A José Lasaga y Javier San Martín, mis maestros
orteguianos
Hay muchos ideales que vale la pena perseguir; algunos son mutuamente
incompatibles. Pero la idea de una solución que abarque todos
los problemas, una solución que, de ser muy resistida, acaso
necesite apoyarse en la fuerza, sólo lleva al derramamiento
de sangre y al aumento de la miseria humana. Si me pregunta
cuál es mi propio ideal, sólo puedo darle una respuesta modesta.
Creo que no hay nada más destructor de vidas humanas que la
convicción fanática sobre la vida perfecta, aliada al poder
político o militar. Nuestro siglo proporciona terribles pruebas
de esta verdad. Creo en el trabajo por una sociedad mínimamente
decente. Si más allá de esto podemos avanzar hacia una vida
más rica, tanto mejor.
Isaiah Berlin
- Introducción. La intención última del pensamiento de Ortega.
- Moral abierta contra dogmatismo: la crítica orteguiana al utilitarismo
y al kantismo.
-
El héroe realista como modelo moral.
Introducción. La intención última del pensamiento de Ortega
Ortega y Gasset ha sido, probablemente, el filósofo español
más importante del siglo XX y, desde luego, el que ha alcanzado
una mayor repercusión internacional. A pesar de ello, y fruto
de la ajetreada y trágica historia de nuestro país durante la
pasada centuria, no es ningún secreto que su obra, más allá
del círculo de discípulos y simpatizantes más o menos directos,
no suscitó entre los filósofos españoles la atención que merecía
hasta tiempos relativamente recientes. Ese cambio de tendencia
podría situarse a principios de la década de los ochenta, sobre
todo, a raíz de la celebración del centenario de su nacimiento
en 1983. Y aquí habría que recordar las contribuciones de Antonio
Rodríguez Huescar, Julián Marías, Pedro Cerezo, José Luis Molinuevo,
Francisco López Frías, Ignacio Sánchez Cámara o Javier San Martín,
entre otros
[1]. A partir de esa fecha, creo que se han ido superando,
mal que bien, algunos de los muchos prejuicios en los que la
obra del filósofo madrileño se había visto envuelta, y en la
actualidad no son ya una excepción las tesis doctorales, los
libros o artículos sobre su pensamiento. Es más, cada día son
más frecuentes las alusiones no vergonzantes a su obra en muchos
de los filósofos españoles de referencia. Puede decirse, por
lo tanto, que en los inicios del siglo XXI Ortega está de nuevo
entre nosotros, su circunstancia, que forma parte, otra
vez, de nuestro paisaje filosófico, para aprender de él, desde
luego, pero también para discrepar y, sobre todo, discutir y
dialogar serena y fructíferamente con su pensamiento. Pues bien,
es dentro de este marco de recuperación y normalización de la
filosofía de Ortega en nuestro país desde el que quiero desgranar
algunas de sus ideas sobre la ética. Tales ideas, en mi opinión,
podrían ser subsumidas, en gran parte, aunque no de modo exclusivo,
en la figura del héroe como modelo del comportamiento moral
[2]. Ahora bien, como veremos en breve, el héroe del que hablará
Ortega va a tener una característica peculiar, va a ser un héroe,
la expresión es mía y no sé si demasiado afortunada, “realista”,
es decir, alguien cuyos ideales de comportamiento se fraguan
y están siempre pendientes de la circunstancia, atravesados
por ella, y, de este modo, lo van a alejar tanto de un puro
realismo utilitario y acomodaticio como de un idealismo utópico
que proclama fiat justita et pereat mundus. Por decirlo
de otra manera, el héroe orteguiano no renuncia en ningún caso
a los ideales más nobles que tan trabajosamente ha ido descubriendo
y articulando la humanidad, sobre todo a partir de la modernidad,
pero a diferencia de un racionalista puro, es un humano consciente
de sus limitaciones, de su incardinación en la pluralidad de
la historia, así como de la fuerza impositiva de la realidad,
de que no todo es posible en todo momento y que ignorarlo en
nada ayuda a la hora de alcanzar nuestras metas. Además, una
creencia cerrada y sin mediación alguna en los susodichos ideales
puede llevar, y de hecho ha llevado, por un lado, al dogmatismo
y a la eliminación propiamente dicha del sujeto moral que delibera
libremente y decide en conciencia, y, por otro, como reverso
de la anterior, y en esto Ortega comparte ideas y se adelanta
incluso a alguno de los grandes liberales del pasado siglo como
I. Berlin, al totalitarismo.
Como es bien sabido, Ortega, y a pesar de algunos anuncios
al respecto, por ejemplo el que hace en ¿Qué es filosofía?,
nunca escribió una ética, un tratado donde expusiera sistemáticamente
sus ideas acerca de la moral
[3]. Por esta razón, todo aquél que se mete en esta faena
ha de buscar a lo largo de su extensa obra los retazos de pensamiento
que el filósofo madrileño va dejando aquí y allá sobre el asunto.
En el desarrollo que voy a realizar a continuación me he inspirado,
fundamentalmente, en dos escritos que creo esenciales a pesar
de que los separan no pocas cosas: las Meditaciones del Quijote
y El tema de nuestro tiempo, aunque también tendré muy
presente otros textos construidos en sus aledaños y bajo el
influjo directo de ambos. Tal es el caso de sus escritos sobre
Azorín y Baroja, o de ensayos como “El ocaso de la revoluciones”,
“Ni vitalismo ni racionalismo”, “Temas del escorial”, “Introducción
a una estimativa” o “Introducción a un Don Juan”. También se
ha tenido especialmente en cuenta España invertebrada
y La rebelión de las masas.
Dividiré mi ensayo en dos partes. En la primera, “Moral
abierta contra dogmatismo: la crítica orteguiana al utilitarismo
y al kantismo”, trataré de reconstruir un elemento esencial
de la ética del héroe realista de Ortega: su carácter no dogmático,
abierto [4]. Para ello, analizaré las críticas que el filósofo madrileño
realiza al utilitarismo y al kantismo y que podríamos resumir
como la tendencia que tienen estas dos filosofías, más allá
de sus diferencias y, en algunos casos, de la literalidad de
sus formulaciones e intenciones, a convertir los principios
morales en recetas útiles que nos hagan más fácil la vida. En
efecto, para Ortega, en ambas filosofías, y por diferentes razones,
los principios éticos, por estrictos que sean, terminan convirtiéndose,
exclusivamente, en un medio para hacer la existencia
de los humanos más simple, más manejable, ahorrándonos con ello
el ejercicio del verdadero juicio y decisión morales. Frente
a estos dos modelos, tradicionales en ética, el filósofo madrileño
propugnará la moral creativa y siempre abierta del héroe, en
donde el sujeto moral busca constantemente “renovar el contacto
inmediato con el valor ético en persona” [5]. Un valor ético que nunca se da de una vez por todas o,
mejor dicho, que queda siempre vinculado a su historicidad,
a su concreción empírica, a su carácter de perspectiva, y que,
por lo tanto, hay que estar dispuestos a reformar, a corregir,
a leer siempre a la luz de los tiempos en los que se vive si
realmente quiere conseguirse su realización. De esta moral heroica,
pero asentada en la realidad, hablaré ya más en positivo en
la segunda parte del texto: “El héroe realista como modelo
moral”, en la que también me haré cargo de alguna de las
objeciones que se le han hecho.
Pero antes de entrar en materia, quizá convenga decir algo
sobre la que creo es la pretensión última del pensamiento de
Ortega, la intención fundamental que atraviesa su filosofía
y al servicio de la cual van a brotar sus conceptos fundamentales,
también los que articulan su teoría del héroe. Recurramos para
ello a Meditaciones del Quijote.
En la actualidad existe un amplio acuerdo entre los especialistas
en la obra de Ortega sobre la importancia de Meditaciones
del Quijote en la producción filosófica de su autor
[6]. Esta obra, escrita de modo muy peculiar entre los años
1912 y 1914, contiene in nuce, al decir de muchos, y
creo que con razón, prácticamente la totalidad de la filosofía
que posteriormente va a desarrollar Ortega
[7]. Así, aparecen en ella la filosofía como “ciencia general
del amor”, es decir, como esfuerzo hermenéutico, de comprensión
de aquello que me rodea; el rechazo a los excesos del pensamiento
moderno, con su preferencia por lo general y abstracto y su
desatención a la historicidad y concreción de la vida y realidad
humanas; la realidad como perspectiva, donde se trata de aunar
razón y vida, unidad y pluralidad, Modernidad e historia. Se
encuentra en ella también, en fin, la famosa sentencia que resume
todo lo anterior y que condensa de modo magistral la filosofía
de Ortega: “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a
ella no me salvo yo” [8].
