1. Introducción
2. Los
movimientos migratorios transfronterizos y la concepción
de la seguridad
3. Una
nueva fase en la definición de los riesgos
3.1. Inmigrantes en situación de marginalidad y delincuencia
3.2. La inmigración ilegal y el cruce de fronteras
4.
Conclusión
Bibliografía
1. Introducción
Los
movimientos migratorios transfronterizos han sido objeto
de polémicas en los países receptores durante siglos.
Dichas polémicas se han referido, la mayoría de las
veces, a su impacto en la economía, sociedad y cultura
de los países de acogida. Pero, desde el fin de la Guerra
Fría, la redefinición del concepto de seguridad, en
un contexto de procesos globalizadores y de diversificación
de las corrientes migratorias, ha implicado una llamada
de atención sobre el impacto de los nuevos residentes
en términos de seguridad.
Entre
los efectos producidos por la redefinición del concepto
de seguridad destaca por un lado, el abandono de planteamientos
militares como conformadores exclusivos de las políticas
de seguridad y, en lógica relación, la ampliación del
rango de fenómenos cuya respuesta se atribuye como competencia
a las agencias de seguridad. Por otro lado, dicha redefinición
abarca también otros aspectos como la modificación de
los objetos de referencia de la seguridad, dónde la
exclusividad de los Estados desaparece en aras de de
sociedades, individuos y postulados axiomáticos compartidos
en el seno de dichos Estados y sociedades.
La amplia
definición de seguridad acuñada ha permitido incluir
entre los posibles riesgos o amenazas de las sociedades
industriales avanzadas el fenómeno de los movimientos
migratorios transfronterizos. Los flujos o corrientes
migratorias ocupan cada vez un lugar más prominente
en la escala de prioridades de los actores gubernamentales,
llegando incluso a equipararse a temas de estado y defensa.
Un análisis de las respuestas adoptadas por los gobiernos
occidentales muestra la creciente vinculación entre
los movimientos migratorios transnacionales y la seguridad
en sus agendas políticas, y ello, unido a la escasez
de estudios sistemáticos permite afirmar que dicha vinculación
se realiza en variadas ocasiones en base a las percepciones
o intuiciones de los distintos actores.
A
continuación, y tras un breve repaso de las modificaciones
producidas en el marco de la seguridad, se aborda la
manera en que los movimientos migratorios transnacionales,
y los inmigrantes como principales componentes de esas
corrientes, son relacionados con la seguridad de los
países de destino. Numerosos vínculos, la mayoría no
exentos de polémica, permiten relacionar los fenómenos
migratorios y la seguridad. Son objeto principal de
este análisis los que relacionan la inmigración con
actividades delictivas, bien por la implicación de los
inmigrantes en actividades proscritas una vez en el
país de acogida, y que van desde la delincuencia menor
hasta la actividad terrorista, bien por su relación
con mafias y organizaciones de criminalidad organizada
que facilitan la entrada e incluso el trabajo de manera
ilegal. Para concluir se identifican dos de los factores
que motivan la caracterización de la inmigración como
un fenómeno relacionado con la seguridad. Por una parte,
la caracterización del fenómeno migratorio en la actualidad,
esto es, del creciente número de personas que se desplazan
a través de las fronteras y de su diversidad de orígenes
y motivaciones. Por otra parte la falta de control que
los gobiernos tienen sobre esos movimientos transnacionales
de personas y sus consecuencias. [^
SUBIR]
2. Los movimientos migratorios
transfronterizos y la concepción de la seguridad.
Los resultados de numerosas encuestas muestran tanto
la alta valoración que los ciudadanos atribuyen a la
existencia de seguridad para el desarrollo de sus actividades
vitales como su deseo y preocupación por su mantenimiento.
