CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año I - Número 2 - Septiembre 2003
Ensayos

Investigaciones
en curso

Estados
de la cuestión


Números
anteriores

Instituto

Fundación
EL ESTADO DEL ARTE DE LA SEGURIDAD URBANA. [1]

Lucía Nieto Huertas

INTRODUCCIÓN

I. LA ACTIVIDAD CRIMINAL. Manifestación de múltiples factores.

II. CIUDAD, VIOLENCIA Y SEGURIDAD. Referentes para la discusión.

III. ENFOQUES ACTUALES DE INTERVENCIÓN EN SEGURIDAD URBANA. De la “multifactorialidad” explicativa del fenómeno desencadenante de inseguridad urbana a la necesaria “multisectorialidad” en la intervención pública.

IV. LECCIONES DE EXPERIENCIAS PREVIAS. Una mirada crítica a estrategias de Seguridad Urbana implementadas en ciudades de Estados Unidos.

V. EL TERRORISMO URBANO. Nuevos retos a la seguridad urbana.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Sitios Internet

BIBLIOGRAFÍA AMPLIADA


NOTAS


INTRODUCCIÓN

La condición para que una ciudad tenga legitimidad es que sus habitantes se sientan bien, seguros y felices. La muerte de una ciudad pasa invariablemente por su abandono progresivo y su deserción. Y las responsables de esa huida son la criminalidad, la violencia y la inseguridad (Bruneau, 1998).

La seguridad de las personas y en especial, la percepción que se tiene por parte de los ciudadanos, es uno de los factores principales del mayor o menor grado de satisfacción, credibilidad y/o adhesión al Estado. Cuando la ciudadanía percibe su ausencia o insuficiencia, la realidad y el entorno social cotidianos se viven como una amenaza; el temor y el miedo se convierten en elementos de aislamiento y desolidarización y la noción y la práctica de lo comunitario se pierde.

La percepción cristaliza el conjunto de miedos de la población  y deriva de una impresión de abandono, de impotencia y de incomprensión frente a crímenes impactantes o frente a la multiplicación de pequeños actos de delincuencia o de vandalismo. Esta percepción en razón de su carácter emocional conlleva a una amplificación de los hechos, a campañas de rumores confundidas con informaciones y a conflictos sociales. Y conduce a un clima que pone en tela de juicio los fundamentos democráticos (Vanderschueren, 200_). La percepción/sensación de inseguridad de la ciudadanía es tan importante como el nivel de criminalidad, en efecto, una persona modifica su comportamiento y hábitos según su percepción sobre el riesgo de ser victimizado. Una sociedad presa del miedo es incapaz de vivir en libertad, dado que se pierde el espacio público donde esa libertad debe ejercerse y todo extraño es considerado un sospechoso.

Actualmente las aproximaciones teóricas a la delincuencia, la violencia y la criminalidad pretenden ir más allá de las visiones tradicionales en las que las diversas alternativas de abordaje de la problemática estaban orientadas según un diagnóstico de las "causas", elementos que poco a poco en la medida en que han sido sometidos a investigaciones más rigurosas e incluso por el propio carácter de las manifestaciones delictivas actuales se han ido desvirtuando. Diversos autores sea desde la perspectiva de la criminalidad, la seguridad o de las decisiones de política pública como campos teóricos,  se refieren a la necesidad de analizar más que las causas, los factores que pueden favorecer o no la aparición de un hecho delictivo, pretendiendo superar la visión positivista del problema. 

Así entonces se busca identificar factores "predisponentes" que tienen que ver con carencias vitales, educativas, alimenticias y habitacionales considerando en éstas últimas no solo los aspectos de la vivienda sino también lo referido al espacio público.  Este es un panorama a la vez complejo y rico, que va más allá de las causas eficientes o determinantes a modo de única causa y, adopta la forma de una serie de circunstancias que al estar presentes o no en un determinado momento, favorecen la aparición de conductas delictivas.

La presente revisión aborda las discusiones más actuales en el tema de la Seguridad Urbana como problema público y se vale para su elaboración de la revisión de documentos de política pública y de los desarrollos alcanzados en el tema por diversos autores y expertos de cuyos escritos se extraen apartes de acuerdo con el aspecto específico que se esté tratando.

De manera introductoria a la discusión se señalan los factores asociados con la actividad criminal, una vez identificada la problemática, se da paso a la revisión de los conceptos, revisión que da cuenta de la forma en que actualmente se está comprendiendo y analizando la criminalidad en las ciudades, análisis y reflexiones que se construyen desde la mirada que se hace a la difícil situación por la que están atravesando muchas ciudades latinoamericanas en este sentido. La problemática desborda las capacidades de acción de las autoridades y obliga a la exploración de alternativas novedosas y a la identificación de experiencias de diversas ciudades que han logrado introducir formas alternativas de gestión de la seguridad urbana, y es precisamente desde esas experiencias que se extraen los modelos que se presentan en la sección que aborda los enfoques actuales de intervención.

Pero intervenir en este campo siempre tiene costos y las experiencias no pueden “transportarse” sin sopesar efectos positivos y negativos, riesgos y beneficios, condiciones y alternativas, es por eso que se dedican unas líneas a una mirada crítica que invita al lector a no dejar de considerar las lecciones aprendidas de experiencias aplicadas.

Un escrito que presente las discusiones actuales sobre seguridad urbana no puede cerrarse sin mencionar una situación que cada día afecta a los habitantes de las ciudades con mayor frecuencia y contundencia, se trata del terrorismo urbano, lo aquí expuesto dado el carácter del presente escrito es solo un abrebocas que no pretende simplificar un problema de tan grandes magnitudes y efectos, agotar la temática, y mucho menos, presentar la “fórmula mágica” para su abordaje. [^ SUBIR]

I. LA ACTIVIDAD CRIMINAL. Manifestación de múltiples factores [2].

Nadie debiera arrogarse la verdad teórica en materia de criminalidad: el delito es un fenómeno complejo, variante y policausal. Las variables asociadas con la evolución de la actividad criminal pueden agruparse en factores, según su naturaleza y modo de operar sobre el nivel del delito, como se expone a continuación:

1. Factor socioeconómico: los incentivos. La literatura ha comprobado que los ciclos económicos, el desempleo en grupos vulnerables (hombres jóvenes de nivel socioeconómico bajo y -fundamentalmente- la desigualdad social son variables fuertemente asociadas a aumentos o disminuciones en el nivel agregado de delito. Estas variables obran como incentivos o desincentivos de la actividad criminal. Contrariamente a la creencia difusa, la pobreza no constituye una causa directa de la delincuencia.

2. Factor demográfico y socio cultural. Dentro de este factor se ubican variables que operan como incentivos –grado de urbanización y cantidad de hombres jóvenes. Y variables que obran como barreras de ingreso a la actividad criminal: familia, escuela y comunidad. En efecto, dado que el crimen es un fenómeno típicamente urbano, incrementos bruscos de urbanización y migraciones internas se encuentran fuertemente asociados con incrementos en las tasas de delitos. Las situaciones de exclusión social debidas a la cesantía o a la marginalización prolongada, al abandono escolar o al analfabetismo y a las modificaciones estructurales de la familia, parecen ser factores que se encuentran frecuentemente entre las causas sociales de la delincuencia. Aunque ninguno de estos factores constituye por sí solo una explicación satisfactoria.

Distintos estudios sobre el perfil del victimario han llegado a la misma conclusión: el delito es una actividad que involucra mayoritariamente  a hombres jóvenes, quienes constituyen el principal grupo de riesgo o vulnerable. Es por ello que incrementos en la proporción de hombres jóvenes sobre el total de la población coinciden con periodos en donde se observa un incremento en la tasa de delitos. Así mismo, dado que la familia constituye el primer ámbito de socialización de un individuo, donde se forjan hábitos y se internalizan valores a lo largo de los años más importantes para la inserción social del individuo, diferentes estudios han marcado la estrecha relación entre el incremento de la delincuencia –juvenil, principalmente- y la desintegración de la familia –medida Vg. por el porcentaje de hogares monoparentales-.

En el mismo sentido, la educación formal es uno de los pilares para la prevención de la criminalidad pues es otra de las instituciones básicas de socialización. En función de ello, periodos en donde se observa un deterioro marcado de la educación son periodos donde se produce un incremento en la delincuencia juvenil. Finalmente, el tipo de urbanización y los valores y normas compartidas por la sociedad también inciden en la criminalidad.

3. Factor institucional: los riesgos y los costos. El Estado interviene sobre la sociedad (sistema de seguridad) en orden a proteger la vida, libertad y propiedad de su población y garantizar el orden público. Al intervenir, desde la perspectiva de la economía del crimen, está imponiendo riesgos y costos al accionar criminal. En efecto, un individuo incentivado a cometer delitos (factor socioeconómico y demográfico), y sobre el que existan frágiles barreras de ingreso a la actividad criminal (factor socio-cultural) para operar deberá sortear los riesgos (policía) y costos (justicia y cárcel) que impone el Estado al proteger los derechos de los ciudadanos. Es evidente la responsabilidad institucional dada la inadecuación del sistema de justicia penal (policía, justicia y cárceles) a la delincuencia urbana y a su crecimiento.

4. Factores que se refieren al entorno urbano y físico. Entre las causas ligadas al entorno, señalamos la urbanización incontrolada, la carencia de servicios urbanos, la ausencia del concepto de seguridad en las políticas urbanas, el surgimiento masivo de espacios semi-públicos (mall, estaciones, etc.), la promiscuidad y la ilegalidad de barrios trasformados en zonas bajo el control de pequeñas mafias locales. Finalmente la libertad de portar armas o el tráfico de armas ligeras que surge como consecuencia de guerras civiles o de conflictos en países limítrofes acrecientan los niveles y la gravedad de la delincuencia.

El crecimiento de la delincuencia urbana en muchas de las grandes ciudades del mundo durante los últimos 20 años ha llegado a constituir un problema serio. En los países del Norte, en los centros urbanos de más de 100.000 habitantes la criminalidad, en particular la pequeña delincuencia, ha crecido en entre el 3 y el 5% anual durante los años 70 a 90. A partir de los años 90, debido a políticas de prevención y de refuerzo de aplicación de la ley, la tasa de criminalidad urbana ha empezado a estabilizarse con excepción de la criminalidad de los jóvenes (12-25 años) y en particular la de los menores (12-18 años). Esta criminalidad se ha vuelto siempre más violenta y la edad de ingreso en la actividad delictual ha disminuido de 15 a 12 años.

En los países del Sur, a partir de los años 80, la criminalidad común ha crecido y tiende a aumentar hoy en día, mientras, la violencia de los jóvenes crece de manera exponencial. Fenómenos como los niños de la calle, el abandono escolar y el analfabetismo, la exclusión social masiva, el impacto de las guerras civiles y el comercio ilegal de armas ligeras han acentuado este proceso.

Este aumento de la criminalidad se desarrolla en un contexto caracterizado por una parte por el crecimiento del tráfico y del abuso de drogas. Por otra parte coexiste con la globalización de la criminalidad organizada que contribuye a inestabilizar regímenes políticos, a incrementar los efectos de crisis económicas, como en Asia o en México en la década de los 90, y que incorpora algunos jóvenes delincuentes como mano de obra poco costosa. [^ SUBIR]

II. CIUDAD, VIOLENCIA Y SEGURIDAD. Referentes para la discusión.

Para entender el problema de la seguridad urbana se hace necesario comprender el espacio en el cual la mayor parte de las personas desarrollan sus actividades sociales, laborales, de esparcimiento, en general, el lugar donde los hombres viven su cotidianeidad. El historiador L.W Mumford nos muestra una acertada visión de la ciudad vinculada al tema de seguridad, planteando que la ciudad surge como un refugio, respecto de la inseguridad que representa lo externo "extramuros" simbolizado como un "otro" hostil; la ciudad es entonces el escenario en el cual se despliega el orden, la norma, en virtud de las cuales los individuos se amparan para desarrollar sus potencialidades.

En el caso de América Latina, desde principios de siglo se produce una explosión urbana proceso en el cual se destruyen antiguas y tradicionales formas de asentamiento junto con la pérdida de las formas de relación e interacción de los migrantes (desplazados), quienes deben adaptarse a un estilo de vida nuevo y que en muchos casos resulta claramente hostil. Así, nuevas redes urbanas se gestaron rebasando los antiguos límites administrativos, creando "regiones metropolitanas" que absorbieron a los municipios o ciudades vecinos, esto aceleró la disolución de los modelos básicos o tradicionales.  Frente al dilema que hoy viven las ciudades en Latinoamérica, entre el desarrollo y la pobreza, entre la modernidad y la tradición, ha ganado terreno la inseguridad de la vida urbana. Nuestras ciudades han perdido homogeneidad. La desintegración se aprecia en grupos de población no integrada e inmovilizada en barrios y atrincheramientos, fenómeno que partió siendo un patrón de conducta de los sectores acomodados y que hoy se encuentra altamente difundido por todo el estilo de vida urbano [3].

La segregación, tanto social como espacial, la heterogeneidad y la compleja red de interrelaciones son atributos de la ciudad que imprimen un ritmo de vida acelerado al hombre urbano; condición que lo hace desconocer, o más bien, no apreciar a cabalidad el mundo que le rodea estigmatizando infundadamente personas, territorios y actitudes que le son ajenas y a las cuales les otorga un sesgo intimidatorio contra sus patrones egocéntricos. En ese marco, la valoración del otro como un enemigo facilita la respuesta violenta como una forma legítima de autodefensa.  La ciudad que nos alberga se ha desdibujado en un sinnúmero de rincones y trincheras de determinadas clases sociales que se encastillan en espacios territoriales defendibles.

Las consecuencias de la inseguridad urbana pueden agruparse básicamente, como se propone en el “Documento de Referencia” del Programa Ciudades más Seguras [4], de la siguiente manera:

- Percepción de inseguridad generalizada con el consecuente abandono y deterioro de los barrios, que conduce a la “arquitectura del miedo”, a la estigmatización de barrios y al retraimiento de las inversiones en ciudades consideradas “peligrosas”, pero también más positivamente al surgimiento de nuevas practicas urbanas de protección comunitaria.

- Impacto de la inseguridad en los sectores pobres. Si bien todos los grupos sociales se ven afectados por la inseguridad, las investigaciones muestran que la violencia urbana daña mayormente a los sectores pobres porque tienen pocos medios para defenderse de ella, y sobre todo porque la inseguridad quiebra su capital social e impide su movilidad en particular la de los jóvenes.

- Aumento de los costos de la seguridad.

- Desarrollo masivo de las empresas privadas de seguridad. 

- La generación de nuevos enfoques en la estructuración de las políticas de seguridad ciudadana que se mueven de la represión a la prevención. En la tendencia que privilegia la prevención, sin dejar de desarrollar acciones represivas, han emergido dos enfoques. El primero centraliza la lucha contra la seguridad y hace de los policías los principales actores en esta materia. La segunda, tiende a descentralizar esta lucha delegando esta función sea a las autoridades locales o a instituciones de la sociedad civil. Hay que añadir que en ambos enfoques, las acciones de prevención van acompañadas de reformas de la policía.

Como refiere Rosa del Olmo [5], estamos ante una de las manifestaciones más importantes del deterioro de la calidad de vida de los habitantes de las ciudades contemporáneas. La citada autora realiza en su escrito una interesante aproximación tanto a la violencia urbana como a la inseguridad ciudadana. Con referencia a lo que se entiende por “violencia urbana” parte de considerar que si bien se ha intentado demostrar el inmenso abanico de posibles definiciones y significaciones del término, lo cierto es que en el momento actual la violencia se asocia casi exclusivamente con el fenómeno de la criminalidad en su dimensión individual. Así es frecuente que se defina de la manera siguiente: "El uso o amenaza de uso de la fuerza física con la intención de afectar el patrimonio, lesionar o matar a otro o a uno mismo" (Briceño-León, 1997). Pero además es común que se ubique en un escenario urbano. En el caso de América Latina, esta precisión es muy pertinente ya que una de las características ha sido la urbanización acelerada, dando lugar a que la mayor parte de la población se concentre en las ciudades (De Roux). 

Aun cuando un análisis más exhaustivo llevaría a constatar su presencia en una serie de sucesos que van más allá de esta dimensión individual, el incremento vertiginoso, a partir de la década de los 80, en las principales ciudades de América Latina, de la relación violencia/criminalidad y especialmente la criminalidad violenta, ha llevado a que adquiera prioridad este aspecto.

Todo lo dicho explica que sea común hoy en día la referencia a la llamada violencia urbana, a pesar de ser también un tema nada sencillo de precisar, salvo que se desarrolla dentro del marco de la ciudad. Más allá de los índices de homicidios destacados por la OPS, una serie de especialistas han señalado la velocidad sin precedentes con que vienen extendiéndose en el ámbito urbano las violencias de carácter social y delincuencial (De Roux; Carrión; Camacho Guizado/Guzmán Barney, 1990), especialmente a partir de la década de los 80. A su vez, su crecimiento y transformación ha hecho de este fenómeno uno de los más actuales e importantes de la ciudad contemporánea, convirtiéndose en el principal problema y en la primera causa de muerte. No hay que olvidar que las ciudades son escenarios de relaciones múltiples y variadas donde los conflictos inherentes a la vida social pueden expresarse en forma abierta e incluso convertirse en actos de violencia cuando no se logran resolver pacíficamente (De Roux).

El término "seguridad" tiene un sinnúmero de acepciones en la vida cotidiana de las personas, también lo tiene en ámbitos académicos, políticos, gremiales y empresariales. Sin duda que es un término muy laxo pero que cuando se le adosa un "apellido" tiende a clarificarse aunque no del todo. Así entonces, se asume que el concepto de seguridad puede ser definido como el conjunto de condiciones en las que el riesgo ha sido reducido al mínimo nivel tolerable. Aplicado al Estado, la seguridad del Estado hace referencia al conjunto de condiciones y factores en que la situación política, económica, social e institucional de un país se encuentran en el mínimo nivel de riesgo posible. Y aplicado al ciudadano, la seguridad hace referencia al conjunto de condiciones y factores en el que el ejercicio de los derechos y las libertades ciudadanas se encuentran en el mínimo nivel de riesgo posible.

El interés aquí es poder centrar la atención en la composición conceptual denominada "seguridad urbana", para lo cual es necesario rescatar el sentido básico de la seguridad como una condición humana y también el sentido de desenvolverse en un ambiente determinado, la ciudad. Cabe resaltar que esto además implica tomar las distintas acepciones de "seguridad ciudadana", concepto que aparece como más amplio y que considera en su seno al primero.

En este sentido el escrito de Del Olmo realiza un aporte interesante, la autora nos menciona como en estrecha relación con la preocupación por la violencia urbana, y de manera particular con la criminalidad violenta, se observa en los años 90 el surgimiento del debate sobre la (in)seguridad de los habitantes de las ciudades de América Latina. La palabra "seguridad" en sí misma es problemática por las diversas interpretaciones que se han hecho de ella, más aun cuando se le han añadido los más diversos adjetivos como por ejemplo "personal", "individual", "pública", "urbana", "ciudadana", "humana", etc., sin olvidar la importancia que tuvo en los años 80 la llamada "seguridad nacional" y en la actualidad la vinculación de la seguridad ciudadana con la democracia como forma de gobierno (González Placencia; Comisión Andina de Juristas, 1999; Del Granado; Bernales Ballesteros; etc.).

Todo parece indicar que la tendencia predominante es la aceptación del término (in)seguridad ciudadana, a pesar de ser poco comprendido y tener en América Latina un origen diferente al de los países desarrollados, siendo su objeto central reducir los niveles anteriores de arbitrariedad de parte de las fuerzas de seguridad para evitar que se conviertan en una amenaza a las recién nacidas democracias (Bernales Ballesteros).

El seguridad ciudadana se refiere a la tranquilidad o confianza que indica que “no hay peligro que temer”, es ante todo un derecho al que le corresponde un deber, la seguridad material constituye uno de los pilares sobre los cuales se asientan las relaciones entre los gobernantes y los gobernados y se constituye en uno de los aspectos fundamentales como fuente de legitimidad de un sistema político. Esta aproximación a la seguridad referida al ciudadano hace que además de atender las amenazas externas reconocidas contra la integridad del ciudadano y la sociedad, se establezcan formas institucionales de aproximación a la estructura de las relaciones sociales. Abordar así la cuestión de la seguridad ciudadana tiene un gran sentido democrático, lo que significa que se persigue el objetivo de lograr el necesario punto de equilibrio entre la libertad y la seguridad. En otras palabras, lograr que la acción de las agencias oficiales del sistema de control policial-penal se desarrolle alcanzando los grados de eficacia que la ciudadanía reclama, pero a partir del fortalecimiento del Estado de derecho [6] (Nieto Huertas, 1997).

Retomando el escrito de Del Olmo, la autora señala el hecho de las numerosas ocasiones en que se ha planteado lo difícil que es definir la seguridad ciudadana por las diversas connotaciones objetivas y subjetivas que encierra, no obstante la que se admite de manera más general es la definición presentada por Delgado Aguado y Guardia Maduell: "la protección del normal funcionamiento de las instituciones democráticas, la defensa del ciudadano ante la criminalidad en cada una de sus facetas y tipologías, la defensa de los ciudadanos ante la corrupción y otras formas de actuaciones asociales que puedan impedir o dificultar el normal desarrollo y disfrute de los derechos fundamentales de la persona". Implícito en esta definición está el derecho que tiene todo ciudadano a obtener y a exigir del Estado las garantías de una convivencia pacífica. A su vez, estos autores coinciden con una serie de especialistas cuando expresan que la seguridad ciudadana está actualmente sometida a una doble dimensión, que opera en la realidad como valores integrados. Por una parte la dimensión objetiva que contempla los hechos de violencia conocidos (ya que existe también la cifra negra) y la dimensión subjetiva, expresada en las vivencias y sentimientos personales. Esta última tiene un peso muy importante en la configuración del fenómeno de la percepción de la seguridad ciudadana y de su representación social.

No se pretende analizar a fondo la dimensión subjetiva de la inseguridad ciudadana, porque se trata de un tema demasiado complejo, pero es importante destacar la construcción imaginaria de carácter mitológico que la población hace de su vivencia respecto al estado de seguridad, y como depende más del campo de sus experiencias personales, directas o indirectas que pueden tener en torno de una posible victimización, que de la realidad de un entorno concreto. De ahí que el miedo, o la sensación de inseguridad, puede ser concreto, pero normalmente es confuso, profuso y difuso ya que afecta al nivel de las emociones. Por otra parte, en los últimos años se ha generado una conciencia colectiva de inseguridad creando una auténtica construcción social de que la vida cotidiana está llena de riesgos. De esta manera, tal como señala Adorno: En un espacio de 30 años hemos transitado de una crónica del delito como excepción a una crónica del delito como cotidianidad... las imágenes de pureza son sustituidas por las de peligro permanente e inminente.

Así las cosas, se explica que uno de los problemas más sentidos por la población sea el de la inseguridad y concretamente el del miedo a la delincuencia, tal como lo revelan las encuestas de opinión que se realizan periódicamente en diversas ciudades. Esta percepción se ha convertido en un problema en sí mismo no solo por la posibilidad de constituirse en un fuerte obstáculo para la convivencia pacífica y la solidaridad ciudadana, sino por su capacidad de generar una espiral de violencia, ya que el temor hace que la población pida mayor represión y justifique los excesos e ignore la importancia del respeto a los derechos humanos y a la gobernabilidad democrática. En otras palabras, la construcción del peligro social inminente puede ser utilizada por gobiernos autoritarios para justificar, en determinados momentos, mayores restricciones a los derechos individuales de los habitantes de las ciudades.

A todo este cuadro se añade el papel que pueden jugar las fuentes de información en la construcción de la dimensión subjetiva de la inseguridad ciudadana. Existe por una parte la más directa como es la experiencia personal, y por lo tanto la más marcada por el fenómeno de la subjetividad. A su vez el relato y los comentarios de terceras personas pueden dar lugar al fenómeno del rumor con sus consecuencias negativas en la opinión pública por la falta de precisión en la información. Pero la fuente de máximo alcance la constituyen los medios de comunicación, cuya responsabilidad es capital en la creación del pánico urbano y en el incremento de los miedos e inseguridades presentes en el imaginario colectivo. En este sentido, el concepto de "alarma social" llega a guiar las decisiones que en un momento determinado pueda tomar un Estado en materia de política criminal, por lo cual se ha llegado a incorporar a los medios de comunicación como parte integrante del sistema penal contemporáneo (Issa El Khoury, 1998).

[^ SUBIR]

III. ENFOQUES ACTUALES DE INTERVENCIÓN EN SEGURIDAD URBANA. De la “multifactorialidad” explicativa del fenómeno desencadenante de inseguridad urbana a la necesaria “multisectorialidad” en la intervención pública.

El nivel del delito de una sociedad se explica por la concurrencia e interacción de una serie de factores (socioeconómico, demográfico y sociocultural, institucional y/o del entorno urbano y físico) que promueven o disuaden la actividad criminal. El problema que se presenta a la política de seguridad urbana es, entonces, determinar la manera en que se debe intervenir sobre los factores que operan sobre la actividad criminal, en orden a reducir el nivel agregado de delitos.

Bajo los principios de la democracia la lucha contra la criminalidad y sus causas se basa en la aplicación de la ley para todos, la solidaridad y la prevención dando cuenta de la multidimensionalidad de los fenómenos urbanos, que por reunir factores sociales, institucionales y físico-espaciales tornan especialmente difícil su tratamiento y comprensión.

A continuación se presentan los modelos de intervención que, en la actualidad y a escala mundial, marcan las pautas para el diseño de estrategias de aproximación a la problemática de la seguridad urbana.

III. 1. Las medidas represivas. Estrategia “deseada” por los ciudadanos dada la  inmediatez de sus acciones y lo concreto de sus resultados.

La tendencia que privilegia la represión tiene la ventaja de tener efectos inmediatos que satisfacen la demanda de la opinión pública y las necesidades de eficiencia de autoridades políticas. En efecto, los electores piden más efectivos policiales, más represión y creen ingenuamente que el crecimiento de la población carcelaria constituye una neutralización de los delincuentes. Ejemplos de las tentativas de los gobiernos por reforzar la seguridad a través del uso de la sola represión los vemos en estrategias como el aumento de los efectivos policiales, el aumento de las penas de prisión, la aplicación de teorías represivas como aquella de la “tolerancia cero [7]”, la policía de proximidad o policía comunitaria [8], el toque de queda para menores o la disminución de la edad de responsabilidad penal para los jóvenes.

Es innegable la tendencia creciente de contenidos represivos en las políticas de seguridad urbana, tendencia que conlleva una serie de medidas en el control policial y sobre todo legal y judicial que están significando un recorte de algunos principios básicos del Estado de Derecho y que se justifican con la pretensión de “tranquilizar” a la opinión pública.

En términos generales los contenidos represivos de una política de seguridad urbana consideran acciones que comprometen la policía, la justicia y el servicio penitenciario y que buscan efectos disuasorios. El camino recorrido ha tenido sus beneficios, pero también sus costos e insuficiencias como lo demuestran las cifras. Las políticas represivas han estado construidas sobre mitos equivocados: que el incremento de penas disuade; que a mayor número de detenidos baja la criminalidad y que la detención por sospecha era un arma de control social. Todos estos mitos han caído, como lo indican las mismas estadísticas. Además se sabe que a largo plazo el costo de una política exclusiva de represión es mucho más alto que el de prevención y que los efectos de la represión son eminentemente de corto plazo.

En resumen, no se puede desconocer ni dejar de mencionar la necesidad de este tipo de acciones, ni las novedosas intervenciones que desde el sector público invitan a “unir” a la policía con los ciudadanos, en un intento por “democratizar” las funciones represivas del Estado. Lo que es importante en las discusiones contemporáneas en este sentido, es el cuestionamiento que se hace a estas intervenciones como acciones únicas para el abordaje de la problemática de la inseguridad urbana. Por lo mismo, se asume que la única manera de dar una respuesta adecuada ante el problema de la delincuencia urbana es establecer políticas integrales con acciones represivas y preventivas.

A pesar de que esta  tendencia que combina prevención y represión se enfrenta a mayores dificultades. La primera es la resistencia de los gobiernos a investir en esta materia. Otro obstáculo mayor deriva del cuadro institucional que no permite implementar al nivel de la ciudad acciones preventivas que vayan más allá de una acción de ONG. No pocas ciudades que han iniciado políticas de prevención se ven enfrentadas a la carencia de medios legales y financieros para hacerlo. Hay que añadir que en ambos enfoques, las acciones de prevención van acompañadas de reformas de la policía.

Es pertinente en este espacio dedicar unas líneas a esbozar el nuevo modelo de actuación policial basado en las tres “P”, de “Partnership”, “Problem Solving” y “Prevention”:

- “Partnership” (asociación) Se basa en la idea de que la policía es más efectiva cuando trabaja en asociación con la comunidad y cuando ella es parte de la comunidad. La policía es más efectiva cuando responde a las necesidades de los ciudadanos y cuando trabaja con ellos en la determinación de las prioridades.

- “Problem Solving” (resolución de conflictos) Se considera que la policía debe trabajar sobre “problemas”, y no esperando las llamadas de emergencia, las cuales se refieren normalmente a incidentes individuales o violencia doméstica. Se tiene que resolver los problemas generados por las llamadas y los que surgen de la calle. 

