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Prolegómeno: Las
Relaciones Internacionales como "ciencia (norte)
americana"
1. La desconstrucción
de la vieja normatividad
internacional
2. La
consolidación el nacionalismo empresarial
3.
Financieros e intelectuales de guerra
4. La
gran ocasión de la paz científica del mundo
5.
El giro normativo de la primera globalización
6. ¿Una
primera globalización frustrada?
Epílogo:
La
ciencia pragmática
Prolegómeno: Las
Relaciones Internacionales como “ciencia (norte) americana”
Hace más de tres
décadas, un grupo disciplinario integrado por investigadores
alemanes e italianos y convocado por las editoriales Fischer
y Feltrinelli para la elaboración de un proyecto enciclopédico
de las ciencias políticas declaró, en el artículo
sobre la teoría de las relaciones internacionales
firmado por Ellehart Krippendorff y traducido por Maria
Attardo Magrini, que la matriz temática de las international
relations, tal y como era ya en ese entonces “universalmente
adoptada”, tenía como referente, núcleo y titular incuestionable
a los Estados Unidos. En principio, Krippendorff rastreaba
su origen, sin demasiada precisión, en la fundación del
Royal Institute of International Affairs con la terminación
de la Primera Guerra Mundial y para responder las grandes
interrogantes dejadas en Inglaterra por la resquebrajadura
violenta del orden europeo. Con una cierta inercia determinista,
la ocupación in crescendo de la vanguardia disciplinaria
y académica por parte de los Estados Unidos de frente
al juridicismo, el idealismo y el marxismo derivaba de
“una posición hegemónica en el capitalismo mundial, sobre
todo durante y después de la Segunda Guerra Mundial”.
“La ciencia de las relaciones internacionales”, asentaba
el autor, “servía, por consiguiente y subjetivamente a
la investigación y el análisis científicos de la política
internacional, pero objetivamente apuntaba a justificar
la posición hegemónica de los Estados Unidos al interior
del sistema capitalista mundial y, por tanto, a su elevación
de un baluarte contrarrevolucionario ante el «comunismo
internacional»”.[1]
Una condición ideológica como esa no impedía que Krippendorff reconociera entonces
que la “ciencia americana” había acumulado “un rico
y múltiple material empírico que, a pesar del contexto
discutible desde el punto de vista ideológico, constituye
un precioso yacimiento de datos indispensables para
cualquier análisis científico de las relaciones internacionales”.
Con todo, y por su propia génesis excluyente
de “una concepción política-económica de la sociedad”,
la disciplina era incapaz de “alcanzar la formación
de una teoría verdadera y propia”. Su “discusión
teórica”, independientemente de la intensidad de su
desarrollo, no era sino de “naturaleza clasificatoria”
porque debatía sobre modelos formalizados de bipolaridad
o multipolaridad, sobre la distinción entre “niveles
analíticos” y acudía, según las bogas prevalecientes,
“a las teorías de los juegos y los conflictos”. A partir
de ese veredicto no podía admitirse otra cosa que el
montaje de aquellos modelos en dos teorías plausibles,
la una fincada en el viejo principio europeo de la política
del poder y representada por Hans Morgenthau y la
otra asentada sobre el principio cibernético que
Karl Deutsch ponía esos días de moda. Al margen del
eurocentrismo de la selección de sus exponentes, esas
teorías “de origen no marxista” enfatizaban únicamente
las categorías del conflicto y la comunicación,
de la expansión y el aprendizaje sin calar
ninguna de ellas en la comprensión de “la historia y
la economía política del sistema internacional”.
Justamente esa visión de una disciplina desperdigada empíricamente y apenas
sostenida teóricamente por pensadores europeos hacía
ver a Krippendorff un cuerpo de conocimiento inferior
a la ciencia integral de su gran oponente
ideológico, el comunismo soviético. Desde una perspectiva
simétrica, de inteligibilidad total, poca
duda cabía de que así fuera. Ante el biologicismo y
mecanicismo del realismo y la “explicación cibernética”,
ante los usos arbitrarios de la historia propia y ajena,
el sentido de articulación histórica y dialéctica del
marxismo contaba con una visión más amplia y de mayor
largo plazo. Condenada en última instancia a obedecer
una hegemonía y oponerse a un enemigo,
esto es, a funciones ofensivas y defensivas simples,
la ciencia norteamericana de las relaciones internacionales
arrojaba solamente los datos elementales del conflicto,
reducibles a la geopolítica. Sus paradigmas esenciales
no hacían otra cosa que medir la “expansión tendencial
de la esfera de influencia” de los Estados Unidos y
a juzgar toda conducta internacional disonante como
un mero “aprendizaje patológico” de las naciones, las
clases o las élites incapaces de aprender y adaptarse
a los flujos de comunicación de las unidades inter-actuantes.
Al presentarla de este modo, esa ciencia se circunscribía,
por una parte, a dos autores cuya productividad y aceptación
(y su concordancia teórica con el razonamiento europeo)
no parecía corresponder de ninguna manera al ejercicio
de una influencia que trascendiera las conferencias
académicas y los salones de clase y, mucho menos, se
insertara en la “operación científica” de los círculos
de poder.
Una
panorámica como la anterior cedía, en primer lugar,
al espejismo europeo (y latinoamericano) que todavía
en los setentas veía en la presencia de Henry Kissinger
y Zbigniew Brzezinski la primacía intelectual natural
de aquellos cuya historia diplomática y tradición realista
les conferían el liderato y la sabiduría en los tiempos
de grandes confrontaciones mundiales.
Aún más importante, esa panorámica omitía bajo el rubro
de la teoría a las figuras decisivas de la disciplina
atrincheradas nada menos que en los más altos círculos
del poder corporativo y militar, Dean Acheson, George
Kennan o Paul Nitze, por citar unos cuantos. A ellos,
y obviamente no a Morgenthau o Deutsch, era remisible
la concepción misma de la guerra fría en función de
un complejo militar-empresarial cuya lógica trascendía
la vieja razón de Estado. La noción de la Seguridad
Nacional, dotada de singular plasticidad empresarial,
era igualmente apuntalada por un irregular cuerpo teórico
que, desde la teología protestante de Reinhold Niebuhr
hasta la tecnología de la guerra termonuclear de Herman
Kahn, se movía en parámetros seculares y religiosos
cuya imbricación desconcertaba a cualquier analista
moderno del exterior. El tránsito de las grandes universidades
al Pentágono, de las corporaciones y sus fundaciones
filantrópicas al Departamento de Estado, o de éste a
los think tanks “de prestigio”, no ofrecía ángulos
favorables a la “gran teoría” de las relaciones internacionales.
¿Y para qué la “gran teoría” si los círculos concéntricos
del establishment de la política exterior poseían
la enorme cohesión del anticomunismo, de la lógica corporativa
de las empresas transnacionales y del armamentismo concomitante
e imbricado a esa lógica?
Sin
duda, los problemas de la hegemonía mundial y la supresión
selectiva de los contendientes ideológicos armados ocupaban
la disciplina en los años de guerra fría que se extendían
a los tiempos del estudio que comentamos. La estrategia
termonuclear y sus modelos, escenarios y técnicas de
confrontación militar predominaron en aquélla, destacadamente
desde los años cincuenta hasta los sesenta. Pero si
en esa época puede hablarse del florecimiento del realismo
a la Morgenthau y de la sofisticación matemática y cibernética
en torno a la guerra termonuclear, la “ciencia de las
relaciones internacionales” no se reducía entonces,
y ahora, por más que la racionalidad, así sea la instrumental,
decrezca, a la legitimación intelectual y la preparación
operativa para un conflicto sin fin en cuanto determinado
por la propia naturaleza humana. Pocas obras como las
de Raymond Aron ilustran, por su inicial contacto con
la Alemania de los treintas y su posterior y estrecho
vínculo con los principales centros norteamericanos
de irradiación ideológica y militar, los vaivenes de
los énfasis disciplinarios, las combinaciones económicas
y las “posibilidades de teoría” que pueden armarse alrededor
de una misma concepción del hombre y del conflicto inexorable,
prevaleciente en el mundo angloamericano desde Hobbes.
Empero,
ni siquiera esa superficial legitimación europea, por
lo demás extendida a buena parte de las disciplinas
sociales norteamericanas mediante la americanización
de los teóricos europeos consonantes, y no al
revés, explica las modalidades de un campo de conocimiento
que nace insertado en el desarrollo y la consolidación
de la hegemonía industrial y financiera estadounidense
que ocurre entre los años 1898 y 1918. En secuencia
con sus tres períodos previos de expansión, el liberal
(1776-1828), el democrático (1828-1865) y
el nacionalista (1865-1917), la etapa
transnacional que se abre con la entrada de los
Estados Unidos en la primera guerra mundial irá acompañada
no sólo por aquella tradición expansionista sino por
la nueva mística del pluralismo y la ciencia
de la corporate-led democracy. Lejos de la
anarquía a punto de adjudicarse al sistema mundial
dominado por Europa, la relativa neutralidad de la Doctrina
Monroe se endurece y flexibiliza financieramente en
la Diplomacia del Dólar de William Howard Taft y la
Democracia Internacional de los Negocios de Woodrow
Wilson. Para hacerlo, ciertamente, acude al momento
preparatorio del unilateralismo del Gran Garrote de
Theodore Roosevelt. En un primer momento, pues, la organización
científica y democrática de las relaciones internacionales
será dictada por los directorios corporativos, las oligarquías
partidistas y los magnates de la prensa que exaltan
la prosperidad acarreada por el corrimiento imperial.
No obstante, y ya en un plano superior, deliberativo,
planificador, su legitimidad y racionalidad precaria
provendrán gradualmente de los cenáculos universitarios
ocupados de la política mundial empírica en Columbia
o Yale y que auspician en la Harvard de 1912 “la discusión
y el estudio cuidadosos de los problemas internacionales
modernos”. [^
SUBIR]
1. La desconstrucción
de la vieja normatividad
internacional
Quien soslaya el ámbito intelectual (o incluso
el antintelectual) de los Estados Unidos de la primera
y la segunda décadas del siglo XX se expone, ciertamente,
a perder las claves históricas decisivas de la nueva
actitud que empieza a centrar el estudio de lo internacional
en la noción pragmática y empirista de las relaciones
y, con ello, deja atrás los viejos ejes osificados
del derecho, la filosofía y la diplomacia acartonada
y formalista. Por una parte, el desplazamiento decisivo
hacia las relaciones internacionales es favorecido,
en un plano teórico, por la conjunción del pragmatismo
como filosofía establecida de las élites nacionales
y las esperanzas productivas abiertas por una scientific
management aplicada entonces en los planos de la
industria, las finanzas y, con mayores resistencias,
en la política misma. Por la otra, más estruendosa y
patriotera, la realpolitik de personajes como
Alfred Thayer Mahan deja, con la descripción y prescripción
de los primeros pasos navales y militares de la hegemonía
continental y ultramarina, ecos que recuerdan la gran
estrategia militar de Carl von Clausewitz y presagian
la geopolítica angloamericana que vendrá, al cabo de
poco tiempo, con Sir Halford Mackinder. Personajes inevitables
en la explicación del nuevo imperio, Mahan y sus discípulos,
un conspicuo Theodore Roosevelt entre ellos, ofrecen
no sólo el inconveniente de la política del poder abierta
e implacable, por acotada que aparezca en sus corolarios
comerciales y especulativos. Y es que sus cálculos y
diseños obedecen a una teología geopolítica todavía
inconfiable, susceptible de desfasarse y hasta de estorbar
a la lógica financiera, industrial e intercambiaria.
De allí que, sin prescindir de modo alguno de las coordenadas
estratégicas que Mahan ofrece —todo lo contrario—, la
nueva ciencia de las relaciones internacionales
no puede encomendarse ni al realismo descarnado
ni a la teología geopolítica que, por fuerza,
sigue en la historia norteamericana las decisiones
últimas del Estado y sus hombres fuertes.[2]
Propuesta
primordial del pensamiento político norteamericano,
la fundación de las ciencias sociales funcionales a
la nueva etapa social y económica opta por el nivel
metapolítico de una mano visible y secular,
gerencial, que sanciona y orienta el
orden favorable de los hechos. La concepción pluralista
de los grupos de interés que Arthur Bentley desarrolla
en 1908 para fundar la ciencia política registra, como
incuestionable novedad, la inserción en su centro de
la actividad de la corporación como la actividad
social por excelencia en el entretejido plural y
organizativo en el plano de la política de presión.
En franca y deliberada ruptura con las teorías del Estado
y las grandes categorías políticas europeas, los espacios
de organización, especialización, deliberación
y concertación que abre la actividad empresarial
permiten “explicar el todo complejo de la actividad
social ubicando en medio de ella la actividad de
la corporación, y logrando de tal manera un comienzo
apropiado para la interpretación de las líneas estructurales
de la sociedad entera”. “La corporación es gobierno
de cabo a rabo”, se salta Bentley las viejas convenciones
sobre lo público y lo privado. Aunque aparezca como
una unidad, la corporación es en sí misma
un equilibrio de intereses: su forma organizativa
obedece al ajuste de unos intereses contra otros y la
propia defensa de los grupos intra-corporativos contra
grupos más amplios. Extraordinario universo político
intermedio, valga la expresión, la corporación ofrece
ya un gobierno diferenciado y plástico “que evoluciona
a partir del ajuste” y, por ello, es capaz de irradiar
su productividad hacia los extremos inertes de la filosofía
política clásica, el individuo y el Estado.[3]
Pero más que hacia la apología de la corporación, la empresa
de Bentley conduce a la universalización social de
la corporación y sus métodos operativos, competitivos
y de presión. Ante la pobreza conceptual y, sobre todo,
productiva, que conlleva hablar de la democracia como
“gobierno del pueblo” o de la justicia o la libertad,
la corporación ofrece la forma organizativa cuya legitimidad
han sido validada por el éxito de los negocios norteamericanos.
Interiorizar y exteriorizar a escala gubernamental su
prodigiosa productividad vuelve impostergable reconocer
en principio que “posiblemente hay tantas formas de
gobierno corporativo como las hay de gobierno político,
y posiblemente esos gobiernos corporativos pueden ser
clasificados sobre las mismísimas líneas de los gobiernos
políticos”. “La diferencia entre los métodos técnicos,
el hecho de que el gobierno político controla las corporaciones,
e incluso el hecho de que a veces las corporaciones
controlan a los gobiernos políticos”, establece
Bentley, “no ofrecen razón suficiente para que sus procesos
se excluyan de la alcance que debe darse al mismo vocablo
que se usa para cubrir el fenómeno del gobierno político”.
A punto de despegar las policy sciences, el ensamblaje
necesario de lo empresarial y lo gubernamental se pliega
no sólo a imperativos de eficiencia sino de transnacionalización,
ambos complementarios en todas sus instancias. Con todo,
y a principios de la segunda década del Siglo XX, queda
todavía mucho por esperar para que ese rudimentario
acoplamiento científico trascienda la generalidad pragmática
en torno al concepto del interés nacional reducido
por Bentley a mera forma argumentativa partidista para
ejercer presión en coyunturas de política internacional.
Quizás
el primer gran sondeo en aquella dirección provenga
del esfuerzo del joven Walter Lippmann por remontar
las confrontaciones y los encajonamientos partidistas
que en 1912 parecen cimbrar la política interna y exterior
de los Estados Unidos. Anticipando sin duda la antinomia
del realismo y el idealismo que encarnarán
a lo largo de la década las cercanas figuras de Theodore
Roosevelt, republicano, y Woodrow Wilson, demócrata,
Lippmann reivindica en 1913 una “concepción dinámica
de la sociedad” cuya virtud radica en la inquietud y
la aspereza de sus gentes (people) y las “fuerzas
intrépidas e incalculables” que ya exigen instaurar
mecanismos suprapartidistas, suprademocráticos, paras
vérselas con la nueva realidad. “Empero”, declara Lippmann
figurativamente, “la nación entera no puede sentarse
en una sola mesa”, por más que sus políticos aleguen
poder incluir todos los intereses humanos en
sus programas. “Con la excepción de los socialistas”,
agrega Lippmann con ironía, no hay plataforma alguna
y de nadie que satisfaga por igual “a ricos y pobres,
negros y blancos, acreedores del Este y granjeros del
Oeste”. Una nación separada por diversos intereses “de
clase, de sección y de raza” no tiene empero por qué
caer en la hostilidad si puede perfeccionar y profundizar
su sistema representativo más allá de las fórmulas
y las instituciones del Estado unitario y superficialmente
democrático. “Una plataforma partidista inclusiva que
fusione todo interés es imposible e indeseable”,
sentencia el pluralismo pragmático de Lippmann. “Lo
que es tanto posible como deseable”, deja en claro,
“es que cada grupo de interés deba
ser representado en la vida pública, que deba contar
con portavoces e influencia en los asuntos públicos”.[4]
“Cuando
llegáis a los asuntos internacionales la confusión se
multiplica”, escribe Lippmann al año siguiente y cuando
ya Woodrow Wilson ensaya sin éxito el internacionalismo
liberal ante el “embrollo mexicano”. “Nadie sabe
cuánta autoridad tiene nadie en ese país”, postula Lippmann
en torno al México de 1914. “Hay toda clase de intereses
en conflicto y toda clase de gobiernos en conflicto”.
