ORTEGA Y LA POESÍA
Mario Paoletti


Philip Silver ha dicho que Ortega es a la Filosofía lo que Jorge Guillén a la poesía: un español jubiloso. No sé si “jubiloso” es la palabra adecuada, pero no hay duda de que el estilo de Ortega, y el tono general de sus escritos, es el de la pasión alegre.

 Ortega dijo muchas veces que no era un lector habitual de poesía, pero es una afirmación poco creíble. Sus escritos están esmaltados de menciones de poetas clásicos y modernos. Además, Rafael Sánchez Mazas asegura que el joven Ortega le leyó varios poemas de su autoría. Se sabe también que, entre los españoles, leyó atentamente a Machado y a Juan Ramón y, ya maduro, a los de la Generación del 27, a muchos de los cuales publicó, cuando aún eran casi inéditos, en su Revista de Occidente.

En sus primeros años Ortega se expresó claramente en contra de la exaltación de la palabra como centro de gravedad de la poesía. “Las palabras –escribirá—son signos de valores, nunca los valores mismos”. Este Ortega furiosamente antiestructuralista (cincuenta años antes de la llegada del estructuralismo) coincidía, pues, con Unamuno, y se oponía a los modernistas. Durante esa primera etapa no advertirá la vertiente musical de la poesía, quizás porque era una vertiente que a él lo dejaba frío. Ya en 1906, a los 19 años, había escrito que la poesía no debe ser confundida con la música de una fuente, porque la poesía es la fuente. Por entonces Ortega era un consumidor exclusivo de pensamiento, y la expresión de la “Belleza inútil” lo conmovía menos que el espectáculo de la Inteligencia desplegando todas sus antenas. ¿Qué hay más emocionante, dirá, que una teoría que se ajusta a su tema como un guante se ajusta a la mano? Aquel Ortega, urgido por la necesidad de hallar respuestas a las grandes preguntas, no comprendía que para cierta poesía la musicalidad del verso es esencial. La princesa está pálida en su silla de oro nos puede gustar o no, pero no hay duda de que en su silla de oro está pálida la princesa  carece de todo interés.

Será más adelante que Ortega profundice en los conceptos de forma y estilo, centrales en materia de teoría literaria, y entonces llegue a otras conclusiones. Ortega escribe hacia 1923 que “la materia no salva nunca a una obra de arte y el oro de que está hecha no consagra a la estatua. La obra de arte vive más de su forma que de su materia y debe la gracia esencial que de ella emana a su estructura, a su organismo”.  Quizás es por esta conclusión que la metáfora, que él llamaba la célula bella, acabará siendo la base del estilo orteguiano (aunque también se sirvió de la paradoja, la parábola, el símbolo y la alegoría). Para Ortega la metáfora es un modo de mostrar dos veces la misma cosa, cuidándose de que una de esas veces sea fácilmente identificable por el lector (la palabra metáfora es, en sí misma, una metáfora: significa traslación). O sea que en Ortega la metáfora nunca es una distracción o un adorno sino, por el contrario, un auxiliar de la precisión. Por este camino Ortega consiguió eludir el riesgo de la metaforamanía, que era una de las pestes de su tiempo, de la que no se salvó ni Borges. Menos suerte tuvo con la otra de esas pestes literarias, el énfasis. Tanto no pudo con él que cuando decidió alertar sobre sus riesgos, escribió, enfáticamente, que “hay que estrangular al énfasis”.

Antonio Macahado había definido a la poesía como “la palabra en el tiempo”, una definición que a Ortega no le era indiferente. En “La deshumanización del Arte” dirá que “la misión del poeta es inventar lo que no existe. El poeta aumenta el mundo añadiendo a lo real, que ya está por ahí por sí mismo, un irreal continente”. Agregará que el poeta es insustituible y el científico no y que por eso el poema es eterno y la teoría científica, fugaz. En esto Ortega viene a coincidir con Marcel Proust, que llamaba al poeta “cazador de lo invisible”. Ortega dice que “el síntoma de un gran poeta es contarnos algo que nadie antes nos había contado, pero que no es nuevo para nosotros. Tal es la misteriosa paradoja –añade—que subyace en el fondo de toda emoción literaria. Notamos que súbitamente se nos descubre y revela algo y, a la par, lo revelado y descubierto nos parece lo más sabido y viejo del mudo. Por eso el descubrimiento lírico tiene para nosotros un sabor de reminiscencia, de cosa que supimos y que habíamos olvidado”. Y concluye, genialmente: “Todo gran poeta nos plagia”.

   En aquellos primeros tiempos en que Ortega se irritaba ante los “soniditos” de los modernistas, escribió muchas páginas sobre su ideal de poesía, que ahora se pueden refundir en quince versos, a la manera de un poema que Ortega nunca escribió pero que pudo perfectamente haber escrito:*

MARFILES MODERNISTAS

Un río de amargura

inunda la seca tierra de España

y empapada está la campiña

por el agua del dolor.

Y a pesar de ello

sus poetas madreperlas

(que viven en el mar

sin que les moje un sola gota)

cantan a Arlequín y a Pierrot

pegan lunas de cartón sobre un cielo de tul

--perennes sonatinas, tenaces mandolinatas

olvidando que sin dolor

la poesía es sólo retórica

que sin simiente de tragedia

es sólo copla de ciego.

                                                      

     Mario Paoletti

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* El libro que recoge estos ejercicios es “Poemas con Ortega” (Biblioteca Nueva, Madrid, 2005).


2006 Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset