1.
La jornada iluminada
2.
1909-1910: itinerario bio-bibliográfico del joven Ortega
3. El corazón de Adán
BIBLIOGRAFÍA
1. La jornada iluminada
Es ya costumbre aludir, en las reconstrucciones biográficas
acerca de Ortega y Gasset, a una constante enigmática
que maneja en sus textos, “los veintiséis años”. Constante,
en tanto no es ocasional, pues se reitera en diversos
escritos. Enigmática, en tanto no se explica, sino que
se registra como un hecho. Sin afán de ser exhaustivo,
la cifra puede registrarse en, por lo menos, cuatro
textos de épocas diferentes:
En la carta a su padre del 9 de agosto de 1902, escrita
a los diecinueve años, al proponer su “proyecto heroico”
de estudios: “...y me encontraba a los 26 años con una
cantidad de conocimientos prodigiosa y sería uno de
los españoles con más puntos de vista. Ya podía en ese
momento comenzar a escribir...” (CJE 90)
En las “Ideas sobre Pío Baroja” de El Espectador
1, escritas con treinta y dos años, señala impreciso
“hacia los treinta años”: “no es aún tristeza, ni es
amargura, ni es melancolía lo que suscitan los treinta
años: es más bien un imperativo de verdad y una como
repugnancia a lo fantasmagórico. Por esto, es la edad
en que dejamos de ser lo que nos han enseñado (...)
Queremos ser, ante todo, la verdad de lo que somos”
(EE1, OC II [04], 216)
En el “Prólogo para alemanes” de 1934 (OC VIII [58]),
escrito a los cincuenta y un años, concreta la edad
en tres ocasiones: “...al llegar a los veintiséis años
–fecha que suele ser decisiva en la carrera vital del
pensador- no era ya neokantiano.” (p. 32), “...andábamos
en torno a los veintiséis años, una fecha decisiva en
la evolución intelectual de la persona...” (p. 34),
“Los veintiséis años –entiéndase, claro está, con alguna
holgura la cifra- es el momento de más esencial partida
para el individuo.” (p. 42)
En noviembre de 1940, con cincuenta y siete años, conferenciando
sobre Vives en Buenos Aires, vuelve sobre la cifra al
exponer la mecánica de las generaciones: “Es la edad,
sobre todo a los veintiséis años, en que suele iluminarle
la primera vaga intuición de lo que van a ser sus primeras
ideas y gustos...” (OC IX [65], 518). Un mes después,
en “El intelectual y el otro”, insiste: “La cronología
viviente es muy rigurosa. No da lo mismo un año que
otro. Son los veintiséis años. Sin duda hay excepciones,
y alguna muy clara, casuística (...) Pero en los temas
más sustanciosos, más humanos, son los veintiséis años
la jornada iluminada del primer éxtasis” (OC V [64],
510).
Los veintiséis años son, según Ortega, el momento en
que el pensador deja de ser receptivo, acoge su propia
espontaneidad y se hace cargo de sus ideas germinales.
Sorprende tal rigor al abordar una sustancia imprecisa
como la vida humana. Ortega es consciente de ello,
pero no da razón ni explicación: en su insistencia tan
sólo restringe el alcance de la afirmación a los “pensadores”
o “intelectuales”, admite cierta “holgura” en la edad
y nos remite a su propia experiencia o al análisis empírico:
“Búsquese en la biografía de los pensadores y se hallará
que con sorprendente frecuencia es la fecha de sus veintiséis
años aquella en que dentro de ellos hicieron su germinal
presentación los motivos intelectuales que van a ser
más tarde su obra original” (OC VIII [58], 34).
Ignoro si alguien ha asumido tal tarea. La primera tentación, desde luego,
es acudir a la vida del propio Ortega para corroborar
la cifra. Partiendo de ella, autores como Julián Marías
o Antonio Rodríguez-Huéscar, entre otros, han dedicado
páginas profundas al estudio de “Renan” (febrero-marzo
de 1909) y “Adán en el paraíso” (mayo-agosto de 1910),
encontrando en este último la primera exposición de
las ideas orteguianas sobre la vida.
La intención de este artículo es entrometerse entre
ambos textos, ciñéndose a la cronología para recorrer,
una vez más, y a la luz de los datos actuales, los veintiséis
años del joven filósofo. El interés reside en aproximarse
a su evolución intelectual, advirtiendo el primado radical
de la propia vida sobre las construcciones del pensamiento,
que es, precisamente, la intuición germinal de Ortega
y Gasset. Para ello es necesario explorar las vivencias
del joven madrileño entre mayo de 1909 y mayo de 1910,
repasando en orden cronológico sus escritos, recomponiendo
en la medida de lo posible sus circunstancias y atendiendo
a sus ideas anteriores y posteriores, a fin de obtener
una integral cuyo resultado es el alma de José Ortega.
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2.
1909-1910: itinerario bio-bibliográfico del joven Ortega
El 9 de mayo de 1909 José Ortega, soltero,
Doctor en Filosofía por la Universidad Central de Madrid,
Profesor titular de Psicología, Lógica y Ética en la
Escuela Superior de Magisterio, cumple veintiséis años.
Reside en Madrid desde septiembre de 1907, en que ha
regresado a España tras pasar un año en la Universidad
de Marburgo estudiando con Cohen y Natorp. A lo largo
de 1908 se ha empeñado en un intenso esfuerzo de “pedagogía
social” y “vigorización cerebral” del país, ha impulsado
el semanario Faro, opositado
a la plaza de Magisterio, participado en el primer congreso
de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias
y publicado unos treinta artículos exponiendo perspectivas
filosóficas, convicciones científicas, principios éticos
y posturas políticas en consonancia con la Escuela de
Marburgo. Declarándose clasicista, liberal, socialista
y, en sentido kantiano, idealista, ha entrado en sucesivas
polémicas con Maura Gamazo, Maeztu, Azorín o Unamuno,
bajo la bandera de la Cultura. Oculta bajo la formación
germánica, la militancia científica y la férrea disciplina
objetivista a la que ha sometido su “yo irracional”,
esconde una inconfesable aspiración a un “yo más cumplido”,
aguarda una renacentista “aurora italiana” y alimenta
en secreto teorías estéticas con las que espera redimir
el “alma de España" (CJE 555,574).
