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I-
Introducción
II- Un lenguaje para la vida: filosofía
y literatura en la obra de Ortega y Gasset
III- ¿Cómo vivir entre conceptos
"ocasionales"?
Bibliografía citada.
I-Introducción
Tal
vez la vida sea una palabra que signifique para el
platónico su posibilidad de ser poeta, y para el poeta el
platonismo que yace oculto en su alma; y tal vez sólo
pueda
vivir aquel en el cual esos dos elementos se mezclan
de tal
modo que de su unión puede nacer una forma.
Georg Lukács
Es sin lugar a dudas Ortega y Gasset el pensador español
que convierte la reflexión sobre cómo se constituye
una vida filosófica en el problema central de su filosofía.
La auténtica pregunta filosófica siempre involucra a
una vida, a “mi vida”. ¿Cómo darle sentido a una vida?
y, lo que es mucho más importante, ¿cómo construir una
vida, hecha con palabras, con conceptos, con metáforas,
que se constituya en el paradigma de conocimiento? [1] ¿Cómo a través de la reflexión sobre el significado
y la forma que puede tener una vida filosófica se puede
construir y darle sentido a la propia vida? ¿Qué tipo
de vida es la del filósofo, qué tipo de vida se hace
a través del filosofar?:
¿Qué es, como vivir, filosofar?
Ya hemos visto vagamente que es un desvivir -un desvivirse
por cuanto hay o el Universo-, un hacer de sí lugar
y hueco donde el Universo se conozca y reconozca [.
. .]. Básteme recordar que los griegos, como no tenían
aún libros propiamente filosóficos, cuando se preguntaban
¿qué es filosofía? -como Platón- pensaban en un hombre,
en el filósofo, en una vida. Para ellos filosofar era
ante todo el βίος θεωρητιχός.
En rigor, los primeros libros filosóficos -no sólo como
materia sino formalmente tales- que hubo fueron los
libros de vidas de los siete sabios, biografías. Todo
lo que no sea definir la filosofía como filosofar y
el filosofar como un tipo esencial de vida es insuficiente
y no es radical (¿Qué es la filosofía?, Tomo
7, 430).
Para acercarse a los textos de Ortega sería esencial
preguntarse, ¿qué tipo de vida nos propone su filosofía?
¿Qué entiende Ortega y Gasset por una vida filosófica?
¿Qué tipo de relación establecen los conceptos con la
narración de una vida, con la biografía? ¿Cómo se puede
pensar una entidad, como la vida, que carece de sustancia,
cuya única real sustancia es el cambio? ¿Qué tipo de
relación necesitan establecer los conceptos con el carácter
circunstancial que toda vida supone? ¿Qué tipo de “figura
de vida” [2] se puede inventar el filósofo con las circunstancias
que su época y su geografía le impusieron? ¿Cómo puede
el filósofo construir la más original y a la vez la
más coherente [3] y ejemplar de las vidas?:
El realismo está agotado. Por
otra parte no es posible seriamente una regresión tras
él. Yo no veo otra salida que dar un paso más en el
sentido realista, a saber: que el tema sea no la
realidad sino una realidad. Por ejemplo lo que es
España hoy y un sujeto -yo, por ejemplo- en España hoy
(“El estilo de una vida” 51).
[^
SUBIR]
II-Un
lenguaje para la vida: filosofía y literatura en la
obra de Ortega y Gasset
El
primer problema que enfrenta el pensador al tratar de
modelar una vida filosófica es el del lenguaje. Es necesario
aclarar, sin embargo, que la obra de Ortega y Gasset
es anterior al vuelco que tuvo la filosofía hacia el
problema del lenguaje. Esto no quiere decir que el pensamiento
de Ortega carezca de una reflexión lingüística. Por
el contrario, sí, es posible afirmar que su principal
problema no es la lengua. Ortega nunca afirmaría, como
haría el segundo Heidegger, que el lenguaje es la casa
del ser. Su razón etimológica es un viaje desde el lenguaje
hacia un origen que trata de vincular cada nombre a
una situación histórica concreta. Ortega no cree como
los filósofos de Oxford que los problemas de la metafísica
estén basados en malentendidos lingüísticos, ni como
Nietzsche que detrás de cada concepto haya una metáfora
olvidada.
