EL IMPULSO ORTEGUIANO A LA CIENCIA ESPAÑOLA.

Javier Zamora Bonilla

1) Europa=Ciencia: el objetivismo (idealismo) científico

2) Política científica: la Liga de Educación Política Española

3) Las iniciativas culturales de Ortega



1) Europa=Ciencia: el objetivismo (idealismo) científico

         El panorama de la ciencia española cuando los jóvenes de la que luego será conocida como Generación de 1914 empiezan a preocuparse por el estudio a finales del siglo XIX, más o menos coincidiendo con el Desastre de 1898, no era comparable al de otros países europeos como Inglaterra o Alemania, pero algunas figuras sobresalían e incluso disfrutaban de reconocimiento y prestigio internacional, como el histólogo Santiago Ramón y Cajal, que será Premio Nobel en 1906, el médico Alejandro San Martín, el biólogo Ignacio Bolívar o el ingeniero Leonardo Torres Quevedo. La España de la Restauración había propiciado ese reposo que requiere la ciencia y que permite que la tecné platónica se pueda llevar a efecto, es decir, que cada uno se dedique a lo suyo. Estas virtudes de la Restauración no sabrán reconocerlas fríamente en su juventud esos jóvenes rupturistas que en 1914 forman la Liga de Educación Política Española, más violentos en sus expresiones que en sus modos de actuar, no obstante.

         Según Ortega, España había carecido de una política científica que hubiese permitido una estructuración de las investigaciones y de los conocimientos. Por eso, la ciencia española –recordemos la polémica entre Menéndez Pelayo y los krausistas de unos años atrás– parecía algo hecho a saltos, a trompicones, por figuras excepcionales sin conexión alguna con escuelas previas. Frente a esta situación, Europa, especialmente Alemania, se presentaba para Ortega como el ideal científico, en el que la ciencia era algo social, promovido desde el Estado en beneficio de la nación [1]. Cuando Ortega se marcha a Alemania en 1905 es principalmente porque Alemania es el país de la ciencia. El ideal europeizador que discutirá con Costa pocos años después pública y privadamente es un ideal científico. Para Costa, Europa era la civilización, el progreso material y político. Para Ortega, Europa era esencialmente la ciencia, Europa era Sócrates: el afán de llegar a la verdad a través de los conceptos y del método inductivo. El progreso material no es, según Ortega, sino aplicación y puesta en marcha de la ciencia, técnica en último término [2].

         Ortega estaba a principios del siglo XX influido por las lecturas positivistas de Izoulet, Novicow y Berthelot [3], que había realizado en la biblioteca de la Escuela Superior de Artes e Industrias de Vigo en el verano de 1902, cuando inicia su íntima relación con Ramiro de Maeztu. Junto a él leía también a Nietzsche, por lo que el positivismo sociológico y científico heredado del siglo XIX se compensaba con ese vitalismo a veces dionisiaco del alemán. El intento de comprensión de la realidad española, su choque con el (propio) subjetivismo, que no podía ocultar aunque quisiera, como dirá Unamuno años después en carta a Luis de Zulueta [4], coincidía en ese freno del positivismo físico-matemático. No es extraño que antes de ir a Marburgo a estudiar con los neokantianos ya quisiera oponer a la pedagogía social de Paul Natorp una pedagogía del paisaje, en la que lo que luego llamará “circunstancia” aparece como perspectiva individual educadora y fuente de virtudes, las principales la sinceridad y la serenidad [5], dos virtudes esenciales para la ciencia, pues la serenidad marca una pauta pausa para impedir que la precipitación nos haga extraer resultados sin fundamentarlos, y la sinceridad obliga a la responsabilidad del científico para buscar siempre la verdad.

         Una de las grandes influencias de este momento previo a marcharse a Alemania es Renan, en cuyas obras ha aprendido la necesidad de imponer “la moral de la ciencia” en los países latinos, luchando contra la tradición católica, que ha frenado el progreso científico. No hace falta recordar aquí la virulencia con que fueron criticadas desde las altas esferas eclesiásticas y desde los más recónditos púlpitos las teorías evolucionistas de Darwin, al que también lee Ortega con gusto en esta época.