Pero, el concepto de seguridad es un concepto rico y
polisémico, con multitud de acepciones incrementadas
exponencialmente durante el último tercio del siglo
XX. Dicho aumento tiene a principios de los años 90
especial relevancia, en un contexto de globalización
de relaciones y flujos, y en el que el clima de incertidumbre
e inseguridad en el este de Europa implicó variaciones
relevantes en la concepción de la seguridad. Por un
lado, los objetos expuestos a riesgo dejan de ser exclusivamente
los estados-nación y su supervivencia para incluir
a individuos y sociedades, pero también, a los valores
existentes en dichas sociedades y compartidos por los
ciudadanos. Por otro lado, se multiplica el número de
riesgos considerados, incluyéndose entre dichos riesgos
los comúnmente llamados “soft”. Así, la seguridad deja
de circunscribirse a la ausencia de amenazas directas
contra la vida o los bienes para abarcar la estabilidad
y prosperidad de los estados, las sociedades y los individuos,
cuyas amenazas dejan de ser exclusivamente militares
para abarcar la pobreza, la inestabilidad y turbulencias
externas cada vez más cercanas debido al incremento
del número de personas que se desplazan a través de
las fronteras. En consecuencia, la seguridad empieza
a ser considerada no sólo en términos militares o estratégicos
sino que se produce una multiplicación de los retos,
riesgos, tensiones y amenazas a diferentes niveles y
en diversos órdenes.
En este contexto, los movimientos
migratorios transnacionales sufren cambios que los hacen
cada vez menos controlables por los gobiernos y en consecuencia,
más cercanos a ser percibidos como riesgos. Dos factores
son especialmente importantes a este respecto: el número
de personas en movimiento y sus características. De
esta manera, surge la necesidad de conciliar el derecho
a moverse libremente a través de las fronteras con la
necesidad de proteger culturas locales, economías o
medio ambiente, es decir los valores signo de estabilidad
y de gobernabilidad de las sociedades receptoras. Dicha
disquisición se resuelve estableciendo restricciones
a los movimientos de personas. Sin embargo, las posibilidades
de control disminuyen en la misma medida que se incrementan
los desplazamientos efectivos por lo que el establecimiento
de políticas restrictivas no impide que los flujos migratorios
sean percibidos no como una posibilidad de incrementar
la riqueza cultural e intelectual o un apoyo para el
crecimiento industrial y económico de los países a los
que llegan, sino como un riesgo a la seguridad interna,
el bienestar económico o la identidad nacional. [^
SUBIR]
3. Una
nueva fase en la definición de los riesgos.
Los riesgos a la estabilidad y gobernabilidad
de las sociedades receptoras se concretan en dos ámbitos
preferentemente. En el ámbito económico, los análisis
del impacto de la inmigración se refieren esencialmente
a dos aspectos. Por un lado, el mercado de trabajo y
la competencia por recursos escasos (Borjas 1996; Ullman,
1995; Alvarado y Creedy 1998) y por otro, la sostenibilidad
de los estados de bienestar en los países desarrollados
(Freeman 1986; Stolker, 1994; Razin y Sadka 1995; Baldwin-Edwards
2002). En segundo lugar, los movimientos transfronterizos
de personas son también analizados por sus implicaciones
en términos culturales y para las características que
conforman las identidades de los ciudadanos en los países
de acogida, siendo observados como un riesgo o amenaza
cultural o a la cohesión social y a los valores compartidos
(Schieffer, 1997: 97; Sartori, 2001).
Sin embargo, otros dos aspectos ya apuntados
a comienzos de los años 90 por Myron Weiner (1993) han
cobrado especial relevancia en la actualidad. Por un
lado, las actividades que suponen una carga social en
términos de criminalidad o delincuencia. Por otro, los
ataques terroristas lanzados por los inmigrantes y refugiados,
o sus actividades relacionadas con el tráfico de armas
o drogas (Weiner 1993: 109-117). La inmigración es entendida
como un riesgo para la seguridad pública tanto en su
vertiente de seguridad ciudadana como seguridad interior.
