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LOS RASGOS DEL HOMBRE MASA
- EL PODER
DE LAS MASAS
- LA DESMORALIZACIÓN
- EL ESTADO
Y LAS MASAS
- EUROPA
COMO ESPERANZA
Un
escrito puede instalarse en la realidad por muchos años. Puede
reflejar una parte de una época histórica. El autor habría
sabido entonces captar lo intemporal o lo dominante del contexto
histórico y la colectividad podrá recurrir a la obra para abrir
un camino de conocimiento a partir de la situación en que se
halla. Este es el caso de Ortega que encontró y logró exponer
los perfiles principales que dominaban la época y entroncarlos
con la razón histórica. A pesar de los cambios, seguirá siendo
durante mucho tiempo un referente para comprender la actual
realidad plural, compleja, oscura y distorsionante para el que
no sea capaz de profundizar con objetividad.
Como presupuesto previo al análisis sobre el hombre masa de
entonces y el actual se ha de tener en cuenta lo siguiente:
1. Hay que averiguar qué fuerzas son las que vacían al hombre
de la riqueza cultural legada. 2. El hombre no forma parte de
la masa naturalmente, si no que habrá algunas causas concretas
que le sitúen en lo amorfo. 3. La naturaleza del hombre masa
lleva a adaptarse a cualquier elemento dominante y sus raíces,
aunque procedan de una elevada cultura, sucumben ante una situación
en la que domine lo simple. Hay que pensar entonces que a) el
hombre es naturalmente débil y carente de una personalidad suficientemente
sólida como para impedir ser instrumentalizado, o, que los sistemas
tienen tal fuerza que le preparan para la conversión hacia cualquier
situación. b) Significaría que dominarían las circunstancias
sobre su raíz personal. c) Aunque por su debilidad o su pasividad
le hayan convertido en un punto de la masa, también es posible
que el vaciado de su ser histórico se compense en cuanto se
pueda sustituirlo por una gran riqueza social.
Parece que a partir del segundo
tercio del siglo XIX, ha crecido la debilidad mental general.
En principio, al observar al hombre masa rodeado de una riqueza
cultural inmensa, se hace difícil entender que la realización
personal no vaya en paralelo al desarrollo de la cultura. Lo
cierto es que ha cedido al simplismo y a la disposición a seguir
a la demagogia, a la mentira, a la irreflexión, al interés,
al descompromiso, etc. Ortega acertó al detenerse a examinar
la eliminación de la raíz histórica y de la riqueza cultural
como base para la proyección histórica y a exponer los caracteres
dominantes que han sustituido al hombre que procede de una excepcional
cultura.
La
perspectiva de las masas hay que verla en dos planos: lo que
supone para sí misma y lo que significa para la civilización.
Hoy la masa disfruta de un extraordinario bienestar. La esperanza
de vida se ha triplicado, ha disminuido el sufrimiento como
consecuencia de la carencia, etcétera. Pero faltaría concretar
mucho más cosas para establecer un juicio histórico. Para ello
es preciso comparar con el pasado para saber si ha habido progreso.
Habría que analizar: si han aumentado significativamente las
conductas morales del hombre; si tiene una relación más solidaria
con los demás; si es menos egoísta, menos violento, más pacífico,
más sociable; si tiene una vida más plena que en el pretérito;
si es más alegre, más feliz; si ha aumentado su capacidad de
penetrar más en la realidad y con más inteligencia, llegando
a ser más dueño de sí y sacando mayor partido a la vida.
LOS
RASGOS DEL HOMBRE MASA
La realidad no muestra una masa única, sino una cierta diversidad de masas,
en las que cada una puede hacer cosas diferentes, aunque en
todas predomine la actuación mecánica. Hay que distinguir dos
rasgos en el hombre masa: 1º. Una despreocupación para hacerse
su vida en libertad, sacrificio y deseo de aprehender las cosas
y de vivir con intensidad. 2ª La creencia de que los signos
distintivos, las marcas, las aficiones le identifican y le diferencian
de los demás. El hombre masa haciendo “como todo el mundo” se
cree diferente. Se ha impuesto en él lo superficial, que no
requiere de la libertad responsable y que se conforma con sentir
bienestar, sin la obligación del deber, sin buscar la alegría,
ni el estado de felicidad. Se conforma con rodearse de cosas
que den satisfacción al cuerpo para arrastrar al espíritu.
El hombre masa cree decidir sobre su vida. Si en verdad
fuera así, significaría que no es siervo de nada y que siendo
soberano de sí mismo actúa exteriormente como independiente.
Dominaría la historia y la conduciría hacia un camino u otro.
Se impondría en la vida. Tendría proyectos, por lo que sus acciones
estarán en consonancia con su deseo de realizarlos.
Se percibe, en cambio, que el hombre masa está puesto en la vida, sin conciencia
de que pueda tener una misión que cumplir, sea individual o
social. Su sentido de la vida no supera el de otros animales,
salvo la conciencia de que vive para morir. Esta valoración
que hace de la vida implica una desvalorización de lo necesario
para formar su ser personal.
La desorientación hacia la comunidad tiene el efecto que
la ligazón entre sus componentes es muy superficial, al no estar
unidos por lazos espirituales que actúan como una conciencia
común incorporada por la relación con los demás, por la socialización
comunitaria que estrecha más lazos que separa, aunque en determinados
momentos el interés personal choque con los restantes intereses.
El hombre masa, por estar en exceso socializado, que
a su vez aunque parezca contradictorio, se manifiesta como una
desocialización, ha reducido llamativamente la personalidad
individual. Está abierto a cualquier influencia y se adhiere
inmediatamente a las ideas-creencias impuestas, apuntándose
a la cantidad en vez de la especificidad individual.
Como elemento dominante responsable se encuentra el
“politicismo integral”, a través del cual “la masa en rebeldía
ha perdido toda capacidad de religión y conocimiento”. Por él
ha aparecido una forma de socialización del hombre, en el que
está subordinado a un gran aparato, sin intermediarios, ni protectores,
recogido en la soledad de su corazón.
Ortega entendió que la política debía dar el tono trascendente
a la comunidad, sobre todo la relación mando y obediencia. Mandar
para algo, para conseguir beneficios para la comunidad; y el
obedecer ha de suponer solidarizarse con el mando para una empresa
beneficiosa para la comunidad. No se manda simplemente para
obtener obediencia, sino para cumplir la función encomendada
en la empresa en común. Y esto es lo que no entiende el hombre
masa, que trata de desasirse de cualquier proyecto y de cualquier
mando.
Los proyectos de las masas son materiales. Se muestran incapaces
de establecer las bases de las relaciones sociales para el futuro,
de encarnar una comunidad para ser cada vez más comunidad. Menos
aún para que se establezcan relaciones más fraternales y de
amistad, por lo que en su sociedad no disminuyen el conflicto,
la tensión y los desencuentros.
EL PODER
DE LAS MASAS
Cuando uno de los rasgos más distintivos de una sociedad
es la dominación de las masas, la personalidad y la libertad
se ven amenazadas porque: 1º Su “imperio político” y social
se imponen hasta en las situaciones en las que carece de capacidad
para tomar decisiones. 2º. Al no ser creativas son vulgares,
exigiendo un comportamiento opuesto a lo sobresaliente y a la
diferencia. La vulgaridad lo convierten en un derecho y la diferencia
lo considera un privilegio incompatible con la libertad. Han
llegado a trasmutar el vicio en virtud social, consiguiendo
eliminar el decálogo moral, sustituido por la flexibilidad caprichosa
de lo correcto e incorrecto.
Los griegos fueron conscientes de la influencia que
podía ejercer en la vida de la polis un mayor o menor número
de personas. Montesquieu relacionó la cantidad con el despotismo
o la libertad. Ortega tomó conciencia, siguiendo a Werner Sombart,
de que gran número de personas no pueden asimilar las tradiciones,
la historia, la cultura de la misma manera que un grupo reducido.
En consecuencia, eliminará gran parte del pretérito por incapacidad
de asimilarlo. Su resultado es que se vulnerará “un derecho
humano a la continuidad”. Ortega fue consciente de que una vez
convertido el hombre en masa, se perderían las raíces culturales,
quedando sin los imprescindibles referentes históricos. Lo que
conducirá a hacer una permanente revolución social y cultural
sin proyecto.
Decía Ortega, hace 73 años, que “vivimos en un tiempo que
se siente globalmente capaz para realizar, pero no sabe qué
realizar”. La idea se ajusta más al momento presente. El hombre
domina casi todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Una
cosa es sentir y otra adueñarse de sí. Diríamos que el hombre
está en más cosas y que está en las cosas como cosa, no pudiendo
dominar la vida, por lo que no asciende a un estadio espiritual
superior donde la humanidad nunca ha llegado.
No es lo mismo “enseñar a las masas las técnicas de la vida
moderna”, que “educarlas”. Aquella permite moverse por la vida,
pero no para vivirla en profundidad, para penetrar en ella y
modelarla hasta dejar el trazo de cincel que la trasforma desde
dentro. La masa vive la vida superficialmente, haciéndola a
empujones, más para destruir lo realizado que para conformar
la materia y el espíritu de la historia componiendo la cultura.
