El informe El Estado
de
la Población
2005.
La Promesa
de Igualdad que
la ONU
hizo público en octubre de 2005 destaca que en el planeta «una de cada tres
mujeres ha sido golpeada, forzada a mantener relaciones sexuales o ha padecido
abusos». Además, según ese mismo informe, la violencia machista provoca tantas
víctimas como el cáncer entre las
mujeres de
15 a
44 años y más que los accidentes de tráfico y la malaria juntos [2]. Por su parte, los últimos
cálculos hechos por el Ministerio del Interior del Reino Unido estiman que, de
cada cuatro mujeres británicas, una será víctima de violencia doméstica. Los
datos atestiguan asimismo que cada semana mueren dos mujeres a manos de sus
actuales o antiguas parejas en Gran Bretaña [3]
No traigo a colación estos datos porque considere que sea un
consuelo que los datos británicos sean aún más escalofriantes que los nuestros,
sino porque refrendan la tesis de que la misoginia letal no se da en nuestro
país en exclusiva, sino que es un denominador común de las sociedades
patriarcales. Por tanto, no es obra de “locos” aislados, o de varones
tercermundistas. Y sus causas no son los arranques de cólera extrema o los
celos; simplemente la ira o los celos son la cerilla que hace explotar un
polvorín listo para estallar. Ese polvorín lo forman, en primer lugar, unas
condiciones económicas y sociales que han impedido hasta ahora a las mujeres
rebelarse o resistirse; y, en segundo lugar, entretejido, trabado, enlazado con
las condiciones económicas, una trama conceptual presente en el subconsciente
colectivo que “naturaliza” cognitivamente la existencia de la violencia contra
las mujeres. De ahí que durante siglos la violencia o el maltrato no hayan sido
preocupaciones político-sociales, sino hechos que se aceptaban implícitamente
como cosas que “pasan”.
La trama conceptual que lleva a que se acepten
cognitivamente como algo “natural” que “pasa” se construye mediante unas
prácticas culturales que llamamos hegemónicas. El papel de tales prácticas
hegemónicas es abonar el terreno metafísico para la naturalización de la
violencia. Entre tales prácticas, las simbólicas (es decir, las palabras,
discursos e imágenes) tienen un papel especialmente relevante porque,
acumulativa e inconscientemente, van creando y reforzando una visión particular
del mundo, contribuyendo a la inscripción de la violencia de género en los
cuerpos femenino y masculino.
Las prácticas simbólicas que definen en el subconsciente
colectivo cómo son “naturalmente” las relaciones entre mujeres y hombres se
articulan alrededor de un eje: la “aniquilación simbólica” femenina [4]. Sintetiza esta noción el
tratamiento simbólico que las mujeres reciben sistemáticamente, que conlleva la
desaparición y ausencia femeninas o la presentación de las mujeres como grupo
inferior, subordinado, reificado, agredido y denigrado, en todo momento y
circunstancia e independientemente de su posición social [5].
En la cultura española, la aniquilación simbólica se realiza
a través de una serie de prácticas que se pueden resumir en: su ausencia del
discurso; y en su consideración de ser subordinado e inferior mediante: a) su
adscripción por encima de todo al mundo doméstico, íntimo y familiar y b) su
conversión en objeto visual erotizado en fragmentos como parte de su
reificación.
