“Siempre he creído ver en Mirabeau una cima del
tipo humano más opuesto al que yo pertenezco, y pocas
cosas nos convienen más que informarnos sobre nuestro
contrario. Es la única manera de complementarnos un
poco. Nada capaz para la política, presumo en Mirabeau
algo muy próximo al arquetipo del político”. Así introduce
Ortega en su librito Mirabeau o el político,
publicado en 1927, el concepto de “arquetipo”. A renglón
seguido afirma: “Arquetipo, no ideal. No deberíamos
confundir lo uno con lo otro”. Tenemos, pues, un concepto:
el de arquetipo; un ejemplo: el arquetipo del político;
y un caso que se presenta como cima de este arquetipo
concreto: el de Mirabeau. Vamos a tratar de aprehender
desde un punto de vista filosófico la realidad a que
está refiriéndose Ortega.
Es sabido el interés de Ortega por el conocimiento
biográfico. Fue gran lector de biografías, y autor de
algunas, aunque en un sentido poco convencional. Esta
de Mirabeau es una de ellas. En el género biográfico
se pueden incluir escritos como Kant (1930),
Goethe desde dentro (1932), Velázquez
(1954), Goya (1958); pero la lista sería mucho
más larga si incluyéramos artículos y escritos más breves.
El grado de profundización en la vida de los personajes
en cuestión es distinto según los casos. En algunos,
como el de Goethe, lo que más le interesa a Ortega es
desentrañar la vocación más íntima y auténtica
del personaje y señalar su grado de fidelidad a la misma.
Son quizá las biografías en el sentido más propio de
la palabra. Algo semejante ocurre con su semblanza de
Velázquez. En sus escritos sobre Kant, en cambio, el
interés se dirige especialmente a la comprensión de
la circunstancia histórica en que brota la obra
del genial filósofo. En Mirabeau o el político
Ortega busca otra cosa. No le interesa la vida íntima
ni la vocación más honda de Mirabeau (que le parece,
por lo demás, poco atractiva). Tampoco le interesa especialmente
su contextualización histórica. Lo que persigue en él
son los resortes internos que lo constituyen en caso
ejemplar y extremo de un arquetipo, el del político.
Más que su vida le interesa su ejemplaridad; le interesa
su vida en cuanto que es ejemplar. Pero como se trata
de una ejemplaridad vital, de arquetipos vitales, biográficos,
es menester verlos en ejecución, actuando.
Lo que mueve a Ortega, como veremos, es un interés
hondamente metafísico. Porque, no nos engañemos, “arquetipo”
es un concepto metafísico, y lo que vamos a presenciar
es una batalla más de Ortega contra el idealismo, el
idealismo metafísico.
Arquetipo, en efecto, se opone a ideal. “Los
ideales son las cosas según estimamos que debieran ser.
Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad.
Si nos habituásemos a buscar de cada cosa su arquetipo,
la estructura esencial que la Naturaleza, por lo visto,
ha querido darles, evitaríamos formarnos de esa misma
cosa un ideal absurdo que contradice sus condiciones
más elementales”. Los arquetipos son, por lo pronto,
las condiciones que impone la realidad a cualquier proyecto
vital, a cualquier biografía; condiciones básicas de
compatibilidad. Son esquemas de tipos humanos constituidos
por los rasgos mínimos “composibles”, como diría Leibniz.
Los arquetipos se definen por contraposición; lo decisivo
es que hay rasgos, notas, que son incompatibles, que
se excluyen. Esto, que en la naturaleza resulta evidente,
no lo es menos en la vida humana, si se toma en su integridad,
con todos sus elementos constitutivos, los elementos
necesarios y los de libre configuración.
Si los ideales se tomaran en serio, tendrían
que partir de los arquetipos. Antes de preguntarnos
sobre la configuración ideal de una vida, para
que este ideal tenga verdadero relieve y contenido,
tenemos que preguntarnos por la posibilidad concreta
de su realización; y no por lo que respecta a las circunstancias
contingentes y azarosas, sino en lo tocante a la posibilidad
de estructuración de los elementos vitales básicos.
El estudio de los arquetipos sería en este sentido estructuralismo;
no un estructuralismo inerte, sino un estructuralismo
biográfico. Los ideales humanos y morales quedan reducidos,
de lo contrario, a meras abstracciones.
El idealismo que no tiene en cuenta las condiciones
impuestas por la realidad propone como “deseables”,
no sólo cosas que de hecho no son deseables en el sentido
de que no pueden desearse eficazmente, sino además
cosas que son deseables en muy escasa medida precisamente
por su grado de abstracción, que las hace muy poco apetecibles.
Sólo lo que se imagina con cierta concreción resulta
realmente atractivo. “El ‘idealismo’ vive de falta de
imaginación”. “El ‘ideal’ al uso es menos, y no más,
que la realidad”.
Esto, por supuesto, no significa que no haya
imperativos ideales en la vida. Los hay; pero estos
imperativos no constituyen un bloque monolítico, no
son un esquema fijo, sino varios —según los arquetipos—;
y, en definitiva, los hay en la vida de cada cual. ¿Significa
esto que lo que es bueno para unos no es bueno para
otros? Significa que lo que unos pueden, otros no pueden
hacerlo —se entiende, mientras sigan siendo lo que son.
Todas estas ideas generales las va descubriendo
Ortega magníficamente en su ensayo sobre Mirabeau o
el arquetipo del político. Y viene a cuento de que,
habiendo sido Mirabeau un político genial que anticipó,
en el agitadísimo período de la Revolución Francesa,
lo que sería la política del siglo XIX, fue sometido
a una especie de proceso post mortem y expulsado
del Panteón de Grandes Hombres porque se habían descubierto
ciertas “inmoralidades” en su vida. Joseph Chénier lo
acusó ante la Asamblea afirmando que “no hay grande
hombre sin virtud”.
“La humanidad es como una mujer que se casa con
un artista porque es artista y luego se queja porque
no se comporta como un jefe de negociado”, dice Ortega.
Tanto el artista como el jefe de negociado pueden ser
hombres “virtuosos”, pero las virtudes que tengan en
cuanto tales no serán las mismas. Esta es la cuestión.
Joseph Chénier es un alma mediocre, y lo que dice sería
cierto si estuviera juzgando a un hombre como él. Pero
cuando se trata de un hombre grande, magnánimo,
las virtudes de que se trata son otras. No es que las
virtudes del pusilánime (la honradez, la veracidad,
la templanza sexual) no sean virtudes; lo son. Pero
en el sistema de las virtudes del alma grande y creadora,
las que podríamos llamar virtudes conservadoras
desempeñan un papel subordinado. Y no reconocer esta
subordinación supone en el fondo una perversión moral,
“pues no es sólo inmoral preferir el mal al bien, sino
igualmente preferir un bien inferior a un bien superior.
Hay perversión dondequiera que hay subversión de lo
que vale menos contra lo que vale más. Y es, sin disputa,
más fácil y obvio no mentir que ser César o Mirabeau”
[1].
Esto plantea un problema moral, que es a la vez
biográfico y metafísico. “En vez de censurar al grande
hombre porque le faltan las virtudes menores y padece
menudos vicios, en vez de decir que ‘no hay grande hombre
sin virtud’, en vez de coincidir con su ayuda de cámara,
fuera oportuno meditar sobre el hecho, casi universal,
de que ‘no hay grande hombre con virtud’; se entiende
con pequeña virtud”
[2]. Es un hecho que puede resultar incómodo,
perturbador, inquietante; pero es un hecho, que no puede
eludirse.
“Es posible que el régimen de magnanimidad —sobre
todo en el hombre público— incapacite para el servicio
a las virtudes menores y arrastre consigo automáticamente
la propensión para ciertos vicios”. Cabe contestar que,
en principio, esta incompatibilidad no es absoluta;
pero, dado que no vivimos en una circunstancia ideal,
sino concreta y limitada, la imposibilidad puede ser
perfectamente real.
Los arquetipos, además de esta dimensión moral,
tienen otra, previa, psicológica —con raíces incluso
fisiológicas—. Pensemos en el arquetipo del político.
En la vida se puede ser o impulsivo o reflexivo. ¿Se
puede ser las dos cosas al mismo tiempo? Nuestra personalidad
puede estar constituida por distintas dosis de estos
componentes. Nadie carece enteramente de ninguno de
los dos. Pero no se puede ser las dos cosas, impulsivo
y reflexivo, al mismo tiempo. En el político domina
la impulsividad. El político es un hombre de acción.
“Todo menos soñar; es decir: imaginar que se hace algo
sin hacerlo”. El impulsivo actúa, y luego, acaso, reflexiona
sobre lo que ha hecho. La reflexión, en caso de darse,
es posterior, no previa (por eso, el acto moral por
excelencia de este tipo de caracteres es el arrepentimiento,
no la abstención del mal; sólo se puede reclamar de
ellos “una bondad homogénea con su temperamento”, “una
bondad impulsiva, que no resulta de una deliberación,
como la escrupulosidad, sino de la sanidad nativa de
los instintos”). El hombre de acción se ocupa; el intelectual
se preocupa.
