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"Esperando que un mundo sea desenterrado
por el lenguaje,alguien canta el lugar en el que se
forma el silencio. Luego comprobará que no porque
se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo.
Por eso cada palabra dice lo que dice y además
más y otra cosa"
Alejandra Pizarnik
I
Resulta ya lugar común señalar la influencia de los
medios de comunicación en las visiones que unos y otros
tenemos de sociedades, países y culturas. Este supuesto
también se aplica a los casos argentino y español. No
obstante, poco se ha trabajado sobre las imágenes, los
estereotipos que el discurso periodístico arrastra en
su pretensión de dar cuenta de realidades distintas
a la suya. Por eso mismo en este pequeño ensayo voy
a intentar explorar las semejanzas y diferencias de
argentinos y españoles como supuestos miembros de una
comunidad lingüística y cultural. Más aún voy a cuestionar
la idea de traducibilidad, la capacidad de los medios
de comunicación argentinos y españoles para incorporar
a los propios códigos los procesos ajenos. Y esto afecta
al discurso de los medios de comunicación, al discurso
académico y pretendidamente científico y al discurso
político. Se trata de desestabilizar –que no es lo mismo
que negar- una idea muy extendida según la cual pertenecemos
–los de este lado y los del otro lado del océano- a
un mismo universo cultural que habilitaría a los argentinos
para traducir de forma más o menos literal las
experiencias españolas y a la inversa a los españoles
para tomar partido y emitir juicios de valor sobre lo
que aquí acontece.
Reconocer que argentinos y españoles conservan cierto
aire de familia y que al mismo tiempo son diferentes
en códigos, costumbres y valores no parece una idea
muy revolucionaria, más bien un supuesto que cualquiera
podría admitir sin consecuencias. Sin embargo, yo les
pediría que hiláramos más fino. En esa dualidad semejanzas
versus diferencias la opinión pública española
y argentina cree que las primeras son más importantes
que las segundas que, si bien existen, son diferencias
de grado que en nada cuestionan la posibilidad de traducir,
interpretar, interpelar y entender al otro. Véanse si
no algunos ejemplos: las traducciones forzadas de los
medios de comunicación españoles y del discurso académico
español ante fenómenos políticos como el peronismo o
las movilizaciones de los piqueteros; los argentinos
en busca de sus orígenes ante cada crisis; o el empeño
de cierta historiografía latinoamericanista española
por borrar toda particularidad a los procesos políticos
latinoamericanos convencidos como están de que la apreciación
y el reconocimiento de las diferencias puede comportar
la exclusión del continente del grueso de países en
vías de democratización, por poner sólo ejemplos sobre
los que tengo abundantes y jugosas anécdotas.
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II
La
traducción española: con frecuencia me ha
resultado curioso la manera en que los medios de comunicación
españoles o argentinos abordan los procesos políticos
de los respectivos países en comparación con ese mismo
tratamiento en el caso de otros contextos geográficos.
Por razones de trabajo tengo algún contacto con Guinea
Ecuatorial, ex colonia española en África. El corresponsal
de el diario El País intenta hacer inteligible
ciertas lógicas políticas africanas, como el reparto
del poder o el último juicio farsa que se celebró contra
la oposición al régimen de Obiang –que se ha saldado con muertos, torturados y encarcelados-,
a través de la apelación a lógicas culturales como
la importancia del clan, de la familia o la supervivencia
de la magia en la vida pública. Lo que ha hecho este
corresponsal es acercar el discurso antropológico al
discurso periodístico para hacer inteligibles lógicas
que de otra forma, y a través de una traducción forzada,
resultan ajenas (2).
Ustedes me dirán “bien, pero nosotros no somos África”. Efectivamente
no lo son pero se rigen por lógicas propias, hibridadas
si quieren, pero distintas a las lógicas originales.
Si no fuera así ¿cómo entender fenómenos como el menemista?,
¿cómo el caudillismo que afecta a la política provincial?
¿no vendría bien señalar esos
contextos que pueden iluminar ciertas experiencias de
la Argentina tan poco comprendidas en España? (ejemplo,
un español hace el siguiente cálculo: Argentina = población
muy culta, amplios sectores medios y un nada despreciable
capital social, todo ello no concuerda con el tipo de
gobiernos populistas que han dominado la escena política
argentina). Creo que pocos fenómenos generan tanta incertidumbre
en las aulas universitarias españolas –esa es mi experiencia-
como los intentos de clasificar el peronismo histórico.
Preguntas como ¿es de derechas o de izquierdas? ¿estaba
a favor o en contra de las élites
oligárquicas? o, peor aún, asociaciones libres que ligan
populismo a dictadura-militares-golpes de estado se
repiten año tras año y dejan al descubierto la creencia
en esa supuesta familiaridad (3).
En España el reconocimiento de la diferencia es un
asunto complicado por dos razones: la diferencia ha
sido tradicionalmente sinónimo de exclusión (piénsese
en la expulsión de moriscos y judíos). Situación que
se agrava en el caso de América Latina porque toda la
acción exterior española del siglo XX está pensada en
torno a la comunidad de origen y destino. Aceptar que
las diferencias entre España y su espacio “natural”
son importantes podría hacer perder peso a la estrategia
española. Si alguien quiere observar este temor al reconocimiento
de la diferencia les invito a que visiten en Museo de
América en Madrid, Museo de la duda, para hacerse cargo
de lo que digo.
La
melancolía argentina: en la Argentina existe una
tendencia -por todos conocida- que podríamos llamar
de “huída hacia delante” y que consiste en que ante
las crisis económicas, políticas la ciudadanía intenta
buscar el camino que conduce a sus orígenes, cercanos
o remotos. La argentinidad se tambalea y deja paso a
lo español, lo italiano, lo judío. El año pasado en
un seminario que impartí en la Universidad Nacional
de La Pampa (4) me encontré con una gran sorpresa y
era el rebrote de las identidades étnicas. En 1975,
cuando abandoné el país, los habitantes éramos furibundamente
argentinos; en 2003 los nacidos allí somos, igualmente,
furibundos vascos, mapuches, etc. No hay nada malo en
ello, excepto que sustituir una identidad nacional por
identidades locales o étnicas, sin variar un ápice la
consideración de lo que es una identidad, no soluciona
nada sino que abre la caja de los truenos. Hay poderosas
razones prácticas para que ante las crisis los argentinos
reclamen y clamen por sus orígenes: pasaportes, trabajo,
una vida mejor. Pero no es sólo eso, esta tendencia
–que no se repite con semejante intensidad en ningún
otro país del entorno- esconde una “mística”, cierta
posibilidad de comunión con el origen, con el lugar
de donde uno cree que procede, como si entre aquel entonces
y ahora se pudiera trazar una línea más o menos nítida
y continua. Se cree que las semejanzas, la pertenencia
es tan clara que acabará por neutralizar, amortiguar
los efectos de la diferencia. He visto los efectos devastadores
de este proceso en muchos de los argentinos emigrados
en Madrid. El dolor de encontrarse con una realidad
que llama y convoca, que resulta familiar pero que,
al mismo tiempo, desaloja en su diferencia. Recuerdo
comentarios en la época del exilio argentino de compatriotas
que habiendo recalado en Madrid decidieron trasladarse
a París, sin contactos, ni trabajo y con escasos rudimentos
del idioma porque en Francia la diferencia era notoria,
uno era un extranjero y eso resultaba más fácil
de manejar –era emocionalmente menos doloroso- que la
extraña familiaridad.
