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1.
INTRODUCCIÓN
2. LOS DOS ESCENARIOS, LOS CONVENCIONALES,
LOS DOS PARTIDOS
    2.1. Los dos escenarios: Convención y
CIG
    2.2. Los convencionales españoles
    2.3. Las dos perspectivas acerca de la construcción
europea
3. EL ESCENARIO CONVENCIONAL
    3.1 Análisis del
discurso político
       3.1.1.
Naturaleza de la integración y naturaleza de
la Convención
         A.
El punto de partida del PP: la integración funcional
         B.
La posición del PSOE: la tarea de civilizar la
globalización
       3.1.2.
Las prioridades de la agenda convencional
       3.1.3
Las alianzas
     3.2. Análisis
de la actividad
       3.2.1.
Las contribuciones
       3.2.2.
La actividad en los grupos de trabajo y en el pleno
       3.2.3.
Otras actividades
4. A MODO DE CONCLUSIÓN: EL SEGUNDO
ESCENARIO Y LA HERENCIA DE LA CONVENCIÓN
5. BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
1. Introducción
Mucho se ha dicho y escrito acerca de la oportunidad histórica que se abrió
para el futuro de Europa con la Declaración Laeken,
redactada en diciembre de 2001. Por un lado, hubo quien
desempolvó los sueños federalistas heredados de la línea
genealógica que abarca desde Spinelli
hasta Kant pasando por el enigmático Conde Coudenhove
Kalergi, y dándole a la República
Universal la renovada forma de Europa Constitucional.
Pero también retornaron los agoreros del fracaso permanente,
que ven el proceso de integración nacido en 1951 como
la demostración de que Europa no podía ser nada más
allá de lo que los jefes de estado y de gobierno querían
que fuese, y que en la Convención no vieron más que
hipocresía disfrazando de buenas palabras los intereses
propios más egoístas.
Probablemente, el significado futuro de la puerta abierta por la Declaración
Laeken sea tan difícil
de valorar como la inteligente ambigüedad con que fue
redactada, en una clásica operación diplomática para
contentar a los gobiernos más reacios a desentenderse
del modelo de Conferencia Intergubernamental que había
imperado hasta entonces y al mismo tiempo a aquellos
que veían peligrar el equilibrio entre grandes y pequeños
con una Europa a veinticinco donde los países más poderosos,
por sí solos, podían imponer con facilidad la agenda
y las condiciones de negociación.
Pero lo que no cabe duda es que la Convención Europea ha marcado una nueva etapa
en la forma en que la integración europea afronta la
elaboración de su legislación primaria, llamada por
primera vez constitucional. Al margen de sus defectos
y sus virtudes, el modelo convencional (al que debería
considerarse “convencional sui generis”) ha provocado
al menos tres fenómenos que me interesa destacar ya
que mantienen íntima conexión con los objetivos de este
texto. En primer lugar, ha expuesto públicamente el
debate en torno a las materias constitucionales de la
integración europea, así como a sus fines, sus principios
y valores, y su naturaleza. Los miembros de la Convención
(representantes de los gobiernos incluidos) se vieron
forzados a utilizar la argumentación, y no la negociación,
como la principal arma para convencer a los demás de
su postura.
En segundo lugar, la Constitución entregada por Giscard D’Estaign a los líderes europeos como “punto de partida”
para los trabajos de la Conferencia Intergubernamental,
resultó tener un alto grado de aceptación en la misma
y fue tomada en su mayor parte como un “punto de llegada”,
marcando profundamente la diferencia con otros modelos
de preparación de CIGs, como
el desarrollado en Ámsterdam a través del Grupo de Reflexión.
Al menos formalmente, los representantes de los estados
en la CIG debían argumentar por qué algo que habían
sido consensuado entre “tantos”, debía modificarse ahora
por el interés de “unos pocos”. En este callejón se
encontró el Gobierno español, que no supo o no quiso
justificar públicamente cuál era su postura a la hora
de rechazar el acuerdo institucional.
Por último, el modelo convencional permitió a sus integrantes la posibilidad
de buscar alianzas múltiples (no exclusivamente nacionales)
a la hora de defender y justificar sus argumentos y
posiciones. Esta situación, que habermasianamente
podríamos calificar como el nacimiento de la esfera
pública europea, se da ciertamente en el Parlamento
Europeo desde los años ‘80 a través de la organización
de los grupos políticos en base a orientaciones ideológicas,
y no territoriales. Pero la Convención Europea amplió
de tal forma la base de los participantes en los debates
que la riqueza de los puntos de vista y las coaliciones
posibles, así como la naturaleza misma del “espíritu
convencional”, permitieron un tipo de interacción política
considerablemente novedoso. Conviene aclarar, sin embargo,
que las posibilidades brindadas por el modelo no siempre
fueron aprovechadas ya fuera por motivos culturales
(diferentes lenguas, por ejemplo), personales (mejores
relaciones entre unos y otros miembros) o, incluso,
de interés nacionales (a la hora de defender comúnmente
una postura consensuada en la política europea de un
estado).
Estos tres fenómenos son especialmente interesantes para analizar cuál fue la
posición de los partidos políticos españoles en el proceso
de integración europea en un contexto que obligaba a
los mismos a mostrar un posicionamiento claro en muchos
ámbitos comunitarios, así como a realizar una defensa
basada en argumentos legítimos de las posturas proclamadas
y a buscar alianzas múltiples y variadamente justificadas.
[^
SUBIR]
2. Los dos escenarios, los convencionales, los dos partidos
En este apartado trataré de trazar las características principales de las variables
que forman parte del estudio, repartidas en tres epígrafes
sucesivos que se refieren a los condicionantes que determinaron
la actuación de nuestros convencionales, para luego
poder realizar un estudio más detallado de la actuación
de los mismos. En primer lugar, se trazarán las diferencias
en la naturaleza misma del modelo de interacción política
entre la Convención y las CIG`s.
En segundo lugar, destacaré las “diferencias de origen”
en el nombramiento de los representantes españoles (de
los cuales dos incluso no fueron designados bajo la
etiqueta de “representantes españoles”, sino que lo
eran del Parlamento Europeo), para por último trazar
la adscripción ideológica a priori deducible
de los convencionales populares y socialistas.
[^
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2.1.
Los dos escenarios: Convención y CIG
La convocatoria de una nueva convención para afrontar la reforma de los tratados
que se había impuesto desde dentro el Tratado de Niza
al incluirlo a última hora en una de las declaraciones
anexas al Tratado, puede analizarse como la culminación
de dos procesos paralelos. Por un lado, el éxito con
que dicho modelo había abordado la recopilación de los
supuestos principios y derechos fundamentales comunes
a los estados miembros, y que dio lugar a la Carta de
los Derechos Fundamentales de la UE. La armonía con
la que los “primeros” convencionales había dado a luz
un texto que comenzó inmediatamente a considerarse vinculante
por varios de los abogados generales del Tribunal de
Justicia (Menéndez, 2003), contrastaba fuertemente con
las discordias de última hora y el resultado alambicado
de los acuerdos concluidos en Niza a finales de 2000.
