CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año II - Número 5 - Septiembre 2004
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LA IDENTIDAD Y LA GLOBALIZACIÓN.(*)

Ernesto Samper

(*) Documento Presentado por Ernesto Samper, en su calidad de Presidente de la Corporación Escenarios, al IV Encuentro de Expresidentes Iberoamericanos (Alcalá de Henares, julio 1 y 2 de 2004). Parte del texto procede del libro escrito por el mismo autor: Ernesto Samper, El salto global, Editorial Taurus, Junio de 2004.

- El ser latinoamericano

- Informatización, identidad y cultura

- Valores y raíces en América Latina:

- La lengua
- La religión
- La justicia y el derecho


- La ética de los derechos humanos

- Los intelectuales globales y globalizados

- Nacionalismo y movimientismo

- El nuevo proyecto de identidad

- Referencias bibliográficas



"Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que pronto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el bien y el mal sean durables y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya muy cerca."
Miguel de Cervantes Saavedra - El Quijote.

La identidad expresa la cualidad de una cosa para estar en relación con ella misma, aquello que le permite ser como es. Voltaire hablaba de ella como la "mismidad". ¿Quién soy? y ¿a quién pertenezco? son, según Marcuse, las preguntas clave que resumen la búsqueda angustiosa del hombre y de su razón de ser. Y aunque la preservación de una identidad no debe resultar -como piensan algunos- de enfrentarla a otras identidades, sí está claro que necesitamos a los otros para reconocernos, a través del establecimiento de diferencias, a nosotros mismos (Fuentes, 2000). Esta necesidad de afirmar agresivamente la identidad ha llevado a algunos a oponer cultura y globalización y defender la tesis de que el propio concepto de "cultura global" es un contrasentido, en la medida en que es imposible pensar en una memoria universal de experiencias compartidas ya que no existe una reserva global de recuerdos ni un modo global de pensar, ni mucho menos una historia universal en que podamos encontrarnos todos.
Por cuenta de los complejos procesos de interconexión resultantes de una mayor informatización, el auge de las denominadas industrias culturales y el afianzamiento del poder hegemónico que gobierna el mundo después de la Guerra Fría, se abre camino la idea de una cultura única y cosmopolita, opuesta al esquema multiculturalista de convivencia de muchas culturas nacionales, conviviendo juntas y apoyadas en movimientos globales y locales. Cosmopolitismo con ideología única o multiculturalismo con pluralismo ideológico son los dos extremos alrededor de los cuales gira hoy la discusión sobre globalización y cultura. El cosmopolitismo va de la mano del unilateralismo político y la pretensión de imponer un pensamiento único a través de los canales globales de comunicación, la venta masiva de bienes culturales y las cláusulas de condicionalidad impuestas por los organismos multilaterales alrededor de los bienes y servicios relacionados con la cultura.
El mensaje cosmopolitista se confunde con el discurso de la modernidad occidental a partir del falso silogismo según el cual globalización es modernización y modernización es occidentalización. Que la ocidentalización está lejos de poder confundirse con la globalización cultural lo demostraron los rusos al votar en contra de Gorbachov cuando éste, influido por Jeffrey Sachs, trató de poner el mercado como mediador en el secular conflicto entre las diferencias de raíces y valores de la Rusia europea y la Rusia asiática. La confusión entre modernidad y cultura, buscada interesadamente por los cosmopolitistas, ha llevado al rechazo sistemático por parte de los sectores contestatarios de la globalización, de todos los códigos de modernidad sin distingo alguno.
Desde el siglo pasado, América Latina viene apegada a esta interpretación modernizante de la cultura. El pensamiento de José de Vasconcelos de "por mi raza hablará el espíritu", que dominó el debate elitista sobre el papel de la cultura durante la primera mitad del siglo XX, giró precisamente alrededor del dilema entre modernidad y tradicionalidad; la ansiedad latinoamericana por ser o parecer modernos nos ha llevado a entregar valores y tradiciones que las élites de turno consideraban como lastres para nuestras posibilidades de "ser modernos". El hemisferio vive, por cuenta de estas contradicciones seculares, en un limbo de identidad, una hibridación en que las tradiciones no han desaparecido completamente y la modernidad tampoco se ha instalado (García Canclini, citado por J.T. Glinson, 2003).
Esta situación de desidentificación permanente se ve reforzada por el efecto de neutralización cultural producido por la acción de los propios mercados; la apertura de nuevos canales de circulación de bienes, personas e ideas, como consecuencia de la globalización, ha llevado a un desvanecimiento de las culturas nacionales (Walters, citado por Garay, 1999). Algunos autores, como Samuel Huntington, parten de esta estandarización de conductas producida por el mercado para concluir que la homogeneización producida por la libre circulación de cosas, personas e imágenes, redujo las diferencias entre países a la comparación de sus sistemas de valores y raíces. Los rasgos civilizacionales, como factores de nuevo realinderamiento entre países, sustituyeron las diferencias ideológicas que dividían al mundo durante el período de la Guerra Fría.
Mas recientemente, Huntington ha creído encontrar una expresión practica de este conflicto civilizacional en el propio territorio de los Estados Unidos por la presencia cada vez mayor y, según el, mas amenazante de la comunidad hispánica. La llegada de estos migrantes hispánicos, especialmente los mexicanos que ya representan el 25% de la inmigración a los Estados Unidos, estaría dividiendo el país del Norte en dos culturas y dos lenguas. Los migrantes latinoamericanos, constituidos en la principal minoría norteamericana por encima de la minoría tradicional de raza negra, difieren de los migrantes protestantes británicos del siglo XVIII, de los alemanes, irlandeses y escandinavos del siglo XIX y los europeos del este del siglo XX en que no llegaron cruzando el océano ni se están fundiendo con la población nativa, es mas, se comportan como un verdadero enclave cultural identificado por lengua, valores y costumbres que se preservan y reproducen en escuelas y medios urbanos atendidos por hispanos para poblaciones hispanas. . El desafió hispánico será cada vez mayor en la medida en que las tasas de natalidad de los hispánicos duplican la del promedio de los nativos norteamericanos. El panorama que ofrece la consolidación de este comunidad cultural en los Estados Unidos oscila desde los pesimistas que sintetizan su angustia en el grafitti "el último americano en dejar Miami por favor traiga la bandera" y pensamos que esta inyección de migrantes hispánicos transformará para bien la realidad norteamericana para hacerlo un país mas tolerante, más pluralista e inclusive, más alegre.
Las causas de las guerras y los conflictos del siglo XXI, como se ha visto en el desarrollo temprano del nuevo milenio, tendrán relación con las profundas asimetrías sociales derivadas de la insistencia en aplicar un modelo injusto de desarrollo y de estos choques de identidades; unas y otros, amplificados y agravados por una mayor percepción colectiva de las desigualdades sociales y culturales como resultado de la mayor informatización. El "ajuste cultural" que caracteriza el panorama amenazado de las identidades nacionales es, por supuesto, muy distinto al que se produjo durante la Guerra Fría, cuando la ideología determinaba la forma de poder, y éste, la manera de organizar la economía que, a su turno, influía sobre la cultura. En la era global, por el contrario, es la economía la que determina el poder, y éste el que, a través del entramado cosmopolitista, condiciona la cultura.
Paradójicamente, las primeras víctimas del intento de someter comunidades culturales al mandato del pensamiento único son las que habitan en Estados Unidos. La lucha de las comunidades culturales residentes en Norteamérica, como la hispánica por preservar su identidad, ha terminado por producir un fenómeno de atrincheramiento cultural que convierte estas expresiones de identidad en verdaderas contraculturas dentro de una cultura homogeneizante; se reproducen así las mismas distorsiones formadas en muchos países de América Latina como resultado del enfrentamiento entre minorías étnicas o raciales que se oponen a la imposición de una cultura oficial que empieza por desconocer el derecho a ser tratados diferencialmente.
América Latina puede entrar en la globalización por la puerta de atrás y "ser globalizada", o asumir activamente su proceso de inserción en los nuevos escenarios globales. Esta última alternativa empieza por un acto de reflexión sobre sí misma y la búsqueda de nuevos consensos y caminos que se articulen en un nuevo proyecto de identidad. Tan formidable empeño chocará necesariamente con la obsesión mercadista de algunos dirigentes, que los lleva a afirmar su yo por encima de los valores que nos ayudarían a definirnos como una verdadera comunidad ética. No entienden ellos que el mercado no puede sedimentar tradiciones ni crear vínculos entre sujetos que generen nuevas relaciones sociales, y que no trabaja con solidaridades o diferencias porque sólo le importan las rentabilidades (Martín Barbero, García Canclini, citados por Monsiváis, 1977).