[^ SUBIR]
1. Mecanismos verbales de
aniquilación simbólica femenina
La ausencia de las mujeres del orden simbólico se logra,
entre otros mecanismos, con la imposición del género gramatical masculino (en
palabras de doble género) para hablar de mujeres [6]:
Los espectadores se aburrían
El maltrato simbólico hacia las mujeres continúa con la
construcción constante, reincidente, incansable del grupo femenino (y de sus
miembros) como grupo inferior, sin talla ni estatus social. Esta tenaz
construcción puede percibirse en la resistencia verbal a reconocer una posición
social de autoridad femenina, algo que se lleva a cabo a través de dispositivos
como:
a) la denotación femenina por el nombre de pila, que supone una falta de
reconocimiento y respeto públicos que les resta importancia:
«La única
que puede parar a Hillary es Condi» (Dick Morris, consultor político
y ex asesor de Bill Clinton. Declaraciones sobre Hillary Clinton y Condoleezza
Rice a El País, 9 de octubre de 2005)
La buena noticia es Angie. La mala noticia es su Gobierno (Timothy Garton Ash comienza
de este modo su columna dominical sobre Angela Merkel en El País Domingo, 16 de octubre 2005)
Mª
Antonia, dirigente de
la Asamblea de Regiones de
Europa (
La Opinión, 6 de diciembre de 1994, por Mª
Antonia Martínez, la primera presidenta de una comunidad autónoma)
Esperanza apuesta por el alcalde (Diario
de Alcalá, 29 de noviembre de 2004, por Esperanza Aguirre, la segunda
presidenta de una comunidad autónoma)
b)
O su identificación por su función familiar o amorosa:
Mamás en el Polo Sur (Veinte Minutos, 27 de octubre de 2004, por tres exploradoras
australianas)
La policía detiene a la novia de un atracador (
La Provincia/Diario de las Palmas, 29 de octubre de
2004, por una atracadora)
c)
O su reducción a mera categoría sexual:
Mueren tres
portugueses y una mujer en un
choque frontal en
la N-I
Hundida una patera con diez sub-saharianos y una
embarazada
d)
Así como en la resistencia por parte de la autoridad simbólica a reconocer
profesiones prestigiosas en femenino y la lucha soterrada por parte de esta
autoridad para que las profesionales mantengan sus títulos en masculino. Sirva
de ilustración una de las trece nuevas recomendaciones/ejemplos que
la RAE ha incorporado a la última
edición de su Diccionario (2001):
abogado,
da.1. m. y f. Licenciado o doctor en derecho que ejerce profesionalmente la dirección y defensa de
las partes en toda clase de procesos o el asesoramiento y consejo jurídico.
MORF. U. t. la forma en m. para designar el f. Rosa es abogado.
Todo estos mecanismos tienen la función
de para reducir a las mujeres conceptualmente al mundo íntimo, privado,
doméstico, donde son más fácilmente dominadas, y mantener la jerarquía sexual,
mediante la denigración simbólica de lo femenino y la desigualdad de trato
entre lo femenino y lo masculino.
[^ SUBIR]
2. Reificación femenina
como posesión y control
Pero la liturgia de humillación, de
poner a las mujeres “en su sitio” no termina aquí. Existe a nuestro
alrededor un ceremonial cotidiano de denigración y degradación de las mujeres
al que todas estamos expuestas. Las imágenes en las que aparecemos humilladas,
simbólica o realmente, son casi endémicas; van desde las formas de nombrar a
las mujeres que acabamos de exponer hasta el ritual de asesinatos a manos de
ex-amantes, pasando por su consideración como objeto.
Atrapar a la mujer en una imagen, convirtiéndola en un
objeto para la propia posesión, ha sido una de las características del arte
patriarcal en Europa. El fenómeno se remonta en el tiempo, y ha sido descrito
por John Berger (1972), quien describe las convenciones utilizadas en la
pintura occidental hasta acabar en los modernos anuncios que envuelven
inevitablemente al ser humano del siglo XX y XXI. Laura Melvey (1975), por su
parte, argumenta cómo a través del arte y posteriormente el cine, la mirada
patriarcal se ha apoderado de las mujeres, convirtiéndolas, no sólo en objeto de su mirada, sino en objetos para su mirada. Y lo importante, y lo que
debo destacar aquí, es que no ocurre sólo con mujeres desconocidas, sino además
con las amadas.
En poesía, la descripción catalogadora
de las partes del cuerpo femenino parece particularmente ser una característica
del imaginario amoroso masculino. A lo largo de la historia del patriarcado,
los poetas han textualizado su derecho a la intrusión visual en el cuerpo
femenino y han plasmado su deseo por una mujer mediante su segmentación en
partes corporales. Los poetas, que
incansablemente han recorrido a lo largo de los siglos el cuerpo de su amada de
la cabeza a los pies, lo han troceado mientras lo metaforizaban, ya fueran
trovadores medievales, poetas españoles del Siglo de Oro, simbolistas
franceses, modernistas hispanoamericanos o españoles y anglo-norteamericanos contemporáneos. (¿Quién no conoce la
boquitas de fresa de Rubén Darío, las estrellas por ojos, los dientes de perlas
y los labios de rubí?). No hay más que recordar el inicio del primero de los Veinte poemas de amor, de Neruda:
Cuerpo de mujer,
blancas colinas, muslos blancos,
O el verso de otro de sus Cien sonetos de amor,
Oh, pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca,
pan que devoro y nace con luz cada
mañana.
En esta maraña de imágenes fragmentadas que la poesía
romántica les ofrece, las mujeres descubren sus cuerpos presos de una mirada
“amorosa” que los sujeta, escruta, cataloga, disecciona o devora, en aras de un
placer no femenino [7].
Y, si lo pensamos bien, la constante fragmentación del cuerpo de la mujer
amada, que responde a una manera sistemática de concebir y experimentar el amor
en la poesía masculina heterosexual, resulta absolutamente coherente con una
serie de valores culturales patriarcales. Es una estructuración mental que se corresponde con
el sistema de valores de una sociedad donde la mujer era un objeto de
compra/venta, sin derechos ciudadanos y sin alma. Pero se trata de una representación poética en la que prolijidad y
profusión no implican totalidad o integridad, incluso parecen privar a la mujer de su carácter humano,
arrebatándola sus sentimientos, su alma, su espíritu.
Creo
que nadie como Ángel González ha sido capaz de expresar no sólo cómo la
fragmentación del cuerpo femenino representa el deseo masculino, sino la
necesaria reducción humana que ello trae consigo, la severa restricción que
impone sobre la psique femenina que se lee y se sabe fraccionada. Se trata de
un breve poema, “Eso era amor”:
Le
comenté:
- Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
-
¿Te gustan solos o con rímel?
- Grandes,
respondí sin dudar.
Y
también sin dudar
me los dejó en un
plato y se fue a tientas.
(Ángel González, “Eso
era amor”)
El poema condensa
magníficamente cómo la mirada fragmentadora, que se desplaza de “toda” la mujer a una parte de ella, lejos de
producir una plenitud de significado, lleva a la reducción y a la
deshumanización.
Llevamos denunciando desde hace tiempo algunas críticas que
la existencia de esta forma persistente de fragmentar a las mujeres para los
ojos masculinos, necesariamente acaba convirtiéndose en el marco cognitivo con
el que interpretamos la relación amorosa heterosexual (Mills 1992; Bengoechea
1999; Murillo 2001). Mucho más cuando nos damos cuenta de que se trata de una
característica casi normativa. Se encuentra presente no sólo en la poesía, sino
en toda nuestra vida cotidiana: el cine y la televisión reducen a la mujer a
una de sus partes (sean piernas, trasero o escote, como el que contemplaba Don
Manuel Fraga en aquel pleno). Y no digamos los carteles y anuncios, esos poemas
visuales a "unas piernas", por ejemplo, que reproducen el cuerpo
femenino perennemente segmentado y observado. Un caso extremo es ese rumor que
circula persistentemente, a saber, que en el cine diversas "partes"
de las actrices son sustituidas por las de otra mujer, como parece que ocurre
en Pretty Woman con Julia Roberts. Si
se habla del cuerpo así es porque se concibe así, viceversa, el hecho de que se
piense así en la amada así influirá en la forma en que se habla de ella. ¿Por
qué? Porque el lenguaje influye en nuestro pensamiento y en nuestras acciones.
Del mismo modo que no nos imaginamos lo mismo si llamamos a unas gentes
“terroristas asesinos” que si las denominamos “patriotas por la libertad del
pueblo”, si a la mujer se la representa siempre cosificada y troceada, nuestra
mente acaba troceándola y “viéndola” en partes.
La reificación de la amada va necesariamente acompañada de
la esclavización y la apropiación simbólicas de esa a quien se ha convertido
en “objeto amado”. Porque lo que
denominamos “reificación” o “cosificación” u objetivización no consiste
meramente en que pasar a ser objeto del amor o del deseo de otra persona. Es un
proceso sistemático por el que un ser sensible se deshumaniza, se reduce a una
cosa, a un ser insignificante sin estatus social, se convierte en algo que se
puede intercambiar, poseer, trocar, guardar, exhibir, usar, maltratar, disponer
y desechar. Las mujeres se van dando cuenta paulatinamente de su categoría de
objeto en esta sociedad a través de todos los ritos y formas colectivas que la
sitúan como espectáculo y objeto de posesión.
El voyeurismo,
aunque sea verbal, trivializa, degrada y deshumaniza simbólicamente
precisamente porque un requisito de la mirada voyeur es el alejamiento físico y psicológico del objeto observado,
un alejamiento que da CONTROL sobre el objeto observado (Doanne 1982). La
distancia impide la caricia, el abrazo y la intimidad no sexual (que evitaría
controlar el cuerpo observado). Son prácticas verbales que exponen el cuerpo
femenino, para observarlo y trocearlo,
SIN QUE
LA MUJER
PARTICIPE, GOCE O DESEE. Son relatos de cuerpos controlados
por una mirada intrusa (por alejada). Porque la mirada intrusa humilla, pero
sobre todo CONTROLA.
El deseo de control es asimismo lo que
esconde a menudo el mito romántico de la obsesión por la amada. La
ideología de género lleva a muchas mujeres a creer que tienen poder sobre los
hombres si despiertan en éstos una lujuria y un deseo locos que los hace presos
de su amor por ellas. Algunas no capaces de percatarse que ellos no se
convierten en víctimas de su pasión por ellas, son ellas quienes acaban siendo
víctimas de tal pasión. Algo muy revelador es que las imágenes utilizadas por
poetas que se dicen apasionadamente obsesionados son casi idénticas a las
usadas por maltratadores y perpetradores de violencia de género. Unos y otros
hablan de lo que harían al objeto de su amor, deseo o lujuria, no lo que
harían con ella o junto a ella. Más de un maltratador asegura
amar a sus víctimas, un amor en el que la posesión y la obsesión están
íntimamente unidas a su identidad masculina, a su subjetividad, a la forma en
que se auto-percibe. Fijémonos en las palabras que dan vida por boca del
cantante de Police a un ex-amante obsesionado, que promete mantenerse al acecho
de su víctima «cada vez que respire». En “Every breath you take”, la mirada
intrusa maltrata y amenaza (supongo que incluso si existiese una orden de
alejamiento):
Every breath you take
Every move you make
Every bond you break
Every step you take
I'll be watching you
Every single day
Every word you say
Every game you play
Every night you stay
I'll be watching you
O can't you see
You belong to me
How my poor heart aches with every step you take
Every move you make
Every vow you break
Every smile you fake
Every claim you stake
I'll be watching you
[...] (“Every breath you
take”, cantado por Sting & the Police)
Hay que hacer notar que, aunque el
narrador repita “you” en cada verso, es de sí mismo de quien habla. La voz
surge de un ego cerrado y centrado en sí mismo, ebrio de posesión fallida, con
irrefrenables ansias de control y que se mantiene al acecho: «¿ No ves que me
perteneces? ¡Cómo me duele el alma con cada paso que das! Por eso te estaré
observando cada una de tus respiraciones, movimientos, pasos, sonrisas...
durante cada día y cada noche de tu vida». La pérdida de la amada revela un deseo de
posesión-sometimiento, que se nos transmite “romantizado”no sólo en esta
canción, sino en docenas de mitos culturales, literarios, pictóricos... Se
trata de formas subliminales de presentar el acecho y el acoso que seguramente
constituyen la cuna del acoso real.
[^ SUBIR]
3. De la reificación a la
destrucción
Además, frecuentemente a la cosificación y control del
cuerpo femenino se encuentran asociados, no sólo derecho masculino de
supervisión y acoso, sino a símbolos de violencia física pura y dura. Afirma
Susan Gubar que en el discurso amoroso primero se presenta a las mujeres como
objetos, luego como iconos, para pasar a ser muñecas –pero siempre naturaleza
muerta (1981). Debe tener razón porque frecuentemente las prácticas simbólicas
de control sobre la mujer se ven reforzadas por discursos amorosos en los que
el poeta destruye el cuerpo de la amada. Como confirmación, recordemos un poema
escrito por uno de los más celebrados autores de poesía amorosa española de
este siglo: “Me estoy labrando tu
sombra”, de Pedro Salinas:
Me estoy labrando tu sombra.
