El vínculo ciudadano no debería
tener competencia y debe detentar el estatuto de adhesión
primordial cuando bastantes otras pertenencias son reconocidas
por el Estado. El mismo recelo ha estado siempre presente
en el pensamiento republicano francés o americano. Sin
embargo, en Canadá, en donde el Estado reconoce de hecho
las dobles pertenencias por la política del multiculturalismo,
las encuestas (Whitaker, 1992; Kymlicka, 1998; Mendelsohn,
1999; Helly y van Schendel, inédito) y numerosos sondeos
muestran que la identificación con una cultura minoritaria
o con la nación quebequesa se acompaña frecuentemente
de una viva identificación con el Estado federal, incluso
la refuerza. Y a la inversa, las encuestas en Estados
Unidos (Glick Schiller et al, 1992; Basch, Glick
Schiller y Szanton Blanc, 1994), ilustran cómo la percepción
de la no aceptación en una sociedad de fijación de residencia
favorece en los inmigrados una identificación tanto
con comunidades transnacionales como con su país de
origen. La instauración de identidades minoritarias
y estatales o juridicopolíticas, depende de un referente
según el cual los individuos se distinguen a sí mismos
de los que conciben como una mayoría cultural (religión,
lengua, sistemas de parentesco, fenotipo, matrimonio,
etc.; ver Modood et al, 1994). Y no importa tanto
el contenido del referente como su definición por la
mayoría cultural (Baumann, 1996). No habría que confundir
identidad y cultura; la primera responde a la interpretación
de una relación sociopolítica cuyo sentido atribuido
a las diferencias culturales no es mas que una expresión
simbólica.
Otra objeción muy frecuente considera que la institucionalización
estatal del respeto de las diferencias culturales permite
la existencia de comunidades autoritarias usurpadoras
de los derechos de los individuos. Esta afirmación es
engañosa pues, por el momento, no existe en ninguna
sociedad occidental una política que permita reproducir
comunidades o sociedades regionales cuyas instituciones
escolares, gubernamentales o judiciales no estén sometidas
al principio de las libertades fundamentales. La política
multiculturalista hacia los inmigrados y sus descendientes
es significativa a este respecto: toda institución étnica
debe respetar los preceptos de la Carta canadiense de
los derechos y libertades de la persona. Pueden producirse,
sin duda, abusos, pero ¿cómo diferenciarlos de abusos
similares cometidos por otras organizaciones de la sociedad
civil?
Por otra parte, la idea de que el respeto institucionalizado
de las diferencias culturales y la crítica del papel
de las mayorías culturales dentro de toda sociedad conducirían
a un relativismo cultural absoluto y a un caos, es una
impostura. Existe, en efecto, una jerarquía de las formas
culturales, ya que la racionalidad tecnológica occidental
prima sobre cualquier otra lógica cultural; y pensar
que todas las construcciones de sentido llegarían a
ser equivalentes significa silenciar las formas de dominación
política y económica (Gellner, 1992).
[^
SUBIR]
Un
nuevo modo de regulación internacional
Existe, finalmente, una mutación de las relaciones entre
los estados que les permite extender y gestionar la
mundialización. Adopta tres formas de redefinición de
las interacciones entre los estados: constitución de
bloques económicos (Unión Europea, ALENA, Mercosur,
ASEAN), reglamentación internacional económica (Organización
Mundial del Comercio, FMI, Banco Mundial) y ética de
los derechos humanos. Esta última mutación concierne
directamente a los lazos entre mundialización, ciudadanía
y multiculturalismo, pues apoya las demandas de respeto
de las minorías culturales y nacionales y contribuye
a la formación de la idea de sociedad cosmopolita que
traspasa las fronteras estatales y descansa en los derechos
individuales.
Tras la postguerra, se ha consolidado una regulación
de los abusos cometidos contra las libertades individuales
por los estados con el fin, como ya hemos mencionado
antes, de evitar que se reproduzcan las condiciones
de opresión y exterminio de poblaciones que se vieron
durante la Segunda Guerra Mundial. La protección de
las minorías es un punto de esta regulación que comienza
por la adopción de la Declaración Universal de los Derechos
del Hombre en diciembre de 1948, y después por el Pacto
de los derechos civiles y políticos de 1996 (que entró
en vigor en 1976). Aun conservando un enfoque individualista,
este pacto protege el derecho de las personas pertenecientes
a las minorías a tener “su propia vida cultural en común
con los otros miembros de su grupo”, como la práctica
de su religión y de su lengua. Según estos dos documentos
y otros, todo Estado debe reconocer a cada residente
las libertades fundamentales, la igualdad ante la ley,
el respeto a su integridad física, la no discriminación
por razón de raza, confesión religiosa, origen nacional
y étnico y el derecho a una vida cultural particular.