- “Prevention” (prevención) La asociación con la comunidad y la resolución de problemas son importantes, pero cuando el propósito es el de la prevención, no-solo hay que prevenir el crimen sino también prevenir las víctimas. [^ SUBIR]

III. 2. El enfoque socio-espacial de la Seguridad Urbana. Identificación y manejo de los factores del entorno.

En general las aproximaciones a la seguridad urbana se han hecho considerando la ciudad como un escenario global de prevalencia del delito, tendiendo a olvidar que la delincuencia ocurre en espacios urbanos específicos donde las personas desarrollan su vida cotidiana. Desde principios de siglo, diversos enfoques se han abocado al estudio de patologías en la ciudad, tales como la delincuencia, las perturbaciones mentales y morales, el alcoholismo, la drogadicción y la marginalidad, entre muchos otros, concibiendo a la ciudad como un receptáculo dentro del cual están contenidos los fenómenos sociales, prescindiéndose de la dimensión espacial.

En general, estos enfoques han dado lugar a estudios sectoriales que se desentienden de la lógica general de la ciudad, concibiendo el fenómeno urbano como resultado de la agregación de decisiones individuales, que frecuentemente operan con un tiempo formal, elaborándose análisis ahistóricos que no rescatan la racionalidad y particularismo de las situaciones concretas (CEPAL, 1989).

La aproximación arquitectónica, especialmente la referida a problemas de seguridad residencial, se ha organizado en torno al supuesto explícito o implícito que el reordenamiento de las formas espaciales modifica el comportamiento y las estructuras sociales. Durante las últimas décadas, esta posición parece haberse reforzado por evaluaciones pesimistas y, en algunos casos fatídicas, sobre el desarrollo urbano, presentando a las ciudades modernas como desordenadas, caóticas, irracionales y peligrosas, con lo cual ha sido lógico postular su modificación en base a pautas normativas. Muchas de estas ideas se basan en concepciones utópicas de la ciudad alentadas por un "deber ser", que en la práctica han generado tantos problemas como los que pretendía solucionar.

La sucesiva aplicación, en las ciudades latinoamericanas, de modelos de diseño técnico y diáfano procedentes de “mentes expertas”, han visto sobrepasada su lógica por fenómenos sociales como el delito, que se manifiestan de maneras muy diversas e inesperadas, ocasionando consecuencias muchas veces agravadas por las características de los modelos arquitectónicos implementados.

Uno de los enfoques arquitectónicos [9] considerados clásicos en la actualidad, pese a haber sido formulado hacia principios de la década de los sesenta, está representado por las ideas de Chermayeff y Alexander. Estos autores intentaron ofrecer una respuesta a la crisis terminal que, según ellos, estaba viviendo la ciudad moderna, debido al desarrollo de la cultura de masas y a la erosión del hábitat humano, construido de manera desenfrenada al ritmo incontenible del crecimiento demográfico mundial, provocando una situación evaluada como de desorientación, confusión, terror y anarquía.

Ante este desolador panorama, Chermayeff y Alexander se adscriben a la tesis de la “Planificación global”. Su modelo arranca de la convicción de que "si se reconocen las características deficitarias que posee nuestro actual entorno físico, las tareas de diseño podrían avanzar por un camino más seguro, y posteriores deterioros del hábitat humano podrían ser evitados" (Chermayeff y Alexander, 1963). Estas tesis se orientan a lograr la eficacia en el control de los espacios, sustentando la hipótesis de que cuanto más pequeño es el dominio territorial, más fácil resulta controlar. Surgen, por tanto, como mecanismos eficientes para este fin, la construcción de barreras y esclusas en diferentes niveles de privacidad y escalas de jerarquía urbana. De esta forma se articularían dominios distintos, permitiendo el transito sin romper con las gradientes de privacidad propias de la vida intima y comunitaria.

Un enfoque que contrasta con los esquemas de Chermayeff y Alexander, quienes abogaban por un cuidadoso proceso de ordenamiento jerarquizado del espacio urbano, es el de Jacobs. Su modelo, que se inscribe dentro de las perspectivas de la "Planificación Crítica" y como reacción a la crisis de la ciudad moderna, postula una vuelta a la revitalización de la calle por sobre los grandes espacios públicos, tan propios de los planteamientos modernistas como los de Le Corbusier y sus seguidores. Según Jacobs, la actividad de la calle no puede ser normada, por cuanto las personas la inventan a través de la interacción social. De allí que los espacios de la ciudad deban tener una escala humana, pues constituyen el entorno de aprendizaje y socialización infantil, permitir la vigilancia de los niños por sus padres, facilitar la generación de la vecindad y promover la emergencia de sentimientos de comunidad. En consecuencia, recomienda la construcción de mallas urbanas apretadas con alta densidad de ocupación, espacios públicos de uso múltiple y calles con alto flujo peatonal, que reemplacen las barreras físicas por un control social natural, mediante la conformación de redes vecinales informales (Jacobs, 1961).

Sin desconocer la existencia de una amplia gama de otros enfoques teóricos propios del urbanismo, las antes expuestas reflejan dos posiciones, que han provocado importantes consecuencias, en la producción del espacio urbano en muchas ciudades contemporáneas que, a juzgar por los efectos observados durante los últimos veinte anos, no han demostrado ser eficientes para superar diversos problemas, entre los que se incluye el de la inseguridad urbana.

Hacia los años setenta, un nuevo intento que alcanzó gran difusión entre los diversos especialistas interesados en las dimensiones físico-espaciales de la delincuencia urbana estuvo constituido por la propuesta de Newman. Este autor argumenta que las "definiciones territoriales" constituyen fenómenos observables en toda la historia de asentamientos humanos, traduciendo a nivel social las analogías animales de Ardrey (1966), si bien evita toda alusión directa a ellas (Canter y Stringer, 1978). Basándose en dicho concepto Newman construye su “Teoría del espacio defendible”. Esta propuesta apunta a reducir o eliminar las oportunidades para cometer delitos, a través de la modificación de los factores del entorno que podrían dar lugar a la comisión de crímenes. La teoría del espacio defendible consiste en una orientación en materia de construcción de complejos habitacionales que promueve la vigilancia de los lugares comunes, gracias a una adecuada distribución de los mismos, al uso de monitores de vigilancia y a una buena iluminación.

Su aplicabilidad constituye la condición básica para lograr la protección de los asentamientos modernos, especialmente de aquellos construidos en altura, los cuales adolecían fundamentalmente del anonimato, derivado del gran tamaño de los conjuntos y la escasa posibilidad de vigilancia, derivada de la conformación de tramas laberínticas.

En esos términos, el bienestar de los habitantes depende del establecimiento de límites claros entre los espacios públicos, los semi-privados y los privados. En dicha diferenciación, adquieren gran importancia los semi-privados, representados por las áreas de uso común, vestíbulos o espacios inmediatamente circundantes a las residencias, por asumir un carácter defensivo destinado al uso exclusivo de sus ocupantes, con el propósito de mantener fuera de él a extraños potencialmente peligrosos. Así, el diseño físico-espacial y la vigilancia de la comunidad consiguen un efecto disuasivo, reduciendo la incidencia del delito y, en consecuencia, refuerzan la sensación de seguridad.

La lógica de estos planteamientos influyó considerablemente, tanto en la discusión teórica como en la planificación de nuevos conjuntos y en el rediseño de asentamientos urbanos con alta delincuencia. Sin embargo, las críticas no se han hecho esperar. Algunos insisten en lo inadecuado del "encastillamiento" que significa la aplicación de múltiples barreras para alejar la criminalidad, sin aclarar -en lo absoluto- dónde se relocalizaría el delito (Canter y Stringer, 1978) Otros llaman la atención sobre su causalismo lineal y simplista, ya que la tesis central de Newman, implica que el espacio disuasivo estimula la generación de comunidades integradas que, a su vez, desarrollan acciones de alerta, prevención y represión de la delincuencia, por cuanto el contexto físico diseñado bajo esta propuesta, impulsa a los habitantes a comportarse como dueños naturales de su territorio (Bertrand, 1994).

Por otra parte, autores como Hillier, consideran que el diagnostico efectuado por Newman es acertado, aun cuando sus propuestas de diseño no hayan obtenido los resultados esperados, al estar concebidas basándose en una escala inadecuada que toma como base lo local, en vez de concentrarse en la trama del espacio público global, en orden a evitar la desintegración de la malla urbana (Greene, 1994)

Los tres ejemplos provenientes de la arquitectura, que han considerado el problema de la inseguridad urbana, comparten una deficiencia general que se expresa en el reduccionismo físico-espacial de fenómenos complejos, dinámicos y multidimensionales. Indudablemente, ello se enmarca dentro de un estilo monodisciplinar de trabajo, que ha impedido la elaboración de esquemas de observación más amplios, donde la consideración de variables sociales apenas ingresa como un mero efecto del diseño urbano o en términos de un dominio de posibilidades planificables "desde el tablero".

El sociólogo norteamericano Mark Gottdiener (1994), en una reciente publicación, pretende establecer las bases conceptuales de un “Enfoque socio-espacial” que supere la visión limitada que los urbanistas han otorgado al espacio como mero contenedor de actividades sociales. Por el contrario, el espacio no solo acoge acciones sino que también actúa como objeto significativo hacia el cual orientamos nuestras conductas, constituyéndose en parte de las relaciones sociales, al afectarlas diariamente a través de lo que sentimos y hacemos, con lo cual el autor recoge la relación dual entre gente y espacio, ya formulado con anterioridad. El concepto central para este enfoque es el de "settlement space", que se refiere al espacio construido en el que vive la gente, el cual ha sido significado y organizado de acuerdo a un cierto sentido para acoger tipos de actividades y acciones.

La perspectiva socio-espacial incorpora diversos factores en vez de enfatizar solo algunos, para entender el cambio del espacio habitado. Por otra parte, considera el rol del Estado y la economía como factores que afectan el crecimiento regional y metropolitano, pretendiendo otorgar una visión detallada de las políticas que enfatizan las actividades de individuos y grupos, en el proceso de desarrollo, focalizando las actividades de determinadas redes que forman coaliciones de intereses para orientar direcciones y efectos de los cambios. [^ SUBIR]

III. 3. La prevención del delito [10]. El delincuente, sus formas de actuación y su entorno.

Durante las últimas cinco décadas ha surgido en el mundo desarrollado un conjunto de estrategias que expresadas en políticas de estado, planes nacionales, regionales y locales, o bien mediante propuestas surgidas en ciudades o municipios específicos, han orientado las respuestas mediante las cuales los principales países industrializados vienen enfrentando la inseguridad en las grandes urbes.

Estas iniciativas han sido propuestas en diversos momentos, responden a múltiples concepciones ideológicas, poseen diverso alcance social y han alcanzado resultados disímiles. No obstante todas pretenden prevenir y reducir la frecuencia o limitar la posibilidad de aparición de actividades criminales haciéndolas imposibles, más difíciles o menos probables (Gassin, 1990: 27). A pesar de esta gran dispersión, atendiendo a los fundamentos teóricos de las diversas propuestas, es posible agruparlas en grandes modelos de prevención del delito. Al respecto se han distinguido cinco estrategias que permiten una descripción general de la multiplicidad existente (De la Puente y Torres, 2000).

1. Prevención Social Primaria de conductas delictivas. Este paradigma estructurado desde las teorías clásicas sobre la etiología del delito, según las cuales la acción criminal obedece a un conjunto de factores anteriores a su perpetración, tuvo una generalizada aplicación durante la época del Estado Benefactor en Suecia, Inglaterra, Francia, Países Bajos, entre otras naciones europeas, y en América fundamentalmente en Canadá. Su estrategia básica consiste en que a través de la intervención por parte de los organismos del Estado, se logren disminuir las tendencias delictivas de la población en mayor riesgo, influyendo en sus actividades y comportamientos mediante el diseño e implementación de amplios programas de desarrollo económico - social de largo plazo en materias de educación, salud pública, vivienda, empleo y de recreación para el uso del tiempo libre, privilegiando a la población joven como principal beneficiaria.

La racionalidad fundamental de este tipo de intervención "radica en el supuesto de que el mejoramiento de las condiciones materiales de vida de la población más vulnerable y proclive a cometer delitos contribuyan a neutralizar los factores que originan conductas criminales y que, por tanto, se deben mudar la condición socioeconómica de las personas antes que incurran éstas incurran en un acto delictivo" (De la Puente y Torres, 2001). Se trata entonces de una acción anticipadora de la criminalidad que se orienta a interrumpir la carrera delictiva, que se diferencia de la prevención secundaria y terciaria que se aplican cuando el delito ya se ha cometido.

Las investigaciones orientadas por este modelo en diversos países han mostrado que los factores que ejercen influencia sobre las predisposiciones a la delincuencia serían especialmente: a) los problemas que afligen a la familia de los hijos adolescentes tales como abandono, maltrato e indiferencia de los padres; b) el ausentismo, la mala conducta y el abandono escolar; c) la pertenencia a pandillas o bandas delincuentes; d) el consumo excesivo de alcohol y otras drogas; e) la prevalencia de problemas de personalidad tales como falta de autoestima, de autocontrol, egocentrismo, baja tolernacia a la frustración, deseo de obtener gratificaciones materiales inmediatas; y f) la persistencia de necesidades urgentes que pueden ser satisfechas rápida y fácilmente por medios ilegítimos (Ibid.).

Bajo esta lógica surgió una gran diversidad de medidas de prevención que buscaban identificar potenciales infractores, especialmente entre grupos de jóvenes de menores ingresos, bandas de adolescentes marginales, estudiantes pobres con problemas de deserción escolar e hijos de familias irregulares de alto riesgo social. De esa forma una vez definidos los grupos objetivo, se propone iniciar programas de incorporación escolar y laboral, desarticulación de pandillas, así como también aplicar diversas formas de prevención del maltrato infantil, talleres recreativos o bien estrategias de nivelación educativa, sistemas de becas y reforzamiento en escuelas y centros de formación técnica, entre muchas otras.

2. Prevención Situacional del Delito. El cual se desarrolla originalmente en Inglaterra hacia finales de los años setenta. Su supuesto básico considera la distribución diferencial de los delitos según la particular relación de oportunidades para delinquir. Supone la realización de cálculos racionales por parte del potencial infractor, bajo una lógica estricta de costos y beneficios. Ello derivaría del hecho de que los delincuentes no sólo requieren motivaciones sino también de una disponibilidad y accesibilidad respecto de la selección de blancos alcanzables que están en un momento concreto sin vigilancia o control social. (Cromwell, 1996).

Evitando las complejas disquisiciones respecto de la causalidad del delito, el modelo parte de una concepción pragmática pero que pretende aplicarse a todo tipo de ilícitos, pues asume que cualquier acto antisocial posee una situación y lugar concreto de ocurrencia, de modo que si es posible intensificar los mecanismos de control mediante una amplia gama de intervenciones será posible disminuir las conductas desviadas, pues se han reducido las oportunidades para que ésta se manifieste.

En este caso el viejo refrán "la oportunidad hace al ladrón", se plasma en un repertorio operativo que ha generado numerosas investigaciones especialmente en Inglaterra y EE.UU. y que incluye cuatro máximas: "medidas dirigidas hacia formas específicas del delito; que involucran diseños o intervenciones sobre el entorno inmediato donde ocurren esos delitos; de un modo tan permanente y sistemático como sea posible; como para reducir las oportunidades de cometerlos". (Clarke y Mathew, 1980).

En este modelo el manejo del entorno urbano adquiere particular interés. Desde el enfoque de la prevención situacional se acepta generalmente que la conducta delictiva debe ser entendida como la combinación de la persona y de la situación en que ésta se encuentra. El enfoque de prevención situacional se basa en una reflexión teórica sobre las oportunidades para el delito, considerando el papel que desempeña la situación "precriminal" y las motivaciones del delincuente en éste proceso.  Es importante reconocer que este enfoque a pesar de ser bastante amplio se encuentra limitado para abordar determinadas conductas delictivas, ha demostrado su utilidad más que todo en el abordaje de delitos con objetivos blanco materiales (personas o cosas) referidos a infracciones intencionales (agresiones, robos, fraudes).

Con fines ilustrativos a continuación se detallan algunas medidas de prevención situacional cuyos resultados han sido exitosos:

a) La vigilancia y la detección. Se trata de aquellas medidas concebidas con la finalidad de detectar las señales de una actividad delincuente y aumentar así los riesgos a que se exponen los infractores. Entre las cuales tenemos a modo de ejemplo la vigilancia realizada por determinadas personas (guardias de seguridad, conserjes, conductores de autobuses, vendedores en comercios, vecinos organizados, policías en patrulla); las medidas de vigilancia y detección (cámaras, videos, televisión en circuito cerrado, rayos X, sistemas de alarma, detectores de metales, etiquetas electrónicas, perros); la mejora de la visibilidad de los blancos potenciales y de los accesos a ciertos lugares (iluminación de calles y comercios, supresión de setos que oculten las entradas de las casas de la vista de los vecinos, reorganización de las estanterías de los comercios para suprimir todo lo que pueda obstruir la vista, instalación de las cajas de los comercios en el sector más visible de los mismos, instalación de las mercaderías más caras a la vista de los empleados), etc. 

b) Los obstáculos físicos. Con ellos se pretende reforzar el blanco elegido, rodeándolo de obstáculos materiales, con vistas a hacer difícil -e incluso imposible- la comisión del delito planeado o retardar las operaciones del delincuente. Las medidas más eficaces de esta naturaleza son: los obstáculos al acceso o a la penetración de un edificio (puertas reforzadas, cercas, barreras, rejas, cerraduras, cristales antibalas para proteger a cajeros y vigilantes); la inmovilización del blanco (mecanismos antirobos en los carros o de fijación de objetos, cajas de seguridad); dispositivos destinados a retrasar al delincuente durante su huida (dobles puertas en la salida de bancos, ausencia de puerta trasera en residencias); por mencionar algunos.

c) Los controles de acceso, para impedir las intrusiones, controlar la circulación en un lugar o limitar su entrada a las personas autorizadas pare ello. Tales como los puestos de guardia en la entrada de los lugares (guardias, barreras, cercas); los controles de la entrada a condominios o casas de apartamentos (teléfono, portero o conserje, sistema de entrada con tarjetas magnéticas) y los códigos de acceso (número personal de identificación en los cajeros automáticos de los bancos, contraseña en las computadoras).

d) Las medidas destinadas a desviar al infractor de su blanco. Se trata de medidas que, mediante cambios en el entorno o en las costumbres y trayectos de la víctima potencial, apuntan a reducir la frecuencia de los contactos entre el delincuente potencial y su blanco. Las principales son la organización de trayectos para evitar la convergencia entre delincuentes potenciales y su blanco (reorganización urbana utilizando calles sin salida, vías a sentido único, calles cerradas a la circulación automóvil, parqueos prohibidos, etc.);

e) La eliminación o reducción de los beneficios que pueda procurar el delito, mediante cuestiones como medios de pago sin dinero contante, reducción de las sumas de dinero conservadas en las cajas, limpieza rápida de graffitis y la reparación de propiedades dañadas o deterioradas para quitarles a los vándalos el placer de volver a ver el fruto de su trabajo, etc.

f) El control de instrumentos y objetos que puedan servir para la comisión de un delito. Así: control de armas, eliminación de objetos que puedan servir como armas, incorporación en las tarjetas de crédito o de naturaleza similar de la fotografía de su propietario legítimo, para hacer más difíciles las estafas a través de estos instrumentos y reglamentación de la venta de instrumentos (tales como los potes de pintura dotados de un vaporizador) que puedan servir a los autores potenciales de actos de vandalismo.

Varias de las medidas que propone el enfoque situacional, implican costos que sólo una parte de la población puede asumir. Se corre así el riesgo de aumentar la fragmentación social, estableciendo diferencias entre quienes pueden proveerse de seguridad por cuenta propia y quienes carecen de esa posibilidad. En consecuencia, se produciría un desplazamiento del accionar criminal hacia los sectores menos favorecidos (aunque cabe indicar que hay medidas que pueden ser abordadas en forma comunitaria o con el auxilio de las autoridades locales). Los críticos de este enfoque sostienen que muchas medidas situacionales incrementan la sensación de inseguridad, al brindar evidencia de una ciudad o barrio prevenido, reforzado, sitiado; además de aumentar las distancias sociales y promover el aislamiento y la segregación social. [^ SUBIR]

3. La Prevención Multi-agenciada del Delito. El desarrollo de este modelo comenzó en los años setenta en Suecia y Canadá, a partir de la conformación de consejos de prevención de la delincuencia que procuran la generación de un amplio espacio social para la participación de una diversidad de actores. Estas ideas también se han aplicado en países como Finlandia, Noruega, Dinamarca, Francia e Inglaterra, en décadas recientes.

En la mayoría de los casos donde esta concepción se ha utilizado, se ajusta a la idea fuerza de "responzabilización ciudadana" para la prevención y disminución de la delincuencia, involucrando diversos agentes sociales en procesos descentralizados que logren superar el verticalisno estatal y los vicios de las soluciones individuales mediante los mecanismos de mercado (De la Puente, Torres 2000). Se trata entonces de evitar uno de los grandes vicios generados por el Modelo Situacional que ha favorecido la conformación de áreas segregadas mediante la agregación de iniciativas individuales de prevención, lo cual propendería a crear nuevos peligros (Bottoms, 1990).

Bajo estos parámetros se intenta favorecer la formación de multiagencias entre el Estado y ciudadanía, "....que incluyan una asociación entre la sociedad civil, la policía y, especialmente, a las autoridades locales que constituyen el foco natural para la coordinación con las instituciones sectoriales del Estado y por cierto con los organismos policiales, en un amplio abanico de actividades orientadas hacia el logro de la seguridad" (De la Puente, Torres, 2000 : 32).

El desempeño y eficiencia del modelo ha sido matizado, existiendo logros interesantes en Inglaterra donde se ha generalizado notablemente este tipo de coordinaciones (Tilley, 1994), no obstante se han desarrollado a la par importantes críticas que abarcan aspectos tan disímiles como falta de uniformidad de los programas que las diversas agencias proponen (Liddle y Gelsthorpe, 1994), el centralismo que ha ido adquiriendo algunas instancias nacionales en desmedro de la influencia local (Loveday, 1994), hasta el desplazamiento de las diversas modalidades delictivas hacia otras áreas (Pease, 1997),

4. Prevención Comunitaria del Delito. Surge como una posible alternativa viable en medio del debate en torno al eje articulador de las estrategias contra la delincuencia. Hacia fines de los ochenta y durante los noventa se generalizaron entre los especialistas las nociones de "participación comunitaria", y en terminología inglesa los de "empowerment community", "resposibility" y "solving-problerms community", en el tratamiento de los temas y en el diseño de estrategias relativas a la prevención del delito.

Son iniciativas que enfatizan, en general, el rescate de valores tradicionales vinculados con la familia y el fortalecimiento de las comunidades. Ellas se operacionalizan mediante el patrullaje de barrios y sectores residenciales.

Este modelo alberga además un conjunto de otras iniciativas que poseen diferencias considerables con las medidas aplicadas por el internacionalmente famoso Jefe de la Policía de Nueva York William Bratton y cuyo plan centrado en un incremento sustancial del control policial mediante mayor presencia y visibilidad ya acumula un conjunto importante de críticas. En contraposición se encuentra por ejemplo el denominado "Plan Barcelona", que ha puesto el acento en la recuperación de los espacios públicos a través de importantes inversiones y mejoramientos urbanísticos consistentes en la construcción de plazas, equipamientos comunitarios, centros deportivos, paseos peatonales, parques y jardines. Dichas mejoras fueron complementadas con conjuntos de medidas que implicaron integrar socialmente a los aparatos de orden público creándose la "Policía de Proximidad", cuyo personal debe establecer vínculos permanentes con los sectores residenciales asignados.

Más allá de las diferencias entre las diversas manifestaciones del modelo, el elemento común es la centralidad que adquiere la denominada "Policía Comunitaria". Dicha estrategia se ha aplicado con énfasis heterogéneos que pueden implicar diversos niveles de compromiso e interrelación con la sociedad civil, dependiendo del contexto sociocultural en el cual se implementan (Trojanowicz y Moore, 1988).

Hasta el presente, los resultados obtenidos a través de las diversas medidas inspiradas en los modelos de prevención del delito no son completamente concluyentes, si bien parecen apoyar el desarrollo de este último tipo de modalidad, especialmente en sectores residenciales que cuentan con comunidades activas con niveles mayores de compromiso. [^ SUBIR]

III. 4. La prevención comunal [11]. Descentralización y rol protagónico de los gobiernos de las ciudades en la Seguridad Urbana.

La prevención comunal como intervención de política pública en Seguridad Urbana consiste en evitar la criminalidad luchando contra las manifestaciones de esta, pero sobre todo focalizando sus factores determinantes. La prevención tiene entonces un doble objetivo evitar los factores que favorecen la criminalidad e institucionalizar en la población el reflejo preventivo acostumbrándola a buscar las causas y las soluciones frente a un fenómeno de delincuencia que la afecta, logros que para ser obtenidos requieren de varios años.

Las dificultades del enfoque preventivo propuesto radican en la multiplicidad tanto de los delitos urbanos como de los factores que los originan, lo que obliga la elaboración de diagnósticos locales orientados a la localización de las causas de estos comportamientos y de sus manifestaciones. Es importante considerar que las alternativas propuestas no son necesariamente universales. Las buenas prácticas son orientativas pero no "replicables". 

Entre los argumentos que se señalan a favor de la prevención como enfoque fundamental de la estrategia se señalan: La promoción de la solidaridad, de la participación ciudadana y de las prácticas de buena administración y gobernabilidad, el fortalecimiento de las instituciones democráticas, la movilización de coaliciones locales de los principales actores comunales, los beneficios económicos de la prevención derivados de la aplicación de medidas de prevención del delito comparados con las medidas tradicionales de represión y de encarcelamiento (los análisis realizados muestran en el largo plazo un beneficio de 1 a 6), la posibilidad de un mejor diseño urbano que incorpore la seguridad (espacios públicos, recreo, transporte, infraestructuras), el apoyo a los niños, jóvenes y familias vulnerables, el fomento a la responsabilidad y la creación de conciencia de la comunidad, la prestación de servicios de proximidad especialmente de policía y justicia, la reinserción social de delincuentes y la asistencia a las víctimas de la violencia.

El enfoque considera la prevención en cuatro sentidos: 

1. La prevención situacional que consiste en modificar el entorno para eliminar las condiciones que facilitan la delincuencia. Por ejemplo: iluminar zonas, mejorar infraestructuras, poner cameras de TV en zonas de espacios públicos o semi-públicos, crear o recuperar espacios públicos, modificar espacios en los cuales hay exceso de comercios informales que facilitan oportunidades de delincuencia, adecuar las protecciones en estadios de fútbol, prohibir el porte de armas, limitar el consumo de bebidas alcohólicas etc.

2. La prevención social que hace referencia al conjunto de programas de carácter social que apuntan a los grupos en riesgo, los ex detenidos, los grupos o barrios estigmatizados, la violencia domestica o la violencia en las escuelas. Las formas de prevención social no son simplemente programas sociales como por ejemplo aquellos que persiguen la reducción de la pobreza o la creación de empleos. Es necesario que exista un valor agregado, es decir, una búsqueda explícita y focalizada a la reducción de las causas de la violencia urbana y no solo un objetivo de inserción social o de mejoramiento del nivel de vida de la población.

3. Las acciones que apuntan a disminuir la percepción errónea o exagerada de la inseguridad urbana, como formas particulares de prevención.

4. Y la asistencia a las víctimas de la violencia.

Tratar este tipo de enfoque en un documento que intente recoger el "estado del arte" de las discusiones o acciones en Seguridad Urbana es imprescindible ya que no es solo uno de los modelos más novedosos de intervención en seguridad urbana con un carácter eminentemente preventivo, sino también por que se está constituyendo en una forma de acción de política pública que están asumiendo muchas de las grandes ciudades del mundo. Desde los años 80, muchas ciudades han desarrollado experiencias de prevención comunal que han sido puestas en evidencia en varios eventos internacionales. En particular las conferencias organizadas por las asociaciones de alcaldes en Barcelona (1987), Montreal (1989), París (1991) y más recientemente Johannesburgo (1998) han señalado la necesidad de descentralizar la responsabilidad de la lucha contra la violencia urbana a nivel de las ciudades. En 1995 ECOSOC publicó las líneas directrices de una intervención municipal a partir de las recomendaciones de las Naciones Unidas.

Asociaciones como el Foro Europeo para la Seguridad Urbana han sido creadas para intercambiar experiencias, difundirlas, mejorar y sintetizar sus resultados. Desde los años 90 varias experiencias, se han desarrollado en América latina y en África. La conferencia de Johannesburgo (1998) constituyó un momento de cristalización de estas experiencias en el tercer mundo, en particular en África.

Algunos gobiernos, como el gobierno inglés, han institucionalizado este enfoque preventivo otorgando a los municipios un rol de líder de una coalición que agrupa a los principales departamentos municipales o estatales y a la policía para definir en conjunto y poner en práctica un plan de seguridad para su ciudad. Este plan de seguridad contempla acciones de represión y de prevención. Otros gobiernos europeos han optado por una formula de contratos locales de seguridad (Francia, Bélgica) es decir la posibilidad para una municipalidad de tener acceso a fondos nacionales para implementar un programa de seguridad local bajo la responsabilidad del alcalde y que el municipio define.

Las distintas experiencias en desarrollo actualmente