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1
No deja de ser
llamativo que dos de los discípulos más cercanos a Ortega,
José Gaos y Julián Marías, al preguntarse por la relación
entre las dos actividades que más peso tuvieron en la
biografía del maestro, la filosófica y la política,
lleguen a conclusiones diametralmente opuestas. Para
el primero, la política sería como una especie de “falsa”
vocación en Ortega, significando “falso” que sólo se
daría la vocación en fase de “tentativa”. Eso explicaría
que Ortega estuviera entrando y saliendo de la política
continuamente: “El filósofo como tal, sólo podría tener
la vocación de la política práctica, de la actuación
política, como tentación y tentativa —de que desistiría
a cada decepción, aunque, atenuada cada una por el tiempo
(...) para volver a caer en la tentación” [1].
La tentación sería entonces la forma de la relación
de Ortega con la política, algo, por tanto, externo
a su fondo personal y que le llegaría de la circunstancia,
y en lucha permanente con su ocupación central, la teoría.
Por contra,
Marías defiende una cierta armonía entre teoría y política:
“En Ortega conviven dos vocaciones bien definidas: la
vocación teórica y la vocación política. Que ésta sea
también teórica en la inmensa mayoría de los casos,
que en todos ellos esté condicionada por su condición
de filósofo y hombre de teoría —es decir, por un espíritu
de veracidad— no debe oscurecer ni mitigar el profundo
interés prestado por Ortega a los temas políticos”
[2]. Ese interés se origina en la percepción que Ortega tiene de
la política de la Restauración, claramente por debajo
de los niveles de moralidad pública y desarrollo democrático
de que se disfruta en Europa. Marías se apoya en las
propias declaraciones de Ortega, que alude a la necesidad
en que un español se encuentra de ocuparse de la política
porque si se desentendiera, la política le haría rehén
cien veces y no podría vacar a otras ocupaciones. Marías
aduce además que no hay incompatibilidad intelectual
porque las ideas no nacen de otras ideas que están en
los libros o en las discusiones de los seminarios universitarios,
sino que éstas se fraguan en las situaciones vitales.
Así, Ortega podía ir y venir desde sus observatorios
de la vida social (la tertulia, la redacción del periódico
o revista...) a sus artículos políticos y de ahí a sus
trabajos en la cátedra. Pero al menos en dos respectos
filosofía y política habían de resentirse de su proximidad:
1º) Por la mera cuestión material del tiempo que una
le roba a la otra. Si decidimos buscarlas, hallaremos
sin dificultad quejas de Ortega en este sentido. 2º)
Por la incompatibilidad de puntos de vista sobre las
cosas que abre el ojo político y el ojo teórico, el
primero al servicio de la utilidad y el segundo de la
verdad. Esa tensión se hace visible en las amargas palabras
que Ortega dedica a la manera de hacerse la política
en España, cuando se despide de ella, aunque sea para
volver. Otro aspecto que denota tensión entre filosofía
y política sería el de las complejidades dialécticas
que los enfoques de Ortega sobre los problemas políticos
habrían siempre introducido en sus mensajes, haciéndolos
así ineficaces en un momento histórico en que la política
deja de estar en manos de minorías y pasa a estar, como
el mismo diagnosticará, intervenida por las masas. Ortega
no confundió nunca la urgencia de los asuntos públicos
con la necesaria serenidad en su tratamiento. Ello hará
que en un texto tan importante como “Misión de la universidad”
(1930) reclame para la institución académica la tarea
de reflexionar sobre los asuntos de interés político,
sosteniendo que el tratamiento desde los periódicos
es insuficiente, precisamente por su exceso de “actualismo”.
Después de constatar que el único “poder espiritual”
que hay en nuestra sociedad es el de la Prensa, observa
que “la vida pública necesita urgentemente la intervención
en ella de la Universidad como tal” (IV, 352)
[3].
Por tanto,
la filosofía y la política resultan no incompatibles
de suyo, pero sí en la circunstancia histórica, definida
mejor que de ninguna otra manera por el siglo que le
tocó vivir, el XX. Ortega esperó en vano que las tendencias
profundas de la filosofía y de la política del XIX se
hubieran quedado atrás, pero no fue así [4].
Hay en la manera en que nuestro filósofo entiende la
teoría algo incompatible con la política tal y como
era practicada por los “intelectuales”, de los que denuncia
su inclinación peligrosa hacia la demagogia, desde mediados
del XIX, y por los políticos profesionales.