Tras el constante debate político de 1908, los escritos
de la primera mitad de 1909 revelan cierto cambio de
tono. Entre febrero y marzo publica en El Imparcial
el grueso de la serie “Renan”. El 21 de febrero
aparece “Pidiendo una biblioteca”, el 20 de marzo “Tropos”
y el 13 de abril “Al margen del libro Colette Baudoche
de Maurice Barrés”, recogido en Personas, obras,
cosas. En todos ellos nos hallamos ante una nueva
actitud. La estructura neokantiana se mantiene y las
principales fuentes germánicas (Simmel, Cohen, Natorp)
son perceptibles. Pero se ha alterado el régimen de
atenciones. José Ortega ha renunciado a la acción política
inmediata y comienza mostrar su “faceta estética”: anatomías
de almas, interferencias líricas, notas retóricas, reivindicación
del símbolo, el rito, el mito, la metáfora, de las formas
mediterráneas de cultura. Hay, al mismo tiempo, contradicción
y confusión: el renovado interés hacia el sujeto se
integra como una mera concesión sentimental, carece
de legitimidad plena. La relación entre la alta cultura
y la reanimación nacional no es clara. Las "formas
mediterráneas" se postulan, pero siquiera se muestran.
La escisión entre naturaleza y cultura, carácter y norma,
espontaneidad y convención, yo loco y yo lógico, no
se resuelve: se conforma en un tercer término, un "nuevo
yo", que es una aspiración informe. La imagen de
Renan contiene varias claves de la nueva actitud. Al
hacerse cargo de la dualidad "centáurida"
del francés, José Ortega está haciéndose cargo de su
propia dualidad, el yo dividido entre dos amores que
intenta reconciliar en el tercer mundo de lo verosímil.
La tensión de la dualidad, cabe advertir, se localiza
en el corazón, anunciando "el fruto rojo, súbitamente
maduro del corazón de Adán". El ensayo de estética
a propósito de Renan -y José Ortega busca desde 1904
una estética con la que desvelar el alma de España-
parece legitimar la introducción de la metáfora (el
mito, el arte, el rito) en el discurso, no como elemento
retórico o explicativo, sino como ingrediente fundamental:
la indomable e inexplicable "aquiesciencia sentimental"
ante el objeto metafórico revela, de hecho, la "comunidad
radical" de los sujetos. La concepción de la labor
del humanista como constructor de una idea que dote
de unidad a la variedad de los hechos empieza a abrirse
a la metáfora. La estructura neokantiana se está tambaleando.
El sábado 22 de mayo de 1909, cumplidos veintiséis años, el joven José Ortega
publica en la primera plana de El Imparcial,
bajo el genérico “MEDITACIONES DEL ESCORIAL”, un “Tratado
del esfuerzo”. Aunque se trata de la primera “Meditación”
publicada por el autor de Meditaciones del Quijote
y en ella aborda temas que, cinco años después, articularán
su primer libro (Don Quijote, Cervantes, El Escorial,
la idea de España...), el texto ha pasado desapercibido
para la crítica en su ubicación original. La razón es
el aprecio de Ortega por el texto, que le llevó a reutilizarlo
en, por lo menos, cuatro ocasiones: en La Prensa
de Buenos Aires (29 de abril de 1913), en la conferencia
“Temas del Escorial” pronunciada en el Ateneo de Madrid
(4 de abril de 1915) y la consecuente recensión en
España (9 de abril de 1915) y en El Espectador
6 (1927). El genérico “Meditaciones del Escorial”
encabeza también las cuatro entregas de “Azorín o primores
de lo vulgar” aparecidas en El Imparcial entre
febrero y abril de 1913 (MLA 324) y figura en la contraportada
de Personas, obras, cosas (1916) bajo el epígrafe
“Otras publicaciones del autor”.
Se trata
de un texto pulido y equilibrado, donde el joven meditador
conjuga una nota de andar y ver, una glosa
crepuscular y una pedagogía del paisaje meditando
en torno a la “piedra máxima” de Castilla, pedernal
gigantesco que aguarda “una generación digna de arrancarle
la chispa espiritual”, elevándolo a conciencia. El Escorial
es el símbolo de España, el pecio monumental del imperio
naufragado. ¿Qué es España? José Ortega se sitúa ante
el objeto, lo circunda e intenta desentrañarlo como
acceso al alma colectiva que manifiesta todo monumento.
Pero la edificación resulta impenetrable: no dice nada.
Enorme, exagerada, la mole se afirma a sí misma. Sólo
transmite el vértigo de la magnitud, ninguna idea. Eso
ha sido la “substancia española”: “un estallido de voluntad
ciega, difusa, brutal”, un querer indeterminado, exuberante,
impetuoso, sin objetivo. Pues la determinación de la
voluntad se efectúa en orden a un ideal y España carece
de ideas: el Escorial es una voluntad sin ideal, un
“esfuerzo consagrado al esfuerzo”, un Templo al imperialismo
administrativo, un “tratado del esfuerzo puro”. Eso
le sucede también a Don Quijote, el otro monumento nacional:
tampoco el Caballero buscaba el ideal, sino el ejercicio
de la voluntad, el enardecimiento del corazón, la satisfacción
de la vanagloria. Por eso, concluye, el modelo no puede
ser la mirada ida del hidalgo heroico, sino la visión
inteligente de Cervantes, “la crítica del esfuerzo puro”.
En fin, mientras el pensador trama estas reflexiones,
cae la noche y el rumor del agua baja de los montes.
No cabe duda que este “Tratado del esfuerzo”, culminado en el ocaso, es
una genuina meditación orteguiana, con pretensiones
de “salvación” y muy distante de las empeñadas polémicas
(“ardores de neófito” acusaba Unamuno) de la última
etapa. Los discursos lógico, ético, estético y político
empiezan a armonizarse en el Meditador, nueva realización
de la imagen del “literato” a la que aspiraba en 1906,
antes del segundo viaje a Alemania: practicar una visión
amorosa del mundo, apoyada en el cultivo científico,
donde la imaginación construye la unidad sobre la dispersión,
desvelando la comunidad radical –de la humanidad, de
la nación, del sujeto-, elevando a conciencia la propia
identidad, hostigando “la modorra de la conciencia popular
con palabras agudas e imágenes tomadas a ese mismo pueblo”
(OC I, 87). En “Renan” ha expuesto los fundamentos teóricos
de tal discurso. En esta “Meditación del Escorial”,
lo lleva a la práctica. No resulta exagerado afirmar
que hacia la primavera de 1909 el joven meditador ya
ha rescatado y empezado a barajar en público ingredientes
esenciales de Meditaciones del Quijote: el amor
como conexión, la cultura mediterránea, la voluntad
del héroe, la mirada de Cervantes... “Rescatado”, pues
un examen cuidadoso de los escritos de 1902 a 1906 revela
la persistencia de estos temas en el joven Ortega, componiendo
ese grumo confuso que denomina “mi espontaneidad” y
que a partir de 1906 somete a la disciplina neokantiana.
Aquí y ahora, de alguna forma, José Ortega está empezando
a hacerse cargo de sí mismo, a construir una conciencia
contemporánea de España y a construirse una identidad
desde el ejercicio crítico. Pero la primavera de 1909
es mal momento para estos ejercicios intelectuales.
Las diversas tensiones acumuladas en el Estado regido
por Maura confluyen en el verano. El 9 de julio estalla
la guerra del Rif. Nueve días después, se producen los
incidentes en el puerto de Barcelona, impidiendo el
embarque de las tropas. El día 26 se inicia la Semana
Trágica. El 27, las tropas españolas son masacradas
en el Barranco del Lobo, al pie del monte Gurugú. Entre
el 28 y el 31 el ejercito apaga
la revuelta acéfala de Barcelona.
Entre agosto y septiembre, suspendidas las garantías constitucionales y
al tiempo que se extiende el grito de “Maura No!”,
el joven meditador publica cinco artículos en El
Imparcial.
El primero, “Una fiesta de paz”, del 5 de agosto, a propósito de los quinientos
años de la Universidad de Leipzig, glosa el papel de
la Universidad y la cultura en la construcción de la
paz (OC I, 244).
El segundo, del 17 de agosto, critica con un tropo
discreto, “Guerra con cuartel”, la "hostilidad
teológica" contra el Islam y el odio racial (OC
I, 247). No discute los motivos, hechos y fines de la
guerra con Marruecos, sino la ausencia de explicaciones
del Gobierno.
El 30 de agosto reseña Les ibères de Edouard
Philipon (OC II, 77), donde reaparece Rubín de Cendoya,
tras más de un año de ausencia. Entre el místico castizo
y José Ortega hay ahora una clara distancia. El joven
pensador pasea por Rosales atendiendo a las líneas del
Guadarrama, que es pedagogo. Rubín aparece ajeno al
paisaje, agitado por una teoría. Ortega le concede atención
y Cendoya toma la palabra exponiendo sus temores acerca
del origen euskériko, no ario, de los iberos. Mientras
el pensador castizo desgrana "estas poetizaciones",
José Ortega atiende a la pedagogía que ofrecen las líneas
de la mujer que les precede: “Las modas de este año
conceden sumo honor a las mujeres que conservan una
mocedad ágil y fuerte. Tal vez acentúan demasiado la
venusta agresividad que insinúa en la dama un busto
floreciente. Aparte de esto, las modas nuevas son bellísimas
y se fundan en el principio del calado, con la intención,
sin duda, de hacer más visibles las virtudes”. Mientras,
las piedras del Guadarrama se ruborizan con las disquisiciones
raciales de Rubín.
El 13 de septiembre, el joven meditador arremete contra
"el señor Azorín", rogándole que evite
avivar "la inercia mental de las clases acomodadas,
la codicia capitalista y la vanidad aristocrática",
"bajas pasiones de la sociedad española" ("Fuera
de la discreción", OC I, 251).
El 27 desafía frontalmente a Unamuno en el nombre de
Europa ("Unamuno y Europa, fábula", OC I,
256): en carta privada publicada en ABC, "el señor Unamuno" no sólo "sanciona las opiniones del
Sr. Azorín" sino que "habla de los papanatas
que están bajo la fascinación de esos europeos".
En respuesta, apoyado por Américo Castro, el joven Ortega
acorrala al Rector mediante bibliografías de hispanistas
europeos cuyo desconocimiento invalidaría su condición
de filólogo. Después, le requiere para protagonizar
"discusiones más honestas y virtuosas sobre la
verdad verdadera", proponiéndole luchar juntos
bajo una nueva divisa: “Salvémonos en las cosas!”.
También las piedras de Salamanca se ruborizan oyendo
a Unamuno.
El 13 de octubre de 1909, la represión gubernamental
contra el movimiento anarquista, iniciada tras la Semana
Trágica, culmina en el fusilamiento de Francisco Ferrer,
fundador de las Escuelas Modernas. La inocencia de
la víctima, la sinrazón de la condena y el absurdo de
la ejecución resuenan en Europa. Los liberales se rearticulan.
El "¡Maura, no!" se convierte en clamor indignado.
El acoso al Gobierno se intensifica. José Ortega, "nacido
entre el Bidasoa y Gibraltar", no puede permanecer
más tiempo ajeno al problema político. En el Ateneo
Científico y Literario de Madrid, foro de la inteligencia
liberal, se debate, critica y ataca. El 8 de octubre
el señor Medinaveitia habla sobre "La cuestión
social en Europa". El mismo día 13, el doctor Sinarro
diserta sobre "El centenario del régimen constitucional
en España". El día 15, a las seis y media de la
tarde, el joven José Ortega sube a la tribuna del Ateneo
y declama ante el auditorio liberal "Los problemas
nacionales y la juventud" (X [83], 105), su primera
conferencia.
En su primer discurso político el joven Orador se dirige
"a la gente moza", y convoca a examen de conciencia
“a los que tienen las mismas amarguras que él y algunas
de sus esperanzas, a los que llevan desde niños pesando
sobre sus corazones la gran pesadumbre étnica y no han
hallado todavía una hora clara en la cual ensanchar
una sonrisa entera...”. Son días tristes, "meses
crueles". El corazón de la nación parece haberse
parado. Se ha cumplido la profecía enunciada en Marburgo:
España es una República de Espectros, ha muerto como
nación: “¿Es que alguien llama nación a una línea geográfica
dentro la cual van y vienen los fantasmas de unos hombres
sobre los cadáveres de unos campos, bajo la tutela pomposa
del espectro de un Estado?”. La nueva generación debe
decidirse a intervenir en la vida pública, hacerse cargo
de sus deberes. Pero ¿Para qué? ¿Qué hay que hacer?
La misión actual era "la europeización de España",
la adquisición y cultivo de las "virtudes modernas".
Pero no se ha llevado a cabo. La nueva generación es
el resultado de una generación "inepta", "distraída"
"fracasada", carece de virtudes, de disciplina
y de maestros. No ha recibido "algo grande y fuerte",
un ideal sólido, sólo ha heredado problemas. Repasa
las enfermedades nacionales: analfabetismo moral, inconsciencia
política, anarquía gubernamental: incultura, enemistad,
naturaleza. Por eso es preciso construir la cultura,
la paz, europeizar España, impulsar “una larguísima
era de reconstitución liberal. Es preciso apoderarse
del poder firmemente para lograr en una labor de muchos
años ir recreando de sus ruinas bárbaras la nación,
valiéndose de la libertad como instrumento pedagógico”.
El hecho revolucionario representa "la constatación
de las injusticias tácitas de la sociedad", del
régimen constituido. Por eso la misión histórica consiste
en adelantarse a la revolución, evitando los hechos
pero acogiendo su sentido: la perenne persecución de
lo posible. En definitiva, frente al vacío espiritual,
ciencia y sensibilidad moral, conciencia ciudadana.
Ambas respuestas se resuelven en un nombre: Europa.
Si la generación precedente no ha transmitido las virtudes
modernas (respeto, seriedad, ciencia, cultura), la misión
de la juventud actual es buscarlas, peregrinar, como
ha hecho José Ortega, en busca de Europa. Con un gesto
final, el joven orador propone el epitafio de Lassalle,
"Pensador y Luchador", como divisa de la nueva
gesta. Su mano enérgica, “separada de las cuartillas,
como dándolas un adiós, era la juventud y era la lucha
y era la ansiedad que llamaban al luchador a la calle”,
señala Cristóbal de Castro en la reseña de El Liberal.
Los discursos de Sinarro, Medinaveitia y Ortega, según
el parecer exagerado de Ramiro de Maeztu, despertaron
la fibra patriótica de Moret, animándole a tumbar a
Maura en el Congreso.
El 20 de octubre, el joven profesor imparte su primera
lección en la Escuela de Magisterio. María de Maeztu
recuerda que comentó el Teeteto: “Los alumnos
intentan tomar notas en sus cuadernos, mas, al punto,
quedan absortos, detenida la pluma en el papel ante
la maravilla de aquella exposición filosófica, vestida
con gran riqueza de imágenes y metáforas. Parece que
asistimos, no a la explicación de una clase magistral,
sino a la peripecia de una teoría dramática cuyo protagonista
es la propia vida del filósofo” (p. 77). Al día siguiente
dimite Antonio Maura y el gobierno pasa a manos del
liberal Segismundo Moret.
Con la recuperación del poder por las izquierdas se
anima la agitación entre catolicistas y anticlericales,
que desembocará en el proyecto de escuelas laicas y
en la "Ley del Candado" de diciembre de 1910.
El 2 de diciembre de 1909, invitado a hablar en la Casa
del Pueblo por las Juventudes Socialistas, dentro de
un ciclo anticlerical, el joven profesor pronuncia una
segunda conferencia, "La ciencia y la religión
como problemas políticos" (X [83], 119). En ella
propone una definición positiva del socialismo, más
allá de la negación. Socialismo es el esfuerzo
por hacer carne la Idea: “es la palabra nueva, la palabra
de comunión y de comunidad, la palabra eucarística que
simboliza todas las virtudes novísimas y fecundas (...)
socialismo y humanidad son dos voces sinónimas y cuando
se pronuncian con vigor y convicción, el Dios se hace
carne y habita entre los hombres”. Prosigue distanciándose
del marxismo, argumentando que la justicia económica
es sólo el medio, no puede ser el fin. El fin es la
cultura, esto es, la plenitud humana, el nuevo poder
espiritual superador de las antiguas religiones. La
cultura es la nueva idea socializadora, constructora
de la humanidad en sustitución de "la idea mitológica
de Dios”. Por eso el socialismo es, antes que economía,
una novísima moral: deber, virtud, justicia, la superación
de la virtud religiosa por la virtud laica, el ejercicio
de la "caridad científica" frente a la "caridad
sentimental" de la vieja Escritura. Frente al anticlericalismo
negativo, socialismo positivo: superar las virtudes
caducas y los idealismos estériles con un nuevo ideal
socialista "enérgico y fecundo", la resurrección
como Cultura profetizada en Marburgo:”Frente a vuestro
espíritu [clérigos] (...) nosotros traemos y afirmamos
la única cosa que no es material, la idea. Aportamos
una concepción científica de la naturaleza y de la política,
una visión más precisa y vigorosa de la moral, un sentimiento
de mayor densidad estética. Traemos, señores, a España
la justicia y la seriedad. Traemos una nueva religión;
traemos la sublime eucaristía: traemos la cultura”
La perversión de los tonos religiosos continúa a lo
largo de 1910. También la ilusión política, catalizada
por el ambiente de militancia. El 10 de enero las fuerzas
católicas convocan un mitin en la capital, en contra
del proyecto de las escuelas laicas. Menéndez Pelayo,
en carta abierta al Obispo de Madrid, se adhiere al
acto en nombre de la cultura. El 12 de enero, desde
El Imparcial, José Ortega convoca a Maeztu a
la reactivación de la política como "guerra ilustre"
entre izquierdas y derechas ("Imperialismo y democracia",
OC I, 317). El 9 de febrero, sustituyendo a Segismundo
Moret, accede al poder José Canalejas Méndez. El 10
de febrero, El Imparcial publica "Catecismo
para la lectura de una carta" (OC I, 326), donde
José Ortega responde a las declaraciones de Menéndez
Pelayo, en nombre de una educación religiosa pero laica:
científica, respetuosa y no eclesiástica. El 14 de febrero,
la Conjunción Republicano-Socialista organiza un mitin
en el Teatro Barbieri de Madrid. Toman parte Julio Milego,
Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Salillas, Pablo Iglesias
y Hermenegildo Giner de los Ríos. En su intervención,
José Ortega denuncia la ausencia de liberalismo en los
liberales: la solución de Canalejas "sólo viene
a pelear contra el radicalismo" (Ruiz Manjón, p.
84)
El 20 de febrero sale a la calle Europa, revista
de cultura popular, dominical dirigido por
Luis Bello. Aunque responde de forma plena al espíritu
de Ortega, a quién califica de “temperamento más filosófico
y más idealista de esta generación”, el joven y ocupado
profesor participa en ella más como impulsor que como
colaborador. Es muy significativo que, en el primer
número, Ortega reseñe el libro de Gastón Strauss, La
política de Renan, con la intención de observar
"cómo un intelectual se aproxima a la política"
("La teología de Renán", OC I, 332). Si el
"Renan" de un año antes concluía en el panteísmo,
ahora expone su teología: una filosofía de la historia
que se resuelve en exigencia de acción social. Para
Renan, señala el joven político, "los programas
que en 1869 y 1878 proponía a sus lectores eran corolarios
de su filosofía de la historia". Siendo Dios la
Cultura, la historia deviene "embriogenia de Dios",
edificación de la Humanidad, el esfuerzo progresivo
en la construcción y asimilación de la cultura, la encarnación
de la Idea, la realización de lo ideal, el campo de
la acción política.
En el segundo número de Europa, del 27 de febrero,
un artículo apurado a propósito de Viaje de España
de Meier-Graefe, define Europa como "altura ideal:
un punto de vista", el de la cultura ("España
como posibilidad", OC I, 336). Europeizar España
significa obtener "la interpretación española del
mundo", iniciar una "nueva forma de cultura".
La fórmula de resurrección nacional es europeización.
Su cumplimiento implica una renovación de Europa: “Europa,
cansada en Francia, agotada en Alemania, débil en Inglaterra,
tendrá una nueva juventud bajo el sol poderoso de nuestra
tierra. España es una posibilidad europea. Sólo mirada
desde Europa es posible España.”
El 12 de marzo José Ortega se encuentra en Bilbao, donde
doce años antes abría "los ojos de la curiosidad
al tiempo de los fracasos". Por la noche, ante
el auditorio liberal de la sociedad El Sitio,
presenta un primer programa político, tramado con ideas
de Platón, Natorp, Cohen y Pestalozzi (POC, OC II, 86).
En 1908 la pedagogía del paisaje se había transformado
en pedagogía política, concepto que presidía
la revista Faro. En mayo de 1909 iniciaba una
pedagogía del Escorial, al poco interrumpida
por los desordenes sociales. Ahora el joven profesor
de Magisterio propone una pedagogía social como programa
político. La conferencia repite ideas conocidas:
la agonía de la nación, el patriotismo estático y el
dinámico, la urgente necesidad de ideas, lo laico como
social, Dios como Cultura, o Europa como solución. Lo
que añade es el carácter programático, la exposición
sistemática y la identificación de pedagogía y política
fundamentada en la definición antropológica. La conferencia,
reseñada en el quinto número de Europa fue elogiada
por Joaquín Costa en carta a Ortega el 8 de abril.
Habiendo expuesto todas estas cosas, el 7 de abril de
1910, tras seis años de noviazgo, José Ortega Gasset
contrae matrimonio con Rosa Spottorno Topete, siguiendo
el rito católico, en el oratorio privado de la casa
de la novia, en la Plaza de Colón. Solucionando con
discreción el conflicto entre sus ideas, las creencias
de Rosa, el deseo de su madre, la presión familiar y
el uso social, el joven kantiano "se ocupó de desenterrar
una disposición canónica prevista para el enlace entre
cónyuge agnóstico y cónyuge católico". Sin grandes
recursos económicos, los recién casados pasan su luna
de miel en El Escorial, en el apartamento de la Casa
de Oficios que la familia Ortega Munilla mantiene alquilado
de antiguo a la Administración del Patrimonio Real.
El paréntesis abierto por la boda se cierra el 27 de
abril con un artículo en El Imparcial anunciando
a deshora la revista Europa ("Nueva Revista",
OC I, 338), ya entonces en su décimo número y con serias
dificultades económicas. El texto recapitula ideas conocidas,
en la línea de "La pedagogía social...": la
colaboración o cooperación como "manera de vivir
europea", el patriotismo extático y el dinámico
("Un problema a resolver, una tarea a cumplir,
un edificio a levantar: esto es patria"), o la
cultura como "hacer", "cultivo",
"trabajo", "actividad personalísima y
consciente", productora de lógica, ética y estética,
el patrimonio de los hombres de Europa, "sabios,
justos y artistas". Frente a ellos, los españoles
son "gente que sabe poco, que se apasiona mucho
y, sólo en ocasiones, se hallan dotados de sensibilidad".
El camino de europeización, indica, no es sustituir
lo particular por lo universal, sino alcanzar lo universal
llevando a plenitud humana lo particular, la "españolización
de España" asumida en 1905: “La europeización es
el método para hacer a esa España [posible] (...) Europa
ha de salvarnos del extranjero (...) seremos españoles
cuando segreguemos al vibrar de nuestros nervios celtibéricas
substancias humanas de significado universal”
Dos días después, el 29 de abril, otra nota en El
Imparcial ("¿Una Exposición Zuloaga?",
OC I, 342) propone al ministro de Instrucción Pública
y Bellas Artes la organización de una Exposición itinerante
sobre el pintor vasco. A propósito de la definición
de genio aplicada a Zuloaga, dialoga brevemente
con Maeztu. La nota desemboca en "un problema complicado",
con el que José Ortega regresa, tras el paréntesis político,
a la reflexión estética: ¿Cuáles son los valores de
la obra de Zuloaga?, "¿Dónde acaba la copia y comienza
la verdadera pintura?", en definitiva, qué define
al Artista. En respuesta, el 4 de mayo, a pocos días
de su cumpleaños, el filósofo recién casado inicia en
El Imparcial la publicación de "Adán en
el Paraíso", "el ensayo más controvertido
de Ortega" (Orringer, 1979, p. 49).
El 8 de mayo se celebran elecciones generales. Ese
día sale el último número de Europa, que se decanta claramente en su portada: “¡VOTAD A PABLO IGLESIAS!”.
Al día siguiente, al tiempo que la Conjunción Republicano-Socialista
celebra su ascenso, José Ortega cumple veintisiete años.
[^
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3. El corazón de Adán
A lo largo de 1908, el joven José Ortega desarrolla
y expone perspectivas científicas, éticas y políticas
en consonancia con la escuela de Marburgo. En la primera
mitad de 1909, alejándose de la política inmediata y
cultivando atenciones más personales, el joven idealista
parece centrarse en la faceta estético-antropológica
que había "añadido" a la estructura neokantiana
(CJE 570): En "Renan" establece la metáfora,
la ironía y la tolerancia como instrumentos del arte,
el mito y el rito, esboza una anatomía del alma centáurida
y enuncia la verosimilitud como categoría estética,
al tiempo que mantiene su renuncia a la espontaneidad
en favor de la convención, proponiendo suplantar el
yo real por un yo normal. En abril, reivindica
las formas mediterráneas de cultura. A finales de mayo,
en una explícita "Meditación", ensaya una
aproximación a la identidad étnica -el alma histórica
de España- reflejada en el Escorial.
En la segunda mitad de 1909, impulsado por la crisis
nacional, el joven meditador regresa al debate político.
La vuelta es percibida como un deber: tras larga y complicada
agonía, la Nación ha muerto. Se ha cumplido el primer
término del imperativo acuñado en Marburgo (CJE, 485):
España ya no existe como nación. Ahora debe resucitar
unificada como Cultura. Entre el Ateneo
y la Casa del Pueblo, el joven intelectual convoca a
su generación y proclama ambas nuevas, intentando contagiar
su visión. Es la hora de reemplazar el yo real
por un yo posible, de negar la realidad para
establecer la Idea, de convertir el ideal en emoción
social. La actividad política, espoleada por la proximidad
de las elecciones generales y catalizada por el debate anticlerical,
continúa durante los primeros meses de 1910, hasta culminar,
ya en marzo, con la propuesta de un primer Programa
Político de Pedagogía Social, síntesis de principios
neokantianos.