Los hombres poseen derechos, pero carecen del aliento del deber
que es el que en verdad desarrolla la civilización. El hombre
masa se comporta como un consumidor cuyo paso por la tienda
de la historia es comparable a un cliente que entra y sale,
se lleva el objeto y tras abonar la cantidad exigida, desaparece
y deja una imagen pronta a olvidar.
La
existencia vacía es uno de los aspectos del hombre masa. Mucho
antes de que se hablara de la “era del vacío”, Ortega preveía
en lo que iba a desembocar el hombre masa. “De puro sentirse
libres, exentos de trabas”, las masas se sienten vacías. La
obligación es absurda si no hay un objetivo por el que sacrificarse.
Al hombre masa, lleno de derechos, con aparentemente todas las
libertades, le falta unirse a la comunidad por lazos espirituales
que le obligan a sacrificarse a cambio de dar sentido a su vida.
El hombre masa se pone como fin su propio yo, creyendo que el
amor, la amistad, la fraternidad nacen del hecho de haber quedado
aparente en su estado físico. Acumula derechos con un estricto
sentido utilitario. Quiere vivir intensamente, pero sale de
la realidad, enajenándose voluntariamente. Incapaz de ser una
parte del orden humano, que se siente en el otro, proyectando
su ser para algo, limita su conducta a buscar un beneficio para
sí. Desconoce que quien no sufra por los demás con desinterés
es incapaz de saber lo que es una virtud e incluso un valor.
Su vida vacía “está llena de sí mismo”, sin lazos espirituales
que le unan a los demás. Es un desconcierto porque gira sin
principios guías, a expensas de las modas, limitándose a vagar
por el exterior, sin querer estar condicionado. Si vivir es
“cumplir un encargo”, el hombre masa no es consciente que tenga
nada que cumplir, por lo que no participa de la obligación
como libre voluntariedad afecta a la comunidad.
Lo peligroso del hombre masa es que se niega a conocer la realidad;
su tendencia es a ideologizarse más sin importarle la verdad
de sus ideas, ni si su vida se sostiene sobre una mentira. Es
el sujeto ideal para que actúen sobre él cualquiera de las fuerzas
existentes en una sociedad, sobre todo el Estado, para manipularle
y alejarle de la realidad, creándole otra que modifique más
su ser. Un hombre que pretende percibir la realidad puede sentirse
perdido. Se turba porque es difícil ponerse en la realidad y
estructurar la vida con ella. Ahora bien, como la vida es estar
perdido, el que quiera vivirla con libertad auténtica buscando
la realidad sin triquiñuelas y descubriéndola paso a paso, primero
se va descubriendo a sí mismo y “ya está en lo firme”. Por eso
es preciso tomar conciencia con radicalidad de la individualidad.
Estar perdido significa dinamizar la vida para encontrarse con
la propia realidad. El hombre masa es el que no se encuentra
nunca al no haberse perdido, porque se le ha ocultado lo que
es y se le ha eliminado cualquier aspiración a ser. Porque se
la configuran para ser falsamente igual que la realidad que
quieren que sea. Realidad construida, pues, espúriamente.
Se llega así a una idea central del análisis orteguiano,
recogida por muchos autores: que “se ha apoderado de la dirección
social un tipo de hombre a quien no interesan los principios
de la civilización”. Actualizándolo un poco, cabría decir que
es un consumidor instalado en la civilización, usando de ella,
sin la obligación de su conservación, mucho menos su mejora.
Ello es debido a que se ha creado la conciencia general de que
la civilización seguirá por el progreso técnico, como pensaba
O. Spengler. Se olvida que la técnica ha nacido de una cultura
y siendo “consustancialmente ciencia, existe porque es necesaria
para la cultura, para adaptarla a los requerimientos de ella,
para llevarla a la condición humana”. La técnica no puede ir
sola. Es un brazo de la cultura que ha logrado desarrollarse
más. Pero para que aquella sea más que la manifestación de sí
misma es necesario que se conduzca como cultura, haciéndola
partícipe de la vida humana, no como simple objeto de consumo
sino sometiéndola a la condición humana bajo los perfiles éticos.
Se infiere que la ascensión de las masas no es positiva para
el funcionamiento de la civilización porque es difícil que la
desarrollen. La masa que acoge superficialmente la cultura,
no tiene conciencia de qué hacer con ella. Es verdad que casi
nunca los hombres son conscientes de la historia que están haciendo
y se sitúan en la historia en las condiciones que esta les deja.
Pero las masas están determinando su sola existencia en el quehacer
de cada día sin aventurarse a más. Hacen la historia confiadas
en que le han puesto en la vía que se dirige hacia estadios
más elevados.
Esta creencia la compagina con un sentimiento opuesto que
contradice lo anterior. En la cresta de la ola del destino,
las masas parecen desencantadas, molestas; se quejan continuamente
de su situación y al no saber sacar partido a la vida se procuran
situaciones irreales, utilizando recursos autodestructivos.
A la par que las masas se desinteresan de la civilización,
también se muestran ingratas, debido tanto a la ignorancia como
a sentirse objetos elegidos de un destino. El hombre masa cree
que el bienestar que disfruta gran parte de las poblaciones
occidentales es debido a la evolución, como si no hubiera habido
creadores, inventores, sacrificio, tragedia, éxitos, etcétera.
Sus integrantes han adquirido una inexplicable mentalidad que
concibe que la humanidad marcha hacia mejor, dejando lo que
necesita ser superado, desprendiéndose de las flébiles mentalidades
del pasado, para que cada vez más el hombre sea lo que debe
ser a través de un sistema –la salvación por la sociedad- que
construye según los derechos humanos, apartándose de la naturaleza.
De aquí que cree que cuando decaen las ideas y las creencias
que han sostenido las diversas épocas del pasado está más próximo
el ideal del hombre nuevo.
Quien se siente dueño del destino es porque su composición como
ser es un acierto. Por eso, dice Ortega, que “el hombre masa
es perfecto”. Creencia que se impone sobre la realidad, que
muestra el error cotidiano. La perfectibilidad más bien está
en la creencia de que es dueño de la razón y por eso puede opinar
sobre casi todo. Sólo se detiene ante las ciencias de la naturaleza,
al ser muy limitado para el lenguaje simbólico. En cambio, sobre
las demás aspectos de la vida puede opinar sin haber tenido
que reflexionar, estudiar, aprender, sacrificarse. Nada le detiene
a manifestarse sobre lo que ignora. Está en posesión de la razón.
Se guía por las aportaciones simplistas de las ideologías o
por las ideas vulgarizadas de sus creadores. Si se contentara
con su simpleza, el daño sería mucho menor. Lo peor es que el
“vulgar proclame e imponga el derecho de la vulgaridad o la
vulgaridad como un derecho”. El simple se cree capaz de teorizar
y de tener “ideas sobre las cosas”; por lo tanto no necesita
ni le urge tener más conocimiento como le ocurría a Platón.
No lo tiene ni necesita tenerlo, todo parece estar dentro de
él. Es una mónada satisfecha con su peculiar simpleza cultural.
Ortega percibió que el hombre de opiniones no desea tener razón,
ni darlas, solo quiere imponerla. Esta cuestión tan inquietante
se manifiesta, a su juicio, en el fascismo y en el sindicalismo.
Lo peligroso es que “la razón de la sinrazón”, “renuncia a la
convivencia de cultura” y le lleva a intervenir a través de
la “acción directa”, como una brutal imposición de la masa sobre
el que no piensa de la misma forma. La fuerza se usa para eliminar
la razón que proclama la convivencia a través de las normas,
los usos, la justicia, la cortesía, el diálogo, la discusión...
LA DESMORALIZACIÓN
El hombre masa, desasido de todo, vacío, indiferente, ha
perdido la moral. El que vive sin querer ninguna atadura, sin
responsabilidades, termina por eliminar la obligación moral
y también la comunitaria, sin influirle la moral social. Lo
que significa para él que no hay ninguna obligación de naturaleza
solidaria. Se ha eliminado la conciencia, por lo que carece
del sentido de actuar para los demás. Así ignorará cualquier
obligación y lo único que buscará serán derechos. Y como tener
moral es “conciencia de servicio e integración” su conducta
será inmoral o amoral por negarse a ser moral.
La
falta de moral supone renunciar a “saber ser una sociedad”.
El hombre masa no quiere integrarse en una comunidad, porque
le obligaría a ser y a estar en relación estrecha con los otros.
La pregunta es ¿quién produce la desmoralización especialmente
en Europa? La responsabilidad mayor proviene del hombre masa
“parcialmente cualificado”, esto es, la parte elevada de la
masa, los médicos, ingenieros, profesores, financieros, etc.
Los demás siguen las pautas automáticamente. Naturalmente las
masas actúan al unísono, inconscientemente, alimentándose a
sí mismas, si bien ciertos sectores tienen mayor influencia
que otros.
EL ESTADO
Y LAS MASAS
El
Estado sería algo distinto sin la masa y esta sin el Estado.
