1. La lengua como argumento económico
La conexión entre lengua
y comercio no ha sido explorada sino hasta fechas muy recientes en la
literatura económica. Y ello a pesar de que Adam Smith, en las páginas de su Riqueza
de las naciones, hubiera advertido tempranamente la importancia comercial
de la lengua, al preguntarse por «el principio que motiva la división del
trabajo»: ésta era, a su juicio, la consecuencia de «la propensión a permutar,
cambiar y negociar una cosa por otra»; una propensión que, a su vez, «como parece
más probable, es la consecuencia de las facultades discursivas y del lenguaje». La lengua, en definitiva,
es lo que distingue al ser humano del resto de las criaturas: es lo que le
permite cooperar, comerciar y, de ahí, especializarse.
También Jacob Marschak,
el padre de
la
Economía de la lengua, concebía a ésta –casi dos siglos
después– como «el más desarrollado sistema de comunicaciones entre las
organizaciones humanas»: un medio de intercambio, una especie de moneda única
cuyo uso reducía los costes de transacción. Pues bien, a pesar de
estos antecedentes, a la lengua le ha costado abrirse camino dentro de los
cauces del análisis económico.
La Economía neoclásica se ha
construido, desde hace siglo y medio, sobre la base de tres grandes factores
productivos: capital, trabajo y tecnología. Y la lengua encaja difícilmente en
este esquema analítico. Quizá por su carácter lábil y complejo, al punto de
ser, a la vez, parte integrante de estos tres factores, aunque en principio
cueste advertirlo. Por un lado, la lengua es, ante todo, una tecnología social
de comunicación, si bien ha sido vista comúnmente, por decirlo de un modo
actual, como una especie de software libre, sin costes, y, por tanto,
sin retribución específica dentro del producto. Por otro lado, la lengua, en
tanto que destreza comunicativa, es parte del capital humano, y, por
tanto, del factor trabajo tal y como hoy se concibe: de este modo, el
conocimiento de varias lenguas –o el buen uso de una– se monetiza en el mercado
de trabajo, bien lo sabe cualquier emigrante, como lo hace cualquier otra
habilidad educativa. Por último, la lengua también contribuye a la formación de
capital; pero no del capital físico, en la concepción neoclásica, sino del capital
social, ese «pegamento social» –en la acepción de Putnam– en forma de redes
de relación y lazos de confianza que tanto contribuye al crecimiento, como se
reconoce cada vez más ampliamente en la literatura, aunque siga siendo en todas
sus facetas tan difícil de cuantificar.
Todo ello se deriva de
tres cualidades económicas de la lengua –de una lengua compartida, se entiende–
que potencian los intercambios, y tanto más cuanto más extendida sea ésta: en
primer lugar, como bien de club que difunde externalidades de red y
permite, con ello, multiplicar el potencial comunicativo de una colectividad;
en segundo lugar, la lengua como reductora de los costes de transacción, al
modo en que lo hace una moneda común o el levantamiento de una barrera comercial,
y, tercero, como amortiguadora de la distancia psicológica entre
los mercados, un concepto que remite a
la Escuela sueca de Uppsala.
Cada una de estas
propiedades opera en sentidos distintos –ampliación del mercado, reducción de
los costes, acercamiento personal–, pero en una misma dirección, que Lazear ha
sabido resumir en una sola frase: «Una cultura y un lenguaje comunes facilitan
el comercio entre los individuos». La cuestión estriba en
cómo examinar –y cuantificar, ya que estamos hablando de Economía– la relación
entre lengua y comercio. Una vieja ley, prestada de
la Física, sirve hoy a estos
propósitos.