Vemos, pues, en efecto, que prácticamente la totalidad de
las ideas guía de la obra de Ortega están resumidas en las enunciaciones
precedentes o podrían deducirse de ellas. Pero, ¿cuál es la
tesis básica que está detrás de las mismas? ¿Cuál es el objetivo
al que Ortega está apuntando con semejantes formulaciones? Creo
que no cabe la menor duda que su pretensión, como la de otros
insignes filósofos de la época, particularmente los de estirpe
fenomenológica, entre los que cabría incluir a Ortega, era la
de ampliar el concepto de razón que habíamos heredado de la
Modernidad, una Modernidad que en sus últimas manifestaciones,
el positivismo del siglo XIX, había estrechado tanto el cedazo
de lo racional que grandes porciones de lo real, muchas veces
las más sustantivas e importantes para los humanos, o quedaban
fuera de su ámbito o eran reducidas de tal modo que perdían
su propia seña de identidad. Y es que para Ortega el gran pecado
de la Modernidad fue el construir una teoría de la racionalidad
que expulsaba la vida de su seno. La razón pura moderna, se
viene a afirmar, es demasiado pura para dar cuenta de ese espectáculo
lleno de matices que es nuestra vida en el mundo, es incapaz
de advertir que no somos simples sujetos trascendentales trasparentes,
omniscientes e iguales, sino individuos, seres radicados en
una circunstancia peculiar, en un marco cultural e histórico
que modifica considerablemente la percepción que tenemos de
la realidad y complica todas las facetas de nuestra vida en
grado sumo. Y porque la razón moderna no asume ese elemento
esencial de la condición humana que es su contingencia y radicación
histórica en el mundo, cuando no puede forzar los fenómenos
para que entren en su esquema teórico aprióricamente trazado,
simplemente los rechaza como irracionales. La razón moderna,
en suma, no trata, ni siquiera en un primer momento, de ser
fiel, de registrar y comprender los mencionados fenómenos, sino
que antes de ir a la realidad dice cómo esta tiene que ser,
y si lo que encuentra después no encaja con aquello que se prevé,
como afirma Ortega en innumerables ocasiones, “peor para la
realidad”. Por eso, uno de los reproches básico que el autor
de La rebelión de las masas va a lanzar contra los neokantianos
de Marburgo, bajo cuya disciplina había aprendido los entresijos
de la razón moderna, es el de practicar una filosofía carente
de “sinceridad”, de “veracidad”. En el Prólogo para alemanes,
escrito en abril de 1934, y en donde Ortega realiza una especie
de autobiografía intelectual, recuerda del siguiente modo su
paso por Marburgo: “Las filosofías neokantianas o próximas a
ellas, únicas vigentes entonces, nos producían un extraño efecto
que no nos atrevíamos a confesarnos: nos parecían... forzadas...
Bastaría decir que aquellas filosofías nos parecían profundamente
serías, agudas, llenas de verdades y, no obstante, sin veracidad.
En ellas no sólo se admitía lo que francamente se presentaba
como verdad, sino que, además, se forzaba a tomar aspecto de
tal a muchas cosas que no lo eran... Nuestra impresión era,
pues, que el pensamiento no se movía por dentro de aquellos
sistemas holgadamente y con satisfacción, entregado sólo a la
elasticidad de sus estrictas evidencias. Había mucha ortopedia
en aquel tipo de pensar. Se tomaba un autor o una ciencia −Descartes
o la matemática o la jurisprudencia− y se le obligaba
a decir velis nolis lo que previamente se había resuelto
que dijesen” [9]. En este sentido, sólo era cuestión de tiempo que las
múltiples manifestaciones de la realidad, aquellas que por fuerza
no encajaban en esa reformulación tardía de la filosofía moderna
que era el neokantismo, terminaran cuarteando ese modo de filosofar,
tornándolo inservible a los ojos de aquellos aprendices de filósofos.
Había, por lo tanto, que redefinir la razón, reestructurarla
de tal modo que pudiera hacerse cargo de ese nuevo gran descubrimiento
que se había realizado principalmente a partir del primer tercio
del siglo XIX, la vida humana y su ineludible historicidad.
La filosofía de la razón vital o, en formulación ya postrera,
de la razón histórica, fue la respuesta orteguiana a ese reto
[10].
Moral abierta contra dogmatismo: la crítica orteguiana al utilitarismo
y al kantismo
Hace un momento he aludido a la comprensión de la filosofía como “ciencia
general del amor” en tanto que uno de los lemas filosóficos
de Ortega que aparecen en Meditaciones y que ya no abandonará
en su discusión filosófica posterior. Este lema, también decía,
no apuntaba a otra cosa sino a un imperativo hermenéutico, a
un imperativo de la comprensión. Expresado de otro modo. La
filosofía debe ser ante todo, y previamente a cualquier prescripción,
fuente de claridad acerca del ser humano y del mundo que le
rodea; debe tratar de comprender la totalidad de lo que acontece.
Para ello ha de estar siempre abierta, a la escucha de lo que
las cosas y los otros seres humanos nos dicen acerca de sí.
Pero, ¿en qué se traduce el imperativo de la comprensión cuando
de lo que se trata es de reflexionar sobre la moral?: “Llámase
en un diálogo platónico a este afán de comprensión erotiqué
manía [ese diálogo, como es bien sabido, es el Fedro], “locura
de amor”. Pero aunque no fuera la forma originaria, la génesis
y culminación de todo amor un ímpetu de comprender las cosas,
creo que es su síntoma forzoso. Yo desconfío del amor de un
hombre a su amigo o a su bandera cuando no lo veo esforzarse
en comprender al enemigo o a la bandera hostil. Y he observado
que por lo menos a nosotros los españoles nos es más fácil enardecernos
por un dogma moral que abrir nuestro pecho a las exigencias
de la veracidad. De mejor grado entregamos definitivamente nuestro
albedrío a una moral rígida, que mantenemos siempre abierto
nuestro juicio, presto en todo momento a la reforma y a la corrección
debidas. Diríase que abrazamos el imperativo moral como un arma
para simplificarnos la vida aniquilando porciones inmensas del
orbe” [11]. Si nos fijamos un poco en el texto recién citado, podemos
observar que Ortega está trasponiendo claramente al plano moral,
mediante un ejemplo, el del ethos dominante en los españoles,
lo que significa el imperativo de la comprensión o, más bien,
la falta de él. Y ¿cuál el resultado de semejante trasposición?
Una filosofía del amor, de la comprensión, como trata de ser
la suya, por lo menos en primera instancia, se traduce en el
plano ético en la adopción de una moral abierta, no
dogmática, es decir, una moral que no está basada en recetas
que el ser humano aplica mecánicamente, pues con ello se ocluye
la fuente de toda moral para Ortega, a saber, el querer autónomo
del sujeto
[12]. Un sujeto, como ya sabemos, inserto en la historia y
que por ello tiene que estar siempre dispuesto a readaptar los
ideales, a comprenderlos a la luz de los tiempos. Moral abierta
significa en Ortega, por lo tanto, la reivindicación de la autonomía
moral de un sujeto no omnipotente frente a la reificación de
unos imperativos que han dejado de reflejar esa autolegislación
propia de la razón práctica y han pasado a convertirse en principios
heterónomos que utilizamos, como se dijo hace un momento, como
instrumentos que nos hacen más fácil la vida. Y aunque
en el fragmento citado se ha tomado como objeto de crítica lo
que he denominado el ethos español, el diagnóstico se
va a generalizar en esta misma obra, y en muchos otros lugares,
a la sociedad civilizada y burguesa, en general, y a las dos
filosofías morales que han acuñado con más fuerza el ethos
de dicha sociedad, encarnando, cada una a su modo, el espíritu
de la racionalidad moderna: el utilitarismo y el kantismo. De
ambas filosofías, la utilitarista es la que peor parada sale
en los textos de Ortega, y algunas de las críticas que va a
hacer al kantismo se producirán, entre otras cosas, por no haber
sido fiel al ideal del querer autónomo del sujeto, transformándose,
así, en una versión rigorista del utilitarismo. Veámoslo.
