Introducción
Un Nuevo Orden Hegemógico
La centralidad de la seguridad
Un
Nuevo Orden discriminatorio
Un Nuevo Oden basado en la supremacía militar
y la disposición a utilizar la fuerza
Naciones Unidas en el Nuevo Orden
¿Y la OTAN?
La misión determina la colación
La agresión a Irak
Un Derecho Internacional universal, una
sociedad institucionalizada y democrática
¿Y los europeos?
Introducción
Hace cincuenta años uno
de los primeros estudiosos del derecho de veto en el
Consejo de Seguridad relataba que Grecia había votado
a favor de esta fórmula en la Carta de las Naciones
Unidas, “en la convicción de que...la Carta se modificará
con los tiempos, según el adagio del filósofo griego
todo se derrumbará...”
[1]. Los últimos acontecimientos obligan a preguntarse si
acaso esos tiempos, los tiempos del derrumbe de la Carta,
de sus principios y del sistema de seguridad colectiva
dispuesto en 1945 –y parcialmente bloqueado en los años
de la guerra fría- han llegado, especialmente
una vez que el 20 de marzo el Presidente de los Estados
Unidos, George W. Bush, acometió la agresión de Irak.
Sin llegar al extremo de quienes
ven cabalgando los jinetes del Apocalipsis, o identifican
a la actual Administración norteamericana con la Bestia
de Oro o el Anticristo, hay motivos sobrados
para estar preocupado. A principios del siglo XX, el
Pacto de la Sociedad de Naciones sólo pudo ser la consecuencia
de la que, entonces, se llamó la Gran Guerra. A
mediados del mismo siglo la Carta de las Naciones Unidas
resultó de una guerra aún peor. ¿Acaso ahora la adaptación
del marco normativo e institucional de las relaciones
internacionales a las nuevas circunstancias requiere
un nuevo y doloroso cataclismo?
Desde que cayó el muro de Berlín en 1989 y se
vinieron abajo, a continuación, la Unión Soviética y
el bloque socialista, se tuvo conciencia de que la supervivencia
eficaz del sistema de Naciones Unidas requería la reforma
de la Carta y, especialmente, del Consejo de Seguridad.
Sin embargo, a pesar de haberse discutido el punto hasta
la extenuación, ha sido políticamente imposible construir
un consenso acerca de las enmiendas necesarias o, siquiera,
lograr que dos tercios de los miembros de la ONU, incluidos
los cinco miembros permanentes del Consejo, exigidos
por la Carta (artículos 108 y 109), las avalen [2].
La reforma, una reforma limitada, fue estimulada en
los primeros años de la década de los noventa por los
Estados Unidos. Cuando con ocasión de la llamada guerra
del Golfo la Unión Soviética se avino a cooperar
con la Administración norteamericana en el seno del
Consejo y facilitó la aprobación de las resoluciones,
particularmente la 678 (1990), que autorizaron el recurso
a “todos los medios necesarios” para sacar a Irak de
Kuwait, el Presidente George Bush, padre, declaró que
la ONU actuaba por fin “tal como concibieron sus fundadores” [3],
abandonando lo que él consideraba un “antiamericanismo
ritualista”
[4]. Consecuentemente, prometió ponerse al día en el pago
de las cuotas que su antecesor Ronald Reagan había escatimado
dentro de una política general de acoso al sistema de
Naciones Unidas.
El primero de los Bush, dirigiéndose al Congreso de
los Estados Unidos, decía compartir con el Presidente
de la -aún- Unión Soviética, Mijail Gorbachov, la visión
de una “nueva era, más libre de la amenaza del terror,
más vigorosa en la realización de la justicia y más
segura en la búsqueda de la paz...”. Estaba naciendo,
según Bush, “un mundo donde la ley del Derecho sustituye
a la ley de la selva, un mundo donde las naciones reconocen
la responsabilidad compartida por la libertad y la justicia,
un mundo donde el fuerte respeta los derechos del débil”
[5].
Poco después, en la Asamblea General de las Naciones
Unidas, el Presidente de los Estados Unidos dijo creer
en la posibilidad de “un nuevo orden mundial y una larga
era de paz: una asociación basada en la consulta, la
cooperación y la acción colectiva, especialmente a través
de organizaciones internacionales y regionales; una
asociación unida por los principios y por la ley y apoyada
en un reparto equitativo de costes y contribuciones;
una asociación cuyos objetivos han de ser más democracia,
más prosperidad, más paz y menos armas” [6].
En ese momento pudo considerarse que Estados Unidos
asumía el liderazgo de la comunidad internacional para
hacer realidad y profundizar en los principios de la
Carta de las Naciones Unidas y del sistema de seguridad
colectiva. Doce años más tarde esa ilusión parece, sin
embargo, arruinada, probablemente porque los responsables
de la primera potencia del mundo han acabado muriendo
de éxito, incapaces de resistir la tentación de
la unipolaridad, sobre todo una vez que la extrema derecha
republicana, remató su control del Congreso con la conquista,
si no en las urnas, sí en los tribunales, de la Presidencia
de los Estados Unidos.
Basta leer la declaración de principios (3 de junio
de 1997) del proyecto para el New American Century [7] y considerar la identidad de sus veinticinco signatarios
[8], para darse cuenta de que hechos como la agresión de Irak,
presuntamente en posesión de armas de destrucción masiva
y vínculos con organizaciones terroristas, responden
a políticas planificadas por quienes de sitiadores de
la Administración Clinton pasaron a ocupar la almendra
del Ejecutivo con el último (por ahora) de los Bush,
antes de que los hechos criminales del 11 de septiembre
de 2001 les sirvieran en bandeja la oportunidad de llevar
a la práctica acciones que, de no mediar estos hechos,
difícilmente habrían sido posibles [9].
Si la idea de que no puede haber reforma del sistema
internacional sin mediar una grave conflagración ya
es de por sí desalentadora, aún lo es más considerar
la clase de reforma a que esta conflagración puede dar
lugar. Ahora que la Casa Blanca cuenta con un
inquilino como Bush es perfectamente posible armar un
orden paralelo de valores morales pasados por el filtro
de los intereses de los Estados Unidos sin la intermediación
de normas legales cuya aplicación pueda ser objeto de
un escrutinio institucional. Aunque ya antes del 11-S
la política exterior de los Estados Unidos ofrecía signos
de unilateralismo [10],
después de esta fecha el sector más integrista del gobierno
Bush se ha lanzado dedididamente a la implantación de
un nuevo orden mundial, acusadamente hegemónico, que
gira en torno a su propia seguridad y se basa en la
supremacía militar y su disposición a utilizar la fuerza.
La diplomacia y las instituciones internacionales se
ponen más al servicio de intervención y de la guerra
que al de la solución pacífica de los conflictos y la
cooperación.
El resultado es profundamente regresivo. El Derecho
Internacional acaba siendo así el Derecho de los Estados
Unidos en sus relaciones con los demás Estados y Organizaciones
internacionales. En los mejores servidores de la Red
las entradas del New (World) Order, del
Nuevo Orden (Mundial), rebasan ya las del International
Law, Derecho Internacional. [^
SUBIR]
Un
Nuevo Orden
hegemónico
Nadie discute que el mundo
necesita liderazgo y que el único país que puede ofrecerlo
por su dimensión y recursos son los Estados Unidos.
Sin embargo, más allá de la retórica de un Presidente
que, como quienes le precedieron, gusta de adornar sus
discursos con menciones a los “Estados Unidos y la comunidad
internacional” o a “América y el mundo”, la actual Administración
norteamericana no busca el liderazgo (que reclama atender
a los intereses de los demás, patrocinar la negociación
de compromisos en foros multilaterales y conseguir que
los otros no sólo hagan, sino que quieran hacer, lo
que se quiere que hagan); su apuesta es la hegemonía.
En palabras de uno de los más arrogantes predicadores
del nuevo orden, Estados Unidos “es la potencia dominante
en el mundo, más dominante que cualquier otra desde
la antigua Roma. Por consiguiente, está en una posición
que le permite reformar las normas, cambiar las expectativas
y crear nuevas realidades mediante un ejercicio implacable
y determinado de voluntad” [11].