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El ser latinoamericano.

El gran reto que nos plantea el reencuentro con nuestra identidad tiene mucho que ver con el ser latinoamericano; los latinoamericanos constituimos una subcultura que participa de algunos principios del sistema occidental de valores como la separación de la autoridad terrenal de la autoridad espiritual; la afirmación del poder de la ley en la organización de la sociedad, el pluralismo social y la democracia representativa; también encarnamos valores auténticos como la solidaridad social resultante del sentido colectivista tribal, la prevalencia del concepto de Nación sobre el de Sociedad y la justificación mesiánica de nuestro destino y nuestros actos.
América Latina es una gran fragua étnica que le ha permitido en el transcurso de los años amalgamar blancos e indígenas en el mestizaje, fundir por medio del mulataje mestizos y negros, y servir de punto de reencuentro hispánico de los andaluces, los vascos, los catalanes y los castellanos americanos. La anécdota del ojo negro que le pusieron al cadáver de Maximiliano para devolverlo completo a Europa, extraído de una virgen de Querétaro porque no pudieron encontrar un ojo azul, ilustra perfectamente el profundo sentido del mestizaje como rasgo latinoamericano distintivo que reúne orillas distintas de la geografía humana y las funde en alianzas raciales. Con algún escepticismo sobre esta realidad, el Libertador, Simón Bolívar, afirmaba que resultaba imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos cuando la mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el africano y éste con el indio y con el europeo. Y cuando, a pesar de haber nacido todos del seno de una misma madre, nuestros padres difieren en su origen y en su sangre, son extranjeros y completamente distintos en su epidermis.
Sometidos a la violenta tensión del mestizaje, los criollos se preguntan quiénes son y a qué cielo tienen derecho. El ser latinoamericano se expresa a partir de una América que fue conquistada antes que descubierta, esclavizada antes que reconocida, y reglamentada antes que comprendida (Massur, citado por Houellebecq, 2000). Como la famosa danza boliviana de la diablada, en que las máscaras identifican simultáneamente las contradicciones entre indígenas y blancos, la gran fragua étnica latinoamericana permitió la síntesis perfecta entre conquistadores y conquistados en una aleación que difiere considerablemente del melting pot norteamericano, ese crisol donde las razas se purifican o se destilan sin mezclarse. La fusión étnica no altera, sin embargo, las diferencias de clases. El cholismo peruano, por ejemplo, enfrentado a los blancos y a los chinos, expresa no solamente una peculiaridad étnica, sino verdaderas diferencias sociales y económicas que tienden a coincidir con identificaciones culturales. En América Latina se vive con intensidad la separación de razas por clase y no de culturas por raza, como en Europa. Tener resueltas nuestras diferencias étnicas ha contribuido a realzar la importancia de otras características determinantes de nuestra idiosincrasia. Nuestra lucha por la identidad se confunde con las luchas por la tierra y el espacio ya que nuestras diferencias son más espaciales que étnicas, como las que existen entre la América andina y la costeña. La primera, introvertida, metódica, sentimental; la segunda, creativa, descomplicada y, en la Costa Caribe, mágica.
El mesianismo también ayuda a definir el ser latinoamericano, bien porque adopte la forma de un providencialismo que convierte el subcontinente, como sostiene José Mármol, en "el escenario de la obra de Dios mismo" o porque reafirma un sentido de predestinación que permitió a Vasconcelos hablar de la "raza cósmica". Nuestra verdadera tragedia es que la suma de nuestras esencias nacionales no produce una esencia latinoamericana, un sentido de "latinoamericanidad" en el sentido exacto de la palabra.
Nos hemos pasado demasiado tiempo bailando al ritmo de nuestras dos obsesiones inclaudicables, la fiesta y la muerte lo cual explica por qué nos hemos convertido en grandes exportadores de sentimientos a través de películas y telenovelas. Es bien conocido el caso de la telenovela mexicana Los Ricos también lloran, que llevó a decir a muchos televidentes rusos, llorosos, que Verónica Castro, como icono de este continente, era tanto o aun más importante que el Libertador, Simón Bolívar.
La novela contemporánea latinoamericana constituye un aporte a la idea global de lo telúrico y de lo mágico en un continente donde, como afirma Juan Rulfo, lo mágico no son los autores, sino la existencia de lectores. El dilema fundamental, planteado en la novela de Facundo de Domingo Sarmiento, entre la civilización y la muerte, es nuestro auténtico y principal dilema; a nombre del miedo que nos produce la muerte y la necesidad de vivir civilizadamente, se han cometido en el continente las más crueles expediciones "civilizatorias"; por parte de dictadores y usurpadores que han perpetrado las más horrendas masacres en nombre de unos principios que no nos pertenecen.
Con la solitaria excepción del cine cubano, nuestro cine divierte, pero no transmite modos de vida ni normas de conducta, como sí lo hace el de Hollywood, la más exitosa máquina de lavar cerebros que haya conocido la humanidad en toda su historia. Nuestro cine es sentimental y contagioso, todos los latinoamericanos llevamos un pedazo de Cantinflas adentro y lloramos con la reiteración del mensaje de la expiación sin consecuencias de obras como El Derecho de Nacer, de Félix B. Caignet. Los latinoamericanos somos "cosmócratas" (Deas), andamos por el mundo en busca de una visión totalizante, despreciamos las partes y su significado y por eso nos equivocamos con demasiada frecuencia armas rompecabezas de identidad no es nuestro fuerte. Los narco corridos mexicanos, las canciones de carrilera antioqueñas o los tangos de arrabal de Buenos Aires expresan este divorcio entre la América oficial y la América sentimental. Como comunidad cultural, repito, estamos amenazados en nuestra identidad por la imposición del pensamiento único, el bombardeo de contenidos a través de la circulación masiva de bienes culturales, la expansión informática, y por nuestra propia incapacidad para reconocernos en el espejo de nuestras raíces.
En medio de este entorno hostil y amenazante, todavía no sabemos dónde están los dirigentes o los intelectuales que pueden emprender esta operación de reencuentro que debe servir de punto de partida para empezar a construir un proyecto regional que enfrente los desafíos globales. La barrera lingüística de Brasil y la explicable lucha de México por defender su identidad amenazada por su nueva relación conyugal con Estados Unidos y Canadá, nos impiden hablar de la existencia de un país-corazón en la región, que pueda liderar este proyecto de identidad para la supervivencia. Todos los países latinoamericanos deben asumir la tarea de esta gran reflexión colectiva que debería convertirse en lo que podríamos llamar un ALCA del alma.

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Informatización, identidad y cultura.

La informatización es el proceso por medio del cual se concreta la capacidad de procesar y transmitir información a bajo costo y alta velocidad; los contenidos de la informatización son, generalmente, códigos de modernidad que cumplen el papel de transmitir conocimientos y destrezas necesarios para actuar en la vida pública contemporánea (CEPAL, 1992). Todos los imperios del futuro serán imperios de la mente, vaticinó Churchill hace medio siglo. Los caminos de la informatización conducen precisamente hacia esta prevalencia hegemónica del conocimiento en la determinación de la economía y la organización de la sociedad misma.
Si alguna cultura global puede llegar a existir en el futuro inmediato, como consecuencia de la globalización, es la cultura digital, que actúa como una formidable fábrica de generación de discursos simbólicos, sonidos, símbolos, íconos, conocimientos, noticias, modas, sensibilidades e imágenes prefabricadas e instantáneas, desprendidas de cualquier subjetividad, que convierten la realidad en ficción y la ficción en algo realizable. Los medios logran que sucesos no simultáneos aparezcan como tales, crean proximidades en la distancia y distancias en la proximidad (Held y McGrew, 2001); actúan como una mega máquina anónima que homogeneiza, reduce las diferencias a igualdades manejables y divide los habitantes del mundo entre los info-ricos y los info-pobres, los informados y los desinformados (Ramonet, 2000). La cultura digital es una cultura desterritorializada, en la medida en que no está anclada geográficamente, como lo estaban las culturas locales o las nacionales; al contrario, esta cultura se expande a través de "no lugares" o lugares placebos como los centros comerciales, los aeropuertos internacionales, los puestos de comida rápida o las superautopistas (S. Latouche, citado por Glinson, 2003).
La nueva forma de organización social, propia de los tiempos de la informatización, es la telépolis donde las centrales de buses, las estaciones férreas y los aeropuertos cumplen el papel que antes cumplían las viejas puertas de las ciudades, las regiones geográficas son los barrios y los tejados de las casas, repletos de antenas y transmisores, las verdaderas fachadas de estas nuevas ciudades virtuales. Y sus habitantes ya no llevan nombres sino números que los identifican ante los bancos, los organismos de seguridad social, las administraciones de impuestos, mientras llegan los códigos genéticos que nos identificaran como seres biológicos. (J. Echeverría, 2002).
El papel de las ciudades en el contexto del espacio no territorializado, cambia; los centros culturales ya no son París o Londres, donde antes vivían los artistas y los intelectuales, sino Miami y los Ángeles, donde residen los cantantes y los actores, que son los nuevos representantes culturales. El papel culturizador que en su momento cumplieron ciudades como la Meca, Jerusalén, Benares, Roma o Santiago de Compostela, al servir de punto de apoyo para la expansión del islamismo y el cristianismo, hoy lo asumen las redes y los terminales informáticos que forman la columna vertebral de la globalización. Vemos el caso de centros urbanos como Sao Paulo y México, que actúan como centros globales culturales de América Latina por el solo hecho de ser nodos comunicacionales de la Red, a través de la cual propagan la cultura digital.
Castells habla de la existencia de dos modelos de informatización: el de info-servicios, propio de Estados Unidos y Gran Bretaña, que extiende la informatización a través de los servicios, especialmente financieros, y el info-industrial, característico de Alemania y Japón, que aprovecha los avances comunicacionales para mejorar la calidad productiva de sus industrias.
A la ceremonia de inauguración de los Juegos de Atlanta acudieron 3.500 millones de tele espectadores; fue el acontecimiento de mayor concurrencia de la historia de la humanidad: nunca antes tantas personas oyeron y supieron tanto sobre el resto del mundo y sus semejantes simultáneamente. Con las autopistas informáticas sucede, empero, algo parecido a lo que acontece con las autopistas reales: el que no logra entrar, queda condenado a circular por vías secundarias, y quien se mete mal o a destiempo, puede resultar atropellado. Al comenzar la segunda década del siglo XIX, los medios de comunicación -el ferrocarril, el telégrafo, los cables submarinos- eran considerados como agentes civilizadores. Mc Luhan fue el primero en acuñar, muchos años después, el término "global" para explicar el impacto de la televisión en la guerra de Vietnam, que convirtió a los ciudadanos-espectadores en actores y víctimas del conflicto televisado. Por contraste, los medios globales del siglo XX, como el transistor, los ordenadores civiles y la internet, fueron inventos nacidos de la guerra y para ser usados en la guerra, y su papel fundamental no es comunicar, sino servir de paradigma de una nueva sociedad dividida según el acceso que se tenga a la información y sus canales, donde los hombres, como dijo bellamente Baudelaire, son como niños perdidos en un valle de símbolos.
En la era digital o "info-lítica", los medios no se limitan a transportar informaciones: los medios actúan, deciden y discriminan. Cumplen el papel atribuido anteriormente al Príncipe como articulador de voluntades colectivas y lo hacen en condiciones de velocidad que eliminan el concepto de demora; el tiempo electrónico se confunde con el tiempo real en un presente permanente. Si la radio demoró 38 años en llegar a sus primeros 50 millones de usuarios, y la televisión, 13 años para llegar a la misma meta, la internet sólo necesitó cinco años para conseguirlo.
Los "grandes" de la globalización ya no son los productores de cosas, sino de códigos virtuales. Si antes la fusión de dos grandes fábricas de automóviles era considerada como un hecho normal del mercado que podía afectar positivamente la vida de los consumidores de carros, la integración de dos mega gigantes comunicacionales puede afectar hoy la cultura de millones de personas, su calidad de vida, su visión del futuro y hasta la estabilidad de los gobiernos que los rigen. Las grandes empresas informáticas han desarrollado una peligrosa confusión entre la libertad de empresa y la de opinión, que crea la falsa ilusión de que el mundo se gobierna a partir de un consenso generalizado administrado por unos cuantos gigantes informáticos. De las 20 empresas que manejan las comunicaciones en el mundo, ninguna tiene origen latinoamericano; 11 de ellas transmiten en inglés, ninguna, en español; el 80% de su facturación está originada en Europa y Estados Unidos y apenas el 5%, en América Latina. Una sola agencia de noticias en inglés mueve 17 millones de palabras al día, mientras que la agencia más relacionada con los países centrales lanza 100.000 palabras de información por día.
A pesar de esta aplastante superioridad, la región tiene la ventaja de ser uno de los más grandes mercados idiomáticos del planeta, lo cual le daría la posibilidad única de desarrollar redes sur-sur que la conecten transversalmente. El número de radios y televisores regionales por 1.000 habitantes -418 y 205, respectivamente-, aunque está por debajo del de los países industrializados -1.060 y 240-, está por encima de los niveles de otros países de similar grado de desarrollo. Si bien es cierto que la región sólo tiene el 3% de los internautas del mundo, también lo es que registra los mayores índices relativos de crecimiento de conexiones en los últimos 10 años, que se explican en que más del 84% de su red de comunicaciones ya está digitalizada. El problema no es, sin embargo, tan sencillo. Las posibilidades de informatización real se encuentran con dificultades como la limitada capacidad de transmisión, altas tarifas relativas de energía y teléfonos, escasez de operadores y servidores, y altos niveles de concentración de conexiones en las áreas urbanas. La mayoría de los países latinoamericanos están lejos de poder ser considerados como "sociedades de redes" en cuanto a equipamiento tecnológico, aprestamiento organizacional y protección normativa.
El verdadero actor de la cultura digital es el hombre virtual que la alimenta y vive de ella y por ella. Como en la película de Johnny Mnemonic, este hombre virtual coincide con el protagonista, que exige periódicamente a su jefe una "restauración" completa para superar la "sobrecarga de datos" que lo agobia; se trata de un ser infeliz cuya memoria digital ha invadido su memoria subjetiva y que ya no vive sentimientos, sino experiencias analógicas. El hombre digital, cuyo padre es el computador, y su madre, la televisión, es un consumidor insaciable de datos y de símbolos; todas las mañanas, cuando se levanta, lo primero que hace es conectarse a la red para quedar ON LINE porque él es, por definición, un sujeto interactivo que proyecta su propia energía vital al manejar a través de la red datos y códigos que le dan sensación de poder pero, sobre todo, de estar vivo. Este yo interactivo pasa sus días en piloto automático, sin sobresaltos pasionales ni cuestionamientos profundos; como si le hubieran hecho una lobotomía en el alma, actúa en medio de un desierto subjetivo de antipensamientos y antisentimientos: no piensa, no siente, actúa, es una terminal humana de la RED.
Para el hombre digital, la realidad del mundo es la que nace de la televisión, él ve, aunque no entienda; el zapping de la televisión actúa como un control mágico para cambiar su rutina. En su mundo onírico de la televisión, hasta los nuevos monstruos, los aliens, a diferencia de los dioses mitológicos que tenían sus papeles muy bien definidos, son peligrosos porque son inestables, indefinidos e impredecibles. En la televisión, al contrario del mundo de los libros, la imaginación va articulando los códigos y las palabras en un discurso coherente, no hay tiempo para reflexiones: lo que se ve es lo que existe. La apoteosis de la virtualidad televisiva son los nuevos programas de "realities", en los que la realidad se trivializa y la vida normal pasa a la condición de subrealidad.
Existe una estrecha relación entre oportunidades de informatización y posibilidades de realización democrática. Así lo entendieron los países no alineados cuando abrieron, hace algunos años, en la Unesco, el debate sobre la necesidad de un nuevo orden comunicacional en que la democracia de los cañones fuera sustituida por la democracia de las redes. Esta democracia comunicacional debería garantizar el libre acceso de todos los ciudadanos a los flujos de información que empezaban a circular por el sistema nervioso de la red global. El triste resultado de esta exigencia fue el retiro de Estados Unidos y Gran Bretaña de la Unesco. El debate sobre cultura, democracia y poder sería reabierto posteriormente por el Presidente Mitterand al plantear la necesidad de establecer, en las negociaciones internacionales para un libre comercio global, una "excepción cultural" que otorgara un tratamiento especial a los mercados de los llamados bienes culturales como libros, discos, videos y obras de arte, en razón de su especial contenido como obras creativas. Al oponerse a la propuesta norteamericana de converger todos alrededor de un modelo cultural único, el presidente francés, a través de su Ministro de Cultura, Jack Lang, afirmó que la única restricción a la libre circulación de un bien cultural como un video, un disco o un libro, no puede ser la que ejerza el consumidor al comprarlo o descartarlo, pues resultaba indispensable, por el bien de la humanidad, preservar su aporte al patrimonio ético y estético del mundo.
La cultura digital no se expande, se infiltra a través de la informatización, circula por las redes, llega a los aparatos receptores de televisión, deambula por el internet, lo cual hace difícil regularla normativamente. En 1996, John Perry lanzó su Declaración Ciberespacial de Independencia, en la que invitaba "a todos los gobiernos del mundo industrializado, en nombre del futuro, a dejarnos solos… porque ustedes -agregaba- no ejercen soberanía donde nosotros actuamos ni manera de forzarnos a hacer nada distinto de lo que queramos". Este reclamo, un poco bravucón, de autonomía, es preocupante en la medida en que la expansión de las nuevas tecnologías informáticas ha sido el resultado de la forma absolutamente libre como fueron creadas e implantadas. El hecho de que esta libertad invasiva haya comenzado a traspasar las puertas que separan la intimidad de los ciudadanos de la realidad en que conviven, ha colocado de nuevo en primer plano la necesidad de entrar a regular los flujos informativos.
Los investigadores de Microsoft están estudiando la forma de almacenar en un chip todas las conversaciones, mensajes, fotografías, correos electrónicos y documentos que pueda emitir o recibir una persona durante su vida en lo que podría llegar a configurar auténticos expedientes cibernéticos y genéticos. Los sistemas de control a través de las tarjetas de crédito han probado ser más efectivos para seguirle el rastro a una persona, que los viejos diseños de supervigilancia electrónica, y se complementan con los rayos X de última generación que permiten mirar a través de los cuerpos, los automóviles y las paredes mismas.
La imposición de límites a estas posibilidades de invasión de la privacidad se convierte en uno de los dilemas éticos más importantes de la nueva era global. La normativa comunitaria europea sobre "protección de datos" que obliga a los info-mediarios a requerir el consentimiento de una persona antes de suministrar sus datos personales, se puede considerar un buen comienzo en materia de protección informática. Estados Unidos se resiste a tenerlo en cuenta. Otra materia posible de proteger son las ideas que circulan libre y gratuitamente por internet, cuya restricción es considerada por algunos, con alguna razón, una interferencia nociva en las posibilidades de comunicación creativa de millones de ciudadanos del mundo. Recientemente, una Corte americana se negó a aceptar la decisión de las autoridades francesas de prohibir que a través de Yahoo se difundiera una 'biblia' nazi que constituía una verdadera apología del nazismo. (The Economist, Octubre 2001)
India se puede considerar el modelo más exitoso de aplicación de la informatización para la globalización. Actualmente, un banco multinacional puede economizar hasta el 24% de sus costos de procesamiento electrónico al contratar la ejecución de todas sus operaciones contables en Nueva Delhi. Con la misma forma de contratación, American Express economiza actualmente el 40% del costo de administración mundial de sus tarjetas. Medio millón de trabajadores simbólicos indios llevan récord de recetas médicas, atienden centros de llamadas, digitalizan periódicos y libros y manejan centenares de procesos de aprendizaje a distancia. Sus centros de producción de software hoy producen más de 8.000 millones de dólares al año. Sin embargo, en India reside la mitad de las personas que nunca han realizado una llamada por teléfono en el mundo; allí mismo se ubican los mayores índices de analfabetismo electrónico (The Economist, mayo de 2001).
La conectividad mide los niveles de informatización de una sociedad. Con frecuencia se confunde conectividad con número de computadores por habitante, cuando el nivel de informatización también tiene que ver con la preparación informática de los maestros, la disponibilidad de redes y el acceso en condiciones razonables de precio y calidad a los servicios de energía y telefonía. Más allá, implica la sintonización de las redes informáticas con las redes sociales y económicas de la sociedad informatizada. Entre todas estas redes virtuales existe una interactividad que está regida por el principio de reflexividad, según el cual cada realidad crea su propia virtualidad, que a su vez se convierte en una nueva realidad (Soros, citado por Glinson, 2003); un buen ejemplo de reflexividad fue lo que sucedió con la denominada crisis asiática, cuando las primeras noticias sobre dificultades en algunos sistemas financieros asiáticos, difundidas a través de las redes financieras y amplificadas por la actitud histérica de algunas agencias calificadoras de riesgo, convirtieron una crisis real manejable en una formidable crisis virtual de proporciones inmanejables.
Las deficiencias de acceso a la red generan un déficit digital que mide el grado de exclusión informática. Al conjunto de habilidades y conocimientos digitales con valor productivo se le denomina capital simbólico; a mayor equidad simbólica, más equidad y mayor progreso. América Latina muestra unos índices aceptables de consumo de periódicos, radios y televisores, que contrastan con el decaimiento de sus niveles generales de consumo de otros bienes y servicios en el mercado; mientras la región ha aumentado sus niveles de integración simbólica, ha retrocedido en los de integración real. Los bajos grados de conectividad que miden la brecha digital se deben complementar con otros indicadores como las posibilidades de acceso a los medios de comunicación que mide el nivel de democracia comunicacional y la distribución de la propiedad de estos mismos medios que se conoce como la "equidad simbólica".
En este contexto, la exclusión informática puede llegar a ser más dramática que la propia exclusión social, en la medida en que le niega al ciudadano su acceso al progreso. El 90% de las conexiones a internet en América Latina está concentrado en los estratos altos. Algunos programas como la Agenda de Conectividad de Colombia, el Programa de Enlaces en Chile, los Cafés Internet en Perú o el desarrollo de la informática educativa en Costa Rica, apuntan en la dirección correcta, pero sus resultados son insuficientes. Entre las fortalezas que presenta la región para intentar un esfuerzo sistemático de informatización se encuentran la alta proporción de usuarios de redes unidos por terminal, las posibilidades de acceso universal a medios abiertos, la amplia difusión de la telefonía móvil que ya está sobrepasando el número de teléfonos fijos, el desarrollo favorable de la industria editorial y el hecho evidente de que los latinoamericanos muestran la más contundente evidencia mundial de "querer aprender".
Las diferencias entre países en materia de informatización aumentan la brecha digital y los niveles de exclusión social, inducen procesos de desidentificación cultural y generan un mayor desempleo calificado. Las agendas de conectividad pueden contribuir a mejorar la equidad social, reforzar la productividad, construir ciudadanía y mejorar el buen gobierno, tanto en el nivel nacional como en el local, si no se limitan a aumentar el número de computadores por habitante y trabajan el entorno de mercado, la regulación normativa y el desarrollo de su infraestructura de redes (Chaparro, 2003).
El desafío de la informatización en el caso de América Latina es impresionante si se tiene en cuenta que solamente el 6% de su población se encuentra "conectada". Los trabajadores del conocimiento que deben ayudar en esta tarea no son los técnicos de ayer, ni siquiera los tecnólogos, sino los trabajadores simbólicos (P. Drucker, en The Economist, noviembre 2001), expertos en tecnologías informáticas, programadores, analistas de laboratorios científicos, productores de software. América Latina ha entrado en el mundo de la informatización después de una serie de migraciones culturales masivas que empezaron con las migraciones campesinas hacia las ciudades, continuaron con la invasión fílmica que desplazó la realidad literaria por la realidad electrónica, se expresó nuevamente con el carácter escapista de la migración masiva de las drogas, hasta llegar a la entronización de la televisión, que nos introdujo de lleno en el mundo gobernado por la ilusión de pertenecer. La introducción de la INTERNET es la migración cultural más reciente que nos ofrece el acceso pleno a la comunidad virtual en que ha quedado convertida la nueva sociedad planetaria; en la medida en que la RED se convierta en el soporte virtual de los movimientos contestatarios que recorren el mundo, podríamos comenzar a hablar de una nueva democracia electrónica que enfrentaría los Goliath comunicacionales de la globalización con los miles de David que están tejiendo la red de una globalización alternativa más democrática y más humana.
Los latinoamericanos nos la hemos pasado construyendo paredes; paredes para defendernos de las inclemencias del tiempo, para resistir los ataques de las bestias, para enfrentar los ataques de los corsarios, para asegurar al conquistador frente al conquistado y separar a los pobres de los ricos (Fuentes, citado por The Economist, 2002). El desafío que tenemos por delante es el de construir unas nuevas paredes, invisibles y electrónicas, que nos protejan de las invasiones culturales y de los fantasmas de crisis globales que andan rondando, como virus culturales, por el mundo, a través de sus nuevas redes informáticas.

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Valores y raíces en América Latina.

Como subcultura, América Latina presenta una definida idiosincrasia cultural que tiene su origen en la proyección en el tiempo de raíces profundas que definen claramente su identidad, como la lengua, la religión y el papel jugado tradicionalmente por el derecho y la justicia como anclas del devenir histórico de la región.

La lengua.
Todo hombre, en cuanto habla, se puede considerar como un animal simbólico. Algunos van más allá, al señalar que el lenguaje está dado aun antes de existir (Popper, 2000) o son más parcos, al sostener que el lenguaje es un simple codificador de simbologías (Castells, citado por Glinson, 2003). Los semiólogos y los filólogos están de moda en la medida en que la filosofía ha centrado su mayor interés en el análisis estructural del lenguaje y las revelaciones que pueden resultar de sus interpretaciones sico y socio lingüísticas. La función valorativa del lenguaje es lo que finalmente diferencia a los hombres de los animales. Los animales, que no pueden mentir, no distinguen entre lo cierto y lo verdadero; los hombres, que sí pueden mentir y lo hacen con demasiada frecuencia, han utilizado el lenguaje para justificar las guerras más cruentas y cometer las peores atrocidades. En la era global, además de lenguas, existen muchos lenguajes. Está el lenguaje binario digital compuesto por dos números, el 0 y el 1, para la comunicación electrónica; el lenguaje genético, que expresa los misterios y las combinaciones del genoma humano; están también los lenguajes propios de los computadores y las instrucciones técnicas para el funcionamiento de las máquinas informáticas, y el lenguaje de las marcas con sus palabras universales connotadas: Marlboro, Coca Cola, Adidas, CNN, que se confunden con el consumo de cigarrillos, gaseosas, zapatos tenis o noticias.
El español, en medio de esta torre de Babel de lenguajes, podría llegar a convertirse en una de las lenguas globales del siglo XXI junto con el chino y el árabe, gracias al alto número de personas que lo hablan, el respaldo de una sólida tradición cultural, sus importantes niveles de cohesión interna garantizados por una dinámica red de Academias de la Lengua y la contigüidad territorial de muchos países hispanoparlantes, concretamente en América Latina. El número de personas que hablan un idioma, empero, no es prueba definitiva de su mayor o menor importancia, como lo prueba el hecho de que el 85% de las relaciones internacionales de hoy tenga lugar en inglés, y que las tres cuartas partes de la correspondencia comercial y el 80% de los libros publicados se escriban en la lengua de Shakespeare.
El español está vinculado a los procesos de colonización, conquista y emancipación de América. La atomización lingüística en esta parte del mundo facilitó su implantación que fue consustancial, como en otros casos, al desarrollo del propio imperio. Aunque los Reyes Católicos dispusieron claramente que la nueva evangelización se tendría que hacer en el idioma castellano, muchos misioneros se entregaron de lleno a aprender las lenguas indígenas porque pensaban que el adoctrinamiento en el idioma ibérico podría abrir las puertas para que los nativos se contaminaran de los vicios propios de la corrupción castellana; aprendieron el "nahuatl" en Centroamérica y México, y el "quechua" en el sur, y hasta confeccionaron los primeros catecismos en dichas lenguas vernáculas. Gracias a este bilingüismo, se evitaron tragedias durante la conquista; es conocido el caso de la princesa azteca Malinche quien, sirviendo de traductora a Hernán Cortés, le informó que el pueblo nativo de la región estaba dividido contra Moctezuma y podía conquistarlo fácilmente sin derramar tanta sangre.
Mucha tinta ha corrido por las páginas de nuestra historia desde cuando Jacobo Cromberger recibió de parte de Carlos V el derecho exclusivo de distribuir libros en México como biblias, catecismos y diccionarios; las novelas de caballería estaban excluidas de esta licencia porque podían "calentar las mentes" y "despertar las imaginaciones guerreristas" de los pacíficos nativos de estas comarcas. La influencia de los idiomas locales sobre el español peninsular fue relativamente insignificante y puntual; en el diario de Colón aparecen palabras como "hamaca", "ají" y "cacique". Cervantes empleó "cacao", "caimán", "bejuco", "huracán". Rufino José Cuervo, el gran lingüista americano, pensaba que el español americano se dividiría en lenguas nacionales como los latines provinciales en la época del imperio romano. La historia demostró que afortunadamente no fue así y que más bien el español contribuyó y sigue contribuyendo a la unificación latinoamericana, con diferencias de léxico y regionalismos que no han afectado su estructura fonética común (Moreno, 1993). Las palabras nos permitieron saber los unos de los otros, luego ayudaron a comunicarnos, pero no fueron muy utilizadas en la elaboración de argumentaciones o la construcción de un proyecto común. Atravesadas como piedras en la corriente del río de nuestra historia, las palabras no sirvieron para unir sólidamente las dos orillas (Popper, 2000).
El caso más reciente de la expansión del español tiene que ver con su importancia como hilo aglutinador e identificador de la comunidad hispánica en Estados Unidos, constituida como una verdadera comunidad idiomática de más de 40 millones de personas que representan el 17% de la población norteamericana, unidas por una misma lengua que inicialmente fue un simple factor de aglutinación y ahora, cuando ya existen dos o tres generaciones de hispanoparlantes nacidos en los Estados Unidos, están formando una comunidad bilingüe que comienza a pisar duro política y comercialmente en algunas regiones y ciudades como Los Ángeles y Miami. Las cifras no pueden ser más claras: más de 500 emisoras emiten hoy en Estados Unidos programas en español, que escuchan 30 horas semanales en promedio más de 35 millones de hispanoparlantes. El poder futuro de esta comunidad depende de su capacidad para sacar el español de la casa y meterlo en el debate político, económico o cultural de Estados Unidos. No es, por supuesto, una empresa fácil; la publicidad en Norteamérica sigue siendo pagada en más de un 90% por angloparlantes a quienes la multiplicación de las lenguas no les interesa por razones políticas, culturales y comerciales.

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La religión.
La religión es una de las raíces más profundas de la cultura latinoamericana. Joseph Pérez menciona cómo las espantosas epidemias que vinieron en los barcos españoles que llegaron a estas tierras hicieron pensar a los indios que los dioses, cuyo retorno estaban esperando desde hacía largo tiempo, no solamente no habían regresado sino que, definitivamente, los habían abandonado al enviarles esos intrusos que los estaban destruyendo (Borja y Castells, 2001). Los indígenas aceptaron, sin embargo, y con cierta complacencia, esa nueva religión que excluía los sacrificios humanos a que estaban acostumbrados como ofrenda y predicaba que alguien muy importante, Jesucristo, había sido ya sacrificado en una cruz a nombre de todos. El profundo significado de la religión en nuestra historia de independencia aparece en el episodio de la Virgen de Guadalupe, fusilada por subversiva durante las gestas libertarias de México, y el caso del Cura Quintana, que convirtió en cartuchos para rellenar de pólvora, los edictos que proclamaban su excomunión.
Desde entonces y hasta hoy, el catolicismo latinoamericano -el rebaño más grande de la Iglesia Católica en el mundo- ha sido una idea fuerza en la determinación de la cultura hemisférica, la organización de la sociedad, el desarrollo de su economía y hasta la propia forma de hacer política y ejercer el gobierno. Por algo, el proceso de evangelización de América estuvo acompañado de profundas y saludables discusiones dentro de España y en Europa, sobre la legitimidad de los títulos del imperio para someter a la población pagana que vivía en Latinoamérica, a sus propias convicciones religiosas. El Padre Victoria comparaba a los indígenas, en una hermosa referencia, con las laboriosas abejas que trabajan la miel honradamente, y a los conquistadores con los zánganos que se las quitan utilizando la violencia; Victoria cuestionaba duramente a Sepúlveda por los que este denominaba títulos ilegítimos de la conquista de España, como la creencia de que el pecado justifica privar a un hombre de algo que le pertenece; o la idea de que la debilidad mental de una persona autoriza al gobernante a privarle de sus derechos, o la todavía más discutible tesis según la cual la fe podía ser impuesta por medio de la fuerza.
Aunque la mayoría de los teólogos de la época apoyaba el derecho de la Corona a evangelizar a los nativos a las buenas o a las malas, y respaldaba sus mandamientos ejecutivos orientados a conseguirlo como las bulas alejandrinas y las leyes de Burgos, todos coincidían en afirmar la condición del indio como "encomendado" y no como esclavo. Carlos V, amigo cercano de Fray Bartolomé de las Casas, promulgó las Leyes Nuevas de Indias, que terminaron con la esclavitud de los indios y dispusieron el término de las encomiendas cuando murieran los encomenderos, para ampliar los espacios coloniales de libertad. En esos tiempos se hizo famosa la Junta de Valladolid de 1550, por la disputa sostenida entre el Padre de las Casas y el Padre Sepúlveda alrededor de los derechos humanos de los indígenas. Victoria, Suárez y De las Casas fueron los verdaderos precursores de una ética colectiva basada en los derechos humanos como la que está abriéndose camino en el caso de la globalización contemporánea. Tomás Moro, en un tono más despectivo, por supuesto, desarrolló los mismos argumentos unos años después, cuando consideró a los habitantes de esta parte del mundo como unos "buenos salvajes" que debían ser tratados con respeto.
El debate en la Europa no española estuvo liderado por Erasmo de Rotterdam, el intelectual más influyente del siglo XVI quien recuperó las fuentes de la filosofía clásica para el pensamiento teológico de la época y enfrentó con valor la arrogancia teocéntrica del Vaticano, al plantear la necesidad de avanzar hacia una religiosidad antropocéntrica, basada en la imitación de Cristo a través de la cual cada uno establecía, con su conducta cotidiana, sus propios niveles de relación personal con Dios. Los "coloquios" de Erasmo estaban inspirados en la admiración que le producía la figura de San Pablo, el apóstol con mayor visión política sobre el impacto internacional del mensaje redentor de Cristo. Erasmo era en esencia un gran pacifista; la imagen del Papa Julio II entrando con su armadura puesta a Bolonia para someterla por la fuerza, recogida en varias pinturas de la época, le repugnaba. "La guerra sólo es dulce para los que no la conocen", decía, al criticar la actitud belicista de la Iglesia, y señalaba que no había podido encontrar en la Biblia una sola cita que avalara el uso de la violencia. Amigo de Moro, Lutero, León X y Rabelais, Erasmo compartió con los iluministas y los calvinistas de entonces el formidable valor de la fe interior y discrepó con ellos sobre la importancia que le atribuían a la predestinación como razón última de un orden ya establecido, por injusto que fuera.
La Inquisición le cobró al monje holandés sus coqueteos luteranos al colocar toda su obra bajo el Index y, de no haber contado con la protección de algunos influyentes amigos en el Vaticano y las Cortes imperiales, habría corrido la misma suerte de Giordano Bruno, quemado en el campo de las flores de Roma por haber sostenido, contra el Vaticano, que el universo era infinito y una sola cosa, que todos somos cada uno de los otros y que todo es todo lo demás (Briggs y Peat, 1990). Bruno fue el primer mártir de la libertad de pensamiento de la historia moderna.
El discurso de la modernidad que trajeron los protestantes a Norteamérica creó una dinámica social mucho más positiva que el confesionalismo hispanoamericano impuesto por la doble vía persuasiva y disuasiva de la evangelización y la Inquisición. Como resultado de la confusión entre conquista y evangelización, nuestra región pasó directamente del panteísmo indígena, como expresión de una multiculturalidad positiva, al monoteísmo católico, que limitaba la visión del mundo y de su naturaleza. El conformismo con la vida terrenal mientras llegaba el reino de los cielos que predicaba la Iglesia Católica dio origen a la cultura de la sumisión o de la paciente espera, que ha sido identificada como rasgo característico de nuestra propia cultura.
El episodio religioso más sobresaliente de la época de la colonia fue la expulsión de los jesuitas. Las órdenes religiosas cumplieron en la época colonial el papel de integrar las élites locales y actuaron así, prácticamente, como sustitutos de los partidos políticos. Los jesuitas fueron, sin duda, los progresistas de la época; siguiendo a Pico de la Mirandola, plantearon la subversiva tesis de la existencia de una sola religión universal, sincrética, conformada por ritos y valores comunes al catolicismo oficial europeo, el confucionismo de oriente y las religiones nativas de la América recién descubierta. Llevados de esta convicción, los jesuitas celebraban el hecho de que la Virgen de Guadalupe hubiera sido entronizada en un santuario indígena, veían a Santo Tomás predicando el evangelio por las tierras descubiertas por Colón con el nombre de Quetzalcoatl y hasta relacionaron los ritos caníbales nativos con la ceremonia católica de la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo (Paz, 1982). La hipótesis jesuita del sincretismo se puede entender como un primer intento revolucionario por construir una explicación ética global del funcionamiento del mundo y como la semilla del primer proyecto criollo de libertad en Latinoamérica.
El desarrollo de la teoría de la liberación se puede considerar otro gran momento en este largo periplo de la religión a través de nuestra historia; la teoría se vinculó activamente, durante la segunda mitad del siglo XX, a los movimientos que luchaban contra los gobiernos dictatoriales de entonces. La Conferencia Episcopal de León expidió en 1979 una Carta Pastoral que apoyaba la insurrección sandinista contra la dictadura de Somoza; el Congreso Eucarístico de Medellín del año 74 avanzó en el concepto de una Iglesia popular y antropocéntrica, sintonizada con los movimientos sociales del momento: "Dios como el gran silencio, y el hambre como grito que da sentido a ese silencio" (Houellebecq, 2000). El Concilio Vaticano II recogió en sus conclusiones este aporte definitivo de la Iglesia latinoamericana a una concepción más humana del papel de la religión en la construcción de sociedad y ciudadanía; la doctrina social de la Iglesia, así renovada, sirvió de fuente de inspiración programática para los nuevos partidos demócratas cristianos latinoamericanos. Estos y los partidos socialistas, identificados profundamente en el mensaje social, crearon en la región un escenario ideológico particular, distante del espectro tradicional europeo que dividió de manera tajante las alternativas políticas entre la izquierda y la derecha.
La teoría de la liberación, sostenida por Monseñor Helder Camara en Brasil, y el padre Camilo Torres en Colombia, se encuentra con las corrientes marxistas en su crítica a la exclusión social como resultado inevitable de la lucha de clases que para los liberacionistas era una oportunidad para corregir con esfuerzos de solidaridad social y la revisión de los modelos económicos vigentes, la tendencia inevitable hacia el empobrecimiento latinoamericano. De la mano de esas experiencias, la Iglesia latinoamericana debe hoy reencontrar su camino en el escenario conflictivo de la globalización. Y aprovechar el proceso denominado gráficamente como la "revancha de Dios", a través del cual se estaría produciendo en el mundo un regreso a la religiosidad mediante la reinstalación de la fe islámica en Oriente oriental y la fe cristiana en Europa. El proceso de recristianización, en contravía con muchas de las tesis vigentes por parte de Roma, propone volver al hombre como centro de la Iglesia, el viejo mensaje de la Iglesia progresista de América Latina y superar lo que parece estar buscando ingenuamente el Vaticano, que no es modernizar el cristianismo, sino cristianizar la modernidad (Giussani, citado por Kepel, 1991).
América Latina también vive su propio proceso de reinstalación religiosa. Mientras Roma se empecina en sostener el proceso de reconservatización iniciado en la región al terminar los años 70, para "extirpar" los brotes liberacionistas a través del nombramiento de prelados conservadores que defendían tesis retardatarias en relación con la familia, la libertad sexual y los derechos de las mujeres, toda una constelación de nuevos movimientos religiosos, principalmente de origen protestante, invade el continente. Utilizando los medios masivos de comunicación, las nuevas iglesias latinoamericanas, que hoy suman 50 millones de seguidores frente a siete millones de hace 40 años, atraen con sus ritos modernos, la alegría de sus liturgias, las atractivas peregrinaciones internacionales y la capacidad oratoria de tele predicadores como Billy Graham, cantidades de personas jóvenes que buscan en la nueva espiritualidad un escape hacia el futuro o una manera de alejarse del mundo de la corrupción y de las drogas. La miopía en materia de doctrina, de la jerarquía eclesiástica latinoamericana contrasta con el mensaje progresista y valiente asumido por la Conferencia Episcopal latinoamericana (Celam) contra el modelo neoliberal de desarrollo y los profundos efectos disruptivos que está produciendo en la tarea de construir una América Latina más humana, más justa y regida por lo que los mismos prelados en sus cónclaves han llamado "la solidaridad desde abajo" para oponerla a la "solidaridad de los de arriba". El islamismo vive una crisis parecida por razones distintas. Su incapacidad interpretativa de las nuevas circunstancias, su desconocimiento de los derechos de las mujeres y su persistencia en imponer una fe que los jóvenes sólo están dispuestos a aceptar de manera voluntaria, también han dividido y disminuido sus feligreses a lo largo del mundo.

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La justicia y el derecho.
El aumento inusitado de los flujos comerciales por el desmonte de las viejas barreras arancelarias; la necesidad de controlar los flujos de capital que circulan por las venas de la red virtual; el carácter complejo de las nuevas inversiones por parte de las gigantes empresas transnacionales; los desequilibrios de gobernabilidad producidos por políticas monetarias internacionales costosas en términos sociales; la necesidad de proteger la tecnología sin marginar a los países periféricos de los nuevos hallazgos científicos con impacto humanitario; la manipulación genética que permite el alargamiento artificial de la vida después de la muerte; la larga sucesión de sangrientos conflictos armados locales; la extensión de epidemias como la del sida, de cuyas dimensiones bíblicas da fe la población africana devastada; las inundaciones producidas por los cambios climáticos, y los calentamientos planetarios igualmente depredadores; el auge de una economía criminal organizada por cuyos canales subterráneos circulan hoy terroristas, drogas, migrantes ilegales, todos estos hechos, que forman parte de la nueva fenomenología global, plantean la obligación moral para los dirigentes del mundo de acordar unas normas de conducta para regularlos, reprimirlos o, simplemente, manejarlos.
El formidable reto de gobernar la globalización a través de su reglamentación demanda un cambio en el rol que deben cumplir algunos actores tradicionales como los jueces, que ya no podrán seguir actuando como simples intérpretes de normas -la boca a través de la cual habla la ley, según la vieja concepción napoleónica- y deberán asumir, por el contrario, un rol activo de guardianes de una ley que opera dentro de unos contextos sociales dinámicos, caóticos, confusos y cambiantes. En ese escenario del "nuevo derecho", el juez se convierte, en los términos de Kelsen, en un auténtico creador de normatividad y de aplicación de normas jurídicas individuales. La más nítida expresión de este cambio está en el florecimiento de las Cortes Constitucionales, que de manera independiente sintonizan las decisiones legislativas con el espíritu de las constituciones, cuya vigencia social les ha sido encomendada. Este nuevo papel debe ser cumplido por los magistrados sin exceder, por supuesto, su papel de agentes tutelares e imparciales de la seguridad jurídica de las sociedades que los designaron.
Como reflejo de la crisis del sistema representativo y su incapacidad para liderar los nuevos cambios, la judicialización de la política puede conducir a la politización de la justicia marcando un retroceso a las épocas en que, en ausencia de controles ciudadanos institucionalizados, se recurría al castigo judicial de los gobernantes, lo cual llevaba a éstos a concentrar su atención en la elección de tribunales y jueces de bolsillo que legitimaran sus acciones criminales. El sistema de escogencia de los jueces diferencia por ello, y de manera apreciable, el modelo anglosajón del esquema positivista que rige la mayor parte de los países de América Latina. Mientras en el primero los jueces son elegidos atendiendo consideraciones políticas de las cuales se desprenden al entrar a cumplir sus obligaciones como magistrados, en el caso de las carreras judiciales latinoamericanas, el juez se elige a partir de consideraciones objetivas y profesionales, pero son proclives a actuar políticamente cuando asumen sus despachos. En el common- law o derecho anglosajón, el proceso es un instrumento para aplicar políticas públicas y el derecho nace del acuerdo de voluntades; en el civil-law o derecho positivo, las normas procesales se utilizan para solucionar disputas y conflictos que son fuente de creación y aplicación de normas jurídicas sustanciales. A este hecho se suma el fenómeno muy latinoamericano de inflaciones legislativas que terminaron por convertir los sistemas jurídicos de la región en carruajes negros repletos de decretos como el que acompañaba a Benito Juárez para permitirle legislar en medio de la revolución. Muchas veces los latinoamericanos hemos desatendido la máxima bolivariana de "instituciones fuertes sí, hombres fuertes no". En la actualidad, por cuenta de las múltiples reformas neoliberales a las cartas constitucionales -cambiar por cambiar para demostrar que algo se está cambiando- el régimen de responsabilidad política está anarquizado en poderes ejecutivos que juzgan, legislativos que administran y jueces que están legislando.
Aunque la credibilidad de los latinoamericanos respecto a sus sistemas de justicia es una de las más bajas del mundo -apenas un 25% de los ciudadanos consultados cree en ellos-, paradójicamente, la crisis del sistema representativo ha llevado a que la gente se dirija cada vez más, a través de acciones de participación ciudadana como el derecho de amparo o tutela, a los jueces para que les garantice su seguridad jurídica. Por cuenta de la sobrerregulación normativa, los costos jurídicos de un negocio en América Latina equivalen en promedio al 52,7% del producto bruto per capita, cifra muy por encima de los costos en Asia, de 15,8% de su producto bruto per cápita y de los países de la OECD, 9,5%.
La globalización ha añadido nuevos elementos sobre el papel que debe cumplir el derecho. Los arbitramentos internacionales y las normas carcelarias nos ofrecen un buen ejemplo. En la medida en que la competitividad demanda mecanismos de solución de controversias expeditos y confiables, recursos como los arbitramentos los han desplazado, en no pocas ocasiones vulnerando el derecho de defensa de las partes más débiles, las instancias judiciales nacionales. Las tesis de resocialización carcelaria, por su parte, han sido sustituidas por la represión penitenciaria que propone hasta la privatización de las cárceles. El caso de Estados Unidos, al respecto, es particularmente dramático. El sistema carcelario norteamericano se ha convertido en un verdadero archipiélago GULAG, como lo prueba el hecho de que siete de cada 10 presidiarios sean de origen afroamericano y que hoy se encuentre en prisión uno de cada 100 ciudadanos, frente a países como Gran Bretaña, donde la proporción es de uno por cada mil o que una tercera parte de todos los abogados del mundo se encuentren trabajando en Estados Unidos en millones de causas superfluas (Gray, 1999).
Lamentablemente, los hechos prueban que la conciencia jurídica va por detrás de la formación del derecho. Ello explica por qué Estados Unidos ha sido uno de los pocos países que no firmaron el Tratado del Tribunal Penal Internacional de Roma, el instrumento más importante de lucha contra los crímenes globales en materia de derechos humanos, y que el derecho global esté quedando reducido a una caricatura que ha convertido las Naciones Unidas en un policía global que actúa legitimado por consensos episódicos resultantes de egoísmos hegemónicos.

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La ética de los derechos humanos.

América Latina, cuando fue descubierta, era una tierra moralmente sana. Lo cuenta el propio Cristóbal Colón a los Reyes Católicos en el diario del descubrimiento: "Certifico a vuestras altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra. Ellos aman a sus próximos como a sí mismos y tienen un habla la más dulce del mundo y mansa y siempre con risas... y es placer de verlo todo y la memoria que tienen y todo quieren ver y preguntan qué es y para qué" (Cobo, 2002).
El único problema más grave que el discernimiento entre los límites que separan el bien del mal ha sido la utilización arbitraria de esta diferencia para justificar guerras, apoyar intervenciones o legitimar genocidios históricos. La demonización ha sido, a lo largo de los siglos, la disculpa ética perfecta de los fuertes para acabar con el otro, señalado como malo o perverso. El contexto ético de la globalización actual no escapa de este doloroso síndrome. Con el desarrollo del concepto del imperio absoluto de los mercados se ha venido abriendo camino una nueva ética, la del mercado, que está creando confusiones y estragos. Hace muchos años, Rousseau vaticinó que el derecho de propiedad, concebido como algo individual, sería causa de guerras y motivo de mayores sufrimientos; hoy, varios siglos después, con el auge de las nuevas concepciones sobre el valor del mercado, las preocupaciones de entonces siguen vigentes. Los neoliberales tienden a confundir los valores morales con los valores bursátiles, las leyes de la ética con las de mercado, y lo bueno con lo rentable. Al amparo de sus concepciones, florece un concepto de moral transaccional, pragmática y negociable; la diferencia entre lo público y lo privado es superada por la que produce dividendos financieros. En el nuevo esquema, los ciudadanos se convierten en consumidores, la bondad se confunde con el éxito y el viejo concepto de servicio público se acaba cuando lo que importa es producir resultados, no importa cómo ni a qué precio. Los paquetes educativos ofrecidos que permiten elevar la condición de "espiritualidad entrando al mundo de los negocios", o "cómo alcanzar el éxito a pesar de sí mismo" o "ser millonario en pocos días", paraísos virtuales al alcance de tontos y frustrados, son un buen ejemplo de este cambio. Como en el caso de la moral objetiva de Weber, la ética neoliberal se aplica para legitimar moralmente una estrategia productiva que se enfrenta a otras concepciones en las cuales el mercado no es considerado como un fin, sino como un medio, como la concepción japonesa de la "armonía", o la idea china de la economía ("ching chi"), que traduce literalmente la capacidad basada en la confianza de administrar una ganancia. La ética neoliberal afecta profundamente la propia percepción sobre la realización de los derechos humanos al privilegiar derechos de clase, como el derecho a la propiedad, sobre los que tienen que ver con la defensa de la dignidad humana y la calidad de vida.
A esta versión de la ética global se opone la denominada "ética del hacker", la de las personas que se dedican a programar y encontrar nuevos caminos y espacios virtuales en beneficio de la humanidad entera. Los "hackers" no se deben confundir con los "crackers" que son los piratas informáticos; el caso de Linus Torvalds, quien diseñó un nuevo sistema operativo, el Linux, que puso al servicio de la humanidad entera sin contraprestación distinta a que quienes lo utilizarán y pudieran mejorarlo aportaran sus hallazgos a la comunidad beneficiaria del mismo, es un magnifico ejemplo de cómo opera esta nueva moral que algunos enfrentan a la moral protestante que considera el trabajo como un fin en sí mismo y el tiempo como un productor de dinero. "Ninguna persona debe aprender como un esclavo", dijo Platón y esta es la regla de la nueva ética hackeriana. (Pekka Himanen, 2003). El planteamiento es muy consistente con el de Castells sobre la existencia de una sociedad red estructurada sobre un lenguaje binario que divide el mundo alrededor de los conceptos fundamentales de exclusión e inclusión y convierte la cultura en el "gran caleidoscopio de un hipertexto global y electrónico" (Castells citado por Himanen, 2003) del cual quedan marginadas las culturas fundamentalistas y las utopías alternativas.
El mejor antídoto contra la ética neoliberal y protestante es la ética de los derechos humanos. El fin de la Guerra Fría terminó las disputas entre las percepciones economicistas y politicistas de los derechos humanos posteriores a la Segunda Guerra Mundial; entonces la discusión se polarizó entre quienes defendían los derechos económicos y sociales como prioritarios, sobre los políticos, para justificar el incumplimiento de éstos últimos y quienes, al poner la defensa de los derechos políticos por encima de la protección de los económicos, evadían la incómoda discusión sobre el reparto de la riqueza en el mundo. Al terminar la Guerra Fría, los derechos económicos quedaron en lugar privilegiado, pero condicionados a la racionalidad de un nuevo modelo de desarrollo basado en que la economía gobernaba la política. Pocos previeron entonces que los desajustes sociales resultantes de la aplicación de los nuevos paradigmas neoliberales de desarrollo complicarían la gobernabilidad del mundo y volverían a amenazar la vigencia de los derechos humanos.
El debate entre tipos de derechos evoca las discusiones del Siglo XIX, cuando los republicanos franceses se opusieron a la aprobación de los derechos sindicales porque consideraban que la consagración de prerrogativas selectivas a ciertos ciudadanos o minorías de ciudadanos atentaba contra el principio de universalidad de los derechos proclamados durante la Revolución Francesa. La controversia la perdieron los republicanos y desde entonces, y a lo largo del Siglo XX, la evolución del tema estuvo marcada por el reconocimiento de derechos específicos a grupos sociales indefensos. Hasta llegar al año 1948, cuando la Carta de Derechos Fundamentales resumió en una sola compilación la Declaración de los Derechos, el reconocimiento de los derechos económicos, sociales y políticos considerados como capitulares hasta entonces.
En el marco de la globalidad, la defensa de los derechos humanos debe partir de la formación de una nueva conciencia planetaria sobre el propio respeto de la dignidad del hombre global. De lo que se trata no es solamente de universalizar la aplicación de los derechos humanos, sino de crear una nueva conciencia sobre los principios y los valores morales que deben llevar a una nueva conciencia planetaria que finalmente dependerá del modelo de globalización que se adopte entre el modelo neoliberal, definido por la realidad del mercado, los valores de occidente y el pragmatismo económico y el modelo alternativo, resultante de la reinterpretación de viejos conceptos como solidaridad y multiculturalismo y de la propia vigencia de nuevos valores globales como el derecho a la identidad y el desarrollo. El derecho a la identidad, como parte de esta nueva agenda de derechos, es el derecho a la diferencialidad que otorga a todo individuo el grado suficiente de libertad para luchar por sus necesidades. Shijvi distingue entre los derechos a las raíces, que son colectivos, y los derechos a la identidad, que son opciones de vida. Para Sen, el derecho a la identidad supone la posibilidad de cada quien de descubrir su capacidad para elegir las tradiciones en las cuales cree. En la co