PERSPECTIVAS TEÓRICAS EN EL ESTUDIO DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES.

Ana Rubio García
Introducción

Perspectivas teóricas de los movimientos sociales

1. Enfoques clásicos

1.1. Enfoque del comportamiento colectivo
1.2. Enfoque de la sociedad de masas
1.3. Enfoque de la privación relativa
1.4. Nuevas perspectivas

2. Teoría de la movilización de recursos o enfoque estratégico

2.1. Importancia del análisis microestructural: organización, recursos y movilización
2.2. Enfoque del proceso político o la "estructura de oportunidades políticas"
2.2.1. La estructura de oportunidades políticas
2.2.2. Repertorios de acción y Ciclos de protesta

3. Nuevos movimientos sociales o "paradigma de la identidad"

3.1. Importancia de los factores estructurales
3.1.1. Cambio económico
3.1.2. Cambio político
3.1.3. Cambio cultural
3.2. Los "nuevos movimientos sociales"
3.2.1. Actores
3.2.2. Valores y objetivos
3.2.3. Formas de organización y acción
3.3. Alain Touraine y la sociología de la acción
3.4. Alberto Melucci y la identidad colectiva

4. Propuestas de integración y nuevos planteamientos

4.1. El acercamiento entre TMR y NMS
4.2. El enfoque "constructivista"


“En sociología, hay numerosas definiciones y teorías sobre los movimientos sociales.(...)En muchos aspectos, todos nos parecemos un poco a los seis famosos ciegos hindúes en la parábola clásica. Cada uno de ellos colocaba su mano en una parte diferente del elefante y en consecuencia describía un animal distinto”.

Joseph Gusfield (1994:93-94)


INTRODUCCIÓN


A finales de los años sesenta, se producen fenómenos de movilización en Europa y Estados Unidos como no habían sido vistos desde los años treinta. El largo periodo de “paz social” que se inició tras la II Guerra Mundial parecía haber llegado a su final, impresión que se acrecentó durante la década siguiente, con los convulsos años setenta.  Aunque el carácter radical de muchas de las movilizaciones sociales características de esos años se mitigará a partir de los años ochenta, el germen de algo nuevo ya se había introducido en el orden político y social configurado a partir de 1945.

Ciertamente, no puede decirse que las reivindicaciones y proclamas más ambiciosas llegaran a cumplirse, ni que el mundo o una parte de él fuera sustancialmente transformado, pero sí puede admitirse que, a partir de entonces y especialmente en las sociedades capitalistas más avanzadas, nuevos temas, problemas y realidades pasaron a formar parte de las agendas políticas y de la vida cotidiana, afectándolas por tanto. Mirando desde el presente, no es difícil apreciar la influencia que el movimiento ecologista ha ejercido para que en la actualidad todos los partidos políticos y gobiernos incluyan políticas ambientales en sus programas, o cómo el movimiento feminista ha conseguido que, incluso en nuestras conciencias, el papel de la mujer en la sociedad y, por tanto, la misma imagen de la mujer, se hayan visto sustancialmente alterados.

Ciertamente, tampoco puede decirse que el orden político surgido de la posguerra haya llegado a su fin, pero el sistema de partidos en el que se basan las democracias capitalistas fue ampliamente cuestionado por el propio surgimiento de los movimientos de los setenta. Partidos políticos e instituciones, justificadas en el principio de representación, mostraron su incapacidad para dar cabida a amplios sectores de la sociedad que planteaban nuevos temas con demandas que, en la mayoría de los casos, estaban destinadas a obtener objetivos de carácter universal, no reducibles a sectores o clases sociales concretos, como había sido hasta entonces.

Ciertamente, por último, no puede decirse que la etapa de movilización social que se inicia a finales de los sesenta haya supuesto un cambio de dirección en la tendencia hacia el individualismo característico de las sociedades más avanzadas, sin embargo, sí ha señalado ciertos límites sobre lo irremediable de ciertos procesos. No todo está en manos de un sistema que cada vez nos es más ajeno y del que nada podemos cambiar. A través de su organización y movilización, la gente, la sociedad, puede no sólo discutir y negociar sobre aquellos aspectos que le son más cercanos y necesarios, sino también cuestionar el rumbo general que está tomando el mundo en manos de las grandes empresas transnacionales, auténticas protagonistas de la política y la economía mundial. Sólo desde una sociedad organizada y activa podrá ponerse límites a los procesos de creciente desigualdad y exclusión que ya caracterizan al mundo actual. Movimientos sociales como los dirigidos a condonar la deuda del Tercer Mundo o los que denuncian y luchan contra los excesos de la globalización económica, pueden ser los ejemplos más actuales de lo que, en muchos sentidos, representan los nuevos movimientos surgidos a partir de los años setenta.

Pero reduzcamos la lente de nuestra mirada para centrarla en otro tipo de efectos que, en un ámbito más restringido, han tenido los movimientos sociales surgidos en las últimas décadas. Se trata de la reacción intelectual y académica que, especialmente desde la Sociología, ha sido de tal envergadura que, sin duda, permite hablar de un antes y un después.

A partir de los años setenta y como resultado de la ola de protestas y movilizaciones iniciadas en la década anterior, la producción teórica y empírica sobre los movimientos sociales aumenta de tal manera que su estudio pasa a convertirse en todo un campo de la Sociología. La explicación de ambos desarrollos se encuentra no sólo en el aumento del número de casos a estudiar, que explicaría el crecimiento empírico, sino en las características que se observan en los nuevos movimientos y que, se cree, están lejos de poder ser explicadas con las teorías vigentes en esos momentos. Se inicia por tanto la crítica de esas teorías, que irá acompañada de nuevas reflexiones que pretenden dar respuesta a los interrogantes surgidos ante las nuevas formas y contenidos de los movimientos.

El presente trabajo pretende trazar el recorrido teórico que se inicia en esos momentos en relación al estudio de los movimientos sociales. Como señala la reflexión de Gusfield destacada al principio, han sido diferentes los caminos seguidos para intentar comprender los fenómenos de movilización social contemporáneos pero, en la analogía que hace, también ofrece pistas sobre una peculiaridad que se da en este campo de estudio: existen numerosas teorías y perspectivas diferentes pero, en general, no son excluyentes entre sí. Parten de presupuestos diferentes, cada una destaca unas dimensiones sobre otras, las imágenes que utilizan del objeto a estudiar son distintas, pero, si unimos entre sí las piezas que pueden encajar (las relaciones entre las distintas partes y entre las partes y el todo) es posible obtener una imagen bastante completa de lo que es un movimiento social.

Teniendo en cuenta lo anterior, el recorrido que aquí se propone comienza con los enfoques teóricos que dominaban el campo de estudio a finales de los sesenta, cuando la irrupción de los nuevos movimientos marcó la necesidad de una profunda reflexión y cuyo resultado fue la pluralidad teórica ya señalada [1]. Trazar las líneas principales de los nuevos enfoques que se desarrollan a partir de los años setenta, la “teoría de la movilización de recursos” y el enfoque de los “nuevos movimientos sociales”, con sus respectivas variantes, ocupa el cuerpo principal del trabajo, que concluye con las propuestas de integración que se producen desde mediados de los años ochenta y con un nuevo enfoque, de gran influencia en la actualidad, fruto en gran medida del proceso de reflexión y acercamiento entre teorías y de la influencia de las nuevas tendencias constructivistas que afectan a toda la disciplina (Corcuff, 1998).         

PERSPECTIVAS TEÓRICAS DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

         El interés intelectual y académico por los movimientos sociales cobra gran relevancia a partir de los años setenta, como resultado de la ola de protestas y movilizaciones sociales que se inician en la década anterior, primero en Estados Unidos y poco después en Europa.  

         Cuando estos fenómenos se producen, están vigentes en el campo de estudio de los movimientos sociales distintas teorías que van a mostrar lo ineficaz de sus presupuestos para dar cuenta de muchos de los rasgos que presentan las movilizaciones de la época. La reacción, principalmente desde la Sociología, será rápida, elaborándose críticas a los enfoques del momento que contendrán el germen de los nuevos planteamientos que se desarrollarán a partir de entonces. Esta vinculación entre crítica e innovación sería suficiente para justificar la inclusión de esos enfoques considerados aquí como “clásicos”, pero hay además otro motivo que hace necesaria su presencia: si durante los años setenta y ochenta los paradigmas surgidos a ambos lados del Atlántico fueron claramente hegemónicos en el estudio de los movimientos sociales, a lo largo de los noventa se van configurando nuevas propuestas, derivadas del desarrollo de las investigaciones y de la constatación de “vacíos” en las explicaciones de las teorías dominantes, que presentan importantes conexiones con algunos de los enfoques clásicos (Gusfield, 1994; Laraña, 1996) y llegan a configurar un nuevo enfoque teórico (Klandermans, 1994; Della Porta y Diani, 1999) [2].

         Tras los enfoques vigentes en el momento de iniciarse la renovación teórica de los años setenta, el trabajo se adentra en los modelos de interpretación que han representado una auténtica eclosión del campo de estudio de los movimientos sociales. Los fenómenos de movilización que se produjeron a partir de los años sesenta, expresaron por sí mismos la necesidad de nuevas formulaciones teóricas por parte de las ciencias sociales. Desde la Sociología comienzan a elaborarse los nuevos modelos de explicación, que desde un principio se presentan claramente diferenciados en dos tradiciones: la desarrollada especialmente en los Estados Unidos y que centra el análisis de los movimientos sociales en el carácter estratégico de estos, la organización y los recursos que posibilitan la movilización (el “cómo” según la celebrada caracterización de Melucci) [3] y la tradición elaborada desde Europa, preocupada por los factores estructurales y de identidad que llevan a los individuos a participar en acciones colectivas de protesta (el “por qué” de nuevo según Melucci).

         Si bien a primera vista cabe pensar que ambas tradiciones pueden ser complementarias, la realidad es que durante un largo periodo de tiempo ambas se mantuvieron total y mutuamente ignoradas. No será hasta mediados de los años ochenta cuando se produzcan los primeros acercamientos entre estudiosos de ambos paradigmas, en un intento no sólo de sintetizar ambos enfoques sino también de fijar la atención sobre las dinámicas que llevan de los condicionantes estructurales a las decisiones individuales de participar en un movimiento social, importante vacío al que ninguno de los dos paradigmas daba respuesta [4].

            Volvemos así a algo ya mencionado unas líneas atrás y que cerrará este recorrido, casi circular, por las teorías y enfoques de interpretación de los movimientos sociales: el desarrollo a lo largo de los últimos años de nuevos planteamientos “centrados en aspectos de carácter simbólico y cultural, considerados esenciales para la interpretación y explicación” de los movimientos sociales contemporáneos (Laraña y Gusfield, 1994:XI). Lo que estos planteamientos buscan llenar es precisamente el vacío reconocido por los teóricos de los enfoques consolidados. Pero la dificultad de explicar el paso de lo individual a lo colectivo, de cómo el nivel micro (los sentimientos experimentados a nivel individual) da lugar a fenómenos de nivel macro (movimientos sociales, por ejemplo), parece recordar también la imposibilidad de elaborar grandes teorías “atrapalo-todo” que puedan dar cuenta de todos los aspectos de la realidad social o ni siquiera de uno solo de ellos desde todos sus prismas.

Sólo con lo dicho hasta aquí el desarrollo y vitalidad de este campo de la Sociología parece claro: tiene buenos reflejos, practica la autorreflexión y es sumamente fecundo, esto último hasta tal punto que cualquier intento de exhaustividad resultaría vano. Lo que sigue, por lo tanto, solo pretende ofrecer un estado general de la cuestión, señalando los principales “hitos” intelectuales en la materia hasta alcanzar el momento actual, en el que los llamados movimientos antiglobalización vuelven a plantear la necesidad de afrontar nuevas preguntas en la investigación, marcadas en buena medida por la irrupción de formas de acción y el uso de medios de comunicación hasta hace poco no disponibles.

1. ENFOQUES CLÁSICOS

         Con el surgimiento de las nuevas ciencias sociales a finales del siglo XIX se inicia la búsqueda de respuestas “científicas” que den explicación a los fenómenos de acción de masas. La primera formulación será la conocida como “psicología de masas”, que tiene en Gustave Le Bon y Gabriel Tarde y posteriormente en Freud a sus principales representantes. Este enfoque, de carácter psicosocial por su énfasis en la conducta humana, encuentra la explicación de los excesos del comportamiento de masas en el contagio y la sugestión: mientras que el individuo aislado se comporta en su cotidianidad de forma racional, al integrarse en una muchedumbre esa racionalidad desaparece, el individuo se une a la homogeneidad de la masa y se deja llevar por la sugestión del discurso y el carisma del líder. Se configura así una especie de mentalidad colectiva, de “unidad mental” en términos de Le Bon, cuya irracionalidad, carga emotiva y credulidad están muy lejos del comportamiento controlado, respetuoso con las normas y racional del individuo aislado.

            Los enfoques que a continuación se observan recogen algunos de los planteamientos de la psicología de masas, pero también introducen nuevas visiones, especialmente un concepto más positivo de la acción colectiva. Dichos enfoques, considerados como “clásicos” (Laraña, 1996; Casquette, 1998) son: el enfoque del comportamiento colectivo, con dos versiones diferenciadas, la interaccionista y la funcionalista, el enfoque de la sociedad de masas y el de la privación relativa.

1.1. Enfoque del comportamiento colectivo        

         A partir de los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando todavía el enfoque de la psicología de masas se mantiene vigente, comienzan a elaborarse nuevos planteamientos que, aunque no suponen una ruptura total, sí introducen nuevas concepciones y presupuestos. Es en la llamada Escuela de Chicago donde se desarrolla principalmente el enfoque del “comportamiento colectivo”, que cuenta con Robert E. Park, Ernest W. Burgess, Herbert Blumer, como sus más destacados representantes [5].

         Una primera diferencia que se establece con la psicología de masas es relacionar el comportamiento colectivo con el cambio social. En un amplio proceso de transformación de la sociedad se dan condiciones emergentes que estimulan la búsqueda de nuevos modelos de organización social. El comportamiento colectivo y los movimientos sociales como una de sus formas, serían así expresión del impacto producido por fenómenos como la urbanización, la pérdida de  formas de cultura tradicional, la innovación tecnológica, los medios de comunicación de masas o la emigración. Estos cambios en la estructura social provocarían la aparición de intentos no institucionalizados de reconstrucción del sistema de creencias compartidas y de la propia estructura social.

La similitud que puede observarse en este sentido con las perspectivas funcionalistas, desaparece al considerar la movilización no como una búsqueda de restablecimiento del equilibrio que ha sido alterado, sino como el intento de desarrollar nuevos  sistemas de significados a compartir y nuevas formas de relación social (Della Porta y Diani, 1999: 256; Laraña, 1996:30-31). Se observa aquí la influencia del “interaccionismo simbólico” iniciado por Mead [6] que, aplicado a la acción colectiva, considera que en ésta se producen intercambios de nuevas actitudes e interpretaciones de la realidad que sientan las bases para la acción social.

         Esto último hace referencia a otra ruptura clara del nuevo enfoque con respecto al de la psicología de masas y es el carácter positivo que se otorga al comportamiento colectivo en cuanto a su capacidad para elaborar nuevas formas de comportamiento convencional o reglado: “Para que un individuo pueda efectuar nuevos ajustes y establecer nuevos hábitos, es inevitable que los viejos hábitos sean liquidados, y para que la sociedad pueda reformar  el orden social existente, un cierto grado de desorganización es inevitable” [7]. Esto implica, además, difuminar la separación entre el comportamiento convencional, que se atiene a las normas sociales y el comportamiento colectivo, considerado hasta entonces diferente de aquél [8].

         Si estas son las novedades más destacadas que introduce el enfoque del comportamiento colectivo (en su versión “interaccionista”) en el estudio de los movimientos sociales, las continuidades con la teoría de la psicología de masas también son importantes. En primer lugar, permanece el componente psicosocial en cuanto que la movilización tiene lugar por un impulso común y colectivo que es resultado de la interacción social. Además, se mantiene la consideración bajo un mismo término, de fenómenos muy dispares entre los que los movimientos sociales serían solamente una forma más de comportamiento colectivo, compartiendo el mismo marco analítico que los disturbios, multitudes, modas, opinión pública, etc.

         Dentro de las teorías del comportamiento colectivo, aunque en versión “funcionalista”, se desarrolla durante los años cincuenta y sesenta un nuevo enfoque: el estructural-funcionalismo, con Neil J. Smelser como principal exponente. Su objetivo es establecer una explicación sociológica del comportamiento colectivo, dejando atrás cualquier enfoque psicologista, para centrarse en los determinantes sociales de la protesta. Así, mientras que los autores de la escuela de Chicago influenciados por el interaccionismo simbólico, centran su preocupación en el origen de la solidaridad e identidad colectiva o en los efectos de la movilización sobre los individuos, Smelser, desde el estructural-funcionalismo, pone el énfasis en el contexto estructural en el que la movilización tiene lugar.

         Continuando la línea teórica iniciada por el funcionalismo de Parsons, Smelser considera toda sociedad como un sistema compuesto por subsistemas en equilibrio. La aparición de comportamientos colectivos serían síntomas que rebelan la existencia de tensiones en la estructura social, reflejando, por un lado, la incapacidad de las instituciones y mecanismos de control social para reproducir la cohesión social y, por otro, los intentos de la sociedad por reaccionar a situaciones de crisis a través del desarrollo de creencias compartidas.

         Aunque la obra de Smelser, Teoría del comportamiento colectivo (1963), supone un giro importante en el estudio de los movimientos sociales, conserva sin embargo ciertas continuidades con la escuela de Chicago: en primer lugar, sigue considerando como no racional el comportamiento colectivo cuando dice que “...las creencias que sirven de base al comportamiento colectivo se asemejan a las creencias mágicas” [9] y, como segunda continuidad importante, al incluir todo comportamiento social dentro del mismo marco teórico y conceptual, mantiene la idea de que todas las formas de comportamiento colectivo pueden ser explicadas dentro de un mismo marco analítico, sin tener en cuenta la disparidad de los fenómenos que el término engloba.

1.2. Enfoque de la sociedad de masas

         Herederos también del enfoque de la psicología de masas y compartiendo el panorama intelectual sobre los movimientos sociales con las teorías del comportamiento colectivo, se encuentran los análisis derivados de las  teorías sobre la “sociedad de masas”.

         Esta línea de pensamiento, ya planteada por Ortega y Gasset en los años veinte con estudios dedicados a analizar los comportamientos sociales de las masas que conforman la sociedad contemporánea, tiene continuidad en los años cincuenta y sesenta con trabajos como los de Hannah Arendt y William Kornhauser, siendo la aportación teórica más importante la de este último. Estos autores buscaban explicar el surgimiento de los movimientos totalitarios de la primera mitad de siglo en Europa, de tanta influencia en el desencadenamiento de la II Guerra Mundial.