Por otro lado, desde principios de los noventa gran parte de la opinión pública
europea y muchos de sus actores políticos habían denunciado
el creciente déficit democrático que arrastraba el proceso
de integración europea, en especial a la hora de elaborar
aquellos capítulos referidos a su constitución material
y su legislación primaria, que eran abordados aún desde
el prisma del Derecho Internacional en conferencias
intergubernamentales. La necesidad de afrontar públicamente
el carácter constitucional de muchas de las políticas
de de la UE era observado por muchos como el momento
adecuado para solucionar gran parte del déficit arrastrado
desde el Tratado de Maastricht
y el no danés.
Estas dos motivaciones, que estamos de acuerdo con Closa
en denominar de eficacia y de legitimidad (Closa, 2004), fueron hiladas estratégicamente por la presidencia
holandesa para pactar en el Consejo Europeo de Laeken
de diciembre de 2001 la convocatoria de una nueva convención
que abordaría con una nueva base de legitimidad la primera
fase de la reforma prevista en Niza. Como señala Paul
Magnette, la tarea de la presidencia
holandesa estaba íntimamente ligada a una tercera motivación
de los países más pequeños, preocupados por seguir manteniendo
ciertas influencias en el proceso de reformas. Su apoyo
al método convencional (como su tradicional apego al
modelo comunitario de gestión de la mayoría de las políticas
europeas) servía como estrategia para mantener su capacidad
de influencia en una “Europa a 25” donde los estados
más poderosos estaban en mejor situación de partida
si el modelo de interacción política consistía en la
negociación intergubernamental (Magnette,
2003).
Esta doble motivación (técnica y de legitimidad democrática) a la hora de
convocar la Convención determinó la existencia, santificada
por la ambigüedad con la que la Declaración Laeken
había sido redactada, de dos discursos en torno a lo
que los convencionales tenían por tarea encomendado:
el discurso intergubernamentalista
que ponía hincapié en el hecho de que la decisión final
quedaba en manos de la CIG y el discurso “constituyente” [1] que reclamaba el resultado final de los trabajos
de la Convención como el único ciertamente legítimo
para determinar la futura Constitución Europea. La forma
en que ambos fueron expresados a lo largo de los trabajos
de la Convención no fue, salvo en contadas y dramáticas
ocasiones (como sucedió durante la apertura del capítulo
institucional pactado en Niza) explícita o radical.
En muchas ocasiones, los convencionales se vieron influenciados
por ambos discursos. Como señala Magnette,
las actuaciones estratégicas no fueron abandonadas nunca
por los convencionales, pero unos y otros se vieron
fuertemente obligados a argumentar para ganarse el apoyo
de los demás (y de la opinión pública), se vieron obligados
a “negociar bajo la sombra de la retórica” (Magnette,
2003). Cuando José María Aznar, en el discurso que dio en la sesión inaugural de la
Convención en virtud de la presidencia española semestral
de la Unión, remarcó que “Niza es la razón de que estemos
hoy aquí” [2] hacía aflorar educadamente el primero de los
discursos que señalábamos, aunque luego los convencionales
populares que participaron en la Convención compartieron
el “espíritu convencional” que Giscard
reclamaba ese mismo día a los presentes en la sesión
inaugural, y desempeñaron una gran parte de su labor
bajo “la sombra de la retórica”.
Estas dos posiciones de los actores políticos pueden exponerse idealmente a
partir de los correlatos extremos de dos corrientes
académicas diferentes acerca del proceso de integración
europea. En una de ellas, Andrew
Moravcsik señaló en línea
con su teoría liberal intergubernamentalista
que la convocatoria de la Convención no modificaría
aquello que los estados no estuviesen de por sí dispuestos
a modificar, y para demostrarlo remarcaba el hecho de
que Laeken había convocado
una Convención para preparar el “punto de partida” de
las tareas del Consejo Europeo, y que éste decidiría
en última instancia marcado por el derecho de veto de
todos los estados, tal y como es propio de los tratados
internacionales (Moravcsik, 2003).
En el otro extremo podemos destacar las teorías democrático-deliberativas,
que en línea con los supuestos de las teorías habermasianas de la acción comunicativa en las esferas públicas,
contrastaron el trabajo y las condiciones de interacción
política desarrollados en la Convención con un modelo
ideal donde la legitimidad democrática se viese reforzada
formal y sustantivamente a través de la deliberación
pública. Para ello, debían cumplirse condiciones que
de hecho no aparecían ni por encima ni por debajo de
la letra de la Declaración Laeken, como el carácter electo de los miembros, la participación
de numerosos públicos (o foros civiles) en la configuración
de la agenda, la independencia real de las posiciones
de los convencionales y de sus argumentaciones o el
carácter vinculante del texto finalmente aprobado (Fossum; Menéndez, 2004). Esta línea argumental afloró en numerosas
ocasiones en medio de un discurso opuesto al intergubernamental
en el que los convencionales se veían a sí mismos como
verdaderos miembros de un constituyente, aunque fuesen
casi siempre bajados a tierra por las intervenciones
de los más pragmáticos. En esta última línea, Ana Palacio
y Alfonso Dastis dejaron claro
que hablaban en nombre del Gobierno español cuando en
los últimos meses declaraban en el pleno y por vía escrita
que el país que representaban “no podrá aceptar la modificación
de los acuerdos de Niza” [3].
A pesar de que la Convención no cumpliese propiamente con los requisitos deliberativos
de esta segunda tendencia, varios autores han destacado
el hecho de que el comportamiento en la misma fuese
cualitativamente distinto al que tiene lugar en el seno
de las CIG’s. En este sentido, podemos concluir que
la Convención Europea se caracterizó por imprimir la
obligación a sus miembros de, al menos, defender sus
intereses a través de la exposición pública de razones
(y por lo tanto, susceptible de crítica desde mejores
argumentos). El tipo de argumentos empleados puede representarse
en un continuo que va desde la justificación racional
y abstracta (en el caso de temas poco conflictivos y
altamente técnicos como la personalidad jurídica de
la Unión) hasta la defensa de intereses nacionales sin
justificar (como en el caso arriba señalado de la representación
española en mayo de 2003), pasando por una amplia gama
que permitió el uso de argumentos prácticos e incluso
de técnicas diplomáticas de resolución de conflictos,
que trasladaban el debate para otro momento u otro foro
cuando un tema espinoso amenazaba con romper el diálogo
como de hecho sucedió con la Política Exterior Común
durante la invasión de Irak en marzo de 2003, el debate
sobre la herencia religiosa cristiana o el reparto de
poder institucional (Magnette,
2003).
