CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año I - Número 2 - Septiembre 2003
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COMO EN UN CALEIDOSCOPIO: ARGENTINOS Y ESPAÑOLES ANTE LA CRISIS. (1)

Marisa González Oleaga

"Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje,alguien canta el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa"

Alejandra Pizarnik

I

Resulta ya lugar común señalar la influencia de los medios de comunicación en las visiones que unos y otros tenemos de sociedades, países y culturas. Este supuesto también se aplica a los casos argentino y español. No obstante, poco se ha trabajado sobre las imágenes, los estereotipos que el discurso periodístico arrastra en su pretensión de dar cuenta de realidades distintas a la suya. Por eso mismo en este pequeño ensayo voy a intentar explorar las semejanzas y diferencias de argentinos y españoles como supuestos miembros de una comunidad lingüística y cultural. Más aún voy a cuestionar la idea de traducibilidad, la capacidad de los medios de comunicación argentinos y españoles para incorporar a los propios códigos los procesos ajenos. Y esto afecta al discurso de los medios de comunicación, al discurso académico y pretendidamente científico y al discurso político. Se trata de desestabilizar –que no es lo mismo que negar- una idea muy extendida según la cual pertenecemos –los de este lado y los del otro lado del océano- a un mismo universo cultural que habilitaría a los argentinos para traducir de forma más o menos literal las experiencias españolas y a la inversa a los españoles para tomar partido y emitir juicios de valor sobre lo que aquí acontece.

Reconocer que argentinos y españoles conservan cierto aire de familia y que al mismo tiempo son diferentes en códigos, costumbres y valores no parece una idea muy revolucionaria, más bien un supuesto que cualquiera podría admitir sin consecuencias. Sin embargo, yo les pediría que hiláramos más fino. En esa dualidad semejanzas versus diferencias la opinión pública española y argentina cree que las primeras son más importantes que las segundas que, si bien existen, son diferencias de grado que en nada cuestionan la posibilidad de traducir, interpretar, interpelar y entender al otro. Véanse si no algunos ejemplos: las traducciones forzadas de los medios de comunicación españoles y del discurso académico español ante fenómenos políticos como el peronismo o las movilizaciones de los piqueteros; los argentinos en busca de sus orígenes ante cada crisis; o el empeño de cierta historiografía latinoamericanista española por borrar toda particularidad a los procesos políticos latinoamericanos convencidos como están de que la apreciación y el reconocimiento de las diferencias puede comportar la exclusión del continente del grueso de países en vías de democratización, por poner sólo ejemplos sobre los que tengo abundantes y jugosas anécdotas.

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II

La traducción española: con frecuencia me ha resultado curioso la manera en que los medios de comunicación españoles o argentinos abordan los procesos políticos de los respectivos países en comparación con ese mismo tratamiento en el caso de otros contextos geográficos. Por razones de trabajo tengo algún contacto con Guinea Ecuatorial, ex colonia española en África. El corresponsal de el diario El País intenta hacer inteligible ciertas lógicas políticas africanas, como el reparto del poder o el último juicio farsa que se celebró contra la oposición al régimen de Obiang –que se ha saldado con muertos, torturados y encarcelados-, a través de la apelación  a lógicas culturales como la importancia del clan, de la familia o la supervivencia de la magia en la vida pública. Lo que ha hecho este corresponsal es acercar el discurso antropológico al discurso periodístico para hacer inteligibles lógicas que de otra forma, y a través de una traducción forzada, resultan ajenas (2).

Ustedes me dirán “bien, pero nosotros no somos África”. Efectivamente no lo son pero se rigen por lógicas propias, hibridadas si quieren, pero distintas a las lógicas originales. Si no fuera así ¿cómo entender fenómenos como el menemista?, ¿cómo el caudillismo que afecta a la política provincial? ¿no vendría bien señalar esos contextos que pueden iluminar ciertas experiencias de la Argentina tan poco comprendidas en España? (ejemplo, un español hace el siguiente cálculo: Argentina = población muy culta, amplios sectores medios y un nada despreciable capital social, todo ello no concuerda con el tipo de gobiernos populistas que han dominado la escena política argentina). Creo que pocos fenómenos generan tanta incertidumbre en las aulas universitarias españolas –esa es mi experiencia- como los intentos de clasificar el peronismo histórico. Preguntas como ¿es de derechas o de izquierdas? ¿estaba a favor o en contra de las élites oligárquicas? o, peor aún, asociaciones libres que ligan populismo a dictadura-militares-golpes de estado se repiten año tras año y dejan al descubierto la creencia en esa supuesta familiaridad (3).

En España el reconocimiento de la diferencia es un asunto complicado por dos razones: la diferencia ha sido tradicionalmente sinónimo de exclusión (piénsese en la expulsión de moriscos y judíos). Situación que se agrava en el caso de América Latina porque toda la acción exterior española del siglo XX está pensada en torno a la comunidad de origen y destino. Aceptar que las diferencias entre España y su espacio “natural” son importantes podría hacer perder peso a la estrategia española. Si alguien quiere observar este temor al reconocimiento de la diferencia les invito a que visiten en Museo de América en Madrid, Museo de la duda, para hacerse cargo de lo que digo.

La melancolía argentina:  en la Argentina existe una tendencia -por todos conocida- que podríamos llamar de “huída hacia delante” y que consiste en que ante las crisis económicas, políticas la ciudadanía intenta buscar el camino que conduce a sus orígenes, cercanos o remotos. La argentinidad se tambalea y deja paso a lo español, lo italiano, lo judío. El año pasado en un seminario que impartí en la Universidad Nacional de La Pampa (4) me encontré con una gran sorpresa y era el rebrote de las identidades étnicas. En 1975, cuando abandoné el país, los habitantes  éramos furibundamente argentinos; en 2003 los nacidos allí somos, igualmente, furibundos vascos, mapuches, etc. No hay nada malo en ello, excepto que sustituir una identidad nacional por identidades locales o étnicas, sin variar un ápice la consideración de lo que es una identidad, no soluciona nada sino que abre la caja de los truenos. Hay poderosas razones prácticas para que ante las crisis los argentinos reclamen y clamen por sus orígenes: pasaportes, trabajo, una vida mejor. Pero no es sólo eso, esta tendencia –que no se repite con semejante intensidad en ningún otro país del entorno- esconde una “mística”, cierta posibilidad de comunión con el origen, con el lugar de donde uno cree que procede, como si entre aquel entonces y ahora se pudiera trazar una línea más o menos nítida y continua. Se cree que las semejanzas, la pertenencia es tan clara que acabará por neutralizar, amortiguar los efectos de la diferencia. He visto los efectos devastadores de este proceso en muchos de los argentinos emigrados en Madrid. El dolor de encontrarse con una realidad que llama y convoca, que resulta familiar pero que, al mismo tiempo, desaloja en su diferencia. Recuerdo comentarios en la época del exilio argentino de compatriotas que habiendo recalado en Madrid decidieron trasladarse a París, sin contactos, ni trabajo y con escasos rudimentos del idioma porque en Francia la diferencia era notoria, uno era un extranjero y eso resultaba más fácil de manejar –era emocionalmente menos doloroso- que la extraña familiaridad.

El miedo al exotismo: en España la historiografía política latinoamericanista lleva unos cuantos años intentando liberar a América Latina de su cuota de exotismo y diferencia. Los procesos políticos de América Latina en el siglo XIX no son tan diferentes de los que tuvieron lugar en la España de la misma época, nos dicen. Caudillismo, caciquismo, clientelismo eran también lugares comunes en la España de la Restauración. El papel de las elites, denostadas durante décadas por estar sujetas a aviesos intereses, es ahora reevaluado bajo el prisma de las constricciones culturales. Así es como han proliferado los estudios comparativos entre proceso políticos de aquí y de allí. Pero no hay nada inocente en esta apuesta por la mimesis. El cálculo es sencillo: la democracia liberal ha sido y es un sistema político adaptado y estable en los países desarrollados occidentales. España se incorpora tarde a este proceso, pero con éxito. Siendo como es un país con ciertos rasgos que lo acercan a América Latina, enfaticemos las semejanzas porque así podremos proponer y esperar una salida “a la española” para América Latina. Reconocer las diferencias supone, según este cálculo, dejar abierta la posibilidad de otros experimentos políticos con consecuencias desconocidas.

Estos ejemplos, escogidos y recogidos de mi experiencia, permiten aventurar que la hipótesis de partida es plausible: la incomprensión y los desencuentros entre españoles y argentinos están relacionados con esa negación de la diferencia que constituye a las identidades de los respectivos países. Esta negación genera traducciones literales de las realidades ajenas y propicia ciertos estereotipos históricos, que no son si no suplementos, excesos, desbordamientos de lo no traducible. El argentino soberbio y el “gallego” bruto son sólo dos ejemplos de esas lógicas distintas no reconocidas que en la traducción quedan bloqueadas. El argentino soberbio y el “gallego” bruto representan dos formas distintas de manejar y apropiarse de la palabra. Ni más ni menos.  

Les confieso una experiencia personal, yo misma he sentido en cada uno de mis viajes esa sensación de extraña familiaridad. No lo vivo como un problema sino como una liberación pero noto esa sensación de extrañeza que seguramente acompaña a todo despaisado como señala Todorov (5). Desde la perspectiva de despaisada, y desde su capacidad de desnaturalización voy a intentar desarrollar esta intervención, pero también como lectora de los trabajos de investigación de otros historiadores, algunos expuestos aquí, y como investigadora de ciertos episodios de la segunda guerra mundial que abundan en lo expuesto, en la extrañeza que contiene todo aire de familia.

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III

Hay algo enigmático en la familiaridad extrañada que recuerda a la esfinge de Tebas, mitad humana, mitad animal y que se podría formular como, ¿qué es eso que nos hace tan parecidos y, al mismo tiempo, tan diferentes?

Para ejemplificar esta ambigüedad cultural entre España y la Argentina en el que se dan semejanzas y diferencias y para poder hablar luego de las perversas consecuencia que la negación de la dualidad ha traído aparejadas he escogido algunas anécdotas de la historia del siglo XX y de las visiones de los dos países, a saber: las relaciones hispano-argentinas durante la segunda guerra mundial; la recepción de la guerra civil en la Argentina, la caracterización del problema vasco por la izquierda argentina y las visiones desde España de la crisis política y económica que padece este país en la última década. Son fragmentos elegidos al azar o particularmente llamativos para quien esto escribe que, creo, pueden dibujar el dilema que he planteado. Fragmentos que componen un caleidoscopio. Los mismos fragmentos, rasgos culturales, históricos, lingüísticos comunes, no obstante, distintos paisajes. Todo depende del movimiento de la mano que lo experimenta, se apropia y lo manipula. Algo parecido pasa con los españoles y los argentinos.

España y la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial: durante el conflicto, España y la Argentina mantuvieron una fuerte vinculación política, económica y diplomática que traería importantes consecuencias a futuro. Convenios comerciales, acuerdos militares –con un intento de triangulación entre Argentina-España y Alemania-, pero lo más llamativo era la insistencia de lo que genéricamente podríamos llamar el discurso hispanófilo en la política argentina. Tradicional en ciertos sectores de la vida pública argentina hasta ese momento, la hispanofilia de la segunda guerra mundial era parte de una política de gestos: el 12 de octubre pasa de la competencia de Educación a Exteriores, los presidentes dirigen mensajes radiados al pueblo español y a las naciones americanas etc.. La incidencia de esta política gestual y simbólica llevó a la diplomacia española a creer que el régimen de Franco contaba con seguros valedores en los gobiernos argentinos, fueran estos conservadores o nacionalistas. Después de todo incorporar la figura de la hispanidad entre 1940 y 1945 podía ser leído desde España como un claro ejemplo de simpatía ideológica. Así lo concibió la diplomacia española y también la norteamericana, aunque por razones muy diferentes. El cálculo era muy simple: la política exterior de régimen franquista apelaba a la hispanidad como estrategia para aumentar su escaso valor ante la comunidad internacional y ante el Eje nazi fascista, primero y luego ante los aliados. Cuando la diplomacia española hablaba de hispanidad hablaba de una comunidad de naciones que comparten lengua y cultura bajo la égida del gobierno y del régimen surgido de la guerra civil. La genealogía y los intentos de gestión de la memoria eran muy claros: el régimen era el legítimo heredero de la España de los Reyes Católicos, creadores del Estado, martillo de herejes y celosos guardianes de las verdaderas esencias hispánicas. Cuando en 1943 se intensifica la apelación a la hispanidad en el discurso político argentino, la diplomacia española no duda en traducir esa inclusión como una clara muestra de simpatía sin advertir la existencia de planes propios en la política de los gobiernos de la República.

Efectivamente la diplomacia española y los gobiernos argentinos –del Dr. Castillo, de Ramírez y Farell- toman la hispanidad como un concepto clave en sus discursos político pero la hispanidad argentina no era equivalente a la hispanidad española. ¿Hablaban de lo mismo? No, porque lo hacían de distinta manera. En el discurso hispanófilo de los gobiernos argentinos, sobre todo a partir de 1943, no aparece ninguna asociación entre España y la España de Franco, siendo esta última pieza clave del discurso español. La hispanidad era una comunidad de naciones con un antepasado común, España, la España de hoy y la de siempre, que por lealtad a esa memoria y a los valores que ella encarnó debe resistir los intentos de hegemonía norteamericana. Los sujetos del enunciado –España, la Argentina, las naciones americanas- aparecen distorsionados en el discurso argentino si se lo compara con el español. En este último, España, la España de Franco estaba llamada a liderar a sus hijas, las naciones americanas. En la publicística argentina España aparece como un referente histórico –ya fue, dirían los jóvenes hoy- y la Argentina es la heredera de esa memoria y de las viejas glorias de la metrópoli. La relación que establecen los gobiernos argentinos es de herencia, Argentina hereda de España sus valores, destrezas y capacidades, dando cuenta del lugar que ocupa la vieja metrópoli.

Los sujetos y los tiempos varían notablemente en uno y otro discurso así como los verbos que dan cuenta de las acciones de ambos países. En el análisis de las alocuciones argentinas y españolas entre 1940 y 1945 el discurso español sólo en dos ocasiones sitúa a la Argentina y a otros países de América Latina como sujetos del enunciado, a saber, en 1941. Los verbos que le adjudica son sintomáticos del protagonismo español: nacer y dedicar, verbos que revierten a favor del sujeto del enunciado, España. Nadie nace, le nacen y se dedica a algo a alguien. Para esas misma fechas, por el contrario, el discurso argentino singulariza de forma repetida a la Argentina como sujeto del enunciado y estos son los verbos que aparecen: dirigir, conservar, acrecentar, asumir, decidir, fortalecer, retomar, vincular, afirmar, cooperar... etc. mostrando las diferencias de lugar en uno y otro caso.

A la diplomacia española le costó tiempo y esfuerzo entender que la hispanidad del discurso argentino no le estaba dedicada y que los gobiernos perseguían sus propios fines no siempre coincidentes con los suyos. La misma lengua, la comunidad de origen y de destino era algo más que un slogan o una estrategia destinada a aumentar el  poco peso de España en el mundo. Mientras intentaban convencer al mundo de este ideal lo incorporaban como un implícito en su política exterior hacia la Argentina y, en general, hacia América Latina. En este sentido la correspondencia diplomática es sumamente jugosa y muestra el desconcierto de los embajadores ante lo que ellos creían que eran síntomas de simpatía hacia la España de Franco y que no era sino prueba de un uso estratégico destinado a minar o neutralizar el avance norteamericano y dirigido a reformular las identidades sociales argentinas en momentos de crisis nacional e internacional.

En buena medida el desencuentro obedeció a la concepción comunicativa que la diplomacia española tenía del lenguaje: si los gobiernos argentinos, que hablan nuestra misma lengua, incorporan el concepto de hispanidad en su discurso en fechas tan señaladas como las comprendidas entre 1940 y 1945 no cabe duda de que eso es un gesto a favor de la España de Franco, de sintonía ideológica con el Régimen. Nada más lejos de la realidad.

La guerra civil española en la Argentina: pero no sólo los españoles, la diplomacia española, barajó la posibilidad de una misma lengua igual a un mismo universo. También en la Argentina, la recepción de la guerra civil muestra esta misma tendencia. Los trabajos de la Dra. Mónica Quijada, de la Dra. Silvina Montenegro (6) (7) han incidido en el carácter catalizador de la guerra civil. La polarización del enfrentamiento, ciertos rasgos –civiles contra militares, libertad contra tiranía- que instrumentalizó el bando republicano acabaron convirtiéndola en una guerra poética. A ello contribuyó grandemente la fotografía, los montajes fotográficos, la presencia de escritores y poetas extranjeros, las brigadas de jóvenes extranjeros dispuestos a dar su vida por la causa de la libertad. Pero desde la Argentina cabe preguntarse si fueron las características de la guerra civil las que propiciaron el uso que del conflicto se hizo en la Argentina o, por el contrario, fue una peculiar lectura de la guerra –mediatizada por el panorama nacional- la que tradujo el enfrentamiento español. Me inclino a pensar en esto último. El carácter polarizado, las características morales y éticas que adquirió la guerra en esta tierras trasluce más los conflictos locales que la complejidad del enfrentamiento en España. Se fuerza una traducción en clave nacional y se toma, se ve sólo aquello que tiene sentido en el contexto local. Habría que ver qué significaba libertad, democracia, pueblo, igualdad en la Argentina de 1936-1939 donde pesaba una fuerte asociación entre democracia y fraude. Otra vez la familiaridad extrañada.

El problema vasco en la Argentina: un tercer ejemplo que me gustaría compartir y que sólo voy a enunciar porque no constituye parte de mi investigación sino de mi asombro como despaisada es la posición de la izquierda argentina, de los sectores progresistas, hacia el problema vasco en España. Creo que aquí nos volvemos a encontrar con el mismo problema de traducción forzada. Me he tropezado con sectores dentro de la izquierda de esta país –y de otros países latinoamericanos-, incluso de la izquierda democrática, comprensivos con la violencia abertzale. Ni  los cambios en la organización del Estado español –en el caso vasco con las mayores cuotas de autonomía y autogobierno del mundo-, ni la ley de las urnas parecen disminuir esa simpatía velada hacia un movimiento que consideran de liberación, dando muestras de que el esquema que aplican –caso Ulster- no responde al contexto español. Se justifica el uso de la violencia apelando –implícitamente- a un esquema –el de la dictadura- que caducó hace ya casi treinta años. Tiendo a pensar que no se trata de falta de información sino de un paralelismo, de una asimilación entre la realidad y la argentina. El profundo descontento en este último país ante el estado, los políticos y lo público; el vivo recuerdo de la dictadura y de la violenta represión fuerzan esta traducción. La deslegitimación de la vida y del juego político argentinos, con sus altas cotas de corrupción e ineficacia, sitúan al estado y a los gobiernos españoles en parecida posición, justificando las estrategias violentas como una alternativa desesperada pero legítima que expresa el malestar de la ciudadanía.

La crisis argentina en España: por último, navegando hacia el otro lado, la actual crisis argentina es percibida de una manera un poco literal e ingenua desde España. En la última entrega de los premios Goya (8) se hicieron además de llamados contra la guerra, alusiones a favor del pueblo argentino. “El pueblo argentino víctima de la clase política” es el comentario predominante en toda conversación en los medios de comunicación cuando salta el tema de la crisis argentina. Esta misma idea la he visto repetida una y otra vez aquí y allí. Pero, ¿qué elementos aparecen en la interpretación española de la crisis argentina que me hayan llevado a considerar estas visiones como ingenuas?

Los medios de comunicación españoles y en buena medida su opinión pública se muestran muy alarmados con algunos aspectos de la crisis económica argentina, a saber: el hambre, la desnutrición, la falta de servicios sanitarios mínimos. Creo que el hambre es un punto delicado en el imaginario español y su sola invocación aderezada con fotografías despierta  la solidaridad de la ciudadanía que todavía recuerda su propia historia. No obstante, si bien es cierto que el hambre, la desnutrición, la falta de atención sanitaria se han extendido en la Argentina, no es éste un fenómeno nuevo. Como señalaban los médicos del hospital que se hizo tristemente famoso en Tucumán, la mortalidad infantil lleva veinticinco años en claro ascenso. Las deficiencias de los servicios públicos en el Gran Buenos Aires tampoco es un proceso reciente. El gran cambio que se ha dado es que las clases medias urbanas e ilustradas han visto en la última década menguar considerablemente su poder adquisitivo y han visto frustradas buena parte de sus expectativas. Pero también hay que decir que esas clases medias profesionales han tenido tradicionalmente expectativas inimaginables para la relativamente reciente y, hasta hace poco, exigua clase media española. Creer que las clases medias son las que pasan hambre me parece un gran error de cálculo. En los últimos meses me han contado anécdotas de profesores de universidad argentinos y otros profesionales que han visto cómo al llegar a España todo el mundo se solidarizaba con su situación y confundían sus quejas por la depauperización relativa que han sufrido en los últimos años con situaciones de emergencia nacional. En muchos casos, -académicos españoles, medios de comunicación- no es, necesariamente, falta de información sino la asimilación de realidades con historias claramente diferentes.

La opinión pública española realiza un cálculo curioso: si hay hambre en la Argentina –un país míticamente rico- y las clases medias –que tienen acceso a los medios de comunicación- hablan de la delicada situación en la que viven, esto significa que esos sectores sociales –abogados, médicos, universitarios- que hablan nuestra misma lengua y tienen códigos parecidos a los nuestros deben de ser las víctimas de esa situación. No se alcanza a ver es que las quejas de las clases medias que sin duda no están pasando los mejores momentos en la Argentina hay que evaluarlas de acuerdo con las expectativas que esos sectores han generado y a los que han estado acostumbrados durante mucho tiempo. 

Me parece que esta somera descripción que acabo de hacer deja al descubierto, una vez más, el problema de la traducción. Apelar al hambre en un país como España tiene un impacto muy particular que consigue movilizar fuerzas y sentimientos que atañen a la experiencia histórica de sus ciudadanos. Comparar la estructura social española con la argentina tampoco resulta muy efectivo. El nivel de sofisticación y diversificación del consumo de las clases medias argentinas no tiene punto de comparación con lo que han sido las costumbres de ese mismo sector en España, por lo menos hasta fechas muy recientes. Por último, la consabida idea “los argentinos víctimas de su clase política” desmerece la tan difícilmente conquistada democracia participativa argentina, pero por sobre todas las cosas traduce una situación que si fue válida para la España de la Dictadura no lo es para la Argentina desde 1984. 

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IV

Con todo ello no quiero dar la impresión de que mi interpretación es mejor, la más adecuada en cada uno de estos casos. Más bien resaltar cómo en cada uno de estos ejemplos las otras interpretaciones escogen aquellos elementos que encajan en su propia experiencia, eliminando, desestimando todo resto, todo exceso. Me parece que el diagnóstico, mi diagnóstico es claro: uno de los problemas de las relaciones entre españoles y argentinos viene dado por la tendencia a traducir las realidades o experiencias del otro. Y esto ha sido históricamente así porque se funda en la creencia de que hablamos la misma lengua y compartimos un mismo universo cultural. El origen daría patente de corso para navegar con el mismo barco de un lado y de otro. Los ejemplos que he propuesto pretendían mostrar esa condición de extrañeza familiar. Perseguían iluminar cuánta diferencia puede esconder el aire de familia. Lo que propongo y creo que esto puede ser interesante para construir nuevos discursos periodísticos, didácticos, científicos es

1.-explorar la diferencia, dejar hablar al otro, suspender juicios de valor y atrevernos a reconocer que no todo es traducible, que hay muchísimas cosas que se nos escapan y que nuestras visiones no son verdaderas o falsas, son en el mejor de los casos plausibles, pero que a pesar de todo tenemos que dar cuenta de ellas, somos responsables de sus consecuencias. La diferencia no nos amenaza, más bien nos completa. Hay que intentar desestabilizar esa idea según la cual lo diferente engendra conflicto. Mejor aún hay que recuperar la idea de conflicto como esencialmente humano y condición de posibilidad de la democracia. Discursos menos lineales, más culturales que apelen a la diferencia de lógicas de un país y de otro, y dentro del país de un contexto a otro permitirían una mayor comprensión de las distintas realidades. Pero por sobre todas las cosas justificaría el diálogo de una orilla a otra. Precisamente porque somos diferentes el diálogo –una de cuyas acepciones etimológicas es a través del conocimiento- tiene sentido. 

2.-¿Qué es eso que nos acerca y nos aleja en un mismo movimiento? La lengua. Ese vehículo de comunicación con el que decimos lo que decimos “y además más y otra cosa” (Pizarnick). El reconocimiento de esta dimensión creadora de la palabra, creadora de realidades al dotarles de sentido, implica una posición diferente ante lo que decimos –seamos políticos, periodistas, docentes o investigadores- y ante lo que hacemos cuando decimos.

