|
Introducción
Perspectivas teóricas de los movimientos sociales
1. Enfoques clásicos
1.1. Enfoque del comportamiento colectivo
1.2. Enfoque de la sociedad de masas
1.3. Enfoque de la privación relativa
1.4. Nuevas perspectivas
2. Teoría de la movilización de recursos o enfoque
estratégico
2.1. Importancia del análisis microestructural: organización,
recursos y movilización
2.2. Enfoque del proceso político o la "estructura
de oportunidades políticas"
2.2.1. La estructura de oportunidades políticas
2.2.2. Repertorios de acción y Ciclos de protesta
3. Nuevos movimientos sociales o "paradigma de la identidad"
3.1. Importancia de los factores estructurales
3.1.1. Cambio económico
3.1.2. Cambio político
3.1.3. Cambio cultural
3.2. Los "nuevos movimientos sociales"
3.2.1. Actores
3.2.2. Valores y objetivos
3.2.3. Formas de organización y acción
3.3. Alain Touraine y la sociología de la acción
3.4. Alberto Melucci y la identidad colectiva
4. Propuestas de integración y nuevos planteamientos
4.1. El acercamiento entre TMR y NMS
4.2. El enfoque "constructivista"
“En
sociología, hay numerosas definiciones y teorías sobre los movimientos
sociales.(...)En muchos aspectos, todos nos parecemos un poco
a los seis famosos ciegos hindúes en la parábola clásica. Cada
uno de ellos colocaba su mano en una parte diferente del elefante
y en consecuencia describía un animal distinto”.
Joseph Gusfield (1994:93-94)
INTRODUCCIÓN
A finales de los años sesenta, se producen fenómenos de movilización
en Europa y Estados Unidos como no habían sido vistos desde los
años treinta. El largo periodo de “paz social” que se inició tras
la II Guerra Mundial parecía haber llegado a su final, impresión
que se acrecentó durante la década siguiente, con los convulsos
años setenta. Aunque el carácter radical de muchas de las movilizaciones
sociales características de esos años se mitigará a partir de
los años ochenta, el germen de algo nuevo ya se había introducido
en el orden político y social configurado a partir de 1945.
Ciertamente, no puede
decirse que las reivindicaciones y proclamas más ambiciosas llegaran
a cumplirse, ni que el mundo o una parte de él fuera sustancialmente
transformado, pero sí puede admitirse que, a partir de entonces
y especialmente en las sociedades capitalistas más avanzadas,
nuevos temas, problemas y realidades pasaron a formar parte de
las agendas políticas y de la vida cotidiana, afectándolas por
tanto. Mirando desde el presente, no es difícil apreciar la influencia
que el movimiento ecologista ha ejercido para que en la actualidad
todos los partidos políticos y gobiernos incluyan políticas ambientales
en sus programas, o cómo el movimiento feminista ha conseguido
que, incluso en nuestras conciencias, el papel de la mujer en
la sociedad y, por tanto, la misma imagen de la mujer, se hayan
visto sustancialmente alterados.
Ciertamente, tampoco
puede decirse que el orden político surgido de la posguerra haya
llegado a su fin, pero el sistema de partidos en el que se basan
las democracias capitalistas fue ampliamente cuestionado por el
propio surgimiento de los movimientos de los setenta. Partidos
políticos e instituciones, justificadas en el principio de representación,
mostraron su incapacidad para dar cabida a amplios sectores de
la sociedad que planteaban nuevos temas con demandas que, en la
mayoría de los casos, estaban destinadas a obtener objetivos de
carácter universal, no reducibles a sectores o clases sociales
concretos, como había sido hasta entonces.
Ciertamente, por último,
no puede decirse que la etapa de movilización social que se inicia
a finales de los sesenta haya supuesto un cambio de dirección
en la tendencia hacia el individualismo característico de las
sociedades más avanzadas, sin embargo, sí ha señalado ciertos
límites sobre lo irremediable de ciertos procesos. No todo está
en manos de un sistema que cada vez nos es más ajeno y del que
nada podemos cambiar. A través de su organización y movilización,
la gente, la sociedad, puede no sólo discutir y negociar sobre
aquellos aspectos que le son más cercanos y necesarios, sino también
cuestionar el rumbo general que está tomando el mundo en manos
de las grandes empresas transnacionales, auténticas protagonistas
de la política y la economía mundial. Sólo desde una sociedad
organizada y activa podrá ponerse límites a los procesos de creciente
desigualdad y exclusión que ya caracterizan al mundo actual. Movimientos
sociales como los dirigidos a condonar la deuda del Tercer Mundo
o los que denuncian y luchan contra los excesos de la globalización
económica, pueden ser los ejemplos más actuales de lo que, en
muchos sentidos, representan los nuevos movimientos surgidos a
partir de los años setenta.
Pero reduzcamos la lente
de nuestra mirada para centrarla en otro tipo de efectos que,
en un ámbito más restringido, han tenido los movimientos sociales
surgidos en las últimas décadas. Se trata de la reacción intelectual
y académica que, especialmente desde la Sociología, ha sido de
tal envergadura que, sin duda, permite hablar de un antes y un
después.
A partir de los años
setenta y como resultado de la ola de protestas y movilizaciones
iniciadas en la década anterior, la producción teórica y empírica
sobre los movimientos sociales aumenta de tal manera que su estudio
pasa a convertirse en todo un campo de la Sociología. La explicación
de ambos desarrollos se encuentra no sólo en el aumento del número
de casos a estudiar, que explicaría el crecimiento empírico, sino
en las características que se observan en los nuevos movimientos
y que, se cree, están lejos de poder ser explicadas con las teorías
vigentes en esos momentos. Se inicia por tanto la crítica de esas
teorías, que irá acompañada de nuevas reflexiones que pretenden
dar respuesta a los interrogantes surgidos ante las nuevas formas
y contenidos de los movimientos.
El presente
trabajo pretende trazar el recorrido teórico que se inicia en
esos momentos en relación al estudio de los movimientos sociales.
Como señala la reflexión de Gusfield destacada al principio, han
sido diferentes los caminos seguidos para intentar comprender
los fenómenos de movilización social contemporáneos pero, en la
analogía que hace, también ofrece pistas sobre una peculiaridad
que se da en este campo de estudio:
existen numerosas teorías y perspectivas diferentes pero, en general,
no son excluyentes entre sí. Parten de presupuestos diferentes,
cada una destaca unas dimensiones sobre otras, las imágenes que
utilizan del objeto a estudiar son distintas, pero, si unimos
entre sí las piezas que pueden encajar (las relaciones entre las
distintas partes y entre las partes y el todo) es posible obtener
una imagen bastante completa de lo que es un movimiento social.
Teniendo en cuenta lo
anterior, el recorrido que aquí se propone comienza con los enfoques
teóricos que dominaban el campo de estudio a finales de los sesenta,
cuando la irrupción de los nuevos movimientos marcó la necesidad
de una profunda reflexión y cuyo resultado fue la pluralidad teórica
ya señalada [1]. Trazar las líneas principales de los nuevos enfoques que se
desarrollan a partir de los años setenta, la “teoría de la movilización
de recursos” y el enfoque de los “nuevos movimientos sociales”,
con sus respectivas variantes, ocupa el cuerpo principal del trabajo,
que concluye con las propuestas de integración que se producen
desde mediados de los años ochenta y con un nuevo enfoque, de
gran influencia en la actualidad, fruto en gran medida del proceso
de reflexión y acercamiento entre teorías y de la influencia de
las nuevas tendencias constructivistas que afectan a toda la disciplina
(Corcuff, 1998).
PERSPECTIVAS
TEÓRICAS DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES
El interés intelectual y académico por los movimientos sociales
cobra gran relevancia a partir de los años setenta, como resultado
de la ola de protestas y movilizaciones sociales que se inician
en la década anterior, primero en Estados Unidos y poco después
en Europa.
Cuando estos fenómenos se producen, están vigentes en el campo
de estudio de los movimientos sociales distintas teorías que van
a mostrar lo ineficaz de sus presupuestos para dar cuenta de muchos
de los rasgos que presentan las movilizaciones de la época. La
reacción, principalmente desde la Sociología, será rápida, elaborándose
críticas a los enfoques del momento que contendrán el germen de
los nuevos planteamientos que se desarrollarán a partir de entonces.
Esta vinculación entre crítica e innovación sería suficiente para
justificar la inclusión de esos enfoques considerados aquí como
“clásicos”, pero hay además otro motivo que hace necesaria su
presencia: si durante los años setenta y ochenta los paradigmas
surgidos a ambos lados del Atlántico fueron claramente hegemónicos
en el estudio de los movimientos sociales, a lo largo de los noventa
se van configurando nuevas propuestas, derivadas del desarrollo
de las investigaciones y de la constatación de “vacíos” en las
explicaciones de las teorías dominantes, que presentan importantes
conexiones con algunos de los enfoques clásicos (Gusfield, 1994;
Laraña, 1996) y llegan a configurar un nuevo enfoque teórico (Klandermans,
1994; Della Porta y Diani, 1999) [2].
Tras los enfoques vigentes en el momento de iniciarse la renovación
teórica de los años setenta, el trabajo se adentra en los modelos
de interpretación que han representado una auténtica eclosión
del campo de estudio de los movimientos sociales. Los fenómenos
de movilización que se produjeron a partir de los años sesenta,
expresaron por sí mismos la necesidad de nuevas formulaciones
teóricas por parte de las ciencias sociales. Desde la Sociología
comienzan a elaborarse los nuevos modelos de explicación, que
desde un principio se presentan claramente diferenciados en dos
tradiciones: la desarrollada especialmente en los Estados Unidos
y que centra el análisis de los movimientos sociales en el carácter
estratégico de estos, la organización y los recursos que posibilitan
la movilización (el “cómo” según la celebrada caracterización
de Melucci) [3] y la tradición elaborada desde Europa, preocupada por los factores
estructurales y de identidad que llevan a los individuos a participar
en acciones colectivas de protesta (el “por qué” de nuevo según
Melucci).