Por un lado, los convencionales más ambiciosos sabían que la CIG era la encargada
de aprobar en última instancia el texto obtenido en
sus debates, por lo que amoldaron sus argumentos a la
posibilidad de que fuesen aceptables. Y al mismo tiempo,
los más escépticos aceptaron las reglas de procedimiento
para evitar ser excluidos de la configuración del resultado
final. Como señala Peter Norman
en referencia al modo de interactuar en los grupos de
trabajo:
The participants in the working groups found they had
to explain their positions (…). A “sovereign no” in
an IGC was just that –a rejection with no obligation
to explain. The dynamics of the successful working groups
were very different. There the government representative
would be obliged to debate and explain or risk losing
credibility and influence in the peer group. (Norman,
2004)
Cabe entonces presuponer que los convencionales que no estaban obligados a firmar
el tratado en la CIG de finales de año (aquellos pertenecientes
al partido en la oposición, o nombrados por instituciones
europeas), tenían más libertad para instalarse en el
continuo antes señalado en posiciones mucho menos “egoístas”
y utilizando argumentos más abstractos. Conviene por
ello pasar a conocer cuáles eran los convencionales
españoles y cuáles sus orígenes (partiendo de la base
de que no eran independientes en el sentido que el modelo
constituyente ideal impone), para estar en disposición
de entender mejor aún su comportamiento.
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2.2.
Los convencionales españoles
Se podrían trazar varios tipos
de clasificaciones para agrupar a los convencionales
españoles. Todas contienen a la vez limitaciones y virtudes
explicativas, y por ello obligan a conocer cada contexto
de actuación para saber cuál es la fractura que determina
sus comportamientos.
| Fractura Parlamento-Gobierno |
|
| Nombramiento por el Gobierno (2) |
Nombramiento por un órgano parlamentario (6) |
Ana Palacio,
Carlos Bastarreche
(sustituido por Alfonso Dastis) |
Parlamento Nacional (4):
Josep Borrell,
Gabriel Cisneros,
Diego López Garrido, Alejandro Muñoz Alonso |
Parlamento Europeo
(2):Iñigo Méndez de Vigo,
Carlos Carnero |
|
Fractura ideológica
|
|
|
Miembros del PP (5)
|
Miembros del PSOE (3)
|
|
Ana Palacio, Carlos Bastarreche (sustituido por Alfonso Dastis), Gabriel
Cisneros,
Alejandro Muñoz Alonso, Iñigo Méndez de Vigo
|
Josep Borrell,
Diego López Garrido,
Carlos Carnero
|
|
FRACTURA ORGANIZATIVA
|
|
|
Miembros del Presidium (2)
|
Miembros del pleno (6)
|
|
Iñigo Méndez de Vigo,
Ana Palacio
(sustituida por Alfonso Dastis)
|
Josep Borrell, Gabriel Cisneros,
Diego López Garrido, Alejandro Muñoz Alonso, Carlos Carnero, Carlos
Bastarreche
(sustituido por Alfonso Dastis, a su vez sustituido por Ana Palacio)
|
Debemos añadir una serie de comentarios que aclaran y complementan las divisiones
efectuadas. En primer lugar, hay que destacar la alta
presencia de convencionales de origen español en comparación
con los de otras nacionalidades debido a la confluencia
de varios motivos. Por un lado, están aquellos que España
tenía derecho a nombrar en igualdad con el resto de
los estados miembros y candidatos. Además, se suman
aquellos que componen el Presidium,
tanto por coincidir el origen de los debates convencionales
con la presidencia española (que le permitía nombrar
un representante en dicho órgano en representación del
Consejo Europeo), como porque uno de los representantes
del Parlamento Europeo elegido fue el popular Íñigo
Méndez de Vigo. Además, la labor de los españoles en
la Eurocámara se veía recompensada con el nombramiento
del socialista Carlos Carnero como uno de los suplentes
de dicho órgano en el pleno, que se acabó convirtiendo
en uno de sus miembros más activos cuando el devenir
inicial de la Convención desterró la fractura representante-suplente
(motivo por el cual no hemos señalado diferencia a partir
de este criterio en nuestros cuadros).
La presencia del Gobierno español en el Presidium (en virtud de la ocupación de un desempeño, como
la presidencia rotatoria del Consejo, que le obligaba
a ser lo más neutral posible) pudo modelar parte de
la actuación de los españoles, obligándoles a mostrar
una actitud menos beligerante de lo esperado en lo que
respecta a la defensa del interés nacional por parte
de un gobierno como el de José María Aznar, que a menudo se había declarado a gusto con las fórmulas
intergubernamentales en la gestión de los retos europeos.
Asimismo, conviene recordar que las trayectorias personales de los convencionales
españoles avalaban en varios casos una disposición y
una capacidad especiales para entender los asuntos europeos.
Este hecho pareció corroborarse de forma más intensa
entre los representantes populares que entre los socialistas,
ya que la presencia en el gobierno en los últimos años
de los primeros favoreciera esta acumulación de experiencia.
Cabe destacar la trayectoria “europea” de los populares
Iñigo Méndez de Vigo, Ana Palacio o Alfonso Dastis,
y del socialista Carlos Carnero.
[^
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2.3.
Las dos perspectivas acerca de la construcción europea
Durante el primer semestre de 2003, al hilo de la ruptura vivida en Europa
en torno al apoyo o al rechazo de la política exterior
estadounidense en Irak, el debate político en España
trajo cada vez más a colación la existencia de una ruptura
paralela de la política exterior nacional basada en
un consenso construido, al menos en sus líneas maestras
y en los grandes temas, entre los principales partidos
del espectro político (lo cual incluía a los partidos
nacionalistas cuando apoyaban al gobierno de turno en
minoría). Las acusaciones iniciales dirigidas contra
el Gobierno Aznar se centraron en criticar su apoyo sin condiciones a
la estrategia del presidente Bush
y el papel principal que había protagonizado impidiendo
la existencia de una postura única europea en la crisis
de Irak a raíz de la publicación de la polémica Carta
de los Ocho [4].
En este sentido, Andrés Ortega se veía obligado a recordar
sintomáticamente en su columna habitual de El País que
“somos europeos, no americanos”
[5], y un mes y medio más tarde Ignacio Sotelo
escribía un largo artículo preguntándose hasta qué punto
la nueva relación transatlántica de nuestro país podía
considerarse una ruptura en su política exterior
[6].
Pero estas críticas iniciales centradas en la relación española y europea con
los EEUU se trasladaron definitivamente a un cuestionamiento
abierto del papel que estaba desempeñando el Gobierno
Aznar en la propia construcción europea cuando algunos de
sus representantes en la Convención amenazaron con bloquear
sus resultados finales si no se escuchaban sus demandas
explícitas de aparcar la reapertura de Niza. En el mes
de junio, el europarlamentario socialista Enrique Barón
era explícito en su crítica a la línea de ruptura del
consenso español europeo protagonizada por Aznar:
En cualquier caso se trata de una línea alternativa [en política europea] a
la integracionista seguida hasta ahora, que no fue sólo
la de los Gobiernos socialistas, sino la de toda la
generación política de hizo la transición. (El País,
12/06/03)
El continuado trabajo convencional de los populares quedó parcialmente empañado
y los medios y los partidos de oposición comenzaron
a criticar el alejamiento con respecto al “núcleo duro”
de la construcción europea, llegando a su momento climático
después del fracaso de la Cumbre de Bruselas en diciembre de 2003, cuando en el último pleno del
año toda la oposición acusó a Aznar
de “llevar a España a un aislamiento europeo sin precedentes” [7].
A pesar de la evidente ruptura que supuso la guerra de Irak y de la confrontación
abierta que los partidos mayoritarios protagonizaron
en la campaña para las elecciones europeas de junio
de 2004, conviene recordar que la existencia de una
política europea más o menos consensuada no había impedido
la existencia de diferentes ideas acerca de lo que debía
ser la construcción europea y el papel que debía desempeñar
España en la misma desde mucho antes. (Barbé, 1999;
Closa, 2001; Powell, 2003).
En líneas generales, y siguiendo las ideas expuestas por Carlos Closa,
destacan tres ámbitos en donde PP y PSOE han trabajado
en la misma dirección, incluso apoyándose mutuamente
desde Gobierno y oposición. Dichos puntos de consenso
son una concepción redistributiva
de la integración (aunque con matices significativos
derivados del modelo económico que ambos propugnan,
ya que los dos defienden la participación del país en
los Fondos Estructurales y de Cohesión), el rechazo
de los mecanismos de integración diferenciado y la defensa
de la consideración de España como país “grande” dentro
de las instituciones comunitarias. Este último punto,
como se hablará más adelante, parece haber sido uno
de los elementos de discordia en la campaña electoral
del pasado mes de junio (a partir de la aceptación por
parte del PSOE del sistema de votación por doble mayoría
en el Consejo), pero en el fondo ambos partidos no hacían
sino plantear estrategias alternativas para continuar
siendo un “grande” en una “Europa a 25”, al margen de
las acusaciones electoralistas que se cruzaron. Además
de estas tres líneas, hubo otros capítulos propuestos
en la agenda de Laeken en
los que ambos tomaron posiciones compartidas, como veremos
más adelante.
En cuanto a las diferencias, Closa destaca que el
punto de partida del PP es considerablemente más estatalista, ya que entiende la UE como el marco que permite
al estado-nación acomodarse y sobrevivir mejor al nuevo
contexto internacional. Esta visión está fuertemente
impregnada de una perspectiva y un estilo pragmático
y técnico acerca del proceso de integración, y centra
sus esfuerzos en promover a nivel europeo aquellos asuntos
que se corresponden con las inquietudes ideológicas
del propio gobierno popular como la liberalización económica
y la gestión de materias de alto interés nacional como
el terrorismo y la inmigración, en lugar de enmarcarse
en un proyecto amplia y coherentemente diseñado de Unión
Europea. Los tres rasgos principales que caracterizaron
la política europea española durante el Gobierno Aznar
son la renovación y el impulso de la relación atlantista,
el establecimiento de alianzas cambiantes (alejándose
de la preferencia por el eje franco-alemán de los gobiernos
socialista y de la UCD) y el objetivo de la liberalización
económica como prioridad de la integración europea (Closa,
2001).
Por su parte, el PSOE mantiene un optimismo europeísta más entusiasta que se
relaciona con la idea de Europa como remedio para normalizar
la historia política y económica de España de los tres
primeros cuartos de siglo XX, visión nacida en los años
del Regeneracionismo, pero aplicada a la construcción
europea comunitaria en los tiempos de la Dictadura Franquista.
En este sentido, se ve a sí mismo como un partido que
aspira a estar en la cabeza del proyecto federal con
una “influencia constructiva” (en oposición al pragmatismo
del PP) y poniendo especial énfasis en asuntos relacionados
con la cohesión social y la ciudadanía. La posición
del partido fue modificándose a lo largo la primera
mitad de los noventa hacia posiciones más “realistas”,
según el término empleado por Esther Barbé, lo cual
significaba en un contexto de fuerte inestabilidad económica
y política interna tomar más en cuenta la perspectiva
nacional y estatalista en
la construcción europea, tal y como se pudo observar
con ocasión de las posturas españolas ante la posible
adhesión a Noruega o en el primer caso de clara alianza
estratégica con el Reino Unido en Ioannina
(Barbé, 1999). Desde la oposición, el PSOE ha vuelto
a retomar el discurso integracionista que tradicionalmente
emparejaba interés nacional e interés europeo en una
misma dirección (Closa, 2001),
llegando a ser abiertamente explícito en la campaña
electoral de junio de 2004 en la adoptó el lema “Volvemos
a Europa” interpretando la etapa aznarista como un periodo poco integracionista y ajeno al
tradicional consenso nacional en este ámbito de la política
exterior española.
[^
SUBIR]
3. El escenario convencional
El comportamiento de los representantes
españoles en la Convención será analizado a partir del
estudio del discurso político de ambos partidos en torno
a la naturaleza de la integración europea y del modelo
convencional, así como a partir del análisis de la actividad
desplegada por los convencionales.
[^
SUBIR]
3.1. Análisis del discurso político
3.1.1. Naturaleza de la integración y naturaleza de
la Convención
A. El punto de partida
del PP: la integración funcional
“Niza es la razón de que estemos hoy aquí
[8] ”. Con esta frase colocada en medio de un discurso
considerablemente contenido (sobre todo si se lee en
contrapunto con los discursos más encendidos de Cox, Prodi y Giscard
D’Estaign), José María Aznar
dejó caer parte de su visión acerca del proceso que
se abría ese mismo día en la Convención Europea, y transmitió
por extensión parte de su perspectiva acerca de la forma
en que la integración europea debía ser conducida. Fue
una frase suelta, pero que cayó en redondo sobre las
ilusiones de los convencionales más entusiastas. Reivindicar
Niza era en, primer lugar, tratar de dar a entender
que la legitimidad de lo que se decidiese en el seno
de la Convención estaba supeditada al origen de su nombramiento
por los estados (hecho ocurrido realmente en Laeken,
y no en Niza, aunque en esta última ciudad se pusiese
la semilla), pero al mismo tiempo era recordar que el
mecanismo de reforma acabaría necesariamente pasando
por los estados nuevamente en una CIG posterior. Aznar
no nombró Niza dando a entender que el método de trabajo
en aquel Consejo Europeo había sido un fracaso, como
pensaban otros muchos líderes europeos, sino para remarcar
su versión acerca de las tareas que los convencionales
debían cumplir: vagamente, “la nueva etapa pide formas
nuevas de funcionamiento y deliberación para seguir
haciendo más Europa, como dice el lema de la
presidencia española de este semestre”. Además, en el
mismo discurso, el presidente español recordaba que
en su opinión “la integración europea no es un fin en
sí misma”, y concluía dando como consejo final a los
convencionales que “se mantenga una relación de sinergia
con el Consejo Europeo, ya que corresponde a esta Institución
adoptar las decisiones definitivas sobre la reforma
de los Tratados”. Los otros tres ponentes de ese día
sabían como él que el Consejo Europeo decidiría en última
instancia, pero no vieron necesario nombrarlo en aquel
contexto inaugural.
En segundo lugar, Niza había resultado un acuerdo especialmente beneficioso
para España gracias al esfuerzo diplomático español
por aprovechar las desavenencias entre Francia y Alemania,
que le permitió ganar casi tantos votos en el Consejo
de Ministros como los cuatro países más grandes de la
UE, cuando contaba con una población y una actividad
económica considerablemente inferior a los mismos. Incluso
los socialistas, cuando en la primavera de 2003 se abrió
el reparto de poder institucional pactado en Niza, titubearon
en la forma de criticar la oposición radical que Aznar
y su Gobierno mostraron entonces, que llegó incluso
a la amenaza de bloqueo del proyecto de tratado constitucional
(acción, por otro lado, de difícil ejecución en un órgano
de las características de la Convención). Las críticas
socialistas se dirigieron sobre todo a la pérdida de
escaños en la Eurocámara que Aznar había permitido a cambio de los votos en el Consejo,
y a su estilo marcadamente autoritario, pero no mucho
más
[9].
Así pues, podemos extraer dos ideas de aquel discurso: la consideración inicial
del mecanismo convencional como una fórmula técnica
al servicio de los estados para preparar la futura CIG
y la defensa del interés nacional como condición para
avanzar en la integración. Los problemas de legitimidad
democrática caían fuera del “paquete”, porque como el
propio Aznar declaraba en el mismo discurso “tal supuesta crisis
[existencial en el proceso de integración] coincide,
por el contrario, con una fase especialmente dinámica
del proceso unitario.” Sin embargo, en ese momento el
Tratado de Niza aún no había sido aprobado por Irlanda
después de su primer referéndum con respuesta negativa.
Eriksen y Fossum
señalan que existen tres tipos de argumentos para legitimar
el proceso de construcción europea: aquellos basados
en la eficiencia funcional de las tareas encomendadas,
aquellos argumentos que defienden la integración como
mecanismo institucional de defensa de unos valores prepolíticos
europeos comunes y aquellos que lo hacen en función
de principios universales y normativos como la extensión
de los Derechos Humanos y la democracia (Eriksen;
Fossum, 2000). La perspectiva del PP, y en especial
la de su líder, se enmarca en la primera de las categorías
referidas. En esa línea, Aznar
declaraba en una entrevista al periódico La Vanguardia
ante una pregunta acerca del modelo de Europa que España
defendería en la Convención:
La Europa de las realidades concretas. La Europa en
que yo creo es la Europa de las libertades, de los ciudadanos,
del mercado único, del espacio judicial común, es la
Europa del euro, la Europa reunificada y la Europa que
tiene unas instituciones suficientemente representativas
en términos democráticos y además razonablemente eficaces
en términos políticos. Cómo se llame eso es una cuestión
menor. (La Vanguardia, 13/01/02)
Para finalizar, hay que puntualizar lo escrito hasta ahora con dos consideraciones
que asimismo irán cristalizando a lo largo del análisis
que posteriormente hagamos de la actividad de los convencionales
populares. En primer lugar, hay que destacar que la
postura “estatalista” del gobierno del PP presentaba excepciones evidentes
en varios ámbitos del proceso de integración. Este hecho
queda bien reflejado en el tratamiento del concepto
federal de Europa por parte de los dirigentes populares.
En una situación algo paradójica, Aznar
había heredado la España que defendía la comunitarización
de la cohesión social y territorial, y la combinó con
una visión eminentemente estatalista y antifederal en otras muchas esferas como la
imposición fiscal y el empleo. Asimismo, en un fenómeno
que José Ignacio Torreblanca llama “transferencia de
problemas” (Torreblanca, 2001), no le resultó incoherente
mantener su postura intergubernamentalista
y a la vez promover la comunitarización
de aquellas esferas de especial interés en la agenda
popular como la lucha contra el terrorismo y la inmigración
ilegal. Como queda reflejado en las declaraciones de
Piqué al periódico El País, la posición del Gobierno
popular ante una Europa federal resultaba ambivalente:
A España siempre le ha ido bien la integración europea y los avances en
esa integración. Vamos a seguir siendo la punta de lanza
de todas aquellas iniciativas que permitan ir más allá
en ese proceso de integración, que significa discutir
sobre todo aquello que podemos hacer juntos. No discutir
sobre aquello que estamos haciendo juntos y que a lo
mejor a alguien le pueda interesar que volvamos a hacer
por separado. Y creo que eso hay que tenerlo muy presente,
porque, a veces, detrás de discursos formalmente federalistas
no necesariamente se debate aquello que podemos hacer
juntos cada vez más, sino que lo que se está debatiendo
es qué cosas podemos volver a hacer cada uno por nuestra
cuenta y que hasta ahora hacíamos juntos. (El País,
02/01/02)
En segundo lugar, cabe matizar la posición marcadamente estatalista
del PP a la hora de analizar el comportamiento de muchos
de sus miembros, como quedó reflejado en la labor de
sus convencionales, a menudo mucho más comprometidos
con el “espíritu convencional” de lo que se podía deducir
de las declaraciones de Aznar o Piqué antes destacadas. En parte, la posición española
fue modificándose a lo largo del devenir de la Convención,
tomando más en cuenta el trabajo en ella desarrollado.
El nombramiento de Ana Palacio como Ministra de Asuntos
Exteriores en el verano de 2002 sin renunciar a su puesto
en la Convención, adelantándose a la estrategia seguida
por otros países europeos, ilustra al mismo tiempo el
interés creciente depositado en dicho foro y el intento
del Gobierno por mantener una presencia más cercana
en el Presidium. Este proceso paulatino, sin embargo, no fue lógicamente
desinteresado, sino que era la réplica natural al hecho
de que el Gobierno considerase desde finales de 2002
abierta informalmente la futura CIG en el mismo seno
de la Convención, como señala Charles Powell
(Powell, 2003a).
[^
SUBIR]
B. La
posición del PSOE: la tarea de civilizar la globalización
De momento, en su haber [de la Convención] figura el
hecho mismo de que exista un borrador de Constitución,
ya que su mandato inicial se centraba en las reformas
solicitadas tras la frustrante experiencia del Consejo
de Niza. (El País, 12/06/03)
Enrique Barón, eurodiputado del PSOE, señalaba así la diferencia originaria
con el PP respecto a la valoración que ambos partidos
hacían de Niza. Escrito en medio de la crisis desatada
en el seno de la Convención por la reapertura del reparto
de poder institucional, el texto de Barón sacaba a la
luz de forma indirecta la mayor legitimidad del modelo
convencional (capaz de dotarnos de una Constitución),
frente al sistema de CIG’s. En esta misma línea, las
palabras de los líderes socialistas (aunque considerablemente
escasas por parte de su Secretario General, José Luis
Rodríguez Zapatero) acentuaban siempre su perspectiva
acerca del proceso de integración europea como un modelo
de gestión de la globalización marcado por la necesidad
de incrementar su legitimidad democrática y social.
Encuadrándose en el tercer tipo de los discursos destacados
por Eriksen y Fossum (que han sido esbozados más arriba), Zapatero declaraba
en un contexto marcado por la escalada de la tensión
prebélica en Irak que “Europa es la esperanza de la
paz en el mundo y de una distribución más justa de la
riqueza”, para añadir quelos
socialistas tienen recetas “para hallar un orden social
más justo, una globalización correcta” que exige reglas,
por ejemplo, para controlar “los movimientos de capital” [10].
Desde la oposición, el PSOE trató de reinterpretar el periodo de gobierno socialista
haciendo hincapié en las medidas más integracionistas
y federalistas promovidas por los gabinetes de Felipe
González, y dejando a un lado los episodios más estatalistas.
Ciudadanía y cohesión como banderas de un proyecto definido
a escala europea, y emparentado con las propuestas del
partido socialdemócrata alemán. Zapatero planteó desde
su llegada a la Secretaría General del partido una crítica
sistemática al hecho de que Aznar
hubiese transformado el legado dejado por Felipe González
(supuestamente a la cabeza de la construcción europea)
en un interés puntual por la liberalización económica
de Europa y la puesta en marcha del Euro (Closa,
2001).
A la crítica de la inexistencia de un proyecto propio y amplio acerca de
lo que debería ser Europa (que efectivamente se corrobora
en la escasez de documentos oficiales emanados del Gobierno
popular en torno a la construcción europea y de la ausencia
de un texto que sincretice su visión de la integración europea), los socialistas
añadieron la producción de numerosos documentos programáticos
acerca de las líneas que debería cumplir la UE en el
futuro, desde sus principios y valores hasta el desarrollo
de nuevas políticas comunes como las referidas a las
materias de exteriores [11]. El trabajo de los tres convencionales socialistas
estuvo frecuentemente orientado a trabajar en favor
de una Convención con una lectura maximalista de Laeken, como lo demuestra la lectura del texto presentado
en inglés y en español “Una Constitución Europea para
la paz, la solidaridad y los derechos humanos”.
[^
SUBIR]
3.1.2. Las prioridades de la agenda convencional
1. Reconocimiento constitucional de las regiones ultraperiféricas
Ambos partidos comparten la demanda de constitucionalizar el reconocimiento de las regiones ultraperiféricas, lo que aseguraría un tratamiento específico
a las mismas en materia de cohesión territorial y les
permitiría ciertas particularidades de orden fiscal
y económico. En este sentido, esta demanda se integraría
en la estrategia de “transferencia de problemas” que
caracteriza parte de política europea española, según
Torreblanca (Torreblanca, 2001).
2. Integración de la Carta de DdFf de la UE en la Constitución
Esta es otra de las materias en las que populares y socialistas compartieron
punto de vista, generando además un documento que firmaron
juntos al mismo tiempo que otros muchos convencionales
de otras nacionalidades [12].
En ella, todos los representantes de nacionalidad española
firmaron la petición de incorporar la Carta de DDFF
a la Constitución en lugar de relegarla a un protocolo
o reducir su carácter vinculante (como querían los convencionales
británicos en el Grupo de Trabajo), ya que “no sólo
el carácter jurídico vinculante sino también su presentación
política es esencial.”
Resulta interesante comprobar cómo en el documento firmado en marzo de 2003
confluyeron los convencionales españoles en un momento
en que la tensión derivada de otras materias (la política
exterior especialmente) estaba llegando a la crispación,
lo que demuestra el grado de independencia del trabajo
en el seno de la Convención.
3. Personalidad jurídica y eliminación de los pilares
Este asunto era uno de los que arrastraba mayor consenso desde que la Declaración
Laeken se preguntase “¿Hay
que revisar la distinción entre la Unión y las Comunidades?
¿Qué hacer con la división en tres pilares?”. Este consenso
se reflejó en las conclusiones del Grupo de Trabajo
presidido por Giuliano Amato,
en el que el único representante español fue Ana Palacio
y que fue el segundo grupo en presentar sus conclusiones
a la Convención como recuerda Peter
Norman al señalar que
the working group on legal personality reported on
1 October and came out in favour of a single legal personality
for the Union in unambiguos
terms. (Norman, 2003)
Tanto el PP como el PSOE estaban de acuerdo con esta medida.
4. Papel de los parlamentos nacionales
A pesar de las diferentes visiones que ambos partidos mantienen acerca de
la existencia y la naturaleza del déficit democrático
en la UE, ambos coincidieron al menos en destacar la
importancia que suponía determinar en la Convención
el papel que debían desempeñar los parlamentos nacionales
en las políticas comunitarias, y esta coincidencia explica
la presencia de Gabriel Cisneros y Josep
Borrell firmando un mismo texto
[13] acerca de la materia. Este debate, arrastrado
desde principios de los noventa, había visto aparecer
varias propuestas. Entre ellas la de crear una nueva
institución para dar cabida a su representación, su
participación en una especie de debate del estado de
la Unión o hacerlas participantes activas en el control
político del principio de subsidiariedad.
Desde este último modelo, el Grupo de Trabajo I, presidido por el popular Íñigo
Méndez de Vigo realizó una propuesta que se ha convertido
en lugar común atribuir en gran medida a su autoría,
basada en la capacidad de las cámaras de los estados
miembros (y no finalmente de las regiones con autonomía
política como otros muchos querían) para participar
en el control político de la aplicación del principio
de subsidiariedad por parte de las instituciones comunitarias,
además de obligar a la Comisión a enviarles cualquier
iniciativa al mismo tiempo que a los Gobiernos, para
que los parlamentos puedan ejercer mejor su trabajo
de control nacional.
Los socialistas europeos afirmaban en el documento CONV 392/02, mostrando
una clara sintonía con este planteamiento, que “los
parlamentos nacionales deben tener un papel más fuerte,
en particular, en la garantía del cumplimiento del principio
de subsidiariedad, sin necesidad de crear nuevas instituciones.”