3.-Last but not least, podría parecer que la apelación a la diferencia desvirtúa cualquier posible proyecto de comunidad política, económica y cultural entre España y América Latina. Y no es así. Desde el 21 de marzo más que nunca otras voces son necesarias. Creo que hay todo un mundo por descubrir entre españoles y argentinos, pero no un mundo basado en el pasado y la tradición sino un universo por construir en el futuro amparado en el deseo y la voluntad. No es el mito sino la utopía nuestra compañera de viaje.

4.-Les propongo un ejercicio de desarraigo a los que se fueron y a los que se quedaron. A los que se fueron y retornaron, a los que no retornarán nunca, a los que se están yendo y a los que se irán porque citando a Todorov:

“El hombre o la mujer desarraigado, arrancado de su marco, de su medio, de su país, sufre al principio, pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo, puede sacar provecho de su experiencia. Aprende a dejar de confundir lo real con lo ideal, la cultura con la naturaleza. No por conducirse de modo diferente dejan estos individuos de ser humanos. A veces se encierra en el resentimiento, nacido del desprecio o de la hostilidad de sus huéspedes. Pero si logra superarlo, descubre la curiosidad y aprende la tolerancia. Su presencia entre los “autóctonos” ejerce a su vez un efecto desarraigante: al perturbar sus costumbres, al desconcertar por su comportamiento y sus juicios, puede ayudar a algunos de entre ellos a adentrarse en esta misma vía de desapego hacia lo convenido, una vía de interrogación y de asombro”. (9)

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(1) Una versión de este ensayo fue presentada en el Foro AECI-Buenos Aires, La influencia de los medios de comunicación en la formación de la imagen española en la Argentina y de la imagen argentina en España, el 25 de marzo de 2003.

(2) Me refiero a las crónicas de Ramón Lobo, enviado del diario El País a Guinea Ecuatorial. Véase por ejemplo, “La farsa de Obiang” (19.12.2002); “La oposición guineana denuncia intimidaciones y la preparación de un fraude en las elecciones” (15.12.2002); o “El poder de los brujos en Guinea” (8.6.2002).

(3) Sin querer ser exhaustiva, he tenido oportunidad de presenciar el desconcierto ante fenómenos como el descrito en muy distintos foros. Como ejemplo, la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Oviedo, su homóloga en la Universidad Complutense de Madrid,  en el Centro de Estudios Internacionales de la Fundación José Ortega y Gasset o en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense entre los años 1980-2002.

(4) Se trata del seminario “Interpretación y explicación en ciencias sociales hoy” que impartí en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Pampa en la Maestría en Estudios Sociales y Culturales en octubre-noviembre de 2002.

(5) El vocablo despaisamiento es un neologismo producto de la traducción del francés dépaysé que, creo, se ajusta mejor que esa otra palabra –desplazado- con la que han traducido el título del libro de Todorov. Todorov, Tzvetan, (1996), El hombre desplazado, Madrid, Taurus.

6Quijada,  Mónica (1991), Aires de Cruzada: La Guerra Civil Española en la Argentina, Barcelona, Ediciones Sendai. De la misma autora y de  Tabanera, Nuria y Azcona, José Manuel (1992),  “Actitudes ante la Guerra Civil Española en las sociedades receptoras”, en AA.VV. Historia General de la Emigración Española a Iberoamérica, vol. 1, CEDEAL, Madrid.  Montenegro, Silvina (2002), La Guerra Civil Española y la política argentina,  Tesis Doctoral presentada en Madrid (inédita).

(7) Con independencia de si el fraude fue o no una constante en el panorama político argentino. Aquí lo que interesa no son tanto los hechos en sí –el fraude, las prácticas fraudulentas- como el convencimiento de la ciudadanía en la extensión de esta práctica. 

(8) Me refiero a la XVII edición de los premios que entrega la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España  a los mejores trabajos en el sector y que tuvo lugar en febrero de 2003 coincidiendo con uno de los momentos más agudos de la crisis económica argentina.

(9) Todorov, T. , op.cit., pág. 29.

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