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Introducción
1. Algunos
presupuestos
2. Noción
de lengua o dialecto estándar
3. Características generales de
la LE española
3.1. El estándar español en contraste
con el de otras lenguas mayoritarias (inglés, italiano,
francés)
3.2.
El estándar comprehensivo
del español: características del supradialecto estándar
3.2.1. Tendencia a la homogeneización
del léxico del español
3.2.2. La fuerza centrípeta
de la incorporación de neologismos
3.2.3. La
extensión a otras zonas (y mayor disponibilidad) de
algunas formas dialectales
3.2.4. Coincidencia en los procesos
léxico-sintácticos de recategorización
3.2.5. Paralelismos en el empleo
y normalización de algunas desinencias derivacionales
4. El español estándar y el español en la
red
Introducción
La noción de ‘lengua estándar’, y la de ‘norma
lingüística’, consustancial con ella, es muy antigua
ya; no tanto sin embargo como la vida misma de las lenguas.
Aparece, próxima a las naciones-estado y los estados-nación,
cuando las sociedades más estructuradas y jerarquizadas
empiezan a producir textos, a alfabetizar, a buscar
lenguas de relación o lenguas francas, y no se limitan
a usar su lengua sólo para comunicarse oralmente. Las
lenguas que se mantuvieron durante milenios como lenguas
de cultura pese a haber dejado de ser lenguas habladas
(el copto, el chino arcaico, el sánscrito) debieron
pertrecharse para ello de una rígida norma. El náhuatl,
la lengua de los aztecas, hoy dominada y dividida en
dialectos, había de estar muy normalizada en el siglo
XVI si podía ser el eje de un imperio que se extendía
desdeTenochtitlán hasta Veracruz y el Istmo de Tehuantepec.
Norma ha habido casi siempre.
Estas entidades (las normas y los estándares) –que mejor
será denominar actitudes, por lo que señalaré de inmediato--
acompañan e impregnan pues desde hace siglos la tarea
de descripción de las lenguas, tanto como centran las
políticas lingüísticas y las actividades aplicadas (la
enseñanza de segundas lenguas) o las instrumentales
(el uso de la lengua en los medios de comunicación).
En estas páginas, tras esbozar algunos puntos de partida,
analizaré, en primer lugar, la noción conveniente (sociopolítica
más que lingüística) de ‘español estándar’. Trataré
luego de las tendencias ideológicas y gramaticales en
las que se enmarca la estandarización del español en
el momento actual. Consideraré, por último, la importancia
de este nuevo concepto de estándar para la vida de la
lengua española en la comunicación internacional, principalmente
en su difusión a través de Internet.
[^
SUBIR]
1. Algunos presupuestos
Es oportuno, para empezar, recordar lo que
viene a ser hoy de general consenso: el español o castellano
--toda lengua en suma- es un “complejo dialectal” (García
de Diego 1950, Borrego 1999). Todos somos únicos y varios:
hablamos alguna variedad de una lengua abstracta común
y compartimos propiedades de varios dialectos. Somos
únicos y mestizos; nacionales, internacionales y locales.
Utilizo por ello lengua y dialecto como conceptos intercambiables.
Doy por supuesto también que mientras que las lenguas
y dialectos son entidades caracterizables con los conceptos
de la lingüística[1] la noción de lengua estándar es subjetiva
y social.
Estimo que si bien la expansión de las lenguas, y el
número de sus usuarios, depende sobre todo de factores
políticos y demográficos, la forma de esa expansión
y la estabilidad que pueda alcanzar dependen de decisiones
y actitudes oportunas en las que deben confluir e influir
especialistas y legisladores.
Considero, finalmente, que la estandarización es imprescindible
e inevitable tanto para la supervivencia de las lenguas
como para el asentamiento de ellas. Pero, obviamente,
las dos situaciones imponen requisitos muy distintos:
no es lo mismo hablar de normalización / estandarización
respecto de lenguas minoritarias, dominadas, no escritas,
etc. que referirla a lenguas históricas poderosas, resultado
de Estados Universales como son los imperios. [^
SUBIR]
2. Noción de lengua
o dialecto estándar
Para Dubois et allii la variedad estándar
de una lengua es “aquella que se impone en un país
dado, frente a las variedades sociales o locales. Es
el medio de comunicación más adecuado que emplean comúnmente
personas que son capaces de servirse de otras variedades.
Se trata generalmente de la lengua escrita y propia
de las relaciones oficiales. La difunden la escuela
y los medios de comunicación”. [Dubois et al.
1973: s.v. standard, traducción de Pascual y
Prieto 1998: 3].
Pascual y Prieto (1998), precisan la definición de
Dubois et allii. incorporando a su conceptualización
la idea de que la supra variedad estándar tiene un carácter
acordado o convencional:
“ [...] el estándar debe entenderse como una intersección
de lectos, o dicho sea con mayor precisión, como una
variedad convencionalmente superpuesta [...] al conjunto
de variedades geográficas, sociales y estilísticas de
una lengua”. [Pascual y Prieto de los Mozos 1998: n.6]
Crystal (1995) añade a esa intersección convencional
el valor subjetivo de ‘prestigio’:
“El inglés estándar [IE] de un país de habla inglesa
[es la] variedad de una minoría (identificada principalmente
por su vocabulario, gramática y ortografía) a la que
se asocia mayor prestigio; su variedad más extensamente
comprendida por todos”. [Crystal 1995: 110]
Se puede extender a Crystal afirmando que el
estándar es, además de la supravariante de prestigio,
el conjunto “borroso” de rasgos y procesos fonéticos,
morfológicos, sintácticos y léxicos que se describirían
en parte en algunas gramáticas normativas, en las lenguas
que las formulan. Así las cosas, los rasgos y procesos
de una variedad estándar no configuran un sistema, un
todo exhaustivo y homogéneo, sino que surgen por contraste
y debilitación de los rasgos y procesos considerados
regionales, rurales, marginales, anormales, inapropiados,
incorrectos, entre otras denominaciones posibles.
