Introducción
1.En torno a la globalización y su
impacto sobre la soberanía y la seguridad
2.Acerca de la globalización y las
crisis económicas en América Latina
3.Sobre la globalización y
el componente financiero de las crisis latinoamericanas
4.Algunas consecuencias de la crisis para
América Latina
Introducción
Intentar hablar de la actual crisis económica y
de la del capitalismo a nivel mundial sin plantear el
tema de la globalización, parecería un error
pues ésta es, en opinión de numerosos expertos,
la expresión última de la evolución
de ese modo de producción que hoy se encuentra
atravesando un momento ciertamente complicado que tiene
que ver, por un lado, con el agotamiento de los valores
que predica: el mercado libre y la liberalización
comercial y, por el otro, con la ausencia de una auténtica
incorporación de un tercer elemento, a todas luces
vital, la cuestión social.
En otras palabras, el concepto de libertad en el que el
capitalismo se apoya y que toca a la democracia y al mercado,
no tiene sentido a menos que se vea acompañado
de un importante ejercicio de reconstrucción social
que permita tender el puente entre la fantasía
que sostiene que en democracia todos somos iguales, y
la realidad que el mercado determina y según la
cual personas y empresas valen en función de su
aporte y su riqueza.
De otra manera, el capitalismo como modelo; la economía
mundial como su expresión a nivel internacional;
y las economías nacionales con sus enormes diferencias
unas de otras, continuarán presentando esa imagen
crítica y hasta caótica a partir de la cual
es difícil imaginar qué sigue.
A diferencia de otras épocas de la historia de
la humanidad, y del pensamiento de aquellos estudiosos
que auguran o el final del sistema actual o el principio
de uno nuevo, me atrevo a colocarme en una posición
intermedia en la que realmente no veo sino, lamentablemente,
la continuación de lo que hoy predomina. Por una
parte, una brecha que se amplía constantemente
entre los que tienen y los que no. Por la otra, movimientos
tanto intelectuales como sociales parecidos a bengalas:
empiezan con energía, cautivando y llamando al
cambio, y acaban embarcados en la mera defensa frente
a sus críticos o en la rutina de gestos mil veces
repetidos.
Lo anterior es cierto tanto en el campo de las ideas como
en el de los "cacerolazos" y otras manifestaciones
populares de repudio. Por eso insisto en mantener una
postura pragmática: más que revoluciones
o filosofía, hoy nuestros países necesitan
la urgente puesta en marcha de políticas públicas
con contenido social, que hagan posible que la democracia
realmente iguale y que el mercado en verdad incorpore.
Además, internacionalmente debemos exigir reglas
del juego claras y paritarias. Concretamente, en el ámbito
del comercio mundial deben abrirse todos los sectores
y eliminarse los proteccionismos disfrazados y los subsidios
a fin de que nuestros países, que compraron la
doctrina de la liberalización, puedan participar
en los mercados internacionales en igualdad de condiciones.
En el campo financiero, resulta obligada la reforma de
las instituciones diseñadas por los poderosos para
regular a los más débiles, especialmente
de las del sistema de Bretton Woods que desde hace años
han puesto de manifiesto su incapacidad para resolver
las crisis recurrentes de nuestros países.
Por ello estoy convencida de que si algún debate
es necesario en la actualidad, ese es el que tiene que
ver con el hecho incuestionable de que el mercado ya no
puede seguir siendo considerado como el gran regulador,
a la manera mercantilista tradicional. Su acción
tiene que ser complementada con políticas públicas
no de mero "salvataje", sino verdaderamente
distributivas, equitativas e igualitarias. Políticas
públicas que resuelvan problemas sociales y renueven
la confianza en el mercado y en la democracia. La idea
generalmente aceptada de que un Estado sin mercado conduce
a la ineficiencia y el autoritarismo; en tanto que un
mercado sin Estado lleva a la injusticia, a la marginación,
a la miseria y hasta a la abyección, debe convertirse
en el eje de un accionar diferente tanto al interior de
los países como en su relacionamiento internacional.
A partir de ese marco, me gustaría realizar un
breve análisis acerca de la globalización
y sus repercusiones en diversos campos del quehacer nacional
así como referirme a algunas de las reformas que
habría que introducir a las actuales conductas
internacionales en beneficio de un orden mundial mas justo.
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1. En torno a la globalización
y su impacto sobre la soberanía y la seguridad
Sin ánimo de entrar a discutir el tema de la
globalización en detalle, pero dado que en mi
introducción señalé que con este
nombre se conoce al actual estadio del capitalismo en
tanto que modo de producción, haré unas
sucintas reflexiones con el mismo espíritu pragmático
que planteé entonces. En primer lugar, porque
me parece que la globalización no es realmente
una opción, o al menos una sobre la que nuestros
países tengan gran influencia. En segundo lugar,
porque tampoco creo que aceptar su predominio equivalga
a la adopción de una postura ideológica;
es simplemente entender un hecho. Finalmente, porque
me parece que sin satanizarla, por un lado, ni elevarla
a la categoría de doctrina, por el otro, debe
reconocerse como la fase más avanzada del desarrollo
capitalista. Es necesario lidiar con ella de una manera
ciertamente novedosa; una que no le dé la espalda
a la gente, que la incorpore y no la margine; una que
implique cierta regulación del mercado por parte
del Estado sin que ello redunde en obstrucción
a la libertad, base de la democracia, pero que implante
a la justicia social como su complemento.
Con un dejo de sarcasmo, el pensador Zaki Laïdi
ha dicho que la globalización no es noticia ni
buena ni mala. Se trata, afirma, de un fenómeno
esencialmente ambivalente. De nosotros depende, entonces,
la voluntad y la sabiduría para saber conducirla.
En la medida en que la expresión más clara
de la globalización radica en la permanente vinculación
a nivel mundial de los diversos actores políticos,
económicos y sociales, personalidades como Giddens
concluyen que la cuestión a dilucidar no es su
existencia sino sus consecuencias. Me gustaría
referirme brevemente aquí a dos de ellas: su
impacto sobre el concepto de soberanía y sus
repercusiones por lo que toca al tema de la seguridad.
Más adelante trataré con lo que constituye
el corazón de esta presentación: la influencia
de la globalización en las crisis actuales de
América Latina, su especial efecto en el ámbito
financiero, y las consecuencias de todo ello sobre nuestros
países.
Empiezo por señalar que es un hecho que la globalización
ha afectado intensamente el concepto de soberanía,
especialmente a partir del reconocimiento de que cincuenta
años después de su creación como
la institución responsabilizada de la paz y la
seguridad internacionales, a través del mantenimiento
del status quo y del principio de no injerencia, la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha
debido volver sobre sus pasos para aceptar que, en la
práctica, es imposible mantenerse al margen de
conflictos que acaban en genocidios.
Esa admisión adquiere mayor relevancia cuando
se toma conciencia de que los pasados conflictos inter-estatales
han cedido, al menos en número, a los intra-estatales
donde los protagonistas ya no son los Estados sino banderas
que podemos considerar equivocadas, como el racismo
o la religión, pero que lamentablemente han causado
numerosas víctimas y planteado el tema de la
"intervención humanitaria". Ésta
puede, por cierto, adoptar diversas formas, pero cuando
en el extremo implica el uso de la fuerza, debe tenerse
especial cuidado y evitar que sirva para fines encubiertos.
De igual manera, debe garantizarse que el empleo de
la fuerza no exceda de ciertos límites, que no
se dé al margen de las disposiciones del Consejo
de Seguridad de la ONU, y que no resulte a su vez en
violaciones a los derechos humanos. A menos que existan
tales garantías, el recurso a la fuerza para
fines humanitarios seguirá siendo motivo de controversia.
Lo anterior es especialmente cierto a la luz de algunos
acontecimientos recientes entre los que destacan: la
negativa de Estados Unidos a que sus efectivos militares
pudieran ser investigados y enjuiciados, si fueran encontrados
culpables de crímenes de lesa humanidad, por
el Tribunal Penal Internacional, mecanismo al que ese
país se niega a reconocer, o la reciente aparición
de la denominada "nueva estrategia estadounidense
de seguridad nacional" cuyo mensaje es claro: ante
la sospecha de un ataque terrorista como el que lamentablemente
ocurrió el 11 de septiembre del 2001, la Unión
Americana se propone actuar, anticipándola, con
o sin autorización del Consejo de Seguridad,
y con o sin el apoyo de sus aliados y amigos, sosteniendo
que "la mejor defensa es el ataque".
Así, la globalización ha provocado cambios
también profundos en el concepto de seguridad.
No sólo por lo que se señalaba acerca
de las guerras fraticidas entre etnias habitantes de
un mismo país que intentan mutuamente aniquilarse,
o entre practicantes de credos religiosos diferentes
que deciden que la convivencia es imposible, sino porque
la seguridad ya no está única y exclusivamente
vinculada a la integridad territorial de una nación.
Hoy se encuentra amenazada por cuestiones menos constreñidas
a fronteras nacionales como los riesgos medioambientales;
la delincuencia internacional, incluido el narcotráfico;
la presión migratoria y, de manera particular,
el terrorismo. En ese sentido su defensa a partir de
recursos propios no sólo se torna más
complicada, sino que su imposibilidad en la práctica
abre incluso la puerta para algún tipo de injerencia.
Al ser la seguridad un tema global, su supervisión
invita necesariamente a terceros.
Si algo quedó absolutamente claro de los fatales
acontecimientos del año pasado a los que se hacía
referencia, es el peso que para Estados Unidos va a
adquirir el tema de la seguridad por encima de cualquier
otro, incluido el del desarrollo, lo cual tiene graves
consecuencias para el mundo en general, pero para América
Latina en particular. Al haber desplazado hoy las consideraciones
estadounidenses relativas a la seguridad a aquellas
que tienen que ver con el desarrollo, como en el pasado
la lucha contra el comunismo ignoró la inmolación
que de la democracia se hacía en nuestros países,
América Latina desapareció prácticamente
del radar de Estados Unidos.
Como prueba de lo anterior baste con señalar
algunos ejemplos: el diálogo migratorio mexicano
con la administración del Presidente Bush, se
pospuso; el tema de las visas de entrada para viajeros
que, como los argentinos, estaban exceptuados de este
requisito, se replanteó; áreas como la
"triple frontera" entre Argentina, Brasil
y Paraguay, se convirtieron en zonas a vigilar; metas
como la lucha contra el narcotráfico para la
cual Washington habría asignado importantes recursos
a Colombia, fueron relajadas y se permitió que
los fondos se utilizaran para combatir a la guerrilla,
etc. Cierto, el Presidente Bush obtuvo de su Congreso
amplios poderes para negociar en materia comercial,
con lo cual el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas
(ALCA) volvió al escenario, pero en el mencionado
documento sobre la nueva estrategia de seguridad de
Estados Unidos, América Latina es solamente mencionada
un par de veces, pese a que es bien conocido que muchos
de nuestros países enfrentan actualmente severas
crisis económicas, y que nuestras democracias
jóvenes, frágiles y deficitarias, deben
hacer frente a múltiples demandas de sus sociedades
para erradicar la pobreza, combatir el desempleo, liquidar
la marginación, desterrar la ignorancia, y acabar
con el hambre y el desamparo. [^
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2. Acerca de la globalización
y las crisis económicas en América Latina
El tema de las crisis económicas en América
Latina no sólo es antiguo sino recurrente. Muy
vinculado primero al papel de la región en la
división internacional del trabajo, hoy lo está
más al de la globalización y la forma
como ésta integra a unas naciones y margina a
otras, de la misma manera que al interior de esos países
el mercado aglutina a unos y desincorpora a otros. Todo
ello, claro, en la medida en que no existan en el ámbito
mundial instituciones que busquen establecer un orden
más justo y equitativo ni se den, a nivel nacional,
políticas públicas de carácter
social que distribuyan ganancias y pérdidas con
justeza.
Si bien hoy parecen lejanas las confrontaciones que
durante decenios separaron ideológicamente al
Este del Oeste, y ya no se habla en los mismos términos
que antaño de la brecha entre el Norte y el Sur,
la verdad es que para los países en desarrollo
los problemas siguen siendo básicamente los mismos:
la pobreza y la falta de oportunidades de todo tipo,
por un lado, y la debilidad de la democracia y sus instituciones,
por el otro.
Algunas naciones latinoamericanas conocieron algunos
momentos de auge en el pasado. Sin embargo, la tendencia
que predominó fue hacia la pérdida de
crecimiento. Ésta habría de marcar de
manera contundente al decenio de los ochenta de la pasada
centuria, tal y como la CEPAL lo ha demostrado. Empero,
no debe desestimarse que fue justamente durante esa
misma década que, por una parte, se reestablecieron
los regímenes civiles violentados por las cruentas
dictaduras militares que se apoderaron de un buen número
de países sudamericanos, y que, por la otra,
se iniciaron los procesos de paz y reconciliación
nacional en las hasta entonces convulsas repúblicas
centroamericanas. Así, de alguna manera, lo que
se perdió para el crecimiento económico
se ganó para la democracia y la paz, aunque en
estos dos últimos rubros, se insiste, los logros
distaron mucho de ser satisfactorios y definitivos.
Cabe decir, sin embargo, que la firme vocación
latinoamericana de recuperar el terreno perdido en materia
económica llevó a los países de
la región a asumir, durante el decenio pasado,
al neoliberalismo como divisa. Para ello, las naciones
de América Latina debieron poner en marcha una
serie de reformas encaminadas a modificar su modelo
de crecimiento. Elementos clave de esa transformación
fueron, a nivel nacional, un ajuste estructural muy
severo que lamentablemente no se dio sin elevados costos
políticos y sociales; una seria desregulación
de la economía; y una importante reducción
del papel del Estado, principalmente a partir de un
proceso que privatizó antiguas empresas públicas.
A nivel internacional, las naciones latinoamericanas
optaron por un crecimiento hacia fuera, abriendo sus
otrora protegidas economías, reduciendo aranceles
y permisos de importación, e impulsando sus exportaciones.
No en balde, en la pasada década los países
latinoamericanos orientaron buena parte de sus políticas
a la búsqueda de nuevos mercados, al acceso a
mejores insumos y tecnologías de punta, y al
establecimiento de condiciones propicias para la promoción
de la inversión extranjera directa. Adicionalmente,
intensificaron la creación y el fortalecimiento
de sus esquemas de integración, y la ampliación
de sus relaciones económicas con países
de otras latitudes. Todo esto, sin embargo, no pareció
ser suficiente para garantizarle a la región
la esperada era de afluencia y, en cambio, las crisis
mantuvieron su presencia recurrente.
Si algo han demostraron las dificultades que se registraron
en el último lustro en América Latina,
empezando incluso con la denominada "crisis del
tequila" de México en 1995, y terminando
con las que actualmente castigan a los países
del Cono Sur, fue que la fe ciega que muchas de nuestras
naciones tuvieron en el llamado Consenso de Washington,
no fue suficiente para conjurar la recesión.
Cierto, nadie niega que es importante mantener políticas
monetarias, fiscales, cambiarias, comerciales y de inversión
adecuadas, porque es fundamental contar con economías
sanas que participen con ventaja en el escenario internacional.
Pero tampoco parecen existir dudas de que hacerlo sin
un sentido social, marginando a grupos poblacionales
numerosos, no sólo es peligroso sino definitivamente
inviable. El peso que la sociedad civil ha alcanzado
en los últimos años es innegable. Las
demandas de la gente se hacen escuchar de mil maneras.
Los partidos de izquierda despiertan de largos años
de letargo. Y se profundiza la certeza de que las salidas
individuales son experiencias del pasado. De ahí
que se afiance la convicción de que si no se
es fuerte se debe, al menos, ser proclive a la unidad.
Esa seguridad ha fortalecido la fe latinoamericana
en la integración, la cual se remonta a los años
del Mercado Común Centroamericano, a los de la
Asociación Latinoamericana de Libre Comercio,
a los de su transformación en la Asociación
Latinoamericana de Integración, y a los de la
Comunidad Andina de Naciones. Está también
presente en el MERCOSUR, que si bien atraviesa por el
momento difícil que necesariamente le deparan
las fragilidades económicas de sus integrantes,
constituye un importante esfuerzo con el que vale la
pena vincularse. Esto es cierto tanto para sus vecinos
en América del Sur como para México, país
que se prepara a firmar con los cuatro integrantes originales
de ese esquema subregional: Argentina, Brasil, Paraguay
y Uruguay, dos tipos de acuerdos. Por un lado, los bilaterales
donde se listan los productos, se especifican las reducciones
arancelarias y se establecen los calendarios. Por el
otro, uno multilateral bajo el esquema cuatro más
uno, donde se instituyen en forma conjunta las disciplinas
que tienen que ver con las reglas de origen, las compras
gubernamentales, la solución de controversias,
etc. Avanzar en una integración latinoamericana
resulta esencial para mejorar la inserción de
nuestra región en la propuesta estadounidense
del ALCA, y lograr que ésta sea un ejercicio
en el que todos sus participantes ganen. [^
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3. Sobre la globalización
y el componente financiero de las crisis latinoamericanas
El último lustro del siglo pasado contempló,
probablemente, uno de los momentos en que se estuvo
más cerca de lograr una modificación realista
de los criterios con los que, desde 1944, operan las
instituciones de Bretton Woods, particularmente el Fondo
Monetario Internacional (FMI).
A esa inédita posibilidad, incrustada en los
discursos de numerosos mandatarios de países
emergentes y aceptada, incluso, como inevitable por
gobernantes de naciones desarrolladas, se llegó
como consecuencia de las crisis financieras en los países
asiáticos, principalmente Indonesia, Malasia,
Corea del Sur, China e incluso Japón, y el peligroso
"cierre de círculo" que significó
la crisis en Rusia y su "rescate financiero".
Años más tarde, la repetición
de esa clase de fenómenos en otras naciones como
Turquía, Argentina y, en menor medida, Brasil,
lejos de acentuar ese espíritu de reforma institucional
y esos planteamientos casi de bloque, tanto en foros
regionales como en los de Naciones Unidas, iría
a tener un tratamiento más bien diferenciado
y pragmático, remitiendo prácticamente
al olvido todo intento de modificación a fondo
de las reglas del juego financiero internacional.
¿Qué pasó en ese breve lapso?
¿Por qué tal transformación en
el discurso y la acción? Sin duda temas como
la impresionante rapidez con la que los países
asiáticos se recuperaron, el papel estratégico
de Rusia entonces y de Turquía ahora, la recesión
en Estados Unidos, el cambio de administración
en ese país así como de su postura frente
a los "rescates financieros" de naciones "inestables",
los acontecimientos del 11 de septiembre del 2001 y
la redefinición del interés nacional estadounidense,
la dimensión de la economía brasileña
, y el reducido peso de la Argentina en el comercio
internacional, son algunas de las referencias obligadas
cuando se busca entender el tratamiento selectivo y
discriminatorio de Washington y el FMI en materia de
rescates, blindajes y apoyos de los últimos tiempos.
Pero la mera reseña de lo que pasó es
insuficiente para compensar las consecuencias de descartar
a unos países y respaldar a otros. De ahí
la necesaria mención a la globalización
en el campo de las finanzas internacionales y la consideración
de los varios tipos de "contagio" que la actual
cercanía de las diversas economías del
mundo plantea y que, al desbordar lo estrictamente financiero,
amenazan con proyectarse en los ámbitos político
y social.
Tal vez valga la pena empezar por señalar que
la globalización comercial y la globalización
financiera son dos fenómenos que van de la mano.
La primera, más antigua, se expresa en el hecho
de que en los últimos 250 años el intercambio
de bienes y servicios ha adquirido una dinámica
exponencial. Salvo en el periodo de entre guerras, el
comercio se ha incrementado a un ritmo más acelerado
que la economía mundial. Particularmente notable
fue la expansión ocurrida entre 1948 y 1997,
cuando las exportaciones de mercancías crecieron
6% en términos reales, mientras que la producción
aumentó únicamente 3.7 por ciento.
Pero el comercio no sólo se expandió.
La forma de producir también se modificó
radicalmente con la globalización de las grandes
empresas transnacionales y se reflejó en una
transformación muy importante en la composición
del comercio. Así, los productos agropecuarios
pasaron de representar 47% de las exportaciones totales
de mercancías en 1950, a sólo 12% en 1996,
mientras que en las manufacturas la tendencia fue contraria
al pasar de 38 a 77 por ciento.
Además de estos cambios, la geografía
de las transacciones comerciales también se alteró.
Los países desarrollados se convirtieron en abastecedores
de tecnología de punta, mientras que las industrias
que lideraron las etapas anteriores de crecimiento,
como la automotriz, la del vestido y la relacionada
con productos metalúrgicos y electrónicos
de consumo, se ubicaron con mayor frecuencia en los
países emergentes.
Por otro lado, la globalización comercial avanzó
considerablemente con la proliferación de acuerdos
de libre comercio; la conformación de bloques
regionales, algunos de ellos muy poderosos; y el replanteamiento
del aparato institucional diseñado internacionalmente
para reglamentar el intercambio a nivel planetario mediante
la constitución de la Organización Mundial
del Comercio (OMC), en 1994.
A todo lo anterior se añadieron otros dos fenómenos.
Por un lado, el extraordinario despliegue de los mercados
financieros internacionales así como la multiplicación
de sus agentes e instrumentos. Por el otro, la superación
con creces de los requerimientos financieros planteados
por la expansión del comercio. Ambos fenómenos
dieron lugar a una globalización financiera que
se vio potenciada por la revolución de la informática
y las comunicaciones. El acceso instantáneo a
la información y la posibilidad de transferir
grandes sumas de dinero en cuestión de segundos,
permitió a los capitales trascender con facilidad
las fronteras nacionales y encontrar localizaciones
más rentables.
Las consecuencias no se hicieron esperar. Muy pronto
los flujos financieros no sólo empezaron a crecer
a un ritmo mucho más acelerado que el del comercio
sino que incluso se desligaron de éste. Así,
al volverse cada vez más de carácter especulativo,
las transacciones financieras dejaron de corresponder
a las compras y ventas internacionales de bienes y servicios,
y la volatilidad a la que esto dio lugar se convirtió
en una amenaza para la estabilidad de aquellas economías
que dependían de manera importante de estos flujos.
