Este texto es fruto de una
investigación que [1] tenía
como objetivo fundamental analizar la violencia representada en las películas
más taquilleras de los últimos cinco años en España, lo que nos proporcionó un
corpus diverso en cuanto a géneros y calidad de los textos. En un primer
momento, esto resultó ser un problema ya que muchas de estas películas parecían
ignorar las relaciones violentas entre hombres y mujeres, y representar el
mismo universo idílico, eufórico y estereotipado al que nos tiene acostumbrados
el cine más comercial de Hollywood [2].
En aquél momento había películas Solas, El Bola o Flores de otro mundo, en las que se abordaba de forma directa el
problema de la violencia, pero quisimos analizar de “lo que ve todo el mundo”
porque al fin y a cabo era un trabajo concebido para analizar el contexto
simbólico que permite y legitima la violencia de género, la naturaliza, y se
convierte en transparente. Sin duda hay que intervenir en lo legal, en lo
asistencial para atajar este problema, pero ninguna de estas medidas es
suficiente (tal como tristemente demuestran las estadísticas). La violencia se
produce porque vivimos en un contexto significativo que organiza las relaciones
de modo jerárquico y competitivo y, sin modificar el entorno, ningún control
sobre las conductas individuales será definitivo.
Relacionar cine y violencia tiene
sentido si aceptamos varias hipótesis. La primera es que el cine sigue siendo
uno de los medios de comunicación masiva más poderosos en la definición de
nuestro imaginario colectivo [3].
La segunda, que ese imaginario colectivo está construido por valores
simbólicos, que se concretan en nuestras acciones, en nuestras mentes, pero
también en nuestros cuerpos, y no sólo de una manera individual, sino que
intervienen del mismo modo en la construcción de lo colectivo. La tercera
hipótesis tiene que ver con anteponer las dos cuestiones anteriores a todo
análisis práctico, sabiendo que todos participamos de esos valores colectivos,
que en sí mismos constituyen una “ideología” y como resume Trinh T. Minh-Ha
(1991: pág. 32) “la función de toda ideología en el poder es representar el
mundo positivamente unificado”. Vivimos en un universo de significados y
valores, que con el desarrollo de las nuevas tecnologías son transmitidos cada
vez menos por la escuela o la familia, y cada vez más por los medios de masas.
Hacer una crítica de cine, en definitiva, consiste en hacer evidentes las
fracturas que existen en la ideología “aparentemente unificada”.
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Punto de partida
Relacionar
violencia y cine nos exigió, definir qué entendemos por violencia e
individualizar las formas específicas de violencia de los varones en contra de
las mujeres, ya que los malos tratos son sólo la parte más visible de una
realidad que trabaja de manera constante y obsesiva en la separación de los
géneros. La violencia no está sólo en los malos tratos, sino también en las estructuras narrativas por las que las
mujeres son definidas como objetos pasivos y los hombres sujetos activos; en
las formas en que se tratan las relaciones; en los modos en que aparecen los
cuerpos; en el lugar donde se sitúa el punto de vista o se focaliza una imagen;
y por supuesto, en los estereotipos que han dominado la cinematografía a lo
largo del tiempo: los que perviven o la perversidad de los que se crean... y por
supuesto, en la manera simbólica de construir lo femenino y lo masculino
sabiendo que son construcciones en crisis.
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De qué hablamos
cuando hablamos de violencia
El
sustantivo violencia aparece casi siempre adjetivado: física, psíquica,
estructural, incontrolada, asesina, terrorista... y remite a una serie de actos
en los que se utiliza la fuerza para quebrar la voluntad del otro.
En nuestro trabajo distinguimos
entre agresividad y violencia, porque así nos librábamos de la idea prejuiciosa
de que “todos somos violentos por naturaleza”. Los seres humanos tenemos una
agresividad innata que se corresponde con el instinto de supervivencia, que nos
permite eludir peligros y situaciones de riesgo, pero la violencia se define
por otra cosa: está relacionada con la voluntad consciente de poder que un ser
humano impone sobre otro. La agresividad es innata, pero la violencia es
cultural. Cada sociedad desarrolla unas formas específicas de violencia, y
hablar de ella es hablar de una determinada organización social, de una serie
de estructuras de pensamiento y acción, de deseos, normas y transgresiones.
La violencia implica siempre dos
elementos fundamentales el uso del poder y la producción de un daño que puede
ser físico, moral, psíquico, económico, etcétera, y de algún modo se basa
siempre en relaciones que se establecen de forma asimétrica, aniquilando al
otro como igual. Maturana (1997:83) afirma que “la violencia es un modo de
convivir, un estilo relacional que surge y se estabiliza en una red de
conversaciones que hace posible y conserva el emocionar que la constituye, y en
la que las conductas violentas se viven como algo natural que no se ve”. La
cultura es entonces esa “trama de significados” en la conocida definición de
Clifford Gertz, o esas “redes cerradas de conversación” (Maturana , 1987:83)
que puede acabar invisibilizando la práctica de la violencia.
Pero, curiosamente, los medios de
masas no sólo hacen visible la violencia, sino que participan activamente en la
creación de la violencia como mito cultural: la solución de todos los
problemas... que causa rechazo y fascinación al mismo tiempo. Martín Barbero
(1987) decía que la violencia ha dejado de ser un tema para convertirse en uno
de los ingredientes de esa trama
significativa de fin de siglo (constituye una de las fuentes de poder junto
con el dinero y el conocimiento), si bien hay que reconocer que ha estado
siempre presente, amparada y protegida por los mitos de la sociedad patriarcal,
como el culto desmedido a la competitividad, la adoración al “macho” guerrero,
o la prefiguración de los “otros” como ajenos... Pero dejemos este
planteamiento que nos llevaría a pensar sobre la propia estructura de la
narración en occidente que se plantea como agónica, como una lucha en sí
misma...
Para nuestra investigación
necesitábamos establecer algunas diferencias o tipos de violencia, y para ello
desarrollamos una estructura piramidal de la que el extremo más visible la
violencia personal, tanto física como psicológica. En un segundo nivel la
denominada violencia institucional: acciones dañinas que se presentan dentro de
las instituciones y que aparecen invisibles, y cuyas consecuencias son que los
seres humanos no se desarrollen en plenitud (prisiones, psiquiátricos, sistemas
de bienestar social, guerras, falta de ayuda económico...). El tercer nivel
estaría ocupado por la violencia estructural a la que Bourdieu (2000) denomina
“violencia simbólica”, la violencia amortiguada, insensible e invisible incluso
para las víctimas, que se ejerce esencialmente a través de la comunicación y el
conocimiento, a través del simbolismo y el propio sentimiento y las emociones
implicadas en cualquier proceso comunicativo.
Por supuesto, toda categorización
es limitada, metodológica y todos estos niveles están relacionados entre sí: no
es posible pensar en una violencia física si no hay una simbólica funcionando,
y la simbólica no puede ejercerse sino porque existe un cuerpo social e
institucional que la respalde.
[^ SUBIR]
Violencia, poder e
identidad
La violencia
personal, tanto física como psicológica, está presente en casi todas las
películas (pero escasa si la comparamos con el cine americano). Destacados son
los casos de Torrente I y II, Año Mariano, y Muertos de Risa, que consisten en una secuencia de peleas y
combates, si bien en clave de humor. En otras, como El arte de Morir o La novena
Puerta, la acción se asienta sobre el principio de violencia física en sus
manifestaciones más extremas: los asesinatos.
La violencia física se registra mayoritariamente
entre hombres, como forma natural de resolver los conflictos y como recurso
narrativo para hacer avanzar la trama y provocar humor. Lo curioso es que en
muchos casos la amistad masculina se asienta sobre cierto tipo de violencia
física (puñetazos, empujones) y psicológica (bromas pesadas, humillaciones...)
que se enmarcan en una clave de juego. Esas manifestaciones de violencia entre
hombres sirven en muchos casos para mostrar una afectividad que excluye el
contacto personal cariñoso [4].
Las mujeres
que usan la violencia física en cambio son minoritarias ya que la feminidad se
construye como incompatible con la violencia física. Hay excepciones
interesantes como en
La Comunidad, donde la
protagonista la utiliza para defenderse sin que aparezca deslegitimada, ya que
la violencia física entre las mujeres no es una forma naturalizada de resolver
los conflictos.
En cuanto a la violencia sexual,
es la principal forma de violencia
física contra las mujeres, y a pesar de su fuerte condena en los medios de
comunicación, la ficción desarrolla una serie de estrategias de representación
para amortiguarla. Sabemos que el cine y la narrativa son un mecanismo de
generar congruencia, con capacidad para situarnos como espectadoras en un lugar
determinado por el punto de vista que se nos otorga. El cine genera una
duplicidad comunicativa que provoca en los espectadores formas de adhesión y
rechazo creados por la representación en sí mismas. Así, no es extraño
comprobar cómo en la mayoría de los casos en que aparece la violencia contra
las mujeres de forma explícita aparece siempre justificada o desvirtuada, con
mecanismos como por ejemplo:
1.- El hecho de que la protagonista no viva la agresión
como forma de violencia contra ella (Amparo, en Torrente, el brazo tonto de la ley, es secuestrada y obligada a
realizar felaciones, pero este hecho no parece afectarle ya que lo hace
encantada).
2.- La representación del deseo femenino como ninfomanía (Abre los ojos, La novena puerta), por lo que la violencia contra ellas queda
justificada.
3.-El distanciamiento se produce cuando un acto violento
se convierte en una prueba glorificante para la protagonista. En La niña de tus ojos, se reproduce la
ilusión de la representación del erotismo occidental en el que las mujeres
salen triunfantes del acoso porque son suficientemente hábiles para controlar
con estrategias el ataque físico de un hombre.
4.- En Hable con
ella, en cambio la violación de Benigno a Alicia se presenta como ambigua,
no vemos el acto como violento, porque aparentemente no hay daño y no se hace
como humillación, sino que este hecho acaba salvando la vida a la protagonista.
Además el personaje de Benigno, extraño, retraído, recibe un castigo legal,
pero no una condena moral en el contexto de la película.
5.- La presentación de una agresión como algo
“anecdótico”: en La niña de tus ojos,
ésta se presenta sin trascendencia... un altercado entre otros. En Todo sobre mi madre, aparece una
agresión contra las prostitutas en la que Agrado recibe una paliza de un
cliente... que el personaje supera tomándoselo como un simple “gaje del
oficio”.
6.- El altercado queda diluido dentro de las claves del
género: comedia, terror, ciencia ficción: Cesar en Abre los ojos, arremete y ata a la cama a Nuria para luego matarla,
pero el incidente se revela como parte de un sueño. En El arte de morir, dos de las protagonistas son brutalmente
asesinadas por Carlos, pero finalmente, tras una argucia del guión, se descubre
que ya estaban muertas.
7.- El agresor no es “normal”, padece alguna clase de
patología: en el género de terror el asesino es un psicópata o alguien que
conjuga fuerzas extrañas, como en El Arte
de morir, o bien el personaje de Benigno en Hable con ella que comentábamos antes.
La violencia psicológica es más abundante que la
física en los personajes femeninos de las películas analizadas. Pero es curioso
observar cómo un caso importante de ese tipo de violencia son las mujeres en el
papel de madres “represoras” que bloquean el deseo de quienes les rodean
-normalmente sus hijos-, víctimas de una educación autoritaria [5].
Es un estereotipo tradicional la idea de la “maldad femenina” que tiene un
matiz durativo, no cesa nunca, frente a la maldad masculina representada como
un rasgo instintivo y puntual.
La violencia institucional, o acciones dañinas que
se presentan dentro de las instituciones, es un tipo de violencia con muy
escasa presencia en el corpus analizado, especialmente si la comparamos con la
abundante proliferación de la violencia individual. Lo más llamativo y sorprendente
que hemos observado en este apartado es, paradójicamente, una ausencia: la de
los episodios de violencia institucional contra las mujeres. Las
discriminaciones laborales, la falta de ayudas económicas, la indefensión
institucional… son hechos que sufren muchas mujeres y que no tienen cabida en
las películas del corpus. Es por eso que las únicas manifestaciones de
violencia institucional que aparecen afectan básicamente a los hombres: el
abandono que sufre los hombres de la tercera edad (Torrente, el brazo tonto de la ley, La comunidad), la explotación de los inmigrantes ilegales que han
llegado a nuestro país en pateras (Año
mariano), e incluso la precariedad laboral [6] (Los lunes al sol y La comunidad). La única excepción a todo
esto es Todo sobre mi madre, que sí
que presenta un episodio de violencia institucional contra las mujeres.
Son significativas, además, dos películas que
presentan indicios de una violencia institucional que, sin embargo, no se
tematiza, o se presenta de forma muy anecdótica en la trama. Un ejemplo es el
de Juana la loca, en la que se podría
haber planteado la locura que la afecta por el efecto sobre su vida y su cuerpo
de las instituciones que ella encarna y a las que se tiene que someter
sumisamente. Sin embargo, esto no se plantea, y su situación se debe a un
“problema personal”. Así, lo que puede ser consecuencia de una estructura
social, aparece sólo como un problema individual.
Decíamos que la violencia simbólica es
la violencia que se trasmite de manera insensible a través de la comunicación.
Pero estas formas son muchas y conviene hacer una categorización:
1.-
La violencia en la representación de los cuerpos. El cuerpo de las mujeres en
la estructura fílmica no funciona como significante de su referente “real”,
sino que representan el inconsciente masculino: se presenta como aquello que
representa para el hombre (un objeto de deseo). Esto conduce a una
sexualización de las mujeres, especialmente de sus cuerpos, que se construye
como sede de la sexualidad y del reclamo de una mirada masculina. No es por
casualidad que la mayoría de las actrices protagonistas estén cortadas por un
mismo patrón: la edad (mujeres jóvenes) y la presencia física (delgadas y con
una reconocida belleza).
La mayoría de los
personajes que asumen estas actrices principales están sexualizados (aparecen
como objeto de deseo y reclamo de la mirada), porque hay algún personaje
masculino cuya mirada se representa en la pantalla y/o porque la cámara adopta
un punto de vista masculino a la hora de captar las situaciones y a los
personajes dentro de ellas (especialmente en las escenas de sexo). Esto se hace
en función de dos estrategias: unas veces la sexualización es más agresiva
porque el papel de la actriz se reduce a exhibir de forma exagerada los signos
que el imaginario heteropatriarcal asigna a la feminidad, como ocurre en el
personaje de Neus Asensi en Torrente… Otras, porque el cuerpo aparece descontextualizado con la única función de ser
contemplado, especialmente cuando se trata de personajes femeninos secundarios
(por ejemplo, las azafatas, presentadoras de tele y bailarinas en Muertos de risa). En otros casos, los personajes femeninos protagonistas aparecen
más bien de forma estetizada o erotizada, como por ejemplo los personajes de María
y Alicia en las dos películas de Almodóvar, que aparecen más como algo bello
que sexual, la protagonista de Abre los
Ojos o Macarena en La niña de mis
ojos.
Encontramos algunas excepciones de cuerpos
femeninos no sexualizados ni presentados para una mirada masculina, como por
ejemplo, Grace en Los otros, en la
que los encantos estéticos del personaje quedan neutralizados por un ropaje
oscuro que invisibiliza su cuerpo y sus curvas y una actitud que no atrae la
mirada ni el deseo. Ninguno de los personajes femeninos aparecen sexualizados
en la película, quizás porque no hay ningún personaje masculino portador de la
mirada.
Tampoco aparece sexualizado la protagonista de
La
Comunidad, una
mujer madura que no entra dentro de la franja de edad de la seducción del resto
de películas. Únicamente su cuerpo es objeto de deseo en una escena donde un
vecino se masturba mientras la observa por la ventana, pero no es portador de
una mirada con la que se identifique el espectador.
Otro tanto ocurre con el personaje de Ana en Los Lunes al Sol: es joven pero no
presenta ninguno los signos de la feminidad (maquillaje, ropa, mirada
seductora), que dejan paso a otros que adquieren más fuerza: los del trabajo,
el cansancio y el dolor. Es curiosa la escena en la que está frente al espejo
desnuda porque su desnudez permanece en el plano denotativo de la información,
sin elevarse al plano de las connotaciones: su sexualidad, su carácter
deseable. Esto pone de manifiesto que la feminidad es una construcción que
implica unos rituales y unos signos, y que existen otras formas de representar
el cuerpo femenino.
En el caso de los personajes de sexo masculino, sus
cuerpos no están sexualizados. Si son objeto de deseo, lo son por valores más
asociados a la personalidad (sentido del humor, sentido de la dignidad...). No
es la norma que el cuerpo del hombre aparezca como objeto de mirada, y, en todo
caso, no tienen que ajustarse a unos códigos de belleza tan rígidos como en el
caso de las mujeres. Los personajes masculinos, tanto principales como
secundarios, cuentan con un repertorio más variado de modelos estéticos, y sus
cuerpos no aparecen fragmentados en distintos planos, sino que se presentan
dentro de un contexto.
Esta desigual representación del cuerpo por sexo
viene a constatar también en el cine español lo que analistas como Mulvey
(1975) ya han apuntado en relación con el cine clásico de Hollywood: que las estructuras
“deseantes”, el placer de mirar (escopofilia),
establecen una división entre sujeto masculino que mira (a través de la cámara,
dentro de la pantalla y desde la butaca) y el objeto o espectáculo mirado: la
mujer como objeto de mirada y deseo vouyerista y fetichista masculino). El cuerpo de la mujer es fetichizado por el cine
español, pero no tan agresivamente como en la industria de Hollywood, donde los
cuerpos femeninos son reducidos a las partes (labios, piernas, pechos…) que
están más asociadas a la feminidad dentro del imaginario colectivo, y no sólo
en personajes secundarios. Esta sexualización del género femenino conduce a una
objetualización de las mujeres.
2.- La violencia de género se inscribe también sobre la
sexualidad, entendida como deseo y placer erótico. El control de la sexualidad ha
sido siempre más estricto para el sexo femenino con la imposición de unos
rígidos usos legítimos de su cuerpo. Sin embargo, observamos un tono más
progresista en el papel de la mujer en la sexualidad dentro de la narración
fílmica española. Las mujeres adquieren un papel activo en la seducción dando
el primer paso, experimentan con sus cuerpos y buscan el placer, sin por ello
ser una amenaza, como ocurría con el género negro. No obstante esta progresión
sólo la encontramos en el eje de la historia, mientras el discurso sigue siendo
masculino y el punto de vista de la mujer no aparece.
Los valores asociados a la
seducción en los personajes
femeninos son más tradicionales, a diferencia de los hombres que han
incorporado otros valores como, por ejemplo, el humor. Esta diferenciación en
la seducción se aprecia de forma muy ilustrativa en una escena de Lucia y el sexo en la que la pareja
protagonista hace un strip tease:
ella lo hace de forma insinuante, acompañada por música sensual, mientras que
él es más bien torpe y resulta gracioso.
Las mujeres que seducen siguen un código vertebrado
por la juventud y la belleza. Su seducción es más estética y reposa sobre una
sexualización de sus cuerpos. No enamoran, seducen, a hombres más mayores que
no tienen por qué tener una belleza plausible: Macarena, en
La Nina de mis ojos se enamora de su director
de teatro, un hombre más mayor y sin ningún tipo de atractivo evidente;
Natalia, en El hijo de la novia, está
enamorada de un hombre más mayor que ella y que tiene miedo al compromiso, etc.
Las mujeres mayores quedan excluidas del plano de
la seducción. Los casos de relaciones entre mujeres mayores con hombres más
jóvenes son la excepción y se limitan a relaciones instrumentales, como en
La
Comunidad, en la que la protagonista es seducida por un
vecino más joven que trata de conseguir su dinero; o en La novena puerta, en la que Diana seduce a Corso para apoderarse de
un libro diabólico. Al basarse el atractivo de las mujeres en un cuerpo
sexualizado, más allá de otros valores asociados a la personalidad, su franja
de seducción es más corta que en el caso de los hombres. La edad para las
mujeres se convierte en una tiranía.
3.-Dentro
de la violencia simbólica tenemos que hablar de la falta de reconocimiento que
sufren aquellas identidades que no encajan dentro del código hegemónico de
representaciones por su edad, su raza o su opción sexual. No podemos englobar a
todas las mujeres dentro de un mismo modelo representativo, tenemos que atender
a las distintas valorizaciones en función de la edad, la raza y la opción
sexual. Las mujeres mayores, exceptuando Julia en
La
Comunidad y los personajes de Manuela y Huma Rojo en Todo sobre mi madre, son las grandes
ausentes en la narración, y si aparecen es de forma peyorativa y fuertemente
estereotipada. Sólo aparecen en el espacio doméstico y asumiendo papeles
familiares, especialmente de madres que obstaculizan el deseo de sus seres
cercanos.
En el caso de las mujeres lesbianas, al igual que
los gays, su presencia en las representaciones del cine comercial es muy
minoritaria. La película El otro lado de
la cama incluye en su repertorio de identidades el de una lesbiana, un
personaje secundario que es amiga de Sonia, y muestra su falta de
reconocimiento social con la escena donde el novio de Sonia, que la siente como
una amenaza, hace unas pintadas para restar valor a su opción sexual en la
pared de la casa donde vive.
El director español que más en cuenta tiene las
identidades subalternas en sus guiones es Almodóvar, quien en Todo sobre mi madre abre el abanico del
reparto a prostitutas, lesbianas, travestis y queens. Lo interesante no es que haga visibles otras realidades,
sino cómo las hace visibles: de una forma natural que permite abrir un espacio
de reflexión sobre el carácter construido de las identidades y la posibilidad
de un diálogo con la diferencia. Esta película deconstruye el concepto de
“autenticidad” y refleja la violencia cultural contra las personas que no se
sienten cómodas con el cuerpo con el que nacen y deciden cambiarse de sexo.
También pone sobre la escena la realidad marginal de las prostitutas desde una
óptica enriquecedora: reconociendo la prostitución como un trabajo y a las
trabajadoras del sexo como mujeres con un mundo interior de relaciones
afectivas.
También tenemos que hablar de violencia simbólica
contra los hombres que son marginados porque no reúnen los valores de la
mística masculina. Aunque se observa una valoración nueva y positiva del plano
afectivo en los personajes masculinos, sigue existiendo un “umbral de
aceptación” y cuando lo sobrepasan, son tachados de maricones y afeminados:
son habituales los diálogos entre personajes masculinos donde la ironía que les
caracteriza al relacionarse. utiliza como objeto de burla el calificativo de maricón para deslegitimar determinadas
conductas que consideran femeninas, o no lo suficientemente masculinas (por
ejemplo, en los diálogos de los protagonistas masculinos de Los lunes al Sol, o la conversación de Torrente con los
adolescentes en Torrente). En Hable con ella, el personaje de Benigno
realiza un trabajo tradicionalmente asociado a las mujeres, el cuidado de otras
personas, y tiene un carácter muy afectivo, lo que lleva a que sus compañeros
le consideren homosexual.
4.-
Uno de los géneros por excelencia del cine español es la comedia (dominante
también en las películas más taquilleras). Con razón de más, la designación
de un texto como sexista no depende de un reconocimiento de elementos objetivos
en él, puesto que no hay una pretensión de literalidad, sino del tipo de
discurso. Nos interesa, por tanto, un análisis de la enunciación y del
enunciado dentro del discurso humorístico.
En el plano de lo enunciado, el humor se construye
como un espacio protagonizado por y entre el género masculino. Los hombres se
relacionan entre sí a través de la broma, las peleas (Los lunes al sol, Al otro
lado de la cama, Torrente...) y
los personajes que se presentan como graciosos son en su mayoría hombres. Esto
nos hace reflexionar sobre cómo el humor, al igual que la acción, está
contemplado en el imaginario colectivo asociado a un tipo de violencia (caídas,
peleas, bofetadas...).
Observamos
que la comedia española se articula sobre un tipo particular de humor que tiene
que ver con la violencia y con la acción masculina, donde las mujeres no tienen
cabida y otras formas de entender el humor no están contempladas.
Los personajes “graciosos”, no sólo en las
comedias, son mayoritariamente hombres (Santa en Los lunes al sol; Torrente Torrente, Nino y Bruno en Muertos de Risa, los
protagonistas masculinos de El otro lado
de la cama y Año Mariano...). Las mujeres graciosas son minoritarias,
suelen ser personajes secundarios y no representan personajes inteligentes e
irónicos, sino personajes objeto de risa (Pilar en Al otro lado de la cama). Como señala Margatita Reiz, “a través del
ridículo hemos sido sometidas en la mayoría de los casos a una risa que nos
obligaba a reírnos de nuestro propio género, siendo objeto de burla, de broma o
de escarnio, más que sujetos ejecutores de la risa o que ríen” (2001:29). La
sexualización de las mujeres en el cine traspasa los límites de sus cuerpos y
afecta también al humor. En comedias como Torrente,
la estereotipación del personaje femenino está ligada su sexualidad, como es el
personaje de Amparo [7].
La potencialidad
de los discursos irónicos, además, es la de permitir a su autor documentar una
perspectiva sobre el mundo, y en el mismo gesto, mostrar su actitud crítica al
respecto. Como señala Cristina Peñamarín, “la ironía es una posición, una
concepción, una perspectiva mostrada “como si” fuera la propia del autor, pero
la interpretación irónica consiste precisamente en entender que no es tal, que
el autor la adopta transitoriamente para mostrándola, rechazarla” (1989:29).
Encontramos un ejemplo
de esta ironía en El otro lado de la cama.
A través de la parodia de dos personajes extremos, Rafa, un taxista machista, y
Pilar, una mujer muy tradicional, se pone de manifiesto los rituales y normas
que constituyen el comportamiento normal de ese grupo social al que pertenece
cada personaje para ridiculizarlo. Pilar es la caricatura crítica de la mujer
tradicional que trata de buscar pareja para sentirse completa y que acaba
enamorada del personaje de Rafa, que representa de forma paródica a un hombre
que trata de reafirmar su masculinidad y “dureza” y que acaba llorando cuando
le deja su novia. La ironía y la parodia, por tanto, pueden ser una estrategia
subversiva para cuestionar las normas de la dominación masculina, como ocurre
con los personajes extremos de El otro
lado de la cama.
En otras
comedias, la ironía no funciona igual en el caso de las mujeres y en el de los
hombres. En dos partes de Torrente,
el estereotipo de las mujeres que aparecen es una exageración de la visión
sexista de la mujer como objeto sexual que no ridiculiza esta visión, sino que
la reproduce.
En el caso de
las películas de Almodóvar, podemos observar una posición subversiva respecto a
la dominación masculina, pero la estrategia discursiva no es tanto una parodia
como un estetización. No representa
algo de lo que se distancia, sino lo contrario, busca crear cercanías con
realidades otras. En Todo sobre mi madre crea
una serie de situaciones que ponen en duda la norma heteropatriarcal
(relaciones entre lesbianas, entre una monja y un transexual) y deconstruyen
las identidades mujer/ hombre y las relaciones de género convencionales
(heterosexuales). Al introducir transexuales, lesbianas, transgéneros, gays, se
cuestiona la naturalidad de los géneros, abriendo una posibilidad más de
desarrollo de la identidad que establece un continuo entre lo femenino y lo
masculino en una sociedad que los concibe como una dicotomía.
5.- La violencia simbólica también tiene que ver con la
respuesta a las siguientes preguntas: ¿Qué papel asigna el relato
cinematográfico a los personajes femeninos? ¿Cómo es su presencia en la
narración? En primer lugar, hay que empezar señalando que, en la mayoría de las
películas analizadas, el protagonista es un personaje masculino, excepto en
cinco ocasiones (Los otros, La comunidad,
Todo sobre mi madre, Juana la loca y Cha cha cha [8]),
de un total de dieciocho [9].
Esto implica que, en la mayoría de los casos, son los hombres quienes mueven la
acción del relato, en detrimento de los personajes femeninos. Hay que añadir
que, en varias ocasiones, cuando una mujer es la protagonista, más que impulsar
la narración, sufre la acción: se
trata de personajes a los que más que hacer cosas, le pasan cosas. Esto ocurre,
por ejemplo, en Los otros, en la que
la protagonista es víctima de hechos inexplicables; y en Juana la loca, ya que, en gran medida, ella acaba siendo una
víctima de las intrigas palaciegas.
La mayoría de las películas se
narran desde el punto de vista (cognitivo, y en muchos casos, epistémico) de
los personajes masculinos. Cabe hacer un breve apunte sobre lo que Francesco
Casetti y Federico di Chio denominan la conformidad
del punto de vista del autor implícito con el de sus personajes. Para estos
autores, en los filmes suele operar una polaridad: o bien el punto de vista del
autor implícito corresponde con el del personaje, o bien se muestra totalmente
disconforme (por supuesto, entre estas dos posturas caben muchas posiciones
intermedias). Un ejemplo del primer caso es Los
lunes al sol, cuyo protagonista, Santa, expresa el sentido y la moral del
filme; mientras que Torrente, el brazo
tonto de la ley, sería un ejemplo de la disconformidad del autor implícito
con su protagonista, sobre el que se ejerce una crítica. Aún así, sea para criticarlo,
sea para expresar su conformidad con el sentido del filme, el punto de vista en
el que se centran la mayoría de las películas de nuestro corpus es masculino.
Este hecho es especialmente relevante en aquellas películas en las que el
protagonismo está más repartido, y que versan sobre las relaciones entre
mujeres y hombres: los personajes femeninos suelen estar marginados del punto
de vista, de forma que sabemos lo que ellas piensan a través de sus compañeros
masculinos: el relato se focaliza, por tanto, en estos últimos [10].
Este aspecto acarrea una paradoja:
a pesar de que, en muchas ocasiones, los personajes femeninos suelen ser más
inteligentes, maduros y preparados que sus contrapartes masculinos (como por
ejemplo ocurre en El otro lado de la cama, en la que contrasta la inteligencia
y madurez de las mujeres, frente a unos hombres desastrosos e inmaduros;
también en Los lunes al sol, El hijo de la novia, Muertos de risa o Año mariano, ellas están más preparadas
para asumir las dificultades y son personas más íntegras), su punto de vista y
su trayectoria se ignoran en detrimento de los personajes masculinos. Así,
podemos decir que nos encontramos con varias películas en las que la historia es más progresista e
igualitaria con sus personajes femeninos, pero cuyo relato les acaba relegando a una posición secundaria, cuando no les
presenta como objetos de deseo para la mirada masculina.
Por otra parte, observamos que se
ha producido una evolución en los papeles femeninos, en su relación con su
papel en la trama. En nuestro corpus nos encontramos con un gran número de
películas en las que las mujeres son activas y mueven la acción: Sonia, en El otro lado de la cama, decide seducir
a Pedro; Lucía, Elena y Belén, de Lucía y
el sexo, toman la iniciativa con Lorenzo; también Lucía y Macarena, de Cha cha cha y La niña de tus ojos, respectivamente, son personajes activos y que
mueven parte de la acción. Aunque hay que destacar que esto supone que las
mujeres se han ganado el derecho a ser sexualmente activas, también entraña
otro aspecto, más problemático y menos progresista: en la mayoría de la
películas de nuestro corpus, los personajes femeninos sólo son activos en el
terreno de la seducción y de lo afectivo, reproduciendo la dicotomía que asigna
el espacio público al hombre y el espacio privado a la mujer: las mujeres sólo
son activas en el terreno en el que están recluidas.
No obstante, hay que señalar que
también hay excepciones: en La comunidad,
nos encontramos con una protagonista femenina en cuyo punto de vista se centra
la historia, y que es quien mueve una trama que tiene poco que ver con lo
afectivo, y mucho con la acción y el suspense. Asimismo, su papel no es el de
víctima, sino el de una mujer independiente y que está dispuesta a conseguir
sus fines. También Todo sobre mi madre constituye una excepción, ya que nos presenta cuatro personajes femeninos cuyo
papel en la trama no discurre simplemente en relación a un hombre, y que mueven
la acción más allá del terreno afectivo.
Sin embargo, podemos observar que,
a diferencia de lo que ocurría en los filmes analizados por Mulvey, en la
mayoría de nuestras películas no se puede apreciar la presencia de un personaje
masculino que desempeña el rol de ego ideal con el que el espectador se
pueda identificar: la mayoría de los protagonistas son en realidad antihéroes (La niña de tus ojos, Torrente, Muertos de
risa, El otro lado de la cama, Año mariano, La novena puerta…), personajes
que, más que admiración, provocan la risa cómplice en el espectador (y que, señalemos
de pasada, tan frecuentes son en el cine español). En lo que respecta a las
protagonistas femeninas, sólo podemos hablar de antiheroínas en un caso, el de
la protagonista de La comunidad. El
resto de protagonistas oscilan entre dos extremos: mujeres con comportamientos
patológicos y retorcidos (como en Juana
la loca, Los otros y Cha cha cha), o bien, personajes
complejos y, quizás, verdaderas heroínas, como son las protagonistas de Todo sobre mi madre. En muchos casos, ocurre que a veces se nos
propone como espectadoras un modelo de identificación masoquista: la mujer es
una víctima, está desamparada, y poco puede hacer al respecto (como ocurre en Los otros y Juana la loca). Asimismo, en algunos casos podemos hablar de otro
mecanismo, de tipo narcisista: el placer de ser deseadas, de ser objetos de
deseo (así ocurre en Lucía y el sexo,
especialmente en el caso de Belén, que en una de las escenas disfruta
contemplándose así misma frente al espejo).
También podemos rastrear (aunque
no es algo frecuente en nuestro corpus) la presencia de algunos personajes
femeninos que suponen una amenaza al dominio masculino. Se trata de una suerte
de femmes fatales que representan al
tiempo el objeto de deseo masculino y una amenaza; son mujeres sexuales que
tienen un papel de villanas, como ocurre con Nuria (Abre los ojos) y Diana Telzer (La
novena puerta): ambas se acuestan con el protagonista, y más tarde tratan
de acabar con su vida; su papel, además, es el de oponentes al deseo masculino.
En definitiva, hay que señalar que
en las películas analizadas se echan en falta varios aspectos, sin los cuales
la representación de las mujeres no deja de estar sujeta a formas más o menos
sutiles de violencia simbólica. Por ejemplo, creemos que es necesario que no
sólo la historia tenga en cuenta a
los personajes femeninos, sino también el relato:
que se narren las películas desde el punto de vista femenino, focalizando
también sus conflictos. Asimismo, también falta por introducir y dar cabida a
una mirada femenina, que dé cuenta del deseo femenino (es decir que, más allá
del placer de ser deseadas, podamos ser sujetos deseantes).
6.- La violencia está también en cómo se representa la
división entre lo público y privado, como límites que se imponen a los géneros,
tal como tantas veces ha apuntado la crítica feminista. Esta división se
proyecta socialmente en la forma de una separación de espacios, de modo que el
ámbito de lo público, de la visibilidad, de la política, del trabajo, de la
cultura y la razón, está asociado a los hombres, mientras que lo privado, la
naturaleza, la familia, los afectos, los cuidados, es privativo de las mujeres.
En las películas señaladas, el reparto de roles, actividades desempeñadas, y
hasta rasgos de carácter que se deriva de la división genérica entre público y
privado, aparecen tópicamente representados [11].
Generalmente, además, sabemos de los personajes
femeninos en su faceta privada, no tanto en la pública: sus relaciones amorosas
y sexuales, su familia… por su actuación en el ámbito privado. Juana
la Loca se centra en la relación/obsesión de
Juana con Felipe; las dos partes de Torrente muestran a personajes femeninos sólo en relación a los hombres y en su faceta
sexual; en El hijo de la novia sólo
sabemos de Natalia por su relación con su novio; en Los otros Grace está recluida en su hogar; y así, en Muertos de risa, Abre lo ojos… Es
significativo, además, que en tres de las películas en las que la protagonistas
es una mujer, la trama transcurra en el espacio privado (Los otros) o básicamente, en torno a relaciones amorosas (Juana la loca, Cha cha cha). En el caso
de La comunidad, curiosamente, la
trama se desarrolla en un espacio privado (en las viviendas de un edificio)
que, para la protagonista, supone a su vez un espacio público, ya que es el
espacio del trabajo. Pero además, mientras que los personajes masculinos suelen
tener conflictos con su trabajo (como les ocurre a los protagonistas de El hijo de la novia, La niña de tus ojos,
Muertos de risa o Lucía y el sexo),
ninguna mujer parece tener problemas con su faceta pública.
Los personajes que desempeñan trabajos de cuidados
son eminentemente femeninos [12]:
en Lucía y el sexo, Elena cuida no
sólo a su hija, sino también a Belén y a Lucía; ésta última, por su parte, cuida
de Lorenzo; en Todo sobre mi madre Manuela
acaba velando y ocupándose de varios personajes, y además, es enfermera; en Los otros, Grace es ama de casa y
madre; y en El arte de morir, una de
las protagonistas trabaja en una guardería. En definitiva, las mujeres no dejan
de estar asociadas a las actividades en el terreno privado; de ahí que no sea
sorprendente que su actuación en la trama se reduzca a lo afectivo (el terreno
“propio” de las mujeres).
Nos hemos encontrado con varios
personajes masculinos que se sienten “huérfanos” de lo público: hombres que han
perdido su trabajo, que sin su faceta pública no saben qué hacer con su vida y
entran en crisis. Así, por ejemplo, los personajes de Los lunes al sol y el marido de la protagonista de La comunidad sienten que, al perder su
empleo, han perdido la fuente que legitimaba su autoridad en la familia. Son
hombres que ven con recelo o incomprensión la independencia adquirida por sus
mujeres, en un mundo en el que se encuentran desorientados y en el que ya no parece
haber sitio para ellos, porque el trabajo que tenían era parte fundamental de
su identidad, y perderlo significa también la falta de uno de sus anclajes
identitarios.
Aparecen hombres que no saben qué
hacer con su faceta privada: o bien la ignoran (El hijo de la novia, que
trata de un hombre que ha dejado de lado a su familia y amigos), o bien se
sienten perdidos y no saben cómo manejar sus afectos y el mundo doméstico (Los lunes al sol y El otro lado de la cama). Es por eso que en muchas películas resalta el heroísmo de los hombres que consiguen
compaginar su faceta pública con la privada y aprenden a valorarla: en El hijo de la novia, el protagonista
toma conciencia de la necesidad de cuidar a las personas que le rodean; y en Lucía y el sexo Lorenzo se redime
cuidando a la madre de su hija. A pesar de que es positivo que se inste a los
hombres a reconciliarse con el ámbito privado, es curioso, sin embargo, que se
presente como admirable esta integración de las facetas públicas y privadas por
parte de un hombre, cuando muchas mujeres lo hacen cotidianamente y no se
considera un esfuerzo digno de aprecio. Aún así, este “encuentro” de lo privado
por parte de los personajes masculinos se centra básicamente en una valoración
de lo afectivo, más que en un aprendizaje de ese trabajo de cuidados que suelen
realizar las mujeres. En este sentido, destaca especialmente el caso de Hable con ella, en la que el personaje
de Benigno presenta una masculinidad que ha incorporado “de hecho” el trabajo
afectivo y de cuidados, y que por ello es incomprendido y tratado como un ser
marginal, lo que habla de que esa incorporación del trabajo de cuidados y de la
faceta privada por parte de los hombres está lejos de ser habitual o efectiva.
La otra cara del problema de la
relación de los hombres con su faceta privada es que los personajes femeninos,
a diferencia de los masculinos, parecen no tener conflictos a la hora de
compaginar sus facetas pública y privada (por ejemplo, el problema de la doble
jornada, o el de encontrar un trabajo digno y que les permita desarrollar otras
ocupaciones, las exigencias del trabajo de cuidados, etc.). En Los lunes al sol, La comunidad, El otro lado de
la cama o El hijo de la novia se
presentan mujeres muy seguras de sí mismas, que saben enfrentarse a las
dificultades y a los desafíos mucho mejor que sus compañeros masculinos; parece
que los avances producidos en el papel de las mujeres en la sociedad no son
problemáticos para ellas, y que no suponen más que ventajas [13].
De hecho, si ellas tienen algún problema o algún conflicto, es en el terreno
privado de los afectos, como ocurre en El
otro lado de la cama, Juana la loca, Lucía y el sexo, Cha cha cha, o Los otros en las que todas las mujeres tienen problemas con sus relaciones personales (la
única excepción es el caso de Lydia en Hable
con ella, que sufre el rechazo y la exclusión masculinas en su profesión).
Es sorprendente, cuando menos, esta no representación de los conflictos
femeninos con lo público, cuando hay que recordar que el acceso de las mujeres
a la independencia económica, al mercado laboral, etcéra., son una serie de
cambios que se han ido extendiendo no sin tensiones y resistencias masculinas,
que en muchas ocasiones han desembocado en una reacción violenta.
En definitiva, todas estas
representaciones de los papeles de los géneros están relacionadas con los
cambios experimentados en la sociedad española
en las últimas décadas. El paso de un modelo fordista de familia, que implicaba
una clara división del trabajo y de los roles ha dado paso a la progresiva
generalización de nuevos y variados modelos de convivencia y relación, que han
motivado una modificación profunda de las identidades de género.
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La estereotipación
El cine,
como toda comunicación, precisa, usa y abusa del estereotipo, un principio de
economía comunicativa, que nos permite condensar una gran cantidad de
información en el menor tiempo posible. Los estereotipos constituyen redes
proposicionales o estructuras cognitivas, pero también son un fenómeno social
en cuanto a que implican un sistema de valores a partir de los cuales los
individuos se categorizan a sí mismos y a los demás. Hoy los más utilizados se
construyen a partir de las categorías de etnia, raza, sexo, clase económica o
profesional, etcétera. El estereotipo es una creencia generalizada que combina
conocimiento y afectividad (ya que constituyen actitudes) y que hacen de los
otros un algo “diferente” al nosotros.
Los estereotipos femeninos en el
corpus analizado siguen siendo menos variados que los masculinos, y además han
evolucionado bastante menos. De modo generalizado, las mujeres siguen
encarnando la seducción, y nos encontramos con el habitual personaje de mujer
dulce y tierna... aunque modificado por el tiempo, porque se ha librado de
exigencias como la virginidad, pero siguen siendo mujeres para las que la
sexualidad está ligada al amor. Están muy presentes las mujeres dulces capaces
de “redimir” al descarriado protagonista y abrirle los brazos a una vida nueva.
En el caso de las mujeres fatales en estas películas
aparecen también “rebajadas” en su dosis de maldad. También es constante el
estereotipo de la mujer sexualizada y objetualizada.
Por otro lado, es curioso el papel
de ama de casa o mujeres contentas con el destino de género que les espera y
que se presenta como un modelo sin ningún atractivo para las mujeres. Tal vez
el estereotipo más novedoso es el de la mujer moderna, sexualmente activa que
está más preparada que los hombres para asumir los retos contemporáneos. Son
mujeres que no necesitan a los hombres, no tienen conflictos al compaginar lo
público y lo privado...
Estereotipada es la escasa
relación de amistad entre mujeres: éstas pueden ser amigas siempre y cuando no
se interponga un hombre... (hemos encontrado una excepción en Todo sobre mi madre, donde se representa
una auténtica relación de amistad entre mujeres). Pervive además el viejo
estereotipo sexista que representa las relaciones de mujeres teñidas de
rivalidad y envidia, compitiendo por la atención del hombre, aunque lo más
abundante es la representación de las mujeres como simples acompañantes de los
hombres y prácticamente sin interactuar entre ellas.
Respecto a los estereotipos
masculinos, se mantiene su presencia masiva como constante si bien teñida de
nuevas cualidades. Sigue desprendiéndose de muchas figuras masculinas un halo
de heroicidad alejada de la épica clásica, y en el caso del cine español,
privilegiando la figura del antihéroe, que parodia el aventurero (luchador,
físicamente privilegiado, con grandes ideales) a través de personajes
perdedores.
El estereotipo del conquistador ha
sufrido también cambios: su repertorio es más variado que el femenino y no está
sometido a la belleza física y a la juventud, ya que encarna nuevos valores
como el sentido del humor, la afectividad, la inocencia.... En muchos casos
puede aparecer como el sujeto pasivo de la seducción.
Una nueva figura son los héroes
sentimentales: a caballo entre la virilidad sin fisuras y la feminidad: con
conflictos interiores, con dificultad para compaginar lo público y lo privado.
Son hombres con problemas que emergen finalmente victoriosos tras una hazaña
“afectiva”. Sólo en el cine de Almodóvar aparecen personajes masculinos que se
saltan los límites de lo convencional.
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Conclusiones
Estamos en
un período de crisis, y una crisis, tal como algún autor ha apuntado, supone el
desmoronamiento de unas estructuras mientras otras permanecen sin definir de
manera total. Nuestra existencia transcurre en un período de cambios acelerados
y radicales: las familias se basan cada vez menos en la estructura jerárquica
de antaño; las mujeres somos cada vez más competitivas y luchamos por un puesto
de trabajo como los hombres, relegando en muchos casos a segundo término las
funciones de la crianza y el cuidado; cada vez hay más mujeres en el mundo
criando hijos solas, los jóvenes tienen a su disposición más bienes materiales
y, sin embargo, viven con más incertidumbre que nunca en una sociedad que no
les proporciona la seguridad psicológica de una supervivencia a largo plazo;
tenemos más posibilidades de educarnos que nunca, pero nunca se han vivido como
hasta ahora como fracaso los sistemas educativos con sus “reformas de las
reformas” de los planes de estudio... Todo esto (por citar algunas cosas) nos
hace vivir con miedo percibiendo el entorno como peligroso y violento.
Afortunadamente, las libertades individuales son mayores, pero vivimos en un
mundo y generamos unas identidades que están sin terminar de construir del
todo... Deconstruir un mundo basado en la generación de violencia de unas
clases sobre otras, de un sexo sobre otro, de lo propio sobre lo extraño, no
está resultando una tarea fácil. Disolver todas esas dicotomías provoca un
rebrote de la violencia de los hombres en contra de las mujeres, de los de aquí
contra los otros. Nuestra cultura ha sido generadora de violencia porque es profundamente jerárquica y favorece
las formas de dominación y sometimiento, por lo que ir de todo esto a algo
nuevo no es tarea fácil ni instantánea.
Pero la ruptura del modelo de autoridad
tradicional es además una característica de la posmodernidad. El patrón
monocultural de la razón moderna (heteropatriarcal occidental) ha estallado en
múltiples otredades (genérico-sexuales además de étnicas y sociales) que
presionan contra las fronteras de la institución cultural, obligándola a
incluir voces hasta ahora sub-representadas o desvalorizadas por la dominante
occidental.
Cuando
aparece la violencia en las películas, tal como vimos, acaba apareciendo como
algo anecdótico. Esto es contradictorio, porque a la vez que aparece dándose el
paso de lo privado a lo público, también se produce el efecto perverso: el de
leer los actos de agresión como simples cuestiones puntuales,
descontextualizadas, convirtiéndose así algo que es público de nuevo en clave
privada, descontextualizada, y sin ninguna clave estructural...
Las
relaciones entre los géneros siempre han sido conflictivas, precisamente porque
han estado asentadas en una clave de poder. El problema es que cuando uno de los
sexos cambia de lugar, el otro tiene que hacerlo también, por eso hay una
percepción social de amenaza respecto a las nuevas actitudes de las mujeres.
Cuando una mujer cuestiona al hombre la relación que mantiene con él, le está
cuestionando su propia identidad.
El cine es
una tecnología social, una “tecnología del género” y por lo tanto tiene el
poder de controlar el campo del significado social y producir, promover e
implantar una determinado representación de los géneros.
Las
películas aquí mencionadas, son hechas por hombres, preocupados en representar
sobre todo la crisis que viven antes los cambios que hemos apuntado, cambios
que apuntan que tal vez la “dominación masculina” comienza a desmoronarse y los
hombres tienen que aprender a vivir de otra manera (una pérdida produce
melancolía). En parte del cine que hemos visto, más que una representación de
las relaciones entre mujeres y hombres se representan melodramas masculinos,
donde comedia y drama son las dos caras de una misma moneda, y el humor arranca
de las miserias a una masculinidad desbancada que no encuentra su sitio. Una
masculinidad que no sabe afrontar el conflicto, que tiene más dificultades para
enfrentarse al compromiso, la precariedad, al paro... Los hombres han perdido
la fuente de legitimidad de su identidad: el trabajo y la figura de protector y
sujeto activo dentro de la familia. Sin embargo, no hay representación
melancólica para las mujeres., ni hay una representación irónica, con lo que
nos encontramos de nuevo con la no-representación. Parece que las mujeres
seguimos contando con las supuestas ventajas de “ser mujer” tradicionales: un
cuerpo seductor que otorga poder respecto a los varones, y un entorno familiar
y vital que controlamos a la perfección... pero además contamos con las
supuestas ventajas que nos da la sociedad actual “independencia económica”,
libertad sexual y un largo etcétera... Parece que adaptarnos a un mundo nuevo
es tarea fácil, pero claro... tal vez esto efectivamente, no lo puedan contar
los hombres aunque quieran.
[^ SUBIR]
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