ESPAÑA Y AMÉRICA LATINA: ¿HACIA DONDE VAMOS?

SECIB-IUIOG

Reunión de trabajo
ESPAÑA Y AMÉRICA LATINA: ¿HACIA DÓNDE VAMOS?

Organizadores: SECIB-IUIOG

Directores: Jorge Alberto Lozoya (SECIB) - Pedro Pérez Herrero (IUIOG)

Coordinadores: Darynell Rodríguez Torres (SECIB) - Iván Rodríguez Lozano (IUIOG)

Lugar de celebración: IUIOG (C/ Fortuny 53, 28010, Madrid)

Fecha: martes 29 de junio de 2004

Ponencias

1) Ludolfo Paramio Una posible agenda en las relaciones España-América Latina.

2) Marta Casáus Algunas reflexiones sobre la cooperacion directa o inter-institucional. El papel de las universidades en la cooperación al desarrollo.

3) José Deniz  Las  relaciones  económicas  entre  España  y América Latina:  propuestas  de  acción.

4) Laura Ruiz Jiménez Las políticas de cooperación con América Latina y el papel de España.


Las más recientes encuestas sobre lo que piensan los españoles en materia de política exterior y las declaraciones de los representantes políticos tras las elecciones de marzo de 2004 reflejan que América Latina ocupa un destacadísimo lugar en las prioridades de España.  Sin embargo, esta orientación de la política exterior española hacia América Latina hay que enmarcarla dentro del nuevo escenario de una Europa de 25 Estados, lo cual sin duda supone el replanteamiento del peso político de España en la Unión Europea. Si a todo ello se le añade que la actual agenda internacional está dominada por temas como la inseguridad, el conflicto y la ampliación de la brecha entre ricos y pobres, se entiende que es fundamental tanto para España como para América Latina clarificar los objetivos de sus relaciones y definir los mecanismos que se pretenden utilizar para cumplir los planes trazados. 

La Secretaría de Cooperación Iberoamericana y el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset han considerado oportuno reunir a un destacado grupo de académicos, políticos y empresarios para que compartan su visión sobre la dirección que deben seguir las relaciones entre España y América Latina en el actual escenario internacional. El objetivo de este encuentro es identificar las líneas maestras de acción tendentes a favorecer una colaboración mutua entre los actores más relevantes de ambos lados del Atlántico.  Los documentos que ahora se ofrecen al lector constituyeron el material base que dio pie a las discusiones con las personalidades invitadas a la reunión.

Comentaristas invitados:

Joaquín Estefanía

Elena Flores

Fernando García Casas

José Luis González Vallvé

Juan Pablo de la Iglesia

Dieter Koniecki

Carlos Malamud

Carlos Moreira

Leire Pajín Iraola

Joan Prats

Pedro Pitarch

José Juan Ruiz

José Antonio Sanahuja

Javier Santiso

María Solanas

Josefa Vega

Manuel Villoria


1) Una posible agenda en las relaciones España-América Latina

Ludolfo Paramio (Consejo Superior de Investigaciones Científicas)

Aproximación a un diagnóstico

Durante los pasados cinco años la agenda latinoamericana ha estado marcada por la crisis económica, hasta el punto de que el anterior secretario de la CEPAL, José Antonio Ocampo, habló de media década perdida, por analogía con la década perdida a causa de la crisis de la deuda en los años ochenta. La frustración de las expectativas económicas se ha traducido en varias significativas crisis de gobernabilidad, de las cuales las más espectaculares han sido la argentina y la boliviana, con las salidas de la presidencia, respectivamente, de Fernando de La Rúa y Gonzalo Sánchez de Lozada.

Sin alcanzar esa misma dimensión, Ecuador y Perú atraviesan momentos de baja legitimidad de sus gobiernos, en los que la casi nula popularidad presidencial podría traducirse también en crisis de gobernabilidad. Venezuela, por su parte, se encuentra en una grave situación de polarización social y política que puede desembocar en la revocación del mandato del presidente Chávez en agosto de este año, pero deja en todo caso muchas incógnitas sobre la estabilidad institucional.

Las perspectivas económicas de la región parecen haber mejorado durante los últimos meses, y 2004 podría ser un año de recuperación. Aunque el crecimiento podría verse amenazado por una subida de las tasas de interés en Estados Unidos —que afectaría a la financiación externa de la región— y por el posible enfriamiento de la economía china —que frenaría el actual auge de las exportaciones—, se puede esperar, con algo de optimismo, que en bastantes países los gobiernos estén en mejores condiciones para responder a las demandas sociales.

Aun así, no es seguro que las crisis de gobernabilidad que han surgido en diferentes países se resuelvan de forma espontánea. En primer lugar por lo que Hirschman denominó efecto túnel: la exasperación de los conductores —de los ciudadanos— puede crecer cuando dentro de un atasco una de las filas se mueve con rapidez pero las demás permanecen estancadas. Es muy posible que la recuperación económica afecte a los distintos grupos sociales de forma muy desigual, y que esto provoque una exasperada acumulación de demandas de los sectores que se sientan injustamente marginados de una nueva fase de crecimiento económico. Este podría ser el caso de los trabajadores del sector público, maestros y médicos.

En segundo lugar, las crisis han revelado o han agudizado profundas crisis de representación, es decir, de mal funcionamiento del sistema político. Aunque la desconfianza hacia los partidos políticos se haya convertido en un mal de época, extendido en todos los países, la crisis de los partidos latinoamericanos parece ir bastante más allá de lo que conocemos en Europa occidental, con la posible salvedad de Italia, y sólo en parte es consecuencia de la gravedad de las crisis económicas recurrentes que han asolado la región. Hay problemas estructurales que se refieren en unos casos a la fragmentación y la debilidad de las raíces sociales de los partidos, en otros a la exclusión política de sectores significativos —los indígenas—, y en la mayoría a una cultura clientelar que no sólo dificulta el gobernar para el interés general sino que provoca creciente insatisfacción ante la escasez y volatilidad de los pagos clientelares.

Una posible agenda

Al hablar de lo que puede hacer la UE en relación con América Latina, o España para ser un puente de los intereses latinoamericanos dentro de la UE, se suele hacer hincapié en la necesidad de reformar la PAC o ampliar y profundizar las relaciones comerciales con la región. Estos son objetivos del mayor interés, pero no parece posible obtener avances muy rápidos, en especial en el contexto de la ampliación a 25, que va a significar la apertura del mercado del Este y serios problemas para la adaptación de la agricultura de aquellos países. Los tímidos avances del comisario Fischler para desvincular las ayudas de la producción son —suponiendo que la OMC no los denuncie como subsidios fraudulentos a la exportación— lo más que parece posible conseguir en este terreno durante los próximos años.