El estándar no es, sin embargo, la lengua común (Pascual
y Prieto 1998).No lo es puesto que en realidad nadie
–salvo quizá un extranjero bien adiestrado-- habla cabalmente
en lengua estándar en ningún momento. Resulta ser por
lo tanto un ideal de lengua, un “constructo mental”
(Borrego 2001), del que se encuentran realizaciones
aproximadas en unos lugares más que en otros.
¿Pero cuál es el contenido hipotético de la lengua estándar
[LE] y cuáles los criterios para su construcción?
Poder ser entendido por el mayor número posible de los
hablantes (Crystal) ha de ser un criterio de ‘estandaridad’
para el supradialecto escogido. Este requisito tiene
consecuencias en cuanto a los aspectos de las lenguas
relevantes para la delineación del estándar. Implica,
por caso, que los aspectos prosódicos –la entonación,
el ritmo acentual-- no serán centrales en tal delineación,
salvo que la variedad estándar se identifique claramente
con un dialecto geográfico. Tampoco será central la
sintaxis, puesto que las variantes de las lenguas apenas
difieren en cuanto a ella (o suelen variar de maneras
mínimas y sistemáticas que no afectan al significado;
cfr. Demonte 2000 y 2001).
Tendrán un papel hegemónico, en cambio, la ortografía
(que fija la pronunciación más allá de los acentos y
cristaliza la historia de las palabras), el léxico y
los aspectos morfofonológicos y fonético-fonológicos
de las variedades en liza. En cuanto al léxico, la mayor
transparencia de significado y una mayor disponibilidad
predispondrán para formar parte del léxico estándar.
En lo que respecta a los procesos fonético-fonológicos,
al menos el rasgo trivial de acercamiento a la lengua
escrita marcaría la frontera de lo estándar y lo específico
¿Estándar y norma son la misma cosa? Sí y no, aunque
algunos tratadistas los hayan considerado equivalentes.
Pascual y Prieto (1998: §2.8) advierten de que la norma
viene a ser “el estándar de un modo particular” y recuerdan
con Romaine (1988) que la normalización es condición
necesaria, pero no suficiente, para la estandarización.
Solá (2000) hace ver que norma y estándar pueden considerarse
términos sinónimos si norma se toma en el sentido de
“norma social” (Coseriu 1967): usos habituales en una
determinada comunidad lingüística, y no en el más restrictivo
de la expresión “gramática normativa” (equivalente a
gramática de los usos correctos).
Borrego (2001) recuerda la distinción entre “la norma
ideal de referencia” (el estándar en estado puro) y
las “normas sociolingüísticas”. Estas segundas, a diferencia
de aquella, marcan la procedencia de los usuarios; pueden
por ello ser consideradas evitables por el hablante
estándar, pero son de suyo perfectamente prestigiosas
en un determinado ámbito. Desde el punto de vista del
estándar, por ejemplo, la pronunciación pior, cuete,
almuada podrían considerarse incluso vulgarismos,
aunque para nada suenen a tal en la norma culta mexicana.
El relajamiento de la –d final intervocálica
de los participios en el español de España es parte
de la norma culta peninsular pero, por aquello del acercamiento
a la lengua escrita, sería un rasgo evitado, aunque
aceptado, por el hablante estándar.
Podemos cerrar esta breve aproximación a la noción
de lengua estándar con una definición de Lewandowski
(1982), que en alguna medida resume las consideraciones
anteriores y añade dos elementos a los que no hemos
aludido hasta ahora: la naturaleza histórica de la institucionalización
de los estándares y su condición de herramienta para
el ascenso social de los usuarios que estén en condiciones
de adoptarlos:
[Estándar es] “La lengua de intercambio de una comunidad
lingüística, legitimada e institucionalizada históricamente,
con carácter suprarregional, que está por encima de
la(s) lengua(s) coloquial(es) y los dialectos y es normalizada
y transmitida de acuerdo con las normas del uso oral
y escrito correcto. Al ser el medio de intercomprensión
más amplio y extendido, la LE [lengua estándar] se transmite
en las escuelas y favorece el ascenso social; frente
a los dialectos y sociolectos, [es] el medio de comunicación
más abstracto y de mayor extensión social”. [Lewandowski
1982: 201]
Por lo tanto, el prestigio, la convención, las
actitudes y la historia (Pascual y Prieto 1998: 3, Milroy
y Milroy 1991: 15) están en el origen de toda estandarización.
Esto, unido al hecho de que el objeto mismo llamado
LE sea de naturaleza abstracta y se defina por lo que
no es más que por lo que es, explican tal vez por qué
la propia lingüística como disciplina no se ha interesado
demasiado por la comprensión y explicación de esto que
denominamos supradialecto estándar. Con otras palabras:
las lenguas estándar no suelen estar descritas en ninguna
parte, ni nadie se atreve demasiado, al menos en este
momento de corrección política, a pronunciarse sobre
qué opción léxica o de pronunciación ha de considerarse
como más prestigiosa. Ello se debe a que la LE es un
objeto que por definición está siempre incompleto --en
proceso de configuración y pactando consigo mismo-,
es susceptible de cambios que dependen más de la voluntad
de los usuarios que de propiedades objetivas, y constituye
una entidad heterogénea (social, convencional, política,
lingüística) tanto en su origen como en sus límites
y contenido.
Ahora bien, la estandarización, el hecho de que sea
en bastante medida imprescindible para garantizar la
unidad y la vida de una lengua, es un fenómeno de consecuencias
similares a la globalización. Aceptarla a ciegas y como
instrumento de nivelación en una única dirección es
una actitud contraria no sólo a la justicia sino a la
ecología de lo biológico-social: a la natural tendencia
a la variación que caracteriza la vida de las lenguas.
Negarla de plano y predicar que en cada escuela ha de
enseñarse el dialecto de sus alumnos y profesores es,
dejar que sea el darwinismo social el que tome las decisiones,
y condenar además a ciertos grupos a que su movilidad
dependa de la suerte de sus elites, en el caso de que
las tengan.
En lo que sigue de este texto quiero contribuir al debate
lingüístico sobre la LE primero con una brevísima comparación
entre la estandarización de la LE española y la de otras
lenguas europeas, luego con algunas consideraciones
sobre los rasgos de la estandarización del español actual
y, por último, con algunas consecuencias previsibles
de ella. [^
SUBIR]
3. Características generales de la
LE española
3.1. El estándar español en contraste
con el de otras lenguas mayoritarias (inglés, italiano,
francés)
Las variedades estándar de las lenguas difieren
entre sí en varios respectos, aunque compartan las propiedades
generales que he intentado afinar hasta aquí. Los estándares,
en efecto, pueden ser monorregionales o plurirregionales
y, por consiguiente, más o menos elitistas. Pueden ser
el resultado de un devenir histórico relativamente inconsciente
(o al menos no planeado en un momento histórico dado,
recordemos que las políticas lingüísticas explícitas
son parte de la historia reciente), o pueden derivarse
de una planificación, una selección consciente y un
debate especializado (el caso del País Vasco español
es un buen ejemplo). Pueden diferir en cuanto al tipo
de variedad (social, regional...) que tomen como referencia,
o en cuanto a si toman alguna o mantienen una cierta
distancia respecto de todas. Y pueden estar o no controlados
desde las instituciones educativas, las academias o
los medios de comunicación, entre otras diferencias
posibles.
Como resultado de la interacción entre esos factores,
surgen varios tipos de lenguas estándar que se dibujan
con acierto en una caracterización de Corbeil. Según
este lingüista, la “regulación lingüística” resulta
de la actuación de alguno de los principios siguientes:
un principio de ‘convergencia’ (“todas las fuerzas de
regulación privilegian la misma variante”), uno de ‘dominio’
(“el uso lingüístico que domina es el de los infragrupos
que dominan las instituciones”), un principio de ‘coherencia’
(”existe un conjunto de elementos [...] que constituyen
la especificidad misma de la lengua y que autoregulan
el funcionamiento del sistema lingüístico de cada una
de sus variantes”), y un principio de ‘persistencia’
(“se mantiene el uso dominante en una época a pesar
de sus variaciones temporales”) (1983: 296-298). La
cuádruple distinción de Corbeil es también una modelización
de las posibles lenguas estándar.
Pues bien, si tomamos estas coordenadas como punto de
partida, podemos quizá aproximarnos a las características
generales del EE. Para ello comenzaré con una comparación
muy somera.[2]
Frente al caso de la lengua inglesa donde, si no me
equivoco, el debate sobre el estándar es regular en
Gran Bretaña pero no particularmente intenso en los
EEUU, el interés por el estándar y la pregunta sobre
si deben aceptarse uno o dos estándares es central en
el mundo hispano-hablante. Asimismo, en el ámbito español
parece haber una voluntad de ciudadanía común lingüística
y literaria (la famosa voluntad de unidad.del español)
que quizá no encuentra quivalencia en el mundo angloparlante.
Como recordaba y citaba Carlos Fuentes en el Congreso
de Valladolid de 2001 el inglés es distinto: los EEUU
y la Gran Bretaña, lo dijo Bernard Shaw, son dos países
unidos por el mismo océano y separados por la misma
lengua.
Más alla de estas diferencias, lo común a Gran
Bretaña y EEUU es que el modelo de regulación lingüística
implica –sin que para ello haga falta una autoridad
del estilo de las Academias de la lengua-- el dominio
de una variante frente a otra. Esa variante es explícitamente
multirregional (al menos en la letra) en el caso británico
de la Received Pronunciation, e implícitamente social
y estilística en el caso de los EEUU donde lo que se
prestigia es el inglés WASP frente al inglés negro y
de las clases menos favorecidas.
En cuanto a las diferencias con el italiano, es sabido
que hasta hace unas pocas décadas, lo que conocemos
hoy como lengua italiana (el dialecto florentino culto
impuesto como lengua nacional tras la unificación de
Italia a finales del siglo XIX) era sólo una lengua
escrita: la que se enseñaba en la escuela y dominaban
con distinta destreza los maestros que las aprendían
en las Escuelas Normales (Mioni 1999). Estos maestros
(igual que el médico, el boticario o el juez) en su
vida cotidiana continuaban hablando los correspondientes
“dialectos” . Ya sabemos que, más que variedades regionales
de una lengua común, los dialectos italianos (el sardo,
el napolitano, etc.) son verdaderas lenguas con reglas
y estructuras muy alejadas del italiano / florentino.
Durante muchos años -hasta que la presencia masiva de
medios de comunicación como la radio hacen asequible
a todos la lengua nacional- la lengua estándar italiana
es sólo lengua escrita. De ahí que el estándar italiano
esté para algunos muy próximo a la lengua literaria.
En esa convivencia de varias décadas con los dialectos
podría haberse modelado una lengua italiana estándar
en la que coexistieran varias pronunciaciones. No obstante,
según señala Mioni (1999: 103), se impone actualmente
como pronunciación estándar (la que se debe enseñar
a los extranjeros) la pronunciación del norte -la de
las ciudades económicamente avanzadas-, frente a la
pronunciación romano-florentina que había gozado antes
de mayor prestigio. Para lo que aquí nos interesa, la
regulación lingüística italiana parece establecerse
siempre mediante la ‘convergencia’ lingüística. Por
acuerdo de todas las partes se privilegia una variedad
frente a las otras.
Francia ha sido y sigue siendo un estado preocupado
por la “regulación lingüística”. Desde hace más de dos
siglos cuenta con una institución principal y varias
anejas (los ‘comités’ o conseils de la lengua
francesa) a cargo de esa regulación. Asimismo, en Francia
el modelo de regularización parece tender hacia el eje
que Corbeil denominó de ‘coherencia lingüística’. Existe
un aparato de descripción lingüística, una gramática,
que ha venido fijando desde hace siglos un modelo de
lengua. A ello se une una actitud, y una conciencia
en los usuarios, que privilegia un núcleo duro (léxico,
gramatical y fonético) y que antepone la necesidad de
comprensión y autorregulación a la diferenciación regional.
Con matices de grado no siempre fáciles de precisar,
creo que el proceso actual de estandarización del español
es similar al del francés, aunque no siempre haya sido
así. ¿Pero cuáles son los rasgos específicos del
EE en la medida en que puedan establecerse? [^
SUBIR]
3.2. El estándar comprehensivo
del español: características del supradialecto estándar
La sociolingüística y la sociología del lenguaje
aplicadas al español, por lo que se me alcanza, no disponen
aún de la obra de conjunto sobre las variedades regionales
y sociales de nuestra lengua --y sobre la manera como
los hablantes perciben esas variedades-- que permita
hacer apreciaciones certeras sobre qué se entiende exactamente
por español estándar y cuáles son los rasgos y procesos
que engloba y que lo definen. Pese a esa ausencia, me
atreveré con una caracterización global, primero de
las características ideológicas de nuestro estándar,
y las tendencias que llevan a ellas; esbozaré luego
una ejemplificación de esa caracterización general.
En lo que concierne a las actitudes, en un tiempo ciertamente
muy corto en el mundo hispano parece haberse girado
de una percepción –siempre aceptada con reservas por
parte de los latinoamericanos-- del castellano peninsular
como “dialecto primario del español [...] norte orientador
y casi modélico para un número vasto de hispanohablantes,
que se realiza en unos vastos límites espaciales” (Hernández
Alonso 1996: 197, tomado de Borrego 1999:13) a una concepción
más suelta y comprehensiva del español estándar en la
que el prestigio no aspira ya a ir asociado a la pronunciación
de la c y z como interdentales, de la
s como ápico alveolar, o al leísmo de persona.
La variedad estándar española es, a mi juicio, un dialecto
construido con un vocabulario y construcciones sintácticas
no específicos, en donde los acentos no se manifiestan
de forma llamativa, aunque persisten rasgos, particularmente
fonéticos y prosódicos, que identifican la zona geográfica
a la que pertenece el hablante. Los hablantes utilizan
esa variedad en la escritura, en la enseñanza del español
como lengua extranjera, en situaciones formales y en
la interacción con usuarios de otras variedades del
español. [3] Los hispanohablantes poseedores del estándar
(aunque no sean conscientes de ello) saben adaptarse
a quienes tienen normas distintas de las suyas.
En este sentido, el caso español sigue la regla según
la cual un estándar es una koiné (Benincá 1999:
248), una variedad común a un conjunto de dialectos,
donde se elimina aquello que sea demasiado peculiar,
particularmente en el terreno de la pronunciación, y
se buscan formas léxicas y morfológicas transparentes
y de consenso. Para llegar a esta situación ha sido
esencial el cambio político en España y el interés económico
y cultural de la España democrática por la América de
habla española. La Real Academia Española y el Instituto
Cervantes no ha dudado en señalar en numerosas ocasiones
que el español del siglo XXI será americano o no será;
una consideración tal era simplemente impensable hace
veinte años.
Por lo tanto, el estándar español actual es multiareal
y configura un modelo regido por un principio de coherencia
o complementariedad (Corbeil 1983) y no de dominio de
un dialecto sobre otros. Es no obstante culturalmente
más coactivo que el de otros países equivalentes (los
EEUU, por ejemplo) porque la noción de norma y corrección
tienen un papel decisivo en nuestra cultura social.
Los hablantes aspiran a tener modelos lingüísticos,
y los enseñantes tienen conciencia implícita o explícita
de esa norma.
¿Cuales son los principios generales que regulan
la formación de ese supradialecto que incluye tanto
al español de la Argentina, como al de Valladolid, al
de las dos Guadalajaras o al de Caracas?
En primer lugar, es una variante en la que la distancia
entre la lengua hablada y la lengua escrita se
reduce en lo posible: quien habla bien habla como escribe
y pronuncia de la manera más cercana a la escritura.
De ahí que nunca hayan prosperado las propuestas de
reformas ortográficas radicales.
En lo que toca a la pronunciación, en el consenso
fonológico del español parecen estar actuando varias
fuerzas reguladoras. En el español en su conjunto no
se plantea ya –como habría sucedido hace unos años--
la opción entre el español de Castilla y su zona de
influencia y el español meridional y latinoamericano.
Ni España pretende ser “norte regulador” ni surgen voces
reivindicando un idioma de los argentinos o de los mexicanos.
El mestizaje es la norma. No obstante, si se toman como
referencia los periodistas radiofónicos y los presentadores
de TV en los dos continentes, en el español europeo
la pronunciación más escogida en estos medios parece
ser la central-norteña (con algunos rasgos catalanes
y vascos incluidos) y en el español americano la que
da un acento intermedio que atenúa –pero no elimina—los
rasgos muy particulares de una determinada región (la
velarización de las nasales, la reducción vocálica,
ciertas formas de la –r-, el exceso de aspiraciones,
acaso). En España, como es sabido, hay un cambio evidente
de actitud frente a la variedad andaluza, giro este
que se relaciona directamente con los 14 años de gobierno
de políticos socialistas con acento andaluz.
En ese mismo espíritu de complementariedad, se extiende
cada vez más –sobre todo en los círculos académicos--
la aceptación de pronunciaciones alternativas como elementos
que forman parte de una lengua estándar común. Me refiero
a la aceptación del seseo americano, andaluz y canario,
o a la consideración de y / ll como elementos
del mismo rango. Se consideran también comunes ciertas
formas debilitadas de algunos de los procesos fonológicos
que delimitan dialectos geográficos muy diferenciados:
ciertas aspiraciones de la -s, algunos debilitamientos
de las consonantes finales, la relajación de las dentales
en la terminación de participios, etc.
Este supradialecto, a la vez que elimina rasgos fonéticos
y morfológicos específicos, amplía y negocia el caudal
léxico. Los lexicones de las lenguas del mundo
reflejan la manera como los seres humanos conceptualizan
las acciones, estados, cualidades y entidades de la
realidad; codifican también los cambios que se producen
en esa realidad: nuevos objetos y acciones serán nuevos
nombres y nuevos predicados; ambas fuerzas no son incompatibles.
Pues bien, si la globalización es el patrón de desarrollo
político y económico dominante en el mundo actual, es
natural que exista una globalización lingüística y que
la tendencia a la homogeneización contribuya a la mejor
delineación de un léxico estándar estable y bien definido.
López Morales (2001), tras examinar comparativamente
varios trabajos recientes sobre vigencia, disponibilidad
y mortandad de unidades léxicas del español en varias
ciudades hispanoamericanas así como en España,[4] formula las siguientes conclusiones relativas a las
tendencias actuales del léxico hispanoamericano:
“Primero, como era de esperar, existe
una variación léxica diatópica y diastrática, materializada
ésta en dos grandes vertientes: la ruralia sigue conservando
un vocabulario patrimonial teñido -a veces levemente-
de indigenismos regionales; las zonas urbanas, por su
parte, presentan una diversidad menor, pero no despreciable,
de la que participan las adaptaciones y los calcos del
alud de anglicismos que llegan a ellas. Segundo, [ ...]
ha empezado a producirse un proceso globalizador, muy
vivo sobre todo en las ciudades, que se aprecia preferentemente
en las nóminas pasivas del vocabulario colectivo” [López
Morales 2001: 22-23]
La globalización y estandarización del léxico
del español se debe a la acción de las siguientes fuerzas
o factores: [^
SUBIR]
3.2.1. Tendencia a la homogeneización
del léxico del español
López Morales (2001: 13-14) comenta un trabajo de Alba
(1998) sobre el conocimiento y los usos compartidos
(‘disponibilidad léxica’) de términos relativos al cuerpo
humano, medios de transporte y alimentos, basado en
una encuesta realizada entre hablantes de Puerto Rico,
Madrid, República Dominicana, México DF y la ciudad
de Concepción en Chile. Pone de manifiesto este trabajo
que, por ejemplo, en lo que respecta a los términos
relativos al cuerpo humano, cada zona comparte 32 palabras,
entre 50, con las otras cuatro (alta compatibilidad:
64%). Más interesante resulta la observación de que
los términos específicos de cada conjunto, 18 en total
(se estudiaron las primeras cincuenta palabras de las
listas de cada comunidad), estaban “todos sin
excepción [...] presentes en todos los dialectos,
con la única diferencia de su valor en la escala de
disponibilidad” (op.cit.: 14). Conclusiones similares
arrojan las comparaciones en los otros campos conceptuales.
[^
SUBIR]
3.2.2. La fuerza
centrípeta de la incorporación de neologismos
La incorporación de vocalos de procedencia extranjera
(aggiornamento, body, broker, buró (político), catering,
charter, chef, prêt a portêr, rap, off the record, sex
symbol, etc.(ejs. de Alvar Ezquerra (dir.) 1994))
y el desarrollo de nuevas acepciones para las voces
patrimoniales (canguro, búho, ratón, fontanero,
(ejs. de López Morales 2001: 22)) -en ambos casos por
influjo de los cambios que se producen en el mundo social,
cultural y científico- es un fenómeno constante en las
lenguas del mundo. Si bien algunas de estas voces se
afincan en unas zonas del español más que en otras,
por su condición novedosa y debido a que son formas
exitosas, tienden a estandarizarse con más rapidez que
las voces patrimoniales específicas. En el caso de los
términos que corresponden a tecnolectos esa estandarización
es inmediata y fácil. Una conclusión razonable es que,
en general, los extranjerismos tienen una fuerza centrípeta
que, por paradójico que resulte a primera vista, contribuye
a la postre a la unidad de la lengua (López Morales
2001: 23). [^
SUBIR]
3.2.3.
La extensión a otras zonas (y mayor disponibilidad)
de algunas formas dialectales
Por influjo del cine, de las televisiones de alcance
internacional y de los mayores contactos en ámbitos
diversos, formas que eran específicas de zonas pasan
continuamente a formar del español general. Me refiero
a términos del estilo de pibe, chamarra, lindo, ligar,
etc. [^
SUBIR]
3.2.4. Coincidencia en
los procesos léxico-sintácticos de recategorización
Los fenómenos de transitivización o destransitivización
de ciertos verbos, el cambio de régimen (“no pude
sofrir de no les decir [...]” / “no pudo sofrir
[...]. que ...”), el cambio de categoría de algunos
adjetivos que toman funciones adverbiales (Estamos
medios muertos, Cantó lindo, Trabaja duro), la vacilación
entre el valor nominal y preposicional de formas como
enfrente o cerca, la variación en el número
de rasgos de los pronombres átonos (leísmo, laísmo,
etc.) son fenómenos de vacilación (sub)categorial que
pueden dar lugar a inconsistencias en el habla de un
mismo individuo. Los denominamos fenómenos de “recategorización”
porque implican bien que un elemento se interprete en
un dialecto como de una (sub)categoría y en otro como
de otra (un adverbio como adjetivo, por ejemplo), bien
que un elemento de una subcategoría se traslade a otra
subcategoría del mismo tenor (un verbo intransitivo
‘se hace’ transitivo, por caso) (cfr. Demonte 2000:
§3.2.): {Cesaron / dimitieron} al director general
/ El director general {cesó / dimitió.} La conversión
no es fortuita, por lo tanto.
La policía ha muerto a tiros a un terrorista,
más común en países latinoamericanos como México o Argentina)
puesto que se deben a la acción de procesos gramaticales
generales. Es predecible pues que su suerte en la estandarización
vaya a ser similar, y hay buenos indicios de que así
es.
[^
SUBIR]
3.2.5. Paralelismos en el empleo
y normalización de algunas desinencias derivacionales
Pascual (1996) recorre magistralmente, a través de
una selección de datos muy reveladores extraídos sobre
todo de periódicos peninsulares, los caminos de varios
sufijos con diferente vitalidad en el momento actual.
Destaca allí la fuerza de los sufijos –ivo y
–al, que sirven para sustituir a formas antiguas,
cuando se quiere variar el significado connotativo de
un término (policial a policiaco), o adquieren
sentidos derivados que los hacen más aptos para la formación
de tecnicismos (adaptativo, asegurativo, opinativo,
orientativo, prepositivo [5]). A propósito del vigor de –al, recuerda nuestro
lingüista que muchas de las modernas formas españolas
(eclesial, misional (op.cit.: 47)) no
desentonan nada con creaciones latinoamericanas del
tipo de aduanal, manicomial, paradojal, radial
(op.cit.: 54).
Paradójicamente,
la tradición normativa del español se ha centrado en
buena medida en la gramática de la lengua (en
fenómenos sintácticos y morfo-sintácticos) cuando este
es en realidad el terreno en que la estandarización
está más consolidada. Tal consolidación se debe simplemente
a que nuestra gramática se normalizó a finales de la
edad media, al igual que las de la mayoría de las lenguas
romances y a que la sintaxis es más impermeable que
otras regiones del lenguaje a mutaciones y sesgos. Las
pocas variaciones que persisten (cfr. Demonte 2000)
tienen por lo general una larga historia y representan
antes bien estrategias alternativas posibles (a veces
reanálisis muy superficiales) que se sienten todas ellas
como normales.
Podemos cerrar estas tres primeras secciones con la
pregunta ¿y ahora qué? ¿para qué sirve tanta coherencia
y corrección ideológica?. Por lo pronto para la vanagloria
y la convicción de algunos de que mejor no invertir
en lenguas de menor alcance demográfico total ya tenemos
una grande. También para la apreciación por parte de
los bilingües sensatos (estoy recordando palabras relativamente
recientes de Maragall) de que nada mejor que ser bilingües
y disponer así de una lengua que nos relaciona con un
mundo muy ancho. Para tener, por último, ventajas económicas
gracias a una lengua con la que se mueven --y mueven
bienes-- muchos millones de personas. Para concluir,
querría analizar mínimamente uno de esos rincones quizá
promisorios del español. [^
SUBIR]
4. El español estándar y el español en la red
El español es una lengua con un número de
hablantes próximo a los cuatrocientos millones, es la
tercera o cuarta lengua más hablada en el mundo (tras
el inglés, el chino y el hindi), y ha construido un
estándar que asegura su coherencia interna y su unidad.
Puede ser caracterizada como lengua internacional al
menos en sentido geopolítico: es la tercera más importante
en cuanto al número de países en que es lengua oficial
(en 50 el inglés, en 27 el francés, en 20 el español,
en 6 el alemán; cfr. Tamarón 1995: 267). Lo es también
por su “utilidad internacional” ya que crece exponencialmente
el número de personas que la aprenden como lengua extranjera.
Ahora bien, ¿estas características aseguran su difusión
y permiten augurar que será internacional en el sentido
más estricto de vehículo de comunicación internacional
y de lengua de influencia cultural sobre países lingüísticamente
no hispanos?
La respuesta por el momento es negativa. Los razones
más habitualmente señaladas de la no difusión cualificada
del español son dos: el que no sea lengua de la comunicación
y producción científica internacional y la limitada
presencia del español en la red de redes, Internet,
(donde se lo sitúa detrás del inglés, el alemán, el
japonés, el coreano y el chino y casi en igualdad con
el francés). Como no es posible hablar en poco tiempo
de dos cuestiones tan distintas y complejas, en lo que
queda de esta ponencia comentaré sólo algunos aspectos
de la relación entre el hecho de exista una lengua unitaria
y estandarizada y la calidad de los servicios y la fuerza
de la comunicación en español a través de la red de
redes.
No soy experta en Internet y no puedo por ello referirme
con detalle a los servicios de Internet en español (buscadores,
portales, incluso el software en español –escaso por
lo que parece y de extrema importancia sin duda para
desarrollar nuevas actividades dentro de la red--).
En cuanto a los contenidos, resulta difícil valorar
los que son sin duda mayoritarios en Internet: los intercambios
privados. Precisamente por su naturaleza privada, es
dificultoso opinar sobre ellos y más aún calificarlos
o intentar modificarlos. Pero no es arriesgado imaginar
que en esos mails y chats se está gestando una modificación
sustancial del estilo de los mensajes epistolares, a
la vez que se está cultivando, peligrosamente, la sujeción
a la pantalla y el solipsismo y el aislamiento individuales.
La carta de antes era un ejercicio cuasi literario,
una búsqueda de explicación y acercamiento al otro,
el e-mail –si bien no en todos los casos— puede ser
un ejercicio de la brusquedad, del ir directamente al
grano, de la eliminación del preludio que da el tono
de la misiva, de la no selección de las palabras mejores
y apropiadas por aquello de la inmediatez y de la prisa.
La parte no personal de los contenidos en español en
la red son sitios de compra y publicidad, lugares de
entretenimiento y ocio, servicios bancarios, bibliotecas,
páginas de centros y organismos oficiales, instituciones
educativas, etc. La escasez relativa de estos sitios
en español, respecto de los que están en inglés, a la
vez que las muy distintas cantidades de cada uno (las
páginas comerciales frente a las educativas, por ejemplo),
seguramente reflejan el peso diverso de las economías
española y latinoamericana, entre ellas y respecto del
mundo. Por ello mismo acaso no se recoge y acentúa debidamente
en esos contenidos la riqueza cultural y la diversidad
de los países de habla hispana (Millan 2001: 3).
Para ser más clara: Internet es un gigante con cuerpo
de cántaro, y no sólo en lo que respecta al español.
Es sobre todo un lugar de consumo y búsqueda de información
muchas veces banal, otras de oferta de las corporaciones,
que ahorran así los gastos que ocasiona el trato personal
directo. Pese a todo es un gigante y sus virtuales efectos
positivos son innegables: rapidez, posible mayor eficacia,
posible mayor libertad en la toma de decisiones si en
verdad el usuario se toma tiempo para ello, eliminación
de barreras como los correos y los teléfonos ocupados,
acercamiento del mundo y de las cosas. No son efectos
intrascendentes si de verdad los gobiernos y las corporaciones
se aplicaran a buscar tanto la maximización de sus resultados
como esos efectos positivos que a la larga serán beneficiosos
para ellos porque suponen construir unos agentes más
exigentes y mejor dotados para la toma de decisiones.
Es evidente, por ejemplo, que la mejora de las infraestructuras
(de la transmisión de alta velocidad) puede hacer crecer
vertiginosamente el acceso a Internet; con ello la demanda
de contenidos mejores seguramente aumentará.
Pero la pregunta que aquí nos concierne, en todo caso,
es cuáles son los posibles beneficios de Internet para
ese español estándar que hemos caracterizado y viceversa:
cuáles son los servicios que la LEE puede ofrecer al
español en la red. Muchos y casi inexistentes, en breve
respuesta. Desarrollar y mejorar presupone dos tareas:
iniciativas y coordinación. Veamos algunos ejemplos.
En la red existen –dispersos en páginas de las universidades,
proyectos de investigación, academias, etc.-- numerosos
corpus con datos del español. Internet mismo es una
inmensa base de datos. Algunos de esos corpus están
fácilmente disponibles como en el caso del CREA o el
CORDE de la RAE, el BDS de la Universidad de Santiago
de Compostela o el proyecto japonés VARILEX, otros no;
pero en todo caso el empleo de ellos para la enseñanza,
la investigación o la aplicación no es sencilla ni obvia.
Dos tareas parecen requerirse. Una es la de incentivar
la actualización e informatización de esos corpus para
que puedan estar todos en la red; otra es conceder (y
preparar) recursos humanos e intelectuales para que
esas bases de datos puedan utilizarse de manera sofisticada
y diversa. Con otras palabras, hacen falta más corpus
etiquetados y corpus específicos y personas preparadas
para construirlos bien. Hacen falta también buscadores
potentes (más allá de Google que sin duda es de gran
utilidad) que no solo localicen las páginas escritas
en español sino que permitan extraer datos de ellas
de una manera refinada.
Es importante asimismo crear en Internet obras de referencia
sobre la lengua española. El DRAE está en la red y es
de gran utilidad, y hay varios otros diccionarios, aunque
no todos los que deberían estar: bilingües, monolingües,
técnicos, etimológicos, históricos. No tengo noticia
de que haya gramáticas normativas o descriptivas, o
de que se hayan incorporado textos literarios clásicos
y contemporáneos, pero no el solo texto sino las correspondientes
herramientas electrónicas que permitan consultarlos
y trabajar con ellos.
Debería haber una estrategia concertada entre los centros
educativos superiores de todo el mundo hispano para
asegurar que las investigaciones de los profesores,
los informes de los proyectos de investigación y las
bases de datos que ellos pudiesen generar (Millán 2001:
3) estuvieran colgadas en la red. No creo que esto solo
sirva para convertir al español en una lengua científica,
pero estoy segura de que esa presencia masiva aumentaría–por
parte de quienes escriben habitualmente en inglés--
el número de consultas de trabajos que de otra manera
se pierden en la noche de los tiempos, situados en publicaciones
minoritarias, ajenas por completo a los circuitos científicos
internacionales.
Por último --y sin que con esto se agote, siquiera mínimamente,
el abanico de medidas cooperativas, impulsoras, sinérgicas
que habría que adoptar para mejorar la presencia del
español en la red de redes—inciativas como el Centro
Virtual del Instituto Cervantes, o la creación por parte
de este Instituto de un observatorio panhispánico que
analice la evolución del español en Internet parecen
medidas imprescindibles. La información de que se dispone
sobre el léxico del español, los dialectos de esta lengua,
su gramática normativa, su terminología especializada,
los registros fidedignos de pronunciación en las distintas
zonas, etc. deben articularse en centros de consulta
sobre la lengua a los que podrían acceder tanto los
usuarios de Internet como quienes quieran construir
software lingüístico para el español.
Es tiempo de acabar. El español, una extensa lengua
normalizada y a la vez plena de acentos y de variedades
regionales, parece haber conseguido en las últimas décadas
un consenso entre todos los países hispanos. Ese consenso
la define, al menos en cuanto a las actitudes e ideas,
como una lengua neutral y mestiza, que no es de nadie
y es de todos. Hay, sin embargo, importantes limitaciones
que no socavan esa concepción pero la debilitan. Una
es la existencia de un mundo indígena y un mundo rural
para los cuales los beneficios de la unidad de la lengua
son remotos o casi desconocidos. Otra es la crisis permanente
de los países hispanoamericanos que retrasa la formación
de expertos y el acceso a las ventajas tecnológicas
y culturales del mundo en que vivimos. La tercera puede
ser la apuesta equivocada de los gobernantes que conciben
la sociedad de la información—de la que tanto hablan--
como un mundo de acceso a bienes precarios y de consumo
y olvidan las inversiones en bienes impalpables pero
decisivos para el futuro como son la educación lingüística
y sus efectos.
[^
SUBIR]
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[^
SUBIR]
* Este texto fue ponencia plenaria en el Congreso de la ACIS
(Association for Contemporary Iberian Studies)
que tuvo lugar en Valencia del 5 al 7 de septiembre
de 2002.
[1]
No obstante, como muestran claramente los llamados
“dialectos” del italiano y del chino, en más de una
ocasión la decisión de qué es lengua qué dialecto
es exclusivamente política.
[2]
Cfr. Demonte (2001: §2), en la que esta ponencia
se basa en buena medida, para más precisiones sobre
esta cuestión.
[3]
La mayor parte de los fenómenos de la lengua
hablada en situaciones informales quedan, por definición,
fuera de lo que constituye el eje de los estándares.
Las interjecciones de apoyo (boludo, cabrón,
pinche, pendejo), las muletillas (estée),
las maneras de manifestar la actitud frente al otro
(vale, órale, ándale, bueno, oká), lo
que se dice al atender el teléfono (diga, hola,
aló) son hechos que distinguen muy nítidamente
dialectos geográficos y, dentro de ellos, subdialectos
sociales y generacionales. En esos aspectos sólo cabe
esperar diferencias puesto que el hablante los asocia
generalmente con formas de la identidad social y personal.
[4]
López Morales basa sus conclusiones en el examen,
entre otros, de los datos proporcionados por los siguientes
proyectos de investigación, monografías o tesis doctorales
sobre léxico español e hispanoamericano: José Moreno
de Alba, “Léxico de las capitales americanas frente
al léxico madrileño”, en El español de América,
Actas del IV Congreso Internacional, vol. II, Santiago
de Chile, Pontificia Universidad Católica de Chile,
1995, 1024-1034; Proyecto VARILEX (dirigido por Hiroto
Ueda), http://gamp.c.u.-tokyo.ac.jp/ueda/varilex.htm;
H. López Morales, “Muestra del léxico panantillano:
el cuerpo humano”, en Scripta Philologica in Honorem
Juan M. Lope Blanch, México, UNAM, vol. III, 1992,
393-625; Juan López Chávez, “Alcances panhispánicos
del léxico disponible”, Lingüística 4, 1992,
26-124 ; José Antonio Samper Padilla, “Gran Canaria
y Puerto Rico: comparación de sus léxicos disponibles”,
en Homenaje a María Vaquero, Universidad de
Puerto Rico, 1999, 128-141; y Orlando Alba, “Variable
léxica y dialectología hispánica”, La Torre
[Universidad de Puerto Rico] 3, 1998, 317-330.
[5]
Los ejemplos son de Pascual (1996: 40-41), quien
recuerda que “Con cierta frecuencia se recurre a este
sufijo (-ivo) para la creación de tecnicismos
que expresan finalidad, sentido activo, pasivo o relación
con algo. Son sentidos derivados del fundamental que
tuvo en el pasado .... [aperitivo, carminativo,
confortativo, desecativo...]
[^
SUBIR]
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