Tres
son, cuando menos, esas funciones: la lengua como soporte de las industrias
culturales, a manera de materia prima de la creación intelectual y artística;
la lengua como medio de comunicación compartido que agiliza las tareas de
identificación y de negociación entre las partes contratantes, propiciando
entornos de afinidad en los mercados externos; la lengua, por último, como seña
de identidad colectiva, expresión de lazos intangibles y simbólicos que nutren
el capital social de una comunidad y que también aproximan las relaciones
económicas.
Y
tres son también los hechos que hoy potencian la dimensión económica de las
grandes lenguas, como lo es el español. El primero es la avanzada
internacionalización de los mercados y de los procesos productivos, con una
amplitud y una profundidad que no habían tenido las precedentes fases
históricas de globalización. El segundo, es la mayor demanda de productos
culturales, en rápido aumento conforme lo hace la renta en todos los países. El
tercero, pero ciertamente no menos decisivo, el despliegue de la sociedad del
conocimiento, donde es crucial «lo que se sabe y cómo se trasmite lo que se
sabe», correspondiéndole a la lengua, además, definir y articular buena parte
de los factores intangibles del crecimiento que ocupan hoy el lugar central de
la reflexión económica y de la actividad mercantil.
De la base que proporcionan unas y otros –funciones
económicas de la lengua y hechos que hoy las realzan–, hay que partir para el
estudio y el cálculo del valor atribuible a la lengua, más allá de los ingresos
que genera su enseñanza, en tanto que actividad, esta última, en cuya oferta se
especializan profesionales y empresas.
2. Pero no es labor fácil el avance. La dimensión
económica de la lengua –dicho de modo más preciso– es resistente a la
cuantificación, no obstante la compartida percepción intuitiva de los agentes
económicos –individuos y empresas– acerca del “valor” del idioma. Tómense dos ejemplos
que el español está proporcionando con renovada fuerza en estos últimos años:
cualquier emigrante de esta América hacia España tiene presente, en el análisis
coste-beneficio que está detrás de toda decisión de emigrar, que la lengua le
coloca en posición ventajosa para conseguir una rápida inserción en la vida
social y, particularmente, en el mercado laboral, así como un fácil acceso para
sus hijos en el sistema educativo; como tienen presente las ventajas de la
lengua las empresas españolas que han iniciado, aprovechando los bajos costes
de transacción que procura la comunidad idiomática, su proceso de
internacionalización en Iberoamérica, donde han encontrado una verdadera
escuela para actuar en la economía global.
Sin embargo, repítase, es complicado pasar de ese plano
intuitivo al de la estricta cuantificación. Pero, que sea difícil no quiere
decir que sea imposible. Convendrá, en todo caso, dedicar esfuerzos a medir los
beneficios que reporta el español, aglutinante de una de las pocas comunidades
lingüísticas multinacionales que existen en un planeta que tiene censadas más
de 6000 lenguas.
3. Como fuere, el valor económico del español, segunda
lengua de comunicación internacional, sólo incompletamente lo puede medir una
simple cifra final agregada, al modo de la que ofreció el equipo dirigido por
Ángel Martín Municio en un estudio al que hay que reconocer todos los méritos
de su condición de adelantado y de su buena técnica econométrica, publicado
hace ya seis años. Un estudio cuya conclusión era que el español aportaba el 15
por 100 del producto interior bruto de la economía española, lo que equivale a
decir que la lengua entra a formar parte del producto anual de España en la
proporción que revela ese porcentaje, ya como insumo directo de un gran número
de bienes y servicios, ya como insumo indirecto de prácticamente todos ellos.
Ahora bien, ese tipo de ejercicio no capta de manera
adecuada, entre otras cosas, el rasgo más distintivo del español: precisamente,
su destacadísima proyección internacional, es decir, lo que le confiere, en
principio, una clara ventaja competitiva con otros idiomas menos extendidos. De
hecho, y a pesar de que tal ejercicio no haya sido realizado sistemáticamente
para otros países, no es aventurado suponer que en países con cierto nivel de
desarrollo el resultado sería muy parecido, dependiendo, si acaso, las posibles
escasas diferencias, del peso concreto de algunas de las actividades muy
relacionadas con la lengua, como las industrias culturales y los servicios de
telecomunicaciones, educación y administración pública. Para comprobarlo, baste
con el ejemplo de Polonia: si se aplican los coeficientes de lengua del estudio
de Martín Municio a ese país, que tiene una población total similar a la de
España, aunque el número de hablantes en polaco equivalga a menos de una décima
parte de los que lo hacen en español, el resultado que se obtiene es un
porcentaje muy cercano al de España (con datos, en ambos casos, referidos al
año 2000): para ser precisos, un punto porcentual menos, que seguramente se irá
recortando conforme crezca la economía de Polonia.
4. De ahí que conocer el valor del español –no de la
lengua, en general, sino del español, en particular– requiera un
plano de análisis distinto, o, al menos, complementario del anterior, pues la
pregunta que habría que responder es cuánto más permite crecer
económicamente el hecho de compartir un idioma de tan gran presencia
internacional.
¿Cómo calcular el valor diferencial de una lengua que conforma
un condominio tan extenso y multinacional como el que sin cesar amplia esta
lengua abierta que es el español?
No es fácil, conviene repetirlo. Replicar el trabajo de
Martín Municio, esto es, ponerlo al día con datos actualizados, siempre es
posible, desde luego, incorporando además la estimación de ciertos efectos de
arrastre –sobre el empleo, por ejemplo– que generan actividades muy
dependientes de la lengua, efectos que en su momento no se consideraron. Pero
ese camino de estudio no resulta del todo satisfactorio, aunque no sea
desechable, naturalmente, y por más que no se desconozca el atractivo que tiene
por doquier un número final redondo que cifre el valor total que supuestamente
cabe atribuir a la lengua; el atractivo casi fatal, fetichista, que en economía
tienen ciertas magnitudes agregadas, sobre las que pesa el conjuro de hacerlas
creíbles incluso a quienes, por haberlas calculado, conocen bien sus
insuficiencias.
5. Habrá que intentar, en consecuencia, otros caminos de
aproximación, atendiendo a la dimensión económica de las principales funciones
de la lengua. Si se consigue avanzar por esta vía, quizá se facilite también
crear opinión –opinión pública– a favor de este compartido patrimonio que los
hispanohablantes tenemos en nuestra lengua común. Cabe plantearse, por ejemplo, cuánto multiplica los
intercambios económicos de todo tipo –comerciales, migratorios, de capitales–
el uso de una lengua común. Una herramienta que puede resultar particularmente
útil para medir eso son los llamados «modelos gravitatorios». Estos modelos
permiten captar en qué medida distintos factores –la distancia, la
renta, la pertenencia a un bloque regional... y también la lengua– explican una
parte del comercio, de las migraciones o de los flujos de inversión entre un
conjunto de países; en el caso de la lengua, ya sea como consecuencia de los
costes que ahorra o de la afinidad que crea entre los agentes económicos, pues
la lengua acorta también distancias psicológicas, algo muy importante en
los intercambios de todo tipo. Trabajando en esta línea, será posible conocer
cuánto aumenta el comercio, la inversión internacional o las migraciones una
determinada lengua común; movimientos de bienes, servicios, capitales y
personas que constituyen la esencia de
la economía internacional.
Y otro campo que debe ser explorado en ese esfuerzo de
cálculo es el que se sitúa en plano microeconómico, seleccionando muestras
representativas de empresas y realizando estudios de caso –comenzando por la
experiencia acumulada por Telefónica, sin ir más lejos– con objeto de disponer
de una visión más detallada y cercana a la realidad productiva y comercial.
* * *
Baste aquí con
este esquemático apunte para proponer nuevos frentes a la investigación del
valor de la lengua y, particularmente, del español, un empeño intelectual con
amplia proyección social. Es precisamente lo que legitima esta incitación.