España posee en cambio una experiencia muy importante como inversora en empresas de banca, energía, telecomunicaciones y otros servicios, que revela tanto las posibilidades de la inversión extranjera directa en América Latina como los límites que existen para esas posibilidades. El balance de esas empresas muestra que el principal riesgo para la inversión en América Latina en la actualidad no es el derivado de la inestabilidad macroeconómica o monetaria, como podía ser el caso antes de las reformas estructurales, sino el vinculado a las crisis de gobernabilidad.

Las dificultades de Repsol YPF, amenazada por el resurgir de un clima favorable a la nacionalización de los recursos naturales en Bolivia y Argentina, puede ser un caso extremo, pero el problema más general de las inversiones en un contexto de topes a las tarifas apunta a la vulnerabilidad central de las inversiones: la inseguridad que las crisis de gobernabilidad crean sobre las condiciones de rentabilidad fijadas en los contratos iniciales. No es tan sólo un problema cultural de inseguridad jurídica, aunque éste tenga su propio peso, sino más bien de identificación —por parte de la opinión pública— de las empresas trasnacionales con los gobiernos o regímenes deslegitimados por su falta de resultados ante la crisis económica.

Una primera línea de actuación por parte española debería quizá dirigirse a modificar las estrategias empresariales, especialmente las de las empresas españolas. Es muy posible que las dificultades de los dos últimos años hayan provocado ya una reflexión sobre los errores cometidos al invertir durante los procesos de privatización y en los momentos de apogeo del nuevo paradigma económico en América Latina. Pero también es probable que el resultado de esa reflexión vaya más en la línea de una política de imagen —que contribuya a rebajar la hostilidad pública— que en la de un planteamiento distinto de las relaciones deseables entre las empresas privadas, la sociedad y los gobiernos para crear condiciones estables para la rentabilidad.

Más allá de errores puntuales —la apuesta por la convertibilidad en Argentina, un error que compartieron las mismas agencias multilaterales—, lo que se debería replantear es una visión de las oportunidades de negocio escindida del contexto económico y social de las sociedades receptoras. A posteriori parece evidente que tanto los gobiernos que realizaron las reformas estructurales como las empresas que se beneficiaron de ellas confiaron con un exagerado optimismo en la continuidad del crecimiento, sin prever las consecuencias de que éste se pudiera ver frenado por choques externos o por la caída de los mercados de exportación. Es esa vulnerabilidad general del modelo la que exigiría un replanteamiento.

Un replanteamiento, por cierto, que las agencias multilaterales ya han llevado a cabo en buena medida desde 1999, con su nuevo hincapié en las reformas de segunda generación. Entre éstas hay algunas que responden directamente a los intereses de los inversores —la reforma judicial y, paralelamente, la creación de condiciones de seguridad jurídica—, pero en general se proponen crear condiciones institucionales para dar estabilidad al crecimiento, desde las clásicas medidas de redistribución y protección social —para evitar que el consumo interno dependa excesivamente del ciclo económico— a las estrategias esenciales para garantizar la competitividad: las inversiones en educación, salud e infraestructuras, la creación de instituciones eficientes de representación y de gobierno.

Una posible agenda de actuación desde España podría centrarse en favorecer todas estas reformas de segunda generación a través de la formación de profesionales y la promoción de los conocimientos y valores que deberían orientar las reformas. Pese al polémico balance de las empresas españolas, se podría intentar potenciar la formación empresarial con una perspectiva distinta, haciendo hincapié en la responsabilidad social de la empresa como condición para la rentabilidad y competitividad de ésta a largo plazo. El contexto español puede ser, pese a todo, más propicio a estos objetivos que la formación en este campo en Estados Unidos. De igual forma se debería favorecer la creación de empresas mixtas.

En el desarrollo institucional, y en la creación de una cultura de gobierno distinta, también se podría intentar que las experiencias españolas sirvieran de referencia para abordar las tareas pendientes para una reforma del Estado en los países de la región. La gestión de la sanidad y la educación públicas en España, o la organización de la administración —incluyendo las administraciones autonómicas—, pueden no constituir un modelo a imitar, pero tampoco constituyen experiencias desdeñables. Favorecer su conocimiento y promocionar la formación en España de técnicos y profesionales en estos campos podría contribuir al éxito de las reformas de segunda generación en América Latina.

Por último, pese a las severas críticas que normalmente formulamos a nuestro sistema de partidos y a nuestras normas electorales, es bastante evidente que pueden servir como punto de referencia para la progresiva transformación de lo que podríamos llamar la cultura política de las élites dominantes en América Latina. Una mayor proximidad y un diálogo más intenso entre los partidos e instituciones españolas y latinoamericanas podrían redundar no sólo en el mejor conocimiento mutuo sino en la modificación de la agenda política en muchos países de la región.

Todas estas propuestas pueden ser criticadas como un intento de proyectar el caso español como un modelo a imitar. Sin embargo, es bastante sabido que el modelo de Estados Unidos es el que viene actuando, sin ningún complejo, como referente para gran parte de las élites latinoamericanas, con el agravante de las notables distancias culturales y estructurales que separan ambas realidades. La conciencia de las limitaciones del caso español no debería ser un obstáculo insalvable para intentar promocionar los aspectos más positivos de nuestra sociedad y nuestra economía, a la vez que intentamos mejorar los conocimientos y las actuaciones de los empresarios e inversores españoles en América Latina.

2) Algunas reflexiones sobre la cooperación directa o inter-institucional. El papel de las universidades en la cooperación para el desarrollo

Marta Casaús Arzú (Profesora Titular de Historia de América de la Universidad Autónoma de Madrid.)

Premisas

Las universidades españolas, hasta hace menos de una década, se habían mantenido al margen de la cooperación y, con algunas excepciones, se hallaban desvinculadas del trabajo de otros agentes sociales, entre ellos las organizaciones no gubernamentales de desarrollo (ONGD). Las actividades de la cooperación eran vistas por las instituciones académicas como empresas voluntaristas, ni científicas ni académicas, y ni siquiera dignas de tenerse en cuenta en el ámbito universitario.

El contexto internacional de la cooperación para el desarrollo, especialmente en América Latina, ha cambiado sustancialmente, en parte por los grandes debates públicos que se han generado a partir de las movilizaciones llevadas a cabo por los movimientos antiglobalización, las cumbres internacionales sobre el hambre, la pobreza o la discriminación y los foros y encuentros internacionales  del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el BID, las cumbres iberoamericanas, la Plataforma del 2005 y los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM); [1] pero sobre todo  ha sido  el interés de la sociedad civil y en especial de los estudiantes al involucrarse en todos estos procesos como agentes sociales y participantes activos de los mismos, lo que ha hecho que las universidades hayan modificado su papel de acompañamiento a la Cooperación Internacional.

La enorme participación en los últimos años de las ONGDs y de los gobiernos en la cooperación para el desarrollo y el papel activo de las organizaciones españolas en la consecución de más fondos para los países en vías de desarrollo, así como el esfuerzo por elaborar planes estratégicos de largo alcance y conseguir una mayor colaboración entre el gobierno y la sociedad civil ha generado un importante consenso a nivel nacional e internacional  del que las universidades no han podido permanecer al margen.

En los últimos años la profesionalización de los voluntarios y cooperantes de la ONGDs y de las agencias de cooperación y los debates que se han producido sobre el desarrollo y las políticas públicas para el desarrollo y la interculturalidad han generado una mayor participación entre ambos instituciones y se han establecido muchos cruces de caminos entre ambas; si bien es verdad que las iniciativas casi siempre han surgido de forma individual y voluntarista por parte de los profesores y estudiantes que han colaborado a título personal con las Ongs o con las agencias  nacionales e internacionales.

La voluntad de las universidades de abrirse a la sociedad y colaborar activamente con empresas, ayuntamientos y ONGDs es muy reciente. De hecho en la  Universidad Autónoma (UAM), ha sido en  2003 cuando ha puesto en marcha una oficina de Acción Solidaria y creado un Vicerrectorado de Cooperación, en donde se fijan  los objetivos a medio plazo, que llevarán a consolidar la oficina, potenciar las relaciones con otras ONGDs y poner en marcha un Máster de Cooperación para el Desarrollo. Otras universidades, como la  Universidad Complutense, la Universidad del País Vasco y la Universidad Autónoma de Barcelona ya habían dado esos pasos con anterioridad.

Presupuestos básicos de las universidades públicas en  cooperación para el desarrollo:

La Universidad constituye un ámbito privilegiado para el conocimiento, la investigación aplicada, el debate y la difusión del conocimiento. El desarrollo no es simplemente el crecimiento económico sostenido, sino que conlleva otras variables que el PNUD asume en su concepto de Desarrollo Sostenible, como: la igualdad de oportunidades en salud, educación y vivienda; la incorporación de la variable de género y etnia para paliar las desigualdades, los aspectos culturales y medioambientales, la participación democrática y la gobernabilidad. En este concepto amplio de desarrollo y en el nuevo contexto internacional, las universidades y los universitarios tienen  muchas cosas que aportar y una responsabilidad frente a la sociedad nacional e internacional.

La universidad por su ámbito tradicional de actuación es un espacio importante de debate que abarca todas las áreas de conocimiento y cuenta con los medios necesarios para hacer una investigación aplicada en materia de desarrollo, formación de las futuras generaciones para su inserción laboral y para su capacitación como voluntarios o cooperantes.

La Universidad, por los medios materiales y los recursos humanos y por el ámbito de difusión a nivel nacional, puede servir de foro de debate, de denuncia y de acogimiento de múltiples iniciativas y de seminarios como la injusticia, la desigualdad,  la discriminación o la cooperación.

Las universidades españolas deben y pueden ser un sujeto activo en la cooperación al desarrollo y tienen los medios, la experiencia y el profesorado para formar académicamente y en el ámbito de la investigación aplicada a aquellos estudiantes y voluntarios que quieran dedicarse a la cooperación.

Las universidades españolas, aunque con un poco de retraso en relación a Europa, especialmente a las de los países nórdicos y anglosajones, están preparadas para ser  agentes directos de la cooperación, y son unas entidades capaces de promover la solidaridad y de llevar a la práctica proyectos concretos que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de los países en vías de desarrollo.

Las universidades españolas y el Ministerio de Educación y Ciencia, a través de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad Docente (ANECA) y de la Agencia de Calidad, Acreditación y Prospectiva de las Universidades de Madrid (ACAP), deben dejar de  establecer diferencias o discriminar negativamente entre la investigación pura y la investigación aplicada, y de considerar que aquella que se hace para la cooperación al desarrollo o para organismos internacionales, como PNUD, BID, Cumbres Iberoamericanas, etc., no es investigación, sino  labor  humantaria o voluntariado.

Propuestas

Las universidades españolas tienen el deber y el compromiso de contribuir a promover, alentar y fomentar estos debates y estas investigaciones sobre América Latina, ya que son la base para un buen diagnóstico y unas  propuestas de políticas públicas sobre América Latina, en materia de cooperación, desarrollo -ecodesarrollo y etnodesarrollo-, realizadas con  trasversalidad de género, étnia e interculturalidad.

El gran reto de las universidades españolas es adecuar sus programas curriculares, sus carreras de grado y de postgrado, de cara a la Convergencia Europea, dentro del proceso de Bolonia, e incorporar  nuevas carreras y Masters, diplomaturas que vayan dirigidos a la formación y a la investigación en América Latina. Esta labor, las coloca en una importante ventaja comparativa con el resto de Europa, reforzada además por la demanda de los alumnos en este tipo de materias, que desde hace más de diez años pretende ser escuchada, sin que se haya  tenido en cuenta hasta ahora.

Las universidades españolas deben promover y alentar las relaciones  institucionales y académicas entre las mismas, para unificar proyectos y programas sobre América Latina, ya sea entre las universidades como con otros agentes sociales, ONGDs, Agencias gubernamentales, empresas y ayuntamientos, con el fin de fijar políticas y agendas de desarrollo, pactadas y consensuadas con el conjunto de la sociedad. Por otra parte el gobierno y especialmente la Secretaría de Cooperación y la Agencia Internacional de Cooperación Internacional (AECI), deberían confiar más en las universidades, en su capacidad instalada,  en su asesoría técnica, en su capital social a la hora de hacer consultorías, diagnósticos, evaluaciones de impacto o investigación aplicada sobre América Latina, a fin de contribuir a diseñar sus políticas de desarrollo nacionales e internacionales.

La relación entre España y América Latina en materia de cooperación, no debería  ser a título individual, con expertos o asesorías concretas de profesionales, sino de forma institucional, de modo que se aprovecharan, mediante convenios generales o cartas de compromiso, los recursos y demás aspectos que caracterizan o especializan a cada Centro o Institución.

Debería haber un diálogo más fluido entre las universidades españolas y latinoamericanas, por medio de la Conferencia de Rectores (CRUE) o de los representantes de alto nivel de todas  y cada una de las universidades, y con la Administración Pública, especialmente con la Secretaría de Cooperación del Ministerio de Asuntos Exteriores, pero también con otros Ministerios que desempeñan acciones de cooperación como los ministerios de Economía, Comercio, Trabajo y Asuntos Sociales, con el fin de fijar planes estratégicos a medio y largo plazo en función de la agenda estratégica de desarrollo.

Sin duda alguna, se debería contar mucho más con las universidades latinoamericanas para establecer  las propuestas de  políticas de becas  y ayudas en función de sus necesidades y no sólo de las españolas. Tendría que haber una mejor coordinación entre la Universidad y la Cooperación  con América Latina, en materia de oferta de grado y postgrado, desde las Fundaciones españolas que dependan de la Cooperación como, la Fundación Carolina,  la FIIAP y de otras instancias del Ministerio de Asuntos Exteriores,  en cuyas fundaciones prácticamente no existe la presencia ni el asesoramiento o  consulta con las universidades españolas y latinoamericanas que, en esta materia, tienen mucho que opinar y que ofrecer.

Por último y ésta constituye nuestra  principal propuesta, es que en el futuro plan estratégico de la Secretaría de Cooperación se debería establecer como prioritaria una línea especial entre las universidades públicas y las entidades públicas de cooperación al desarrollo, con convocatorias especiales, desde la  Administración central, autonómica y Administración local, en lo que se llama cooperación directa o inter-institucional, en temáticas específicas y mediante concurso público, con el fin de contar plenamente con el apoyo institucional de nuestras universidades. Mediante este tipo de cooperación  directa entre España y América Latina se asegura:

a)     La calidad académica  directa y el aval institucional de las universidades en el proyectos de diagnóstico, cooperación, evaluación o formación de larga duración.

b)     La continuidad del proyecto y la seguridad de una gestión eficaz administrativa y financiera entre ambas instancias.

c)     La reducción de costos económicos al no haber “overhead” o tasas de gestión y no tener que pagar a los directores, coordinadores y profesores participantes  españoles por ser funcionarios públicos.

d)     La emisión de un título o diploma  doble España – América Latina  en aquellos proyectos de formación profesional o académica para los beneficiarios latinoamericanos que no pueden salir de sus países, lo que siempre supondría un valor añadido para su incorporación laboral.

Por todo ello se aboga por un nuevo modelo de cooperación directa e inter-institucional entre las universidades y la Administración Pública, y que aquéllas tengan un mayor peso en la gestión del desarrollo y un mayor compromiso con otros agentes de la sociedad civil y con la Administración en el campo de la solidaridad, de la formación, y en general, en la cooperación internacional para el desarrollo con la región.

3) Las  relaciones  económicas  entre  España  y América  Latina:  propuestas  de  acción

José Déniz (Universidad Complutense de Madrid)

1.  Posiblemente una buena manera para iniciar un debate sobre una agenda que pretenda compartir algunas propuestas de acción entre diferentes partes, con la intención de que  tengan una continuidad por lo menos a medio plazo, es la de dejar establecidos, con nitidez y sin suspicacias, algunos supuestos y reglas de juego. En este caso, los referidos a la dimensión económica y sus actores más relevantes en las relaciones entre España y América Latina y el Caribe (ALC). 

Un primer y necesario supuesto se derivará de responder a la pregunta de si efectivamente se quiere construir dicha agenda y, en el caso de responder afirmativamente, plantearse qué se quiere hacer para, entonces, averiguar qué y cómo se puede hacer.

Esto hace necesario que se reconozca y asuma a estos efectos por lo menos dos cosas:

-          a. que, en la actualidad, ambas partes integran ámbitos institucionales y supranacionales cuyas normativas y políticas tienen efectos y condicionan sobre sus capacidades de decisión nacionales. Una de ellas es reconocer que, aunque se examinen las relaciones económicas entre España y ALC, de hecho estas se enmarcan en la Unión Europea (UE) para el caso de España y con los correspondientes procesos de integración subregionales para el caso de los países de ALC.

-          b. que, si bien seguramente hay mucho que compartir y por lo tanto mucho de que beneficiarse mutuamente, existen muy notables asimetrías estructurales (que se expresan en múltiples intereses) que, más allá de la voluntad de las partes, hacen complejo y seguramente conflictivo el diálogo y las negociaciones entre los actores interregionales.

2.  Entre los posibles elementos contextuales que cabe citar sin jerarquizarlos y sólo para ilustrar las relaciones asimétricas existentes entre España-UE y ALC están los siguientes:

- La UE (de la que España es la quinta economía) es el mayor bloque económico del mundo y sus habitantes tienen una media de ingresos ocho veces mayor a la de ALC.

 - La UE, además de tener la mayor proporción sobre el comercio mundial de mercancías, tiene una muy alta concentración del comercio entre sus miembros. Por su parte, el peso del comercio exterior entre la UE y ALC es relativamente muy bajo (del mismo modo que para el caso de España), mientras que el peso del comercio entre Estados Unidos y ALC es bastante mayor y en la última década ha crecido. Por supuesto que, inversamente, el peso del comercio interregional considerado desde la balanza comercial de los países de ALC es mucho mayor, registrándose así otra asimetría entre unas regiones y otras.

- Los países de ALC no sólo no ganan significativamente mercado europeo sino que en muchos casos lo han perdido, tanto por factores de oferta como de demanda, vinculados a la competitividad de la región y a las políticas comerciales de la UE, con marcadas diferencias en la composición de sus relaciones, predominando los productos primarios entre los primeros y los bienes manufacturados y los servicios entre los segundos.

- No obstante lo anterior, la UE es el segundo socio comercial de la región, y el primero con el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), donde también es el primer inversor extranjero y el primer donante de ayuda, sobresaliendo la preeminencia de España.

- Durante los años noventa, a la vez que la globalización se impone y el alcance de las empresas transnacionales se hace dominante, aumenta la liberalización de los flujos comerciales y financieros y se consolidan los bloques económicos regionales, comprobándose como en ALC se incrementa notablemente el comercio intrarregional y los múltiples procesos de negociación, incluidos los de integración subregional y regional, además de hemisférica.  Así es como se firman acuerdos de liberalización preferencial entre la UE y países de ALC, destacando los tratados de libre comercio (TLC) con México y con Chile, y, próximamente, con los países del MERCOSUR, además de los diversos acuerdos suscritos entre EE.UU. y países del área y el impulso para formar la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

- ALC a pesar de aplicar unos programas de ajuste estructural, recomendados por organismos internacionales, en cuyo marco se incluyó un desarme arancelario unilateral emprendido por la mayor parte de los países de la región, continúa siendo el lugar del mundo con el mayor nivel de desigualdad social,  con una enorme concentración de la riqueza, con altos niveles de pobreza y hambre, con altas tasas de desempleo e informalidad en el empleo, con gran debilidad de los sistemas de protección social, con altos niveles de deuda externa, etc., lo que ha incrementado los niveles de corrupción, criminalidad e impunidad, generando una insatisfacción generalizada de la población con sus instituciones y gobernantes, lo que debilita sus posibilidades de gobernabilidad y su capacidad de negociación internacional.

3.  Ante este panorama, breve y parcialmente expuesto, se defiende la idea de que vale la pena elaborar una agenda que pretenda construir y fortalecer acciones compartidas estratégicamente, basadas, entre otros componentes, en las relaciones económicas entre España y ALC. Los siguientes son algunos de los razonamientos y argumentos a favor de esta opinión:

-          Los vínculos regulares, económicos y políticos,  mantenidos entre los países de la actual UE y ALC se vienen intensificando en las últimas décadas, pero adquirieron una  especial relevancia en los últimos años a partir de la primera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y la Unión Europea, celebrada en Río de Janeiro en junio de 1999, seguida por otra en Madrid en 2002 y cuya tercera Cumbre acaba de realizarse en Guadalajara (México) en mayo de 2004, donde asistieron representantes de 58 países (25 de la UE y 33 de ALC) y alrededor de mil millones de habitantes. Unos años antes, estas relaciones estuvieron marcadas por el singular protagonismo de España y Portugal, antiguas metrópolis de la mayoría de los países latinoamericanos y que en 1986 se integraron a la Comunidad Europea.  Tiempo después, gracias al acuerdo original de varios gobiernos, se da inicio a un proceso de reuniones periódicas que se han llevado desde 1991 hasta la fecha en el marco de las llamadas Cumbres Iberoamericanas, que reúne solamente a los Jefes de Estado y Gobierno de América Latina, España y Portugal.

-          De las declaraciones y documentos emanados de estas reuniones se detecta la existencia, por lo menos nominal y formalmente, de unos valores, de unos principios, de un lenguaje y de unas ideas compartidas, que lleva a pensar en que se quiere coordinar acciones en la escena internacional.  Así es como se defiende la necesidad de una asociación estratégica, cuyas dimensiones deben ser la asociación económica, el diálogo político y la cooperación, todo ello basado en principios de igualdad y alianza. Lógicamente, que como trasfondo de esta concordancia aparecen las relaciones con Estados Unidos y sus condicionantes y obligaciones de todo tipo, mientras se negocia el ALCA,  por lo que el estrechar lazos y coordinarse internacionalmente entre la UE y ALC debería entenderse más como un esfuerzo común en términos positivos que como alianza que pueda entenderse en términos negativos hacia otros.

-          Aquí se considera que es desde el reconocimiento de lo anterior desde donde España debe plantear su visión sobre la dirección que deben seguir dichas relaciones con ALC y asumir coherentemente sus acciones, consciente de cual es su peso y su papel en el escenario europeo, mediterráneo y mundial, a la vez de   reconocer y apostar por proyectar a sus relaciones con ALC la visión de lo que coloquialmente se consideran son los valores y principios en los que se fundamenta el modelo europeo de sociedad, donde históricamente han predominado los valores de justicia social (con redistribución de la riqueza) y solidaridad.  En todo caso, esto quiere decir que España debe tener también una política en el seno de la UE que se encuentre en esta sintonía para, entonces, poder ser proyectada en ALC, en un momento en que emerge una UE de 25 países y que está por concretar su primera Constitución y un nuevo reparto de poder institucional. Una UE, en definitiva, pendiente de resolver su peso económico y, sobre todo, político. 

-          Esos vínculos orgánicos y esa voluntad declarada de carácter estratégico de las relaciones entre las partes, a través de la búsqueda de la convergencia de posiciones, tendría que tener para su continuidad el establecimiento de unos marcos y mecanismos institucionales y la definición de proyectos a mediano y largo plazo, con objetivos y mecanismos precisos que sean capaces de encausar dichas relaciones. 

-          Dado que en la profundización de las relaciones con ALC la dimensión económica  es de vital importancia,  España, desde el ámbito de la UE, debería estimular una asociación económica que profundice las complementariedades y busque nuevos espacios y actividades y que sea capaz de avanzar en la instrumentación de los acuerdos de asociación vigentes con México y Chile, mediante la concreción y puesta en práctica de convenios sectoriales específicos; que se concrete el TLC con el Mercosur en el mes de octubre próximo; que además de impulsar la aplicación de los acuerdos de diálogo político y cooperación con la Comunidad Andina y con Centroamérica se inicien las negociaciones de futuros acuerdos de asociación y se avance en las negociaciones con los países del Caribe en el marco del Acuerdo de Cotonú. Todo ello, seguramente, como resultado de estos acuerdos parciales, derivará en un acuerdo de asociación birregional, que podría entrar en vigor en 2010.

-          El acuerdo intercontinental no debe ser un acuerdo de liberalización comercial más, no debe abarcar sólo las relaciones comerciales, debería incluir también otro tipo de relaciones, que aunque muy directamente vinculadas a éstas tienen sus especificidades como, por ejemplo, son los ámbitos científico, tecnológico y educativo.

-          Es lógico y, seguramente, necesario que en toda negociación existan concesiones de ambas partes para definir los compromisos mutuos, pero el problema radica cuando existen marcadas asimetrías entre los actores y la razón principal son las diferencias de poder, como suele objetarse por una de las partes. Lo habitual son las impugnaciones, tanto cuando se negocia una zona de libre comercio o el comercio birregional. Así es como el principal interés de muchos países latinoamericanos (de particular importancia en las negociaciones con el Mercosur) es obtener una propuesta europea atractiva en términos de una mayor apertura del mercado para sus alimentos, limitados por medidas proteccionistas (como subsidios a diversos tipos de cultivo y restricciones sanitarias) que los excluyen. Además, consideran preocupante que con regularidad las concesiones que hacen para lograr incrementar la venta de sus productos agrícolas a la UE incluye el tener que permitir la intervención ajena en sectores estratégicos para el desarrollo.  Por su parte, desde la UE las quejas se dirigen contra las dificultades (incluidas las inseguridades jurídicas) que tienen sus empresas en determinadas actividades, como, por ejemplo, los servicios y el deseo de ampliar su presencia en áreas como la energética y la de productos industrializados, además de tener mayor acceso a las inversiones públicas.

-          España, desde la UE, debería buscar el consenso para enmarcar sus relaciones económicas en la conformación de un nuevo orden internacional que apueste nítidamente por apoyar el desarrollo de ALC, como se reivindica desde diversos foros internacionales, gubernamentales y sociales, incluido los latinoamericanos. Este compromiso serio, que en muchos casos ha dificultado el diálogo, significa conectar con empeños tales como la exigencia de un sistema multilateral efectivo, a la vez que la reforma y revitalización de Naciones Unidas, incluida su democratización y la de otras instituciones (como el FMI, el Banco Mundial y la OMC), siguiendo las orientaciones del desarrollo sustentable (que incluye lo económico, lo social y lo ambiental). Posiblemente esto podría incidir en el crecimiento económico de la región y sería incluso uno de los mejores respaldos a sus instituciones democráticas. Para ello, entre otras cosas, sería necesario marcar como objetivo prioritario el desarrollo integral y la cohesión social, mediante la erradicación de la pobreza, del hambre, de la mortandad y desnutrición infantil, el desempleo y la precariedad laboral; planes de acción concreto que pongan fin a la violencia política y social, consolidando la opción de negociación política como única salida posible a los conflictos; políticas negociadas con los países receptores que hagan posible reconocer la plenitud de sus derechos a los emigrantes; concretar medidas claras para resolver mutuamente el tema de la deuda externa, anteponiendo el derecho al desarrollo de los deudores; etc.

-          Como resultado de las transformaciones que se produjeron en España y la internacionalización de sus empresas, más las transformaciones que se produjeron en la propia ALC y las ventajas de localización que ello produjo, las inversiones directas españolas (IDE) en la última década se incrementaron de manera espectacular, especialmente de parte de los grandes bancos, el sector energético y las telecomunicaciones, convirtiéndose en algunos de aquellos países en líderes en sus actividades. Años después existe suficiente camino recorrido como para recoger aprendizajes para todas las partes implicadas. Entre otros, los que tienen que ver con el papel de los actores de los sectores público y privado, tanto español como latinoamericano. Aquí lo que se quiere subrayar es el apoyo institucional que han tenido muchas IDE, que consistieron en una serie de medidas que supuestamente respondían a una estrategia inversora en el exterior y que se expresaron mediante medidas fiscales, de financiación y de garantía de riesgos, muy similares a las existentes en otros países europeos. En varios casos las negociaciones y algunos conflictos suscitados en estos tiempos se convirtieron en temas de Estado en ALC, que los medios de comunicación recogieron y proyectaron socialmente, creando estados de ánimo en muchos casos desfavorables a la inversión empresarial española y a su comportamiento. Ante esta situación, que requeriría un compromiso diferente de parte de los distintos actores, algunos ven unas mejores perspectivas para las pequeñas y medianas empresas españolas que, por operar en el segmento intermedio del mercado y por su componente horizontal, estarían en mejores condiciones para establecer acuerdos de cooperación empresarial, que al no explotar relaciones de contenido desiguales aportaría beneficio mutuo, lo que crea un clima más propicio. En cualquier caso, entre las posibles políticas e instrumentos que podrían impulsarse estarían el fortalecimiento de la cooperación empresarial, el uso satisfactorio de los convenios internacionales y bilaterales, la homologación de las regulaciones y normativas de los productos, el impulso (desde la UE) de instrumentos de investment partners que permitan financiar la creación de empresas mixtas y la transferencia de tecnología, la creación de una agencia de inversiones y de una red informática iberoamericana, etc., etc.

4.  En definitiva, estos son simplemente algunos elementos para elaborar una agenda. Un mayor conocimiento de las realidades concretas de ALC con toda seguridad permitiría hacer un diagnóstico y unas propuestas más cercanas a las mismas realidades y a su diversidad y complejidad, donde los actores son múltiples y tienen enfoques alternativos. Quizá con alguna imaginación, si la voluntad es modificar el ser, se debe intentar pasar de lo normativo a lo positivo (como ha sido dicho por alguien).

 

4) Las políticas de cooperación con América Latina y el papel de España

Laura Ruiz Jiménez (Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset)

Estas páginas se enmarcan en la propuesta lanzada por la SECIB y el IUIOG para reflexionar sobre la política de España hacia América Latina, concretamente sobre las políticas de cooperación en las que esta región ha tenido siempre un papel muy destacado como receptora de fondos. 

España mantiene relaciones de cooperación al desarrollo con América Latina a través de tres canales distintos: la Unión Europea, la cooperación bilateral y el sistema de Cumbres Iberoamericanas. En esta breve reflexión me interesa centrarme en los dos últimos ámbitos y ponerlos en relación, puesto que el foro iberoamericano ha desarrollado un sistema de cooperación con características particulares que le hacen  superior al de la cooperación bilateral.

Por otro lado, la concepción horizontal del sistema iberoamericano (no siempre asumida pero sí marcada como fundamentación y objetivo) constituye un marco idóneo desde el que relanzar las relaciones de España con América Latina. España debe tener en cuenta que su relación con la región no puede ser planteada como la de una potencia frente a países en desarrollo medios o pequeños, pues estados como Brasil o México requieren otras premisas de partida y otro tratamiento. El espacio iberoamericano resulta también en este caso un contexto apropiado desde el que defender intereses comunes en el ámbito internacional.                                      

1. Cooperación bilateral vs cooperación en el sistema de Cumbres

América Latina ha sido siempre un área preferente para la cooperación al desarrollo de España. La consolidación del país como donante de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) ha ido acompañada de una creciente diversificación de los países beneficiarios, pero Latinoamérica continúa siendo el principal receptor con gran diferencia sobre el resto de destinos ya que concentra prácticamente la mitad de la ayuda bilateral. 

El nuevo gobierno de Rodríguez Zapatero, a través del Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, ha manifestado su voluntad de mantener a Latinoamérica como receptora prioritaria de la AOD española y se ha comprometido a aumentar los actuales fondos de ayuda al desarrollo desde 1700 millones de euros (0,24 del PIB) a más de 5000 para el año 2009 (0,5 del PIB). Este aumento viene impuesto por la necesidad de España de acercarse a los otros donantes de la Unión Europea y para cumplir con compromisos internacionales adquiridos. Queda pendiente, sin embargo, la tarea de mejorar la calidad de la ayuda y de asegurar su impacto sobre la superación de la pobreza, objetivo muchas veces ausente en los programas ejecutados.

Respecto de la calidad de la ayuda española, el último examen realizado por el Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD) en el año 2002 denunciaba su alta condicionalidad (una de las mayores entre los miembros del CAD) vinculada al uso de créditos como parte de la ayuda (créditos FAD y microcréditos) o a la entrega de fondos ligados a la adquisición de bienes y servicios españoles. La evaluación del CAD también cuestionaba la contribución de la AOD española a la reducción de la pobreza cuando sólo una parte mínima de la misma se dirige a los sectores sociales básicos (el CAD recomienda que, al menos, un 20% de la ayuda al desarrollo se destine a éstos). Los fondos de cooperación españoles dedicados, por ejemplo, a la restauración del patrimonio de la época colonial o a la promoción cultural en el extranjero a través del Instituto Cervantes introducen nuevos cuestionamientos sobre los objetivos últimos de nuestra ayuda al desarrollo. 

Otros aspectos mejorables de la AOD bilateral española señalados por el CAD se refieren a la falta de coordinación entre los distintos organismos ejecutores, la dispersión de los proyectos o la falta de sistemas de seguimiento y evaluación. Es en este contexto en el que las Cumbres Iberoamericanas, concretamente el sistema de cooperación articulado en su seno, adquiere trascendencia al haber sido capaz de quebrar buena parte de estos defectos de la AOD bilateral.

El sistema de Cooperación Iberoamericano arrancó en la II Cumbre celebrada en Madrid (1992) cuando los países asistentes se comprometieron a impulsar una serie de proyectos cuyo número y alcance no dejó de crecer desde entonces. Algunos de ellos han llegado a recibir reconocimiento internacional por su calidad y sostenibilidad, como es el caso de los Programas de Alfabetización de Adultos premiados por la UNESCO.

Los mecanismos de cooperación del sistema iberoamericano quedaron fijados en un protocolo de acción aprobado en Bariloche en 1995. El Convenio para la Cooperación en el marco de la Conferencia Iberoamericana estableció un sistema caracterizado por la horizontalidad y corresponsabilidad. Para obtener la aprobación de un programa en el ámbito de las Cumbres, se hizo imprescindible la implicación activa, con fondos económicos o recursos humanos, de tres países iberoamericanos y el posterior aval de cuatro estados más. Se introdujo así la obligatoriedad de articular consensos entre donantes y receptores en torno a cada programa, una concepción que impide la ayuda ligada o los fondos que favorecen más los intereses del país que los concede que los del receptor.

El modelo horizontal y corresponsable del sistema de Cumbres Iberoamericanas contrasta agudamente con las prácticas habituales de la ayuda bilateral y sería un excelente marco para canalizar de forma creciente la AOD española hacia América Latina. Mejorarían así sustancialmente la calidad y el impacto de las acciones emprendidas.

2. Cooperación multilateral

El modelo de cooperación puesto en marcha por las Cumbres, pese a su potencialidad, tiene por el momento importantes limitaciones. En primer lugar, moviliza fondos todavía exiguos. En segundo, la mayoría de los programas aprobados han funcionado hasta ahora financiados casi exclusivamente por España.

Existen, sin embargo, importantes intereses comunes entre los países iberoamericanos que pueden favorecer la puesta en marcha de proyectos de cooperación conjuntos. Para diseñarlos, gestionarlos e impulsarlos, el sistema de Cumbres resulta muy conveniente. El respaldo a la presencia de la cultura iberoamericana en los Estados Unidos o en el mundo o la promoción del uso del español en internet son, por ejemplo, dos objetivos concretos, asequibles y con resultados suficientemente prometedores como para favorecer el diseño de estrategias coordinadas entre varios de sus miembros. Son intereses que pueden movilizar los recursos de varios estados en lugar de que cada uno trabaje en solitario por objetivos semejantes.

Habría que dar el paso que permita convertir el foro iberoamericano en un espacio de promoción de objetivos conjuntos. En lugar de una cooperación al desarrollo fruto de una política bilateral entre dos gobiernos, las Cumbres permiten el diálogo entre varios actores para articular soluciones efectivas a problemas comunes. Pocos foros multilaterales tienen tantas ventajas para aplicar formas de cooperación triangular, en las que los países con más recursos financien los programas y se aproveche la proximidad de problemas y estructuras para promover una buena circulación de técnicos y proyectos exitosos. Esta colaboración resultaría muy interesante, por ejemplo, en el ámbito de la reforma del estado en la que están implicados los países latinoamericanos actualmente. La cercanía de sus sistemas administrativos y los éxitos alcanzados en este terreno por algunos países iberoamericanos puede favorecer el intercambio de experiencias. El camino recorrido por unos será de suma utilidad para los demás.

3. Multilateralismo y Concertación política   

El sistema iberoamericano parece adecuado para desarrollar no sólo proyectos de cooperación conjuntos, sino también para impulsar iniciativas políticas comunes en el sistema internacional. Para España podría resultar conveniente dirigir una estrategia hacia América Latina que se base tanto en las relaciones bilaterales con cada uno de los 19 países como en el establecimiento de una sólida asociación multilateral. En la región existen naciones de peso como Brasil, México o Chile que están trabajando activamente por tener una mayor presencia en el ámbito internacional y desarrollando iniciativas a las que puede sumarse España. La Alianza contra el Hambre y la Pobreza promovida por los presidentes Da Silva y Lagos o la concertación orientada reforzar el papel de Naciones Unidas, son buenos ejemplos de políticas en las que la asociación iberoamericana resulta especialmente conveniente para España.

El sistema iberoamericano aparece también en este ámbito de la concertación política como un buen contexto en el que ubicar las relaciones de España con América Latina. De hecho, la concertación ha sido, junto a la cooperación, pilar central del sistema de Cumbres desde el principio [2]. Aprovechando que las Cumbres son un espacio que reúne a los más altos mandatarios iberoamericanos, las conferencias han sido utilizadas por ellos para mantener encuentros al más alto nivel que han producido avances en la resolución de controversias fronterizas (Ecuador-Perú), han impulsado proyectos conjuntos (polo de desarrollo Chile-Bolivia, 2000) o ha permitido la realización de declaraciones consensuadas en torno a diferentes asuntos.

En cualquier caso, la posibilidad de establecer agendas comunes en temas de cooperación y concertación política no debe llevar a pensar que existe la posibilidad de crear una Comunidad Iberoamericana que funcione como un actor internacional con posiciones homogéneas. Aunque en el pasado se hayan logrado importantes avances en la concertación política, también se han producido sonoros desencuentros entre los países iberoamericanos que muestran bien los límites de la asociación. Existen algunos intereses tan opuestos entre las dos regiones implicadas en el sistema, que resulta difícil pensar en una unidad de acción; las crecientes denuncias de los países latinoamericanos contra la política agraria de subvenciones practicada por la UE ilustra muy bien este punto. Pero ni si quiera en el interior de cada uno de los bloques regionales que integran la CIN hay homogeneidad en los posicionamientos internacionales: la pasada intervención en Irak o el trato concedido a Cuba evidencian la existencia de profundas divisiones.

Pensar en una Comunidad Iberoamericana que actúa al unísono en el ámbito internacional no resulta realista, pero el espacio iberoamericano sí puede ser un útil foro desde el que impulsar determinadas estrategias y posicionamientos comunes. El  gobierno de Rodríguez Zapatero ha señalado su intención de renovar sus relaciones con América Latina y hacerlo desde la cooperación y la horizontalidad. Para este objetivo el sistema iberoamericano puede resultar un marco adecuado en el que España promueva iniciativas o se sume a los proyectos impulsados por otros socios latinoamericanos.

4. Adaptar el sistema de Cumbres Iberoamericanas a nuevos  objetivos

Si se acepta que el espacio de Cumbres es un marco adecuado para la promoción de proyectos de cooperación y de iniciativas políticas conjuntas, será necesario introducir en él ciertos cambios puesto que fue creado con otros objetivos y se encuentra en la actualidad sumido un una fase de marcado agotamiento.

El sistema iberoamericano comenzó muy pronto a recibir críticas referidas a su escasa trascendencia política y a su carácter excesivamente retórico. Esta situación es consecuencia directa de la falta de objetivos claramente fijados y del hecho de que cada reunión se cierra con una Declaración Final, un documento no vinculante que es poco más que una largo listado de principios y deseos. Las declaraciones recogen las múltiples aspiraciones de los miembros, se refieren a problemas de imposible resolución en el ámbito de las conferencias iberoamericanas como el control de los flujos financieros internacionales o la renegociación de la deuda y carecen de cualquier plan de acción que ayuda a conseguir los intereses señalados.

Establecer objetivos concretos y claramente definidos y articular  mecanismos de acción para lograrlos haría a las Cumbres menos declarativas y más ejecutivas. Las Conferencias Iberoamericanas no deberían ser un espacio para hacer grandes declaraciones de principios, sino un ámbito en el que desarrollar programas de cooperación y acciones conjuntas concretas. En él deberían elaborarse planes de acción siempre definidos y establecerse los mecanismos que permitan asegurar su aplicación y realizar balances de lo conseguido.

Ajustar el sistema iberoamericano a estos objetivos requiere, por un lado, interrogarse sobre la necesidad de mantener la periodicidad de las Conferencias de Jefes de Estado y de Gobierno, hasta ahora anuales. Por otro lado, implica potenciar las actividades que viene desarrollando la SECIB y que están tratando tanto de ampliar la horizontalidad del sistema como de agilizar los mecanismos de ejecución y control de los proyectos de cooperación.

Un replanteamiento del sistema iberoamericano en el que se afiance la horizontalidad y se de impulso a proyectos conjuntos puede revertir lo que, hasta ahora, ha sido el principal escollo a la consolidación del mismo: la escasa implicación de la mayor parte de los países latinoamericanos en el proyecto.

Cuando en 1991 fue lanzada la idea de crear una Comunidad Iberoamericana de Naciones, se generaron importantes expectativas entre los países latinoamericanos [3]. Era un momento de cambio en el sistema internacional y América Latina se encontraba realizando profundas reformas económicas marcadas por una fuerte apertura comercial. En este contexto, una relación privilegiada con la Unión Europea fue percibida como muy beneficiosa y las Cumbres Iberoamericanas ofrecían la ventaja de reunir a estados de las dos regiones.

Desde mediados de la década de los noventa, sin embargo, el desinterés latinoamericano ha ido en aumento. La Unión Europea ha mostrado claramente su limitado compromiso con América Latina y el diálogo y las relaciones comerciales entre ambas regiones se han canalizado a través de las Cumbres Unión Europea-América Latina que se vienen realizando desde 1999. Por otro lado, el proyecto iberoamericano es visto como una apuesta española y son muy limitadas las expectativas que los países latinoamericanos tienen en este liderazgo. La insuficiente influencia de España en la UE para revertir la falta de interés de ésta por Latinoamérica o su papel secundario en el ámbito de la cooperación avalan esta percepción[4].

Como se viene insistiendo en estas páginas se considera que existen suficientes intereses compartidos por los países iberoamericanos en el ámbito de la cooperación y la concertación política como para impulsar iniciativas conjuntas. Estas iniciativas tienen en el sistema iberoamericano un buen espacio de desarrollo, pero resultará imprescindible establecer en el interior del mismo un liderazgo compartido en el que actúen junto a España países como Brasil, México o Chile.


[1]Los Objetivos del Milenio no son una decision  impuesta de Naciones Unidas, ni de las conferencias de Nueva York, Ginebra etc, nacen del compromiso adquirido de 189 países del mundo entre ellos España.

[2]Cuando el sistema arrancó en Guadalajara en 1991 lo hizo sobre un acuerdo de mínimos, sin organismo permanente para sustentarlo y sin objetivos claros. La primera declaración sólo marcó la voluntad de seguirse reuniendo para construir una Comunidad Iberoamericana de Naciones (CIN) que fuera un actor con peso internacional. Pese a esa indefinición, desde la segunda Cumbre celebrada en Madrid se fue avanzando en dos direcciones precisas: la concertación política y la cooperación al desarrollo.

[3]Las despertó incluso fuera del ámbito iberoamericano, pues países no incluidos en el proyecto como los Estados Unidos o Italia manifestaron su interés por participar, aunque fuera como  observadores.

[4]España ha sido durante la década pasada el 4º donante bilateral para América Latina, pero supone en torno al 6% de los fondos recibidos por la región frente al 20% que representan los EEUU.


2004 Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset