CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año III - Número 6 - Enero 2005
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ORTEGA Y GASSET, UN VIAJERO IMAGINARIO POR LA ARGENTINA.

Marta Campomar


Cuando Ortega se define ante el argentino lo hace desde una óptica del visitante extranjero que roza por unos instantes el alma argentina. En el Instituto Popular de Conferencias antes de partir en su última etapa de permanencia se autodenomina un viajero que en público y privado ha expresado con áspera franqueza su sentir sobre la nación conforme él la iba sintiendo. En 1916 asegura que fue escuchado con respeto y aprecio. Comprendió el argentino de aquellos años que Ortega no era frívolo adulador ofreciendo meros espectáculos. Al partir para Madrid asegura que Argentina se ha convertido para él “en un caso experimental revelador” ya que los argentinos poseían cualidades poco conocidas en Europa y pertenecían a un escenario exótico nacido cuando el mundo civilizado ya estaba hecho. En los artículos de La Nación en los años 1923-1924 sobre un nuevo horizonte histórico abriéndose en Europa, Ortega le tomara el pulso a la idiosincrasia del ser americano que se sentía centro de sí mismo y desarrollaba una vocación imperial similar a la de Roma.

Ortega a lo largo de años de docencia medirá a estos pueblos jóvenes de América con una vara distinta a la europea ya que en su opinión no tenían la imaginación histórica para anticipar el porvenir, ni la larga memoria que conservaba experiencias de un largo pasado como tenían los pueblos viejos. Los americanos en general eran presentistas, vivían de la superficie inmediata e instantánea simplificando su ser, allanando complejidades con un pragmatismo ingenuo y avasallador, afrontando la situación que en cada momento sobreviene sin medir las consecuencias. Estos eran los anacronismos de los pueblos jóvenes de origen colonial de norte a sur de América, instalados en una zona vital de primitivismo facilista, desarrollando sentimientos de prepotencia y petulancia respecto a las civilizaciones matrices.   

A los treinta años cuando se topó por primera vez con el componente social argentino el alma de Ortega era un incendio de entusiasmos que no sabía acercarse a las cosas sin intentar encenderlas y abrillantarlas con su fuego interior. Para estas fechas había conocido a la Gioconda austral, Victoria Ocampo. En su última despedida se manifestó pleno de erotismo afirmativo, de apetito por la belleza de la vida y por poblar el planeta de pensamientos dinámicos. El mundo sin amor, le confesaba a los argentinos, sin fervor o entusiasmo, se volvería erial inhóspito. Como europeo quería prenderse a las virtudes de la vida ascendente que le transmitía América y el sector que mas le impactó fue el femenino, del cual derivó una gran parte de su cultura del amor y el homenaje a la mujer criolla de 1939 [1].

Ortega es consciente que en aquél entonces poco sabía del alma colectiva argentina y que no tenía datos para corroborar sus impresiones. Solamente dejaba caer ciertas insinuaciones útiles que ni siquiera necesitan ser exactas.  Eran impresiones “de viajero rápido, que ha hecho resbalar su pupila sobre vuestra tierra. Añadiendo el comentario “Ni creo que viajero alguno haya tenido la grotesca pretensión de descubrir el país a los nativos”. Como espectador, su mirada dibujaba imágenes de la nación visitada, como quien escribe un libro de viaje que son siempre libros ingenuos y refrescantes. Lo que dejará asentado es que “el viajero busca en sus andanzas renovación espiritual. Viajar por un pueblo extraño es valerse de un artificio que nos permite un renacimiento de nuestra persona, cuando viajamos volvemos a ser niños”.

Desde el diario La Nación en los años 20 dejó asentada la premisa de que estas naciones jóvenes, nacidas como colonias de pueblos viejos, invertían la dinámica de la historia creando su propio modelo de civilización americana, con su “ standard” de vida emprendedor de cara al futuro, que dejaba atrás errores del viejo continente. En este sentido, como español y europeo, los americanos de norte a sur le renovaban el espíritu y le incitaban a un perspectivismo cultural más amplio. Sin embargo, estos mismos americanos, sobre todo los argentinos que se sentían europeos, imitaban los modelos y corrientes ideológicas e intelectuales que les llegaban del viejo continente sin percatarse de los cambios en la estructura mental del europeo, que después de la guerra del 14 ya se instalaba dentro de una nueva perspectiva cultural. En su conferencia del teatro Odeón habría mencionado que existían entre España y las repúblicas hispanoamericanas profundas identidades compartidas, pero en aquel entonces lo que más le interesaba rescatar era la dimensión común, la sangre de un siglo joven que se iniciaba de forma turbulenta. El novecentismo de Ortega traía consigo una nueva sensibilidad que se traducía en un cambio rápido y hondo en la manera de sentir la vida. Lo que proponía era un nuevo régimen de atención con el gesto maravilloso de moverse para formar un orbe distinto. Para ello había que romper amarras con el siglo anterior, escéptico, agnóstico, positivista y seguro de si mismo.

         La visión orteguiana de 1916 en medio de la gran guerra europea era la misma de Heine: “el mundo europeo olía a violetas viejas”. En Europa todo era de color desteñido, palúdico, de vitalidad menguante donde era imposible ahondar en las creencias, en las artes y en la vida cultural con nuevas apetencias innovadoras. Él mismo venía de una España harta de glorias y angustias que parecía tenderse hacia la muerte. Su raza se le presentaba hosca, severa, silenciosa mientras que la blanda ribera del Plata sobre una tierra grasa y ancha representaba la vida germinal. Era la Argentina un pueblo en “status nascens” absorbido por la organización económica y lleno de optimismo aspirante. Por otro lado la encontraba poco preocupada por la ciencia, demasiado pendiente de una moral utilitarista y escasamente vigilante a los cambios internacionales. Pero en conjunto era pueblo fuerte sano y niño.

Desde su revista El Espectador, en 1917 [2], Ortega anunciaba que el viaje a América del 16 le resulto “la experiencia mas aguda que puede hacer un español espiritual”. La aventura americana le convierte en un meditador trasatlántico que incorpora a su pensamiento europeo una nueva dimensión que pretendía no solo el dominio de todo un continente sino desplazar a Europa del centro de Occidente. Estas aspiraciones de la doctrina Monroe de 1823, impulsaron a la discusión sobre el predominio norteamericano que amenazaba con la norteamericanización del viejo continente. En contra de estas expectativas Ortega planteaba desde el diario La Nación la alternativa de la unidad europea. Las discusiones americanistas con varios visitantes extranjeros que pasaron por Amigos del Arte entre 1929 y 1930 ponen en el centro del debate la esencia del “american way of life” dentro de la masificación y vulgarización que llegaba de Norteamérica y sus efectos nocivos sobre Europa. Este tema estaría explícito en La rebelión de las masas que se comenzó a escribir en 1929, incluyendo discusiones con argentinos sobre la cultura del confort y consumismo que tenía encandilados a los sudamericanos. Ortega en su articulo “Los nuevos Estados Unidos” [3] publicado exclusivamente en La Nación en marzo de 1931 y en su serie “Sobre los Estados Unidos” [4] que también aparecieron en este mismo diario en agosto y septiembre de 1932 deja clara su posición en este debate. A sus pares europeos les aseguraba que si los argentinos albergaban la falsa idea de la superioridad de América esta opinión le parecía propia de la petulancia de un pueblo joven; pero que los europeos de larga memoria se colocaran con boca abierta ante los Estados Unidos, embobados por su portentosa ascensión y exuberante riqueza, le parecía “chochez” o esnobismo. Sobre todo no aceptaba Ortega la denigración del viejo continente a expensas del hombre auroral norteamericano.   

Desde 1917 al incorporar a sus modulaciones de raza europea a los pueblos americanos, prestos a actuar en la historia del planeta, Ortega comienza a mover su retina histórica entre dos dinámicas del tiempo divergentes, la europea y la americana con sus idiosincrasias particulares y patologías específicas. En Chile, en 1928 ante el Parlamento, admite que puede interponerse algún error óptico en su concepción del problema social americano, sin embargo la tendencia a exagerar defectos no oscurece la discusión esencial sobre el destino individual y colectivo de las naciones hispanoamericanas encandiladas por utopías propias y ajenas. 

La tendencia al dramatismo del corazón lo pondrá en marcha Ortega en sus artículos del año 29 “La Pampa…promesas” y “El hombre a la defensiva” [5] de resonancias intimistas, hasta el punto en que aparecieron en el Espectador VII bajo el epígrafe de Intimidades. Analizando paisajes sentimentales con la mirada del intruso, al cruzar por Mendoza a Chile sintió la invasión de la Pampa tras largos años de ausencia. Retomando sus reflexiones sobre el fenómeno de una nación tierra de mies, que vive de las ilusiones generosas de su Pampa húmeda, saca conclusiones sobre el estilo de vida evaporada y fugaz del criollo, advirtiendo que cuando las promesas omnímodas no se cumplen las derrotas en Argentina eran atroces. Queda el hombre como mutilado, en seco, sin explicaciones y cortada toda comunicación con la verosimilitud en que posaba su destino promisorio.

Ortega, en sus ensayos de esta época y en la estructura del paisaje pampeano, admite que “no es fácil que un extraño acierte con los secretos de un terruño”, comentando que estos secretos de la intimidad de una nación se absorben con las raíces del ser y exigen por tanto radicación. Observa que el argentino se enoja o irrita cuando un viajero al hablar de su tierra padece un error de apreciación. A Ortega esta conducta le parece natural, pero advierte que le mente autóctona saturada de su realidad pierde la perspectiva. El nativo debería aprovechar de esta paradoja de la verdad del viajero porque aun la línea errónea del extraño, puede contener pedazos de la auténtica verdad. Ortega establece diferencias entre el viajero turístico de la agencia Cooks y el que viene a la Argentina como inmigrante, o para concluir un negocio o dar conferencias. Una cosa es ir a hacer y pasar y otra ver y estar. “A mi juicio –opina-- esto último es la esencia del viaje. Justamente las dos cosas, ver y estar”. En su análisis Ortega pondrá distancia entre el inserto en su realidad cotidiana acelerada, que no tiene tiempo para una actitud receptiva y quieta, y el de fuera que le permite medir el paso ante las cosas.

De los dos ensayos, “El hombre a la defensiva” fue el que provocó desde la prensa argentina una reacción fulminante que generó todo tipo de opiniones sobre la sociología argentina. Molestó que Ortega, al retomar la visión de una sociedad llena de agujeros, fracturas y ausencias, cuestionara a fondo la veracidad del sueño argentino. La performance maravillosa de la historia argentina que fascinaba al visitante, su fértil tierra, sus adelantos urbanos y sorprendente Estado, no eran para Ortega indicio de verdadero progreso. El rebosante Estado nacional, de autoridad similar al de Berlín, con un fuerte perfil jurídico y gendarme de instituciones públicas, conservaba un curioso desequilibrio entre la realidad social y su gran idea de Estado. El Estado-Nación que se mira a si mismo y se proyecta en alto modulo, vivía de espaldas a la espontaneidad social sin ajustar su fabuloso cuerpo mecánico a los derechos del ciudadano, al alma individual del hombre argentino. A pesar de sus aspiraciones imperiales y la altanería de sus proyectos, la vida argentina tenía pobre programa. Sospechaba Ortega que esa alta idea de sí mismo que arrastraba el argentino, provenía del factor económico anidado en la fertilidad de sus tierras. Sin embargo en tiempos de autoritarismos de masas internacionales, teme que de la valoración hipertrófica del Estado y de sus masas funcionando arrolladoramente, resulte que estén imitando el modelo europeo fascista.

Ortega destaca de este fino análisis que comienza en “La Pampa… promesas” y se extiende a “El hombre a la defensiva”, que el problema de la intimidad argentina es que se vive de una ilusión óptica, de una careta pública sin fondo vital. Este carácter de ficción falseada le conduce a asumir una conducta a la defensiva que frena y paraliza su ser espontáneo y deja solo en pie su persona convencional. En la Argentina el puesto o función social de un individuo se halla siempre en peligro por el apetito de otros quien con audacia quiere arrebatárselo. El individuo mismo no se siente seguro de la plenitud de su título con el que ocupa el puesto o rango. Esto genera una estructura psicología a la defensiva que Ortega ha notado sobre todo en las masas burocráticas del Estado aumentando vertiginosamente en las presidencias de Irigoyen.

El fenómeno proviene de los embates de la inmigración con su feroz apetito individual, exento de disciplina interior, y con la exclusiva mira de hacer fortuna rápida. El afán de riqueza es anómalo, exorbitante, justifica cualquier audacia y fin mediato. Se generan gigantones agresivos. Dentro de este mismo contexto se crean cátedras, oficios, puestos profesionales de ejercicio improvisado sin que el ocupante tenga los dotes personales para ocuparlo con eficiencia. No acepta su puesto como individual destino, para lo único que le interesa es para su avance en fortuna y jerarquía social. Los oficios son camisas de serpiente que se cambia en quien las vista. Este análisis de la incompetencia burocrática argentina y de un Estado rentista pasa también a la sociedad factoría y a su hombre abstracto todavía no argentinizado. El hombre histórico, el terrateniente colono ya estaría afirmado. No ocurre lo mismo con el que viene del aluvión atlántico que el mar ha traído con derechos y exigencias sociales reprimidas. Con lo cual quedaría pendiente qué tipo de cohesión social estaría armándose en Argentina y como controla el Estado las hordas que pasan por el puerto de Buenos Aires. 

No todo en América es uniforme. Ortega percibe grandes diferencias en el desarrollo del Norte y del Sur. Respecto a distintos niveles de madurez social en 1928 anticipa que Chile y Uruguay son sociedades más estables que la Argentina porque han crecido pausadamente. En el vertiginoso aceleramiento argentino convive una relativa madurez con rasgos primitivos. Los argentinos no se toman el tiempo necesario para crecer lentamente y asentar sus instituciones nacionales sobre bases sólidas. Cuando se vive de una ilusión óptica, de una gran falta de autenticidad que afecta la vida personal, profesional y amorosa, se crea un tipo de sociedad vital pero insegura. Al argentino le resbala su destino concreto, no lo asume viviendo siempre de lo que le llega de afuera y mal asimilado.

La respuesta de Ortega a la conmoción que produjeron sus artículos del Espectador se publicó en 1930, en La Nación bajo el titulo de “¿Por qué he escrito ‘El hombre a la defensiva’?” [6]. Allí Ortega reafirma su verdad radical biográfica diciendo que a la Argentina le debe capítulos centrales de su vida. Son para él palabras gruesas en tanto que su vida es lo único que le interesa en el universo. La deuda que tiene con los argentinos no la expresa como otros transeúntes con halagos, sino con la sinceridad absoluta de quien comparte la intimidad. Para Ortega las páginas irritantes del Espectador son las primeras monedas para pagar su deuda afectiva, alegando que “una vida bien metida en su auténtico destino no vive de la benevolencia crítica de los prójimos”.

Con los años , Ortega devolvería el beneficio de esta intromisión incorporando al argentino en textos como La rebelión de las masas, Ideas y creencias, Misión de la Universidad, El hombre y la gente , Sobre la razón histórica y muchos otros textos importantes de su pensamiento que se desparraman  sostenidamente por las paginas de La Nación. Ortega presenta este quehacer docente como una tarea junto al argentino dándole a entender que en su vida lo que mas le hacía falta era una profunda reforma moral, una búsqueda de identidad más auténtica. Para poder vivir de su propia sustancia en todos los órdenes: económico, político, intelectual, el argentino necesitaba sumirse en el duro quehacer de descifrar su individual destino. Su observación es que “sólo así podrán modificarse la moral colectiva, el tipo de valores preferidos, el standard de virtudes y modos de ser, para que, prestigiados, informen con fértil autonomismo, la existencia argentina”.

En 1930 Ortega afirmaba que el argentino al no vivir de sí mismo se sentía desmoralizado “y por ello no vive su vida, y por ello no crea ni fecunda ni hincha su destino” añadiendo que “Para mí la moral no es lo que el hombre debe ser, pero por lo visto puede prescindir de ser, sin que es simplemente el ser inexorable de cada hombre de cada pueblo. Por eso, desde siempre y una vez más en mis conferencias últimas de Buenos Aires, anunciaba yo un posible curso de Ética —que ya no sé bien si haré”. Es en este sentido moral que encuentra al hombre argentino en conflicto consigo mismo, en un momento grave de su historia nacional. Después de dos generaciones en que ha vivido de fuera, “tiene que volver a vivir de su propia sustancia en todos los ordenes: económico, político e intelectual”. La falta de autenticidad, se le vuelva dilema nacional porque no determina que tipo de nación quiere ser. Su autoengaño respecto a quien es y quien quiere ser no le permiten delinear su destino y marcar un rumbo más certero.

En los críticos años 40 con otra guerra mundial iniciándose Ortega insistirá desde La Nación, sobre todo en su serie Del Imperio Romano, en esta búsqueda de autenticidad, en la necesidad de que el argentino adaptara la piel de su Estado-Nación a sus necesidades sociales sin imitar modelos extranjeros. No bastaba con gritar a voz en cuello ideales y utopías, palabras sin sustancia como Libertad, Progreso y Democracia, utilizados como lenguaje de evasión porque no le servían para realmente ir a las cosas. El argentino vivía de un ser y país imaginario tomando la postura de aquel personaje irreal que anulaba y atrofiaba la intimidad, “que es nuestro único tesoro verdadero, que es la sola potencia efectiva capaz de crear, en todo orden, desde la ciencia, pasando por la política, hasta en el amor y la conversación”

Una de las grandes fallas del sistema, provenía de la falta de una minoría enérgica que suscitara una nueva moral en la sociedad. Intuye Ortega que las clases dominantes a las que imitan otros sectores que desean ascender socialmente, vivían cultivando una postura narcisista, se miran a si mismos, les gusta como son y se muestran intratables con quienes desnudan la perpetua deserción en que viven. Llevado este defecto a nivel nacional, la gesticulación de alto modulo de su Nación-Estado genera una sociedad que impone al individuo grandezas que en realidad no existen. Da a entender que el nacionalismo argentino, de varios matices ideológicos se basa en estas premisas de ideales falsos que conducen a la evasión argentina sin llegar nunca a “las cosas”.

Vista desde una perspectiva menos lejana que la de Ortega, quien escribía estas sugerencias en tiempos de Irigoyen y de dictaduras militares, el escritor Arturo Jauretche en 1966 habiendo ya pasado por el populismo peronista, con el pueblo base sepultado por los militares y revoluciones insensatas, recrea en su libro El Medio Pelo en la sociedad argentina su propio espejo de modalidades argentinas. Encuentra que el argentino sigue viviendo de aparentar lo que nos es, con una composición de clases y sectores nacionales y burocráticos que dentro de la sociedad construyen su status sobre una ficción.  l mismo molde del viejo terrateniente de carne y cereal que gastó su dinero en París o del liberal utópico de progreso indefinido viviendo de promesas incumplidas que desarticulan a la nación, pasaba a ser modelo del despilfarro y vaciamiento nacional recurrente en las crisis cíclicas del país. En veinte años de ausencia orteguiana se vivía una nación que en vez de crecer, se habría achicado porque seguía jugando con un delirio de grandeza sin un modelo de capitalismo propio ni una economía integrada. El dinero rodante cambiaba de mercado, el tablero mundial se modificaba mientras el argentino seguía soñando con solucionar problemas pagando con cosechas. La Pampa… promesas, como insinuaba Ortega en 1929, era una rueda de la fortuna que podía paralizarse y la derrota sería tremenda.

Puntualizaba Ortega en 1929 que “el alma criolla está llena de promesas heridas”, que sufre radicalmente de un divino descontento y arrastra su vida entre fracasos mayores o menores instalados en otra vida prometida. Este vivir en lo periférico, ajeno al de fuera, amándose y mirándose a sí mismo eternamente, le ponía ante el mundo como símbolo de humanidad deficiente. Contrariamente a los americanos del norte, los argentinos vivían de una meta parcial, con una sociedad poco habituada a exigir competencia, improvisando rangos, oficios, y destinos transitorios. Lo único que les interesaba era su avance en fortuna y jerarquía social. Estos defectos, sobre todo el inmoderado apetito de fortuna que Ortega detecto en 1929 en sus dos ensayos del Espectador, quizás ofendan todavía algún fantasma íntimo de un capitalismo progresista mal asimilado, pero nadie duda que su radiografía fue certera y que este viajero imaginario nos estremeció detectando síntomas profundos de nuestra forma de ser nacional, guardando “la equidistancia entre el halago y el vejamen” como era su estilo entre argentinos.      

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[1] Se alude a los textos que Ortega escribió sobre el tema del amor y que fueron agrupados en el libro Estudios sobre el amor. Primera edición en 1941 (en O.C., 1983, vol V), aunque los textos fueron escritos y publicados en los años veinte, en fechas cercanas al “Epílogo al libro De Francesca a Beatrice” de Victoria Ocampo que Ortega dedicó a su amiga en 1924 (vol III, pp. 317-338). El homenaje a la mujer criolla es un charla radiofónica que dio Ortega en Buenos Aires en 1939 y que publicó por primera vez en el volumen Meditación del pueblo joven, que apareció póstumamente en 1958 (O.C., vol VIII, pp 411-446)

[2] Cfr. segundo número de El Espectador (O.C., 1983. vol II, pp 129 y ss)

[3] Recogido en O.C., 1983, IV, pp 357-361

[4] Cfr., O.C., 1983, IV, 369-381.

[5] Recogidos en El Espectador VII (1930), O.C., 1983, pp 635-663.

[6] En O.C., 1983, IV, pp 69-74.


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