2. Lengua, comercio y la ley de Newton de la
gravitación universal
Cuando Isaac Newton, sobre los hombros de
Galileo y Kepler, y quién sabe si bajo algún manzano, formuló hacia 1665 su
famosa ley de la gravitación universal, estaba aportando un instrumento
analítico que, de las ciencias físicas, podía trasladarse a las sociales. En
efecto, si dos cuerpos celestes se atraen en proporción directa a sus masas
respectivas, e inversa al cuadrado de la distancia que les separa, algo
parecido sucede con el comercio internacional: dos países grandes y próximos
intercambiarán más, en principio, que dos países pequeños y alejados. En
principio. Porque, como los fenómenos de
la Economía suelen estar sujetos a complejidades añadidas
a los de
la Física,
por no hablar de su mayor imprecisión, deben considerarse en sus modelos otras
variables que pueden modular, según el caso, el resultado final. Así, compartir
una frontera o formar parte de un mismo bloque comercial son factores que
estimulan los intercambios, más allá del tamaño económico de los países o de
los kilómetros que les separan. Y la lengua –compartir un mismo idioma– aparece
también como una variable clave del comercio. Al menos, es una buena
hipótesis a contrastar.
Los modelos gravitatorios –así se llaman también en
Economía los inspirados en la fórmula de Newton– han sido aplicados al estudio
de los determinantes del comercio internacional. Los flujos de intercambio
bilateral entre cada par de países de los que se dispone de información se
hacen depender de un conjunto de otras variables, comenzando por las dos
fuerzas básicas de atracción gravitatoria que acaban de enunciarse: el peso
económico de los países y la distancia que les separa. Compartir una lengua y
ser socios de un acuerdo de integración regional (Unión Europea, Nafta,
Mercosur, Asean...) son variables dicotómicas –dummies, en la terminología
inglesa– que toman el valor uno en caso afirmativo, y cero en el contrario;
junto a ellas se incluyen a veces otras de este mismo carácter: compartir
frontera, creencias religiosas o una antigua relación colonial, entre las más
frecuentes. También se pueden incluir en el modelo, aunque en este caso la
definición de las variables puede plantear dificultades añadidas, otros
factores, como los de similitud cultural o calidad institucional, a partir de
indicadores, siempre cuantitativos, de estos aspectos. El objeto es llegar a
conocer, del modo más aquilatado posible, el efecto de cada uno de estos
factores en la determinación de los flujos internacionales de comercio.
Los autores de estas páginas hemos
realizado un ejercicio econométrico de este tipo con el fin de aproximar lo que
una lengua común –y el español, en concreto– aporta al comercio bilateral de
los países, descontando lo que suponen los otros factores enunciados. Para ello
se ha seleccionado una muestra de 51 países que abarca los cinco continentes.
Hay, por supuesto, un amplio conjunto de países de habla hispana –diez repúblicas
iberoamericanas, entre ellas todas las de mayor tamaño económico y demográfico,
más España–, pero también otros muchos de las más diversas características,
comenzando por un nutrido grupo de países anglosajones, lo que resulta esencial
a efectos del modelo: dado que todos los países comercian, sólo se puede
contrastar debidamente el peso del español en los flujos económicos internacionales
en relación con el que ejercen otras lenguas en sus respectivos ámbitos de
influencia.
La serie temporal de nuestros datos, el período casi
decenal 1996-
2004, ha
servido para construir un modelo –inédito hasta ahora en los trabajos de este
tipo– de datos de panel, esto es, en forma matricial, que permite analizar el
efecto de las distintas variables que se incorporan a la ecuación de gravedad a
lo largo de este decurso reciente.
El modelo
gravitatorio, según acaba de apuntarse, trata de ponderar el peso relativo de
cada una de las variables incluidas en la ecuación, y su importancia a la hora
de explicar las exportaciones de bienes entre dos países cualesquiera. Por tanto,
la variable a explicar son los flujos bilaterales de exportaciones; y las
variables explicativas se pueden agrupar en dos categorías: la primera engloba
a las variables gravitatorias básicas; la segunda, a las otras variables que
inciden sobre el comercio entre los países. Las variables básicas de atracción
son, por un lado, el tamaño económico, la masa –podría decirse, por similitud con los cuerpos celestes– de los socios comerciales,
y, por otro, la distancia que les separa. La dimensión económica de los países
(medida en millones de dólares norteamericanos) se aproxima tanto en términos
absolutos, a través del Producto Interior Bruto (PIB), como en términos
relativos, a través del PIB per cápita (que refleja además el nivel
de desarrollo de los países involucrados en los intercambios). La distancia
física, geodésica, se mide en kilómetros.
Dentro de las
restantes variables que condicionan el comercio bilateral entre los países, las
de carácter dicotómico –las ya referidas dummies, cero-uno– no plantean
problemas esenciales de definición (compartir frontera, lengua [4], religión, antigua
relación colonial o pertenecer a un mismo bloque regional de comercio), pero sí
las que tratan de cuantificar aspectos de carácter tan cualitativo como la
distancia cultural o institucional entre los países, o la calidad institucional
de cada uno de ellos. La inclusión en el modelo de estas variables ayuda, sin
duda, a afinar sus resultados, pero plantea dificultades específicas de
definición y medida.
Se han incorporado, en este sentido, dos
variables «institucionales» que captan, por una parte, la distancia institucional entre dos países y, por otra, la calidad institucional de cada uno de
ellos, tanto del exportador como del importador; y, junto a ellas, otra
variable «cultural» que cuantifica la distancia cultural entre cada par
de países a través de indicadores de los usos, valores y costumbres propios de
cada sociedad. Estas variables de índole institucional y cultural se han ido
incluyendo en las sucesivas especificaciones de la ecuación de gravedad con el
fin de identificar los factores que mueven el comercio internacional,
reduciendo o aumentando la fuerza de
atracción comercial que, de modo natural, se da entre los países. Se trata,
en todo caso, de indicadores económicos construidos a partir de bases de datos
específicas –y distintas de la base de Chelem, Comptes harmonisés sur les échanges et l’économie mondiale, edición
2005, que se ha empleado con carácter general–, que requieren alguna aclaración
conceptual. Primero se aludirá a los aspectos institucionales.
En los últimos
años, siguiendo la estela de North, han aparecido distintos trabajos teóricos [5] que ponen de manifiesto la
importancia de las instituciones en el crecimiento de los países como mecanismo
reductor de los costes de transacción, estimulando así la eficiencia de los
mercados y potenciando, por tanto, los intercambios comerciales. El cascabel
del gato es, sin duda, la cuantificación de esos aspectos institucionales que
se presumen tan esenciales. Daniel Kaufmann, desde el Banco Mundial, ha sido
capaz, junto a su equipo de investigadores, de crear una base de datos
periódicamente actualizada para 216 países, sobre seis aspectos relativos a la gobernabilidad [6]: voto y control; estabilidad
política y ausencia de violencia; efectividad gubernamental; calidad
regulatoria; Estado de derecho (cumplimiento de la ley), y control de la
corrupción. Todas estas dimensiones se
mueven en un rango de valores que oscila entre 2,5, en el caso más favorable, y
-2,5, en el peor. Para nuestro modelo de gravitación se han calculado las
diferencias entre cada dos países de la muestra, y para cada uno de esos seis
aspectos: de su media aritmética surge el indicador agregado de la distancia institucional bilateral (DIij).
La calidad institucional se obtiene
directamente a partir de los valores obtenidos para cada país, y permite incorporar,
en la explicación del comercio de cada dos de ellos, este indicador del buen
gobierno, tanto del país exportador (IQi) como del importador
(IQj).
Los aspectos culturales, al igual que estos institucionales, son
difíciles de medir también. Un punto de partida es la distinción entre «familiaridad»
y «similitud» cultural. La primera se refiere a los lazos de confianza que
puede generar el hecho de compartir un mismo idioma, una misma religión o un
antiguo vínculo colonial. La segunda alude al parecido de los valores y normas
culturales imperantes en cada sociedad. El profesor Geert Hofstede ha venido
recopilando esta información desde el decenio de 1980 –y actualizándola
regularmente [7]– a través de un amplio
procedimiento de entrevistas individuales, de tal modo que ha ido mejorando el
grado de cobertura de su estudio (inicialmente, contando con los trabajadores
de la empresa multinacional IBM de 64 países; posteriormente, incorporó los
resultados de encuestas a estudiantes de 23 países, elites de 19, pilotos
comerciales de 23, consumidores de 15, y funcionarios de 14 países). Pues bien, el procedimiento consiste en
asignar una puntuación entre 0 y 100 para un total de cuatro dimensiones
características de la similitud cultural entre los países [8]:
distancia al poder; individualismo vs. colectivismo; masculinidad vs. feminidad,
e índice de aversión al riesgo. Para hallar la distancia cultural entre cada dos países de la muestra (DCij)
se han calculado de nuevo las diferencias bilaterales para cada una de estas
categorías y para cada par de países y, de ahí, se ha obtenido la media aritmética
de las cuatro a fin de tener un valor agregado de la similitud cultural entre
el país exportador y el importador.