La Administración Bush ha
hecho suyas las políticas más sesgadas de la mal llamada
revolución conservadora. En la medida en que
sus patrocinadores se empeñan en hacer del Nuevo
Orden un trasunto moral sectario empapado de consideraciones
políticas en el plano operativo, la juridicidad brilla
por su ausencia. Nosotros deberíamos ser “descarados,
convencidos, tercos hegemonistas constitucionales americanos”,
escribió John Bolton, hoy uno de los subsecretarios
del Departamento de Estado, en un artículo reveladoramente
titulado Is There Really “Law” in International Affairs?
(¿Existe realmente el “Derecho” en las Relaciones Internacionales?)
[12]. Es obvio que para tipos como Bolton el Derecho Internacional
es un estorbo, que hace más difícil y costoso el unilateralismo
de la Administración americana mientras aquél
no se adapta técnicamente a las exigencias hegemónicas.
Que después de decenios de examen en la Comisión
de Derecho Internacional se trate de poner en vía muerta
el proyecto de artículos sobre responsabilidad del Estado
por hechos internacionalmente ilícitos, se renueven
y extiendan las concepciones dualistas de las relaciones
entre el Derecho Internacional y los Derechos estatales
para evitar el escrutinio judicial interno sobre el
cumplimiento de las obligaciones internacionales de
los Estados, se rehúse por el Tribunal Supremo amparar
el respeto de las obligaciones internacionales de los
Estados Unidos cuando son violentadas por el Poder Ejecutivo
fuera del territorio norteamericano, prosperen las corrientes
que no consideran los tratados fuente de obligaciones
jurídicas o rechazan sistemáticamente su eficacia directa,
se niegue la Carta de las Naciones Unidas como fundamento
exclusivo de legitimación del uso de la fuerza, se pretenda
que las obligaciones de Estados Unidos con la ONU no
prevalecen sobre las leyes del Congreso, o se afirme
que no hay institución de Naciones Unidas competente
para juzgar las decisiones de política exterior y de
seguridad nacional de los Estados Unidos, son expresiones
de la ambición hegemónica.
También lo son
las leyes que autorizan la coerción en países extranjeros
para arrestar personas reclamadas por la justicia federal;
la sustitución de la diplomacia por el recurso sistemático
a las medidas de retorsión y a las represalias, incluso
armadas; la inclinación irresistible a reemplazar las
normas y las instituciones por los compromisos exclusivamente
políticos; la legislación para auspiciar la libertad
religiosa, que bajo su apariencia respetable trata de
forzar la penetración del pensamiento reaccionario y
manipulador de sectas y corrientes pseudo-religiosas
de los Estados Unidos...
Estados Unidos acumula, además, demasiados noes
a formas de cooperación multilateral que sus más
próximos aliados en Europa no sólo han apoyado, sino
patrocinado. Estados Unidos ha dicho no al tratado
de prohibición total de ensayos nucleares, no
al protocolo para la verificación de la convención sobre
prohibición de armas biológicas; no a la Convención
Anti-Minas. También ha dicho no a los protocolos
prohibitivos de la pena de muerte, siquiera a los menores
de dieciocho años en las fuerzas armadas; a las Órdenes
de la Corte Internacional de Justicia.
Añádanse todas las presiones
para corregir a la baja las obligaciones incoadas, la
adopción de textos más y más recortados para conseguir
un sí que, luego, no siempre han encontrado la
recompensa del voto, la firma o la ratificación norteamericana.
Piénsese en el Protocolo de Kioto sobre control de emisión
de gases de efecto invernadero, que Clinton firmó en
el último minuto, pero Bush anunció que no ratificaría;
o en el Estatuto de la Corte Penal Internacional, también
firmado en el último suspiro por Clinton y desbaratado
por Bush. En este caso, no contenta con quedar al margen,
su Administración ha estimulado las iniciativas legislativas
y ha desarrollado por sí misma políticas de hostilidad
activa para impedir que la jurisdicción de la Corte
pueda hacerse efectiva sobre ciudadanos norteamericanos.
[^
SUBIR]
La centralidad de la seguridad
La seguridad ha sido siempre un concepto central en la construcción
de un sistema institucionalizado de relaciones internacionales.
La Carta de las Naciones Unidas hizo de la seguridad
colectiva el principal de sus ejes motores. La Carta
fue revolucionaria al incorporar el compromiso de los
Estados miembros a renunciar al uso de la fuerza en
sus relaciones, a salvo el derecho inmanente de legítima
defensa frente a un ataque armado, y atribuir al Consejo
de Seguridad el monopolio de la fuerza institucional
para arrostrar las amenazas y quebrantamientos de la
paz y los actos de agresión. Además, las obligaciones
de los Estados miembros según la Carta prevalecían en
caso de conflicto sobre cualesquiera obligaciones asumidas
por éstos en virtud de otros acuerdos internacionales.
Teniendo en cuenta que las grandes potencias vencedoras de
la segunda guerra mundial condicionaron la aceptación
del sistema a su reconocimiento como miembros permanentes
del Consejo con derecho de veto sobre las resoluciones
sustantivas sometidas a su aprobación, quedaron claros
desde el primer momento sus límites. Una gran potencia
podía impedir las operaciones auspiciadas por los demás,
pero no imponer las suyas. Una gran potencia que decidiera
actuar contra la Carta infringiría la legalidad internacional,
pero estaba descartado que el Consejo pudiera decidir
medidas en su contra o, siquiera, condenar su conducta.
Esa seguridad, la seguridad de la Carta, se entendía en todo
caso en estrecha relación con la paz. Si, en efecto,
nos detenemos sumariamente en el texto advertiremos
que paz y seguridad aparecen enlazadas en veintinueve
de las treinta y dos veces que son mencionadas
[13]. Esa vinculación con la paz es la que da a la seguridad
toda su energía positiva, sin la cual se deshace en
pura negación; más aún cuando la paz se vincula a la
libertad, a la justicia, al desarrollo. La paz está
en los onomásticos que dan nombre a los humanos, en
los callejeros de la comunidades, en la liturgia eclesial...No
conozco a nadie que se llame seguridad, ni avenida que
responde a este título, ni feligrés que vaya dando la
seguridad –y no la paz- a los más próximos en la celebración
de la misa.
Esa seguridad, la seguridad de la Carta, era –y es- por otro
lado una seguridad colectiva, de todos, a pesar de los
límites impuestos a su realización por el procedimiento
de toma de decisiones del Consejo, activados por la guerra fría. La seguridad “europea”
se incardinaba formalmente en el tejido de la Carta,
pues la Alianza Atlántica invocaba expresamente su artículo
51 para hacer del derecho de legítima defensa una obligación
para sus miembros.
Ahora la seguridad, como referente básico del nuevo orden,
prefiere a la vieja relación con la paz, la justicia,
la libertad o el desarrollo, una acumulación de adjetivaciones
que la presentan como “democrática”, “energética”, “ecológica”,
“económica” o “demográfica”, acentuando la percepción
de que se vive en una sociedad de alto riesgo. Se trata,
además, de una seguridad posicional, de “mi”
o “nuestra” seguridad – la del Norte, la de los Estados
Unidos y sus clientes- frente a “sus” amenazas (las
del Sur, las del abierto axis of evil), trátese
de terrorismo, narcotráfico, corrientes irregulares
de migración o posesión de armas sólo buenas en nuestras
manos. La hipótesis de que “los otros” puedan sentirse
amenazados por “nosotros” o la forma en que “su” seguridad
`pueda verse comprometida por “nuestras” acciones es
descartada de plano.
En los países democráticos las primeras víctimas de los guardianes
de la seguridad son los derechos individuales y colectivos,
las libertades públicas, las garantías judiciales, la
transparencia de la información y la pluralidad informativa,
la restricción en el uso de la fuerza represiva... El
ideario de la Revolución Francesa que quiso a los seres
humanos libres, iguales y solidarios, se prostituye
cuando la revolución neoconservadora lo sacrifica todo
a una seguridad que para la mayoría planetaria se convierte
en cadenas, humillación y explotación.
Es la falsa y simple alineación entre buenos y malos, del
quien no está conmigo está contra mí, en la que
se han recreado Bush y sus satélites a ambos lados del
Atlántico, insistiendo en una actitud moral que apesta
ante sus violaciones persistentes de derechos fundamentales
ambientadas en el reestreno del conflicto de civilizaciones
y la tendencia criminal innata de algunas de ellas.
Sin embargo, el derecho de la persona, no sólo
de los americanos o de los europeos, a
la seguridad no ha de financiarse hipotecando su derecho
a la libertad. Ambos derechos son copulativos, no alternativos [14].
En esta nueva presentación de la seguridad no se admite que
la respuesta frente a las amenazas sea determinada por
la Carta. Los Estados Unidos y sus clientes tienen derecho,
se dice, a salvaguardar “su” seguridad, en su poliédrica
expresión, recurriendo a los medios de su elección,
incluido el recurso a la fuerza armada, allí donde la
crean en peligro, por encima de cualquier otra consideración,
incluido el mantenimiento de la paz, la realización
de la justicia, el empeño por la libertad o el desarrollo,
aunque estos términos puedan aprovecharse como muletillas
retóricas o valer como eslóganes (como en Afganistán:
donde se pasó de la “Justicia Infinita” a la “Libertad
Duradera”; o en Irak: “Libertad iraquí”).
Si los fundadores, los clásicos del Derecho Internacional,
llamaron a éste De Iure Belli ac Pacis (Derecho
de la Guerra y de la Paz) para subrayar los dos grandes
ámbitos normativos de las relaciones internacionales,
de haber escrito sus obras en las actuales circunstancias
las habrían titulado De Iure Belli ac Securitatis,
pues no es ya la Paz, sino la Seguridad, el concepto
característico del estado alternativo a la guerra. Y
cabe preguntarse si acaso la seguridad europea debe
articularse ahora en la clave americana de la
seguridad que guarda la Administración Bush o, por el
contrario, debe tratar de afianzarse en la vieja
seguridad colectiva de la Carta. [^
SUBIR]
Como ha observado D. F. Vagts
en un comentario crítico publicado en el American
Journal of International Law, los principios de
igualdad soberana de los Estados y de no intervención
en los asuntos de su competencia exclusiva se acomodan
mal con la deriva hegemónica del Nuevo Orden al
que aspiran los fundamentalistas de la Administración
Bush [15]. Para ellos poder equivale a derecho y su
desideratum podría ser, por qué no, la resurrección
y universalización de la célebre enmienda Platt
que, impuesta en la Constitución de Cuba por mor del
artículo III del tratado de 22 de mayo 1903, concedía
a los Estados Unidos el derecho de intervenir en la
isla, entre otros fines, “para el mantenimiento de un
gobierno adecuado a la protección de la vida, la propiedad
privada y la libertad individual”. No son de extrañar
las alabanzas que esta cláusula mereció en su día de
Carl Schmitt, que en la Alemania nazi tan bien expresó
el derecho de los poderosos a la hegemonía
[16].
Así, no hay por qué sorprenderse
de la generalización de esas listas negras por
las que las Administraciones americanas han demostrado
gran devoción, atribuyéndose la facultad de juzgar a
los demás para descalificarlos como tiranos, terroristas
o narcotraficantes, de acuerdo con criterios morales
trufados de intereses que no lo son, y buscando para
ellos una exclusión social y jurídica que los entregue
sin escándalo ni reacción a sus medidas de fuerza. El
documento sobre estrategia de seguridad nacional firmado
por Bush el 17 de septiembre de 2002, dando un paso
más, eleva a categoría al Estado hampón (Rogue
State), que “brutaliza a su pueblo y derrocha los
recursos nacionales en beneficio personal de sus gobernantes;
no muestra ningún respeto por el Derecho Internacional,
amenaza a sus vecinos y viola cruelmente los tratados
en que es parte; está decidido a adquirir armas de destrucción
masiva, junto con otra tecnología militar avanzada,
para utilizarlas como amenaza o para realizar sus propósitos
agresivos; patrocina el terrorismo en el mundo; rechaza
los valores humanos básicos y odia a los Estados Unidos
y todo aquello por lo que está dispuesto a luchar”
[17]. Menos mal. Gobiernos corruptos, criminales, violentos,
desestabilizadores pueden salvarse si aman a América.
Nada hay que oponer a la
adopción de las más duras medidas contra Estados responsables
de crímenes internacionales. La deslegitimación internacional
de un Estado y la suspensión de su status civitatis
como sanción de ilícitos particularmente odiosos
es una medida progresiva, no siendo una novedad. Ya
en la segunda mitad del siglo XVI Alberico Gentili excluía
de la societas gentium a los pueblos que no practicaban
ninguna religión, admitiendo contra ellos la guerra
sin cuartel (quasi contra feras), equiparando
al parecer el ateismo a la antropofagia, la práctica
de sacrificios humanos y la piratería como delitos contra
el común de las gentes [18].
Esto, naturalmente, supone un replanteamiento de algunas
doctrinas establecidas sobre el carácter declarativo
del reconocimiento de Estados, que presumían la respetabilidad
de sus objetivos y la aceptación genérica de las reglas
sociales. Pero, de darse esa reconsideración, ha de
rechazarse que pueda dar lugar a una prerrogativa descentralizada,
individual o grupal. El pensamiento más riguroso puede
ser políticamente manipulado. Así, por ejemplo, una
lectura maximalista de John Rawls podría conducirnos
a una situación en la que los poderosos describirían,
designarían y determinarían cuales son las sociedades
estatales bien ordenadas y cuales las tiránicas
y expansionistas, sacando de ello las oportunas
consecuencias intervencionistas y sancionadoras
[19]. La afirmación de que el Estado-terrorista o el hampón
están fuera de la ley internacional puede ser compartida;
pero no las atribuciones de los Estados más poderosos
para proceder unilateralmente a calificar y sacar conclusiones.
El pirata capturado por Alejandro el Magno no advertía
más diferencia entre ellos que la escala de sus depredaciones,
según el relato de Agustín de Hipona, y muchos de los
piratas actuales podrían hacer la misma observación
caso de toparse con George W. Bush.
La misma definición que la
Administración norteamericana da de los hampones,
bien podría volverse en su contra. Si hacemos abstracción
del odio a los Estados Unidos, condición que sólo podría
apreciarse en el diván del psicoanalista, la conducta
de la Administración Bush, especialmente en el último
año, ofrece indicios suficientes para hacerle ocupar
un lugar destacado dentro de la categoría en que figuran
los gobiernos que más aborrece. Estados Unidos acumula
un volumen de armas de destrucción masiva sin igual.
El mismo documento sobre estrategia de seguridad nacional
de septiembre de 2002 comienza subrayando con alegría
su fuerza inigualable y afirma más adelante el papel
esencial de un poder militar que requiere un despliegue
ecuménico y no tolera desafío [20]. El documento hace, además, de la amenaza armada y de lo
que en términos jurídicos se entiende como agresión
(a la que llama acción preventiva) elementos
esenciales de su política
[21]. Estados Unidos, por otro lado, a través de “operaciones
encubiertas” y mediante lo que llaman “códigos operativos
de conducta” recurre eventualmente a métodos terroristas,
aplicando sobre ellos espesas capas de desinformación,
adecuadamente presupuestadas; el imperio de la ley
no basta hoy para que ciertos segmentos de ciudadanos
y residentes extranjeros disfruten eficazmente en territorio
americano de derechos y libertades fundamentales; la
“guerra” contra el terrorismo se ha llevado por delante
el estándar mínimo de respeto de valores humanos en
las criaturas degradadas encapsuladas en Guantánamo
y otros territorios ajenos; determinadas políticas de
la Casa Blanca –de las que ahora se habla menos,
al imponerse en los medios los fluidos belicistas propagados
por la camarilla íntima del Presidente- parecen hechas
en beneficio de determinados grupos de intereses no
ajenos a la financiación de sus campañas, y no del bien
común, todo ello sin entrar en los negocios particulares
de los ahora altos funcionarios; por último, la falta
de respeto del Derecho Internacional y la violación
de los tratados forman parte de una tradición que Bush
sublima [22]. [^
SUBIR]
Un Nuevo Orden
basado en la supremacía
militar y la disposición a utilizar la fuerza
Planificadores y estrategas
tienen plena conciencia de la importancia decisiva del
poder militar. En 1991 Estados Unidos sabía que sólo
el poder nuclear de los herederos de la Unión Soviética,
aun menguante, era todavía bastante para destruir la
sociedad americana con un único ataque devastador
[23]. Se comprende, pues, su reconocimiento de Rusia como heredera
universal del status de la Unión Soviética, su
política de concentración en ella del arsenal atómico
de la URSS y su asistencia técnica y económica para
la reducción de las fuerzas estratégicas, más allá de
los tratados de desarme nuclear, mediante la compra
a precios garantizados de todo el uranio extraído de
las cabezas desmontadas, o la ayuda para reasentar a
los miembros de las unidades militares que servían el
poder atómico. La búsqueda de la invulnerabilidad frente
a cualesquiera otros ataques nucleares, mediante la
configuración del complejo escudo antimissiles cuya
investigación ya supone inversiones multimillonarias,
completa este panorama.