Esta ética, aunque poco amparada por los tribunales
internacionales, legitima y favorece las reivindicaciones
de las minorías culturales y nacionales y se ha convertido
en un medio de regulación internacional de la estabilidad
de las fronteras estatales, aprovechando una etapa de
la mundialización económica: la integración en el bloque
occidental de los países de la antigua zona de influencia
soviética. La adhesión de los países de la ex-Europa
del este a la Unión europea, a la OTAN y a otras organizaciones
transnacionales está sometida a la implantación de instituciones
jurídicas y políticas democráticas y a la apertura de
sus mercados interiores, pero también a la resolución
de todo conflicto nacional, a su respeto de las minorías
y a su firma de tratados de buen entendimiento con sus
vecinos. En este sentido, la ética internacional de
los derechos como ideología de la necesaria instauración
de regímenes democráticos y del respeto de las libertades
individuales a escala planetaria representa un aspecto
de la mundialización y de la extensión de la influencia
de las potencias occidentales, y la idea de una responsabilidad
de las democracias occidentales en la protección de
los derechos de todo individuo contra la soberanía de
un estado está en camino de imponerse bajo la égida,
entre otros, de Canadá. El Ministro de Asuntos Exteriores,
Lloyd Axworthy (1999), escribía en mayo de 1999 que
“la seguridad nacional no basta para asegurar la seguridad
de las poblaciones” y que debía ser adoptado “un nuevo
enfoque de la seguridad que tome como eje a los individuos
[…] que, en lugar de privilegiar la seguridad del territorio
y de los gobiernos, tome como punto de referencia a
los individuos […] transcienda las fronteras del Estado”.
Y el Estado francés, centralista y jacobino, se adhiere
a esta concepción que hace del respeto de las minorías
nacionales un principio político. Parece iniciarse una
dinámica que viene a reforzar las legislaciones adoptadas
en favor de los derechos de las minorías culturales
y nacionales, mediante pactos internacionales y europeos
y, sobre todo, por la contestación de la superposición
de las ideas de estado y de nación.
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Conclusión
La mundialización económica saca a la luz una de las contradicciones
seculares y fundadoras del sistema democrático y capitalista:
la que existe entre igualdad y libertad; reactiva las
corrientes de ideas que sitúan la defensa de la libertad
y de la responsabilidad individuales por delante de la
igualdad, así como la crítica del precepto universalista
de la igualdad de derechos que Bourdieu (1998) califica
de “imperialismo del universal”. Para los unos, los estados
nacionales deben reducir sus políticas de redistribución;
para los otros, los estados ya no están en situación de
asegurar la igualdad de oportunidades y de mediar entre
los intereses del capital privado y las clases asalariadas
menos cualificadas, debido a su sumisión obligada a las
instituciones y empresas de ámbito internacional.
La mundialización
de las tecnologías, de los mercados, de la producción
y de las comunicaciones no tiene, no obstante, efectos
tan lineales, y el fin deseado o temido de los Estados-providencia
no parece tan próximo. Los estados-providencia se mantienen
en su lógica de corporativismo, de creación de clientelas
determinadas, de definición de desventajas socioeconómicas
y de encuadramiento de la sociedad civil; no asistimos
en absoluto a su disolución sino a su delegación controlada
de algunas de sus funciones sociales a organizaciones
de la sociedad civil y a su menor intervención en materia
de reducción de las desigualdades. Y esta mutación adopta
formas diversas según la historia y el tenor de las relaciones
políticas internas de fuerza propias de cada sociedad.
Los gobiernos americano, británico y canadiense desarrollan,
por ejemplo, medidas y discursos similares sobre el tema
de la responsabilidad societal de cada individuo, pero
no sobre la necesidad de un sentido de pertenencia colectiva
o lealtad al Estado, como lo hace el Estado canadiense.
Si bien no se puede deducir
de la internacionalización de los intercambios y de
la producción el fin de los Estados nacionales, sino
más bien una intensificación de sus contradicciones
constitutivas que les lleva a buscar nuevas formas de
movilización ciudadana y de creación de cohesión social,
la mutación de sus formas de intervención social pulveriza
el pacto de solidaridad instaurado en la postguerra,
merma su legitimidad y contribuye al debilitamiento
del vínculo secular entre territorio, identidad cultural
y Estado central. El desarrollo de las economías regionales,
la presión del flujo migratorio proveniente del tercer
mundo, la acentuación de la diferenciación social y
cultural, la extensión de los modos de regulación y
de coordinación internacionales promovidos por los estados
nacionales transforman la representación de la relación
entre Estado, territorio, cultura, historia y nación.
El dirigismo económico estatal como instrumento de afirmación
nacional y el proyecto moderno de formación de ciudadanos
racionales, a-históricos, libres de todo apego local
y comunitario son más que nunca cuestiones políticas.
Da testimonio de ello la puesta en cuestión del Estado
centralizado piramidal por las elites económicas y políticas
de las regiones que quieren beneficiarse de la apertura
de los mercados, el nuevo incremento de influencia en
los países europeos de la idea federal, considerada
como la única apta para articular las dinámicas local
y global en acto, y las luchas sobre los derechos de
las minorías que tienen lugar en sociedades fuertemente
homogeneizadoras (Francia: mujeres, homosexuales; Alemania:
residentes de ascendencia turca). La mundialización
no induce, sin duda, el cuestionamiento sobre las mayorías
culturales, pero contribuye a su extensión y a su legitimidad
acentuando las desigualdades sociales y poniendo en
estado ruinoso la imaginería unificadora del Estado
y de la nación.
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Bibliografía
ANCELOVICI, Marcos y François DUPUIS-DÉRI (1997): L’Archipel
identitaire. Recueil d’entretiens sur l’identité culturelle.
Montreal: Boréal, 213 p.
ATKINSON, Tony (1998): “La pauvreté et l’exclusion sociale
en Europe”, en T. Atkinson, M Glaude, J. Freys |