CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año II - Número 5 - Septiembre 2004
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CLIENTELISMO Y ELECCIONES EN EL SIGLO XIX EN TUCUMÁN, ARGENTINA

Claudia Herrera

Introducción.

La política “nacional.

Elecciones y mecanismos clientelares.

“Hacer la elección”.

Los conflictos intraelitarios.

“Favores personales”


Notas y Referencias bibliográficas


Introducción

El objetivo del presente artículo es analizar cómo se adaptaron los sistemas políticos liberales –durante la segunda mitad del siglo XIX- en sociedades con rasgos tradicionales, cuyo funcionamiento se fundaba, en gran medida, en relaciones  de tipo clientelar.

Hasta el presente los historiadores han intentado explicar cuáles fueron los mecanismos que se establecieron para que un grupo reducido de miembros de la élite pudiera controlar el poder en los escenarios políticos postindependentistas, que -en principio- les desfavorecían según las nuevas reglamentaciones electorales que establecían que los gobernan­tes debían ser elegidos por los ciudadanos. El problema concreto que se ha tenido que explicar es ¿cómo salieron “elegidos” unos indivi­duos que en principio no “representaban” al conjunto de la sociedad? Para unos la explicación residió en la existencia de un fabuloso e inmenso fraude electoral. Sin embargo, la solución no debió de ser tan sencilla, ya que si la mecánica para legitimar el poder hubiera sido tan burda la pregunta subsiguiente sería: ¿por qué el conjunto de la población aceptó una ficción tan evidente que favorecía a una minoría en contra de los derechos de una gran mayoría? Los últimos estudios no dejan de subrayar la necesidad de diferenciar, por un lado, fraude y manipulación (robo de urnas, sobornos, cambios en los recuentos, votantes difuntos, etc.) y por el otro, las prácticas que desnaturalizaban el principio de la representación popular y restringían la participación, como los mecanismos de captación del voto a través del clientelismo y del patronazgo.[1]

Precisamente son estos fenómenos los que ayudan a entender la dualidad, y no la contradicción, de los sistemas de poder latinoamericanos. Simultá­neamente, existían urnas y mecanismos cliente­la­res; era la esencia misma del sistema. Las relaciones personales de comienzos de siglo no se corres­pondían con las exigen­cias que imponía el sistema político centrado en la existen­cia de ciudadanos iguales ante la ley. Dentro del sistema de ideas de la élite no tenían cabida las nociones de ciudadanía universal, entre otros valores. Si los habitan­tes de algunas de las nuevas Repúbli­cas,[2] considerados en teoría ciudadanos, disponían del derecho al voto para elegir a sus represen­tantes políticos se establecía de forma automática el riesgo de poner en entredicho la pervivencia de las formas tradicio­nales de ejercicio del poder basado en las prácticas de la lealtad y el clientela­je. El voto era la llave que habría la puerta de la civilización, pero al mismo tiempo significaba la “intromisión de las masas ignorantes” en asuntos de política, reservados desde tiempo atrás para la élite. Se hacía muy difícil compatibilizar la necesidad de votantes para legitimar el nuevo orden y, al mismo tiempo, restringir su participación para que la élite mantuviera su tradicional hegemonía. La solución fue la “ficción democrática”.

Lo que F. Guerra ha denominado “ficción democrática”, F. Escalante “ciudadanos imaginarios” y N. Botana “gobierno elector”, son nociones que reflejan la adaptación de conceptos de la teoría política liberal a la realidad latinoamericana. “Fraude electoral” y “ficción democrática” son conceptos diferentes que no deben confundirse.[3] En primer lugar, se restringió en la práctica el concepto de ciudadanía. Todos los ciudadanos tenían un voto, pero no todos los individuos poseían la categoría de ciudadano. En general, en la primera mitad del siglo XIX, se consideraba ciudadano a todo hombre, vecino, residente, propietario, mayor de edad, padre de familia, que supiera leer y escribir y tuviera un modo honesto de vivir. Se excluían las mujeres (el 50 por ciento de la población, por lo menos), los menores de edad, los servidores dependientes, los perseguidos por la ley y los esclavos. La ciudadanía evolucionó a partir del concepto de “vecino”, que fue la antigua categoría política de la tradición hispánica. Por ello, mantuvo siempre la base comunitaria y no individualista. La definición de ciudadano-vecino legitimó las dos vertientes del voto: la tradicional y la moderna. “Las leyes electorales ni dibujaron una ciudadanía verdaderamente individualista ni cortaron los lazos con las tradiciones coloniales”.[4]

En segundo lugar, la “ficción” se fortaleció con la introducción del sistema de elección indirecto de tercer y hasta de cuarto grado (fueron los casos de México, Perú y Brasil; en el Río de la Plata se adoptó la forma directa) Los ciudadanos activos votaban en asambleas primarias para designar un número reducido de electores, quienes en comicios de segundo grado, elegían a los diputados que, como representantes exclusivos de la nación, integrarían una asamblea nacional legislativa.

En tercer lugar la “ficción democrática” se completaba con la manera de emitir el voto. Los vecinos de una ciudad comenzaban reuniéndose en una junta electoral y eligiendo un presidente, un secretario y dos escrutadores (mesa electoral) Todos juntos asistían a una misa y después cada elector se acercaba a la mesa e indicaba (por lo general oralmente, aunque estaba indicado que debía hacerse por escrito) a ésta los nombres de los compromi­sarios que querían designar. En consecuencia, es importante subrayar que el voto no era secreto, por lo que la mesa tenía una importante capacidad de influir en la votación. Aunque era un derecho individual inalienable, acabó ejerciéndose en bastantes casos como un acto colectivo en una ceremonia en la que quedaba patente la simbología del poder. En la práctica se votaba lo que un grupo de la élite decidía que convenía a la comunidad.

Las elecciones servían así para legitimar el poder, pero también para sellar en sesión pública los pactos de reciproci­dad política establecidos. Las élites conseguían los votos necesarios para legitimar una situación de hecho, pero sólo se lograban a cambio de ofrecer beneficios a sus clientelas. Era un juego político en el que los actores participaban en la medida en que obtenían favores. El mismo hecho de que las elecciones se repitieran con tanta regularidad muestra que era un mecanismo del que se beneficia­ban todas las partes integrantes. Los “notables” legitimaban su posición, pero no hay que olvidar que al mismo tiempo los habitan­tes adquirían la condición de ciudadano con los derechos y el reconoci­miento que ello implicaba. Los resultados de los comicios represen­ta­ban el mapa de las influencias de las clientelas de los distintos grupos de poder, en vez de una radiogra­fía de las preferen­cias políticas de los ciudada­nos por unos u otros gobernan­tes, pero ello no significa que hubiera una total descone­xión entre gobernantes y gobernados. La terminolo­gía de la época era clarificadora al respecto. Se hablaba por lo general de “nombra­mientos” en vez de “elecciones”.

A pesar de todas las restricciones, del fraude, de la violencia y de la corrupción, las elecciones tuvieron la capacidad de introducir en el imaginario colectivo las ideas de igualdad social, de ciudadanía política y de identidad nacional. Más aún, gracias al fraude votaron los que estaban excluidos por ley y ese voto ilegal permitió la ampliación práctica del electorado. El mismo acto de votar y el valor que los otros le daban ayudó -a largo plazo- a la individuación del mismo.[5]

En resumen, con la “ficción democrática” la élite pudo conservar los mecanismos de acceso al poder. Se consiguió así combinar la estructura política liberal, basada en el individuo, con la pervivencia de rasgos tradicionales de las relaciones sociales. Esta particular combinación de códigos de comportamientos individuales y colectivos impregnó el campo de las relaciones políticas en todo el espacio latinoamericano. Luego del período revolucionario las élites intentaron instrumentar una serie de novedades ligadas al nuevo sistema político y de valores. El tránsito a una sociedad moderna y a un sistema político liberal fue traumático y lleno de obstáculos; algunos casos fracasaron, pero no el argentino. 

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La política “nacional”

Entre 1852 y 1880 en la Argentina tuvo lugar el proceso de formación y consolidación del Estado nacional. Esos treinta años que separan la caída de Rosas y la presidencia de Roca se caracterizaron por la guerra civil y la secesión (del Estado de Buenos Aires); el poder de las armas prevaleció ante el derecho. Sin embargo, el poder central fue afianzándose progresivamente, sometiendo a los particularismos. En la coalición triunfante del ’80 tuvo gran protagonismo la élite tucumana, convirtiéndose en uno de los elementos constitutivos del grupo de poder hasta la década de 1910.[6]

La caída de Rosas en 1852 revelaba un país con límites objetivos para una transformación moderna: mercados muy localizados y dispersos, población escasa, rutas intransitables, anarquía monetaria, inexistencia de mercado financiero y grandes extensiones bajo control indígena o de caudillos locales.

En el ámbito internacional, la gran expansión de la revolución industrial -con el consecuente incremento del flujo de capitales y mercancías y del volumen del comercio- aparecía ante los grupos de poder porteños como la gran oportunidad para insertarse en la economía mundial. La apertura hacia el exterior exigía crear las condiciones necesarias para desarrollar los tres factores de producción sobre los que se diseñaría el “modelo agroexportador”: capital, tierra y trabajo. Esto requería crear un Estado nacional fuerte que enfrentara los grandes desafíos: pacificar el país con el fin de atraer los capitales extranjeros necesarios para desarrollar la infraestructura; extender la frontera interior -expulsando a los indios- para acrecentar la superficie cultivable; y fomentar la inmigración para solucionar el problema de escasez de mano de obra, sobre todo en el sector primario.

Para llevar a cabo esta gran transformación, previamente, se debía encontrar una fórmula capaz de conciliar lo que Alberdi identificaba como “los dos grandes términos del problema argentino: la Nación y la Provincia”.[7] Los sangrientos enfrentamientos entre unitarios y federales durante la primera mitad del siglo XIX no cesaron en la etapa constitucional. Oszlak señaló que el origen esencialmente local del movimiento independentista y su clara asociación con los intereses de Buenos Aires implicaron un escollo para lograr la subordinación de los pueblos del interior[8] al nuevo esquema de dominación. Además, la provincia era la unidad política formal legada por la Colonia, como lo expresara Echeverría: “El virreinato no era más que una agregación de provincias o de localidades dispuestas en miras de mejor administración y recaudación fiscal”.[9] Luego de la independencia los centros de poder -debido a la distancia, la agreste geografía o la amenaza constante de los indios- se integraron en torno a la figura de jefes o caudillos locales, quienes intentaron reivindicar el marco provincial como ámbito natural de la vida y símbolo de la resistencia frente a los intentos centralistas de Buenos Aires. Los intentos de centralización por parte del Estado chocaban con el localismo y la tradición, por ejemplo, el registro de las personas, el aparato educacional, las prácticas comerciales no uniformes, entre otras. Las provincias continuaban manteniendo fuerzas regulares propias y sus aduanas interiores; emitían moneda, y administraban justicia con una superposición de leyes.

En realidad, debajo de estos “sentimientos localistas” estaba presente el verdadero conflicto: los contradictorios intereses materiales de los grupos de poder de las dos regiones enfrentadas: las élites proteccionistas del interior frente a las élites agroganaderas, exportadoras y librecambistas de Buenos Aires. En esa difícil conciliación de intereses radicaba el gran escollo para el incipiente Estado y la causa del fracaso de la Confederación Argentina en cuanto a la organización definitiva de la nación en los años ‘50.

La gradual expansión económica, a pesar de las guerras civiles, llevó a las élites del interior a desprenderse, poco a poco, de sus raíces localistas. Las alianzas y conflictos se redefinían traspasando los límites provinciales y con el afán de integración nacional. “La internalización de la vida económica aparecía así como condición necesaria para la nacionalización de la sociedad argentina”. [10] De este modo, progreso y organización nacional iban de la mano y se convirtieron en el fundamento de la Constitución Nacional de 1853.

La inserción en el comercio mundial creaba nuevas relaciones, nuevos intereses, nuevos marcos de referencia, tanto para los sectores productores de bienes exportables como para las interesadas en la conformación de un mercado interno. Al principio, el sector más beneficiado fue el que estaba ligado a la actividad agroexportadora, lo que agudizó las diferencias ya existentes entre Buenos Aires y las provincias del litoral cada vez más prósperas y el interior cada vez más empobrecido. Estas exigían una política proteccionista para sus incipientes industrias y una distribución más equitativa de los ingresos fiscales. Para Buenos Aires, ello implicaba limitar su capacidad importadora y además abandonar el monopolio de la aduana. Como consecuencia, Buenos Aires se separó del resto de la Confederación.

La secesión del Estado de Buenos Aires (entre 1854 y 1861) privó a las autoridades de la Confederación de la única fuente de recursos fiscales en todo el territorio.[11] Excepto Buenos Aires y su comercio exterior, no existía otra fuente de ingresos necesarios para construir el aparato institucional de la nación. Consecuentemente, la situación económica de la Confederación fue muy inestable, sin préstamos extranjeros importantes, sin moneda uniforme, ni sistema crediticio. A fines de los años ‘50 la Confederación se hallaba estrangulada económicamente, lo que esterilizó todo esfuerzo organizativo.[12] Si bien el gobierno nacional logró un reconocimiento formal de su soberanía fue escasa su capacidad en cuanto a decisiones que afectaran al conjunto. La provincia siguió siendo el ámbito de las relaciones socio-políticas.

La constante resistencia de Buenos Aires a renunciar a sus privilegios, a fin de adoptar una política de alcances nacionales, que permitiera la integración de todas las regiones a una economía nacional condujo nuevamente al enfrentamiento civil.

