ECONOMÍA Y LENGUA: EL ESPAÑOL EN EL COMERCIO INTERNACIONAL

Juan Carlos Jiménez y Aránzazu Narbona

1.     La lengua como argumento económico
2.     Lengua, comercio y la ley de Newton de la gravitación universal
3.     El español en los flujos comerciales internacionales
4.     Breve apunte conclusivo


    Ortega, al reflexionar sobre el provenir de la lengua francesa en las páginas de La Prensa bonaerense, escribió en 1911: «Como no se abren todas las puertas con la misma llave, no todos los pensamientos se pueden pensar en una lengua, ni todas las metáforas florecen en un solo vocabulario, ni todas las emociones son compatibles con una gramática única». Tampoco el intercambio económico entre los individuos –o el comercio entre los países– se sujeta a un solo idioma, por más que algunos hayan aspirado históricamente a constituirse en lingua franca. Las lenguas son, ante todo, herramientas de comunicación, y de ahí su tendencia a la unicidad. Así le sucedió al propio español durante la Reconquista, cuando sólo era «castellano», una más entre las lenguas peninsulares, y «Castilla se adelanta a los otros dialectos afines», como tan vivamente supo describir Menéndez Pidal en su póstuma Historia de la lengua española. Pero las lenguas son también elementos distintivos, depósitos de riqueza cultural que conforman la identidad de los pueblos, reforzando así la diversidad lingüística que subsiste en el mundo actual. Una lengua común, se dirá, no es condición sine qua non para el intercambio, y así lo demuestra cada día la babélica y comerciante Europa. La pregunta es si compartir una lengua –y hacerlo en un condominio tan amplio como el del español, con sus cerca de 450 millones de hablantes– aporta algún plus, algunas ventajas cuantificables a la hora de comerciar. Que el inglés, la lengua de los negocios internacionales, cuenta con ellas, resulta innegable. El objeto de estas páginas será mostrar que también lo es en el caso del español.

1.     La lengua como argumento económico

         La conexión entre lengua y comercio no ha sido explorada sino hasta fechas muy recientes en la literatura económica. Y ello a pesar de que Adam Smith, en las páginas de su Riqueza de las naciones, hubiera advertido tempranamente la importancia comercial de la lengua, al preguntarse por «el principio que motiva la división del trabajo»: ésta era, a su juicio, la consecuencia de «la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra»; una propensión que, a su vez, «como parece más probable, es la consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje» [1]. La lengua, en definitiva, es lo que distingue al ser humano del resto de las criaturas: es lo que le permite cooperar, comerciar y, de ahí, especializarse.

         También Jacob Marschak, el padre de la Economía de la lengua, concebía a ésta –casi dos siglos después– como «el más desarrollado sistema de comunicaciones entre las organizaciones humanas»: un medio de intercambio, una especie de moneda única cuyo uso reducía los costes de transacción [2]. Pues bien, a pesar de estos antecedentes, a la lengua le ha costado abrirse camino dentro de los cauces del análisis económico.

         La Economía neoclásica se ha construido, desde hace siglo y medio, sobre la base de tres grandes factores productivos: capital, trabajo y tecnología. Y la lengua encaja difícilmente en este esquema analítico. Quizá por su carácter lábil y complejo, al punto de ser, a la vez, parte integrante de estos tres factores, aunque en principio cueste advertirlo. Por un lado, la lengua es, ante todo, una tecnología social de comunicación, si bien ha sido vista comúnmente, por decirlo de un modo actual, como una especie de software libre, sin costes, y, por tanto, sin retribución específica dentro del producto. Por otro lado, la lengua, en tanto que destreza comunicativa, es parte del capital humano, y, por tanto, del factor trabajo tal y como hoy se concibe: de este modo, el conocimiento de varias lenguas –o el buen uso de una– se monetiza en el mercado de trabajo, bien lo sabe cualquier emigrante, como lo hace cualquier otra habilidad educativa. Por último, la lengua también contribuye a la formación de capital; pero no del capital físico, en la concepción neoclásica, sino del capital social, ese «pegamento social» –en la acepción de Putnam– en forma de redes de relación y lazos de confianza que tanto contribuye al crecimiento, como se reconoce cada vez más ampliamente en la literatura, aunque siga siendo en todas sus facetas tan difícil de cuantificar.

         Todo ello se deriva de tres cualidades económicas de la lengua –de una lengua compartida, se entiende– que potencian los intercambios, y tanto más cuanto más extendida sea ésta: en primer lugar, como bien de club que difunde externalidades de red y permite, con ello, multiplicar el potencial comunicativo de una colectividad; en segundo lugar, la lengua como reductora de los costes de transacción, al modo en que lo hace una moneda común o el levantamiento de una barrera comercial, y, tercero, como amortiguadora de la distancia psicológica entre los mercados, un concepto que remite a la Escuela sueca de Uppsala.

         Cada una de estas propiedades opera en sentidos distintos –ampliación del mercado, reducción de los costes, acercamiento personal–, pero en una misma dirección, que Lazear ha sabido resumir en una sola frase: «Una cultura y un lenguaje comunes facilitan el comercio entre los individuos» [3]. La cuestión estriba en cómo examinar –y cuantificar, ya que estamos hablando de Economía– la relación entre lengua y comercio. Una vieja ley, prestada de la Física, sirve hoy a estos propósitos.

2.     Lengua, comercio y la ley de Newton de la gravitación universal

Cuando Isaac Newton, sobre los hombros de Galileo y Kepler, y quién sabe si bajo algún manzano, formuló hacia 1665 su famosa ley de la gravitación universal, estaba aportando un instrumento analítico que, de las ciencias físicas, podía trasladarse a las sociales. En efecto, si dos cuerpos celestes se atraen en proporción directa a sus masas respectivas, e inversa al cuadrado de la distancia que les separa, algo parecido sucede con el comercio internacional: dos países grandes y próximos intercambiarán más, en principio, que dos países pequeños y alejados. En principio. Porque, como los fenómenos de la Economía suelen estar sujetos a complejidades añadidas a los de la Física, por no hablar de su mayor imprecisión, deben considerarse en sus modelos otras variables que pueden modular, según el caso, el resultado final. Así, compartir una frontera o formar parte de un mismo bloque comercial son factores que estimulan los intercambios, más allá del tamaño económico de los países o de los kilómetros que les separan. Y la lengua –compartir un mismo idioma– aparece también como una variable clave del comercio. Al menos, es una buena hipótesis a contrastar.

Los modelos gravitatorios –así se llaman también en Economía los inspirados en la fórmula de Newton– han sido aplicados al estudio de los determinantes del comercio internacional. Los flujos de intercambio bilateral entre cada par de países de los que se dispone de información se hacen depender de un conjunto de otras variables, comenzando por las dos fuerzas básicas de atracción gravitatoria que acaban de enunciarse: el peso económico de los países y la distancia que les separa. Compartir una lengua y ser socios de un acuerdo de integración regional (Unión Europea, Nafta, Mercosur, Asean...) son variables dicotómicas –dummies, en la terminología inglesa– que toman el valor uno en caso afirmativo, y cero en el contrario; junto a ellas se incluyen a veces otras de este mismo carácter: compartir frontera, creencias religiosas o una antigua relación colonial, entre las más frecuentes. También se pueden incluir en el modelo, aunque en este caso la definición de las variables puede plantear dificultades añadidas, otros factores, como los de similitud cultural o calidad institucional, a partir de indicadores, siempre cuantitativos, de estos aspectos. El objeto es llegar a conocer, del modo más aquilatado posible, el efecto de cada uno de estos factores en la determinación de los flujos internacionales de comercio.

Los autores de estas páginas hemos realizado un ejercicio econométrico de este tipo con el fin de aproximar lo que una lengua común –y el español, en concreto– aporta al comercio bilateral de los países, descontando lo que suponen los otros factores enunciados. Para ello se ha seleccionado una muestra de 51 países que abarca los cinco continentes. Hay, por supuesto, un amplio conjunto de países de habla hispana –diez repúblicas iberoamericanas, entre ellas todas las de mayor tamaño económico y demográfico, más España–, pero también otros muchos de las más diversas características, comenzando por un nutrido grupo de países anglosajones, lo que resulta esencial a efectos del modelo: dado que todos los países comercian, sólo se puede contrastar debidamente el peso del español en los flujos económicos internacionales en relación con el que ejercen otras lenguas en sus respectivos ámbitos de influencia.

La serie temporal de nuestros datos, el período casi decenal 1996- 2004, ha servido para construir un modelo –inédito hasta ahora en los trabajos de este tipo– de datos de panel, esto es, en forma matricial, que permite analizar el efecto de las distintas variables que se incorporan a la ecuación de gravedad a lo largo de este decurso reciente.

El modelo gravitatorio, según acaba de apuntarse, trata de ponderar el peso relativo de cada una de las variables incluidas en la ecuación, y su importancia a la hora de explicar las exportaciones de bienes entre dos países cualesquiera. Por tanto, la variable a explicar son los flujos bilaterales de exportaciones; y las variables explicativas se pueden agrupar en dos categorías: la primera engloba a las variables gravitatorias básicas; la segunda, a las otras variables que inciden sobre el comercio entre los países. Las variables básicas de atracción son, por un lado, el tamaño económico, la masa –podría decirse, por similitud con los cuerpos celestes– de los socios comerciales, y, por otro, la distancia que les separa. La dimensión económica de los países (medida en millones de dólares norteamericanos) se aproxima tanto en términos absolutos, a través del Producto Interior Bruto (PIB), como en términos relativos, a través del  PIB per cápita (que refleja además el nivel de desarrollo de los países involucrados en los intercambios). La distancia física, geodésica, se mide en kilómetros.

Dentro de las restantes variables que condicionan el comercio bilateral entre los países, las de carácter dicotómico –las ya referidas dummies, cero-uno– no plantean problemas esenciales de definición (compartir frontera, lengua [4], religión, antigua relación colonial o pertenecer a un mismo bloque regional de comercio), pero sí las que tratan de cuantificar aspectos de carácter tan cualitativo como la distancia cultural o institucional entre los países, o la calidad institucional de cada uno de ellos. La inclusión en el modelo de estas variables ayuda, sin duda, a afinar sus resultados, pero plantea dificultades específicas de definición y medida.

Se han incorporado, en este sentido, dos variables «institucionales» que captan, por una parte, la distancia institucional entre dos países y, por otra, la calidad institucional de cada uno de ellos, tanto del exportador como del importador; y, junto a ellas, otra variable «cultural» que cuantifica la distancia cultural entre cada par de países a través de indicadores de los usos, valores y costumbres propios de cada sociedad. Estas variables de índole institucional y cultural se han ido incluyendo en las sucesivas especificaciones de la ecuación de gravedad con el fin de identificar los factores que mueven el comercio internacional, reduciendo o aumentando la fuerza de atracción comercial que, de modo natural, se da entre los países. Se trata, en todo caso, de indicadores económicos construidos a partir de bases de datos específicas –y distintas de la base de Chelem, Comptes harmonisés sur les échanges et l’économie mondiale, edición 2005, que se ha empleado con carácter general–, que requieren alguna aclaración conceptual. Primero se aludirá a los aspectos institucionales.

En los últimos años, siguiendo la estela de North, han aparecido distintos trabajos teóricos [5] que ponen de manifiesto la importancia de las instituciones en el crecimiento de los países como mecanismo reductor de los costes de transacción, estimulando así la eficiencia de los mercados y potenciando, por tanto, los intercambios comerciales. El cascabel del gato es, sin duda, la cuantificación de esos aspectos institucionales que se presumen tan esenciales. Daniel Kaufmann, desde el Banco Mundial, ha sido capaz, junto a su equipo de investigadores, de crear una base de datos periódicamente actualizada para 216 países, sobre  seis aspectos relativos a la gobernabilidad [6]: voto y control; estabilidad política y ausencia de violencia; efectividad gubernamental; calidad regulatoria; Estado de derecho (cumplimiento de la ley), y control de la corrupción. Todas estas dimensiones se mueven en un rango de valores que oscila entre 2,5, en el caso más favorable, y -2,5, en el peor. Para nuestro modelo de gravitación se han calculado las diferencias entre cada dos países de la muestra, y para cada uno de esos seis aspectos: de su media aritmética surge el indicador agregado de la distancia institucional bilateral (DIij). La calidad institucional se obtiene directamente a partir de los valores obtenidos para cada país, y permite incorporar, en la explicación del comercio de cada dos de ellos, este indicador del buen gobierno, tanto del país exportador (IQi) como del importador (IQj).