Dejando al margen los lugares en que se ha dado la absorción
de la sociedad por el Estado, se trata de saber cómo es la relación
actual entre ambos. Es evidente que las masas ven al Estado
como “productor de seguridad”, fundamentalmente existencial.
Tras una época de éxito, los resultados del Estado están siendo
cuestionados porque cada vez es menos operativo respecto a la
seguridad interna. Su error quizá está en que parte de la idea
de la condición económica como requisito para graduar la seguridad.
En parte, es verdad, porque es evidente que, disminuyendo la
pobreza, la paz y la tranquilidad habrían de aumentar. Pero
la lógica humana no siempre es coherente. Con independencia
de que haya aumentado extraordinariamente la seguridad social
y el nivel de vida, lo es más el incremento del número de los
que quieren enriquecerse a costa de los demás y de los que no
desean someterse a un sistema de trabajo para conseguir lo necesario
para vivir. Por un lado, se afirma una moral para la justicia,
por ejemplo, rebajando la gravedad del delito; por otra, la
cuestión económica, que demuestra que el hombre no se conforma
con lo que tiene, sino que en la sociedad hay un número creciente
de individuos a quién satisface cambiar de sitio a las cosas
para depositarlas en sus dominios. Por muchos motivos la violencia,
no se detiene y es probable que en el futuro se acrecienten
los conflictos internos, en los que el individuo estará al arbitrio
de los violadores de la ley. El Estado con su enorme aparato
para garantizar el cumplimiento de la ley, no es capaz de controlar
ni de detener la violencia. Tampoco las masas son capaces de
actuar contra esta clase de inseguridad. La masa que actúa unida
en algunas cosas, no se activa del mismo modo contra sus atacantes,
siendo incapaz de defenderse en comandita cuando algunos de
sus componentes están afectados. Ello es debido a que el hombre
masa se muestra indiferente ante las desgracias de los otros,
a consecuencia de haber establecido una relación superficial.
En cambio, se moviliza contra los que piensan de distinto modo.
Es curioso su debilidad y su fortaleza al mismo tiempo: le afecta
aquello que puede tocar a la creencia general, se inhibe con
el delito porque lo toma con una mezcla de benevolencia, humanitarismo
y como el continuo peaje que hay que pagar por vivir en el sistema
imperante, que es injusto y al cual hay que atribuirle el origen
de los problemas. La inseguridad en que vive le motiva a reclamar
al Estado. No ha entendido que el Estado ha eliminado el espíritu
comunitario, acabando con sus ideales. Las sociedades se han
convertido en una agrupación de individuos cuyo único fin es
subsistir individualmente sin el punto necesario de sacrificio
u obligaciones para con los demás y con cada uno en particular.
A Ortega le preocupaba el crecimiento de la policía como aparato
represivo. Hoy el problema mayor debe provenir de los grupos
que viven al margen de la ley y contra los que son casi inoperantes
las fuerzas policiales.
EUROPA COMO
ESPERANZA
Ortega ve en el europeismo la esperanza para la convivencia
auténtica. La desocialización europea es debida a que al ciudadano
europeo le “faltan principios de convivencia que sean vigentes
y a que quepa recurrir” 181. Ya, antes de la 2ª G.M., percibía
ya la estrechez de los Estados nacionales, por mantener un proyecto
limitado e incluso indeterminado. De ahí la necesidad, según
Ortega, de que las poblaciones fueran uniéndose, adecuándose
a una realidad más pacífica y constructiva con la que se abrirían
muchas más posibilidades. Y como este proyecto es más auténtico,
porque el ciudadano se integra más profundamente en su cultura,
sin secesiones, le hará sentirse menos perdido en la vida, acudiendo
a sus auténticas referencias que no son otras que las europeas,
superiores a las locales o a las nacionales. Es decir, históricamente
el hombre europeo necesita traspasar las fronteras nacionales
que le han constreñido y proyectarse como hombre y ciudadano
en una empresa superior. Será la única posibilidad de que se
adhiera desde el comienzo a la autenticidad, como individuo
y compartiendo las obligaciones de ser europeo con unos objetivos
que se irán determinando a fin de constituir un destino. Ortega
creería que el vacío de las masas se debe a la falta de una
empresa unitiva. Trascender las naciones significaría colocar
al europeo ante una empresa superior que llenaría sus vidas.
El hombre europeo, al estar tan confinado a la nación, necesita
liberarse y superar las separaciones que provocan odio y conflicto,
metiéndose en unas coordenadas nuevas que permitirán una mayor
realización del hombre al liberarse de las ataduras de lo limitado.