Alrededor de la primavera y el verano de 1910, tras
la boda con Rosa, vuelve a advertirse una renovada
y clara transformación en las perspectivas del joven
pensador. Es patente que, entre “La pedagogía social
como programa político” y “Adán en el paraíso”, algo
está cambiando. En el aspecto más político, el entusiasmo
ante el regreso de la izquierda al poder desembocará
en el descontento ante el ejercicio del poder por la
izquierda y confirma sus temores acerca de la vacuidad
ideal del liberalismo oficial, conduciéndole a posturas
más radicales y al alejamiento de la actividad política
inmediata, para dejar paso a los "hombres de la
sazón". En el aspecto más filosófico, retoma las
atenciones estéticas recuperadas alrededor de "Renan"
e inicia, tal vez sin acabar de saberlo, la revisión
de las coordenadas neokantianas. Ambos aspectos pueden
ser unificados como manifestaciones de un movimiento
personal de José Ortega hacia la sinceridad: la sinceridad
política expuesta en "Sencillas Reflexiones"
(agosto), la sinceridad metódica propuesta al inicio
de "Adán..." (mayo),
la sinceridad renovadora glosada en "Viaje de España"
(julio), la sinceridad biográfica que realiza "Al
margen del libro A.M.D.G." (diciembre)
o la sinceridad sentimental, la "intervención del
lirismo", de la que da constancia "El lirismo
en Montjuich" (agosto). Esta apertura confiada
al mundo, que estremece el corazón del joven esposo
recién cumplidos los veintisiete años, es también el
problema de Adán: encontrarse el universo íntegro contenido
en el corazón "como un licor hirviente en una copa".
La principal controversia en torno a "Adán en el
Paraíso" reside en la discusión de su originalidad
y significado dentro de la evolución del joven pensador.
Para Marías, el ensayo ya encierra la idea de circunstancia
y la noción de coexistencia de objeto y sujeto, "dice
en 1910, en imagen, lo que en 1914, en conceptos,
yo soy yo y mi circunstancia" (p. 118): contendría
implícito el nuevo nivel de perspectiva que hará explícito
Meditaciones del Quijote, tras asimilar y superar
la fenomenología. Para Morón (pp. 365-367) o Salmerón
(p. 113, 159), el ensayo se limita a beber de las teorías
estéticas de Cohen o Natorp. También para Silver, "se
atiene, desde principio a fin, a la epistemología
constructivista de Cohen y Natorp" y por eso
se hace cargo de sus limitaciones (p. 42-46). Nelson
Orringer intenta encontrar un justo medio estudiando
con detalle una fuente concreta, el tratado Kants
Begründung der Aesthetik publicado por Cohen en
1889 y presente en la Biblioteca de Ortega (1979, p.
49). Es la comparación directa con la fuente lo que
le permite registrar las dimensiones de la influencia
neokantiana en "Adán...", al tiempo que contrastar
el grado de infidelidad del joven celtíbero con el sabio
de Marburgo, que resume en la adulteración de la noción
de idea con la de vida, introduciendo
una preocupación "romántica y reaccionaria"
a despecho del maestro: José Ortega, "discípulo
rebelde", sentencia Orringer, "ha subordinado
las ideas de Cohen sobre la lógica, la ética, la estética
a su doctrina de la vida como problema". Más en
concreto, "el hombre, sea lógico, sea moralista
o sea artista, según Ortega, busca la solución del problema
de la identidad inventando la cultura" (1983, p.
552).
Por tanto, acertaría Marías al indicar que "Adán..."
señala un cambio y una incipiente declaración de independencia
frente a la Ciudadela de Marburgo y acertarían Salmerón
y Morón al detectar la presencia de fuentes germánicas
alimentando la teoría estética. Pero ni las fuentes
señaladas son las correctas, ni el cambio se orienta
en el sentido que resalta Marías, la anticipación de
las nociones de circunstancia y correlación, sino en
el agotamiento de las teorías neokantianas y la focalización
del problema del sentido. Siguiendo a Orringer, en "Adán...",
José Ortega reacomoda y supedita la estructura neokantiana
"al problema personal de la autorrealización"
(ibíd.). Esto es, añado, empieza a reasumir de forma
conceptual lo que lleva viviendo desde el inicio de
su aventura intelectual. Pero más allá de la localización
de las fuentes o la determinación de su originalidad,
"Adán..." supone un problema en por lo menos
tres sentidos: se enfrenta a un problema estético, define
al ser humano como problema y el resultado final es
problemático.
El motivo del ensayo es la pintura de Zuloaga, quien
ya aparecía en 1909 "removiendo las almas con la
barbarie pintoresca de nuestras llagas". La nota
que desencadena el escrito ve realizarse en sus cuadros
el encargo que en 1906 recaía sobre el literato y se
cumplía ante el paisaje pedagogo del Guadarrama: “...esto
es lo más grande, lo más glorioso que puede hacer por
el porvenir de su raza un artista hispano. Ponerla en
contacto consigo misma, sacudirla y herirla hasta despertar
totalmente su sensibilidad. Dotarla de intimidad” (OC
I, 140)
El problema que busca resolver es si Zuloaga es un artista,
un pintor, o un sociólogo. Para ello ha de definir "el
ideal de la pintura", "qué género de relaciones
serán las esencialmente pictóricas". El propósito
es "orientarnos hacia la adquisición de un prejuicio
que organice nuestra sensibilidad de la luz, del color
y de la forma", "buscar una fórmula que defina
el ideal de pintura": elaborar un criterio estético.
En 1911 aclara que "se trataba de un ensayo de
estética española y como una justificación teórica de
nuestra peculiaridad artística". La intención del
ensayo sería entonces cifrar la aportación española
a Europa: desvelar las "facciones celtíberas"
que la nación puede ofrecer "a la icona varia de
la humanidad futura" (X, 45 [1908]), iniciar la
"justificación por la estética" en la que
reside la salvación de España como cultura. Para ello,
somete la pintura de Zuloaga a la estética del profesor
Vulpius.
Aunque presidido por "una fuerte voluntad de sistema"
(Orringer), "Adán en el Paraíso" es una exploración
en un terreno desconocido, donde José Ortega dice encontrarse
perdido. Este extravío justifica el recurso a un ficticio
"doctor Vulpius, alemán, profesor de Filosofía",
cuyas notas componen el cuerpo del ensayo. Disculpa
las frecuentes excursiones, habituales en José Ortega,
que interfieren el discurso al tiempo que lo enriquecen.
Según avanza por la reflexión buscando orientarse, José
Ortega se encuentra con Fourier, el Quijote,
Cézanne, Dios, el Greco o Platón, se detiene en la paradoja
del idealismo como máximo realismo, intenta definir
la novela y, al cabo, parece haberse olvidado de Zuloaga.
A menudo describe círculos: la piedra "sumida en
un eterno sopor", reaparece como la piedra única
del Guadarrama, que más adelante alcanza su ser propio
en los cuadros de Velázquez. La ciencia "divide
el problema de la vida en dos grandes provincias"
y "rompe la unidad de la vida en dos mundos".
No en vano José Ortega está enfrentándose a un "problema
infinito", en un mundo donde cada cosa es una encrucijada
y cada paso supone cien senderos.
Con todo, el esqueleto argumental es relativamente claro:
la vida de algo es su ser, el conjunto infinito de relaciones
que le constituye, "con-vivir, coexistir, tramarse
en una red sutilísima, en un sistema de complejidades.
En el ser humano la vida se hace consciente, esto es,
se vuelve problema, tragedia: pues es conciencia finita
de algo infinito, que no puede ser poseído en totalidad.
La plena posesión de la infinitud de relaciones exige
una conciencia infinita, sería la sabiduría, es Dios,
la tentación de Adán. La cultura -ciencia, moral, arte-
es el esfuerzo histórico en la solución del problema
infinito. A tal fin, la ciencia divide el problema
de la vida e intenta fijar cada una de las infinitas
relaciones que constituyen el sistema, asumiendo un
trabajo inacabable, "tragedia original", una
"operación melancólica", i.e., consciente
de su condena al fracaso. El arte intenta resolver el
problema de la vida por otro camino: mediante
la producción de una totalidad ficticia, realizando
una unidad plena y resuelta, fingiendo una individualidad;
consiste en "convertir en cosa lo que por sí mismo
no lo es", "crear un mundo virtual",
dotar a lo representado de condiciones de vida eterna.
Dentro de las artes, la pintura cumple su fin organizando
un sistema de relaciones espaciales mediante la luz
como "instrumento genérico". Por lo tanto,
el artista pictórico ha de crear Vida (una red sutilísima
de relaciones) mediante "colores, formas, luz".
Para ello cada pincelada ha de ser "el logaritmo
de todas las demás". Lo que no es espacio, "las
pasiones, la historia, la cultura", se integrará
en la pintura a través del cuerpo humano: "el tema
ideal de la pintura es, en consecuencia, el hombre en
la naturaleza", "el problema del hombre como
habitante del planeta", Adán en el Paraíso.
En principio, "Adán en el Paraíso" fracasa
como ensayo de estética en general y como justificación
de una estética española en particular. La conclusión
ni es clara ni satisfactoria: ¿Qué significa que "el
tema ideal de la pintura es el hombre en la naturaleza"?
¿Dónde está esa "peculiaridad artística" española?
De hecho la exploración no concluye, no regresa a Zuloaga,
no aclara la incógnita: ¿Es Zuloaga un sociólogo o un
artista?. Como señala Silver,
el propio Ortega ironiza "el contar con un sistema
tan elaborado como el de Cohen para explicar los cuadros,
de bastante poca calidad, de Zuloaga" (p. 43),
ironía que se confirma en las observaciones de García
Morente acerca del descontento de Ortega, hacia 1910,
con la filosofía idealista (p. 206). Javier San Martín
advierte que, cerrando el círculo lógico, la solución
es patente: Zuloaga no es un artista, sino un pedagogo
o un sociólogo (p. 267). La estética de Vulpius expulsa
a Zuloaga del Parnaso, no posibilita la "justificación
por la estética". Y José Ortega esperaba, a la
postre, ocuparse "muy principalmente de estética".
A mi entender, la principal contradicción que lastra
el ensayo se contiene en la doble actitud con que el
joven neokantiano se asoma a la estética: en principio,
parte de la evidencia subjetiva de la pintura de Zuloaga
como Arte, la "aquiesciencia sentimental"
de "Renán”. En este sentido intenta "ir describiendo
los elementos que hallamos valiosos en la pintura de
Zuloaga", "ponerme en claro a mí mismo el
origen de aquellas emociones que se desprendieron de
los cuadros de Zuloaga la primera vez que los vi: nada
más". Pretende adoptar una actitud sincera,
ejercer un reconocimiento: conceptualizar la propia
experiencia estética, a fin de desentrañarla. Estos
primeros capítulos van tramando una redefinición antropológica
que culmina en el explícito ecce homo que cierra
el capítulo V: "Esto es el hombre: el problema
de la vida". Después, según sigue caminando de
la mano de Vulpius, deriva hacia una actitud normativa:
necesita prejuzgar la experiencia, quiere determinar
"qué debe pintarse", establecer "el
tema genérico, radical, prototípico de la pintura",
"buscar una fórmula que defina el ideal de pintura".
El joven madrileño esta empeñado en definir a priori
el logaritmo de la belleza. De hecho, el ensayo se presenta
como un juguete lógico, una construcción ad hoc:
"Pedí a mi amigo [Vulpius] que escribiera algo
capaz de justificar el título de mi primer artículo".
En 1934 recuerda a propósito del neokantismo: "Había
mucho de ortopedia en aquel estilo de pensar".
¿A qué viene ese título de "Adán en el Paraíso"
que desencadena el ensayo? La primera entrega, del 4
de mayo, no lo aclara, aunque se inicia consciente de
estar cogiendo fruta prohibida en el huerto de Francisco
Alcántara, a quien va dedicado. Tal vez alude ya a la
pintura de Zuloaga como juego de fondo y figura, la
relación entre el enano Gregorio (Adán) y su paisaje
(Edén), según expondrá en 1911. Esta primera parte introduce
ideas importantes: la cultura como acumulación histórica
de prejuicios, el concepto de virtualidad, la realidad
como punto de vista. También delimita el ámbito de la
investigación estética. La segunda entrega, el 30 de
mayo, inicia la exposición tras presentar al enigmático
doctor Vulpius: “Con un vago propósito de buscar una
fórmula que defina el ideal de la pintura escribí el
primer artículo, titulado Adán en el Paraíso.
Yo no sé bien por qué le llamé así; al cabo del artículo
me hallaba perdido en esta selva oscura del arte (...)
En mi confusión me acogí al recuerdo de una vieja amistad:
el doctor Vulpius, alemán, profesor de filosofía (...)
sutil y metafísico”. Vulpius se encargará de intentar
justificar el título, integrando la intuición original
(Adán en el Paraíso como tema del arte, el arte como
expresión del problema de la vida, el problema como
conciencia limitada y sentimental de la realidad inabarcable)
en una "visión sistemática del universo".
Para Orringer, "Vulpius personifica la reacción
del joven Ortega de 1905 a la interpretación que de
Kant ha hecho Hermann Cohen", a quien habría leído
en Leipzig; ello explicaría el inesperado cambio de
Berlín por Marburgo en el segundo viaje. En "Adán..."
el joven neokantiano se retrata en compañía de Vulpius,
paseando por el Jardín Zoológico de Leipzig, rodeado
de animales exóticos. Es, como indica Orringer, el mismo
zoo donde se enfrenta a la Crítica de la Razón Pura
en el "Prólogo para alemanes" y el zoo por
donde paseaba en 1905 con Max Funke. Pero, ante todo,
es el parque de “En el jardín zoológico”, texto manuscrito
en la primavera de Leipzig, donde atiende las disquisiciones
primaverales del místico Cendoya, poco después de dialogar,
en el manuscrito “Colonia” (AOG R 1.3), con su versión
alemana, Peter Criselius, doctor en teología, residente
en el otoño de Colonia y lector del ¿goethiano? “Reineke
el Zorro”, persistente "grossartige Reineke"
que reaparece en las "romanzas de la zorra"
mencionadas en la "Anatomía de un alma dispersa"
y, veinticinco años más tarde, en el mismo "Prólogo
para alemanes". Más que una rebuscada referencia
a una primera lectura de Cohen, la mención de Leipzig
señala un retorno a ocupaciones pre-neo-kantianas (estéticas),
Vulpius es un yo germánico (metafísico, lógico y sistemático)
con el que José Ortega ensaya una insatisfactoria teoría
estética y el Zoo de Leipzig, un exótico Edén por donde
el joven literato paseaba su corazón melancólico entre
mansas fieras, soñando una estética española, al tiempo
que el eco salvaje de la vida turbaba repentino la paz
del jardín: "en el estanque, junto al que Cendoya
estaba, se perseguía vertiginosamente una pareja de
patos en medio de grandes gritos (...) un soplo de viento
recogió todo aquel estruendo y lo extendió sobre las
alamedas y lo hizo pasar sobre el jaulón de los leones
que rugieron magnífica y largamente e [hizo] gritar
a los simios y mugir a un búfalo y retozar a unos ciervos
y por fin, cayó a los pies del elefante, a quien allá,
en el fondo, su guarda estaba limando la raspa de la
frente. Fue como si todo el jardín con plantas y animales
se conmoviese, como si hubiera galopado sobre él una
locura momentánea" (AOG, R 1.3).
Lo importante de "Adán..." es que inicia una
redefinición antropológica e impulsa un claro regreso
a la atención estética y a la actitud "religiosa",
abriéndose a "esa otra vida de segundo plano que
tienen las cosas". O prosigue una definición estética
que conlleva una problematización de la imagen antropológica.
Tres meses antes, en Bilbao, José Ortega definía al
ser humano como "individuo de la humanidad",
encontraba una cuarta dimensión en la comunidad y escindía
la persona en dos yos, naturaleza y cultura. Ahora,
en una nueva respuesta a aquel ecce homo, el
ser humano es "el problema infinito de la vida",
condensado en el corazón. Esta imagen del corazón como
epicentro de tensiones aparece a lo largo de toda la
mocedad de José Ortega, pasando por "las dualidades
dolorosas del corazón de Rousseau, gran romántico"
(1907), "el doliente corazón silencioso del Uno-Todo"
(1906) o el "corazón de granito" de España
(1909)... “¿Se comprende todo lo que significa la sístole
y diástole de aquella menudencia, todas esas cosas inagotables,
todo eso que expresamos con una palabra de contornos
infinitos, VIDA, concretado, condensado en cada una
de sus pulsaciones? El corazón de Adán, centro del universo,
es decir, el universo íntegro en el corazón de Adán,
como un licor hirviente en una copa”. En julio de 1912,
desvelará la imagen cordial: “El corazón es el órgano
problemático; su forma es interrogante; sístole y diástole,
el abrirse y cerrarse de una anhelante interrogación.
¿Viviremos? ¿No viviremos? ¿Qué somos? ¿Qué no somos?
Y este ansia rítmica que contrae y dilata nuestro pecho
se propaga en halos vibrantes hasta coincidir con el
horizonte y obligarlo a latir con él, y si llega la
noche envía como un compás a las estrellas remotas hermanicas
nuestras, celestes entrañuelas que se consumen de temblor
e incandescente inquietud. La sensibilidad nos centra
en el universo”. (OC I, 535). Cabe advertir que la sensibilidad
para el temblor cósmico, como en la mirada de la “Glosa.
A Valle Inclán” (1902) o en la revelación del Guadarrama
de “La pedagogía del paisaje” (1906), nace en el corazón,
tiende a fundirse con el horizonte y se acompasa en
el crepúsculo. Es también la cúspide religiosa de la
estructura neokantiana: encontrar la ley moral y el
cielo estrellado coincidiendo en el latido íntimo.
Es precisamente la sensibilidad lo que reivindica otro
texto primaveral de 1912, la “Anatomía de un alma dispersa”:
“¡Ay, ay! ¿Cómo llegar a la vida plenaria sin la mujer,
sin la labradora del sentimiento? ¿En qué alma de hombre
nacerán espigas? ¿Cómo habrá en nuestro espíritu irisaciones
si no lo ha pulido el paso lento y complejo del “eterno
femenino?. Mas en España la
única forma de trato con la mujer es el contrato; todas
las demás son irregulares” (MLA 171)
La transformación de José Ortega hacia la segunda mitad
de 1910 es, ante todo, una recuperación de la sensibilidad,
un renovado respeto al sentimiento: una evolución vital
donde la inteligencia ha cedido el paso a la experiencia
y ahora la persigue. Cuando el joven neokantiano intenta
adaptar la experiencia a sus esquemas conceptuales,
la falsifica con inestables ortopedias lógicas o se
empeña en titánicas pedagogías sociales. Cuando abre
sus esquemas a la vida e intenta hacerse cargo de su
experiencia, se produce el reconocimiento, la "pedagogía"
(del paisaje, de la mujer, del bosque...). En este sentido,
"Adán..." indica un cambio y rescata un problema,
pero ni lo protagoniza ni lo resuelve. Conviene no olvidar
que se trata de un ensayo en cinco entregas, aparecido
a lo largo del verano en una página de periódico, donde
un joven filósofo recién casado, al tiempo que inicia
su vida nueva, realiza una vieja aspiración intentando
definir el Arte. Para acabar de aclarar su sentido es
preciso considerar con algún detenimiento los otros
artículos publicados alrededor de la primera y la última
entrega de "Adán...", atendiendo a la evolución
de sus perspectivas políticas y a un cúmulo de cuestiones
que podemos denominar "antropológicas": la
definición de cultura, la recuperación del culto
a los héroes, la atención por las formas particulares
de la cultura, la reivindicación de la subjetividad
y la anatomía de almas. Es el peso de este “añadido”
excéntrico, que el pensador reconoce como “mi espontaneidad”,
lo que derrumba la sólida estructura neokantiana, emplazando
al joven José Ortega a transformar su filosofía. Todo
ello es tema para otro recorrido.
[^
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BIBLIOGRAFÍA
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soledad Ortega, Madrid, El Arquero, 1991.
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SUBIR]
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