         El primer año de Ortega en Alemania, entre Leipzig y Berlín, es un tiempo de orientación en busca de un manantial que le permita llenar algunos tonelillos de idealismo, es decir, de objetivismo científico desde la filosofía [6]. Ese manantial lo encontrará en Marburgo en el curso 1906-1907, cuando recibe clases de Cohen y Natorp. El neokantismo de Cohen, que es el que más nos interesa en este punto, tomaba la conciencia como elemento central de la epistemología. Aunque el noumeno no fuera cognoscible, se podía llegar a un conocimiento objetivo (idealista) a partir de la presencia de los fenómenos a la conciencia. De esta forma, como dirá luego Ortega, los neokantianos de Marburgo prescindían de los últimos reductos de empirismo presentes en Kant y llegaban a una verdad cuya única conexión con la realidad cósica era fenomenológica, es decir, a través de los fenómenos. Así, Cohen buscaba una lógica del conocimiento puro, una ética de la voluntad pura y una estética del sentimiento puro, que en 1906 le interesaban mucho a Ortega. Esta pureza, contrariamente, le repugnaba a Unamuno, quien, incitado por Ortega a leer a Cohen en 1911, le escribe a su joven amigo: “Estoy leyendo a la par la Ethik de Hermann, la Logik der reinen Erkenntnis de Cohen y la Logica de Croce. Cohen, se lo repito a usted, no me entra: es un saduceo que me deja helado. Comprendo bien su posición, pero ese racionalismo o idealismo a mí, espiritualista del modo más crudo, más católico en cuanto al deseo, todo eso me repugna. No me basta que sea verdad, si lo es. Y luego no puedo, no, no puedo con lo puro: concepto puro, conocimiento puro, voluntad pura, razón pura... tanta pureza me quita el aliento; es como meterme debajo de una campana pneumática y hacerme el vacío”. A Unamuno ese aire puro le asfixiaba y necesitaba bajar a las cosas donde hubiera “tierra que agarrar”. Le confesaba a Ortega que acababa esas lecturas muchas veces persignándose, “rezando un padre nuestro y un ave-maría y soñando en una gloria impura y una inmortalidad material del alma, en unos siglos de siglos en que encuentre a mi madre, a mis hijos, a mi mujer y tenga la seguridad de que el alma humana, esta pobre alma humana mía, la de los míos, es el fin del universo. Y no sirve razonarme, ¡no, no, no! No me resigno a la razón” [7].

         La contestación de Unamuno se enmarca en una relación conflictiva, pero llena de afecto intelectual, que se había intensificado por medio epistolar a partir de la primera estancia de Ortega en Alemania, pero que se había enfriado en 1909 después de las críticas vertidas por Ortega en su “Renan” [8], a las que contesta Unamuno arremetiendo –en carta que hizo pública Azorín– contra los papanatas que estaban bajo la fascinación de “esos europeos” [9]. Unamuno no entendía el celo cientifista de Ortega, pues a él le preocupaban cada vez más los sentimientos y los hombres, imposibles de conocer sólo científicamente, y menos las ideas y las cosas, aquellas entidades de las que se podía alcanzar un conocimiento objetivo idealista o material: “Mi vieja desconfianza hacia lo científico –escribía Unamuno a Ortega en carta del 17 de mayo de 1906– va pasando a odio. Odio la ciencia y echo de menos la sabiduría” [10].

         Esa ciencia que Ortega llamaba un clasicismo científico [11], aposentada en los parámetros del método de la razón físico-matemática, era la que permitiría encontrar una cultura de valores universales que sirviese para luchar contra la falta de rigor y contra el subjetivismo y el casticismo hispano. El joven filósofo proponía entonces oponer al mundo que es el mundo que debe ser [12].

         Este ideal científico se irá matizando en Ortega a medida que vaya desarrollando su propia filosofía de la razón vital e histórica, pero no será nunca abandonado plenamente, sino completado al dar entrada en el conocimiento a la experiencia vital e incluso valorando lo que la fantasía y el ensueño tienen de forma de aproximarse al conocimiento de la verdad, por mucho que regañara a su discípula María Zambrano por irse hacia la mística en su afán de conocer el alma humana y por mucho que ésta no entendiese que la razón histórica es consustancialmente vital.

         En ese afán de insuflar en las cabezas españolas la ciencia europea, una de las primeras iniciativas que Ortega propone es el lanzamiento de una “Biblioteca de Cultura”, que traduciría al español los principales estudios del momento. La iniciativa no era hecha a humo de pajas sino que se enmarca dentro de la constitución en 1906 de la Sociedad Editorial de España, el famoso Trust de la prensa, que unía a algunos de los principales periódicos del momento, entre otros El Imparcial, que dirigía su padre, El Liberal y el Heraldo de Madrid. La idea iba acompañada del propósito de que se constituyese paralelamente una especie de sociedad de conferencias que se encargaría de difundir el pensamiento más actual a lo largo y ancho de España por medio de los científicos y sabios españoles más prestigiosos del momento. Ortega pensaba en Santiago Ramón y Cajal, Marcelino Menéndez Pelayo, Benito Pérez Galdós, Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Miguel de Unamuno, Eduardo de Hinojosa y Ramón Menéndez Pidal [13]. En la necesidad de esa biblioteca científica insistirá en 1908, diciendo que su dirección debería encargarse al historiador Eduardo de Hinojosa [14].

         Es interesante ver cómo desde muy joven Ortega vinculó el progreso del conocimiento científico en España a una labor cultural emprendida desde medios periodísticos. Su propia obra va a ser difundida desde esa, como decía él, plazuela pública que es el periódico. La iniciativa no fue llevada a cabo, pero Ortega no se desanimó y muchos de los proyectos que veremos posteriormente están muy ligados a esta idea de juventud.

         Desde luego Ortega no estaba sólo en el impulso del saber científico. El grupo más comprometido con este fin era el institucionista, que a través de su influencia en el Partido Liberal consiguió que se crease en 1907 la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que presidirá Ramón y Cajal y tendrá como eficacísimo secretario a José Castillejo, hombre no suficientemente recordado aunque se le ha prestado atención en algunos estudios interesantes [15]. La Junta heredaba el ideal pedagógico de Francisco Giner de los Ríos e intentó ir formando un conglomerado integral de instituciones educativas e investigadoras. En un primer momento, su labor se concentró en la concesión de pensiones para que los jóvenes investigadores y los profesores pudieran salir al extranjero –el propio Ortega fue con una de estas ayudas a Marburgo en 1911–, pero pronto surgieron otras instituciones como la Residencia de Estudiantes, el Centro de Estudios Históricos –cuya sección de filosofía contemporánea dirigirá Ortega entre 1913 y 1916–, la Residencia de Señoritas, las diversas formas de relación con Hispanoamérica, el Instituto-Escuela y diversos laboratorios, muchos de ellos directamente vinculados a la Residencia de Estudiantes: el de histología normal y patológica, dirigido por Pío del Río Hortega; el de anatomía microscópica; el de química, que durante muchos años dirigió José Ranedo; el de serología y bacteriología, dirigido por el doctor Paulino Suárez; o el de fisiología general, dirigido por el doctor Juan Negrín y donde se formaron Francisco Grande Covián y Severo Ochoa.

         Con verdadero alborozo recibió Ortega en Alemania la constitución de la Junta. En carta a la que en breve será su mujer, Rosa Spottorno, escribe el 21 de enero de 1907: “Día tras otro, nena, sigo trabajando, cada vez más enamorado del camino que me ha sido indicado. Y por si algo faltara, preveo que está iniciándose en España la preocupación por la ciencia y que ha de concederse a los que trabajamos en ella los medios para vivir con holgura” [16]. Precisamente esto era una de las cosas que más envidiaba de Alemania, la posibilidad de que un joven pudiera dedicarse a la investigación sin necesidad de mendigar un sueldo.

         En casi todas las iniciativas de la Junta va a participar Ortega de forma muy activa: como asesor para la concesión de pensiones, como pensionado para intensificar las relaciones con Argentina a través de la Institución Cultural Española de Buenos Aires –el famoso viaje de 1916 se enmarca aquí–, como miembro del comité directivo de la Residencia de Estudiantes y asiduo conferenciante oficial y oficioso en la misma –su presidente, Alberto Jiménez Fraud lo consideraba una persona de la casa–, como miembro del comité directivo del Instituto-Escuela, y, finalmente, durante un breve periodo como miembro del comité directivo de la propia Junta.

         Mas ahora seguimos a principios de siglo, y Ortega pensaba que el problema de España no era su desfase con la civilización europea desde un punto de vista material, sino la falta de hombres de ciencia. Primero había que educar a esos hombres, para que luego pudieran hacer ciencia española. Por eso hablaba de la necesidad de llevar a cabo “una magna acción pedagógica” o de convertir “la pedagogía social” en “programa político” [17]. No es extraño, por tanto que coincidiese cordialmente con las gentes de la Institución Libre de Enseñanza, de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas y de la Residencia de Estudiantes, cuyo propósito era el de formar a esa minoría que difundiese el saber y lo pusiese al servicio de la sociedad, haciendo partícipe a todo el mundo e invitando a colaborar en esta labor a todo el que tuviese inteligencia. Ese es el verdadero sentido de la minoría selecta de la que hablará Ortega expresamente años después, una aristocracia del esfuerzo que nada tenía que ver con privilegios de sangre o de clase.

2) Política científica: la Liga de Educación Política Española

         La principal iniciativa de Ortega para llevar a cabo esa labor pedagógica a principios del siglo XX fue la constitución de la Liga de Educación Política Española, que se forma en el otoño de 1913 y se da a conocer en marzo de 1914 con la que se haría famosa conferencia “Vieja y nueva política”. En esta Liga estaban presentes los principales representantes de la Generación del 14. El propósito estaba perfectamente esbozado en una carta de Ortega a Luis de Zulueta de 1911. En ella le decía que debían dedicarse seriamente al estudio para hacerse científicos y cada vez más cultos, de modo que pudieran ir formando “la ciencia del fenómeno España”: “intuir España, irla construyendo como una física” durante diez años de esfuerzo creativo para llegar a 1922 siendo “legión”. Así, de la España inerte sacarían “unos cientos de muchachos capaces de energía cultural” [18]. La Liga de Educación Política es el intento de poner en práctica ese ideal y durante unos meses se esforzaron por recopilar información estadística de la realidad de España y por difundir el ideal cultural por las provincias y pueblos, pero el proyecto no siguió adelante, a pesar de que algunos jóvenes del 14 creyeron que la España oficial empezaba a mostrar interés por la ciencia, dado que el rey, por iniciativa del conde de Romanones, recibió en 1913 a algunos de los prohombres de la ciencia en España: Gumersindo de Azcárate, director del Instituto de Reformas Sociales y un hombre del entorno de la Institución Libre de Enseñanza; Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel, como queda dicho, y presidente de la Junta para Ampliación de Estudios, además del más prestigioso científico nacional; Manuel Bartolomé Cossío, director del Museo Pedagógico y hombre de la Institución; y José Castillejo, secretario, como también se ha dicho, de la Junta para Ampliación de Estudios.

         Durante estos años, Ortega también colaboró en diversas ocasiones con la Asociación para el Progreso de las Ciencias. En el Congreso de 1908, celebrado en Zaragoza, presentó un texto sobre “Descartes y el método trascendental”, que había preparado como memoria de su estancia en Alemania en 1907 [19]. En 1913, un Ortega que era ya catedrático de Metafísica de la Universidad Central desde 1910 y un intelectual reconocido, pronuncia el discurso de apertura, que versó sobre “Sensación, construcción e intuición” [20] y es una de las primeras exposiciones públicas en España de las ideas fenomenológicas de Husserl. Ortega ya había roto amarras con el cientifismo neokantiano, en buena media porque éste no le servía para interpretar el arte como muestra su artículo de 1910 “Adán en el Paraíso”, un texto de encrucijada entre la influencia neokantiana y el inicio de una filosofía más personal. El arte, nos explica aquí Ortega, nace de la tragedia de la ciencia, que tiene como objetivo conocer todas las relaciones que se producen entre las cosas y los fenómenos para alcanzar la verdad, pero que tiene que renunciar a alcanzar la verdad absoluta porque esas relaciones son infinitas y, por tanto, su labor siempre insuficiente, siempre incumplida plenamente. Por eso, la ciencia tiene que recurrir a la abstracción y a la generalización. Frente a esto, el artista busca la concreción y la individuación, una (su) ideación del mundo. El buen arte no es consecuentemente una copia de la naturaleza sino una profundización en la misma, una recreación del ser propio de lo natural. Mientras la ciencia rompe la unidad de la vida en dos mundos, la naturaleza y el espíritu, el arte busca la unidad de la totalidad y funde nuevamente esos dos mundos en necesaria convivencia. El instrumento unitivo que nos permite ver esa convivencia en la pintura es la luz [21].

         Estas ideas le llevarán a finales de los años veinte a separar la filosofía de la ciencia. Frente al esfuerzo que a finales del siglo XIX habían hecho muchos filósofos por prestigiar la filosofía aproximándola a la ciencia, considerando que su método era el mismo, el físico-matemático, especialmente a través de la profundización en el estudio de la psicofísica, Ortega se atrevía a afirmar ahora que la filosofía no es una ciencia, “porque es mucho más”. La verdad inexacta de la filosofía, afirma, es una verdad más verdadera desde el punto de vista vital. Si la ciencia acota los campos del saber para sentirse segura, la filosofía es esencialmente pregunta por el todo, que no es cada cosa que hay ni el conjunto de todas ellas, sino algo distinto que Ortega llama “lo buscado”. Frente a la ciencia, tal y como era interpretada por Ortega, que cuando llega a un problema insoluble dice que no se puede resolver y pasa a otra cosa, la filosofía admite siempre “la posibilidad de que el mundo sea un problema insoluble”, y de ahí, que la filosofía sea siempre absoluto problema, conciencia de problema. La filosofía no puede partir de ninguna suposición sino que es, por decirlo así, una ciencia sin suposiciones, autónoma, que tiene que fundamentar todas las verdades en su sistema, yendo a las últimas preguntas, teniendo siempre la duda metódica en la base. Y al mismo tiempo, la respuesta que busca la filosofía es pantonímica, integral, frente a la respuesta parcial de las ciencias. Las ciencias llamadas exactas necesitan, dice Ortega, una “ante-física”, pero ésta no tiene para él ningún matiz misterioso. La filosofía es una teoría –es decir un sistema de verdades que se van apoyando unas sobre otras– y, como todas las teorías, está basada en conceptos –contenidos mentales enunciables–. Lo inefable, lo que no se puede decir, queda fuera de la filosofía, porque ésta “es un enorme apetito de transparencia y una resuelta voluntad de medio día”. La filosofía quiere traer a la superficie lo que está oculto y en las profundidades. Lo que no se puede decir puede ser la forma más importante de conocimiento, pero no es filosofía [22]. Ya hemos indicado que años después Ortega prestará mayor atención al mito y a la fantasía como forma de conocimiento.

         La filosofía es para Ortega una actitud nativa en el hombre, que tiende siempre a preguntarse por el Universo y a intentar encontrar una respuesta a su pregunta. Respuesta que puede ser no científica en el sentido estricto, pero que es vital, es una necesidad vital: no se puede vivir permanentemente en la duda. El hombre es un ser de certidumbres, necesita tener creencias desde las que vivir. Luego, el ensimismamiento, peculiaridad nativa del hombre, nos permitirá idear y hacer que la ciencia avance.

3) Las iniciativas culturales de Ortega

         Esa distinción conceptual que Ortega hacía entre filosofía y ciencia no suponía en ningún caso una falta de interés por la ciencia, sino por el contrario una profunda meditación sobre el sentido del conocimiento, pues a la poste Ortega, como todo gran filósofo, buscaba una explicación del mundo y ésta era imposible sin aportar los conocimientos de las ciencias exactas. Todas las iniciativas culturales de Ortega prestarán especial atención a las ciencias, que estaban viviendo algunos de los avances más importantes de la historia, como la teoría cuántica de Max Plank (1900) y la teoría de la relatividad de Einstein (1905-1915).

         Una de estas iniciativas es el diario El Sol a cuya redacción Ortega se incorpora en 1917, nada más fundarse, como el más prestigioso colaborador, editorialista en la sombra durante sus primeros años de vida y director espiritual. Junto a un empresario excepcional, Nicolás María de Urgoiti [23], Ortega y un nutrido grupo de prestigiosos periodistas entre los que estaban Félix Lorenzo, Mariano de Cavia y Manuel Aznar, harán de este periódico el más moderno y el más ilustrado de la época gracias a un análisis profundo de la realidad política alejado de todo partidismo pero sin renunciar a convicciones firmes, y a una especial atención al mundo de la cultura y de la ciencia. Desde el primer momento el diario contó con una hoja literaria y con diversas secciones especializadas sobre pedagogía, medicina, agricultura o industria, dirigidas por los más representativos especialistas en esas materias, muchos de ellos catedráticos universitarios.

         Otra iniciativa de Urgoiti en la que colaboró Ortega desde un primer momento y que contribuyó mucho a la difusión del conocimiento científico en España fue la editorial Calpe, fundada en 1919 y que en 1922 se une a Espasa. Ortega, además de asesor de la misma, dirigirá en ella la “Biblioteca de ideas del siglo XX”, nacida en 1922, donde se publican títulos científicos como Ciencia natural y ciencia cultural, del filósofo Heinrich Rickert; La teoría de la relatividad de Einstein, del físico Max Born; Ideas para una concepción biológica del mundo, del biólogo Von Uexküll, que tanto influyó en Ortega; Génesis de los organismos, de Herwig; Conocimiento del hombre, de Adler; Genética, de Jennings; y obras de gran influencia como La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler.

         Calpe inició sus ediciones con dos títulos de grandísima repercusión cultural: Los fundamentos de la teoría de la gravitación de Einstein, de Edwin Freunlich, prologada por el mismo Einstein; y Las consecuencias económicas de la paz, de John Maynar Keynes. Sin duda, los asesores de Calpe sabían por dónde andaba el mundo, pues dan a conocer en tan temprana fecha como 1920 una de las más importantes teorías científicas que iba a marcar todo el siglo y el más lúcido análisis postbélico de la situación política y económica de Europa.

         Calpe pondrá en marchar en los años sucesivos varias colecciones de gran difusión como la “Colección Universal”, que dirige Manuel García Morente, pero también colecciones especializadas sobre geografía, historia y viajes (Dantín Cereceda), pedagogía (Lorenzo Luzuriaga), medicina y biología (Santiago Ramón y Cajal, Madinaveitia, Gustavo Pittaluga, José Goyanes y Gonzalo R. Lafora), ingeniería, química y electricidad (Esteban Terradas), agricultura y ganadería (Luis de Hoyos Sainz), derecho (Jaime Torrubiano Ripio), etc.

         También colaboró Ortega en la fundación de la revista Archivos de Neurología, que se funda en 1919 y dirigen junto al filósofo los doctores Sacristán y Lafora [24]. El interés de Ortega por la psicología había sido muy temprano y fue él quien recomendó a la editorial Renacimiento que tradujese las obras de Freud. Este interés por la psicología se ve también en su amistad con José Germain, que el profesor Helio Carpintero narró en el primer número de la Revista de Estudios Orteguianos, y que en 1946 fructificó en la Revista de Psicología General y Aplicada [25].

         Otra contribución al impulso de la ciencia en España por parte de Ortega fue, como ya he mencionado, su estrecha relación con la Residencia de Estudiantes [26]. Uno de los acontecimientos más comentados de la historia de la misma es la participación que tuvo Ortega en 1923 cuando Albert Einstein vino a la Residencia para exponer sus modernas teorías. Ortega fue quien le presentó y quien fue traduciendo del alemán las palabras del prestigioso científico.

         También participó Ortega activamente en otra iniciativa ligada a la Residencia, la Sociedad de Cursos y Conferencias que fundaron en 1924 un grupo de aristócratas, profesores y hombres de ciencias y artes. Ortega y su mujer fueron socios de esta Sociedad que todos los años traía a España a algunas de las más prestigiosas personalidades europeas, entre otros a Leo Frobenius, Paul Valéry, Paul Claudel, Max Jacob, el conde Keyserling, Le Corbussier, Maurice Broglie o madamde Curie. El mismo Ortega impartió diversas conferencias sobre “Marta y María o trabajo y deporte” o sobre “Estudios sobre el corazón”, a la que asistió la reina.

         La iniciativa más personal y que ha quedado para siempre ligada al nombre de Ortega fue la Revista de Occidente. Nacida en julio de 1923 apareció mensualmente hasta 1936. Era una revista cultural, pero no de mera divulgación sino de pensamiento y meditación sobre el tiempo presente. Fue el mayor intento orteguiano por poner a España a la altura de los tiempos. En ella colaboraron firmas hoy tan reconocidas, pero en algunos casos jóvenes talentos entonces, como Américo Castro, Joseph Conrad, Luis Cernuda, Ramón Carande, Ernst Robert Curtius, Rosa Chacel, Gerardo Diego, William Faulkner, José Gaos, Ramón Gómez de la Serna, Heinz Heimsoeth, Miguel Hernández, Huizinga, Keyserling, Thomas Mann, José Antonio Maravall, Pablo Neruda, Rainer M. Rilke, Bertrand Russell, Max Scheler, George Simmel, Werner Sombart, Bernard Shaw, Oswald Spengler, Robert L. Stevenson, Lytton Strachey, Paul Valéry, Max Weber, Virginia Woolf o Stefan Zweig.

         Lo más llamativo de la revista es la atención que prestó a las ciencias exactas, especialmente a la física, a la biología y a la medicina. Aparecieron artículos de Manuel Bastos sobre la cirugía reconstructiva; Louis de Broglie sobre la continuidad e individualidad en la física moderna; Buytendijk sobre la diferencia esencial entre el animal y el hombre; Rogelio Cotes sobre la matemática de Newton; Einstein, sobre la mecánica de Newton; Leo Frobenius, sobre la cultura de la Atlántida; W. Heisenberg sobre la transformación de los principios de la ciencia natural exacta; Le Corbussier sobre la arquitectura en la época maquinista; Schrödinger sobre si la ciencia natural condiciona el medio; Lothar von Strauss und Torney sobre la ley causal y la física moderna; Hans Thiming sobre si se podía volar por el espacio cósmico; o Hermann Weyl sobre los grados de lo infinito.

         Entre los científicos españoles, publicaron Gregorio Marañón, que envió a su buen amigo Ortega siete artículos, Gustavo Pittaluga, José María Sacristán. Mención aparte merece el físico Blas Cabrera, director del Instituto de Física y Química de Madrid y director de una prestigiosa colección en la editorial francesa Hermann. Blas Cabrera publicó diez artículos en Revista de Occidente y es seguro que recomendó muchos de los títulos que publicó la Editorial Revista de Occidente, que Ortega puso en marcha en 1924. En la colección “Nuevos hechos, nuevas ideas”, que publicó treintainueve títulos entre 1925 y 1935, aparecieron nueve obras sobre física, entre ellas: H. Weyl, ¿Qué es la materia?, 1925; H. A. Kramers y H. Holst, El átomo y su estructura según la teoría de N. Bohr, 1925; H. Driesch, La teoría de la relatividad y la filosofía, 1927; F. Nolke, La evolución del universo, 1927; A. S. Eddington, Estrellas y átomos, 1928; B. Russell, Análisis de la materia, 1931; A. March, La física del átomo, 1934; H. Marx, El agua pesada, 1935 [27].

         En 1933 se crea la Universidad Internacional de Verano de Santander, que tenía a Menéndez Pidal como rector y a Pedro Salinas como secretario. Ortega, que era vocal, inauguró las sesiones con un curso titulado “Meditación de la técnica”. Lo publicó en La Nación de Buenos Aires entre abril y octubre de 1935, y lo recogido en el libro en 1939 [28].

         La meditación que Ortega hace de la técnica está vinculada a su concepto del hombre como ser biográfico y al desarrollo que por estas fechas el filósofo estaba haciendo de su concepto de la razón vital como razón histórica. Frente al animal, viene a decir Ortega, el hombre puede ensimismarse y evadirse de su circunstancia, aunque sea momentáneamente. Esto es lo que le permite pensar y así hacer ciencia, que da lugar al desarrollo tecnológico. Sin ciencia no hay técnica en el sentido moderno, porque con anterioridad, según Ortega, existieron la técnica del azar y la técnica del artesano, que no necesitaban de la ciencia. Para aclarar lo que es la técnica, es fundamental analizar el concepto de necesidades humanas. El hombre siente la necesidad de estar a gusto en su circunstancia y busca una serie de cosas que le permitan imponerse a la incomodidad del mundo circundante, que le permitan ahorrar esfuerzo, porque el hombre no se conforma con estar en el mundo sino que quiere estar bien. Algunos hombres, ese esfuerzo ahorrado que les permite la técnica, lo emplean para pensar y así la técnica sigue evolucionando, pero no debemos caer en el error de considerar la técnica el fin, porque en el fondo está la ciencia, el pensamiento. Ortega lo dice con claridad con terminología aristotélica: la función de la técnica no es política [29].

         Por esos mismos años, Ortega escribía en el inédito “Prólogo para alemanes” cuál era la misión de la ciencia, que por no haberla cumplido estaba desprestigiada. Para Ortega, la ciencia tenía que resolver los problemas vitales de cada momento, dar respuesta a las preguntas vivas de cada época con los instrumentos de que dispusiese. Luego, en un segundo término, podía vacar a “problemas gremiales, técnicos, de taller” [30]. Su estar alerta sobre lo que sucedía en las ciencias físiconaturales, le permitió a Ortega darse cuenta de que éstas habían fracasado, primero, en dar explicación sobre qué es el hombre, y, segundo, en dar respuesta a los problemas vitales del momento, quizá porque habían renunciado a responder plenamente a esas preguntas meta-físicas. El increíble progreso que había generado la técnica producida por esas ciencias durante el último siglo hacía muy difícil ver este fracaso, pero no se podía renunciar, como hacía el hombre-masa, a entender el esfuerzo milenario que es el conocimiento científico, ni renunciar a él. Por eso se hacía necesaria una pedagogía capaz de explicar la ciencia, como había expuesto en 1930 en Misión de la Universidad [31]

         El hombre una vez más se había perdido, en parte porque las ciencias físico-matemáticas habían cometido el error de considerar al hombre solamente como una cosa física, cuando el hombre es precisamente insustancial, lo que le deja en franquía para intentar ser lo que quiera, pero le obliga a decidir qué va a ser y a tener que ser o dejar de ser (to be or not to be that is the question). El fracaso de la razón física dejaba “la vía libre para la razón vital e histórica” [32], que sinceramente pienso es una gran ayuda metodológica para conseguir integrar las humanidades, las ciencias exactas y la tecnología.



[1] José Ortega y Gasset, “La ciencia romántica”, El Imparcial 4-VI-1906 (en Obras completas, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, 1983, tomo I, pp. 38-43; en adelante citaré éstas siguiendo este esquema: OC, I, 38-43).

[2] José Ortega y Gasset, “Asamblea para el progreso de las ciencias”, El Imparcial 27-VII y 10-VIII-1908 (OC, I, pp. 99-110).

[3] J. Izoulet era un sociólogo francés, cuya obra más importante fue La ciudad y la metafísica de la sociología (1894). Defendía en ella que el equilibrio social dependía de la relación entre minorías y multitudes, tema central en posteriores escritos de Ortega. J. Novicow era un sociólogo ruso, que mantenía una concepción elitista de la sociedad. Uno de sus libros más importantes es Conciencia y voluntad sociales (1897). Una de las obras que leyó Ortega fue seguramente Les gaspillages des sociétés modernes. Contribution à l'étude de la question sociale, Félix Alcana, 2ª ed., París, 1899. Sigo en este punto a Vicente Cacho Viu, “Prólogo” a José Ortega y Gasset, Cartas de un joven español, edición, introducción y notas de Soledad Ortega, Ediciones El Arquero, Madrid, 1991, p. 31. M. Berthelot era un químico, amigo de E. Renan, que defendía una moral pública basada en la ciencia. Sus principales obras publicadas hasta 1902, que es cuando lo lee Ortega, son Les origines des l'alchimie (1885) y Histoire des sciences: la Chimie au Moyen Age (1893).

[4] Miguel de Unamuno y Luis de Zulueta, Cartas 1903-1933, recopilación, prólogo y notas de Carmen de Zulueta, nota biográfica de Antonio Jiménez-Landi, Aguilar, Madrid, 1968, carta del 13-IV-1909, p. 227.

[5] José Ortega y Gasset, “Moralejas”, El Imparcial 6-VIII, 13-VIII y el 17-IX-1906 (OC, I, pp. 44-48, 48-52 y 53-57).

[6] José Ortega y Gasset, “Las dos Alemanias”, El Imparcial 19-I-1908. Escribe: “Yo fui a Alemania para henchir de idealismo algunos tonelillos, y nunca olvidaré los trabajos que me costó dar con el manantial” (OC, X, p. 24).

[7] Carta de Unamuno a Ortega del 21-XI-1912 desde Salamanca (cfr. José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, Epistolario completo Ortega-Unamuno, edición de Laureano Robles, introducción de Soledad Ortega, Ediciones El Arquero, Madrid, 1987, pp. 106-112). Las lecturas a las que se refiere Unamuno son D. W. Hermann, Ethik, Verlag von J. C. B., Tübingen, 1909; H. Cohen, Logik der reinen Erkenntnis, Bruno Cassirer, Berlín, 1902; y B. Croce, Filosofia dello Spirito. II: Logica come scienza del concetto puro, 2ª ed., Gius, Laterza e Figli, Bari, 1909. Posiblemente se las había recomendado Ortega en una carta del 1-X-1912, que no se conserva. El tono con que finalizará Unamuno un año después su obra Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos es muy similar al de esta carta. Refiriéndose a los jóvenes escribe: “[...] haced riqueza, haced patria, haced arte, hacer ciencia, haced ética, haced o más bien traducid sobre todo Kultura, que así mataréis a la vida y a la muerte. ¡Para lo que ha de durarnos!”.

[8] José Ortega y Gasset, “Renan. La libación”, El Imparcial, 15-III-1909 (OC, I, pp. 459-463). Entre otras cosas le llamaba “morábito español” (idem, p. 461).

[9] Azorín publicó en el diario ABC del 12-IX-1909 un artículo con el título “Colección de farsantes”. Criticaba el manifiesto que Anatole France, Ernst Haeckel y Maurice Maeterlinck habían firmado contra la represión de las revueltas de la Semana Trágica por parte del Gobierno Maura. Ortega contestó a Azorín críticamente en un artículo titulado “Fuera de la discreción”, El Imparcial 13-IX-1909 (OC, X, pp. 95-99). Por el contrario, el texto de Azorín le pareció a Unamuno digno de todo elogió y así se lo hizo saber en carta que el levantino publicó en ABC el 15-IX-1909.

[10] Ortega y Unamuno, Epistolario completo…, ob. cit., p. 38.

[11] José Ortega y Gasset, Cartas de un joven español, ob. cit., carta a Julio Cejador desde Marburgo del 26-VII-1907, pp. 663-665; y “Teoría del clasicismo”, El Imparcial, 18-XI y 2-XII-1907 (OC, I, especialmente p. 72).

[12] José Ortega y Gasset, “Canto a los muertos, a los deberes y a los ideales”, El Imparcial 14-IX-1906 (OC, I, p. 61).

[13] José Ortega y Gasset, Cartas de un joven español, ob. cit., carta a su padre desde Marburgo del 18-XII-1906, pp. 266-267.

[14] José Ortega y Gasset, “Pidiendo una biblioteca”, El Imparcial 21-II-1908 (OC, I, pp. 81-85).

[15] Especialmente en el libro de Carmela Gamero Merino, Un modelo europeo de renovación pedagógica. José Castillejo, CSIC, Madrid, 1988.

[16] José Ortega y Gasset, Cartas de un joven español, ob. cit., p. 512.

[17] José Ortega y Gasset, “Asamblea para el progreso de las ciencias. II”, El Imparcial 10-VIII-1908 (OC, I, pp. 105-110), y “La pedagogía social como programa político”, conferencia leída en la Sociedad El Sitio de Bilbao en 1910 (OC, I, pp. 503-521).

[18] Carta de Ortega a Luis de Zulueta del 16-IX-1911 desde Marburgo (Archivo de la Fundación José Ortega y Gasset).

[19] Se editó en Asociación Española para el Progreso de las Ciencias. Congreso de Zaragoza, t. VI, sección 5ª, Ciencias Filosóficas, sesión del 26-X-1908, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid, 1910, pp. 5-15.

[20] El discurso tuvo lugar en Madrid el 15-VI-1913 y fue publicado ese mismo año en Asociación Española para el Progreso de las Ciencias. Congreso de Madrid, t. I, discursos de apertura, Imprenta de Eduardo Arias, Madrid, 1913, pp. 77-88. Póstumamente se incluyó como “Apéndice” a Investigaciones psicológicas (OC, XII, pp. 487-499).

[21] José Ortega y Gasset, “Adán en el Paraíso”, mayo-agosto de 1910 (OC, I, pp. 473-493).

[22] José Ortega y Gasset, ¿Qué es filosofía?, OC, VII, pp. 300, 309, 310, 321, 333, 335-336, 338, 340, 342, 344 y 364; y “¿Por qué se vuelve a la filosofía? III. La ciencia es mero simbolismo”, La Nación, de Buenos Aires, 28-IX-1930 (OC, IV, p. 99).

[23] Sobre Urgoiti puede verse la biografía de Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo, La industria, la prensa y la política. Nicolás María de Urgoiti (1869-1951), Alianza Edito­rial, Madrid, 1994.

[24] F. Martínez Pardo, “La Neuropsiquiatría Española vista a través de Archivos de Neurobiología (1920-1972)”, cit. por H. Carpintero, E. Miranda y F. Herrero en “Ortega y Germain. Una relación significativa en la influencia de Ortega en la reconstrucción de la psicología española de la posguerra”, Estudios Orteguianos, nº. 1, 2000, p. 72, y por J. L. Abellán y Tomás Mayo en La Escuela de Madrid. Un ensayo de filosofía, Asamblea de Madrid, Colección Estudios Parlamentarios, Madrid, 1991, p. 21.

[25] H. Carpintero, E. Miranda y F. Herrero en “Ortega y Germain. Una relación significativa en la influencia de Ortega en la reconstrucción de la psicología española de la posguerra”, Estudios Orteguianos, nº. 1, 2000, pp. 67-93.

[26] He dedicado al tema algunas páginas en los nos. 6 y 7 de la Revista de Estudios Orteguianos, mayo y noviembre de 2003, en un itinerario biográfico hecho en colaboración con Carmen Asenjo.

[27] Para los datos de Revista de Occidente y de la Editorial me baso en el índice de la revista entre 1923 y 1936 y en el libro de Evelyne López Campillo, La Revista de Occidente y la formación de minorías (1923-1936), Taurus, Madrid, 1972.

[28] El texto añadía la primera lección del curso que “Sobre el hombre y la gente” estaba dando ese año en la Asociación de Amigos del Arte de Buenos Aires y llevó por título Ensimismamiento y alteración. Meditación de la técnica, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1939, ahora en OC, V, pp. 288 y ss. La introducción al curso, no recogida en las OC, se publicó por Paulino Garagorri en la edición de El Arquero, Madrid, 1977. La relación entre el pensamiento de Ortega y la tecnología ha sido analizada por varios autores, entre otros lugares, en Revista de Occidente, nº. 228, mayo 2000.

[29] Javier Echeverría ha resaltado la idea de que el hombre quiere “estar bien” en el mundo (cfr. “Sobrenaturaleza y sociedad de la información: la Meditación de la técnica a finales del siglo XX”, Revista de Occidente, nº. 228, mayo 2000, p. 25).

[30] OC, VIII, p. 23.

[31] Misión de la Universidad, Editorial Revista de Occidente, Madrid, 1930 (OC, IV, pp. 311 y ss.).

[32] José Ortega y Gasset, Historia como sistema (1935), OC, VI, p. 23.


2005 Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset