CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año II - Número 5 - Septiembre 2004
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LA CUMBRE DE GUADALAJARA (MÉXICO, 2004) Y EL INTERREGIONALISMO EN LAS RELACIONES UNIÓN EUROPEA-AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE.

José Antonio Sanahuja

- La “Asociación Estratégica” birregional y el interregionalismo.

- De Río a Guadalajara: los condicionantes de la “Asociación estratégica” UE-ALC.

- Regionalismo vs. multilateralismo: las negociaciones de la OMC y la cuestión agraria en las relaciones UE-ALC.

- La ampliación: cambios en las prioridades de política exterior de la UE.

- La nueva agenda de seguridad y el antiterrorismo en las relaciones UE-ALC.

- La agenda política de Guadalajara: un compromiso con el multilateralismo.

- Perspectivas para las negociaciones comerciales y los acuerdos de asociación.

- Conclusiones y perspectivas: hacia Viena 2006.

- Referencias bibliográficas 


La “Asociación Estratégica” birregional y el interregionalismo

La aparición de la “Asociación Estratégica” en la I Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Unión Europea-América Latina y el Caribe (Río de Janeiro, junio de 1999) inició una nueva etapa en las relaciones birregionales. En los treinta años de relaciones institucionalizadas que preceden esa Cumbre, se había tejido una tupida red de vínculos políticos y económicos y de carácter transnacional, protagonizados por actores gubernamentales y no gubernamentales. Esas relaciones son el reflejo de valores e identidades compartidos —no en vano América Latina es considerada, en palabras de Alain Rouquié, el “extremo occidente”—, pero también expresan intereses comunes ante el escenario político y de seguridad de la posguerra fría, y las dinámicas de globalización y regionalización que lo han caracterizado.

         Ante esos desafíos, tanto la Unión Europea (UE) como América Latina y el Caribe (ALC) han optado por estrategias regionalistas, como muestran los rápidos avances de los procesos de integración de los noventa. Por ello, se han intensificado las relaciones entre grupos regionales, frente a la tradicional relación bilateral entre Estados, y se han ido estableciendo distintos mecanismos de diálogo político y cooperación regional y subregional, no siempre coincidentes, en los que participan actores gubernamentales, parlamentarios y de la sociedad civil, así como instituciones regionales. En ese contexto se insertan las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno UE-ALC, iniciadas en 1999; las reuniones ministeriales entre la UE y distintos grupos subregionales, iniciadas en 1984 con el “diálogo de San José”; las conferencias entre el Parlamento Europeo y el Parlatino, que comienzan en 1974; o los nuevos foros de diálogo birregional de la sociedad civil. En ese marco “interregionalista”, la agenda se ha ampliado. Durante más de veinte años, las relaciones UE-ALC respondieron a motivaciones políticas como el respaldo a los procesos de democratización, y la solidaridad con partidos, movimientos populares y organizaciones insurgentes en el marco del “ciclo autoritario” de los setenta, y el conflicto centroamericano de los ochenta, que también fue objeto de la atención europea por razones geopolíticas y de seguridad. En los años noventa, por el contrario, las motivaciones principales han sido económicas, y en especial, cuestiones como el acceso a los mercados o los regímenes que regulan los flujos de inversión. Por otra parte, además de las cuestiones internas o bilaterales, el diálogo político y la cooperación se ha extendido a la concertación de las políticas exteriores y la definición de posiciones comunes en los foros internacionales.

Desde 1999, la “Asociación Estratégica” UE-ALC constituye la particular formalización del “interregionalismo” en las relaciones entre la UE y ALC, pero también responde a un fenómeno de mayor alcance. Como señala Haenggi (2000:14), el interregionalismo puede entenderse como respuesta a la necesidad de gestionar, más allá del marco del Estado-nación, la cada vez más compleja interdependencia derivada de la globalización y la regionalización. Al igual que la formación de bloques o grupos regionales, el interregionalismo expresa la tendencia a establecer un sistema global de gobernación “multinivel” en el que interactúan Estados, instituciones regionales, organizaciones internacionales, empresas y actores de la sociedad civil, a través de canales múltiples, incluyendo marcos de concertación de políticas, como la propia “Asociación Estratégica” UE-ALC (Sanahuja 2004a: 81-85).

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De Río a Guadalajara: los condicionantes de la “Asociación estratégica” UE-ALC

En cualquier caso, la configuración institucional de la “Asociación Estratégica” UE-ALC y su eficacia como estrategia para mejorar la inserción en el sistema internacional, depende de factores que pueden ser ordenados en tres niveles: nacionales, regionales, y globales, que están interrelacionados entre sí, pero que es importante deslindar:

-          Factores domésticos, impuestos por estructuras internas de los Estados. A modo de ejemplo, cabe recordar que los márgenes de la negociación comercial entre la UE y ALC a menudo están definidos de antemano por factores como la influencia política de los sectores afectados por las concesiones realizadas.

-          Alcance del regionalismo: las características y el avance de los respectivos procesos de concertación e integración regional, que y expresan la voluntad y son origen de capacidades para la acción exterior común, también explican la pauta de relación entre la UE y ALC. Según Grabendorff (2004: 101), la Asociación Estratégica es “la expresión de la política exterior de dos sistemas de integración regional”, por lo que está condicionada, en lo que respecta a la UE, por su paulatina conformación como actor internacional, lo que también contribuye a la “europeización” de las políticas de los Estados miembros. Respecto a Latinoamérica, los procesos de concertación e integración de los años noventa también promueven una incipiente “regionalización” de su políticas exteriores.

-          La agenda de la seguridad y la economía política global: las dinámicas de cooperación y competencia de la “Tríada”, las tres grandes áreas que presiden la globalización—Europa ampliada, Asia-Pacífico y Norteamérica—, definen el espacio de actuación del interregionalismo en el ámbito económico. En materia de seguridad, dicho espacio está condicionado por los alineamientos estratégicos —en este caso a través de la OTAN y de la OEA, y los equilibrios de poder del sistema internacional, que afectan a la autonomía relativa de las políticas de seguridad y defensa. 

Teniendo en cuenta lo anterior, hay que recordar los importantes cambios que ha experimentado el escenario internacional en el periodo de gestación y en los cinco primeros años de andadura de la “Asociación Estratégica” (1999-2004) para explicar los éxitos y las limitaciones de ese proyecto. . 

La segunda mitad de los noventa fue un periodo particularmente favorable para el desarrollo de estrategias interregionalistas, lo que explica la intensificación de las relaciones UE-ALC, y la propia convocatoria de la Cumbre de Río de Janeiro en 1999. En ese periodo, el fin de la guerra fría ponía en primer término la competencia “geoconómica” por el control de los mercados, lo que añadía atractivo a la integración regional. La ampliación de la UE, con sus desafíos institucionales y sus exigencias de atención al este y al centro de Europa, aún quedaba lejos. Finalmente, se logró cerrar la “Ronda Uruguay” del Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT). Con ello, se definía un escenario previsible de liberalización comercial, y se reducía el coste de la apertura a regiones “no asociadas” a la UE, como América Latina.

Los avances registrados en la integración en ambas regiones, y el lanzamiento de una nueva política de la UE hacia América Latina, aprobada por el Consejo de la UE en octubre de 1994, también han sido elementos clave de ese periodo. Esa estrategia pretendía establecer una “asociación” basada en los acuerdos “de tercera generación” ya existentes, y en nuevos acuerdos “de cuarta generación” con los mercados emergentes de América Latina, que se firman en 1995 (Mercosur), 1996 (Chile), y 1997 (México). Estos últimos incluían diálogo político orientado al fomento de la democracia y los derechos humanos; programas de “cooperación económica avanzada” que reflejaran el mayor avance relativo de estas economías; y como novedad, un compromiso genérico, sin fechas concretas, para establecer áreas de libre comercio. En esa nueva política la UE reconocía explícitamente que se pretendía dar una respuesta estratégica a la iniciativa estadounidense del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), pues la integración con Estados Unidos daría lugar a un efecto “desviación de comercio” dañino para la posición de mercado de la UE en los países que, como México, se integraran en ese esquema hemisférico.

Como se señaló, esas circunstancias favorables ya no estaba presentes cuando la Cumbre de Río oficializa la estrategia interregionalista. Tres factores, en particular, marcan el cambio de escenario: la nueva ronda de negociaciones de la OMC, la ampliación  de la UE, y la primacía que han adquirido las cuestiones de seguridad y el antiterrorismo tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. A continuación se examinarán cada uno de ellos.

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Regionalismo vs. multilateralismo: las negociaciones de la OMC y la cuestión agraria en las relaciones UE-ALC

En 1999 tanto la UE como Estados Unidos ya se habían decantado por el inicio de una nueva “ronda” de negociaciones comerciales de la OMC. En la práctica, esta apuesta multilateral suponía subordinar las negociaciones comerciales con América Latina a lo acordado en la OMC. De hecho, desde 1999 las estrategias interregionalistas ¾sea el proceso del ALCA o el Acuerdo UE-Mercosur¾ han estado condicionadas por los avances y retrocesos de la “ronda de Doha” de esa organización, y estos, por la evolución de la negociación agrícola, que se ha mostrado muy difícil. Esa opción multilateral se relaciona con el “ciclo político” comunitario, pues debe mucho a la Comisión Prodi (1999-2004), que tomó posesión sólo tres meses después de la Cumbre de Río, y que ha mostrado menos interés en América Latina que las anteriores Comisiones Delors y Santer.

La preferencia por el marco de la OMC no ha impedido que la UE firme “Acuerdos de Asociación”, que incluyen áreas de libre comercio, con México (2000) y Chile (2002). Estos acuerdos, sin embargo, responden a la necesidad de afianzar la posición de mercado de las empresas de la UE en el marco de los acuerdos de libre comercio que esos dos países también han firmado con Estados Unidos. En contraste, el resto de la región no ha podido optar a ese tipo de acuerdos, los más avanzados. Con Mercosur, las negociaciones han sido lentas y difíciles, debido a la importancia de los productos agrarios “sensibles” en sus exportaciones. El mandato de negociación se aprobó cuatro años después de firmarse el Acuerdo UE-Mercosur, y ha sido necesario “desatascar” la negociación en varias ocasiones. En la Cumbre de Madrid, la UE reafirmó que las negociaciones con Mercosur seguirían supeditadas a la finalización de las negociaciones de la OMC. Respecto a los países andinos y centroamericanos, en 2003 se firmaron nuevos acuerdos que no contemplan futuras áreas de libre comercio. En la práctica, son muy similares a los acuerdos “de tercera generación” a los que sustituían, y quedaban lejos de la aspiraciones de ambos grupos regionales de un “verdadero” acuerdo de asociación. Ambos fueron objeto de duras críticas por parte del Parlamento Europeo (2004a y 2004b), en la medida que expresan las limitaciones de la política de la UE hacia América Latina. Las exportaciones de ambos grupos siguieron sometidas al régimen preferencial no recíproco del “SPG-drogas”, pero ese sistema ha sido objeto de una demanda en la OMC iniciada por India, tras la desafortunada decisión de incluir a Pakistán dentro de ese esquema preferencial como contraprestación por su apoyo en la guerra de Afganistán. Tras la resolución del proceso de apelación en 2004, la validez como instrumento preferencial está en cuestión, ya que la OMC ha estipulado que cualquier país afectado por cultivos de drogas ilícitas podrá acogerse a sus beneficios.

La opción multilateralista, sin embargo, está en entredicho tras el fracaso de la V Conferencia ministerial de la OMC en Cancún, en la que la UE y la mayor parte de los países latinoamericanos, adscritos al “Grupo de los 21”, se encontraron en posiciones enfrentadas debido a la espinosa cuestión agraria (Sanahuja 2004b). Tras ese fracaso, ya no parece posible cerrar la “Ronda de Doha” de la OMC con un amplio acuerdo agrícola en la fecha prevista de finales de 2004. La incertidumbre respecto al futuro de esa “Ronda” ha obligado a reajustar las estrategias comerciales de la UE, de Estados Unidos, y de los países latinoamericanos, y valorar otras opciones de carácter regional o subregional, como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), o las negociaciones UE-Mercosur.

En los meses posteriores a Cancún, el comportamiento de los principales actores en juego se ha caracterizado por mantener el compromiso con las negociaciones de la OMC, pero debido a que se retrasa su finalización, desde 2004 las partes deciden impulsar acuerdos con grupos regionales o países en los que existen mayores intereses. De hecho, en la reunión ministerial del ALCA, celebrada en Miami en noviembre de 2003, y en la “Cumbre de las Américas” de Monterrey, en enero de 2004, se decidió renunciar a la fórmula inicial —la “extensión al sur” del TLCAN—, y Estados Unidos optó por promover acuerdos subregionales con los países afines a su propuesta. En diciembre de 2003 se firmó el acuerdo con Centroamérica (CAFTA) y a lo largo de 2004 se lanzaron las negociaciones con algunos países andinos (Colombia, Ecuador y Perú, en una iniciativa que aísla a Bolivia y Venezuela), y con Panamá, dejando al margen a Mercosur.

         La UE, por su parte, parece también dispuesta a reactivar la vía subregional sin abandonar el compromiso con la OMC. Ello supondría cerrar la negociación con Mercosur a finales de 2004, según el llamado “Programa de Bruselas” acordado en noviembre de 2003, abriéndose expectativas respecto a posibles negociaciones comerciales con los países andinos y centroamericanos a lo largo de 2004 y 2005.

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La ampliación: cambios en las prioridades de política exterior de la UE

En segundo lugar hay que mencionar el desafío de la ampliación en 2004, la más ambiciosa de la historia de la UE, y el proceso de reforma institucional y adopción de la Constitución Europea. En Guadalajara, América Latina y el Caribe se han reunido por primera vez con una UE de 25 miembros, cuyo centro de gravedad ha basculado hacia Europa central y oriental, y que incluye a 10 nuevos Estados cuya relación e interés por América Latina es, en el mejor de los casos, muy tenue. En concreto, el debate en torno a las consecuencias de la ampliación en las relaciones UE-América Latina ha girado en torno a estos asuntos:

-          La menor atención destinada a Latinoamérica, ante el hecho de que las prioridades de estabilidad y seguridad de la UE ampliada se encuentran en las inestables fronteras del espacio ex – soviético o en los Balcanes, en tanto zonas en las que se acumulan arsenales nucleares en situaciones muy precarias; sistemas políticos con gran potencial de inestabilidad; flujos migratorios, actividades ilícitas y actuación de mafias internacionalmente organizadas; conflictos armados y situaciones de post-conflicto que obligan a mantener importantes despliegues de tropas y destinar grandes sumas en ayuda humanitaria y cooperación al desarrollo. La aprobación en el marco de la PESC de las Estrategias Comunes del Consejo para Rusia, Ucrania y el Mediterráneo, y la “Política de vecindad-Europa ampliada” propuesta por la Comisión, reflejan esas prioridades.

-          Por otra parte, los países de la ampliación no han tenido políticas latinoamericanas propias, y a partir de posiciones netamente atlantistas, a menudo tienden a ver los problemas de la región a través de los lentes de Washington, más que de Bruselas o Madrid. En la medida que se incorporen a los órganos y los procesos decisorios de la UE, se producirá un previsible proceso de “europeización” de sus percepciones y políticas hacia la región, pero esa adaptación no será inmediata y podría afectar a los procesos de concertación birregional en asuntos internacionales.

-          En el plano económico, la ampliación supone un efecto “desviación de comercio” que afectaría negativamente a determinados rubros de exportación de América Latina (productos agrícolas de clima templado, acero, manufacturas de tecnología intermedia…). No obstante, este efecto, junto con el mayor flujo de inversiones a estos países, ya se ha producido en años anteriores en el marco de los acuerdos preadhesión. Por otra parte, el desafío que supone la incorporación de países con un importante sector agrícola, como Polonia, y la transformación de sus estructuras agrarias, muy atrasadas, afectará a la definición de la política latinoamericana de estos países, y reduce los márgenes de negociación de la UE en el ámbito multilateral y en marcos subregionales.

Se ha señalado que la ampliación puede ser vista por América Latina como una oportunidad, más que como amenaza. El mercado ampliado de los 25 puede absorber un mayor volumen de exportaciones de América Latina, y en tanto miembros de la UE, los nuevos Estados miembros se convertirán en donantes de Ayuda Oficial al Desarrollo. El fortalecimiento de la UE como actor internacional puede contribuir a diversificar las relaciones exteriores de América Latina, y ello puede suponer mayores márgenes de autonomía en su acción exterior. Sin embargo, ello requerirá que la diplomacia, las empresas y la sociedad civil latinoamericana se empleen a fondo.

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La nueva agenda de seguridad y el antiterrorismo en las relaciones UE-ALC

La preeminencia de la seguridad en las relaciones internacionales, que se ha impuesto con la “guerra global contra el terrorismo” iniciada tras los atentados del 11-S en Nueva York y Washington, y su brutal reedición el 11 de marzo de 2004 en Madrid, también ha acelerado la tendencia al distanciamiento y el desinterés de la UE hacia la región. Esa “devaluación estratégica” de Latinoamérica afecta especialmente a los países centroamericanos y andinos, en los que los intereses económicos son menores.

         Las consecuencias de este cambio fueron muy visibles en la Cumbre de Madrid. La Presidencia española de la UE, y en especial el Presidente Aznar, presionó para que la reunión fuera una “cumbre antiterrorista” que respondía más a sus intereses, que a la agenda birregional, lo que provocó que el entonces Presidente de Brasil, Fernando H. Cardoso, rechazara la imposición de la “agenda del miedo” y la “obsesión por la seguridad” frente a la “agenda de la esperanza” centrada en los problemas de la democracia, los derechos humanos, el desarrollo y la lucha contra la pobreza. Los solemnes compromisos antiterroristas de esa reunión, como ha señalado Klaveren (2004: 56), no pueden obviar que en esa materia América Latina no es prioritaria: está libre de armas de destrucción masiva, y no se encuentra en la “vecindad”, por lo que la inestabilidad política derivada de la quiebra del sistema democrático y de las estructuras sociales no es una amenaza; tampoco cuenta con “estados fallidos” en los que pueda anidar el terrorismo, y aparentemente, no constituye ni una base ni un objetivo prioritario de la yihad transnacional que representa Al Qaeda. Los brotes de terrorismo que puedan existir tienen un marcado carácter local.

Sin embargo, entre 2002 y 2004 la comunidad internacional se ha enfrentado a la guerra de Irak, al desastre que ha supuesto la ocupación de ese país, y al empeoramiento del conflicto en Oriente Próximo, y contempla con estupor cómo el proyecto hegemónico que Estados Unidos ha desplegado con el pretexto del antiterrorismo lo convierte en un factor de inestabilidad global, al emprender una política que, lejos de ser la solución frente al terrorismo, se va convirtiendo en parte del problema.

Hay que recordar que uno de los objetivos de la Asociación Estratégica birregional es promover la concertación de posiciones en foros internacionales, por lo que era ineludible que todo ello ocupase un lugar central en la agenda de la cumbre de Guadalajara. Al reunir a los representantes de 58 Estados, casi todos de definición occidental, y aliados y socios de Estados Unidos, la Cumbre constituía una oportunidad para reabrir el debate sobre la estrategia estadounidense frente al terrorismo global, tras la conmoción causada por los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, y debatir si el proyecto unilateral y hegemónico de reordenamiento del sistema internacional emprendido por Estados Unidos responde a los intereses generales de Occidente. 

           Ese debate era importante debido, entre otras razones, a las divisiones causadas por la guerra de Irak en ambas regiones. En particular, la  división de la UE —la oposición a la guerra de Francia y Alemania, y el sometimiento a Washington del Gobierno español—impidió la concertación birregional de las posiciones sobre el ataque a Irak en el Consejo de Seguridad, por lo que Chile y México, ambos opuestos a la guerra, tuvieron que hacer uso de los cauces bilaterales en su relación con Europa (Jenkins 2003). Esos hechos, empero, mostraron el potencial de esa relación. Probablemente, Chile y México no hubieran podido sostener su posición sin el respaldo de países como Francia y Alemania, y para estos, el respaldo latinoamericano fue importante para aislar al “trío de las Azores” e impedir que el Consejo de Seguridad diera cobertura legal a una guerra ya decidida. Finalmente, las expectativas de que se pudieran producir avances en la concertación política birregional aumentaron con el cambio de gobierno en España, que sacó de escena a Aznar y volvía situar a España en el papel dinamizador que solía ocupar en las relaciones UE-América Latina.

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La agenda política de Guadalajara: un compromiso con el multilateralismo 

Estos antecedentes permiten valorar el principal resultado de la Cumbre de Guadalajara, que ha sido el compromiso expreso de los participantes con el multilateralismo y con los principios de la Carta de las Naciones Unidas. Aunque esta cuestión hubiera parecido obvia en otros momentos, tiene una gran trascendencia frente a las pretensiones de imponer un sistema internacional de corte hegemónico, en el que la potencia dominante se abrogaría el derecho a realizar ataques preventivos unilateralmente determinados, y la seguridad internacional estaría en manos de coaliciones ad hoc que dejarían las manos libres al país hegemónico. Frente a estos designios, la Declaración de Guadalajara afirmó otra visión del sistema internacional y su regulación, centrada en el multilateralismo y el papel “central” de Naciones Unidas, con el compromiso de mejorar su eficacia e impulsar su reforma.

         El consenso en torno a estos puntos fue facilitado por la ausencia de los miembros europeos del “trío de las Azores”y de algunos de sus valedores: José María Aznar había sido derrotado en las elecciones generales de marzo de 2004 en España. Tampoco asistieron a la reunión Tony Blair y Silvio Berlusconi, quizás conscientes del aislamiento al que ha conducido su apoyo a Bush. De igual forma, la presencia de líderes como el Presidente de Brasil, “Lula” da Silva, o el recién elegido Presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, han contribuido a afirmar ese enfoque multilateralista. Para este último, Guadalajara también constituía un escenario idóneo para mostrar que España volvía a asumir el papel que habitualmente había ocupado en las relaciones entre la UE y América Latina. Reparando el daño causado por la visita a México del Presidente Aznar en 2003, Zapatero propuso un mecanismo de concertación entre los países de ambas regiones integrados en el Consejo de Seguridad.

Pese a ser parte de la “nueva Europa” del Secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, los países del Este también se sumaron a ese consenso. Quizás su posición se ha atemperado y ya no son tan proclives a defender la política estadounidense ante la debacle iraquí, o quizás América Latina, al ser un escenario secundario en su agenda exterior, no merecía un enfrentamiento intraeuropeo cuando no se había cumplido un mes de la ampliación. Sea por estas o por otras razones, los nuevos socios se sumaron a los consensos de la Cumbre. Ello podría ser interpretado, como hipótesis, como un indicador de un temprano proceso de “europeización” de sus políticas hacia América Latina.

En cierta manera, Guadalajara puso de manifiesto que la administración Bush se encontraba aislada y se enfrentaba a una grave crisis de legitimidad. Ahora bien, se puso especial cuidado para que la Declaración no incluyera ninguna referencia expresa a Estados Unidos, tanto en lo referido a la paz y la seguridad internacional, como en cuestiones en las que las diferencias entre ambas orillas de Atlántico son bien conocidas, como la Corte Penal Internacional, las minas antipersona, o el Protocolo de Kyoto. Tampoco se mencionó a Estados Unidos en el durísimo párrafo en el que se condenan las torturas en cárceles iraquíes, ante las que los participantes se declararon “horrorizados”. De igual manera, Cuba pidió que la Declaración incluyera una firme condena a la aplicación unilateral y extraterritorial de leyes contrarias al derecho internacional, en referencia a la ley Helms-Burton, pero tras un tenso debate, la Declaración no incluyó ninguna alusión a este asunto.

La omisión más llamativa en la Declaración de Guadalajara es el conflicto de Colombia. El Gobierno de Álvaro Uribe logró que esta cuestión estuviera al margen del debate y no se mencionara en la declaración final, aunque ello también ayudó a algunos gobiernos europeos, deseosos de evitar cualquier enfrentamiento con Estados Unidos tras la crisis de la relación transatlántica producida por la guerra de Irak y, en el caso de España, por la salida de las tropas desplegadas en ese país. La posición colombiana es congruente con una política de alineamiento con Washington, que también pretende que la actuación de la UE sea compatible con su política de “seguridad democrática” o, por lo menos, que no la perjudique. Esa estrategia, que explota las divisiones europeas y se beneficia de la debilidad de la PESC, ya logró que el Consejo incluyera a las principales organizaciones insurgentes en la lista de organizaciones terroristas de la UE, y que Francia y el Reino Unido concedieran apoyo antiterrorista, y España, con el gobierno Aznar, otorgó ayuda militar.

Ahora bien, el consenso alcanzado en la esfera política no parece indicar un cambio de posición de América Latina en la escala de prioridades exteriores de la UE. Así lo pone de manifiesto el debate sobre la cohesión social, que era uno de los temas seleccionados para centrar los trabajos de la Cumbre de Guadalajara y de su proceso preparatorio. En este ámbito, al igual que en lo referido a cooperación al desarrollo, es donde se ponen de manifiesto con más claridad la brecha que media entre los ambiciosos objetivos declarados de la “asociación estratégica” birregional, y la parquedad de los medios disponibles. Desde Río hasta Guadalajara, no se ha asignado ni un euro adicional para financiar las metas acordadas, debido a las restricciones presupuestarias motivadas por la ampliación, y las prioridades de gasto relacionadas con objetivos de seguridad y estabilidad en los Balcanes, Oriente Próximo, y Europa Oriental. Junto a las acostumbradas exhortaciones a los países latinoamericanos para que adopten políticas eficaces en la lucha contra la pobreza, la Declaración se limita a proponer un diálogo regional para intercambiar experiencias en este campo. Por parte de la Comisión y el BID, se anunció el lanzamiento del programa “Eurosocial”, heredero de esa “iniciativa social” anunciada en Madrid, con una exigua dotación de 30 millones de euros.

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Perspectivas para las negociaciones comerciales y los acuerdos de asociación       

La Declaración de Guadalajara, junto con las posiciones adoptadas en torno a la Cumbre por portavoces de la Comisión, confirman que la UE no ha abandonado la opción multilateral, pero que al tiempo ha decidido reactivar la vía subregional. El texto contiene un compromiso genérico para avanzar en el marco de la OMC. Al mismo tiempo, se plantea el objetivo de alcanzar un acuerdo “equilibrado y ambicioso” entre la UE y Mercosur en octubre de 2004, antes de que finalice el mandato de la actual Comisión Europea en noviembre de ese año. En un marcado contraste con la posición que sostuvo en Madrid, el Comisario Lamy ha llegado a decir que la UE puede modificar el mandato de negociación —algo a lo que algunos Estados miembros, como Francia, ya se han mostrado opuestos— de forma que no esté subordinado al ahora improbable acuerdo en la OMC.

Esta posibilidad, empero, no se ha planteado en el caso de los países andinos y centroamericanos. En relación a Madrid, la Declaración de Guadalajara es más exigente con estos dos grupos, pues establece dos condiciones previas para que puedan iniciarse las negociaciones. Además de estar supeditadas a la finalización de la “Ronda de Doha” de la OMC, deben partir de un “nivel suficiente” de integración económica regional. Para determinar si se ha alcanzado, se hará una “valoración conjunta” de la integración, que conducirá “en su momento” a las negociaciones.

