- Ortega y las generaciones
filosóficas de la Transición
- La Generación del 36 ante Ortega
- La Generación
de Catedráticos de Posguerra y el silencio sobre Ortega
- La generación de Filósofos Jóvenes “después de Ortega”
- La suerte de la obra de Ortega en el establecimiento
de las nuevas áreas de conocimiento filosófico
Una conocida tesis, de la que fue muy consciente Ortega, y que
yo mismo he podido ilustrar tomando como ejemplo nuestra última
filosofía, sostiene que la filosofía moderna en España es el
resultado de la superposición de las sucesivas recepciones,
que se han ido depositando, sobre un fondo tradicional escolástico,
en nuestra filosofía académica, al mismo tiempo que levantaban
ésta a la altura de los tiempos. Como si, tras arrancar nuestros
propios tejidos renacentistas de modernidad, e incapaces de
regenerarlos, hubiésemos estado injertando, en el cuerpo de
la academia española, las creaciones y formas filosóficas vigentes
en Occidente. Si tenemos presente, además, que las recepciones
no son cosa de individuos, ni de grupos cualesquiera, sino que,
más bien, constituyen una tarea propia de las generaciones decisivas,
se comprende que su estudio ha de desarrollarse desde la generación
o generaciones agentes de las mismas, y que el método de las
generaciones ha de ser incorporado como un instrumento fundamental
en el estudio de nuestra filosofía moderna.
Ortega
pudo reflexionar de manera luminosa sobre esta peculiar condición
de nuestra modernidad filosófica, porque él mismo, como epónimo
de su generación, protagonizó la recepción de filosofía alemana
que, no sólo normalizó la actividad científica y docente de
la cátedra de metafísica de la Universidad Central de Madrid,
sino que, más allá, logró irradiar una auténtica cultura intelectual
en los decenios anteriores a la Guerra Civil. En efecto, siendo
estudiante de filosofía en esta universidad, y en la cátedra
de metafísica, se había encontrado al político y catedrático,
viejo krausista e institucionista, Nicolás Salmerón (1837-1908).
Precisamente, sus conocidas palabras del Prólogo para alemanes
-”Ni siquiera sobre Kant o los románticos contemporáneos de
Krause tenían ideas claras (…)”- parecen describir, ante todo,
la penosa situación en que se encontraba esa cátedra de metafísica
en los primeros compases del siglo XX. Pues bien, en el espacio
de tiempo correspondiente a una generación, Ortega, que había
ganado en 1910 esa cátedra, vacante tras la muerte de Salmerón,
logró convertirla en una floreciente escuela filosófica, que
en modo alguno se deja interpretar como una mera sucursal [1]
de fenomenología. Una renovación de nuestra academia filosófica,
que lejos de constituir un fin en si misma, formaba parte de
una empresa cultural más amplia, cuyo producto estrella era
la filosofía, porque pretendía conseguir una radicalización
filosófica de la cultura intelectual española, de la que, a
su juicio, dependía la modernización de nuestra cultura.
Ortega
buscó en todo momento superar el academicismo, y extender la
influencia social de su filosofía. Para ello, tuvo el valor
de adoptar el estilo y las formas, que requería la irradiación
de una cultura filosófica [2]
propia de la sociedad española, reduciendo los tecnicismos
y, sobre todo, renunciando a las formas sistemáticas, escolares,
de la filosofía académica. Esta renuncia, inherente a su estratégica
voluntad de estilo, en modo alguno significaba el sacrificio
del carácter sistemático de su filosofía, pero sí el abandono
de la manera académica de entenderlo, lo que llenará de razones
al rechazo neo-escolástico y escolar de su obra en la universidad
española tras la Guerra Civil.
La
obra de Ortega aparece hoy, ante todo, como la clave de una
subida del nivel histórico de la modernidad filosófica en España,
realizada mediante una recepción modélica de la mejor filosofía
alemana anterior a la Segunda Guerra Mundial, pero, sobre la
que ha sobrevenido, desde la segunda mitad de los años cincuenta,
una compleja recepción, de la que ha resultado nuestra filosofía
académica de fin de siglo. Precisamente, este trabajo pretende
representar de alguna manera la superposición, sobre la obra
de Ortega y Gasset, de esa recepción filosófica determinante
de la institucionalización de nuestra filosofía, en el último
tercio del siglo XX, al mismo tiempo que reflexiona a propósito
de la recuperación de aquella, sobre todo a partir de
la celebración del centenario del nacimiento del filósofo.
Este
trabajo adopta el punto de vista institucional, que permite
poner de manifiesto algunos hechos clave, para explicar la insuficiente
recuperación de la obra de Ortega en la Transición; pero no
pretende agotar la cuestión de la presencia de Ortega en la
última filosofía española
[3]. La cultura filosófica española no se deja reducir a la actividad
de la filosofía académica, aunque sea ésta uno de sus núcleos
fundamentales, ni la transformación de nuestra filosofía
en la Transición a la reforma de la misma en la universidad
española.
Ortega y las generaciones filosóficas de la Transición
Entre otros procesos de transformación
en el mundo de la cultura y de la educación, la democratización
liberó e hizo efectivas una serie de rupturas y recepciones
en la filosofía académica española, que, lanzadas en la segunda
mitad de los años cincuenta, se consolidaron en los decretos
de áreas de la LRU (1983), con una nueva implantación institucional,
y nuevos campos de aplicación científica. La institución filosófica
del tardo-franquismo se vio desbordada por este complejo proceso
de normalización, en modo alguno planificado, que encontró entre
sus principales agentes a los autores rupturistas, por un lado,
y a los autores recuperadores, por el otro.
Al
aplicar el método de las generaciones a este período de transición,
encontramos la publicación de las obras de dos grandes maestros,
procedentes de la Edad de Plata, Zubiri y García-Bacca, y, sobre
todo, la actividad filosófica de tres generaciones distintas
de autores. En primer lugar, la llamada Generación del 36,
cuyos miembros nacen en torno al año 1910, democrática, residuo
último de la Edad de Plata, dispersa en el exilio exterior,
o reducida en el nacional catolicismo interior. El segundo grupo
de autores del período son los catedráticos autodidactas, el
Grupo de Posguerra, que, nacidos hacia el año 1925,
se formaron en el período más angosto del nacional-catolicismo,
si bien pudieron experimentar los intentos de apertura de Ruiz-Jiménez,
así como completar sus estudios en fuentes francesas, inglesas
o alemanas. Por último, la generación decisiva de los 'Filósofos
Jóvenes', escritores y ensayistas rupturistas, nacidos en
torno al año 1940, que experimentaron el aperturismo de los
años sesenta, en cuya segunda mitad empiezan a publicar, pasando
a dominar la escena académica y científica de la filosofía a
partir de los años ochenta con la reforma socialista.
Zubiri experimentó la filosofía
de Ortega, que le introdujo en la fenomenología, pero desarrolló
su propia filosofía cristiana, directamente desde Husserl y
Heidegger, y en los cauces sistemáticos de una filosofía escolástica.
No faltan resonancias del pensamiento de Ortega en la filosofía
de Zubiri, pero no son centrales, ni fáciles de determinar.
Aún menos relevancia, tiene la presencia de la obra de Ortega
en la compleja evolución intelectual, que llevó a García-Bacca
a desarrollar su propia filosofía en un contexto hispanoamericano.
Ambos autores conocieron y respetaron la obra de Ortega, pero
desarrollaron filosofías muy distintas de la de aquel, tanto
por su concepción, como por su estilo.
La Generación del 36 ante Ortega
No
se puede entender la última renovación filosófica en España,
sin tener presente a la Generación del 36, que contribuyó
a poner en marcha, tanto la recuperación crítica de nuestro
pasado moderno anterior a la Guerra Civil, como también las
posteriores recepciones de Filosofía analítica, marxismos, y
otros desarrollos contemporáneos de las ciencias histórico sociales.
Estos autores no mantuvieron una actitud unitaria ante la persona
y la obra de Ortega y Gasset, ni siquiera coherente, en muchos
casos, pues, en los vertiginosos años de Transición, la atención
a los desarrollos filosóficos y científicos de la segunda mitad
del siglo XX, y la sensibilidad con la tendencia rupturista
de los jóvenes, llevaron a algunos de ellos a optar entre la
tendencia a dar continuidad a la cultura intelectual y filosófica,
heredada de la Edad de Plata, por un lado, y la tendencia a
normalizar nuestra institución filosófica, por el otro, recibiendo
las nuevas corrientes mencionadas, que no llegaron a incorporarse
de manera efectiva en aquel período.
En efecto, a esta Generación
pertenecen los autores, que forman el cuerpo discipular del
orteguismo: Marías, Garagorri, Rodríguez Huescar, Granell, Recasens
Siches, y, también, María Zambrano. Pero forman parte de ella,
así mismo, autores que pasaron a interesarse más por la obra
de Zubiri, como Laín Entralgo, o autores que se situaron “después
de Ortega”, y que fueron adoptados como estandartes de la
renovación por parte de la Generación de Filósofos Jóvenes,
como Aranguren y Ferrater Mora; o autores, en fin, decididamente
rupturistas, como Tierno Galván, que estuvo
siempre situado en unas coordenadas intelectuales y filosóficas
alejadas de la obra de Ortega, y orientado
a la recepción de filosofía analítica y marxismo. Decisivos
para entender la suerte de la obra de Ortega en la universidad
española, son los miembros neotomistas de esta generación, como
Ángel González Álvarez, Leopoldo Eulogio Palacios, José Mª de
Alejandro, Guillermo Fraile, Teófilo Urdanoz, Jaime Bofill,
José Todolí, etc.,
que volvieron en sus cátedras a la filosofía tradicional.
Los
discípulos de Ortega, con Julián Marías a la cabeza, fueron
los herederos de la palabra íntima de Ortega, los depositarios
de su obra, y el punto de referencia de su interpretación, hasta
mediados los años ochenta. Constituyeron el reducto del orteguismo
en sus años más difíciles [4], advirtieron de la suerte que estaba corriendo su obra en fechas
tan significativas [5]
como 1955, 1965, o 1983, y establecieron a Ortega como
figura señera de la cultura filosófica española contemporánea.
Para ellos, la obra de su maestro era el destino de la cultura
moderna en España, en especial de nuestra cultura filosófica.
Nuestro pueblo y nuestra lengua habrían hecho “la experiencia
plena de la filosofía” en Ortega, con el cual se abriría “una
esencial posibilidad hispánica: nuestro ingreso histórico en
la filosofía” [6]. Una posibilidad percibida ciertamente como rival a reducir por
el nacional-catolicismo, que la sustituyó en la universidad
por su tradicional academicismo arcaico, el neotomismo, en los
años cuarenta y cincuenta.
La
suerte de la obra de Ortega en la Transición tiene mucho que
ver con esta neutralización
[7] de su descendencia intelectual, que no tuvo acceso a la universidad
española en esas dos décadas de posguerra, y se quedó definitivamente
fuera de las dinámicas reformistas, acontecidas en la misma,
durante los años sesenta y setenta. Cuando se le abrió alguna
puerta, en los años ochenta, la reforma de la academia filosófica
en España era ya un tren sin frenos, como también lo eran las
dinámicas de la compleja recepción iniciada a finales de los
años cincuenta.
Al recordar a los miembros neotomistas de esta generación,
se comprende la parte de razón, que llevaba la advertencia de
Julián Marías y los orteguianos: la exclusión de Ortega y su
herencia intelectual de la universidad y de la vida pública
supondrá pérdida de nivel histórico y arcaismo. Tras la Guerra
Civil, la cátedra de metafísica de la Universidad Central de
Madrid volvió a la filosofía tradicional, encargándose oficialmente
de ella, a partir de 1947, Juan Zargüeta. Tras la jubilación
de Ortega, en 1953, y hasta finales de la década de los ochenta,
ocupó esta cátedra Ángel González Álvarez, que publicó unos
manuales de metafísica tomista, en los años sesenta, sencillamente
arcaicos. Y las cosas no fueron mejor en otras facultades importantes.
La Historia de la Filosofía española (1971-1972) de Guillermo
Fraile, publicada por Urdanoz, trabaja con un concepto arcaico
de filosofía, y expone de manera irreconocible el pensamiento
de Ortega, cuyas obras fundamentales desconoce o no ha leído.
Aranguren
perteneció al grupo de intelectuales formado en torno a la revista
Escorial, y, tanto desde su cátedra, como con sus publicaciones,
contribuyó al aperturismo de los años sesenta, por ejemplo,
con su interés por la analítica, o por el diálogo entre cristianismo
y marxismo. Publicó un librito dedicado a la ética de la autenticidad
de Ortega (1958), pero dentro de la polémica desatada contra
la filosofía de éste por el neotomista Santiago Ramírez, y en
orden a demostrar su compatibilidad con la ortodoxia católica.
El pensamiento moral y jurídico-político de Ortega, como tal,
sin embargo, no fue desarrollado por este autor, que, más bien,
puso su Ética (1958) bajo la metafísica de Zubiri. La
docencia universitaria entre 1955 y 1965, su contacto con la
generación joven de los sesenta, y la experiencia del exilio
norteamericano, hicieron evolucionar sus planteamientos hacia
una posición sensible a la ruptura de la Generación joven con
la cultura intelectual establecida y sus filosofías. El Aranguren,
que volvió a su catedra en 1976, se posicionó de manera consciente
“después de Ortega”, y así lo hizo constar en su recopilación
de artículos, La cultura española y la cultura establecida,
donde matiza su posición rupturista, y presenta nuevos desarrollos
de la analítica, del pragmatismo, del marxismo crítico, de las
ciencias histórico-sociales, etc.
Los
discípulos de Ortega defendieron siempre, que la presencia de
Ortega en la filosofía española del siglo XX había sido “amplia,
profunda y decisiva” [8], y que su obra representaba “una de las posibilidades mayores
para enfrentarse a los problemas de hoy y de mañana”. Con ello,
no negaron las posibilidad de situarse “después de Ortega”,
pero reclamaron, de quienes lo hacían, una auténtica superación
de su pensamiento, que nada tiene que ver con ignorarlo, o ponerlo
de lado, sin tan siquiera conocerlo, sino que, más bien, supone
una asimilación del mismo, para desarrollarlo, o para situarse
más allá, adoptando otras filosofías actuales. Ferrater Mora
es, a juicio de Rodríguez Huescar
[9], un buen ejemplo de aquel tipo de autor, que sabe por qué y en
qué medida sustituye la filosofía de Ortega por otra, que le
parece más eficiente. Ferrater, que había publicado un contrastado
libro sobre Ortega (1973), pidió un cambio de marcha
(1974) hacia la analítica en la filosofía española, e intentó articular su propuesta filosófica en clave
analítica.
La
Generación de Catedráticos de Posguerra y el silencio sobre
Ortega
El Grupo de Profesores de Posguerra se formó
en los años más difíciles del régimen franquista, los cuarenta
y los cincuenta, en una Facultad de Filosofía privada de la
herencia intelectual de Ortega, sustituida por un escolasticismo
falaz e intransigente, dentro de una universidad entre «lo carcelario
y lo cuartelero», en correspondencia a una sociedad devastada,
aislada de Europa, y con una cultura nacional-católica presionando
sobre las mentes. En este marco, se impusieron las formas filosóficas
académicas, “sistemáticas”, y cayeron en descrétido las formas
más literarias y retóricas.
Los
profesores de este grupo, que eran de alguna manera académicos
y rupturistas, buscaron una institución filosófica normalizada
desde el punto de vista científico y docente, bien con la recepción
de autores analíticos o continentales contemporáneos, como Carlos
París, Manuel Garrido, o Emilio Lledó, etc., bien avanzando
desde ésta al desarrollo de su propia filosofía, como Gustavo
Bueno. Otros autores del grupo, más académicos, como Valls Plana,
Sergio Rábade, Montero Moliner, etc., contribuyeron a incrementar
el conocimiento de la Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea,
y, en algunos casos, pusieron en marcha recepciones de filosofía
contemporánea, como la recepción de fenomenología
[10], después de Ortega, de la que surgió la presente Sociedad Española
de Fenomenología. Los autores con un planteamiento antiacadémico
y rupturista, como Sacristán, marxistas y alejados de las coordenadas
filosóficas de Ortega, intentarán normalizar nuestra cultura
filosófica mediante la recepción de autores de la primera analítica
y de las principales corrientes del marxismo contemporáneo.
Ninguno
de estos Profesores de Posguerra había llegado a experimentar
a Ortega, y sus “dioses intelectuales fueron otros”
[11]; sin embargo, todos ellos leyeron en mayor o menor medida su
obra. Esta actitud general del grupo ante la obra de Ortega,
y el olvido de la misma durante décadas en la universidad española,
han sido interpretados de distinta manera por estos profesores
en 1983, con motivo de la celebración del centenario
[12] de su nacimiento. Algunos, como el profesor
Lledó [13], insistieron en el hecho de que Ortega se había convertido en
un campo de batalla entre detractores y defensores de su obra.
Otros, en cambio, como Cruz Hermandez
[14], apuntaron hacia el mal trato, a que fue sometida la herencia
intelectual de Ortega, por parte de la escolástica neotomista,
en los años cuarenta y cincuenta, y por parte de las nuevas
escolásticas analíticas y dialécticas, en las dos décadas siguientes.
Desde la segunda mitad de los años cincuenta, fue
especialmente importante la presencia de estos catedráticos
en las universidades españolas, donde dieron entrada en muchos
casos a la generación joven, e
impulsaron las recepciones de analítica, marxismo, fenomenología,
hermenéutica, y ciencias sociales;
como también fue importante, en este sentido, su labor como
directores de colecciones y revistas de filosofía. Así, contribuyeron
de manera notable a la subida de nivel histórico de nuestra academia filosófica, a su
normalización. Con todo, su discontinuidad con la cultura filosófica
de la Edad de Plata, en especial, con la obra y la herencia
intelectual de Ortega, explica su orfandad, y la de la Generación
Joven, así como la tardía renovación de las materias del área
de filosofía, en la que los miembros neo-tomistas del grupo
mantuvieron las formas arcaizantes de la filosofía tradicional.
Los
representantes de la filosofía tradicional fueron conscientes
de la transformación, que se estaba gestando en nuestra institución
filosófica. La revista Pensamiento dedicó el
volumen 29 del año 1973 a las tendencias actuales
de la filosofía, que no eran otras sino los autores y las
corrientes que se venían traduciendo y estudiando desde los
años sesenta. En el artículo de este número, titulado Filosofía
española actual, el padre jesuita Luis Martínez Gómez informaba
sobre los agentes y las recepciones, que estaban entrando en
la universidad española, y constataba la ausencia de los “intelectuales
de la ante-guerra”, en el caso de Ortega debida, a su juicio,
al “apagamiento de su influjo social”.
Parafraseando a Klaus Held [15], yo diría que, para la cultura española, en general, pero, de
manera especial, para nuestra cultura filosófica, el silencio
en torno a la obra de Ortega significó un triunfo póstumo y
vergonzoso del nacional-catolicismo y su escolástica.
Mención
aparte merece un subgrupo característico de autores o profesores,
nacidos entre 1930 y 1935, que completan su formación universitaria
en la primera mitad de los años cincuenta, durante la tímida
apertura del Ministro Ruiz Jiménez, y para los que la muerte
de Ortega constituyó, tal vez, un momento de toma de conciencia
[16] intelectual y democrática. Sin negar la importancia de su contribución
a las mencionadas recepciones, o a la subida del nivel de conocimientos
históricos de filosofía moderna y contemporánea, su aportación
a la recuperación de nuestra modernidad filosófica, en general,
y de la obra de Ortega, en particular, ha sido especialmente
relevante. Me refiero a autores como José Luis Abellán, autor
de Ortega y Gasset en la filosofía española (1966), o Pedro Cerezo, que han desarrollado
su obra “con Ortega, y después de Ortega”.
En
1984, Pedro Cerezo publicó La voluntad de aventura. Aproximación
crítica al pensamiento de Ortega y Gasset, uno de
los libros más significativos, de los que vieron la luz con
motivo del Centenario, entre otras cosas, porque consagraba
el tipo de interpretación de Ortega, que investiga, y toma en
consideración, las fuentes de su obra [17]. Se ponía luz verde a un tipo de investigación, que ya no era
la del Ortega vivo y siempre original, defendido a ultranza
en la interpretación canónica del cuerpo discipular, sino que
recuperaba aspectos vigentes de su pensamiento desde una revisión
crítica de su obra.
La producción filosófica
en los años setenta, y la institucionalización de la Filosofía
en la LRU, ponen de manifiesto, que el grupo de Filósofos Jóvenes
fue la generación decisiva en la Transición. Julián Marías había
pronosticado, que el olvido de Ortega traería consigo la involución
filosófica de esta generación. Sin embargo, desde los años sesenta,
este grupo venía desarrollándose con el apoyo de los autores
aperturistas y de los catedráticos de otros grupos, que les
llevaron por los caminos de la ruptura y la recepción normalizadora.
La generación de Filósofos Jóvenes “después de Ortega”
Aranguren
clasificó a los Jóvenes Filósofos en analíticos, dialécticos
y post-estructuralistas o neo-nietzscheanos. Los autores analíticos
o dialécticos fueron más académicos, de tal manera que, la
especialización en el área de actividad filosófica, que pusieron
en marcha, o que contribuyeron a desarrollar, fue lo verdaderamente
determinante de su producción. El aperturismo de los años sesenta,
la crisis universitaria de 1965, de la que resultó la expulsión
de Aranguren, García Calvo y Tierno Galván, con la consiguiente
dimisión de Valverde, y que afectó directamente a la carrera
universitaria de algunos de ellos, supuso, tal vez, un momento
de toma de conciencia para estos autores.
Los
Filósofos Jóvenes se situaron de entrada “después de Ortega”,
cuya obra nunca llegó a despertar su interés
[18]. Entre la filosofía tradicional y los catedráticos rupturistas,
la generación joven creyó
carecer de tradición filosófica propia, y fue orientada a incorporar
las mejores filosofías disponibles, a cuya recepción se entregó.
Los autores más representativos del grupo trajeron de las universidades
europeas y americanas los autores y corrientes filosóficas,
que les propusieron sus mentores en la universidad española,
o que ellos mismos descubrieron. Incluso, en algunos casos,
ejercieron de moderadores de la recepción en su área de actividad
filosófica.
La
generación de Ortega también fue decisiva y rupturista, pero
estuvo dotada de una sensibilidad histórica y filosófica, que
no encontramos en este grupo de Jóvenes Filósofos. En efecto,
Ortega había tenido un sentido para la historia y la cultura
propia, que le llevó a creer en España como nación. La utopia
de Ortega fue España, hasta que la Guerra Civil y el
Franquismo le llevaron a convertir a Europa en la utopia
de España [19]. En cambio, la versión franquista de nuestra historia, de nuestra
cultura, y de nuestra nación, llevó a la Generación Joven a
un utopismo revolucionario y dogmático, alimentado por lo general
con distintas versiones del historicismo marxista. Ortega les
parecía, en el mejor de los casos, “uno de los grandes teóricos
del liberalismo europeo no democrático” [20]. Este radicalismo anarquista o marxista se fue moderando en
los años ochenta, y derivó en posiciones libertarias, socialdemocratas,
o pragmáticas; pero no sucedió lo mísmo con su irreductible
tendencia utópica, ni con su tendencia a identificar democracia
con “socialismo”.
El acceso al poder de la Generación joven,
y su correspondiente moderación, explican en buena medida
la suerte del marxismo, que se redujo de manera abrupta en torno
a 1983, como si la celebración del centenario de la muerte de
Marx hubiera representado la traca final de unos fuegos de artificio.
Todo lo contrario aconteció, en esa misma fecha, con la celebración
del centenario del nacimiento de Ortega
[21], que superó en magnitud a aquella otra, y sentó las dinámicas,
que convirtieron a Ortega en patrimonio [22] de todos. Aunque muchos intelectuales
[23] de esta generación, inclinada a la izquierda, siguieron dudando
del carácter democratico del liberalismo de Ortega, y no fueron
receptivos a las palabras, que su obra había empezado a decir,
desde su proceso constituyente, a la joven democracia española.
En
los años ochenta y noventa, sin embargo, la revisión filosófica [24] de la obra de Ortega ha puesto de manifiesto, que sus textos
representan un liberalismo democrático, a la vez que ha ido
corrigiendo errores manfiestos en la apreciación de su obra.
Ortega perteneció a una generación europea, que pugnó
con el positivismo de la segunda mitad del siglo XIX, y replanteó
la pregunta por la identidad de la filosofía, a la que dio nueva
vida de distintas formas. La generación de Ortega fue filosófica,
desarrolló filosofías sustantivas, y logró, al menos en cierta
medida, la irradiación de una cultura filosófica. Muy otro es
el caso de la generación de Filósofos Jóvenes, perteneciente
a la versión española de la generación europea del 68. Esta
generación, que ha sido deficitaria, por no decir escéptica,
desde el punto de vista filosófico, embarrancó en la mentalidad
tecnológica de la receta técnica, y de la religión del éxito,
dominante en la cultura democrática de masas, y contribuyó al
establecimiento en España de una cultura, una universidad y
un sistema educativo, refractarios a cualquier intento de radicalización
filosófica.
En los años posteriores a la muerte de Ortega,
cuando algunos miembros de la Generación del 36 discutían la
compatibilidad del pensamiento de Ortega con la ortodoxia católica,
y García Vela publicaba su Ortega y los existencialismos
(1961), los Filósofos Jóvenes habían enterrado ya
estas filosofías, y buscaban formas filosóficas más afines con
los saberes técnicos y eficientes, o con las ciencias histórico-sociales,
o con formas intelectuales, que permitieran desarrollar actitudes
radicalmente críticas con el ‘sistema’. En el mejor de los casos,
disponían de un sentido mínimo y adjetivo de la filosofía, como
una actividad de segundo orden, que se especializa en la racionalidad
de las otras actividades y productos de la cultura.
Algunos
ensayistas y profesores jóvenes escribieron
[25] también sobre Ortega en 1983, con motivo del centenario de
su nacimiento, pero su generación ya estaba protagonizando la
reforma de la institución filosófica en un sentido contrario
al pensamiento de aquel; además, sus recepciones de autores
y corrientes filosóficas contemporáneas, realizadas de manera
diferenciada por áreas de especialización, habían dejado su
obra nuevamente fuera de la universidad. Ortega fué uno de los
filósofos más editados [26] entre 1975 y 1985 en España, teniendo en cuenta tanto las reediciones
de sus obras, como los estudios sobre las mismas, pero sus escritos no formaron parte de la literatura filosófica, de la que
se nutrieron las nuevas áreas de actividad y conocimiento filosófico.
Esta
última filosofía española se ha expresado con tanta frecuencia
mediante el ensayo, que se ha llegado a considerar a éste como
el género literario propio de aquella. Cabría esperar una extensa
influencia del ensayo orteguiano, cuando menos desde el punto
de vista estilístico, en nuestro ensayo filosófico del período,
si es verdad, como afirmó Aranguren en su El Ortega de 1914,
que Ortega y Gasset es el padre del ensayo filosófico español
del siglo XX, y que, como afirman otros, no se puede hacer
filosofía en español sin seguir, consciente o inconscientemente,
sus pasos. Sin embargo, las cosas no parecen haber sido así [27], y esperan un estudio [28] más detenido.
Esto
sucedía en la universidad española, cuando los estudiosos americanos
y europeos de nuestra cultura habían convertido a Ortega en
el activo principal del patrimonio filosófico español contemporáneo,
y la Fundación José Ortega y Gasset recuperaba el influjo
social, que nunca se había apagado del todo. El triunfo de la
herencia intelectual de Ortega consistió precisamente en esta
consagración de su maestro como el gran clásico del pensamiento
español contemporáneo.
La suerte de la obra de Ortega en el establecimiento
de las nuevas áreas de conocimiento filosófico
La
creciente especialización y orientación técnica de los saberes
formaba parte de los signos de los tiempos, y se impuso en la
reforma universitaria de los años ochenta, en España, como parte
del imperativo general de modernización. En consonancia con
los tiempos, los Jóvenes Filósofos habían heredado de los autores
rupturistas y antiacadémicos, como Manuel Sacristán, la convicción
de que la filosofía universitaria era un problema, cuya solución
pasaba, o por establecer formas adjetivas y técnicas de especialización
filosófica, o por cerrar la Facultad de Filosofía. Muy otro
había sido el sentir de Ortega en su tiempo, partidario de una
reforma filosófica y humanista de la universidad. A su juicio,
la universidad era el problema, y la filosofía disponía de la
solución, de manera que esbozó las líneas maestras de una reforma
humanística de la universidad.
En
1983, la barbarie del especialismo alcanzó de pleno a
la universidad española, y los Jóvenes Filósofos, que formaban
parte de ella, se encargaron de hacerla efectiva en la Facultad
de Filosofía. Pues el desarrollo natural de su especialización
filosófica, y su crecimiento académico, les impulsaba a transformar
las antiguas cátedras en nuevas áreas de actividad filosófica.
Esta tendencia generacional recibió cauce institucional en la
LRU [29],
que dividió la Facultad de Filosofía en cuatro áreas heterogéneas
de actividad filosófica: las cátedras de Lógica, de Estética,
y de Ética y Sociología, se transformaron respectivamente
en las nuevas áreas de especialización filosófica, ‘Lógica
y filosofía de la ciencia’, ‘Filosofía del Derecho, Moral y
Política’, y ‘Estética y teoría de las artes’, mientras
el resto de las cátedras quedaron depositadas en una cuarta
y macro área, que recibió el nombre genérico de ‘Filosofía’.
En efecto, entre las aportaciones más decisivas de los autores
jóvenes, realizada desde las cátedras de lógica, encontramos
la construcción y desarrollo, desde una amplia recepción de
autores analíticos, de materias por entonces de nueva implantación,
como la filosofía del lenguaje, la lógica y las filosofías de
la lógica, y la historia y la filosofía de la ciencia, que constituyeron
el núcleo de lo que la LRU institucionalizará en el año 1983
como el área 'Lógica y filosofía de la ciencia' [30]. Las formas literarias y retóricas de la filosofía de Ortega,
a la que éste buscó más del lado de la filología, no podían
interesar en esta área de lógicos, historiadores de la ciencia,
y filósofos analíticos del lenguaje, que establecerán el predominio
institucional de la interpretación analítica de las relaciones
entre la filosofía y las ciencias. La recuperación de su obra
en este área dependerá del avance de la tardía recepción de
teoría de la argumentación [31], y de la suerte de su meditación de la técnica.
En
la evolución científica y docente del área de Filosofía del
Derecho, Moral y Política, que se formó con profesores
de la antigua cátedra de Ética y Sociología de la facultad
de filosofía, y con profesores de Derecho Natural de
la Facultad de Derecho, fue decisiva la compleja recepción realizada
por estos filósofos morales y profesores de derecho natural,
que se integraron en ella [32]. En general, estos Filósofos Jóvenes se limitaron a hacer mera
moral, con proyección de algunos hacia las éticas cívicas en
la década de los noventa, mientras la Filosofía del Derecho
estaba en manos de los autores procedentes de la Facultad de
Derecho. La teoría política quedó como una especie de tierra
de nadie, si bien, mediada la década de los ochenta, sus protagonistas
tenderán a reivindicar su autonomía como ciencia histórico-social.
La ruptura de este área de filosofía práctica en 'Filosofía
del Derecho' y 'Filosofía moral y política', que
se hizo efectiva en 1996, estuvo presente desde su misma constitución,
y por razones que, más allá de lo meramente gremial, hunden
sus raíces en la mismísima formación académica de los filósofos,
y en el carácter meramente moral de sus concepciones de la razón
práctica.
No
se puede hablar de una recuperación de la obra de Ortega en
la nueva filosofía moral y política. Los escasos trabajos,
dedicados al pensamiento moral y jurídico político de Ortega,
se deben más bien al interés particular de algunos autores,
que, por cierto, estudian por separado su ética [33],
su filosofía del derecho [34], y su filosofía política [35]. Y, sin embargo, lo más relevante del pensamiento moral y jurídico
político de Ortega está, tal vez, en el desarrollo de la posible
articulación de su moral de la autenticidad, de su concepción
sociológica del derecho, y de su concepción liberal de la democracia.
La
vuelta de José María Valverde, la actividad y la producción
de algunos autores jóvenes, entre los que se cuentan algunos
de los ensayistas más destacados de su generación, están detrás
de la constitución del área de Estética y teoría de las artes,
que también se nutrió de una compleja recepción [36]. La obra de Ortega y Gasset no fue tampoco una de las fuentes
de esta nueva Estética y teoría de las artes, donde no
fue infrecuente cierta escisión entre la disciplina académica
y la producción en el campo de la cultura intelectual, en general,
y de la estético artística, en particular.
La
revisión de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía [37],
verdadera instantánea del aspecto, que presentan esas nuevas
áreas de actividad filosófica en los albores del siglo XXI,
pone de manifiesto, que la obra de Ortega no forma parte de
la literatura corriente de sus materias troncales, ni se ha
incorporado en sus programas,.
En
el área de 'Filosofía', constituida por las restantes
cátedras de la anterior facultad de filosofía, se podría haber
esperado una mejor suerte para la obra de Ortega. Sin embargo,
la preponderancia en la misma de los representantes de la filosofía
tradicional, y de los profesores académicos del Grupo de Posguerra,
que retardó su renovación, explica en buena medida el abandono
de los textos de Ortega en materias centrales, a las que habían
contribuido, como la 'Ontología', la 'Antropología filosófica',
la 'Filosofía de la Historia', etc. La renovación de estas materias
troncales, protagonizada por los autores jóvenes del área,
no se hizo efectiva hasta
los años noventa, y encontró su principal fuente en la recepción
de la filosofía continental de la segunda mitad del siglo XX. De ella formó parte precisamente una cierta
recuperación de los textos de Ortega.
En
la renovación de la ontología, frente los intentos de
reformularla en los cauces del tomismo trascendental, predominaron
los intentos de reconstruirla desde planteamientos dialécticos,
y, sobre todo, desde radicalizaciones de la Fenomenología, de
la Hermenéutica, y de sus críticos post-estructuralistas. Fue
a finales de los años ochenta, por ejemplo, cuando Juan Manuel
Navarro Cordón [38] sustituyó a Ángel González Álvarez en su cátedra de Metafísica,
en la que enseñó ontología hermenéutica, desde autores como
Heidegger o Ricoeur, y siempre en el contexto de la Tradición
Metafísica Occidental. También en los años noventa, la Teología natural o Teodicea, se convirtió en
una filosofía mínima de la religión, desarrollada desde la Fenomenología
(Fraijó, García-Baró, etc.), o desde la Analítica (Sádaba).
Por entonces, se hace efectiva también la recuperación
de los textos de Ortega, desde el punto de vista de la fenomenología,
por parte de Javier San Martín
[39], quien publicó La situación de
la antropología filosófica y la teoría de la cultura en España
(Revista
Anthropos, Especial Frankfurt 1991), donde denuncia el
abandono de Ortega, autor fundamental en estos dos campos, y,
sobre todo, el déficit filosófico de esta generación, que sustituyó
la antropología filosófica por la antropología cultural, y la
teoría de la cultura por la sociología.
En la década de los noventa, predominaba ya la opinión favorable
a la recuperación de la obra de Ortega [40] dentro del área de Filosofía, desde donde se establecieron
algunos núcleos institucionales, propicios para la revisión
de su obra, como El Seminario de Historia de la Filosofía
Española [41], la Asociación de Hispanismo Filosófico
[42], o la
Sociedad Española de Fenomenología
[43]. Además, se desarrollaron proyectos de investigación
[44], y se incrementó el número de tesis doctorales [45] dedicadas a su obra. Con todo, ha permanecido la escisión entre la Historia de la Filosofía y
la Historia de la Filosofía española, y los historiadores
de la filosofía contemporánea
[46] tienden todavía a situar a Ortega y Gasset en el capítulo
de Historia de la Filosofía Española, es decir, en aquel apéndice
de la Historia de la Filosofía en cuanto tal, en el que se exponen
los esfuerzos por normalizar a ésta en España.
La
demanda de calidad y sentido se ha impuesto en la revisión de
la obra de Ortega, cuyo futuro viene auspiciado por el Centro
de Estudios Orteguianos y, su órgano, la Revista de Estudios
Orteguianos, puesta en marcha por José Luis Molinuevo
[47], que ha sido uno de los autores jóvenes, que más ha contribuido
a la recuperación de la obra de Ortega en los años noventa.
Pero esto representa otro capítulo de esta historia, que se
ocupe de la presencia del pensamiento de Ortega en el movimiento
de ideas constitutivo de nuestra cultura intelectual durante
la transición.
[1]
El pensamiento de Ortega mereció el reconocimiento de los
principales representantes de la Fenomenología en Alemania:
Husserl, Scheler, Heidegger, Fink. Más aún, la obra de Ortega
tuvo una sorprendente repercusión en Alemania: “Que el entusiasmo
por un filosofar viviente nos fuera devuelto por un español
fue una de las sorpresas en que fue tan pródigo el mundo espiritual
de los años veinte (…) Hasta 1900 no empezó a despertar el
espíritu de España. El renovador de la pintura moderna es
el español Picasso: este nació en 1881, Ortega en 1883.
El despertar cultural de España es uno de los pocos sucesos
agradables del siglo XX (…)”. (Ernst Robert Curtius, Ortega,
Revista de Estudios Orteguianos, nº 5, 2002, pp. 191-203)
(Escrito en mayo 1949)
[2] (Obras de Julián Marías, Ensayos. Retracción
a España del europeo Ortega. Revista de Occidente, Madrid
1982, vol. IX, p. 630). (José Lasaga Medina, José Ortega
y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía, Biblioteca Nueva,
Fundación José Ortega y Gasset, Madrid 2003, p. 94-97).
[3] En su artículo Pensar en compañía de Ortega
(Revista de Occidente, mayo 2001, pp. 72-86), Eugenio
Trías confiesa: “Hemos, pues, pensado en compañía de nuestro
embozado, al que hemos dado vida en nuestra pequeña travesía;
para el caso, el clásico de nuestras letras conceptuales o
filosóficas, que se nos adelantó en el oficio de pensar en
nuestra lengua, Ortega y Gasset. En su compañía, no contra
él; tampoco desde él, ni sobre él.”.
[4] “Durante cosa de medio siglo, por motivos
político-eclesiásticos dominados por la ignorancia, se ha
intentado convencer a los españoles de que Ortega “no vale
la pena” (…) La exclusión de Ortega y de cuanto tuviera que
ver con él de la vida pública, y en particular de la Universidad,
durante casi cuarenta años, algún día parecerá un escándalo
intelectual inconcebible. Pero, desde 1960, poco más o menos,
se generaliza en los medios intelectuales una curiosa decisión
cuya génesis y desarrollo deberá estudiarse algún día: la
de no enterarse de Ortega ni de nada que manase de esa
fuente (…) Y una generación entera de españoles (los nacidos
entre 1939 y 1953) ha sido disuadida de leer a Ortega,
y ha resultado, en plena juventud, preorteguiana; es decir,
arcaica (…) El que posee a Ortega se instala en español, desde
si mismo, en el nivel de la filosofía, y puede hacer lo
que quiera (hasta ser antiorteguiano); los demás están por
debajo de si mismos, en una época que no es la suya, y, por
supuesto, colonizados.” (Obras de Julián Marías, Ensayos.
Retracción a España del europeo Ortega. Revista de Occidente,
Madrid 1982, vol. IX, (1980), p. 652-653).
[5] En la recopilación de artículos de los años
cincuenta, sesenta y ochenta, escritos por Antonio Rodríguez
Huescar, Semblanza de Ortega, (Anthropos, Barcelona
1994), se puede seguir la evolución de las preocupaciones
del grupo discipular del orteguismo en las distintas décadas
del período que nos ocupa. En efecto, en Relato personal.
(En la muerte de Ortega (1956), se trataba de hacer valer
la filosofía “más importante de las enunciadas hasta hoy en
la lengua española, y la de más amplias perspectivas de la
hora mundial” (p. 129). En Carta abierta a José Antonio
Maraval. En el decenario de la muerte de Ortega, (1963),
se advierte a quienes pretenden recuperar a Ortega al margen
de su descendencia intelectual, lo que equivale a separarlo
del suelo, en el que sigue estando vivo, y dejarlo sin futuro
y al albur de las interpretaciones (p.147). En este mismo
artículo, denuncia cierta estrategia seguida contra la obra
de Ortega: “Estamos ahora en un tercer acto, cuyo argumento
parece ser la neutralización de Ortega mediante su confinamiento
en el limbo glorioso del pretérito perfecto.”(p.139-140).
En Ortega, clásico prematuro, (1983) se vuelve a denunciar
este intento de convertir a Ortega en un “clásico prematuro”,
una filosofía a estudiar, pero superada.
[6] Obras de Julián Marías, Ensayos.
El futuro de Ortega (escrito en 1956). Revista
de Occidente, Madrid 1982, vol., IX, (1956), p. 604-605.
[7] A. Rodríguez
Huescar, Presencia y latencia de Ortega, conferencia
pronunciada en el Centro Ortega y Gasset el 25 de mayo de
1983, (Revista de Occidente, nº 48-49, mayo 1985.
[8] Gregorío Gómez Cambrés, La presencia de Ortega
en la filosofía española, Aporia IX, 33/36 (1987), p.37-76.
Expresa la visión de los discípulos. Revisa la relación de
Ortega con Husserl, con Zubiri (siguiendo a Pintor Ramos),
y con Heidegger.
[9] A. Rodríguez
Huescar, Ortega, clásico prematuro, de 1983, p.159-160.
La tesis de M. Paz Quesada Molina, José Ferrater Mora:
del raciovitalismo a la filosofía analítica. (Dtor. Josep
Ignasi Saranyana Closa, Universidad de Navarra, Facultad de
Filosofía, 1995), estudia la influencia del raciovitalismo
en la constitución del programa integracionista de Ferrater.
[10]
La revitalización del movimiento fenomenológico en España,
en los años ochenta„ fue obra de alumnos de Millán Puelles,
Montero Moliner y Rábade Romeo. El impulso y las contribuciones
de Montero fueron decisivas. (San Martín (Hrsg.), Phänomenologie
in Spanien, Könnigshausen
& Neumann, p. 7-8).. Ver también el artículo de
Javier Lerín, Aufnahme
und Entwicklung der Phänomenologie in Spanien, (Ibidem, p. 24-25). Agradezco al profesor San Martín, que me facilitó estos dos artículos antes
de su publicación efectiva.
[11]
Emilio Lledó, Ortega: la vida y las palabras, en Revista
de Occidente, nº 48-49, Mayo 1985, p. 57-58.
[12] M. Garrido convirtió el nº XIII de la revista
Teorema, 3-4, 1983, en la edición de las actas del homenaje
de la Facultad de Filosofía de la Complutense a Ortega, en
la que incluyó su trabajo El yo y la circunstancia,
pp. 309-343. El ya había escrito Un nuevo ensayo sobre
Ortega (Punta Europa, nº 65 (1961), p. 136 y ss.). Sergio
Rábade Romeo publicó Ortega y Gasset, filósofo. Hombre,
conocimiento y razón (Editorial Humanistas, Madrid 1983).
También en el año 1983, y en la revista Ágora [3, (1983),
pp. 5-29], publicó Montero Moliner su trabajo La teoría
del yo de Ortega y Gasset, y en Ortega y la fenomenología
(Ed. J. Sanmartín, Madrid 1992, pp. 147-167) se publicó su
otro artículo El mundo en el sistema de Ortega.
[13] Emilio Lledó, Ortega: la vida y las palabras,
op. cit., p. 57. Parece referirse Lledó a la polémica desatada,
tras la muerte de Ortega, por el dominico Santiago Ramírez,
y a la que respondieron, entre otros, Aranguren y Marías.
[14] Miguel Cruz Hernández, Pidiendo un Ortega
desde dentro, en Actas del III Seminario de Historia de
la Filosofía Española, Salamanca 1983, p. 251-252.
[15] Parafraseamos,
salvando lo que hay que salvar, a Klaus, en su Introducción
a Edmund Husserl, Die phänomenologísche Methode. Ausgewählte
Texte I, (p. 7, Reclam,
Stuttgart 1985), donde considera, que el olvido de Husserl
desde el fin de la Gran Guerra hasta los años ochenta, como
consecuencia del predominio de la Teoría Crítica, de la Analítica
y del Estructuralismo francés, representó un triunfo vergonzoso
del Nacional-socialismo para la escena cultural alemana
[16] En su libro Ortega y Gasset y los orígenes de
la Transición Democrática, José Luis Abellán describe
el malestar estudiantil producido por la muerte de Ortega
en la infame circunstancia del Régimen, que, a su juicio,
constituyó la conciencia generacional de su grupo
[17] En la revisión crítica de
la obra de Ortega ha jugado un papel importante el estudio
de las fuentes de su obra, de manera especial las fuentes
germánicas: el Neokantismo y la Fenomenología.
El hispanismo norteamericano (Ph, Silver, C. Morón Arroyo,
N. Orringer) contribuyó de manera decisiva a poner en marcha
este tipo de investigación, que, por desgracia, en ocasiones
se ha orientado más a reducir el río orteguiano a sus fuentes,
que a utilizar estas como notas a pie de página, para una
interpretación más rica y esclarecedora del discurso de Ortega.
Se han desarrollado dos tendencias al estudiar
las fuentes fenomenológicas de los textos de Ortega: la de
los que interpretan los textos de Ortega desde la fenomenología
de Husserl (Javier San Martín, y la SEFE), y la de los que
lo hacen sobre todo desde la fenomenología hermenéutica de
Heidegger (González Caminero, Morón Arroyo, P. Cerezo, García
Casanova, A. Regalado, etc.).
[18] “A la exaltación ministerial de nuestro gran
pensador Ortega [tras su muerte en 1955] había de seguir una
lentamente decreciente estimación de su obra entre los jóvenes”.
(Elías Díaz, Pensamiento español en la era de Franco (1939-1975),
Tecnos, Madrid 1992, p. 85).
[19] En la discusión en torno a, sí la Guerra Civil
supuso el punto y final de la obra de Ortega, que ya no evolucionó,
creo que hay que hacer muchas matizaciones. Pero me parece
innegable, que hay importantes escritos de Ortega en los años
cuarenta y cincuenta, como han puesto de manifiesto Molinuevo,
J. Salas, J. Lasaga, y muchos otros.
[20] Expresión tomada de la entrada Ortega
y Gasset en el Diccionario de Filosofía Contemporánea,
coordinado por Miguel Ángel Quintanilla (Sigueme, Salamanca
1979, p. 363). En José Ortega y Gasset publicista (Akal
Editor, Madrid 1976), Vicente Romano García minusvalora al
Ortega publicista, a la vez que descalifica su labor intelectual,
porque no acierta a situar su obra en la realidad histórica
de la España del momento, y no logra librarse del precipitado
dogmático de materialismo histórico, típico de su generación.
En Sociedad masa: Crítica del pensamiento conservador (Península,
Barcelona 1979), Salvador Giner, siguiendo a Mannheim, coloca
a Ortega junto a Gustave le Bon, como un filósofo social conservador
que responde a “(…) los temores sobre los efectos nocivos
de la extensión del igualitarismo y la democracia a la vida
política y cívica.”(p. 101-102). Representa, a su juicio,
a las elites, y sus “(…) temores ante el socialismo, el colectivismo
y las nuevas masas industriales” (p. 102). En El idealismo
político de Ortega y Gasset, (Cuadernos para el Diálogo,
Edicusa, Madrid 1974), Javier F. Lalcona se revolvió contra
el prejuicio de la generación joven, analítica y marxista,
del lado de la España republicana en el exilio, que condenó
a Ortega, y del lado de la beatería obrerista y del historicismo
marxista. La lectura de este libro podría haber corregido
el error de apreciación de esta generación, que consideró
el pensamiento político Ortega como irrelevante, por no democrático,
para la construcción de nuestra democracia. En especial, les
habría venido bien leer el epígrafe “La idea democrática en
Ortega” (pp.189-198, pero no fue tenido en cuenta ni por Giner,
ni por Elorza, ni por esta generación.
[21] En Un centenario a debate. ¿Qué ha aportado
a la filosofía española la celebración del centenario de Ortega
y Gasset?, (Diálogo Filosófico, nº 4, (1986), pp.53-83),
Jorge M. Ayala considera que “El año 1983 pasará a la historia
de la cultura hispánica como el “año de Ortega y Gasset”.
A su juicio, la conmemoración del centenario fue espectacular
desde el punto de vista cuantitativo [ver el nº 21-24 de la
revista Aporía (1983-1984), pp. 165-178], y supuso el despegar
de una revisión más objetiva y crítica de su obra. Sin embargo,
no se logró poner en marcha un proyecto serio de edición crítica
de su obra. La edición de las obras completas fue una reedición
de las obras ya editadas, con el añadido de un nuevo volumen:
“Al final lo que queda es idéntico embrollo, pero con un tomo
más en la colección” (A. Pintor Ramos, Cuadernos Salmantinos
de Filosofía, 1984, p. 650).
[22] Enrique Múgica Herzog, Los socialistas,
el socialismo y Ortega, (Julián Marías y otros, Un
siglo de Ortega, Editorial Mezquita, México 1984, p.116).
Elías Díaz Pensamiento español en la era de Franco
(1939-1975), (Tecnos, Madrid 1992, p. 93). J. A. Maraval,
La aportación de Ortega al desarrollo del concepto de nación,
en Cuadernos H. Americanos (nº 135, (1984), pp. 493-510).
[23] Me parece significativa, a este respecto,
la posición de Antonio Elorza en La razón y la sombra.
Una lectura política de Ortega y Gasset (Editorial Anagrama,
Barcelona 1984), que recibió el XII Premio Anagrama de Ensayo.
Un libro a la medida de la generación rupturista, que le premia,
pero incapaz todavía de hacer justicia a Ortega y Gasset.
En todo momento, cuestiona la actitud democrática de Ortega.
A pesar de su déficit de textualidad filosófica, y de la inevitable
presencia de algunos tópicos del historicismo marxista, este
libro representó un avance y una mayor comprensión, sobre
todo si lo comparamos con la descalificación, desde la dogmática
marxista, representada por Ariel del Val en su Historia
e ilegitimidad. La quiebra del estado liberal en Ortega.
Fragmentos de una sociología del poder (Editorial de la
Universidad Complutense, Madrid 1984).
[24] Al contrario de aquellos que, como Elorza,
tienden a interpretar las posiciones políticas de Ortega,
como derivando de las coyunturas sociopolíticas de la sociedad
española, en la revisión filosófica de su obra predomina la
tendencia a interpretar sus posicionamientos intelectuales
de manera circunstanciada, pero desde sus textos políticos,
y éstos, a su vez, desde los textos filosóficos, que son los
determinantes de su lógica. Se ha defendido que la actitud
democrática de Ortega es impecable en todos sus textos, en
especial, el sentido democrático de su elitismo o aristocratismo,
y se ha discutido la actualidad de sus textos políticos. En
esta línea, se han sucedido desde los años ochenta las publicaciones
de autores con enfoques tan distintos como F. López Frías,
Ignacio Sánchez Cámara, José Luis Molinuevo, Vicente Cacho
Viu, Elías Díaz, Pedro Cerezo, Javier San Martín, M. Teresa
López de la Vieja, etc.
[25] Estos escritos de ocasión se encuentran en
números especiales de revistas, publicados con motivo del
centenario: En Cuadernos. Hispano-americanos, nº 135 (1984),
escribieron Muguerza, Trías, Rubert de Ventos, Subirats, J.
A. Maravall. Muguerza se mostró partidario de una “lectura
abierta” de la obra de Ortega, y “después de Ortega”, poniéndose
en línea con Aranguren y con Ferrater., En la revista
Teorema XIII, 3-4, 1983, Ortega en Perspectiva, se
publicaron las actas del homenaje a Ortega en la Facultad
de Filosofía y Ciencias de la Educación de la U. Complutense
de Madrid, coordinadas por J. L. Abellán, donde aparecen trabajos
de J. J. Acero, J. Echeverria, J. Mosterín, C. García Trevijano.
Maceiras en Aporía, nº 21-24, 1983-1984. Múgica Herzog en
Cuenta y razón, 11 (1983). Actas del III Seminario de Historia
de la Filosofía Española, 1983; Anales del Seminario de Metafísica,
1983; Ciudad de Dios, 1983; etc.
[26] La consulta de cualquier bibliografía filosófica
española del período, por ejemplo la bibliografía hispánica
de Santos Escudero desde 1965 hasta 1983 [26] , que se publicaba una vez al año en la revista "Pensamiento",
pone esto de manifiesto.
[27]
Fernando Rodríguez Genovés, Cara y cruz del ensayo español:
las trazas del Ortega y ‘el Mairena’, Revista de Estudios
Orteguianos, 5, 2002, pp. 141-158, p. 145. A juicio de este
autor, el ensayo de Ortega no ha tenido continuadores entre
los ensayistas españoles, que han preferido seguir la traza
de el Mairena (p. 158).
Otro botón de muestra, de la
mala suerte del ensayo de Ortega en la última filosofía española,
puede ser el número de Anthropos, El ensayo filosófico
español. Estancias vitales de la razón y el pensamiento, (Anthropos.
Revista de documentación científica de la cultura. Especial
Frankfurt 1991), hecho
con fragmentos de otros números de la revista, y sin otra
justificación pensable, que los intereses comerciales. El editorial no cita a Unamuno,
ni a Ortega, pero si a María Zambrano, a la que se atribuyen,
sin saberlo, ideas de Ortega. El lugar que debería ocupar
un estudio serio de los derroteros del ensayo español en el
siglo XX, lo ocupa la singular visión de Andrés Ortiz-Osés.
La ausencia de Ortega se llena con Zambrano, Aranguren, y
una mezcla de las tres generaciones de autores del período.
[28] Dos tesis, de las que he visto, se han dedicado
a este tema: Hernández González, Belén, El ensayo literario
en Ortega y Gasset y Pirandello, (Dtor.
José Antonio Trigueros Cano, Universidad de Murcia.
Facultad de Letras); Pardo Cifuentes, Belén, Aproximación al ritmo sintáctico en el ensayo español, (Universidad
de Murcia. Facultad de Letras).
[29] En su artículo La misión y el gobierno
de la universidad abierta (Revista de Occidente, mayo
1999, pp. 117-145), M. A. Quintanilla confirma a Vicente Ortega,
en su prólogo a su edición de Misión de la Universidad,
donde afirma que algunos mentores y redactores de la LRU conocían
esa obra: “Y puedo confirmar, como recientemente se ha conjeturado,
que las ideas de Ortega inspiraban de hecho a los autores
de la LRU de 1983” (pp. 125-126). Estas palabras, amables
con el contexto orteguiano, en que fueron pronunciadas, no
resisten el más superficial análisis y contraste con los hechos,
que están mas cerca de esta otra confesión del autor en el
mismo artículo: “(…) hemos tardado años en percibir la verdadera
dimensión de los cambios que se estaban operando y todavía
hoy tenemos que hacer esfuerzos para percibir el verdadero
alcance histórico de la nueva Misión de la Universidad
y sus implicaciones no sólo en el orden académico, sino también
en el plano social, económico y organizativo.”(p.130)
[30] El capítulo cuarto de mi libro Transición
y recepción. La Filosofía Española en el último tercio del
siglo XX, (UNED-SMP, Santander 2002), estudia las recepciones
propias del área de Lógica y Filosofía de la Ciencia, así
como a sus protagonistas.
[31] No cabe hablar de una lógica de la razón
vital desde el punto de vista de la lógica científica (Vicente
Muñoz Delgado, Ortega y Gasset y la lógica de la razón
vital, en Actas del III Seminario de Historia de la Filosofía
Española, Salamanca 1983; ver también Ortega y Gasset y
las disciplinas formales, Actas de las 1ª jornadas culturales
de Aller, Aller, I.N.B. Príncipe de Asturias, 1983). Tampoco
acertó Ortega en su interpretación de los teoremas de limitación
de los formalismos, ni en su apreciación del lugar de la lógica
científica en el conjunto del saber, como ha subrayado Luis
Vega Reñón en La lógica en España (1890-1930): desencuentros,
(Teorema, vol. XX/1-2, 2001). Pero Ortega no fue catedrático
de lógica, como Julián Besteiro, sino de metafísica, y optó
por unas formas filosóficas más literarias y retóricas, con
el fin de proyectar una cultura intelectual moderna. Creo
que tiene más sentido acercarse al punto de vista “lógico
y metodológico” de Ortega desde la teoría de la argumentación.
Th. Mermal ha estudiado desde el punto de vista retórico el
discurso argumentativo de Ortega. En El discurso argumentativo
de José Ortega y Gasset en Tres cuadros del Vino, (Universidad
de Cordoba, Cordoba 2002), Salvador López Queró aplica las
teorías de J. C. Ascombe y O. Ducrot. Ver Encarnación Olías
Galbarro, Razón y narración: la centralidad retórica de
la filosofía de Ortega y Gasset, Universidad de Sevilla,
Sevilla 2002. Hay interesantes estudios sobre la metáfora
en Ortega, por ejemplo el de Fernando Lázaro Carreter, o como
el reciente de Pablo Galindo Ablés, La metáfora en el
pensamiento de Ortega y Gasset, Universidad de Valencia,
Valencia 2002.
[32] El capítulo quinto de mi libro antes citado Transición
y recepción. La Filosofía Española en el último tercio del
siglo XX, estudia las recepciones que han nutrido nuestra
última filosofía moral, así como sus protagonistas.
[33] Mencionaré a López Frías: Ética y política.
En torno al pensamiento de J. Ortega y Gasset (Universidad
de Barcelona, 1984); La recepción del utilitarismo en
el mundo hispánico. El caso de Ortega y Gasset (Telos,
1 (1992) pp. 111-144). En el capítulo quinto de mi libro antes
citado, Transición y recepción. La Filosofía Española en
el último tercio del siglo XX, estudio la mera moral practicada
por la Jóvenes Filósofos.
[34]
En 1963, Jesús López Médel publicó Ortega en el pensamiento
jurídico contemporáneo, donde se ve el raciovitalismo
orteguiano “en la línea de las preocupaciones de la moderna
filosofía, en su expresión existencialista, quizás como sistema
y doctrina aún en mantillas.”(p.39) A su juicio, “la presencia
de Ortega en la filosofía jurídica actual es un hecho, no
sólo por los hombres a los que influye en posiciones doctrinales
distintas, sino por la temática antropológica y social en
que aquellas se mueven.”(pp.116-117). Resulta significativa
la reimpresión textual de este libro en 1986, y su tercera
edición (Dykinson, Madrid 2003), que mantiene el cuerpo del
texto original, algo enriquecido, y con algunas modificaciones.
Sostiene que no se ha estudiado suficientemente el pensamiento
jurídico de Ortega, como para comprenderlo, y que son pocos,
o casi ninguno, los filósofos del derecho, que prestan atención
a su pensamiento. Tal vez, por el hecho de que no desarrolló
de manera suficiente su filosofía del derecho, lo que dificulta
su asimilación. Resalta la influencia del pensamiento sobre
Europa de Ortega entre los padres de la Unión Europa, y la
influencia de su concepción territorial de España en el título
VIII de la Constitución del 78.
José Hierro Sánchez-Pescador publicó su tesis El
derecho de Ortega en 1965 (Revista de Occidente, Madrid
1965).
Gregorio Robles Morchón, catedrático de Filosofía
del Derecho de la Universidad de Mallorca, escribió su tesis
doctoral sobre Historia, sociedad y derecho en la obra
de Ortega y Gasset, y publicó EL sociovitalismo
como ideología [Revista de Estudios Políticos, 215 (1977)
pp. 109-206]. En su obra Epistemología y derecho (Pirámide,
Madrid 1982, p. 181-182), sólo alude a Ortega al comentar
su crítica a Kelsen, y considera que Ortega tenía una insuficiente
formación jurídica y una concepción demasiado sociológica
del derecho. Ortega desaparece de su obra posterior, incluidos
sus manuales de filosofía y de sociología del derecho.
A comienzos de la década de los ochenta, en La
filosofía del derecho en España, hoy, (apéndice en Guido
Fassó, Historia de la Filosofía del Derecho, 3, Siglos
XIX-XX, Pirámide, Madrid 1988, pp. 289-387), José F. Lorca