Sobre estas
bases metodológicas, el trabajo cuantitativo de estimación se ha desarrollado
en sucesivas etapas, con diferentes especificaciones de la ecuación de
gravedad: partiendo de la ecuación más sencilla, tan sólo con las variables
gravitatorias básicas, se han ido incorporando las ya citadas variables
adicionales, lo que ha permitido ir mejorando la bondad del ajuste de nuestro
modelo, y, con ello, la precisión del cálculo con que cada variable
explicativa, entre ellas la lengua, afecta al comercio internacional.
La especificación básica del modelo –en la
que todas las variables son estadísticamente significativas y presentan el
signo esperado a priori– muestra cómo, en primer lugar, a mayor tamaño
económico, tanto en términos absolutos (PIB) como relativos (PIB per
cápita), mayor nivel de intercambio comercial (signo positivo); segundo,
que a mayor distancia física entre los países, como también era esperable,
menor volumen de comercio (signo negativo); tercero, que la existencia de una
frontera común entre dos países vecinos potencia en un 55 por 100 sus intercambios
(signo positivo); cuarto, que compartir un mismo idioma multiplica casi por dos
veces (aumento del 195 por 100) dichos intercambios bilaterales (signo
positivo), y, quinto, que pertenecer a un mismo bloque comercial lo hace apenas
en un 50 por 100 (con signo, en todo caso, positivo). Esto de una clara idea,
antes incluso de introducir en el modelo las otras variables culturales e
institucionales ya enunciadas, de la importancia de la proximidad
lingüística como factor determinante del comercio internacional entre los
países.
La especificación completa del modelo,
incluyendo ya todas las variables institucionales y culturales, aporta nuevas
conclusiones y matices de interés sobre las anteriores. En primer lugar, el
coeficiente del indicador agregado de distancia institucional cambia de signo
(de negativo a positivo, lo que resulta en principio sorprendente: más distancia,
más comercio) y mejora en su nivel de significación cuando se incorporan al
modelo la calidad institucional del país exportador y la del importador. Al
considerar la calidad, una menor distancia (o mayor homogeneidad)
institucional, parece favorecer el comercio entre países desarrollados,
económica e institucionalmente; en cambio, para el conjunto de países menos
desarrollados, en los que su homogeneidad institucional se basa comúnmente en
la mala calidad, no cabe esperar, de esa menor distancia, un mayor comercio,
sino más bien lo contrario. De manera que a mayor distancia institucional entre
los países, mayor, pero muy poco, será el intercambio comercial; y a mayor
nivel de calidad institucional del país exportador e importador, mayor flujo de
comercio mutuo. El signo positivo de la variable distancia institucional
sugiere que entre países más alejados institucionalmente, es decir, entre los
que existe una gran diferencia en el marco regulatorio y de buen gobierno, se
da un «efecto sustitución», aunque leve, a tenor de la magnitud del
coeficiente, de la producción nacional por importaciones de terceros país con
mejores instituciones.
En segundo lugar, parece claro que una mejor calidad
del marco institucional reduce la incertidumbre acerca del cumplimiento de los
contratos y da garantías a los agentes acerca de la gobernabilidad económica
del país [9]. La propia Organización
Mundial de Comercio, en su Informe de 2004 –titulado Análisis del vínculo entre el
entorno normativo nacional y el comercio internacional– reconoce que la
calidad de las instituciones afecta a la cantidad de comercio generada por la
liberalización del comercio, con consecuencias implícitas para el bienestar. No
ha de extrañar, pues, que las variables que reflejan este indicador tengan
signo positivo y sean significativas al 100 por 100, y que pesen más que la
propia diferencia institucional entre los países involucrados en el intercambio
comercial. Cabe decir, pues, que la calidad de los sistemas políticos y legales
de los socios comerciales condiciona el comportamiento y la confianza entre los
países, influyendo en las formas de hacer negocios entre ellos; de ahí que a mayor
calidad institucional, mayor sea también el volumen de los intercambios
comerciales. Es más, los resultados de nuestra regresión arrojan matices
añadidos, por cuanto permiten destacar la importancia de la calidad de los
países importadores como prioritaria. Es decir: siendo cierto que ambos
indicadores –calidad institucional del país de origen y del país de destino de
los intercambios– son determinantes de los flujos de comercio entre dos países,
lo es en particular el nivel de calidad del país de destino de las mercancías,
esto es, del país importador. Los buenos países atraen el comercio.
En tercer lugar, y de entre las variables culturales
incluidas en el modelo (tanto las dicotómicas como el indicador agregado de
Hofstede), las expresivas de la familiaridad entre los países se revelan como
esenciales, en particular la lengua común. Así, hablar el mismo idioma –adviértase que la inclusión de todas las variables
modula muy ligeramente los resultados obtenidos en la especificación inicial
del modelo– potencia en un 191 por 100 los intercambios comerciales de los países;
pertenecer a un mismo bloque comercial, lo hace en un 49 por 100; haber tenido
vínculos coloniales, en un 39 por 100; y compartir la misma religión, un 21 por
100. En cambio, la distancia cultural calculada a partir de las dimensiones de
Hofstede presenta un signo positivo un tanto difícil de explicar, de
nuevo, que denotaría que a más distancia cultural, mayor comercio bilateral entre
los países. Un resultado que, en todo caso, y sin dejar de observar el
insuficiente grado de significación de esta variable en la regresión, concuerda
con el obtenido en otros trabajos [10], y que puede deberse a los costes asociados
a atender los mercados de otro país culturalmente alejado.
De cualquier
modo, la lengua común se revela en nuestro modelo como una variable
determinante de gran importancia y significación estadística dentro de los
flujos actuales del comercio internacional. El español, la lengua hablada en
más de una veintena de países como idioma oficial, y en otros muchos como
lengua extranjera con creciente implantación, hasta alcanzar una cifra cercana
a los 450 millones de hablantes, merece, desde esta perspectiva, una atención
específica.
3. El español en los flujos comerciales
internacionales [11]
La lengua común, de acuerdo con nuestros
cálculos, aparece como un determinante esencial del comercio bilateral entre los
países: en unas u otras especificaciones del modelo, esta variable supone, ya
se ha dicho, un factor multiplicativo del comercio entre los países que la
comparten en torno del 190 por 100. De lo que se trata ahora es de determinar
cuánto vale el español, es decir, cuánto potencia nuestra lengua común
los intercambios internacionales, en comparación con otras lenguas.
A nuestros efectos, la comparación esencial es la que
puede establecerse entre el español y el inglés. Es cierto que ambas lenguas
abarcan condominios lingüísticos dispares, no sólo en tamaño, sino también por
algunas de sus características concretas: el del español, muy concentrado
geográficamente en el subcontinente americano (lo que hace que a la ventaja de
la lengua común se una el acortamiento de las distancias físicas, y hasta, en
muchos casos, la existencia de fronteras comunes, por lo que es fundamental
controlar estas variables); el del inglés, más disperso, y también más difícil
de delimitar numéricamente, por cuanto, además de su presencia en los países en
que es lengua oficial –que son también los que en este estudio se consideran
anglófonos–, es segunda lengua para una gran parte de la humanidad, y, sobre todo,
el gran idioma, lingua franca, de los negocios internacionales. Pero hay
otra diferencia esencial que los modelos gravitatorios pueden ayudar a
descontar del análisis: la capacidad de compra media de los hablantes de una y
otra lengua. El inglés, al menos con la selección de países de la muestra,
corresponde, en general, a países de mucho más alto nivel de renta que el del
promedio de aquellos otros en los que se habla español, y de los que cabe
esperar, por tanto, un mayor comercio mutuo.
Pues bien, al desglosar los efectos respectivos del
español y del inglés –como lengua común de los países– sobre los flujos de
comercio, resulta que compartir el español, controlados los otros factores
incluidos en el modelo, aumenta el comercio bilateral en un 286 por 100, en
tanto que compartir el inglés lo hace sólo en un 237 por 100. En ambos
casos, manteniendo un altísimo grado de significatividad estadística, y también
sensiblemente por encima de lo que suponía la variable genérica lengua común,
de donde cabe deducir la destacada importancia comercial de ambas lenguas.
Parece, pues, que el idioma común es una variable más importante para explicar
el comercio bilateral entre los países de habla hispana que entre los
anglosajones. Todo ello, manteniendo en el modelo las otras variables, además
de la lengua, capaces de captar la
afinidad cultural e histórica solapada a la lingüística, con el fin de que no
todo se le atribuya a la lengua.
La razón de este mayor peso diferencial del español –respecto del inglés– como determinante
del comercio entre los países que lo hablan como lengua oficial puede deberse a
que en los países anglosajones considerados en la muestra, varios de ellos de
muy alto nivel de renta per cápita y con otras muchas afinidades culturales,
la lengua es una variable menos decisiva, proporcionalmente, que en los países
hispanos. Éstos, por lo común de un nivel de renta intermedio-bajo a
escala internacional, tienen en la lengua un poderoso argumento comercial y
reductor de sus costes de transacción.
La introducción en nuestro modelo, sobre
la delimitación previa del español y el inglés, de las variables
institucionales anteriormente consideradas, además de las culturales ya
incorporadas, produce un resultado sorprendente en apariencia –y que precisa de
una mayor maduración–, pero no ilógico, a la luz de otra carencia, en términos
de calidad institucional, de los países de habla hispana, en general. La inclusión
de todas las variables en el modelo no altera en principio el peso aproximado
que tiene la lengua común en la explicación del comercio bilateral, que sigue
en torno del 190 por 100. Pero, al aislar este efecto para las dos lenguas, el
español se dispara por encima del 400 por 100, en tanto que el inglés se modera
hasta situarse cerca del 140 por 100.
Cuando se realiza una elemental estadística
descriptiva de cómo la variable que representa la calidad institucional se
distribuye internacionalmente, se observa cómo en el ámbito del español las
carencias en este terreno son más que evidentes: la mayor parte de nuestros
países está por debajo del promedio (0,47, en una variable que se mueve, ya se
dijo, entre 2,5 y –2,5), cuando no en los puestos finales de la lista. Si se
tiene en cuenta, como quedó fundamentado antes, que la calidad institucional es
una variable básica a la hora de explicar el volumen de los intercambios bilaterales
a escala mundial, al incluir ésta en el modelo, lo que parece estar reflejando
es que entre los países de habla hispana comercian a pesar de sus
deficiencias en este terreno. Es decir, que al incluir la calidad
institucional, lo que debemos explicar es por qué nuestros países comercian en
la proporción que lo hacen, y es entonces cuando la lengua común parece
erigirse en un factor de cohesión que, en realidad, está supliendo otras
deficiencias de los países hispanohablantes, fundamentalmente en lo que se
refiere al buen gobierno y a la calidad de sus instituciones. El caso de los
países de habla inglesa considerados en la muestra parece ser justo el
contrario: en ellos, la calidad institucional, la buena calidad institucional
de la mayor parte de ellos –siete de los diez países anglosajones aventajan al
primero de los hispanos–, se constituye en un factor explicativo tan poderoso
del comercio mutuo que sirve para aquilatar en gran medida el peso de su
lengua, el inglés, como determinante del comercio.
Pareciera, en fin, como si los países
anglosajones estuvieran llamados a comerciar, dadas sus características
económicas e institucionales, con independencia, casi, de la lengua que les
une; en tanto que los países hispanos, a falta de otros factores reductores de
los costes de transacción y estimuladores de los intercambios, más allá de los
que les proporciona la contigüidad geográfica, no tuvieran otro acicate como
fundamento de sus relaciones comerciales que no fuera el de su lengua común.
Por más que todo esto exija mayor profundización y estudio, no debe dejar de
subrayarse que la lengua tiene que ser una ventaja añadida a las que el
progreso económico y la calidad institucional suponen para el comercio, no algo
que les supla.
España es, en todo caso, dentro del condominio
lingüístico del español, un país de específicas características. Por su nivel
de renta –y de calidad institucional, por debajo de la media de los países
anglosajones de la muestra, pero por delante de la mayoría de los hispanos–, y
también por su posición geográfica, más distante de cualquiera de los países
hispanoamericanos de lo que cada dos de éstos lo están entre sí, y sin frontera
común con ninguno de ellos, sino con el Atlántico por medio. Pues bien,
observado desde España, los cálculos previos acerca de la potencia comercial
del español –quedémonos, de momento, con la prudente estimación algo por debajo
del 300 por 100– no pueden sorprender: a pesar de la pérdida de importancia
relativa de América Latina como destino de la exportación española, España
continúa siendo el país de
la
Unión Europea con mayor importancia comercial en el área [12].
Nuestra base de
datos, referida al comercio bilateral de mercancías de 51 países, reafirma esta
apreciación: en relación con sus exportaciones totales, España comercia con los
países americanos de habla hispana más del doble que lo hace Italia, casi dos
veces y media más que Alemania, y en torno del triple que el Reino Unido o
Francia. Son proporciones que se mueven en los órdenes de magnitud detectados
anteriormente en nuestro modelo como factores de multiplicación del comercio
debidos al español como lengua común, en particular cuando la calidad institucional
–como sucede con España, en relación al promedio mundial– no es un hándicap. Lo
que no se justifica, puede añadirse, ni por la dimensión económica ni por el
nivel de renta relativa de nuestro país, y que ha de tener parte de su explicación,
junto con otros factores de identidad común, en uno que, además, reduce los
costes de transacción, multiplica externalidades positivas, acorta la distancia
psicológica, trenza vínculos de confianza y de creación de capital social y
constituye la materia prima de unas industrias culturales de dimensión internacional:
el español.
4. Breve apunte conclusivo
Del trabajo cuantitativo que se ha
sintetizado en las páginas previas se deduce que la lengua, en general, aparece
hoy como un poderoso lubrificante de las relaciones comerciales internacionales:
compartir el mismo idioma aumenta en torno de un 190 por 100, controladas las
demás variables, los intercambios. Estímulo que, además, aparece claramente más
intenso en el caso del español que del inglés: en la más prudente de las
estimaciones, el primero multiplica los flujos comerciales entre los países que
lo comparten en un 286 por 100; el segundo, aunque de un modo también muy intenso,
en algo menos, un 237 por 100.
No se confunda, en todo caso, la
verdadera significación de este resultado. Lógicamente, lo que refleja no es la
importancia respectiva de ambos idiomas en las relaciones comerciales
internacionales, mucho mayor en el caso del inglés, sino lo fundamental que
resulta el español, en concreto, dentro del conjunto de países que constituyen
su gran condominio lingüístico. En los países anglosajones considerados en la
muestra, en general de muy alto nivel de renta per cápita y con otras
muchas afinidades culturales, la lengua es una variable menos decisiva,
proporcionalmente, que en los países hispanos; éstos, por lo común de
mucho menor nivel de renta, tienen en la lengua un poderoso argumento comercial
y que reduce de forma crucial sus costes de transacción. Algo parecido, pero si
cabe con más intensidad, parece deducirse cuando se introducen las variables de
calidad institucional en el modelo, y se disparan los porcentajes
multiplicativos del español como variable determinante del comercio bilateral
de los países en que se habla, al tiempo que se afinan los del inglés:
pareciera como si, a la luz de la baja calidad institucional de muchas de las
economías del ámbito hispanohablante, la lengua común ganara en importancia como
explicativa de los intercambios, ante el freno que supone dicha falta de
calidad.
El español, en
suma, vale, y mucho, dentro de los flujos comerciales de los países que
lo comparten. Un argumento económico que no puede convertirse, en todo caso, en
exclusivo, y que necesita del progresivo desarrollo económico e institucional
de nuestros países. Como supo expresar con gran lucidez Antonio Muñoz Molina en
la jornada inaugural del reciente IV Congreso de
la Lengua Española en
Cartagena de Indias: «El enemigo del español no es el inglés, sino la pobreza».
[^ SUBIR]