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Llega
Octubre y más de un millón de españoles nos matriculamos
en diferentes asignaturas de las múltiples universidades
de las que disponemos, por lo que consecuentemente,
alguno que otro, intentamos asistir a las clases por
las cuales hemos pagado al comenzar el curso, ya que
atendiendo al sentido de la responsabilidad y la solidaridad
no podemos olvidar que aunque pagamos una matrícula,
esta solo supone una ínfima parte del servicio que se
nos está prestando gracias a los impuestos pagados por
el conjunto de la ciudadanía.
Alguno
puede preguntarse por qué aludo al sentido de la solidaridad,
siendo la respuesta sencillamente que, a mi entender,
el poner en práctica este concepto no significa exclusivamente
aumentar por aumentar el número de becas destinadas
a los alumnos, sino velar por que primen eficacia y
eficiencia a la hora de efectuar el reparto de los recursos
económicos disponibles y así evitar que los cuantiosos
fondos destinados a la Universiad finalmente acaben “desaprovechados” en
aulas en las que solo hay cinco alumnos matriculados,
de los cuales únicamente tres son asistentes, mientras
que más de un trabajador de este país no puede llegar
a fin de mes debido a que tiene que destinar parte de
su salario a pagar una serie de impuestos con los cuales
se financia gran parte de la Educación Superior y las costosas “aulas fantasmas”.
Habitualmente,
la sociedad de la que formamos parte, nos encomienda
a los universitarios el asumir un papel crítico y constructivo
en el desarrollo de nuestra sociedad, por lo que siendo
coherentes, tenemos que comprometernos con su futuro
y contribuir en lo que esté en nuestra mano para que,
a poder ser, este nos depare unas condiciones de bienestar
superior, siendo imprescindible para ello que comencemos
mejorando nuestro entorno más
próximo, la Universidad.
Desgraciadamente,
la mayor parte
de los universitarios, aunque critican, no se implica
en la búsqueda de soluciones y alternativas a los problemas
de la sociedad ni de la
Educación
Superior,
nos encontramos ante una situación generalizada de apatía
participativa, cuya característica principal es la permanente
espera en la que observo asumidos a un gran porcentaje
de universitarios, ansiosos de que se produzca cualquier
excusa para lanzarse a la calle a quejarse, como si
no existiese ninguna otra vía para expresar nuestro
malestar ante ciertos temas. Estamos inmersos en lo
que defino como hibernación estudiantil universitaria,
dejamos nuestro intelecto y capacidad crítica durmiendo
permanentemente en casa, despertando exclusivamente
para las manifestaciones.
Lo más triste es que mientras
ponen todo en entredicho, la mayor parte no se detienen
a pensar que parte del origen y la pervivencia de los
problemas de la universidad es suya, porque con qué
moralidad se puede exigir respuestas y soluciones a
los que ostentan responsabilidades en este ámbito, si
cuando se nos pregunta y se nos trata como a seres racionales
no respondemos como tal.
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El quejarse y el reclamar,
están muy bien si se tiene una intención constructiva
y se aspira a mejorar la actual o futura situación de
nuestra educación superior, pero con que legitimidad
alguien puede permitirse el lujo de cuestionar si cuando
era el momento de actuar y apostar por diferentes alternativas,
no mostró ni el más mínimo interés. Este contexto, en
el que los estudiantes universitarios, por no molestarse,
ni siquiera se molestan en ejercitar su derecho al voto
en la Universidad
cuando tenemos la oportunidad, creo que es fruto de
la estabilidad
en la que muchos se han acomodado, fruto del caduco
modelo de estado neo-corporativo en el que nos hemos
criado los jóvenes, e inculcado el miedo a lo justo
y a lo desconocido, convirtiéndonos en “señoritos”.
Si
la sociedad confía en que seamos dinámicos y emprendedores
habrá que experimentar cambios y adaptaciones, no puede
pervivir el fomento de una supuesta solidaridad carente
de toda racionalidad, tenemos que primar otro concepto
de ésta que se sustente en el esfuerzo, el trabajo y
la justicia. De no ser así, no avanzaremos, y la mayor
parte de los universitarios, continuará limitándose
únicamente a quejarse y a denunciar que
si el futuro de la Universidad corre peligro, que si solo podrán acceder las elites
económicas… pero afortunadamente, existimos universitarios
críticos con el actual modelo, afrontando la realidad
y las alternativas desde la responsabilidad, siendo
conscientes de que en España no podemos permitirnos el lujo de
no ir en los vagones que lideren la locomotora de la
construcción del Espacio Europeo de Educación Superior.
Tenemos que dejar de ser siempre
los últimos en todo, no podemos desaprovechar esta oportunidad
que se brinda a la
Educación
Superior
europea, especialmente a la española, si queremos progresar
e incorporarnos al tren del S.XXI. Si para conseguirlo,
hay que implicarse, ceder y adaptarse a las tendencias,
lo haremos, porque en esta revolución universitaria
que se está produciendo en el viejo continente debemos
liderar, y no sumarnos a los éxitos con medio siglo
de retraso, como históricamente ha sido costumbre en
este país.
Superemos las actitudes
reacias que muestran amplios sectores, que pueden suponernos
una costosa factura en un futuro no muy lejano, y afrontemos
por el bien de nuestra sociedad y su desarrollo, los
imprescindibles cambios y adaptaciones. Comencemos para
ello asumiendo el que la realidad universitaria
es la que es, nos guste o no, sin significar el que
tengamos que idolatrarla ni renunciar a las reformas,
sino el tomarla como punto de partida.
El proceso
de reformas que ha de seguir la Universidad, debe de ser similar a la trayectoria
histórica experimentada por el comunismo. Me explico.
El ideario comunista, hace un siglo contribuyó a mejorar
las condiciones de vida de nuestros paupérrimos antepasados,
por lo era legítimo y su puesta en práctica deseable,
pero actualmente en los países desarrollados, en el
que partimos todos de una considerable igualdad de oportunidades,
este carece de razón y de toda justificación, ocurriendo
exactamente lo mismo con el modelo de universidad generalizada
que hoy conocemos en España. En la segunda mitad del
siglo XX la contribución de este resultó más que útil
y satisfactoria en cuanto que consiguió extender a la
práctica totalidad de los ciudadanos la oportunidad
de cursar estudios superiores y establecer las bases
para gozar de unas condiciones mínimas de Bienestar,
inimaginables a principios de siglo, pero al responder
este modelo a unas características sociales y estructurales
propias de hace un cuarto de siglo, ha dejado de ser
útil, debido a que estas han progresado y experimentado
una destacable e importante evolución.
Hay que buscar
respuestas a las mayores demandas de calidad que se
realizan desde la ciudadanía, lo cual nos conduce a
la necesaria reformulación del modelo universitario,
tanto desde el punto de vista económico como funcional,
tal y como plantea la construcción del Espacio Europeo
de Educación Superior.
Lo pasado,
pasado está, y cada cosa, a su debido tiempo. Ha llegado
el momento de no conformarse con el mejorable modelo
de Educación Superior que ha tocado techo y que los
universitarios y nuestros profesores sufrimos en España.
Nuestro
sistema universitario arrastra deficiencias que no pueden
ni deben ser combatidas sin nuestra complicidad, por
lo que los universitarios tenemos que comprometernos
con su desarrollo, progreso y mejora, velando por una
adecuada distribución de los recursos disponibles y
presionando para facilitar nuevas oportunidades, como
son por ejemplo los intercambios con el extranjero,
siendo imprescindible para ello es imprescindible nuestra
implicación.
Debido
a este planteamiento que formulo, actúo en consecuencia,
compaginando mis estudios universitarios con mi sentido
de la responsabilidad social y la participación estudiantil,
ya que lo académico no puede prevalecer a toda costa.
Si uno se lo propone, hay tiempo para todo, y así no
tendremos por qué renunciar a velar por que la calidad
de los estudios que cursamos sea la adecuada, o esperar
a encontrarnos con todos los problemas con los que nos
enfrentamos cuando nos decidimos un año a irnos a otro
país con una beca Erasmus.
Si
previamente a nuestra marcha al extranjero, para cursar
nuestros estudios con el fin de poder aprender un nuevo
idioma, conocer otras culturas, experimentar nuevas
experiencias…, más de uno se hubiese preocupado de solucionar
la infinidad de trabas a las que nos enfrentamos, todo
resultaría más sencillo, la pena es que no todos los
universitarios se implican cuanto debieran.
Para
superar las
incontables deficiencias que observamos en nuestro proceso
de formación, hay que fomentar la participación
en el contexto universitario, desde los niveles locales
hasta los transnacionales, para que así los estudiantes
podamos contribuir con nuestro esfuerzo a combatir los
problemas,
lo cual paralelamente nos concienciará de los beneficios
y ventajas que conlleva el cambio universitario que
estamos experimentando.
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Una
forma válida para conseguir esto último, que adopta
como propia el proceso de reformas al que asistimos,
es el fomento de la movilidad de los estudiantes con
otras universidades europeas y las oportunidades de
formación que supone, ya que nos permite la posibilidad
de observar y ser partícipe de las diferentes realidades
nacionales que fomenta la creación del EEES. De este
modo estoy convencido de que finalmente comprenderemos
la importancia y el bienestar que nos reporta la expansión
de la globalización, muy especialmente en su vertiente
enfocada a la formación y transmisión de los conocimientos,
ya que supone, nada más y nada menos, el que podamos
aumentar nuestras posibilidades de experimentar en primera
persona la movilidad internacional para completar nuestra
formación en países diferentes al nuestro, eliminando
las limitaciones geográficas.
En
este terreno hemos tenido bastante suerte en los últimos
años, ya que nuestras autoridades educativas, así como
las del resto de Europa, se han preocupado de poner
en marcha la introducción del suplemento europeo al
título, permitiendo de esta forma poner en marcha un
proceso de modernización y armonización de los diferentes
y complejos sistemas universitarios del viejo continente,
que configure a Europa como una auténtica realidad educativa
que camina hacia la convergencia real, gracias a medidas
adoptadas como el establecimiento de niveles de cualificación
y un sistema de créditos para el conjunto de países
inmersos en el proceso, los cuales nos permiten comparar
con mayor facilidad los estudios y promover la extensión
del abanico de posibilidades de estudios y destinos
a los que podremos optar los universitarios, aumentando
así la dimensión europea de la educación superior y
nuestras oportunidades de trabajo a nivel internacional.
Esta
oportunidad histórica que se nos presenta, trazada y
diseñada en París, Bolonia, Praga y Berlín, afortunadamente
la estamos aprovechando, debido a que además del océano de oportunidades formativas
como las nombradas, ya no tendremos que estar encerrados
en un aula escuchando y tomando apuntes de interminables
lecciones teóricas cuya utilidad futura carecerá de
toda rentabilidad en relación con el tiempo y esfuerzo
invertidos.
El que sea sumamente positivo, no ha
de impedirnos el ver la realidad desde una visión lo
más objetiva posible, como puede ser el caer sumidos
en contradicciones. Si vivimos
en la denominada Sociedad del conocimiento, resulta
paradójico como puede pretenderse suprimir titulaciones
como Humanidades, ya que de esta forma no alcanzo a
comprender qué conocimientos vamos a generar.
La
institución universitaria, a lo largo de la historia
ha actuado y actúa como motor del desarrollo de la sociedad
y del conocimiento, papel el cual puede llegar a peligrar
si su esencia crítica desaparece. Titulaciones como
Matemáticas o Física son y serán muy importantes en
cuanto al progreso, y nadie discute su pervivencia,
pero seamos realistas, si hemos llegado al siglo veintiuno
en contextos de libertad y democracia, no ha sido precisamente
gracias a carreras como estas, ya que no creo que promuevan
una conciencia y capacidad crítica que contribuya al
desarrollo de nuestra sociedad, aunque puede que esto
no sea motivo
suficiente para que el Estado mal invierta fondos públicos
en una formación que no va a conducir a ningún resultado
que, con certeza, conlleve a un aumento de la productividad
ni la rentabilidad del conjunto de la sociedad.
No olvidemos que no
hay mejor política social que el gestionar el fruto
del trabajo y el esfuerzo de los españoles persiguiendo
una relación más positiva entre los costes y los servicios
prestados. El reducir la factura docente, suprimiendo
carreras irrelevantes para nuestro porvenir, puede conducir
a una importante liberación de recursos con los cuales
se podrían afrontar los nuevos retos en investigación,
tecnología… del sistema universitario español, o simplemente
a atender las nuevas y crecientes demandas realizadas
desde la ciudadanía.
Como vemos, pueden que no todas
las reformas respondan a nuestros ideales, pudiendo
que exista algún que otro inconveniente, pero el proceso
de construcción del Espacio Europeo de Educación Superior,
en su conjunto, es indiscutiblemente positivo, tanto
para los universitarios, las cuentas públicas, así como
para la sociedad en su conjunto, por lo que sin duda
tenemos que adaptar todo nuestro sistema de enseñanza
superior al proceso de convergencia europea.
Si podemos conseguir preservar
la esencia crítica de la Universidad, mejor que mejor, pero tenemos que ser conscientes
de que para poder construir el EEES, todos los países
tendremos que llegar a sacrificar parte de nuestra esencia,
e incluso carreras con larga tradición en España, pero
es el precio que hay que pagar para poder satisfacer
las demandas que realiza la sociedad global
en la que vivimos, de una formación más cualificada
y adecuada de los profesionales, para que sea posible
el avance científico y tecnológico.
Además, es muy importante no olvidar
que este proceso no solo se está
enfocando a facilitar los intercambios, sino también
a reformular el actual concepto de Educación Superior,
hacia otro más amplio, de forma que la Universidad
se transforme y deje de ser un complejo de edificios
en los que los profesores imparten insoportables e improductivas
clases a modo de lecciones magistrales.
Ejemplo de ello es la entrada
en vigor del European
Credits Transfer System, que tendrá en cuenta
el volumen final del trabajo realizado, incluyendo otras
actividades académicas, a parte de las clases teóricas
y prácticas, a diferencia del actual modelo de Universidad
caracterizado por la rutina y el tomar apuntes, del
cual no pueden surgir ideas ni inquietudes.
Por
fin se valorará el esfuerzo y trabajo que realizamos
fuera de la facultad. Ya era hora, porque resultaba
fustrante el querer progresar y obtener una adecuada
calificación y que no pudieses sino era a través de
un examen. Si un profesor nos evalúa exclusivamente
conforme a la nota de un examen final, sin preocuparse
de buscar el interés del alumnado y sin tener en cuenta
el trabajo e interés mostrado a lo largo de todo un
curso, nos limitaremos a pedirles los apuntes a un compañero
y nos lo estudiaremos en una semana, y a los tres meses
de la realización del examen, nadie se acuerda de nada
de lo memorizado con el exclusivo fin de aprobar una
asignatura. Esta es la realidad, los alumnos vamos a
clases para aprender y se reconozcan el trabajo y los
conocimientos adquiridos a los largo de un año, si no
se tienen en cuenta conduce a la indiferencia, la cual
combate afortunadamente el sistema de créditos europeos.
Aunque
no lo comprenda, más de un miembro de la comunidad universitaria
se mostrará reticente a las reformas,
aunque sus fines sean modernizar y dotar de una mayor
calidad a los servicios prestados, pero bueno, tienen
derecho a luchar por defender el actual sistema universitario,
ya sea porque tenga el convencimiento de que este es
una utopía materializada que hay que preservar a toda
costa o, que pese a reconocerle carencias, son contrarios
a los ejes fundamentales en los que se basan las reformas.
Nadie discute su legitimidad, pero al igual que puede
defenderse tal postura, me permito, para concluir, apelar
a la seriedad y responsabilidad, especialmente de mis
compañeros universitarios, para comprender que los ideales
no dan de comer, nos guste o no, por lo que hay que
renovarse o morir, esta es la cuestión. El “más vale
lo malo conocido que lo bueno por conocer” no es valido
en un mundo globalizado, está en juego nuestro futuro,
y nuestras oportunidades de gozar de unas mejores condiciones
de vida van parejas a esta reforma, si triunfa, triunfaremos,
por lo que trabajemos para facilitar su puesta en práctica.
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