         En contraste con la escuela de Chicago o los planteamientos de Smelser, el enfoque de la sociedad de masas pone su énfasis en las características de los individuos que participan en las acciones de protesta. Sus teóricos caracterizan la sociedad de masas como un modelo de relaciones sociales basado en el desarrollo de organizaciones burocráticas que regulan la vida de grandes cantidades de personas y que influyen (junto a amplios procesos de cambio social como la urbanización o la industrialización) en la desconexión del individuo de sus vínculos sociales tradicionales (familia, comunidad, sindicatos, iglesia,...), asociaciones intermedias que a su vez se fragmentan y debilitan, ayudando a configurar una sociedad con una estructura atomizada que facilita el aislamiento y la sensación de alienación de los individuos.

         Es esta “atomización social”, según Kornhauser, la que conduce al estallido de movimientos de protesta, ya que el aislamiento y la ausencia de formas de integración y solidaridad, produce individuos particularmente vulnerables a la llamada de movimientos radicales y antidemocráticos.

         La influencia del enfoque de la psicología de masas se observa claramente, al mantenerse algunos de sus rasgos más característicos: irracionalidad de la masa, objetivos lejanos y difusos y participación destacada de los sectores más desarraigados, desintegrados y alienados de la sociedad (Casquette, 1998:54).

1.3. Enfoque de la privación relativa

         Durante los años sesenta, mientras están teniendo lugar las primeras oleadas de movimientos sociales que ponen de manifiesto lo inapropiado de los enfoques teóricos vigentes, incapaces de explicar el protagonismo estudiantil o la evidente racionalidad estratégica de muchas de las nuevas formas de protesta, se elabora una formulación teórica que pretende dar cuenta de las motivaciones que inducen a los individuos a participar en acciones colectivas. Con análisis centrados en la violencia política, James C. Davies (1962), Susan y Norman Fainstein (1969) y Ted Gurr (1970), entre otros, proponen un enfoque que considera los movimientos sociales como la manifestación de sentimientos de privación experimentados por los actores ante expectativas frustradas.

Según el modelo teórico sistematizado por Gurr en Why Men Rebel (1970), la privación relativa experimentada por los individuos no es una realidad objetiva, sino basada en la percepción que cada uno tiene de dicha realidad, es decir, considerando lo que se tiene y lo que se cree merecer. Estas expectativas creadas no se refieren solo a bienes materiales, sino también a la participación política o a posibilidades de desarrollo personal. La frustración generada por el sentimiento de privación se traduce en descontento, que es el que lleva a los individuos a participar en movimientos de protesta.

Esta perspectiva, a pesar de alcanzar su desarrollo teórico en un momento en que la realidad había mostrado los límites de las teorías vigentes en la época, mantiene algunos de los rasgos más controvertidos de estas, como el énfasis en los aspectos psicológicos, la irracionalidad en la motivación de los actores o la visión de la movilización colectiva como un mero agregado de experiencias individuales. Sin embargo, aunque la teoría de la privación relativa perderá relevancia como modelo de análisis frente a los nuevos planteamientos centrados en el carácter estratégico de la acción, en la actualidad, cuestiones como la elaboración de expectativas o el sentimiento de agravio de los actores son factores que se reconocen presentes en los movimientos, lo que ha supuesto que se la considere como una “teoría de alcance medio” susceptible de ser aplicada en algunos análisis de la acción y el conflicto social (Pérez Ledesma, 1994:118-119; Della Porta, 1999:256).

1.4. Nuevas perspectivas

Como ya se ha mencionado, a principios de los años setenta se inicia una renovación teórica en el campo de estudio de los movimientos sociales. Las movilizaciones iniciadas la década anterior suponen una enorme ampliación en el terreno de la investigación empírica, que permite a una nueva generación de sociólogos no solo observar, sino también participar en los propios fenómenos objeto de estudio, lo que pronto influirá tanto en la elaboración de críticas que señalan la incompatibilidad entre realidad y teoría disponible (Gamson, 1990[1975]:134; McAdam, McCarthy y Zald, 1988:697), como en la dirección que tomarán los nuevos presupuestos (Jenkins, 1994[1983]:7).

Otra influencia que cabe señalar con relación al cambio teórico que se produce, es la aportación que desde la historiografía hacen autores como Rudé, Hobsbawn o Thompson, con obras donde se cuestionan algunos de los presupuestos de las teorías clásicas y que plantean nuevos elementos de análisis que alcanzarán su desarrollo teórico con los nuevos enfoques que ahora se inician (Cohen, 1985:674; Pérez Ledesma, 1994:84).

         Este cambio de paradigmas estará marcado desde el principio por la formación de dos tradiciones, que además de ser muy diferentes en cuanto a propuestas y contenidos, se desarrollan en espacios geográficos también distintos. Mientras que en Estados Unidos se elabora la “teoría de movilización de recursos” (TMR) que centra su énfasis en los recursos, la organización y las oportunidades como medios que posibilitan la movilización y la consecución de objetivos, en Europa se dirige la atención hacia los cambios  culturales y macroestructurales que han dado lugar a la formación de nuevas identidades que emergen a través de los movimientos sociales contemporáneos, dando nombre por su énfasis en la novedad de estos al enfoque de los “nuevos movimientos sociales” (NMS) [10].

         A pesar de las diferencias que los separan, ambos paradigmas presentan puntos en común frente a los enfoques clásicos que buscan superar. Ambos entienden que los movimientos sociales giran en torno a la existencia de grupos organizados, cuyos miembros actúan racionalmente y están integrados en asociaciones. Es más, la acción colectiva conflictiva es normal e implica formas de asociación específicas en el contexto de una sociedad civil moderna y pluralista. En definitiva, ambos enfoques distinguen dos niveles de acción colectiva: el nivel manifiesto de las movilizaciones y el nivel latente, presente en las formas de organización y comunicación entre grupos y que da cuenta de la vida cotidiana y de la continuidad de la participación del actor. Este énfasis en la organización previa de los actores sociales y en la racionalidad del enfrentamiento colectivo marcan claramente la diferencia con respecto a planteamientos anteriores (Cohen, 1985:673).

2. “TEORÍA DE LA MOVILIZACIÓN DE RECURSOS” O ENFOQUE ESTRATÉGICO

La TMR se gesta a partir de algunas respuestas críticas a las teorías clásicas vigentes en la época, respuestas que, junto a los otros factores ya mencionados, reciben también la influencia de la “teoría de la elección racional” formulada a partir de la obra de M. Olson, The Logic of Collective Action (1965). Olson realiza un análisis sobre la racionalidad de la participación individual en la acción colectiva basado en el cálculo de costes y beneficios y que ofrece a los nuevos teóricos la posibilidad de superar las explicaciones de corte psicologista y adentrarse en planteamientos dirigidos por la racionalidad instrumental de la movilización. De hecho, en la TMR el “actor racional”, ya sea el individuo o el grupo, reemplaza a la muchedumbre como punto de referencia central en el análisis de la acción colectiva y lo hace utilizando un razonamiento estratégico e instrumental (Cohen, 1985:674), basado en el cálculo de los costes y beneficios de diferentes líneas de acción (Jenkins, 1994[1983]:7)

En síntesis, lo que Olson plantea es que los individuos participan en la acción colectiva en función de sus intereses y tras un cálculo de los costes y beneficios que les supone dicha participación, es decir, el coste nunca puede ser mayor que el beneficio que se espera conseguir. Esto, que según Olson puede aplicarse claramente en el caso de organizaciones pequeñas, no lo es tanto si se pretende el análisis sobre organizaciones grandes que buscan beneficios colectivos, como es el caso de los movimientos sociales. Según la lógica del modelo, lo normal en este caso es que el individuo no participe de la acción ya que el coste es superior al beneficio y, sobre todo, su no participación no implica la no obtención de los objetivos buscados sino que, por el contrario, puede beneficiarse de los resultados de la acción sin necesidad de participar. Este es el famoso problema del free-rider o “gorrón”, que Olson solventa en su modelo introduciendo el concepto de “incentivos selectivos”, es decir, de beneficios individuales que incitarían a los individuos a participar en la acción colectiva. Con esta “teoría del subproducto”, Olson explica la contradicción que se da en su teoría entre el supuesto fracaso de la acción colectiva en las organizaciones grandes y la existencia real de tales organizaciones (Aguiar, 1990: 10-15).

         El problema que esto último supone para una teoría de los movimientos sociales que cuenta con la racionalidad estratégica e instrumental como uno de sus fundamentos, es patente desde el principio. La necesidad de que existan “incentivos selectivos” para que se produzca la participación en la acción colectiva implica que en ausencia de tales incentivos la acción sea imposible o irracional, o al menos no racional, como señala el propio Olson. De aquí la preocupación de algunos de los teóricos de la TMR en buscar una respuesta al problema del free-rider o de por qué una parte de la población participa en movilizaciones colectivas que no les son útiles en términos racionales. Las respuestas a esta cuestión, por otra parte, conducen hacia las distintas orientaciones que el paradigma presenta, según donde se ponga el énfasis a la hora de dar cuenta del por qué de la formación de un movimiento. Aunque el término “teoría de la movilización de recursos” parece hacer referencia a un cuerpo  teórico unitario, en realidad alude a distintas versiones que comparten una serie de presupuestos, pero que se diferencian entre sí, básicamente, en el objeto de estudio que eligen para resolver la cuestión del origen y formación de los movimientos sociales.

         A partir de las síntesis elaboradas por Jenkins (1994[1983]:7) y Cohen (1985:675), los presupuestos comunes a las diversas orientaciones de la TMR que explican su inclusión en un mismo paradigma son:

1. Racionalidad de la acción colectiva llevada a cabo por los movimientos, en base a cálculos de costes y beneficios.

2.  No hay diferenciación entre acción colectiva institucional y no institucional, ya que ambas se inscriben en conflictos de intereses formados dentro de las relaciones de poder institucionalizadas.

3.  Los agravios que dichos conflictos generan son elementos siempre presentes en las relaciones de poder y por tanto no pueden explicar por sí mismos la formación de movimientos sociales. Esta depende de cambios en la disponibilidad de los recursos, de la organización del grupo y del marco de oportunidades  existente para la acción colectiva.

4.  Las organizaciones formales y centralizadas son más eficaces a la hora de movilizar recursos y, por lo tanto, de asegurar el éxito, en el que juegan un papel importante los factores estratégicos y los procesos políticos en los que los movimientos tienes lugar.

5. El éxito de la movilización se evidencia en el reconocimiento del grupo como actor político o por el logro de beneficios materiales.

Las distintas corrientes que se han desarrollado a partir de estos presupuestos básicos, se han diferenciado entre ellas en función de la importancia que cada una ha otorgado a uno u otro de los aspectos que, según la TMR, inciden en la formación del movimiento. De esta manera, se observan dos grandes enfoques dentro de este paradigma: uno centrado en cuestiones como la organización, los recursos y la movilización y otro que pone su énfasis en lo  político, en la llamada “estructura de oportunidades políticas” que permite o limita el surgimiento y desarrollo de un movimiento social dentro de un sistema político dado.

2.1. Importancia del análisis microestructural: organización, recursos y movilización

         Entre los nuevos teóricos, uno de los primeros que planteó la movilización como un problema de “gestión de recursos” (resource management) fue Anthony Oberschall en Social Conflict and Social Movement (1973). Al señalar la importancia de aquellos en el desarrollo de los conflictos sociales, Oberschall realiza también una adaptación del modelo económico olsoniano, introduciéndolo así en el estudio de los movimientos sociales. Corrigiendo a Olson, Oberschall señala que los miembros de un movimiento no son individuos aislados, sino miembros de asociaciones y/o comunidades que configuran el contexto social en el que el individuo toma sus decisiones y que influyen en la dirección de éstas en cuanto que dichos individuos son dependientes de las recompensas y sanciones comunitarias (Pérez Ledesma, 1994:88). Estas redes de grupos solidarios son las que nutren de miembros a los grupos de protesta y no los individuos “socialmente aislados, atomizados y desarraigados” que sostenían las interpretaciones clásicas (citado en Della Porta y Diani 1999:8-9).

         Una vez configurado el actor colectivo del conflicto social, Oberschall considera que “el conflicto en sus aspectos dinámicos puede ser conceptualizado desde el punto de vista de la gestión de recursos. La movilización alude a los procesos por los que un grupo descontento reúne e invierte recursos para conseguir los objetivos del grupo. El control social alude a los mismos procesos, pero desde el punto de vista del grupo que está siendo desafiado”. La racionalidad de los actores de la protesta es evidente ya que “ellos sopesan las recompensas y sanciones, costes y beneficios, que los cursos de acción alternativos representan para ellos. En situaciones de conflicto, sus preferencias e historia previa, su predisposición, tanto como la estructura del grupo y la influencia de los procesos en los que están involucrados, determinan sus elecciones” (citado en Gamson, 1990 [1975]:137).

         En 1977, John D. McCarthy y Mayer N. Zald, en línea con los cambios teóricos iniciados por Oberschall [11], elaboran lo que puede considerarse como la formulación más radical de la TMR en cuanto a racionalidad instrumental se refiere y donde, por primera vez, se utiliza el término resource mobilization approach.

         McCarthy y Zald parten del rechazo explícito de los presupuestos que hasta entonces habían dominado en el campo de estudio de los movimientos sociales, sobre todo la importancia otorgada al descontento, los agravios o la privación como condiciones que explican el origen de cualquier movimiento social. Para estos autores, la existencia de conflictos y tensiones es algo común a toda sociedad y, por tanto, el surgimiento de la acción colectiva no puede ser explicado solamente en base a esos elementos, sino que es necesario estudiar las condiciones que transforman el descontento en movilización (McCarthy y Zald, 1977:1214-1215). Para explicar ésta y teniendo en cuenta el problema del free-rider planteado por Olson, McCarthy y Zald siguen los planteamientos ya señalados por Oberschall para el análisis de los movimientos sociales: prestar especial atención a la selección de incentivos, a los mecanismos o estructuras para la reducción de costos y a los beneficios que se esperan obtener de la acción colectiva (ibídem: 1216). A partir de estas premisas, que enfatizan el carácter racional e instrumental de la movilización y compartiendo también la idea de Oberschall sobre la necesidad de estudiar la agregación y gestión de los recursos para comprender la actividad de un movimiento social, los autores concentran su atención sobre la organización, considerada como un elemento central en la actividad de los distintos movimientos y a la que, analíticamente, separan de estos.

         McCarthy y Zald conciben un movimiento social como un “conjunto de opiniones y creencias en una población que representa preferencias para cambiar algunos elementos de la estructura social y/o de la distribución de recompensas en una sociedad” o, en otras palabras, consideran los movimientos sociales como “estructuras de preferencia dirigidas hacia el cambio social” (ibídem: 1217-1218). Es con relación a esto que los autores conceptualizan lo que denominan “organización de un movimiento social” (OMS) como “una organización compleja, o formal, que identifica sus objetivos con las preferencias de un movimiento social e intenta hacer realidad dichos objetivos” (ibídem: 1218). El conjunto de todas las OMS que tengan como objetivo la obtención de las preferencias generales de un movimiento social es denominado por los autores “industria de movimiento social” (IMS) (ibídem: 1219) y el conjunto de “todas las IMS existentes en una sociedad con independencia del movimiento social al que apoyen” es considerado como “sector de los movimientos sociales” (SMS) (ibídem: 1220).

         Esta división analítica entre los elementos que forman un movimiento social, especialmente la diferenciación entre un “movimiento social” y una IMS implica, según los autores, importantes ventajas para su estudio, entre ellas la posibilidad de centrarse explícitamente sobre el componente organizativo de la actividad, lo que permite, por otro lado, explicar el auge o caída de las IMS, que no dependen totalmente ni del tamaño de un movimiento social ni de la intensidad de las preferencias que este manifiesta (ibídem: 1219).

         La centralidad otorgada por estos autores a las organizaciones se justifica en su concepción de éstas como “portadoras de los movimientos sociales” (Zald y McCarthy, 1987: 12). Son las OMS las que posibilitan la consecución de los objetivos, ya que su gestión (o “movilización”) de los recursos conlleva una serie de funciones que están dirigidas hacia el logro de las preferencias de cambio que constituyen los fines del movimiento.   El punto de partida seguido por McCarthy y Zald para elaborar su propuesta teórica sobre las OMS es la idea de que éstas, como cualquier otra organización, tienen como principal objetivo su propia continuidad, ya que sólo si su existencia es asegurada, pueden perseguirse otros objetivos (McCarthy y Zald, 1977: 1226). Esta premisa se asocia también a la más explícita adscripción realizada en el trabajo de Zald y Ash (1966) en el que se señalaba la virtualidad del “análisis institucional” de Selznick dentro de la sociología de la organización [12]. Según este enfoque, que para los autores es especialmente útil en el estudio de las OMS, las organizaciones se encuentran en un entorno variable al cual deben adaptarse y que puede implicar cambios en los objetivos y en las disposiciones internas de la organización. Además, dentro de las organizaciones, que suelen estar compuestas por distintos grupos, puede darse el conflicto con relación a la distribución del poder o los incentivos. En otras palabras, el enfoque se centra sobre el conflicto, la presión del entorno y los cambios en la viabilidad organizativa (Zald y Ash, 1987 [1966]: 122-123).

         Toda OMS debe contar con recursos que le permitan trabajar en el logro de los objetivos del movimiento y, por lo tanto, debe asegurarse el flujo de recursos necesarios para su supervivencia y desarrollo dentro del contexto en el que desarrolla su actividad. En primer lugar, debe trabajar por conseguir recursos para su mantenimiento que no sean considerados prioritarios por la población, que busca cubrir antes sus necesidades básicas, por lo que puede considerarse que las OMS y el SMS de los que forman parte dependen en gran manera de recursos que se consideran escasos. En segundo lugar, el SMS debe competir por esos recursos con asociaciones voluntarias y organizaciones políticas y religiosas (McCarthy y Zald, 1977: 1224) y, por último, las OMS deben competir con el resto de las OMS de la misma IMS por los recursos disponibles, teniendo en cuenta que, ante un aumento de los recursos, es probable que surjan nuevas organizaciones e industrias que intenten captarlos (ibídem: 1225). La imagen que se dibuja a partir de estas consideraciones es, por tanto, la de un contexto eminentemente competitivo en el que OMS, IMS y SMS deben disputar con elementos externos, pero también entre ellos, para asegurar su supervivencia y la consecución de sus fines. Es sobre todo al nivel de la competencia e interacción entre organizaciones donde McCarthy y Zald han puesto un énfasis especial (Zald y McCarthy, 1987: 2).

         Los movimientos sociales rara vez tienen un carácter unitario y lo que su estudio permite observar es cómo están compuestos por una variedad de OMS, vinculadas a distintos grupos de apoyo y que “compiten entre ellas por los recursos y por el liderazgo simbólico, a veces comparten instalaciones y recursos, desarrollan funciones unas veces estables y otras diferenciadas, se unen ocasionalmente en coaliciones ad hoc y también ocasionalmente se dedican con todas sus fuerzas a hacer la guerra unas contra otras” (Zald y McCarthy, 1987 [1980]: 161). En su análisis los autores parten de la idea de que la interacción entre OMS tiene una gran analogía con las relaciones entre industrias que actúan en el mercado económico (ibídem: 163), lo que permite encontrar actitudes y prácticas tanto de cooperación como de competencia dentro de las IMS. A partir de aquí y siguiendo una línea ya trazada por los teóricos de la organización, McCarthy y Zald analizan distintas cuestiones que se dan en las relaciones entre organizaciones de una IMS, utilizando un lenguaje claramente tomado de la microeconomía para señalar, por ejemplo, cómo se diferencian productos (objetivos o tácticas) para buscar una mejor posición en el mercado  (ibídem: 167) o cómo las alianzas entre organizaciones que ofrecen servicios y productos similares pueden deberse a la necesidad de ser representadas por “asociaciones comerciales” en el mundo exterior (ibídem: 176).

         De acuerdo con la línea de análisis seguida, McCarthy y Zald están haciendo referencia a una forma de organización “profesional” caracterizada por: “(1) un liderazgo dedicado a tiempo completo al movimiento, con una gran proporción de recursos originados fuera del grupo agraviado que el movimiento pretende representar; (2) con una base pequeña o inexistente de miembros; (3) que intenta transmitir la imagen de ‘estar hablando para seguidores potenciales’; y (4) que intenta influir en política para esos mismos seguidores o miembros” (McCarthy y Zald, 1987 [1973]: 375). Los líderes de esta fórmula organizativa son “empresarios” cuyo efecto sobre los movimientos resulta de su habilidad en el manejo de imágenes de apoyo a través de los medios de comunicación (ibídem: 374). Los miembros, por su parte, no tienen un papel destacado en la elaboración de la política organizativa ni sobre las posiciones que la organización toma sobre los distintos asuntos, quedando su participación limitada a la contribución financiera y al apoyo en las campañas de protesta elaboradas desde la cúpula (ibídem: 378). En definitiva, la experiencia y competencia profesional parecen tener más importancia que la acción ciudadana en estas organizaciones, que entienden el uso estratégico de los medios de comunicación de masa como una herramienta propicia para promover el cambio social (ibídem: 379). Esta fórmula organizativa parece, además, que resuelve una cuestión importante para el enfoque de la “movilización de recursos”: la racionalidad atribuida, en términos de costes y beneficios, a los participantes de los movimientos sociales. Para McCarthy y Zald las organizaciones profesionales pueden ser vehículos que reduzcan los costos de una participación más gravosa que las quejas o agravios que se esperan solventar, ya que requieren de menos esfuerzo y recursos por parte de sus miembros (ibídem: 379), lo que explicaría el aumento de la movilización y, especialmente el gran “auge” de ésta a partir de los años sesenta.

         Es importante señalar que, en todo momento, McCarthy y Zald reconocen explícitamente que su trabajo está centrado en los movimientos sociales surgidos en la historia más reciente de Estados Unidos (McCarthy y Zald, 1977: 1236; McCarthy y Zald, 1987: 12) y, aunque creen en su utilidad para explicar otros contextos y situaciones, su análisis está elaborado a partir de los cambios que se han producido en la moderna sociedad norteamericana, especialmente el aumento en tamaño, educación y riqueza de la clase media y el desarrollo y expansión de los medios de comunicación de masa, factores que facilitan el surgimiento de una movilización profesionalizada (Jenkins, 1994 [1983]: 16).

         El papel de los recursos es también central en la teoría de McCarthy y Zald, ya que son los cambios en su accesibilidad (especialmente de cuadros dirigentes y de facilidades organizativas) los que explican la formación de los movimientos sociales (ibídem: 10). Sin embargo y, a pesar de su importancia, estos autores no definen en ningún momento lo que ellos entienden como “recursos”, limitándose a una enumeración en la que incluyen “legitimidad, dinero, medios [infraestructuras] y trabajo” (McCarthy y Zald, 1977: 1220). Como lo que explica el surgimiento de la movilización es el aumento en los recursos y, sobre todo, su acceso y gestión por parte de las OMS, la atención en este enfoque se centra sobre los individuos y grupos que real o potencialmente suministran recursos al movimiento. Los autores así distinguen entre miembros, partidarios, observadores u oponentes o entre élite y base de una OMS para analizar cuestiones como la cantidad de recursos controlados (ibídem: 1221) o el “estilo” de una OMS, diferenciando en este sentido entre una OMS clásica, que se dirige especialmente hacia los partidarios que son beneficiarios en potencia de los fines del movimiento, y una OMS profesional, que apela principalmente a los partidarios “de conciencia” que no esperan beneficiarse directamente de los logros conseguidos pero que contribuyen con el movimiento (ibídem: 1223). Desde este último punto de vista y como una aportación característica de la teoría de la movilización de recursos, cobran gran importancia tanto las contribuciones de personas ajenas a las OMS como la cooptación de recursos institucionales por parte de los movimientos sociales contemporáneos (Jenkins, 1994 [1983]: 14).

         A pesar del gran giro teórico que se produce con el enfoque organizativo de la TMR y de la importancia que se reconoce desde entonces al estudio de la organización para una mejor comprensión de los movimientos sociales, la propuesta encabezada por McCarthy y Zald ha sido objeto de distintas críticas, lanzadas tanto desde fuera como desde dentro de la propia TMR [13]. El paso del tiempo y el desarrollo, tanto teórico como empírico, del campo de estudio de los movimientos sociales ha conducido también hacia la reflexión y el reconocimiento de ciertas “lagunas” en el enfoque organizativo de la TMR. En 1992, Zald reconocía que había importantes aspectos a los que no se había prestado atención en su propuesta e incluía entre ellos “la relación entre la clase y la formación de identidad con la movilización; la oportunidad política y la estructura estatal como determinantes y límites de la movilización y de los resultados de un movimiento social; los microfundamentos del riesgo y la racionalidad; el papel de los efectos de la manifestación o la influencia de la crisis cultural en la actividad de un movimiento social” (Zald, 1992: 327). A pesar de estas ausencias, Zald también consideraba que se habían producido ciertos avances en la tarea de hacer frente a las limitaciones de su enfoque, especialmente en cuestiones relacionadas con la “micromovilización” (ibídem: 334).

         Ya en 1988 y dentro del debate sobre la incapacidad de la TMR para dar cuenta del paso desde el nivel micro (el individuo racional) al macro (la acción colectiva), McCarthy y Zald, junto a Doug McAdam, introducen en la teoría de los movimientos sociales toda una línea de investigación que se había ido desarrollando dentro de la TMR. Su rechazo a dejar entrar de nuevo condicionantes de carácter psicosocial en la explicación del surgimiento de los movimientos (Jenkins, 1994 [1983]) o a ampliar el concepto de “racional” más allá de los estrictos cálculos de costes y beneficios (Cohen, 1985), les lleva a buscar “puentes teóricos intermedios” que permitan afrontar los dos niveles de análisis (McAdam, McCarthy y Zald, 1988: 698). Partiendo de la evidencia de que existen factores estructurales que vinculan la participación individual con la actividad en los movimientos (ibídem: 707-709), desarrollan el concepto de “contexto de micromovilización” que definen como “cualquier pequeño grupo en el que los procesos de atribución colectiva son combinados con formas rudimentarias de organización para producir movilización para la acción colectiva” (ibídem: 709). Es en estos grupos donde, entre otros factores que promueven la movilización, se desarrollan los “incentivos solidarios” de los que depende la mayor parte del comportamiento social y que son definidos como “indefinidas recompensas interpersonales que se producen con la participación continuada en cualquier grupo establecido o asociación informal” (ibídem: 710). Esto hace referencia, como los mismos autores señalan, a procesos de transformación en la conciencia colectiva que preceden a la propia acción colectiva o movilización, ya se consideren “creencias generalizadas” (Smelser) o “liberación cognitiva” (McAdam) (ibídem: 713). En definitiva, los autores están reconociendo la presencia de elementos psicosociales en los estadios anteriores al reclutamiento y la movilización, lo que implica dar un cierto giro teórico a sus anteriores planteamientos basados en la racionalidad instrumental de los actores. Sin embargo y, a pesar de este reconocimiento más o menos explícito, los autores finalmente consideran que la importancia de estos contextos de micromovilización es más organizativa que psicológico social, ya que es en ellos donde se movilizan los recursos esenciales para la acción (miembros, redes de comunicación y líderes) (ibídem: 715-16).

         A pesar de esta última matización, la propuesta en su conjunto debe entenderse como uno de los intentos de integración entre los distintos enfoques que se dan desde mediados de los años ochenta y que caracterizan, en gran manera, la investigación teórica sobre movimientos sociales de la siguiente década.

2.2. Enfoque del proceso político o la “estructura de oportunidades políticas”

         Dentro del giro teórico que representa la TMR y en paralelo con el desarrollo del enfoque centrado en la organización y los recursos, se encuentra la versión que fija su atención en el entorno institucional y político en el que se produce la acción colectiva, especialmente en el análisis de la influencia del contexto político en la formación, supervivencia e impacto de los movimientos sociales.

         A pesar de las diferencias lógicas por la elección de distintas claves analíticas, la pertenencia de ambos enfoques al marco teórico general representado por la TMR,  se fundamenta en la concepción común de la acción colectiva como una actuación que surge de la interacción estratégica de los actores y que está basada esencialmente en la elaboración de cálculos sobre los costes y beneficios de emprender la acción (Cohen, 1985: 675).

         Entre los primeros trabajos que tratan el contexto político como un recurso externo a tener en cuenta para la acción colectiva, se encuentran algunos estudios empíricos de carácter comparativo, como los llevados a cabo por Eisinger, Gamson, Tilly, y Piven y Cloward [14] en la primera mitad de los años setenta y en los que se introducen algunas variables que relacionan el sistema político con la acción colectiva desarrollada por los movimientos sociales. Eisinger (1973), en su comparación sobre los resultados de las protestas en 43 ciudades norteamericanas durante 1968, acuña el término “estructura de oportunidades políticas”(EOP), de gran éxito entre los seguidores de este enfoque y que viene a indicar el grado de apertura o cierre de un sistema político dado. En palabras de Eisinger “la incidencia de la protesta tiene una ligera relación con el tipo de  estructura de oportunidades políticas que se dé en una ciudad; he definido éstas como una función de probabilidad que tienen los grupos de acceder al poder y  de manipular el sistema político” (citado en Tilly, Tilly y Tilly, 1997 [1975]: 339-340). Por otra parte, Gamson (1975) introduce en sus conclusiones la posibilidad de establecer alianzas con actores institucionales como medio de acceder al sistema y establece un criterio de “éxito” con el que medir los resultados de la acción colectiva (ibídem: 340) y Piven y Cloward (1977) analizan la inestabilidad electoral como un síntoma de apertura (o grieta) del sistema que puede favorecer las reivindicaciones de grupos movilizados (Della Porta y Diani, 1999: 218).

La obra de Charles Tilly merece en este punto una atención aparte. Por un lado, se sitúa entre los primeros investigadores que iniciaron, desde una posición crítica con respecto a las teorías vigentes a finales de los años sesenta, la formulación del nuevo marco teórico bajo el que se fue configurando el enfoque de la movilización de recursos y, por otro, ha sido de los pocos autores que ha desarrollado gran parte de su trabajo desde la sociología histórica, lo que supone introducir el uso de la variable temporal en un debate marcado casi exclusivamente por el análisis de movimientos sociales contemporáneos.

En sus primeros trabajos sobre la acción y la violencia colectiva [15], Tilly ya defiende una visión de ambas como extensiones o continuidades de una actividad política normal, no violenta. Para Tilly (1973) “la violencia colectiva es una de las formas más frecuentes de participación política” y ofrece algunas razones de por qué se  debería abandonar la idea de que la violencia colectiva está separada de la política cotidiana:  por “su éxito frecuente como táctica, su efectividad en establecer o mantener la identidad política de un grupo, su orden según unas normas, su reclutamiento frecuente de gente corriente y su tendencia a desarrollarse en cadencia con la acción política pacífica” (citado en Gamson, 1990 [1975]: 139). Según Tilly (1970), la acción colectiva está así basada en la interacción entre actores desafiantes y actores institucionales, de tal manera que la forma y magnitud de la acción colectiva “depende de una interacción entre las tácticas de los desafiantes y las prácticas coercitivas del gobierno” (ibídem: 139-140).

Esta idea de interacción es lo que marca el concepto de movimiento social manejado por los teóricos del proceso político que, básicamente, coinciden con Tilly en que un movimiento social “consiste realmente en una serie de demandas o desafíos a los poderosos en nombre de una categoría social que carece de una posición política establecida (...) la interacción entre los actores constituye la identidad y la unidad del movimiento” (Tilly, 1990 [1985]: 185) [16].

Aunque Tilly se distancia de las teorías clásicas sobre el comportamiento colectivo de forma similar a como lo hacen otros teóricos de la TMR ya vistos aquí, su originalidad y quizás mayor contribución a éste enfoque se halla no en su reconocimiento de la racionalidad y continuidad de la acción colectiva, sino en la justificación histórica que encuentra para el carácter estratégico de la acción y la violencia colectiva.

A partir de sus estudios sobre la “modernización de la acción colectiva” [17] (Jenkins, 1994 [1983]: 25) centrados en el periodo comprendido entre los siglos XVIII y XX y en especial en los casos de Francia y Gran Bretaña, Tilly demuestra la importancia del proceso político (la consolidación de los estados nacionales y el desarrollo de la política electoral) en la explicación de los cambios que se producen en los ritmos y formas de la violencia y la acción colectiva. La interpretación de Tilly cuestiona así las “teorías de desintegración” vigentes todavía a principios de los setenta (Tilly, 1997 [1975]: 14-17), según las cuales las tensiones producidas por los grandes cambios estructurales (como la industrialización y urbanización de la época estudiada por Tilly) son las que dan lugar al aumento de la violencia colectiva, al desintegrarse el control social y los lazos interpersonales (tesis de las teorías del comportamiento colectivo y de la sociedad de masas, ya mencionadas).

En el enfoque de Tilly los grandes cambios económicos y sociales tienen importancia, no como desencadenantes de la violencia colectiva, sino como transformadores de las formas que ésta toma en uno u otro momento (los “repertorios de acción”, que se ven más adelante). Donde sí encuentra Tilly un alto grado de dependencia es entre la violencia y los cambios políticos, que se influyen mútuamente. Esta interacción, elemento clave en las propuestas de Tilly (Tilly, 1978; 1990 [1985]; 1995), comienza a tener un carácter estratégico cuando la acción colectiva y la política del Estado pasan a tener un alcance nacional, cuando la primera presenta demandas al segundo y éste no puede obviarlas, teniendo por lo tanto que modificar sus propios planteamientos y respuestas o recurrir a la represión, con el coste político que ello supone en sistemas progresivamente parlamentarios y electorales. Para Tilly, “la violencia colectiva europea no fue sino un derivado de las luchas por el poder; la cantidad e índole de la violencia dependió en gran medida de las reacciones de los gobiernos a las reivindicaciones de los diferentes contendientes al poder y los contendientes activos sobresalían del resto de la población en virtud de su grado de organización, su orientación hacia la igualdad de derechos y obligaciones y su control colectivo de recursos políticamente significativos” (1990 [1975]: 346).

En el esquema teórico desarrollado en From Mobilization to Revolution (1978), Tilly vincula la acción colectiva con el Estado especialmente a través de dos dimensiones: la oportunidad/amenaza para los grupos movilizados y la facilitación/represión de las autoridades (Tilly: 1978: 98-142). En esta dinámica, lo que explica la existencia, alcance o ausencia de movilización es el “costo de la acción colectiva”, que aumenta por la represión o disminuye por la facilitación (ibídem: 100).

El carácter racional de la acción colectiva queda así vinculado por Tilly al surgimiento de la política a escala nacional, tanto a nivel del Estado como de las organizaciones sociales reivindicativas y en la nueva relación que se establece es donde encuentra Tilly la estrategia y la mutua influencia, es decir, la “interacción estratégica”.

         A partir de estas primeras e importantes aportaciones, el enfoque del proceso político se fue desarrollando y adquiriendo una caracterización propia a través de trabajos que fueron centrando sistemáticamente la atención sobre el entorno político e institucional que rodea a los movimientos sociales. Una nueva propuesta de elaboración teórica es la realizada por Sidney Tarrow (1983) [18], que integra en un mismo marco distintas variables ya utilizadas en investigaciones empíricas. Para su estudio sobre los ciclos de protesta en Italia, Tarrow consideró el grado de apertura o cierre para acceder al sistema político formal, el grado de estabilidad o inestabilidad de las alianzas políticas y la disponibilidad y postura estratégica de los aliados potenciales. Posteriormente, Tarrow añade una nueva dimensión: las divisiones en la élite o su tolerancia/intolerancia hacia la protesta (1991: 34).

         Doug McAdam, otro de los principales representantes de este enfoque, aunque con el tiempo haya ido centrándose en cuestiones relacionadas con el entorno microestructural de la movilización, señala otros factores macropolíticos que inciden en la formación y evolución de los movimientos: la estructura de oportunidades políticas, las crisis políticas y situaciones de enfrentamiento en la arena política, la ausencia de represión, la imposición de agravios repentinos a la población y, en lo que ya es un acercamiento a los enfoques desarrollados en Europa, la expansión del “estado del bienestar” y la politización de la vida privada (McAdam: 1988, 128-132).

         Estas dos propuestas, cercanas aunque diferentes, plantean un problema del enfoque del proceso político que ha sido señalado recientemente: la dificultad para establecer un consenso sobre las variables o indicadores más apropiados para dar cuenta de fenómenos políticos complejos (Della Porta y Diani: 1999: 10). Dejando a un lado los problemas teóricos y metodológicos que la progresiva incorporación de variables ha supuesto para la investigación (ibídem: 223-224), el problema se observa también al intentar sintetizar la evolución que ha seguido el propio enfoque. El desarrollo que se plantea aquí, por tanto, es deudor de la propuesta de Della Porta y Diani que consideran que, en general “el objetivo ha sido observar qué características estables o `móviles´ del sistema político influyen en el crecimiento de la acción política menos institucionalizada en el curso de lo que ha sido definido como ciclos de protesta (Tarrow), así como también las formas que toman estas acciones en diferentes contextos históricos (Tilly)” (ibídem: 10).

2.2.1. La estructura de oportunidades políticas

         Como ya se ha señalado, la EOP es un concepto que ha marcado en gran manera los planteamientos teóricos que se centran en el análisis de los condicionantes políticos de la acción colectiva y, por tanto, de los movimientos sociales. En una definición reciente del término, Tarrow considera como “oportunidades políticas” a las “dimensiones consistentes (aunque no necesariamente formales o permanentes) del entorno político que proporcionan incentivos para la acción colectiva al influir sobre las expectativas de éxito o fracaso de la gente“ (1998: 76-77). Explícita o implícitamente Tarrow hace referencia aquí a los distintos elementos que han llamado la atención de los investigadores. En un nivel más general se hace referencia a la oportunidad de la acción, al “cuando”, según el propio Tarrow, que depende del grado de apertura o cierre del sistema político con respecto a presiones no institucionalizadas que le llegan de fuera. A un nivel más concreto, sin embargo, esa oportunidad está marcada no sólo por los factores más estables del sistema (la estructura institucional formal del Estado) sino también por otros menos estables que influyen en el grado de apertura o cierre de las estructuras más formales. Mientras que los primeros afectan a la estrategia y expectativas de los movimientos sociales a largo plazo, los segundos les afectan en las estrategias y actividad más inmediatas.

         Entre los autores que se han preocupado por los factores más estructurales del Estado que afectan a los movimientos sociales se encuentra Hanspeter Kriesi. Para este autor, hay cuatro factores en la estructura institucional de un Estado que permiten medir el grado de “acceso formal” o apertura de un sistema a la influencia de los movimientos sociales (Kriesi, 1992: 120-123):

         - grado de centralización territorial: a mayor descentralización, mayor grado de acceso formal, al multiplicarse los posibles puntos de acceso al sistema a nivel nacional, regional y local. Cabe esperar, por tanto, que los países con sistemas federales sean más receptivos que los centralistas a incorporar las demandas de los movimientos sociales.

         - grado de concentración funcional del poder estatal: a mayor separación entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, mayor será el grado de acceso formal, especialmente si los poderes legislativo y judicial tienen un alto grado de independencia frente al ejecutivo.

         - coherencia de la administración pública: cuanto mayor sea el grado de coherencia, coordinación interna y profesionalización de la administración pública, menor será el grado de acceso formal. Este factor parece relacionarse con el grado de centralización, ya que una administración fragmentada (descentralizada y por lo tanto menos coordinada) aumenta los puntos de acceso al sistema.

         - grado de institucionalización de los procedimientos democráticos directos: la posibilidad normalizada de realizar referendos o iniciativas populares aumenta las posibilidades de acceso desde fuera del sistema.

         Según Kriesi, estos cuatro aspectos de la estructura institucional permiten distinguir entre “estados abiertos y cerrados”, pero el autor introduce también la distinción entre “estados fuertes y débiles”, entendiendo por fortaleza la capacidad de un Estado de tomar decisiones y de llevarlas efectivamente a cabo. Así, un Estado fuerte será centralizado, concentrado, coherente y sin procedimientos democráticos directos, es decir, autónomo con respecto a su entorno y por tanto con mayor capacidad a la hora de actuar, justo lo contrario que los estados débiles, que representan así un marco más favorable para la actuación de los movimientos sociales  (ibídem: 121-122).

         Junto a los factores institucionales formales, Kriesi también incorpora en su propuesta otro nivel de análisis de las características estructurales de un sistema político, pero ahora de carácter informal: son lo que él denomina “procedimientos informales y estrategias dominantes” que condicionan, junto a la estructura formal, la postura general de las autoridades respecto a los desafíos de los movimientos sociales. Como “estrategia dominante” se consideran “las premisas informales de procedimiento, los acuerdos implícitos o explícitos que surgen del proceso político y que sirven de pauta a las acciones de las autoridades”. El carácter estructural de estos factores deriva de su configuración a lo largo del tiempo, como una tradición que se mantiene a pesar de los cambios que puedan producirse en las estructuras más formales. La influencia de estos procedimientos y estrategias se observa en la actitud de los gobernantes frente a los desafíos planteados por los actores ajenos al sistema, que pueden ser estrategias dominantes de carácter excluyente o integrador. Sin embargo y como rasgo quizás más característico, la manera en la que se manifiestan estos factores en la toma de decisiones no es inherente a ningún tipo de estructura institucional formal, es decir, no hay una relación automática entre, por ejemplo, un estado débil y una estrategia integradora. Esto lleva a Kriesi a elaborar los marcos generales de comportamiento de las autoridades respecto a los desafíos de los movimientos sociales, a través de la combinación entre estados débiles y fuertes y estrategias excluyentes e integradoras. El resultado son cuatro posibles actitudes o marcos de comportamiento: plena exclusión, plena integración procedimental, inclusión formalista y cooptación informal (ibídem: 123-131).

         Junto a los factores considerados como estables o de carácter más estructural, también se han considerado otros de características menos estables. Entre los teóricos que encuentran un mayor potencial movilizador en las dimensiones coyunturales de un sistema político, se encuentra Sidney Tarrow,  que destaca cinco factores que inciden sobre la oportunidad de acción de los movimientos sociales (1998: 76-80):

         - incremento del acceso a la participación en la vida política: especialmente en la forma de celebración y participación en las elecciones en el caso de sistemas democráticos liberales. En sistemas autoritarios el incremento del acceso se pone de manifiesto a través de modos más informales.

         - cambios en las coaliciones de la élite política: que se manifiestan sobre todo en la inestabilidad electoral o, por ejemplo, a través de levantamientos campesinos en el caso de sistemas autoritarios.

         - disposición de aliados influyentes: los movimientos sociales parecen más dispuestos a actuar cuando tienen aliados que pueden mediar por ellos en diferentes instancias o que les prestan su apoyo frente a la opinión pública.

         - división en la élite política:  la existencia de conflictos en el seno de la élite política es percibida por los grupos externos al sistema como una ocasión propicia para llevar a cabo acciones colectivas de reivindicación.

         - represión y facilitación: siguiendo a Tilly (1978), Tarrow considera la represión como toda acción que, llevada a cabo por otro grupo, aumenta los costos de los desafiantes para emprender la acción colectiva. En la misma línea, se ofrecen “facilidades” cuando se reducen los costos de la movilización. Para Tarrow, el desarrollo del Estado moderno ha generado tanto herramientas de represión frente a la acción popular como posibilidades para el auge de movimientos sociales.

En un enfoque que centra su atención sobre el contexto político en el que se desarrollan los distintos movimientos sociales, resultaría lógico esperar que un análisis tanto de los factores más estructurales de un sistema político, como de aquellos de carácter más coyuntural, ofreciera una visión más completa del objeto de estudio. Sin embargo, las propuestas aquí presentadas sobre la EOP, representan dos puntos de vista diferentes sobre un concepto que es central en el enfoque del proceso político y que sirven para ejemplificar el problema, ya señalado, sobre la falta de consenso que existe entre los seguidores de dicho enfoque.

Para Kriesi el concepto de “estructura de oportunidades políticas” debe dar cuenta de “esos aspectos del sistema político que determinan el desarrollo del movimiento, independientemente de la acción deliberada de los actores en cuestión”, es decir, “que los actores no pueden prever las variaciones [de la EOP] en el momento en el que emprenden la acción colectiva” (1992: 116-117). En contraste con esto, Tarrow considera que “las estructuras del Estado crean oportunidades estables, pero son las oportunidades y restricciones cambiantes las que proporcionan las aperturas que conducen a los actores pobres en recursos a comprometerse en la política de enfrentamiento” (1998: 20). Lo que subyace en y diferencia a estas dos visiones de la “estructura de oportunidades políticas” es la importante cuestión de si los cambios producidos en el sistema político deben ser o no percibidos como incentivos por los actores para que se lleve a cabo la acción colectiva [19].

 Para Tarrow la percepción de la oportunidad para la acción es necesaria por distintas razones. En principio, porque es la manera de poder explicar realmente el “cuándo” de la movilización. Las estructuras más estables, cuya variación se produce de forma muy lenta, no pueden dar cuenta de la irregularidad de los movimientos sociales en cuanto a tiempo y espacio. En segundo lugar, la percepción por parte de los actores es lo que permite a Tarrow desarrollar un importante concepto del enfoque del proceso político: los ciclos de protesta. Según este autor “las oportunidades políticas son a la vez explotadas y expandidas por los movimientos sociales” (1997 [1994]: 27), las oportunidades aumentan cuando se producen los primeros enfrentamientos, ya que éstos ponen en evidencia las debilidades de las autoridades e incentivan a distintos sectores de la población, incluidos aquellos en principio no predispuestos a la movilización.

El marco teórico planteado por Tarrow destaca por novedades como las señaladas, pero también por situarse entre los teóricos que abogan por la elaboración de una síntesis integradora de las distintas corrientes teóricas. Él mismo resume su planteamiento general para el estudio de los movimientos sociales: “la gente se compromete en una política de enfrentamiento cuando los modelos de oportunidades y restricciones políticas cambian y entonces, por el empleo estratégico de un repertorio de acción colectiva, crean nuevas oportunidades, que son usadas por otros en los ciclos de protesta que se producen. Cuando sus luchas giran alrededor de amplias divisiones de la sociedad, cuando esas luchas reúnen gente alrededor de símbolos culturales heredados y cuando pueden basarse o construir densas redes sociales y estructuras conectadas, entonces estos episodios de enfrentamiento resultan en interacciones mantenidas con oponentes, específicamente, en movimientos sociales” (1998: 19). En esta propuesta se encuentran elementos de análisis que ya han sido considerados aquí, como las redes sociales o contextos de micromovilización desarrollados por representantes de la TMR, así como algunos que se verán más adelante al tratar el enfoque de los “nuevos movimientos sociales” y su interés por la identidad o los desencadenantes estructurales de la movilización y también aspectos culturales propios de propuestas más recientes. Sin embargo, lo que se pretende destacar ahora son dos conceptos ya mencionados y característicos del enfoque del proceso político: los repertorios de acción y los ciclos de protesta.

2.2.2. Repertorios de acción y Ciclos de protesta

         El concepto de “repertorios de acción”, desarrollado por Tilly es parte importante de la abarcadora y pluralista propuesta de Tarrow pero, además, ayuda a explicar la evolución de los movimientos sociales desde una perspectiva histórica.

         Aunque en la literatura sobre el tema se utiliza el término “repertorios de acción” (Tarrow, 1998; Della Porta, 1999; Casquette, 1998), Tilly diferencia éstos de los “repertorios de enfrentamiento” (repertoires of contention), partiendo de la idea de que no todo objetivo colectivo supone conflicto. Así, define los “repertorios de enfrentamiento” como “los canales establecidos en los que pares de actores efectúan y reciben reivindicaciones que afectan a sus respectivos intereses” (Tilly, 1995: 43). Al margen del término empleado, lo que importa señalar es que los repertorios son productos culturales aprendidos que surgen y cobran forma a partir de confrontaciones precedentes y que, en un momento histórico dado, sólo hay un número limitado de formas de actuar colectivamente. La evolución hacia nuevas formas se produce así de manera lenta, con innovaciones en el “perímetro” (periferia) del repertorio existente (ibídem: 44) y sólo en muy raras ocasiones se produce un cambio más o menos brusco entre un repertorio y otro. La época analizada por Tilly es precisamente uno de estos momentos de gran cambio, cuando desde mediados del siglo XVIII se comienza a desarrollar la política nacional de masas en los países occidentales.