Por supuesto que entre la política y la filosofía como
actividades vitales hay profundas diferencias, que el
propio Ortega teorizó desde el punto de vista del arquetipo
o modelo ideal que exige su mejor práctica: el filósofo
como contemplador y el hombre de acción preocupado exclusivamente
por la eficacia, indiferente a los aspectos morales
de su intervención. A este respecto es sobre manera
ilustrativa las semblanzas del político y del filósofo
que lleva a cabo en el opúsculo “Mirabeau o el político”
(1927. Véase especialmente § IV, pp 617 y ss). Pero
no nos interesa esta diferencia, sino algo más complejo
que la acompaña. Cuando Ortega habla, por ejemplo en
¿Qué es filosofía? (1929) de que vivir es no
filosofar porque filosofar es no vivir, siguiendo en
esto a Fichte (cfr., VII, 324), no le falta razón. La
política es la gestión de la vida colectiva en sus necesidades
y proyectos y de una u otra manera es la actividad humana
que está más cerca de la superficie de la circunstancia,
por tanto, teniendo que habérselas con los aspectos
más contingentes, azarosos e indisciplinados de la misma.
Pero la intervención de los intelectuales en política
en el siglo XX no ha partido de esa aceptación de la
fragilidad y multiplicidad de la cosa pública, sino
que normalmente se han movido en perspectivas morales
exigentes, racionalmente bien definidas, pero ignorantes
de la complejidad de la cosa pública. Se hacían oír
como intelectuales, hablando desde teorías abstractas,
modelos ideales más o menos utópicos, alejados de la
realidad y difíciles de encardinar en ésta. Intentaré
mostrar más adelante que Ortega es un caso bastante
excepcional en el panorama de los intelectuales que
intervienen en política en el siglo XX, porque cuando
se ocupa de ella procura siempre comprender los hechos
desde dentro de las situaciones mismas, esclarecerlas
analizando sus componentes y sólo después juzgarlas.
La lucha contra la magia del “deber ser”
[5] en política valdría como lema para sintetizar la manera concreta
en que Ortega intervino en la vida política de su país.
[^
SUBIR]
2
Ortega actúo sobre todo como crítico y observador
y sólo en dos ocasiones como actor, aunque la primera
quedó abortada en el momento mismo de nacer. Esa primera
fue cuando lanza la Liga de Acción Política Española
y da la conferencia-manifiesto “Vieja y nueva política”
en marzo de 1914. La segunda resultó más prolongada,
también más costosa, y abarca dos años casi enteros,
desde mediados de 1930 a mediados de 1932. Ahora sí,
Ortega hace política en sentido convencional, fundando
algo parecido a un partido político, la Agrupación al
Servicio de la República, dando mítines, concurriendo
como candidato en unas elecciones y ganando un acta
de diputado, y participando en los trabajos del Parlamento
durante el periodo constituyente. Ambas terminaron con
un notable retraimiento de la actividad política. En
1915 y después de dirigir durante unos meses la revista
España, fundada el año anterior, Ortega se desentiende
de todas sus luchas y proyectos de cambio de la Restauración.
Y hace algo tan sintomático como lanzar una revista
escrita sólo por él, bajo la inspiración-invocación
de la figura de un espectador que acota una parte
de su ser para la contemplación pura. Dedicará el primer
artículo del primer número del Espectador a distanciarse
de la política. Tras las acres palabras que vamos a
citar, ¿no es posible advertir la pretensión de poner
toda la distancia posible entre su yo intelectual y
la acción política?: “El imperio de la política, es
pues, el imperio de la mentira” (II, 16). Ahora bien,
antes de escribir esto, ha hecho una distinción de suma
importancia para entender el problema que nos atañe.
Ortega reconoce a la política una razón de ser, en cuanto
“pensamiento de lo útil”. Es, sin embargo, la política
cuando se apodera de la conciencia de un sujeto y organiza,
por así decir, su visión de lo real, donde reside la
enfermedad. Pues si lo político somete a la inteligencia,
entonces lo útil impondrá su versión a lo verdadero
y, concluye Ortega, “hacer de la utilidad la verdad
es la definición de la mentira” (Ibid.).
Contemplación y acción política son dos extremos de
un continuo que todo ser humano que aspire a vivir responsablemente
en el mundo ha de tocar, aunque sea un poco. Pero ello
no obsta para que en la doctrina de la vida humana se
describan además en términos antitéticos, como hemos
visto: lo útil de la lógica política es incompatible
con la verdad de la contemplación teórica.
Es esta posición de fondo en la vida y en el pensamiento
de Ortega en donde me apoyo para defender la radical
falta de armonía entre filosofía y política en Ortega.
