CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año III - Número 8 - Septiembre 2005
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LAS COMPETENCIAS PROFESIONALES COMO NUEVA DIMENSIÓN DE ANÁLISIS EN LA BÚSQUEDA DE LA CALIDAD DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR.

Beatriz Checchia y
Mariana Fernández


INTRODUCCIÓN

ACREDITACIÓN Y EVALUACIÓN

CALIDAD EDUCATIVA
 

COMPETENCIAS PROFESIONALES

GESTIÓN UNIVERSITARIA


PROSPECTIVA

NOTAS Y REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

INTRODUCCIÓN

En la Declaración de Bolonia se sienta las bases para la construcción de un "Espacio Europeo de Educación Superior”, organizado conforme a ciertos principios, como calidad, movilidad, diversidad, competitividad; y orientado hacia la consecución varios objetivos estratégicos, entre otros: el incremento del empleo en la Unión Europea y la conversión del sistema Europeo de Formación Superior en un polo de atracción para estudiantes y profesores de otras partes del mundo.

          La universidad es una de las grandes fuentes de creación y difusión de conocimientos y de competencias. Los fenómenos de globalización, las reformas económicas y la evolución que ha venido sucediendo en las sociedades y en las instituciones, hace que las universidades se vean en la necesidad de adaptar e innovar sus procesos para adecuarse a las nuevas y siempre cambiantes condiciones del contexto, cumpliendo con sus renovadas misiones y convirtiéndose a su vez, en organizaciones que aprenden de su propio desempeño. Además, la docencia y la investigación son los primeros aspectos en ser emplazados por la necesidad de una mayor apertura al mundo y por el deber de exponerse a la competitividad internacional.
Según Ramírez (1993) hoy en día está claro que la universidad, más que un fin en sí misma, es una institución cuya misión, quehacer y resultados deben estar al servicio del desarrollo armónico e integral del hombre y de la sociedad, por lo que en primer término debe responder y rendir cuenta a la comunidad nacional que la rodea y la sustenta. Lo anterior conlleva necesariamente el que su actividad sea evaluada como institución de educación superior que es, existiendo una justificada y creciente preocupación en relación con la garantía de la calidad, tanto de la universidad como institución, como de sus programas académicos.

Actualmente, los recursos dedicados a educación suponen una parte tan importante de los presupuestos nacionales que su ritmo de crecimiento no parece fácilmente sostenible. Según Kogan (1986) si existe una clara conciencia de que dichos recursos no son ilimitados y de que los efectos de su distribución y empleo no son indiferentes, es lógico que crezca la demanda de información acerca de cómo se utilizan y qué resultados producen. De ahí se deriva, el desarrollo de diversos modelos de rendición de cuentas, bien sea a cargo de los poderes públicos, de los profesionales o de los consumidores, según se efectúe su regulación respectivamente por el Estado, la sociedad civil o el mercado.

Consecuentemente, la necesidad de establecer teorías, constructos y estrategias que orienten la acción educativa no es menor que la que se precisa en otros niveles educativos.

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ACREDITACIÓN Y EVALUACIÓN

La situación antes descripta plantea la evaluación y la acreditación como un proceso por medio del cual un programa o institución educativa brinda información sobre sus operaciones y logros a un organismo externo que evalúa y juzga -de manera independiente- dicha información, para poder hacer una declaración pública sobre el valor o la calidad del programa o de la institución.

Un primer motivo que explica el auge actual de la evaluación es el cambio registrado en los mecanismos de administración y control de los sistemas educativos, que ha marchado paralelo a las propias transformaciones experimentadas por el sistema educacional en las últimas décadas. Los resultados de los procesos de evaluación pueden ser empleados con fines internos, de aprendizaje institucional y mejoramiento de calidad.

Un segundo fenómeno relacionado con el anterior se refiere a la creciente demanda social de información sobre la educación a fin de saber qué ocurre en su interior, en muchos casos su imagen resulta ampliamente insatisfactoria, siendo numerosas las voces que reclaman una mayor transparencia.