El hombre de acción además, y el político de
manera especial, es poco escrupuloso con la verdad;
no se preocupa mayormente por la precisión y veracidad
intelectuales. Tiene incluso cierta afición a la farsa
y el histrionismo.
Vive volcado al exterior, identificándose con
los conflictos de su entorno; lo que tiene dos grandes
consecuencias psicológicas: en primer lugar carece de
intimidad y, en segundo lugar, muestra una sorprendente
falta de susceptibilidad. Por carecer de intimidad,
suele ser, según Ortega, un hombre poco interesante
para las mujeres, al menos para las no afectadas de
frivolidad. Esta ausencia de intimidad hace que, por
otro lado, apenas se le pueda acusar de egoísta, porque
su yo, su interés, suele coincidir con algo que está
fuera de él, que abarca e interesa a más gente. Respecto
a la falta de susceptibilidad, dice Ortega: “¡Bueno
fuera que, obligado a resolver conflictos exteriores,
llevase también en su interior conflictos! Por fortuna,
existe lo que yo llamo un cutis de grande hombre, una
piel de paquidermo humano, dura y sin poros, que impide
la transmisión al interior de heridas desconcertantes.
También habría incongruencia en exigir al político una
epidermis de princesa de Westfalia o de monja clarisa” [3].
Todos estos elementos (“impulsividad, turbulencia, histrionismo,
imprecisión, pobreza de intimidad, dureza de piel”) son
necesarios, forman parte del arquetipo. Pero no bastan
para constituir a un gran político. Además de estos rasgos
de carácter, hacen falta otras cualidades más específicamente
políticas. El político tiene que tener tacto y astucia
para conseguir de otros hombres lo que desea. Tiene que
tener “cierto sentido, y como afición nativa a la justicia”.
Tiene que saber administrar, al modo de una industria,
los intereses materiales y morales de una nación. Todo
esto es necesario, pero no basta. El gran político viene
a ser “como un alto edificio, en que cada piso sostiene
al que le sigue en la vertical. La política es la arquitectura
completa, incluso los sótanos”. Las cualidades extrañas
y más o menos viciosas son “los cimientos subterráneos,
las oscuras raíces que sustentan el gigantesco organismo
de un gran político”.
Finalmente,
nos da Ortega la definición de lo que constituye para
él al gran político. “Hay un sentido de la palabra ‘política’
que me parece la cima de su complejo significado y que
es, a mi juicio, la dote suprema que califica al genio
de ella, separándolo del hombre público vulgar. Si fuese
forzoso quedarse en la definición de la política con
un solo atributo, yo no vacilaría en preferir éste:
política es tener una idea clara de lo que se debe hacer
desde el Estado en una nación” [4].
Son de alguna manera las cumbres las que definen los arquetipos.
Y lo son porque en ellas se dan los verdaderos ideales,
los ideales realizados, los ideales que se apoyan en la
verdadera estructura de la realidad.
Ortega
no niega el ámbito del deber ser, no niega en
este sentido los ideales. Negar el deber ser
sería negar la historia. Sería afirmar los arquetipos
en un sentido mítico frente a la innovación, que es
lo propio del ámbito de la moral, del deber ser. Si
no hubiera más que realidad en el sentido de necesidad,
sólo habría arquetipos en el sentido de las culturas
primitivas, eterno retorno [5]. Ortega evidentemente afirma los arquetipos en otro sentido.
En un sentido que no niega los verdaderos ideales, los
que traspasan la realidad asumiéndola, no haciendo abstracción
de ella. Ni mero ser ni mero deber ser,
sino deber ser lo que se pueda ser.
Aún hay que decir algo más acerca de los “vicios” propios
de un prototipo humano y de un
hombre magnánimo. Dado que las sombras son inevitables
en medio de las luces, lo que hace que un ser humano,
a pesar de tener sombras, sea un buen ejemplar de un tipo
determinado es que esas sombras estén en su debido sitio;
es decir, estén en función del proyecto que tal tipo humano
encierra. Por ejemplo, se ha reprochado a Mirabeau su
venalidad; y es cierto que Mirabeau se vendió. Pero lo
que hace de Mirabeau un magnífico ejemplar de político
es que no hizo su política en función de esta venalidad;
sino al contrario, su venalidad estuvo en función de su
elevada visión política. Si era inevitable venderse a
alguien, lo hizo con suma elegancia.
No
sólo eso. El hombre grande, por la intensidad de su
acción, está expuesto a mayores riesgos. No es más virtuoso
el que menos cae en la tentación, sino el que más veces
la supera. “El venal Mirabeau es uno de los hombres
que se han vendido menos, si se advierte que es uno
de los hombres que más se ha querido comprar. El pusilánime,
al hacer su cuenta al grande hombre, olvida siempre
el otro factor, que es el esencial: su grande hombría”
[6].
Una verdadera psicología empírica debería trazar los perfiles
de estos arquetipos. No es tarea fácil. Se trataría probablemente
de una clasificación no menos rica que la de las especies
animales y vegetales, con la complicación añadida de la
variabilidad histórica y biográfica propia de lo humano.
Ortega, en otros escritos, se ha ocupado también de otros
“arquetipos”. Es muy interesante, por ejemplo, a este
respecto, su Prólogo a Aventuras del capitán Alonso
de Contreras, de 1943. Se trata en él del arquetipo
del aventurero. Si el tipo del político era contrario
al intelectual Ortega, lo es más aún el del aventurero,
tal como él nos lo describe. Pero Ortega, como dice él
mismo, quiere “dilatar su horizonte de humanidad”. El
caso del capitán Contreras es también ejemplar: “La existencia
de Alonso de Contreras nos presenta un ejemplo superlativo
y químicamente puro de hombre aventurero”. El aventurero
tiene muchos rasgos en común con el político: la impulsividad,
la falta de reflexión e intimidad, el coraje y la energía
física... A veces coinciden en una misma persona, como
en el caso de Napoleón (“el mayor aventurero”, que confesaba:
D’abord je m’engage, puis j’y pense). Al aventurero
y al político los compara Ortega con un titán (más y menos
que un hombre). Aunque la imagen zoológica más expresiva
del aventurero es la del saltamontes.
Sin
embargo, el verdadero político, el político completo,
tiene una nota de intelectualidad que falta en el aventurero
y que es necesaria en este para tener una “idea clara”
de su misión. “Esta nota de intelectualidad —dice en
fin Ortega— que, como un fuego de San Telmo, corona
la enérgica figura del hombre de acción, es, a mi juicio,
el síntoma que distingue al político egregio del vulgar
(animalote) gobernante. Porque esos otros ingredientes,
sin duda brutales, que constituyen su soporte vital,
su peana psicofisiológica, aparecen en no pocos individuos.
Casi todos los hombres de acción los poseen. Pero éste
es, a mi juicio, el error: creer que un político es,
sin más ni más, un hombre de acción, y no advertir que
es el tipo de hombre menos frecuente, más difícil de
lograr, precisamente por tener que unir en sí los caracteres
más antagónicos, fuerza vital e intelección, impetuosidad
y agudeza. (...) Conviene dar nombre a esa forma de
intelectualidad que es ingrediente esencial del político.
Llamémosla intuición histórica” [7].
A través de la biografía de Mirabeau, sucintamente expuesta
entresacando unos cuantos rasgos y gestos expresivos,
Ortega dibuja en su ensayo esa figura humana que es el
político, uno de los muchos tipos que constituyen la estructura
empírica de la vida humana, según la acertada fórmula
de Marías. Un análisis riguroso de la vida humana, de
la vida biográfica, descubre esta y otras estructuras
que aportan a la vida de cada cual su dosis de fatalidad.
Son las generaciones históricas otra estructura fatal;
pero los arquetipos se sitúan en un estrato de la realidad
todavía más hondo. Sin atrevernos a decir que sean intemporales
—sería una exageración, es decir una falsedad—, sí diríamos
que subyacen a las generaciones o, usando la bella expresión
de Unamuno, que son intrahistóricos. Ortega insiste en
que la vida es libertad. Pero sabe igualmente que no es
sólo libertad. No se deja deslumbrar por ella.
Para él la vida es un fatídico elegir, un tener que ser
forzosamente libres. Pero la elección no es absoluta.
El margen de elección es muy reducido. Es menester escoger
entre un repertorio limitado de posibilidades, a lo sumo
inventar algunas nuevas, condicionadas por nuestro pasado.
Es lo que Sartre no quiere ver. Je ne peux pas me choisir
comme n’importe quoi. Y sobre todas esas forzosidades
se asienta, o mejor, surge en medio de toda ellas, esa
otra forzosidad sui generis que es la vocación.
[1] Obras
completas, III, Alianza Editorial – Revista de Occidente, Madrid
1987, 613-614.
[2] Obras
completas, III, ob. cit., 610.
[3] Obras
completas, III, ob. cit., 625.
[4] Obras
completas, III, ob. cit., 625.
[5] Cf Mircea Eliade, Le Mythe de l’éternel retour,
Gallimard, París 1969, especialmente el capítulo Archétypes
et répétition.
[6] Obras
completas, III, ob. cit., 616.
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