CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año II - Número 4 - Mayo 2004
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LA CIENCIA, LA DEMOCRACIA Y LA GUERRA PARA TERMINAR TODAS LAS GUERRAS.

José Luis Orozco

Prolegómeno: Las Relaciones Internacionales como "ciencia (norte) americana"

1. La desconstrucción de la vieja normatividad internacional

2. La consolidación el nacionalismo empresarial

3. Financieros e intelectuales de guerra

4. La gran ocasión de la paz científica del mundo

5. El giro normativo de la primera globalización

6. ¿Una primera globalización frustrada?

Epílogo: La ciencia pragmática

Prolegómeno: Las Relaciones Internacionales como “ciencia (norte) americana”

Hace más de tres décadas, un grupo disciplinario integrado por investigadores alemanes e italianos y convocado por las editoriales Fischer y Feltrinelli para la elaboración de un proyecto enciclopédico de las ciencias políticas declaró, en el artículo sobre la teoría de las relaciones internacionales firmado por Ellehart Krippendorff y traducido por Maria Attardo Magrini, que la matriz temática de las international relations, tal y como era ya en ese entonces “universalmente adoptada”, tenía como referente, núcleo y titular incuestionable a los Estados Unidos. En principio, Krippendorff rastreaba su origen, sin demasiada precisión, en la fundación del Royal Institute of International Affairs con la terminación de la Primera Guerra Mundial y para responder las grandes interrogantes dejadas en Inglaterra por la resquebrajadura violenta del orden europeo. Con una cierta inercia determinista, la ocupación in crescendo de la vanguardia disciplinaria y académica por parte de los Estados Unidos de frente al juridicismo, el idealismo y el marxismo derivaba de “una posición hegemónica en el capitalismo mundial, sobre todo durante y después de la Segunda Guerra Mundial”. “La ciencia de las relaciones internacionales”, asentaba el autor, “servía, por consiguiente y subjetivamente a la investigación y el análisis científicos de la política internacional, pero objetivamente apuntaba a justificar la posición hegemónica de los Estados Unidos al interior del sistema capitalista mundial  y, por tanto, a su elevación de un baluarte contrarrevolucionario ante el «comunismo internacional»”.[1]

Una condición ideológica como esa no impedía que Krippendorff reconociera entonces que la “ciencia americana” había acumulado “un rico y múltiple material empírico que, a pesar del contexto discutible desde el punto de vista ideológico, constituye un precioso yacimiento de datos indispensables para cualquier análisis científico de las relaciones internacionales”. Con todo, y por su propia génesis excluyente de “una concepción política-económica de la sociedad”, la disciplina era incapaz de “alcanzar la formación de una teoría verdadera y propia”. Su “discusión teórica”, independientemente de la intensidad de su desarrollo, no era sino de “naturaleza clasificatoria” porque debatía sobre modelos formalizados de bipolaridad o multipolaridad, sobre la distinción entre “niveles analíticos” y acudía, según las bogas prevalecientes, “a las teorías de los juegos y los conflictos”. A partir de ese veredicto no podía admitirse otra cosa que el montaje de aquellos modelos en dos teorías plausibles, la una fincada en el viejo principio europeo de la política del poder y representada por Hans Morgenthau y la otra asentada sobre el principio cibernético que Karl Deutsch ponía esos días de moda. Al margen del eurocentrismo de la selección de sus exponentes, esas teorías “de origen no marxista” enfatizaban únicamente las categorías del conflicto y la comunicación, de la expansión y el aprendizaje sin calar ninguna de ellas en la comprensión de “la historia y la economía política del sistema internacional”.

Justamente esa visión de una disciplina desperdigada empíricamente y apenas sostenida teóricamente por pensadores europeos hacía ver a Krippendorff un cuerpo de conocimiento inferior a la ciencia integral de su gran oponente ideológico, el comunismo soviético. Desde una perspectiva simétrica, de inteligibilidad total, poca duda cabía de que así fuera. Ante el biologicismo y mecanicismo del realismo y la “explicación cibernética”, ante los usos arbitrarios de la historia propia y ajena, el sentido de articulación histórica y dialéctica del marxismo contaba con una visión más amplia y de mayor largo plazo. Condenada en última instancia a obedecer una hegemonía y oponerse a un enemigo, esto es, a funciones ofensivas y defensivas simples, la ciencia norteamericana de las relaciones internacionales arrojaba solamente los datos elementales del conflicto, reducibles a la geopolítica. Sus paradigmas esenciales no hacían otra cosa que medir la “expansión tendencial de la esfera de influencia” de los Estados Unidos y a juzgar toda conducta internacional disonante como un mero “aprendizaje patológico” de las naciones, las clases o las élites incapaces de aprender y adaptarse a los flujos de comunicación de las unidades inter-actuantes. Al presentarla de este modo, esa ciencia se circunscribía, por una parte, a dos autores cuya productividad y aceptación (y su concordancia teórica con el razonamiento europeo) no parecía corresponder de ninguna manera al ejercicio de una influencia que trascendiera las conferencias académicas y los salones de clase y, mucho menos, se insertara en la “operación científica” de los círculos de poder.

Una panorámica como la anterior cedía, en primer lugar, al espejismo europeo (y latinoamericano) que  todavía en los setentas veía en la presencia de Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski la primacía intelectual natural de aquellos cuya historia diplomática y tradición realista les conferían el liderato y la sabiduría en los tiempos de grandes confrontaciones mundiales. Aún más importante, esa panorámica omitía bajo el rubro de la teoría a las figuras decisivas de la disciplina atrincheradas nada menos que en los más altos círculos del poder corporativo y militar, Dean Acheson, George Kennan o Paul Nitze, por citar unos cuantos. A ellos, y obviamente no a Morgenthau o Deutsch, era remisible la concepción misma de la guerra fría en función de un complejo militar-empresarial cuya lógica trascendía la vieja razón de Estado. La noción de la Seguridad Nacional, dotada de singular plasticidad empresarial, era igualmente apuntalada por un irregular cuerpo teórico que, desde la teología protestante de Reinhold Niebuhr hasta la tecnología de la guerra termonuclear de Herman Kahn, se movía en parámetros seculares y religiosos cuya imbricación desconcertaba a cualquier analista moderno del exterior. El tránsito de las grandes universidades al Pentágono, de las corporaciones y sus fundaciones filantrópicas al Departamento de Estado, o de éste a los think tanks “de prestigio”, no ofrecía ángulos favorables a la “gran teoría” de las relaciones internacionales. ¿Y para qué la “gran teoría” si los círculos concéntricos del establishment de la política exterior poseían la enorme cohesión del anticomunismo, de la lógica corporativa de las empresas transnacionales y del armamentismo concomitante e imbricado a esa lógica? 

Sin duda, los problemas de la hegemonía mundial y la supresión selectiva de los contendientes ideológicos armados ocupaban la disciplina en los años de guerra fría que se extendían a los tiempos del estudio que comentamos. La estrategia termonuclear y sus modelos, escenarios y técnicas de confrontación militar predominaron en aquélla,  destacadamente desde los años cincuenta hasta los sesenta. Pero si en esa época puede hablarse del florecimiento del realismo a la Morgenthau y de la sofisticación matemática y cibernética en torno a la guerra termonuclear, la “ciencia de las relaciones internacionales” no se reducía entonces, y ahora, por más que la racionalidad, así sea la instrumental, decrezca, a la legitimación intelectual y la preparación operativa para un conflicto sin fin en cuanto determinado por la propia naturaleza humana. Pocas obras como las de Raymond Aron ilustran, por su inicial contacto con la Alemania de los treintas y su posterior y estrecho vínculo con los principales centros norteamericanos de irradiación ideológica y militar, los vaivenes de los énfasis disciplinarios, las combinaciones económicas y las “posibilidades de teoría” que pueden armarse alrededor de una misma concepción del hombre y del conflicto inexorable, prevaleciente en el mundo angloamericano desde Hobbes.

Empero, ni siquiera esa superficial legitimación europea, por lo demás extendida a buena parte de las disciplinas sociales norteamericanas mediante la americanización de los teóricos europeos consonantes, y no al revés, explica las modalidades de un campo de conocimiento que nace insertado en el desarrollo y la consolidación de la hegemonía industrial y financiera estadounidense que ocurre entre los años 1898 y 1918. En secuencia con sus tres períodos previos de expansión, el liberal (1776-1828), el democrático (1828-1865) y el nacionalista (1865-1917), la etapa transnacional que se abre con la entrada de los Estados Unidos en la primera guerra mundial irá acompañada no sólo por aquella tradición expansionista sino por la nueva mística del pluralismo y la ciencia de la corporate-led democracy. Lejos de la anarquía a punto de adjudicarse al sistema mundial dominado por Europa, la relativa neutralidad de la Doctrina Monroe se endurece y flexibiliza financieramente en la Diplomacia del Dólar de William Howard Taft y la Democracia Internacional de los Negocios de Woodrow Wilson. Para hacerlo, ciertamente, acude al momento preparatorio del unilateralismo del Gran Garrote de Theodore Roosevelt. En un primer momento, pues, la organización científica y democrática de las relaciones internacionales será dictada por los directorios corporativos, las oligarquías partidistas y los magnates de la prensa que exaltan la prosperidad acarreada por el corrimiento imperial. No obstante, y ya en un plano superior, deliberativo, planificador, su legitimidad y racionalidad precaria provendrán gradualmente de los cenáculos universitarios ocupados de la política mundial empírica en Columbia o Yale y que auspician en la Harvard de 1912 “la discusión y el estudio cuidadosos de los problemas internacionales modernos”. [^ SUBIR]

1. La desconstrucción de la vieja normatividad internacional

Quien soslaya el ámbito intelectual (o incluso el antintelectual) de los Estados Unidos de la primera y la segunda décadas del siglo XX se expone, ciertamente, a perder las claves históricas decisivas de  la nueva actitud que empieza a centrar el estudio de lo internacional en la noción pragmática y empirista de las relaciones y, con ello, deja atrás los viejos ejes osificados del derecho, la filosofía y la diplomacia acartonada y formalista. Por una parte, el desplazamiento decisivo hacia las relaciones internacionales es favorecido, en un plano teórico, por la conjunción del pragmatismo como filosofía establecida de las élites nacionales y las esperanzas productivas abiertas por una scientific management aplicada entonces en los planos de la industria, las finanzas y, con mayores resistencias, en la política misma. Por la otra, más estruendosa y patriotera, la realpolitik de personajes como Alfred Thayer Mahan deja, con la descripción y prescripción de los primeros pasos navales y militares de la hegemonía  continental y ultramarina, ecos que recuerdan la gran estrategia militar de Carl von Clausewitz y presagian la geopolítica angloamericana que vendrá, al cabo de poco tiempo, con Sir Halford Mackinder. Personajes inevitables en la explicación del nuevo imperio, Mahan y sus discípulos, un conspicuo Theodore Roosevelt  entre ellos, ofrecen no sólo el inconveniente de la política del poder abierta e implacable, por acotada que aparezca en sus corolarios comerciales y especulativos. Y es que sus cálculos y diseños obedecen a una teología geopolítica todavía inconfiable, susceptible de desfasarse y hasta de estorbar a la lógica financiera, industrial e intercambiaria. De allí que, sin prescindir de modo alguno de las coordenadas estratégicas que Mahan ofrece —todo lo contrario—, la nueva ciencia de las relaciones internacionales no puede encomendarse ni al realismo descarnado ni a la teología geopolítica que, por fuerza, sigue en la historia norteamericana las decisiones últimas del Estado y sus hombres fuertes.[2] 

Propuesta primordial del pensamiento político norteamericano, la fundación de las ciencias sociales funcionales a la nueva etapa social y económica opta por el nivel metapolítico de una mano visible y secular, gerencial, que sanciona y orienta el orden favorable de los hechos. La concepción pluralista de los grupos de interés que Arthur Bentley desarrolla en 1908 para fundar la ciencia política registra, como incuestionable novedad, la inserción en su centro de la actividad de la corporación como la actividad social por excelencia en el entretejido plural y organizativo en el plano de la política de presión. En franca y deliberada ruptura con las teorías del Estado y las grandes categorías políticas europeas, los espacios de organización, especialización, deliberación y concertación que abre la actividad empresarial permiten “explicar el todo complejo de la actividad social ubicando en medio de ella la actividad de la corporación, y logrando de tal manera un comienzo apropiado para la interpretación de las líneas estructurales de la sociedad entera”. “La corporación es gobierno de cabo a rabo”, se salta Bentley las viejas convenciones sobre lo público y lo privado. Aunque aparezca como una unidad, la corporación es en sí misma un equilibrio de intereses: su forma organizativa obedece al ajuste de unos intereses contra otros y la propia defensa de los grupos intra-corporativos contra grupos más amplios. Extraordinario universo político intermedio, valga la expresión, la corporación ofrece ya un gobierno diferenciado y plástico “que evoluciona a partir del ajuste” y, por ello, es capaz de irradiar su productividad hacia los extremos inertes de la filosofía política clásica, el individuo y el Estado.[3]

Pero más que hacia la apología de la corporación, la empresa de Bentley conduce a la universalización social de la corporación y sus métodos operativos, competitivos y de presión. Ante la pobreza conceptual y, sobre todo, productiva, que conlleva hablar de la democracia como “gobierno del pueblo” o de la justicia o la libertad, la corporación ofrece la forma organizativa cuya legitimidad han sido validada por el éxito de los negocios norteamericanos. Interiorizar y exteriorizar a escala gubernamental su prodigiosa productividad vuelve impostergable reconocer en principio que “posiblemente hay tantas formas de gobierno corporativo como las hay de gobierno político, y posiblemente esos gobiernos corporativos pueden ser clasificados sobre las mismísimas líneas de los gobiernos políticos”. “La diferencia entre los métodos técnicos, el hecho de que el gobierno político controla las corporaciones, e incluso el hecho de que a veces las corporaciones controlan a los gobiernos políticos”, establece Bentley, “no ofrecen razón suficiente para que sus procesos se excluyan de la alcance que debe darse al mismo vocablo que se usa para cubrir el fenómeno del gobierno político”. A punto de despegar las policy sciences, el ensamblaje necesario de lo empresarial y lo gubernamental se pliega no sólo a imperativos de eficiencia sino de transnacionalización, ambos complementarios en todas sus instancias. Con todo, y a principios de la segunda década del Siglo XX, queda todavía mucho por esperar para que ese rudimentario acoplamiento científico trascienda la generalidad pragmática en torno al concepto del interés nacional reducido por Bentley a mera forma argumentativa partidista para ejercer presión en coyunturas de política internacional.

Quizás el primer gran sondeo en aquella dirección provenga del esfuerzo del joven Walter Lippmann por remontar las confrontaciones y los encajonamientos partidistas que en 1912 parecen cimbrar la política interna y exterior de los Estados Unidos. Anticipando sin duda la antinomia del realismo y el idealismo que encarnarán a lo largo de la década las cercanas figuras de Theodore Roosevelt, republicano, y Woodrow Wilson, demócrata, Lippmann reivindica en 1913 una “concepción dinámica de la sociedad” cuya virtud radica en la inquietud y la aspereza de sus gentes (people) y las “fuerzas intrépidas e incalculables” que ya exigen instaurar mecanismos suprapartidistas, suprademocráticos, paras vérselas con la nueva realidad. “Empero”, declara Lippmann figurativamente, “la nación entera no puede sentarse en una sola mesa”, por más que sus políticos aleguen poder incluir todos los intereses humanos en sus programas. “Con la excepción de los socialistas”, agrega Lippmann con ironía, no hay plataforma alguna y de nadie que satisfaga por igual “a ricos y pobres, negros y blancos, acreedores del Este y granjeros del Oeste”. Una nación separada por diversos intereses “de clase, de sección y de raza” no tiene empero por qué caer en la hostilidad si puede perfeccionar y profundizar su sistema representativo más allá de las fórmulas y las instituciones del Estado unitario y superficialmente democrático. “Una plataforma partidista inclusiva que fusione todo interés es imposible e indeseable”, sentencia el pluralismo pragmático de Lippmann. “Lo que es tanto posible como deseable”, deja en claro, “es que cada grupo de interés deba ser representado en la vida pública, que deba contar con portavoces e influencia en los asuntos públicos”.[4]