Como muy bien señala Pedro Cerezo, el alma kantiana de
Ortega se ha revelado siempre contra lo que él ha denominado
en numerosas ocasiones “la moral del mercader”
[13]. En efecto, Ortega rechaza claramente lo que considera
el carácter heterónomo, acomodaticio, reproductor, no creativo
de la moral utilitaria. Para él este es el tipo de moral que
impera en nuestras sociedades y en la mayor parte de los actos
de nuestra vida cotidiana. Aquí la voluntad, el querer de nuestras
acciones, no está regido por un fin en sí, es decir, un fin
sin finalidad ulterior que el sujeto se da en virtud de su autonomía
legisladora, sino que éste siempre se transforma en un medio
para otro fin, y así sucesivamente. Dice Ortega en Muerte
y resurrección: “Nuestro querer negociante, nuestra voluntad
a la inglesa –y digo esto porque el utilitarismo es la moral
inglesa– había colocado las cosas todas en cadenas interminables
donde cada eslabón es un medio para el próximo, y, por tanto,
tiene el valor relativo del lugar que ocupa en la cadena...Tal
modo de querer –de querer para, de querer utilitario– convierte
nuestra morada íntima en una casa de contrataciones”
[14]. Y es que el utilitarismo, con el reconocimiento exclusivo
de imperativos hipotéticos, viene a ser en la interpretación
de Ortega algo así como una moral sin principios, o, mejor dicho,
una moral cuyo principio rector termina anulando la posibilidad
de llegar a un conjunto de valores que los individuos se dan
a sí mismos en virtud de sus propias convicciones. En el utilitarismo
hay, por lo tanto, una instrumentalización clara de la conducta
propia y ajena, con la consiguiente abdicación de la autonomía
en virtud de fines heterónomos que no es difícil intuir que
siempre estarán marcados por aquello que la mayoría de la sociedad
considere como útil. Dicho de otro modo, Ortega contempla la
moral utilitaria como un cerrojazo a aquello que para él constituye
la fuente de todo comportamiento moral: el querer autónomo del
sujeto que libremente decide dotarse de los valores o ideales
de comportamiento que considera más adecuados. Ello es así porque,
como ya sabemos, la sola existencia de imperativos hipotéticos
lleva aparejada la más que probable determinación de disolver
la individualidad en los usos sociales imperantes, ya que eso
es lo que siempre resulta más fructífero. Al convertirse la
subjetividad en una casa de contrataciones, todo, absolutamente
todo, termina siendo negociable. Por eso desde esta perspectiva
resulta descabellado afirmar las propias convicciones cuando
ello significa retar las costumbres tradicionalmente asentadas.
De ahí la incomprensión que manifiesta siempre el “burgués”,
encarnación por excelencia para Ortega de ese arquetipo moral,
con respecto al modo de actuar que tiene el héroe, su contrafigura
por excelencia. El filósofo madrileño lo señala muy claramente
en el siguiente fragmento de Meditaciones en el que se
presenta al villano, manera en que denomina ahora al burgués,
asistiendo a una representación dramática con el héroe como
protagonista: “Oigamos el efecto que el drama le produce
al espectador villano. Si es sincero, no dejará de confesarnos
que en el fondo le parece un poco inverosímil. Veinte veces
ha estado por levantarse de su asiento para aconsejar al protagonista
que renuncie a su empeño, que abandone su posición. Porque el
villano piensa muy juiciosamente que todas las cosas malas sobrevienen
al héroe porque se obstina en tal o cual propósito. Desentendiéndose
de él todo llegaría a buen arreglo...” [15].
En
resumen, y para concluir ya con la crítica orteguiana del utilitarismo,
es evidente que una filosofía que, al decir de Ortega, quebranta
la fuente de la moral, es decir, el querer autónomo del sujeto,
disolviéndolo al final en los usos sociales vigentes, tiene
por fuerza que terminar entendiendo la moral como un conjunto
de dogmas, de recetas con las que negociamos la comodidad de
la existencia. Pero con ello no sólo hemos ocluido la fuente
de la moral, sino que también hemos vuelto a simplificar la
riqueza de la vida, hemos renunciado al imperativo de la comprensión,
al ideal de la constante convalidación de nuestros valores,
de su relectura en función de nuestra circunstancia.Vayamos
ahora al kantismo.
¿Qué decir de la ética kantiana y del kantismo en general? ¿No es ésta la
filosofía que se basa por antonomasia en la autonomía del sujeto
moral, en su libertad como fuente última de la moral? ¿No reivindica
Kant en una de la formulaciones del imperativo categórico que
el hombre ha de ser tenido siempre como fin en sí mismo y nunca
como medio?
[16] ¿No se ha contrapuesto siempre en las exposiciones filosóficas
al uso el utilitarismo y el kantismo, Kant y Mill, precisamente
porque la ética kantiana, frente a la casa de contrataciones
utilitarista compuesta exclusivamente por imperativos hipotéticos,
lo era de imperativos categóricos, de deberes libremente asumidos,
de convicciones no negociables? Pero si esto es así, ¿dónde
esta el desacuerdo con Ortega? En mi opinión el desencuentro
entre Kant y Ortega tiene que ver con el modo en que ambos entienden
el estatuto del sujeto moral. En efecto, cuando hace unos instantes
trataba de dibujar en la introducción a este ensayo el perfil
al que presumiblemente respondía la filosofía de Ortega, de
ver cuál era el sentido último de su meditación, y respondía
que éste no era otro que ampliar la estrechez con que había
sido concebida la razón en la época moderna, sostuve que semejante
reforma era preciso llevarla a cabo porque los filósofos, sobre
todo a partir del primer tercio del siglo XIX, y, de modo claro,
la mayor parte de los pertenecientes a la generación de Ortega,
se habían percatado de un hecho radical, la historicidad de
la vida humana. Eso significaba, entre otras cosas, el descubrimiento
de la contingencia del humano, del engarce ineludible y siempre
constante con la circunstancia; en suma, que nuestra mirada
a lo real estaba siempre mediada por, como dice Ortega, la perspectiva,
y que esto no era algo de lo que pudiéramos prescindir. “La
perspectiva —dice el filósofo— es uno de los componentes
de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización” [17]. En consecuencia, este hallazgo suponía la despedida
del sujeto trascendental en el sentido clásico, significaba
el fin de la completa trasparencia, de suponer que tenemos acceso
al punto de vista de Dios. Después de todo, no éramos sino individuos.
Pues bien, si trasladamos al campo moral la teoría de la perspectiva,
cosa que es ineludible, vemos claramente que el sujeto fuente
de la moral del que están hablando Ortega y Kant es muy distinto.
Y es que Ortega interpreta, creo que con razón, que el sujeto
moral kantiano, ese que se autodetermina libremente y, en virtud
de ello, se dota a sí mismo de máximas morales, es el sujeto
trascendental, no el individuo de carne y hueso incardinado
en su circunstancia, que es tal y como lo piensa Ortega. Pero
si esto es así, está claro que lo que significa autonomía, o
el estatuto que se le puedan atribuir a las máximas que se generan
a su través, es muy distinto en uno y otro pensador. Así, la
trascendentalidad del sujeto moral garantizaría en Kant que
todo aquél que realmente se determinase a obrar según la regla
del imperativo categórico obtendría siempre las mismas máximas
universalizables en todo tiempo y lugar. En este sentido, la
desindividualización y deshistorización del sujeto moral llega
a ser tan radical que sería imposible que dos seres racionales,
actuando en tanto que tales, es decir, bajo el imperativo de
la razón práctica, discreparan a la hora de universalizar sus
máximas; el resultado tendría que ser exactamente el mismo en
cualquiera que hiciera ese ejercicio. Por eso no puede extrañar
que en una de las formulación del imperativo categórico el filósofo
de Könisberg asimile el estatuto de las máximas morales al de
las leyes de la naturaleza: “Obra como si la máxima de tu acción
fuese a convertirse por tu voluntad en una ley universal
de la naturaleza” [18]. Igualmente, cuando alude al reino de los fines el modelo
vuelve a ser la naturaleza: “Todas las máximas de legislación
propia deben concordar para un posible reino de los fines, como
un reino de la naturaleza”
[19]. Y es que lo que pretende Kant es garantizar para la
moral un régimen de estabilidad y necesidad equivalente al de
las leyes de la naturaleza. En aquella, lo mismo que en ésta,
ha de poder contarse con fundamentos inamovibles, e igual que
la piedra cae según la férrea ley de la gravedad, aquel que
actúa moralmente se autoimpone necesariamente, y ahí
reside la libertad, unas máximas iguales para todos en cualquier
época y lugar, máximas que no dependen ni están afectadas, como
las leyes matemáticas, por las contingencias de la historia.
No podía ser de otro modo si el sujeto moral tiene un carácter
transcendental. Ahora bien, como ya he indicado varias veces,
un tal sujeto situado fuera del flujo histórico es precisamente
lo que ya no puede ser aceptado por Ortega, quien afirmará lo
siguiente en un célebre capítulo de España invertebrada
titulado, muy significativamente, La magia del deber ser:
“Se trata de una actitud sobremanera cómoda. Es muy fácil, en
efecto, dibujar una organización social esquemática que presente
una faz atractiva. Basta para ello que supongamos imaginariamente
realizados nuestros deseos o que, abandonando el intelecto a
su puro movimiento dialéctico, construyamos more geométrico
un cuerpo social exento de cuanto nos parece vicio y dotado
de perfecciones formales análogas a las que tienen un polígono
o un dodecaedro. Pero esta suplantación de lo real por lo abstractamente
deseable es un síntoma de puerilidad”
[20]. En efecto, la acción moral o el buen gobierno de la
ciudad no pueden construirse more geométrico porque
el sujeto de la misma es el humano de carne y hueso, humano
que vive en un lugar determinado y bajo unas circunstancias
determinadas. Para Ortega es completamente falaz pretender que
los principios de nuestras acciones, nuestros deberes morales,
carezcan de circunstancialidad. Ello es así porque tales principios
no se gestan ni se articulan nunca con independencia de la situación,
más bien brotan siempre del contacto con ella. En suma, es el
sujeto encarnado en un paisaje, el individuo, y no la voluntad
ingrávida y siempre igual del sujeto trascendental girando constantemente
sobre si misma, la que protagoniza y legisla las máximas que
rigen la conducta. Por eso reclama Ortega una y otra vez que
nuestra moral debe ser abierta, que nuestros ideales han de
poder corregirse y matizarse. Nuestra propia condición humana
así lo exige. Cito nuevamente al Ortega de Meditaciones:
“Por tanto será inmoral toda moral que no impere entre sus deberes
el deber primario de hallarnos dispuestos constantemente a la
reforma, corrección y aumento del ideal ético. Toda ética que
ordene la reclusión perpetua de nuestro albedrío dentro de un
sistema cerrado de valoraciones es ipso facto perversa.
Como en las constituciones civiles que se llaman “abiertas”,
ha de existir en ella un principio que mueva a la ampliación
y enriquecimiento de la experiencia moral. Porque es el bien,
como la naturaleza, un paisaje inmenso donde el hombre avanza
en secular exploración” [21]. Una vez más, por lo tanto, rechazo al estrangulamiento
de la vida, en este caso de la vida moral, a manos de una razón
pura que no se ajusta a lo que somos.
Pues bien, es precisamente este estrangulamiento de la vida que opera la
moral kantiana lo que le va a llevar a Ortega a establecer la
similitud entre el kantismo y el utilitarismo de la que hablé
al principio de este apartado. En efecto, la, podríamos decir,
falta de aire, de contacto con la realidad del individuo, en
definitiva, el carácter cerrado que Ortega atribuye a una moral
como la kantiana, hace que el filósofo madrileño tenga siempre
la sospecha, probablemente inspirada por su lectura de Nietzsche,
de que a pesar de la distinción que Kant hace entre actuar por
deber, el propiamente moral, y actuar conforme al deber, para
un seguidor de ese tipo de moral hay un serio peligro de reificar
los ideales, de perder el verdadero ejercicio de la autonomía
y decisión morales; en suma, de que la actuación por deber,
del deber por mor de sí mismo, no sea en el fondo sino una máscara
que encubre, una vez más, un conjunto de recetas que nos hagan
más fácil la vida y nos resguarden de la intemperie a la que
nos somete una moral en reajuste constante. A esta percepción
debieron contribuir muchos de los ejemplos extremadamente severos
con los que Kant ilustra sus escritos morales, como, por poner
sólo un caso, el que desencadena la discusión sobre la mentira
en su famoso escrito: “Sobre un presunto derecho a mentir por
filantropía”
[22].
En resumen, desacuerdo de Ortega con Kant sobre el estatuto
del sujeto moral y acusación de que la ética kantiana es una
ética cerrada en la que la actuación por deber termina por transformarse
en una forma larvada de acción conforme al deber, quebrándose,
así, el querer autónomo del individuo y haciendo de la ética
kantiana una especie de utilitarismo rigorista
[23].
Hasta aquí la exposición del primer apartado. Pasemos ahora
al segundo, en el que trataré de describir más en positivo la
figura del héroe realista y discutir alguna de las objeciones
que se le han hecho.
El
héroe realista como modelo moral
Hemos hablado hace un momento de la crítica que Ortega
hace del utilitarismo y del kantismo como morales cerradas,
acomodaticias, que han perdido el contacto directo y vivo con
el ideal moral, transformándolo en una serie de reglas que terminan
impugnando la autonomía del sujeto. En este sentido, y como
ya indiqué antes en alguna ocasión, no es difícil de comprender
que el héroe surja con fuerza en el pensamiento del filósofo
madrileño como contrafigura del burgués, de aquel arquetipo
que precisamente había abdicado de su capacidad legisladora
para acomodarse a los usos de la sociedad, por estrictos y rígidos
que ellos fueran. Si recordamos, para el burgués, y me escoro
ahora en aras de la claridad hacia la descripción más netamente
utilitarista, el querer de su voluntad no estaba ya relacionado
con esos fines últimos que no tenían un para, que morían
en sí mismos en tanto que daban el sentido último a la existencia,
sino que todo era negociable, todo caía en la cadena de algo
que servía para otra cosa. Pues bien, el héroe se va
a caracterizar, en primera instancia, por todo lo contrario,
es decir, por la fidelidad a sí mismo, por la autonomía
de criterio, por afirmar de modo rotundo aquellos fines postreros
que cree han de regir la vida humana y por ejercer el juicio
moral siempre en contacto directo con los ideales de los que
se ha dotado. Ahora bien, dadas estas señas de identidad, y
en la medida en que el burgués es el tipo de hombre que predomina
y teje el entramado de nuestra vida social, el héroe, cuando
afirma esos ideales sin un para posterior, lo que hace es tratar
de reformar la realidad sin pulso en la que vive, o,
cuando menos, resistirse a ella. Como sostiene Ortega, en la
voluntad propia del héroe se manifiesta la extraña naturaleza
bifronte de este personaje: por un lado su querer es real, pero
lo querido es algo irreal desde el punto de vista de los usos
vigentes. El héroe aspira, por lo tanto, a dislocar la realidad
en aras de su ideal. Mejor dicho, pretende quebrantar la costra,
la camisa de fuerza que el burgués le ha puesto y que nos impide
verla en toda su plural riqueza. Así, se nos dice en Meditaciones:
“Es un hecho que existen hombres decididos a no contentarse
con la realidad. Aspiran los tales a que las cosas lleven un
curso distinto: se niegan a repetir los gestos que la costumbre,
la tradición, y, en resumen, los instintos biológicos les fuerzan
a hacer. A estos hombres los llamamos héroes. Porque ser héroe
consiste en ser uno, uno mismo. Si nos resistimos a que la herencia,
a que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas,
es que buscamos asentar en nosotros, el origen de nuestros actos.
Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos
del presente quienes quieren, sino él mismo. Y este querer ser
el mismo es la heroicidad.
