Cuando Ortega se define ante el argentino lo hace desde una
óptica del visitante extranjero que roza por unos instantes
el alma argentina. En el Instituto Popular de Conferencias antes
de partir en su última etapa de permanencia se autodenomina
un viajero que en público y privado ha expresado con áspera
franqueza su sentir sobre la nación conforme él la iba sintiendo.
En 1916 asegura que fue escuchado con respeto y aprecio. Comprendió
el argentino de aquellos años que Ortega no era frívolo adulador
ofreciendo meros espectáculos. Al partir para Madrid asegura
que Argentina se ha convertido para él “en un caso experimental
revelador” ya que los argentinos poseían cualidades poco conocidas
en Europa y pertenecían a un escenario exótico nacido cuando
el mundo civilizado ya estaba hecho. En los artículos de La
Nación en los años 1923-1924 sobre un nuevo horizonte histórico
abriéndose en Europa, Ortega le tomara el pulso a la idiosincrasia
del ser americano que se sentía centro de sí mismo y desarrollaba
una vocación imperial similar a la de Roma.
Ortega a lo largo de años de docencia medirá a estos
pueblos jóvenes de América con una vara distinta a la europea
ya que en su opinión no tenían la imaginación histórica para
anticipar el porvenir, ni la larga memoria que conservaba experiencias
de un largo pasado como tenían los pueblos viejos. Los americanos
en general eran presentistas, vivían de la superficie inmediata
e instantánea simplificando su ser, allanando complejidades
con un pragmatismo ingenuo y avasallador, afrontando la situación
que en cada momento sobreviene sin medir las consecuencias.
Estos eran los anacronismos de los pueblos jóvenes de origen
colonial de norte a sur de América, instalados en una zona vital
de primitivismo facilista, desarrollando sentimientos de prepotencia
y petulancia respecto a las civilizaciones matrices.
A los treinta años cuando se topó por primera vez
con el componente social argentino el alma de Ortega era un
incendio de entusiasmos que no sabía acercarse a las cosas sin
intentar encenderlas y abrillantarlas con su fuego interior.
Para estas fechas había conocido a la Gioconda austral, Victoria
Ocampo. En su última despedida se manifestó pleno de erotismo
afirmativo, de apetito por la belleza de la vida y por poblar
el planeta de pensamientos dinámicos. El mundo sin amor, le
confesaba a los argentinos, sin fervor o entusiasmo, se volvería
erial inhóspito. Como europeo quería prenderse a las virtudes
de la vida ascendente que le transmitía América y el sector
que mas le impactó fue el femenino, del cual derivó una gran
parte de su cultura del amor y el homenaje a la mujer criolla
de 1939 [1].
Ortega es consciente que en aquél entonces poco sabía
del alma colectiva argentina y que no tenía datos para corroborar
sus impresiones. Solamente dejaba caer ciertas insinuaciones
útiles que ni siquiera necesitan ser exactas. Eran impresiones
“de viajero rápido, que ha hecho resbalar su pupila sobre vuestra
tierra. Añadiendo el comentario “Ni creo que viajero alguno
haya tenido la grotesca pretensión de descubrir el país a los
nativos”. Como espectador, su mirada dibujaba imágenes de la
nación visitada, como quien escribe un libro de viaje que son
siempre libros ingenuos y refrescantes. Lo que dejará asentado
es que “el viajero busca en sus andanzas renovación espiritual.
Viajar por un pueblo extraño es valerse de un artificio que
nos permite un renacimiento de nuestra persona, cuando viajamos
volvemos a ser niños”.
Desde el diario La Nación en los años 20 dejó
asentada la premisa de que estas naciones jóvenes, nacidas como
colonias de pueblos viejos, invertían la dinámica de la historia
creando su propio modelo de civilización americana, con su “
standard” de vida emprendedor de cara al futuro, que dejaba
atrás errores del viejo continente. En este sentido, como español
y europeo, los americanos de norte a sur le renovaban el espíritu
y le incitaban a un perspectivismo cultural más amplio. Sin
embargo, estos mismos americanos, sobre todo los argentinos
que se sentían europeos, imitaban los modelos y corrientes ideológicas
e intelectuales que les llegaban del viejo continente sin percatarse
de los cambios en la estructura mental del europeo, que después
de la guerra del 14 ya se instalaba dentro de una nueva perspectiva
cultural. En su conferencia del teatro Odeón habría mencionado
que existían entre España y las repúblicas hispanoamericanas
profundas identidades compartidas, pero en aquel entonces lo
que más le interesaba rescatar era la dimensión común, la sangre
de un siglo joven que se iniciaba de forma turbulenta. El novecentismo
de Ortega traía consigo una nueva sensibilidad que se traducía
en un cambio rápido y hondo en la manera de sentir la vida.
Lo que proponía era un nuevo régimen de atención con el gesto
maravilloso de moverse para formar un orbe distinto. Para ello
había que romper amarras con el siglo anterior, escéptico, agnóstico,
positivista y seguro de si mismo.
La visión orteguiana de 1916 en medio de la gran guerra europea
era la misma de Heine: “el mundo europeo olía a violetas viejas”.
En Europa todo era de color desteñido, palúdico, de vitalidad
menguante donde era imposible ahondar en las creencias, en las
artes y en la vida cultural con nuevas apetencias innovadoras.
Él mismo venía de una España harta de glorias y angustias que
parecía tenderse hacia la muerte. Su raza se le presentaba hosca,
severa, silenciosa mientras que la blanda ribera del Plata sobre
una tierra grasa y ancha representaba la vida germinal. Era
la Argentina un pueblo en “status nascens” absorbido por la
organización económica y lleno de optimismo aspirante. Por otro
lado la encontraba poco preocupada por la ciencia, demasiado
pendiente de una moral utilitarista y escasamente vigilante
a los cambios internacionales. Pero en conjunto era pueblo fuerte
sano y niño.
Desde su revista El Espectador, en 1917
[2], Ortega anunciaba que el viaje a América del 16 le resulto “la
experiencia mas aguda que puede hacer un español espiritual”.
La aventura americana le convierte en un meditador trasatlántico
que incorpora a su pensamiento europeo una nueva dimensión que
pretendía no solo el dominio de todo un continente sino desplazar
a Europa del centro de Occidente. Estas aspiraciones de la doctrina
Monroe de 1823, impulsaron a la discusión sobre el predominio
norteamericano que amenazaba con la norteamericanización del
viejo continente. En contra de estas expectativas Ortega planteaba
desde el diario La Nación la alternativa de la unidad
europea. Las discusiones americanistas con varios visitantes
extranjeros que pasaron por Amigos del Arte entre 1929 y 1930
ponen en el centro del debate la esencia del “american way of
life” dentro de la masificación y vulgarización que llegaba
de Norteamérica y sus efectos nocivos sobre Europa. Este tema
estaría explícito en La rebelión de las masas que se
comenzó a escribir en 1929, incluyendo discusiones con argentinos
sobre la cultura del confort y consumismo que tenía encandilados
a los sudamericanos. Ortega en su articulo “Los nuevos Estados
Unidos” [3] publicado exclusivamente en La Nación en marzo de 1931
y en su serie “Sobre los Estados Unidos”
[4] que también aparecieron en este mismo diario en agosto y septiembre
de 1932 deja clara su posición en este debate. A sus pares europeos
les aseguraba que si los argentinos albergaban la falsa idea
de la superioridad de América esta opinión le parecía propia
de la petulancia de un pueblo joven; pero que los europeos de
larga memoria se colocaran con boca abierta ante los Estados
Unidos, embobados por su portentosa ascensión y exuberante riqueza,
le parecía “chochez” o esnobismo. Sobre todo no aceptaba Ortega
la denigración del viejo continente a expensas del hombre auroral
norteamericano.
Desde 1917 al incorporar a sus modulaciones de raza
europea a los pueblos americanos, prestos a actuar en la historia
del planeta, Ortega comienza a mover su retina histórica entre
dos dinámicas del tiempo divergentes, la europea y la americana
con sus idiosincrasias particulares y patologías específicas.
En Chile, en 1928 ante el Parlamento, admite que puede interponerse
algún error óptico en su concepción del problema social americano,
sin embargo la tendencia a exagerar defectos no oscurece la
discusión esencial sobre el destino individual y colectivo de
las naciones hispanoamericanas encandiladas por utopías propias
y ajenas.
La tendencia al dramatismo del corazón lo pondrá
en marcha Ortega en sus artículos del año 29 “La Pampa…promesas”
y “El hombre a la defensiva”
[5] de resonancias intimistas, hasta el punto en que aparecieron
en el Espectador VII bajo el epígrafe de Intimidades.
Analizando paisajes sentimentales con la mirada del intruso,
al cruzar por Mendoza a Chile sintió la invasión de la Pampa
tras largos años de ausencia. Retomando sus reflexiones sobre
el fenómeno de una nación tierra de mies, que vive de las ilusiones
generosas de su Pampa húmeda, saca conclusiones sobre el estilo
de vida evaporada y fugaz del criollo, advirtiendo que cuando
las promesas omnímodas no se cumplen las derrotas en Argentina
eran atroces. Queda el hombre como mutilado, en seco, sin explicaciones
y cortada toda comunicación con la verosimilitud en que posaba
su destino promisorio.
Ortega, en sus ensayos de esta época y en la estructura
del paisaje pampeano, admite que “no es fácil que un extraño
acierte con los secretos de un terruño”, comentando que estos
secretos de la intimidad de una nación se absorben con las raíces
del ser y exigen por tanto radicación. Observa que el argentino
se enoja o irrita cuando un viajero al hablar de su tierra padece
un error de apreciación. A Ortega esta conducta le parece natural,
pero advierte que le mente autóctona saturada de su realidad
pierde la perspectiva. El nativo debería aprovechar de esta
paradoja de la verdad del viajero porque aun la línea errónea
del extraño, puede contener pedazos de la auténtica verdad.
Ortega establece diferencias entre el viajero turístico de la
agencia Cooks y el que viene a la Argentina como inmigrante,
o para concluir un negocio o dar conferencias. Una cosa es ir
a hacer y pasar y otra ver y estar. “A mi juicio –opina-- esto
último es la esencia del viaje. Justamente las dos cosas, ver
y estar”. En su análisis Ortega pondrá distancia entre el inserto
en su realidad cotidiana acelerada, que no tiene tiempo para
una actitud receptiva y quieta, y el de fuera que le permite
medir el paso ante las cosas.
De los dos ensayos, “El hombre a la defensiva” fue
el que provocó desde la prensa argentina una reacción fulminante
que generó todo tipo de opiniones sobre la sociología argentina.
Molestó que Ortega, al retomar la visión de una sociedad llena
de agujeros, fracturas y ausencias, cuestionara a fondo la veracidad
del sueño argentino. La performance maravillosa de la
historia argentina que fascinaba al visitante, su fértil tierra,
sus adelantos urbanos y sorprendente Estado, no eran para Ortega
indicio de verdadero progreso. El rebosante Estado nacional,
de autoridad similar al de Berlín, con un fuerte perfil jurídico
y gendarme de instituciones públicas, conservaba un curioso
desequilibrio entre la realidad social y su gran idea de Estado.
El Estado-Nación que se mira a si mismo y se proyecta en alto
modulo, vivía de espaldas a la espontaneidad social sin ajustar
su fabuloso cuerpo mecánico a los derechos del ciudadano, al
alma individual del hombre argentino. A pesar de sus aspiraciones
imperiales y la altanería de sus proyectos, la vida argentina
tenía pobre programa. Sospechaba Ortega que esa alta idea de
sí mismo que arrastraba el argentino, provenía del factor económico
anidado en la fertilidad de sus tierras. Sin embargo en tiempos
de autoritarismos de masas internacionales, teme que de la valoración
hipertrófica del Estado y de sus masas funcionando arrolladoramente,
resulte que estén imitando el modelo europeo fascista.
Ortega destaca de este fino análisis que comienza
en “La Pampa… promesas” y se extiende a “El hombre a la defensiva”,
que el problema de la intimidad argentina es que se vive de
una ilusión óptica, de una careta pública sin fondo vital. Este
carácter de ficción falseada le conduce a asumir una conducta
a la defensiva que frena y paraliza su ser espontáneo y deja
solo en pie su persona convencional. En la Argentina el puesto
o función social de un individuo se halla siempre en peligro
por el apetito de otros quien con audacia quiere arrebatárselo.
El individuo mismo no se siente seguro de la plenitud de su
título con el que ocupa el puesto o rango. Esto genera una estructura
psicología a la defensiva que Ortega ha notado sobre todo en
las masas burocráticas del Estado aumentando vertiginosamente
en las presidencias de Irigoyen.
El fenómeno proviene de los embates de la inmigración
con su feroz apetito individual, exento de disciplina interior,
y con la exclusiva mira de hacer fortuna rápida. El afán de
riqueza es anómalo, exorbitante, justifica cualquier audacia
y fin mediato. Se generan gigantones agresivos. Dentro de este
mismo contexto se crean cátedras, oficios, puestos profesionales
de ejercicio improvisado sin que el ocupante tenga los dotes
personales para ocuparlo con eficiencia. No acepta su puesto
como individual destino, para lo único que le interesa es para
su avance en fortuna y jerarquía social. Los oficios son camisas
de serpiente que se cambia en quien las vista. Este análisis
de la incompetencia burocrática argentina y de un Estado rentista
pasa también a la sociedad factoría y a su hombre abstracto
todavía no argentinizado. El hombre histórico, el terrateniente
colono ya estaría afirmado. No ocurre lo mismo con el que viene
del aluvión atlántico que el mar ha traído con derechos y exigencias
sociales reprimidas. Con lo cual quedaría pendiente qué tipo
de cohesión social estaría armándose en Argentina y como controla
el Estado las hordas que pasan por el puerto de Buenos Aires.
No todo en América es uniforme. Ortega percibe grandes
diferencias en el desarrollo del Norte y del Sur. Respecto a
distintos niveles de madurez social en 1928 anticipa que Chile
y Uruguay son sociedades más estables que la Argentina porque
han crecido pausadamente. En el vertiginoso aceleramiento argentino
convive una relativa madurez con rasgos primitivos. Los argentinos
no se toman el tiempo necesario para crecer lentamente y asentar
sus instituciones nacionales sobre bases sólidas. Cuando se
vive de una ilusión óptica, de una gran falta de autenticidad
que afecta la vida personal, profesional y amorosa, se crea
un tipo de sociedad vital pero insegura. Al argentino le resbala
su destino concreto, no lo asume viviendo siempre de lo que
le llega de afuera y mal asimilado.
La respuesta de Ortega a la conmoción que produjeron
sus artículos del Espectador se publicó en 1930, en La
Nación bajo el titulo de “¿Por qué he escrito ‘El hombre
a la defensiva’?” [6]. Allí Ortega reafirma su verdad radical biográfica diciendo que
a la Argentina le debe capítulos centrales de su vida. Son para
él palabras gruesas en tanto que su vida es lo único que le
interesa en el universo. La deuda que tiene con los argentinos
no la expresa como otros transeúntes con halagos, sino con la
sinceridad absoluta de quien comparte la intimidad. Para Ortega
las páginas irritantes del Espectador son las primeras
monedas para pagar su deuda afectiva, alegando que “una vida
bien metida en su auténtico destino no vive de la benevolencia
crítica de los prójimos”.
Con los años , Ortega devolvería el beneficio de
esta intromisión incorporando al argentino en textos como La
rebelión de las masas, Ideas y creencias, Misión
de la Universidad, El hombre y la gente , Sobre
la razón histórica y muchos otros textos importantes de
su pensamiento que se desparraman sostenidamente por las paginas
de La Nación. Ortega presenta este quehacer docente como
una tarea junto al argentino dándole a entender que en su vida
lo que mas le hacía falta era una profunda reforma moral, una
búsqueda de identidad más auténtica. Para poder vivir de su
propia sustancia en todos los órdenes: económico, político,
intelectual, el argentino necesitaba sumirse en el duro quehacer
de descifrar su individual destino. Su observación es que “sólo
así podrán modificarse la moral colectiva, el tipo de valores
preferidos, el standard de virtudes y modos de ser, para
que, prestigiados, informen con fértil autonomismo, la existencia
argentina”.
En 1930 Ortega afirmaba que el argentino al no vivir
de sí mismo se sentía desmoralizado “y por ello no vive su vida,
y por ello no crea ni fecunda ni hincha su destino” añadiendo
que “Para mí la moral no es lo que el hombre debe ser, pero
por lo visto puede prescindir de ser, sin que es simplemente
el ser inexorable de cada hombre de cada pueblo. Por eso, desde
siempre y una vez más en mis conferencias últimas de Buenos
Aires, anunciaba yo un posible curso de Ética —que ya no sé
bien si haré”. Es en este sentido moral que encuentra al hombre
argentino en conflicto consigo mismo, en un momento grave de
su historia nacional. Después de dos generaciones en que ha
vivido de fuera, “tiene que volver a vivir de su propia sustancia
en todos los ordenes: económico, político e intelectual”. La
falta de autenticidad, se le vuelva dilema nacional porque no
determina que tipo de nación quiere ser. Su autoengaño respecto
a quien es y quien quiere ser no le permiten delinear su destino
y marcar un rumbo más certero.