Estos fenómenos mencionados están muy presentes en la agenda universitaria actual; a modo de ejemplo, en el “Seminario Regional: Las nuevas tendencias de la Evaluación y de la Acreditación en América Latina y el Caribe”, realizado en Buenos Aires el 6 y 7 de junio pasado y organizado por la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria de Argentina (CONEAU) y el
Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (IESALC), sus disertantes resaltaron los efectos positivos de las repercusiones de la evaluación y la acreditación. En tal sentido, Villanueva (2005) afirma que , en la medidad que los procesos evaluatorios son llevados adelante con responsabilidad y libertad, la reflexión sobre la propia actividad permite conocer diferencias con otras experiencias, valorarlas a unas y otras en su justo peso, e incluso optar más allá de las determinaciones de la costumbre impuesta.


Sin lugar a dudas, el conocimiento del grado de logro de los objetivos de un sistema educativo es fundamental para hacer mejor uso de los recursos disponibles y para tomar las decisiones más adecuadas.

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CALIDAD EDUCATIVA

Calidad es un término que ha pasado a ser una de las palabras más utilizadas hoy en día y evidencia una elevada carga polisémica que ha de ser analizada desde una perspectiva multidimensional, máxime cuando se trata de evaluar.

Pérez Juste (2005) expone varias de las razones que dificultan una definición clara del concepto calidad. En primer lugar, el reduccionismo en la definición, ya que se trata de un concepto amplio y muy abarcable que se ha identificado con eficacia (alcanzar los objetivos propuestos) o con la satisfac­ción de los destinatarios o clientes del producto, bien o servicio prestado. En segundo lugar, existen diversas concepciones de partida del servicio a evaluar, ya sean públicos o privados, o en la propia concepción del mismo (de salud, educativo, etc.). En tercer y último lugar, los modelos de referencia pueden estar orientados a funciones diferentes (certificación, acreditación, mejora continua, etc.).

La noción de calidad aplicada a la educación superior está relacionada con el tipo de agente social que la elabore. En este sentido, vale la pena recurrir a Doherty (1994) quien señala la existencia de tres tipos de agentes que evidencian tres formas de acercarse a la noción del término que estamos tratando de determinar. En primer lugar habla del Estado, que está especialmente interesado en los perfiles de los egresados y los aspectos legales y presupuestarios de las instituciones. Se trata de medir rendimientos mediante la utilización de indica­dores cuantitativos coherentes con una tendencia moderada de eficiencia del sistema universitario. El segundo agente diferenciado es la comunidad acadé­mica, que refleja en sus actuaciones los valores que la caracterizan, especial­mente en el progreso del conocimiento científico y en el papel de la educación en la constitución de los ciudadanos como sujetos racionales, dotados de auto­nomía moral y, por tanto, de responsabilidad civil y política. Otorga una impor­tancia relevante al pluralismo ideológico. Por último, el mercado puede actuar como agente evaluador en el sentido en que hace prevalecer las preferencias de los usuarios y que, por ser un espacio de negociación permanente y condiciones cambiantes, refleja un conjunto de puntos de vista de conflicto.

Harvey y Green (1993) plantean que la calidad es un concepto filosófico que varía y depende de la perspectiva individual y social, sin que se pueda hablar de una posición única correcta.

A su vez, Arrien (1997) afirma que la calidad parece estar muy asociada a los procesos y resultados, cuestiones que se manifiestan en los aprendizajes relevantes del educando como sujeto, haciendo que este crezca y se desarrolle personal y socialmente mediante actitudes, destrezas, valores y conocimientos que lo convierten en un ciudadano útil y solidario. La exigencia de contar con una educación de mayor calidad es una demanda de la sociedad actual, un imperativo del exigente mundo en que estamos inmersos, el cual ha creado la urgente necesidad de que el trabajo del hombre sea mucho más eficiente, para lo cual se requiere de mayor preparación.