“Cuando llegáis a los asuntos internacionales la confusión se multiplica”, escribe Lippmann al año siguiente y cuando ya Woodrow Wilson ensaya sin éxito el internacionalismo liberal ante el “embrollo mexicano”. “Nadie sabe cuánta autoridad tiene nadie en ese país”, postula Lippmann en torno al México de 1914. “Hay toda clase de intereses en conflicto y toda clase de gobiernos en conflicto”. En un giro radical, la cuestión de los derechos nacionales cobra en Lippmann, con toda naturalidad, el de las inversiones corporativas que, en la nueva realidad internacional, habrán de ser las únicas capaces de conceder verdaderos derechos. Con todo, el mismo juego de los intereses convertidos en derechos por la fuerza plantea interrogantes que rebasan toda concepción física y cuantitativa del fiel de la balanza. ¿Qué derechos de intervención conceden las inversiones británicas y hasta dónde se extiende la tutela de los Estados Unidos sobre México? A diferencia de la vieja literatura imperial, de sus pesadas zancadas de poder, Lippmann se confiesa anonadado ahora por la pluralidad misma de lo que el economista Charles Arthur Conant enuncia a principios de siglo como imperialismo informal, fincado ahora en la reorganización monetaria y bancaria, confiado en última instancia en la presión de los créditos y las inversiones.

“El nuevo imperialismo no es un asunto sencillo: posee innumerables escalas de poder”, reconoce Lippmann, y cede la palabra al pragmático radical Charles Beard que, ya entonces, acusa la sustitución del imperialismo territorial por uno guiado por el imperativo de los mercados y las oportunidades de inversión de sus excedentes de capital. “La diplomacia habla ahora de «ocupación efectiva», «hinterland», «esfera de influencia» y «esfera de Aspiración Legítima»”, resume Lippmann el lenguaje aún pobre del nuevo orden mundial. ¿Cómo no hablar entonces del descoyuntamiento entre la anatomía de nuestra política y la anatomía de nuestra vida si, apenas alcanzadas al interior las formas del gobierno popular, “los intereses reales del mundo han desbordado las fronteras y eludido la democracia”? ¿Cómo aplicar a ese orden dinámico del capitalismo internacionalizado “los dispositivos primitivos de los asuntos internos”? ¿O cómo instrumentar un derecho internacional allí donde sólo vegetan “unos cuantos tribunales indiferentes, impotentes”? En un espacio donde no existen visos mínimos de una “democracia cooperativa a escala mundial” no cabe pensar en resolverlo todo “por decreto”, porque tampoco hay constitución democrática alguna que engendre a la democracia por arte de magia.[5] [^ SUBIR]

2. La consolidación el nacionalismo empresarial

En apariencia, la inserción del nacionalismo en las mismas coordenadas del liberalismo y la democracia que The Stakes of Diplomacy, de Lippmann, ofrece en 1915 para allanar el camino de los Catorce Puntos de Woodrow Wilson proyecta, a la par que el gran imperativo de la globalización, una réplica del universo plural (pluriverso) abierto espontáneamente al impulso de los nuevos intereses mundiales. No hay, empero, sustento todavía para semejante empresa. El relativo pluralismo de Lippmann debe confrontarse obligadamente con el nacionalismo corporativo de Herbert Croly, harvardiano y discípulo, como aquél, de William James, concurrente con Lippmann en 1914 en la fundación de The New Republic, órgano intelectual del nuevo nacionalismo auspiciado por el financiero internacional Willard Straight. Desde 1909, al tono más acorde al de los nuevos círculos norteamericanos del poder, Croly insiste en la creación desde arriba de un nacionalismo que eluda, por una parte, “el liberalismo antinacional de la escuela de Manchester” y, por la otra, tanto el autoritarismo simétrico de los teóricos alemanes del Estado como las ideas democráticas de los franceses, inicialmente “revolucionarias, alborotadoras y subversivas de la consistencia nacional y la buena fe”.

De la comparación y el cálculo de resistencia de los nacionalismos, The Promise of American Life de Croly no se concreta, a partir de 1909, tan sólo a entresacar unas cuantas lecciones de lenidad competitiva internacional que, en Inglaterra, llevan a una globalización prematura que hace abdicar de “la responsabilidad económica del gobierno” y conduce a “la traición del bienestar nacional”, o, en Alemania, a sacar lecciones inversas de proteccionismo, rigidez política y provocación militar. En un “giro propositivo” que evoca y trasciende intelectualmente al Theodore Roosevelt del Gran Garrote, Herbert Croly repiensa nada menos que la validez global de la Doctrina Monroe y, una vez repensada, propone su universalización sobre la base de que los Estados Unidos representan el único sitio viable y privilegiado donde ocurre la fusión del nacionalismo y la democracia.[6]

Porque en los Estados Unidos consagran al interés como el más elevado y legítimo de los valores del pluralismo, a ellos les toca la misión de crear una organización nacional eficiente que, sin ignorar la imposibilidad de la “concordia internacional permanente”, corrija la impotencia europea para convertir los ideales nacionales “en franca y lealmente democráticos”. “La democracia americana puede, en consecuencia”, declara el arte  prestidigitador de Croly, “confiar incuestionablemente sus intereses genuinos en las manos de aquellos que representan el interés nacional”. ¿Y quién mejor para asumir esa representación del ideal democrático y el interés nacional que una organización de los negocios, siempre y cuando ésta devenga, según la severa cláusula de Croly, una verdadera organización de los intereses?  Son esos intereses empresariales vitales, de acuerdo a la  dialéctica pragmática de Herbert Croly, los que imponen ahora abandonar cuanto antes “la rígida política de aislamiento continental” y evitar con ello que “el desarrollo industrial y agrícola de los Estados Sudamericanos se vincule cada vez más a Europa que a los Estados Unidos”. El protectorado democrático de la Doctrina Monroe ha de volverse un protectorado comercial, industrial y financiero para no perder su última e íntima esencia. Hora de resucitar, más activa y sistemáticamente que nunca, un sistema internacional americano estable como el puente para una organización internacional americana estable que, tal vez por obra del espíritu democrático, deberá extenderse hasta China. Ello, reconoce Croly teniendo a los levantiscos latinoamericanos en mente, “implica un cierto sacrificio de la independencia por parte de los diversos Estados celebrantes”. “A cambio, empero, de tal sacrificio”, agrega, “su situación en relación a sus vecinos recibirá una certificación deseable”.[7]

Pero no hay en Croly una exhortación a los usos doctrinarios, valga la contradicción, de la Doctrina Monroe. Moverse todavía en lo que, mal o bien, significaba un complemento secular y no absolutista de la noción teológica del Destino Manifiesto, impone por su parte, advertirá Croly, “formas autoritarias o necesarias sobre la conducta social” que no resultan funcionales para una nación industrial, bancaria y plural. “No podéis alcanzar un gobierno humano razonable enclaustrando a la razón en una sola regla”, advertirá el pragmatismo de Herbert Croly en 1914 ante el “intelectualismo inocente” que pretende “someter el proceso social a la razón humana”, algo que es “irrazonable e inadecuado en sí mismo”. Sólo la razonabilidad que desbanca a la razón podrá vérselas con un desarrollo social “demasiado complicado y demasiado terco para someterse a cualquier dictado”, poseedor, en pleno desmentido de la imaginería marxista, de “un potencial desconcertante de desmentir predicciones”.