En los críticos años 40 con otra guerra mundial iniciándose
Ortega insistirá desde La Nación, sobre todo en su serie
Del Imperio Romano, en esta búsqueda de autenticidad,
en la necesidad de que el argentino adaptara la piel de su Estado-Nación
a sus necesidades sociales sin imitar modelos extranjeros. No
bastaba con gritar a voz en cuello ideales y utopías, palabras
sin sustancia como Libertad, Progreso y Democracia, utilizados
como lenguaje de evasión porque no le servían para realmente
ir a las cosas. El argentino vivía de un ser y país imaginario
tomando la postura de aquel personaje irreal que anulaba y atrofiaba
la intimidad, “que es nuestro único tesoro verdadero, que es
la sola potencia efectiva capaz de crear, en todo orden, desde
la ciencia, pasando por la política, hasta en el amor y la conversación”
Una de las grandes fallas del sistema, provenía de
la falta de una minoría enérgica que suscitara una nueva moral
en la sociedad. Intuye Ortega que las clases dominantes a las
que imitan otros sectores que desean ascender socialmente, vivían
cultivando una postura narcisista, se miran a si mismos, les
gusta como son y se muestran intratables con quienes desnudan
la perpetua deserción en que viven. Llevado este defecto a nivel
nacional, la gesticulación de alto modulo de su Nación-Estado
genera una sociedad que impone al individuo grandezas que en
realidad no existen. Da a entender que el nacionalismo argentino,
de varios matices ideológicos se basa en estas premisas de ideales
falsos que conducen a la evasión argentina sin llegar nunca
a “las cosas”.
Vista desde una perspectiva menos lejana que la de
Ortega, quien escribía estas sugerencias en tiempos de Irigoyen
y de dictaduras militares, el escritor Arturo Jauretche en 1966
habiendo ya pasado por el populismo peronista, con el pueblo
base sepultado por los militares y revoluciones insensatas,
recrea en su libro El Medio Pelo en la sociedad argentina
su propio espejo de modalidades argentinas. Encuentra que
el argentino sigue viviendo de aparentar lo que nos es, con
una composición de clases y sectores nacionales y burocráticos
que dentro de la sociedad construyen su status sobre una ficción.
l mismo molde del viejo terrateniente de carne y cereal que
gastó su dinero en París o del liberal utópico de progreso indefinido
viviendo de promesas incumplidas que desarticulan a la nación,
pasaba a ser modelo del despilfarro y vaciamiento nacional recurrente
en las crisis cíclicas del país. En veinte años de ausencia
orteguiana se vivía una nación que en vez de crecer, se habría
achicado porque seguía jugando con un delirio de grandeza sin
un modelo de capitalismo propio ni una economía integrada. El
dinero rodante cambiaba de mercado, el tablero mundial se modificaba
mientras el argentino seguía soñando con solucionar problemas
pagando con cosechas. La Pampa… promesas, como insinuaba
Ortega en 1929, era una rueda de la fortuna que podía paralizarse
y la derrota sería tremenda.
Puntualizaba Ortega en 1929 que “el alma criolla
está llena de promesas heridas”, que sufre radicalmente de un
divino descontento y arrastra su vida entre fracasos mayores
o menores instalados en otra vida prometida. Este vivir en lo
periférico, ajeno al de fuera, amándose y mirándose a sí mismo
eternamente, le ponía ante el mundo como símbolo de humanidad
deficiente. Contrariamente a los americanos del norte, los argentinos
vivían de una meta parcial, con una sociedad poco habituada
a exigir competencia, improvisando rangos, oficios, y destinos
transitorios. Lo único que les interesaba era su avance en fortuna
y jerarquía social. Estos defectos, sobre todo el inmoderado
apetito de fortuna que Ortega detecto en 1929 en sus dos ensayos
del Espectador, quizás ofendan todavía algún fantasma
íntimo de un capitalismo progresista mal asimilado, pero nadie
duda que su radiografía fue certera y que este viajero imaginario
nos estremeció detectando síntomas profundos de nuestra forma
de ser nacional, guardando “la equidistancia entre el halago
y el vejamen” como era su estilo entre argentinos.
[1] Se
alude a los textos que Ortega escribió sobre el tema del amor
y que fueron agrupados en el libro Estudios sobre el amor.
Primera edición en 1941 (en O.C., 1983, vol V), aunque los
textos fueron escritos y publicados en los años veinte, en
fechas cercanas al “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice”
de Victoria Ocampo que Ortega dedicó a su amiga en 1924 (vol
III, pp. 317-338). El homenaje a la mujer criolla es un charla
radiofónica que dio Ortega en Buenos Aires en 1939 y que publicó
por primera vez en el volumen Meditación del pueblo joven,
que apareció póstumamente en 1958 (O.C., vol VIII, pp 411-446)
[2] Cfr. segundo número de El Espectador
(O.C., 1983. vol II, pp 129 y ss)
[3] Recogido en O.C., 1983, IV, pp 357-361
[4] Cfr., O.C., 1983, IV, 369-381.
[5] Recogidos en El Espectador VII (1930), O.C., 1983, pp 635-663.
[6] En O.C., 1983, IV, pp 69-74.