En comparación con la lucha de la primera mitad del XIX esta vez era más evidente el carácter económico del conflicto. Además, el sector hegemónico porteño empezó a mostrar diferencias en su seno. Frente al sector más radicalizado, que pretendía la autonomía del Estado bonaerense se fue consolidando una fracción nacionalista liderada por Bartolomé Mitre, que al mismo tiempo que defendía los intereses locales de la provincia, tenía como objetivo central crear las bases para un proceso de organización nacional liderado -exclusivamente- desde Buenos Aires. Mitre se convirtió en el intermediario más apropiado para negociar, primero como gobernador de la provincia de Buenos Aires  y luego como presidente de la nación.

El poder de Mitre contaba con el apoyo de algunos gobiernos del interior (Córdoba, Santiago, Tucumán y Salta). Su fuerte liderazgo sobre esas élites, sumado a la victoria militar de las fuerzas porteñas -en la batalla de Pavón (1861)- le permitió alcanzar la Presidencia (1862-1868). Por lo tanto, más allá de la derrota militar para la Confederación, Pavón reflejaba la eficaz política propiciada por Mitre, de alianzas y negociaciones -basadas en compromisos y reciprocidades- entre las élites localistas porteñas y las del interior. Esto abrió una nueva etapa en las relaciones intraelitarias, caracterizadas por la “verticalización de los conflictos”, o sea, la lucha política dejó de ser “horizontal” -entre iguales, entre caudillos- para convertirse en una confrontación entre desiguales. “Toda movilización de fuerzas contrarias sería calificada de allí en más como ‘levantamiento’ o rebelión interior”. [13]

La adhesión de las élites del interior a la política de organización nacional auspiciada por Mitre no fue un proceso lineal, ni homogéneo. El Estado central utilizó -a lo largo de veinte años que llevó su definitiva consolidación- una serie de estrategias para lograr un nuevo pacto de dominación entre las élites porteñas y los grupos de poder del interior. Unas veces usó la fuerza (represión abierta) y los recursos de Buenos Aires; otras, se valió de negociaciones y coaliciones. En este sentido, en ejemplo ilustrativo fue el caso del caudillo riojano, el “Chacho” Peñaloza, que luego de varios intentos frustrados por derrotarlo (conservaba un enorme arraigo entre las masas provinciales), los generales a las órdenes de Mitre debieron pactar la paz con él, confiándole la pacificación de La Rioja y reconociéndole su grado militar y el respeto por sus bienes materiales. Mitre debió aceptar el convenio con desagrado, pues el peso de las opiniones de sus comandantes -Vedoya y Rivas- así le aconsejaban: 

“Es tan difícil conseguir eso [derrotar a Peñaloza] que estamos de acuerdo con Paz en indultarlo (...) Si Peñaloza compromete su palabra, es seguro que la cumplirá (...) Usted verá que tanto Vedoya como Rivas han quedado prendados del Chacho, a punto que aseguran que es el único y mejor elemento de orden que allí se presenta (...) Crea usted una verdad: nuestros amigos son incapaces de conservar el orden en La Rioja sin la cooperación del Chacho; es una triste verdad que es necesario no dudar”.[14]

Por su parte Rivas le comunicaba a Mitre:

“Esta gente tiene una especie de adoración por Peñaloza. He tenido el honor de conocerlo y he estado con él y sus forajidos y he podido penetrarme de esa verdad. Sin tener la pretensión de darle consejos, permítame, señor, que le diga que la única garantía de orden y tranquilidad en el interior es Peñaloza; sin él nadie se moverá. No crea que la influencia de Peñaloza se reduce a esta provincia; todas las demás circunvecinas es lo mismo y de todas ellas le claman porque vaya. En el interior nadie puede con este hombre; él solo cambia todos los gobiernos porque las masas no siguen sino a él”. [15]

De este modo, Mitre supo equilibrar, hábilmente, el peso político de unos con la fuerza militar de otros, dentro del complejo sistema de negociaciones entre los vencedores y vencidos. En definitiva, Mitre pudo trasladar al plano político la victoria militar de Pavón.

Sin embargo, las negociaciones no sólo se llevaron a cabo dentro del terreno militar. El papel del Senado Nacional fue clave en la política de pactos pues era el lugar de encuentro entre el poder central y los poderes provinciales, como lo señalaron J. Alvarez[16] y N. Botana. La representación igualitaria (dos senadores por provincia, independientemente del crecimiento demográfico) permitía “nacionalizar a los gobernadores locales” y le otorgaba al interior un rol protagónico en el ámbito institucional, frente al poderoso Estado bonaerense.[17] El Senado era la “verdadera llave maestra del sistema político” ya que las provincias del interior gozaban siempre de mayoría y con sus dos tercios podían impedir la sanción de cualquier ley. Por lo tanto, el apoyo de las élites del interior era condición indispensable para la hegemonía del gobierno central. La Constitución había reservado un importante resorte  de poder a las provincias y éstas lo hicieron valer.

La subvención a las provincias fue uno de los mecanismos de cooptación utilizados, sobre todo en los primeros años del gobierno de Mitre, cuando las provincias acusaban un descalabro financiero a consecuencia de las guerras civiles. El manejo discrecional de los subsidios -su suspensión a las provincias cuyo gobierno era de signo contrario al gobierno nacional, o el refuerzo de partidas para los que le eran favorable- era un instrumento de acción política, que hábilmente manejado permitía consolidar las alianzas intraelitarias en el interior.

Similares efectos producía el reparto de cargos públicos como mecanismo de cooptación. La declinación de las economías del interior a partir de la organización nacional convirtió al empleo público en un mecanismo compensatorio y en un preciado instrumento para la captación de apoyos al gobierno nacional: los profesores o maestros en colegios “nacionales”, o sea pagados por el Estado y los miembros de las fuerzas armadas y del poder judicial se convirtieron en pilares de la estabilidad política. Prueba de ello fue el rápido incremento del número de empleados públicos nacionales radicados en el interior: de un total de 12.835 funcionarios públicos nacionales, en 1876, un 85,4 por ciento desempeñaba funciones en el interior.[18]

Un último mecanismo fue la intervención federal. A pesar de tener elementos de coacción y represión, puesto que en ellas participaban fuerzas militares del ejército nacional, también estaba presente el compromiso y la negociación. Durante la presidencia de Mitre en sólo un año (1866-1867) fueron intervenidas las provincias de Catamarca, Tucumán, La Rioja, Santa Fé, Mendoza y Córdoba.

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Elecciones y mecanismos clientelares.

Luego de la caída de Rosas (1852) habría de forjarse un nuevo sistema “bajo la férrea dirección de una élite política y económica consolidada en su prosperidad por la paz de Rosas y heredera de los medios de coerción por él perfeccionados”.[19] Esos medios de coerción se caracterizaron a los procesos electorales. De allí la importancia de considerar a las elecciones como instrumento clave del manejo de las relaciones interelitarias. La dualidad de la realidad latinoamericana -sociedades tradicionales con sistemas políticos modernos-[20] nos lleva a interpretar a las elecciones como el escenario más propicio, ya que en ellas se designaba a los representantes del “pueblo soberano”. Era el episodio más dramático en el que se conciliaban y articulaban los grupos -con sus imaginarios colectivos y sus valores tradicionales- junto a las constituciones y leyes que sólo reconocían a individuos iguales y a ciudadanos.

A la luz de nuevos estudios, no parece apropiado seguir etiquetando a las prácticas electorales del siglo XIX como meras formalidades corruptas, como lo ha hecho cierta tradición historiográfica.[21] Han alimentado esa visión negativa utilizando el discurso de los mismos protagonistas de la época que reflejaban a una élite escéptica -incluso pesimista- con respecto a las elecciones y su papel de educadora y transformadora de la sociedad, como lo refleja este párrafo:

“Tenga U. presente que las luchas electorales están muy lejos de producir allí bien alguno porque no educan al pueblo en las prácticas de la democracia ni dejan enseñanza alguna útil sino que, por el contrario, la desmoralizan y pervierten todo, pues los partidos no hacen su propaganda por medio de la prensa y por la discusión de las necesidades del pays, (sic) de los derechos de los ciudadanos, sino por medio de la mentira, del fraude electoral, corrompiendo las masas y halagando sus vicios y sus pasiones. Yo siempre he creído que es una utopía pensar en elecciones completamente libres en Tucumán, porque una elección libre presupone un pueblo apto para elegir que entre nosotros no existe”.[22]

Tampoco es acertado sostener que la independencia generó prácticas democrá­ti­cas caracteri­zadas por su total transparen­cia y que la mera repetición mecánica de los comicios fue creando una cultura política democrá­tica.[23] Más cercano a la realidad sería pensar la propia práctica de los comicios -aunque a veces viciada- y los mismos conflictos electora­les como propiciadores de un clima de participa­ción para los distintos grupos hasta entonces excluidos de la política. Todo ello fue ayudando a expandir el sentido de la representatividad, la soberanía popular y la nueva mecánica del juego político democrático. El ejercicio del voto,[24] si no fue garante del correcto desarrollo del régimen representativo (ciudadanía), constituyó una de las vías de su aprendizaje y de asunción de su valor.[25]

En este sentido, es importante destacar que antes de Caseros (1852) las elecciones registraban más votos que en el período post-rosista, lo que demostraría que las relaciones clientelares estaban más extendidas. Además, hubo gobernadores que repitieron su mandato por más de tres períodos, lo que indicaría que el poder rotaba entre unos pocos miembros de la élite. Luego de Caseros esta situación se revirtió. Entre 1853 y 1880 sólo dos gobernadores -López y Helguera- fueron reelegidos por una única vez, lo que demostraría que el círculo de la élite, a medida que se ampliaba, se volvía más caótico,  con lo cual había más individuos entre quienes repartir beneficios, cargos, subvenciones, etc.[26] En definitiva, en la medida en que el sistema político se modernizaba, las clientelas veían incrementar el número de seguidores.

En los procesos electorales se evidenciaba y agudizaba -más que en cualquier otro aspecto- la mezcla de elementos de la nueva teoría política y de la antigua realidad social. De este modo, un miembro de la élite tucumana, Marco Avellaneda percibía dicha combinación:

“Traiga U. a su memoria el espectáculo que presentan los atrios de los templos en un día de elecciones, allí no se ve sino una chusma medio salvaje que no sabe ni el nombre del ciudadano por quien va a sufragar. Tome U. los registros electorales y encontrará para cada cien votantes uno cuyo nombre le sea conocido o que sepa leer y escribir. Y bien estos son los ciudadanos que hacen la elección, asistiendo a los comicios no por usar de sus derechos sino impulsados por el mandato del patrón o del comandante o por lo menos interesados en la empanada y el aguardiente que se les propina”.[27]

Con claridad meridiana su visión sintetiza el doble carácter de los sistemas políticos latinoamericanos: un régimen representativo sobre una base social clientelar. Las elecciones involucraban al ciudadano libre, racional e individual, pero éste estaba en construcción. La referencia a los “ciudadanos” obedeciendo al patrón revela la influencia de las autoridades tradicionales, pero a medida que las prácticas electorales fueron afianzando el sistema, la relación de dominación patrón-peón se fue transformando y adquirió tintes de negociación. En otras palabras, si la elección llevaba implícito el problema entre el poder y la autoridad, al principio la élite tucumana controlaba a la población, pero como el voto legitimaba esa situación de hecho, posiblemente, los sectores subalternos advirtieron el poder de ese instrumento para intercambiarlo por beneficios. El poder social se manifestaba a través de la política.[28] Los autores que niegan “el poder de la maquinaria electoral en el control de las elecciones”, sólo analizan los aspectos formales -la constitución y la ley- del sistema político postindependentista y restan importancia al gran peso de las relaciones clientelares. Liberalismo y clientelismo eran las dos caras de la misma realidad política latinoamericana del siglo XIX.

Testimonios como el antes citado han llevado a la historiografía a justificar que eran las élites “sabias y modernas” las únicas capacitadas para comprender un sistema representativo, mientras los sectores subalternos “tradicionales e incapaces” eran el principal escollo para el sistema representativo. M. Irurozqui señala que “bajo la premisa de su incapacidad para decidir adecuadamente por quién votar al ser ingenuos, ignorantes, emocionales, tradicionales, sin experiencia política y, por tanto, susceptibles al acarreo electoral por el caudillo populista y carismático, se privilegió factores explicativos como el carisma de los contendientes políticos, la presunta ignorancia o inmadurez política y falta de preparación de estas masas para ejercer el voto adecuadamente (...) Así entendido, el clientelismo era una forma nociva, casi amoral, de comportamiento que el sujeto debía abandonar o superar como si hacerlo fuese contingente a la voluntad del electorado antes que a la naturaleza y estructura de un sistema social y político sobre el cual los electores ejercían un control limitado”.[29]

Según F. Guerra, la incapacidad de los sectores subalternos para elegir gobernantes se debía a la inexistencia de una larga práctica de adaptación de las sociedades tradicionales a un sistema de representación política individual de tipo moderno, como fue el caso anglosajón. Por el contrario, en el mundo hispánico se pasó bruscamente del absolutismo al régimen representativo. [30]

En realidad, el clientelismo no era una práctica anómala, ni un vicio del sistema; estaba propiciado por la élite con la lógica de su comportamiento y de él se beneficiaban tanto la misma élite como los sectores marginados. La élite tucumana justificaba la manipulación de las elecciones debido a la “incapacidad política de las sociedades tradicionales”. Sus miembros coincidían en que los votantes eran influenciables y no actuaban con libertad en el momento de los comicios. Por lo tanto, era responsabilidad del gobierno intervenir en los mismos, con el fin de preservar el orden:

“ Le aplaudo de todo corazón la resolución que ha tomado de ejercer su influencia en las elecciones provinciales (…) Si bien la inmensa mayoría que hace la elección no obra con independencia y conocimiento, sino por la influencia a que obedece, yo opino que la más legítima es la del gobierno, que es el especialmente encargado de conservar el orden público, que es por regla general el más imparcial como que debe estar arriba de las miserias y pasiones de los círculos y que es por fin el que tiene más responsabilidad por cuanto es nula la de los círculos por la razón de ser colectiva. ¿Cuál ha sido el resultado de las luchas electorales en que los gobiernos han sido o querido ser prescindentes?”. [31]

En la cita anterior, se puede observar cómo Marco Avellaneda no sólo revelaba la injerencia del gobernador Helguera en las elecciones, sino que además compartía su proceder, aunque en otro párrafo se declaraba contrario a la manipulación de los gobiernos electores:

“He sido opositor a ciertos gobiernos electores (…) he combatido y combatiré siempre el abuso de la influencia oficial del gobierno que sin consultar más que sus caprichos haciendo triunfar contra viento y marea los candidatos más antipáticos al pueblo (…) y siempre criticaré con severidad a los gobiernos que no tengan presente las verdaderas conveniencias del pays (sic) y que no consulten ante todo la honradez y la idoneidad para los puestos políticos…”.[32]

Proponía una difícil conciliación: una mezcla de elecciones controladas, pero que al mismo tiempo mantuvieran algo de transparencia, de tal modo que el gobierno no quedara manchado:

“…mi opinión es que el gobierno, consultando, pase el mejor acierto a algunas personas de reconocida honradez, sin excluir de un modo absoluto a ningún círculo y sin dar a ninguno una preponderancia decisiva, elija para Diputado entre los hombres honorables del pays, (sic) más o menos inteligentes, más o menos de buena posición a aquellos que le inspiren más confianza y con cuyo apoyo decidido puede contar para su marcha administrativa en bien del pays (sic)”[33]

         De este modo, se pretende demostrar lo que ya mencionáramos acerca de la diferencia entre “fraude electoral” y “ficción democrática”. Ese conjunto de elementos que le permitía a la élite manipular las elecciones se conocía como gobierno elector y no debe considerarse como “fraude” o “farsa”, sino como uno de los mecanismos del clientelismo que las élites idearon para adaptar la teoría liberal a la realidad socio-política, en este caso, tucumana.[34] Uno de ellos que estaba establecido por la Constitución -vigente hasta la reforma de 1884- convertía a la legislatura en una especie de colegio electoral o cónclave donde la élite dirimía las candidaturas a gobernador. El mismo Marco Avellaneda ha reflejado una visión crítica del verdadero carácter de las elecciones:

“… aquí, a medida que se acerca la época de nombramiento de Diputados aumenta la indiferencia pública. Como U. ha visto la copia del Registro Cívico que está publicado  no encontrará un nombre conocido. El espíritu mercantil y de especulación ha invadido de tal modo a todas las clases de la sociedad que nadie se ocupa sino de buscar los medios de ganar dinero. Las elecciones se hacen por (...) individuos que inscriben nombres supuestos, donde personas enganchadas para votar y se llevaría un chasco el que regrese por el interés con que tratan los diarios la cuestión electoral (...) La mayoría de la población no lee de los diarios sino los avisos de comerciantes”.[35]

Sin embargo, las elecciones, en tanto que difusoras de una nueva normativa política, creadoras de una nueva relación de fuerzas y generadoras de nuevos espacios de intermedia­ción, ayudaron a transformar el tradicional orden social y político en la medida en que popularizó los mecanismos de intervención en los asuntos públicos. Además, funcionaban como instrumen­to del que se valieron los “notables”, los vecinos, los caudillos, la población rural y las comunidades étnicas para legitimar sus respectivas situaciones dentro de los nuevos marcos jurídicos constitu­cionales.

¿De qué manera estas relaciones clientelares dominaban el sistema político, creando los gobiernos electores para controlar la sucesión de las autoridades públicas? A continuación se intentará responder a esta cuestión.

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“Hacer la elección”

Indalecio Gómez señalaba en 1912 que “lo odioso no es que se cometan venalidades, que se cometan maniobras fraudulentas por los ciudadanos, sino que sea el gobierno mismo el que provoque esos delitos”.[36] Algunos testimonios revelan una serie de mecanismos para controlar la elección desde el poder. Son ejemplos que demuestran la eficacia de los acuerdos y reuniones previas a las elecciones dentro del círculo íntimo de los “amigos políticos”, en las que las facciones pactaban los resultados, o como se decía, “hacían las elecciones”.

Las relaciones clientelares fueron decisivas a la hora de dar el triunfo a uno u otro candidato, más allá de su reputación. Tal fue el caso de Alsina en las elecciones provinciales de Buenos Aires en 1872, quien, a pesar de que la prensa hubiera condenado su candidatura y su persona, aún tenía muchas posibilidades de vencer en las mismas ya que “Alsina tiene media docena de agentes electorales que votan por duplicado y que traen a las urnas gentes enganchadas en los corrales (...) y ante la indiferencia pública y el desdén, no sería difícil su triunfo”[37] En otra ocasión, Nicolás Avellaneda atribuía el triunfo de Alsina a la falta de “verdaderos trabajos en la oposición. Se hizo una coalición en la que nadie tomó empeño serio”[38]

La cuestión de las lealtades políticas permite entender por qué un candidato podía ser reemplazado por otro sin discusión en vísperas de elecciones. El diputado provincial José Posse intervenía de esta manera: “Estimado Muñoz [Salvigni]: dígale a [gobernador] Helguera que Mur no acepta su candidatura de elector; que lo sustituya en la lista con otro a su elección; que yo acepto lo que él ponga”.[39]

Dentro de los mecanismos clientelares la cohesión y la continuidad del grupo que detentaba el poder eran condiciones imprescindibles. Esta responsabilidad recaía sobre el gobernador de turno que debía preparar el terreno político de modo que su sucesor perteneciera a su misma facción. Un ejemplo de ello fue el relevo en el poder de Helguera por López: “Acaba de llegarnos la noticia del nombramiento de [Belisario] López para el gobierno [de Tucumán] (…) Su administración ha sido útil y será fecunda porque ha hecho posible el nombramiento de un gobernante amigo para sucederle en el gobierno… nuestro amigo gobernará como U. con patriotismo y elevación de miras en medio de pasiones tan pequeñas”.[40] Cabe aclarar que el gobernador no dominaba la Legislatura tal como sucedía en el período rosista; en la época que tratamos era -precisamente- en la Legislatura donde en realidad tenían lugar los “arreglos” elitarios.

En el mismo sentido, un diputado en el Congreso Nacional por Tucumán, Ruperto San Martín, confesaba a Helguera su parecer acerca del futuro candidato a gobernador. Pensaba que dada la composición del Colegio Electoral sólo dos nombres podrían ocupar el cargo: Helguera o Marco Avellaneda. Sospechaba que, en caso de recaer la candidatura en este último, se agravarían los conflictos internos dentro del partido. Por lo tanto, recomendaba a Helguera que aceptara:

“… no hay otro remedio que resignarse a aceptar ese puesto por un tiempo más o menos largo, hasta que U. considere libre el peligro de la división. En fin, U. está allí y ha de ver las cosas más claras. Estas le indicarán el camino que debe tomar. Es una fatalidad encontrarse en el caso de hombres necesarios, pero hay momentos en que ciertos hombres se encuentran colocados en esa ineludible situación”.[41]

Las redes clientelares traspasaban el marco provincial. Ejemplo de ello fue la relación entre miembros de la élite catamarqueña y tucumana. Navarro, hombre fuerte de la política de Catamarca estaba aliado con Taboada. Por lo tanto, tenía ciertos recelos a la élite tucumana y su vinculación con el gobierno central. En una oportunidad confesó que no quería aceptar el gobierno, pero “sí lo quería para algún amigo, pues los que se llaman liberales en Catamarca es la peor canalla”.[42] En cuanto a la candidatura para la Presidencia declaraba que su favorito era Alberdi, pero sus trabajos estaban orientados a dar el triunfo de Elizalde, ya que se había comprometido con Taboada. [43]

El manejo de las redes clientelares era un factor de poder fundamental. La opinión vertida por Marco Avellaneda definía el resultado de la elección de un candidato -en este caso- a Senador: “He hablado largamente con Posse. Está muy contento y hace muchos elogios de su gobierno. A propósito de Posse ¿qué le parece su candidatura para Senador? Creo que es el que está llamado a desempeñar este puesto”. [44]

En el mismo sentido, pero en cuestiones más trascendentes, la élite se valía de las redes políticas incluso para designar el candidato a Presidente de la Nación. En 1879, año clave por la proximidad de las elecciones presidenciales, Sarmiento se desempañaba como Ministro del Interior de Avellaneda y José Posse como Ministro de Gobierno en la provincia bajo la administración de Martínez Muñecas. Posse manejaba a su antojo al gobernador[45] Por lo tanto, se invirtieron los términos de la relación entre ambos y en esta ocasión fue Sarmiento, quien recurrió a Posse en devolución de “favores”: [46]

“Esta carta es para decirte que te metas con mis amigos Paz, Colombres, Elguera, (sic) Padilla y los Frías y trabajen por mi candidatura, allanando tu desde el gobierno las dificultades que a ello se opongan”. Verás lo que a mi candidatura se refiere. Es moral, es digna, es decente y popular. Soi (sic) la autoridad para todos, la Constitución restaurada, la ley la fuerza. Roca es un general joven sin prestigio suficiente ni aún en las armas (…) Sería pues el hombre de circunstancia ‘the right man in the right place!’”. Tratase pues de asegurar en cada provincia el nombramiento de Electores que me sean favorables; que  sean respetables; que no sean hostiles; que no estén paniaguados con Roca, Rocha (…) Roca no es vínculo de unión y soilo (sic) yo; como él no es hombre de pensamiento y yo pretendo serlo, creo que debe dejárseme el camino espedito”. [47]

Con esta personal visión de la realidad política, Sarmiento demostraba no haber comprendido por dónde pasaban los hilos de la red que tejía el poder y que se fortalecía cada vez más, desde hacía algunos años. La Liga de Gobernadores se gestó en 1871 como una estrategia de inclusión y articulación de las provincias interiores al Estado nacional. Ya había demostrado su peso en 1874 con la elección de Avellaneda y en 1880 su poder era mayor aún. También en Mendoza fue evidente el desplazamiento de la candidatura de Sarmiento y los “arreglos” por la de Roca. Al igual que “Pepe” Posse, tampoco el gobernador Arístides Villanueva -uno de los más leales seguidores de Sarmiento- pudo revertir la situación y le advertía:

“Ningún amigo, de muchos que tiene en ésta, niega su simpatía y profundo respeto, pero no salen de ahí, y varios han firmado la adhesión a Roca... y se van por donde les dicen que hay más probabilidades de triunfo... Todo cambia en los pueblos como en la naturaleza”.[48]

Otro gobernador mendocino, Francisco Civit -también intermediario- confesaba a Sarmiento sus intentos fallidos para llevar a buen término su candidatura:

“El comité Roquista tuvo (...) una reunión para formar la lista de electores, y aunque no formo parte de ese Comité fui invitado. Les propuse que los electores, sin dejar de ser Roquistas, fueran amigos del Sr. Sarmiento, esperando que alguna combinación de última hora, eliminara al General y pudieran sin escrúpulos dar su voto por Ud. Esta idea fue rechazada. Nuestros amigos creen cuestión de delicadeza y de honor, ser consecuentes a Roca mientras no desista.La paz, el progreso, el crédito y la moral administrativa de esta tierra (...) la simbolizo en Ud. Presidente, lo que no creo ni espero porque vamos mal”.[49]

En síntesis, se puede constatar de qué manera las elecciones sólo sancionaban u oficializaban las redes de poder establecidas, en vez de crearlas, ya que el voto estaba controlado y manipulado por los notables. Algunos autores han llegado a defender que el voto funcionaba al revés, ya que las élites lograban el apoyo popular necesario para legitimar su acceso al poder. Por lo tanto, las luchas políticas eran tensiones intraelitarias que respondían a la necesidad de poner en juego las clientelas de las distintas facciones, con el objeto de medir fuerzas dentro del conflicto intraelitario. [50] A continuación se analizarán algunos ejemplos que reflejan dichas tensiones y las relaciones conflictivas dentro del seno de la élite.

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Los conflictos intraelitarios

En 1877 la política de Conciliación lanzada por el Presidente Avellaneda pretendía incluir institucionalmente a facciones rebeldes para poner fin a las revoluciones y abstenciones.  Nicolás Avellaneda explicó en un mensaje al Congreso Nacional el sentido de la misma:

“un partido no puede absorber exclusivamente la vida pública, sino gobernando con los resortes duros del despotismo (…) En la vía libre hay contrapesos indispensables, y cuando no los establece la separación franca del adversario, se los busca en las divisiones y en las subdivisiones del mismo partido. Así se subvierten las instituciones. Pienso que cada uno debe permanecer con los suyos, pero dando lugar a los demás y quedando todos dentro de la constitución. Fuera de ella no hay partidos políticos, sino revoltosos o conspiradores”. [51]

De este modo, la Conciliación permitió la reinserción institucional del mitrismo dentro de los límites de la legalidad, mediante la realización de comicios con listas mixtas pactadas previamente por los sectores dirigentes de cada agrupación.  Comenzaron así, las negociaciones entre la facción que estaba en el poder y la excluida -avellanedistas y mitristas, respectivamente-.[52] La candidatura presidencial de Roca generó la ruptura entre ambos grupos. En las elecciones de Diputados Provinciales de 1879 se puso en evidencia, más que nunca, la política de Conciliación, o sea, los pactos previos, los “arreglos” entre las facciones, resultando, por ello, muy controvertida, como lo refleja esta correspondencia familiar:

“Después de los preparativos para la elección de hoy se arreglaron ayer los dos partidos. Dicen que el gobierno los busca a los otros [la oposición] porque estaba completamente perdido y los otros, para evitar desgracias, porque les hacían mil amenazas, han consentido en el arreglo (…) El arreglo que han hecho es que nombrarán a la mitad de los Diputados y los Electores de cada partido. Los que van a salir en la ciudad son el Dr. Nougués y tú [Helguera] para Diputados y en Monteros L Aráoz y Juan Terán. De los otros departamentos no sé quiénes serán (…) Parece también que Roca ha tenido la mayor parte en este arreglo con sus empeños con unos y otros”.[53]

La riqueza de este tipo de fuentes permite ver con claridad que los resultados de las elecciones se pactaban entre la élite los días previos a la elección. Pero la conflictiva elección estuvo lejos de ese desenlace armónico y “arreglado”: “ el gobierno ha faltado a sus compromisos con el otro partido y estos están furiosos. Dicen que empiezan a anular la elección en toda la provincia porque no se ha hecho como habían convenido”. [54]

La figura de Roca fue fundamental en este episodio. Se desempeñaba como Ministro de Guerra de Avellaneda y como tal respondía al poder central, que había obligado a los avellanedistas tucumanos a cooptar al enemigo, o sea, aceptar a la facción mitrista. Por lo tanto, Roca no sólo se encontraba presionado por ambos poderes, sino que además, estaba en juego su propia candidatura presidencial. El triunfo de los mitristas en las elecciones de 1879 revestía un significado de gran importancia, en tanto podía alterar la alineación de la provincia en el plano nacional, pues la legislatura provincial funcionaba como colegio electoral hasta la reforma de 1884, como se ha dicho. Frente a este peligro, el gobernador vetó el ingreso de los diputados electos. En respuesta, los mitristas reclamaron la intervención a la provincia. Avellaneda censuró al gobernador Martínez Muñecas por el procedimiento inconstitucional y le aconsejó llegar a un acuerdo con la Legislatura. El gobernador retiró el decreto y la cámara hizo lo propio con su pedido de intervención.

Esta  elección, vista por uno de sus protagonistas, el Ministro de Gobierno José Posse, reviste aspectos muy diferentes. En defensa del gobernador Martínez Muñecas señalaba que el desconocimiento, por parte de la Sala de Representantes, de los diputados electos por la minoría estaba justificada. Por un lado, por los incidentes violentos del día de la elección:

“la mesa receptora de votos fue atropellada por 600 gauchos ebrios dirijidos (sic) por nacionalistas y la guardia que estaba allí de custodia hizo fuego sobre los agresores”. [55]

Y por el otro, argumentando que era necesario

“parar un golpe de muerte que se le preparaba al Gobierno con aquellos cuatro Diputados (…) [Era] el único medio de detener la revolución parlamentaria que se tramaba, y a fé que se consiguió el objeto” (…) No volverá a suceder que entren [los diputados] por la puerta falsa de la conciliación por donde los metió el candor de Helguera contra mi opinión, porque nunca creí en aquella zoncera”.[56]

En definitiva, los mitristas pensaron que el gobierno no había cumplido con su parte del pacto al expulsar a los diputados electos y el gobierno justificaba su accionar escudándose en un supuesto golpe que se gestaba dentro de la Legislatura para derribar a Muñecas. De cualquier modo, las elecciones de 1879 reflejaron los conflictos dentro del seno de la élite gobernante local al intentar seguir la política de Conciliación impulsada por gobierno nacional, máxime en un año decisivo para las elecciones presidenciales de 1880.

Más allá del hecho, lo que interesa es confirmar que efectivamente existía una mezcla de las esferas de poder oficiales y privadas, que las decisiones dentro de las instituciones no eran imparciales. Más bien eso respondía sólo al discurso oficial, pero los círculos de poder se manejaban por medio de las amenazas y de los arreglos entre las distintas facciones de un mismo grupo de poder. La verdadera lucha tenía lugar antes de la elección. Todas las intrigas, todos los compromisos que precedían al día del escrutinio, todo ese movimiento cesaba cuando comenzaba la votación porque ya no tenía razón de ser. Una vez acordada la combinación entre candidatos, facciones, partidos y gobierno, la elección se convertía en expediente resuelto[57]. Sin embargo, esto no debe interpretarse como la mera formalidad de las elecciones; deben ser entendidas como la manifestación de grupos de presión, como un juego político intraelitario entre familias de notables, pero no un enfrentamiento entre partidos políticos, como ya se ha señalado.

Retomando el conflicto que nos ocupa, la definición de la candidatura presidencial había quedado sin resolver. En 1879 el gobierno provincial proclamó la candidatura de Roca, postura compartida por la mayoría de las élites del interior, vinculadas entre sí por la Liga de Gobernadores. En Buenos Aires tomaba fuerza la candidatura de Tejedor con el objeto de resistir al proceso irreversible de eliminación de los privilegios de esa provincia, provocando un conflicto armado, si era necesario. En definitiva, se acercaba la hora crucial para la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la consolidación del Estado central.

En 1880, ante el triunfo de Roca en 12 provincias, Buenos Aires y Corrientes que se pronunciaron por Tejedor apelaron al recurso de la guerra. Roca, por su parte -como se ha mencionado- enviaba armas a sus partidarios en las provincias. Aconsejaba a Padilla: “en nuestra república, en épocas electorales el revólver es la primera razón y el rémington la última instancia de toda elección. Por esto se arma Tejedor”.[58]La guerra estalló, nuevamente, en un contexto político profundamente alterado donde estaba en juego la existencia misma del Estado y de sus preceptos constitucionales. Esa convicción era compartida por Roca y sus partidarios:

“no hay tal nación argentina, ni la ha habido nunca; lo que ha habido era una ficción, en que las dos partes, Buenos Aires y las provincias se creían explotadas (…) Para mi la solución de las grandes cuestiones se ha hecho necesaria y se acerca. Una nación que no tiene capital, ni moneda, no es nación”.[59]

La derrota de Tejedor no sólo representó la supremacía definitiva del Estado sobre la última expresión particularista recluida en la más poderosa provincia argentina; revelaba además, el éxito de una laboriosa estrategia de inclusión de las élites políticas del interior articuladas con segmentos bonaerenses y porteños que los predecesores de Roca habían practicado con decidida constancia.[60]

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“Favores personales”

Además de las elecciones, el favor y el perdón son otros de los elementos constitutivos del clientelismo político. El incumplimiento de la ley se negocia; “se perdona”. En cuanto al favor, éste puede ser individual o colectivo. En esta oportunidad solo analizaremos el primero por razones de espacio.

El Estado era el marco jurídico donde actuaban las clientelas. Su limitación para regular el conflicto entre éstas se traducía -en la vida cotidiana- en la dificultad para distinguir la frontera entre lo público y lo privado. La seguridad, los negocios, la política, eran asuntos colectivos. La aplicación de la ley era negocia­ble. El clientelis­mo  -en la práctica- fue uno de los efectos inmediatos de la realiza­ción de elecciones y de la redacción de leyes que, si bien tenían buenas in­ten­cio­nes, no se correspondían con la realidad.[61] La brecha entre la ley y la realidad se tradujo en que los políticos se convirtieran en intermedia­rios y que sus acciones acabaran basándose en el ejercicio discrecio­nal de la ley. Los derechos se convirtie­ron en prebendas y los políticos en los gestores monopóli­cos de la distribución de privile­gios, exenciones y favores. Era la época en que se operaba a la perfección aquella máxima de que “para mis amigos la comprensión y para mis enemigos el ejercicio irrestricto de la ley”.

