1) Europa=Ciencia: el objetivismo (idealismo) científico
2) Política científica: la Liga de Educación Política
Española
3) Las iniciativas culturales de Ortega
1) Europa=Ciencia: el objetivismo (idealismo) científico
El panorama de la ciencia española cuando los jóvenes
de la que luego será conocida como Generación de 1914 empiezan
a preocuparse por el estudio a finales del siglo XIX, más o
menos coincidiendo con el Desastre de 1898, no era comparable
al de otros países europeos como Inglaterra o Alemania, pero
algunas figuras sobresalían e incluso disfrutaban de reconocimiento
y prestigio internacional, como el histólogo Santiago Ramón
y Cajal, que será Premio Nobel en 1906, el médico Alejandro
San Martín, el biólogo Ignacio Bolívar o el ingeniero Leonardo
Torres Quevedo. La España de la Restauración había propiciado
ese reposo que requiere la ciencia y que permite que la tecné
platónica se pueda llevar a efecto, es decir, que cada uno
se dedique a lo suyo. Estas virtudes de la Restauración
no sabrán reconocerlas fríamente en su juventud esos jóvenes
rupturistas que en 1914 forman la Liga de Educación Política
Española, más violentos en sus expresiones que en sus modos
de actuar, no obstante.
Según Ortega, España había carecido de una política científica
que hubiese permitido una estructuración de las investigaciones
y de los conocimientos. Por eso, la ciencia española –recordemos
la polémica entre Menéndez Pelayo y los krausistas de unos años
atrás– parecía algo hecho a saltos, a trompicones, por figuras
excepcionales sin conexión alguna con escuelas previas. Frente
a esta situación, Europa, especialmente Alemania, se presentaba
para Ortega como el ideal científico, en el que la ciencia era
algo social, promovido desde el Estado en beneficio de la nación [1]. Cuando Ortega se marcha a Alemania
en 1905 es principalmente porque Alemania es el país de la ciencia.
El ideal europeizador que discutirá con Costa pocos años después
pública y privadamente es un ideal científico. Para Costa, Europa
era la civilización, el progreso material y político. Para Ortega,
Europa era esencialmente la ciencia, Europa era Sócrates: el
afán de llegar a la verdad a través de los conceptos y del método
inductivo. El progreso material no es, según Ortega, sino aplicación
y puesta en marcha de la ciencia, técnica en último término [2].
Ortega estaba a principios del siglo XX influido por
las lecturas positivistas de Izoulet, Novicow y Berthelot [3],
que había realizado en la biblioteca de la Escuela Superior
de Artes e Industrias de Vigo en el verano de 1902, cuando inicia
su íntima relación con Ramiro de Maeztu. Junto a él leía también
a Nietzsche, por lo que el positivismo sociológico y científico
heredado del siglo XIX se compensaba con ese vitalismo a veces
dionisiaco del alemán. El intento de comprensión de la realidad
española, su choque con el (propio) subjetivismo, que no podía
ocultar aunque quisiera, como dirá Unamuno años después en carta
a Luis de Zulueta
[4], coincidía en ese freno del positivismo
físico-matemático. No es extraño que antes de ir a Marburgo
a estudiar con los neokantianos ya quisiera oponer a la pedagogía
social de Paul Natorp una pedagogía del paisaje, en la que lo
que luego llamará “circunstancia” aparece como perspectiva individual
educadora y fuente de virtudes, las principales la sinceridad
y la serenidad
[5], dos virtudes esenciales para la
ciencia, pues la serenidad marca una pauta pausa para impedir
que la precipitación nos haga extraer resultados sin fundamentarlos,
y la sinceridad obliga a la responsabilidad del científico para
buscar siempre la verdad.
Una de las grandes influencias de este momento previo
a marcharse a Alemania es Renan, en cuyas obras ha aprendido
la necesidad de imponer “la moral de la ciencia” en los países
latinos, luchando contra la tradición católica, que ha frenado
el progreso científico. No hace falta recordar aquí la virulencia
con que fueron criticadas desde las altas esferas eclesiásticas
y desde los más recónditos púlpitos las teorías evolucionistas
de Darwin, al que también lee Ortega con gusto en esta época.
El primer año de Ortega en Alemania, entre Leipzig y
Berlín, es un tiempo de orientación en busca de un manantial
que le permita llenar algunos tonelillos de idealismo, es decir,
de objetivismo científico desde la filosofía [6]. Ese manantial lo encontrará en Marburgo
en el curso 1906-1907, cuando recibe clases de Cohen y Natorp.
El neokantismo de Cohen, que es el que más nos interesa en este
punto, tomaba la conciencia como elemento central de la epistemología.
Aunque el noumeno no fuera cognoscible, se podía llegar
a un conocimiento objetivo (idealista) a partir de la presencia
de los fenómenos a la conciencia. De esta forma, como dirá luego
Ortega, los neokantianos de Marburgo prescindían de los últimos
reductos de empirismo presentes en Kant y llegaban a una verdad
cuya única conexión con la realidad cósica era fenomenológica,
es decir, a través de los fenómenos. Así, Cohen buscaba una
lógica del conocimiento puro, una ética de la voluntad pura
y una estética del sentimiento puro, que en 1906 le interesaban
mucho a Ortega. Esta pureza, contrariamente, le repugnaba a
Unamuno, quien, incitado por Ortega a leer a Cohen en 1911,
le escribe a su joven amigo: “Estoy leyendo a la par la Ethik
de Hermann, la Logik der reinen Erkenntnis de Cohen y
la Logica de Croce. Cohen, se lo repito a usted, no me
entra: es un saduceo que me deja helado. Comprendo bien su posición,
pero ese racionalismo o idealismo a mí, espiritualista del modo
más crudo, más católico en cuanto al deseo, todo eso me repugna.
No me basta que sea verdad, si lo es. Y luego no puedo, no,
no puedo con lo puro: concepto puro, conocimiento puro,
voluntad pura, razón pura... tanta pureza me quita el aliento;
es como meterme debajo de una campana pneumática y hacerme el
vacío”. A Unamuno ese aire puro le asfixiaba y necesitaba bajar
a las cosas donde hubiera “tierra que agarrar”. Le confesaba
a Ortega que acababa esas lecturas muchas veces persignándose,
“rezando un padre nuestro y un ave-maría y soñando en una gloria
impura y una inmortalidad material del alma, en unos
siglos de siglos en que encuentre a mi madre, a mis hijos, a
mi mujer y tenga la seguridad de que el alma humana, esta pobre
alma humana mía, la de los míos, es el fin del universo. Y no
sirve razonarme, ¡no, no, no! No me resigno a la razón”
[7].
La contestación de Unamuno se enmarca en una relación
conflictiva, pero llena de afecto intelectual, que se había
intensificado por medio epistolar a partir de la primera estancia
de Ortega en Alemania, pero que se había enfriado en 1909 después
de las críticas vertidas por Ortega en su “Renan” [8], a las que contesta Unamuno arremetiendo
–en carta que hizo pública Azorín– contra los papanatas que
estaban bajo la fascinación de “esos europeos”
[9]. Unamuno no entendía el celo cientifista
de Ortega, pues a él le preocupaban cada vez más los sentimientos
y los hombres, imposibles de conocer sólo científicamente, y
menos las ideas y las cosas, aquellas entidades de las que se
podía alcanzar un conocimiento objetivo idealista o material:
“Mi vieja desconfianza hacia lo científico –escribía Unamuno
a Ortega en carta del 17 de mayo de 1906– va pasando a odio.
Odio la ciencia y echo de menos la sabiduría”
[10].
Esa ciencia que Ortega llamaba un clasicismo científico [11], aposentada en los parámetros del
método de la razón físico-matemática, era la que permitiría
encontrar una cultura de valores universales que sirviese para
luchar contra la falta de rigor y contra el subjetivismo y el
casticismo hispano. El joven filósofo proponía entonces oponer
al mundo que es el mundo que debe ser [12].
Este ideal científico se irá matizando en Ortega a medida
que vaya desarrollando su propia filosofía de la razón vital
e histórica, pero no será nunca abandonado plenamente, sino
completado al dar entrada en el conocimiento a la experiencia
vital e incluso valorando lo que la fantasía y el ensueño tienen
de forma de aproximarse al conocimiento de la verdad, por mucho
que regañara a su discípula María Zambrano por irse hacia la
mística en su afán de conocer el alma humana y por mucho que
ésta no entendiese que la razón histórica es consustancialmente
vital.
En ese afán de insuflar en las cabezas españolas la ciencia
europea, una de las primeras iniciativas que Ortega propone
es el lanzamiento de una “Biblioteca de Cultura”, que traduciría
al español los principales estudios del momento. La iniciativa
no era hecha a humo de pajas sino que se enmarca dentro de la
constitución en 1906 de la Sociedad Editorial de España, el
famoso Trust de la prensa, que unía a algunos de los
principales periódicos del momento, entre otros El Imparcial,
que dirigía su padre, El Liberal y el Heraldo de Madrid.
La idea iba acompañada del propósito de que se constituyese
paralelamente una especie de sociedad de conferencias que se
encargaría de difundir el pensamiento más actual a lo largo
y ancho de España por medio de los científicos y sabios españoles
más prestigiosos del momento. Ortega pensaba en Santiago
Ramón y Cajal, Marcelino Menéndez Pelayo, Benito Pérez Galdós,
Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Miguel
de Unamuno, Eduardo de Hinojosa y Ramón Menéndez Pidal [13]. En la necesidad de esa biblioteca
científica insistirá en 1908, diciendo que su dirección debería
encargarse al historiador Eduardo de Hinojosa
[14].
Es interesante ver cómo desde muy joven Ortega vinculó
el progreso del conocimiento científico en España a una labor
cultural emprendida desde medios periodísticos. Su propia obra
va a ser difundida desde esa, como decía él, plazuela pública
que es el periódico. La iniciativa no fue llevada a cabo, pero
Ortega no se desanimó y muchos de los proyectos que veremos
posteriormente están muy ligados a esta idea de juventud.
Desde luego Ortega no estaba sólo en el impulso del saber
científico. El grupo más comprometido con este fin era el institucionista,
que a través de su influencia en el Partido Liberal consiguió
que se crease en 1907 la Junta para Ampliación de Estudios e
Investigaciones Científicas, que presidirá Ramón y Cajal y tendrá
como eficacísimo secretario a José Castillejo, hombre no suficientemente
recordado aunque se le ha prestado atención en algunos estudios
interesantes
[15]. La Junta heredaba el ideal pedagógico
de Francisco Giner de los Ríos e intentó ir formando un conglomerado
integral de instituciones educativas e investigadoras. En un
primer momento, su labor se concentró en la concesión de pensiones
para que los jóvenes investigadores y los profesores pudieran
salir al extranjero –el propio Ortega fue con una de estas ayudas
a Marburgo en 1911–, pero pronto surgieron otras instituciones
como la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos
–cuya sección de filosofía contemporánea dirigirá Ortega entre
1913 y 1916–, la Residencia de Señoritas, las diversas formas
de relación con Hispanoamérica, el Instituto-Escuela y diversos
laboratorios, muchos de ellos directamente vinculados a la Residencia
de Estudiantes: el de histología normal y patológica, dirigido
por Pío del Río Hortega; el de anatomía microscópica; el de
química, que durante muchos años dirigió José Ranedo; el de
serología y bacteriología, dirigido por el doctor Paulino Suárez;
o el de fisiología general, dirigido por el doctor Juan Negrín
y donde se formaron Francisco Grande Covián y Severo Ochoa.
Con verdadero alborozo recibió Ortega en Alemania la
constitución de la Junta. En carta a la que en breve será su
mujer, Rosa Spottorno, escribe el 21 de enero de 1907: “Día
tras otro, nena, sigo trabajando, cada vez más enamorado del
camino que me ha sido indicado. Y por si algo faltara, preveo
que está iniciándose en España la preocupación por la ciencia
y que ha de concederse a los que trabajamos en ella los medios
para vivir con holgura” [16]. Precisamente esto era una de las
cosas que más envidiaba de Alemania, la posibilidad de que un
joven pudiera dedicarse a la investigación sin necesidad de
mendigar un sueldo.
En casi todas las iniciativas de la Junta va a participar
Ortega de forma muy activa: como asesor para la concesión de
pensiones, como pensionado para intensificar las relaciones
con Argentina a través de la Institución Cultural Española de
Buenos Aires –el famoso viaje de 1916 se enmarca aquí–, como
miembro del comité directivo de la Residencia de Estudiantes
y asiduo conferenciante oficial y oficioso en la misma –su presidente,
Alberto Jiménez Fraud lo consideraba una persona de la casa–,
como miembro del comité directivo del Instituto-Escuela, y,
finalmente, durante un breve periodo como miembro del comité
directivo de la propia Junta.
Mas ahora seguimos a principios de siglo, y Ortega pensaba
que el problema de España no era su desfase con la civilización
europea desde un punto de vista material, sino la falta de hombres
de ciencia. Primero había que educar a esos hombres, para que
luego pudieran hacer ciencia española. Por eso hablaba de la
necesidad de llevar a cabo “una magna acción pedagógica” o de
convertir “la pedagogía social” en “programa político” [17]. No es extraño, por tanto que coincidiese
cordialmente con las gentes de la Institución Libre de Enseñanza,
de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas
y de la Residencia de Estudiantes, cuyo propósito era el de
formar a esa minoría que difundiese el saber y lo pusiese al
servicio de la sociedad, haciendo partícipe a todo el mundo
e invitando a colaborar en esta labor a todo el que tuviese
inteligencia. Ese es el verdadero sentido de la minoría selecta
de la que hablará Ortega expresamente años después, una aristocracia
del esfuerzo que nada tenía que ver con privilegios de sangre
o de clase.
2) Política científica: la Liga de Educación Política
Española
La principal iniciativa de Ortega para llevar a cabo
esa labor pedagógica a principios del siglo XX fue la constitución
de la Liga de Educación Política Española, que se forma en el
otoño de 1913 y se da a conocer en marzo de 1914 con la que
se haría famosa conferencia “Vieja y nueva política”. En esta
Liga estaban presentes los principales representantes de la
Generación del 14. El propósito estaba perfectamente esbozado
en una carta de Ortega a Luis de Zulueta de 1911. En ella le
decía que debían dedicarse seriamente al estudio para hacerse
científicos y cada vez más cultos, de modo que pudieran ir formando
“la ciencia del fenómeno España”: “intuir España, irla construyendo
como una física” durante diez años de esfuerzo creativo para
llegar a 1922 siendo “legión”. Así, de la España inerte sacarían
“unos cientos de muchachos capaces de energía cultural” [18]. La Liga de Educación Política es
el intento de poner en práctica ese ideal y durante unos meses
se esforzaron por recopilar información estadística de la realidad
de España y por difundir el ideal cultural por las provincias
y pueblos, pero el proyecto no siguió adelante, a pesar de que
algunos jóvenes del 14 creyeron que la España oficial empezaba
a mostrar interés por la ciencia, dado que el rey, por iniciativa
del conde de Romanones, recibió en 1913 a algunos de los prohombres
de la ciencia en España: Gumersindo de Azcárate, director del
Instituto de Reformas Sociales y un hombre del entorno de la
Institución Libre de Enseñanza; Santiago Ramón y Cajal, premio
Nobel, como queda dicho, y presidente de la Junta para Ampliación
de Estudios, además del más prestigioso científico nacional;
Manuel Bartolomé Cossío, director del Museo Pedagógico y hombre
de la Institución; y José Castillejo, secretario, como también
se ha dicho, de la Junta para Ampliación de Estudios.
Durante estos años, Ortega también colaboró en diversas
ocasiones con la Asociación para el Progreso de las Ciencias.
En el Congreso de 1908, celebrado en Zaragoza, presentó un texto
sobre “Descartes y el método trascendental”, que había preparado
como memoria de su estancia en Alemania en 1907
[19]. En 1913, un Ortega que era ya catedrático
de Metafísica de la Universidad Central desde 1910 y un intelectual
reconocido, pronuncia el discurso de apertura, que versó sobre
“Sensación, construcción e intuición” [20] y es una de las primeras exposiciones
públicas en España de las ideas fenomenológicas de Husserl.
Ortega ya había roto amarras con el cientifismo neokantiano,
en buena media porque éste no le servía para interpretar el
arte como muestra su artículo de 1910 “Adán en el Paraíso”,
un texto de encrucijada entre la influencia neokantiana y el
inicio de una filosofía más personal. El arte, nos explica aquí
Ortega, nace de la tragedia de la ciencia, que tiene como objetivo
conocer todas las relaciones que se producen entre las cosas
y los fenómenos para alcanzar la verdad, pero que tiene que
renunciar a alcanzar la verdad absoluta porque esas relaciones
son infinitas y, por tanto, su labor siempre insuficiente, siempre
incumplida plenamente. Por eso, la ciencia tiene que recurrir
a la abstracción y a la generalización. Frente a esto, el artista
busca la concreción y la individuación, una (su) ideación del
mundo. El buen arte no es consecuentemente una copia de la naturaleza
sino una profundización en la misma, una recreación del ser
propio de lo natural. Mientras la ciencia rompe la unidad de
la vida en dos mundos, la naturaleza y el espíritu, el arte
busca la unidad de la totalidad y funde nuevamente esos dos
mundos en necesaria convivencia. El instrumento unitivo que
nos permite ver esa convivencia en la pintura es la luz [21].
Estas ideas le llevarán a finales de los años veinte
a separar la filosofía de la ciencia. Frente al esfuerzo que
a finales del siglo XIX habían hecho muchos filósofos por prestigiar
la filosofía aproximándola a la ciencia, considerando que su
método era el mismo, el físico-matemático, especialmente a través
de la profundización en el estudio de la psicofísica, Ortega
se atrevía a afirmar ahora que la filosofía no es una ciencia,
“porque es mucho más”. La verdad inexacta de la filosofía, afirma,
es una verdad más verdadera desde el punto de vista vital. Si
la ciencia acota los campos del saber para sentirse segura,
la filosofía es esencialmente pregunta por el todo, que no es
cada cosa que hay ni el conjunto de todas ellas, sino algo distinto
que Ortega llama “lo buscado”. Frente a la ciencia, tal y como
era interpretada por Ortega, que cuando llega a un problema
insoluble dice que no se puede resolver y pasa a otra cosa,
la filosofía admite siempre “la posibilidad de que el mundo
sea un problema insoluble”, y de ahí, que la filosofía sea siempre
absoluto problema, conciencia de problema. La filosofía no puede
partir de ninguna suposición sino que es, por decirlo así, una
ciencia sin suposiciones, autónoma, que tiene que fundamentar
todas las verdades en su sistema, yendo a las últimas preguntas,
teniendo siempre la duda metódica en la base. Y al mismo tiempo,
la respuesta que busca la filosofía es pantonímica, integral,
frente a la respuesta parcial de las ciencias. Las ciencias
llamadas exactas necesitan, dice Ortega, una “ante-física”,
pero ésta no tiene para él ningún matiz misterioso. La filosofía
es una teoría –es decir un sistema de verdades que se van apoyando
unas sobre otras– y, como todas las teorías, está basada en
conceptos –contenidos mentales enunciables–. Lo inefable, lo
que no se puede decir, queda fuera de la filosofía, porque ésta
“es un enorme apetito de transparencia y una resuelta voluntad
de medio día”. La filosofía quiere traer a la superficie lo
que está oculto y en las profundidades. Lo que no se puede decir
puede ser la forma más importante de conocimiento, pero no es
filosofía
[22]. Ya hemos indicado que años después
Ortega prestará mayor atención al mito y a la fantasía como
forma de conocimiento.
La filosofía es para Ortega una actitud nativa en el
hombre, que tiende siempre a preguntarse por el Universo y a
intentar encontrar una respuesta a su pregunta. Respuesta que
puede ser no científica en el sentido estricto, pero que es
vital, es una necesidad vital: no se puede vivir permanentemente
en la duda. El hombre es un ser de certidumbres, necesita tener
creencias desde las que vivir. Luego, el ensimismamiento, peculiaridad
nativa del hombre, nos permitirá idear y hacer que la ciencia
avance.
3) Las iniciativas culturales de Ortega
Esa distinción conceptual que Ortega hacía entre filosofía
y ciencia no suponía en ningún caso una falta de interés por
la ciencia, sino por el contrario una profunda meditación sobre
el sentido del conocimiento, pues a la poste Ortega, como todo
gran filósofo, buscaba una explicación del mundo y ésta era
imposible sin aportar los conocimientos de las ciencias exactas.
Todas las iniciativas culturales de Ortega prestarán especial
atención a las ciencias, que estaban viviendo algunos de los
avances más importantes de la historia, como la teoría cuántica
de Max Plank (1900) y la teoría de la relatividad de Einstein
(1905-1915).
Una de estas iniciativas es el diario El Sol a
cuya redacción Ortega se incorpora en 1917, nada más fundarse,
como el más prestigioso colaborador, editorialista en la sombra
durante sus primeros años de vida y director espiritual. Junto
a un empresario excepcional, Nicolás María de Urgoiti
[23], Ortega y un nutrido grupo de prestigiosos
periodistas entre los que estaban Félix Lorenzo, Mariano de
Cavia y Manuel Aznar, harán de este periódico el más moderno
y el más ilustrado de la época gracias a un análisis profundo
de la realidad política alejado de todo partidismo pero sin
renunciar a convicciones firmes, y a una especial atención al
mundo de la cultura y de la ciencia. Desde el primer momento
el diario contó con una hoja literaria y con diversas secciones
especializadas sobre pedagogía, medicina, agricultura o industria,
dirigidas por los más representativos especialistas en esas
materias, muchos de ellos catedráticos universitarios.
Otra iniciativa de Urgoiti en la que colaboró Ortega
desde un primer momento y que contribuyó mucho a la difusión
del conocimiento científico en España fue la editorial Calpe,
fundada en 1919 y que en 1922 se une a Espasa. Ortega, además
de asesor de la misma, dirigirá en ella la “Biblioteca de ideas
del siglo XX”, nacida en 1922, donde se publican títulos científicos
como Ciencia natural y ciencia cultural, del filósofo
Heinrich Rickert; La teoría de la relatividad de Einstein,
del físico Max Born; Ideas para una concepción biológica
del mundo, del biólogo Von Uexküll, que tanto influyó en
Ortega; Génesis de los organismos, de Herwig; Conocimiento
del hombre, de Adler; Genética, de Jennings; y obras
de gran influencia como La decadencia de Occidente, de
Oswald Spengler.
Calpe inició sus ediciones con dos títulos de grandísima
repercusión cultural: Los fundamentos de la teoría de la
gravitación de Einstein, de Edwin Freunlich, prologada por
el mismo Einstein; y Las consecuencias económicas de la paz,
de John Maynar Keynes. Sin duda, los asesores de Calpe sabían
por dónde andaba el mundo, pues dan a conocer en tan temprana
fecha como 1920 una de las más importantes teorías científicas
que iba a marcar todo el siglo y el más lúcido análisis postbélico
de la situación política y económica de Europa.
Calpe pondrá en marchar en los años sucesivos
varias colecciones de gran difusión como la “Colección Universal”,
que dirige Manuel García Morente, pero también colecciones especializadas
sobre geografía, historia y viajes (Dantín Cereceda), pedagogía
(Lorenzo Luzuriaga), medicina y biología (Santiago Ramón y Cajal,
Madinaveitia, Gustavo Pittaluga, José Goyanes y Gonzalo R. Lafora),
ingeniería, química y electricidad (Esteban Terradas), agricultura
y ganadería (Luis de Hoyos Sainz), derecho (Jaime Torrubiano
Ripio), etc.
También colaboró Ortega en la fundación de la revista
Archivos de Neurología, que se funda en 1919 y dirigen
junto al filósofo los doctores Sacristán y Lafora
[24]. El interés de Ortega por la psicología
había sido muy temprano y fue él quien recomendó a la editorial
Renacimiento que tradujese las obras de Freud. Este interés
por la psicología se ve también en su amistad con José Germain,
que el profesor Helio Carpintero narró en el primer número de
la Revista de Estudios Orteguianos, y que en 1946 fructificó
en la Revista de Psicología General y Aplicada
[25].
Otra contribución al impulso de la ciencia en España
por parte de Ortega fue, como ya he mencionado, su estrecha
relación con la Residencia de Estudiantes [26]. Uno de los acontecimientos más
comentados de la historia de la misma es la participación que
tuvo Ortega en 1923 cuando Albert Einstein vino a la Residencia
para exponer sus modernas teorías. Ortega fue quien le presentó
y quien fue traduciendo del alemán las palabras del prestigioso
científico.
También participó Ortega activamente en otra iniciativa
ligada a la Residencia, la Sociedad de Cursos y Conferencias
que fundaron en 1924 un grupo de aristócratas, profesores y
hombres de ciencias y artes. Ortega y su mujer fueron socios
de esta Sociedad que todos los años traía a España a algunas
de las más prestigiosas personalidades europeas, entre otros
a Leo Frobenius, Paul Valéry, Paul Claudel, Max Jacob, el conde
Keyserling, Le Corbussier, Maurice Broglie o madamde Curie.
El mismo Ortega impartió diversas conferencias sobre “Marta
y María o trabajo y deporte” o sobre “Estudios sobre el corazón”,
a la que asistió la reina.
La iniciativa más personal y que ha quedado para siempre
ligada al nombre de Ortega fue la Revista de Occidente.
Nacida en julio de 1923 apareció mensualmente hasta 1936. Era
una revista cultural, pero no de mera divulgación sino de pensamiento
y meditación sobre el tiempo presente. Fue el mayor intento
orteguiano por poner a España a la altura de los tiempos. En
ella colaboraron firmas hoy tan reconocidas, pero en algunos
casos jóvenes talentos entonces, como Américo Castro, Joseph
Conrad, Luis Cernuda, Ramón Carande, Ernst Robert Curtius, Rosa
Chacel, Gerardo Diego, William Faulkner, José Gaos, Ramón Gómez
de la Serna, Heinz Heimsoeth, Miguel Hernández, Huizinga, Keyserling,
Thomas Mann, José Antonio Maravall, Pablo Neruda, Rainer M.
Rilke, Bertrand Russell, Max Scheler, George Simmel, Werner
Sombart, Bernard Shaw, Oswald Spengler, Robert L. Stevenson,
Lytton Strachey, Paul Valéry, Max Weber, Virginia Woolf o Stefan
Zweig.
Lo más llamativo de la revista es la atención que prestó
a las ciencias exactas, especialmente a la física, a la biología
y a la medicina. Aparecieron artículos de Manuel Bastos sobre
la cirugía reconstructiva; Louis de Broglie sobre la continuidad
e individualidad en la física moderna; Buytendijk sobre la diferencia
esencial entre el animal y el hombre; Rogelio Cotes sobre la
matemática de Newton; Einstein, sobre la mecánica de Newton;
Leo Frobenius, sobre la cultura de la Atlántida; W. Heisenberg
sobre la transformación de los principios de la ciencia natural
exacta; Le Corbussier sobre la arquitectura en la época maquinista;
Schrödinger sobre si la ciencia natural condiciona el medio;
Lothar von Strauss und Torney sobre la ley causal y la física
moderna; Hans Thiming sobre si se podía volar por el espacio
cósmico; o Hermann Weyl sobre los grados de lo infinito.
Entre los científicos españoles, publicaron Gregorio
Marañón, que envió a su buen amigo Ortega siete artículos, Gustavo
Pittaluga, José María Sacristán. Mención aparte merece el físico
Blas Cabrera, director del Instituto de Física y Química de
Madrid y director de una prestigiosa colección en la editorial
francesa Hermann. Blas Cabrera publicó diez artículos en Revista
de Occidente y es seguro que recomendó muchos de los títulos
que publicó la Editorial Revista de Occidente, que Ortega puso
en marcha en 1924. En la colección “Nuevos hechos, nuevas ideas”,
que publicó treintainueve títulos entre 1925 y 1935, aparecieron
nueve obras sobre física, entre ellas: H. Weyl, ¿Qué es la
materia?, 1925; H. A. Kramers y H. Holst, El átomo y
su estructura según la teoría de N. Bohr, 1925; H. Driesch,
La teoría de la relatividad y la filosofía, 1927; F.
Nolke, La evolución del universo, 1927; A. S. Eddington,
Estrellas y átomos, 1928; B. Russell, Análisis de
la materia, 1931; A. March, La física del átomo,
1934; H. Marx, El agua pesada, 1935
[27].
En 1933 se crea la Universidad Internacional de Verano
de Santander, que tenía a Menéndez Pidal como rector y a Pedro
Salinas como secretario. Ortega, que era vocal, inauguró las
sesiones con un curso titulado “Meditación de la técnica”. Lo
publicó en La Nación de Buenos Aires entre abril y octubre
de 1935, y lo recogido en el libro en 1939
[28].
La meditación que Ortega hace de la técnica está vinculada
a su concepto del hombre como ser biográfico y al desarrollo
que por estas fechas el filósofo estaba haciendo de su concepto
de la razón vital como razón histórica. Frente al animal, viene
a decir Ortega, el hombre puede ensimismarse y evadirse de su
circunstancia, aunque sea momentáneamente. Esto es lo que le
permite pensar y así hacer ciencia, que da lugar al desarrollo
tecnológico. Sin ciencia no hay técnica en el sentido moderno,
porque con anterioridad, según Ortega, existieron la técnica
del azar y la técnica del artesano, que no necesitaban de la
ciencia. Para aclarar lo que es la técnica, es fundamental analizar
el concepto de necesidades humanas. El hombre siente la necesidad
de estar a gusto en su circunstancia y busca una serie de cosas
que le permitan imponerse a la incomodidad del mundo circundante,
que le permitan ahorrar esfuerzo, porque el hombre no se conforma
con estar en el mundo sino que quiere estar bien. Algunos hombres,
ese esfuerzo ahorrado que les permite la técnica, lo emplean
para pensar y así la técnica sigue evolucionando, pero no debemos
caer en el error de considerar la técnica el fin, porque en
el fondo está la ciencia, el pensamiento. Ortega lo dice con
claridad con terminología aristotélica: la función de la técnica
no es política
[29].
Por esos mismos años, Ortega escribía en el inédito “Prólogo
para alemanes” cuál era la misión de la ciencia, que por no
haberla cumplido estaba desprestigiada. Para Ortega, la ciencia
tenía que resolver los problemas vitales de cada momento, dar
respuesta a las preguntas vivas de cada época con los instrumentos
de que dispusiese. Luego, en un segundo término, podía vacar
a “problemas gremiales, técnicos, de taller” [30]. Su estar alerta sobre lo que sucedía
en las ciencias físiconaturales, le permitió a Ortega darse
cuenta de que éstas habían fracasado, primero, en dar explicación
sobre qué es el hombre, y, segundo, en dar respuesta a los problemas
vitales del momento, quizá porque habían renunciado a responder
plenamente a esas preguntas meta-físicas. El increíble progreso
que había generado la técnica producida por esas ciencias durante
el último siglo hacía muy difícil ver este fracaso, pero no
se podía renunciar, como hacía el hombre-masa, a entender el
esfuerzo milenario que es el conocimiento científico, ni renunciar
a él. Por eso se hacía necesaria una pedagogía capaz de explicar
la ciencia, como había expuesto en 1930 en Misión de la Universidad [31]
El hombre una vez más se había perdido, en parte porque
las ciencias físico-matemáticas habían cometido el error de
considerar al hombre solamente como una cosa física, cuando
el hombre es precisamente insustancial, lo que le deja en franquía
para intentar ser lo que quiera, pero le obliga a decidir qué
va a ser y a tener que ser o dejar de ser (to be or not to
be that is the question). El fracaso de la razón física
dejaba “la vía libre para la razón vital e histórica” [32],
que sinceramente pienso es una gran ayuda metodológica para
conseguir integrar las humanidades, las ciencias exactas y la
tecnología.
[1] José Ortega y Gasset, “La ciencia romántica”, El Imparcial 4-VI-1906
(en Obras completas, Revista de Occidente en Alianza
Editorial, Madrid, 1983, tomo I, pp. 38-43; en adelante citaré
éstas siguiendo este esquema: OC, I, 38-43).
[2] José Ortega y Gasset, “Asamblea para el progreso de las ciencias”, El Imparcial
27-VII y 10-VIII-1908 (OC, I, pp. 99-110).
[3] J. Izoulet era un sociólogo francés, cuya
obra más importante fue La ciudad y la metafísica de la
sociología (1894). Defendía en ella que el equilibrio
social dependía de la relación entre minorías y multitudes,
tema central en posteriores escritos de Ortega. J. Novicow
era un sociólogo ruso, que mantenía una concepción elitista
de la sociedad. Uno de sus libros más importantes es Conciencia
y voluntad sociales (1897). Una de las obras que leyó
Ortega fue seguramente Les gaspillages des sociétés modernes.
Contribution
à l'étude de la question sociale, Félix Alcana, 2ª ed., París, 1899. Sigo en este punto a Vicente Cacho Viu, “Prólogo”
a José Ortega y Gasset, Cartas de un joven español,
edición, introducción y notas de Soledad Ortega, Ediciones
El Arquero, Madrid, 1991, p. 31. M. Berthelot era un químico,
amigo de E. Renan, que defendía una moral pública basada en
la ciencia. Sus principales obras publicadas hasta 1902, que
es cuando lo lee Ortega, son Les origines des l'alchimie
(1885) y Histoire des sciences: la Chimie au Moyen Age
(1893).
[4] Miguel de Unamuno y Luis de Zulueta, Cartas
1903-1933, recopilación, prólogo y notas de Carmen de
Zulueta, nota biográfica de Antonio Jiménez-Landi, Aguilar,
Madrid, 1968, carta del 13-IV-1909, p. 227.
[5] José Ortega y Gasset, “Moralejas”, El
Imparcial 6-VIII,
13-VIII y el 17-IX-1906 (OC, I, pp. 44-48, 48-52 y 53-57).
[6] José Ortega y Gasset, “Las dos Alemanias”,
El Imparcial 19-I-1908. Escribe: “Yo fui a Alemania
para henchir de idealismo algunos tonelillos, y nunca olvidaré
los trabajos que me costó dar con el manantial” (OC, X, p.
24).
[7] Carta de Unamuno a Ortega del 21-XI-1912
desde Salamanca (cfr. José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno,
Epistolario completo Ortega-Unamuno, edición de Laureano
Robles, introducción de Soledad Ortega, Ediciones El Arquero,
Madrid, 1987, pp. 106-112). Las lecturas a las que se refiere
Unamuno son D. W. Hermann, Ethik, Verlag von J. C.
B., Tübingen, 1909; H. Cohen, Logik der reinen Erkenntnis,
Bruno Cassirer, Berlín, 1902; y B. Croce, Filosofia dello
Spirito. II: Logica come scienza del concetto puro, 2ª
ed., Gius, Laterza e Figli, Bari, 1909. Posiblemente se las
había recomendado Ortega en una carta del 1-X-1912, que no
se conserva. El tono con que finalizará Unamuno un año después
su obra Del sentimiento trágico de la vida en los hombres
y en los pueblos es muy similar al de esta carta. Refiriéndose
a los jóvenes escribe: “[...] haced riqueza, haced patria,
haced arte, hacer ciencia, haced ética, haced o más bien traducid
sobre todo Kultura, que así mataréis a la vida y a la muerte.
¡Para lo que ha de durarnos!”.
[8] José Ortega y Gasset, “Renan. La libación”, El
Imparcial, 15-III-1909 (OC, I, pp. 459-463). Entre otras
cosas le llamaba “morábito español” (idem, p. 461).
[9] Azorín publicó en el diario ABC del
12-IX-1909 un artículo con el título “Colección de farsantes”.
Criticaba el manifiesto que Anatole France, Ernst Haeckel
y Maurice Maeterlinck habían firmado contra la represión de
las revueltas de la Semana Trágica por parte del Gobierno
Maura. Ortega contestó a Azorín críticamente en un artículo
titulado “Fuera de la discreción”, El Imparcial 13-IX-1909
(OC, X, pp. 95-99). Por el contrario, el texto de Azorín le
pareció a Unamuno digno de todo elogió y así se lo hizo saber
en carta que el levantino publicó en ABC el 15-IX-1909.
[10] Ortega y Unamuno, Epistolario completo…,
ob. cit., p. 38.
[11] José Ortega y Gasset, Cartas de un joven
español, ob. cit., carta a Julio Cejador desde Marburgo
del 26-VII-1907, pp. 663-665; y “Teoría del clasicismo”, El
Imparcial, 18-XI y 2-XII-1907 (OC, I, especialmente p.
72).
[12] José Ortega y Gasset, “Canto a los muertos,
a los deberes y a los ideales”, El Imparcial 14-IX-1906
(OC, I, p. 61).
[13] José Ortega y Gasset, Cartas de un joven
español, ob. cit., carta a su padre desde Marburgo del
18-XII-1906, pp. 266-267.
[14] José Ortega y Gasset, “Pidiendo una biblioteca”,
El Imparcial 21-II-1908 (OC, I, pp. 81-85).
[15] Especialmente en el libro de Carmela Gamero
Merino, Un modelo europeo de renovación pedagógica. José
Castillejo, CSIC, Madrid, 1988.
[16] José Ortega y Gasset, Cartas de un joven
español, ob. cit., p. 512.
[17] José Ortega y Gasset, “Asamblea para el progreso
de las ciencias. II”, El Imparcial 10-VIII-1908 (OC,
I, pp. 105-110), y “La pedagogía social como programa político”, conferencia
leída en la Sociedad El Sitio de Bilbao en 1910 (OC, I, pp.
503-521).
[18] Carta de Ortega a Luis de Zulueta del 16-IX-1911
desde Marburgo (Archivo de la Fundación José Ortega y Gasset).
[19] Se editó en Asociación Española para el
Progreso de las Ciencias. Congreso de Zaragoza, t. VI,
sección 5ª, Ciencias Filosóficas, sesión del 26-X-1908, Imprenta
de Eduardo Arias, Madrid, 1910, pp. 5-15.
[20] El discurso tuvo lugar en Madrid el 15-VI-1913
y fue publicado ese mismo año en Asociación Española para
el Progreso de las Ciencias. Congreso de Madrid, t. I,
discursos de apertura, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid,
1913, pp. 77-88. Póstumamente se incluyó como “Apéndice” a
Investigaciones psicológicas (OC, XII, pp. 487-499).
[21] José Ortega y Gasset, “Adán en el Paraíso”, mayo-agosto de 1910 (OC, I,
pp. 473-493).
[22] José Ortega y Gasset, ¿Qué es filosofía?,
OC, VII, pp. 300, 309, 310, 321, 333, 335-336, 338, 340, 342,
344 y 364; y “¿Por qué se vuelve a la filosofía? III. La ciencia
es mero simbolismo”, La Nación, de Buenos Aires, 28-IX-1930
(OC, IV, p. 99).
[23] Sobre Urgoiti puede verse la biografía de
Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo, La industria, la prensa
y la política. Nicolás María de Urgoiti (1869-1951), Alianza
Editorial, Madrid, 1994.
[24] F. Martínez Pardo, “La Neuropsiquiatría Española
vista a través de Archivos de Neurobiología (1920-1972)”,
cit. por H. Carpintero, E. Miranda y F. Herrero en “Ortega
y Germain. Una relación significativa en la influencia de
Ortega en la reconstrucción de la psicología española de la
posguerra”, Estudios Orteguianos, nº. 1, 2000, p. 72,
y por J. L. Abellán y Tomás Mayo en La Escuela de Madrid.
Un ensayo de filosofía, Asamblea de Madrid, Colección
Estudios Parlamentarios, Madrid, 1991, p. 21.
[25] H. Carpintero, E. Miranda y F. Herrero en
“Ortega y Germain. Una relación significativa en la influencia
de Ortega en la reconstrucción de la psicología española de
la posguerra”, Estudios Orteguianos, nº. 1, 2000, pp.
67-93.
[26] He dedicado al tema algunas páginas en los
nos. 6 y 7 de la Revista de Estudios Orteguianos,
mayo y noviembre de 2003, en un itinerario biográfico hecho
en colaboración con Carmen Asenjo.
[27] Para los datos de Revista de Occidente
y de la Editorial me baso en el índice de la revista entre
1923 y 1936 y en el libro de Evelyne López Campillo, La
Revista de Occidente y la formación de minorías (1923-1936),
Taurus, Madrid, 1972.
[28]
El texto añadía la primera lección del curso que “Sobre
el hombre y la gente” estaba dando ese año en la Asociación
de Amigos del Arte de Buenos Aires y llevó por título Ensimismamiento
y alteración. Meditación de la técnica, Espasa-Calpe Argentina,
Buenos Aires, 1939, ahora en OC, V, pp. 288 y ss. La introducción
al curso, no recogida en las OC, se publicó por Paulino Garagorri
en la edición de El Arquero, Madrid, 1977. La relación entre
el pensamiento de Ortega y la tecnología ha sido analizada
por varios autores, entre otros lugares, en Revista de
Occidente, nº. 228, mayo 2000.
[29] Javier Echeverría ha resaltado la idea de
que el hombre quiere “estar bien” en el mundo (cfr. “Sobrenaturaleza
y sociedad de la información: la Meditación de la técnica
a finales del siglo XX”, Revista de Occidente, nº.
228, mayo 2000, p. 25).
[31] Misión de la Universidad, Editorial
Revista de Occidente, Madrid, 1930 (OC, IV, pp. 311 y ss.).
[32] José Ortega y Gasset, Historia como sistema
(1935), OC, VI, p. 23.