Como ejemplo baste señalar que en 1998 el total
de las transacciones en los mercados de divisas ascendió
a casi 2 billones de dólares diarios. En comparación,
el volumen global de exportaciones de bienes y servicios
para todo el año fue de 6.7 billones de dólares,
lo que representó alrededor de 18 mil millones
de dólares por día. Es decir, el valor
del comercio de divisas fue más de 100 veces
superior al valor del intercambio de bienes y servicios.
La diferencia se explica fundamentalmente en términos
del volumen de las transacciones especulativas y de
la compra y venta de divisas para aprovechar los diferenciales
de los tipos de cambio entre distintas monedas, actividad
que se conoce como arbitraje y que permite ganancias
por el solo hecho de realizar estas operaciones.
De ahí la enorme inestabilidad financiera internacional
de los últimos años, expresada en el hecho
de que los capitales pueden abandonar instantáneamente
un país cuando cambian las perspectivas de rentabilidad
o se espera una modificación no deseada del tipo
de cambio. Esta circunstancia no sólo provoca
grandes dificultades internas sino que, como se vio
en el caso de México o de las naciones de Asia
oriental, se propaga con facilidad a otras economías
de la región en la cual ese país se ubica
y puede llegar a tener, inclusive, repercusiones extraregionales.
Como se sabe, las repercusiones de la globalización
financiera han sido especialmente serias para las economías
emergentes. A lo largo de la década de los noventa
de la pasada centuria y hasta 1997, se produjo un fuerte
incremento de los flujos de capital privado, con lo
que el monto de inversión extranjera directa,
préstamos bancarios, bonos e inversión
en cartera en países en desarrollo, aumentó
siete veces. Debe aclararse, sin embargo, que el grueso
de esos recursos se concentró en tan solo una
veintena de esas economías, consideradas como
muy dinámicas. El resto recibió mucho
menos o fue francamente marginado, lo que tuvo serias
consecuencias sobre sus expectativas de crecimiento.
Así, para 1998 los cinco principales mercados
emergentes habían recibido el 55% de la inversión
extranjera directa destinada a todos los países
en desarrollo, mientras que los 48 países menos
desarrollados recibieron únicamente 1.8 por ciento.
Pero con el inicio de la crisis financiera en los países
asiáticos, las economías emergentes que
habían conocido cierta afluencia vieron disminuir
abruptamente sus entradas de capital privado, las cuales
pasaron de representar 343,700 millones de dólares
en 1997, a 318,300 millones un año después
(aproximadamente 36 mil millones de dólares menos).
Se planteó entonces una multitud de interrogantes
en torno a la globalización financiera, en particular
acerca de las razones por las cuáles ésta
se presentó en la década de los noventa
y no antes o después. La principal explicación
tiene que ver, probablemente, con la evolución
macroeconómica de los países industrializados
en esos años, aunque no son ajenas a ella las
debilidades de las propias economías emergentes,
principalmente las fallas de sus políticas fiscal
y monetaria.
Pero más importante aún es que si algo
demostraron las crisis financieras del pasado lustro
fue que ningún país, independientemente
de su grado de desarrollo, es inmune al contagio. Tal
reconocimiento disparó, al menos, el debate de
la necesaria reforma financiera internacional y la asignación
de responsabilidades a los diversos actores: los organismos
multilaterales con sede en Washington; los gobiernos
de los países tanto industrializados como emergentes
o en vías de desarrollo; y los sectores privados
de unos y otros, particularmente los bancos. Es a todas
luces evidente que este debate debe ser pronto retomado
en el ámbito más amplio posible a fin
de volver a imprimirle el ritmo que conoció antes
de que concluyera la pasada centuria.
Acerca de los países emergentes, por ejemplo,
se estuvo de acuerdo en la necesidad de obtener su compromiso
a fin de corregir muchas de las deficiencias en la transparencia
y divulgación de su información financiera.
La discusión en este caso se concentró,
en particular, en la urgencia de contar con cifras veraces
relativas al monto de sus reservas internacionales,
los vencimientos de sus deudas así como su exposición
al riesgo, a fin de generar confianza y desalentar las
"estampidas" de capitales que tanto daño
les causaron en el pasado. La idea de promover códigos
de conducta apoyados en estándares internacionalmente
aceptados y en buenas prácticas, así como
el fortalecimiento de los sistemas bancarios de estos
países y el diseño y aplicación
de políticas fiscales y monetarias adecuadas,
constituyeron igualmente recomendaciones relevantes
para este grupo de naciones.
Con respecto a los países industrializados,
el debate puso de manifiesto la necesidad de que sus
gobiernos transparenten, a su vez, información
oportuna sobre la evolución de sus propios mercados
financieros y la exposición al riesgo de sus
bancos. Se demandó también que den a conocer
indicadores fundamentales como las variaciones en sus
tasas de interés, las fluctuaciones en sus tipos
de cambio, las modificaciones en su política
fiscal y las reglas de su juego financiero. La supervisión
de los sistemas financieros de las economías
desarrolladas, en particular de sus intermediarios de
alto riesgo, a fin de propiciar que las decisiones de
inversión de sus agentes económicos privados
sean más disciplinadas, fue una de las más
importantes recomendaciones surgidas de este debate.
Lo mismo puede decirse de la sugerencia de incrementar
sus flujos de asistencia oficial canalizada a las naciones
menos favorecidas a fin de apoyar su desarrollo.
Por lo que toca a la responsabilidad de los sectores
privados, particularmente los bancos, la discusión
se centró en la necesidad de adoptar medidas
prácticas tales como: evitar la acumulación
de deudas a corto plazo, mantener el control sobre sus
operaciones en los mercados de derivados (instrumentos
de cobertura de riesgo que permiten protegerse contra
devaluaciones y otros cambios repentinos), garantizar
la transparencia en sus operaciones de cobertura, asegurar
el servicio de la deuda y crear mecanismos para la reestructuración
de la deuda externa soberana.
Finalmente, sobre la responsabilidad de los organismos
financieros internacionales el debate giró en
torno a cinco ejes. Primero, la creación de un
sistema de "alerta temprana" que permita detectar
a tiempo las crisis financieras y evitar su propagación
y otros efectos nocivos. Segundo, la provisión
en tiempos de crisis de adecuada liquidez mediante el
diseño de mecanismos que la hagan inmediata,
accesible y suficiente para cubrir las necesidades de
los países que se encuentran en problemas y auxiliarlos
a retomar la ruta del crecimiento. Tercero, la participación
de las naciones en desarrollo en las reformas y decisiones
financieras internacionales, con miras a corregir situaciones
imposibles como aquella que muestra que entre los 182
miembros del FMI, los votos de los países del
G-7 suman 46% del total, mientras que los de toda América
Latina y el Caribe no llegan al 8 por ciento. Cuarto,
el monitoreo de las corrientes financieras internacionales
a fin de poder conocer sus orientaciones y prever sus
posibles reacciones. Quinto, la disminución del
costo social de la crisis buscando con ello dar respuesta
a una de las más importantes lecciones aprendidas
de aquellas registradas en los últimos años:
el hecho de que sus consecuencias negativas son más
graves para quienes tienen menos. [^
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4. Algunas consecuencias de la crisis
para América Latina
A lo largo de esta presentación se ha hecho
referencia a varias de las repercusiones que la crisis
del capitalismo y la economía mundiales han tenido
para América Latina, principalmente aquellas
que han mostrado que su apego al denominado Consenso
de Washington y a las políticas exigidas por
el FMI, no significaron necesariamente un crecimiento
sostenido, una mejor participación en el comercio
y las finanzas internacionales, o un logro de estándares
aceptables de desarrollo económico y social.
También se señaló que para algunos
países los resultados fueron mejores que para
otros, probablemente como consecuencia de la geografía,
como en el caso de la vecindad entre México y
Estados Unidos, o de su densidad territorial e inherente
riqueza, como en el caso de Brasil. Pero lo que se quiere
poner en evidencia aquí no es sólo que
la disciplina no evitó los fracasos sino el hecho
de que, lamentablemente, no siempre que hubo éxito
éste se dio sin tropiezos, particularmente por
lo que se refiere a la profundización de ciertos
males sociales y al distanciamiento del Estado frente
al ciudadano.
Probablemente en ningún país como en
la Argentina sea tan clara la paradoja de haber pasado,
en unos cuantos años, de ser favorito de Washington
y Wall Street a huérfano del mismo gobierno y
las mismas instituciones que antaño lo exhibían
como ejemplo. Cierto, tradicionalmente la recaudación
fiscal en Argentina ha representado apenas el 15% del
PIB, obligando al gobierno a endeudarse fuertemente
para cancelar su déficit. También lo es
que la nación renunció durante años
a ejercer sus instrumentos monetarios, adoptando como
moneda una divisa extranjera. Le faltó igualmente
capacidad para poner en marcha una política industrial
eficiente, tanto para fortalecer su mercado interno
y el empleo, como para garantizarle al país una
mejor inserción en el comercio internacional,
dada su condición fundamentalmente de exportador
de alimentos. Por ello, mientras ingresaban al país
capitales extranjeros por la vía de las privatizaciones,
la venta de empresas locales ya constituidas y el endeudamiento
público -por cierto a tasas de interés
cada vez más elevadas pues los inversionistas
sabían que con un tipo de cambio fijo y una moneda
sobrevaluada, este escenario no podría mantenerse
por mucho tiempo más-, las consecuencias derivadas
de la ausencia de políticas económicas
sólidas, tanto de naturaleza industrial como
fiscal y monetaria, no se transparentaban. Sin embargo,
conforme esas tres fuentes de financiamiento externo
se agotaron, la economía se detuvo, se instaló
la recesión, y la incertidumbre se tradujo en
una rápida salida de capitales, con la consecuente
caída de las reservas internacionales del país.
Las medidas que entonces se adoptaron, lejos de hacer
transitar a la Argentina del ámbito financiero
al sector real de la economía, incentivando la
producción y la exportación, sólo
agravaron la crisis. La decretada reducción del
13% de los salarios de la burocracia y de las pensiones,
a fin de disminuir el déficit fiscal, así
como la confiscación de los ahorros de la gente
mediante el denominado "corralito" instaurado
por el entonces Ministro de Economía, Domingo
Cavallo, buscando contener la fuga de divisas, no sólo
resultaron contraproducentes, al deprimir el consumo
y por ende la inversión y el empleo, sino que
irritaron profundamente a los argentinos que acabaron
forzando la renuncia del Presidente radical, Fernando
de la Rúa.
El repudio a la deuda externa contratada con entidades
privadas, decretado por su sucesor, el justicialista
Adolfo Rodríguez Saá, aunque en un principio
fue saludado con aplausos, particularmente por la Asamblea
Legislativa que lo había elegido, no sólo
hundió a la Argentina en el ostracismo internacional,
sino que ni siquiera pudo evitar que el flamante Presidente
se viera obligado a renunciar a los siete días
de su asunción al poder.
El abandono de la política cambiaria que igualó
artificialmente el valor del peso argentino con el del
dólar estadounidense, aunque tardío, constituyó
un paso valiente de Eduardo Duhalde, el nuevo Presidente
justicialista que sucediera, por decisión igualmente
de la Asamblea Legislativa, a Rodríguez Saá.
Sin embargo, en la medida en que la devaluación
del peso se dio al margen de un plan claramente concebido,
tuvo como principales consecuencias el pánico,
la desconfianza y la búsqueda frenética
de escapes al "corralito" por la vía
judicial de los amparos, o por presiones, y hasta por
la fuerza. Hoy se sabe que en los primeros siete meses
de la administración duhaldista, poco más
de 23,000 millones de pesos, es decir cerca del 30%
de los depósitos totales a finales de diciembre
del 2001, salieron del sistema financiero argentino,
cifra a la que deben sumarse los 4,600 millones de pesos
obtenidos mediante amparos.
El panorama post-devaluatorio se complicó aún
mas debido a la especulación que a menudo acompaña
a esa medida. Los precios de los productos, incluidos
alimentos y fármacos, se encarecieron en parte
por ocultamiento de los comerciantes, y volvió
a aparecer el fantasma de la inflación y hasta
de la hiperinflación que años atrás
conociera la Argentina y a la que la famosa "convertibilidad",
instaurada por el Presidente Carlos Menem, habría
puesto coto. Además, los productores contribuyeron
al desabasto del mercado interno y al empobrecimiento
de la gente pues priorizaron sus exportaciones, en un
intento por conquistar nuevos mercados en el exterior.
El gobierno, por su lado, necesitado de recursos para
hacer frente a los pagos del servicio de su deuda con
organismos financieros internacionales, decidió
retener el 20% de los ingresos por exportación,
irritando con ello a quienes en principio habría
buscado favorecer: los exportadores. No en balde, éstos
mostraron cierta morosidad en traer a la Argentina las
divisas que sus ventas externas generaban, situación
que repercutió negativamente sobre las reservas
internacionales del país, cuyo nivel mermaba
cotidianamente, además, en virtud de la demanda
de dólares de los ahorristas que lograban liberar
sus depósitos.
Cuando las reservas internacionales argentinas bajaron
al peligroso nivel de los 9,000 millones de dólares,
por un lado, y los exportadores y ahorristas, por el
otro, necesitaron liquidez en pesos para solventar sus
pagos en esa moneda, el valor del dólar, que
llegó a ubicarse hasta en cuatro pesos a la venta,
empezó a estabilizarse y fue posible aventurar
algunas cifras respecto a su futuro.
Probablemente el único aspecto que se ha mantenido
sin cambio en el errático gobierno del Presidente
Duhalde, donde lo que se adopta un día queda
sin efecto al siguiente, es su empecinamiento en signar
un acuerdo con el FMI. Así han tenido que entenderlo
dos diferentes ministros de Economía y dos distintos
presidentes del Banco Central de la Nación Argentina.
Así ha debido ser legislado por el Congreso,
así ha tenido que ser considerado por la Corte
Suprema, y así ha debido ser asumido por los
gobernadores provinciales.
De ahí que los casi diez meses del gobierno
duhaldista hayan sido destinados, en buena parte, a
solventar las exigencias del FMI, habiéndose
cumplido ya con las más importantes: flotación
del tipo de cambio, que en un principio el gobierno
habría fijado en 1.40 pesos; modificación
de la Ley de Quiebras, que anteriormente preservaba
al deudor; derogación de la Ley de Subversión
Económica, que castigaba a banqueros y empresarios
de comportamiento dudoso; aceptación por parte
de las provincias de la reducción de su déficit
fiscal; sanción de una "ley tapón",
a fin de detener el "goteo del corralito"
causado por la ejecución de los amparos; aprobación
de un programa monetario, que contemple límites
muy claros a la emisión de dinero nuevo y elimine
las "quasi monedas" o bonos provinciales;
aceptación del compromiso de no dejar caer las
reservas internacionales por debajo de los 9,000 millones
de dólares, cinco mil de los cuales son propiedad
del FMI; y consolidación de la reforma política,
incluida la anticipación de elecciones.
Para lograr lo anterior en el convulso panorama argentino
de hoy, ha sido necesario, antes que nada, pactar al
interior de los tres poderes del Estado. Esto ha implicado,
aceptar el co-gobierno que al Ejecutivo le exige la
Asamblea Legislativa que lo eligió; disuadir
al Congreso de continuar el juicio político contra
los nueve jueces de la Corte Suprema, acusados de deshonestidad;
y conseguir el aval de la Corte para suspender, por
120 días, la ejecución de los procesos
judiciales en favor de los ahorristas, a fin de mantener
el mínimo exigido de reservas internacionales.
Igualmente ha sido indispensable acordar con los gobernadores
provinciales la cuestión fiscal y la aceptación
de una reducción del 40% de la deuda que el gobierno
nacional tiene con esas entidades. Por último,
también ha sido necesario lograr acuerdos con
otros actores políticos, económicos y
sociales poderosos como la Iglesia, las fuerzas armadas,
los partidos políticos y los sindicatos.
Las consecuencias de todo lo anterior, han dificultado
la gobernabilidad del país y evidenciado la vacuidad
de la llamada "rendición argentina".
La pregunta que todo el mundo parece hacerse especialmente
a la luz de la tardanza para alcanzar un acuerdo con
el FMI, es: ¿para qué todo este esfuerzo
si es evidente que los acreedores internacionales están
decididos a castigar al país que se atrevió
a repudiar su deuda externa, a fin de que su ejemplo
sirva de escarmiento a los "potenciales rebeldes"?.
Esta vacuidad resulta más irritante para muchos
porque se sabe que, aún si los organismos financieros
internacionales acuden al rescate de Argentina, sólo
le prestarán lo suficiente para pagar el servicio
de la deuda contraída con ellos o, a lo sumo,
como ha sucedido, pospondrán los vencimientos
con la consecuente prolongación de la recesión.
Al margen de la incertidumbre que todo lo anterior
provoca, la sensación que predomina es no sólo
de falta de liderazgo sino de una ausencia casi total
del Estado y de la existencia de una democracia sui
generis. La población no se siente representada
por la dirigencia, tal y como queda evidenciado con
el constante clamor de que "se vayan todos".
Las calles se convierten en el espacio donde se da el
debate popular, se denuncian los males y se intentan
soluciones que, en el fondo, debilitan las bases que
deben sustentar a un sistema auténticamente democrático:
ni el trueque puede sustituir al mercado, ni la solidaridad
popular al Estado, ni la violencia a la justicia, ni
el auto-empleo al empleo. En suma, el sector informal
no puede desplazar al formal sin graves secuelas económicas,
políticas y sociales.
Algunas de esas manifestaciones hablan por si solas:
19 de 37 millones de argentinos viven hoy bajo la línea
de pobreza, entre ellos 9 millones son indigentes y
7 de cada 10 menores de 18 años son pobres. El
ingreso per cápita se desplomó en los
últimos cuatro años, pasando de 8,947
dólares anuales a 2,700, y la brecha entre los
que tienen y los que no, es hoy 47 veces más
amplia que la que privaba en 1970. La desocupación
es cercana al 25% de la fuerza de trabajo, cifra a la
que se añade una similar que corresponde al denominado
desempleo disfrazado, y las proyecciones de estos indicadores
para el 2003 son tan duras, que se ha acuñado
la desgraciada frase de que "en Argentina lo único
que crece es la pobreza, el desempleo y la desigualdad".
Además, de enero a agosto del presente año
han cerrado sus puertas más de 100,000 negocios,
la inflación se acerca hoy peligrosamente al
70% y el PIB, que cayó 10.7% en el cuarto trimestre
del 2001, se anotó un descenso del 16.3% en el
primero del 2002. A este negro panorama se añade
el hecho de que la fuga de capitales supera los 127,000
millones de dólares, cantidad apenas por debajo
de la deuda externa total del país que es de
144,000 millones, y de que miles de argentinos, algunos
de ellos altamente calificados, abandonan constantemente
su patria en búsqueda de mejores oportunidades.
Pero el impacto de la crisis argentina no se ciñe
únicamente a sus fronteras. Si en un principio
se puso en duda que sus efectos pudieran "contagiar"
a sus vecinos en el Cono Sur, hoy es un hecho reconocido
a juzgar por los blindajes recientemente otorgados a
Brasil y a Uruguay, y por las posibilidades que tiene
Paraguay de también lograrlo. Es más,
empieza a hacerse evidente una especie de "recontagio"
de las otras economías del Cono Sur a la Argentina,
medido en términos de la caída de la demanda
de esos países por los productos argentinos de
exportación. Esta "regionalización"
de la crisis presenta, además, un grave inconveniente
para América Latina en su conjunto pues podría
reforzar las dudas de los inversionistas internacionales
a seguir operando en esta parte del mundo, dado que
es un hecho conocido que los capitales no discriminan
país por país, sino regiones completas.
En suma, varias lecciones resultan fundamentales cuando
se estudia el caso argentino. En primer lugar, salta
a la luz que el FMI ya no está dispuesto a "rescatar"
a países con crisis financieras resultantes,
en buena medida, de políticas inadecuadas pese
a que en el pasado hayan sido "buenos alumnos".
En segundo lugar, muestra también que el gobierno
estadounidense puede mantenerse indiferente ante una
crisis que le parece no sólo interna sino lejana,
y ubicada en una nación que no pone particularmente
en riesgo su principal preocupación actual: la
lucha contra el terrorismo. Pone igualmente de manifiesto
que no basta con ser un país amigo, asociado
a la OTAN mediante un estatuto especial, para obtener
automáticamente el apoyo irrestricto de los miembros
de pleno derecho de la alianza. Deja en claro, finalmente,
que en las actuales circunstancias no parecen suficientes
las coincidencias políticas, ni el apoyo militar
a las varias operaciones de mantenimiento de la paz,
ni la disposición al diálogo y a la adopción
de tantas medidas aconsejadas por el FMI como sean posibles
dados los estrechos márgenes de manejo político
del actual gobierno argentino, que día a día
debe encarar el disgusto de la gente.
Pero lo que lamentablemente no evidencia el "aislamiento"
del caso argentino, o la "orfandad" en la
que parecen haber dejado a la Argentina, Estados Unidos,
y los organismos multilaterales de crédito, es
que las consecuencias de esta crisis para la región
se hayan "conjurado" o "esterilizado",
o que este garantizada una salida adecuada a la actual
crisis argentina. La principal lección que debe
obtenerse de esta experiencia es, probablemente, la
de no permitir que el ciudadano abdique del Estado ni
que el Estado se repliegue o se declare autista. Cuando
la cifra oficial señala que en Argentina más
de la mitad de la economía no está incorporada
en el sector formal; cuando se lee que los ciudadanos
han tomado por su cuenta funciones como la educación,
la salud, y la seguridad social; cuando se conoce la
cifra de las familias que viven del trueque; uno se
pregunta dónde está el Estado y cuándo
el ciudadano va a reaccionar exigiéndole presencia
y responsabilidad. Al final de cuentas se trata del
mismo ciudadano que paga algún impuesto y que
a cambio no recibe la protección a la que todo
Estado se obliga.
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