Los aspectos culturales, al igual que estos institucionales, son difíciles de medir también. Un punto de partida es la distinción entre «familiaridad» y «similitud» cultural. La primera se refiere a los lazos de confianza que puede generar el hecho de compartir un mismo idioma, una misma religión o un antiguo vínculo colonial. La segunda alude al parecido de los valores y normas culturales imperantes en cada sociedad. El profesor Geert Hofstede ha venido recopilando esta información desde el decenio de 1980 –y actualizándola regularmente [7]– a través de un amplio procedimiento de entrevistas individuales, de tal modo que ha ido mejorando el grado de cobertura de su estudio (inicialmente, contando con los trabajadores de la empresa multinacional IBM de 64 países; posteriormente, incorporó los resultados de encuestas a estudiantes de 23 países, elites de 19, pilotos comerciales de 23, consumidores de 15, y funcionarios de 14 países). Pues bien, el procedimiento consiste en asignar una puntuación entre 0 y 100 para un total de cuatro dimensiones características de la similitud cultural entre los países [8]: distancia al poder; individualismo vs. colectivismo; masculinidad vs. feminidad, e índice de aversión al riesgo. Para hallar la distancia cultural entre cada dos países de la muestra (DCij) se han calculado de nuevo las diferencias bilaterales para cada una de estas categorías y para cada par de países y, de ahí, se ha obtenido la media aritmética de las cuatro a fin de tener un valor agregado de la similitud cultural entre el país exportador y el importador.

Sobre estas bases metodológicas, el trabajo cuantitativo de estimación se ha desarrollado en sucesivas etapas, con diferentes especificaciones de la ecuación de gravedad: partiendo de la ecuación más sencilla, tan sólo con las variables gravitatorias básicas, se han ido incorporando las ya citadas variables adicionales, lo que ha permitido ir mejorando la bondad del ajuste de nuestro modelo, y, con ello, la precisión del cálculo con que cada variable explicativa, entre ellas la lengua, afecta al comercio internacional.

La especificación básica del modelo –en la que todas las variables son estadísticamente significativas y presentan el signo esperado a priori– muestra cómo, en primer lugar, a mayor tamaño económico, tanto en términos absolutos (PIB) como relativos  (PIB per cápita), mayor nivel de intercambio comercial (signo positivo); segundo, que a mayor distancia física entre los países, como también era esperable, menor volumen de comercio (signo negativo); tercero, que la existencia de una frontera común entre dos países vecinos potencia en un 55 por 100 sus intercambios (signo positivo); cuarto, que compartir un mismo idioma multiplica casi por dos veces (aumento del 195 por 100) dichos intercambios bilaterales (signo positivo), y, quinto, que pertenecer a un mismo bloque comercial lo hace apenas en un 50 por 100 (con signo, en todo caso, positivo). Esto de una clara idea, antes incluso de introducir en el modelo las otras variables culturales e institucionales ya enunciadas, de la importancia de la proximidad lingüística como factor determinante del comercio internacional entre los países.

La especificación completa del modelo, incluyendo ya todas las variables institucionales y culturales, aporta nuevas conclusiones y matices de interés sobre las anteriores. En primer lugar, el coeficiente del indicador agregado de distancia institucional cambia de signo (de negativo a positivo, lo que resulta en principio sorprendente: más distancia, más comercio) y mejora en su nivel de significación cuando se incorporan al modelo la calidad institucional del país exportador y la del importador. Al considerar la calidad, una menor distancia (o mayor homogeneidad) institucional, parece favorecer el comercio entre países desarrollados, económica e institucionalmente; en cambio, para el conjunto de países menos desarrollados, en los que su homogeneidad institucional se basa comúnmente en la mala calidad, no cabe esperar, de esa menor distancia, un mayor comercio, sino más bien lo contrario. De manera que a mayor distancia institucional entre los países, mayor, pero muy poco, será el intercambio comercial; y a mayor nivel de calidad institucional del país exportador e importador, mayor flujo de comercio mutuo. El signo positivo de la variable distancia institucional sugiere que entre países más alejados institucionalmente, es decir, entre los que existe una gran diferencia en el marco regulatorio y de buen gobierno, se da un «efecto sustitución», aunque leve, a tenor de la magnitud del coeficiente, de la producción nacional por importaciones de terceros país con mejores instituciones.