El poder está considerado como una forma de control sobre recursos valiosos: los miembros de la élite (empresarios, generales, ministros) son poderosos porque han logrado apoderarse de áreas de la economía o de la administración pública, desde las cuales pueden recompensar a sus seguidores, por lo tanto enriquecer a sus clientelas.

En el caso de la élite tucumana e poder estaba en función del control y distribución de recursos: José Posse, ex gobernador y miembro de una familia tradicional y muy poderosa de la élite local envió el siguiente telegrama al gobernador Federico Helguera:

“suplícole se empeñe Sr.  Dumesnil porque se nombre a mi sobrino Crisolo Ugarte, Jefe esta estación reemplazo finado Calderón”. La respuesta fue: “Dumesnil no se presta a hacer nombramiento que U. (sic) solicita porque quiere hombres prácticos. Dumesnil tiene ya comprometido para nombrar a otro Jefe estación en esa. Dumesnil no puede atender a su pedido por [tener] compromiso anticipado (...) para nombrar otro administrador”. [62]

Este ejemplo, demuestra que el poder se encuentra fragmentado entre varias clientelas competidoras entre sí -además de reflejar el rasgo de reciprocidad que luego se analizará-. La cohesión de este tipo de sistema nacional o regional es resultado del equilibrio de poder que organiza en un sistema a grupos de otro modo fragmentados. Cada grupo de poder controla recursos concretos y por lo tanto puede neutralizar o equilibrar el potencial de las demás clientelas. Entre varios casos se han escogido dos ejemplos que constituyen una muestra en el mismo sentido.

El primero tiene como protagonista al gobernador tucumano Federico Helguera, quien solicitó a Paul Groussac, encargado de la Comisión Nacional de Enseñanza en el Norte, una de las becas de educación del Ministerio para un “protegido” suyo. Groussac le respondió que disponía de tres becas nacionales, es decir de las que proveía directamente el Ministerio de Instrucción Pública -sin intervención del gobierno provincial-, pero que no podía otorgárselas porque, precisamente, la habían solicitado unos recomendados del Ministro.[63] Esto puso en un aprieto a Groussac que se sentía comprometido personalmente con Helguera debido a una deuda de dinero que había contraído con éste tiempo atrás y que aún no podía saldarla.[64] La beca hubiera sido una gran oportunidad para retribuir el favor. Sin embargo, pese a su propia necesidad, Groussac no pudo responder a la solicitud del gobernador. ¿Cuál era el mayor obstáculo? La existencia de un poder superior, un “patrón”, el Ministro de Instrucción, que lógicamente disponía de más recursos y que ya tenía comprometidas las mismas becas. En realidad, no era el Ministro, sino el Ministerio, o sea la encarnación del Estado lo que primaba.

En el segundo caso, Pedro Alurralde solicitó a Helguera, si es que no estaba comprometido de antemano, para que diera su poder a Wenceslao Posse a fin de que lo representara en una asamblea de accionistas del Banco Nacional. Era necesario reunir un número suficiente de votos para que los directores que se eligiesen fueran una garantía de los intereses del Banco. Al mismo tiempo, Marco Avellaneda trataba también de conseguir los poderes de los accionistas de Tucumán y otras provincias para trabajar por su candidatura.[65] Como se puede ver, los grupos de poder estaban  fragmentados y competían en clientelas y disponibilidad de recursos. En  palabras de A. Weingrod: “son sistemas de equilibrio, y la fragmentación de los recursos y del poder es la clave de este equilibrio”.[66]

En este punto es importante destacar que en todos los ejemplos citados está presente, además de la desigualdad, el otro rasgo importante de las relaciones clientelares: la reciprocidad. La alusión al “compromiso” es constante. Ambos están basados en las diferencias de riqueza y de poder local, no en las diferencias de status legal, y los intercambios incluyen, además, servicios o actividades de otro tipo.

Un buen análisis antropológico del patronazgo fue realizado por Boissevain.[67] Con dos ejemplos explica la desigualdad y reciprocidad. En el primero, un estudiante busca un favor especial de un profesor y para llegar hasta él recurre -en primer lugar- a un político de la localidad que -a su vez- le debía un favor al estudiante. El estudiante consiguió lo que buscaba y a cambio prometió hacer campaña por el profesor que se presentaba a elecciones. En el segundo, un hombre deseoso de ser nombrado para un cargo en una municipalidad había conseguido ser propuesto por el consejo municipal de localidad. Pero estaba preocupado porque el nombramiento debía ser aprobado por una comisión provincial que revisaba y sancionaba todos los nombramientos. En consecuencia se puso en contacto con dos prestigiosos conocidos suyos: un antiguo jefe militar y un abogado a quienes pagó un estipendio y les pidió que intervinieran en su favor. Ambos se pusieron discretamente en contacto con sus conocidos en la comisión provincial y poco después era nombrado.

A juzgar por estos datos, el patronazgo consiste en movilizar diversos contactos para obtener los fines deseados: los clientes buscan a un patrono dispuesto a velar por sus intereses. Encontrar al patrono es complicado, pero una vez realizados los contactos apropiados los deseos del cliente pueden realizarse.

En lo que concierne a la élite tucumana también se pueden analizar dos casos similares a los de Boissevain con relación al patronazgo y el clientelismo.

Por un lado, Luis Alfaro -padrino y tío de Clorinda Garmendia de Avellaneda- solicitaba al Gobernador Helguera que se exima a un joven de ir al ejército:

“es un mal paso en el Coronel Zerda mandar este moso (sic), Juan Moreno, para el contingente. Es un moso (sic) que nos sirve en la posta ha (sic) cinco años. Nunca ha sido ni vago, ni mal entretenido. Como ha estado a la mano y como tiene algunos círculos entre ellos mismos porque lo ven juicioso, de aquí viene el que quieran que desaparezca del lugar (…) Le ruego me conceda esta gracia, que también es justicia”. [68]

Por el otro, Juan Bautista Alberdi, el arquitecto de la Constitución Nacional había mantenido, en su juventud, una estrecha relación con Alejandro Heredia,  gobernador tucumano durante el período rosista. En 1878, casi treinta después de la caída del régimen rosista, aún pesaba sobre Alberdi aquella relación. Ese año fue elegido Diputado Nacional y con tal motivo, confesó a Helguera las razones personales de su gratitud a Heredia, sospechando que los que habían resistido su candidatura volverían sobre él. Alberdi había abandonado el Colegio de Ciencias Morales, al poco tiempo de entrar: “por salud y hábitos no pude soportar la disciplina severa del Colegio”,