“No podemos derivar la decisión política (policy) únicamente del conocimiento”, concluye poco después un Croly que afina mediante la fe nacionalista el ideal progresivista del experto y los asesores “altamente educados”, desdeñados apenas años atrás por los magnates y políticos norteamericanos. Su propuesta de una “disciplina educativa nacional” se hallaba desde 1909 muy lejos de alentar un sistema de “responsabilidad corporativa o colectiva” como el que proponía el socialismo. De aquí que Croly suscribiera el argumento de Nicholas Murray Butler, rector de la Universidad de Columbia, según el cual el conocimiento socializado de aquel modo no representaba otra cosa que “la pretensión de superar las imperfecciones individuales agregándolas todas juntas con la esperanza de que se cancelarán las unas a las otras”. La propuesta y la promesa de la vida y la inteligencia americana será en Croly la del individualismo constructivo fincado en la disciplina, el interés y la voluntad de cada quien para aprovechar la “gran oportunidad de la efectividad”. Al conferir a la individualidad “una perspectiva y un significado acrecentados”, la nación eludirá, mediante el servicio de sus miembros más capaces, cualquier “sistema de irresponsabilidad colectiva” y utilizará “las variadas habilidades individuales de varios hombres, otorgando a cada una de ellas una esfera suficiente de ejercicio”.[8]

No muy lejos de Croly, Walter Lippmann se apresta en 1915 a ratificar el corolario científico de la Doctrina Monroe a la óptica de la inminente hegemonía financiera de Nueva York y la supranacionalidad que, bajo su ímpetu, cobran los mercados. Su nacionalismo no sólo comparte el individualismo y la eficiencia corporativas que definen en esos años al “Americanismo”; su visión política llama a la supresión de los nacionalismos antagónicos o disonantes al interior del país y los internacionalismos equivocados del pacifismo y el socialismo. Por una parte, ello presupone la corrección de la inocencia democrática que imagina controlar la política exterior y, por la otra, el despejamiento de las vagas nociones místicas y tradicionales que, como la Doctrina Monroe, despiertan meras reacciones automáticas ante “lo que el presidente decida”. Inicialmente, debe reconocerse que el oasis americano creado por aquélla para sustraer al hemisferio de “lo que está en el juego diplomático” de la Primera Guerra Mundial se halla más que nunca amenazado por la presencia de los “grupos comerciales y financieros” que despliegan sus tentáculos desde Europa. Si la doctrina proclama que “este hemisferio no ha de ser parte de la sustancia de la diplomacia europea”, la vulnerabilidad, la pobreza y la corrupción latinoamericanas vuelven más y más riesgoso asumir el compromiso implícito de los Estados Unidos de “proteger por la fuerza el comercio moderno en los más débiles Estados latinoamericanos”.[9]

Puesto que la definición científica del atraso nacional se finca en la marginalidad nacional del “comercio moderno y la administración política moderna”, la globalización del pluriverso nacionalista que tiene Lippmann en mente, ya no circunscrito por lo demás a la América Latina, ve ahora llegado el momento de engranar de una vez por todas el desarrollo político de las naciones dentro de la mecánica del comercio moderno. Ante una Francia que, bajo la perspectiva más tecnocrática de Raymond Poincaré, declara la coincidencia de “sus intereses y derechos” con los de toda Europa, Lippmann no siente otra cosa que “la inclinación a sonreír”. ¿Por qué no habría de ser así, si los Estados Unidos ofrecen en ese entonces para Lippmann una fórmula globalizadora cualitativamente superior a la del libre comercio trabado por más de un siglo en la perversa lógica europea de los intercambios impuestos y los conflictos coloniales, del imperialismo y la explotación de los protectorados? Ciertamente, conviene Lippmann con los europeos, la marcha de la civilización está íntimamente vinculada a la protección de los intereses. “Y es que las naciones modernas”, escribe Lippmann, “han aprendido que los intereses prosperan mejor donde ha sido introducida la civilización en su sentido comercial occidental”. “La situación total”, dictamina, “podría resumirse diciendo que el desarrollo comercial del mundo no esperará hasta que cada territorio haya creado para sí mismo un sistema político estable y cabalmente moderno”. “De una manera u otra”, infiere el corporatismo de Lippmann, “los Estados débiles han de ubicarse al interior del sistema de administración comercial”. “Su independencia e integridad, así llamadas”, establece acerca de esas naciones, “resultan dependientes de que ellas creen las condiciones bajo las cuales puedan llevarse a cabo los negocios”. “La presión para organizar el globo es enorme”, concluye.[10]

En pocas palabras, el ideal gerencial-empresarial del internacionalismo de Walter  Lippmann descubre, ya en 1915, la fórmula para curar, mediante la ciencia y las finanzas, “las mórbidas concepciones de nacionalidad y soberanía que afligen al mundo”. Contralora del nacionalismo, la scientific management en auge en esos días ofrece ya para Lippmann el antídoto contra “los intereses aristocráticos, militares, burocráticos y explotadores”. Bajo el modelo nacionalista de Alexander Hamilton, ídolo de la generación de Croly y Lippmann, se avecina por fin ya la gran oportunidad hacia dentro de la unificación nacional “mediante la unificación de los intereses económicos”. Lejos de las utopías del pacifismo mundial, el realismo sobrio de Hamilton permite para Lippmann el diseño de una estrategia científica de la paz asociada a la organización de los negocios. “Y es que lo que ha ocurrido en territorios como los Estados Unidos”, proyecta Lippmann su federalismo gerencial mundial, “no es la abolición de la fuerza sino su sublimación”. En las líneas del equivalente moral de la guerra trazado por William James un lustro atrás, el ejemplo histórico norteamericano ilustra sin aspavientos cómo, “en vez de perorar sobre lo absurdo de la compulsión armada”, allí “se ensanchan las áreas dentro de las cuales la fuerza cobra una forma más civilizada”. “Hacemos, a través de elecciones, lo que los Estados soberanos hacen a través de la guerra”, declara el axioma lippmanniano. No hay otra alternativa para el mundo. “Al abrirse a los negocios conservadores, los asuntos exteriores habrán de volverse el interés de un grupo mucho más grande de gente”, termina Lippmann. “Me parece la única condición bajo la cual puede ocurrir una democratización real de la diplomacia”.[11] [^ SUBIR]

3. Financieros e intelectuales de guerra

Quizás la impulsión decisiva del estilo y los parámetros permanentes de lo que será una ciencia de las relaciones internacionales se encuentre en la fundación, entre abril y noviembre de 1914, de The New Republic, el semanario donde convergen la inteligencia de Herbert Croly y el dinero y la voluntad política de Willard Straight. Hombre del Departamento de Estado y de Wall Street, Straight viene de la frontera (frontier) de la política internacional abierta articuladamente en China, Corea o Cuba por los grandes bancos y el gobierno estadounidenses. Son sus planes de financiamiento del “desarrollo chino”, su conjunción del Departamento de Estado bajo Elihu Root y los negocios de Khun, Loeb and Company, J. P. Morgan and Company, el National City Bank, el First National Bank y, luego, la U. S. Steel Corporation, los que confieren a la actividad de Straight de principios del Siglo XX, según el juicio posterior de Croly, “el calibre del arte de Estado”. Más que nada, la tenacidad de Straight para romper la intermediación financiera de los bancos europeos en el comercio exterior y la promisoria creación estratégica de “bancos puramente americanos” a lo largo de aquella frontier, confirman el surgimiento y la consolidación definitiva, a escala global, del estadista financiero de los años que vendrán con el Siglo Americano. Su diplomacia de las finanzas internacionales se dirige, según la narrativa de Croly, a mediar entre los “exportadores nacionalistas de capital” que actúan separadamente y que, cuando intrigan, amenazan e invocan “la protección de numerosos gobiernos”, provocan “costosos e irritantes conflictos entre las naciones en competencia”. Con ello, los daños que cada una sufre repercuten en el estancamiento económico de los países otorgantes de concesiones; para Croly, la sabiduría política y económica de Straight se cifrará, así, en reconocer el imperativo de “diseñar un método para la exportación internacional conjunta de capital que pueda reducir los abusos y peligros del método actual”.[12]

Pero no todo el proyecto globalista de Willard Straight se circunscribe a la práctica en China y la teoría en el resto del mundo de esa suerte de gobierno financiero mundial, subestatal y supraestatal a la vez. Para que semejante fórmula funcione, Straight cubre, de frente a “los críticos liberales y socialistas”, los flancos ideológicos de la nueva hegemonía internacional. Si, por un lado, el estadista financiero consagra “una buena parte de su tiempo y energía a la promoción del comercio exterior americano como una rama olvidada de la vida económica del país”, por el otro será deslumbrado por la presencia y el libro de Croly “sobre las implicaciones morales y sociales del ideal nacional americano”. “La idea de un semanario que, sin dirigirse a grandes audiencias populares, buscara liberalizar y catalizar la opinión política y social americana, excitaba su vigoroso sentido sobre lo que la opinión estaba haciendo para iluminar y racionalizar la condición social”, interpreta Croly a Straight una década más tarde. “Abrigaba poco interés por el pensamiento especulativo o crítico cuya relación con los asuntos prácticos no fuese inmediata y directa”, deja en claro Croly. “The New Republic, si bien era más una abastecedora de opiniones que un noticiario de eventos o un registro de hechos”, agrega Croly a renglón seguido, “fue, empero,  deliberadamente concebida para evitar el extravío y la presunción intelectuales”.[13]  

La empresarialización de la inteligencia a la que convoca The New Republic y su idea de la mastership de los hechos mediante el intercambio y la concurrencia de las opiniones, iniciará en las esferas nacionales e internacionales lo que el jurista Roscoe Pound llamará en 1921 “la ingeniería social continuamente eficiente”. “Se pretendía que sus expresiones de opinión reconocieran las necesidades del estadista o del hombre de negocios para quienes todos los proyectos habían de ser traducidos en acción”, nos cuenta Herbert Croly, “y sobrevivir la prueba de las condiciones reales”. “Su filosofía liberal”, expresa ahora Croly una dirección y un compromiso, “se enfocaría siempre hacia un programa práctico inmediato que buscara el mejoramiento y la revelación cada vez mayor de la vida humana, pero que sería flexible, realista e inteligible popularmente”. Al congregar bajo esas premisas pragmáticas y corporativas a  figuras de la estatura del propio Croly, de Lippmann, Walter Weyl, Philip Littell, John Dewey, John Maynard Keynes o Charles Beard y Thorstein Veblen, el espacio de los protagonismos personales se circunscribe. “Para que The New Republic sirviera realmente como una influencia liberadora y catalizadora de la opinión americana”, precisa Croly, “habría de volverse la expresión de un grupo más que de un individuo”. “El plan consistía”, resume Croly, “en congregar en el grupo a gentes que, por mucho que difirieran entre ellos mismos, estuvieran de acuerdo en que una publicación como esa era deseable y que ellos mismos eran capaces de contribuir a su éxito y, para tal fin, se constituirían en una pequeña sociedad de inteligencias afines iguales”.

A The New Republic toca, pues, aportar el método intelectual que no sólo  desbancará al intelectual individual disidente sino articulará con mayor eficiencia, al corto plazo, una propuesta de élite sobre la inserción de los Estados Unidos primero en la Guerra Mundial y luego en la reconstrucción política de la posguerra. Si bien aquellas voces disidentes se hacen todavía escuchar en aquélla, el pragmatismo corporativo impone las pautas de la administración, la política (policy) y la tolerancia al equipo de trabajo. “Y se sobrentendía”, deja en claro Croly, “que para otorgarle suficiente vitalidad al grupo, éste debía operar mediante un consenso prácticamente unánime en todas las cuestiones importantes”. Nada más importante que definir, en esos años, las coordenadas internacionales del  pluralismo nacional empresarial que el singular idealismo de Woodrow Wilson llamará democracia de los negocios. Organizar los nuevos “escenarios de la explotación” y crear en ellos “condiciones más seguras” para “el comercio y la inversión extranjeros” presupone, empero, desbrozar el camino de la guerra de los escrúpulos y sentimentalismos del “pacifismo de preguerra” crecido a la sombra “del patriotismo romántico más viejo”.

¿Qué voz más autorizada que la de John Dewey, filósofo, junto con William James, del Siglo Americano, para convencer a sus compatriotas de sustituir el “vocabulario moral” con el que se habla de la guerra por el racionalismo calculador? Si, para James, las cosas no eran tan simples porque la guerra se insertaba ineludiblemente en la trama del inconsciente y los instintos, del sacrificio y el heroísmo, el racionalismo estratégico de Dewey hará tábula rasa del entretejido emotivo y conflictivo de la vida moral. Que la altanera conciencia del moralista, escribe Dewey en The New Republic a mediados de 1917, ya no se sienta “martirizada y coaccionada” porque las fuerzas del mundo “están moviéndose en otra dirección”. Simplemente, que se conecte con ellas y aprenda a manipularlas. “Tal vez sea el castigo que hemos de pagar por el desarrollo excepcional de nuestra afabilidad y buena voluntad”, convence Dewey a quienes lo leen ya declarada la intervención en la guerra, “que nuestra educación moral enfatice las emociones más que la inteligencia, los ideales más que los propósitos específicos, la promoción de los motivos personales más que la creación de agencias y entornos sociales”.[14]

Realismo del idealismo, paradoja del pragmatismo, ironía de la historia: serán muchas y muy reiterativas las frases que habrán de repetirse puntualmente a lo largo de cada crisis de política exterior para justificar el dramático expediente de recurrir al Mal para hacer el Bien. “La debilidad en el ángulo ético de las discusiones previas de los tribunales y las ligas internacionales, ha consistido en que éstos han asumido por largo tiempo que las consideraciones morales han sido ya consagradas adecuadamente y que sólo falta el proporcionarles efecto legal mediante las agencias apropiadas”, cuestiona John Dewey la vieja ética internacional cuando la guerra se inclina favorablemente. “El resultado fue que, tan pronto como surgía ese entusiasmo moral”, asienta Dewey, “éste era desalentado por el encuentro solo de tecnicismos legales de los que había que ocuparse, de más leyes internacionales, tratados, tribunales, diplomáticos y abogados”. Con ello, y con la afirmación de que “el intento por parte de una nación particular de concebir sus relaciones con otras naciones en términos genuinamente morales puede ser una fuente de debilidad”, Dewey no invita desde luego al “doble estándar de conducta” del Maquiavelismo que advierte aceptado por Alemania, con todo su cínico menosprecio por la “moral superior”. Tampoco llama al aliento individual o colectivo que procrea a escala internacional una “gran idea nueva” que acabará trabándose “en la vieja idea de la última soberanía e irresponsabilidad nacional”.

De lo que se trata en todo el asunto, en suma, es de la fijación de la normatividad empírica posible y de precisar las rules of the game que, por provenir de la objetividad de la ciencia, sustituyen la piedad por la eficiencia y, ahora sí válidamente, hacen de la conciencia una función de la organización social. “El concepto, nada infrecuente, de que el derecho internacional no expresa la verdad sino sólo la ley moral”, abunda el John Dewey de principios de 1918, “constituye una asombrosa indicación de la muy amplia ausencia del entendimiento científico de la moral”. “El hecho real es que”, predica ahora, “no puede haber ninguna obligación moral verdadera existente entre las naciones hasta que éstas no estén vinculadas entre sí por la ley del orden social”. “Si solamente hubiera un reconocimiento general de la dependencia del control moral del orden social”, deja Dewey establecido, “quedarían centrados todo el sentimiento y la opinión bien intencionada que hoy se encuentran disipadas”. A su manera, y dentro de su lógica científica, ello apunta sin sombra de duda “al establecimiento de una federación definidamente organizada de naciones, no meramente para que ciertas obligaciones morales pudieran ser efectivamente impuestas, sino para que pudieran tener vida una variedad de obligaciones”.

Al entusiasmo moral y catequista con el que Woodrow Wilson delinea desde enero la Liga de las Naciones, Dewey suma el entusiasmo científico y el idealismo práctico de los norteamericanos para volver incuestionable la creación de una organización supranacional para el ajuste de los intereses. “La belicosidad”, anuncia Dewey, “no es en sí misma la causa de la guerra; su causa es el choque de los intereses debido a la ausencia de organización”. Suerte de bolsa política de valores, el modelo del concierto federado de las naciones que propone John Dewey no puede derivar sino de los Estados Unidos. “Ello”, declara Dewey modestamente, “no porque seamos mucho más morales que los demás como para poder concebir un estado social superior; más bien porque, estando más altamente socializados, nosotros podemos concebir una nueva moralidad”.[15] [^ SUBIR]

4.  La gran ocasión de la paz científica del mundo

La llegada de la Primera Guerra Mundial y el cálculo norteamericano sobre la  oportunidad de la intervención militar y la ocupación de espacios claves en el nuevo orden hacen que los preparativos de una final Conferencia de la Paz empiecen a darse aún antes de que, todavía con las banderas del pacifismo y el aislacionismo, Woodrow Wilson sea reelecto para la presidencia en 1916. Edward Mandell House, multimillonario texano y eminencia gris de Wilson desde 1913, tiene ya en mente, por lo menos desde principios de 1915, un proyecto de planificación de posguerra que incluye lo mejor y lo más eficiente de la scientific management para reorganizar el mundo. Deslumbrado por la ingeniería industrial y promotor literario él mismo del arquetipo político gerencial que habrá de prevalecer en el futuro nacional e internacional, House apenas abriga dudas sobre la universalidad inherente en el taylorismo. Cuando delinea con el británico Sir Edward Grey el primer bosquejo de la Conferencia, House está dispuesto a todo para fortalecer la hegemonía angloamericana, con la excepción de volver a dejar los eventos mundiales a cargo de la Mano Invisible de la economía. Lo que House proyecta es planificar ahora rigurosamente la paz internacional, alejándose de la improvisación y acudiendo a la recopilación y el uso de material “preparado y clasificado concienzudamente para que nada se deje al azar”. “Expliqué”, narra House sus charlas con Grey, salpicándolas con dosis de malicia personal, “mis métodos de organización en las convenciones políticas del pasado; que, mientras ellas ocurrían de manera aparentemente espontánea, en la realidad nada se dejaba a la suerte”. “Que”, agrega House, “mientras las medidas eran aparentemente logradas por las diferentes delegaciones, al final resultaba que se ajustaban en la plataforma como un mosaico”.

Bajo ese juego de Mano Subrepticia —mano entre científica y malabarista— el espíritu administrativo y político de House despierta primero el intenso interés de Grey y, con leves y sucesivamente revocables reparos, el de Woodrow Wilson y los grandes círculos del poder. “Mostré por qué ninguna oposición podía resistir aquella organización detallada y plena”, registra House el impacto inicial y luego creciente de su propuesta en sus memorias íntimas. “Estaríamos impulsados por motivos desinteresados”, puntualiza House su estrategia planificadora, “y no propondríamos nada que fuera únicamente ventajoso para la Gran Bretaña y los Estados Unidos sino defenderíamos sólo aquellas cosas que redundaran en bien del mundo entero”. Nueva gran coincidencia entre la ciencia (norteamericana, si bien) y la paz mundial, la que House descubre en la lógica (o la dialéctica) del interés empresarial vuelve universalmente irrebatible una hegemonía nacional que cumpla el imperativo mínimo de organizarse. “Si nos apegáramos a este principio con plena preparación y organización”, deja en claro House, “seríamos capaces de alcanzar un bien grandioso y perdurable, bien que quedaría sólo limitado por la extensión de nuestra habilidad para concebirlo y ejecutarlo”.[16] Para que esa empresa prospere, habrá de operarse la simbiosis enérgica del gerente House y el demócrata Wilson que se preparan para la ocupación de los vacíos de poder dejados por Europa.

Alma gemela en cuanto toca a los medios del asunto, la de Woodrow Wilson asimila, apenas al poco tiempo, las lecciones del consejero House. “Y cuando la guerra llegue a su fin”, expresa un todavía pacifista Woodrow Wilson a finales de mayo de 1916, “estaremos tan interesados como las naciones en guerra en ver que la paz asuma un aspecto de permanencia, ofrezca la promesa de días en los cuales se remueva el desasosiego de la incertidumbre y acerque alguna certeza de que la guerra y la paz serán siempre considerados en lo sucesivo como parte del interés común de la humanidad”. Pragmáticamente, la agregación y concertación de los intereses particulares aparece en Wilson como la vía única de la paz mundial. “Es evidente”, enuncia Wilson ahora el inminente dogmatismo internacional norteamericano, “que las naciones deben ser gobernadas en el futuro por el mismo elevado código de honor que demandamos a los individuos”. Al proyectar, e imponer virtualmente, “el pensamiento de América”, “la convicción apasionada de América”, Wilson anuncia el corrimiento universal “hacia el pensamiento del mundo moderno, el pensamiento cuya mismísima atmósfera es la paz”. Acto de candor según sus posteriores críticos académicos, sobre todo los de tiempos de guerra fría, no hay en Woodrow Wilson ingenuidad alguna más allá de los desplantes de su propia personalidad predicadora y piadosa. “Los intereses de todas las naciones son también los nuestros”, establece aquél ante la Liga por la Paz en Washington. “Somos los socios de los demás. Lo que afecta a la humanidad es, inevitablemente, asunto nuestro, al igual que es asunto de las naciones de Europa y Asia”.[17]   

Para inicios de septiembre de 1917 cobra forma la idea de Wilson y House a través de la integración del gran equipo planificador conocido como The Inquiry. “La Comisión de Investigación (Inquiry), tal como fue llamada”, narra Robert Lansing, entonces Secretario de Estado, “estableció sus oficinas en Nueva York y estuvo bajo las órdenes del Coronel House en cuanto concernía a la selección de sus miembros”. “Los planes de organización, el plan general de trabajo y el presupuesto que se proponía para la Comisión me fueron sometidos en mi calidad de Secretario de Estado”, agrega Lansing sin rendir cuenta de cómo los sectores empresariales y financieros establecen, al interior del grupo, circuitos paralelos a los del gobierno y la academia. Así, la reunión de “este excelente cuerpo de estudiosos y expertos cuya tarea era del más alto rango” se sustrae al entramado macropolítico del Departamento de Estado y, de acuerdo al consejo de Herbert Croly, deja la planificación gubernamental de la posguerra a un abanico de especialistas procedentes de los negocios y las universidades. La asesoría de los expertos no sólo barre a su paso las reticencias de la vieja democracia populista o de los partidarios del laissez faire; confía la política exterior a las élites corporativas que nada tienen que ver con el candor pacifista atribuido a Woodrow Wilson. Al interior de las grandes estructuras del conocimiento universitario, los historiadores diplomáticos, los abogados avezados en el arbitraje internacional y los filósofos políticos que ven en la democracia el  método simple de evitar la guerra serán desplazados por nuevas figuras pragmáticas como Walter Lippmann o Felix Frankfurter y las jerarquías universitarias de los rectores A. Lawrence Lowell, de Harvard, o Sydney Mezes, que agrega a la rectoría del Colegio de la Ciudad de Nueva York el puesto que Lansing consigna como el de “cuñado del Coronel House”.[18]   

Entre quienes concurren a bosquejar la perspectiva general de The Inquiry, Walter Weyl, editor asociado de The New Republic, expresa en su primer optimismo la confianza en el interés económico razonable como el nuevo demiurgo organizativo que reemplaza por igual a la Mano Invisible y el Destino Manifiesto. Su propuesta de investigación de octubre de 1917 exige el justo medio entre la flexibilidad y la cooperación y la coordinación bajo una organización centralizada de los proyectos que combinan el enfoque territorial y sus criterios eminentemente geográficos y el enfoque sustantivo nutrido en la economía, el derecho o la etnografía. Proyecto cooperativo, este al que Weyl se incorpora obliga a dejar atrás el viejo intelectual omnisciente porque ningún individuo “podría supervisar adecuadamente el trabajo entero, y porque los mejores resultados han de ser obtenidos mediante la libre competencia”. Al aceptar un compromiso metodológico común, la dirección centralizada de un consejo asesor y los enfoques múltiples de los especialistas permiten, a juicio de Weyl, definir los problemas básicos, dividir mejor las tareas, realizar una crítica constructiva, editar el material, evitar las duplicaciones y, fundamental, reconciliar las contradicciones aparentes.[19]

Y es que, por lo menos en los inicios de la entrada a la guerra, Weyl confía en que ese juego de la iniciativa personal y el imperativo coordinador no desembocará sino en la imposición, virtualmente natural, de la razonabilidad de los intereses. Paralelamente a la propuesta aportada por The Inquiry, Weyl ilustra ese año en su American World Policies la manera en la cual, a pesar de que la guerra “sacuda nuestro optimismo y socave nuestra fe en el progreso de la humanidad”, la realidad que “somete a prueba y desafía todas nuestras teorías” provoca también una visualización científica del escenario para luchar “por la paz mundial y las relaciones internacionales justas”. Si en ese diseño del mundo ya no hay lugar para la Doctrina Monroe, ello porque han surgido fuerzas mayores a las del ejercicio de la mera voluntad política y, ya en Lippmann, se bosqueja la solución científica del problema colonial mediante un consejo administrativo de las grandes potencias que, al actuar como un Senado de “los cuerpos legislativos nativos”, “garantizaría la puerta abierta y concedería oportunidades iguales a los inversionistas de todas las naciones en la colonia de que se trate”. ¿Qué necesidad hay, entonces, de “adquirir México, a pesar de la agitación de los financieros y los instintivos patriotas testarudos”. “Más aún”, escribirá Weyl presagiando cómo lo doctrinario cede ante lo científico: “en nuestras relaciones con América Latina no deberemos apoderarnos de la soberanía política si los intereses económicos razonables pueden ser asegurados de cualquier forma sin incorporación política”.[20]  

Era esa convicción idealista del libre y justo juego del interés razonable la que, pocos meses atrás, movía a Woodrow Wilson a pedir a Edward House que se anticipara a cualquier propuesta de los demás Aliados sobre el “ajuste final” de los planes de paz. “Los Aliados”, escribía Wilson a House el 21 de julio de 1917, “deben condescender por fuerza a la presión americana (el poder económico) y aceptar el programa americano de paz: Inglaterra y Francia no tienen de ningún modo la misma perspectiva en relación con la paz de la que nosotros tenemos”. “Cuando concluya la guerra”, afirma Wilson, “podremos forzarlas (a aceptar) nuestra manera de pensar”.[21] Sobre esa base, Wilson busca a través de The Inquiry y su principal fruto científico, los Catorce Puntos, el establecimiento de una nueva normatividad empírica internacional que, lejos ya de la filosofía y la utopía, considere a la ciencia como su tribunal mayor de la historia. Frente a la racionalidad histórica, el grupo de trabajo asiente la razonabilidad empresarial universal. A la ciencia corresponde así el alto cometido de establecer la razonabilidad de los intereses económicos. La ciencia queda como el espacio de la razonabilidad; la cual, a su vez, queda atada a los criterios de financiamiento (y financiabilidad) de proyectos viables y atractivos para el  mecenazgo de los organismos corporativos cupulares. Momento culminante éste, punto en  el que se alcanza la combinación científica del pluralismo internacional (libre competencia de especialistas-empresarios) y la ciencia social (vuelta casi sinónimo de la scientific management). [^ SUBIR]

5.  El giro normativo de la primera globalización

A pesar de la gran masa de la producción y coordinación que cubre diecinueve  temas de estudio y la elaboración de manuales de procedimientos y del talante general de idealismo alrededor de la ciencia sobre los cuales informa Mezes a Lansing en abril de 1918, el imperativo consiste ahora en ceñir ese ánimo empresarial, nunca separado de la teología geopolítica, a las convenciones del derecho internacional. No basta en este bastión de la diplomacia europea el contar con equipos especializados de discusión que se forman en 1917 alrededor de la War Industries Board y anticipan al Council on Foreign Affairs, o con las labores de coordinación e información que se posicionan en la ciencia bajo la égida del pragmatismo y el empirismo. Si Newton Baker, antiguo discípulo de Wilson y Secretario de Guerra, da ya el beneplácito a un Walter Lippmann que demuestra “que un escritor puede ser un hombre práctico”, o incorporar a Felix Frankfurter en la dirección de la rama de Relaciones Industriales del Departamento de Guerra, la forja del poderoso Complejo Industrial aún carece de una concepción normativa universal que trascienda el empirismo de los especialistas y los expertos. Porque la pax negotialis del wilsonianismo habrá de vérselas todavía con un universo de nacionalismos y soberanías indóciles a la mera perspectiva del mercado y el comercio, los binomios simples de la ciencia y la democracia o los negocios y la libertad que traducen las finanzas y la industria de guerra no logran opacar la legitimidad que concede la tradición jurídica. No basta con postular una “democracia inherente a los negocios” para convencer a los estadistas europeos que colocan al derecho internacional en la bóveda teórica de jus gentium y, más modernamente, en la racionalidad y la normatividad alentadas por la Ilustración.

Para redondear esa hegemonía aún sin sanción internacional estará Elihu Root, descollante abogado corporativo, antiguo Secretario de Guerra bajo McKinley y Thedore Roosevelt y luego Secretario de Estado bajo el último, presidente ya de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional y ganador en 1912 del Premio Nobel por la arquitectura pragmática colonial traducida como “política ilustrada hacia las posesiones de los Estados Unidos”. A punto de viajar a Rusia para ofrecer el apoyo de Wilson a Alexander Kerenski, el prestigioso Root puede bosquejar, en abril de 1917 y ante la Sociedad Americana de Derecho Internacional, no sólo sus “posibilidades futuras” sino la manera en la cual las convulsiones de la “era de las nacionalidades” conducen tersamente a la primacía jurídica norteamericana. “La Guerra de los Treinta Años produjo la Paz de Westfalia y el sistema de nacionalidades independientes en Europa”, abre Root el primer capítulo de su narrativa, “y produjo a Grocio y a la ciencia del derecho internacional”. “Las guerras Napoleónicas produjeron el Tratado de Viena y la Santa Alianza”, prosigue la dialéctica de Root. “Ese esfuerzo sincero pero descarriado”, argumenta, “pretendió establecer los límites y regular las conductas de las naciones de Europa de acuerdo a los principios que las potencias firmantes supusieron entonces que mantendrían el derecho y la justicia, y serían efectivas para mantener el status quo mediante la formación de una liga para que la paz fuese observada de acuerdo a su concepción”. Ambos sistemas fallaron, sentencia Root, porque “las fuerzas desestimadas que operaban por el cambio y el crecimiento se volvieron más fuertes que la coerción gradualmente menguante de los acuerdos para mantener una relación fija e inmutable del territorio y las oportunidades entre las naciones”.[22]  

Para derivar lecciones y discernir “los imponderables introducidos por la gran guerra”, la vigencia del nuevo derecho internacional habrá de ajustarse a una normatividad natural más que familiar para la generación de Root, la generación anterior a la de los hombres de la New Republic. “La ley de la vida es el crecimiento”, dictamina Root, “y, así, ninguna generación puede impedir el crecimiento de generaciones futuras fijando de acuerdo a sus ideas las condiciones específicas bajo las cuales han de vivir”. “Al considerar cómo puede ser posible reestablecer el derecho de las naciones sobre una base durable”, añade Root, “debemos estar conscientes de que la experiencia pasada indica que no puede ser permanente ningún sistema de derecho que dependa de la partición física de la tierra dictada por la conveniencia del momento, que ninguna ley puede ser quebrantada para remediar las iniquidades existentes o para que las nuevas ideas del futuro puedan hallar espacio para desarrollarse”. A primera vista radical, el realismo de Elihu Root se muestra aprensivo al mostrar que “los errores antiguos protegidos por el derecho de las naciones” obedecen a que “el derecho ha sido escrito por las potencias dominantes”. “Debemos, por lo tanto, preguntarnos si las condiciones políticas y sociales hacia las cuales podemos razonablemente mirar adelante después de la guerra, las fuerzas que han de impulsar a la humanidad y la trayectoria del desarrollo”, incursiona Root en la filosofía de la historia, “serán aquéllas que nos vuelvan capaces en nuestro tiempo para escapar de los errores de nuestros predecesores y establecer, sobre algún fundamento de principio, un sistema de derecho internacional que pueda ser mantenido y puesto en vigor”.

Al tono del “idealismo” wilsoniano, Root consagra como el cambio más extraordinario de la vida nacional a aquel que se realiza durante el siglo anterior con “el avance y la difusión del gobierno democrático, y el decrecimiento correlativo de la extensión y poder de los gobiernos autocráticos y dinásticos”. Valor secular trascendente y ya no solamente discutido por “los filósofos y los reformadores”, el del cuestionamiento del control político desde arriba pierde el mero carácter local o temporal y responde a un “progreso largamente continuado y persistente”. “La existencia y la continuidad asegurada de este proceso de desarrollo de la democracia”, establece Root sin la menor duda, “constituye el gran hecho que augura las condiciones futuras sobre las cuales ha de realizarse el esfuerzo por restaurar el derecho de las naciones”. Sólo a la democracia toca remover la “causa principal” de la violencia en el derecho internacional; al oponerse a los regímenes autocráticos y dinásticos cuyas aristocracias militaren viven obcecadas por el incremento del territorio, la dominación y el poder, la democracia es el único correctivo de la agresión y la conquista. Aunque varíe en cada país “de acuerdo al carácter de su pueblo”, la democracia aparece para Root como  “esencialmente la misma en naturaleza en todos los países”. Que algunos se acerquen más a ella, y que Inglaterra, y sobre todo los Estados Unidos, sean histórica e imparcialmente los escogidos, no plantea otro imperativo que la expansión del modelo angloamericano como la condición sine qua non de un derecho internacional justo y legítimo.