En un giro radical, la cuestión de los derechos nacionales
cobra en Lippmann, con toda naturalidad, el de las
inversiones corporativas que, en la nueva realidad
internacional, habrán de ser las únicas capaces de conceder
verdaderos derechos. Con todo, el mismo juego de
los intereses convertidos en derechos por la fuerza
plantea interrogantes que rebasan toda concepción física
y cuantitativa del fiel de la balanza. ¿Qué derechos
de intervención conceden las inversiones británicas
y hasta dónde se extiende la tutela de los Estados Unidos
sobre México? A diferencia de la vieja literatura imperial,
de sus pesadas zancadas de poder, Lippmann se confiesa
anonadado ahora por la pluralidad misma de lo que el
economista Charles Arthur Conant enuncia a principios
de siglo como imperialismo informal, fincado
ahora en la reorganización monetaria y bancaria, confiado
en última instancia en la presión de los créditos y
las inversiones.
“El
nuevo imperialismo no es un asunto sencillo: posee
innumerables escalas de poder”, reconoce Lippmann,
y cede la palabra al pragmático radical Charles Beard
que, ya entonces, acusa la sustitución del imperialismo
territorial por uno guiado por el imperativo de los
mercados y las oportunidades de inversión de sus excedentes
de capital. “La diplomacia habla ahora de «ocupación
efectiva», «hinterland», «esfera de influencia»
y «esfera de Aspiración Legítima»”, resume Lippmann
el lenguaje aún pobre del nuevo orden mundial. ¿Cómo
no hablar entonces del descoyuntamiento entre la anatomía
de nuestra política y la anatomía de nuestra
vida si, apenas alcanzadas al interior las formas
del gobierno popular, “los intereses reales del mundo
han desbordado las fronteras y eludido la democracia”?
¿Cómo aplicar a ese orden dinámico del capitalismo
internacionalizado “los dispositivos primitivos de los
asuntos internos”? ¿O cómo instrumentar un derecho internacional
allí donde sólo vegetan “unos cuantos tribunales indiferentes,
impotentes”? En un espacio donde no existen visos mínimos
de una “democracia cooperativa a escala mundial” no
cabe pensar en resolverlo todo “por decreto”, porque
tampoco hay constitución democrática alguna que engendre
a la democracia por arte de magia.[5] [^
SUBIR]
2. La consolidación el nacionalismo
empresarial
En
apariencia, la inserción del nacionalismo en las mismas
coordenadas del liberalismo y la democracia que The
Stakes of Diplomacy, de Lippmann, ofrece
en 1915 para allanar el camino de los Catorce Puntos
de Woodrow Wilson proyecta, a la par que el gran imperativo
de la globalización, una réplica del universo
plural (pluriverso) abierto espontáneamente al
impulso de los nuevos intereses mundiales. No hay, empero,
sustento todavía para semejante empresa. El relativo
pluralismo de Lippmann debe confrontarse obligadamente
con el nacionalismo corporativo de Herbert
Croly, harvardiano y discípulo, como aquél, de William
James, concurrente con Lippmann en 1914 en la fundación
de The New Republic, órgano intelectual del nuevo
nacionalismo auspiciado por el financiero internacional
Willard Straight. Desde 1909, al tono más acorde al
de los nuevos círculos norteamericanos del poder, Croly
insiste en la creación desde arriba de
un nacionalismo que eluda, por una parte, “el liberalismo
antinacional de la escuela de Manchester” y, por la
otra, tanto el autoritarismo simétrico de los teóricos
alemanes del Estado como las ideas democráticas de los
franceses, inicialmente “revolucionarias, alborotadoras
y subversivas de la consistencia nacional y la buena
fe”.
De
la comparación y el cálculo de resistencia de los nacionalismos,
The Promise of American Life de Croly no se concreta,
a partir de 1909, tan sólo a entresacar unas cuantas
lecciones de lenidad competitiva internacional que,
en Inglaterra, llevan a una globalización prematura
que hace abdicar de “la responsabilidad económica del
gobierno” y conduce a “la traición del bienestar nacional”,
o, en Alemania, a sacar lecciones inversas de proteccionismo,
rigidez política y provocación militar. En un “giro
propositivo” que evoca y trasciende intelectualmente
al Theodore Roosevelt del Gran Garrote, Herbert Croly
repiensa nada menos que la validez global
de la Doctrina Monroe y, una vez repensada, propone
su universalización sobre la base de que los Estados
Unidos representan el único sitio viable y privilegiado
donde ocurre la fusión del nacionalismo y la democracia.[6]
Porque
en los Estados Unidos consagran al interés como
el más elevado y legítimo de los valores del pluralismo,
a ellos les toca la misión de crear una organización
nacional eficiente que, sin ignorar la imposibilidad
de la “concordia internacional permanente”, corrija
la impotencia europea para convertir los ideales nacionales
“en franca y lealmente democráticos”. “La democracia
americana puede, en consecuencia”, declara el arte
prestidigitador de Croly, “confiar incuestionablemente
sus intereses genuinos en las manos de aquellos
que representan el interés nacional”. ¿Y quién mejor
para asumir esa representación del ideal democrático
y el interés nacional que una organización de los
negocios, siempre y cuando ésta devenga, según la
severa cláusula de Croly, una verdadera organización
de los intereses? Son esos intereses empresariales
vitales, de acuerdo a la dialéctica pragmática de Herbert
Croly, los que imponen ahora abandonar cuanto antes
“la rígida política de aislamiento continental” y evitar
con ello que “el desarrollo industrial y agrícola de
los Estados Sudamericanos se vincule cada vez más a
Europa que a los Estados Unidos”. El protectorado democrático
de la Doctrina Monroe ha de volverse un protectorado
comercial, industrial y financiero para no perder su
última e íntima esencia. Hora de resucitar, más activa
y sistemáticamente que nunca, un sistema internacional
americano estable como el puente para una organización
internacional americana estable que, tal vez por
obra del espíritu democrático, deberá extenderse hasta
China. Ello, reconoce Croly teniendo a los levantiscos
latinoamericanos en mente, “implica un cierto sacrificio
de la independencia por parte de los diversos Estados
celebrantes”. “A cambio, empero, de tal sacrificio”,
agrega, “su situación en relación a sus vecinos recibirá
una certificación deseable”.[7]
Pero no hay en Croly una exhortación a los usos doctrinarios,
valga la contradicción, de la Doctrina Monroe. Moverse
todavía en lo que, mal o bien, significaba un complemento
secular y no absolutista de la noción teológica del
Destino Manifiesto, impone por su parte, advertirá Croly,
“formas autoritarias o necesarias sobre la conducta
social” que no resultan funcionales para una nación
industrial, bancaria y plural. “No podéis alcanzar un
gobierno humano razonable enclaustrando a la
razón en una sola regla”, advertirá el pragmatismo de
Herbert Croly en 1914 ante el “intelectualismo inocente”
que pretende “someter el proceso social a la razón humana”,
algo que es “irrazonable e inadecuado en sí mismo”.
Sólo la razonabilidad que desbanca a la razón
podrá vérselas con un desarrollo social “demasiado
complicado y demasiado terco para someterse a cualquier
dictado”, poseedor, en pleno desmentido de la imaginería
marxista, de “un potencial desconcertante de desmentir
predicciones”.
“No
podemos derivar la decisión política (policy)
únicamente del conocimiento”, concluye poco después
un Croly que afina mediante la fe nacionalista el ideal
progresivista del experto y los asesores “altamente
educados”, desdeñados apenas años atrás por los magnates
y políticos norteamericanos. Su propuesta de una “disciplina
educativa nacional” se hallaba desde 1909 muy lejos
de alentar un sistema de “responsabilidad corporativa
o colectiva” como el que proponía el socialismo. De
aquí que Croly suscribiera el argumento de Nicholas
Murray Butler, rector de la Universidad de Columbia,
según el cual el conocimiento socializado de aquel modo
no representaba otra cosa que “la pretensión de superar
las imperfecciones individuales agregándolas todas
juntas con la esperanza de que se cancelarán las
unas a las otras”. La propuesta y la promesa de la vida
y la inteligencia americana será en Croly la
del individualismo constructivo fincado en la
disciplina, el interés y la voluntad de cada quien
para aprovechar la “gran oportunidad de la efectividad”.