Matizo
mi afirmación anterior: el principal problema que enfrenta
una filosofía de la vida, la construcción de una vida
a través de la filosofía, no es la lengua como tema
filosófico pero sí como circunstancia de enunciación.
Me explico. Uno de los grandes dilemas de Ortega (que
provoca muchas de sus mejores páginas) es la búsqueda
de una terminología adecuada para hablar del fenómeno
vital. Esta búsqueda, según él mismo, lo lleva al hablar
cotidiano, fuera del lenguaje especializado de la filosofía,
lo lleva a expresarse a través de metáforas, de figuras
del discurso, lo cual le da a su filosofía una apariencia
literaria.
Su
actitud hacia la literatura, sin embargo, es bastante
ambigua. Su preocupación por la metáfora y la espesa
urdimbre metafórica de sus textos no debe llamar a engaño
a sus críticos. Ortega en La idea del principio en
Leibniz y la evolución de la teoría deductiva protesta
ante la acusación de que sus textos son demasiado literarios:
Parece mentira que ante mis
escritos -cuya importancia aparte de esta cuestión reconozco
que es escasa- nadie haya hecho la generosa observación
que es, además, irrefutable, de que en ellos
no se trata de algo que se da como filosofía y resulta
que es literatura, sino por el contrario de algo
que se da como literatura y resulta que es filosofía
(Tomo 8, 292-293, las negritas son mías).
Los
críticos han reaccionado ante esta advertencia orteguiana
de dos maneras. Philip Silver, por ejemplo, define la
filosofía de Ortega y Gasset como una filosofía invisible.
Filosofía elíptica que oculta su metodología, que carece
de un libro sistemático, como El ser y la nada
de Jean Paul Sartre o La fenomenología de la percepción
de Maurice Merleau-Ponty, donde se explique la génesis
de sus problemas. Filosofía, además, inspirada y frustrada
por las propias circunstancias históricas:
Si
Ortega hubiese sido lo que no fue, un filósofo europeo,
nuestra elucidación de su obra habría asumido una forma
totalmente distinta, o habría sido incluso innecesaria.
Pero era filósofo y español, y en 1914 esto significaba
ser ‘filósofo in partibus infidelium’ [. . .].
Es decir las misma condiciones que hicieron su filosofía
posible y necesaria garantizan que esta filosofía permaneciera
virtualmente invisible, y que más que mal entendida
sería desatendida. Pero si no olvidamos que el principal
objetivo de Ortega era conducir España al siglo XX,
y no escribir una Crítica de la razón práctica,
tendremos más posibilidades de discernir la confusión
que envuelve la génesis de su obra (Philip Silver 18-19).
La
necesidad de una exégesis de su obra, entendida como
la elucidación de todos los referentes que esta filosofía
esconde y la explicitación de su metodología, es imperante.
Lo paradójico de esta posición es que si aceptamos la
definición del ejercicio filosófico que ella nos propone,
la monografía de Philip Silver
[4] sobre Meditaciones del Quijote sería un libro
mucho más logrado y completo, desde el punto de vista
filosófico, que cualquiera de los escritos por José
Ortega y Gasset. Además, esta lectura condena a la filosofía
de Ortega y Gasset a un doble fracaso: Ortega ni logró
salvar sus circunstancias, ni logró salvarse como filósofo.
Por
otra parte, todos los críticos que se han acercado a
la obra del filósofo madrileño desde la lingüística,
la filología o la retórica no se han tomado demasiado
en serio esta advertencia orteguiana. Los mejores exegetas
de Ortega dentro de esta tradición tratan de resolver
el conflicto entre filosofía y literatura y entre filosofía
y retórica en favor de lo retórico o lo literario. Thomas
Mermall, por ejemplo, estudia la tensión en el pensador
madrileño entre episteme y doxa, entre
circunstancia y sistema, entre ensayo y tratado filosófico,
señalando cómo se borran en la obra de nuestro pensador
las fronteras entre filosofía y retórica, y apuntado
a las tensiones que se dan en el mismo entre su esquema
figural y su contenido proposicional. Thomas Mermall
llega incluso a reescribir la advertencia orteguiana
citada anteriormente. Dice Mermall: “Ortega quería hacer
filosofía que luego resulta que es retórica” (“Entre
epísteme y doxa” 81). Para Mermall, sin embargo, a diferencia
de los deconstruccionistas, la tensión entre el polo
sistemático y el polo circunstancial del pensamiento
de Ortega es dialéctica, es decir esencialmente irresoluble
y además configuradora del horizonte epistemológico
del pensador madrileño:
En
su formulación de la razón vital [Ortega] descubrió,
sin percatarse de ello, que epísteme y doxa
son inseparables, que este modo de actividad filosófica
deja entrever, por su misma naturaleza su trasfondo
retórico. La retórica, esa otra cara, o sombra de la
filosofía, es hoy ampliamente reconocida por el llamado
nuevo pragmatismo con Richard Rorty a la cabeza. Sostiene
que la filosofía no es sólo una construcción lingüística
(tropología) como sostenía Nietzsche y hoy mantienen
los deconstruccionistas, sino también consenso,
basado en las doxas, en fin, una actividad social
y por ende retórica (“Entre epísteme y doxa” 83).
La
asignatura pendiente de esta tradición crítica, con
la cual me unen múltiples afinidades teóricas, es el
lugar que ocupa lo literario dentro de la reflexión
filosófica de Ortega. El reto sin asumir es tratar de
pensar la relación entre filosofía y literatura, filosofía
y retórica, como lo pide Ortega, desde la filosofía.
No leer la filosofía como si fuera literatura sino leer
un texto que se expone como literatura pero que esconde
una filosofía. No se ha prestado demasiada atención,
además, a la afirmación orteguiana de que esa “cuestión”
es el problema de su filosofía; recordemos de nuevo
la cita: “mis escritos -cuya importancia, aparte
de esta cuestión reconozco que es escasa-” (las
negritas son mías). La pregunta que sigue sin ser respondida
es: ¿cómo se lee lo filosófico a través y, muchas veces,
a contrapelo de lo literario?
Octavio
Paz en su libro Hombres en su siglo y otros ensayos
cuenta una anécdota que ilustra muy bien la ambigua
relación que Ortega y Gasset tenía con lo literario.
Paz narra su breve encuentro con Ortega en París:
Me
recibió con llaneza, me invitó a sentarme y ordenó al
mesero que sirviera unos “whiskies”. A sus preguntas
le conté que vivía en París y que escribía poemas. Movió
la cabeza con reprobación y me reprendió: por lo visto
los hispanoamericanos eran incorregibles [. . .]. [Más
tarde, mucho más enfático en su reprobación:] [m]e dijo
que la única actividad posible en el mundo moderno era
la del pensamiento: (“la literatura ha muerto, es una
tienda cerrada, aunque todavía no se enteren en París”)
y que, para pensar, había que aprender griego o, al
menos, alemán [. . .]. “Aprenda el alemán y póngase
a pensar. Olvide lo demás” (108-9).
La
anécdota me parece interesante al menos por tres razones:
1) El
rol que asume Ortega al proponerse como modelo, como
exemplum, ante este joven. De todos es conocido
que Ortega se formó filosóficamente en Alemania y que
además fue considerado hasta poco después de su muerte
como El Pensador Español (así con mayúsculas y en singular).