La tengo ya sin los
labios,
rojos y duros : ardían.
Te los habría besado
Aún mucho más.
Luego te paro los brazos
rápidos, largos, nerviosos.
Me ofrecían el camino
para que yo te estrechara.
Te arranco el color, el bulto.
Te mato el paso. Venías
derecha a mí. Lo que más,
pena me ha dado, al callártela,
es tu voz. Densa, tan
cálida,
más palpable que tu cuerpo.
Pero ya iba a traicionarnos.
Así
mi amor está libre, suelto,
con tu sombra descarnada.
Y puedo vivir en ti
sin temor
a lo que yo más deseo,
a tu beso, a tus abrazos.
Estar ya siempre pensando
en los labios, en la voz,
en el cuerpo,
que yo mismo te arranqué
para poder, ya sin ellos,
quererte.
¡Yo, que los quería tanto!
Y estrechar sin fin, sin pena
-mientras se va inasidera,
con mi gran amor detrás,
la carne por su camino-
tu solo cuerpo posible:
tu dulce cuerpo pensado.
(Pedro Salinas, “Me estoy
labrando tu sombra”).
En el poema el cuerpo femenino se ha cosificado para poderlo
domar, para sustituirlo por su "sombra descarnada", convirtiendo así
el cuerpo de la amada en un objeto pasivo, aparentemente mucho más manejable
para el poeta. La construcción de su amada como objeto de emoción, admiración y
deseos excesivos y apasionados, conducentes a la locura, construcción típica de
la literatura romántica, no puede oscurecer el hecho de que en pleno fervor y
éxtasis amoroso, el poeta se sitúa en una posición de manipulador/destructor
del cuerpo femenino. Sólo así parece poder acceder para amar plenamente:
Salinas "arranca" color, bulto, labios y cuerpo, "calla la
voz", "mata el peso". Y todo "para poder quererte".
Por mucho amor que Salinas afirme y asevere sentir, lo que se lee no es amor
por una mujer, sino deseo de fragmentos de un ser pasivo, deseo que sólo puede
ser satisfecho rehaciendo a la amada y creando en su lugar de la materia inerte
el ser pasivo de sus fantasías, el ser deseado que no exigirá reciprocidad
alguna.
Una lectura detenida de poemas como éste (y los encontramos
a centenares en la literatura occidental) lleva inevitablemente a vincular estos
símbolos al deseo sexual que confiesan haber experimentado algunos asesinos de
mujeres. Según estudios psicopatológico
llevados a cabo en EE.UU. (Michaud y Aynesworth 1983: 130 [8]), algunos asesinos en
serie han llegado a creer que no mataban a mujeres sino objetos, y en la
mayoría de los casos deseaban sexualmente a las mujeres una vez muertas. Pero,
como acertadamente se pregunta Caputi, ¿es esto realmente tan psicopatológico,
cuando contamos con relatos inmemoriales, como Blanca Nieves o
La
Bella Durmiente, en los que aparecen
mujeres objetos del deseo de la
“lujuria necrofílica” de un príncipe [9]?
Salinas no es un caso aislado. Junto a
la fragmentación del cuerpo de la amada y su destrucción simbólica del cuerpo
de la amada, parece ser una constante masculina, casi tan persistente como
aquéllas, la necesidad de rehacer, como Dios, el cuerpo de aquélla a imagen y
semejanza de sus fantasías y deseos. «Mi alma os ha cortado a su medida», decía
ya Garcilaso de
la Vega,
mientras Pablo Neruda era el alfarero que moldeaba a su amada en arcilla en Los Versos del Capitán. Ángel González, en “Me basta así”, expresa el mismo
sentimiento cuando comienza:
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los
panaderos
cuendo prueban el
pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo [...]
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
[...].
(Ángel González, “Me
basta así”) [10]
La reconstrucción imaginada por Ángel González no puede por
menos que recordar la muñeca de plástico inflable de los sex-shops, la perfecta
ilusión plástica que reemplaza a una mujer sin sus inconvenientes,
convirtiéndolo en objeto de su posesión de verdad. En realidad, de lo que nos habla Ángel González es de la muñeca
en serie. La muñeca representa un auténtico icono pornográfico patriarcal, no
sólo porque profana el que antaño fuera cuerpo e imagen sagradas femeninas,
sino porque denota la mujer hecha por el hombre (Caputi 1988: 176), “a su
imagen y semejanza”, como dice la mitología bíblica respecto a Eva, pero para
servirle mejor, como propiedad suya.
Nada nuevo bajo el sol patriarcal, porque, según documenta
Edmund Bergler [11],
ya en 1887 el novelista Villiers de l’Isle Adam publicó una novela en la que un
joven pide a un inventor que le fabrique una réplica de su novia recién
fallecida y en 1899 una fantasía erótica,
la
Femme Endormie, narra las relaciones sexuales de un hombre con una estatua –la mujer adormecida–,
cincelada por un artista para él y a quien denomina “Mea”. Contamos con
películas españolas como No es bueno que
el hombre esté solo [12] y Tamaño Natural [13] o americanas como The Stepford Wives [14]. En ésta la acción
transcurre en Stepford, una ciudad donde los hombres han formado una asociación
que secretamente fabrica muñecas mecánicas, réplicas de sus esposas que
sustituyen a las reales tras perecer éstas a manos de sus maridos.
Precisamente la “novia mecánica” constituiría el símbolo más
elocuente de nuestra era, según Marshall McLuhan, quien hizo notar en 1951 cómo
las imágenes prefabricadas de “chicas” con las que los medios nos obsequian a
cada instante parecen sacadas de la cadena de montaje de una fábrica, en la
que, no sólo cada chica, sino cada parte puede reemplazarse por otra sin
cambios apreciables. Y nuestro imaginario colectivo se ha nutrido con decenas
de canciones en los años 50, 60, 70, 80 y 90 que hacen referencia a esa “novia
mecánica”:
A doll I can carry, the girl that I marry
must be («una muñeca que pueda trasportar, la chica con quien me case debe
ser», canta Irving Berlin en la película Annie
get your gun (1950), dirigida por George Sidney)
I’m gonna
make me a girl machine /And build me a doll that looks like a dream («Me
voy a hacer una chica mecánica/ y construirme una muñeca que se parezca a un
sueño», “Girl Machine”, Warner Weidler,
1961).
He said: isn’t it.
Isn’t it. Isn’t it just like a woman («Dijo él: ¿No es verdad que esto es igualito
a una mujer?». Laurie Anderson, “It tango”, 1981) [15].
Pero el anhelo de sustitución de la mujer real por una
réplica, total o parcial, pero inerte, pasiva y sin deseos propios, para ser
utilizada a conveniencia, no se queda en mera fantasía. Sabemos de intentos
recurrentes anteriores a la muñeca inflable de los sex-shops. Phyllis y Eberhard Kronhausen llevaron a cabo en 1969
una investigación sobre la imaginación erótica occidental. En la página 387 de
su libro aparece la reproducción de un anuncio de “vientre femenino” tomado de
una revista francesa de finales del siglo XIX [16] , que traduzco a continuación:
VIENTRE
FEMENINO
Con vagina
artificial
Diseñado para dar al hombre la perfecta ilusión de
mujer real, al
proporcionarle las mismísimas dulces sensaciones voluptuosas que
aquélla.
Por fuera,
el aparato representa un vientre femenino, sin las piernas [...]
Este vientre
femenino lubricado es el único aparato que es una copia exacta de los órganos de copular femeninos (y es por tanto el
único) capaz de dar la ilusión de realidad.
Por ser
totalmente hinchable y deshinchable, el aparato puede esconderse fácilmente en
el bolsillo, como un pañuelo o cualquier otro artículo de tocador.
¿Es
descabellado trazar un vínculo entre la violencia real hacia la mujer y el
deseo simbólico (y real) extremo masculino de posesión de partes del cuerpo de
una mujer para poder rehacerlo o usarlo a su gusto que encontramos en la lírica
o en la canción moderna (y en las sex-shops)?
Así lo hace la irlandesa Eavan Boland en el poema irónico “In his own image”
(“A su imagen y semejanza”). Boland hace nacer el maltrato masculino de la
misma necesidad de esculpir de nuevo el cuerpo femenino, pero, tal como ella
utiliza la metáfora, consigue borrar la poeticidad que pretendían textos como
los de Salinas, Neruda o González, haciendo surgir la dura realidad: quizá las
consecuencias últimas de la conceptualización patriarcal de la cosificación
femenina que deviene en posesión y control:
[...] Y entonces
volvió a casa borracho.
¡Era algo tan fácil!
¡Cómo no se me
ocurrió!
Ahora me doy cuenta
que todo lo que yo
necesitaba
era una mano
que moldease mi boca,
que me escaldara la mejilla.
Esta conmoción bajo
la que me encuentro
es donde recobro la
posesión de mí misma,
donde me hago del
todo.
Me rompe el labio con el puño,
me amorata el ojo de un golpe,
con sus nudillos devuelve
el ángulo correcto a mi nariz.
¡Qué perfeccionista!
Las suyas son manos de escultor:
Crean
forma del vacío.
me recuperan
para mí de nuevo.
Soy una mujer nueva.
(Eavan
Boland, “A su imagen y semejanza” [17])
Lo que Eavan Boland nos dice aquí es que cuando un hombre
comete un asesinato de género está llevando a cabo una representación explícita
y hasta sus últimas consecuencias de la violencia que está contenida
implícitamente en toda esta imaginería marcadamente fetichista de construcción
de la mujer “perfecta” y “propia” a base
de “partes”. El resultado último de la reificación es la muerte. El imaginario
masculino hegemónico que nutre los relatos que nos rodean primero subordina
cognitivamente a la mujer mediante las prácticas verbales vistas en páginas
anteriores; luego se arroga el derecho a supervisar y cosificar el cuerpo
femenino; como paso posterior, esta violencia simbólica se extiende a la
destrucción y reconstrucción de la mujer amada. Todo ello en el reino de la
mera fantasía, pero una fantasía que coopera cognitivamente a refrendar y
normalizar la violencia, puesto que se trata de un ritual simbólico, repetido
hasta la saciedad en la poesía, y reproducido en los medios a través de
anuncios de partes desmembradas del cuerpo femenino, y de otros mecanismos de
aniquilación simbólica.
Se nos ha dicho que la
fantasía es un reino separado de la realidad. Sin embargo, ¿cómo negar que hay
una conexión cognitiva entre poemas como “El Tigre” de Neruda, incluido en el
volumen Los Versos del Capitán,
[...]
Entonces en un salto
de fuego, sangre, dientes,
de un zarpazo derribo
tu pecho, tus caderas.
Bebo tu sangre, rompo
tus miembros uno a uno.
[...] (Pablo
Neruda, “El Tigre” [18])
y
los relatos de asesinos confesos, en los que se explayan sobre el placer de
destruir, diseccionar las partes femeninas, como un auténtico sustituto del
sexo, en un acto extremo de fetichismo? Por ejemplo, contamos con narraciones
como la siguiente, reproducción en una revista del FBI del relato de su crimen
por parte de un asesino convicto estadounidense de 1975:
Le corté la garganta para que no gritase... entonces
lo que quería era cortar su cuerpo para
que no pareciese persona y destruirla para que no existiese. Empecé a cortarle el cuerpo. Recuerdo
que le arranqué los pechos. Después,
todo lo que recuerdo es que seguí cortando y arrancándole trazos... No la
violé. Sólo deseaba destruirla. [19]
No estoy afirmando, naturalmente, que la fantasía masculina que
nuestros relatos culturales alimentan conduzca al asesinato. Sino que existen
una serie de imágenes que circulan, no sólo libremente sino celebradamente, en
nuestra cultura, que una alta proporción de público aplaude y recibe sin
criticarlas, que forman parte del tesoro de la lengua castellana, y que van
desde el pederasta narrador de Memoria de
mis putas tristes, de García Márquez, a quien sólo excita una niña virgen
de trece años, hasta las metáforas de cuerpos fragmentado sobre los que ejercer
violencia verbal. Se me alegará que se trata de meras fantasías, con múltiples
significados y posibilidades de lectura. El otro día una alta personalidad
política de este país se negaba a reconocer el poder de la palabra en la
situación de la mujer... Me vi obligada a responder: «Si la forma de expresarse
es algo inocuo, indiferente, sin consecuencias, ¿por qué uno de los primeros
actos de cada gobierno es el nombramiento o destitución del director del
telediario?». Las palabras no matan; ya lo sé. Pero ciertas metáforas, ciertas
formas de expresión preparan cognitiva, simbólica y metafísicamente para
naturalizar la violencia, para encapsular a las mujeres en fantasías de víctimas manejables,
reducibles a “partes” que pueden poseerse y controlarse. Y lo malo es que estos
símbolos no son propiedad exclusiva ni de individuos aislados, ni de “locos”,
ni siquiera únicamente de varones, sino uno de los constituyentes culturales de
mayor trascendencia en nuestra sociedad, porque rigen las relaciones
heterosexuales.
Los textos culturales, especialmente los canónicos, nos
están diciendo a mujeres y hombres lo que somos, lo que podemos ser, lo que
podemos imaginar, qué podemos hacer unos con otras y unas con otros y quién
tiene poder para disponer sobre el cuerpo y la mente ajenas. Los textos nos
hablan de quiénes somos en relación con los otros y las otras; también
construyen nuestros deseos, nuestro placer y nuestra subjetividad. La literatura, la música, el cine, la fantasía son
escenarios de deseos. La literatura, la música, el cine románticos establecen
una comunidad de fantasías amorosas comunes. Si no reformulamos estos
elementos culturales, analizándolos críticamente, reproduciremos la misma realidad
insoportable.
La filosofía contemporánea (Jed 1989,
Ricoeur 1981) nos ha propuesto como tarea urgente la investigación de la
literatura y la tradición humanística y sus códigos secretos de producción,
retransmisión y aceptación de la violencia. Nos han sugerido que estudiemos las
razones de la separación teórica entre
literatura y política, como reinos alejados. El teórico de la ideología historiográfica
Hayden White (1982), por ejemplo, nos hace ver cómo unas ciertas historias no
habrían podido llegar a formar parte del canon humanista o literario si el
código humanístico-literario no hubiera funcionado para hacer congeniar el
relato con su propia conceptualización de la violencia.
Lo que he tratado aquí es de desenmascarar
la violencia de muchas prácticas culturales heredadas del “humanismo”. La
erotización de la dominación y la cosificación y erotización de la persona
dominada son prácticas culturales heredadas del “humanismo” occidental; han
servido y siguen sirviendo para la construcción del deseo sexual hegemónico en
occidente, pero no son signos de un supuesto deseo universal masculino de
dominación ni de uno femenino de sumisión. Han sido construcciones culturales
hegemónicas durante un tiempo y en ciertas áreas del planeta, pero pueden
cambiar porque cada vez somos más conscientes de que no hacen felices ni a
mujeres ni a hombres. Y afortunadamente, el imaginario amoroso está cambiando a
enorme velocidad.
Deseo terminar con una cita de la misma
jurista con quien comencé este artículo. Como llamada a la esperanza, aunque
estaba redactada en presente, me he permitido re-escribirla en pasado:
«La
sexualidad [estaba] organizada socialmente de tal forma que [exigía]
desigualdad entre los sexos para producir excitación y satisfacción. En el
extremo inferior de la desigualdad entre los géneros, pero como requisito
indispensable para que aquélla se [mantuviese], nos [encontrábamos] con la deshumanización
y la reificación femeninas. En el extremo superior se [encontraba] la
violencia. Al darse el hecho de que [era] casi únicamente a las mujeres a
quienes se [reificaba] y contra quienes se [ejercía] violencia, se [consideró] que la reificación y la
violencia sexuales [constituían] “diferencia sexual”, cuando de hecho,
[representaban] el sometimiento social de las mujeres a los hombres.
(Escrito en
presente en 1989 por Catharine MacKinnon, Toward
a Feminist Theory of the State)
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