En segundo lugar, parece claro que una mejor calidad del marco institucional reduce la incertidumbre acerca del cumplimiento de los contratos y da garantías a los agentes acerca de la gobernabilidad económica del país [9]. La propia Organización Mundial de Comercio, en su Informe de 2004 –titulado Análisis  del vínculo entre el entorno normativo nacional y el comercio internacional– reconoce que la calidad de las instituciones afecta a la cantidad de comercio generada por la liberalización del comercio, con consecuencias implícitas para el bienestar. No ha de extrañar, pues, que las variables que reflejan este indicador tengan signo positivo y sean significativas al 100 por 100, y que pesen más que la propia diferencia institucional entre los países involucrados en el intercambio comercial. Cabe decir, pues, que la calidad de los sistemas políticos y legales de los socios comerciales condiciona el comportamiento y la confianza entre los países, influyendo en las formas de hacer negocios entre ellos; de ahí que a mayor calidad institucional, mayor sea también el volumen de los intercambios comerciales. Es más, los resultados de nuestra regresión arrojan matices añadidos, por cuanto permiten destacar la importancia de la calidad de los países importadores como prioritaria. Es decir: siendo cierto que ambos indicadores –calidad institucional del país de origen y del país de destino de los intercambios– son determinantes de los flujos de comercio entre dos países, lo es en particular el nivel de calidad del país de destino de las mercancías, esto es, del país importador. Los buenos países atraen el comercio.

En tercer lugar, y de entre las variables culturales incluidas en el modelo (tanto las dicotómicas como el indicador agregado de Hofstede), las expresivas de la familiaridad entre los países se revelan como esenciales, en particular la lengua común. Así, hablar el mismo idioma –adviértase que la inclusión de todas las variables modula muy ligeramente los resultados obtenidos en la especificación inicial del modelo– potencia en un 191 por 100 los intercambios comerciales de los países; pertenecer a un mismo bloque comercial, lo hace en un 49 por 100; haber tenido vínculos coloniales, en un 39 por 100; y compartir la misma religión, un 21 por 100. En cambio, la distancia cultural calculada a partir de las dimensiones de Hofstede presenta un signo positivo un tanto difícil de explicar, de nuevo, que denotaría que a más distancia cultural, mayor comercio bilateral entre los países. Un resultado que, en todo caso, y sin dejar de observar el insuficiente grado de significación de esta variable en la regresión, concuerda con el obtenido en otros trabajos [10], y que puede deberse a los costes asociados a atender los mercados de otro país culturalmente alejado.

De cualquier modo, la lengua común se revela en nuestro modelo como una variable determinante de gran importancia y significación estadística dentro de los flujos actuales del comercio internacional. El español, la lengua hablada en más de una veintena de países como idioma oficial, y en otros muchos como lengua extranjera con creciente implantación, hasta alcanzar una cifra cercana a los 450 millones de hablantes, merece, desde esta perspectiva, una atención específica.

3.     El español en los flujos comerciales internacionales [11]

La lengua común, de acuerdo con nuestros cálculos, aparece como un determinante esencial del comercio bilateral entre los países: en unas u otras especificaciones del modelo, esta variable supone, ya se ha dicho, un factor multiplicativo del comercio entre los países que la comparten en torno del 190 por 100. De lo que se trata ahora es de determinar cuánto vale el español, es decir, cuánto potencia nuestra lengua común los intercambios internacionales, en comparación con otras lenguas.