2) Cómo esta posición de autoridad, en apariencia tan
fuerte, necesita estar mediada, relativizada, por la
exhortación al aprendizaje, influencia, de otra lengua,
de otra cultura (portadoras del prestigio con el cual
se investirá el futuro pensador). 3) La visión que tiene
Ortega de la literatura y la posición que asume ante
ella; un autor que es considerado demasiado literario,
idiosincrásico, personal, por otros filósofos.
La
anécdota tiene implícita una economía que involucra
lo accesorio y lo marginal, con lo ejemplar, modélico
y canónico. La mediación entre ambos polos necesita
de un aprendizaje, de una traducción, de asimilaciones
e influencias. La anécdota, el ejemplo que cito, lleva
implícita una pregunta que será central en mi estudio:
¿por qué privilegiamos ciertos ejemplos, por qué le
damos a ciertos fragmentos, anécdotas, relatos, el status
de ejemplaridad [5]?
¿No
es ese el problema esencial de la filosofía orteguiana:
cómo pasar de lo noumenal a lo fenoménico, de lo particular
a lo general, del ejemplo a la ejemplaridad? ¿No es
el ejemplo la propia historia de ese tránsito: un particular
en el sentido aristotélico y un paradigma en el sentido
platónico? ¿No mezcla el ejemplo lo singular con lo
normativo, lo lógico con lo narrativo? ¿No ocupa el
ejemplo tanto en su dimensión pragmática -prueba de
la validez de una teoría,- icónica -ilustración de un
argumento teórico,- o lógica -la dimensión concreta
necesaria a todo concepto o juicio,- un lugar paradójico [6] que involucra
lo accesorio y lo marginal con lo modélico y lo canónico?
¿No pueden constituir los ejemplos por el peculiar lugar
que ocupan -su naturaleza intermedia entre lo particular
y lo general, entre lo singular y lo normativo, entre
lo lógico y lo narrativo- una vía de entrada privilegiada
a la obra de José Ortega y Gasset?
Las preguntas continúan: ¿qué
sucede cuando se utiliza a la vida, la ajena y la propia,
como ejemplo? ¿Cuándo hablamos de la vida como problema
no estamos obligados a explicarnos mediante ejemplos?
¿Hablar mediante ejemplos no conlleva necesariamente
la narrativización de los argumentos?
La
razón vital, histórica, etimológica, como la llamó Ortega
en diferentes momentos, vincula la razón a una historia
determinada, a una vida. Esta vida, por su parte, adquiere
un carácter normativo, ejemplar. Nuevos problemas, preguntas:
¿no son sus “vidas ejemplares”, sus biografías de Mirabeau,
Velázquez, Goya, Goethe, un lugar privilegiado para
pensar sus textos? ¿No son sus prólogos, lugares
desde los cuales Ortega nos cuenta su autobiografía
intelectual, el locus por excelencia para pensar
su sistema filosófico? ¿No constituye la tensión entre
libro, siempre por venir, siempre deseado, siempre anhelado,
y prólogo, como lugar que enfrenta la palabra filosófica
a otra cultura, a otra lengua, a otra circunstancia,
el eje en el que se construye el arte de vivir de la
filosofía de Ortega, el problema esencial de su filosofía?
¿No sería importante vincular la obra de Ortega con
la tradición literario-filosófica de las vidas ejemplares,
que empieza con el propio Platón, quien nos propone
con Sócrates la imagen del filósofo ejemplar [7], y continúa con figuras como Diógenes Laercio, Plutarco,
Montaigne, Nietzsche, etc? ¿Es en la construcción
de una vida filosófica donde se produce el tránsito,
en la obra de Ortega y Gasset, de la literatura a la
filosofía?
Proponer
como acercamiento a la obra de Ortega la relación entre
los ejemplos, la ejemplaridad y la vida como exemplum,
nos coloca ante otro problema: la relación que nuestro
filósofo tiene con la tradición. Problema, por cierto,
central para un pensador como él, que definió la historia
como la única realidad que tiene el hombre: ¿qué tipo
relación debemos tener con los clásicos, con la tradición,
con los modelos? Ortega ensaya una respuesta a esta
pregunta en su bello texto “Miseria y esplendor de la
traducción”:
Necesitamos
acercarnos de nuevo al griego y al romano, no en cuanto
modelos, sino, al contrario, en cuanto ejemplares errores.
Porque el hombre es una entidad histórica y toda realidad
histórica -por tanto, no definitiva- es, por lo pronto,
un error. Adquirir conciencia histórica de sí mismo
y aprender a verse, como un error, son una misma cosa.
Y como eso -ser siempre, por lo pronto y relativamente
un error- es la verdad del hombre, sólo la conciencia
histórica puede ponerle en su verdad y salvarle [. .
.]. No hay más remedio que educar su óptica para la
verdad humana, para el auténtico humanismo, haciéndole
ver de cerca el error que fueron los otros y, sobre
todo, el error que fueron los mejores” ( Tomo 5, 450).
La ejemplaridad
de la vida filosófica está vinculada a su condición
histórica, a su carácter de error ejemplar. Es en esta
singular concepción de la historicidad donde radica,
en mi opinión, la mayor originalidad del pensamiento
de Ortega. Es a partir de la precariedad de la condición
histórica que nos configura como hombres que deben ser
leídos los conceptos de Ortega. Es a través de la recuperación
de su carácter profundamente circunstancial que puede
adquirir mayor vigencia su pensamiento.
[^
SUBIR]
III- ¿Cómo vivir entre conceptos “ocasionales”?
El problema del ser -el problema
metafísi-co supremo- resulta así desde el comienzo inseparable
del significado del pronombre demostrativo y está por
eso ya conectado con la esfera del indicar.
Giorgio
Agamben
En
El lenguaje y la muerte, Giorgio Agamben nos
presenta al ser humano como aquél que tiene la facultad
para hablar y la facultad para morir. Lenguaje y muerte
como la más propia morada del hombre pero una morada
permeada por la negatividad y fundada en esta. El Dasein
(el ser ahí) es un ser cuya posibilidad más propia (ser
para la muerte), constituye su imposibilidad, su negación.
Dasein, ser ahí, ser el ahí, ser la apertura,
ser la interrupción de su propio ser. Análoga experiencia
la vive el lenguaje a través de los shifters
(pronombres personales, demostrativos, deícticos): el
lugar propio como un no lugar. Decir yo, o decir este,
aquello, eso, indica el acontecimiento del lenguaje,
el acto de tomar la palabra. Estos conceptos ocasionales
nos invitan a no pensar nunca lo mismo cuando lo aplicamos,
su única significación es circunstancial. Conceptos
que cambian según cambie el hablante, sólo adquieren
sentido dentro de un acto de enunciación particular:
fractura entre el mostrar y el decir, entre la indicación
y la significación
[8].
¿Cómo hablar de esa nueva realidad filosófica, la vida
humana, para la cual la filosofía no tiene un lenguaje,
carece de conceptos apropiados? ¿Cómo se puede pensar
en términos filosóficos, la ausencia de sustancia, de
naturaleza, que caracteriza a la vida humana? ¿Qué tipo
de conceptos sirven para pensar una entidad como la
propia vida cuya única consistencia consiste en estar
en cambio constante, en ser siempre algo diferente?
Son estos los problemas a los que se enfrenta la filosofía
de Ortega y Gasset en uno de sus libros seminales Historia
como sistema. Estas interrogantes bordean lo que
será el tema central de su filosofía: ¿cómo se construye
una vida a través de los conceptos? ¿Qué significa vivir
por y para los conceptos? ¿Qué tipo de vida es una vida
filosófica? La constitución de una vida filosófica necesita
de conceptos que puedan imaginar una entidad como la
vida humana que se separa radicalmente de todas las
otras realidades filosóficas. La pregunta filosófica
fundamental ¿qué son las cosas?, no puede dar cuenta
de una realidad como la vida humana carente de ser,
de identidad, de naturaleza:
La vida humana no es, por tanto,
una entidad que cambia accidentalmente, sino, al revés,
en ella ‘la sustancia’ es precisamente cambio, lo cual
quiere decir que no puede pensarse eleáticamente como
sustancia. Como la vida es un ‘drama’ que acontece y
el ‘sujeto’ a quien le acontece no es una ‘cosa’ aparte
y antes de su drama, sino que es función de él, quiere
decirse que la ‘sustancia’ sería su argumento. Pero
si este varía, quiere decirse que la variación es ‘sustancial’
(Ortega y Gasset, Historia como sistema, Tomo
6, 35).
Este sentido dramático del
propio ser y de su fundamento necesita de conceptos
que anulen su propia identidad, nos dice nuestro autor;
conceptos ‘ocasionales’ como el aquí o el concepto del
yo:
Tales
conceptos o significaciones tienen una identidad formal
que les sirve para asegurar la no-identidad constitutiva
de la materia por ellos significada o pensada. Todos
los conceptos que quieran pensar la auténtica realidad
-que es la vida- tienen que ser en este sentido ‘ocasionales’.
Lo cual no es extraño porque la vida es pura ocasión
(Tomo 6, 35).
Conceptos
fatalmente ligados a su contexto de producción. Inmersos
en una historia determinada, en una vida específica.
Conceptos que nos invitan a “no pensar nunca lo mismo
cuando lo aplicamos. Ejemplo máximo, el propio concepto
‘vida’ en el sentido de vida humana. Su significación
qua significación, es, claro está, idéntica;
pero lo que significa es no sólo algo singular, sino
algo único. La vida es la de cada cual” (Tomo 6, 36).
A este tipo de conceptos la lingüística moderna los
denomina shifters. Conceptos que cambian según
cambie el hablante. Sólo adquieren significado dentro
de un acto de enunciación particular y en una situación
dialógica específica.
Nos
encontramos si seguimos la lógica del razonamiento de
Ortega ante una aporía lógica y retórica. ¿La definición
anterior sobre la naturaleza de una clase de conceptos,
los conceptos ocasionales, es ella misma ocasional y,
por lo tanto, debe ser sólo circunscrita a este acto
de enunciación específico, es sólo significativa dentro
de este libro en cuestión, o, si somos más rigurosos,
dentro de este capítulo, o ella debe ser asumida como
una afirmación (un concepto en su acepción tradicional)
sobre toda una clase de conceptos considerados, incluso,
los más adecuados para pensar esta nueva realidad: la
vida? Si escogemos la segunda opción, imperativo si
esta definición pretende tener repercusiones sobre el
pensamiento orteguiano, el concepto tradicional usado
para definir a estos conceptos ocasionales sólo podría
nombrar a estos de un modo impropio.
Lo
que está en cuestionamiento en todo este pasaje es nuestra
capacidad de entenderlo. El modelo hermenéutico que
organiza el drama de la vida de Ortega como filósofo,
donde el todo y las partes, lo uno y lo múltiple, el
sistema y los fragmentos, ocupan el lugar protagónico,
está siendo desmontado. En este fragmento de Historia
como sistema, tenemos una afirmación de carácter
metatextual (general) en la cual el autor nos está dando
una clave para entender los conceptos que su sistema
produce o, al menos, desea producir. Esta definición
es propuesta como un patrón de legibilidad para el aparato
conceptual producido por el autor. Sin embargo, la nueva
forma de entender el concepto que esta definición propone
lo imagina cambiando radicalmente de sentido siempre
que su marco de enunciación sea diferente. Por lo tanto,
el concepto que define a esta nueva categoría de pensamiento
debería ser el concepto mudable por excelencia, susceptible
de cambiar su sentido cada vez que fuera pronunciado
en una situación diferente. Si la definición del concepto
ocasional alcanza al concepto a través del cual esta
categoría es definida, las repercusiones que esta definición
tendrá sobre el sistema serían mínimas pues en cada
nuevo pasaje éste adquiriría un sentido totalmente diferente.
Si la radicalidad de esta nueva forma de entender el
ejercicio filosófico no alcanza al concepto con el cual
pretende fundarse esta nueva categoría, este se colocaría
fuera del conjunto que quiere definir y que además propone
como modelo para entender la última y gran incógnita
filosófica: nuestra vida. El carácter impropio, extraño
de este concepto con respecto al conjunto de categorías
que pretende definir y al sistema filosófico del cual
se propone como clave de lectura privilegiada, lo convierten
en una catacresis: nombre impropio, arbitrario, irónico.
Es posible, sin embargo, otra mediación entre el carácter
estrictamente negativo, nulo y vacío, carente de sustancia,
la universalidad en su grado extremo ya que designa
a todo y a nada, de estos conceptos ocasionales y su
extrema concreción, estos conceptos se refieren a una
persona concreta y a un acto de enunciación específico.
Los indicadores de la enunciación (Benveniste), los
shifters (Jakobson), los conceptos ocasionales
(Ortega), señalan el tránsito de la lengua al discurso,
de la langue a la parole. Tránsito relacionado
al acto de tomar la palabra de un individuo en una circunstancia
histórico-lingüística concreta. Esto aclara la afirmación
que hice al principio de este ensayo, donde afirmaba
que la filosofía de Ortega sólo era asimilable al giro
hacia lo lingüístico que ha sufrido la filosofía moderna
si circunscribimos su preocupación lingüística al plano
del discurso, de la enunciación. El arte de vivir en
Ortega conlleva una reflexión sobre la deixis, sobre
la tensión entre la deixis y la significación. Dice
Agamben en El lenguaje y la muerte:
En esta perspectiva, los pronombres-
como los otros indicadores y a diferencia de los otros
signos del lenguaje, que remiten a una realidad léxica-
se presentan como “signos vacíos” que se hacen “llenos”
apenas el locutor los asume en una instancia de discurso.
Su contenido es el de operar la conversión del lenguaje
al discurso y de permitir el paso de la lengua al habla(49).
La
filosofía de Ortega es una reflexión sobre el acto de
tomar la palabra, sobre el paso de la lengua al discurso,
sobre la negatividad inherente al acto de conceptualizar
la vida, de producir conceptos que realmente respondan
a la precariedad y al carácter histórico de cada circunstancia
de enunciación. Es aquí donde debemos buscar la clave
de su vida y de su obra, su arte de vivir.
[^
SUBIR]
Bibliografía citada.
Agamben, Giorgio. El lenguaje y la muerte.
Trad. Tomás Segovia. Pre-Textos: Valencia, 2002
---.
La comunidad que viene. Trad. José Luis Villacañas y Claudio La Rocca. Valencia: Pre-Textos, 1996.
Mermall, Thomas. “Entre epísteme y doxa: El trasfondo
retórico de la razón vital.” Revista Hispánica Moderna.
67.1 (1994): 72-85.
Nehamas, Alexander. The art of living: Socratic
reflections from Plato to Foucault. Berkeley:
University of California Press, 1998.
Ortega y Gasset, José. “El estilo
de una vida (Notas de trabajo).” Revista de Occidente
132 (Mayo 1992): 51-68.
---. Historia como sistema.
Obras completas de José Ortega y Gasset. Vol.
6. Madrid: Revista de Occidente, 1983. 13-50.
---. “Idea del principio en
Leibniz y la evolución de la teoría deductiva”. Obras
completas de José Ortega y Gasset. Vol. 8. Madrid:
Revista de Occidente, 1983. 61-358.
---. “Miseria y esplendor de
la traducción.” Obras completas de José Ortega y
Gasset. Vol. 5. Madrid: Revista de Occidente, 1983.
431-453.
---. “Pidiendo a un Goethe desde
dentro.” Obras completas de José Ortega y Gasset.
Vol 4. Madrid: Revista de Occidente, 1983. 395-420.
---. ¿Qué es la filosofía?
Obras completas de José Ortega y Gasset. Vol. 7.
Madrid: Revista de Occidente, 1983. 275-440.
Paz, Octavio. Hombres en
su siglo y otros ensayos. Barcelona: Seix Barral,
1984.
Silver, Philip. Fenomenología
y razón vital: génesis de “Meditaciones del Quijote”
de José Ortega y Gasset. Madrid: Alianza Editorial,
1978.
[^
SUBIR]
[2] “Invento proyectos de hacer y de ser en vistas de las circunstancias.
Esto es lo único que encuentro y que me es dado: la
circunstancia [. . .]. Se olvida demasiado que el
hombre es imposible sin imaginación, sin la capacidad
de inventarse una figura de vida, de ‘idear’ el personaje
que va a ser. El hombre es novelista de sí mismo,
original o plagiario” (Ortega y Gasset, Historia
como sistema, Tomo 4, 34).
[3] La construcción de una vida filosófica asume, también, el reto de darle
coherencia, sentido, a lo que es contradictorio en
su propia esencia: “La vida es, sin duda, contradictoria,
es lo uno y lo otro -de otro modo sería íntegramente
racional. Ello revela que contradecirse no es una
objeción para la vida porque esta no consiste en decir
y decirse. En el decir no es tolerable la contradicción
-pero en el vivir tal vez debida y obligada.
Lo que no puede admitirse es el contravivirse” (“El
estilo de una vida” 66). La biografía, tal como la
entiende Ortega, se convierte en el género filosófico
por excelencia. Pues es a través de la biografía que
el βίος y el θεωρητιχός
se unen, la contradicción y el sistema se integran:
“Sólo una vez que se ha reconocido esa contradicción,
surge la tarea fecunda de intentar reducirla, explicándola
en un sistema. La biografía es eso: sistema en que
se unifican las contradicciones de una existencia”
(Ortega y Gasset, “Pidiendo un Goethe desde dentro”,
Tomo 6, 408-409).
[4] Advierto que la distancia que establezco con los presupuestos teóricos
de la lectura de Silver no significa, en ningún sentido,
que su obra me parezca carente de interés. Diría más,
su libro Fenomenología y razón vital: génesis de
‘Meditaciones del Quijote’ de José Ortega y
Gasset es uno de los libros más completos y sugerentes
que se han escrito sobre el filósofo madrileño.
[6] “Ni particular ni universal, el ejemplo es un objeto singular que, por
así decirlo, se hace ver como tal, muestra su singularidad.
De ahí la pregnancia del término griego para ejemplo:
para-deigma, esto que se muestra al lado (como
en alemán Bei-spiel, lo que juega ahí al lado).
Así, el lugar propio del ejemplo es siempre al lado
de sí mismo, en el espacio vacío en que despliega
su vida incalificable e imprescindible” (Agamben,
La comunidad que viene 14).
[7] El arte de vivir, en el libro de Alexander Nehamas ya citado en este trabajo,
se articula alrededor de la figura de Sócrates. A
través del filósofo griego, se declara la paz en una
lucha, la de la filosofía y la poesía, que ya el propio
Platón consideraba antigua. Sócrates es, a la vez,
un personaje literario y un filósofo real. Sócrates,
además, encarna y reconcilia el ideal filosófico y
el literario: su vida es, al mismo tiempo, la más
coherente y la más ambigua. La vida más digna de ser
imitada, la de mayor ejemplaridad, de la que podemos
obtener mayor cantidad de conocimiento y, también,
la más inigualable, la de mayor singularidad, la imposible
de imitar. El arte de vivir, por otra parte, y esto
es muy importante subrayarlo, conlleva una paradójica
concepción de la imitación. La ejemplaridad de la
figura de Sócrates no sólo consiste en la coherencia
del modelo de vida que nos propone sino que está,
también, totalmente vinculada a su ironía, a la opacidad
y ambigüedad de sus pensamientos y acciones.
[8] Para la distinción entre mostrar y decir ver Tractatus
logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.
[^ SUBIR]
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