         En lo que puede considerarse como un repertorio de antiguo régimen, Tilly caracteriza el del siglo XVIII como “parroquial, bifurcado y particular” (ibídem: 45). En líneas generales, era un repertorio de ámbito local, en el que la acción colectiva alcanzaba a una sola comunidad; era bifurcado porque cuando los intereses colectivos trataban de asuntos locales la acción era directa, pero si se trataba de objetivos o asuntos nacionales las demandas se dirigían al patrón o a la autoridad local, para que actuaran a manera de intermediarios frente a las autoridades nacionales y era particular porque las formas de acción o enfrentamiento cambiaban según el asunto o lugar. Este repertorio incluía entre sus distintas formas de acción los motines de subsistencia, ocupaciones de tierras, ataques contra maquinas, apropiación de cosechas, serenatas o charivaris, etc., todo ello rodeado de ceremonial y una fuerte simbología.

         Aunque algunas de estas formas sobrevivieron durante el siglo XIX, perdieron su relevancia frente a las nuevas que surgieron: mítines, manifestaciones, huelgas, ocupación de edificios, etc., crearon un repertorio de carácter “cosmopolita, modular y autónomo” (ibídem: 46). Se pasó del interés estrictamente local a intereses y asuntos que afectaban a muchas comunidades; era modular porque se podía aplicar a distintos lugares o circunstancias y era autónomo porque ya no había intermediarios, sino que de forma directa los peticionarios establecían comunicación directa con los centros de poder nacionales.

         Los cambios en las formas de acción entre los siglos XVIII y XIX se explican en paralelo a los profundos cambios que a nivel económico, político y social experimentaron algunos países occidentales. Para Tilly, dos son los fenómenos que marcan especialmente los cambios mencionados: la concentración de capital y la expansión del Estado (ibídem: 53). La industrialización y la subsiguiente urbanización, junto con la consolidación de los estados nacionales, cambiaron el marco de relaciones de la mayoría de la gente, el ámbito local fue trascendido por un escenario de relaciones de carácter nacional, en el que las viejas formas de protesta resultaban inadecuadas para los nuevos problemas. Las nuevas reivindicaciones necesitaban de vehículos de mayor alcance: organizaciones complejas que superasen las limitadas fronteras de los distintos oficios y gremios, de las pequeñas comunidades y pueblos y que permitieran, junto con el nuevo repertorio de acción, tomar parte en las nuevas formas que había adquirido la lucha por el poder. Un importante resultado de todos estos cambios fue el desarrollo de una política nacional de masas en la que las relaciones entre los detentadores del poder y la gente normal cambiaron significativamente: en la nueva dialéctica, las reacciones y demandas de los segundos podían ser vinculantes en la toma de decisiones de los primeros, lo que implícitamente significa que la acción colectiva reivindicativa ha influido en la configuración de las estructuras de poder, tanto económicas como políticas (ibídem: 37).

         Un último comentario sobre los repertorios de acción tiene que ver con la práctica  evidencia de que actualmente se está produciendo el inicio de una nueva etapa en las formas de acción de los movimientos sociales, vinculada también a cambios estructurales económicos y políticos, pero ahora en relación con los procesos de globalización e integración económica y a la existencia de entidades políticas supranacionales, que están cambiando el sistema de relaciones surgido en el siglo XIX. Unido a esto, el desarrollo de los medios de comunicación y, en especial de Internet, tienen un alto potencial transformador en cuanto a la capacidad de información e intervención de los movimientos sociales (Della Porta y Diani, 1999: 173). Sin duda se abre una nueva etapa también en las agendas de investigación de este área de estudio, que tendrá que dirigir parte de sus estudios a analizar los profundos cambios que está contemplando la sociedad de hoy y en la que surgen nuevos repertorios marcados en gran medida por la internacionalización, tanto de las campañas de protesta como de los propios movimientos sociales.

         Otro concepto importante en el estudio de los movimientos sociales, característico del enfoque el proceso político y de gran utilidad para analizar la evolución en el tiempo de los movimientos es el de “ciclos de protesta” desarrollado por Tarrow (1991; 1998) [20] y definido por éste como “una fase de intensificación de los conflictos en el sistema social: con una rápida difusión de la acción colectiva de los sectores más movilizados a los menos movilizados; un rápido ritmo de innovación en las formas de confrontación; marcos nuevos o transformados para la acción colectiva; una combinación de participación organizada y no organizada; y unas secuencias de información e interacción intensificadas entre disidentes y autoridades. Dicho enfrentamiento generalizado produce externalidades que dan a los desafiantes al menos una ventaja temporal y les permite superar las debilidades en sus recursos base. Requiere que los estados ideen amplias estrategias de respuesta que son o represivas o facilitativas, o una combinación de las dos. Y produce resultados generales que son más que la suma de las consecuencias de un agregado de eventos desconectados” (Tarrow, 1998: 142).

En definitiva, lo que Tarrow propone es que la movilización reivindicativa iniciada por una pequeña “vanguardia” que ha percibido un cambio en la EOP, se expande a otros grupos que ven a su vez como sus propias oportunidades aumentan por la acción ya emprendida, es decir, que el coste para ellos disminuye, iniciándose así un ciclo de protesta de contornos (duración, intensidad, difusión entre la población, etc.) y consecuencias no previsibles. A pesar de esto último, Tarrow señala algunas características comunes que pueden apreciarse en los ciclos de protesta (ibídem: 144-147):

         - aumento y difusión del conflicto con relación a lo que es habitual antes o después del ciclo, y que se explica por el “efecto demostrativo” de la acción colectiva por parte de los primeros movilizados, lo que desencadena una serie de “procesos de difusión, extensión, imitación y reacción” entre grupos normalmente desmovilizados y con pocos recursos para embarcarse en la acción colectiva.

         - cambios en los repertorios y marcos de acción colectiva, debido a la concepción de Tarrow de los ciclos como “crisoles” en los que surgen nuevas formas de actuación colectiva y donde se ponen a prueba nuevos marcos de significado y estructuras culturales que, surgidas en principio como justificación de la acción colectiva, pueden después extenderse y pasar a formar parte de la cultura política.

         - aparición de nuevas organizaciones y radicalización de las ya existentes, como resultado de la competencia por conseguir el apoyo de los seguidores

         - incremento de información y de interacción entre los grupos movilizados y entre éstos y las autoridades, hasta el punto de poderse formar extrañas alianzas, especialmente entre grupos con distinto nivel de radicalidad, cuyas disputas sobres las tácticas a seguir pueden ser un elemento clave en el ocaso de los movimientos.

         Junto a las características comunes que pueden apreciarse en las etapas de mayor intensificación del enfrentamiento, Tarrow también analiza la fase de declive o desmovilización y propone tres procesos que parecen ser recurrentes en los ciclos de protesta por él estudiados (ibídem: 147-150) [21]:

         - agotamiento y polarización: el cansancio producido por una intensa movilización, unido al riesgo y los costes personales y, muy a menudo a la desilusión, es probablemente la principal causa de que descienda la participación y se inicie el declive del ciclo de protesta. Sin embargo, ésta no es igual en todos los sectores del movimiento: mientras que unos, los menos implicados y más moderados en sus acciones, encuentran razones para desistir, otros, más militantes y comprometidos con los fines del movimiento, son más proclives a radicalizarse y a apoyar el enfrentamiento violento. Como consecuencia, se suele producir la división del liderazgo y la polarización entre quienes están dispuestos a llegar a un compromiso con las autoridades y aquellos que quieren mantener el enfrentamiento.

         - violencia e institucionalización: mientras que los líderes moderados institucionalizan sus tácticas para mantener el apoyo de gran parte de seguidores, el sector más radical emplea tácticas de enfrentamiento para ganar el apoyo de los más militantes e impedir los logros de los primeros.

         - facilitación y represión, que corresponden a las reacciones de las autoridades del Estado. Mientras que en los siglos pasados se solían utilizar formas extremas de represión, en los ciclos contemporáneos es más común emplear una facilitación selectiva para los objetivos de algunos grupos y una represión selectiva para otros. Cuando esta política coincide con el descenso del apoyo y el surgimiento de facciones dentro de un movimiento, se suelen agudizar las posiciones de los sectores enfrentados y producir, en caso extremo, terrorismo.

         A pesar de estas líneas maestras trazadas por Tarrow, una conclusión del propio autor es que el fin de un ciclo de protesta nunca es tan uniforme como su comienzo, debido especialmente al incremento y variedad de interacciones que se producen en su desarrollo, lo que lleva hacia diferentes direcciones en la influencia que un ciclo de protesta puede tener sobre el proceso político de un país (ibídem: 160). La tendencia general, sin embargo, en el caso de estados democráticos que experimentan un ciclo de protesta, es que éste sea seguido por un ciclo de reformas, aunque esto ya forma parte de la atención que presta Tarrow a la cuestión de los resultados de un movimiento social dentro de su propuesta de “teoría integral”.

         Un último comentario sobre el enfoque del proceso político tiene que ver precisamente con el carácter integrador de los últimos trabajos de Tarrow. Como ya se mencionó para los teóricos de la TMR, se observa una inquietud general por parte de los estudiosos