Mientras que en el análisis de los riesgos referidos
anteriormente es requisito sine qua non considerar
un grupo más o menos amplio de personas, en este caso
las generalizaciones pueden dañar las relaciones entre
las poblaciones inmigradas y nativas. Dicha precaución
no exime sin embargo, de un análisis en profundidad
de las acciones delictivas relacionadas con la inmigración
en los países de acogida. [^
SUBIR]
3.1 Inmigrantes en situación de marginalidad y delincuencia.
El término de ilegales se ha extendido
como significante para hacer referencia a los inmigrantes
que llegan a un territorio sin los documentos necesarios,
exigidos para tal fin. Dicha denominación no está exenta
de críticas por entender que la acción realizada al
cruzar de esa manera las fronteras no implica una infracción
penal sino administrativa. En este sentido, sería preferible
el uso del término irregular. Sin embargo, es obligado
reconocer la amplia extensión y utilización de la calificación
de los inmigrantes como ilegales en el discurso público.
Es decir, ambos se refieren a la misma realidad aunque
puedan apreciarse connotaciones diferentes en la utilización
de uno u otro término.
Tanto desde la opinión pública como
desde los medios de comunicación y posiciones gubernamentales
es creciente la preocupación por la delincuencia en
los países europeos. El incremento en las tasas de delincuencia
se ha producido en la mayoría de estos países simultáneamente
al crecimiento de las tasas de inmigración, tanto regular
como irregular, por lo que una percepción de vinculación
entre ambos fenómenos en el imaginario colectivo y la
generalización de la consideración de los inmigrantes
como colectivo relacionado con actividades delictivas
se ha extendido ayudada por la cobertura de los medios
de comunicación. En España por ejemplo, en el curso
del debate sobre delincuencia en el Congreso de los
Diputados, el 13 de marzo de 2002, el Gobierno identificó
entre las “numerosas variables” relacionadas con el
aumento de la delincuencia durante el año 2001 la bajada
del número de policías y guardias civiles, el aumento
de la población con perfil delincuencial (hombres entre
15 y 30 años) por la llegada de inmigrantes, el incremento
de la denominada delincuencia multireincidente y la
existencia de más denuncias por las facilidades incorporadas
para ello (El País, 15 de marzo 2002). Dicha influencia
de la inmigración sobre las tasas de delincuencia parece
más clara si se discrimina por el tamaño del hábitat.
En este caso, entre las causas de la delincuencia en
las grandes ciudades, junto con la drogodependencia,
paro juvenil y focos de marginalidad social, se considera
la proliferación de núcleos estables de emigrantes extranjeros
ilegales, enquistados en la marginalidad (Marti i Jusmet
1990: 586).
Distintas
encuestas de opinión pública muestran que esta identificación-generalización
de los inmigrantes como delincuentes había calado hondo
entre los ciudadanos españoles ya en la década de los
noventa. (Tabla 1). Encuestas recientes muestran que
la tendencia en las opiniones se mantiene. En junio
de 2002, un 15,3% de la población estaba muy de acuerdo
con que hoy en aquel momento en España existía una relación
entre inseguridad ciudadana e inmigración, y un 44,3%
se declaraba bastante de acuerdo, siendo el porcentaje
de aquellos que estaban poco o nada de acuerdo con esa
relación un 32,4%[1].
Tabla 1. Influencia de la presencia de inmigrantes
de países menos desarrollados sobre la delincuencia
en España.
|
|
III-92
|
III-93
|
III-94
|
III-95
|
X-95
|
XII-96
|
XII-97
|
|
Más delincuencia
No efecto
Ns/Nc
|
56%
36
8
|
44%
47
9
|
52%
41
7
|
46%
47
7
|
46%
45
9
|
56%
35
9
|
47%
45
8
|
|
N
|
(1.200)
|
(1.200)
|
(1.200)
|
(1.200)
|
(1.200)
|
(1.219)
|
(1.204)
|
Fuente: Estudio Actitudes hacia los inmigrantes,
realizado por ASEP y dirigido por Juan Díez Nicolás,
Madrid: IMSERSO, 1998.
Diferentes explicaciones teóricas se han establecido
desde la criminología para dar razón de la delincuencia
y criminalización de los inmigrantes. Dichas teorías
pueden clasificarse en torno a los factores explicativos
utilizados como biológicas, psicológicas y sociológicas
(García España 2001: 87-123). Tanto las explicaciones
reduccionistas de corte biológico, que atendían como
factores explicativos a características raciales, como
las de corte psicológico, centradas en las patologías
o desórdenes mentales, de conducta o emocionales pueden
considerarse ampliamente superadas. Las teorías sociológicas,
aquellas que observan la delincuencia como una respuesta
normal a la estructura social, los elementos de la vida
social o situaciones relacionadas, son las que han cobrado
protagonismo en la actualidad. En este sentido, las
precisiones por parte de los actores gubernamentales,
ante la oleada de críticas por la generalización en
el discurso de un ligamen directo entre inmigración
y seguridad, han llevado a establecer como verdadero
precipitante de las actividades delictivas la vinculación
de los inmigrantes en situación irregular con focos
de marginalidad en los países de acogida (Crespo 2000).
La estancia en situación irregular implica la existencia
de posibilidades reducidas de acceso a un puesto de
trabajo y, en consecuencia, de obtener medios lícitos
de vida, todo lo cual sitúa a los extranjeros en la
marginalidad. Dicha marginalidad laboral, económica,
social y legal supone un precipitante para la realización
de actividades delictivas tanto por parte de los inmigrantes
como de los nativos en las mismas circunstancias.
En consecuencia, no se considera que los inmigrantes
tengan unas características psicológicas o genéticas
que induzcan al delito en diferente medida que a los
nativos sino más bien del contexto de vida y las circunstancias
personales facilitadoras de procesos de acercamiento
a actividades delictivas, y motivadas por difíciles
procesos de socialización y asimilación y carencia de
medios de vida. En este mismo sentido, el fiscal jefe
del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, Mariano
Fernández Bermejo, indicó ante la vinculación entre
el aumento de la inseguridad ciudadana y la inmigración
irregular basada en la cifra de que un 89% de los presos
preventivos que ingresaron en los primeros meses del
año 2002 en las cárceles eran extranjeros que “la marginación
social y la indefensión de los extranjeros en situación
irregular son los factores conducentes a esas tasas
de presos preventivos y no la inmigración, así mismo
tampoco se debe considerar inmigrantes a los miembros
de bandas criminales organizadas” (El País, 15 de marzo
2002). Esta atención hacia la marginación como causa
intermedia en la cadena explicativa despeja posibles
diferencias naturales: biológicas o psicológicas, en
la propensión a delinquir entre ambos. Por otra parte,
la situación de irregularidad se establece como el precipitante
de dicha marginalidad, una nueva cadena que parece difícil
de romper. Esta visión se encuadra dentro de las aproximaciones
teóricas que destaca la situación de privación (deprivation
approach) o los conflictos-culturales (culture-conflict
approach) como explicaciones más extendidas de la comisión
de delitos por parte de los extranjeros (Hertz 2002:
136).
En la sensación o percepción de seguridad de los habitantes
de un determinado territorio no sólo influyen los niveles
objetivos apreciables en dicho lugar, sino también factores
subjetivos que juegan un papel esencial, tanto o más
importante que los objetivos. Cifras sobre comisión
de delitos o sobre personas que cumplen condena como
consecuencia de esa comisión, son un indicativo de la
realidad ilícita. Sin embargo, un índice bajo de criminalidad
no excluye una percepción de inseguridad de los ciudadanos
provocada por temores, sensación de peligro o amenaza
provocada por los medios de comunicación u otros actores
o mensajes u otros factores objetivos no directamente
ligados a la criminalidad como el mal estado de los
lugares, la suciedad o lo desconocido. (Ruidíaz, 1997:25).
Un estudio pormenorizado de las tasas
de delincuencia e inmigración se hace en consecuencia
necesario. El
mejor indicador de que disponemos para estimar la incidencia
de la población extranjera en el incremento de la delincuencia
es el número de detenciones de extranjeros por presuntas
infracciones. Diversos problemas en el análisis de estos
datos han sido destacados frecuentemente, principalmente
la inclusión en las tasas de detención no sólo de inmigrantes
sino de extranjeros en general, lo cual conduce a la
sobrerrepresentación en dichas estadísticas de las personas
de origen foráneo frente a los residentes (Lynch y Simon
2002: 81). Otra circunstancia a tener en cuenta es la
probabilidad de detención, más alta entre los extranjeros
debido a los tipos de delitos que cometen o la mayor
propensión a ser considerados sospechosos (Aranda 2004:
109).
Todas estas precisiones deben ser
tenidas en cuenta al observar datos como los recogidos
en la tabla 2. En ella se presentan los resultados de
un estudio realizado acerca de las detenciones practicadas
por la Guardia Civil española en relación al origen
de los detenidos. Como se puede observar en los porcentajes
de extranjeros detenidos, por los distintos delitos
considerados, en relación al total de ciudadanos detenidos
es superior a la tasa de inmigrantes en nuestro país.
En consecuencia, se constataría la mayor propensión
a delinquir o al menos su detención en un número mayor
de lo esperado según los comportamiento de los españoles.
Tabla
2. Detenidos por la Guardia Civil. Año 2000
|
|
A. Extranjeros
|
B. Total
|
A/B. Porcentaje
|
|
Todas
las infracciones
Penales (1)
|
13.115
|
81.729
|
16,0 %
|
|
Delitos
contra las personas
|
640
|
3318
|
19,3 %
|
|
Delitos
contra la libertad
Sexual
|
265
|
1344
|
19,7 %
|
|
Delitos contra
el patrimonio
|
5.530
|
24.843
|
22,2 %
|
|
Tráfico de drogas
|
1.731
|
6.734
|
25,7 %
|
(1)
Por
delitos, por faltas y por hallarse reclamados.
Fuente: Juan Avilés: “Inmigración y seguridad ciudadana”, Cuadernos de la Guardia Civil, nº 25, 2001.
Avilés (2001) destaca algunos otros problemas relacionados
con la creación de estas razones entre delitos cometidos
por extranjeros y españoles. En primer lugar, la necesidad
de tomar en cuenta la población extranjera de hecho,
lo que implica incluir a los residentes irregulares.
En segundo lugar, se debe tomar en cuenta la estructura
por edades poniendo en relación las edades en las que
se producen la mayoría de las detenciones y calculando
la tasa anterior de delincuencia de la población entre
16 y 44 años. En tercer lugar, introducir un coeficiente
en relación al sexo. Y, por último corregir por aquellos
detenidos cuya residencia sea efectiva en España, con
el fin de diferenciar entre extranjeros e inmigrantes.
De los resultados obtenidos destaca este mismo investigador
que la tasa de delincuencia de los residentes europeos
parece marcadamente superior a la de los restantes extranjeros
pero no se percibe ningún resultado concluyente. Por
lo tanto, el estudio de la variable nivel social, en
base a las teorías de privación social relativa, aún
está necesitado de desarrollo y aplicación práctica
con el fin de dar respuesta a la delincuencia de determinados
grupos de población en las sociedades occidentales.
[^
SUBIR]
3.2. La inmigración ilegal y el cruce de fronteras.
La situación de irregularidad de las personas inmigrantes
es por tanto, una variable a destacar en lo relativo
a la seguridad ciudadana, por tanto no se considera
una voluntad delictiva previa del sujeto al trasladarse
al país receptor. Sin embargo, si es relevante prestar
atención al dato de que sólo el 78% de los extranjeros
detenidos en el año 2000 residía habitualmente en territorio
español a la hora de estimar razones entre categorías
delictivas de los distintos colectivos. Los movimientos
de personas a gran escala, como los que se producen
en la actualidad, parecen ser también en consecuencia
utilizados por criminales “transnacionales” que observan
en la incapacidad por parte de los gobiernos y las agencias
de seguridad de controlar efectivamente las fronteras
un incremento de sus expectativas delictivas. La extensión
de las redes y actividades este tipo de organizaciones
relacionadas con diversos tipos de acciones criminales
parece obtener beneficios del incremento de la movilidad
internacional, la facilidad para desplazarse y establecerse
de facto en otros lugares, el multiculturalismo
de hecho, sobre todo en las grandes ciudades, y el fortalecimiento
de redes de comunicación características de la era de
globalización.
En este clima transnacional, la Unión Europea tomó
conciencia de esos retos y de los vínculos existentes
entre terrorismo, crimen organizado y tráfico de drogas,
y desde mediados de la década de los ochenta el grupo
de TREVI ve incrementadas y reforzadas sus estructuras
y mecanismos. En este contexto los movimientos transfronterizos
de personas cobran especial importancia. Monar (2000:
6-15) observa en el elevado incremento en el número
de peticiones de asilo y la presión de la inmigración
ilegal a mediados de dicha década juegan un papel crucial
en el acuerdo para la entrada del asilo y la inmigración
en la agenda de la Conferencia Intergubernamental de
1990-1991 y en el quehacer de los Estados Miembros dentro
del Tercer Pilar. Dicha entrada en la agenda política
de la actual Unión Europea y en su estructura de pilares,
bajo la misma rúbrica que otros tipos de movimientos
criminales o terroristas lleva a críticas sobre la criminalización
de la inmigración y la denominación del proyecto Europeo
como “Europa fortaleza” (Geddes 2000:26).
Sin
embargo, no podemos olvidar que una nota característica
de este final del siglo XX, es la relación y lazos entre
actividades que afectan a la seguridad y otras que tradicionalmente
no suponían una preocupación en ese campo. Las bandas
organizadas integradas tanto por nacionales como extranjeros,
aprovechan las ventajas de la mundialización en sentido
amplio, pero sus integrantes no pueden ser calificados
como inmigrantes en la mayoría de los casos, ya que
su perfil no se ajusta al de los inmigrantes económicos
o solicitantes de protección bajo el régimen del asilo.
Los vínculos más fuertes entre la inmigración y el crimen
organizado se basan en la creciente evidencia de que
las redes criminales organizadas se han convertido rápidamente-
y están tomando el control- del tráfico de seres humanos,
(Laczko y Thompson, 2000: 18). La preocupación de seguridad
en este tipo de delitos toma como objeto a proteger
no sólo al estado y a sus fronteras, sino también al
inmigrante que unas veces elige voluntariamente este
medio para salir de su país de origen pero que en otras
es víctima de engaño. Así, el tráfico de personas parece
haberse desarrollado como complemento al tráfico de
drogas, armas o sustancias prohibidas, constituyéndose
en las últimas décadas en una nueva fuente de ingresos
para los grupos del crimen organizado (Collinson, 1999:
316).
El terrorismo debe ser considerado entre este tipo
de fenómenos transnacionalizados que afectan a la seguridad
de los estados, sociedades e individuos y que a su vez
se relacionan con los movimientos migratorios transfronterizos.
Sus nexos con el fenómeno de la inmigración han sido
clara y públicamente debatidos a partir de los atentados
del 11 de Septiembre de 2001 en los Estados Unidos.
Algunos precedentes son bien conocidos: el anterior
ataque al World Trade Center o los atentados del verano
de 1994 en Francia relacionados con la posición de Francia
frente al conflicto civil en Argelia. En este caso,
se constató que estos ataques no hubiesen sido tan fáciles
de realizar sino hubiese sido por la habilidad de los
grupos terroristas con base en Argelia para establecer
redes de apoyo en la comunidad árabe en Francia (Collinson,
1999: 315).
Las comunidades inmigrantes se convierten en fuentes de recelo
por sus actividades políticas que pueden tomar forma
de ataques terroristas tanto hacia el país receptor
como hacia su país de origen. Las acciones emprendidas
y medidas puestas en marcha a partir de los acontecimientos
del 11 de Septiembre de 2001 no se han centrado exclusivamente
en este tipo de apoyos sino que su carácter preventivo
ha inducido a erigir controles y barreras con el fin
de vigilar y mejorar los sistemas de concesión de visados,
las inspecciones en la entrada, los controles en frontera,
la vigilancia interna o los permisos de los estudiantes.
El motivo es que de los 19 secuestradores que actuaron
ese día, 16 habían utilizado visados de turistas o estudiantes.
Dichos terroristas, llegaron al país con sus operaciones
planificadas a grandes rasgos y, en algunos casos, no
salieron del país cuando expiró el tiempo de estancia
concedido, mientras que en otros casos, nunca llegaron
a ser estudiantes cómo y dónde afirmaron al solicitar
sus visados. Las reformas realizadas se han considerado
en consecuencia parte esencial en los esfuerzos para
combatir el terrorismo, ya que su objetivo es facilitar
la entrada de las personas que se desea, e identificar
y detener la entrada de terroristas y extranjeros indeseados
(Martín y Martín 2001: 1). El hecho de que los terroristas
del 11 de septiembre fueran extranjeros, algunos irregularmente
residentes, plantea cuestiones como si es demasiado
fácil para los extranjeros abusar del sistema de inmigración
y si se puede hacer más para proteger a los americanos
de los terroristas extranjeros (Kritz, 2002: 33).
Al analizar todos estos vínculos de la inmigración
con otros fenómenos transnacionales que aprovechan la
permeabilidad de las fronteras tanto en Estados Unidos
como en Europa, hemos visto que desaparece la consideración
de inmigrantes para denominarlos extranjeros. En la
Unión Europea, dicha tendencia a la restricción de la
inmigración se ha considerado acompañada de un reforzamiento
de la racionalidad que legitima proveer a los ciudadanos
europeos con unos elevados niveles de seguridad, basados
en la distinción de “seguro” dentro e “inseguro” fuera
(Monar: 2000: 17). Los riesgos y amenazas a la seguridad
para las sociedades industriales avanzadas provienen
de “personas en movimiento”, dónde el carácter dinámico
y las posibilidades que se ofrecen en la actualidad
para tales desplazamientos juegan en contra del control
de los estados.
Sin embargo, la inmigración ilegal o irregular como tal,
sí vulnera la concepción de las fronteras de los estados
modernos y, por lo tanto, sus competencias soberanas,
al quedar los movimientos de entrada o salida de personas
que llegan con fines de mejorar sus condiciones económicas
o sociales o de solicitar la protección de los estados
de acogida fuera de la fiscalización y control de las
autoridades. En este caso, la llegada de manera irregular
se convierte en una amenaza directa para la seguridad
nacional, relacionada con la soberanía y en consecuencia
con la invulnerabilidad del territorio. Dicha contravención
de la legalidad vigente, trata de ser atajada por los
gobiernos con urgencia por sus implicaciones indirectas
en términos de credibilidad, legitimidad y eficacia
ante los ciudadanos en el cumplimiento de sus funciones
esenciales. En consecuencia, y aunque son evidentes
los signos de disolución de los estados como referentes
principales o únicos de la seguridad tanto en el pensamiento
convencional como en el no convencional, dónde las nuevas
adjetivaciones de la seguridad llevan a pensar en los
individuos como referentes principales, en el caso de
los movimientos migratorios no registrados ni consentidos
se conciben como su amenaza hacia los actores estatales
receptores en tanto vulneran su soberanía. Seguridad
es entendida en la política internacional y nacional
en toda su extensión protectora tanto del territorio
como de los ciudadanos frente a la anarquía. Seguridad
equivale a control no sólo a estabilidad.
Las
predicciones de movimientos masivos de población hacia
los países occidentales desarrollados han contribuido
a esta sensación de falta de control e incluso a la
extensión del miedo a la invasión. Aunque entre el potencial
migratorio de una población y su realización media un
abismo, existe una gran desproporción entre la percepción
del potencial migratorio de los países de origen y la
escasa disposición de acogida por parte de los receptores
(Arango, 1998:14)[2].
Sin embargo, la amenaza a la soberanía no descansa tanto
en el número de personas, es decir al volumen del fenómeno
en su conjunto, como en la falta de eficacia en la actividad
gubernamental y policial de controlar el acceso al territorio.
Cuando los países adoptan políticas de inmigración cero
o restrictivas a la entrada de personas, el incumplimiento
de estas prescripciones y de la normativa emanada al
efecto mediante la entrada en dichos países implica
una vulneración del ordenamiento jurídico del Estado
receptor y de sus políticas públicas (y su legitimidad)
por incumplimiento de las reglamentaciones relativos
al acceso, estancia o el régimen para la contratación
laboral, independientemente del fin para el que se crucen:
encontrar un trabajo mejor, la seguridad de la vida
o la realización de actividades criminales. Dichos inmigrantes
tratan de evadir el principio de control territorial,
unas veces voluntariamente y otras como sujetos pasivos
de algún tipo de organización delictiva.
Las
fronteras no sólo dividen territorios sino que marcan
diferentes sistemas legales, niveles de desarrollo económico
y culturas políticas. Pese a los procesos de globalización
o a la creación de nuevas formas supraestatales de organización
económica y política que implican una cierta cesión
de soberanía voluntaria y que han supuesto la erosión
de algunas zonas fronterizas a favor de la libre circulación
de mercancías, capitales y personas el control sobre
los individuos que acceden al territorio, cualquiera
que sean los límites fronterizos de éste, se mantienen
entre las funciones que corresponden a las fuerzas y
cuerpos de seguridad de los estados. Dicha vulneración
de los límites fronterizos se comparte con otras formas
de trasgresión como el tráfico de drogas. La clave por
tanto no es, lo nocivo de personas o mercancías para
la sociedad receptora sino la negación o prohibición
de la entrada que realiza el estado. Dicha vulneración
tiene sus consecuencias no sólo en términos de descrédito
de las acciones y políticas gubernamentales, así como
de la capacidad de sus Fuerzas y Cuerpos de Seguridad
encargados de dicho control fronterizo, sino que también,
puede influir los sentimientos subjetivos de inseguridad
de los individuos por su relación con el temor. Temor
que en ocasiones ha sido empleado para explicar las
reacciones violentas de los ciudadanos europeos frente
a los inmigrantes. Así fue en Alemania, en los años
sesenta, dónde la falta de control de la inmigración,
es decir el resultado de una carencia de estructuración
política de los procesos de llegada de inmigrantes fue
considerado factor determinante de la respuesta agresiva
de los nativos[3]. [^
SUBIR]
4.Conclusión.
La seguridad no se descubre sino que se construye
con elementos objetivos y subjetivos mediatizados por
mecanismos de percepción y de creación de opinión individual
y colectiva. Los momentos en que se vinculaba inseguridad
y guerra están ya caducos. Si “vivir mejor” se limitaba
en un primer momento a estar libre de amenaza física,
su alcance subsiguiente se ha expandido. Dicha expansión
del contenido de seguridad, especialmente en los estados
más avanzados, se explica por la necesidad de garantizar
al máximo las demandas sociales crecientes que a menudo
escapan a las capacidades puramente estatales y van
mucho más allá de la pacificación de la sociedad y de
la defensa de las fronteras.
Se ha producido
por tanto, un claro cambio de énfasis en la percepción
de la seguridad, los estados-nación han perdido relevancia
frente a los individuos que los integran. Aquí surge
una paradoja: cómo conciliar el derecho a moverse libremente
con la necesidad de proteger culturas locales, economías,
medio ambiente, salud e incluso la paz. En este contexto,
las fronteras y su control no sólo no pierden relevancia
sino que se constituyen en elementos esenciales. Las
fronteras tienen su impronta en la relación entre la
inmigración y la seguridad. A través de ellas discurren
fenómenos como el crimen organizado transfronterizo,
el tráfico de drogas o el terrorismo en un momento en
que la inexistencia o la ineficacia de los controles
es manifiesta. Cuestiones de soberanía, legitimidad
y gobernabilidad nos muestran porqué el control de las
fronteras y la inmigración ilegal se han convertido
en objetivo prioritario para los actores gubernamentales.
Por tanto, que la inmigración sea
percibida como un problema de seguridad depende en gran
medida de la percepción de los ciudadanos acerca de
su control por los entes públicos de los fenómenos que
afectan directamente a su seguridad o aquellos que producen
sensación de inseguridad o descontrol. Dicha percepción
en la opinión pública de los países receptores es coadyuvada
por acontecimientos en los que los inmigrantes se relacionan
con acciones criminales de bandas organizadas transnacionales
o con actividades terroristas o con crecientes índices
de delincuencia en las sociedades de acogida. Esta última
relación, está lejos de ser completamente explicada
aunque el entramado de variables entre las que destacan
la situación social y económica de la persona abre nuevas
líneas de trabajo empírico. [^
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