Si bien a primera vista cabe pensar que ambas tradiciones pueden
ser complementarias, la realidad es que durante un largo periodo
de tiempo ambas se mantuvieron total y mutuamente ignoradas. No
será hasta mediados de los años ochenta cuando se produzcan los
primeros acercamientos entre estudiosos de ambos paradigmas, en
un intento no sólo de sintetizar ambos enfoques sino también de
fijar la atención sobre las dinámicas que llevan de los condicionantes
estructurales a las decisiones individuales de participar en un
movimiento social, importante vacío al que ninguno de los dos
paradigmas daba respuesta
[4].
Volvemos así a algo ya mencionado
unas líneas atrás y que cerrará este recorrido, casi circular,
por las teorías y enfoques de interpretación de los movimientos
sociales: el desarrollo a lo largo de los últimos años de nuevos
planteamientos “centrados en aspectos de carácter simbólico y
cultural, considerados esenciales para la interpretación y explicación”
de los movimientos sociales contemporáneos (Laraña y Gusfield,
1994:XI). Lo que estos planteamientos buscan llenar es precisamente
el vacío reconocido por los teóricos de los enfoques consolidados.
Pero la dificultad de explicar el paso de lo individual a lo colectivo,
de cómo el nivel micro (los sentimientos experimentados a nivel
individual) da lugar a fenómenos de nivel macro (movimientos sociales,
por ejemplo), parece recordar también la imposibilidad de elaborar
grandes teorías “atrapalo-todo” que puedan dar cuenta de todos
los aspectos de la realidad social o ni siquiera de uno solo de
ellos desde todos sus prismas.
Sólo
con lo dicho hasta aquí el desarrollo y vitalidad de este campo
de la Sociología parece claro: tiene buenos reflejos, practica
la autorreflexión y es sumamente fecundo, esto último hasta tal
punto que cualquier intento de exhaustividad resultaría vano.
Lo que sigue, por lo tanto, solo pretende ofrecer un estado general
de la cuestión, señalando los principales “hitos” intelectuales
en la materia hasta alcanzar el momento actual, en el que los
llamados movimientos antiglobalización vuelven a plantear la necesidad
de afrontar nuevas preguntas en la investigación, marcadas en
buena medida por la irrupción de formas de acción y el uso de
medios de comunicación hasta hace poco no disponibles.
1.
ENFOQUES CLÁSICOS
Con el surgimiento de las nuevas ciencias sociales a finales del
siglo XIX se inicia la búsqueda de respuestas “científicas” que
den explicación a los fenómenos de acción de masas. La primera
formulación será la conocida como “psicología de masas”, que tiene
en Gustave Le Bon y Gabriel Tarde y posteriormente en Freud a
sus principales representantes. Este enfoque, de carácter psicosocial
por su énfasis en la conducta humana, encuentra la explicación
de los excesos del comportamiento de masas en el contagio y la
sugestión: mientras que el individuo aislado se comporta en su
cotidianidad de forma racional, al integrarse en una muchedumbre
esa racionalidad desaparece, el individuo se une a la homogeneidad
de la masa y se deja llevar por la sugestión del discurso y el
carisma del líder. Se configura así una especie de mentalidad
colectiva, de “unidad mental” en términos de Le Bon, cuya irracionalidad,
carga emotiva y credulidad están muy lejos del comportamiento
controlado, respetuoso con las normas y racional del individuo
aislado.
Los enfoques que a continuación se
observan recogen algunos de los planteamientos de la psicología
de masas, pero también introducen nuevas visiones, especialmente
un concepto más positivo de la acción colectiva. Dichos enfoques,
considerados como “clásicos” (Laraña, 1996; Casquette, 1998) son:
el enfoque del comportamiento colectivo, con dos versiones diferenciadas,
la interaccionista y la funcionalista, el enfoque de la sociedad
de masas y el de la privación relativa.
1.1.
Enfoque del comportamiento colectivo
A partir de los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando
todavía el enfoque de la psicología de masas se mantiene vigente,
comienzan a elaborarse nuevos planteamientos que, aunque no suponen
una ruptura total, sí introducen nuevas concepciones y presupuestos.
Es en la llamada Escuela de Chicago donde se desarrolla principalmente
el enfoque del “comportamiento colectivo”, que cuenta con Robert
E. Park, Ernest W. Burgess, Herbert Blumer, como sus más destacados
representantes [5].
Una primera diferencia que se establece con la psicología de masas
es relacionar el comportamiento colectivo con el cambio social.
En un amplio proceso de transformación de la sociedad se dan condiciones
emergentes que estimulan la búsqueda de nuevos modelos de organización
social. El comportamiento colectivo y los movimientos sociales
como una de sus formas, serían así expresión del impacto producido
por fenómenos como la urbanización, la pérdida de formas de cultura
tradicional, la innovación tecnológica, los medios de comunicación
de masas o la emigración. Estos cambios en la estructura social
provocarían la aparición de intentos no institucionalizados de
reconstrucción del sistema de creencias compartidas y de la propia
estructura social.
La
similitud que puede observarse en este sentido con las perspectivas
funcionalistas, desaparece al considerar la movilización no como
una búsqueda de restablecimiento del equilibrio que ha sido alterado,
sino como el intento de desarrollar nuevos sistemas de significados
a compartir y nuevas formas de relación social (Della Porta y
Diani, 1999: 256; Laraña, 1996:30-31). Se observa aquí la influencia
del “interaccionismo simbólico” iniciado por Mead [6] que, aplicado a la acción colectiva, considera que en ésta se
producen intercambios de nuevas actitudes e interpretaciones de
la realidad que sientan las bases para la acción social.
Esto último hace referencia a otra ruptura clara del nuevo enfoque
con respecto al de la psicología de masas y es el carácter positivo
que se otorga al comportamiento colectivo en cuanto a su capacidad
para elaborar nuevas formas de comportamiento convencional o reglado:
“Para que un individuo pueda efectuar nuevos ajustes y establecer
nuevos hábitos, es inevitable que los viejos hábitos sean liquidados,
y para que la sociedad pueda reformar el orden social existente,
un cierto grado de desorganización es inevitable” [7]. Esto implica, además, difuminar la separación entre el comportamiento
convencional, que se atiene a las normas sociales y el comportamiento
colectivo, considerado hasta entonces diferente de aquél
[8].
Si estas son las novedades más destacadas que introduce el enfoque
del comportamiento colectivo (en su versión “interaccionista”)
en el estudio de los movimientos sociales, las continuidades con
la teoría de la psicología de masas también son importantes. En
primer lugar, permanece el componente psicosocial en cuanto que
la movilización tiene lugar por un impulso común y colectivo que
es resultado de la interacción social. Además, se mantiene la
consideración bajo un mismo término, de fenómenos muy dispares
entre los que los movimientos sociales serían solamente una forma
más de comportamiento colectivo, compartiendo el mismo marco analítico
que los disturbios, multitudes, modas, opinión pública, etc.
Dentro de las teorías del comportamiento colectivo, aunque en
versión “funcionalista”, se desarrolla durante los años cincuenta
y sesenta un nuevo enfoque: el estructural-funcionalismo, con
Neil J. Smelser como principal exponente. Su objetivo es establecer
una explicación sociológica del comportamiento colectivo, dejando
atrás cualquier enfoque psicologista, para centrarse en los determinantes
sociales de la protesta. Así, mientras que los autores de la escuela
de Chicago influenciados por el interaccionismo simbólico, centran
su preocupación en el origen de la solidaridad e identidad colectiva
o en los efectos de la movilización sobre los individuos, Smelser,
desde el estructural-funcionalismo, pone el énfasis en el contexto
estructural en el que la movilización tiene lugar.
Continuando la línea teórica iniciada por el funcionalismo de
Parsons, Smelser considera toda sociedad como un sistema compuesto
por subsistemas en equilibrio. La aparición de comportamientos
colectivos serían síntomas que rebelan la existencia de tensiones
en la estructura social, reflejando, por un lado, la incapacidad
de las instituciones y mecanismos de control social para reproducir
la cohesión social y, por otro, los intentos de la sociedad por
reaccionar a situaciones de crisis a través del desarrollo de
creencias compartidas.
Aunque la obra de Smelser, Teoría del comportamiento colectivo
(1963), supone un giro importante en el estudio de los movimientos
sociales, conserva sin embargo ciertas continuidades con la escuela
de Chicago: en primer lugar, sigue considerando como no racional
el comportamiento colectivo cuando dice que “...las creencias
que sirven de base al comportamiento colectivo se asemejan a las
creencias mágicas” [9] y, como segunda continuidad importante, al incluir todo comportamiento
social dentro del mismo marco teórico y conceptual, mantiene la
idea de que todas las formas de comportamiento colectivo pueden
ser explicadas dentro de un mismo marco analítico, sin tener en
cuenta la disparidad de los fenómenos que el término engloba.
1.2.
Enfoque de la sociedad de masas
Herederos también del enfoque de la psicología de masas y compartiendo
el panorama intelectual sobre los movimientos sociales con las
teorías del comportamiento colectivo, se encuentran los análisis
derivados de las teorías sobre la “sociedad de masas”.
Esta línea de pensamiento, ya planteada por Ortega y Gasset en
los años veinte con estudios dedicados a analizar los comportamientos
sociales de las masas que conforman la sociedad contemporánea,
tiene continuidad en los años cincuenta y sesenta con trabajos
como los de Hannah Arendt y William Kornhauser, siendo la aportación
teórica más importante la de este último. Estos autores buscaban
explicar el surgimiento de los movimientos totalitarios de la
primera mitad de siglo en Europa, de tanta influencia en el desencadenamiento
de la II Guerra Mundial.
En contraste con la escuela de Chicago o los planteamientos de
Smelser, el enfoque de la sociedad de masas pone su énfasis en
las características de los individuos que participan en las acciones
de protesta. Sus teóricos caracterizan la sociedad de masas como
un modelo de relaciones sociales basado en el desarrollo de organizaciones
burocráticas que regulan la vida de grandes cantidades de personas
y que influyen (junto a amplios procesos de cambio social como
la urbanización o la industrialización) en la desconexión del
individuo de sus vínculos sociales tradicionales (familia, comunidad,
sindicatos, iglesia,...), asociaciones intermedias que a su vez
se fragmentan y debilitan, ayudando a configurar una sociedad
con una estructura atomizada que facilita el aislamiento y la
sensación de alienación de los individuos.
Es esta “atomización social”, según Kornhauser, la que conduce
al estallido de movimientos de protesta, ya que el aislamiento
y la ausencia de formas de integración y solidaridad, produce
individuos particularmente vulnerables a la llamada de movimientos
radicales y antidemocráticos.
La influencia del enfoque de la psicología de masas se observa
claramente, al mantenerse algunos de sus rasgos más característicos:
irracionalidad de la masa, objetivos lejanos y difusos y participación
destacada de los sectores más desarraigados, desintegrados y alienados
de la sociedad (Casquette, 1998:54).
1.3.
Enfoque de la privación relativa
Durante los años sesenta, mientras están teniendo lugar las primeras
oleadas de movimientos sociales que ponen de manifiesto lo inapropiado
de los enfoques teóricos vigentes, incapaces de explicar el protagonismo
estudiantil o la evidente racionalidad estratégica de muchas de
las nuevas formas de protesta, se elabora una formulación teórica
que pretende dar cuenta de las motivaciones que inducen a los
individuos a participar en acciones colectivas. Con análisis centrados
en la violencia política, James C. Davies (1962), Susan y Norman
Fainstein (1969) y Ted Gurr (1970), entre otros, proponen un enfoque
que considera los movimientos sociales como la manifestación de
sentimientos de privación experimentados por los actores ante
expectativas frustradas.
Según
el modelo teórico sistematizado por Gurr en Why Men Rebel
(1970), la privación relativa experimentada por los individuos
no es una realidad objetiva, sino basada en la percepción que
cada uno tiene de dicha realidad, es decir, considerando lo que
se tiene y lo que se cree merecer. Estas expectativas creadas
no se refieren solo a bienes materiales, sino también a la participación
política o a posibilidades de desarrollo personal. La frustración
generada por el sentimiento de privación se traduce en descontento,
que es el que lleva a los individuos a participar en movimientos
de protesta.
Esta
perspectiva, a pesar de alcanzar su desarrollo teórico en un momento
en que la realidad había mostrado los límites de las teorías vigentes
en la época, mantiene algunos de los rasgos más controvertidos
de estas, como el énfasis en los aspectos psicológicos, la irracionalidad
en la motivación de los actores o la visión de la movilización
colectiva como un mero agregado de experiencias individuales.
Sin embargo, aunque la teoría de la privación relativa perderá
relevancia como modelo de análisis frente a los nuevos planteamientos
centrados en el carácter estratégico de la acción, en la actualidad,
cuestiones como la elaboración de expectativas o el sentimiento
de agravio de los actores son factores que se reconocen presentes
en los movimientos, lo que ha supuesto que se la considere como
una “teoría de alcance medio” susceptible de ser aplicada en algunos
análisis de la acción y el conflicto social (Pérez Ledesma, 1994:118-119;
Della Porta, 1999:256).
1.4.
Nuevas perspectivas
Como
ya se ha mencionado, a principios de los años setenta se inicia
una renovación teórica en el campo de estudio de los movimientos
sociales. Las movilizaciones iniciadas la década anterior suponen
una enorme ampliación en el terreno de la investigación empírica,
que permite a una nueva generación de sociólogos no solo observar,
sino también participar en los propios fenómenos objeto de estudio,
lo que pronto influirá tanto en la elaboración de críticas que
señalan la incompatibilidad entre realidad y teoría disponible
(Gamson, 1990[1975]:134; McAdam, McCarthy y Zald, 1988:697), como
en la dirección que tomarán los nuevos presupuestos (Jenkins,
1994[1983]:7).
Otra
influencia que cabe señalar con relación al cambio teórico que
se produce, es la aportación que desde la historiografía hacen
autores como Rudé, Hobsbawn o Thompson, con obras donde se cuestionan
algunos de los presupuestos de las teorías clásicas y que plantean
nuevos elementos de análisis que alcanzarán su desarrollo teórico
con los nuevos enfoques que ahora se inician (Cohen, 1985:674;
Pérez Ledesma, 1994:84).
Este cambio de paradigmas estará marcado desde el principio por
la formación de dos tradiciones, que además de ser muy diferentes
en cuanto a propuestas y contenidos, se desarrollan en espacios
geográficos también distintos. Mientras que en Estados Unidos
se elabora la “teoría de movilización de recursos” (TMR) que centra
su énfasis en los recursos, la organización y las oportunidades
como medios que posibilitan la movilización y la consecución de
objetivos, en Europa se dirige la atención hacia los cambios
culturales y macroestructurales que han dado lugar a la formación
de nuevas identidades que emergen a través de los movimientos
sociales contemporáneos, dando nombre por su énfasis en la novedad
de estos al enfoque de los “nuevos movimientos sociales” (NMS) [10].
A pesar de las diferencias que los separan, ambos paradigmas presentan
puntos en común frente a los enfoques clásicos que buscan superar.
Ambos entienden que los movimientos sociales giran en torno a
la existencia de grupos organizados, cuyos miembros actúan racionalmente
y están integrados en asociaciones. Es más, la acción colectiva
conflictiva es normal e implica formas de asociación específicas
en el contexto de una sociedad civil moderna y pluralista. En
definitiva, ambos enfoques distinguen dos niveles de acción colectiva:
el nivel manifiesto de las movilizaciones y el nivel latente,
presente en las formas de organización y comunicación entre grupos
y que da cuenta de la vida cotidiana y de la continuidad de la
participación del actor. Este énfasis en la organización previa
de los actores sociales y en la racionalidad del enfrentamiento
colectivo marcan claramente la diferencia con respecto a planteamientos
anteriores (Cohen, 1985:673).
2.
“TEORÍA DE LA MOVILIZACIÓN DE RECURSOS” O ENFOQUE ESTRATÉGICO
La
TMR se gesta a partir de algunas respuestas críticas a las teorías
clásicas vigentes en la época, respuestas que, junto a los otros
factores ya mencionados, reciben también la influencia de la “teoría
de la elección racional” formulada a partir de la obra de M. Olson,
The Logic of Collective Action (1965). Olson realiza un
análisis sobre la racionalidad de la participación individual
en la acción colectiva basado en el cálculo de costes y beneficios
y que ofrece a los nuevos teóricos la posibilidad de superar las
explicaciones de corte psicologista y adentrarse en planteamientos
dirigidos por la racionalidad instrumental de la movilización.
De hecho, en la TMR el “actor racional”, ya sea el individuo o
el grupo, reemplaza a la muchedumbre como punto de referencia
central en el análisis de la acción colectiva y lo hace utilizando
un razonamiento estratégico e instrumental (Cohen, 1985:674),
basado en el cálculo de los costes y beneficios de diferentes
líneas de acción (Jenkins, 1994[1983]:7)
En
síntesis, lo que Olson plantea es que los individuos participan
en la acción colectiva en función de sus intereses y tras un cálculo
de los costes y beneficios que les supone dicha participación,
es decir, el coste nunca puede ser mayor que el beneficio que
se espera conseguir. Esto, que según Olson puede aplicarse claramente
en el caso de organizaciones pequeñas, no lo es tanto si se pretende
el análisis sobre organizaciones grandes que buscan beneficios
colectivos, como es el caso de los movimientos sociales. Según
la lógica del modelo, lo normal en este caso es que el individuo
no participe de la acción ya que el coste es superior al beneficio
y, sobre todo, su no participación no implica la no obtención
de los objetivos buscados sino que, por el contrario, puede beneficiarse
de los resultados de la acción sin necesidad de participar. Este
es el famoso problema del free-rider o “gorrón”, que Olson
solventa en su modelo introduciendo el concepto de “incentivos
selectivos”, es decir, de beneficios individuales que incitarían
a los individuos a participar en la acción colectiva. Con esta
“teoría del subproducto”, Olson explica la contradicción que se
da en su teoría entre el supuesto fracaso de la acción colectiva
en las organizaciones grandes y la existencia real de tales organizaciones
(Aguiar, 1990: 10-15).
El problema que esto último supone para una teoría de los movimientos
sociales que cuenta con la racionalidad estratégica e instrumental
como uno de sus fundamentos, es patente desde el principio. La
necesidad de que existan “incentivos selectivos” para que se produzca
la participación en la acción colectiva implica que en ausencia
de tales incentivos la acción sea imposible o irracional, o al
menos no racional, como señala el propio Olson. De aquí la preocupación
de algunos de los teóricos de la TMR en buscar una respuesta al
problema del free-rider o de por qué una parte de la población
participa en movilizaciones colectivas que no les son útiles en
términos racionales. Las respuestas a esta cuestión, por otra
parte, conducen hacia las distintas orientaciones que el paradigma
presenta, según donde se ponga el énfasis a la hora de dar cuenta
del por qué de la formación de un movimiento. Aunque el término
“teoría de la movilización de recursos” parece hacer referencia
a un cuerpo teórico unitario, en realidad alude a distintas versiones
que comparten una serie de presupuestos, pero que se diferencian
entre sí, básicamente, en el objeto de estudio que eligen para
resolver la cuestión del origen y formación de los movimientos
sociales.
A partir de las síntesis elaboradas por Jenkins (1994[1983]:7)
y Cohen (1985:675), los presupuestos comunes a las diversas orientaciones
de la TMR que explican su inclusión en un mismo paradigma son:
1. Racionalidad de la acción colectiva llevada a cabo por los
movimientos, en base a cálculos de costes y beneficios.
2. No hay diferenciación entre acción
colectiva institucional y no institucional, ya que ambas se inscriben
en conflictos de intereses formados dentro de las relaciones de
poder institucionalizadas.
3. Los agravios que dichos conflictos
generan son elementos siempre presentes en las relaciones de poder
y por tanto no pueden explicar por sí mismos la formación de movimientos
sociales. Esta depende de cambios en la disponibilidad de los
recursos, de la organización del grupo y del marco de oportunidades
existente para la acción colectiva.
4. Las organizaciones formales y centralizadas
son más eficaces a la hora de movilizar recursos y, por lo tanto,
de asegurar el éxito, en el que juegan un papel importante los
factores estratégicos y los procesos políticos en los que los
movimientos tienes lugar.
5. El éxito de la movilización se evidencia en el reconocimiento
del grupo como actor político o por el logro de beneficios materiales.
Las
distintas corrientes que se han desarrollado a partir de estos
presupuestos básicos, se han diferenciado entre ellas en función
de la importancia que cada una ha otorgado a uno u otro de los
aspectos que, según la TMR, inciden en la formación del movimiento.
De esta manera, se observan dos grandes enfoques dentro de este
paradigma: uno centrado en cuestiones como la organización, los
recursos y la movilización y otro que pone su énfasis en lo político,
en la llamada “estructura de oportunidades políticas” que permite
o limita el surgimiento y desarrollo de un movimiento social dentro
de un sistema político dado.
2.1.
Importancia del análisis microestructural: organización, recursos
y movilización
Entre los nuevos teóricos, uno de los primeros que planteó la
movilización como un problema de “gestión de recursos” (resource
management) fue Anthony Oberschall en Social Conflict and Social
Movement (1973). Al señalar la importancia de aquellos en
el desarrollo de los conflictos sociales, Oberschall realiza también
una adaptación del modelo económico olsoniano, introduciéndolo
así en el estudio de los movimientos sociales. Corrigiendo a Olson,
Oberschall señala que los miembros de un movimiento no son individuos
aislados, sino miembros de asociaciones y/o comunidades que configuran
el contexto social en el que el individuo toma sus decisiones
y que influyen en la dirección de éstas en cuanto que dichos individuos
son dependientes de las recompensas y sanciones comunitarias (Pérez
Ledesma, 1994:88). Estas redes de grupos solidarios son las que
nutren de miembros a los grupos de protesta y no los individuos
“socialmente aislados, atomizados y desarraigados” que sostenían
las interpretaciones clásicas (citado en Della Porta y Diani 1999:8-9).
Una vez configurado el actor colectivo del conflicto social, Oberschall
considera que “el conflicto en sus aspectos dinámicos puede ser
conceptualizado desde el punto de vista de la gestión de recursos.
La movilización alude a los procesos por los que un grupo descontento
reúne e invierte recursos para conseguir los objetivos del grupo.
El control social alude a los mismos procesos, pero desde el punto
de vista del grupo que está siendo desafiado”. La racionalidad
de los actores de la protesta es evidente ya que “ellos sopesan
las recompensas y sanciones, costes y beneficios, que los cursos
de acción alternativos representan para ellos. En situaciones
de conflicto, sus preferencias e historia previa, su predisposición,
tanto como la estructura del grupo y la influencia de los procesos
en los que están involucrados, determinan sus elecciones” (citado
en Gamson, 1990 [1975]:137).
En 1977, John D. McCarthy y Mayer N. Zald, en línea con los cambios
teóricos iniciados por Oberschall [11], elaboran lo que puede considerarse como la formulación más
radical de la TMR en cuanto a racionalidad instrumental se refiere
y donde, por primera vez, se utiliza el término resource mobilization
approach.
McCarthy y Zald parten del rechazo explícito de los presupuestos
que hasta entonces habían dominado en el campo de estudio de los
movimientos sociales, sobre todo la importancia otorgada al descontento,
los agravios o la privación como condiciones que explican el origen
de cualquier movimiento social. Para estos autores, la existencia
de conflictos y tensiones es algo común a toda sociedad y, por
tanto, el surgimiento de la acción colectiva no puede ser explicado
solamente en base a esos elementos, sino que es necesario estudiar
las condiciones que transforman el descontento en movilización
(McCarthy y Zald, 1977:1214-1215). Para explicar ésta y teniendo
en cuenta el problema del free-rider planteado por Olson,
McCarthy y Zald siguen los planteamientos ya señalados por Oberschall
para el análisis de los movimientos sociales: prestar especial
atención a la selección de incentivos, a los mecanismos o estructuras
para la reducción de costos y a los beneficios que se esperan
obtener de la acción colectiva (ibídem: 1216). A partir de estas
premisas, que enfatizan el carácter racional e instrumental de
la movilización y compartiendo también la idea de Oberschall sobre
la necesidad de estudiar la agregación y gestión de los recursos
para comprender la actividad de un movimiento social, los autores
concentran su atención sobre la organización, considerada como
un elemento central en la actividad de los distintos movimientos
y a la que, analíticamente, separan de estos.
McCarthy y Zald conciben un movimiento social como un “conjunto
de opiniones y creencias en una población que representa preferencias
para cambiar algunos elementos de la estructura social y/o de
la distribución de recompensas en una sociedad” o, en otras palabras,
consideran los movimientos sociales como “estructuras de preferencia
dirigidas hacia el cambio social” (ibídem: 1217-1218). Es con
relación a esto que los autores conceptualizan lo que denominan
“organización de un movimiento social” (OMS) como “una organización
compleja, o formal, que identifica sus objetivos con las preferencias
de un movimiento social e intenta hacer realidad dichos objetivos”
(ibídem: 1218). El conjunto de todas las OMS que tengan como objetivo
la obtención de las preferencias generales de un movimiento social
es denominado por los autores “industria de movimiento social”
(IMS) (ibídem: 1219) y el conjunto de “todas las IMS existentes
en una sociedad con independencia del movimiento social al que
apoyen” es considerado como “sector de los movimientos sociales”
(SMS) (ibídem: 1220).
Esta división analítica entre los elementos que forman un movimiento
social, especialmente la diferenciación entre un “movimiento social”
y una IMS implica, según los autores, importantes ventajas para
su estudio, entre ellas la posibilidad de centrarse explícitamente
sobre el componente organizativo de la actividad, lo que permite,
por otro lado, explicar el auge o caída de las IMS, que no dependen
totalmente ni del tamaño de un movimiento social ni de la intensidad
de las preferencias que este manifiesta (ibídem: 1219).
La centralidad otorgada por estos autores a las organizaciones
se justifica en su concepción de éstas como “portadoras de los
movimientos sociales” (Zald y McCarthy, 1987: 12). Son las OMS
las que posibilitan la consecución de los objetivos, ya que su
gestión (o “movilización”) de los recursos conlleva una serie
de funciones que están dirigidas hacia el logro de las preferencias
de cambio que constituyen los fines del movimiento. El punto
de partida seguido por McCarthy y Zald para elaborar su propuesta
teórica sobre las OMS es la idea de que éstas, como cualquier
otra organización, tienen como principal objetivo su propia continuidad,
ya que sólo si su existencia es asegurada, pueden perseguirse
otros objetivos (McCarthy y Zald, 1977: 1226). Esta premisa se
asocia también a la más explícita adscripción realizada en el
trabajo de Zald y Ash (1966) en el que se señalaba la virtualidad
del “análisis institucional” de Selznick dentro de la sociología
de la organización [12]. Según este enfoque, que para los autores es especialmente útil
en el estudio de las OMS, las organizaciones se encuentran en
un entorno variable al cual deben adaptarse y que puede implicar
cambios en los objetivos y en las disposiciones internas de la
organización. Además, dentro de las organizaciones, que suelen
estar compuestas por distintos grupos, puede darse el conflicto
con relación a la distribución del poder o los incentivos. En
otras palabras, el enfoque se centra sobre el conflicto, la presión
del entorno y los cambios en la viabilidad organizativa (Zald
y Ash, 1987 [1966]: 122-123).
Toda OMS debe contar con recursos que le permitan trabajar en
el logro de los objetivos del movimiento y, por lo tanto, debe
asegurarse el flujo de recursos necesarios para su supervivencia
y desarrollo dentro del contexto en el que desarrolla su actividad.
En primer lugar, debe trabajar por conseguir recursos para su
mantenimiento que no sean considerados prioritarios por la población,
que busca cubrir antes sus necesidades básicas, por lo que puede
considerarse que las OMS y el SMS de los que forman parte dependen
en gran manera de recursos que se consideran escasos. En segundo
lugar, el SMS debe competir por esos recursos con asociaciones
voluntarias y organizaciones políticas y religiosas (McCarthy
y Zald, 1977: 1224) y, por último, las OMS deben competir con
el resto de las OMS de la misma IMS por los recursos disponibles,
teniendo en cuenta que, ante un aumento de los recursos, es probable
que surjan nuevas organizaciones e industrias que intenten captarlos
(ibídem: 1225). La imagen que se dibuja a partir de estas consideraciones
es, por tanto, la de un contexto eminentemente competitivo en
el que OMS, IMS y SMS deben disputar con elementos externos, pero
también entre ellos, para asegurar su supervivencia y la consecución
de sus fines. Es sobre todo al nivel de la competencia e interacción
entre organizaciones donde McCarthy y Zald han puesto un énfasis
especial (Zald y McCarthy, 1987: 2).
Los movimientos sociales rara vez tienen un carácter unitario
y lo que su estudio permite observar es cómo están compuestos
por una variedad de OMS, vinculadas a distintos grupos de apoyo
y que “compiten entre ellas por los recursos y por el liderazgo
simbólico, a veces comparten instalaciones y recursos, desarrollan
funciones unas veces estables y otras diferenciadas, se unen ocasionalmente
en coaliciones ad hoc y también ocasionalmente se dedican con
todas sus fuerzas a hacer la guerra unas contra otras” (Zald y
McCarthy, 1987 [1980]: 161). En su análisis los autores parten
de la idea de que la interacción entre OMS tiene una gran analogía
con las relaciones entre industrias que actúan en el mercado económico
(ibídem: 163), lo que permite encontrar actitudes y prácticas
tanto de cooperación como de competencia dentro de las IMS. A
partir de aquí y siguiendo una línea ya trazada por los teóricos
de la organización, McCarthy y Zald analizan distintas cuestiones
que se dan en las relaciones entre organizaciones de una IMS,
utilizando un lenguaje claramente tomado de la microeconomía para
señalar, por ejemplo, cómo se diferencian productos (objetivos
o tácticas) para buscar una mejor posición en el mercado (ibídem:
167) o cómo las alianzas entre organizaciones que ofrecen servicios
y productos similares pueden deberse a la necesidad de ser representadas
por “asociaciones comerciales” en el mundo exterior (ibídem: 176).
De acuerdo con la línea de análisis seguida, McCarthy y Zald están
haciendo referencia a una forma de organización “profesional”
caracterizada por: “(1) un liderazgo dedicado a tiempo completo
al movimiento, con una gran proporción de recursos originados
fuera del grupo agraviado que el movimiento pretende representar;
(2) con una base pequeña o inexistente de miembros; (3) que intenta
transmitir la imagen de ‘estar hablando para seguidores potenciales’;
y (4) que intenta influir en política para esos mismos seguidores
o miembros” (McCarthy y Zald, 1987 [1973]: 375). Los líderes de
esta fórmula organizativa son “empresarios” cuyo efecto sobre
los movimientos resulta de su habilidad en el manejo de imágenes
de apoyo a través de los medios de comunicación (ibídem: 374).
Los miembros, por su parte, no tienen un papel destacado en la
elaboración de la política organizativa ni sobre las posiciones
que la organización toma sobre los distintos asuntos, quedando
su participación limitada a la contribución financiera y al apoyo
en las campañas de protesta elaboradas desde la cúpula (ibídem:
378). En definitiva, la experiencia y competencia profesional
parecen tener más importancia que la acción ciudadana en estas
organizaciones, que entienden el uso estratégico de los medios
de comunicación de masa como una herramienta propicia para promover
el cambio social (ibídem: 379). Esta fórmula organizativa parece,
además, que resuelve una cuestión importante para el enfoque de
la “movilización de recursos”: la racionalidad atribuida, en términos
de costes y beneficios, a los participantes de los movimientos
sociales. Para McCarthy y Zald las organizaciones profesionales
pueden ser vehículos que reduzcan los costos de una participación
más gravosa que las quejas o agravios que se esperan solventar,
ya que requieren de menos esfuerzo y recursos por parte de sus
miembros (ibídem: 379), lo que explicaría el aumento de la movilización
y, especialmente el gran “auge” de ésta a partir de los años sesenta.
Es importante señalar que, en todo momento, McCarthy y Zald reconocen
explícitamente que su trabajo está centrado en los movimientos
sociales surgidos en la historia más reciente de Estados Unidos
(McCarthy y Zald, 1977: 1236; McCarthy y Zald, 1987: 12) y, aunque
creen en su utilidad para explicar otros contextos y situaciones,
su análisis está elaborado a partir de los cambios que se han
producido en la moderna sociedad norteamericana, especialmente
el aumento en tamaño, educación y riqueza de la clase media y
el desarrollo y expansión de los medios de comunicación de masa,
factores que facilitan el surgimiento de una movilización profesionalizada
(Jenkins, 1994 [1983]: 16).
El papel de los recursos es también central en la teoría de McCarthy
y Zald, ya que son los cambios en su accesibilidad (especialmente
de cuadros dirigentes y de facilidades organizativas) los que
explican la formación de los movimientos sociales (ibídem: 10).
Sin embargo y, a pesar de su importancia, estos autores no definen
en ningún momento lo que ellos entienden como “recursos”, limitándose
a una enumeración en la que incluyen “legitimidad, dinero, medios
[infraestructuras] y trabajo” (McCarthy y Zald, 1977: 1220). Como
lo que explica el surgimiento de la movilización es el aumento
en los recursos y, sobre todo, su acceso y gestión por parte de
las OMS, la atención en este enfoque se centra sobre los individuos
y grupos que real o potencialmente suministran recursos al movimiento.
Los autores así distinguen entre miembros, partidarios, observadores
u oponentes o entre élite y base de una OMS para analizar cuestiones
como la cantidad de recursos controlados (ibídem: 1221) o el “estilo”
de una OMS, diferenciando en este sentido entre una OMS clásica,
que se dirige especialmente hacia los partidarios que son beneficiarios
en potencia de los fines del movimiento, y una OMS profesional,
que apela principalmente a los partidarios “de conciencia” que
no esperan beneficiarse directamente de los logros conseguidos
pero que contribuyen con el movimiento (ibídem: 1223). Desde este
último punto de vista y como una aportación característica de
la teoría de la movilización de recursos, cobran gran importancia
tanto las contribuciones de personas ajenas a las OMS como la
cooptación de recursos institucionales por parte de los movimientos
sociales contemporáneos (Jenkins, 1994 [1983]: 14).
A pesar del gran giro teórico que se produce con el enfoque organizativo
de la TMR y de la importancia que se reconoce desde entonces al
estudio de la organización para una mejor comprensión de los movimientos
sociales, la propuesta encabezada por McCarthy y Zald ha sido
objeto de distintas críticas, lanzadas tanto desde fuera como
desde dentro de la propia TMR
[13]. El paso del tiempo y el desarrollo, tanto teórico como empírico,
del campo de estudio de los movimientos sociales ha conducido
también hacia la reflexión y el reconocimiento de ciertas “lagunas”
en el enfoque organizativo de la TMR. En 1992, Zald reconocía
que había importantes aspectos a los que no se había prestado
atención en su propuesta e incluía entre ellos “la relación entre
la clase y la formación de identidad con la movilización; la oportunidad
política y la estructura estatal como determinantes y límites
de la movilización y de los resultados de un movimiento social;
los microfundamentos del riesgo y la racionalidad; el papel de
los efectos de la manifestación o la influencia de la crisis cultural
en la actividad de un movimiento social” (Zald, 1992: 327). A
pesar de estas ausencias, Zald también consideraba que se habían
producido ciertos avances en la tarea de hacer frente a las limitaciones
de su enfoque, especialmente en cuestiones relacionadas con la
“micromovilización” (ibídem: 334).
Ya en 1988 y dentro del debate sobre la incapacidad de la TMR
para dar cuenta del paso desde el nivel micro (el individuo racional)
al macro (la acción colectiva), McCarthy y Zald, junto a Doug
McAdam, introducen en la teoría de los movimientos sociales toda
una línea de investigación que se había ido desarrollando dentro
de la TMR. Su rechazo a dejar entrar de nuevo condicionantes de
carácter psicosocial en la explicación del surgimiento de los
movimientos (Jenkins, 1994 [1983]) o a ampliar el concepto de
“racional” más allá de los estrictos cálculos de costes y beneficios
(Cohen, 1985), les lleva a buscar “puentes teóricos intermedios”
que permitan afrontar los dos niveles de análisis (McAdam, McCarthy
y Zald, 1988: 698). Partiendo de la evidencia de que existen factores
estructurales que vinculan la participación individual con la
actividad en los movimientos (ibídem: 707-709), desarrollan el
concepto de “contexto de micromovilización” que definen como “cualquier
pequeño grupo en el que los procesos de atribución colectiva son
combinados con formas rudimentarias de organización para producir
movilización para la acción colectiva” (ibídem: 709). Es en estos
grupos donde, entre otros factores que promueven la movilización,
se desarrollan los “incentivos solidarios” de los que depende
la mayor parte del comportamiento social y que son definidos como
“indefinidas recompensas interpersonales que se producen con la
participación continuada en cualquier grupo establecido o asociación
informal” (ibídem: 710). Esto hace referencia, como los mismos
autores señalan, a procesos de transformación en la conciencia
colectiva que preceden a la propia acción colectiva o movilización,
ya se consideren “creencias generalizadas” (Smelser) o “liberación
cognitiva” (McAdam) (ibídem: 713). En definitiva, los autores
están reconociendo la presencia de elementos psicosociales en
los estadios anteriores al reclutamiento y la movilización, lo
que implica dar un cierto giro teórico a sus anteriores planteamientos
basados en la racionalidad instrumental de los actores. Sin embargo
y, a pesar de este reconocimiento más o menos explícito, los autores
finalmente consideran que la importancia de estos contextos de
micromovilización es más organizativa que psicológico social,
ya que es en ellos donde se movilizan los recursos esenciales
para la acción (miembros, redes de comunicación y líderes) (ibídem:
715-16).
A pesar de esta última matización, la propuesta en su conjunto
debe entenderse como uno de los intentos de integración entre
los distintos enfoques que se dan desde mediados de los años ochenta
y que caracterizan, en gran manera, la investigación teórica sobre
movimientos sociales de la siguiente década.
2.2.
Enfoque del proceso político o la “estructura de oportunidades
políticas”
Dentro del giro teórico que representa la TMR y en paralelo con
el desarrollo del enfoque centrado en la organización y los recursos,
se encuentra la versión que fija su atención en el entorno institucional
y político en el que se produce la acción colectiva, especialmente
en el análisis de la influencia del contexto político en la formación,
supervivencia e impacto de los movimientos sociales.
A pesar de las diferencias lógicas por la elección de distintas
claves analíticas, la pertenencia de ambos enfoques al marco teórico
general representado por la TMR, se fundamenta en la concepción
común de la acción colectiva como una actuación que surge de la
interacción estratégica de los actores y que está basada esencialmente
en la elaboración de cálculos sobre los costes y beneficios de
emprender la acción (Cohen, 1985: 675).
Entre los primeros trabajos que tratan el contexto político como
un recurso externo a tener en cuenta para la acción colectiva,
se encuentran algunos estudios empíricos de carácter comparativo,
como los llevados a cabo por Eisinger, Gamson, Tilly, y Piven
y Cloward [14] en la primera mitad de los años setenta y en los que se introducen
algunas variables que relacionan el sistema político con la acción
colectiva desarrollada por los movimientos sociales. Eisinger
(1973), en su comparación sobre los resultados de las protestas
en 43 ciudades norteamericanas durante 1968, acuña el término
“estructura de oportunidades políticas”(EOP), de gran éxito entre
los seguidores de este enfoque y que viene a indicar el grado
de apertura o cierre de un sistema político dado. En palabras
de Eisinger “la incidencia de la protesta tiene una ligera relación
con el tipo de estructura de oportunidades políticas que se dé
en una ciudad; he definido éstas como una función de probabilidad
que tienen los grupos de acceder al poder y de manipular el sistema
político” (citado en Tilly, Tilly y Tilly, 1997 [1975]: 339-340).
Por otra parte, Gamson (1975) introduce en sus conclusiones la
posibilidad de establecer alianzas con actores institucionales
como medio de acceder al sistema y establece un criterio de “éxito”
con el que medir los resultados de la acción colectiva (ibídem:
340) y Piven y Cloward (1977) analizan la inestabilidad electoral
como un síntoma de apertura (o grieta) del sistema que puede favorecer
las reivindicaciones de grupos movilizados (Della Porta y Diani,
1999: 218).
La
obra de Charles Tilly merece en este punto una atención aparte.
Por un lado, se sitúa entre los primeros investigadores que iniciaron,
desde una posición crítica con respecto a las teorías vigentes
a finales de los años sesenta, la formulación del nuevo marco
teórico bajo el que se fue configurando el enfoque de la movilización
de recursos y, por otro, ha sido de los pocos autores que ha desarrollado
gran parte de su trabajo desde la sociología histórica, lo que
supone introducir el uso de la variable temporal en un debate
marcado casi exclusivamente por el análisis de movimientos sociales
contemporáneos.
En
sus primeros trabajos sobre la acción y la violencia colectiva [15], Tilly ya defiende una visión de ambas como extensiones o continuidades
de una actividad política normal, no violenta. Para Tilly (1973)
“la violencia colectiva es una de las formas más frecuentes de
participación política” y ofrece algunas razones de por qué se
debería abandonar la idea de que la violencia colectiva está separada
de la política cotidiana: por “su éxito frecuente como táctica,
su efectividad en establecer o mantener la identidad política
de un grupo, su orden según unas normas, su reclutamiento frecuente
de gente corriente y su tendencia a desarrollarse en cadencia
con la acción política pacífica” (citado en Gamson, 1990 [1975]:
139). Según Tilly (1970), la acción colectiva está así basada
en la interacción entre actores desafiantes y actores institucionales,
de tal manera que la forma y magnitud de la acción colectiva “depende
de una interacción entre las tácticas de los desafiantes y las
prácticas coercitivas del gobierno” (ibídem: 139-140).
Esta
idea de interacción es lo que marca el concepto de movimiento
social manejado por los teóricos del proceso político que, básicamente,
coinciden con Tilly en que un movimiento social “consiste realmente
en una serie de demandas o desafíos a los poderosos en nombre
de una categoría social que carece de una posición política establecida
(...) la interacción entre los actores constituye la identidad
y la unidad del movimiento” (Tilly, 1990 [1985]: 185) [16].
Aunque
Tilly se distancia de las teorías clásicas sobre el comportamiento
colectivo de forma similar a como lo hacen otros teóricos de la
TMR ya vistos aquí, su originalidad y quizás mayor contribución
a éste enfoque se halla no en su reconocimiento de la racionalidad
y continuidad de la acción colectiva, sino en la justificación
histórica que encuentra para el carácter estratégico de la acción
y la violencia colectiva.
A
partir de sus estudios sobre la “modernización de la acción colectiva”
[17] (Jenkins, 1994 [1983]: 25) centrados en el periodo comprendido
entre los siglos XVIII y XX y en especial en los casos de Francia
y Gran Bretaña, Tilly demuestra la importancia del proceso político
(la consolidación de los estados nacionales y el desarrollo de
la política electoral) en la explicación de los cambios que se
producen en los ritmos y formas de la violencia y la acción colectiva.
La interpretación de Tilly cuestiona así las “teorías de desintegración”
vigentes todavía a principios de los setenta (Tilly, 1997 [1975]:
14-17), según las cuales las tensiones producidas por los grandes
cambios estructurales (como la industrialización y urbanización
de la época estudiada por Tilly) son las que dan lugar al aumento
de la violencia colectiva, al desintegrarse el control social
y los lazos interpersonales (tesis de las teorías del comportamiento
colectivo y de la sociedad de masas, ya mencionadas).
En
el enfoque de Tilly los grandes cambios económicos y sociales
tienen importancia, no como desencadenantes de la violencia colectiva,
sino como transformadores de las formas que ésta toma en uno u
otro momento (los “repertorios de acción”, que se ven más adelante).
Donde sí encuentra Tilly un alto grado de dependencia es entre
la violencia y los cambios políticos, que se influyen mútuamente.
Esta interacción, elemento clave en las propuestas de Tilly (Tilly,
1978; 1990 [1985]; 1995), comienza a tener un carácter estratégico
cuando la acción colectiva y la política del Estado pasan a tener
un alcance nacional, cuando la primera presenta demandas al segundo
y éste no puede obviarlas, teniendo por lo tanto que modificar
sus propios planteamientos y respuestas o recurrir a la represión,
con el coste político que ello supone en sistemas progresivamente
parlamentarios y electorales. Para Tilly, “la violencia colectiva
europea no fue sino un derivado de las luchas por el poder; la
cantidad e índole de la violencia dependió en gran medida de las
reacciones de los gobiernos a las reivindicaciones de los diferentes
contendientes al poder y los contendientes activos sobresalían
del resto de la población en virtud de su grado de organización,
su orientación hacia la igualdad de derechos y obligaciones y
su control colectivo de recursos políticamente significativos”
(1990 [1975]: 346).
En
el esquema teórico desarrollado en From Mobilization to Revolution
(1978), Tilly vincula la acción colectiva con el Estado especialmente
a través de dos dimensiones: la oportunidad/amenaza para los grupos
movilizados y la facilitación/represión de las autoridades (Tilly:
1978: 98-142). En esta dinámica, lo que explica la existencia,
alcance o ausencia de movilización es el “costo de la acción colectiva”,
que aumenta por la represión o disminuye por la facilitación (ibídem:
100).
El
carácter racional de la acción colectiva queda así vinculado por
Tilly al surgimiento de la política a escala nacional, tanto a
nivel del Estado como de las organizaciones sociales reivindicativas
y en la nueva relación que se establece es donde encuentra Tilly
la estrategia y la mutua influencia, es decir, la “interacción
estratégica”.
A partir de estas primeras e importantes aportaciones, el enfoque
del proceso político se fue desarrollando y adquiriendo una caracterización
propia a través de trabajos que fueron centrando sistemáticamente
la atención sobre el entorno político e institucional que rodea
a los movimientos sociales. Una nueva propuesta de elaboración
teórica es la realizada por Sidney Tarrow (1983)
[18], que integra en un mismo marco distintas variables ya utilizadas
en investigaciones empíricas. Para su estudio sobre los ciclos
de protesta en Italia, Tarrow consideró el grado de apertura o
cierre para acceder al sistema político formal, el grado de estabilidad
o inestabilidad de las alianzas políticas y la disponibilidad
y postura estratégica de los aliados potenciales. Posteriormente,
Tarrow añade una nueva dimensión: las divisiones en la élite o
su tolerancia/intolerancia hacia la protesta (1991: 34).
Doug McAdam, otro de los principales representantes de este enfoque,
aunque con el tiempo haya ido centrándose en cuestiones relacionadas
con el entorno microestructural de la movilización, señala otros
factores macropolíticos que inciden en la formación y evolución
de los movimientos: la estructura de oportunidades políticas,
las crisis políticas y situaciones de enfrentamiento en la arena
política, la ausencia de represión, la imposición de agravios
repentinos a la población y, en lo que ya es un acercamiento a
los enfoques desarrollados en Europa, la expansión del “estado
del bienestar” y la politización de la vida privada (McAdam: 1988,
128-132).
Estas dos propuestas, cercanas aunque diferentes, plantean un
problema del enfoque del proceso político que ha sido señalado
recientemente: la dificultad para establecer un consenso sobre
las variables o indicadores más apropiados para dar cuenta de
fenómenos políticos complejos (Della Porta y Diani: 1999: 10).
Dejando a un lado los problemas teóricos y metodológicos que la
progresiva incorporación de variables ha supuesto para la investigación
(ibídem: 223-224), el problema se observa también al intentar
sintetizar la evolución que ha seguido el propio enfoque. El desarrollo
que se plantea aquí, por tanto, es deudor de la propuesta de Della
Porta y Diani que consideran que, en general “el objetivo ha sido
observar qué características estables o `móviles´ del sistema
político influyen en el crecimiento de la acción política menos
institucionalizada en el curso de lo que ha sido definido como
ciclos de protesta (Tarrow), así como también las formas que toman
estas acciones en diferentes contextos históricos (Tilly)” (ibídem:
10).
2.2.1. La estructura de oportunidades políticas
Como ya se ha señalado, la EOP es un concepto que ha marcado en
gran manera los planteamientos teóricos que se centran en el análisis
de los condicionantes políticos de la acción colectiva y, por
tanto, de los movimientos sociales. En una definición reciente
del término, Tarrow considera como “oportunidades políticas” a
las “dimensiones consistentes (aunque no necesariamente formales
o permanentes) del entorno político que proporcionan incentivos
para la acción colectiva al influir sobre las expectativas de
éxito o fracaso de la gente“ (1998: 76-77). Explícita o implícitamente
Tarrow hace referencia aquí a los distintos elementos que han
llamado la atención de los investigadores. En un nivel más general
se hace referencia a la oportunidad de la acción, al “cuando”,
según el propio Tarrow, que depende del grado de apertura o cierre
del sistema político con respecto a presiones no institucionalizadas
que le llegan de fuera. A un nivel más concreto, sin embargo,
esa oportunidad está marcada no sólo por los factores más estables
del sistema (la estructura institucional formal del Estado) sino
también por otros menos estables que influyen en el grado de apertura
o cierre de las estructuras más formales. Mientras que los primeros
afectan a la estrategia y expectativas de los movimientos sociales
a largo plazo, los segundos les afectan en las estrategias y actividad
más inmediatas.
Entre los autores que se han preocupado por los factores más estructurales
del Estado que afectan a los movimientos sociales se encuentra
Hanspeter Kriesi. Para este autor, hay cuatro factores en la estructura
institucional de un Estado que permiten medir el grado de “acceso
formal” o apertura de un sistema a la influencia de los movimientos
sociales (Kriesi, 1992: 120-123):
- grado de centralización territorial: a mayor descentralización,
mayor grado de acceso formal, al multiplicarse los posibles puntos
de acceso al sistema a nivel nacional, regional y local. Cabe
esperar, por tanto, que los países con sistemas federales sean
más receptivos que los centralistas a incorporar las demandas
de los movimientos sociales.
- grado de concentración funcional del poder estatal: a
mayor separación entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial,
mayor será el grado de acceso formal, especialmente si los poderes
legislativo y judicial tienen un alto grado de independencia frente
al ejecutivo.
- coherencia de la administración pública: cuanto mayor
sea el grado de coherencia, coordinación interna y profesionalización
de la administración pública, menor será el grado de acceso formal.
Este factor parece relacionarse con el grado de centralización,
ya que una administración fragmentada (descentralizada y por lo
tanto menos coordinada) aumenta los puntos de acceso al sistema.
- grado de institucionalización de los procedimientos democráticos
directos: la posibilidad normalizada de realizar referendos
o iniciativas populares aumenta las posibilidades de acceso desde
fuera del sistema.
Según Kriesi, estos cuatro aspectos de la estructura institucional
permiten distinguir entre “estados abiertos y cerrados”, pero
el autor introduce también la distinción entre “estados fuertes
y débiles”, entendiendo por fortaleza la capacidad de un Estado
de tomar decisiones y de llevarlas efectivamente a cabo. Así,
un Estado fuerte será centralizado, concentrado, coherente y sin
procedimientos democráticos directos, es decir, autónomo con respecto
a su entorno y por tanto con mayor capacidad a la hora de actuar,
justo lo contrario que los estados débiles, que representan así
un marco más favorable para la actuación de los movimientos sociales
(ibídem: 121-122).
Junto a los factores institucionales formales, Kriesi también
incorpora en su propuesta otro nivel de análisis de las características
estructurales de un sistema político, pero ahora de carácter informal:
son lo que él denomina “procedimientos informales y estrategias
dominantes” que condicionan, junto a la estructura formal, la
postura general de las autoridades respecto a los desafíos de
los movimientos sociales. Como “estrategia dominante” se consideran
“las premisas informales de procedimiento, los acuerdos implícitos
o explícitos que surgen del proceso político y que sirven de pauta
a las acciones de las autoridades”. El carácter estructural de
estos factores deriva de su configuración a lo largo del tiempo,
como una tradición que se mantiene a pesar de los cambios que
puedan producirse en las estructuras más formales. La influencia
de estos procedimientos y estrategias se observa en la actitud
de los gobernantes frente a los desafíos planteados por los actores
ajenos al sistema, que pueden ser estrategias dominantes de carácter
excluyente o integrador. Sin embargo y como rasgo quizás más característico,
la manera en la que se manifiestan estos factores en la toma de
decisiones no es inherente a ningún tipo de estructura institucional
formal, es decir, no hay una relación automática entre, por ejemplo,
un estado débil y una estrategia integradora. Esto lleva a Kriesi
a elaborar los marcos generales de comportamiento de las autoridades
respecto a los desafíos de los movimientos sociales, a través
de la combinación entre estados débiles y fuertes y estrategias
excluyentes e integradoras. El resultado son cuatro posibles actitudes
o marcos de comportamiento: plena exclusión, plena integración
procedimental, inclusión formalista y cooptación informal (ibídem:
123-131).
- incremento del acceso a la participación en la vida política:
especialmente en la forma de celebración y participación en las
elecciones en el caso de sistemas democráticos liberales. En sistemas
autoritarios el incremento del acceso se pone de manifiesto a
través de modos más informales.
- cambios en las coaliciones de la élite política: que
se manifiestan sobre todo en la inestabilidad electoral o, por
ejemplo, a través de levantamientos campesinos en el caso de sistemas
autoritarios.
- disposición de aliados influyentes: los movimientos sociales
parecen más dispuestos a actuar cuando tienen aliados que pueden
mediar por ellos en diferentes instancias o que les prestan su
apoyo frente a la opinión pública.
- división en la élite política: la existencia de
conflictos en el seno de la élite política es percibida por los
grupos externos al sistema como una ocasión propicia para llevar
a cabo acciones colectivas de reivindicación.
- represión y facilitación: siguiendo a Tilly (1978), Tarrow
considera la represión como toda acción que, llevada a cabo por
otro grupo, aumenta los costos de los desafiantes para emprender
la acción colectiva. En la misma línea, se ofrecen “facilidades”
cuando se reducen los costos de la movilización. Para Tarrow,
el desarrollo del Estado moderno ha generado tanto herramientas
de represión frente a la acción popular como posibilidades para
el auge de movimientos sociales.
En
un enfoque que centra su atención sobre el contexto político en
el que se desarrollan los distintos movimientos sociales, resultaría
lógico esperar que un análisis tanto de los factores más estructurales
de un sistema político, como de aquellos de carácter más coyuntural,
ofreciera una visión más completa del objeto de estudio. Sin embargo,
las propuestas aquí presentadas sobre la EOP, representan dos
puntos de vista diferentes sobre un concepto que es central en
el enfoque del proceso político y que sirven para ejemplificar
el problema, ya señalado, sobre la falta de consenso que existe
entre los seguidores de dicho enfoque.
Para
Kriesi el concepto de “estructura de oportunidades políticas”
debe dar cuenta de “esos aspectos del sistema político que determinan
el desarrollo del movimiento, independientemente de la acción
deliberada de los actores en cuestión”, es decir, “que los actores
no pueden prever las variaciones [de la EOP] en el momento en
el que emprenden la acción colectiva” (1992: 116-117). En contraste
con esto, Tarrow considera que “las estructuras del Estado crean
oportunidades estables, pero son las oportunidades y restricciones
cambiantes las que proporcionan las aperturas que conducen a los
actores pobres en recursos a comprometerse en la política de enfrentamiento”
(1998: 20). Lo que subyace en y diferencia a estas dos visiones
de la “estructura de oportunidades políticas” es la importante
cuestión de si los cambios producidos en el sistema político deben
ser o no percibidos como incentivos por los actores para que se
lleve a cabo la acción colectiva [19].
Para
Tarrow la percepción de la oportunidad para la acción es necesaria
por distintas razones. En principio, porque es la manera de poder
explicar realmente el “cuándo” de la movilización. Las estructuras
más estables, cuya variación se produce de forma muy lenta, no
pueden dar cuenta de la irregularidad de los movimientos sociales
en cuanto a tiempo y espacio. En segundo lugar, la percepción
por parte de los actores es lo que permite a Tarrow desarrollar
un importante concepto del enfoque del proceso político: los ciclos
de protesta. Según este autor “las oportunidades políticas son
a la vez explotadas y expandidas por los movimientos sociales”
(1997 [1994]: 27), las oportunidades aumentan cuando se producen
los primeros enfrentamientos, ya que éstos ponen en evidencia
las debilidades de las autoridades e incentivan a distintos sectores
de la población, incluidos aquellos en principio no predispuestos
a la movilización.
El
marco teórico planteado por Tarrow destaca por novedades como
las señaladas, pero también por situarse entre los teóricos que
abogan por la elaboración de una síntesis integradora de las distintas
corrientes teóricas. Él mismo resume su planteamiento general
para el estudio de los movimientos sociales: “la gente se compromete
en una política de enfrentamiento cuando los modelos de oportunidades
y restricciones políticas cambian y entonces, por el empleo estratégico
de un repertorio de acción colectiva, crean nuevas oportunidades,
que son usadas por otros en los ciclos de protesta que se producen.
Cuando sus luchas giran alrededor de amplias divisiones de la
sociedad, cuando esas luchas reúnen gente alrededor de símbolos
culturales heredados y cuando pueden basarse o construir densas
redes sociales y estructuras conectadas, entonces estos episodios
de enfrentamiento resultan en interacciones mantenidas con oponentes,
específicamente, en movimientos sociales” (1998: 19). En esta
propuesta se encuentran elementos de análisis que ya han sido
considerados aquí, como las redes sociales o contextos de micromovilización
desarrollados por representantes de la TMR, así como algunos que
se verán más adelante al tratar el enfoque de los “nuevos movimientos
sociales” y su interés por la identidad o los desencadenantes
estructurales de la movilización y también aspectos culturales
propios de propuestas más recientes. Sin embargo, lo que se pretende
destacar ahora son dos conceptos ya mencionados y característicos
del enfoque del proceso político: los repertorios de acción y
los ciclos de protesta.
2.2.2. Repertorios de acción y Ciclos de protesta
El concepto de “repertorios de acción”, desarrollado por Tilly
es parte importante de la abarcadora y pluralista propuesta de
Tarrow pero, además, ayuda a explicar la evolución de los movimientos
sociales desde una perspectiva histórica.
Aunque en la literatura sobre el tema se utiliza el término “repertorios
de acción” (Tarrow, 1998; Della Porta, 1999; Casquette, 1998),
Tilly diferencia éstos de los “repertorios de enfrentamiento”
(repertoires of contention), partiendo de la idea de que no todo
objetivo colectivo supone conflicto. Así, define los “repertorios
de enfrentamiento” como “los canales establecidos en los que pares
de actores efectúan y reciben reivindicaciones que afectan a sus
respectivos intereses” (Tilly, 1995: 43). Al margen del término
empleado, lo que importa señalar es que los repertorios son productos
culturales aprendidos que surgen y cobran forma a partir de confrontaciones
precedentes y que, en un momento histórico dado, sólo hay un número
limitado de formas de actuar colectivamente. La evolución hacia
nuevas formas se produce así de manera lenta, con innovaciones
en el “perímetro” (periferia) del repertorio existente (ibídem:
44) y sólo en muy raras ocasiones se produce un cambio más o menos
brusco entre un repertorio y otro. La época analizada por Tilly
es precisamente uno de estos momentos de gran cambio, cuando desde
mediados del siglo XVIII se comienza a desarrollar la política
nacional de masas en los países occidentales.
En lo que puede considerarse como un repertorio de antiguo régimen,
Tilly caracteriza el del siglo XVIII como “parroquial, bifurcado
y particular” (ibídem: 45). En líneas generales, era un repertorio
de ámbito local, en el que la acción colectiva alcanzaba a una
sola comunidad; era bifurcado porque cuando los intereses colectivos
trataban de asuntos locales la acción era directa, pero si se
trataba de objetivos o asuntos nacionales las demandas se dirigían
al patrón o a la autoridad local, para que actuaran a manera de
intermediarios frente a las autoridades nacionales y era particular
porque las formas de acción o enfrentamiento cambiaban según el
asunto o lugar. Este repertorio incluía entre sus distintas formas
de acción los motines de subsistencia, ocupaciones de tierras,
ataques contra maquinas, apropiación de cosechas, serenatas o
charivaris, etc., todo ello rodeado de ceremonial y una fuerte
simbología.
Aunque algunas de estas formas sobrevivieron durante el siglo
XIX, perdieron su relevancia frente a las nuevas que surgieron:
mítines, manifestaciones, huelgas, ocupación de edificios, etc.,
crearon un repertorio de carácter “cosmopolita, modular y autónomo”
(ibídem: 46). Se pasó del interés estrictamente local a intereses
y asuntos que afectaban a muchas comunidades; era modular porque
se podía aplicar a distintos lugares o circunstancias y era autónomo
porque ya no había intermediarios, sino que de forma directa los
peticionarios establecían comunicación directa con los centros
de poder nacionales.
Los cambios en las formas de acción entre los siglos XVIII y XIX
se explican en paralelo a los profundos cambios que a nivel económico,
político y social experimentaron algunos países occidentales.
Para Tilly, dos son los fenómenos que marcan especialmente los
cambios mencionados: la concentración de capital y la expansión
del Estado (ibídem: 53). La industrialización y la subsiguiente
urbanización, junto con la consolidación de los estados nacionales,
cambiaron el marco de relaciones de la mayoría de la gente, el
ámbito local fue trascendido por un escenario de relaciones de
carácter nacional, en el que las viejas formas de protesta resultaban
inadecuadas para los nuevos problemas. Las nuevas reivindicaciones
necesitaban de vehículos de mayor alcance: organizaciones complejas
que superasen las limitadas fronteras de los distintos oficios
y gremios, de las pequeñas comunidades y pueblos y que permitieran,
junto con el nuevo repertorio de acción, tomar parte en las nuevas
formas que había adquirido la lucha por el poder. Un importante
resultado de todos estos cambios fue el desarrollo de una política
nacional de masas en la que las relaciones entre los detentadores
del poder y la gente normal cambiaron significativamente: en la
nueva dialéctica, las reacciones y demandas de los segundos podían
ser vinculantes en la toma de decisiones de los primeros, lo que
implícitamente significa que la acción colectiva reivindicativa
ha influido en la configuración de las estructuras de poder, tanto
económicas como políticas (ibídem: 37).
Un último comentario sobre los repertorios de acción tiene que
ver con la práctica evidencia de que actualmente se está produciendo
el inicio de una nueva etapa en las formas de acción de los movimientos
sociales, vinculada también a cambios estructurales económicos
y políticos, pero ahora en relación con los procesos de globalización
e integración económica y a la existencia de entidades políticas
supranacionales, que están cambiando el sistema de relaciones
surgido en el siglo XIX. Unido a esto, el desarrollo de los medios
de comunicación y, en especial de Internet, tienen un alto potencial
transformador en cuanto a la capacidad de información e intervención
de los movimientos sociales (Della Porta y Diani, 1999: 173).
Sin duda se abre una nueva etapa también en las agendas de investigación
de este área de estudio, que tendrá que dirigir parte de sus estudios
a analizar los profundos cambios que está contemplando la sociedad
de hoy y en la que surgen nuevos repertorios marcados en gran
medida por la internacionalización, tanto de las campañas de protesta
como de los propios movimientos sociales.
Otro concepto importante en el estudio de los movimientos sociales,
característico del enfoque el proceso político y de gran utilidad
para analizar la evolución en el tiempo de los movimientos es
el de “ciclos de protesta” desarrollado por Tarrow (1991; 1998) [20] y definido por éste como “una fase de intensificación de los
conflictos en el sistema social: con una rápida difusión de la
acción colectiva de los sectores más movilizados a los menos movilizados;
un rápido ritmo de innovación en las formas de confrontación;
marcos nuevos o transformados para la acción colectiva; una combinación
de participación organizada y no organizada; y unas secuencias
de información e interacción intensificadas entre disidentes y
autoridades. Dicho enfrentamiento generalizado produce externalidades
que dan a los desafiantes al menos una ventaja temporal y les
permite superar las debilidades en sus recursos base. Requiere
que los estados ideen amplias estrategias de respuesta que son
o represivas o facilitativas, o una combinación de las dos. Y
produce resultados generales que son más que la suma de las consecuencias
de un agregado de eventos desconectados” (Tarrow, 1998: 142).
En
definitiva, lo que Tarrow propone es que la movilización reivindicativa
iniciada por una pequeña “vanguardia” que ha percibido un cambio
en la EOP, se expande a otros grupos que ven a su vez como sus
propias oportunidades aumentan por la acción ya emprendida, es
decir, que el coste para ellos disminuye, iniciándose así un ciclo
de protesta de contornos (duración, intensidad, difusión entre
la población, etc.) y consecuencias no previsibles. A pesar de
esto último, Tarrow señala algunas características comunes que
pueden apreciarse en los ciclos de protesta (ibídem: 144-147):
- aumento y difusión del conflicto con relación a lo que
es habitual antes o después del ciclo, y que se explica por el
“efecto demostrativo” de la acción colectiva por parte de los
primeros movilizados, lo que desencadena una serie de “procesos
de difusión, extensión, imitación y reacción” entre grupos normalmente
desmovilizados y con pocos recursos para embarcarse en la acción
colectiva.
- cambios en los repertorios y marcos de acción colectiva,
debido a la concepción de Tarrow de los ciclos como “crisoles”
en los que surgen nuevas formas de actuación colectiva y donde
se ponen a prueba nuevos marcos de significado y estructuras culturales
que, surgidas en principio como justificación de la acción colectiva,
pueden después extenderse y pasar a formar parte de la cultura
política.
- aparición de nuevas organizaciones y radicalización de las
ya existentes, como resultado de la competencia por conseguir
el apoyo de los seguidores
- incremento de información y de interacción entre los
grupos movilizados y entre éstos y las autoridades, hasta el punto
de poderse formar extrañas alianzas, especialmente entre grupos
con distinto nivel de radicalidad, cuyas disputas sobres las tácticas
a seguir pueden ser un elemento clave en el ocaso de los movimientos.
Junto a las características comunes que pueden apreciarse en las
etapas de mayor intensificación del enfrentamiento, Tarrow también
analiza la fase de declive o desmovilización y propone tres procesos
que parecen ser recurrentes en los ciclos de protesta por él estudiados
(ibídem: 147-150) [21]:
- agotamiento y polarización: el cansancio producido por
una intensa movilización, unido al riesgo y los costes personales
y, muy a menudo a la desilusión, es probablemente la principal
causa de que descienda la participación y se inicie el declive
del ciclo de protesta. Sin embargo, ésta no es igual en todos
los sectores del movimiento: mientras que unos, los menos implicados
y más moderados en sus acciones, encuentran razones para desistir,
otros, más militantes y comprometidos con los fines del movimiento,
son más proclives a radicalizarse y a apoyar el enfrentamiento
violento. Como consecuencia, se suele producir la división del
liderazgo y la polarización entre quienes están dispuestos a llegar
a un compromiso con las autoridades y aquellos que quieren mantener
el enfrentamiento.
- violencia e institucionalización: mientras que los líderes
moderados institucionalizan sus tácticas para mantener el apoyo
de gran parte de seguidores, el sector más radical emplea tácticas
de enfrentamiento para ganar el apoyo de los más militantes e
impedir los logros de los primeros.
- facilitación y represión, que corresponden a las reacciones
de las autoridades del Estado. Mientras que en los siglos pasados
se solían utilizar formas extremas de represión, en los ciclos
contemporáneos es más común emplear una facilitación selectiva
para los objetivos de algunos grupos y una represión selectiva
para otros. Cuando esta política coincide con el descenso del
apoyo y el surgimiento de facciones dentro de un movimiento, se
suelen agudizar las posiciones de los sectores enfrentados y producir,
en caso extremo, terrorismo.
A pesar de estas líneas maestras trazadas por Tarrow, una conclusión
del propio autor es que el fin de un ciclo de protesta nunca es
tan uniforme como su comienzo, debido especialmente al incremento
y variedad de interacciones que se producen en su desarrollo,
lo que lleva hacia diferentes direcciones en la influencia que
un ciclo de protesta puede tener sobre el proceso político de
un país (ibídem: 160). La tendencia general, sin embargo, en el
caso de estados democráticos que experimentan un ciclo de protesta,
es que éste sea seguido por un ciclo de reformas, aunque esto
ya forma parte de la atención que presta Tarrow a la cuestión
de los resultados de un movimiento social dentro de su propuesta
de “teoría integral”.
Un último comentario sobre el enfoque del proceso político tiene
que ver precisamente con el carácter integrador de los últimos
trabajos de Tarrow. Como ya se mencionó para los teóricos de la
TMR, se observa una inquietud general por parte de los estudiosos
|