Pero añadían una sugerencia final que convertía su propuesta
en novedosa al plantear que “para conseguir una Europa
más democrática es preciso que el Parlamento Europeo,
los parlamentos nacionales y los ciudadanos de Europa
participen en las futuras enmiendas de la nueva Constitución
Europea.”
5. Simplificación y jerarquización de fuentes e instrumentos
legales
Frente al consenso alcanzado al debatir el reconocimiento de la personalidad
jurídica de la UE, este tema (también de fuerte apariencia
técnica) puso sobre la mesa mayores dificultades y puntos
de vista. Varios miembros, entre ellos Peter
Hain temían que, sobre todo la reducción de procedimientos
legales, fuese una manera encubierta de acabar comunitarizando
algunas materias que en la práctica el Reino Unido y
otros países no estaban dispuestos a alejar del control
estatal. Su estrategia fue la de emparentar la complejidad
con el respeto a la diversidad de tradicionales nacionales
y a la existencia de materias altamente sensibles, por
lo que su simplificación podía dañar fuertemente, y
contra todo pronóstico, la legitimidad democrática de
la Unión. Este tipo de declaraciones guardan bastante
conexión con las que pronunció Piqué en un discurso
cuando ejercía la titularidad de la cartera de exteriores
española:
La supresión de la estructura de pilares no significa
que no deban preverse procedimientos y mecanismos diferenciados
que se adapten adecuadamente a la naturaleza de las
distintas materias o políticas. Hay que huir de falsos
debates que oponen comunitarización e intergubernamentalismo.
6. Delimitación competencial
Ambos grupos de convencionales mostraron su oposición a la creación de un
catálogo rígido de competencias, propuesta que se hacía
eco de uno de los modelos clásicos de la teoría política
federal. Esta coincidencia se basaba en la aceptación
de la dificultad que a menudo suponía encasillar las
materias reguladas en una competencia específica. Al
mismo tiempo, los gobiernos, por un lado, y los parlamentos
nacionales, por otro, compartían el miedo que se había
generalizado en los años noventa a la pérdida de competencias
nacionales a través de mecanismos indirectos (como había
demostrado la trayectoria de las Comunidades a través
del amplio uso que se dio al antiguo artículo 235 del
Tratado de la CEE a lo largo de los sesenta y setenta),
por lo que habían planteado la necesidad de clarificar
y delimitar las competencias desde la firma del Tratado
de Maastricht.
La aceptación de ambos partidos de la necesidad de aclarar la delimitación
competencial se sintetizó en su apoyo las conclusiones
del Grupo de Trabajo respectivos a la hora de diseñar
tres tipos de categorías (exclusivas, compartidas y
acciones de apoyo o complementarias). Uno de las primeras
contribuciones españolas a la Convención fue la elaborada
por Ana Palacio sobre esta materia [14], donde adoptaba una postura contraria a un catálogo
rígido y apostaba por plantear el debate de forma teleológica,
haciendo depender las competencias de los objetivos
de la Unión, a pesar de los miedos expresados por muchos
representantes acerca del fantasma del antiguo uso del
artículo 235 del TCEE. Sin embargo desde fuera de la
Convención, el Gobierno mostraba sus miedos a que el
debate en esta materia pudiese abrir la posibilidad
de ampliar o incluso reducir las competencias (renacionalizando
algunas políticas comunes como la agricultura), por
lo que insistía en que más que hablar de las competencias
en sí había que hablar de la forma de reparto y ejercicio
de las mismas, eso sí, actualizando previamente el reconocimiento
competencial ya incorporado al acervo comunitario por
la labor del Tribunal de Justicia en las últimas décadas,
según Piqué aclaraba en su citado discurso.
7. Extensión de la mayoría cualificada y la codecisión
De una forma un tanto enigmática, Peter Hain y Ana Palacio incluían
en su propuesta sobre instituciones de 28 de febrero
de 2003 (que respondía a la propuesta franco-alemana
de enero y se elaboró tras la Cumbre Bilateral que reunió
a Blair y Aznar
en esos días) “la aplicación del procedimiento de codecisión
y del voto por mayoría cualificada a algunas nuevas
áreas”
[15]. Para conocer cuáles eran las áreas favorecidas
de dicha generalización, o mejor dicho, para conocer
cuáles quedaban aún bajo la unanimidad según el proyecto
hispano-británico había que esperar la aparición de
nuevos documentos, aunque la respuesta fuese previsible.
En abril, Ana Palacio ratificaba su atlética capacidad política para seguir
aportando documentos de referencia a la Convención a
pesar de tener que lidiar con uno de los periodos más
conflictivos de los últimos años en la cartera de exteriores
española. El documento CONV 706/03 sobre la “Política
de Seguridad y Defensa” señalaba que “a la vez que se
preserva la regla de unanimidad para decisiones relativas
a la PESD” el nuevo tratado debía permitir la existencia
de mecanismos de cooperación flexibles.
Un mes después, la Ministra se unía a varios convencionales más (donde no
faltaba, por supuesto, Peter
Hain) para redactar un documento
donde se decantaban abiertamente por la unanimidad en
los asuntos fiscales (salvo en cuestiones de persecución
del fraude) [16], ante la amenaza surgida dentro del Presidium
de poder permitir la entrada en este campo de la cualificada.
Por su parte, los convencionales socialistas defendieron (conforme a su
visión federalista de la integración) la generalización
de la extensión. A finales de 2002, en su contribución
“Una Constitución europea para la paz, la solidaridad
y los derechos humanos” en paralelo a su reclamo de
hacer de la UE un “actor político relevante y global”,
aconsejaban extender la cualificada al ámbito de la
PESC, aunque las referencias a la PESD no aclaraban
si aquí también se cumpliría la extensión anunciada.
Sin embargo, cuando como consecuencia de la crisis de
Irak Francia y Alemania se pusieron a la cabeza de lanzar
la iniciativa de fortalecer la Europa de la Defensa,
los tres convencionales socialistas se declararon a
favor de la extensión de la cualificada también a este
campo
[17] .
8. Objetivos, valores y principios de la UE
Gran parte de las cuestiones referidas a este capítulo han sido ya esbozadas
a la hora de exponer las visiones que ambos partidos
tienen de la integración europea, por lo que haremos
mención especial sólo a los asuntos que resultaron más
notorios en la Convención.
En algunos de estos puntos, los convencionales populares y socialistas divergieron
como en la mención de la herencia cristiana en el Preámbulo
redactado y propuesto por Giscard.
El Gobierno español fue uno de los más beligerantes
en su defensa, aunque en parte este hecho se haya debido
a la estrategia de Aznar de
ganarse aliados a la hora de renegociar el capítulo
institucional que perjudicaba a España y de tener un
elemento de negociación cuando llegase la CIG (rompiendo
en este sentido con la lógica deliberativa propia de
la Convención). Por su parte, los convencionales socialistas
(con Borrell a la cabeza) se posicionaron activamente en contra
de la mención, en coherencia con su visión laica del
proceso de integración
[18] y de su apoyo a la candidatura turca como argumentaba
Carlos Carnero en un artículo periodístico en El País
el 18 de noviembre de 2002.
En cuanto a los aspectos referidos a la democratización de la Unión, percibimos
en el PP una posición más contradictoria que la de los
convencionales socialistas. Los primeros partían de
una visión de la democratización como acercamiento y
visibilidad a los ciudadanos, pero a la vez se mostraron
claramente en contra de propuestas como la elección
del Presidente de la Comisión por el Parlamento Europeo
o el sistema de doble mayoría (cuya legitimidad, argumentaban
franceses y alemanes, estaba en su claridad y carácter
democrático) a la hora de determinar la cualificada
en el Consejo.
Otro de los puntos conflictivos fue el de considerar desde el nivel constitucional
el papel de las regiones en la configuración europea,
asunto al que el PP (acorde con su política nacional)
mostró reticencias apoyando que la UE nombrase a estados
y ciudadanos como fuentes de su legitimidad en lugar
de a los pueblos, como hasta ahora era contemplado en
los tratados, y promoviendo que la UE incorporase en
su Constitución un cláusula que defendiese la integridad
territorial de los estados miembros [19].
En esta línea, Aznar declaraba
en una rueda de prensa en la que se le había inquirido
sobre la visión que tenía acerca del papel de las regiones
en loa construcción europea:
La UE es
una Unión de estados; no es otra cosa, es una unión
de Estados Miembros, en donde efectivamente, ámbitos
como los regionales tienen sus cauces de participación
a través de los Comités regionales. (…) En consecuencia,
eso es lo que es la realidad. Es la realidad y es lo
que es posible [20].
El PSOE se mostró más ambiguo en este asunto, ya que a pesar de que sus
convencionales firmaron una contribución junto a todos
los socialistas europeos en la que se reconocía en octubre
de 2002 que “nosotros, socialistas y socialdemócratas
europeos, queremos construir una democracia europea
–una Europa para los ciudadanos- basada en la doble
legitimidad de los Estados miembros y de los pueblos
de Europa”
[21], no mostraron inconveniente en la redacción final
del artículo primero de la Constitución, tal y como
les fue criticado por los partidos nacionalistas en
el Congreso de los Diputados en el mes de junio de 2003
[22].
9. Asuntos presupuestarios y de materia fiscal
La posición popular en materia fiscal era clara y contaba con el apoyo de
un aliado de peso, la representación británica. El mantenimiento
de la unanimidad a la hora de decidir en asuntos que
tuviesen que ver con la armonización o creación de impuestos
nivel europeo fue defendido en cooperación con otros
representantes de gobierno que se oponían a esta cesión
de competencias por diferentes motivos en un documento
donde se puede leer “the right to determine taxation issues must continue to
be held at
national level”
[23].
En esta materia, los socialistas mantuvieron nuevamente una posición diferente
a la de sus compañeros populares, y se alinearon con
gran parte de la socialdemocracia europea, de parte
de los democristianos y con el centro-derecha francés.
Como quedó demostrado con el apoyo que mucho más tarde
los socialistas en el Gobierno han mostrado a la propuesta
franco-alemana de armonización del impuesto de sociedades,
los convencionales socialistas integraron su discurso
sobre la fiscalidad con el de los presupuestos comunitarios.
En la primera contribución española a la Convención,
Carlos Carnero llegaba a plantear el establecimiento
de un impuesto europeo progresivo sobre la renta por
el mecanismo de codecisión,
a la vez que hablaba de democratizar plenamente el procedimiento
presupuestario de la UE declarando “que el procedimiento
de codecisión entre el Parlamento
Europeo y el Consejo se aplicase sobre la totalidad
del Presupuesto (…), los recursos propios y las Perspectivas
Financieras”
[24]. Sus palabras, fuertemente comprometidas con
una idea federal de Europa, son una muestra extrema
de lo que una parte del PSOE es capaz de proponer en
esta materia, aunque no estamos seguro de que sus palabras
sean compartidas por los miembros más pragmáticos de
su partido. A pesar de todo, los convencionales populares
no llegaban siquiera retóricamente tan lejos, aunque
reconocían que en materia presupuestaria existía la
necesidad de mejorar y simplificar el procedimiento [25],
desde una perspectiva más técnica que política.
10. Gobernanza económica
En noviembre de 2003, El País abría una de sus páginas de la sección Internacional
con una noticia cuyo titular rezaba: “Aznar propone más liberalización para fortalecer el papel
de Europa en el mundo”. En realidad, la propuesta no
traía contenidos novedosos ya que al mismo tiempo se
reducía a remarcar la necesidad de cumplir con los objetivos
que se habían marcado los estados europeos en Lisboa
tres años atrás y seguía la línea económica de todos
los gobiernos presididos por Aznar. De hecho, la defensa de un modelo económico liberal
para Europa (supuestamente compatible con el modelo
de capitalismo europeo) es uno de los pocos puntos que
compartían los gobiernos de Blair
y Aznar, en la que llegó a
ser llamada la alternativa al eje París-Berlín, a pesar
de que la realidad del euro distanciaba a ambos líderes
a la hora de tener que gestionar sus compromisos en
la Europa del Euro.
La Convención se orientó en este capítulo hacia el mantenimiento del status
quo, a pesar de la insistencia de algunos convencionales
por afrontar las materias económicas en un enfoque conjunto
con el de la Europa social. El resultado final fue el
de mantener por separado la gestión de la política monetaria
(comunitarizada) y la de la
política económica (todavía ampliamente en manos de
los estados). A pesar de la intensidad con que se vivieron
los debates en el Grupo de Trabajo referido a esta materia
(que estaban, por cierto, cerrados al público), el resultado
final fue considerablemente pobre (Borrell;
Carnero; López Garrido, 2003).
La labor de los socialistas pareció ser mucho más intensa que la de los populares
en esta área, debido en gran parte a su interés por
modificar la línea seguida hasta ahora y acercarla a
la llamada Europa social, de cohesión y de empleo. En
este sentido, formaron alianzas con muchos de los convencionales
de izquierdas (con la curiosa abstención de los socialdemócratas
nórdicos) y “defendimos incluir la coordinación de las
políticas económicas entre las políticas compartidas
de la Unión (artículo 13) y que las Grandes Orientaciones
de Política Económica (GOPE) se extendieran a las cuestiones
sociales” (Borrell; Carnero;
López Garrido, 2003).
En sus contribuciones y en los debates, los socialistas siempre defendieron
la visión socialdemócrata del modelo de economía social
de mercado europea, desde la inclusión de principios
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