El objetivo esencial de la
supremacía militar es la disuasión de toda competencia
de un Estado o grupo de Estados, incluidos los aliados,
evitando políticas de equilibrio contra los Estados
Unidos, como las que en el pasado impidieron la total
realización y permanencia de las ambiciones hegemónicas
de las grandes potencias de cada momento histórico (España,
Francia, Gran Bretaña). Ya las mayorías republicanas
que controlaron el Congreso durante los mandatos del
Presidente Clinton querían menos Estado, incluso
menos diplomacia, pero más gastos en defensa.
Hoy, con cuatrocientos mil millones de dólares US.
en su haber, la política de
defensa es la reina del presupuesto. Los riesgos son
obvios y el mismo Clinton, al vetar en su día la Ley
de Asignaciones para Operaciones en el Exterior (H.R.
2606) que implicaba un duro recorte presupuestario del
Departamento de Estado (reducidos sus recursos, en términos
reales, a la mitad de aquellos con los que contó Reagan
en 1985), advirtió: “Al negarle a Estados Unidos una
inversión digna en diplomacia, este proyecto sugiere
que deberíamos enfrentar las amenazas a nuestra seguridad
sólo con nuestro poderío militar...Si financiamos deficientemente
nuestra diplomacia, terminaremos usando en exceso nuestras
fuerzas armadas...”
[24].
Según los portavoces de la
Administración la pax americana es un orden de
dominación benevolente. ¿Habrá que decir compasivo
para ajustarse a la terminología de George W. Bush
cuando, siendo candidato a la Presidencia, calificaba
su conservadurismo? En realidad se trata de un orden
intervencionista y represivo que responde a lo que Marcelo
G. Kohen ha denominado una cultura de fuerza
[25].
La supremacía militar quiere demostrarse a toda costa,
con todos sus corolarios. Hay una disposición a utilizar
exponencialmente el poder militar para afianzar su carácter
determinante (amén de servir como maniobras en vivo
y experimentación de armamento).
El documento de estrategia de seguridad
nacional de los Estados Unidos trata de “legalizar”
su política de “ataque preventivo” ensanchando la noción
de legítima defensa. Hay que adaptar el concepto de
ataque inminente, dice, a las capacidades y objetivos
de los adversarios de nuestro tiempo
[26]. Pero, por muy flexible que se sea, no cabe arrastrar
la noción de legítima defensa hasta el punto de incluir
situaciones en que no se sabe siquiera el lugar ni el
momento en que ha de atacar el enemigo y sólo se presume
en él una mala intención que se equipara a un fatal
y concreto designio agresivo. Recordemos que fue un
célebre Secretario de Estado norteamericano, Daniel
Webster, el que dos siglos atrás estableció el canon
consuetudinario de lo que podría entenderse como legítima
defensa preventiva al referirse a una “necesidad de
autodefensa inmediata, apabullante, sin espacio para
la elección de medios ni tiempo para la reflexión”. En aquella ocasión los
británicos habían reventado en puerto de los Estados
Unidos un barco cargado de armas que, presuntamente,
iban a ser utilizadas en el Canadá, bajo soberanía de
Gran Bretaña (Caso Caroline, 1837). No hay mejor
defensa que el ataque (“Our best defense is a good offense”),
sostiene el Presidente
[27]. Para él, seguramente, es amenaza toda política dirigida
a condicionar el empleo por Estados Unidos de su poder
militar por sujetos a los que no reconoce el status
de gran potencia. Pero como se afirma en el punto 2
del Manifiesto contra la Guerra de los profesores españoles
de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales
(19 de febrero de 2003) “una acción armada preventiva
no es legítima defensa; es un uso ilícito de la fuerza
que puede llegar a considerarse, bajo determinadas circunstancias,
un acto de agresión”.
Como ya ocurrió en Kosovo y en Afganistán,
Estados Unidos ha despreciado una vez más en Irak el
monopolio de la fuerza para combatir las amenazas y
el quebrantamiento de la paz y los actos de agresión
que la Carta de Naciones Unidas (artículo 2.4 y 39 y
ss.) atribuyó al Consejo de Seguridad. Pero en este
caso, a diferencia de lo ocurrido en Kosovo (donde podía
argüirse la vocación humanitaria) o en Afganistán (la
vindicación frente al terror), los motivos (posesión
de armas de destrucción masiva, vinculación con el terrorismo)
se han percibido claramente como pretextos para derribar
un régimen hostil y sustituirlo por otro amigo (¿habremos
de llamarlo democrático?) que le consienta el
despliegue adelantado de su fuerza para el control de
los recursos energéticos y la intimidación de quienes
en la vecindad descabalada del Próximo y del Medio Oriente
se revuelven contra los dictados de Washington. ¿Acaso
quienes reverdecieron las tesis de la guerra justa para
reivindicar el derecho de los Estados Unidos a hacerla
en Afganistán [28], han estado dispuestos a repetir su firma, tratándose
de Irak? No Michael Walzer, desde luego
[29]. Los felices sostenedores de que los Estados democráticos
son incompatibles por naturaleza con la agresión, ¿siguen
ahí?. [^
SUBIR]
Naciones Unidas en el Nuevo Orden
Es
patético que el principal impulsor de la creación de
la ONU, Estados Unidos bajo Franklyn D. Roosevelt,
haya asumido la tarea de socavar la Organización. Bien
es cierto que recordar el papel de este Presidente,
un demócrata de izquierdas para los parámetros norteamericanos,
puede ser contraproducente en los oídos de los actuales
líderes republicanos para los que la ONU es el último
nicho de una pandilla de rojos y tercermundistas corruptos,
que no merecen un centavo de los contribuyentes americanos.
Congresistas republicanos, martillo de infieles,
suspiran por una nueva Liga de Estados democráticos
(una OTAN pentecostal y pentacontinental) donde no haya
más veto que el de Washington y sea posible tratar sicut
feras a los Estados rebeldes, despojados de sus
derechos.
Eso era , por ejemplo, lo
que proponía hace unos años el representante republicano
por Florida Joe Scarborough como complemento de su proyecto
de retirada de Estados Unidos de la ONU, tan del gusto
del senador Helms
[30], y lo que ahora propone Richard Perle, el asesor aúlico
del Secretario de Defensa, Rumsfeld, hasta que hace
unos días se hizo evidente la incompatibilidad de esta
función con sus intereses en el negocio de las armas,
cuando cuestiona que las Naciones Unidas, con tantos
miembros bajo regímenes asquerosos, sean una fuente
de legitimación del uso de la fuerza mejor que la OTAN
o una coalición de democracias liberales
[31]. Con un manifiesto desdén hacia las reglas este pensador
procedente, como tantos otros de la actual Administración,
del elenco del American Enterprise Institute
de Washington, se pregunta por qué si una política está
bien cuando la aprueba el Consejo de Seguridad, ha de
estar mal “sólo porque la China comunista, o Rusia,
o Francia, o una panda de dictaduras de poca monta nieguen
su aprobación”. En opinión de Perle, no se pueden “poner
grandes decisiones morales (e incluso decisiones militares
y políticas existenciales) en manos de Siria, Camerún,
Angola, Rusia, China, Francia y otros por el estilo”
[32]. El hecho de que tres de los países mencionados sean potencias
nucleares y engloben a una cuarta parte de la población
mundial o de que los otros representen al mundo afroasiático,
debe parecer irrelevante a quien tanto fía en las “coaliciones
de voluntarios” reunidos alrededor de la Administración
Bush, cuya consideración nominativa permitiría, de entrar
en el juego de Perle, hacer consideraciones nada piadosas.
La hostilidad de estos fundamentalistas
republicanos hacia las Naciones Unidas y, en particular,
hacia el Consejo de Seguridad, es profundamente visceral,
pues hasta que éste se ha plantado frente a la desmesura
de los proyectos de la Administración Bush sobre Irak,
Estados Unidos ha sabido aprovecharlo como instrumento
de sus políticas, moderando sus objetivos, rebajando
el tono y siendo perseverante.
En estos años ha podido, en efecto, constatarse la disponibilidad
del Consejo de Seguridad para, una vez que sus miembros
han sido adecuadamente presionados y se ha dejado madurar
el mensaje, endosar las políticas americanas
o, en su caso, mirar a otra parte cuando los derechos
de los Estados malditos son conculcados. El Consejo
ha renunciado a la centralidad en el recurso institucional
a la fuerza armada; ha dejado en manos de los Estados
miembros las operaciones de imposición de la
paz, ignorándolas o limitándose a su autorización más
formal; ha buscado compensar su evasión de la tarea
para la que fue primordialmente concebido asumiendo
otras (normativas, judiciales) que la Carta mantiene
en el ámbito de las relaciones entre los Estados concernidos
u orienta a otros órganos (Asamblea General, Corte Internacional
de Justicia); ha permitido a sus Miembros Permanentes
toda clase de licencias, incluso ser juez y parte de
sus diferencias con terceros cuyos derechos no ha tutelado;
ha alimentado la arbitrariedad aplicando distintas varas
a situaciones materialmente similares haciendo en algunos
casos, como el de Israel, del agravio comparativo regla;
y ha carecido de voluntad y energía para hacer cumplir
sus propias resoluciones cuando una de las partes cuenta
con influencias (Sáhara Occidental)
[33].
Dada la posición hegemónica de Estados
Unidos, el Consejo sólo puede, si entra en su juego,
aspirar a reconducir o moderar las políticas unilaterales
de la primera potencia (de fuego) del mundo, a cambio
de “legalizarlas”. Sin duda el Consejo, aun siendo un
órgano político, no debe actuar arbitrariamente, sino
dentro de la Carta; pero no existe en el sistema de
Naciones Unidas cauce alguno para recurrir directamente
la legalidad de sus resoluciones. De esta manera conserva
la presunción de que sus actos, son conformes a la ley
internacional, por mucho que chirríe su legitimidad.
Estados Unidos se ha servido
del Consejo, y de la Organización, en la medida en que
se han acomodado a sus intereses, para ignorarlos con
la mayor desenvoltura cuando el tiempo o las circunstancias
apremian, invocando eventualmente la autoridad de las
resoluciones del Consejo, sin prestar atención ni respetar
su contenido; invocaciones genéricas, vacuas, como las
que hace a los principios del Derecho Internacional
o a los intereses de la comunidad internacional.
Luego no ha tenido reparo en acudir de nuevo al Consejo
para ampliar las medidas coercitivas al servicio de
una política hegemónica, de manera que terceros países
se vean obligados a ejecutarla, o para endosar los acuerdos
alcanzados extra muros, sea en Kumanovo (para
Kosovo) o en Bonn (para el Afganistán), incluidos los
despliegues de fuerzas internacionales. Ahora
en Irak puede ocurrir lo mismo. [^
SUBIR]
¿Y la OTAN?
Junto a la ONU, como sistema
alternativo de seguridad, pudo emerger la OTAN, que
ha pasado de la defensa territorial como alianza defensiva
en el marco del artículo 51 de la Carta a la salvaguarda
de intereses comunes en el espacio euroatlántico y en
su periferia e incluso más allá. Estados Unidos maniobró
eficazmente para conservar esta Organización, de cara
al siglo XXI, en el centro de la arquitectura de seguridad
europea, impidiendo una identidad europea de defensa
al margen de ella. Es obvio que Estados Unidos tratará
siempre de reducir al máximo el margen de autonomía
de la Unión Europea si insiste en dotarse de una política
de defensa y seguridad.
A la OTAN nada le es ajeno,
tiene “una agenda exigente” dentro de un “planteamiento
global” de la seguridad que reconoce la importancia
de los factores políticos, económicos, sociales y ambientales
junto con la indispensable dimensión de la defensa :
rivalidades étnicas y religiosas, disputas territoriales,
inadecuación o fracaso de los esfuerzos de reforma política,
económica y social, violaciones de derechos humanos,
disolución de Estados, actos de terrorismo, sabotaje
y delincuencia organizada, interrupción del flujo de
recursos vitales, grandes movimientos incontrolados
de población, particularmente como consecuencia de los
conflictos armados, todo eso le interesa.
El Nuevo Concepto Estratégico
de la OTAN (abril de 1999) mencionó una sola vez
–incidentalmente- el Derecho Internacional a
lo largo de sus sesenta y cinco parágrafos. El jarabe
de pico incluía, además, una referencia al Consejo
de Seguridad y tres, si las cuentas no me fallan, a
(la Carta de) las Naciones Unidas, tratando de
ofrecer una imagen de respeto y de colaboración extensiva
a otras Organizaciones, Estados y grupos de Estados;
pero reclamaba para sí la centralidad, ampliamente reflejada
en el enunciado de sus objetivos y de sus misiones;
en la referencia abierta a la cooperación con otras
Organizaciones, entre ellas, las Naciones Unidas, pero
en el mismo plano, la OSCE; en la deliberada exclusión
de toda precisión sobre las relaciones (y mucho menos
la subordinación) de la Alianza con el Consejo de Seguridad.
El único control explícito en cualquier uso de la fuerza
por la OTAN es el de sus propios órganos políticos (el
Consejo Atlántico y el Secretario General).
Este papel de la OTAN ha
podido seducir a algunos países europeos, imaginándose
a sí mismos como una de las águilas siamesas que simbolizan
la diarquía mundial. Pero después del 11-S tienen motivos
para sentirse deprimidos. Estados Unidos ha ido a
lo suyo buscando sólo las colaboraciones de unos
y otros que ha estimado necesarias para ejecutar sus
planes. La OTAN, que en los primeros días de octubre
se ofrecía para lo que hiciera falta, se veía
relegada a un papel menor, hasta mínimo, sin que le
sirviera de mucho el amplio muestrario de operaciones
ofrecidas por su Secretario General. Ahora, si le conviene,
volverá a echarse mano de la OTAN. [^
SUBIR]
La misión determina la coalición
Cuando “fallan” las Naciones
Unidas, en las Organizaciones que pastorea encuentra
dificultades, o simplemente, lo considera más oportuno
para no someter su toma de decisiones a ninguna cortapisa,
Estados Unidos actúa por su cuenta, armando en su caso
coaliciones ad hoc o de fortuna, y enfrentando
las necesidades logísticas y de información mediante
el ejercicio de la influencia y la presión directas
sobre los Estados que pueden satisfacerlas, en la inteligencia
de que órganos, como el Consejo de Seguridad o el Secretario
General de la ONU, se acomodarán a los hechos, anteponiendo
el pragmatismo a la defensa testimonial de sus competencias.
El orden mundial, decía ya en marzo de 1992 un borrador
sobre seguridad nacional preparado por quien ya entonces
era subsecretario de Defensa, P. Wolfowitz, es respaldado
en última instancia por Estados Unidos que "debe
estar en posición de actuar en forma independiente
cuando no se logre impulsar la acción colectiva..."
[34].
Las directrices que para la política exterior de los Estados
Unidos proponía en el otoño de 1999 Richard N. Haass,
el hombre que dentro de la actual Administración, hace
prospectiva en el Departamento de Estado, alimentan
este enfoque, haciéndolo aún más flexible y ajeno a
consideraciones de legalidad internacional
[35]. Aunque para el moderado Haass el primer objetivo es poner
en pie o reforzar instituciones mundiales y regionales
que apuntalen los principios básicos del orden (lo que
él entiende, seguramente, como internacionalismo
perfecto), la alternativa, si en ellas no puede
lograrse el consenso requerido para la acción promotora
del orden político, económico y militar auspiciado por
Washington, es la la organización de coaliciones
lo más amplias posibles bajo la conducción normalmente
de los Estados Unidos (lo que Haass entiende con cierta
desenvoltura como multilateralismo). Estas agrupaciones,
reconocía Haass, no son ideales, pues tienden a establecerse
sobre bases ad hoc y ser reactivas, careciendo
de la legitimidad de las Naciones Unidas o de los acuerdos
regionales formales, pero son consistentes, decía, con
un mundo en que la disposición de los gobiernos a cooperar
varía de una crisis a otra. Aunque Haass intenta descalificar
el unilateralismo puro y duro, el unilateralismo
de uno, por entender que exigiría de la ciudadanía
y del sistema político norteamericano más de lo que
pueden dar, el multilateralismo que predica no
es sino unilateralismo grupal cuando las coaliciones
se forman y actúan contra las normas y en el irrespeto
de las competencias reconocidas a las instituciones
internacionales. En último término Haass auspicia la
dimensión, el papel imperial de los Estados Unidos,
y no se recata en expresar que “la coerción y el uso
de la fuerza sería normalmente una segunda opción”.
El documento estratégico de seguridad nacional de septiembre
de 2002 remacha e insiste en esta dirección: América
está dispuesta a organizar coaliciones tan amplias
como sea posible, pero estará siempre preparada para
actuar por su cuenta cuando lo requieran sus intereses
y “singulares responsabilidades” [36]. [^
SUBIR]
La agresión a Irak
“Estados Unidos invadirá Irak con una coalición
de naciones dispuestas, con autorización de Naciones
Unidas o sin ella, si ese resulta ser el caso”, advirtió
dos semanas antes de la agresión el Secretario de Estado,
Colin Powell, el rostro amable de la Administración
Bush. Al parecer Estados Unidos, más que un miembro
permanente del Consejo, es su miembro viril. Con la
guerra iniciada el 20 de marzo de 2003 y despachada
en tres semanas ha culminado la afirmación de que la
seguridad e intereses de los Estados Unidos no pueden
quedar a expensas de un sistema multilateral que atribuye
el monopolio de la fuerza institucional a un órgano
–el Consejo de Seguridad- cuyas decisiones puede impedir,
pero no imponer.
Naturalmente, el Presidente
de los Estados Unidos se había hecho oportunamente con
la autorización del Congreso y, con ello, encontraba
satisfechas todas las exigencias de legalidad que podían
preocuparle. La actual Administración republicana no
sólo cuenta con mayorías en ambas Cámaras, sino también
con la mayoría de los jueces del Tribunal Supremo,
seleccionados y elegidos por Presidentes republicanos,
que ya han garantizado al Ejecutivo que lo que haga
fuera del territorio de los Estados Unidos no está sometido
al escrutinio judicial.
La Administración Bush y,
con mayor motivo, los gobernantes de esas naciones “dispuestas”
a acompañar a los Estados Unidos en la operación, han
tratado de guardar algunas apariencias presentando el
recurso unilateral y masivo a la fuerza armada contra
Irak como una operación conforme con la legalidad internacional
[37]. Los tipos del Pentágono, menos sensibles a los tecnicismos
legales, han puesto su fe en el respaldo de la cincuentena
de países que según sus cuentas ha acompañado real o
virtualmente a los Estados Unidos para deshacerse de
la acusación de unilateralismo. Sin embargo, “que un
puñado de países se asocie a Estados Unidos en una acción
armada no autorizada por el Consejo de Seguridad”, se
advierte en el Manifiesto contra la Guerra de los profesores
españoles de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales
de 19 de febrero de 2003 (punto 11), “no hace dicha
acción menos unilateral, pues el unilateralismo no tiene
que ver con el número de actores sino con la usurpación
de una misión que pertenece a las Naciones Unidas
”.
Volviendo a la cuestión de
la legalidad, hemos de llamar la atención sobre el hecho
de que, al menos en Europa, los portavoces de los gobiernos
implicados parecen haber renunciado a invocar a tal
efecto la legítima defensa. Cabe suponer que incluso
para ellos la doctrina de la “acción preventiva” consagrada
en el documento sobre la Estrategia de Seguridad Nacional
de los Estados Unidos (septiembre de 2002) puede ser
el eje de un nuevo orden hegemónico, pero no una expresión
del Derecho Internacional en vigor. No parece, en efecto,
que Estados Unidos ni ninguna de las “naciones dispuestas”
hayan estado bajo la amenaza de un ataque armado iraquí
inminente, masivo y sin cuartel.
Los alegatos de legalidad
se han concentrado así en la afirmación de que la acción
armada contaba con autorización del Consejo de Seguridad,
aunque para ello ha habido que remontarse al 29 de noviembre
de 1990, cuando el Consejo autorizó a los Estados Miembros
cooperantes con el Gobierno de Kuwait a utilizar “todos
los medios necesarios” a fin de expulsar del Emirato
a las fuerzas armadas de Irak y restablecer la paz y
seguridad internacionales en la región (resolución 678,
par. 2). Según una opinión ya sostenida por algunos
autores norteamericanos e inoculada luego en este lado
del Atlántico a los portavoces gubernamentales afectos
la resolución 687, que el 3 de abril de 1991 dispuso
un cese el fuego, sólo “suspendió” la aplicación de
esta autorización a condición de que Irak cumpliera
una serie de rigurosas condiciones, entre ellas, la
liquidación de su arsenal de armas de destrucción masiva.
En el pasado, Estados Unidos (y Gran Bretaña) no se
habían privado de bombardear Irak invocando el incumplimiento
sustancial de estas condiciones y, ahora, la resolución
1441, de 8 de noviembre de 2002, habría venido a reactivar
la autorización, pues tras referirse al incumplimiento
de las resoluciones anteriores por Irak como una amenaza
a la paz y seguridad internacionales, le concedía una
“última oportunidad”, advirtiendo que de seguir infringiendo
sus obligaciones se expondría a “graves consecuencias”.
Se trata de una argumentación
alambicada y carente de fundamento. La autorización
del uso de la fuerza por la resolución 678 (1990) acabó
con la aprobación de la resolución 687(1991). El cese
el fuego no se estableció entre Irak y los países de
la coalición forjada por Estados Unidos para sacar a
Irak de Kuwait. Fue dispuesto por el propio Consejo
de Seguridad una vez que el gobierno iraquí consintió
expresamente las condiciones que el Consejo imponía.
A partir de ahí era el Consejo y sólo él el llamado
a verificar la observancia de tales condiciones y decidir
las consecuencias de un incumplimiento sustancial de
las mismas. La resolución 1441 (2002) no hizo sino confirmar
–y reforzar- este planteamiento. Ni el tenor literal,
ni la interpretación lógica y sistemática del texto,
ni su objeto y fin en el contexto de la Carta, ni los
trabajos preparatorios, ni las explicaciones de voto,
avalan que esta resolución implicase un levantamiento
de la suspensión de la autorización del recurso a la
fuerza armada por los Estados miembros.
Estados Unidos, Gran Bretaña
o España podían sostener en el Consejo que después de
la resolución 1441, constatada la falta de colaboración
de Irak con los inspectores de la ONU y de la AIEA o
las falsedades y omisiones de sus declaraciones, procedía
acudir a la fuerza armada. Pero sin una una nueva, una
segunda, resolución autorizándola expresamente,
en términos similares a los de la resolución 678 (1990),
la acción armada era fatalmente ilegal.
Conscientes de ello y, asimismo,
de la imposibilidad de obtener en el Consejo una resolución
tan explícita, el bando de la guerra urdió un texto
que se limitaba a declarar que el gobierno iraquí había
desaprovechado su “última oportunidad”. Con esta resolución
se proponían sacar por su cuenta las consecuencias,
esto es, recurrir a la fuerza armada. Al fin y al cabo
se había hablado tanto de la necesidad de una segunda
resolución que el mero hecho de conseguirla podía bastar,
fuera cual fuese su contenido, para confundir a la ciudadanía.
Fue política de la Administración
Bush desacreditar por anticipado los frutos de una inspección
sobre Irak, que la resolución 1441 había justamente
endurecido, y presionar hasta extremos intolerables
a los jefes de la UNMOVIC y de la AIEA y a los miembros
no permanentes del Consejo de Seguridad. El mismo manejo
que se hizo de la voluminosa declaración iraquí sobre
armamento, entregando sólo a Estados Unidos y a los
demás miembros permanentes del Consejo el texto íntegro
y destinando a los demás una versión abreviada y filtrada
atentó contra el principio de igualdad. Con modos altaneros,
el Comandante en jefe exigía del Consejo “determinación”
para la acción, le llamaba a “asumir sus responsabilidades”,
concretadas al parecer en decir amén a las propuestas
americanas¸ advertía que “el tiempo se acababa”
y los Estados Unidos obrarían “con o sin Naciones Unidas”.
Aunque la Administración
Bush no ha conseguido probar relación alguna del régimen
iraquí con los crímenes del 11-S ni con Al-Qaeda,
su prolongada demonización hacía de él un producto macerado
para su masticación por la opinión pública. Ahora, con
Sadam caído, se acude al arresto de Abbu Abbas, el palestino
que en 1985 dirigio la acción terrorista sobre el Achile
Lauro, o de algunos miembros del comando. igualmente
palestino, de Abu Nidal, cuya residencia en Bagdad era
bien conocida, para engañar a la opinión pública con
veteranos de la lucha palestina, sacados de un museo
de cera.
Siendo esto demasiado simplista,
la Casa Blanca debía enlazar el patrocinio del
terror con la “demostrada capacidad y disposición de
Iraq a utilizar armas de destrucción masiva” y el alto
riesgo de que así fuera, mediante un ataque por sorpresa
de las fuerzas armadas iraquíes o facilitándolas a terroristas
internacionales.
Irak fue acusado de contar con una infraestructura
industrial y recursos humanos que podrían aplicarse
a la fabricación y producción de armas biológicas, químicas
o nucleares; de tratar de importar para satisfacer sedicentes
objetivos civiles, productos susceptibles de uso militar;
de haber conservado, oculta, una cierta cantidad de
armas de destrucción masiva, así como algunos cohetes
de alcance superior a los 150 kilómetros, y la documentación
necesaria para su desarrollo; de mantener abierta la
experimentación en todos estos campos...Nada fue probado.
No sólo eso. Algunas de las presuntas pruebas demostraron
ser burdos montajes de la acusación, falsificaciones
groseras que despreciaban las capacidades técnicas
de quienes debían apreciarlas.
En particular, la ventaja que pudo suponer
la ausencia de inspectores desde finales de 1998 para
reiniciar la experimentación y producción de armas químicas
y biológicas no podía ser decisiva teniendo en cuenta
la postración del Estado, el embargo de sus activos,
el control de su comercio, especialmente severo en relación
con los productos de doble uso, la vigilancia y acoso
aéreo a que está sometido desde 1991 por parte de Estados
Unidos y su fiel escudero, Gran Bretaña...Demasiados
obstáculos para ser auténticamente “peligroso”, por
mucho que se quisiera magnificar la capacidad del régimen
iraquí para la ocultación y el engaño, con instalaciones
subterráneas y móviles, y su habilidad para obtener
divisas del contrabando de petróleo hasta tres mil millones
de dólares (en el 2001), esto es, bastante menos del
uno por ciento del presupuesto de defensa de los Estados
Unidos y una cantidad similar a la subvención que del
presupuesto americano recibe anualmente Israel, el
país de la región con mayor volumen de armas de destrucción
masiva.
Al comenzar 2003 Irak, mucho más débil
que en 1991, no era una amenaza creíble para la paz
internacional. Contra lo que se ha dicho por los corifeos
de la guerra, la política de contención y disuasión
había funcionado razonablemente. Irak utilizó armas
químicas en 1988 en sus provincias del norte, contra
los kurdos, y en su guerra con Irán, sin que sus aliados
de entonces (Estados Unidos, Gran Bretaña) levantaran
la voz; pero se abstuvo de hacerlo en la guerra del
Golfo, en la que el eventual recurso a estas armas y
a las biológicas se programó sólo como respuesta a un
ataque nuclear o a un avance sobre Bagdad de las fuerzas
de la coalición conducida por Estados Unidos. En la
guerra actual, que ha durado apenas tres semanas, ni
siquiera el afán de supervivencia del régimen dio con
tales armas en el campo de batalla; ni siquiera fuera
de él, frustrados hasta ahora los esfuerzos de las fuerzas
invasoras de encontrar un rastro que les permita salvar
la cara.
Al margen de la oposición
al proyecto de los otros tres miembros permanentes del
Consejo, el bando de la guerra siempre estuvo en ominosa
minoría y es reconfortante que los miembros africanos
y latinoamericanos no se allanaran a sus presiones.
Corrigiendo precedentes, la mayoría no quiso ahora ofrecer
la mínima excusa para la guerra, con medias palabras
y mirando a otra parte. La mayoría entendía que, aunque
no fuera modélica, la cooperación de Irak con la inspección
se estaba produciendo razonablemente, que la tarea inspectora
estaba produciendo resultados y que la vía adecuada
para producir el desarme iraquí era mantener y, si acaso,
reforzar la inspección. No compartían por lo tanto la
calificación de la minoría sobre el comportamiento de
Irak ni, menos aún, las consecuencias que pretendía
sacar de ello. No estaban dispuestos a considerar a
Irak en su actual situación como una amenaza a la paz
y seguridad internacionales y, en el caso de que lo
estuvieran, no lo estaban para autorizar el uso de la
fuerza armada que, como dispone la Carta, es el último
recurso, una vez que han fallado todos los demás para
alcanzar una solución pacífica.
Cuando en marzo de 2003 vieron
que las cuentas no les salían, Bush y sus acólitos Blair
y Aznar escenificaron su conspiración en las Azores,
retiraron su proyecto de resolución, lanzaron un ultimátum
al mismísimo Consejo de Seguridad y decidieron cargar
sobre Francia (por su veto “irrazonable”, según dijo
Blair) la responsabilidad de la agresión que se disponían
a ejecutar. De acuerdo con su criterio la relevancia
del Consejo estaba vinculada a la renuncia a su posición
central en un sistema de seguridad colectiva y a su
disposición para brindar cobertura -como ya había hecho
en otras ocasiones en los últimos doce años- a las políticas
de los Estados Unidos.
En el camino el bando de
la guerra fue alterando, por otro lado, el objetivo
formal, finalmente enunciado bajo el eslógan “Iraqui
Freedom”. Bush y sus voceros se hartaron de recordar
lo malísimo que es Sadam Hussein y su régimen, con el
que hicieron buenos negocios en el pasado algunos de
quienes más pecho sacan ahora
en la denuncia. Aznar, mal aconsejado, habló y no paró
de la “justa causa” de la acción militar, ignorando
seguramente que así llamó Estados Unidos su bombardeo
de Panamá en 1989, que resultó en varios centenares
de muertos civiles.
La ilegalidad y el crimen
resultantes de la ejecución de la operación armada ha
sido objeto de un sinfín de denuncias, declaraciones
y manifiestos en todo el orbe conocido (en España el
Manifiesto de 19 de febrero de 2003 suscrito por más
de trescientos profesores de Derecho Internacional y
Relaciones Internacionales, puede considerarse expresión
autoritativa del análisis legal aplicado al caso), sin
que ello haya movido una pulgada un discurso oficial
que se ha revelado así, además de zafio, autista. Su
objetivo ha sido crear en los ciudadanos la impresión
de que la legalidad de la guerra es opinable, que afirmarla
es tan plausible como negarla, y jugar con la ventaja
de que el sistema internacional no dispone de mecanismos
judiciales que permitan establecer convencionalmente
la verdad jurídica y los órganos políticos multilaterales
que podrían hacerlo están paralizados por las reglas
de procedimiento, pragmáticos cálculos de intereses
o, simplemente, miedo.
No obstante, si nos atenemos a estándares
profesionales y los aplicamos de buena fe no existe
la menor base para entender autorizado el uso de la
fuerza contra Irak. Aunque el número de quienes sostienen
un determinado punto de vista no determina necesariamente
su acierto, la magnitud, contundencia, implantación
geográfica y pluralidad ideológica de quienes sostienen
esta conclusión condena al bando de la guerra, condena
que las manifestaciones multitudinarias en muchos países
han transformado en social. Quienes acusan a Sadam de
infringir las resoluciones del Consejo han acabado actuando
con el mayor desprecio de la Carta, usurpando funciones
que no son suyas. Quienes se ufanan de representar el
rule of law en un Estado democrático no han tenido
empacho en prescindir de él en el ámbito internacional,
donde por lo visto su primitivismo y simpleza afloran
espontáneamente.
La credibilidad del Consejo
salió reforzada ante la opinión pública por su negativa
a cohonestar la política agresiva de los Estados Unidos
y sus clientes. Pero la consumación de la agresión crea
una situación vidriosa. Ha de descartarse, desde luego,
que el Consejo condene siquiera simbólicamente a los
agresores. Basta leer la resolución 1472, aprobada el
28 de marzo de 2003, que trata de hacer frente a la
“fase de emergencia” del programa “Petróleo por Alimentos”
originada por las “excepcionales circunstancias” que
vive Irak y requiere a “las partes concernidas” a cumplir
estrictamente las reglas del ius in bello. La
mayoría de sus miembros consideran que ya han hecho
bastante no permitiendo que Estados Unidos y sus adláteres
se cubran con una resolución a la medida. Si alguno
tuviera la audacia de presentar un proyecto condenatorio,
no tendría la mayoría requerida y, de tenerla, Estados
Unidos y Gran Bretaña opondrían su veto. Incluso en
la Asamblea General no abundarán las delegaciones dispuesta
a dar testimonio de fe. El mismo Secretario General
de las Naciones Unidas, que llamó la atención sobre
la ilegitimidad de una acción armada sin autorización
del Consejo, se ha abstenido luego de condenar siquiera
la agresión, preocupado con buscar espacios para las
actividades humanitarias de la Organización.
Todos desean, pues, en este
orden político pasar página. No obstante, no puede decirse
sin más que ahora el legitimismo de la Carta ha de acomodarse
a la efectividad de la ocupación anglosajona. Irak en
la práctica es hoy sólo una población sobre un territorio
sin gobierno propio, bajo una ocupación ilegal extranjera;
pero formalmente sigue siendo un Estado soberano, con
relaciones diplomáticas y membresía en numerosas Organizaciones
Internacionales, lo que hace enormemente difícil discernir
su representación exterior. Hay, por supuesto un procónsul
designado por la potencia ocupante, pero el carácter
ilegal de la ocupación imposibilita reconocer a las
personas que designe como representantes de Irak. La
potencia ocupante tiene como tal obligaciones
derivadas de la situación de ocupación, pero
su cumplimiento no legitima la situación misma. En este
orden de cosas cabe preguntarse sobre qué base legal
la potencia ocupante está procediendo a la detención
de iraquíes (políticos, científicos) a los que no se
considera prisioneros de guerra.
Es obvio que en un Consejo
que desea dar por consumados hechos en cuya valoración
jurídica no puede entrar eficazmente y quiere afirmar
el papel de la Organización en la “reconstrucción” de
Irak, los objetivos deben ser recuperar la aplicación
de las resoluciones vigentes y adoptar otras nuevas
para “hacerse cargo” del país, administrándolo integralmente
como se ha hecho en Kosovo, hasta que puedan armarse
instituciones locales auténticamente representativas.
Sólo así podría limitarse el daño ya infligido y controlar
los beneficios del crimen, haciendo realidad el compromiso
del Consejo con la libre determinación del pueblo de
Irak, su integridad territorial y la soberanía sobre
sus recursos. Pero esto es impensable con la Administración
Bush en Washington. Será, en cambio, volver al camino
de los malos precedentes aceptar en las actuales circunstancias
las tareas que conviene a la Administración Bush multilateralizar,
como por ejemplo el orden público o el programa humanitario,
o levantar incondicionalmente las sanciones en vigor,
desmontando con ello el programa Petróleo por Alimentos,
una palanca de “efectividad” real en manos del Consejo,
como quiere Estados Unidos para beneficiarse de sus
recursos. Esto supondría no sólo cohonestar el crimen,
sino compartir el pesado fardo del criminal, cuya presencia
en Irak puede hacerse con el paso del tiempo más y más
costosa. [^
SUBIR]
Un
Derecho Internacional universal, una sociedad institucionalizada
y democrática
En último término, a los
Presidentes de Estados Unidos el mundo les trae
sin cuidado cuando el mundo no está dispuesto
a seguir a América. El unilateralismo
de los Estados Unidos y su pretensión de permanecer
por encima de leyes cuya observancia exige a los demás
ha arruinado hasta ahora su vocación de liderazgo y
expande la sospecha sobre cualesquiera
clase de planes y proyectos que se presentan bajo sus
auspicios. El listado de decisiones que testimonian
su aspiración al ejercicio solitario y no solidario
del poder es largo.
Esta cerrazón acumula interrogantes
sobre la universalidad del orden de nuestra sociedad
que el paradigma de Huntington pone en duda arguyendo
la radical discrepancia de valores esenciales de las
diferentes civilizaciones; universalidad realmente problemática
por la oposición de los países capitalistas desarrollados
a modificar el status quo para implantar un nuevo
orden más representativo y, por lo tanto, más plural,
e igualmente protector de los intereses de todos los
grupos principales de Estados. Organizaciones internacionales
como las Naciones Unidas podrían acabar, si no rompiéndose,
por la inercia de supervivencia de toda Organización,
sí desvanecidas, sustraída su energía por asociaciones
informales y regionalismos fraccionalistas, muy lejos
de esos otros regionalismos que, aplicados al principio
de subsidiariedad, son el mejor complemento de una Organización
mundial.
Hace cincuenta años los pueblos
de los países que hicieron frente a las potencias del
Eje se manifestaron resueltos "a preservar a las
generaciones venideras del flagelo de la guerra...,
a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del
hombre..., a crear condiciones bajo las cuales puedan
mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones...del
Derecho Internacional (y) a promover el progreso social...dentro
de un concepto más amplio de la libertad". Al cabo
de medio siglo, si colocamos el registro histórico como
una transparencia sobre el fondo de estos propósitos,
sería injusto salvar a la ONU sólo porque, sin ella,
todo habrá ido peor. De hecho, la Organización -a pesar
de las interesadas denuncias de despilfarro y de la
escasa diligencia contributiva de sus miembros- ha sacado
un partido considerable de recursos escasos, supo trascender
a lo que inicialmente fue una coalición de vencedores,
animó un proceso de descolonización, puso en marcha
planes y estrategias para el desarrollo económico, social
y humano, a menudo mal apreciados, hizo una notable
aportación a la codificación y desarrollo progresivo
del Derecho Internacional y -sobre todo- aprendió a
ser universal, renunciando a los parámetros de civilización
que con anterioridad habían emboscado en clave de valores
las técnicas de la dominación sobre lo que luego hemos
llamado el mundo en desarrollo, la única oportunidad
para muchos de tener una voz –incluso un voto- en problemas
que afectan a la comunidad internacional en su conjunto.
Ahora, cuando despega un
nuevo siglo, debiera entenderse que el universalismo
de la sociedad y del Derecho Internacional es irreversible,
que la transformación del mundo en el orden tecnológico
y la interdependencia creciente de sus componentes hacen
inviables las sociedades particul |