Al conferir a la individualidad “una perspectiva y un
significado acrecentados”, la nación eludirá, mediante
el servicio de sus miembros más capaces, cualquier
“sistema de irresponsabilidad colectiva” y utilizará
“las variadas habilidades individuales de varios hombres,
otorgando a cada una de ellas una esfera suficiente
de ejercicio”.[8]
No
muy lejos de Croly, Walter Lippmann se apresta en 1915
a ratificar el corolario científico de la Doctrina Monroe
a la óptica de la inminente hegemonía financiera de
Nueva York y la supranacionalidad que, bajo su ímpetu,
cobran los mercados. Su nacionalismo no sólo comparte
el individualismo y la eficiencia corporativas que definen
en esos años al “Americanismo”; su visión política llama
a la supresión de los nacionalismos antagónicos o disonantes
al interior del país y los internacionalismos equivocados
del pacifismo y el socialismo. Por una parte, ello presupone
la corrección de la inocencia democrática que
imagina controlar la política exterior y, por la otra,
el despejamiento de las vagas nociones místicas y tradicionales
que, como la Doctrina Monroe, despiertan meras reacciones
automáticas ante “lo que el presidente decida”. Inicialmente,
debe reconocerse que el oasis americano creado
por aquélla para sustraer al hemisferio de “lo que está
en el juego diplomático” de la Primera Guerra Mundial
se halla más que nunca amenazado por la presencia de
los “grupos comerciales y financieros” que despliegan
sus tentáculos desde Europa. Si la doctrina proclama
que “este hemisferio no ha de ser parte de la sustancia
de la diplomacia europea”, la vulnerabilidad, la pobreza
y la corrupción latinoamericanas vuelven más y más riesgoso
asumir el compromiso implícito de los Estados Unidos
de “proteger por la fuerza el comercio moderno en los
más débiles Estados latinoamericanos”.[9]
Puesto
que la definición científica del atraso nacional se
finca en la marginalidad nacional del “comercio moderno
y la administración política moderna”, la globalización
del pluriverso nacionalista que tiene Lippmann en mente,
ya no circunscrito por lo demás a la América Latina,
ve ahora llegado el momento de engranar de una vez por
todas el desarrollo político de las naciones
dentro de la mecánica del comercio moderno. Ante
una Francia que, bajo la perspectiva más tecnocrática
de Raymond Poincaré, declara la coincidencia de “sus
intereses y derechos” con los de toda Europa, Lippmann
no siente otra cosa que “la inclinación a sonreír”.
¿Por qué no habría de ser así, si los Estados Unidos
ofrecen en ese entonces para Lippmann una fórmula globalizadora
cualitativamente superior a la del libre comercio trabado
por más de un siglo en la perversa lógica europea de
los intercambios impuestos y los conflictos coloniales,
del imperialismo y la explotación de los protectorados?
Ciertamente, conviene Lippmann con los europeos, la
marcha de la civilización está íntimamente vinculada
a la protección de los intereses. “Y es que las
naciones modernas”, escribe Lippmann, “han aprendido
que los intereses prosperan mejor donde ha sido introducida
la civilización en su sentido comercial occidental”.
“La situación total”, dictamina, “podría resumirse diciendo
que el desarrollo comercial del mundo no esperará hasta
que cada territorio haya creado para sí mismo un sistema
político estable y cabalmente moderno”. “De una manera
u otra”, infiere el corporatismo de Lippmann, “los
Estados débiles han de ubicarse al interior del sistema
de administración comercial”. “Su independencia
e integridad, así llamadas”, establece acerca de
esas naciones, “resultan dependientes de que ellas
creen las condiciones bajo las cuales puedan llevarse
a cabo los negocios”. “La presión para organizar
el globo es enorme”, concluye.[10]
En
pocas palabras, el ideal gerencial-empresarial del internacionalismo
de Walter Lippmann descubre, ya en 1915, la fórmula
para curar, mediante la ciencia y las finanzas, “las
mórbidas concepciones de nacionalidad y soberanía que
afligen al mundo”. Contralora del nacionalismo, la scientific
management en auge en esos días ofrece ya para Lippmann
el antídoto contra “los intereses aristocráticos, militares,
burocráticos y explotadores”. Bajo el modelo nacionalista
de Alexander Hamilton, ídolo de la generación de Croly
y Lippmann, se avecina por fin ya la gran oportunidad
hacia dentro de la unificación nacional “mediante
la unificación de los intereses económicos”.
Lejos de las utopías del pacifismo mundial, el realismo
sobrio de Hamilton permite para Lippmann el diseño de
una estrategia científica de la paz asociada a la organización
de los negocios. “Y es que lo que ha ocurrido en territorios
como los Estados Unidos”, proyecta Lippmann su federalismo
gerencial mundial, “no es la abolición de la fuerza
sino su sublimación”. En las líneas del equivalente
moral de la guerra trazado por William James un
lustro atrás, el ejemplo histórico norteamericano ilustra
sin aspavientos cómo, “en vez de perorar sobre lo absurdo
de la compulsión armada”, allí “se ensanchan las áreas
dentro de las cuales la fuerza cobra una forma más
civilizada”. “Hacemos, a través de elecciones, lo
que los Estados soberanos hacen a través de la guerra”,
declara el axioma lippmanniano. No hay otra alternativa
para el mundo. “Al abrirse a los negocios conservadores,
los asuntos exteriores habrán de volverse el interés
de un grupo mucho más grande de gente”, termina Lippmann.
“Me parece la única condición bajo la cual puede
ocurrir una democratización real de la diplomacia”.[11] [^
SUBIR]
3. Financieros e intelectuales de
guerra
Quizás la impulsión decisiva del estilo y los parámetros
permanentes de lo que será una ciencia de las relaciones
internacionales se encuentre en la fundación, entre
abril y noviembre de 1914, de The New Republic,
el semanario donde convergen la inteligencia de Herbert
Croly y el dinero y la voluntad política de Willard
Straight. Hombre del Departamento de Estado y de Wall
Street, Straight viene de la frontera (frontier)
de la política internacional abierta articuladamente
en China, Corea o Cuba por los grandes bancos y el gobierno
estadounidenses. Son sus planes de financiamiento del
“desarrollo chino”, su conjunción del Departamento de
Estado bajo Elihu Root y los negocios de Khun, Loeb
and Company, J. P. Morgan and Company, el National City
Bank, el First National Bank y, luego, la U. S. Steel
Corporation, los que confieren a la actividad de Straight
de principios del Siglo XX, según el juicio posterior
de Croly, “el calibre del arte de Estado”. Más que nada,
la tenacidad de Straight para romper la intermediación
financiera de los bancos europeos en el comercio exterior
y la promisoria creación estratégica de “bancos puramente
americanos” a lo largo de aquella frontier,
confirman el surgimiento y la consolidación definitiva,
a escala global, del estadista financiero de los años
que vendrán con el Siglo Americano. Su diplomacia de
las finanzas internacionales se dirige, según la narrativa
de Croly, a mediar entre los “exportadores nacionalistas
de capital” que actúan separadamente y que, cuando intrigan,
amenazan e invocan “la protección de numerosos gobiernos”,
provocan “costosos e irritantes conflictos entre las
naciones en competencia”. Con ello, los daños que cada
una sufre repercuten en el estancamiento económico de
los países otorgantes de concesiones; para Croly, la
sabiduría política y económica de Straight se cifrará,
así, en reconocer el imperativo de “diseñar un método
para la exportación internacional conjunta de capital
que pueda reducir los abusos y peligros del método actual”.[12]
Pero
no todo el proyecto globalista de Willard Straight se
circunscribe a la práctica en China y la teoría en el
resto del mundo de esa suerte de gobierno financiero
mundial, subestatal y supraestatal a la vez. Para que
semejante fórmula funcione, Straight cubre, de frente
a “los críticos liberales y socialistas”, los flancos
ideológicos de la nueva hegemonía internacional. Si,
por un lado, el estadista financiero consagra “una buena
parte de su tiempo y energía a la promoción del comercio
exterior americano como una rama olvidada de la vida
económica del país”, por el otro será deslumbrado por
la presencia y el libro de Croly “sobre las implicaciones
morales y sociales del ideal nacional americano”. “La
idea de un semanario que, sin dirigirse a grandes audiencias
populares, buscara liberalizar y catalizar la opinión
política y social americana, excitaba su vigoroso sentido
sobre lo que la opinión estaba haciendo para iluminar
y racionalizar la condición social”, interpreta Croly
a Straight una década más tarde. “Abrigaba poco interés
por el pensamiento especulativo o crítico cuya relación
con los asuntos prácticos no fuese inmediata y directa”,
deja en claro Croly. “The New Republic, si bien
era más una abastecedora de opiniones que un noticiario
de eventos o un registro de hechos”, agrega Croly a
renglón seguido, “fue, empero, deliberadamente concebida
para evitar el extravío y la presunción intelectuales”.[13]
La
empresarialización de la inteligencia a la que convoca
The New Republic y su idea de la mastership
de los hechos mediante el intercambio y la concurrencia
de las opiniones, iniciará en las esferas nacionales
e internacionales lo que el jurista Roscoe Pound llamará
en 1921 “la ingeniería social continuamente eficiente”.
“Se pretendía que sus expresiones de opinión reconocieran
las necesidades del estadista o del hombre de negocios
para quienes todos los proyectos habían de ser traducidos
en acción”, nos cuenta Herbert Croly, “y sobrevivir
la prueba de las condiciones reales”. “Su filosofía
liberal”, expresa ahora Croly una dirección y un compromiso,
“se enfocaría siempre hacia un programa práctico
inmediato que buscara el mejoramiento y la revelación
cada vez mayor de la vida humana, pero que sería
flexible, realista e inteligible popularmente”.
Al congregar bajo esas premisas pragmáticas y corporativas
a figuras de la estatura del propio Croly, de Lippmann,
Walter Weyl, Philip Littell, John Dewey, John Maynard
Keynes o Charles Beard y Thorstein Veblen, el espacio
de los protagonismos personales se circunscribe. “Para
que The New Republic sirviera realmente como
una influencia liberadora y catalizadora de la opinión
americana”, precisa Croly, “habría de volverse la
expresión de un grupo más que de un individuo”.
“El plan consistía”, resume Croly, “en congregar en
el grupo a gentes que, por mucho que difirieran entre
ellos mismos, estuvieran de acuerdo en que una publicación
como esa era deseable y que ellos mismos eran capaces
de contribuir a su éxito y, para tal fin, se constituirían
en una pequeña sociedad de inteligencias afines iguales”.
A
The New Republic toca, pues, aportar el método
intelectual que no sólo desbancará al intelectual
individual disidente sino articulará con mayor eficiencia,
al corto plazo, una propuesta de élite sobre la inserción
de los Estados Unidos primero en la Guerra Mundial y
luego en la reconstrucción política de la posguerra.
Si bien aquellas voces disidentes se hacen todavía escuchar
en aquélla, el pragmatismo corporativo impone las pautas
de la administración, la política (policy) y
la tolerancia al equipo de trabajo. “Y se sobrentendía”,
deja en claro Croly, “que para otorgarle suficiente
vitalidad al grupo, éste debía operar mediante un
consenso prácticamente unánime en todas las cuestiones
importantes”. Nada más importante que definir, en
esos años, las coordenadas internacionales del pluralismo
nacional empresarial que el singular idealismo de Woodrow
Wilson llamará democracia de los negocios. Organizar
los nuevos “escenarios de la explotación” y crear en
ellos “condiciones más seguras” para “el comercio y
la inversión extranjeros” presupone, empero, desbrozar
el camino de la guerra de los escrúpulos y sentimentalismos
del “pacifismo de preguerra” crecido a la sombra
“del patriotismo romántico más viejo”.
¿Qué
voz más autorizada que la de John Dewey, filósofo, junto
con William James, del Siglo Americano, para convencer
a sus compatriotas de sustituir el “vocabulario moral”
con el que se habla de la guerra por el racionalismo
calculador? Si, para James, las cosas no eran tan
simples porque la guerra se insertaba ineludiblemente
en la trama del inconsciente y los instintos, del sacrificio
y el heroísmo, el racionalismo estratégico de Dewey
hará tábula rasa del entretejido emotivo
y conflictivo de la vida moral. Que la altanera conciencia
del moralista, escribe Dewey en The New Republic
a mediados de 1917, ya no se sienta “martirizada
y coaccionada” porque las fuerzas del mundo “están moviéndose
en otra dirección”. Simplemente, que se conecte con
ellas y aprenda a manipularlas. “Tal vez sea el castigo
que hemos de pagar por el desarrollo excepcional de
nuestra afabilidad y buena voluntad”, convence Dewey
a quienes lo leen ya declarada la intervención en la
guerra, “que nuestra educación moral enfatice las emociones
más que la inteligencia, los ideales más que los propósitos
específicos, la promoción de los motivos personales
más que la creación de agencias y entornos sociales”.[14]
Realismo del idealismo,
paradoja del pragmatismo, ironía de la historia:
serán muchas y muy reiterativas las frases que habrán
de repetirse puntualmente a lo largo de cada crisis
de política exterior para justificar el dramático expediente
de recurrir al Mal para hacer el Bien. “La debilidad
en el ángulo ético de las discusiones previas de los
tribunales y las ligas internacionales, ha consistido
en que éstos han asumido por largo tiempo que las consideraciones
morales han sido ya consagradas adecuadamente y que
sólo falta el proporcionarles efecto legal mediante
las agencias apropiadas”, cuestiona John Dewey la vieja
ética internacional cuando la guerra se inclina favorablemente.
“El resultado fue que, tan pronto como surgía ese entusiasmo
moral”, asienta Dewey, “éste era desalentado por el
encuentro solo de tecnicismos legales de los que había
que ocuparse, de más leyes internacionales, tratados,
tribunales, diplomáticos y abogados”. Con ello, y con
la afirmación de que “el intento por parte de una nación
particular de concebir sus relaciones con otras naciones
en términos genuinamente morales puede ser una fuente
de debilidad”, Dewey no invita desde luego al “doble
estándar de conducta” del Maquiavelismo que advierte
aceptado por Alemania, con todo su cínico menosprecio
por la “moral superior”. Tampoco llama al aliento individual
o colectivo que procrea a escala internacional una “gran
idea nueva” que acabará trabándose “en la vieja idea
de la última soberanía e irresponsabilidad nacional”.
De lo que se trata en todo el asunto, en suma, es de la
fijación de la normatividad empírica posible
y de precisar las rules of the game que, por
provenir de la objetividad de la ciencia, sustituyen
la piedad por la eficiencia y, ahora sí
válidamente, hacen de la conciencia una función
de la organización social. “El concepto, nada infrecuente,
de que el derecho internacional no expresa la verdad
sino sólo la ley moral”, abunda el John Dewey de principios
de 1918, “constituye una asombrosa indicación de la
muy amplia ausencia del entendimiento científico
de la moral”. “El hecho real es que”, predica ahora,
“no puede haber ninguna obligación moral verdadera existente
entre las naciones hasta que éstas no estén vinculadas
entre sí por la ley del orden social”. “Si solamente
hubiera un reconocimiento general de la dependencia
del control moral del orden social”, deja Dewey
establecido, “quedarían centrados todo el sentimiento
y la opinión bien intencionada que hoy se encuentran
disipadas”. A su manera, y dentro de su lógica científica,
ello apunta sin sombra de duda “al establecimiento de
una federación definidamente organizada de naciones,
no meramente para que ciertas obligaciones morales pudieran
ser efectivamente impuestas, sino para que pudieran
tener vida una variedad de obligaciones”.
Al
entusiasmo moral y catequista con el que Woodrow Wilson
delinea desde enero la Liga de las Naciones, Dewey suma
el entusiasmo científico y el idealismo práctico
de los norteamericanos para volver incuestionable
la creación de una organización supranacional para
el ajuste de los intereses. “La belicosidad”, anuncia
Dewey, “no es en sí misma la causa de la guerra; su
causa es el choque de los intereses debido a la ausencia
de organización”. Suerte de bolsa política de valores,
el modelo del concierto federado de las naciones
que propone John Dewey no puede derivar sino de
los Estados Unidos. “Ello”, declara Dewey modestamente,
“no porque seamos mucho más morales que los demás como
para poder concebir un estado social superior; más bien
porque, estando más altamente socializados, nosotros
podemos concebir una nueva moralidad”.[15] [^
SUBIR]
4. La gran ocasión de la paz científica
del mundo
La llegada de la Primera Guerra Mundial y el cálculo
norteamericano sobre la oportunidad de la intervención
militar y la ocupación de espacios claves en el nuevo
orden hacen que los preparativos de una final Conferencia
de la Paz empiecen a darse aún antes de que, todavía
con las banderas del pacifismo y el aislacionismo, Woodrow
Wilson sea reelecto para la presidencia en 1916. Edward
Mandell House, multimillonario texano y eminencia gris
de Wilson desde 1913, tiene ya en mente, por lo menos
desde principios de 1915, un proyecto de planificación
de posguerra que incluye lo mejor y lo más eficiente
de la scientific management para reorganizar
el mundo. Deslumbrado por la ingeniería industrial y
promotor literario él mismo del arquetipo político gerencial
que habrá de prevalecer en el futuro nacional e internacional,
House apenas abriga dudas sobre la universalidad inherente
en el taylorismo. Cuando delinea con el británico Sir
Edward Grey el primer bosquejo de la Conferencia, House
está dispuesto a todo para fortalecer la hegemonía angloamericana,
con la excepción de volver a dejar los eventos mundiales
a cargo de la Mano Invisible de la economía. Lo que
House proyecta es planificar ahora rigurosamente la
paz internacional, alejándose de la improvisación y
acudiendo a la recopilación y el uso de material “preparado
y clasificado concienzudamente para que nada se deje
al azar”. “Expliqué”, narra House sus charlas con
Grey, salpicándolas con dosis de malicia personal, “mis
métodos de organización en las convenciones políticas
del pasado; que, mientras ellas ocurrían de manera
aparentemente espontánea, en la realidad nada se dejaba
a la suerte”. “Que”, agrega House, “mientras las
medidas eran aparentemente logradas por las diferentes
delegaciones, al final resultaba que se ajustaban
en la plataforma como un mosaico”.
Bajo
ese juego de Mano Subrepticia —mano entre científica
y malabarista— el espíritu administrativo y político
de House despierta primero el intenso interés de Grey
y, con leves y sucesivamente revocables reparos, el
de Woodrow Wilson y los grandes círculos del poder.
“Mostré por qué ninguna oposición podía resistir
aquella organización detallada y plena”, registra
House el impacto inicial y luego creciente de su propuesta
en sus memorias íntimas. “Estaríamos impulsados por
motivos desinteresados”, puntualiza House su estrategia
planificadora, “y no propondríamos nada que fuera únicamente
ventajoso para la Gran Bretaña y los Estados Unidos
sino defenderíamos sólo aquellas cosas que redundaran
en bien del mundo entero”. Nueva gran coincidencia entre
la ciencia (norteamericana, si bien) y la paz mundial,
la que House descubre en la lógica (o la dialéctica)
del interés empresarial vuelve universalmente irrebatible
una hegemonía nacional que cumpla el imperativo mínimo
de organizarse. “Si nos apegáramos a este principio
con plena preparación y organización”, deja en
claro House, “seríamos capaces de alcanzar un bien grandioso
y perdurable, bien que quedaría sólo limitado por
la extensión de nuestra habilidad para concebirlo y
ejecutarlo”.[16] Para que esa empresa prospere, habrá
de operarse la simbiosis enérgica del gerente House
y el demócrata Wilson que se preparan para la ocupación
de los vacíos de poder dejados por Europa.
Alma
gemela en cuanto toca a los medios del asunto,
la de Woodrow Wilson asimila, apenas al poco tiempo,
las lecciones del consejero House. “Y cuando la guerra
llegue a su fin”, expresa un todavía pacifista Woodrow
Wilson a finales de mayo de 1916, “estaremos tan interesados
como las naciones en guerra en ver que la paz asuma
un aspecto de permanencia, ofrezca la promesa de días
en los cuales se remueva el desasosiego de la incertidumbre
y acerque alguna certeza de que la guerra y la paz serán
siempre considerados en lo sucesivo como parte del
interés común de la humanidad”. Pragmáticamente,
la agregación y concertación de los intereses particulares
aparece en Wilson como la vía única de la paz mundial.
“Es evidente”, enuncia Wilson ahora el inminente dogmatismo
internacional norteamericano, “que las naciones deben
ser gobernadas en el futuro por el mismo elevado
código de honor que demandamos a los individuos”.
Al proyectar, e imponer virtualmente, “el pensamiento
de América”, “la convicción apasionada de América”,
Wilson anuncia el corrimiento universal “hacia el pensamiento
del mundo moderno, el pensamiento cuya mismísima atmósfera
es la paz”. Acto de candor según sus posteriores críticos
académicos, sobre todo los de tiempos de guerra fría,
no hay en Woodrow Wilson ingenuidad alguna más allá
de los desplantes de su propia personalidad predicadora
y piadosa. “Los intereses de todas las naciones son
también los nuestros”, establece aquél ante la Liga
por la Paz en Washington. “Somos los socios de los
demás. Lo que afecta a la humanidad es, inevitablemente,
asunto nuestro, al igual que es asunto de las naciones
de Europa y Asia”.[17]
Para
inicios de septiembre de 1917 cobra forma la idea de
Wilson y House a través de la integración del gran equipo
planificador conocido como The Inquiry. “La Comisión
de Investigación (Inquiry), tal como fue llamada”,
narra Robert Lansing, entonces Secretario de Estado,
“estableció sus oficinas en Nueva York y estuvo bajo
las órdenes del Coronel House en cuanto concernía a
la selección de sus miembros”. “Los planes de organización,
el plan general de trabajo y el presupuesto que se proponía
para la Comisión me fueron sometidos en mi calidad de
Secretario de Estado”, agrega Lansing sin rendir cuenta
de cómo los sectores empresariales y financieros establecen,
al interior del grupo, circuitos paralelos a los del
gobierno y la academia. Así, la reunión de “este excelente
cuerpo de estudiosos y expertos cuya tarea era del más
alto rango” se sustrae al entramado macropolítico del
Departamento de Estado y, de acuerdo al consejo de Herbert
Croly, deja la planificación gubernamental de la posguerra
a un abanico de especialistas procedentes de los negocios
y las universidades. La asesoría de los expertos no
sólo barre a su paso las reticencias de la vieja democracia
populista o de los partidarios del laissez faire;
confía la política exterior a las élites corporativas
que nada tienen que ver con el candor pacifista atribuido
a Woodrow Wilson. Al interior de las grandes estructuras
del conocimiento universitario, los historiadores diplomáticos,
los abogados avezados en el arbitraje internacional
y los filósofos políticos que ven en la democracia el
método simple de evitar la guerra serán desplazados
por nuevas figuras pragmáticas como Walter Lippmann
o Felix Frankfurter y las jerarquías universitarias
de los rectores A. Lawrence Lowell, de Harvard, o Sydney
Mezes, que agrega a la rectoría del Colegio de la Ciudad
de Nueva York el puesto que Lansing consigna como el
de “cuñado del Coronel House”.[18]
Entre
quienes concurren a bosquejar la perspectiva general
de The Inquiry, Walter Weyl, editor asociado
de The New Republic, expresa en su primer optimismo
la confianza en el interés económico razonable como
el nuevo demiurgo organizativo que reemplaza por igual
a la Mano Invisible y el Destino Manifiesto. Su propuesta
de investigación de octubre de 1917 exige el justo medio
entre la flexibilidad y la cooperación y la coordinación
bajo una organización centralizada de los proyectos
que combinan el enfoque territorial y sus criterios
eminentemente geográficos y el enfoque sustantivo
nutrido en la economía, el derecho o la etnografía.
Proyecto cooperativo, este al que Weyl se incorpora
obliga a dejar atrás el viejo intelectual omnisciente
porque ningún individuo “podría supervisar adecuadamente
el trabajo entero, y porque los mejores resultados han
de ser obtenidos mediante la libre competencia”. Al
aceptar un compromiso metodológico común, la dirección
centralizada de un consejo asesor y los enfoques múltiples
de los especialistas permiten, a juicio de Weyl, definir
los problemas básicos, dividir mejor las tareas, realizar
una crítica constructiva, editar el material, evitar
las duplicaciones y, fundamental, reconciliar las
contradicciones aparentes.[19]
Y
es que, por lo menos en los inicios de la entrada a
la guerra, Weyl confía en que ese juego de la iniciativa
personal y el imperativo coordinador no desembocará
sino en la imposición, virtualmente natural, de la razonabilidad
de los intereses. Paralelamente a la propuesta aportada
por The Inquiry, Weyl ilustra ese año en su American
World Policies la manera en la cual, a pesar de
que la guerra “sacuda nuestro optimismo y socave nuestra
fe en el progreso de la humanidad”, la realidad que
“somete a prueba y desafía todas nuestras teorías” provoca
también una visualización científica del escenario para
luchar “por la paz mundial y las relaciones internacionales
justas”. Si en ese diseño del mundo ya no hay lugar
para la Doctrina Monroe, ello porque han surgido fuerzas
mayores a las del ejercicio de la mera voluntad política
y, ya en Lippmann, se bosqueja la solución científica
del problema colonial mediante un consejo administrativo
de las grandes potencias que, al actuar como un Senado
de “los cuerpos legislativos nativos”, “garantizaría
la puerta abierta y concedería oportunidades iguales
a los inversionistas de todas las naciones en la colonia
de que se trate”. ¿Qué necesidad hay, entonces, de “adquirir
México, a pesar de la agitación de los financieros y
los instintivos patriotas testarudos”. “Más aún”, escribirá
Weyl presagiando cómo lo doctrinario cede ante lo científico:
“en nuestras relaciones con América Latina no deberemos
apoderarnos de la soberanía política si los intereses
económicos razonables pueden ser asegurados de cualquier
forma sin incorporación política”.[20]
Era
esa convicción idealista del libre y justo
juego del interés razonable la que, pocos meses atrás,
movía a Woodrow Wilson a pedir a Edward House que se
anticipara a cualquier propuesta de los demás Aliados
sobre el “ajuste final” de los planes de paz. “Los Aliados”,
escribía Wilson a House el 21 de julio de 1917, “deben
condescender por fuerza a la presión americana (el poder
económico) y aceptar el programa americano de paz: Inglaterra
y Francia no tienen de ningún modo la misma perspectiva
en relación con la paz de la que nosotros tenemos”.