Esta exigencia ya aparecía en la Comunicación de la Comisión Europea previa a la Cumbre de Guadalajara. Redactada en un tono inusualmente crítico con los procesos de integración de América Latina, expone un hecho obvio: en el actual estado de la Comunidad Andina (CAN) o del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), no está garantizada la libre circulación intrarregional de bienes y servicios, por lo que tampoco es posible negociar el libre comercio con la UE. Pero esa exigencia también revela la frustración de la Comisión, que ha financiado con generosidad el fortalecimiento de las instituciones regionales y el establecimiento de uniones aduaneras, conforme a lo acordado en cada grupo, y que asiste impotente a incumplimientos sistemáticos de los compromisos y calendarios de integración que ambos han adoptado.

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Conclusiones y perspectivas: hacia Viena 2006

La Cumbre de Guadalajara ha mostrado la vitalidad de las relaciones entre la UE y América Latina y el Caribe, en parte a través de un proceso preparatorio en el que se han implicado un gran número de actores, gubernamentales y no gubernamentales, y en particular, de la sociedad civil, aunque ésta no goce del debido reconocimiento. También muestra que esas relaciones, en tanto expresión del “interregionalismo”, contribuyen a definir visiones compartidas y consensos políticos básicos que dan forma a las políticas de los partícipes.

El capítulo político de la Declaración de Guadalajara revela que, pese al asalto de la Administración Bush contra el sistema multilateral, éste cuenta con amplio respaldo por parte de Occidente. Se eludieron los enfrentamientos con ese país, pero la Cumbre confirmó que los errores de Irak están llevando a su gobierno a un creciente aislamiento y a una profunda crisis de credibilidad. Aunque la Declaración queda lejos de la “agenda de paz y seguridad” que reclamó el Parlamento Europeo en el “Informe Salafranca” de 2001, se demostró que la relación birregional puede ampliarse, y contribuir a un sistema internacional más estable y seguro (Fernández 2004).

Las relaciones birregionales, empero, no han jugado el papel que debieran en torno a Colombia, que es desde hace años el peor conflicto armado que afecta a la región. Pese a que las circunstancias del conflicto hacen difícil reproducir la experiencia centroamericana de los años ochenta, el diálogo político birregional puede tener un papel importante para promover un proceso de negociación y, en el futuro próximo, crear condiciones para una paz duradera. 

         En Guadalajara se ha confirmado el importante papel de España en las relaciones birregionales. Para el nuevo Gobierno español, la Cumbre fue una oportunidad para volver a desplegar una política latinoamericana autónoma, aunque fuertemente “europeizada”, pues se desarrolla, en gran medida, a través de la UE, y abandonar la subordinación a Washington que caracterizó al Gobierno de Aznar, sin que ello signifique un enfrentamiento con ese país.

         La Cumbre también ha contribuido a despejar algunas dudas respecto al impacto político de la ampliación, pues permite vislumbrar una “europeización” de las políticas latinoamericanas de los nuevos Estados miembros y una intensificación de las relaciones mutuas, a pesar del desplazamiento al Este de las prioridades de política exterior de la UE.

             En materia de cohesión social, cooperación al desarrollo, y la negociación de los “acuerdos de asociación” aún pendientes, los resultados son más limitados, y expresan los condicionantes materiales de la relación birregional: la falta de recursos para la cooperación, relacionada con la existencia de otras áreas prioritarias; y el incierto contexto internacional en lo que se refiere a las negociaciones comerciales en curso, en las que coexisten opciones regionalistas y un marco multilateral que a pesar de los obstáculos, aún cuenta con el respaldo de la UE. En este ámbito, el principal logro de la Cumbre ha sido confirmar el compromiso para culminar el Acuerdo UE-Mercosur en octubre de 2004. Si este acuerdo se firma, la principal tarea pendiente en la “Asociación Estratégica birregional” será la relación de la UE con los países andinos y centroamericanos, que se enfrenta a la falta de compromiso con la integración de los propios países afectados.

Estos, y otros asuntos tratados, muestran las posibilidades y límites de una “asociación estratégica” que, pese a todo, se ha ido consolidando en sus cinco años de andadura y de cara a la próxima Cumbre, que se celebrará en Viena en 2006.

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Referencias bibliográficas

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