El
miedo al exotismo: en
España la historiografía política latinoamericanista
lleva unos cuantos años intentando liberar a América
Latina de su cuota de exotismo y diferencia. Los procesos
políticos de América Latina en el siglo XIX no son tan
diferentes de los que tuvieron lugar en la España de
la misma época, nos dicen. Caudillismo, caciquismo,
clientelismo eran también lugares comunes en la España
de la Restauración. El papel de las elites, denostadas
durante décadas por estar sujetas a aviesos intereses,
es ahora reevaluado bajo el prisma de las constricciones
culturales. Así es como han proliferado los estudios
comparativos entre proceso políticos de aquí y de allí.
Pero no hay nada inocente en esta apuesta por la mimesis.
El cálculo es sencillo: la democracia liberal ha sido
y es un sistema político adaptado y estable en los países
desarrollados occidentales. España se incorpora tarde
a este proceso, pero con éxito. Siendo como es un país
con ciertos rasgos que lo acercan a América Latina,
enfaticemos las semejanzas porque así podremos proponer
y esperar una salida “a la española” para América Latina.
Reconocer las diferencias supone, según este cálculo,
dejar abierta la posibilidad de otros experimentos políticos
con consecuencias desconocidas.
Estos
ejemplos, escogidos y recogidos de mi experiencia, permiten
aventurar que la hipótesis de partida es plausible:
la incomprensión y los desencuentros entre españoles
y argentinos están relacionados con esa negación de
la diferencia que constituye a las identidades de los
respectivos países. Esta negación genera traducciones
literales de las realidades ajenas y propicia ciertos
estereotipos históricos, que no son si no suplementos,
excesos, desbordamientos de lo no traducible. El argentino
soberbio y el “gallego” bruto son sólo dos
ejemplos de esas lógicas distintas no reconocidas que
en la traducción quedan bloqueadas. El argentino
soberbio y el “gallego” bruto representan
dos formas distintas de manejar y apropiarse de la palabra.
Ni más ni menos.
Les confieso una experiencia personal, yo misma he
sentido en cada uno de mis viajes esa sensación de extraña
familiaridad. No lo vivo como un problema sino como
una liberación pero noto esa sensación de extrañeza
que seguramente acompaña a todo despaisado
como señala Todorov
(5). Desde la perspectiva de despaisada, y desde su capacidad de desnaturalización
voy a intentar desarrollar esta intervención, pero también
como lectora de los trabajos de investigación de otros
historiadores, algunos expuestos aquí, y como investigadora
de ciertos episodios de la segunda guerra mundial que
abundan en lo expuesto, en la extrañeza que contiene
todo aire de familia.
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III
Hay algo enigmático en la familiaridad extrañada que
recuerda a la esfinge de Tebas,
mitad humana, mitad animal y que se podría formular
como, ¿qué es eso que nos hace tan parecidos y, al mismo
tiempo, tan diferentes?
Para ejemplificar esta ambigüedad cultural entre España
y la Argentina en el que se dan semejanzas y diferencias
y para poder hablar luego de las perversas consecuencia
que la negación de la dualidad ha traído aparejadas
he escogido algunas anécdotas de la historia del siglo
XX y de las visiones de los dos países, a saber: las
relaciones hispano-argentinas durante la segunda guerra
mundial; la recepción de la guerra civil en la Argentina,
la caracterización del problema vasco por la izquierda
argentina y las visiones desde España de la crisis política
y económica que padece este país en la última década.
Son fragmentos elegidos al azar o particularmente llamativos
para quien esto escribe que, creo, pueden dibujar el
dilema que he planteado. Fragmentos que componen un
caleidoscopio. Los mismos
fragmentos, rasgos culturales, históricos, lingüísticos
comunes, no obstante, distintos paisajes. Todo depende
del movimiento de la mano que lo experimenta, se apropia
y lo manipula. Algo parecido pasa con los españoles
y los argentinos.
España
y la Argentina durante la Segunda Guerra Mundial: durante el conflicto, España y la
Argentina mantuvieron una fuerte vinculación política,
económica y diplomática que traería importantes consecuencias
a futuro. Convenios comerciales, acuerdos militares
–con un intento de triangulación entre Argentina-España
y Alemania-, pero lo más llamativo era la insistencia
de lo que genéricamente podríamos llamar el discurso
hispanófilo en la política argentina. Tradicional en
ciertos sectores de la vida pública argentina hasta
ese momento, la hispanofilia de la segunda guerra mundial
era parte de una política de gestos: el 12 de octubre
pasa de la competencia de Educación a Exteriores, los
presidentes dirigen mensajes radiados al pueblo español
y a las naciones americanas etc.. La incidencia de esta política gestual y simbólica llevó
a la diplomacia española a creer que el régimen de Franco
contaba con seguros valedores en los gobiernos argentinos,
fueran estos conservadores o nacionalistas. Después
de todo incorporar la figura de la hispanidad entre
1940 y 1945 podía ser leído desde España como un claro
ejemplo de simpatía ideológica. Así lo concibió la diplomacia
española y también la norteamericana, aunque por razones
muy diferentes. El cálculo era muy simple: la política
exterior de régimen franquista apelaba a la hispanidad
como estrategia para aumentar su escaso valor ante la
comunidad internacional y ante el Eje nazi fascista,
primero y luego ante los aliados. Cuando la diplomacia
española hablaba de hispanidad hablaba de una comunidad
de naciones que comparten lengua y cultura bajo la égida
del gobierno y del régimen surgido de la guerra civil.
La genealogía y los intentos de gestión de la memoria
eran muy claros: el régimen era el legítimo heredero
de la España de los Reyes Católicos, creadores del Estado,
martillo de herejes y celosos guardianes de las verdaderas
esencias hispánicas. Cuando en 1943 se intensifica la
apelación a la hispanidad en el discurso político argentino,
la diplomacia española no duda en traducir esa inclusión
como una clara muestra de simpatía sin advertir la existencia
de planes propios en la política de los gobiernos de
la República.
Efectivamente la diplomacia española y los gobiernos
argentinos –del Dr. Castillo, de Ramírez y Farell- toman
la hispanidad como un concepto clave en sus
discursos político pero la hispanidad argentina
no era equivalente a la hispanidad española. ¿Hablaban
de lo mismo? No, porque lo hacían de distinta manera.
En el discurso hispanófilo de los gobiernos argentinos,
sobre todo a partir de 1943, no aparece ninguna asociación
entre España y la España de Franco, siendo esta última
pieza clave del discurso español. La hispanidad era
una comunidad de naciones con un antepasado común, España,
la España de hoy y la de siempre, que por lealtad a
esa memoria y a los valores que ella encarnó debe resistir
los intentos de hegemonía norteamericana. Los sujetos
del enunciado –España, la Argentina, las naciones americanas-
aparecen distorsionados en el discurso argentino si
se lo compara con el español. En este último, España,
la España de Franco estaba llamada a liderar a sus hijas,
las naciones americanas. En la publicística argentina España aparece como un referente histórico
–ya fue, dirían los jóvenes hoy- y la Argentina es la
heredera de esa memoria y de las viejas glorias de la
metrópoli. La relación que establecen los gobiernos
argentinos es de herencia, Argentina hereda de España
sus valores, destrezas y capacidades, dando cuenta del
lugar que ocupa la vieja metrópoli.
Los sujetos y los tiempos varían notablemente en uno
y otro discurso así como los verbos que dan cuenta de
las acciones de ambos países. En el análisis de las
alocuciones argentinas y españolas entre 1940 y 1945
el discurso español sólo en dos ocasiones sitúa a la
Argentina y a otros países de América Latina como sujetos
del enunciado, a saber, en 1941. Los verbos que le adjudica
son sintomáticos del protagonismo español: nacer y dedicar,
verbos que revierten a favor del sujeto del enunciado,
España. Nadie nace, le nacen y se dedica a algo a alguien.
Para esas misma fechas, por el contrario, el discurso
argentino singulariza de forma repetida a la Argentina
como sujeto del enunciado y estos son los verbos que
aparecen: dirigir, conservar, acrecentar, asumir, decidir,
fortalecer, retomar, vincular, afirmar, cooperar...
etc. mostrando las diferencias de lugar en uno y otro
caso.
A
la diplomacia española le costó tiempo y esfuerzo entender
que la hispanidad del discurso argentino no le estaba
dedicada y que los gobiernos perseguían sus propios
fines no siempre coincidentes con los suyos. La misma
lengua, la comunidad de origen y de destino era algo
más que un slogan o una estrategia destinada
a aumentar el poco peso de España en el mundo. Mientras
intentaban convencer al mundo de este ideal lo incorporaban
como un implícito en su política exterior hacia la Argentina
y, en general, hacia América Latina. En este sentido
la correspondencia diplomática es sumamente jugosa y
muestra el desconcierto de los embajadores ante lo que
ellos creían que eran síntomas de simpatía hacia la
España de Franco y que no era sino prueba de un uso
estratégico destinado a minar o neutralizar el avance
norteamericano y dirigido a reformular las identidades
sociales argentinas en momentos de crisis nacional e
internacional.
En buena medida el desencuentro obedeció a la concepción
comunicativa que la diplomacia española tenía del lenguaje:
si los gobiernos argentinos, que hablan nuestra misma
lengua, incorporan el concepto de hispanidad en su discurso
en fechas tan señaladas como las comprendidas entre
1940 y 1945 no cabe duda de que eso es un gesto a favor
de la España de Franco, de sintonía ideológica con el
Régimen. Nada más lejos de la realidad.
La
guerra civil española en la Argentina: pero no sólo los españoles, la diplomacia española, barajó
la posibilidad de una misma lengua igual a un mismo
universo. También en la Argentina, la recepción de la
guerra civil muestra esta misma tendencia. Los trabajos
de la Dra. Mónica Quijada, de la Dra. Silvina Montenegro
(6) (7) han
incidido en el carácter catalizador de la guerra civil.
La polarización del enfrentamiento, ciertos rasgos –civiles
contra militares, libertad contra tiranía- que instrumentalizó
el bando republicano acabaron convirtiéndola en una
guerra poética. A ello contribuyó grandemente la fotografía,
los montajes fotográficos, la presencia de escritores
y poetas extranjeros, las brigadas de jóvenes extranjeros
dispuestos a dar su vida por la causa de la libertad.
Pero desde la Argentina cabe preguntarse si fueron las
características de la guerra civil las que propiciaron
el uso que del conflicto se hizo en la Argentina o,
por el contrario, fue una peculiar lectura de la guerra
–mediatizada por el panorama nacional- la que tradujo
el enfrentamiento español. Me inclino a pensar en esto
último. El carácter polarizado, las características
morales y éticas que adquirió la guerra en esta
tierras trasluce más los conflictos locales que
la complejidad del enfrentamiento en España. Se fuerza
una traducción en clave nacional y se toma, se ve sólo
aquello que tiene sentido en el contexto local. Habría
que ver qué significaba libertad, democracia, pueblo,
igualdad en la Argentina de 1936-1939 donde pesaba una
fuerte asociación entre democracia y fraude. Otra vez
la familiaridad extrañada.
El
problema vasco en la Argentina: un tercer
ejemplo que me gustaría compartir y que sólo voy a enunciar
porque no constituye parte de mi investigación sino
de mi asombro como despaisada
es la posición de la izquierda argentina, de los sectores
progresistas, hacia el problema vasco en España. Creo
que aquí nos volvemos a encontrar con el mismo problema
de traducción forzada. Me he tropezado con sectores
dentro de la izquierda de esta país –y de otros países
latinoamericanos-, incluso de la izquierda democrática,
comprensivos con la violencia abertzale. Ni
los cambios en la organización del Estado español –en
el caso vasco con las mayores cuotas de autonomía y
autogobierno del mundo-, ni la ley de las urnas parecen
disminuir esa simpatía velada hacia un movimiento que
consideran de liberación, dando muestras de que el esquema
que aplican –caso Ulster-
no responde al contexto español. Se justifica el uso
de la violencia apelando –implícitamente- a un esquema
–el de la dictadura- que caducó hace ya casi treinta
años. Tiendo a pensar que no se trata de falta de información
sino de un paralelismo, de una asimilación entre la
realidad y la argentina. El profundo descontento en
este último país ante el estado, los políticos y lo
público; el vivo recuerdo de la dictadura y de la violenta
represión fuerzan esta traducción. La deslegitimación
de la vida y del juego político argentinos, con sus
altas cotas de corrupción e ineficacia, sitúan al estado
y a los gobiernos españoles en parecida posición, justificando
las estrategias violentas como una alternativa desesperada
pero legítima que expresa el malestar de la ciudadanía.
La
crisis argentina en España: por último, navegando hacia el otro lado, la actual crisis
argentina es percibida de una manera un poco literal
e ingenua desde España. En la última entrega de los
premios Goya (8)
se hicieron además de llamados contra la guerra, alusiones
a favor del pueblo argentino. “El pueblo argentino víctima
de la clase política” es el comentario predominante
en toda conversación en los medios de comunicación cuando
salta el tema de la crisis argentina. Esta misma idea
la he visto repetida una y otra vez aquí y allí. Pero,
¿qué elementos aparecen en la interpretación española
de la crisis argentina que me hayan llevado a considerar
estas visiones como ingenuas?
Los
medios de comunicación españoles y en buena medida su
opinión pública se muestran muy alarmados con algunos
aspectos de la crisis económica argentina, a saber:
el hambre, la desnutrición, la falta de servicios sanitarios
mínimos. Creo que el hambre es un punto delicado en
el imaginario español y su sola invocación aderezada
con fotografías despierta la solidaridad de la ciudadanía
que todavía recuerda su propia historia. No obstante,
si bien es cierto que el hambre, la desnutrición, la
falta de atención sanitaria se han extendido en la Argentina,
no es éste un fenómeno nuevo. Como señalaban los médicos
del hospital que se hizo tristemente famoso en Tucumán,
la mortalidad infantil lleva veinticinco años en claro
ascenso. Las deficiencias de los servicios públicos
en el Gran Buenos Aires tampoco es un proceso reciente.
El gran cambio que se ha dado es que las clases medias
urbanas e ilustradas han visto en la última década menguar
considerablemente su poder adquisitivo y han visto frustradas
buena parte de sus expectativas. Pero también hay que
decir que esas clases medias profesionales han tenido
tradicionalmente expectativas inimaginables para la
relativamente reciente y, hasta hace poco, exigua clase
media española. Creer que las clases medias son las
que pasan hambre me parece un gran error de cálculo.
En los últimos meses me han contado anécdotas de profesores
de universidad argentinos y otros profesionales que
han visto cómo al llegar a España todo el mundo se solidarizaba
con su situación y confundían sus quejas por la depauperización
relativa que han sufrido en los últimos años con situaciones
de emergencia nacional. En muchos casos, -académicos
españoles, medios de comunicación- no es, necesariamente,
falta de información sino la asimilación de realidades
con historias claramente diferentes.
La
opinión pública española realiza un cálculo curioso:
si hay hambre en la Argentina –un país míticamente
rico- y las clases medias –que tienen acceso a los medios
de comunicación- hablan de la delicada situación en
la que viven, esto significa que esos sectores sociales
–abogados, médicos, universitarios- que hablan nuestra
misma lengua y tienen códigos parecidos a los nuestros
deben de ser las víctimas de esa situación. No se alcanza
a ver es que las quejas de las clases medias que sin
duda no están pasando los mejores momentos en la Argentina
hay que evaluarlas de acuerdo con las expectativas que
esos sectores han generado y a los que han estado acostumbrados
durante mucho tiempo.
Me
parece que esta somera descripción que acabo de hacer
deja al descubierto, una vez más, el problema de la
traducción. Apelar al hambre en un país como España
tiene un impacto muy particular que consigue movilizar
fuerzas y sentimientos que atañen a la experiencia histórica
de sus ciudadanos. Comparar la estructura social española
con la argentina tampoco resulta muy efectivo. El nivel
de sofisticación y diversificación del consumo de las
clases medias argentinas no tiene punto de comparación
con lo que han sido las costumbres de ese mismo sector
en España, por lo menos hasta fechas muy recientes.
Por último, la consabida idea “los argentinos víctimas
de su clase política” desmerece la tan difícilmente
conquistada democracia participativa argentina, pero
por sobre todas las cosas traduce una situación que
si fue válida para la España de la Dictadura no lo es
para la Argentina desde 1984.
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IV
Con todo ello no quiero dar la impresión de que mi
interpretación es mejor, la más adecuada en cada uno
de estos casos. Más bien resaltar cómo en cada uno de
estos ejemplos las otras interpretaciones escogen aquellos elementos que encajan en su propia experiencia,
eliminando, desestimando todo resto, todo exceso. Me
parece que el diagnóstico, mi diagnóstico es claro:
uno de los problemas de las relaciones entre españoles
y argentinos viene dado por la tendencia a traducir
las realidades o experiencias del otro. Y esto ha sido
históricamente así porque se funda en la creencia de
que hablamos la misma lengua y compartimos un mismo
universo cultural. El origen daría patente de corso
para navegar con el mismo barco de un lado y de otro.
Los ejemplos que he propuesto pretendían mostrar esa
condición de extrañeza familiar. Perseguían iluminar
cuánta diferencia puede esconder el aire de familia.
Lo que propongo y creo que esto puede ser interesante
para construir nuevos discursos periodísticos, didácticos,
científicos es
1.-explorar
la diferencia, dejar hablar al otro, suspender juicios
de valor y atrevernos a reconocer que no todo es traducible,
que hay muchísimas cosas que se nos escapan y que nuestras
visiones no son verdaderas o falsas, son en el mejor
de los casos plausibles, pero que a pesar de todo tenemos
que dar cuenta de ellas, somos responsables de sus consecuencias.
La diferencia no nos amenaza, más bien nos completa.
Hay que intentar desestabilizar esa idea según la cual
lo diferente engendra conflicto. Mejor aún hay que recuperar
la idea de conflicto como esencialmente humano y condición
de posibilidad de la democracia. Discursos menos lineales,
más culturales que apelen a la diferencia de lógicas
de un país y de otro, y dentro del país de un contexto
a otro permitirían una mayor comprensión de las distintas
realidades. Pero por sobre todas las cosas justificaría
el diálogo de una orilla a otra. Precisamente porque
somos diferentes el diálogo –una de cuyas acepciones
etimológicas es a través del conocimiento- tiene
sentido.
2.-¿Qué es eso que nos acerca
y nos aleja en un mismo movimiento? La lengua. Ese vehículo
de comunicación con el que decimos lo que decimos “y
además más y otra cosa” (Pizarnick). El reconocimiento de esta dimensión creadora de
la palabra, creadora de realidades al dotarles de sentido,
implica una posición diferente ante lo que decimos –seamos
políticos, periodistas, docentes o investigadores- y
ante lo que hacemos cuando decimos.
3.-Last but not least,
podría parecer que la apelación a la diferencia desvirtúa
cualquier posible proyecto de comunidad política, económica
y cultural entre España y América Latina. Y no es así.
Desde el 21 de marzo más que nunca otras voces son necesarias.
Creo que hay todo un mundo por descubrir entre españoles
y argentinos, pero no un mundo basado en el pasado y
la tradición sino un universo por construir en el futuro
amparado en el deseo y la voluntad. No es el mito sino
la utopía nuestra compañera de viaje.
4.-Les propongo un ejercicio de desarraigo a los que
se fueron y a los que se quedaron. A los que se fueron
y retornaron, a los que no retornarán nunca, a los que
se están yendo y a los que se irán porque citando a
Todorov:
“El hombre o la mujer desarraigado, arrancado de su
marco, de su medio, de su país, sufre al principio,
pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo,
puede sacar provecho de su experiencia. Aprende a dejar
de confundir lo real con lo ideal, la cultura con la
naturaleza. No por conducirse de modo diferente dejan
estos individuos de ser humanos. A veces se encierra
en el resentimiento, nacido del desprecio o de la hostilidad
de sus huéspedes. Pero si logra superarlo, descubre
la curiosidad y aprende la tolerancia. Su presencia
entre los “autóctonos” ejerce a su vez un efecto desarraigante: al perturbar sus costumbres, al desconcertar
por su comportamiento y sus juicios, puede ayudar a
algunos de entre ellos a adentrarse en esta misma vía
de desapego hacia lo convenido,
una vía de interrogación y de asombro”. (9)
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(1)
Una versión de este ensayo fue presentada en
el Foro AECI-Buenos Aires, La influencia de los
medios de comunicación en la formación
de la imagen española en la Argentina y de
la imagen argentina en España, el 25 de
marzo de 2003.
(2) Me refiero a las
crónicas de Ramón Lobo, enviado del diario El País
a Guinea Ecuatorial. Véase por ejemplo, “La farsa
de Obiang” (19.12.2002); “La oposición guineana denuncia intimidaciones
y la preparación de un fraude en las elecciones” (15.12.2002);
o “El poder de los brujos en Guinea” (8.6.2002).
(3) Sin querer ser exhaustiva, he tenido
oportunidad de presenciar el desconcierto ante fenómenos
como el descrito en muy distintos foros. Como ejemplo,
la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad
de Oviedo, su homóloga en la Universidad Complutense
de Madrid, en el Centro de Estudios Internacionales
de la Fundación José Ortega y Gasset
o en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología
de la Universidad Complutense entre los años 1980-2002.
(4) Se trata del seminario
“Interpretación y explicación en ciencias sociales
hoy” que impartí en la Facultad de Humanidades de
la Universidad Nacional de La Pampa en la Maestría
en Estudios Sociales y Culturales en octubre-noviembre
de 2002.
(5) El vocablo despaisamiento es un neologismo producto de la traducción
del francés dépaysé que,
creo, se ajusta mejor que esa otra palabra –desplazado-
con la que han traducido el título del libro de Todorov. Todorov, Tzvetan, (1996), El hombre desplazado, Madrid, Taurus.
6Quijada, Mónica (1991), Aires
de Cruzada: La Guerra Civil Española en la Argentina,
Barcelona, Ediciones Sendai.
De la misma autora y de Tabanera, Nuria y Azcona,
José Manuel (1992), “Actitudes ante la Guerra Civil
Española en las sociedades receptoras”, en AA.VV.
Historia General de la Emigración Española a Iberoamérica,
vol. 1, CEDEAL, Madrid. Montenegro, Silvina (2002),
La Guerra Civil Española y la política argentina,
Tesis Doctoral presentada en Madrid (inédita).
(7) Con independencia de si el fraude
fue o no una constante en el panorama político argentino.
Aquí lo que interesa no son tanto los hechos en sí
–el fraude, las prácticas fraudulentas- como el convencimiento
de la ciudadanía en la extensión de esta práctica.
(8) Me refiero a la XVII edición de
los premios que entrega la Academia de las Artes y
las Ciencias Cinematográficas de España a los mejores
trabajos en el sector y que tuvo lugar en febrero
de 2003 coincidiendo con uno de los momentos más agudos
de la crisis económica argentina.
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