Creo que el “armonicismo” de Marías resulta infructuoso,
aunque tiene a su favor el hecho de que Ortega volvió
a la política en otros periodos de su vida, a veces
por varios años, como, por ejemplo, el periodo que va
de la fundación del Sol (1917) a la publicación
de El tema de nuestro tiempo (1923) Y será en
uno de los artículos más profundos que el siglo XX haya
podido leer sobre la intervención del intelectual en
la cosa pública, “Reforma de la inteligencia” (1926),
en donde Ortega describe esa oposición sin síntesis
duradera que hay siempre entre la teoría y la política:
“Siempre que el intelectual ha querido mandar o predicar,
se le ha obturado la mente” (IV, 496) Esta enérgica
tesis anti-platónica tiene su origen en algo que acaba
de decir poco más arriba: “El pensamiento que es desviado
hacia una norma práctica, queramos o no se paraliza,
se ciega. (...) Nada más noble y atractivo fuera que
encargar a la inteligencia de hacer felices a los hombres,
pero apenas lo intenta, como si una divinidad inexorable
se opusiese a ello, la inteligencia se convierte en
política y se aniquila como inteligencia” (Ibid.). Dudo
que haya una afirmación más enérgica contra la intervención
del intelectual en la cosa pública, en tanto que intelectual,
comprometido con objetivos políticos. Sin embargo, el
autor de estas contundentes palabras iba a intervenir
en política y de la manera más intensa pocos años después.
¿Se contradecía Ortega? Un observador favorable a su
punto de vista aduciría que no, por dos motivos. Primero,
si no interviene como intelectual sino como ciudadano
que acepta los usos políticos y las reglas de juego
no estaría haciendo lo que condena: no es la inteligencia
con sus definiciones a priori el punto de vista, sino
la experiencia empírica que parte del reconocimiento
de lo que hay y para intentar su transformación, dentro
de un posible-virtual que en Ortega siempre se
define desde lo existente. Su reformismo profundo se
apoya en el hecho de que invierte el punto de vista
idealista del político utópico, para quien lo posible
debe llegar a convertirse en realidad por el
hecho de ser bueno y deseable; mientras que el reformista
parte siempre de la cuestión de si lo bueno-deseable
es posible en lo real mismo. El reformismo político
orteguiano hunde sus raíces prácticas en un lema de
Leonardo que resume a un tiempo su ética y su política:
“El que no pueda lo que quiere, quiera lo que puede”
[6].
De ahí que ante la pregunta de si fue Ortega platónico
en política, es decir, partidario de que gobierne el
filósofo, creo que la respuesta es no. Si acaso en su
primera trayectoria política, la que va de 1907, cuado
vuelve de su segundo viaje a Alemania, con la cabeza
llena de idealismo neokantiano, hasta su primera retirada
de la política, a la que ya hemos aludido, en 1916,
cuando se declara miembro del grupo de los “contemplativos”,
esto es, de los intelectuales puros. El platonismo “realista”
de Meditaciones del Quijote (1914) —la expresión
es de Rodríguez Huéscar— le convertiría en un platónico
cuasi aristotélico, que acepta la multiplicidad de voces
en la Polis y la exigencia de discusión, pero
que no pierde de vista que unas perspectivas son más
enriquecedoras que otras. De ahí que retenga su ideal
de la política como pedagogía, en cuya eficacia creía
ilustradamente hacia 1910, aunque cada vez menos, hasta
que finalmente llega a elaborar su diagnóstico sobre
lo que está pasando en el mundo en su famoso libro La
rebelión de las masas. Claro que dicha evolución
no significa que aquellos críticos que afirman que Ortega
se aleja de los planteamientos ilustrados hacia posiciones
autoritarias tengan razón. A mi juicio, se trata de
un diagnóstico luego repetido hasta la saciedad: a saber,
que la utopización de lo real llevada a cabo por la
Ilustración, contiene graves peligros, precisamente
para sus propios ideales de libertad y vida democrática.
En este sentido, una lectura desprejuiciada de La
rebelión de las masas encontrará que de lo que se
trata en última instancia es de profundizar en las formas
modernas de liberalismo parlamentario
[7].
El diagnóstico,
duro pero confirmado por los acontecimientos, es que
no hay pedagogía política ante masas indóciles. Esto
debería haberlo aceptado Ortega y no haberse aventurado
en política durante los años treinta. Pero la exigencia
del deber público pudo más, así como el reclamo que
de su figura hicieron en 1930, en el momento de la caída
de la Dictadura, algunos de sus más jóvenes y cercanos
discípulos, como María Zambrano [8].
[^
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3
Pero no es la actuación concreta de Ortega en lo político
el asunto que nos mueve a reflexión, sino cómo articuló
finalmente en su obra, las dos perspectivas, la teórica
o contemplativa y la política o utilitaria en las muchas
páginas que dedicó a examinar la vida pública de España
y de Europa.
Creo que es evidente que los juicios políticos de Ortega
se nutren siempre de una fuente intelectual, de inspiración
específicamente filosófica; pero de un pensamiento atento
a la realidad inmediata que se preocupa por conocer
en sus detalles. Habría un proceso desde los grandes
conceptos metafísicos o categorías de su filosofía primera
sobre la vida humana como realidad radical a un segundo
plano de articulación donde Ortega se sirve de términos
meta-políticos, para, desde ahí, hacer determinadas
observaciones de carácter empírico-utilitario. Daré
un ejemplo tomado de su libro más conocido, La rebelión
de las masas respecto de los siempre complejos términos
“minoría” y “masa”.
Al primer nivel de conceptos
metafísicos pertenecería toda la doctrina del yo personal
como proyecto y vocación, así como el carácter radicalmente
libre de la ejecutoria de ese yo en una circunstancia,
por contra “no-libre”, sino forzosa y “forzante” respecto
de los planes del yo. Los términos “minoría” y “masa”
pertenecen al segundo plano. En cierto modo serían conceptos
sociológicos “deducidos” de plano anterior, pues ser minoría
no es sino una forma de asumir la propia existencia como
exigencia de cumplir un proyecto personal. Y ser hombre-masa
significa no más que instalarse cómodamente en una forma
de existencia que viene determinada mecánicamente por
los usos y vigencias sociales, dejándose llevar. El análisis
político de RM viene entonces dictado por esos presupuestos.
Las predicciones sobre la tendencia de las masas a intervenir
en política apoderándose del aparato del Estado y uniformizando
desde él la vida pública, liquidando cualquier forma de
mediación indirecta, esto es, parlamentaria, y prefiriendo
la “acción directa” (o revolucionaria) aparecería entonces
como una especie de corolario de una compleja reflexión
que baja de lo racional a priori a lo experiencial y vuelve
luego hacia los planos superiores para corregir el análisis.
Esa enorme complejidad de la reflexión política orteguiana
fue, entre otras cosas, el peor enemigo que tuvo en su
actividad pública. Y explica un dato muy curioso: la fascinación
que ejercían los comentarios de Ortega cuando opinaba
en la “plazuela del periódico” —se cuenta que cuando había
algún suceso importante, en los ambientes políticos era
inevitable la pregunta “¿Qué ha dicho de esto Ortega?”—
y, al mismo tiempo la absoluta inoperancia de sus análisis.
Conviene decir que a Ortega nunca nadie le hizo caso en
política, que él fue consciente de ello y que tuvo la
gallardía de reconocerlo públicamente escribiendo en el
diario Luz el 1 de abril de 1933, uno de los últimos
escritos que Ortega dirigió a la nación española, el siguiente
comentario: “En una conferencia dada en diciembre de 1931
[Rectificación de la República, pronunciada en
el cine de la Ópera] reclamé un deslinde de responsabilidades
y me hice insolidario de la manera como se entendía por
los gobernantes la República. Hice un llamamiento a la
opinión pública y a ciertos grupos políticos, apoyando
la apelación en que mi carácter semiinválido excluía por
mi parte toda pretensión de mando... Pero ni la opinión
ni los grupos políticos me hicieron el más ligero caso.
Este fracaso rotundo y perfecto me da derecho a un silencio
cuando menos transitorio” (XI, 520). La guerra civil convirtió
el silencio en definitivo.
Los grandes temas políticos que atraviesan la obra de
Ortega no deberían ser juzgados, como es frecuente hacerlo,
desde la cruda pragmática de la lucha por el poder,
cosa en la que Ortega decidió no entrar, sino en la
de iluminar desde el no-lugar de las ideas las cuestiones
de extrema complejidad, de las que sin embargo dependía
la salud de la comunidad. Pero, y como se ha indicado,
ello comportaba un alto riesgo, el de no ser entendido
o más realistamente, ser malentendido para que así quedaran
neutralizadas sus posiciones, que desde la política,
siempre se interpretan como instrumentos de poder y
no de comprensión.
Por lo demás hay que reconocer que la profundidad analítica
a la que no renunció Ortega al hablar de las cosas públicas,
contribuyó precisamente a que sus enemigos neutralizaran
sus posiciones subrayando la apariencia de contradicción
que habría en sus planteamientos. Hallamos en sus escritos
tensiones evidentes entre conceptos aparentemente antitéticos,
como el rechazo del nacionalismo y, sin embargo, la
propuesta en todos sus programas políticos de “nacionalizar”
España como gran cura de sus males. Ahora bien, se pueden
hallar las mediaciones en sus análisis de los términos
“nación” y “Estado”, en su sociología de El hombre
y la gente (1947) y finalmente en sus reflexiones
sobre Europa en la última parte de su obra. Podríamos
multiplicar los ejemplos: en La rebelión, parece
elogiar las dictaduras políticas, que por lo demás infectaban
varios continentes, incluido el europeo, afirmando que
“el ‘totalitarismo’ salvará al ‘liberalismo’, destiñendo
sobre él, depurándolo y gracias a ello veremos pronto
un nuevo liberalismo templar los regímenes autoritarios”
(RM, 324). ¿Se trata de una tesis de política en sentido
usual o de filosofía de la historia? ¿Está aquí, en
el escrito redactado en 1937, formulando Ortega un deseo
personal o se limita a realizar una predicción de ciencia
política?
Pero quizá el conflicto de
más calado en la teoría política de Ortega sea el que
afecta a los términos liberalismo y democracia. En la
última parte de este ensayo me propongo mostrar por menudo
que no hay contradicción alguna y que nuestro filósofo
mantuvo las cuentas claras, aunque resulten laboriosas
de repasar, porque, están concebidas desde uno de los
radicales más profundos de la filosofía de la razón vital:
el de la libertad personal.
[^
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4
En la conferencia “Vieja y nueva política” (VNP), ya citada,
Ortega propuso a su generación, la que hoy conocemos como
del “Catorce”, un programa de acción bastante radical
en cuanto a las formas de entender la acción política,
aunque no tanto en lo material pues no planteaba una ruptura
de las reglas de juego, al aceptar la legitimidad monárquica.
El programa de esa “nueva política” no se puede comprender
si no es remitiéndonos a una teoría de la cultura orientada
a promover la vitalidad en que cifra Ortega la salvación
del cuerpo social enfermo. En Meditaciones del Quijote
se dice que las ideas ahí pensadas no son sino "pretexto
y llamamiento a una amplia colaboración ideológica —sobre
los temas nacionales—, nada más". Hasta cuando trata
de las cuestiones más puramente teoréticas hace notar
su intencionalidad política, que no debe entenderse en
sentido usual, sino como proyecto histórico de transformación
de la sensibilidad nacional. Así, al analizar el concepto
dice: "Conviene a todo aquel que ame honradamente,
profundamente la futura España, suma claridad en este
asunto de la misión que atañe al concepto" (I, 352).
Con "futura" apunta hacia "vital",
la minoría posible encargada de reformar la sociedad española,
cuyos miembros no se identifican por sangre, tradición,
religión o intereses, sino por su formación y su sentido
del esfuerzo. Es la minoría de los "nuevos hombres
privilegiados de la injusticia sociedad" (I, 286),
privilegio de su educación recibida, obligados por ella
a devolver a la sociedad lo que injustamente han recibido
de ella. Es claro que Ortega no piensa ni en ideólogos
ni en "maestros culturales" o académicos rectores
de opinión, sino en buenos profesionales pertenecientes
a todo los ámbitos de la vida social: ingenieros, comerciantes,
industriales, técnicos, profesores y obreros, cuya actividad
regeneradora está situada en un más acá del ámbito político,
el de las consignas ideológicas, las luchas electorales,
movilización de masas, captación del voto, etc.
Pero la "nueva" política ha de tener algún contenido
específicamente ideológico, en sentido convencional. En
efecto, éste se resume en dos ideas-fuerza: nacionalización
y liberalismo.
Nacionalización
significa para Ortega un sistema de incorporación informado
por "un proyecto de vida en común". Es fácil
reconocer la definición de nación de Renan a la que
Ortega se mantendrá fiel, aunque con algún matiz decisivo.
El “plebiscito cotidiano” de que habla el francés es
repensado por Ortega haciendo bascular la idea renaniana
del pasado, las glorias consumadas, al futuro como proyecto:
la nación se hace en torno a un sistema de ilusiones
compartidas (I, 290). Se hallará ese proyecto de vida
en común cuando se supere el clima de particularismo
y odio que ha creado la Restauración
[9]. Vertebración de España por el trabajo y la responsabilidad,
la eficacia y la justicia; articulación de las partes
desde el reconocimiento de sus diferencias y derechos
en el todo nacional. Nacionalización es en lenguaje
político lo que integración en cultura. Si cultura es
creación de formas, nacionalización es “la organización
mínima de las funciones nacionales” (I, 292).
Pero la idea de mayor carga
política, por ser la que describe mejor la posición orteguiana,
es el liberalismo. El término, presente en toda la escritura
política de Ortega desde sus comienzos, toma en VNP un
nuevo sentido al que hay que atender. Esa nueva concepción
del liberalismo rompe con las últimas adherencias socialistas
que hacia 1910 representaba el contenido principal de
su ideología.
Desde que vuelve de Marburgo, después de su segunda estancia
alemana (1907), el liberalismo de Ortega está impregnado
del ideario neokantiano sobre el hombre genérico, fin
en sí mismo, no como individuo sino como fragmento de
la Humanidad: "llamo liberalismo a aquel pensamiento
político que antepone la realización de una idea moral
a cuanto exija la utilidad de una porción humana, sea
ésta una casta, una clase o una nación" (X, 34-35).
Con estas palabras u otras similares, Ortega expresa su
rechazo al viejo liberalismo manchesteriano (cosa, por
cierto, que sigue haciendo en VNP (Cfr., I, 287 – 302)
del principio abstracto de no intervención del Estado
porque se limita a santificar la libertad del individuo,
una libertad negativa que se le antoja vana mientras no
esté referida a ideales éticos y realidades económicas
capaces de tornarla activa. El error de ese liberalismo
está en conceder realidad a los individuos al margen de
la sociedad. Al Ortega de la conferencia “Pedagogía social
como programa político” esto le parecía todavía un despropósito
teórico y práctico: "El individuo como tal es siempre
una caricatura", "el individuo se diviniza siempre
en la colectividad" (I, 520). Es la clásica posición
compartida por el sector de pensamiento progresista desde
1848 y consagrado por la filosofía, de Marx a Cohen, como
una verdad incuestionable: lo individual, de suyo, nada
vale ni es sujeto de derechos. También para el Ortega
anterior a 1914 lo social subsume lo individual. La política
como actividad diferenciada de la ética debe estarle subordinada:
“la perpetua amonestación de la ley no escrita, de la
ley ética que condena todo estancamiento de la ley política”
(X, 36), afirmación que recoge la tensión utópica que
se aloja en el neokantismo y del que participa Ortega
por estas fechas.
Los textos
de 1914 muestran que el socialismo se va disolviendo
de resultas de la critica cultural que cada vez desconfía
más de los ideales irrealizables. No se trata de renunciar
a una cultura de ideales, sino de que la definición
de estos debe ser hecha atendiendo a la textura de lo
real y a sus resistencias. La cultura debe ser menos
retórica e insincera, con sus enunciados de grandes
principios ("fraseología", llamará a esto
Ortega más tarde), y hacerse más productiva: "El
acto específicamente cultural es el creador" (I,
321). Ahora bien, la creación, la producción la hacen
siempre individuos y presupone holgura, distancia respecto
de los usos sociales. Así, la exigencia de creación
como ideal de cultura pide en el plano de las ideas
políticas un liberalismo depurado de adherencias neokantianas.
Lo esencial de ese nuevo liberalismo lo expone en el
“Prospecto de la Liga”: "Por liberalismo no podemos
entender otra cosa sino aquella emoción radical, vivaz
siempre en la historia, que tiende a excluir del Estado
toda influencia que no sea meramente humana y espera
siempre, y en todo orden, de nuevas formas sociales,
mayor bien que las pretéritas y heredadas" (I,
302). Hay que reconocer que el texto es más claro por
lo que niega que por lo que afirma: enérgico secularismo,
rechazo de inspiraciones trascendentes en política (teológicas
o milenaristas), en fin, un liberalismo concebido como
una especie de humanismo laico y reformista. En resumen,
Ortega evoluciona en 1914 hacia un liberalismo "clásico",
ajeno a enfoques utilitaristas, basado en "la máxima
e igual libertad para todos", en un Estado contractual,
aunque no necesariamente mínimo, limitado por los derechos
ciudadanos y con una fuerte carga ética [10].
La novedad del giro dado
por Ortega a sus ideas en política se perfila mejor cuando
advertimos qué arrastra con su renuncia al calificativo
"socialista". Fundamentalmente se descarga de
la confusión entre socialismo e idealismo democrático.
La reclamación de mayor justicia social para el mayor
número, las demandas de aplicación de medidas tendentes
a desarrollar el principio de igualdad de oportunidades
nunca han sido cuestionadas por Ortega ni resultan incompatibles
con su aristocratismo ético (que no político). Al distinguir
ambos aspectos, involucrados en el término socialismo,
Ortega procede a separar en la práctica los dos máximos
ideales políticos que en su etapa moderna han crecido
juntos y revueltos: el liberalismo y la democracia.
En "Ideas de los castillos" (1925) Ortega expondrá
con toda claridad la diferencia entre ambos: la democracia
como forma política responde al problema de quién debe
mandar. El liberalismo a la de cuales son los límites
que debe tener el poder (II,423).
En 1917
Ortega escribirá uno de los artículos de contenido político
más citados, tanto por sus partidarios como por sus
detractores. Se trata de "Democracia morbosa".
Los primeros destacan que contiene precedentes de La
rebelión de las masas, los segundos ven en él el
nacimiento de un Ortega antidemócrata y criptofascista
que crecerá en los años veinte. Una lectura atenta del
artículo sólo autoriza a concluir que Ortega tiene muy
claro que de los dos ideales de la cultura política
moderna, el liberal es valioso de suyo en lo que tiene
de defensa de lo individual y personal frente a lo social,
mientras que el ideal democrático, bueno como forma
de gobierno cuando va unido al principio liberal, puede
degenerar fácilmente si se aplica en ámbitos que no
son los propios de la gestión política: "la democracia
en religión o en arte, la democracia en el pensamiento
y en el gesto, la democracia en el corazón y la costumbre"
(II, 135) [11].
En VNP la importancia relativa
que tiene el ideal liberal frente al democrático es notable
y el mejor indicador de que Ortega rompe con la orientación
política que ha mantenido durante su fase neokantiana.
En efecto, la presencia del ideal democrático en VNP resulta
muy escasa; de hecho no se menciona expresamente aunque
parece sobreentendido en el de justicia, que figura contrapesado
por el de eficacia. Y cuando se mencionan expresamente
los ideales democráticos es para ridiculizar el irrealismo
político de la extrema izquierda y del sindicalismo (I,
289). (En el Prospecto el término "democracia"
sólo aparece al final junto a "España" en alusión
al principio de nacionalización). El que la democracia
como ideal apenas si sea invitada al programa de VNP,
no significa que Ortega hubiera dejado de creer en la
superioridad del régimen parlamentario sobre cualquier
otro conocido. Ni entonces ni después. Su sentido histórico
se lo impedía.
Ortega creía que la democracia como ideal cultural (cuya
substancia es la pasión de la igualdad) es secundaria
en una sociedad desmoralizada. Es eficaz en un pueblo
sano y generoso, todo lo contrario de lo que le ocurría
al español: "y hoy todo español lleva dentro un hombre
roto, movido sólo por el odio y la epilepsia, sin serenidad
para el respeto ni energía para la solidaridad fecunda"
(X, 220). El estado anímico de la Restauración podía resultar
exquisitamente democrático. Las formas, aun siendo muy
importantes, son siempre menos sustantivas que aquellos
contenidos de la vida en que se juega la salud moral de
una comunidad.
Pero lo que corría peligro en el plano político con la
más que probable irrupción de las masas en política no
era la pasión igualitaria adherida al ideal democrático,
sino el respeto a la individualidad y a la diferencia.
El liberalismo es más profundo porque sabe que la verdadera
cuestión cuando se trata del problema de la legitimidad
del gobierno, es que el poder acepte unos límites y controles
efectivos en la práctica del gobierno: La forma que en
política ha representado la más alta voluntad de convivencia
es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución
de contar con el prójimo y es prototipo de la ‘acción
indirecta’. El liberalismo es el principio de derecho
político según el cual el Poder público, no obstante ser
omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su
costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que
puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es
decir, como los más fuertes, como la mayoría” (RM, 188).
Esta es la fe profunda que unifica y sostiene todo el
pensamiento político de Ortega. No se termina de entender
si no la vemos como un reflejo de una concepción filosófica.
El liberalismo es inseparable de una determinada concepción
del hombre. En una de sus obras de madurez la expondrá
con una fórmula impresionante por su acierto: el hombre
no tiene ser porque es libertad de ser. Esto hace
de la posición política liberal algo irrenunciable porque
responde a la raíz metafísica de la vida humana, mientras
que la democracia se contenta con su escenificación social.
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[1] Véase “Ortega en política” (1957), especialmente pag. 180. Obras completas
IX, México, Universidad Nacional Autónoma de Méjico,
1992.
[2] “Vocación teórica y vocación política en Ortega”, Obras completas
IX, Madrid, Revista de Occidente, 1982, p. 610.
[3] Todas las referencias de las citas de Ortega, salvo indicación
en contrario, se dan por Obras completas, Madrid,
Alianza ed., 1983. El número romano indica el volumen
y el árabe la página
[4] En La rebelión de las masas: “...es preciso resolverse contra el
siglo XIX”. Cito por la edición crítica de
Thomas Mermall, Madrid, Castalia, 1998, p. 166. Cualquier
referencia posterior a esta obra irá indicada por
las siglas RM.
[5] La expresión sirve de titulillo a la sección IV de España
invertebrada (1921). Encontramos ahí formulada
con toda precisión la transformación esencial que
propone Ortega en cuanto a las relaciones entre los
dos modos de darse la realidad, la efectiva y la posible,
invirtiendo el lugar común del idealismo romántico:
“Sólo debe ser lo que puede ser, y sólo
puede ser lo que se mueve dentro de las condiciones
de lo que es”. (III, 101).
[6]
En “La Gioconda” (1911) cita: Chi non puè che vuol, quel che può voglia.
(I, 559).
[7] No deja de ser curioso que cuando se argumenta a favor del retraimiento
liberal de Ortega en La rebelión de las masas,
sus autores no citen textos probatorios o, en todo
caso, se remitan a declaraciones “metafísicas” que
sacadas de contexto terminan por significar los que
se desea que signifiquen. La razón de que esos críticos
sean tan parcos es porque no las encuentran. En cambio,
sí se hallan y ex-abundantia, las referencias
elogiosas al liberalismo —hasta seis, muy explícitas:
RM, pp 166, 187, 194, 203-204, 211 y 212.
[8] Entre otras fuentes, véase Javier Zamora en Ortega y Gasset, Barcelona,
Plaza y Janés, 2002, p. 307: “Su discípula María Zambrano
le escribía el 11 de febrero de 1930 exigiéndole una
mayor participación política y que no fuera tangencial”.
[9] Es conveniente reconocer que el tono general de VNP es un punto
excesivo retóricamente hablando. Cacho Viu ha dicho
con acierto que Ortega adopta en cierto modo el estilo
del esperpento.
[10] He precisado el término “liberalismo” con ayuda de J.
Gray, Liberalismo, Madrid, Alianza ed., 1994,
pp 54-89).
[11] El análisis sobre las tensiones entre liberalismo y democracia se basa
directamente en un artículo mío, “Cultura y política.
El gozne del liberalismo”, publicado en Claves
de la razón práctica, nº 64, julio/agosto, 1996,
pp 54 y ss.
[^
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Resumen:
El ensayo plantea que los grandes temas políticos
que atraviesan la obra de Ortega no deberían
ser juzgados, como es frecuente hacerlo, desde la
cruda pragmática de la lucha por el poder,
cosa en la que Ortega decidió no entrar, sino
en la de iluminar desde el no-lugar de las ideas las
cuestiones de extrema complejidad, de las que, sin
embargo, dependía la salud de la comunidad.
Pero, como se ha indicado, ello comportaba un alto
riesgo, el de no ser entendido o más realistamente,
ser malentendido para que así quedaran neutralizadas
sus posiciones, que desde la política, siempre
se interpretan como instrumentos de poder y no de
comprensión. Por lo demás hay que reconocer
que la complejidad analítica a la que no renunció
Ortega al hablar de las cosas públicas contribuyó
precisamente a que sus enemigos simplificaran sus
posiciones subrayando la apariencia de contradicción
que habría en sus planteamientos.
Palabras clave:
Tensiones, pensamiento, liberalismo, democracia, libertad,
nacionalismo, Nación, Estado, minoría,
masa, política, poder, ideas, intelectual,
filosofía, idealismo, Julián Marías,
José Gaos, Kant, Platón, Ortega.
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Abstract:
The essay states that the major political topics represented
in the work of Ortega should not be judged, as it
often occurs, as a harsh pragmatic fight for power-something
Ortega chooses not to touch upon-yet highlights instead
from the undefined space of ideas (el "no-lugar"),
extremely complex matters that the community's welfare
depends on. As previously indicated, this implies
a high level of risk and leaves room for misunderstanding
or even more realistically, a misunderstanding that
arises in an attempt to maintain a neutral position.
From a political perspective, it will always be interpreted
as an instrument of power and not as a form of comprehension.
Apart from this, one must recognize that by addressing
public issues, Ortega does not renounce the analytical
complexity of these matters and this is precisely
what contributes to the simplification of his enemies'
positions that highlight the appearance of possible
contradictions in Ortega's theories.
Key Words:
Tension, thought, liberalism, democracy, liberty,
nationalism, Nation, State, minority, mass, politics,
power, ideas, intellectual, philosophy, idealism,
Julián Marías, José Gaos, Kant,
Plato, Ortega.
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