CIRCUNSTANCIA - Revista de Ciencias Sociales del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset
Madrid (España) - Revista Electrónica Cuatrimestral - ISSN 1696-1277
Año V - Número 13 - Mayo 2007
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PRESENTACIÓN

Lengua y economía se interrelacionan y potencian recíprocamente. La lengua facilita múltiples facetas de la actividad económica, y es el desarrollo y la capacidad creativa de ésta el mejor soporte de la expansión de aquélla. El estudio del valor económico de la lengua no hace sino profundizar analíticamente en esa fecunda correspondencia mutua, que ya Adam Smith apuntó.

Para el español, en particular, la celebración del IV Congreso Internacional de la Lengua en Cartagena de Indias, durante la última semana del pasado mes de marzo, ha proporcionado una nueva oportunidad para subrayar dicha interdependencia, afirmándose de paso una doble evidencia. La primera, el papel vertebrador de la lengua en la comunidad hispánica de naciones. Ha sido siempre su base –la lengua y la cultura a ella adherida y de ella brotada–, pero en nuestros días está siendo además activo factor de vertebración, más allá de los confines de la diplomacia y de la política. Fundamental para conseguirlo está resultando, desde luego, la labor de la Asociación de las 22 Academias de la Lengua Española para alcanzar altos y crecientes grados de homogeneidad ortográfica, fonética y sintáctica, con frutos tan logrados como el Diccionario y la Gramática comunes. La comunidad iberoamericana, dicho de otro modo, encuentra en la trabajada homogeneidad del español un resorte aglutinante de primer orden, reforzado con el Sistema Internacional de Certificación del Español como Lengua Extranjera, que el Instituto Cervantes a puesto ya a punto.

Factor vertebrador de lo panhispánico que no es indiferente, por supuesto, a la dimensión económica de la realidad iberoamericana: no sólo por lo que puede reforzar los intercambios mercantiles de todo tipo entre los distintos integrantes de ese ámbito común de naciones, sino también porque la fuerte coherencia de que se está dotando la lengua española –mayor que la del inglés, nuestra referencia en tanto que idioma multinacional– es una baza extraordinaria para potenciar la actividad productiva y comercial de economías crecientemente abiertas e internacionalizadas, como son las de España y América Latina. Hay que decirlo con rotundidad: para sus posibilidades “mercantiles”, la lograda unidad en la diversidad del español proporciona a éste una notoria ventaja comparativa en la economía global.

La segunda evidencia que se ha hecho más firme en el curso del IV Congreso Internacional de la Lengua Española es el inexcusable entrelazamiento que existe precisamente entre lengua y desarrollo económico y social, en el sentido más amplio y exigente de esta última expresión. Y no hay que pensar sólo en el planteamiento general de esa relación, que podría enunciarse diciendo que la lengua facilita múltiples facetas de la actividad económica, y que es la capacidad creativa de ésta el mejor soporte de la expansión de aquélla. Hay que atender concretamente al español y a la posibilidad de que éste acompañe al inglés –dado que no puede desbancarlo– como segunda lengua franca. Posibilidad ésta que va a depender mucho más de la calidad de nuestras economías y de nuestras sociedades que del crecimiento demográfico o de la riqueza cultural, en términos estrictos. Son las pantallas –las pantallas de los ordenadores– y no los libros lo que hoy dan primacía al inglés, se ha dicho con ingenio paro muy certeramente; sobre todo si consideramos las pantallas no sólo como sinónimo de desarrollo científico y tecnológico, sino también como expresión de avance modernizador, de calidad educativa, de democracia asentada, de cohesión social. Esta es la cuestión.

La economía del español remite, por consiguiente, a la economía en español. No hay mejor apoyo para una lengua que la robustez de la economía y el prestigio de la sociedad que la sostienen. El buen producto que es el español sólo cotizará al alza en el mercado global si las economías que lo sustentan se hacen más competitivas, y más sólidas nuestras democracias. Y en uno y otro terreno nos queda mucho al mundo hispánico por recorrer, incluso en una encrucijada como la que durante el último lustro estamos conociendo, con fuertes ritmos de crecimiento a uno y otro lado del Atlántico y con multiplicadas consultas electorales de corte democrático; pues está por ver si los buenos resultados macroeconómicos se traducen en mejoras de competitividad y en mejoras sustantivas de infraestructuras técnicas y equipamientos sociales, y no siempre, ni mucho menos, activismo electoral va de la mano de estabilidad política y de madurez institucional.

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Conforma todo ello un tema central de nuestro tiempo, dicho al modo orteguiano, al que Circunstancia quiere contribuir con los textos que a continuación se ofrecen, escritos en sus primeras versiones, bien para la revista TELOS, Cuadernos de comunicación, tecnología y sociedad, (nº 71, abril-junio, 2007), presentada en el repetidamente citado IV Congreso de Cartagena de Indias, bien para el Seminario Internacional celebrado en la Universidad de Alcalá del día 17 del pasado mes de abril, bajo el título “Valor económico del español”: una empresa multinacional”. Es una cortesía, en ambos casos, de Fundación Telefónica, a cuya iniciativa se debe la investigación que da unidad a los trabajos que siguen.

José Luis García Delgado.

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