“Cuando concluya la guerra”, afirma Wilson, “podremos
forzarlas (a aceptar) nuestra manera de pensar”.[21] Sobre
esa base, Wilson busca a través de The Inquiry y
su principal fruto científico, los Catorce Puntos, el
establecimiento de una nueva normatividad empírica internacional
que, lejos ya de la filosofía y la utopía, considere
a la ciencia como su tribunal mayor de la historia.
Frente a la racionalidad histórica, el grupo
de trabajo asiente la razonabilidad empresarial universal.
A la ciencia corresponde así el alto cometido de
establecer la razonabilidad de los intereses económicos.
La ciencia queda como el espacio de la razonabilidad;
la cual, a su vez, queda atada a los criterios de financiamiento
(y financiabilidad) de proyectos viables y atractivos
para el mecenazgo de los organismos corporativos cupulares.
Momento culminante éste, punto en el que se alcanza
la combinación científica del pluralismo internacional
(libre competencia de especialistas-empresarios)
y la ciencia social (vuelta casi sinónimo de
la scientific management). [^
SUBIR]
5. El giro normativo de la primera
globalización
A pesar de la gran masa de la producción y coordinación
que cubre diecinueve temas de estudio y la elaboración
de manuales de procedimientos y del talante general
de idealismo alrededor de la ciencia sobre
los cuales informa Mezes a Lansing en abril de 1918,
el imperativo consiste ahora en ceñir ese ánimo empresarial,
nunca separado de la teología geopolítica, a las convenciones
del derecho internacional. No basta en este bastión
de la diplomacia europea el contar con equipos especializados
de discusión que se forman en 1917 alrededor de la War
Industries Board y anticipan al Council on Foreign Affairs,
o con las labores de coordinación e información que
se posicionan en la ciencia bajo la égida del pragmatismo
y el empirismo. Si Newton Baker, antiguo discípulo de
Wilson y Secretario de Guerra, da ya el beneplácito
a un Walter Lippmann que demuestra “que un escritor
puede ser un hombre práctico”, o incorporar a Felix
Frankfurter en la dirección de la rama de Relaciones
Industriales del Departamento de Guerra, la forja del
poderoso Complejo Industrial aún carece de una concepción
normativa universal que trascienda el empirismo
de los especialistas y los expertos. Porque la pax
negotialis del wilsonianismo habrá de vérselas todavía
con un universo de nacionalismos y soberanías indóciles
a la mera perspectiva del mercado y el comercio, los
binomios simples de la ciencia y la democracia o los
negocios y la libertad que traducen las finanzas y la
industria de guerra no logran opacar la legitimidad
que concede la tradición jurídica. No basta con
postular una “democracia inherente a los negocios” para
convencer a los estadistas europeos que colocan al derecho
internacional en la bóveda teórica de jus gentium
y, más modernamente, en la racionalidad y la normatividad
alentadas por la Ilustración.
Para
redondear esa hegemonía aún sin sanción internacional
estará Elihu Root, descollante abogado corporativo,
antiguo Secretario de Guerra bajo McKinley y Thedore
Roosevelt y luego Secretario de Estado bajo el último,
presidente ya de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional
y ganador en 1912 del Premio Nobel por la arquitectura
pragmática colonial traducida como “política ilustrada
hacia las posesiones de los Estados Unidos”. A punto
de viajar a Rusia para ofrecer el apoyo de Wilson a
Alexander Kerenski, el prestigioso Root puede bosquejar,
en abril de 1917 y ante la Sociedad Americana de Derecho
Internacional, no sólo sus “posibilidades futuras” sino
la manera en la cual las convulsiones de la “era de
las nacionalidades” conducen tersamente a la primacía
jurídica norteamericana. “La Guerra de los Treinta Años
produjo la Paz de Westfalia y el sistema de nacionalidades
independientes en Europa”, abre Root el primer capítulo
de su narrativa, “y produjo a Grocio y a la ciencia
del derecho internacional”. “Las guerras Napoleónicas
produjeron el Tratado de Viena y la Santa Alianza”,
prosigue la dialéctica de Root. “Ese esfuerzo sincero
pero descarriado”, argumenta, “pretendió establecer
los límites y regular las conductas de las naciones
de Europa de acuerdo a los principios que las potencias
firmantes supusieron entonces que mantendrían el derecho
y la justicia, y serían efectivas para mantener el status
quo mediante la formación de una liga para que la
paz fuese observada de acuerdo a su concepción”. Ambos
sistemas fallaron, sentencia Root, porque “las fuerzas
desestimadas que operaban por el cambio y el
crecimiento se volvieron más fuertes que la
coerción gradualmente menguante de los acuerdos para
mantener una relación fija e inmutable del territorio
y las oportunidades entre las naciones”.[22]
Para derivar lecciones y discernir “los imponderables introducidos
por la gran guerra”, la vigencia del nuevo derecho internacional
habrá de ajustarse a una normatividad natural
más que familiar para la generación de Root, la generación
anterior a la de los hombres de la New Republic.
“La ley de la vida es el crecimiento”, dictamina
Root, “y, así, ninguna generación puede impedir el
crecimiento de generaciones futuras fijando de acuerdo
a sus ideas las condiciones específicas bajo las cuales
han de vivir”. “Al considerar cómo puede ser posible
reestablecer el derecho de las naciones sobre una base
durable”, añade Root, “debemos estar conscientes de
que la experiencia pasada indica que no puede ser permanente
ningún sistema de derecho que dependa de la partición
física de la tierra dictada por la conveniencia
del momento, que ninguna ley puede ser quebrantada para
remediar las iniquidades existentes o para que las
nuevas ideas del futuro puedan hallar espacio para desarrollarse”.
A primera vista radical, el realismo de Elihu Root se
muestra aprensivo al mostrar que “los errores antiguos
protegidos por el derecho de las naciones” obedecen
a que “el derecho ha sido
escrito por las potencias
dominantes”. “Debemos, por lo tanto, preguntarnos
si las condiciones políticas y sociales hacia las cuales
podemos razonablemente mirar adelante después de la
guerra, las fuerzas que han de impulsar a la humanidad
y la trayectoria del desarrollo”, incursiona
Root en la filosofía de la historia, “serán aquéllas
que nos vuelvan capaces en nuestro tiempo para escapar
de los errores de nuestros predecesores y establecer,
sobre algún fundamento de principio, un sistema
de derecho internacional que pueda ser mantenido y puesto
en vigor”.
Al
tono del “idealismo” wilsoniano, Root consagra como
el cambio más extraordinario de la
vida nacional a aquel que se realiza durante el
siglo anterior con “el avance y la difusión del gobierno
democrático, y el decrecimiento correlativo de la extensión
y poder de los gobiernos autocráticos y dinásticos”.
Valor secular trascendente y ya no solamente discutido
por “los filósofos y los reformadores”, el del cuestionamiento
del control político desde arriba pierde
el mero carácter local o temporal y responde a un “progreso
largamente continuado y persistente”. “La existencia
y la continuidad asegurada de este proceso de desarrollo
de la democracia”, establece Root sin la menor duda,
“constituye el gran hecho que augura las condiciones
futuras sobre las cuales ha de realizarse el esfuerzo
por restaurar el derecho de las naciones”. Sólo a la
democracia toca remover la “causa principal” de la violencia
en el derecho internacional; al oponerse a los regímenes
autocráticos y dinásticos cuyas aristocracias militaren
viven obcecadas por el incremento del territorio, la
dominación y el poder, la democracia es el único correctivo
de la agresión y la conquista. Aunque varíe en cada
país “de acuerdo al carácter de su pueblo”, la democracia
aparece para Root como “esencialmente la misma en naturaleza
en todos los países”. Que algunos se acerquen más a
ella, y que Inglaterra, y sobre todo los Estados Unidos,
sean histórica e imparcialmente los escogidos, no plantea
otro imperativo que la expansión del modelo angloamericano
como la condición sine qua non
de un derecho internacional justo y legítimo.
Echando mano de Alexis de Tocqueville, Root privilegia sin
titubeos a la democracia norteamericana, purificada
de entrada “de aquellas políticas siniestras de la ambición
que se hallan más allá del alcance del argumento y el
control de la ley”. Una nación “sin compromisos ni designios”
ofrece, en pocas palabras, la posibilidad de superar
la propensión de las anteriores democracias hacia “los
prejuicios, las pasiones ciegas, la ignorancia y el
jingoísmo”. Por ello el imperativo del timonel que permita
a la democracia navegar “entre el peligro de la autocracia
por un lado y la anarquía por el otro”. Al
igual que Wilson, Root confía en la universalización
de las fórmulas federales y judiciales norteamericanas
y en la forja de una educación democrática internacional
que imponga hábitos de veracidad, justicia y conciencia
del interés orientados por la información,
la discusión y la “amable consideración a las opiniones
opuestas, y una actitud tolerante para aquellos que
difieren”. Nada mejor para ilustrar semejante disposición
que “los cien años de paz que todos nosotros estamos
más que orgullosos de preservar a lo largo de las tres
mil millas de frontera entre Canadá y los Estados Unidos,
sin fortificaciones ni acorazados o ejércitos”. Cierto
que, siguiendo a un Tocqueville cuyo tino se da siempre
por sentado, la democracia presenta para Root flancos
débiles al descartar “la disciplina ofensiva”
e inclinarse por una actitud defensiva,
actitud obviable mediante “el continuo adiestramiento
de todos los ciudadanos en las virtudes esenciales que
son necesarias para el mantenimiento del derecho entre
las naciones”.
“Cuanto
más se preserva una democracia a sí misma a través del
ejercicio de aquellas virtudes”, prepara Root sus corolarios
últimos, “mejor adaptada se encuentra para aplicar
los mismos métodos a la conducta de sus negocios internacionales,
y el resultado es una certeza en continuo aumento
de que el derecho internacional será observado en una
comunidad de naciones democráticas”. La última perspectiva
civil, empresarial y privada del derecho internacional
debe, no obstante, estimar en términos realistas la
“eficiencia militar inferior” de la democracia que “no
deja opción en su manera de vérselas con la autocracia”.
“Mientras persista la autocracia militar”, sentencia
con firmeza el patriarca de los juristas norteamericanos,
“la democracia no está a salvo de sus ataques,
que sin duda han de llegar en algún tiempo y que
indudablemente la encontrarán impreparada”. “El
conflicto es inevitable y universal: y es á outrance”,
continúa Root imprimiendo a la democracia un giro fundamentalista
implacable. “Para estar segura”, advierte ya sin la
menor tolerancia, “la democracia debe aniquilar a
su enemigo cuando pueda y donde pueda”. “El mundo
no puede ser mitad democrático y mitad autocrático”,
dispone el maniqueísmo jurídico de Root de plano por
encima de cualquier negociación empresarial. “Debe
ser totalmente democrático o totalmente prusiano. No
puede haber compromiso”, polariza Root para alcanzar
la unilateralidad democrática. “Si es prusiano por completo,
no puede haber ningún derecho internacional verdadero”,
condena. “Si es democrático por completo”, salva finalmente,
“bien puede esperarse un derecho internacional respetado
y observado como el desarrollo natural de los principios
que hacen posible el autogobierno democrático”.[23]
La
inserción de la democracia como el nuevo deus ex
machina del derecho internacional introduce en la
práctica jurídica y diplomática norteamericana un factor
a la vez metafísico y empírico, intransigente y pragmático,
utilizable, según el caso, como imperativo categórico
ante los enemigos juzgados inconciliables o como indulgencia
ante el “carácter nacional” de los aliados vasallos,
siempre aspirantes imperfectos a la democracia.
A los usos de los nuevos principios que esboza Root
obedecerá, también, la doctrina del derecho de William
Howard Taft, ex presidente de los Estados Unidos, abogado,
administrador colonial, alto funcionario judicial, arbitrador
laboral, gente de Juntas de Guerra y ya próximo Primer
Magistrado de la Suprema Corte. “La diferencia entre
la Santa Alianza y la Liga de las Naciones que ahora
proponemos”, dirá Taft al lado de Root a finales de
1918, “reside en el propósito y en el principio
de su formación”. “Nuestra Liga”, especifica Taft,
“contempla una unión de las naciones democráticas
del mundo, mira por la voluntad de los pueblos expresada
a través de sus gobiernos como su base y su sanción”.
Fundado sobre la justicia imparcialmente administrada
y no en el interés de reyes o emperadores o dinastías”,
el derecho internacional democrático es, por ello, absolutamente
severo en cuanto toca a las obligaciones que derivan
de la derrota de los hunos. Ante la devastación
de Europa, no puede haber trato generoso alguno hacia
Alemania y el “círculo de hierro” de la Junkerdom
que rodea al Káiser. “Dice que consentirá sólo «una
paz honorable»”, ironiza Taft en torno al Káiser. “¿Qué
significa eso?”, agudiza la ironía. “Significa un arreglo
que asegure para el Alto Mando Alemán y para el Káiser
la posición de enemigos honorables y confiables”, juzga
ahora la condición democrática (¿o científica?) que
Taft, al igual que Root, se adjudica para sí mismo.
“Esto, en vista de su conducta”, se pronuncia sumariamente
la democracia en voz de Taft, “resulta imposible si
vamos a conseguir aquello por lo cual se libra esta
guerra”.[24]
Con
todo, hay una cláusula democrática adicional para la
reconstrucción científica del mundo. “A menos que extirpemos
la venenosa infección del bolchevismo ruso e
impidamos que se extienda a lo largo de los países de
Europa”, proclama Taft a poco más de un mes de distancia,
“únicamente sustituiremos el despotismo imperial
por la anarquía, el caos y el pillaje”. “Los
bolcheviques son, de hecho, los enemigos mortales
de la sociedad”, deja verbalmente en claro el mismo
día ante el Club Universitario de Mujeres de Nueva Jersey.
“No son demócratas”, predica allí el corpulento
Taft, “no son republicanos, no están a favor del
gobierno popular”. “Convocaron una asamblea constituyente
y, en seguida, arrojaron a los delegados fuera de la
Cámara”, informa ante las mujeres universitarias. “¿Por
qué razón?”, se pregunta. “La de que una mayoría de
aquellos que fueron electos eran burgueses, eran respetables”,
se responde, “y los bolcheviques no podían tolerar el
tener una mayoría respetable en el poder”. “Por lo tanto”,
prosigue Taft, “tomaron posesión por la fuerza del país
y, a través del Soviet, están manteniendo una tiranía
como jamás ha sido vista en la historia”. “Han excedido
con mucho la tiranía de la Revolución Francesa”, asevera,
“sin ninguna justificación”. “A menos que suprimamos
eso”, dictamina el impaciente demócrata Taft, “a
menos que las naciones que son responsables por este
relajamiento de los vínculos sociales cuiden que ese
veneno sea erradicado, ellas no habrán cumplido su trabajo
y no habrán alcanzado su propósito”.[25] [^
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6. ¿Una primera
globalización frustrada?
“Propongo, por así decirlo”, enunciaba Woodrow Wilson
a principios de 1917 el imperativo democrático de la
descolonización de Europa ante el Senado de los Estados
Unidos, “que las naciones deben, mediante un acuerdo,
adoptar la Doctrina Monroe como la doctrina del mundo:
que ninguna nación busque extender su gobierno sobre
ninguna otra nación o pueblo sino que cada pueblo debe
ser dejado en libertad para determinar su propio sistema
político, su propio modo de desarrollo, sin trabas,
sin amenazas, sin miedos, por igual los pequeños
que los grandes y poderosos”. Al oponerse a la democracia
secreta o a los equilibrios del poder, la instauración
mundial del “gobierno por el consentimiento de los gobernados”
proclama desde entonces el punto nacional-empresarial
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