No creo que exista especie de originalidad más profunda
que esta originalidad “práctica”, activa del héroe. Su vida
es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto” [24]. El héroe, por tanto, como reformador y renovador social,
moral, estético y político, y, en su lado negativo, como resistente
frente a las costumbres vigentes y desvitalizadas. El héroe
como anticipador del porvenir, de un querer ser que está más
allá de la realidad fosilizada en que vive el burgués. Será
precisamente esta lucha a brazo partido con lo “habitual y consueto”
la que dará un cierto sesgo trágico a su vida. Está vida, se
señala en Meditaciones, es una vida que puede conllevar
dolor y un constante desgarrarse, y es que los usos imperantes
se vengan continuamente de nuestro personaje. Pero esto, dice
Ortega, en una idea que considero de la mayor importancia y
pertenece al corazón de su teoría, está bien que sea así, porque
por cada héroe que sale herido en el combate, que deja en él
un jirón de su orgullo y de sus ideales, se “tritura a cien
mixtificadores” [25]. Es decir, la realidad vigente, su resistencia frente
a los imperativos del héroe, cumple una función destinada a
librarnos, en la medida de lo posible, de los malos reformadores,
de los falsos héroes. Porque, y eso lo repite nuestro filósofo
una y otra vez, la línea que divide al héroe de verdad del loco
o el fanático es, en muchos casos, muy tenue. El caso paradigmático
es aquí el de Don Quijote. Y Don Quijote era un loco entrañable,
pero en este siglo hemos tenido experiencias suficientes con
supuestos transformadores de la realidad que han terminado por
anegar el mundo en sangre.
Con esta insistencia en el papel desmitificador de la realidad imperante,
Ortega está introduciendo un matiz muy interesante en su conceptualización
del héroe que la distingue de muchas otras: se trata, como antes
dije, en efecto, de apostar, frente a la figura acomodaticia
y reproductora del burgués, por el héroe como resistente, como
reformador del orden ético y político, y de apostar por la consecución
de los valores e ideales que ello supone, pero semejante apuesta
por la reforma debe tener siempre en cuenta la realidad desde
la que se ejerce la labor transformadora. No tener esto presente,
no percatarse que la realidad está ahí y que hay que partir
de ella si queremos cambiar algo de la misma, si queremos buscar
una torsión de la perspectiva que resulte más justa, es condenarse
a la locura, al mero testimonialismo o, en el peor de los casos,
abrir la caja de los truenos consistente en decir que no hay
límites que no podamos traspasar y que solo hay que tener una
voluntad decidida para conseguir lo que queramos. Esta ausencia
de límites, de negación de cierto sentido de la realidad, ha
conducido inexorablemente al totalitarismo, a la mentalidad
totalitaria. De este modo, y frente a lo que pueda parecer,
y se ha afirmado en innumerables ocasiones, Ortega no es un
realista, incluso un antiutopista en el sentido clásico y conservador
del término. Como con mucho tino ha visto Pedro Cerezo: “lo
que Ortega rechaza de la utopía no es su carácter inalcanzable,
sino su condición de universal abstracto, ajeno a los intereses
de la vida y sin posibilidad de mediación con ella; un faciendum
que se supone factible porque deseable, aunque su realización
exija una extrema violencia insensata contra la realidad. Esta
es la mala utopía «consistente en creer que lo que el hombre
desea, proyecta y se propone es, sin más posible» (MET, V, 348).
De ahí a exigir y hasta imponer su realización, no hay más que
un paso, aunque éste entre en contradicción con el curso objetivo
del mundo”
[26].
Por lo demás, y si volvemos la mirada
brevemente a la crítica que Ortega realizaba de la moral kantiana,
con su reificación del ideal moral, su rutinización, su falta
de reactivación, de renovación por parte del sujeto que ejerce
la acción, ya insistí en que con ella se estaba haciendo claramente
alusión al rigorismo del deber, transformado en costumbre, propio
del burgués y su sociedad. Pero también no es menos cierto,
y ahora se ve más claro, que a su través se está descalificando,
en no menor grado y curiosamente por razones parecidas, un producto
egregio de semejante sociedad que, sin embargo pugna por derribarla,
a saber, el utopista radical, el revolucionario, el que dice
hágase justicia y perezca el mundo, pues en el fondo este último
ha fosilizado igualmente el imperativo moral, ha perdido el
contacto con la realidad, alejándose, así, de esa constante
recreación del mismo a la luz de la circunstancias, que es en
lo que consiste propiamente la acción moral. Y es que el utopista
radical, el hombre de puras convicciones intraspasables por
el tiempo que le ha tocado en suerte vivir, ha decidido de una
vez por todas el esquema geométrico al que ha de ajustarse la
actuación correcta y el buen gobierno. Como buena encarnación
del sujeto trascendental, nada puede modificar semejante esquema,
y todo lo que no entre perfectamente en la cuadrícula que ha
trazado ha de ser rechazado. La cuadrícula ha de imponerse a
la realidad. Pero esto significa que el revolucionario, igual
que el burgués, ha simplificado de nuevo la vida, ha pretendido
que ésta y la realidad que genera pueden comprenderse de una
vez por todas y encerrarse en fórmulas aplicables siempre del
mismo modo. Así, tanto uno como otro, detentarían para Ortega
una moral cerrada que anega, por definición, la acción moral.
En suma, para el filósofo madrileño, el utopista radical, en
su empeño de trasformación social, estaría tan alejado del comportamiento
heroico como el burgués más inmovilista y recalcitrante.
Resumiendo lo dicho hasta ahora, tenemos
que el héroe realista de Ortega se define, por un lado, frente
al prototipo del burgués inmovilista, como alguien que se
afirma a sí mismo y sus ideales contra los usos sociales imperantes,
como un individuo que resiste y quiere transformar el orden
social. Por otra parte, y en contraposición al revolucionario,
entiende que semejante transformación de los usos ha de hacerse
teniendo siempre en cuenta la realidad en la que actuamos, una
realidad que es abierta y a partir de la cual hemos de redefinir
una y otra vez los susodichos ideales. En este contexto de afirmación
radical de la autonomía, de querer ser uno mismo frente a los
usos vigentes, en este marco de apertura infinita de la realidad,
y una vez eliminado el sujeto trascendental como garantía definitiva
de objetividad, de rectitud y justeza de nuestros imperativos
morales; es decir, una vez eliminado el punto de vista de Dios
y la universalidad sin matices que le acompañaba, la ética de
Ortega ha de hacer frente, como la de todas las filosofías postmetafísicas
e inficcionadas por la contingencia del sujeto moral, a la pregunta
decisiva, a saber, ¿cómo discriminar, en estos tiempos postrascendentales,
que aquellos ideales, valores o máximas morales de los que nos
dotamos en función del ejercicio de nuestra autonomía son los
correctos, los que nos pueden proporcionar los principios para
una acción justa? ¿Cómo delimitar, permítaseme la expresión,
la “buena resistencia” a “lo habitual y consueto” de aquella
que es inmoral? ¿Cómo saber, en fin, que la corrección de nuestros
valores a la luz de la realidad no es una abdicación frente
a ella? Expresado de otro modo, ¿no corremos el riesgo, en una
teoría como la hasta ahora presentada, de potenciar demasiado
la autonomía en detrimento de la universalidad que, por adjetivada
que sea, parece imprescindible en cualquier filosofía moral
que como la orteguiana quiere situarse, es verdad, más allá
del racionalismo clásico, pero también por encima del relativismo?
¿No nos arriesgamos a convertir el ideal moral en algo completamente
arbitrario que se llena de uno u otro contenido en función de
lo que cada individuo entiende como su ser sí mismo, como su
fidelidad a sí? En verdad, es este un tema muy complejo. Sin
embargo, creo que puede afirmarse sin lugar a dudas que Ortega,
a pesar del énfasis que pone en la apertura de la realidad y
sus infinitas perspectivas y en la autonomía y el carácter circunstancial,
histórico del ser humano, introduce en su planteamiento, como
lo han hecho, por lo demás, los mejores filósofos morales, elementos
correctores que tratan de conseguir ese siempre precario equilibrio
entre universalidad y autonomía. Veámoslo en el tramo final
de este ensayo.
Ciertamente, la ética de Ortega, como he tratado de reflejar en mi exposición,
es una ética postrascendental que hace hincapié en el querer
autónomo del individuo, en el ser sí mismo del héroe frente
a los usos vigentes. Este carácter afirmativo de sí del sujeto
moral con respecto a la realidad fosilizada y sin pulso, ha
sido concisamente expresado por el pensador madrileño en un
imperativo que define las ideas clave que antes he intentado
presentar. El imperativo moral de Ortega sería, frente al imperativo
kantiano del deber, aquél que propusiera Píndaro y que dice:
“llega a ser el que eres” [27] o, formulado de otro modo: “sé tu mismo”, “sé leal contigo
mismo”. En base a esta formulación, y teniendo presente algunos
de sus textos como “Conversación en el Golf o la idea del dahrma” [28] o ciertos pasajes de “Pidiendo un Goethe desde dentro”
[29], entre otros, ha sido ya recurrente, desde la polémica
mantenido allá por el año 58 entre José Luis López Aranguren
y el Padre Ramírez
[30], que se le haya reprochado a la ética orteguiana el ser
una ética de la autenticidad, de la vocación —eso significa
ser sí mismo—, meramente formal y proclive al relativismo, es
decir, en la que no se da ninguna indicación mediante la cual
se pueda discriminar entre, permítaseme de nuevo la expresión,
la “buena” o “mala” autenticidad. Porque ser sí mismo, en efecto,
se dice de muchas maneras, y, desde luego, si la ética de Ortega
sólo nos instara a ser nosotros mismos, a revelarnos o resistir
frente a los usos, sin más, podría bajo su paraguas ser tan
moral una acción contra los “mores vigentes” como la protagonizada
el 11 de septiembre por los secuaces de Bin Laden, realmente
fieles a sus convicciones más íntimas, como aquellas que pudiera
llevar a cavo el liberal más tolerante profundamente convencido
de que hay que reformar una sociedad injusta. Bajo estas premisas,
se ha asimilado la ética de Ortega con las éticas de la autenticidad
de corte existencial, en donde lo que prima, lo que da el marchamo
de moral o inmoral a las acciones es el propio acto formal de
la decisión según las propias y más intimas convicciones.
No creo, sin embargo, como dije antes, que la ética de Ortega sea una ética
de la autenticidad meramente formal a la que puedan hacerse
los reproches de decisionimo que, por ejemplo, Hans Jonas o
Karl Löwith han dirigido contra su antigua maestro Martín Heidegger [31]. Y ello por varias razones. La primera reside en que
la autenticidad, la vocación, el ser sí mismo al que insta el
autor de Meditaciones del Quijote no es el puro ejercicio
de lo que creemos como nuestra convicción más íntima, sea ésta
la que sea, sino que tales convicciones están moduladas en Ortega
por un conjunto de valores, de ideales, de deberes que acotan
la altura civilizatoria a la que hemos llegado en cada momento
histórico. Y es que como muy bien entrevió ya Aranguren en su
librito La ética de Ortega, una más o menos difusa ética
de los valores está implementando el ámbito en el que se ejerce
la decisión auténtica del sujeto moral y marcando los límites
de aquello que es permisible [32]. Un caso claro de lo que termino de decir es la crítica
que Ortega le hace a Baroja. Para el filósofo madrileño la gran
virtud de la literatura del escritor vasco es su fuerza destructora
con respecto a una cultura, la española de fin de siglo, que
es pura apariencia, puro ademán. Los personajes de las novelas
de Baroja, generalmente vagabundos, son valiosos porque con
su actitud iconoclasta, con su autenticidad y sinceridad, ponen
en evidencia una realidad fosilizada. Dice Ortega en “Ideas
sobre Pío Baroja”: “Nada más natural, pues, que el efecto producido
por Baroja en la mayoría de los lectores. Este efecto es de
indignación. Porque Baroja no se contenta con discrepar en más
o en menos puntos del sistema de lugares comunes y opiniones
convencionales, sino que hace de la protesta contra el modo
de pensar y sentir convencionalmente nervio de su producción.
En este ansia de sinceridad y lealtad consigo mismo no conozco
a nadie en España ni fuera de España comparable con Baroja...
(y un poco más adelante) Para quien lo más despreciable del
mundo es la farsa tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad.
Baroja resumiría el destino vital del hombre en este imperativo:
¡Sed sinceros!. No hay valores absolutos ni absolutas realidades.
Todo puede valer absolutamente, ser absolutamente real si es
sinceramente sentido. Ser y ser sincero valgan como sinónimos”
[33]. Pues bien, y esto es lo que a nosotros nos interesa
ahora, Ortega afirmará a lo largo del ensayo que justamente
la máxima virtud de la novelística del autor de El árbol
de la ciencia, su ruda afirmación frente a la desvitalizada
realidad española, se trasforma en su gran vicio, precisamente
porque ésta se queda presa, casi por completo, en esa pura afirmación
de una autenticidad formal en la que, como hemos visto, cabe
cualquier cosa. A Baroja le falta, al decir de Ortega, un ideal
que de sentido a la autenticidad de sus personajes, que articule
un proyecto de actuación que los sitúe por encima de la pura
afirmación arbitraria de sí mismos.
Si ahora pasamos del texto sobre Baroja a un libro como La rebelión de
las masas, vemos que la idea central de la obra podría expresarse
diciendo que la rebelión de las masas es en el fondo una rebelión
moral, una, hablando nietzscheanamente, trasmutación de los
valores e ideales que habían marcado hasta la fecha la pauta
civilizatoria. La raíz última del problema es que el hombre
masa ha trastocado el orden de valores y se ha vuelto ciego,
ha perdido su sensibilidad a la hora de distinguir lo noble,
lo excelente; ha, como también le gusta decir a Ortega, obliterado
su alma de cara a aquellos ideales que son dignos de tal nombre.
Por eso, cuando se afirma a sí mismo y tal afirmación se vuelve
mayoritaria, se produce una desmoralización de la sociedad.
Dice Ortega: “la rebelión de las masas, es una misma cosa con
la desmoralización radical de la humanidad” [34].
Vemos, pues, que tanto el texto sobre Baroja, como La rebelión de las
masas, y podría haber hecho referencia a muchos otros de
épocas muy diferentes, impugnan de raíz la consideración de
que la ética orteguiana del héroe realista es una ética de la
autenticidad, de la vocación, meramente formal y escorada completamente
del lado de una autonomía rayana en la arbitrariedad. Tal autonomía
y afirmación de sí fluye siempre por el cauce de una serie de
valores, de ideales, que marcan el contrapeso universalista
a la lealtad consigo mismo. Es más, toda supuesta afirmación
de sí fuera de ellos no sería tal, sino un puro extravío de
la autenticidad, un dejar de ser uno mismo. Y es que en Ortega
sólo se llega a ser el que es si se está conectado con el paisaje,
con la perspectiva que a uno le ha tocado vivir, es decir, si
se está, y este es un concepto esencial, a la “altura de los
tiempos” [35]. Estar a la altura de los tiempos significa situarse
en el nivel civilizatorio propio de la época en que se vive,
nivel que viene dado por el repertorio de ideales que configuran
nuestro marco cultural. Semejantes ideales, me voy a referir
ahora solamente a los que conciernen al ámbito moral y político,
son puestos generalmente de relieve a lo largo de la historia
por la especial sensibilidad de determinados humanos que de
repente contemplan la realidad con otros ojos. Tales humanos
son los grandes reformadores morales, religiosos o políticos [36]. Ellos nos descubren y crean a la vez una nueva perspectiva,
una nueva mirada sobre lo real que repentinamente cambia su
configuración y nos obliga a reajustar nuestro paisaje moral,
reajuste que debe ser continuo porque, como ya sabemos, nuestra
condición de seres históricos, pareja a la apertura constante
de la realidad, nos impide cerrar de una vez por todas el mundo
en el que vivimos. Pues bien, Ortega cree que esa perspectiva
que atesora nuestros valores y se reconfigura una y otra vez
es “progresiva”, igual que es progresivo nuestro conocimiento
teórico del mundo. Así, escribe en El tema de nuestro tiempo:
“Y lo mismo que hay una experiencia progresiva de las propiedades
de las cosas ―hoy descubrimos en ellas facetas, detalles
que ayer no habíamos visto―, hay también una experiencia
de valores, un descubrimiento sucesivo de ellos, una mayor fineza
en su estimación... Cuando Jesús, soportando dócilmente una
bofetada, descubre la humildad, enriquece con un nuevo valor
la experiencia de nuestras estimaciones”
[37]. Es desde esta progresividad siempre en revisión de nuestros
valores desde la que cobra todo su interés el concepto antes
mencionado de “altura de los tiempos”. En él se coagula el horizonte
moral de cada época a la luz del cual han de ser mirados nuestros
comportamientos y nosotros debemos resolvernos a ser nosotros
mismos, es decir, llegar a ser el que de hecho ya somos porque
la propia circunstancia nos lo exige. Para el pensador madrileño,
los valores o ideales que marcan la altura de los tiempos de
su generación son, y fijémonos que Ortega escribe esto a finales
de los años 20 en La rebelión de las masas, los que se
tejen en torno a la democracia liberal, cuyo sustento último
es el respeto a los derechos individuales y de las minorías
y el compromiso de resolver los conflictos mediante la discusión
racional y sin apelar al uso de la fuerza. Afirma Ortega: “El
liberalismo es el principio de derecho político según el cual
el Poder político, no obstante ser omnipotente, se limita a
sí mismo y procura, aun a su costa, dejar un hueco en el estado
que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten
como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El
liberalismo, conviene hoy recordar esto, es la suprema generosidad:
es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por
tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta”
[38]. A partir de aquí, todo intento de alumbrar, mediante
un giro de la perspectiva, nuevos ideales, todo intento de reformar
el liberalismo, que Ortega estima como necesario y, además,
es inevitable en función de la apertura de la realidad y de
la historicidad de los humanos, ha de asumir, para poder estar
a la altura de los tiempos, esos puntos esenciales de las tesis
liberales. Si no se hiciera así, daríamos un paso atrás desde
el punto de vista moral y estaríamos siendo infieles a nuestra
propia circunstancia, a la perspectiva en la que el decurso
histórico y el azar nos han instalado, y, con ello, yendo contra
lo que de facto realmente somos [39].
A la luz de lo expuesto vemos, pues, que el modo en el que Ortega se enfrenta
a la fundamental cuestión de cómo evitar la caída en un puro
decisionismo, toda vez que ya no es posible acudir a un sujeto
trascendental que garantice la universalidad de nuestras acciones
morales, es mediante la habilitación de un concepto de progresividad
histórica y valorativa que va haciendo cada vez más englobante
la perspectiva con la que miramos a la realidad; una progresividad,
eso sí, siempre revisable y abierta, pero que en su decurso
va marcando ciertos límites que no pueden tener vuelta atrás
so pena de caer en la barbarie y ser desleal a nuestra época
y a nosotros mismos (caso de las garantías individuales y de
las minorías que descubre el liberalismo). Dicho esto, una cosa
ha de quedar bien clara, sin embargo. Con la afirmación de esta
progresividad, por la que han de transcurrir los destinos de
nuestras decisiones, no se está entendiendo que la historia
se encamina necesariamente hacia un progreso moral. Creo que
Ortega es una de los filósofos que más se ha percatado de que
todo progreso en ese sentido es algo extremadamente frágil y
que las etapas civilizatorias pueden quebrarse en cualquier
momento. De hecho, un libro como La rebelión de las masas
no es sino la constatación de ese fenómeno. En palabras del
filósofo madrileño: “No hay razón para negar la realidad del
progreso, pero es preciso corregir la noción que cree seguro
ese progreso. Más congruente con los hechos es pensar que no
hay ningún progreso seguro, ninguna evolución sin la amenaza
de involución. Todo, todo es posible en la historia ―lo
mismo el progreso triunfal e indefinido que la regresión―” [40].
Con las consideraciones precedentes he
llegado al final de este ensayo. En él he pretendido dar cuenta
de la teoría del héroe de Ortega desde el punto de vista moral,
una teoría que creo merece la pena explorar con detenimiento,
pues hay en ella suficientes elementos de interés como para
que esta tardomodernidad nuestra pueda beneficiarse enormemente
con sus reflexiones y aportemos desde este rincón del globo
que nos ha tocado en suerte habitar, desde nuestra circunstancia,
una perspectiva más con la que enriquecer el debate universal.
Y es que la mirada cervantina que Ortega despliega con su héroe
realista nos ayuda, entre otros, en la reflexión sobre los peligros
e incongruencias de las éticas cerradas y dogmáticas, sobre
el estatuto del sujeto moral o sobre los enormes problemas que
conlleva, en la época de la muerte de Dios, conciliar autonomía
y universalidad; y todo ello enmarcado en la reivindicación
de un ideal de transformación social y política que siempre
nos recuerda lo descabellado que es tratar de actuar en el mundo
desfaciendo entuertos y no teniendo en cuenta que los
molinos no son gigantes, las ventas no son Castillos o los Galeotes
no son prisioneros con la nobleza por divisa.
(*) Quiero agradecer muy sinceramente a José Lasaga el
interés y la ayuda que me ha prestado en la redacción
de estas páginas. Es mucho lo que mi lectura de Ortega
le debe, aunque, desde luego, no es en absoluto responsable de
las impericias que este texto pueda contener. También quiero
expresar mi reconocimiento al magisterio orteguiano de Javier
San Martín, quien en épocas tempranas y a contracorriente
reivindicó sin desmayo la categoría filosófica
del pensador madrileño
[1] Cf. Rodríguez Huescar, A., La innovación
metafísica de Ortega. Crítica y superación del idealismo,
Biblioteca Nueva (ed. de Jorge García Gómez. Prólogo de Javier
Muguerza), Madrid 2002; Marías, J., Ortega. Las trayectorias,
Alianza Editorial, Madrid, 1983; Cerezo Galán, P. La voluntad
de aventura, Editorial Ariel, Barcelona, 1984; Molinuevo,
J. L., El idealismo de Ortega y Gasset, Narcea, Madrid,
1984; López Frías, F., Ética y política. En torno al pensamiento
de J. Ortega y Gasset, PPU, Barcelona, 1985; Sánchez Cámara,
I., La teoría de la minoría selecta en Ortega y Gaset,
Tecnos, Madrid, 1986; San Martín, J., Ensayos sobre Ortega,
UNED, Madrid, 1994.
[2] Para un tratamiento reciente de la ética
orteguiana, aunque poniendo el punto de mira en aspectos distintos
a los del presente ensayo, cf., San Martín, J., “La ética
de Ortega: Nuevas perspectivas”, Revista de Estudios Orteguianos,
1 (2000), pp. 151-158; Sánchez Cámara, I., “Ortega y Gasset
y la filosofía de los valores”, Revista de Estudios Orteguianos,
1 (2000), pp. 159-170. Cf, también, Lasaga Medina, J., “Cultura
y política. El gozne del liberalismo”, Claves de la razón práctica, nº 64, julio-agosto 1996, pp 54-61.
[3] Cf., Ortega y Gasset, J., “¿Qué es filosofía?”,
Revista de Occidente en Alianza Editorial (ed. de Paulino
Garagorri), Madrid, 1985, p. 199.
[4] En esta parte del artículo he tenido muy
presente las tesis que Pedro Cerezo le dedica a la moral del
héroe en su estupendo libro La voluntad de aventura.
A pesar del paso del tiempo, ya va para veinte años, creo
que este volumen sigue siendo la mejor reflexión de conjunto
sobre la obra de Ortega con la que contamos. Cf. Cerezo Galán,
P. “La moral del héroe”, en Cerezo Galán, P., La voluntad
de aventura, Editorial Ariel, Barcelona, 1984, pp. 339-375.
Sobre el héroe como modelo moral, cf, tambien, Lasaga
Medina, J., José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía,
Biblioteca Nueva, Madrid, 2003 , pp. 46-49.
[5] Ortega y Gasset,
J., Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 17. Aunque voy a citar esta obra por la edición
de Paulino Garagorri, no querría dejar de mencionar las dos
instructivas ediciones críticas que primero Julián Marías
y muy recientemente José Luis Villacañas han hecho de este
genial texto de Ortega. Cf., Ortega y Gasset, J., Meditaciones del Quijote,
Cátedra (ed. de Julián Marías), Madrid, 1984 ; Ortega
y Gasset, J. Meditaciones del Quijote, Biblioteca Nueva
(ed. José Luis Villacañas), Madrid, 2004.
[6] Cf., por ejemplo, Lasaga
Medina, J., José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía,
Biblioteca Nueva, Madrid, 2003 , pp. 41-49.
[7] Sobre la génesis de Meditaciones,
cf. “La polémica entre Ortega y Unamuno: Datos para la génesis
de Meditaciones del Quijote”, en San
Martín, J., Fenomenología y cultura en Ortega. Ensayos
de interpretación, Tecnos, Madrid, 1998 , pp. 17-51.
[8] Ortega y Gasset,
J., Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 25. Sobre el conjunto de estos temas, cf. Lasaga Medina, J., José Ortega y Gasset (1883-1955).
Vida y filosofía, Biblioteca Nueva, Madrid, 2003 ,
pp. 42-43.
[9] Ortega y Gasset, J., “Prólogo para alemanes”,
en Ortega y Gasset, J., El
tema de nuestro tiempo, Revista de Occidente en Alianza
Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981 ,
pp. 39-40.
[10] En El tema de nuestro tiempo dice
Ortega lo siguiente: “Hasta ahora la filosofía ha sido siempre
utópica. Por eso pretendía cada sistema valer para todos los
tiempos y todos los hombres. Exenta de la dimensión vital,
histórica, perspectivista, hacía una y otra vez vanamente
su gesto definitivo. La doctrina del punto de vista exige,
en cambio, que dentro del sistema vaya articulada la perspectiva
vital de que ha emanado, permitiendo así su articulación con
otros sistemas futuros o exóticos. La razón pura tiene
que ser sustituida por una razón vital, donde aquella se localice
y adquiera movilidad y fuerza de transformación”. Ibid. , p. 149.
[11] Ortega y Gasset,
J., Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 15.
[12] Sobre lo que este querer autónomo signifique
y sobre las diferencias del mismo con el sujeto kantiano hablaré
más adelante.
[13] Cerezo, P.,
La voluntad de aventura. Apriximamiento crítico al pensamiento
de Ortega y Gasset, Ariel, Barcelona, 1984 , pp.
343-345.
[14] Ortega y Gasset,
J., Obras completas. Tomo II, Alianza Editorial, Madrid,
1983 , p. 152.
[15] Ortega y Gasset,
J., Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 110.
[16] Cf. Kant, I.,
Fundamentación de la metafísica de las costumbres,
Editorial Ariel (edición bilingüe y traducción de José Mardomingo),
Barcelona, 1996 , p. 189.
[17] Ortega y Gasset,
J., El tema de nuestro tiempo, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 147. La cursiva es de Ortega.
[18] Kant, I., Fundamentación
de la metafísica de las costumbres, Editorial Ariel (edición
bilingüe y traducción de José Mardomingo), Barcelona, 1996
, p. 173.
[20] Ortega y Gasset,
J., España invertebrada, Revista de Occidente en Alianza
Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981 ,
p. 83.
[21] Ortega y Gasset,
J., Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 17.
[22] Cf. Kant, E., “Sobre un presunto derecho
de mentir por filantropía”, en Kant, E., Teoría y Práctica,
Editorial Tecnos (traducción de Juan Miguel Palacios), Madrid,
1986, pp. 61-68.
[23] El siguiente fragmento de Meditaciones
recoge con extrema claridad la crítica orteguiana al utilitarismo
rigorista kantiano: “Pero, en reverencia del ideal moral,
es preciso que combatamos sus mayores enemigos, que son las
morales perversas. Y en mi entender –y no sólo en el mío–
lo son todas las morales utilitarias. Y no limpia una moral
del vicio utilitario dar un sesgo de rigidez a sus prescripciones.
Conviene que nos mantengamos en guardia contra la rigidez,
librea tradicional de las hipocresías. Es falso, es inhumano,
es inmoral, filiar en la rigidez los rasgos fisionómicos de
la bondad. En fin, no deja de ser utilitaria una moral porque
ella no lo sea, si el individuo que la adopta la maneja utilitariamente
para hacerse más cómoda y fácil la existencia”. Ortega
y Gasset, J., Meditaciones del Quijote, Revista de
Occidente en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri),
Madrid, 1981 , p. 17.
[24] Ibid. ,
pp. 106-107.
[26] Cerezo, P.,
La voluntad de aventura. Apriximamiento crítico al pensamiento
de Ortega y Gasset, Ariel, Barcelona, 1984 , p.
371. Las comillas que aparecen dentro del texto de Cerezo,
seguidas por el paréntesis (MET, V, 384), se corresponden
a una cita del texto de Ortega “Miseria y esplendor de la
traducción”. Cf. Ortega y Gasset, J., Obras Completas.
Tomo V, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p. 438.
[27] Cf., por ejemplo, “Estética en el tranvía”,
en Ortega y Gasset, J., Obras Completas. Tomo II, Alianza
Editorial, Madrid, 1983, p. 38.
[28] Cf. Ortega
y Gasset, J., Obras completas. Tomo II, Alianza Editorial,
Madrid, 1983 , pp.403-409.
[29] Ortegay Gasset, J., “Pidiendo un Goethe desde
dentro”, en Ortega y Gasset, J., Goethe-Dilthey, Revista
de Occidente en Alianza Editorial (ed. De Paulino Garagorri),
Madrid, 1983, pp. 13-45.
[30] Cf. Aranguren, J. L., La ética de Ortega,
en Aranguren, J. L., Obras completas, Volumen 2, Ética,
Trotta (ed. de Feliciano Blázquez), Madrid, 1994, pp. 505-539.
[31] Cf., por ejemplo, Jonas, H., “Heidegger´s
Resoluteness and Resolve: An Interview”, en Neske, G., and
Kettering, E. (ed.), Martín Heidegger and National Sotialism,
Parangon House, New York, 1990, pp. 200-201; Jonas, H., “Epilogue:
Gnosticism, Existencialism, and Nihilism”, en Jonas, H., The
Gnostic Religión, Beacon Press, 1991, pp. 330-340; Löwith,
K., “Der okkasionelle Dezisionismus von C. Schmitt”, y “Heidegger
– Denker in dürftiger Zeit”, en Löwith, K., Sämtliche Schriften
8. Heidegger – Denker in dürftiger Zeit. Zur Stellung der
Philosophie im 20. Jahrhundert, J. B. Metzlersche Verlagsbuchhandlung, Stuttgart,
1984, pp, 68-71; 125-163.
[32] Cf. Aranguren,
J. L., La ética de Ortega, en Aranguren, J. L., Obras
completas, Volumen 2, Ética, Trotta (ed. de Feliciano
Blázquez), Madrid, 1994, pp. 530. El texto canónico
de Ortega sobre los valores es: “introducción a una estimativa.
¿Qué son los valores?”, en Ortega y Gasset, J., Obras completas.
Tomo VI, Alianza Editorial, Madrid, 1983, pp. 315-335.
[33] Ortega y Gasset,
J., Ensayos sobre la generación del 98 y otros escritores
españoles contempráneos, Revista de Occidente en Alianza
Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1989 ,
pp. 102; 104.
[34] Ortega y Gasset,
J., La rebelión de las masas, Clasicos Castalia (ed.
de Thomas Mermall), Madrid, 1998 , p. 231.
[35] Sobre el concepto de “altura de los tiempos”,
cf., entre otros, Ortega y Gasset, J. La rebelión de las
masas, Clásicos Castalia (ed. de Thomas Mermall), Madrid,
1998, pp. 145-153; 203-5.
[36] Cf., por ejemplo, Ortega
y Gasset, J.,"Introducción a una estimativa. ¿Qué son
los valores?", en Ortega y Gasset, J., Obras completas.
Tomo VI, Alianza Editorial, Madrid, 1983, pp .
335.
[37] Ortega y Gasset,
J., El tema de nuestro tiempo, Revista de Occidente
en Alianza Editorial (ed. de Paulino Garagorri), Madrid, 1981
, p. 121.
[38] Ortega y Gasset,
J., La rebelión de las masas, Clasicos Castalia (ed.
de Thomas Mermall), Madrid, 1998 , p. 188.
[39] Sobre el liberalismo como elemento esencial
para estar a la “altura de los tiempos”, sobre su reforma
y sobre el fascismo y el bolchevismo como regresiones frente
aquél, cf., Ortega y Gasset, J., La rebelión de las masas,
Clásicos Castalia (ed. de Thomas Mermall), pp. 203-205.