CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año I - Número 3 - Enero 2004
Ensayos

Investigaciones
en curso

Estados
de la cuestión


Números
anteriores

Instituto

Fundación
HACIA UNA TEORÍA INTEGRADA DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA.

Tània Verge Mestre

1. Introducción

2. La democracia representativa contemporánea

3. La representación política: un concepto multidimensional

Dimensiones de la representación

La representación como autorización

La representación como responsabilidad o rendición de cuentas (accountability)

La representación como receptividad (responsiveness)

La representación como descripción o representatividad

La representación simbólica o legitimidad

4. Una propuesta de teoría integrada de la representación política

La representatividad de las instituciones políticas

La receptividad de los representantes

La rendición de cuentas de los representantes

5. Conclusiones

6. Referencias bibliográficas

 

1. Introducción

La representación política es el eje vertebrador fundamental de los regímenes políticos democráticos contemporáneos. En la actualidad, la representación política se halla ante un debate plenamente abierto y amplio donde se multiplican las críticas y las propuestas de mejora o de transformación de la misma desde las más diversas corrientes teóricas e ideológicas. No obstante, se trata de un debate poco ordenado y confuso. ¿Qué aspectos de la representación política se están criticando? ¿Qué prácticas se pretenden transformar con cada una de las propuestas?

El objetivo de la presente investigación es separar y analizar las distintas dimensiones latentes en la representación política en categorías diferenciadas y agrupar bajo las mismas cada una de las críticas y planteamientos existentes. Los patrones puestos en evidencia por mi análisis sugieren una relación considerablemente compleja entre los distintos componentes de la representación política. Es decir, estas dimensiones no son divisiones independientes de un concepto amplio sino que son piezas de un mismo engranaje del cual dependen para su correcto funcionamiento las otras partes. Se observará así cómo las críticas y propuestas de reforma que se dirigen a algún aspecto concreto de la representación política pueden repercutir positiva o negativamente sobre el resto de dimensiones. De este modo, pretendo integrar las diferentes dimensiones de la representación política bajo un mismo cuerpo teórico que contribuya a mejorar la tradicional fragmentación en el estudio de esta materia.

Por otro lado, la materialización en la esfera pública de cada una de estas dimensiones corre a cargo de los partidos políticos en cuanto agentes de intermediación entre las instituciones políticas y los ciudadanos. No en vano la representación política se realiza a través de los partidos. Por lo tanto, cualquier crítica a la representación política no es neutra para los partidos, antes al contrario, afecta directamente a los roles que han venido desarrollando hasta el presente y a la interacción de los mismos con la sociedad. Por ello se pretende asimismo relacionar cómo se articulan las funciones de los partidos políticos con los distintos componentes de la representación política.

El trabajo se desarrolla en tres secciones principales. En la primera sección se realiza, en primer lugar, una sucinta introducción a la historia moderna de la representación política. En segundo lugar, se presenta el concepto básico del estudio, la representación política, con especial atención a sus dimensiones. La última sección desarrolla la teoría integrada de la representación política, es decir, el análisis de las críticas y propuestas de mejora y el impacto que tienen sobre las diferentes dimensiones del concepto. [^ SUBIR]

2. La democracia representativa contemporánea

La democracia representativa contemporánea es resultado de la evolución desde un modelo concebido por oposición a la democracia griega

[1] (Manin, 1998; Sánchez-Cuenca y Lledó, 2002; Lefort, 1991; Rivero, 1998; García, 1998). Se constituyó así un régimen político donde las decisiones colectivas no son tomadas directamente por quienes forman la colectividad, sino por personas elegidas para ese fin a través del principio representativo (Bobbio, 1992: 34).  Además de la elección a intervalos regulares de los gobernantes por parte de los gobernados, otros tres principios definitorios han caracterizado a la democracia representativa desde su instauración: la toma de decisiones de los gobernantes conserva un grado de independencia respecto de los deseos de los gobernados; los representados pueden expresar sus opiniones y deseos políticos sin estar sujetos al control de los representantes, y las decisiones se alcanzan tras un proceso de discusión (Manin, 1998: 237-238). A estos elementos pueden añadirse otros tales como la división del gobierno en órganos separados que se controlan recíprocamente, y la limitación del mismo en cuanto a lo que puede hacer por una Constitución (Przeworski, 1998: 8).

Históricamente, se ha producido una “metamorfosis” del gobierno representativo desde los regímenes representativos liberales o parlamentarismo a las democracias representativas de partidos (Manin, 1998: 237-291). En la primera de las fases, la selección de los representantes se asentaba sobre el principio de distinción de donde surgía una elite de notables [2]. La relación del representante con su circunscripción era directa, no había intermediarios. Estos notables empezaron a articularse en partidos, denominados partidos de cuadros o ‘partidos de representación individual’ (Neuman, 1990), con el objetivo de reunir personal para preparar las elecciones con base a su prestigio, habilidad técnica o importancia de la fortuna. Los partidos de cuadros no tenían miembros ni aspiraban a ello: el sufragio censitario durante la época de vigencia de estos partidos no requería el encuadramiento de las masas (Duverger, 1974: 94-5). Además, la entrada al partido se hacía sin procedimientos oficiales y los donativos reemplazaban a las cuotas. Su organización en comités presentaba un carácter descentralizado y una articulación débil ya que el partido “dormía” entre una elección y la siguiente. Los representantes se caracterizaban por el “libre mandato”, siendo responsables solamente ante su propia conciencia (Neuman, 1990: 47). No eran portavoces de sus electores, sino sus “fideicomisarios” [3], lo cual implica que la toma de decisiones nacía del intercambio de argumentos [4]; es decir, no existía la disciplina del partido porque el candidato aportaba su propio capital político y las agrupaciones de parlamentarios eran inestables.

A partir de los años 20, se produce la incorporación a la vida política de nuevos grupos sociales surgidos del desarrollo de la industrialización y la consolidación de un nuevo tipo de partido: el partido de masas o partido de integración democrática (Neuman, 1990). Con la ampliación del electorado que conllevó la instauración del sufragio universal promovida por este tipo de partidos, la relación personal se hará imposibilitada y, así, los partidos pasan a ejercer una función de intermediación entre los electores y las instituciones. Los representantes son seleccionados ahora de entre los partidos políticos existentes y sus cualidades distintivas son su activismo y sus dotes organizativas. A través de la función de socialización, los partidos de masas tratan de reclutar a los dirigentes políticos y a miembros permanentes ya que éstos son doblemente funcionales desde un punto de vista político y económico. A través de las cuotas que pagan los miembros pueden financiarse las elecciones y, por otro lado, los miembros extienden el mensaje del partido al público  y, por lo tanto, son vitales para el proceso de movilización (Duverger, 1974: 93). Con la consolidación de los partidos, todas las opiniones pasan a estar estructuradas siguiendo divisiones partidistas, incluso la prensa está relacionada con alguno de los partidos (Manin, 1998: 337-291) y la confianza de los votantes deriva mayoritariamente de la pertenencia e identificación con el partido.

Los partidos de masas se organizan en secciones, articulan fuertes lazos con determinados grupos de interés (p.ej. entre partidos socialistas y comunistas y los sindicatos) y están fuertemente centralizados y articulados lo que ha llevado a algunos autores a establecer la “ley de hierro de las oligarquías” (Michels, 1915) o la democracia “plebiscitaria” (Weber, 1922/1990: 36). Los representantes obedecen a la disciplina del partido de acuerdo a un programa que pretende representar un grupo social particular. El representante está obligado con el partido a través de una fuerte disciplina de voto en el parlamento y un férreo control por parte del aparato del partido. La consecuencia es que las sesiones parlamentarias dejan de ser el foro de discusiones deliberativas debido no sólo a la disciplina de voto sino al hecho de que las decisiones se toman en el seno de los partidos.

En definitiva, los organismos y las instituciones políticas de los regímenes políticos representativos pasarán a ser configurados por y por medio de los partidos políticos. Esto implica que el proceso representativo contiene dos fases: entre los electores y su partido, y entre el partido y sus representantes. Los electores escogen al partido pero los electos son elegidos, en realidad, por el partido. La representación incluye entonces tres términos: los representados, los representantes y el partido (Sartori, 1992: 241). Se podría decir así que, actualmente, democracia y partidos son dos términos indisociables [5].

La democracia representativa ha sido objeto de críticas prácticamente desde sus inicios, pudiendo hablar de recurrentes “olas de crisis” desde el ámbito teórico. A principios de siglo, se hablaba de la crisis de la democracia representativa liberal a partir de la aparición de los partidos en la arena parlamentaria. Los partidos políticos generaron un fuerte rechazo desde dos corrientes de opinión muy diferentes. Por un lado, aquellos defensores de un orden político liberal tradicional veían la aparición de los partidos políticos como una invasión perjudicial del estado, el cual pasaría de ser el defensor de los intereses generales a ser la víctima de intereses particulares de corto plazo (Mosca, Pareto, Schmitt), y como un “peligro” para el funcionamiento deliberativo del parlamento (Leibholz, Triepel). Por otro lado, estaban aquellos teóricos que defendían la soberanía del individuo libre y se oponían a lo que consideraban iba a ser una tiranía del partido que acabaría con la libertad de acción y de pensamiento individual en beneficio de organizaciones colectivas dirigidas por elites irresponsables (Luxemburg, Ostrogorski).

A fines de los años sesenta y principios de los setenta surgirá una nueva “ola” de crisis de la representación política: los partidos continuaron acumulando recursos pero cada vez se distanciaron más de los electores. Los militantes perderán su carácter fundamental para los partidos ya que el Estado garantiza su financiación y las nuevas tecnologías de la comunicación permitirán la transmisión inmediata de los mensajes partidistas a los electores. La irrupción de los medios de comunicación de masas (MCM) en la arena política fomentará un tipo de campaña más centrada en candidatos y en temas específicos que en programas (Novaro, 2000: 181). Este cambio en las técnicas de propaganda supondrá también que nuevas figuras profesionales en el interior de los partidos adquirieran un peso creciente (Panebianco, 1990: 494-5). La transformación del partido de masas a partir de la Segunda Guerra Mundial en partidos ‘catch-all’ [6] conllevará también la desideologización del partido, el fortalecimiento de los dirigentes del partido respecto a las bases y la búsqueda de un electorado amplio sin requisitos confesionales o clasistas (Kirchheimer, 1966/1980: 337; Katz y Mair, 1993: 604). La función de socialización pierde también importancia y la movilización de las masas queda prácticamente reducida al momento electoral (Wright, 1971: 32-3).

Sin embargo, la aparición y consolidación de este modelo de partido no es ajena a los cambios socio-económicos que se inician en este período y que transformarán fuertemente las pautas de relación de los partidos con los ciudadanos así como la identificación de los ciudadanos hacia los partidos. En primer lugar, la proporción de trabajadores industriales ha disminuido en los últimos veinte años, acompañada del crecimiento de las clases medias, lo que habría erosionado la conciencia de clase de los trabajadores y difuminado así los cleavages partidistas [7], especialmente entre las cohortes más jóvenes (Dalton, 1984: 453; Dogan, 2001: 94-5; Franklin, 1992: 395; Gray y Caul, 2000: 114). Por otro lado, la urbanización masiva, una mayor movilidad geográfica y social y una mayor diversidad de ocupaciones e intereses han supuesto grandes cambios en las formas de organización y de integración. Los individuos participan de redes sociales más complejas y competitivas que dividen sus lealtades, haciendo que los lazos interpersonales o institucionales sean más volátiles (Andeweg, 1996: 158; Dalton, 1984: 6; Offe, 2001:120). Los lazos de solidaridad se han reducido a grupos más pequeños y vagamente estructurados. De este modo, los ciudadanos se habrían hecho más independientes de los partidos en cuanto a la interpretación de sus intereses. Por otra parte, la articulación de las nuevas demandas (medio ambiente, igualdad de género, participación, cooperación al desarrollo, etc.) resulta enormemente complicada por parte de los partidos políticos ya que éstas no siempre encajan o no son formulables sobre la base de una línea partidista exclusiva (Nedelmann, 1987: 196). En definitiva, el electorado se ha hecho social y culturalmente más heterogéneo y menos abarcable por los partidos políticos a través de su organización (Wolinetz, 1991:118, Dalton, 1984: 6; Kitschelt, 1994: 33).

Se señala también que la secularización y el incremento del nivel educativo de los ciudadanos, junto a la diversificación de las fuentes de información, ha aumentado la “movilización cognitiva” de los ciudadanos [8] lo que permite al ciudadano analizar por sí mismo las situaciones políticas en lugar de tomar por sentada la posición del partido (Dalton, 1988: 18; Dalton, 2000: 31-33; Gerlich, 1994: 7). Así, el ciudadano posee más herramientas para llevar a cabo acciones políticas sin la intermediación de los dirigentes partidistas (Andeweg, 1996: 154; Mackie y Franklin, 1992: 39). Se ha producido asimismo un cambio en la orientación de los valores (Fuchs y Klingemann, 1995: 12). Individuos más educados y que nunca han experimentado privaciones económicas han tendido a adoptar valores postmaterialistas que han entrado en conflicto con las ideologías tradicionales de muchos partidos y han provocado el incremento de expectativas participativas que son satisfechas mejor por los NMS, los grupos de interés y otras formas no convencionales de participación (Inglehart, 1987).

De este modo, se observa la desafección de los ciudadanos hacia los partidos a través del declive en los niveles de identificación partidista, del descenso de la afiliación a los partidos, del incremento de la volatilidad electoral y de la valoración negativa de los partidos y de los políticos por parte de los ciudadanos, indicadores todos ellos utilizados para documentar la existencia de una nueva crisis de la representación política.

A continuación se pretende reflexionar sobre el concepto de la representación política así como sobre las elaboraciones teóricas que se han realizado con el objeto de superar las, a veces, denominadas deficiencias de la democracia representativa. [^ SUBIR]

3. La representación política: un concepto multidimensional

Hasta aquí hemos visto el contexto bajo el cual se desarrolla la representación política, pero ¿qué entendemos por este concepto? Se trata de un proceso basado en diferentes relaciones intercomunicativas entre la sociedad y el Estado centrado en la transmisión de la ‘voz’ de los ciudadanos a la esfera pública (Porras Nadales, 1994). La representación política se definiría así como una relación entre intereses y resultados con tres conexiones básicas entre ciudadanos y políticos, los dos actores clave en este proceso: i) entre señales y políticas denominada ‘policy-responsiveness’ (Eulau y Karps, 1977) o ‘representación dinámica’ (Stimson et al, 1995). Un gobierno es responsive si adopta las políticas que son señaladas como preferidas por los ciudadanos; ii) entre mandatos y políticas o ‘mandate-responsiveness’. Supone el seguimiento de los representantes de los mensajes electorales que éstos propusieron; iii) entre resultados y sanciones o responsabilidad (accountability). Esta relación indica la posibilidad de los ciudadanos, a través de las elecciones, de juzgar la acción desarrollada por sus representantes (Manin et al, 1999).

Para Pitkin, estos serían los componentes que caracterizarían a la representación política de un modo “sustantivo”. Los representantes deben actuar en interés de los representados, es decir siendo receptivos (responsive) a los intereses y demandas de los ciudadanos. Sin embargo, los representados no son agentes pasivos, éstos también tienen un papel importante a desarrollar: deben ser capaces de juicio y acciones independientes, es decir, deben controlar a los representantes haciéndoles rendir cuentas por su actuación (Pitkin, 1984: 209).

Cuadro 1: Conexiones de la representación

Conexiones de la representación

[^ SUBIR]

Dimensiones de la representación

El estudio de Pitkin El concepto de la representación política (1967) supone el mayor esfuerzo teórico hasta la fecha para organizar y sistematizar la teoría de la representación en torno a cinco grandes subconjuntos que hacen referencia a aspectos distintos del mismo concepto. Estos diferentes aspectos podrían ser agrupados en cinco dimensiones: i) la representación como autorización; ii) la representación como descripción o representatividad; iii) la representación como receptividad (responsiveness); iv) la representación como rendición de cuentas o responsabilidad (accountability); y, v) la representación simbólica o legitimidad.En las siguientes páginas, se presentan las cinco dimensiones de forma diferenciada, si bien es cierto que sólo a efectos analíticos puede establecerse una clara diferenciación entre ellas, ya que, como se verá en el siguiente apartado, las distintas dimensiones están fuertemente relacionadas entre sí.  [^ SUBIR]

La representación como autorización

Bajo la dimensión de la autorización, un representante es alguien a quien se ha autorizado para actuar en nombre de otro. En las democracias representativas, las decisiones colectivas no son tomadas directamente por quienes forman la colectividad, sino por personas elegidas para ese fin a través de las elecciones (Bobbio, 1992: 34). De este modo, las elecciones se convierten en el mecanismo básico de concesión de autoridad de los votantes a los electos: “people participate primarily by choosing policymakers in competitive elections” (Powell, 2000: 3). Es una concesión limitada en el tiempo ya que el estatus de los políticos como “representantes” termina cuando se inicia un nuevo período electoral. Así, en cada elección se renovaría la autoridad concedida. La democracia es, desde este punto de vista, el proceso a través del cual “los individuos adquieren el poder de decidir por medio de una lucha de competencia por el voto del pueblo” (Schumpeter, 1984: 343).

Se trata pues de una transacción que tiene lugar antes de que comience la verdadera representación. Esta transacción (las elecciones) supone una “investidura de autoridad” que los votantes conceden a los votantes hacia los agentes elegidos (Pitkin, 1984: 43). Para otros autores, la autorización es algo más que una simple “investidura de autoridad”. Además de la selección de los ciudadanos de sus representantes a través de una lógica competitiva en unas elecciones libres y con garantías, se produce también una elección entre diferentes propuestas programáticas, una “representación decisional” (Abellán, 1997). Es decir, los representantes son elegidos a través del método electoral y, por otro lado, son seleccionados para que lleven a cabo un programa determinado que presentaron en la campaña electoral (Gargarella, 1995; Müller, 2000). [^ SUBIR]

La representación como responsabilidad o rendición de cuentas (accountability)

De acuerdo con la teoría de la responsabilidad, el representante ha de responder de su actuación, es decir, debe rendir cuentas ante quien representa. De esta manera, los ciudadanos no son agentes pasivos sino que sólo han delegado la capacidad de actuar por ellos por un tiempo limitado tras el cual evalúan la forma cómo se ha desarrollado tal delegación (Pitkin, 1984: 232). En palabras de Schedler: “If the exercise of power were transparent, there would be no need for holding anybody accountable” (Schedler, 1999: 20). Las elecciones son de nuevo el mecanismo del que disponen los ciudadanos para controlar a los políticos: equivaldrían a una ‘tenencia de responsabilidad’ ya que los representantes están sujetos a reelección o a deposición al final de su período. La finalidad de que éstos rindan cuentas es hacerles actuar de una determinada manera: que sean ‘sensibles’ a las necesidades y demandas de los electores (Puhle, 2002: 79; Stimson et al, 1995; Von Beyme, 1996: 135; Wolinetz, 1991: 125). Es decir, los representantes anticipan los resultados de su conducta ante la evaluación de los ciudadanos (Stimson et al, 1995: 560; Manin et al, 1999b: 31; Cheibub y Przeworski, 1999).

La noción de accountability política conlleva tres dimensiones básicas: la información que los políticos deben ofrecer a sus principales, por lo tanto, la transparencia proporcionada por los electos; en segundo lugar, la obligación de los primeros de explicar los motivos de sus acciones y, en último lugar, la capacidad de imponer sanciones por parte de los segundos. [^ SUBIR]            

La representación como receptividad (responsiveness)

Este componente de ‘sensibilidad’ o ‘receptividad’ de la representación política ha sido resaltado por varios autores. Dado que los ciudadanos han delegado en los representantes la capacidad de tomar decisiones políticas y de elaborar las políticas públicas que les van a afectar, el sistema político debe asegurar un grado razonable de respuesta de los gobernantes frente a los gobernados (Sartori, 1992: 237). Es decir, para que la verdadera voluntad del cuerpo donde reside la soberanía pueda materializarse, la receptividad continuada de los gobernantes hacia las preferencias de los ciudadanos se convierte en una característica fundamental de nuestros sistemas democráticos (Dahl, 1971: 1). La receptividad o responsiveness se instrumenta, como hemos visto, a través de las señales que emiten los ciudadanos. Estas señales pueden provenir de encuestas de opinión o de debates públicos promovidos por los representantes, o de acciones iniciadas por los ciudadanos para influenciar los procesos de toma de decisiones tales como peticiones, manifestaciones, etc. [9] Se señala que el sistema político no requiere de una actividad continuada de respuesta sino una constante condición de capacidad de respuesta (responsiveness), para lo cual es necesario que existan mecanismos institucionales de recepción de demandas (Pitkin, 1984: 233).

Por otra parte, la receptividad del sistema político tiene que ver igualmente con las propuestas programáticas de los partidos y las políticas llevadas a cabo por los mismos una vez están en el gobierno. Se argumenta que, en los procesos electorales, los ciudadanos señalan a los políticos cuáles son sus preferencias en términos de las políticas que quieren ver implementadas y que, por lo tanto, el incumplimiento de las promesas electorales supondría que los gobernantes estarían faltando a su compromiso de ser sensibles a las demandas de su principal. [^ SUBIR]

La representación como descripción o representatividad [10]

Desde esta perspectiva, la representación depende de las características del representante, de lo que es y de lo que parece ser (Pitkin, 1984: 61). El énfasis dedicado a las características de los representantes se produce en tanto que el tamaño y la extensión de los estados modernos habría imposibilitado el ideal de una asamblea de todo el pueblo, y la “representación-espejo” se perfilaría así como la mejor aproximación a la participación de cada ciudadano (Mansbridge, 2000; Taylor, 1995). Son varios los autores que plantean que la verdadera representación exige que las instituciones representativas sean elegidas de forma que su composición corresponda con cierta exactitud a la de toda la nación para que puedan reflejar de este modo la variedad de intereses existentes –características específicas de algunos grupos, experiencias compartidas (Mansbridge, 2000: 101), perspectivas sociales (Young, 2000: 150), etc. – y, de este modo, puedan expresar y traducir de manera más sensible e inteligible aquello que tratan de “representar” (Agacinski, 1998: 167).

En esta línea se expresan también los defensores de la representación proporcional [11]. Estos teóricos se preocupan por la composición del legislativo porque esa composición, argumentan, determinará las actividades del mismo [12]. El criterio de la mayoría es, desde este punto de vista, aplicable como un instrumento de decisión, pero no como un instrumento de representación. Este planteamiento implica pues la defensa de las minorías, ya que si éstas están representadas en las instituciones existen mayores posibilidades de que sus intereses sean escuchados y concretados en políticas (Phillips, 1995; Taylor, 1994). [^ SUBIR]

La representación simbólica o legitimidad

Los símbolos materializan la presencia de alguna cosa aunque dicha cosa no esté de hecho presente. En este sentido, representar significa ser aceptado como símbolo de la nación por los representados (Pitkin, 1984: 92, 104).  Las instituciones políticas crean un ambiente de aprendizaje que delimitan los puntos de acceso para los ciudadanos al proceso político, configuran sus percepciones, asignan responsabilidades, etc. (Offe, 2001: 1216; Saward, 2000). Así, la dimensión simbólica de la representación se asocia comúnmente a la función integradora del gobierno, en general, y de la representación, en particular (Pitkin, 1984: 106). Consiste en la legitimación del sistema político, aspecto vital para la ejecución de los mandatos, ya que, finalmente, su efectividad depende de que sean creídos y motiven el reconocimiento y el juicio afirmativo de los ciudadanos (Benhabib, 2002: 417; Easton, 1975: 451).

Desde el punto de vista individual, la relación entre el individuo y el sistema político puede definirse en términos de actitudes políticas tales como el sentimiento de eficacia subjetiva, el interés por la política, la conciencia cívica, las identidades políticas con los partidos políticos, las ideologías o la satisfacción con el sistema democrático en general. Todos estos sentimientos afectivos (system affect) hacia el sistema político aseguran la legitimidad de los gobiernos democráticos y encuadran las expresiones de descontento al interior del sistema (Almond y Verba, 1963). En definitiva, la viabilidad del sistema depende del apoyo difuso de los ciudadanos hacia las autoridades, hacia el régimen político y hacia la comunidad política (Easton, 1965b: 267-277). [^ SUBIR]

4. Una propuesta de teoría integrada de la representación política

En las siguientes páginas se analizarán las críticas que se vierten sobre el sistema representativo y sobre sus intermediarios, es decir, los partidos políticos, así como las propuestas de mejora que se han realizado desde diferentes perspectivas teóricas. El objetivo es doble. En primer lugar, se pretende ubicar cada una de las críticas en la dimensión correspondiente a la que hace referencia. Esto nos permitirá comprender mejor a qué aspecto concreto de la representación se dirigen tales críticas y propuestas. En segundo lugar, se pondrán en tensión cada una de las críticas o propuestas con las diferentes dimensiones para comprender el efecto que dichas propuestas tendrían sobre el resto de las dimensiones. Como se ha anunciado, las dimensiones de la representación no son compartimentos estancos. Están relacionadas entre sí en ocasiones de manera positiva, es decir, una consecución exitosa de una de ellas coadyuva a la realización satisfactoria de otra de ellas, y en otras ocasiones, está relación presenta signo negativo (trade-off) de suerte que tanto el éxito como el fracaso en la materialización de una de las dimensiones tiene consecuencias negativas para la segunda de las dimensiones en correspondencia.

A pesar de haber anunciado la existencia a nivel teórico de cinco dimensiones distintas, solamente vamos a considerar aquí tres de ellas: la representatividad, la receptividad y la rendición de cuentas. Consideramos que la dimensión de la autorización es en sí misma un requisito de toda democracia, es decir, una característica procedimental del ejercicio del poder que da inicio a la representación política. Sin embargo, como se podrá constatar, el diseño a través del cual se configura la autorización (especialmente, la forma de elección del gobierno y el sistema electoral bajo el cual se eligen los representantes) tiene implicaciones importantes sobre el resto de dimensiones. Tampoco vamos a analizar de forma diferenciada la dimensión simbólica ya que estimamos que la legitimidad es dependiente de la concretización de las otras dimensiones consideradas. Es decir, la legitimidad de la representación política deriva de la satisfacción de los ciudadanos con sus representantes y del modo en que éstos ejercen el poder que les ha sido delegado. [^ SUBIR]

La representatividad de las instituciones política

En primer lugar, cabe señalar que las variables sistémicas en las que los partidos operan influyen en el grado en que los ciudadanos se sienten representados en el sistema político.  Es decir, el modo de elección de los representantes y la oferta partidista tienen importantes repercusiones sobre el grado de ‘semejanza’ de las instituciones representativas respecto a la realidad social. Nos referimos al sistema electoral y a los sistemas de partidos.

Según Powell (2000), los sistemas mayoritarios y los proporcionales parten de dos visiones diferentes de las elecciones como “instrumentos de la democracia” y de dos imágenes diferentes de la influencia de los ciudadanos a través de este mecanismo. El primero se centra en las mayorías, asumiendo que es posible identificar a través de las elecciones lo que los ciudadanos quieren y el objetivo de las elecciones es conseguir una efectividad en el proceso de decision-making. Por otro lado, la visión proporcional, parte de la representación de todas las “facciones” de la sociedad en la arena de decisión ya que se asume que los ciudadanos no son un bloque homogéneo y que hay que tener en cuenta todas las alternativas que existen en la sociedad. Asegura en mayor medida la representación de los diferentes cleavages presentes en la sociedad, cuestión especialmente relevante en contextos plurinacionales o multilingües. Tiene la ventaja de permitir la representación de aquellas minorías que se definen a sí mismas como grupos que desean tener representación como partidos minoritarios (Lijphart, 1995: 199), favoreciendo de este modo la inclusividad del sistema (Dahl, 1989: 11). Las elecciones sirven en este caso para que los políticos capten las demandas de la sociedad, para que representen los diferentes intereses. De este modo, los sistemas proporcionales no consiguen sólo mayor representatividad sino también una mayor responsiveness.

No obstante, los sistemas electorales proporcionales tampoco garantizan una traslación perfecta de las preferencias electorales de los ciudadanos. Aunque el sistema proporcional garantiza una correspondencia mucho mayor entre el número de votos dirigidos a un partido y el número de escaños obtenidos por el mismo en las instituciones que los sistemas mayoritarios [13] (Powell, 2000; Lima Jr., 1998: 22), las desproporcionalidades pueden producirse también en los sistemas proporcionales. El tamaño de las circunscripciones, la designación de los cocientes electorales y los restos, así como el porcentaje mínimo de votos exigido para que un partido obtenga representación pueden ser fuertes correctivos al principio de proporcionalidad [14] (Lijphart, 1990; Montero: 1991: 9-10). Estas modificaciones a la proporcionalidad pueden ser funcionales a la estabilidad de gobierno y a la reducción del número efectivo de partidos pero afectan negativamente a la representatividad de las instituciones (Abellán, 1997: 299).

Los sistemas de partidos también pueden contribuir a una sensación de mayor o menor representatividad de las instituciones. Los formatos bipartidistas, relacionados con las visiones mayoritarias, implican que aquellos ciudadanos que no se identifiquen con ningún partido, o cuando su partido pierda, sientan que el sistema no les ofrece opciones reales (Norris, 1999: 219; Ritchie, 2003). Los sistemas bipartidistas tienden a generar una dicotomía “ganadores-perdedores” que conlleva que los “perdedores” no se sientan representados (Schugart, 1994: 35), que su eficacia subjetiva externa sea más baja y que otorguen una menor legitimidad al sistema político [15] (Norris, 1999: 219). En este sistema, la opción del votante queda restringida a los grandes partidos, “unless he prefers to waste his vote” (Sartori, 1994: 36; Cox, 1997: 30-32). Por otro lado, en un sistema multipartidista, normalmente vinculado a los sistemas electorales proporcionales, los ciudadanos saben que su partido va a obtener representación parlamentaria y que sus intereses van a estar presentes en dicha institución. De este modo, se produce una relación positiva entre la representatividad y la receptividad de las instituciones ya que si la representación de los intereses es más amplia, las políticas públicas estarán también más de acorde con las demandas de los ciudadanos. Por otro lado, la amplitud de las opciones y la extensión de las preferencias pueden afectar pues el nivel de satisfacción con el funcionamiento del sistema político e incluso el nivel de identificación con los partidos políticos: a mayor proporcionalidad del sistema electoral, mayor identificación con los partidos y más alta la satisfacción con el funcionamiento de la democracia (Anderson, 1998: 163-164).

Pese a lo dicho, los sistemas mayoritarios, generalmente con sistemas bipartidistas, aunque son menos representativos conllevan más eficacia en la toma de decisiones y ofrecen una mayor “claridad de la responsabilidad” que los sistemas proporcionales (Sartori, 1992: 234-236). Esto se debe a que los sistemas proporcionales multipartidistas son más proclives al establecimiento de coaliciones post-electorales lo que, por un lado, puede complicar la toma de decisiones del gobierno y, por otro lado, dificulta la capacidad del electorado de discernir quién es responsable por las acciones emprendidas (Lima, 1998; Linz, 2002; Powell, 2000: 237), y en este sentido, se diluye la responsabilidad política [16]. Se constituye así un trade-off entre la dimensión de la representatividad y la dimensión de la accountability.

Cuadro 2: Conexión entre las preferencias de los ciudadanos y las políticas públicas

Sistema electoral

Sistema de partidos

Representatividad

Accountability

 

 

 

Claridad de la responsabilidad

Eficacia

Mayoritario

Bipartidista

Baja

Más alta

Mayor

Proporcional

Multipartidista

Alta

Más baja

Menor

(Fuente: elaboración propia)

La dimensión de la representatividad se refiere asimismo a las características que deben tener los representantes. Los partidos políticos han sido los actores tradicionalmente encargados de la selección de los representantes de los ciudadanos en las instituciones y de la plasmación de los diferentes intereses sociales existentes en la nación. ¿Significa esto que todos los grupos y sus intereses están así representados en los órganos de elección popular? Los planteamientos multiculturales y feministas han puesto en cuestión la supuesta neutralidad etnocultural de la representación liberal (Kymlicka, 2001: 43; Taylor, 1994: 85; Young: 1998). Se argumenta que los intereses no tienen una definición neutra y que, por lo tanto, requieren la “presencia” de los diferentes grupos (Phillips, 1993: 108). Sin tal presencia, la democracia representativa liberal estaría incumpliendo la promesa de la igualdad política ya que no todos los mismos grupos tienen la misma capacidad de influencia política (Aguiar, 2001: 28; Phillips, 1993: 94; Phillips, 1995: 32).

Las reivindicaciones por una mayor representatividad se originaron en los sesenta con la lucha contra las discriminaciones por razón de raza, sexo, nacionalidad, etc.  Estos movimientos insistían en la necesidad de tener en cuenta la diferencia con una estrategia basada en el cambio cultural. A partir de los ochenta, se recuperará el interés por la presencia en las instituciones, hecho que se acentuará de los noventa en adelante (García Guitián, 2001: 218, Kymlicka, 2001: 6). El multiculturalismo bebe de la crítica del individualismo liberal sentada por los comunitaristas en los años 80, desarrollada sobre todo en Estados Unidos y Canadá [17]. Se criticaba y se critica la concepción individualista supuestamente neutra de la representación liberal y la defensa de una dimensión colectiva negligida en los supuestos teóricos del liberalismo (Requejo, 1998: 89; Tully, 1995: 6).  Es decir, a partir del universalismo individualista, los valores colectivos de los grupos minoritarios habrían sido laminados a favor de los valores, también colectivos, de la mayoría [18] (Requejo, 1998: 109). Se objeta que el liberalismo confunde igualdad con uniformidad y que los individuos son tratados injustamente si reciben un trato uniformizador. Al contrario, la diferencia posibilita la participación y la inclusión (Young, 1996: 124).

La justificación de la representación de los grupos desaventajados en las asambleas representativas por individuos que “reflejen” sus propias características se basa en los siguientes argumentos. Por un lado, la presencia de representantes de estos grupos motiva la comunicación vertical entre el grupo mayoritario y el grupo minoritario generando procesos de confianza entre los diferentes grupos (Mansbridge, 2000: 99-100). Paralelamente, se estimula la comunicación horizontal entre los representantes. Es decir, cuando un tema (“issue”) no ha cristalizado en la agenda política es más difícil que los representantes que no están en contacto con la problemática puedan contribuir adecuadamente a la deliberación de estos temas (Mansbridge, 2000: 103; Phillips, 1999: 244). De este modo se establece una relación positiva con la dimensión de la receptividad: las políticas públicas resultan más responsive cuando estos grupos están representados ya que se tienen en cuenta intereses que de otro modo serían obviados y, por tanto, sirven mejor al bien público (Mansbridge, 2000: 106; Pettit, 1999: 249; Phillips, 1995: 55; Porras Nadales, 2000: 432; Young, 2000:6). El incremento de la participación y de la implicación de estos grupos deriva asimismo en un aumento de la legitimidad de la política para sus miembros y otorga al sistema un “plus” de legitimidad (García Guitián, 2001: 225; Kymlicka, 2001: 36; Taylor, 1994 :81; Young, 2000: 144; Zimmerman, 1994: 11). La incorporación en las instituciones supone así un “beneficio psicológico” para los miembros del grupo, simboliza el reconocimiento de los derechos políticos del grupo en cuestión (Birch, 1971: 21). La “política del reconocimiento” (Taylor, 1994) o “política de la presencia” (Phillips, 1995) es, en definitiva, una forma de discriminación positiva para conseguir que las instituciones sean más representativas contribuyendo de este modo también a reforzar la dimensión simbólica de la representación.

¿Qué propuestas concretas materializan estas demandas en la práctica institucional? Las diferencias entre las demandas de reconocimiento de estos grupos son considerables dependiendo de las características de los propios colectivos: mientras que los movimientos feministas y los movimientos de grupos de población inmigrantes demandan una integración política igualitaria, los movimientos indígenas y nacionales exigen una diferenciación política con base territorial (Requejo, 1998: 90-95; Kymlicka, 1996). Las demandas de reconocimiento cultural son aspiraciones de “ciudadanía diferenciada” (Gutmann, 2002; Vallespín, 1998 :31; Young, 1996: 100) o de autogobierno, ya sea este ejercido a través de una modificación institucional -grupos indígenas o nacionales- o a través de la participación en las instituciones existentes -minorías lingüísticas- [19] (Kymlicka, 2001; Tully, 1995: 4). En términos generales, las propuestas defienden la solución del déficit representativo actual mediante la introducción de cuotas en las instituciones representativas y de modelos estatales institucionalizados a través de federalismos multinacionales (Baubök, 1996; Requejo, 1998).

Por otro lado, como decíamos, se encuentran las reivindicaciones de integración política igualitaria, encabezadas principalmente por la demanda feminista. Desde estas posiciones, la plasmación de la desigualdad política de géneros se observa en la subrepresentación de las mujeres en las asambleas políticas, suponiendo un desequilibrio entre la proporción de mujeres en la ciudadanía y en el cuerpo representativo.  Se exige al Estado, por un lado, que tome parte en la eliminación de aquellos factores de los ámbitos social, económico y familiar que impiden a las mujeres una mayor implicación en la política y que por lo tanto estarían reduciendo su capacidad de ejercer una ciudadanía plena (Okin, 1989: 125-133; Pateman, 1996: 41).

Junto a esta demanda, se reclama una mayor presencia de las mujeres en la vida política [20]. Una de las soluciones que se han propuesto para solucionar este déficit representativo es la introducción de cuotas en las instituciones representativas las cuales aumentarían las “probabilidades objetivas” de las mujeres para acceder a cargos públicos (Aguiar, 2001: 30). Aunque la cuota tenga un carácter colectivo, su aplicación permitiría satisfacer los derechos individuales de ciudadanía: el derecho de las mujeres a acceder a funciones y cargos públicos (Martínez Sampere, 2000: 134). No se trata de que las mujeres tengan que representar a las mujeres sino que las mujeres estén igualmente presentes en las asambleas legislativas nacionales (Aguiar, 2001: 31; Biglino, 2000: 412). Es decir, esta propuesta no procura la división en secciones del electorado sino que pretende normalizar la participación de la mujer en la política dividiendo por igual el interés por la cosa pública y las responsabilidades que se derivan del ejercicio del poder (Agacinski, 1998: 161). Las cuotas pueden tener carácter constitucional o legal y establecer diferentes criterios de representación: desde el establecimiento de un porcentaje mínimo para garantizar que las mujeres constituyen una minoría crítica (20, 30 o 40% de representantes) hasta la constitución de una representación realmente paritaria (50%) [21]. Young propone que la reserva de cuotas se realice también en órganos no elegidos como por ejemplo en las comisiones (Young, 2000: 150). La finalidad sería que los decisores se vieran obligados a tener en cuenta las perspectivas de estos grupos, que incluso podrían tener derecho de veto respecto de políticas específicas que afectaran directamente al grupo (Young, 1996: 111; Young: 1998: 413).

Para algunos autores, la institucionalización de las cuotas en el parlamento atentaría contra la igualdad ya que supondría una restricción a la libertad de candidatura –derecho de ser elegible- y violaría del principio de neutralidad –las medidas igualitarias deben ser neutrales con respecto al sexo-, sobre todo porque constituiría una limitación definitiva y no temporal de tales principios (Favoreu, 1997: 22-26). Se argumenta también que la introducción de cuotas atenta contra el principio meritocrático (Hang, 1995).

Otras propuestas reclaman la paridad como exigencia de reparto del poder político a través de un escrutinio binomial [22]. Planteamientos  más radicales incluso plantean la posibilidad de reclutar a los representantes a través de un proceso aleatorio de selección o de complementar y/o sustituir la representación institucional a través de la selección de muestras representativas de ciudadanos que discutan temas específicos (Mansbridge, 2000: 123). La aleatoriedad del mecanismo garantizaría así la representación de todos los grupos existentes en la sociedad.

Las demandas de igualdad política se dirigen también hacia los partidos políticos puesto que las instituciones representativas se configuran a través de las listas presentadas por los partidos que concurren a las elecciones. De este modo, el papel de los partidos en la inclusión de los grupos es clave para la representación de las diferentes perspectivas sociales (Ryder, 1996: 110-138; Young, 2000: 150). Los partidos políticos pueden adoptar tres tipos de estrategias en relación a estas demandas. En primer lugar, pueden, a nivel retórico, aceptar las demandas de las mujeres a nivel de discurso y del reconocimiento público de la importancia de su presencia política. En segundo lugar, emprender acciones positivas que intenten animar a las mujeres a participar activamente en política, impulsando su formación y organización dentro del partido. Por otro lado, pueden llevar a término estrategias de discriminación positiva basadas en asegurar una presencia mínima para las mujeres, estableciendo medidas concretas para ello, como por ejemplo cuotas para las candidaturas electorales [23] (Elizondo, 1997: 105; Agacinski, 1998: 157; Martínez Sampere, 2000: 143).

La nominación de más mujeres o de más miembros de grupos minoritarios da señales sobre el partido en su conjunto (Katz, 2001: 278). La captación del voto de los miembros de aquellos grupos que los partidos consideran relevantes se sitúa en la más absoluta coincidencia de intereses con la finalidad última de los partidos de obtener la mayor cantidad de votos (Rule, 1994: 18; Sánchez Ferriz, 2000: 221; Vallès y Bosch, 1997: 148). La incorporación de la mujer en la vida política es especialmente relevante para los partidos en el sentido aquí presentado teniendo en cuenta que constituyen la mitad del cuerpo electoral. Esta ha sido una demanda tradicionalmente defendida y apoyada desde los partidos de izquierda, sin embargo con la difuminación de la relación entre el voto femenino y el apoyo a partidos de derechas (Uriarte, 1997b: 26; Lovedunski y Norris, 1993), estos últimos partidos se han visto también obligados a incorporar en sus listas y cargos a un número creciente de mujeres como un incentivo para atraer el voto de las mujeres (Ruiz Jiménez, 2002: 68-72). Como plantea Phillips: “In an era of increased voter volatility, they cannot afford to disparage issues that competitors might turn into electoral advantage" (Phillips, 1998: 224). De todas formas, la ideología del partido marca todavía una diferencia importante respecto a la inclusión de las mujeres: cuanto más a la izquierda se sitúa el partido político, mayor es el porcentaje de mujeres que acceden a las instituciones de poder político (Uriarte, 1997a: 60).

Aparte de la voluntad política de los partidos de dotar a sus listas de una mayor “representatividad social”, existen también otras condiciones posibilitadoras de una más alta inclusividad dependientes de los sistemas electorales. En primer lugar, los sistemas electorales proporcionales con distritos multinominales hacen más fácil la incorporación de los diferentes sectores en las listas electorales [24] (Farrell, 2001: 166; Phillips, 1995:59; Ritchie, 2003; Rule, 1994: 20; Young, 2000: 152; Zimmerman, 1994: 6) y viceversa. Los distritos uninominales suelen asociarse a la baja representación que obtienen los grupos socialmente marginados o menos activos en la vida política (Taagapera, 1994: 243). Además, en ocasiones, los distritos electorales uninominales con fórmulas de representación mayoritaria han sido utilizados perversamente para limitar la representación de algunos sectores o razas –por ejemplo, el “gerrymandering” en EE.UU- (López Nieto, 1993: 52). Algunos países han solventado el problema de la representación de estos grupos con la creación de distritos de base personal y no territorial, reservados a los miembros de un determinado colectivo con el objetivo de  asegurar su presencia en la representación política –en Portugal para los emigrantes, en Nueva Zelanda para la comunidad maorí y en Eslovenia y Croacia para minorías nacionales- (Vallès y Bosch, 1997: 147).

En segundo lugar, el modo de configuración de las listas electorales puede ser también una variable importante para explicar la mayor o menor presencia en éstas de las mujeres o de otros grupos. Las listas bloqueadas y cerradas no favorecen la promoción de las mujeres o de miembros de otros grupos ya que el partido puede cumplir con el aspecto formal de su “presencia” pero ubicarlas en los últimos puestos de las listas (Abad, 1993: 45). En cambio, las listas abiertas pueden favorecer la presencia de más mujeres o de miembros de grupos minoritarios en los puestos altos de las listas ya que sería el electorado quien realizaría la selección (Rule, 1994: 18). Otras propuestas van en la línea de listas cerradas pero no bloqueadas (Mitchell, 2000; Santaolalla, 1986). Tanto las listas abiertas como las listas cerradas pero no bloqueadas permitirían que los miembros de grupos minoritarios o las mujeres, en el caso de que hubieran sido dispuestos en los puestos inferiores de las listas, resultaran igualmente elegidos, pero no evitan el obstáculo del “filtro” previo realizado en exclusiva por los partidos. Es decir, estos tipos de listas no garantizan que estén todos los candidatos que podrían estar ya que, en última instancia, es el partido quien avala las candidaturas.  En último lugar, se argumenta que la centralización o descentralización de la nominación de los candidatos en el partido puede condicionar también la mayor o menor presencia de mujeres en las listas electorales. Lovedunski y Norris (1993) constatan que cuando la selección se produce en los niveles local o regional se observa un mayor número de mujeres en las listas.         

A modo de conclusión, cabe señalar las problemáticas que se derivan de las propuestas presentadas. Uno de los problemas no resueltos por estos autores sigue siendo la delimitación de las características sociales, políticas o económicas relevantes que deberían tener tales representantes sin caer en caracterizaciones esencialistas, sobre todo teniendo en cuenta que la determinación del estatus de un grupo ocurre en un contexto dinámico y que, por lo tanto, esta definición estaría sujeta a constantes modificaciones. Por otro lado, existe el peligro de una accountability reducida ya que los votantes podrían creer que sus intereses sustantivos están representados a través de los representantes “descriptivos” cuando no es así. Kymlicka plantea esta problemática a través del análisis de diferentes modalidades de representación de los grupos: el modelo neozenlandés que establece la representación de listas electorales separadas para los maoríes y la propuesta del Comité de Acción Nacional sobre el Estatuto de la Mujer Canadiense (NAC) de garantizar el 50% de los escaños del Senado a las mujeres. En el primer caso, existiría una accountability alta de los representantes de los maoríes hacia este grupo pero no queda asegurado que dichos representantes pertenezcan exclusivamente a esta comunidad. En cuanto al NAC, se garantiza la representación de las mujeres como grupo del electorado pero no que los representantes sean únicamente responsables ante el grupo que reflejan (Kymlicka, 1996: 203-207). [^ SUBIR]

La receptividad de los representantes

La dimensión de la receptividad de la representación política, como ya se ha dicho, trata, en primer lugar, de la conexión entre las señales emitidas por los ciudadanos y las políticas adoptadas por las instituciones. En las democracias representativas contemporáneas, son los partidos políticos quienes actúan como “radar” de tales señales en su función de agregación de intereses y demandas de la población (Panebianco, 1990: 498; Pizzorno, 1986: 274), son conductos de expresión de las exigencias de los ciudadanos (Sartori, 1980: 57). Corresponde así a los partidos políticos permitir que se expresen las opiniones y criterios de la sociedad civil y canalizarlos hacia una concreción eficaz: los partidos transforman los intereses de los ciudadanos en entradas (inputs) para el sistema político, que, en caso de llegar al gobierno, se materializarán en resultados (outputs) (Knutsen, 1995: 490). La expresión más evidente de esta agregación de demandas se manifiesta en los programas electorales presentados por los partidos [25]. De este modo, las elecciones sirven para que los ciudadanos seleccionen buenas políticas o a los políticos que realizan ciertas propuestas de políticas para ser implementadas en caso de que salgan elegidos. (Abellán, 1997; Gargarella, 1995; Müller, 2000). Se trata de un juicio prospectivo acerca de lo que los representantes deberían hacer [26]. Es una concepción de “mandato” (mandate-view): qué actuación deben llevar a cabo los representantes (Manin et al, 1999b: 29).

Algunos autores plantean que los partidos han sido incapaces de incorporar algunas de las nuevas demandas sociales (medio ambiente, igualdad social, derechos de las mujeres, nuevo orden mundial, participación ciudadana en las decisiones públicas, etc.) que en ocasiones cortan las divisiones tradicionales de alineación partidista [27] (Dalton et al, 1984: 8; Offe, 1987: 69; Dalton, 1988: 136; Offe, 1988: 164; Tarrow, 2000). También defienden esta falta de responsiveness los defensores del modelo cártel de partido bajo la lógica explicativa que, al tener asegurada la financiación por parte del Estado, ninguno de los partidos queda definitivamente fuera de la arena política y esto disminuye los incentivos para que los políticos sean sensibles a las demandas de los ciudadanos (Katz y Mair, 1995: 21-22). El carácter oligopólico de la competición partidista reduciría los incentivos para que los partidos fueran responsive y permitiría que fueran éstos quienes crearan las demandas (Macpherson, 1977/1997: 107-110).

No obstante, la lógica competitiva puede ser beneficiosa para los ciudadanos. Por un lado, la inherente debilidad estructural de los partidos catch-all en cuanto a su capacidad de integración y de mantenimiento de lealtades supone que los partidos se hallan ante verdaderas dificultades a la hora de sostener su núcleo de miembros y votantes.  Estos constreñimientos habrían motivado a los partidos a restablecer parte del potencial de la responsiveness para captar el apoyo de la población (Kitschelt, 2000: 164; Puhle, 2002: 79; Stimson et al, 1995; Von Beyme, 1996: 135; Wolinetz, 1991: 125). Al disminuir los incentivos materiales y de solidaridad que los partidos pueden ofrecer, los partidos se ven obligados a sondear las preferencias del electorado de forma constante para conseguir votos (Manin et al, 1999b: 31; Stimson et al, 1995: 560) -lo cual también induce, por otro lado, a la convergencia programática de los partidos [28] -. Esto se hace todavía más evidente para los partidos de la oposición ya que éstos no pueden ser juzgados por la satisfacción inmediata de intereses sino en función de los contenidos programáticos propuestos en las nuevas elecciones (Pizzorno, 1986: 253).

Ahora bien, ¿supone esta mayor responsiveness programática el seguimiento por parte de los representantes de los mensajes electorales que éstos propusieron? Dicho de otra manera, ¿están los representantes obligados a cumplir lo prometido en el programa? La respuesta a esta pregunta amaga la controversia en torno al grado de independencia que deberían observar los representantes respecto a los representados [29]. Por un lado, encontramos aquellos autores que plantean que los manifiestos y las campañas expresan las preferencias de los votantes, por lo tanto, si los representantes siguen los programas electorales permanecen responsive a los electores [30] (Gargarella, 1995: 116-117). Se establecería un “contrato implícito” entre los partidos y los votantes con el fin de reducir el espacio para el oportunismo de los representantes (Müller, 2000: 330). El programa electoral se constituiría así en un mandato de los electores a los partidos.

Desde otra perspectiva se defiende que los representantes pueden actuar en interés de los representados, “actuar de manera sensible”, a pesar de no cumplir los mandatos, es decir, actuando de forma independiente (Manin et al, 1999b:40; Pitkin, 1984: 209-210), y aún cuando este incumplimiento no sea producido por los intereses privados y egoístas de los mismos. Este incumplimiento estaría justificado cuando: 1) un cambio en las condiciones contextuales implique que la implementación del mandato ha dejado de ser lo mejor para los electores [31]; 2) tras llegar al gobierno, con un mayor acceso a la información, resulta imposible aplicar lo prometido sin agravar la situación [32]. Es decir, un gobierno responsable ha de operar teniendo en cuenta no sólo sus formulaciones ideológicas sino, ante todo, las consecuencias previsibles de su acción, lo que puede implicar la adaptación o rectificación de su propio programa si de su aplicación se siguen consecuencias indeseables para la globalidad de la sociedad (Almond y Verba, 1963: 343; Birch, 1993: 77; García-Pelayo, 1986: 105-106; Hungtington et al, 1975: 161; Stokes, 1998: 352). En otras ocasiones la receptividad puede verse sacrificada en aras a una mayor capacidad y eficiencia del gobierno [33] (Sartori, 1992: 234-236; Dunn, 1999: 299). El mandato también puede verse alterado por la formación de coaliciones ya que el pacto interpartidista puede conllevar modificaciones de los programas iniciales [34] (Klingemann et al, 1994: 241; Powell, 2000: 237-239).

De este modo, la democracia no contendría ningún mecanismo institucional para hacer que las decisiones de los ciudadanos sean respetadas: “The abandonment of campaign promises is not a perversion of representative democracy but part of its normal functioning” (Stokes 2001: 154). Queda así a juicio de los ciudadanos valorar en la siguiente contienda electoral si se concede un voto de confianza a la desviación respecto al programa propuesto (reelección del incumbent) o si ésta es castigada. Volveremos sobre este punto en el siguiente apartado.           

Hasta aquí se han presentado las controversias que se derivan de la receptividad que se materializa en torno a las elecciones: los compromisos programáticos de los representantes a través de los respectivos partidos y su cumplimiento (o no) y la elección de los ciudadanos emitida a través del voto. A continuación se presentan los límites y críticas a los mecanismos que tradicionalmente han sido utilizados por los ciudadanos para hacer llegar sus demandas a los representantes y las propuestas alternativas para mejorar la participación de la población en el proceso de toma de decisiones así como el procedimiento mediante el cual se discute.

Un primer conjunto de críticas se dirige a las limitaciones que los mecanismos representativos existentes ejercen sobre la implicación de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones. La premisa de partida de esta crítica es que el voto no es un mecanismo de participación suficiente ni es necesariamente el método más efectivo para influir en el proceso político (Dalton, 1988: 35). Como plantea Phillips, el carácter inadecuado del voto no consiste solamente en que éste se produce en intervalos tan dilatados en el tiempo sino que asume que los intereses están dados, ayudando a mantener el status quo (Phillips, 1993: 102). Por otro lado, se observa también en la realidad la extensión de fenómenos de desafección política [35] y el incremento de la brecha entre los ciudadanos y sus representantes, al mismo tiempo que se han fortalecido otras formas de participación democrática [36] (Kitschelt, 2001: 375; Offe, 1988: 164).

Desde estas posiciones se plantea pasar del modelo schumpeteriano de la democracia como “modelo elitista pluralista de equilibrio” (Macpherson, 1977/1997) a la “democracia como participación” para ampliar de este modo las oportunidades de una implicación más directa, real, e igualitaria en la acción política de los ciudadanos (Durán, 1998: 165; Kitschelt, 2001: 365) superando el papel que tradicionalmente la representación política liberal ha reservado a los individuos. La democracia liberal parte de una concepción de los individuos como agentes meramente interesados lo que convierte al gobierno en el instrumento que debe controlar y regular los conflictos de intereses [37]. En cambio, la democracia participativa o “fuerte” (Barber, 1984) parte de los individuos como ciudadanos que se autogobiernan a través de instituciones diseñadas para facilitar la participación ciudadana en la formulación de la agenda, la deliberación, la legislación y la implementación de las políticas [38]. La participación convierte al individuo en ciudadano, en un “we-thinker” responsable y comprometido con el “otro” (Barber, 1984: 153).

La extensión de la democracia participativa es positiva para el desarrollo