Echando mano de Alexis de Tocqueville, Root privilegia sin titubeos a la democracia norteamericana, purificada de entrada “de aquellas políticas siniestras de la ambición que se hallan más allá del alcance del argumento y el control de la ley”. Una nación “sin compromisos ni designios” ofrece, en pocas palabras, la posibilidad de superar la propensión de las anteriores democracias hacia “los prejuicios, las pasiones ciegas, la ignorancia y el jingoísmo”. Por ello el imperativo del timonel que permita a la democracia navegar “entre el peligro de la autocracia por un lado y la anarquía por el otro”. Al igual que Wilson, Root confía en la universalización de las fórmulas federales y judiciales norteamericanas y en la forja de una educación democrática internacional que imponga hábitos de veracidad, justicia y conciencia del interés orientados por la información, la discusión y la “amable consideración a las opiniones opuestas, y una actitud tolerante para aquellos que difieren”. Nada mejor para ilustrar semejante disposición que “los cien años de paz que todos nosotros estamos más que orgullosos de preservar a lo largo de las tres mil millas de frontera entre Canadá y los Estados Unidos, sin fortificaciones ni acorazados o ejércitos”. Cierto que, siguiendo a un Tocqueville cuyo tino se da siempre por sentado, la democracia presenta para Root flancos débiles al descartar “la disciplina ofensiva” e inclinarse por una actitud defensiva, actitud obviable mediante “el continuo adiestramiento de todos los ciudadanos en las virtudes esenciales que son necesarias para el mantenimiento del derecho entre las naciones”.

“Cuanto más se preserva una democracia a sí misma a través del ejercicio de aquellas virtudes”, prepara Root sus corolarios últimos, “mejor adaptada se encuentra para aplicar los mismos métodos a la conducta de sus negocios internacionales, y el resultado es una certeza en continuo aumento de que el derecho internacional será observado en una comunidad de naciones democráticas”. La última perspectiva civil, empresarial y privada del derecho internacional debe, no obstante, estimar en términos realistas la “eficiencia militar inferior” de la democracia que “no deja opción en su manera de vérselas con la autocracia”. “Mientras persista la autocracia militar”, sentencia con firmeza el patriarca de los juristas norteamericanos, “la democracia no está a salvo de sus ataques, que sin duda han de llegar en algún tiempo y que indudablemente la encontrarán impreparada”. “El conflicto es inevitable y universal: y es á outrance”, continúa Root imprimiendo a la democracia un giro fundamentalista implacable. “Para estar segura”, advierte ya sin la menor tolerancia, “la democracia debe aniquilar a su enemigo cuando pueda y donde pueda”. “El mundo no puede ser mitad democrático y mitad autocrático”, dispone el maniqueísmo jurídico de Root de plano por encima de cualquier negociación empresarial. “Debe ser totalmente democrático o totalmente prusiano. No puede haber compromiso”, polariza Root para alcanzar la unilateralidad democrática. “Si es prusiano por completo, no puede haber ningún derecho internacional verdadero”, condena. “Si es democrático por completo”, salva finalmente, “bien puede esperarse un derecho internacional respetado y observado como el desarrollo natural de los principios que hacen posible el autogobierno democrático”.[23]

La inserción de la democracia como el nuevo deus ex machina del derecho internacional introduce en la práctica jurídica y diplomática norteamericana un factor a la vez metafísico y empírico, intransigente y pragmático, utilizable, según el caso, como imperativo categórico ante los enemigos juzgados inconciliables o como indulgencia ante el “carácter nacional” de los aliados vasallos, siempre aspirantes imperfectos a la democracia. A los usos de los nuevos principios que esboza Root obedecerá, también, la doctrina del derecho de William Howard Taft, ex presidente de los Estados Unidos, abogado, administrador colonial, alto funcionario judicial, arbitrador laboral, gente de Juntas de Guerra y ya próximo Primer Magistrado de la Suprema Corte. “La diferencia entre la Santa Alianza y la Liga de las Naciones que ahora proponemos”, dirá Taft al lado de Root a finales de 1918, “reside en el propósito y en el principio de su formación”. “Nuestra Liga”, especifica Taft, “contempla una unión de las naciones democráticas del mundo, mira por la voluntad de los pueblos expresada a través de sus gobiernos como su base y su sanción”. Fundado sobre la justicia imparcialmente administrada y no en el interés de reyes o emperadores o dinastías”, el derecho internacional democrático es, por ello, absolutamente severo en cuanto toca a las obligaciones que derivan de la derrota de los hunos. Ante la devastación de Europa, no puede haber trato generoso alguno hacia Alemania y el “círculo de hierro” de la Junkerdom que rodea al Káiser. “Dice que consentirá sólo «una paz honorable»”, ironiza  Taft en torno al Káiser. “¿Qué significa eso?”, agudiza la ironía. “Significa un arreglo que asegure para el Alto Mando Alemán y para el Káiser la posición de enemigos honorables y confiables”, juzga ahora la condición democrática (¿o científica?) que Taft, al igual que Root, se adjudica para sí mismo. “Esto, en vista de su conducta”, se pronuncia sumariamente la democracia en voz de Taft, “resulta imposible si vamos a conseguir aquello por lo cual se libra esta guerra”.[24]          

Con todo, hay una cláusula democrática adicional para la reconstrucción científica del mundo. “A menos que extirpemos la venenosa infección del bolchevismo ruso e impidamos que se extienda a lo largo de los países de Europa”, proclama Taft a poco más de un mes de distancia, “únicamente sustituiremos el despotismo imperial por la anarquía, el caos y el pillaje”. “Los bolcheviques son, de hecho, los enemigos mortales de la sociedad”, deja verbalmente en claro el mismo día ante el Club Universitario de Mujeres de Nueva Jersey. “No son demócratas”, predica allí el corpulento Taft, “no son republicanos, no están a favor del gobierno popular”. “Convocaron una asamblea constituyente y, en seguida, arrojaron a los delegados fuera de la Cámara”, informa ante las mujeres universitarias. “¿Por qué razón?”, se pregunta. “La de que una mayoría de aquellos que fueron electos eran burgueses, eran respetables”, se responde, “y los bolcheviques no podían tolerar el tener una mayoría respetable en el poder”. “Por lo tanto”, prosigue Taft, “tomaron posesión por la fuerza del país y, a través del Soviet, están manteniendo una tiranía como jamás ha sido vista en la historia”. “Han excedido con mucho la tiranía de la Revolución Francesa”, asevera, “sin ninguna justificación”. “A menos que suprimamos eso”, dictamina el impaciente demócrata Taft, “a menos que las naciones que son responsables por este relajamiento de los vínculos sociales cuiden que ese veneno sea erradicado, ellas no habrán cumplido su trabajo y no habrán alcanzado su propósito”.[25] [^ SUBIR]

6. ¿Una primera globalización frustrada?

“Propongo, por así decirlo”, enunciaba Woodrow Wilson a principios de 1917 el imperativo democrático de la descolonización de Europa ante el Senado de los Estados Unidos, “que las naciones deben, mediante un acuerdo, adoptar la Doctrina Monroe como la doctrina del mundo: que ninguna nación busque extender su gobierno sobre ninguna otra nación o pueblo sino que cada pueblo debe ser dejado en libertad para determinar su propio sistema político, su propio modo de desarrollo, sin trabas, sin amenazas, sin miedos, por igual los pequeños que los grandes y poderosos”. Al oponerse a la democracia secreta o a los equilibrios del poder, la instauración mundial del “gobierno por el consentimiento de los gobernados” proclama desde entonces el punto nacional-empresarial de