Peón y Pugliese (2005) afirman que las variadas definiciones de calidad ponen de manifiesto que evaluar es sinónimo de atribuir valor, destacándose que a su dimensión valorativa se le agregan dos atributos más: el carácter sitemático y judicial; esto último en el doble sentido de que toda evaluación se expresa a la manera de juicio de calidad y el proceso para producirlo tiene similitudes con los procedimientos judiciales, en tanto hace intervenir a un jurado o comité de pares, encuadrado dentro de un contexto normativo explícito y revisable.

Considerando la perspectiva de las políticas educativas a nivel mundial, la calidad educativa queda determinada por la capacidad que tienen las instituciones para preparar al individuo destinatario de la educación, de tal modo que pueda adaptarse y contribuir al crecimiento y desarrollo económico y social mediante su incorporación al mercado laboral.

De ahí surgen diversas formas de valorar la calidad en función del progreso y de lo moderno, valores incuestionables de la sociedad actual.

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COMPETENCIAS PROFESIONALES

La flexibilización de los programas educativos y la mejora de las habilidades adquiridas por los estudiantes son dos consecuencias directas de lo mencionado en los apartados anteriores. La tendencia es entonces, evitar la referencia a programas de estudio estáticos o clasificaciones de puestos de trabajo, y en cambio, medir las competencias a través de organismos independientes de la institución de enseñanza, en instancias que tengan fuerte participación de los actores del mercado de trabajo. Se acreditan así, no sólo los estudios realizados sino la experiencia laboral; también, se definen claramente niveles de competencia de mayor o menor y se focaliza en los resultados en contextos problemáticos.

Es decir, la hipótesis que se plantea supone que la formación es de calidad si logra desarrollar competencias en el educando. Además, es preciso considerar que la  acreditación de competencias debe tener tres características necesarias para ser útil en el mercado de trabajo: a) visibilidad para los empleadores y las asociaciones profesionales, es decir que se sepa cuáles son las habilidades concretas que esa acreditación indica; b) transferibilidad de un sector educacional a otro, de manera que las competencias adquiridas en el aprendizaje en el trabajo sirvan para continuar estudios en la formación profesional, y que las habilidades adquiridas en la educación general, debidamente complementadas con conocimientos técnicos o práctica laboral, sirvan para la inserción en el mercado de trabajo; c) que puedan trasladarse de un tipo de puesto de trabajo a otros, de una empresa o sector a otro, o en otras palabras, que sean reconocidas transversalmente en el sistema ocupacional.

De esta forma, las competencias se refieren a la capacidad de actuar desde lo que la persona es, con sus valores y actitudes haciendo algo con lo que sabe. Sin embargo, para que la formación sea considerada de calidad debe, además, satisfacer las demandas sociales en cuanto a formación profesional, la cual debe incorporar no sólo una mera acumulación de conocimientos, sino que debe ser un proceso de aprendizaje constante que expanda las potencialidades del individuo y que logren en él la flexibilidad cognoscitiva necesaria para su transferencia al complejo entorno cultural, productivo y social que caracteriza a la sociedad actual.

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GESTIÓN UNIVERSITARIA

En las entidades de educación superior, el cumplimiento de la FUNCIÓN SOCIAL, MISIÓN, o RAZÓN DE SER está delimitada legalmente, en la mayoría de los casos, y referida a las funciones de  formación de profesionales, dotando a los individuos de los medios necesarios para desarrollar  competencias profesionales  y ofrecer a la sociedad personas capaces de trabajar con “éxito” en el campo de actividades que ellos escojan; la FUNCIÓN DE GENERAR CONOCIMIENTOS a través de actividades de investigación básica, aplicada y de desarrollo, aportando al desarrollo nacional y a la creación de ciencia y cultura; y la FUNCIÓN DE   ASESORAMIENTO E INTERACCIÓN SOCIAL contribuyendo con el mejoramiento de las instituciones que les sirven de sustrato para las anteriores funciones y con aquellas con las cuales mantienen relaciones de cooperación.

Por lo tanto, en las instituciones de educación superior se ha manifestado en forma reiterada la preocupación por la calidad del cumplimiento de estas funciones, ya que de su manejo dependen las dimensiones de la calidad del recurso humano que se forma en ellas. Estos aspectos así como los mecanismos para garantizar la calidad de sus productos, están siendo estudiados y se están debatiendo sus alcances, tanto desde la perspectiva de los propios actores en las instituciones educativas como de los beneficiarios de la labor universitaria y en la sociedad en general.

Según Brito (2002) los productos de las entidades de formación y educación son las competencias profesionales de sus egresados para que puedan convertirse en un recurso humano: actor y factor esencial de las instituciones.

Adoptando una perspectiva integral de competencia y desde la definición  expresada por Irigoin y Vargas (2002) como conjunto articulado de conocimientos, habilidades, destrezas, comportamientos y clase de actitudes que definen un desempeño superior, podría sintetizarse que su desarrollo durante el proceso de formación comprende:

COMPETENCIAS POLÍTICAS, para ser capaz de desarrollar una acción estratégica.

COMPETENCIAS AFECTIVAS, para ser capaz de mantener una acción comunicacional efectiva.

COMPETENCIAS TÉCNICAS Y GERENCIALES, para ser capaz de realizar acciones técnicas y  propositivas en el campo de su práctica.

Volviendo al planteo inicial, la razón de ser de las instituciones de educación superior tiene que ver concretamente con la gestión  de conocimiento: construcción de competencias en la formación de sus egresados, medido en forma tradicional a través del número de egresados y titulados; generación de conocimientos nuevos,  traducidos en número de investigaciones y publicaciones; y, aplicación de  conocimientos  en los procesos de cooperación técnica, asesoramiento, elaboración de  propuestas de intervención y de mejoramiento de los servicios u organizaciones donde se produce la práctica educacional o investigativa, o con aquellas con quienes mantienen relaciones de cooperación.

La calidad es, como ya se enunció, un concepto integral y multidimensional, que va a tener muchas facetas que son consideradas con mayor o menor importancia dependiendo de la óptica de cada uno de los actores que intervienen en los procesos de aprendizaje, investigación y co-operación técnica. También, tienen mucha influencia, en la consideración de estas dimensiones, las características y condiciones de los contextos en los cuales se insertan los procesos. En general, los autores hacen referencia a dos grandes aspectos de las dimensiones de calidad: aquellas características al interior de las instituciones de educación superior y aquellas condiciones que tienen que ver con la relación de las instituciones de educación superior con su contexto.

Las dimensiones referidas a la relación de las instituciones con el contexto  y a su compromiso social son:

- Pertinencia y relevancia social de los procesos universitarios.

- Satisfacción de los usuarios o clientes.

- Satisfacción de los estudiantes.

- Relevancia profesional.

- Eficacia  del proceso de formación/Competencias de los egresados.

- Eficiencia del proceso de formación, en relación con los recursos recibidos.

- Satisfacción de los clientes internos, alumnos, personal docente y gerentes.

- Satisfacción de las instituciones/empresas y de la sociedad.

Algunas dimensiones al interior de las instituciones tienen que ver con:

- Excelencia en el saber especializado.

- Organización e infraestructura de la institución.

- Disponibilidad de recursos.

- Condiciones de excelencia de los subprocesos: decisión política, planeación, programación, ejecución y monitoreo, evaluación y retroalimentación.

- Seguridad y comodidades en el proceso de formación.

- Competencia del personal docente, técnico, gerencial y administrativo.

- Logro de resultados como el alcance de los objetivos, economía en la producción, eficiencia en el gasto.

Le Boterf (2001) agrega otras dimensiones que tienen que ver con el funcionamiento de las instituciones de educación, la calidad de los momentos de decisión política, planeación, programación, ejecución y monitoreo, evaluación y retro-alimentación de los procesos educativos.

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PROSPECTIVA

Siguiendo algunas de las ideas de Barnett (2002), la universidad se enfrenta a la supercomplejidad, en la que se ven continuamente desafiados los propios marcos de comprensión, acción y autoidentidad. Es decir, la educación superior tiene que atender a la acción. Una educación superior que se limitara al dominio del conocer, dejaría a los graduados en situación de vulnerabilidad en el ámbito de la acción. Además, desarrollar la autoidentidad de los estudiantes tendría como resulta: una estrategia pedagógica insuficiente. Bajo condiciones de supercomplejidad, las estructuras se ven desafiadas en la acción; hay que afrontarlas, por tanto, en la acción. La educación superior dejaría de cumplir con sus responsabilidades si no incorporase esta dimensión, al menos hasta cierto punto.

En tal sentido, es oportuno aclarar que la búsqueda de la calidad académica, los reconocimientos a través de las agencias de acreditación, las consecuencias socio-económicas, han de ser un disparador de conciencia suficientemente potente para mantener una actitud crítica y reflexiva. Además, la creciente complejidad del nuevo escenario social y la propia vida interna de las universidades (crecimiento estructural, masificación, diversificación de su misión, fragmentación disciplinar, etc.) generan la necesidad de explorar nuevas estrategias de gestión que promuevan su desarrollo y garanticen niveles sostenibles de calidad.

Las competencias emergen como elementos integradores capaces de seleccionar entre una amplia gama de posibilidades, los conocimientos acertados para determinados fines. El lenguaje de las competencias, dado que viene de fuera de la educación superior, resulta conveniente para la consulta y el diálogo con los representantes de la sociedad que no están directamente involucrados en la vida académica y puede contribuir también a la reflexión necesaria para el desarrollo de nuevas titulaciones y de sistemas permanentes de actualización de los ya existentes.

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Notas y Referencias bibliográficas

Arrien, Juan. (1997) “Calidad y Acreditación: exigencias a la universidad”. Documento de trabajo, Comisión 2. Conferencia regional sobre políticas y estrategias para la transformación de la educación superior en América Latina y el Caribe. CRESALC, UNESCO, MEC: La Habana. 

Barnett, R. (2002). “Claves para entender la universidad”. Pomares: Girona.

Brito, P. (2002). “Situación y Perspectivas de la Cooperación Técnica en Desarrollo de RRHH.  En:  OPS/OMS.  Taller Interno HSR/HSP. 

Doherty, G. D. (1994). “La preocupación por la calidad. En: Desarrollo de sistemas de la calidad en la educación”. La Muralla: Madrid. 

González, J.; Wagenaar, R. (2003). “Tuning educational structures in Europe”. Universidad de Deusto: Bilbao.

Harvey, L.; Green, D. (1993). “Defining quality”. Assessement and Evaluation in Higher Education, 18 (1). 

Irigoin, M.; Vargas, F. (2002) “Certificación de competencias: del concepto a los sistemas”. Boletín Cinterfor, Nº 152.

Kogan, M. (1986). “Education Accountability”. London: Hutchinson.

Le Boterf, G. (2001) Ingeniería de las competencias. Barcelona: Gestión 2000

Peón, C; Pugliese, J.C. (2004). Análisis de los antecedentes y procedimientos para la evaluación institucional universitaria en la Argentina. En “Los desafíos de la universidad argentina”. Siglo Veintiuno: Buenos Aires.

Pérez Juste, R. (2005). “Calidad en educación, calidad de la educación”. Madrid: Asociación Española para la Calidad. 

Ramírez, S. et al (1993). “Calidad de la Enseñanza Universitaria. Criterios de Verificación. CPU.

Villanueva. E. (2005). “Para un análisis del Impacto de la evaluación y acreditación”. Disertación realizada en el Seminario Regional: Las nuevas tendencias de la Evaluación y de la Acreditación en América Latina y el Caribe.  Buenos Aires, 6 y 7 de junio 2005: CONEAU, IESALC.

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