A nuestros efectos, la comparación esencial es la que puede establecerse entre el español y el inglés. Es cierto que ambas lenguas abarcan condominios lingüísticos dispares, no sólo en tamaño, sino también por algunas de sus características concretas: el del español, muy concentrado geográficamente en el subcontinente americano (lo que hace que a la ventaja de la lengua común se una el acortamiento de las distancias físicas, y hasta, en muchos casos, la existencia de fronteras comunes, por lo que es fundamental controlar estas variables); el del inglés, más disperso, y también más difícil de delimitar numéricamente, por cuanto, además de su presencia en los países en que es lengua oficial –que son también los que en este estudio se consideran anglófonos–, es segunda lengua para una gran parte de la humanidad, y, sobre todo, el gran idioma, lingua franca, de los negocios internacionales. Pero hay otra diferencia esencial que los modelos gravitatorios pueden ayudar a descontar del análisis: la capacidad de compra media de los hablantes de una y otra lengua. El inglés, al menos con la selección de países de la muestra, corresponde, en general, a países de mucho más alto nivel de renta que el del promedio de aquellos otros en los que se habla español, y de los que cabe esperar, por tanto, un mayor comercio mutuo.

Pues bien, al desglosar los efectos respectivos del español y del inglés –como lengua común de los países– sobre los flujos de comercio, resulta que compartir el español, controlados los otros factores incluidos en el modelo, aumenta el comercio bilateral en un 286 por 100, en tanto que compartir el inglés lo hace sólo en un 237 por 100. En ambos casos, manteniendo un altísimo grado de significatividad estadística, y también sensiblemente por encima de lo que suponía la variable genérica lengua común, de donde cabe deducir la destacada importancia comercial de ambas lenguas. Parece, pues, que el idioma común es una variable más importante para explicar el comercio bilateral entre los países de habla hispana que entre los anglosajones. Todo ello, manteniendo en el modelo las otras variables, además de la lengua,  capaces de captar la afinidad cultural e histórica solapada a la lingüística, con el fin de que no todo se le atribuya a la lengua.

La razón de este mayor peso diferencial del español –respecto del inglés– como determinante del comercio entre los países que lo hablan como lengua oficial puede deberse a que en los países anglosajones considerados en la muestra, varios de ellos de muy alto nivel de renta per cápita y con otras muchas afinidades culturales, la lengua es una variable menos decisiva, proporcionalmente, que en los países hispanos. Éstos, por lo común de un nivel de renta intermedio-bajo a escala internacional, tienen en la lengua un poderoso argumento comercial y reductor de sus costes de transacción.

La introducción en nuestro modelo, sobre la delimitación previa del español y el inglés, de las variables institucionales anteriormente consideradas, además de las culturales ya incorporadas, produce un resultado sorprendente en apariencia –y que precisa de una mayor maduración–, pero no ilógico, a la luz de otra carencia, en términos de calidad institucional, de los países de habla hispana, en general. La inclusión de todas las variables en el modelo no altera en principio el peso aproximado que tiene la lengua común en la explicación del comercio bilateral, que sigue en torno del 190 por 100. Pero, al aislar este efecto para las dos lenguas, el español se dispara por encima del 400 por 100, en tanto que el inglés se modera hasta situarse cerca del 140 por 100.

Cuando se realiza una elemental estadística descriptiva de cómo la variable que representa la calidad institucional se distribuye internacionalmente, se observa cómo en el ámbito del español las carencias en este terreno son más que evidentes: la mayor parte de nuestros países está por debajo del promedio (0,47, en una variable que se mueve, ya se dijo, entre 2,5 y –2,5), cuando no en los puestos finales de la lista. Si se tiene en cuenta, como quedó fundamentado antes, que la calidad institucional es una variable básica a la hora de explicar el volumen de los intercambios bilaterales a escala mundial, al incluir ésta en el modelo, lo que parece estar reflejando es que entre los países de habla hispana comercian a pesar de sus deficiencias en este terreno. Es decir, que al incluir la calidad institucional, lo que debemos explicar es por qué nuestros países comercian en la proporción que lo hacen, y es entonces cuando la lengua común parece erigirse en un factor de cohesión que, en realidad, está supliendo otras deficiencias de los países hispanohablantes, fundamentalmente en lo que se refiere al buen gobierno y a la calidad de sus instituciones. El caso de los países de habla inglesa considerados en la muestra parece ser justo el contrario: en ellos, la calidad institucional, la buena calidad institucional de la mayor parte de ellos –siete de los diez países anglosajones aventajan al primero de los hispanos–, se constituye en un factor explicativo tan poderoso del comercio mutuo que sirve para aquilatar en gran medida el peso de su lengua, el inglés, como determinante del comercio.

Pareciera, en fin, como si los países anglosajones estuvieran llamados a comerciar, dadas sus características económicas e institucionales, con independencia, casi, de la lengua que les une; en tanto que los países hispanos, a falta de otros factores reductores de los costes de transacción y estimuladores de los intercambios, más allá de los que les proporciona la contigüidad geográfica, no tuvieran otro acicate como fundamento de sus relaciones comerciales que no fuera el de su lengua común. Por más que todo esto exija mayor profundización y estudio, no debe dejar de subrayarse que la lengua tiene que ser una ventaja añadida a las que el progreso económico y la calidad institucional suponen para el comercio, no algo que les supla.

España es, en todo caso, dentro del condominio lingüístico del español, un país de específicas características. Por su nivel de renta –y de calidad institucional, por debajo de la media de los países anglosajones de la muestra, pero por delante de la mayoría de los hispanos–, y también por su posición geográfica, más distante de cualquiera de los países hispanoamericanos de lo que cada dos de éstos lo están entre sí, y sin frontera común con ninguno de ellos, sino con el Atlántico por medio. Pues bien, observado desde España, los cálculos previos acerca de la potencia comercial del español –quedémonos, de momento, con la prudente estimación algo por debajo del 300 por 100– no pueden sorprender: a pesar de la pérdida de importancia relativa de América Latina como destino de la exportación española, España continúa siendo el país de la Unión Europea con mayor importancia comercial en el área [12].

Nuestra base de datos, referida al comercio bilateral de mercancías de 51 países, reafirma esta apreciación: en relación con sus exportaciones totales, España comercia con los países americanos de habla hispana más del doble que lo hace Italia, casi dos veces y media más que Alemania, y en torno del triple que el Reino Unido o Francia. Son proporciones que se mueven en los órdenes de magnitud detectados anteriormente en nuestro modelo como factores de multiplicación del comercio debidos al español como lengua común, en particular cuando la calidad institucional –como sucede con España, en relación al promedio mundial– no es un hándicap. Lo que no se justifica, puede añadirse, ni por la dimensión económica ni por el nivel de renta relativa de nuestro país, y que ha de tener parte de su explicación, junto con otros factores de identidad común, en uno que, además, reduce los costes de transacción, multiplica externalidades positivas, acorta la distancia psicológica, trenza vínculos de confianza y de creación de capital social y constituye la materia prima de unas industrias culturales de dimensión internacional: el español.

4.     Breve apunte conclusivo

Del trabajo cuantitativo que se ha sintetizado en las páginas previas se deduce que la lengua, en general, aparece hoy como un poderoso lubrificante de las relaciones comerciales internacionales: compartir el mismo idioma aumenta en torno de un 190 por 100, controladas las demás variables, los intercambios. Estímulo que, además, aparece claramente más intenso en el caso del español que del inglés: en la más prudente de las estimaciones, el primero multiplica los flujos comerciales entre los países que lo comparten en un 286 por 100; el segundo, aunque de un modo también muy intenso, en algo menos, un 237 por 100.

No se confunda, en todo caso, la verdadera significación de este resultado. Lógicamente, lo que refleja no es la importancia respectiva de ambos idiomas en las relaciones comerciales internacionales, mucho mayor en el caso del inglés, sino lo fundamental que resulta el español, en concreto, dentro del conjunto de países que constituyen su gran condominio lingüístico. En los países anglosajones considerados en la muestra, en general de muy alto nivel de renta per cápita y con otras muchas afinidades culturales, la lengua es una variable menos decisiva, proporcionalmente, que en los países hispanos; éstos, por lo común de mucho menor nivel de renta, tienen en la lengua un poderoso argumento comercial y que reduce de forma crucial sus costes de transacción. Algo parecido, pero si cabe con más intensidad, parece deducirse cuando se introducen las variables de calidad institucional en el modelo, y se disparan los porcentajes multiplicativos del español como variable determinante del comercio bilateral de los países en que se habla, al tiempo que se afinan los del inglés: pareciera como si, a la luz de la baja calidad institucional de muchas de las economías del ámbito hispanohablante, la lengua común ganara en importancia como explicativa de los intercambios, ante el freno que supone dicha falta de calidad.

El español, en suma, vale, y mucho, dentro de los flujos comerciales de los países que lo comparten. Un argumento económico que no puede convertirse, en todo caso, en exclusivo, y que necesita del progresivo desarrollo económico e institucional de nuestros países. Como supo expresar con gran lucidez Antonio Muñoz Molina en la jornada inaugural del reciente IV Congreso de la Lengua Española en Cartagena de Indias: «El enemigo del español no es el inglés, sino la pobreza».

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[1] Cfr. Adam Smith (1958; 1776, 1.ª ed. en inglés), Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, Fondo de Cultura Económica, México., Libro I, Capítulo II. De hecho, esta cuestión de la comunicación humana ya le había ocupado a Adam Smith desde al menos dos décadas antes, en su The theory of moral sentiments (1759), y de un modo si cabe más específico en Considerations concerning the first formation of languages (1761).

[2] Vid. Jacob Marschak (1965), «Economics of language», Behavioral Science, vol. 10, págs. 135-140.

[3] Cfr. Edward P. Lazear (1999), «Culture and language», Journal of Political Economy, vol. 107, núm. 6 (supl.), págs. S95-S126.

[4] Aunque algunas lenguas, como el español y el portugués, tienen proximidades lingüísticas difíciles de reducir al dicotómico cero-uno. Esto está dando lugar ya a diversas matizaciones en la literatura sobre el tema. Vid. J. Melitz (2002), Language and foreign trade, University of Strathclyde, CREST-INSEE y CEPR, diciembre, mimeo.

[5] Vid., por ejemplo, en D. Rodrik (2003), «Institutions, integration and geography: In search of the deep determinants of economic growth», en D. Rodrik (ed.), In search of prosperity: Analytic country studies on growth, Princeton University Press.

[6] Vid. D. Kaufmann, A. Kraay y M. Mastruzzi (2006), «Governance Matters V: Aggregate and individual governance indicators for 1996-2005», Policy Research Working Paper, núm. 2272, The World Bank. Igualmente, en http://www.govindicators.org

[7] Vid. G. Hofstede (2001), Culture’s consequences: Comparing values, behaviours, institutions, and organizations across nations, Thousand Oaks, Sage Publications. Igualmente, en http://www.clearlycultural.com/geert-hofstede-cultural-dimensions

[8] Existe una quinta dimensión denominada «orientación a largo plazo» para la que sólo se dispone de datos limitados a un muy reducido número de países, y que por tanto no ha sido considerada en nuestro trabajo.

[9] Vid. H. L. F. De Groot, G. J. Linders, P. Rietveld y U. Subramanian (2004), «The institutional  determinants of bilateral trade patterns», Kyklos, vol. 57, núm. 1, págs. 103-124.

[10] Vid. G. J. Linders, A. Salangen, H. L. F. De Groot y S. Beugelsdijk (2005), «Cultural and institutional determinants of bilateral trade flows», Tinbergen Institute Discussion Paper, TI 2005-074/3.

[11] Aquí se resumen las conclusiones de la ponencia preparada por los autores de estas páginas para el III Seminario Internacional sobre «Valor económico del español: una empresa multinacional», celebrado el 17 de abril de 2007 en la Universidad de Alcalá. El texto se publicará, con el título «El español en el comercio internacional», dentro de la colección de Documentos de Trabajo de la Fundación Telefónica y el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.

[12] Vid. J. Abascal Heredero y A. Hernández García (2005/2006), «El comercio exterior entre España y América Latina. Tendencias estructurales», Boletín Económico de ICE, núm. 2866, págs. 9-29 (diciembre-enero).


Resumen:

La importancia de la lengua española en el comercio internacional está creciendo a un ritmo considerable.

Palabras clave:
Economía, lengua española, comercio internacional.

2007 Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset